La rebelión mestiza pendiente

Mónica Prieto

Vaya este artículo como pequeño homenaje a José Luis Rubio Cordón. Con la edición de La rebelión mestiza en 1992 en Voz de los sin Voz con ocasión del V Centenario del encuentro entre Europa y América, Julián Gómez del Castillo quiso “hacer justicia al doctor Rubio Cordón, olvidado por los grandes medios de comunicación y los poderes políticos”. De manera sorprendente años después, el papa Francisco en Fratelli Tutti reivindica el mestizaje como la mejor aportación de identidad cultural en el anhelado mundo abierto.

José Luis Rubio, profesor de Pensamiento Político Iberoamericano fallecido en 2008, defendió a lo largo de su vida una idea que cobra hoy mucha fuerza: El destino de Iberoamérica es un destino mestizo. Iberoamérica puede aportar la prueba -la prueba cristiana- de que es posible la integración de cultura y de razas.

Para José Luis Rubio la “mestización fecunda” estaba asentada sobre la base común de lo ibérico en factores étnicos y culturales autóctonos y africanos y en menor medida asiáticos juntamente con aportaciones europeas y medio-orientales.

Lo ibérico que llegó a América también era mestizo debido a sus ocho siglos de presencia árabe decía él, a la que habría que añadir la presencia bereber.

Sin embargo la independencia del siglo XIX, que monopolizaron las minorías oligárquicas, fue una empresa esencialmente criolla, y por tanto, principalmente española y blanca.  Años después de la publicación de aquel libro las élites políticas y religiosas siguen encastillados en esa visión de la historia. La carta a los españoles americanos  de Viscardo y Guzmán, ex-jesuita, escrita en 1791, hoy es reivindicada en la  la página web oficial del bicentenario de la independencia del Perú, que lo señala como el arequipeño que inspiró las independencias de América. También los jesuitas de Perú le señalan como el precursor de la independencia hispanoamericana, aunque después maticen: hay desacuerdo entre los historiadores tanto sobre la importancia e influencia de Viscardo en la promoción del movimiento emancipador, como sobre su misma estatura humana y los motivos que lo impulsaron

La carta de Viscardo tiene párrafos que merecen ser reconocidos en sus anhelos de justicia hacia un continente expoliado, y ciertamente es una denuncia descarnada del despotismo y un anuncio del poder que debe tener siempre sus contrapesos. Especialmente llamativa es su referencia a la figura de el Justicia, magistrado de las Cortes aragonesas, que era un recuerdo permanente de que la soberanía popular estaba por encima del poder real. Esta aspiración democrática a la que José Luis Rubio hubiera calificado de típicamente ibérica, es ciertamente surgida de las aspiraciones de libertad de los pueblos a lo largo de la historia. Pero Viscardo, habla mucho más en su texto de libertad individual que de la libertad de los pueblos, la libertad del liberalismo burgués. Su propuesta es de independencia burguesa  que no ha sido ni es respuesta para el mundo de hoy. En su Carta a los españoles americanos, las huellas de este pensamiento burgués, son muy evidentes. Viscardo era un “mestizo” pues la lengua materna de su madre era el quechua. Sin embargo y a pesar de sus constantes referencias a los indios y mestizos en su carta, el grueso de sus reivindicaciones se dirige al poder español que impide el ejercicio del poder administrativo y político de los criollos. Reivindica el poder criollo, es decir,  de aquellos que tenían el poder económico pero no el político: típica revolución burguesa. Prueba de ello son los aliados que buscó, los “ingleses americanos”, a quienes intentó seducir sin éxito por las posibles ganancias económicas para ellos. Parece que el derecho natural al que apela para los descendientes de los españoles como él, no existiera para los habitantes originarios de aquellas tierras.  José Luis Rubio va más allá: la oligarquía criolla, impidió la emancipación de  los pueblos americanos: A pesar de su antiespañolismo nominal esa rectoría de los criollos -minoría paralela a la oligarquía extranjerizada peninsular- definió para siempre el rasgo ibérico que forma  que forma el lazo común de la población de toda Iberoamérica, anulando el posible histórico de una pluralidad de nacionalidades montadas sobre razas aborígenes diferenciadas en rasgos físicos, lengua y creencias. 

Las conmemoraciones del descubrimiento de América  se han puesto de nuevo de actualidad por la destrucción de las estatuas de los colonizadores (aunque algunos de ellos fueran más emancipadores que colonizadores). El fin de la conciencia histórica de la que habla el Papa Francisco en Fratelii Tutti  (13-14) provoca manipulaciones ideológicas de toda índole. Mientras discutimos sobre el carácter del descubrimiento y la antigua colonización, bajamos la guardia con las nuevas formas de colonización cultural. Porque el correcto conocimiento de la historia es un elemento emancipador: No nos olvidemos que «los pueblos que enajenan su tradición, y por manía imitativa, violencia impositiva, imperdonable negligencia o apatía, toleran que se les arrebate el alma, pierden, junto con su fisonomía espiritual, su consistencia moral y, finalmente, su independencia ideológica, económica y política». José Luis Rubio habla de “dos independencias”: la del pueblo y la de las oligarquías, incluida la criolla: Los intereses sociales del pueblo y los intereses comerciales de la oligarquía se van a manifestar en dos tiempos distintos, en dos oleadas sucesivas del movimiento independizador. Porque frente a las versiones estereotipadas de la historia oficial, no hay un movimiento independizador único y continuo: hay dos movimientos de independencia claramente diferentes, discontínuos, con motivaciones y objetivos absolutamente diferentes. 

