Lecciones de una pandemia: qué hemos aprendido en el peor año para la educación

Fuente: elpais.com

En marzo 2020, todos los países latinoamericanos, con la excepción de Nicaragua, emprendieron el cierre progresivo de sus sistemas educativos por causa de la covid-19. Si bien la decisión de los gobiernos fue acertada y buscaba proteger a las comunidades, el impacto educativo real de la pandemia solo podrá evaluarse en el largo plazo.

Lo cierto es que esta situación no solo vino a profundizar las históricas desigualdades socioeconómicas que caracterizan a la región sino que, en el caso de la educación, las medidas de aislamiento y el cierre de escuelas, visibilizaron y aumentaron las disparidades en el acceso a una formación inclusiva, equitativa y de calidad.

Las profundas e históricas inequidades educativas en América Latina son ya conocidas, pero no por ello menos alarmantes. En cifras, antes de la crisis de la covid-19, ya sabíamos que más de 11 millones de niños, niñas y jóvenes de la región se encontraban excluidos del sistema educativo, y uno de cada cinco jóvenes entre 15 y 24 años no estudiaba ni trabajaba. Sin embargo, el problema no solo era para quienes estaban excluidos; de entre quienes lograban asistir a la escuela, el 51% no conseguía entender adecuadamente lo que leía, según el informe al respecto de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) de 2019. Sobre esta realidad inicial, la pandemia sin duda alguna tendrá un efecto negativo en los aprendizajes y también en los índices de abandono y deserción escolar.

¿Qué lecciones hemos sacado? Me parece que es posible aventurar, al menos, cuatro:

1. Relevancia de la escuela presencial. A diferencia de quienes pregonaban una extinción de la escuela presencial y su inevitable sustitución por la educación virtual y a distancia, esta crisis ha dejado claro que la escuela presencial, como espacio de aprendizaje, encuentro y apoyo, desempeña un papel clave en la sociedad y está para quedarse. Por un lado, por supuesto, está su función educativa, pero sobre todo su relevancia como espacio de socialización y desarrollo socio-emocional. A su vez, la escuela es la institución donde muchos niños, niñas y jóvenes reciben asistencia sanitaria, como vacunas, y alimentación, entre otros programas de protección social.

2. Valoración de los docentes. Quienes argumentaban que bastaba con materiales virtuales, software, apps y el apoyo de un adulto experimentaron en carne propia que hay una gran distancia entre querer enseñar y poder apoyar efectivamente el proceso de aprendizaje de un estudiante. La pedagogía es una disciplina que requiere conocimientos, habilidades, aptitudes y experiencia para hacerse de manera efectiva. Ahora bien, esto no quiere decir que todos los docentes cumplan con estos méritos; de hecho, este es el gran desafío de la región. Los datos muestran que una proporción importante de docentes en Centroamérica requiere de una mejor formación inicial y continua, por lo que se requiere avanzar con decisión en este ámbito.La crisis ha dejado claro que la escuela presencial desempeña un papel clave en la sociedad

3. Dificultad para colaborar e innovar. Mientras la comunidad científica y el sector de la salud demostró su capacidad para colaborar, planificar, testear, innovar y obtener resultados concretos (vacunas), el sector educativo en el mundo, y también en la región, dio cuenta de sus carencias para trabajar como un ecosistema de innovación robusto. Es verdad que hubo capacidad en algunos países, relativamente rápida, para implementar plataformas virtuales de apoyo. En mayo 2020, de una muestra de 26 países de la región, siete tenían plataformas de aprendizaje, 22 ofrecían contenidos digitales, 13 utilizaban contenidos de material didáctico y redes sociales, y 20 impartían educación a través de programas de radio o televisión, según el informe anual sobre educación GEM 2020 del Summa y la Unesco. Sin embargo, en muchos casos los materiales eran de baja calidad, poco adecuados al nuevo contexto y no venían acompañados de sistemas de apoyo adecuado para los docentes, padres y estudiantes. Poca capacidad hubo, en general, para innovar en términos curriculares o de nuevas prácticas docentes, por ejemplo. Más importante aún, aquellos estudiantes que viven en hogares sin internet (aproximadamente la mitad de los hogares de la región no poseen conexión), quedaron en su mayoría aislados y excluidos del proceso educativo.

4. Relevancia del Estado. En América, el continente con el mayor grado de privatización de la educación en el mundo y caracterizado por la debilidad de su aparato público, la pandemia dejó al descubierto la necesidad de fortalecer la capacidad y efectividad del Estado para garantizar el derecho a la educación de la población y, en especial, de los más vulnerables. Esto implica no solo mejorar la infraestructura física y virtual (acceso a electricidad e internet, plataformas, etc.), sino también una mayor capacidad de coordinación del sector de manera que se puedan impulsar estrategias innovadoras e integrales a corto, medio y largo plazo, con un especial énfasis en la formación, apoyo y acompañamiento a la labor docente para poder nivelar y potenciar el aprendizaje profundo de los estudiantes. Lo anterior, lamentablemente, será difícil de lograr, ya que dado el contexto económico, muchos ministerios experimentarán la disminución de sus presupuestos para la educación.

Un año después de que se desatara la pandemia, es importante que nuestros países logren sacar sus lecciones e incorporen lo aprendido en sus estrategias para el 2021. Solo así podremos revertir el daño que esta crisis ha tenido sobre las nuevas generaciones y avanzar en la garantía del derecho a la educación para todos y todas sin excepción.

Javier González es director del Laboratorio de Investigación e Innovación en Educación para América Latina y El Caribe (SUMMA, BID) y profesor asociado a la Universidad de Cambridge.

¿Por qué no se consideró actividad esencial?

Ana Cuevas, psicóloga especializada en duelo.

Nadie pone en duda que estar bien acompañados en el momento crucial de morir y  durante la enfermedad, es un gran bien. Si nos dieran a elegir, nadie desearía morir solo. Y acompañar, o no, a nuestros seres queridos en ese trance, es uno de los episodios que queda marcado en nuestra biografía a sangre y fuego.

Si hemos acompañado es algo que nos puede dar algo de ese consuelo que tanto ansiamos, de esa paz que buscamos en medio del tremendo dolor que provoca la muerte de alguien muy querido.

Si no hemos estado puede que haya sido por no poder o por no querer, por no vernos con fuerza para asistir a un acontecimiento de ese calibre. En todo caso nos queda un profundo pesar por no haber estado ahí. Hasta qué punto es importante, tanto para el enfermo como para el doliente, que son frecuentes (no por ello dejan de sorprendernos) los casos en los que el enfermo espera para dar el paso a la otra vida, a que llegue ese familiar que le han dicho, o intuye, está de camino y quiere darle su último adiós.

Con la actual pandemia familias y amigos han tenido que enfrentarse a una situación  dramática y nueva: sus seres queridos han fallecido solos POR IMPEDIMENTO LEGAL. Fue entendible el desconcierto inicial, porque nos estaba cayendo un tsunami encima. Pero al igual que desde el  minuto cero no se puso en duda que había servicios esenciales que era imprescindible siguieran funcionando, a pesar de poner en riesgo la salud de las personas que tenían que llevarlos a cabo y de sus familias, los políticos tenían que haber considerado  como actividad esencial  poder visitar a enfermos terminales y poder acompañarles en el momento de morir.

Ha habido experiencias valientes que han mostrado que era posible, a pesar de que “no se podía”.  En el hospital de Gran Canaria ¡desde finales del mes de marzo de 2020! a petición de una familia, idearon unas medidas suficientemente seguras sanitariamente que permitieron ese acompañamiento tan necesario. Respondieron con mucha improvisación en el momento inicial, pero con una gran profesionalidad y humanidad de base; después ya hicieron un protocolo.

