8M: hace falta un cambio de paradigma

Corina Fuks

Si hoy día analizamos las injusticias que atraviesan a las mujeres, en particular a las más empobrecidas, veremos que no son hechos aislados. Son estructuras transversales. Todo se mezcla, todo se retroalimenta. Todo impacta con más fuerza allí donde la vida ya estaba sostenida con alfileres.

Y hay algo aún más incómodo: estos problemas nos atraviesan también porque fuimos socializadas para soportarlos, normalizarlos y adaptarnos. Por eso, el feminismo no puede limitarse a denunciar al patriarcado. El patriarcado tiene manos, cuentas bancarias, leyes, fronteras, ejércitos y mercados. Tiene causas económicas y políticas. Y si no miramos esa raíz —si no analizamos cómo se producen y se sostienen materialmente estas violencias— corremos el riesgo de no encontrar soluciones.

La geopolítica internacional no es un escenario distante; es una corriente que arrastra vidas. Hoy se expande una ofensiva que combina fundamentalismos religiosos, nacionalismos autoritarios y extremas derechas. Lo más perverso es que se presenta como “orden”, “protección”, incluso “libertad”. A su lado, ciertas pseudoizquierdas hablan de justicia pero pactan con la lógica del poder, terminan alimentando el mismo modelo de acumulación de riqueza, recursos y control en pocas manos.

En este proyecto, las mujeres no somos un daño colateral: somos el medio útil por excelencia. Nuestros cuerpos, nuestra libertad, nuestros derechos, nuestro deseo, nuestra maternidad, nuestra autonomía: todo se vuelve campo de disputa. No por azar. Allí donde se controla a las mujeres, se controla la vida, se disciplinan comunidades, se ordena la reproducción social, se abaratan cuidados, se normaliza la explotación, se sostiene la obediencia.

Si el patriarcado alimenta al capital o el capital alimenta al patriarcado es una discusión que puede entretenernos intelectualmente, pero no cambia lo real: existen huevos y gallinas. Existe una alianza funcional entre ambos. Y, a partir de aquí, hay dos ideas que quisiera desarrollar de cara a pensar soluciones para las mujeres y, con ellas, para la humanidad.

Es evidente que hay aspectos de nuestra socialización que son violentos en sí mismos: la cosificación, la infantilización, la culpabilización por poner límites, la exigencia de belleza, la sexualización temprana, la docilidad, la complacencia, la vergüenza como herramienta de control. Todo eso es dañino. Pero hay una trampa que nos debilita: confundir esa violencia con los valores que también nos fueron enseñados. Porque, aunque nos hayan educado para servir, para cuidar, para ser sensibles, para sostener lo cotidiano, eso no es “malo” en sí mismo. El cuidado, el servicio entendido como vocación ética, la sensibilidad ante el dolor ajeno, la capacidad de reparar vínculos, de percibir lo que falta, de sostener la vida son fuerzas humanas fundamentales. La humanidad ha sobrevivido gracias a los cuidados. Nadie llega a adulto sin haber sido cuidado. Nadie atraviesa una enfermedad sin redes. Nadie resiste una crisis sin alguien que sostenga.

El problema no es el cuidado, sino que, históricamente, esos valores fueron adjudicados a las mujeres como destino. Se transformaron en roles rígidos: tú, mujer, cuidas, tú sirves, tú sostienes, tú callas. Luego llegó otra forma de violencia: el capitalismo no solo aprovechó esa desigualdad, sino que la convirtió en base de su funcionamiento. Hizo del cuidado un subsidio oculto: millones de horas gratuitas o mal pagadas que permiten que el sistema produzca, venda y acumule. Y cuando le conviene, intenta mercantilizarlo: convertir el cuidado en servicio precario, en industria, en cadena de explotación, muchas veces sostenida por mujeres migradas y empobrecidas que cuidan vidas ajenas mientras la propia queda al margen. Así, lo que es valor se ha convertido en trampa. Lo que puede generar vínculo se vuelve servidumbre.

Por eso, el feminismo necesita una reformulación ética: no se trata de negar el cuidado, sino de liberarlo, de rescatarlo del mandato y devolverlo a la dignidad. El cuidado debe ser una responsabilidad compartida, socialmente sostenida, económicamente reconocida y políticamente protegida. El mundo no necesita menos ternura, necesita que la ternura deje de ser usada contra quienes la ejercen.