Francisco ha puesto de relieve a lo largo de su Pontificado la promoción del pueblo, incluida la promoción de sus raíces históricas para combatir la colonización cultural: Por ello exhorté a los pueblos originarios a cuidar sus propias raíces y sus culturas ancestrales, pero quise aclarar que no era «mi intención proponer un indigenismo completamente cerrado, ahistórico, estático, que se niegue a toda forma de mestizaje», ya que «la propia identidad cultural se arraiga y se enriquece en el diálogo con los diferentes y la auténtica preservación no es un aislamiento empobrecedor». El mundo crece y se llena de nueva belleza gracias a sucesivas síntesis que se producen entre culturas abiertas, fuera de toda imposición cultural (FT 148)

El sueño de José Luis Rubio parece encontrar su eco en Fratelli Tutti, que nos invita a pensar y gestar un mundo abierto forjado en el diálogo entre todas las culturas. José Luis Rubio recoge una vieja aspiración universal que el Papa Francisco ha recuperado y ha señalado como una de las luces de este mundo de sombras: Un papa latinomericano que nos invita a tener un corazón abierto al mundo entero, pero un corazón comunitario. Con potentes referencias universalistas, nos habla tanto de los pueblos originarios como del mundo islámico-oriental (de las que en España hemos enterrado las raíces, y así nos va….)

América es el continente con más católicos.  Iberoamérica para José Luis Rubio, en su escrito de 1960, es la más indicada para hacer realidad una armonía de culturas y razas en una síntesis humana de raíz evangélica: ese es nuestro destino manifiesto en el mundo que nos rodea: el destino mestizo.

Tener hijos es franquista; morir solo en tu cuarto de baño es guay

Fuente: blogs.elconfidencial.com

Autor: Alberto Olmos

Tener hijos es de pobres y ya solo está bien visto si te cuestan dinero. Es decir, si tenerlos conlleva algún tipo de gasto en inseminación artificial. Es fascinante cómo la naturalización de un progreso o cambio social se pasa siempre de frenada. No están tan lejos aquellos días en los que ligar por internet (así en general) era de pringados. Cuando alguien decía que había conocido a su pareja “en internet”, la gente sentía pena, pues internet era la nueva versión de las clases de salsa, a las que, como todo el mundo sabe, solo te apuntas para encontrar novia. Ahora lo que es de pringados es no tener Tinder, ir por los bares.

El caso es que tener hijos naturalmente es como cutre, tener varios es de fachas y vivir todos en la misma casa, de franquistas. Leí la semana pasada un artículo en ‘ElDiario.es’ que venía a decir esto último. “La familia tal cual la entendemos es una herencia del estereotipo de los años setenta: papá, mamá y un par de hijos o tres. Pero ya no es real”, sentenciaba un señor. Mi familia no es real, amigos. Se ve además que en 1920, 1810 o 1270 nadie en todo el mundo tenía dos hijos ni vivía con ellos bajo el mismo techo, junto al otro cónyuge. Creíais que erais una familia y erais en verdad la Falange.

Yo qué sé. Vamos con ello. Vamos, agotadoramente, con ello.

Los hijos

William Shakespeare promovía divinamente la procreación en su soneto XIII, cuya traducción es muy variada e insatisfactoria en nuestro idioma. Dice William, franquista de primerísima hora, que, bueno, te vas haciendo mayor, y esa belleza tuya a lo mejor merece replicarse, ponerse en otro (“and your sweet semblance to some other give”). También argumenta este mindundi que supone un desperdicio morirse y dejar que se desplome la casa de tu vida (“Who lets so fair a house fall to decay?”). Y remata el soneto con uno de los versos más extraordinarios que puedan leerse sobre padres e hijos: “You had a father: let your son say so”. Algo como: “Tuviste un padre, deja que tu hijo diga lo mismo” (“Tuviste un padre, que a ti te nombre un hijo”, García González; “Bien sabes que tú un padre tuviste: ten un hijo”, Rivero Taravillo).

Los matices del verso son espectaculares. No se limita a decir: “Ten hijos”, sino: “Piensa en que tendrás un hijo que sabrá que tú fuiste su padre”. Esta galantería semántica puede aplicarse enseguida a nuestro tiempo. Las numerosas personas que arremeten contra los niños o recomiendan no tener hijos o se felicitan de que cada vez haya menos familias son, qué duda cabe, hijos de alguien. Sin embargo, hablan como si pertenecieran a una gama humana exclusiva, fruto de la luz solar o, quién sabe, surgida por generación espontánea que nada tiene que ver con aquello que torpedean. Se ríen de las embarazadas (“panza de burra”, dijo Elisa Beni) como si su propia madre no hubiera lucido barriga con ellos dentro; desprecian a los niños (Adrián Lastra) como si ellos nunca hubieran sido niños, y lo que es más admirable: cantan las virtudes de la soltería sin hijos cuando muchos, a buen seguro, ni son solteros ni carecen de ellos.