En el siguiente audio, podemos escuchar una estupenda entrevista a FRANCISCO PUÑAL, sanitario de cuidados paliativos que protagonizó esta experiencia junto con sus compañeros.   

Seguramente haya habido acciones convergentes en otros hospitales y nos gustaría conocerlas para sacarlas a la luz. Sabemos que está en marcha un movimiento que reivindica este derecho a poder acompañar en la enfermedad y en el momento de morir. Adelantémonos como profesionales, como familias, como sociedad, y despleguemos la fuerza de la solidaridad de manera que los que gestionan el bien común no vacilen y legislen adecuadamente sobre lo que es verdaderamente esencial.

El asombro por llegar

Mª Isabel Rodríguez Peralta

Educar la mirada exige educar la sensibilidad y cultivar la capacidad de asombro o dicho de otro modo, educar la imaginación exige cultivar la sensibilidad pedagógica. Nuestro cuerpo es una puerta de entrada al mundo y nuestros cinco sentidos ventanales para dejar pasar la luz, pero es menester querer dejarla pasar.

Vivimos aún con el asombro pendiente por llegar porque la desgana y rutina nunca invitan al asombro, más bien al contrario, nos entristecen y nos encogen el corazón. A fuerza de egoísmos colectivos el neo-individualismo postmoderno atrofia el alma y seca la vida.

No descansar hasta descubrir la integralidad del ser humano en su radicalidad es iniciar un camino sin retorno para el que no necesitamos mucho equipaje, más bien poco y de ese poco poco. En el prólogo de ‘El Fenómeno humano’ Teilhard de Chardin habla de ver o perecer. Se trata de adquirir una visión profunda  y aprender a ver lo inmaterial, aquello que no se ve pero si existe, como el amor que se manifiesta allí dónde no reposamos nuestra mirada porque le volvemos la cara.

Rovirosa describe la importancia del asombro ante lo pequeño y la mirada siempre nueva ante lo cotidiano cuando afirma que ‘la persona humana para ver ha de ser un poeta, aunque no escriba versos, y sentir su alma estremecida e impresionada al sentirse en armonía con el conjunto maravilloso de la creación’.

No olvidemos que la verdadera pedagogía es la iniciación a una vida más amplia, y ésta no podrá ser nunca el destino de los que cada vez más estrechan sus horizontes.

Guillermo Rovirosa falleció el 27 de febrero de 1964, fue un militante cristiano pobre  y gran formador de militantes obreros que encarnó e hizo vida su principio pedagógico de contemplación y lucha abriendo camino a las nuevas generaciones.

La rueda del hámster

Fuente: elsaltodiario.com

Más rápido, más fino, más inteligente, nuevo y proactivo. La exigencia de ser cada vez ‘más’ apenas ha sido discutida en el último año, incluso aunque las señales de alerta se hayan activado a raíz de la pandemia. Las sociedades condenadas al crecimiento no encuentran el modo de detenerse y afrontar un futuro en el que esas señales se incrementarán en forma de fenómenos climáticos extremos.

El filósofo alemán Hartmut Rosa emplea dos conceptos que tienen gran importancia en los tiempos que vivimos. El primero es la lógica de la disponibilidad, un elemento relativamente nuevo de nuestras sociedades por el que se crea la ilusión de que es posible tener lo que queremos —cualquier cosa que se nos ocurra— ahora, en este preciso momento.

En nuestro día a día, esa lógica se traduce en las imágenes de los repartidores de Deliveroo o Glovo cabalgando su bici bajo un temporal para acercarnos una tortilla de patatas o un bocadillo. El ensueño de que es deseable que cualquier impulso se pueda saciar en cualquier momento opera en una lógica de debilitamiento y supresión de derechos laborales. Tal vez solo puede funcionar de ese modo, puesto que sin ese deseo caprichoso del consumidor y la disponibilidad de un ejército de riders precarios, esas compañías no obtendrían la plusvalía que las hace tan rentables.

El otro concepto es el de aceleración. Una exigencia de crecimiento continuo, cada vez a mayor velocidad, que está asociado a la alienación individual. Rosa explica cómo la lógica de la optimización —todo cada vez más rápido— está asociada a las otras grandes enfermedades del siglo: la ansiedad y la depresión.

La generación de cristal, los ‘zoomers’, nacidos con el siglo, están explicitando a quienes les quieren escuchar que las consecuencias de vivir en esa “rueda del hámster” llegan en forma de malestar mental.

Las soluciones no son fáciles, deben ser valientes. No se trata de enarbolar conceptos de la New Age, pedir que todo sea más relajado, optar por terapias para desestresarnos individualmente. En el mejor de los casos, eso puede funcionar a nivel personal. Pero la valentía tiene que partir desde una posición política. Examinar qué economía es necesaria para afrontar la emergencia climática, qué es importante planificar y retirar de manos de los mercados, cómo aseguramos que la sociedad funcione bajo el prisma del bien común, primero en situaciones de emergencia y catástrofes; idealmente, en cualquier momento.

La generación de cristal, los zoomers, nacidos con el siglo, están explicitando a quienes les quieren escuchar que las consecuencias de vivir en esa “rueda del hámster” llegan en forma de malestar mental. Para solucionar los problemas que plantean no servirá el habitual recurso a la guerra entre generaciones que explica tantas cosas de la actual vida política. No se trata de la sustitución de un grupo por otro, sino de trabajar en la posibilidad, por pequeña que sea, de construir una sociedad en la que el padecimiento psíquico, el estar quemado o la sensación de “no llegar” no sean la regla.

La desigualdad es la peor de las pandemias

Fuente: saludineroap.blogspot.com

Hace un año, una crisis global de salud pública sacudió los cimientos de nuestras vidas. ¿Qué ha dejado al descubierto la pandemia del coronavirus? ¿Cuán determinante es la realidad económica y social para nuestra salud? La Covid-19 ha mostrado la gran vulnerabilidad humana y también las deficiencias de un sistema donde quien nace pobre sufrirá las consecuencias también en su salud. Entrevistamos el investigador Joan Benach, que ha publicado el libro La salud es política (Icaria, 2020). Benach es director del Grupo de Investigación en Desigualdades en Salud-Employment Conditions Network, codirector del Johns Hopkins University-UPF Public Policy Center y catedrático del Departamento de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Pompeu Fabra.

Hace un año de la llegada de la pandemia e inicialmente parecía un virus democrático… A menudo oíamos decir que afectaba a todos por igual. ¿Ha sido así? En sí mismo, el virus puede ser democrático pero las condiciones sociales de las personas y grupos sociales que influyen en su transmisión y en su impacto no lo son. La palabra pandemia hace referencia a la extensión masiva de una epidemia, lo que hace pensar que afecta a todos. Y es cierto, pero no en la misma medida. Por tanto, hay que observar el problema de manera diferente a como habitualmente nos lo presentan los medios de comunicación. Estamos ante una pandemia desigual, extendida y ensanchada por la desigualdad social que, como he señalado muchas veces, es la peor de las epidemias que estamos sufriendo. Por lo tanto, hay desigualdades pandémicas o, si lo queremos decir con palabras de Mike Davis, hay una “constelación de epidemias” que viene determinada sobre todo por factores socioeconómicos y sanitarios inequitativos.