El segundo tema que planteo pone en crisis una de nuestras herramientas históricas: la denuncia. ¿Qué queda por denunciar que no hayamos ya denunciado? Después del Caso Epstein, la impunidad es evidente. Ya sabemos de qué son capaces las redes de poder cuando se trata de usar cuerpos —especialmente los de niñas, niños, adolescentes y mujeres— como mercancía y entretenimiento. ¿Qué más hace falta saber sobre las injusticias contra las personas migradas? Sobre fronteras convertidas en tumbas. Sobre trabajos esenciales sostenidos por vidas descartables. Sobre la criminalización de la pobreza y el racismo que decide quién merece derechos y quién merece represión. ¿Qué más hace falta saber sobre guerras brutales que arrasan pueblos enteros con discursos de “seguridad” o “interés nacional”, como si la vida humana de esas personas fuese una plaga? ¿Qué más hace falta saber sobre la violencia sexual como entretenimiento o arma de guerra, sobre desplazamientos masivos, sobre cuerpos de mujeres convertidos en botín? ¿Qué más hace falta saber sobre la explotación laboral, sobre la precariedad que limita, sobre la imposibilidad de planificar la vida cuando todo es urgencia?

La denuncia ha sido indispensable, pero estamos en un punto en el que el sistema aprendió a convivir con la denuncia, incluso la consume, la convierte en noticia, en indignación fugaz, en charla de café, en marketing, en discurso vacío.

Hace falta otro feminismo: el feminismo del cambio de paradigma

No porque el feminismo haya fallado, ha puesto nombre a lo innombrable, ha conquistado derechos, ha desnaturalizado violencias, ha creado conciencia global. Es probablemente la fuerza política más transversal del mundo, atraviesa clases, edades, países, religiones, idiomas. Por eso mismo, el cambio puede venir de nuestra mano, pero ese cambio no puede limitarse a reaccionar. No puede quedarse en la indignación. No porque falten motivos, sino porque ya hay demasiado fuego en el mundo.  Y aquí, como feminista, me surge una idea contracultural: dejar de tener miedo a ser abusadas nuevamente y convertir aquello con lo que nos socializaron y que el mundo necesita en una fuerza transformadora. Cuidarnos, sí. Protegernos, sí. Organizar autodefensa, sí. Exigir justicia penal y responsabilidad moral por los delitos machistas, sí. Pero sin reproducir la misma lógica que criticamos: la lógica de la deshumanización, del enemigo absoluto, del castigo como única respuesta, de la violencia como idioma. No se trata de ingenuidad. Se trata de estrategia y de ética porque el poder sabe jugar a la polarización. Sabe provocarnos para que respondamos en su idioma. Hace falta un feminismo de la noviolencia consciente. La noviolencia no es mansedumbre, es una forma radical de poder, una disciplina colectiva. Es decir: no voy a permitir que me destruyas, pero tampoco voy a parecerme a ti para detenerte.

Hay una fuerza que descoloca al sistema: la capacidad de construir redes, comunidad, cuidados reales, protección, economía feminista, justicia restaurativa donde sea posible y justicia penal donde sea necesario, educación emocional, acompañamiento, refugios, sindicatos, cooperativas, presión política, boicots, observatorios, incidencia legal, apoyo mutuo.

Este 8M no es una fecha para repetir consignas como ritual, o seguimos denunciando un mundo que ya sabe que es injusto, o nos organizamos para cambiarlo desde una respuesta que sea agua limpia en un río contaminado. Necesitamos un feminismo que rescate el cuidado de la servidumbre y lo convierta en arquitectura social, que convierta la ternura en acción organizada, que ponga amor donde el sistema pone indiferencia, protección donde el mercado pone abandono, comunidad donde el poder siembra el sálvese quien pueda. No para “ser buenas”. No para agradar. No para callar. La historia ha demostrado que cuando las mujeres se levantan juntas, no solo se defienden a sí mismas: abren camino para todo lo humano.

Necesitamos un feminismo que rescate el cuidado de la servidumbre y lo convierta en arquitectura social, que convierta la ternura en acción organizada, que ponga amor donde el sistema pone indiferencia, protección donde el mercado pone abandono, comunidad donde el poder siembra el sálvese quien pueda. No para “ser buenas”. No para agradar. No para callar. La historia ha demostrado que cuando las mujeres se levantan juntas, no solo se defienden a sí mismas: abren camino para todo lo humano.

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