“La libertad de no ser madre”, “Por qué hemos perdido la motivación de vivir en pareja”, “Las mujeres solteras y sin hijos son el grupo social más sano y feliz del planeta”, “¿Queremos a nuestros hijos por encima de todo?”… Esta ristra de titulares de ‘El País’, junto a muchos otros, recogidos en un hilo de Twitter por Rafael Núñez, nos lleva a pensar que hoy apenas cuatro idiotas tienen hijos. Esta fabulación nascifóbica —donde vemos de nuevo la inclinación por subir la apuesta, pues ya no es igualmente válido no tener hijos, sino, de hecho, mucho mejor— contrasta con el dato que espigaba César Rendueles para su reciente ensayo ‘Contra la igualdad de oportunidades’ (Seix Barral): “La encuesta de fecundidad que realizó el INE en 2018 mostró un resultado fascinante: tal vez vivamos en sociedades digitales, posmodernas, poliamorosas y del riesgo, pero nuestro deseo de tener hijos sigue incólume. Como siempre ha ocurrido, la inmensa mayoría de hombres y mujeres quieren ser padres y madres”. Después de hacer la innecesaria salvedad —imprescindible en estos días de idiocia— de que, como es obvio, le parece estupendo que alguien decida no tener hijos, Rendueles apunta: “Se calcula que las mujeres españolas que deciden de forma consciente, meditada y definitiva no tener ningún hijo no superan el 5%”.

Hacer campaña

De hecho, ni siquiera proceden de ese 5% todos los artículos y tuits contra los hijos, pues la posmodernidad una cosa que sí permite es hacer campaña desde los 18 a los 35 contra los hijos, tener uno o dos entre los 35 y los 38, y seguir haciendo campaña contra los hijos durante el resto de tu vida. Nadie ve en ello contradicción alguna. A fin de cuentas, tenemos una ministra de Igualdad casada y con tres hijos, y con chalé, “conservadora” (sic) en lo sexual, adicta a las sesiones de foto con mucho maquillaje y variación de ‘outfits’, cuyo ministerio propone insistentemente que todo eso que la propia ministra disfruta (tener hijos, pareja estable, casa, dinero a mansalva, una apariencia canónicamente publicitaria y el vicio de exhibir su bonanza a la menor oportunidad) es malísimo, puro veneno; ni se te ocurra, amiga.

Se predica continuamente que tener hijos y sacarlos adelante entre dos no es, como dice Manuel Vilas maravillosamente en ‘Ordesa’ (Alfaguara), “la lucha más hermosa del mundo”, sino una ordinariez y una lata. Se hace sentir culpable a una mujer por albergar deseos de ser madre, como si esa inclinación fuera propia de un títere del sistema o de una cabeza hueca. Luego, todos los que tanto predican y desaconsejan procrean sin pestañear siquiera. Pienso en esa mujer que hoy se cree rara por querer tener hijos cuando, según ‘El País’, no los tiene ya nadie. Le dicen que engrosa las filas de una minoría trasnochada, cuando en realidad forma parte de una mayoría de porvenir. Todo es mentira salvo conseguir saber lo que tú quieres de verdad hacer con tu vida.

Que los niños no puedan defenderse, y menos aún los no nacidos, es lo que me irrita mayormente de estas salvas y derrapes contra la natalidad y la infancia, de este ‘bullying’ continuado contra personas inocentes. Es la vuestra una frivolidad tan autoindulgente que linda ya en la eugenesia; vamos, en el fascismo.

Podría bajar uno al barro citando con demasiado entusiasmo el documental ‘La teoría sueca del amor’ (Erik Gandini, 2015), donde vemos las consecuencias tan lamentables de proponer desde el Estado que cada cual haga de su vida un interminable maratón en Netflix, en la creencia de que ese individualismo es lo que de verdad te hace feliz. Aunque es muy lúgubre saber por este documento que en Suecia hubo de crearse un funcionariado concreto para ir llamando a las casas de la gente a fin de averiguar si se había muerto —tanta soltería y soledad hacían común morir y que nadie se enterara—, ni siquiera me sale la maldad. En serio: moríos solos mientras Netflix pasa al siguiente capítulo. Queda guay.

Pero sí quiero compartir con ustedes una idea juguetona que me viene a veces a la cabeza. Parece que nuestra baja natalidad hará difícil dentro de algunas décadas pagar la pensiones, pues habrá más pensionistas que trabajadores en activo. Normalmente aquellos que promueven “el fin de raza”, que diría Michi Panero, consideran que a todo esto le pondrá remedio la inmigración. Esto es: que tengan hijos los pobres. No deja de asombrarme la coherencia de la izquierda moderna: tu madre limpia mi chalet y los hijos que tenga pagarán mi pensión. (Vete tú a saber si acabando con los pobres no acabaríamos también con esta pseudo-izquierda.)

Pues he aquí mi idea: que la cotización de los hijos una vez empiecen a trabajar se destine directamente a pagar la pensión de sus padres. Lo repito: directamente; patrimonio familiar. Si una mujer inmigrante tiene cuatro hijos que apenas puede mantener, cuando se jubile será rica. Ya dijo Diderot que “los pobres son los que mejor pueblan”. Así las cosas, ¿por qué tienen que pagar los pobres la pensión de los hípsteres? ¿Por qué tiene que cobrar más quien más aporte y no se considera aportación precisamente traer al mundo a uno o más cotizantes? ¿Por qué tienen que ser mis hijos “solidarios” con todos esos que los desprecian y que, de hecho, no querían ni que existieran?

La LEY CELAÁ, desde los últimos.