Entonces ya apuntabas a las desigualdades en salud como punto clave para unos efectos desiguales de la Covid-19. ¿Qué hace que las personas más pobres sufran más los efectos de la pandemia? Casi todas las enfermedades interactúan dentro de un contexto social caracterizado por la pobreza, las privaciones materiales y desigualdades sociales crecientes. Por ejemplo, el mayor riesgo de contagio que sufren grupos de población precarizados, desahuciados, migrantes, etc. Además, estos grupos sociales tienen más dificultades para protegerse, por ejemplo, al no poder cambiar a menudo las mascarillas, y tienen más factores de riesgo y enfermedades (hipertensión arterial, obesidad, diabetes, enfermedades del corazón…) que los hacen más susceptibles a un más grave impacto del coronavirus. Los estudios científicos muestran con claridad cómo los factores sociales actúan sinérgicamente, aumentando la probabilidad de ser contagiado, de enfermar y de morir. Por eso decimos que la Covid-19, más que una pandemia, es una sindemia. Quizá la pandemia actual se pueda resolver con medidas biomédicas, pero el coronavirus probablemente seguirá con nosotros y aparecerán nuevas infecciones y pandemias. Más tarde o temprano frenaremos esta pandemia, pero si no somos capaces de detener las causas políticas profundas que la han originado y las desigualdades sociales, las sindemias seguirán actuando con nuevas enfermedades y problemas de salud que afectarán mucho más, decíamos en un artículo con Juan M Pericàs, a una población “vulnerada”.

Dave Gordon hizo una lista de las recomendaciones que se suelen hacer en salud y que al final culpabilizan a la víctima, como no fumar o hacer ejercicio… ¿Qué capacidad de elección tenemos de nuestras condiciones de vida? No se puede comprender -ni resolver- un problema social y colectivo como la salud pública con una mirada que haga hincapié en los factores personales, por relevantes que estos sean. La ideología liberal nos dice que la libertad es “hacer lo que queremos”, pero no hacemos lo que queremos sino lo que podemos o lo que nos dejan. En 1999, Dave Gordon difundió un texto en forma de chiste que me gusta mucho repetir. En su artículo “Consejos alternativos para tener una salud sana” criticó la visión tradicional de los gobiernos que dan consejos “asociales” de los “estilos de vida”. El decálogo de su texto decía cosas como: “No sea pobre; pero, si es pobre, procure no serlo por mucho tiempo “, o bien “No trabaje en un trabajo estresante, mal pagado y precario“. Las enfermedades y la muerte prematura se dan en personas, pero determinados grupos sociales las padecen con más frecuencia. Por el hecho de tener menos derechos, recursos, oportunidades o poder, nuestros grados de libertad se reducen. Cuanto más difícil es la vida familiar, laboral, etc., más probable es que se generen sacudidas y problemas de todo tipo. Por ejemplo, las adicciones no son, como muchos creen, una simple elección personal, sino a menudo una respuesta para aliviar algún trauma que padecemos, que nos genera dolor emocional y sufrimiento. Hay que decir que las conductas compulsivas son hoy una verdadera pandemia social, donde nos enganchamos a casi todo (el juego, las compras, el sexo, la comida, el trabajo, los juegos de Internet, etc.), mediante los teléfonos móviles, las redes sociales, Internet y todo tipo de productos y servicios donde, bajo el neoliberalismo, las grandes empresas y la publicidad nos empujan a ser adictos para así conseguir más ganancias.

A menudo atribuimos la buena o mala salud a elementos biológicos o genéticos; pero según explicas a tu libro, hay muchas más causas… ¿Qué factores más relevantes que nuestros genes nos pueden llevar a tener buena o mala salud? Al mencionar las causas de la salud, los medios de comunicación difunden una visión que pone excesivamente el acento en los factores biomédicos y en la genética. Tanto es así, que en los últimos años se ha puesto de moda decir: “Es parte de nuestro ADN“, o expresiones similares, al hablar de temas laborales, deportivos y de todo tipo. Los factores genéticos son relevantes para la salud, pero tienen un papel menor en la producción colectiva de la enfermedad. ¿Por qué? Pues porque hay pocas enfermedades exclusivamente genéticas y porque la biología interactúa constantemente con un ambiente, que puede compensar o no una desventaja biológica o genética determinada. Estar predispuestos no quiere decir que estemos predeterminados. ¿Por qué enfermamos? La salud de la población, la salud colectiva, depende fundamentalmente de los llamados determinantes ecosociales de la salud. Por citar algunos, la precarización laboral, la pobreza, los problemas de vivienda, las injusticias ambientales o la debilidad de la salud pública, la disciplina que tiene por objetivo prevenir la enfermedad y proteger, promover y restaurar la salud de toda la población. A su vez, estos determinantes dependen de las políticas públicas, sociales, laborales, ambientales, etc., que se elijan. Y al mismol tiempo, estas políticas dependen de la distribución del poder político en sentido amplio, es decir, de la política.

En el libro explicas que, desde antes de nacer y hasta la muerte, incorporamos en los cuerpos y en las mentes los determinantes políticos y sociales que más tarde expresamos en forma de salud o de enfermedad … ¿Tan relevante es de dónde venimos y dónde crecemos? Es capital, tanto en el ámbito personal y familiar como en el del grupo social (clase, género, etnia, situación migrante…) al que pertenecemos y del lugar (barrio, región, país…) donde vivimos. Los humanos somos seres totales, todo está integrado, pero el modelo biomédico hegemónico separa la mente del cuerpo, desatando a menudo las emociones de la salud física, y separa al individuo de su entorno, de manera que las personas quedan separadas de sus contextos. Pero la enfermedad y la salud son el resultado de muchas causas interrelacionadas de tipo sistémico e histórico que no deberían separarse. Por ejemplo, si una mujer migrante llega a urgencias de un hospital con un infarto de miocardio, es porque su cuerpo y su mente expresan todos los problemas y factores de riesgo acumulados durante su vida que, finalmente, se reflejan en la su psicología y biología. Su historia personal es también la historia de su clase social, de su género, de su situación migratoria, y del colectivo social, de la comunidad y del país al que pertenece.

La evolución de las ciencias lleva a una superespecialización creciente que, a pesar de ser útil y necesaria, también nos dificulta comprender de manera completa la realidad integrada que va desde los genes hasta la política. Y es que lo político y lo social entra dentro de nuestros cuerpos y se expresa en forma de daño psicobiológico con enfermedades, sufrimiento y muerte prematura. Aunque hay excepciones, los estudios de epigenética muestran que no somos máquinas biológicas aisladas de la sociedad, donde hay efectos genéticos inevitables, sino animales sociales fuertemente condicionados por el entorno. Tenemos un ejemplo ya clásico: durante la hambruna invernal holandesa de 1944 provocada por los nazis al desviar los alimentos hacia Alemania, las mujeres embarazadas no tenían casi alimentos. Los estudios científicos han mostrado como aquellos que aún no habían nacido (especialmente en el primer trimestre del embarazo), al cabo de los años desarrollaron más obesidad y problemas de corazón. ¿Por qué? Pues porque las madres y los fetos aprendieron a ahorrar calorías. El cuerpo de estas personas fue programado, y más tarde recuerda, por decirlo así, la historia sufrida en el seno materno.

¿Cuál es entonces la causa original de esta pandemia? En el libro hablas de “las causas de las causas”. Siempre ha habido -y siempre habrá- pandemias, pero los últimos decenios hemos visto un aumento de brotes producidos por enfermedades infecciosas. Por varias razones. Una urbanización masiva, la alteración de ecosistemas, y la deforestación y la pérdida de la biodiversidad que interpone especies entre los patógenos y el ser humano. Además, hay un modelo industrial de agricultura y de producción ganadera mercantil donde hay un gran número de animales amontonados, así como el crecimiento del turismo de masas, con viajes que en pocas horas esparcen virus por todo el mundo, y la mercantilización y precarización de los sistemas de salud pública. Y un factor muy preocupante es el deshielo de glaciares y de permafrost debido a la crisis climática que puede poner en circulación virus hasta ahora desconocidos. Detrás de todo ello está la lógica de acumulación, de crecimiento, de ganancia y de desigualdad de un capitalismo que choca con los límites biofísicos planetarios. De este modo, todo hace pensar que esta no será la última pandemia, sino que vendrán otras y seguramente más virulentas. Es, pues, fundamental que lo sepamos y que nos preparamos.