Nuria Sánchez Díaz de Isla

La LOMLOE o Ley Celaá ha reabierto en nuestro país el debate sobre la educación. Esta ley, planteada sin consenso, ni diálogo social suficiente, enfrenta una vez más a la sociedad española en  temas como  la educación especial, el tratamiento del castellano, el papel de la educación concertada, o la asignatura de religión entre otros.

Viene a sustituir a la LOMCE, ley que fue igualmente aprobada sin consenso ni diálogo, y sin dar respuesta real a los grandes problemas educativos de nuestro país.

La LOMLOE afirma:  «La finalidad de esta ley no es otra que establecer un renovado ordenamiento legal que aumente las oportunidades educativas y formativas de toda la población, que contribuya a la mejora de los resultados educativos del alumnado, y satisfaga la demanda generalizada en la sociedad española de una educación de calidad para todos».

En España crece a pasos agigantados la pobreza y la desigualdad social. Que se hable de oportunidades y calidad para todos, suena bien, muy bien. Hay una brecha enorme entre la infancia empobrecida de nuestro país, y la infancia rica en estímulos y recursos personales, sociales, económicos y educativos. Y la escuela en estos momentos, no consigue, ni a penas se plantea, una auténtica y real compensación de las dificultades socioeconómicas y culturales del alumnado. Esta ley, a pesar de las buenas palabras, tampoco lo hace.

Si de verdad quisieran poner a los últimos en primer lugar, se buscaría un gran pacto político en educación, sin prisas, con diálogo, sin chapuzas, sin aprobar algo que está llamado a durar lo que dure un gobierno.

Si de verdad importase el aprendizaje de los más pobres, se intentaría la colaboración de todo tipo de escuelas, sin enfrentarlas, dotando tanto a las escuelas de titularidad estatal, como a las concertadas de  los recursos suficientes para poder sostenerse sin fondos proveniente de las familias que pueda servir de segregación. Pagar no digo 600, sino 60 euros al mes, es impensable para muchas familias. Es cierto que esta cantidad de dinero dificulta la entrada de familias con dificultades económicas. Es verdad que hay escuelas concertadas con ánimo de lucro, pero también es verdad que las hay, y muchas, con ánimo de servicio, que de hecho son deficitarias sin este apoyo de las familias. Las escuelas concertadas con voluntad de servicio pueden ser una pieza fundamental para la equidad educativa. La asfixia estatal de estas escuelas es además de un grave error estratégico, un fuerte ataque a la libertad de enseñanza.

Si de verdad existiese en esta propuesta un afán solidario, se evitaría la interesada confusión entre escuela pública y estatal. La escuela pública es del pueblo, de las familias, de la sociedad, que puede y debe organizarse y crear sus propios colegios, con pluralidad de planteamientos y sensibilidades. El Estado, con sus escuelas, debe llegar donde la sociedad no llega, de manera subsidiaria, no al revés. La «mercantilización» de la educación no es una buena noticia para el pueblo, pero la «estatalización» tampoco lo es.

Si de verdad se quisiese «compensar» las dificultades del alumnado que ni visita museos, ni se puede pagar clases particulares, o viajes al extranjero, el acento central de la ley sería el de ofrecer una enseñanza que permita dominar la palabra, el conocimiento, las lenguas, la matemática, la historia, la ciencia… Dejando en un plano muy secundario el afán ideologizador y de modelaje del alumnado que impregna toda la ley.

Si de verdad hubiese voluntad de promoción integral de los más débiles, no habría problema en aceptar la religión, como una asignatura más, asignatura optativa, que completa y enriquece la formación personal, que ayuda a entender la cultura que hemos heredado y que ayuda a profundizar en las grandes cuestiones humanas.

Si de verdad el objetivo fuese evitar el fracaso educativo del alumnado con más dificultades, no se hubiese hecho esta ley sin escuchar a los equipos docentes, al profesorado, que desea un pacto educativo. Y sin escuchar al propio alumnado, especialmente al que tiene más dificultades, y a sus familias, a quienes sobran buenas palabras y falsos debates, y necesitan compromiso real y efectivo, y acuerdos globales y estables que ayuden a crear una escuela verdaderamente solidaria.

El sistema educativo, no es otra cosa que un subsistema al servicio del sistema económico, que busca más que promocionar integralmente, atender en cada momento las necesidades de éste. Es fácil imponer una ley educativa que hable de equidad, aunque si realmente se busca equidad y justicia, el verdadero desafío está una vez más en un sistema político y económico que actualmente aplasta a infancia y familias. Trabajo digno, vivienda digna, barrios dignos, transparencia y honradez política, son buenos puntos para empezar a trabajar por la justicia, si de verdad se quiere.

Alfonso Milián

Ha muerto Alfonso Milián, obispo de una diócesis pequeña a la que se dedicó con tal entrega, que siendo él turolense de nacimiento y zaragozano de sacerdocio, su última voluntad ha sido que su cuerpo descanse en sus queridas tierras altoaragonesas de Barbastro. Pero nos deja sobre todo un sacerdote y ante todo un bautizado. Maduró como sacerdote y se formó como obispo a la vera de otro gran obispo, Don Elías Yanes, un defensor apasionado del Concilio Vaticano II y del papel del laico en la Iglesia, por quien sentía gran admiración.