Hay unos datos en tu libro que impresionan. Por ejemplo: una niña nacida en Suecia puede vivir 43 años más que una niña nacida en Sierra Leona. Es casi inmoral hablar tanto de la Covid-19. ¿Hemos perdido la perspectiva o nunca hemos tenido? Sabemos que la Covid-19 es un problema de salud pública, económico y social muy serio, pero hay muchos efectos que apenas empezamos a conocer. Hay una parte no visible del iceberg que oculta un número de muertos muy superior a la oficial, con muchas enfermedades no atendidas y problemas de salud mental, sufrimiento, violencia y desigualdades. Y, además, la pandemia amplifica las desigualdades de una gran parte de la población mundial que ya sufría una pandemia de desigualdad. ¿Por qué? Pues porque 2.500 millones de personas sobreviven con 5 dólares el día, cientos de millones de personas no tienen agua potable ni electricidad, la mitad de las personas no pueden acceder a medicamentos esenciales, y 5.200 millones no tienen un sistema de seguridad social mínimamente adecuado. Ahora la pandemia también nos ha tocado a nosotros y ha frenado la economía global, pero las olas de crisis postpandémica seguirán enfermando y matando más los pobres, y especialmente a las pobres.

Entre las muchas desigualdades existentes, la desigualdad de salud es la más inhumana de todas: no hay peor desigualdad que saber que enfermarás o morirás prematuramente por ser pobre. Por eso a menudo decimos que la equidad en la salud, en la calidad de vida y en el bienestar es el mejor indicador de justicia social de una sociedad. Aunque han hecho alguna fortuna frases como “Es peor tu código postal que tu código genético“, el tema aún se conoce muy poco, y muy en especial en cuanto a las causas que las provocan, que es un tema capital. Desde el punto de vista moral, lo peor es que son desigualdades cada vez más evitables. Como comenta el filósofo Thomas Pogge, debemos valorar la capacidad de hacer frente a la pobreza en comparación con los medios que tenemos. Por ejemplo, eliminar la pobreza en 1990 habría costado el 10,5% del PIB mundial, mientras que en 2013 solamente habría costado el 3,3%.

Ahora que están las vacunas, también sabemos que los países del primer mundo han acaparado prácticamente toda la producción en detrimento de los países económicamente empobrecidos. ¿Crees que puede haber solidaridad en la “nueva normalidad”? Los medios de comunicación han creado una visión distorsionada de las vacunas, generando la sensación de que la pandemia ya está casi resuelta. A corto plazo, las vacunas disponibles son seguras y efectivas, pero a medio y largo plazo todavía hay muchas incertidumbres y sabemos poco sobre las nuevas variantes de los virus. Además, el ritmo de vacunación todavía es muy lento y desigual, y puede costar mucho tiempo hasta que toda la humanidad esté vacunada. Si dejamos de lado el siempre relevante tema de hacer una buena gestión, una gran parte del problema se debe a las políticas neoliberales. Aunque las inversiones en investigación de vacunas han sido básicamente públicas, la producción y comercialización ha quedado en manos privadas. ¿Por qué? Para la puesta en marcha en 1995 del acuerdo sobre los derechos de propiedad intelectual asociados al comercio por la Organización Mundial del Comercio (OMC). India, Sudáfrica y muchos otros países han tratado de suspender estos derechos durante la pandemia, pero la Unión Europea y Estados Unidos se han opuesto. La exitosa creación de vacunas esconde que la pandemia es un espejo de la geopolítica mundial y del funcionamiento del capitalismo neoliberal. Es necesario que las vacunas sean un bien común para la humanidad, y, para que esto ocurra, será necesaria una respuesta geopolítica que libere las patentes, y una asociación de países del Sur con soberanía para producir y distribuir masivamente vacunas. 

Nos sentíamos invulnerables… ¿Podemos sacar algo positivo de este sentimiento de vulnerabilidad? La pandemia deja lecciones importantes: tener más conciencia del trabajo de una clase trabajadora siempre despreciada; que la sanidad pública y los cuidados son cruciales, y que somos una especie frágil y esencialmente dependiente de los demás y de la naturaleza de la que formamos parte. Desafortunadamente, esto no es suficiente para procurar los cambios profundos que necesitamos. Las inercias económicas, políticas y culturales hacen que conseguir cambios profundos sea muy difícil. Vivimos en una sociedad que precariza, que genera alienación, adicciones y muerte, que nos roba el tiempo, que no deja reflexionar sobre el mundo en que vivimos. Durante la pandemia han muerto millones de personas de hambre, han muerto cientos de miles de niños por enfermedades diarreicas… fácilmente evitables. ¿Estamos dormidos? ¿Por qué no hablamos más sobre ello? Paulo Freire decía que la ideología dominante enmascara la realidad y nos hace miopes. El neoliberalismo no sólo destruye la vida sino que infecta nuestras mentes y nos dificulta comprender la realidad y sus causas.

Este trastorno que ha supuesto la pandemia en todo el mundo, ¿no puede ser bueno para despertar masivamente? Si no crece la conciencia social sobre las causas y los efectos profundos de la pandemia, sobre la posibilidad de que haya nuevas pandemias, o sobre la crisis ecosocial sistémica que padecemos, será muy difícil cambiar la realidad. Olvidamos y olvidamos rápidamente. El historiador Jacques Le Goff decía que una de las máximas preocupaciones de las clases dominantes es “apoderarse de la memoria y del olvido”. La pandemia ha sido un trasiego general que ha cambiado la sociedad, pero eso no quiere decir que el mundo cambie a mejor. Habrá que intentarlo, habrá que cambiar radicalmente mediante una lucha organizada, inteligente y persistente, donde sepamos juntar muchas fuerzas locales y globales. Margaret Thatcher hablaba de la TINA [ “There Is No Alternative”], que no había alternativa. La paradoja es que ahora sí que no hay alternativa: o cambiamos o vamos camino del ecocidio y del genocidio.

Habrá una transformación ambiciosa para que la humanidad no acabe colapsando… ¿Cuáles serán las claves? La pandemia es un baño de humildad que nos debería hacer comprender que somos naturaleza y que, si la dañamos, también nos dañamos a nosotros. Hay que resolver la emergencia climática generada por los países, por empresas y por los grupos más ricos, y hacer frente a la crisis ecológica que hace que gastemos 1,7 planetas y una próxima crisis de energía. Todo esto es infinitamente peor que la pandemia. El peor virus que tenemos es un capitalismo fosilista que necesita una acumulación constante, un crecimiento ilimitado y de desposeer los bienes comunes, lo que significa que la vacuna más efectiva es un cambio político profundo. Por ello, además de hacer frente a la crisis pandémica y pospandémica, frenando la precarización laboral y vital, y la desigualdad, y fortaleciendo los servicios de salud y sociales golpeados por las políticas neoliberales, hay que salir de la lógica económica y cultural de un capitalismo “tecnofeudal” -como dice Iannis Varufakis– en guerra con la vida. Las reformas son importantes e imprescindibles, pero muy pronto nos enfrentaremos con situaciones límite que nos obligarán a hacer cambios sistémicos muy profundos para evitar el colapso.