Los que hicimos ejercicios espirituales con él (en la casa Emaús nos acompañó por lo menos en dos ocasiones) recordaremos la sencillez de su vida y su palabra. Recordamos cómo te hacía nuevas aquellas cosas que muchos cristianos dábamos por rutinarias.  Nos recordaba la hondura y el compromiso que adquiríamos cada vez que hacíamos la señal de la cruz o pronunciábamos el Padre Nuestro. “Santiguarse no es cualquier cosa y por tanto no se puede hacer de cualquier manera, Hacer la señal de la cruz nos compromete” Y no a un compromiso cualquiera. Un compromiso especialmente con los pobres.

“Los pobres son sacramento de Cristo”, era una de sus predicaciones recurrentes. Con este tema nos impartió unas jornadas en Zaragoza y en Burgos: “Ser sacramento, es ser imagen, expresión, reflejo y transparencia del amor del Padre. Por eso ante el pobre tenemos que descalzarnos, como Moises ante la zarza ardiendo. Ante el pobre estamos ante una realidad sagrada. Lo mismo que nos arrodillamos ante Cristo presente en la Eucaristía y le adoramos, tendríamos que adorarle en cada hombre, más aún si es pobre, no sólo por la predilección que Dios manifiesta siempre por él, sino porque con él se identifica plenamente”

Deja la Iglesia militante y se une al Iglesia triunfante un pastor bondadoso, un limpio de corazón.

Don Alfonso ¡Hasta mañana en el altar!

20 años después, ¿hemos cambiado?

Fuente: lamarea.com

Autor: Javier Bauluz, texto y fotos

¿Recuerdan la foto? Una pareja de bañistas frente al cadáver de una persona migrante subsahariana tras naufragar su patera. «Ahora ya no es solo indiferencia, ahora también es odio», resume el autor, el fotoperiodista Javier Bauluz.

El 2 de septiembre de 2020 se cumplen 20 años de las fotografías que hice en la Playa de los Alemanes, en Tarifa, Cádiz. “Camino hacia el cadáver con una idea en la cabeza: desde el otro lado se podrá ver el muerto y la playa llena de gente disfrutando. Nosotros y ellos en el mismo espacio pero en dos mundos distintos. La gente continúa su vida playera, se bañan, siguen tumbados, los niños chapotean en la orilla. Solo algunos bañistas, cinco o seis, comentan en un corrillo la tragedia (…) Por desgracia, no me sorprende en absoluto. Es la misma indiferencia que he visto tantos días con la suerte de los inmigrantes. No es asunto nuestro. Son erizos o bestias de trabajo, no son ‘personas humanas’ (…) Llego a las rocas que se dibujan al final de la playa. Ante mí, el cadáver del inmigrante y una playa llena de gente, y sombrillas. La primera, la de la pareja de la primera foto” de aquella tarde en la playa.

Releo este texto que escribí entonces y me pregunto: ¿Hemos cambiado nuestra mirada sobre ‘ellos’? La respuesta es sí. Ahora ya no es solo indiferencia, ahora también es odio, inducido con patrañas e inoculado por el nuevo fascismo ascendente en millones de corazones, almas y votos ante el silencio cómplice de algunos que se autoproclaman respetuosos con los derechos humano. Son los nuevos judíos.

Llevo 25 años cubriendo migraciones en España y otros lugares del mundo. En 1994 fotografié a un millón de refugiados muriéndose de cólera delante de mi cámara, más de mil al día, en la frontera de Ruanda con el actual Congo. En 1996, leí en un periódico: “Impermeabilización de la frontera de Ceuta”. Fui a ver. España empezaba a construir las vallas de Ceuta y Melilla, financiadas por Europa. Un guardia civil decía que las saltarían pasando por encima de los cadáveres de los que morirían a pie de valla, como los conejos en Australia. Hasta ese momento nadie moría. Cruzaban la frontera con Marruecos caminando por el monte, pero con las vallas tuvieron que cruzar el mar arriesgando sus vidas. En el 2000 cientos de pateras cruzaban el Estrecho y cientos morían.

No había dispositivo de ayuda a pie de playa. Los que llegaban vivos, heridos, quemados o con hipotermia estaban tirados en playas y roquedales durante cinco o siete horas, ya bajo custodia policial. He sido testigo de cómo guardias daban el biberón a bebés hambrientos, con su propio dinero, y de cómo vecinos ayudaban  o daban refugio clandestino a los migrantes para que no fueran deportados. También he visto la indiferencia, sobre todo en instituciones y gobiernos. Pero nunca el odio y la criminalización política interesada que sufren ahora.

Informé a Médicos Sin Fronteras. Vinieron, vieron y montaron una operación de emergencia humanitaria en el sur de la UE. Con su ejemplo y testimonio lograron que las instituciones actuaran. En 2001, al cerrar los 14 kilómetros del Estrecho, pagando a Marruecos como policía malo, las personas migrantes tuvieron que cruzar el Atlántico, desde el sur de Marruecos hacia Fuerteventura, Canarias. 100 kilómetros de travesía. Después tuvieron que salir de Mauritania y Senegal al cerrar las rutas con acuerdos bilaterales, dinero y represión. Quizá miles se hundieron en esta gigantesca fosa marina.

Tampoco había asistencia humanitaria y algunos guardias les compraban bocadillos. Los encerraban durante 40 días, sin ver el sol y sin médicos, en la siniestra sala de maletas del viejo aeropuerto, de donde salían millones de turistas. También Médicos Sin Fronteras fue avisado, actuó. Entonces encarcelaron a personas no delincuentes en un campo de concentración llamado CIE. Mientras nuestros campos se llenaban de trabajadores migrantes sin derechos, nuestra economía crecía. He sido testigo de manifestaciones y encierros en iglesias en Lorca, Murcia, cuando el entonces ministro Mayor Oreja hizo la ley, vigente hoy, que obliga a deportar a los indocumentados. Recuerdo el terror esperando a que llegaran camiones para llevárselos. Hoy siguen esclavizados y en condiciones inhumanas, como jornaleros, con papeles o sin ellos, en asentamientos de chabolas que les queman cada poco, algunas a 50 metros de un centro comercial de multinacionales. Lepe, en Huelva, el Ejido, en Almería, o Lleida siguen siendo símbolos de la explotación humana. Y muchos continúan con el miedo a ser deportados.

Muchos ciudadanos votaron por un gobierno progresista pensando que tendría más respeto por los derechos humanos, pero el ministro Grande-Marlaska hace feliz a la ultraderecha patria con sus políticas represivas. Construye un muro en Melilla más alto que el de Trump, logra que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos acepte las deportaciones ilegales masivas, tiene a 1.500 personas encerradas en Melilla en el CETI durante la pandemia…

Ha reabierto la ruta a Canarias al cerrar la del Mediterráneo y prohibir a Salvamento Marítimo rescatar en parte del Mar de Alborán. Y dar 140 millones a Marruecos para reprimir. Mueren decenas y morirán cientos o miles. También prohíbe la libertad de información, impidiendo el acceso a periodistas llegar a un kilómetro del puerto canario, mientras la cuenta de Twitter de Salvamento solo informa de rescates de personas no negras o morenas. Ni los más duros ministros del PP se atrevieron a tanto.

Año 2000. Tarifa, Cádiz, España. Una pareja juega a las palas mientras guardias civiles y funerarios retiran en un ataúd el cuerpo de un hombre migrante subsahariano ahogado.
Año 2019. Salé, Marruecos. La desesperada madre de un joven desaparecido visita a la familia de Ayoub Mabrouk, su compañero de viaje en patera, cuyo cadáver pudo ser enterrado gracias al funerario español Martín Zamora, única persona en España que investiga, identifica y devuelve a sus familias a los ahogados en pateras.
Año 2019. Lepe, Huelva, España. Chabola de un asentamiento de jornaleros migrantes reconstruido tras varios incendios y cercano a un gran centro comercial con las principales marcas multinacionales.
Celebrando la eucaristía en la casa Emaús

Ha fallecido Monseñor Damián Iguacen

Monseñor Damián Iguacen Borau ha fallecido este martes 24 de noviembre de 2020 a los 104 años de edad en la residencia de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados que lo atendían en el Hogar Saturnino López Nova, en Huesca. El estado del obispo emérito de Tenerife se había deteriorado durante los últimos meses.

La Misa exequial se celebrará el jueves 26 de noviembre, a las 11:00 horas, en la Catedral de Huesca con presencia de Monseñor Álvarez.

Biografía

El obispo emérito de Tenerife nació en el pueblo aragonés de Fuencalderas (Zaragoza). Cursó estudios en el Seminario Conciliar de la Santa Cruz de Huesca. El 7 de junio de 1941 fue ordenado sacerdote. El 11 de octubre de 1970 consagrado obispo en la Catedral de Barbastro y el 14 de agosto de 1984 se convierte en prelado de la diócesis de Tenerife, de la que era obispo emérito.

Su primer destino fue como párroco en diversas parroquias en la Diócesis de Huesca de 1941 a 1944. Fue vicerrector del Seminario de Huesca de 1944 a 1948 y consiliario de Jóvenes y Mujeres de Acción Católica entre 1950 y 1969. De 1955 a 1969 pasó a ser párroco de San Lorenzo de Huesca.

Posteriormente, recibió el encargo como Administrador Apostólico de Huesca en 1969 y fue nombrado Obispo de Barbastro el 11 de octubre de 1970 hasta que en 1974, fue trasladado a la diócesis de Teruel. En 1984 fue nombrado Obispo de Tenerife, ministerio que desempeñó hasta el 12 de junio de 1991, cuando la Santa Sede aceptó su renuncia y pasó a ser emérito.

En la CEE fue miembro de la Comisión Episcopal de Liturgia de 1972 a 1981 y de 1984 a 1993, presidió la Comisión de Patrimonio Cultural.

Además, en el trienio de 1975-1978 formó parte de la Comisión para la Vida Religiosa. De nuevo fue miembro de ella de 1981 a 1984.

Mons. Iguacen también publicó diversos estudios y libros sobre el patrimonio histórico y sobre advocaciones marianas.

Amigo

Damián Iguacen en las Jornadas Felipe Lopez

Muy querido por las familias y militantes del Movimiento Cultural Cristiano y Encuentro y Solidaridad. Participó en numerosos ejercicios espirituales y distintos actos en los últimos años.

En la fotografía la vemos participando en las jornadas de Militancia Cristiana D Felipe López organizadas por el Movimiento Cultural Cristiano en enero de 2010. En esa jornada recordaba que los cristianos, que somos buscadores de las Verdad, no podemos ser simplemente “transmisores de noticias; debemos conocer la realidad para obrar con eficacia. El Señor nos quiere comprometidos y santos” y que vivamos con alegría y buen humor cristiano, las Bienaventuranzas”.