¿Vienen tiempos convulsos, pues? El escritor Carl Amery planteó que la lucha por los recursos escasos en una tierra finita era el tema crucial del siglo, y que un grupo superior neofascista trataría de imponer una sociedad autoritaria, represora y racista para defender su forma de vida ante los grupos inferiores. En un tiempo lleno de inseguridades, de miedos y de desigualdades donde, como ya ha anunciado el Fondo Monetario Internacional, aumentarán las revueltas sociales, los movimientos populistas y neofascistas tienen un campo abonado. La alternativa es luchar por una sociedad más democrática y fraterna que cuide la vida en todos sus niveles, con una economía homeostática y un decrecimiento selectivo y justo adaptado a los límites biofísicos de la Tierra. Tenemos que aprender a vivir mejor con muchos menos recursos y bienes, y esto significa crear una sociedad no capitalista, ecofeminista y anticolonial. No será fácil. Habrá una sociedad consciente y organizada que aprenda a hacer políticas sistémicas complejas y a hacer frente a quienes no quieran renunciar a sus privilegios aunque el mundo se acabe. Menciono cuatro puntos que me parecen clave. Primero, que mucha gente tome conciencia de la dimensión de la crisis actual y que es posible vivir bien de otra manera, con mucho menos consumo, de forma más saludable, humana y realmente sostenible. Esto significa una reeducación ciudadana política y cultural muy profunda. Segundo, hay que seguir experimentando vivir de una manera diferente, con cooperativas de producción y de consumo, nuevas formas de vida y relaciones. Tercero, hay que disponer de grupos de análisis (think tanks ) potentes que hagan análisis y propuestas para arrinconar las fuerzas reaccionarias y neofascistas. Y, cuarto, hay que juntarse, ganar fuerzas, y movilizarse sostenidamente con movimientos a la vez locales y globales, descentralizados y coordinados, ágiles, resistentes y capaces de adaptarse a los cambios y de presionar a los gobiernos.

Una pastelería en Tokio

Ana Sánchez

No es frecuente encontrar películas orientales en nuestras pantallas occidentales, por eso quizá nos choca la estética, la forma del relato, el carácter de los personajes… casi todo, en definitiva. Puede pasarnos algo así con “Una pastelería en Tokio”, de Naomi Kawase, una película japonesa de 2015 que nos habla de la soledad y de la necesidad del ser humano por ser escuchado y compartir.
Un relato sencillo en el que se entrecruzan las historias de tres personajes, de tres generaciones que representan una especie de cuadro de las tres edades, un entramado que conjuga pasado, presente y futuro.

A lo largo del metraje se va estableciendo una relación de amistad y respeto entre los tres personajes, tres personas dañadas que comparten, cada uno de una manera, el espacio de esta pastelería, tres seres frágiles y fuertes a la vez, personalidades solitarias que parecen no haber encontrado su lugar en el mundo; en este lugar común que les une van relatando su historia, porque todos tenemos una historia que contar y todos tenemos historias que escuchar. Precisamente, a través de este relato, la directora nos muestra que nunca es tarde, que la persona menos pensada nos puede aportar la fuerza necesaria para salir del abismo en el que en ocasiones creemos encontrarnos.
Se trata de una visión positiva y esperanzadora sobre la condición humana, demostrando cómo los cambios más sencillos pueden hacernos mejorar. La anciana protagonista, Tokue va constatando cómo nada es suficientemente pequeño, cómo todo tiene una importancia vital y decisiva.
Precisamente a través de su vida se une un cierto sentimiento de culpa colectiva, en el que se refleja cómo se ha comportado la sociedad a lo largo del tiempo con gente como ella; pero a esto hay que vincular también una dosis de remordimiento individual, reflejado en la vida del pastelero al que se une en el trabajo. Aquí, la anciana Tokue aporta un ingrediente fundamental: el del amor a la tarea bien hecha y la escucha real y profunda del otro, aunque nos hable sin palabras. Un corazón cerrado por viejas heridas del pasado y el medio a volver a ser herido es capaz de empezar a sanar gracias a alguien que muestra con su vida y con sus acciones que estamos aquí para ver y para escuchar, para hacernos prójimos del otro desde su debilidad y desde la nuestra.

La suaves y sutiles imágenes que van poblando todo el relato no nos alejan de la realidad de los personajes, los cerezos en flor acarician con ternura la discriminación de los hombres, el aroma de la cocina embriaga la soledad en compañía, la luz de las miradas ilumina el incierto futuro que se redescubre junto con los otros. En definitiva, un cuento melancólico lleno de encanto y dulzura, un relato de aprendizaje, un redescubrimiento del mundo, un renacer a la vida a través de tres generaciones que, a priori, nada tienen que ver entre ellas, más que el que se encontraban apartados de la sociedad y que juntos pueden volver a aventurar la vida desde una misericordia que se dibuja en los pequeños actos cotidianos de cercanía al otro.

¿Hasta dónde seguir la propia conciencia?

Fuente: es.la-croix.com

La palabra conciencia aparece a menudo en la moral cristiana. «Yo tengo mi propia conciencia», «Tengo mala conciencia», «Tengo un caso de conciencia»… Expresiones que nos indican que la conciencia es lo que nos dice lo que está bien y lo que está mal. Pero ¿es así de sencillo? ¿Hasta dónde seguir la propia conciencia?

Sophie de Villeneuve: ¿Qué es la conciencia?

Sylvain Gasser, sacerdote asuncionista: La palabra conciencia proviene del latín, y significa «con ciencia», con una aportación exterior, una luz que se nos da. A menudo se habla de «conciencia esclarecida». El trabajo de la conciencia no está separado del mundo en el que vivo. La conciencia necesita alimentarse de las aportaciones del mundo exterior para permitir a la inteligencia del corazón, al trabajo del espíritu, a la razón, que emita una opinión, que juzgue y permita a otros que progresen y vivan juntos.

¿Es la conciencia lo que nos permite distinguir el bien del mal?

Nos permite emitir juicios de valor sobre los actos que hacemos o que hacen los otros, y que influyen en nuestras vidas. Si alguien decide votar una u otra ley, esto tendrá consecuencias sobre la vida de los otros. La conciencia trabaja en tres etapas, que se podrían relacionar con la parábola del hijo pródigo (Cf. Lc 15,18).

En primer lugar, la conciencia es testigo, reconoce lo que he hecho, como el hijo pródigo que, cuando se encuentra en el fondo del abismo, sabe que debe volver a la casa de su Padre. Dice: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti». Reconoce lo que ha hecho.

Después, la conciencia lleva a la acción. El hijo pródigo dice: «Ya no merezco llamarme hijo tuyo», reconoce las consecuencias de sus actos, sabe que debe emprender nuevos caminos.

Por último, la conciencia acusa o excusa. Lleva a emitir un juicio. «Trátame como a uno de tus jornaleros», dice el hijo pródigo. El padre actuará de otra manera, y se descubre entonces que es otro quien debe emitir un juicio sobre mis propios actos.

Entonces, el trabajo de la conciencia exige una reflexión importante…

Evidentemente. La conciencia no actúa bajo impulsos; es un trabajo que exige un momento de toma de distancia, un tiempo de aportaciones de conocimientos, un tiempo de comprensión de lo que sucede. Pero no siempre se tiene el tiempo necesario para encontrar una respuesta a lo que nos pasa. Tomemos el caso de los atentados de Charlie y del Bataclan. Después del atentado contra los periodistas de Charlie Hebdo, todo el mundo ha reaccionado, se ha manifestado, personas del mundo entero han venido a las calles de París. Once meses más tarde se asiste a una carnicería espantosa, que no provoca sino asombro y silencio. Nadie en la calle. Nos hemos dado cuenta de que todo el mundo podía verse afectado por esos atentados, y que no era suficiente esgrimir los valores de la libertad o de la República para actuar contra este mal endémico que descompone nuestras vidas personales y también nuestra vida colectiva. Era necesario un trabajo de discernimiento que dura hasta hoy para comprender lo que pasa. Hoy comprendemos que nuestros valores de paz o de libertad tienen un precio, que exigen un combate y medios para ese combate.

También tenemos casos personales de conciencia… Por ejemplo, algunos cristianos se preguntan si deben hacer siempre lo que dice el papa o la Iglesia. ¿Se puede en conciencia tomar otro camino? ¿Cómo discernir?