D. Damián destacaba continuamente la figura de María como fundamental en la espiritualidad de encarnación ya que ella representa como nadie la cercanía de Dios al ser humano y la preocupación viva de la Iglesia por los que sufren. Reproducimos la oración que dedicó a la Virgen:

ORACIÓN A SANTA MARÍA DEL BUEN HUMOR

D. Damián Iguacén

Oh Jesús, Sabiduría eterna. Cuando el Creador » afirmaba los cielos y ponía límite al mar y asentaba los cimientos de la tierra, Tú estabas junto a El como arquitecto, eras su encanto todos los días y en todo tiempo jugabas en su presencia, jugabas con la bola de la tierra y eran tus delicias los hijos de los hombres». Ahora te contemplo Niño Juguetón en el regazo de la Virgen Madre y vengo a pedirte sabiduría y buen humor.

Contigo quiero también jugar con la bola de la tierra y ser el encanto de Dios, mi Padre, y las delicias de las gentes, mis hermanos. Quiero estar alegre siempre, siempre de buen humor y además contagiarlo a los que están a mi vera. Dame humor, buen humor, sentido del humor.

Necesito humor para seguirte, Señor, para creer en las Bienaventuranzas, para amar y perdonar a todos. Necesito fuertes dosis de buen humor para ser sal, luz y fermento de este puñetero mundo, entre gente incordiante e inaguantable, de esta sociedad de gentes crispadas y conflictivas, en unas comunidades inexplicablemente ásperas, tensas y ácidas. Dan ganas de no poner ya más sal a la «cosa», de esconder la luz en un rincón y no seguir animando y empujando. «Tocamos la flauta y no bailáis, cantamos lamentaciones y no hacéis duelo», dijiste Tú mismo no sin humor.

Ya ves, Señor: guerras, luchas, odios, divisiones, injusticias, enfrentamientos, lamentos, protestas, quejas, crisis, tensiones, malas caras, piques, peleas, intolerancias, conflictos, celos , envidias, nervios, destemplanzas, tristezas, manías, angustias, malos humores… ¡Ya está bien! Dan ganas de dar un gruñido y marchar.

Pero Tú no quieres seguidores gruñones ni entristecidos. No te agradan las procesiones de «sauces llorones», no te gusta oír letanías de resentidos. Lo comprendo, Señor. No es posible ser buen cristiano sin buen humor. No se puede vivir el amor fraterno de verdad sin grandes dosis de buen humor. No es posible la vida espiritual sin sentido del humor. El mal humor no es buen conductor de la Buena Noticia. Dame humor, mucho sentido del humor, fuertes dosis de buen humor.

Quiero distender, relativizar, desdramatizar. No quiero crisparme nunca, por nada. No tomaré muy en serio a los protagonistas de los conflictos. Las cosas no suelen ser como las presentan los problematizados. La exageración es a menudo fruto de la emotividad. Ayúdame a situar los conflictos en su justa dimensión, a rebajar al mínimo el tanto por ciento de veracidad de todo comentario malévolo, ofensivo o desfavorable que oiga, a no dramatizar, a no hacer problema de lo que no es, a no absolutizar lo que sólo es relativo y cambiable: sólo Tú eres el Absoluto; todo cambia y da vueltas, menos Tú, que eres «fuerza tenaz, firmeza de las cosas, inmóvil en Ti mismo, origen de la luz, eje del mundo y norma de su giro».

Tomaré en serio y responsablemente las cosas, pero no quiero confundir seriedad con tristeza, acritud o mal humor. Los problemas y conflictos y las situaciones difíciles se pueden humanizar, distender y aún resolver a base de buen humor. El ser humano vale más que el conflicto; el trato humanitario, más que la rigidez; el espíritu, más que la letra; las personas, más que las costumbres; la caridad, más que los carismas; el buen humor, más que la acidez. El orden y la justicia no están reñidos con el amor, la sonrisa y el buen humor. El humor y la sonrisa son un modo de comulgar con los hermanos. La benevolencia en el juicio, el espíritu de reconciliación, el diálogo, son armas eficaces de distensión en toda lucha y conflicto. «Abrir a todos los hombres los caminos del amor y esforzarse por establecer la fraternidad universal no son cosas inútiles».

Qué risa dan muchas cosas, querido Jesús, Niño juguetón en el regazo de la Virgen Madre: las afirmaciones rotundas de los enfatuados, las poses de los engreídos, las majaderías de los poderosos, la vaciedad de los orgullosos, la ridiculez de los que se dan importancia. Quiero reírme de todo eso. Y de eso que llaman » prestigio», «valer», «honor», «dignidad», «autoridad», cuando realmente a veces no es sino vanidad y amor propio. Quiero reírme de «cosas» que la gente busca afanosamente, por las que se pelean y enfrentan los que no saben vivir sin ellas. Qué risa, Señor, qué pena. Pero, sobre todo, quiero reírme de mí mismo. Que me vea espantosamente ridículo cada vez que me dé importancia o me busque a mí mismo, olvidándome que soy «el último de todos y el servidor de todos». Los importantes sois vosotros: Tú, Señor, y los hombres mis hermanos.

Ayúdame a mantener inquebrantable mi buen humor ante la terquedad «irritante» de los que no me quieren o me interpretan «mal o se meten conmigo o se burlan y ríen de mí. Que no pierda el buen humor ante las maquinaciones, manejos y enredos de gente intrigante. Que no caiga en la trampa de tratar como enemigos a los que no me quieren O hablan mal de mí. Que no me atrapen los tentáculos de la envidia ni de los celos. Que no me roben la alegría los desengaños, frustraciones o desencantos ni el fastidio de la vida. Que los golpes que recibo no me dejen amargado ni resentido. Quiero reír, quiero reírme, quiero estar de buen humor.