Es una cuestión importante que a veces se plantea en el curso de un proceso. Algunas personas no son conscientes del límite entre el bien y el mal, o no saben lo que es el mal. ¿Cómo condenarles, entonces, si no tienen conciencia de haber actuado mal? No comprenden el sentido de su condena. En el marco de la fe, la conciencia me lleva a reconocer cosas buenas y otras que no son conformes al bien que la Iglesia busca en nombre de Cristo. La conciencia cristiana lleva a buscar el bien común que se manifiesta en la palabra de Cristo, y al que nos conduce por su muerte y su resurrección. Debemos esclarecer nuestra conciencia a la luz de esta revelación y esta luz debe permitirnos poner un límite entre el bien y el mal, y emitir un juicio. Cuando tengo un caso de conciencia, ilumino mi conciencia a la luz del Evangelio.

Pero puede darse que en conciencia una persona pueda decidir, por su propio bien, actuar en contradicción con lo que dice la Iglesia, por ejemplo, divorciándose o decidiendo abortar…

Estas personas deben seguir su conciencia hasta el final. Si una mujer se ve obligada a abortar, cualesquiera que sean las razones, y si se ha preguntado en conciencia en relación con su ambiente o en relación a la complejidad de la situación en la que se encuentra, tomará su propia decisión. Pero también se trata de una cuestión colectiva: ¿cómo acompañamos a estas mujeres que se encuentran en necesidad, que sufren muchísimo, y que se encuentran obligadas a hacer algo que la moral desaprueba? Quizás estas personas no han tenido ni la luz ni el apoyo necesarios. Si considera que la situación en la cual usted se encuentra es sencilla, y no tiene en cuenta la complejidad del mundo, a menudo tendrá usted una respuesta simplista. Se puede decir que el aborto es un crimen, pero ¿qué decir ante la persona cuya situación es complicada y que tiene poco tiempo para tomar una decisión?

¿Hasta dónde seguir la propia conciencia?

Como cristiano, diría que hay que seguirla hasta la luz del Evangelio, hasta el final del trabajo de discernimiento, para comprender el bien que Cristo quiere de mí. Y yo no puedo hacer esto en lugar de otro. Puedo ayudarle, puedo acompañarle, darle elementos que le ayuden a responder, pero no puedo dictarle su decisión.

Entonces, en último lugar, es la persona quien debe decidir.

Sí, y por eso la Iglesia pone de relieve la libertad de conciencia. La conciencia se relaciona con la libertad.

¿A la Iglesia le importa esta libertad?

Sí. La Iglesia no ejerce, como desgraciadamente puede hacer un poder tiránico. Garantiza la libertad de cada uno, insistiendo en que esta libertad está ordenada a la búsqueda de un bien que se fundamenta en el anuncio y la palabra de Cristo muerto y resucitado por nosotros.

Sylvain Gasser, asuncionista. Declaraciones recogidas por Sophie de Villeneuve en la emisión «Mille questions à la foi», en Radio Notre-Dame.

El hambre sigue aquí

Fuente: chachara.org

Martín Caparrós

Hace siete años publiqué un libro que se llamaba El Hambre e intentaba entender por qué, en un mundo que ya puede de producir alimentos para todos sus habitantes, todavía hay cientos de millones de personas que no comen lo que necesitan. En estos días se publica la primera edición revisada y actualizada con las cifras y datos más recientes. Por desgracia, no fue necesario cambiar prácticamente nada en el análisis: las causas, las razones siguen siendo las mismas.

Aquí, el inicio del prólogo: 

El panorama no es alentador. Cuando apareció este libro la situación mejoraba levemente: la cantidad de personas desnutridas había disminuido lentamente durante los veinte años anteriores. Y aún así era una tragedia. Ban Ki Moon, el ex secretario general de las Naciones Unidas, había advertido que cada cuatro segundos una persona moría de hambre, malnutrición y todas las enfermedades relacionadas: diecisiete cada minuto, veinticinco mil cada día, más de nueve millones cada año –pero eso no parecía importarle a nadie.

Y entonces la cantidad de hambrientos empezó a crecer otra vez. En América Latina, por ejemplo, la FAO calculaba que eran unos 39 millones en 2015 y en 2019 ya llegaban a los 48 millones; en África contaba 217 millones en 2015 y 250 cuatro años después; en Medio Oriente, 27 y 30.

Las explicaciones son muchas y son discutibles –de eso trata este libro– pero la pregunta central sigue siendo la misma: ¿cómo carajo conseguimos vivir sabiendo que pasan estas cosas?

¿Cómo podemos vivir en un mundo que, pese a su capacidad de alimentar a todos sus habitantes, soporta que más de 800 millones de ellos no coman suficiente? ¿ Cómo, en un mundo donde el hambre sigue siendo la epidemia más mortal, que mata más personas que la malaria, la tuberculosis y el sida juntos? ¿Cómo, con la conciencia de que podríamos solucionarlo si nos lo propusiéramos pero no lo hacemos?

Sigo creyendo que el hambre debería ser nuestra preocupación principal: que el orgullo de un mundo sin hambre es la meta más gozosa que podría imaginar. Y sigo pensando que, para conseguirlo, el primer paso es saber y el segundo entender –las metas imposibles de este libro. El tercero sería actuar, pero eso está más allá de sus posibilidades; es, quizá, parte de las suyas si usted lo decide, se decide, quiere.

Y aquí, el final del epílogo:

Los llamados empezaron a fines de abril, o quizás en los primeros días de mayo. Eran radios, sobre todo, en esos días de confinamiento, o algún programa de televisión por zoom o por skype, y querían preguntarme qué pensaba sobre el aumento del hambre que traería la pandemia. Me sorprendieron, porque hacía mucho que nadie me preguntaba nada sobre el hambre. Pero resulta que la FAO había vuelto a atacar con sus cifras y eso, entonces, inducía las preguntas.

–¿Qué opina de esos cálculos que dicen que habrá entre ochenta y ciento treinta millones de hambrientos…?

Ya sabemos que los números de la FAO son tan dudosos pero que, al mismo tiempo, son los únicos. Por eso no les hice mucho caso cuando publicaron que “una estimación preliminar sugiere que la pandemia puede agregar entre 83 y 132 millones de personas al número total de desnutridos del mundo”. Pero los periodistas, confiados, confinados, sí lo hicieron y empezaron a llamarme para preguntarme por ese dato que, pese a todo, les había llamado la atención. Eran, a fin de cuentas, como cien millones de personas.

–¿Y por qué se preocupan ahora por cien millones más cuando hace tres meses no se preocupaban por los 800 millones que están pasando hambre siempre? ¿No les parece un poco hipócrita?

Les contesté más de una vez. Lo siento, pero me cabreó. Pensé que quizás se trataba de su idea de “noticia”: que esos 800 millones siguieran allí no era nada nuevo; en cambio la aparición de millones más lo era. Quizá fuese nuestra incapacidad para contar lo que no sucedió dos días atrás, para hacer del mundo en que vivimos una explosión de historias. O si acaso cinismo puro y duro: con algo hay que llenar la pantallita y esto podría impresionar al público y mostrarnos como buenas personas preocupadas. Hasta que busqué el comunicado de la FAO y lo volví a mirar. Allí –aunque ninguno de los periodistas que me llamaron la citó– yacía agazapada la razón brutal: “Pockets of food insecurity may appear in countries and population groups that were not traditionally affected”, decía: que unos “bolsillos de inseguridad alimentaria –burocratés a tope– pueden aparecer en países y grupos de población que no eran tradicionalmente afectados” –por el hambre, se entiende.

Allí sí había una clave –y es, probablemente, una de las claves de la pandemia–: que, así como empezó a morirse gente que antes no se moría, empezarían a pasar hambre personas que antes no. Que, por acción y efecto de los viruses, el hambre podría perder, en ciertos casos, su característica principal: ser algo que les pasa siempre a otros.

En las calles de Madrid, donde ahora paro, hay colas de personas que piden alimentos. Muchos de ellos, cuentan, nunca antes pidieron comida –pero se han quedado sin trabajo, sin ahorros, sin reservas o ayudas y no les queda otra. Dicen que unas 250.000 personas reciben ayudas alimentarias en Madrid, uno de cada quince habitantes de la capital de uno de los quince países más ricos del mundo. Dicen, también, que en Nueva York ya pasan del millón y medio.

La demanda se dispara, la oferta no acompaña. La emergencia tiene un doble efecto: por un lado, algunos que no solían pedir ahora lo hacen y, por otro, algunos que querrían dar ahora no pueden. Pero algunos que no solían ayudar ahora lo intentan.

La situación se deteriora, y te dicen que es culpa del coronavirus. Es y no es. El virus no causa nada: agudiza, si acaso, los problemas existentes, desigualdades existentes, pobrezas existentes. Desvela, revela, lleva al límite: es el leve empujón que desbarranca a los que sobrevivían en el borde.

El corona empezó con una aureola de igualdad: nos atacaba –nos ataca– a todos. Pero rápidamente la desigualdad empezó a manifestarse con fuerza, con brutalidad. Estaba, para empezar, la desigualdad fundamental entre los que podían darse el triste lujo de encerrarse –no trabajar o trabajar encerrados– y los que no, los que debían salir a la calle a buscarse la vida. Es decir: los que se aburrían e inquietaban y asustaban pero sabían que todo consistía en armarse de paciencia, y los que sabían que si eso seguía así ya no sabrían más nada.

Y estaba la desigualdad básica de tener que confinarse cuatro o cinco en un piso de sesenta metros o siete u ocho en un ranchito o cuantos fueran en una casa con jardín. Y la desigualdad de estar moderna y abundantemente conectado e informado o tener que enterarse de alguna cosa cada tanto. Y la desigualdad de saber que si te enfermabas tenías que ir a tentar la suerte a un hospital colmado y mal provisto o tenías “derecho” a una atención cuidada y moderna porque lo has pagado –lo que te ofrece incluso la opción de reclamar, porque el cliente, a diferencia del ciudadano, siempre tiene razón.

Y estaba la desigualdad de poder comprar las mascarillas y alcoholes y remedios necesarios, o no poder comprarlos. Y la desigualdad entre los que debían trabajar en contacto con personas –sanitarios, cajeros de supermercado, policías, choferes– y los que no. Y los que podían convertir su trabajo en teletrabajo y los que no. Y los que podían desplazarse seguros en sus propios coches y los que debían amontonarse en un transporte público, y había tantas más diferencias y desigualdades y cada una de ellas tenía dos facetas: la desigualdad social, entre personas de distinta clase en un mismo país, y la desigualdad nacional, en que todos los habitantes de un país tenían ventajas sobre los de otros.

Y, por supuesto, la desigualdad más bruta, más primaria: tener o no tener comida.

Queda dicho: las cifras del hambre no son fiables. Pero, pese a todo, estaba claro que, tras una disminución a principios de la década pasada, la cantidad de hambrientos empezó a aumentar en 2014 o 2015: se debió, en general, a la baja de los precios de las materias primas, que complicó las economías de los países pobres que las producen en Latinoamérica o en África, y a otros reveses económicos. Así estábamos, en esa caída leve pero sostenida, preocupante, cuando la crisis del corona mandó todo al carajo: decenas de millones de personas dejaron de comer lo suficiente.

Y, queda dicho: son los de siempre pero no solo los de siempre. La movida no tiene muchos precedentes. Por eso es difícil  prever adónde va; hoy, noviembre 2020, no se puede ver dónde nos lleva. Más allá de mi cólera, cien millones de personas que empiezan a pasar hambre casi de repente es un desastre pocas veces visto. Muy pocas veces visto. Va a producir efectos, va a tener consecuencias.

Cuáles, es la pregunta decisiva.

¿Nos servirá para aprender, para intentar cambiar? ¿Les servirá a los estados para reafirmar su necesidad –y su poder extraordinario? ¿Sabremos reclamarles que se ocupen en serio de los que lo precisan? ¿Será posible que lo hagan sin aumentar sus coacciones? ¿Podremos sacudirnos el imperio del miedo? ¿Nos asustaremos aún más cuando veamos que faltan tantas cosas o saldremos a buscarlas por los medios que sean? ¿Habrá más libertades, más represión, más comprensión, más aspereza? ¿Habrá más hambre? ¿Habrá pelea?

¿Será el principio de algo o será el fin de nada?

Estamos, como siempre, en una encrucijada.

Cuando solo queda caer

Juan Carlos Botero

Fuente: zendalibros.com

Es infalible. Cada vez que observo El tres de mayo de 1808, el famoso cuadro de Goya pintado en 1814 que cuelga en el Museo del Prado en Madrid, se me humedecen los ojos. Porque me pasa igual que cuando contemplo cualquier obra maestra, como por ejemplo una escultura de Bernini o Miguel Ángel: comprobar, admirado, que una piedra tallada, una materia inerte, pueda conmover de tal manera. Y aquí sucede igual, pues es asombroso que un viejo lienzo, con sólo formas y colores, pueda expresar tanto.”En esos instantes previos a la muerte todos actúan de manera distinta: unos se cubren los ojos, otros rezan y otros sollozan desesperados”

Porque ésta es una de las grandes pinturas del arte universal. El tema es el levantamiento del pueblo español contra las fuerzas de Napoleón, el 2 de mayo de 1808, y la represalia brutal del ejército francés al día siguiente. En la colina del Príncipe Pío, sobre un fondo nocturno donde se entrevén los tejados de Madrid, los patriotas son llevados como ovejas al matadero. Contra un muro de piedra, ferozmente iluminado por un farol en el suelo, el pelotón de fusilamiento le dispara a bocajarro a los ciudadanos inermes, y a sus pies yacen los primeros cadáveres. En esos instantes previos a la muerte todos actúan de manera distinta: unos se cubren los ojos, otros rezan y otros sollozan desesperados. Pero allí, casi en el centro del lienzo, un solo hombre, de rodillas y vestido con un camisón blanco y dramático, hace lo que puede en el segundo final de su vida: se abre de brazos como Cristo en la cruz y ofrece su pecho a los fusiles, en un acto estremecedor de protesta y coraje. ¿Un gesto inútil, como sugiere el cadáver sangrante en la tierra, que espeja el mismo ademán de los brazos abiertos? Quizás. Pero es un gesto ejemplar, porque cuando todo está perdido, parece decirnos el gran artista español, todavía queda un resquicio para el desafío. Para el acto heroico. Para la dignidad.

La alusión a Cristo no es casual. La postura de este mártir anónimo de brazos abiertos y la herida en su mano que evoca los estigmas establecen un paralelo deliberado, porque su acto de grandeza, como el de Cristo, triunfa sobre la barbarie de sus asesinos. Este patriota cae de rodillas pero no está vencido, y por eso es uno de los mayores símbolos de resistencia y valor ante la muerte de todos los tiempos.”Ésa es la figura de Goya: sólo le resta caer, pero a diferencia de los otros, su caída es heroica. Y su gesto nos salva a todos”

Por su lado, los soldados apuntan sin piedad y disparan a quemarropa. De rostros ocultos, parecen robots más que seres definidos. Es la primera vez que un artista retrata al verdugo así, anticipando lo que será un rasgo aciago de la violencia moderna: no el combate cara a cara, donde el hombre toca y huele y ve el rostro crispado de cólera o dolor del enemigo, sino el cobarde que mata a distancia, oprimiendo un botón o soltando bombas desde el aire para evitar ensuciarse las manos.

Sin embargo, la figura que nos conmueve es ese hombre humilde, de tez morena y patillas negras, que muere de ojos abiertos. Porque evoca la película El león en invierno, con Peter O’Toole. El rey, Enrique II, decide matar a sus hijos. Éstos aguardan su suerte en un calabozo y uno dice: «El rey no me verá suplicar». Otro responde: «Eres idiota; vamos a morir y no importa la manera que un hombre cae». Y su hermano replica: «Cuando la caída es lo único que queda, importa mucho». Ésa es la figura de Goya: sólo le resta caer, pero a diferencia de los otros, su caída es heroica. Y su gesto nos salva a todos.

La Comuna de París

Lo común: a los 150 años de la Comuna de París

Rodrigo Lastra

Este año 2021 coinciden aniversarios de grandes acontecimientos “comunales” de la historia: a los 500 años de la Revolución de los Comuneros de Castilla que conmemoramos hace unos días (1521, quizá la primera revolución moderna) se suman los 150 años de otra revolución comunera, la Comuna de París (1871, quizá la primera revolución proletaria contemporánea). Es significativo que la memoria de estos acontecimientos en nuestra sociedad occidental, tan deudora de aquellos que fueron pioneros de los caminos por los que hoy todavía transitamos, haya pasado casi inadvertida en muchos de sus aspectos.

Hasta la implantación del 1º de Mayo a finales del siglo XIX, el día de conmemoración de todo el movimiento obrero era el 18 de marzo, la jornada en la que estalló la Comuna de París. El color rojo de las banderas de las muy diversas organizaciones de clase que inunda las calles de medio mundo cada primero de Mayo (este año mucho menos debido a la pandemia) es herencia de aquella Comuna de París. Es de reseñar también que hasta que se consolidó esa fecha se produjo un debate entre la propuesta francesa y la norteamericana en torno a qué día celebrar la jornada: mientras los americanos proponían el primero de mayo, los franceses abogaban por el diez de febrero, a lo que se sumaban también otras diferencias, como que mientras los primeros presentaban sus propuestas reivindicativas a los patronos, los segundos las presentaban a los poderes públicos.

El ambiente revolucionario francés decimonónico tuvo gran influencia en todos los movimientos revolucionarios europeos. Aunque la revolución francesa más conocida es la que comenzó con la toma de la Bastilla a finales del siglo XVIII, resulta más apropiado hablar de las Revoluciones Francesas, pues, desde aquella primera de 1789, durante todo el siglo XIX Francia será el epicentro de una agitación revolucionaria que centrifugamente repercutirá en el resto de Europa. Hasta bien entrado el siglo XX la marsellesa era la canción que se repetía en todos los conatos revolucionarios que se producían.

El siglo de las revoluciones

Los miserables de Víctor Hugo es una de aquellas obras inmortales cuyos hechos transcurren en el contexto de esa Francia agitada y revolucionaria. La historia de los miserables acaba en una revuelta menor sucedida en 1832 (pasada ya la primera revolución francesa y en ciernes la revolución obrera de 1848) pero que contextualiza muy bien todo ese siglo convulso y que sería el preludio de las nuevas revoluciones, especialmente de las revoluciones de 1848 y 1871, que marcaron un hito en la historia del movimiento obrero.

La revolución de 1848 supuso la primera revolución con un marcado contenido y protagonismo obrero. No así la de 1789, donde los pobres fueron la tropa de asalto para instaurar en el poder político a una nueva clase social, la burguesía, que ya había adquirido el poder económico. Para los miserables, las cosas siguieron igual o peor. Pero también fue la última revolución de la época del movimiento obrero que podríamos llamar “pre-ideológica”. 

La siguiente gran revolución francesa fue la comuna de París, cuyo 150 aniversario conmemoramos ahora. Aquellos comuneros, por primera vez en la historia, lograron cambiar el mundo desde abajo. La verdadera novedad histórica fue que los desarrapados gobernaron la capital más importante de Europa durante más de dos meses. Tras la derrota del gobierno de Napoleón III en la Guerra Franco-Prusiana (1870), París fue sometida a un sitio de más de 4 meses por parte de Alemania. El Ayuntamiento de París, apoyado por la mayoría de su población (dos millones de habitantes famélicos y harapientos) decide no aceptar las terribles condiciones que Alemania impone a Francia (que suponen más hambre en casa de los pobres) y se determina a seguir luchando casi desesperadamente. El gobierno provisional de la República, presidido por Adolphe Thiers, prefiere retirarse de la ciudad e instalarse en Versalles, lejos del conflicto, para intentar doblegar desde allí a la población rebelde.

Los Comuna de París un proyecto político autogestionario

Es entonces cuando, ante ese vacío de poder, un 18 de marzo los excluidos de aquel París se negaron a devolver los cañones empleados en la guerra franco-prusiana y que estaban en esos momentos apostados en el barrio de Montmartre. Esas clases populares habían sido expulsadas a la periferia por la construcción de los grandes bulevares de la burguesía parisina a mediados del siglo XIX, sufrieron las medidas impopulares de alquileres y salarios, la explotación brutal del naciente industrialismo, la beneficencia humillante, la represión de la revuelta de octubre de 1870 y los desastres de la guerra franco-prusiana.

Audacia y Valentía de un pueblo que se enfrentó a Prusia primero y a Versalles después para instaurar un proyecto político popular autogestionario. Por primera vez los oprimidos toman clara conciencia de conquistar el poder político, ya no se trata de una multitud de reivindicaciones, ni de hacer que se oiga su voz. En el manifiesto de aquel 18 de marzo la Comuna proclamó “…los proletarios de París han comprendido que es su deber imperioso y su derecho indiscutible hacerse dueños de sus propios destinos, tomando el Poder…”. Su experiencia los llevó a entender que tomar el poder no podía limitarse a tomar la máquina del Estado tal y como estaba y usarla para sus propios fines; se trataba de destruir esa maquinaria vigente y construir una nueva. Se trataba de que los de más abajo, por primera vez, gobernasen.

En 72 días de existencia, la Comuna de París condonó los alquileres, se autogestionaron los talleres por parte de los obreros, se separó la Iglesia y el Estado, se suprimió el trabajo nocturno, se hizo una relación de talleres abandonados y se entregaron a los obreros, se suprimieron las obras de beneficencia que “encadenaban al pobre al clero o al Estado”. Por primera vez las mujeres cobraron un protagonismo principal (las petroleras, mujeres como Elisabeth Dmitieff, Nathalie Lemel o Louise Michel, a la que el anarquismo le debe la bandera negra, fueron claves en las luchas comuneras).

Por primera vez aparece un claro componente ideológico con representación de las diversas corrientes que ya iban cogiendo forma. Y es que la Comuna de París fue la última experiencia donde todo el movimiento obrero se siente representado; aunque primó la influencia del mutualismo proudhoniano, conviven codo a codo el protocomunismo blanquista con republicanos jacobinos y otros miembros de la I Internacional. Todas las tendencias de la izquierda francesa del momento fueron partícipes. La unidad de la Primera Internacional, fundada 5 años atrás, seguía vigente y no será hasta el año siguiente cuando saltaría por los aires en las personas de Marx y Bakunin.

Ante el primer intento de cambiar el mundo, los poderosos del momento mostraron toda su naturaleza. Y por ello recibió la más dura represión conocida, cuando el 28 de mayo de 1871 la comuna fue derrotada. Comenzó la semana sangrienta y hasta 5 años después se mantuvo la ley marcial en París. El odio de clase fue durísimo y decenas de miles fueron asesinados por aquella osadía histórica. Pero la semilla en la historia de que la autogestión política, poniendo a los miserables en el centro, es posible, quedó sembrada. A pesar de sus no pocos errores, el sacrificio y la sangre de tantos hombres y mujeres entregados, merecen nuestra humilde memoria.