Gracias, Señor, porque he caído en la cuenta que el humor es la mejor manera de tomarte en serio. Dame sentido del humor, compañero inseparable del amor cristiano, señal de madurez espiritual. Dame sentido de la proporción, lucidez para jerarquizar los valores, inquebrantable fe en la eficacia de los medios pobres. No me importa hacer el ridículo ante la gente; me importa no hacer el ridículo ante Tí que has puesto al revés los valores del mundo.

Santa «María del Buen Humor: muéstranos a Jesús, Sabiduría eterna, Niño juguetón, razón y causa de nuestro Buen Humor cristiano; ayúdanos a mantenernos alegres y bienhumorados; ruega por nosotros, tantas veces pecadores por tristes y malhumorados, para que seamos dignos de alcanzar y gozar de inalterable buen humor aquí en la tierra y de las alegrías eternas en el cielo. Amén.

Puedes escuchar una entrevista que le realizó la emisora de radio canaria «Radio Tamaraceite»:

Walesa, la esperanza de un pueblo

Ana Sánchez

“La esperanza de un pueblo”. Ése es el subtítulo que lleva la película que el cineasta polaco Andrzej Wajda ha rodado sobre Lech Walesa, el histórico líder político y sindical, también polaco.

El propio director tomó parte activa en el movimiento de los astilleros de Gdansk con los que arrancan tanto la película como el movimiento libertario y sindical que culminaría diez años después, ya en 1980, con la formación de “Solidaridad”, un sindicato caracterizado por su gran militancia obrera católica y su lucha contra el gobierno comunista, en los años previos a la caída del muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética. La película se desarrolla en torno a la entrevista que realizó la periodista italiana Oriana Fallaci a Lech Walesa. A través de ella se va desgranando la historia de esta turbulenta época polaca y de la no menos turbulenta personalidad de Walesa, al que se retrata con sus sombras y luces, no como un héroe perfecto, ni mucho menos; más bien como un auténtico ser humano, con sus virtudes y defectos.

A lo largo de la historia vamos viendo cómo es este terco electricista que llegó a conseguir un premio Nobel de la Paz y que incluso alcanzó la presidencia de su país; un trabajador manual y un padre de familia, un idealista con los pies en la tierra, convencido de que él era necesario en ese momento histórico de su país, con un cierto toque narcisista y ególatra, pero un elevado grado de entrega a los demás.

En esta película se van entretejiendo los momentos históricos con otros tantos episodios cotidianos, desde el momento en el que Walesa se convirtió, casi sin pensarlo, en líder de los astilleros de Gdansk.

En esta semblanza de la figura cotidiana y humana de Walesa destaca muy especialmente la de Danuta, su infatigable esposa y madre de sus hijos, un apoyo en todo momento, sin la que sería incomprensible la actividad de Lech, como la de tantos otros militantes a lo largo de la historia; una suma de inocencia y empeño, temor y coraje, resignación y orgullo; un auténtico símbolo de temperamento en este choque entre las esferas pública y privada de la vida de Lech Walesa, que en ocasiones queda escondida por la lucha social, pero que es la que verdaderamente importa a escala más pequeña, puesto que es la que hace posible y sustenta el compromiso político.

El gran desafío del director es unir todas las piezas en esta película: el contexto social de Polonia y Europa, la carrera sindical y política de Walesa, su vida personal y la importancia de su esposa Danuta en toda su lucha. Esto lo hace intercalando tramos de ficción con imágenes reales de la época, una época en la que él mismo estuvo también muy implicado: Walesa reconoció que las películas de su compatriota les ayudaron a seguir luchando y el propio Wajda llegó a ser senador en la década de los noventa.

Las autoridades sabían que eran los obreros los únicos que podían poner en peligro el sistema: sin su trabajo no podrían cumplir los compromisos adquiridos con la Unión Soviética y esto queda también patente en la película con la figura de políticos e intelectuales en el desarrollo del movimiento de “Solidaridad”, cómo la fuerza del trabajo es la que auténticamente puede ser transformadora y generadora de cambios que hagan avanzar la sociedad.

Cómo se aprende a cuidar

Fuente: elsaltodiario.com

En cuestión de un año había aprendido todo lo que necesitaba saber para cuidar físicamente de quien me había cuidado a mí antes. Pero no estaba preparada para el enorme esfuerzo psicológico que supone una situación así sin medios.

Hay una grieta en el suelo que no nos deja avanzar. Yo, cada tarde, como si fuera un juego, cambio la ruta para llegar al banco del parque. Me coge del brazo y caminamos muy despacio. No está nada mal para su edad, pero podría estar mejor si el entorno en el que habita no fuese una zona hostil para ella.

Va camino de los 95 años y cada día sube y baja dos pisos para salir a pasear. No hay ascensor a pesar de que la estructura del edificio lo permite. ¿Qué lo impide? Supongo que alguien pensará que poner un artilugio tan costoso por alguien a quien le queda tan poco es tirar el dinero.

La vejez nunca ha sido el centro porque de ella ya no se puede extraer beneficio. Yo lo descubrí muy pronto: con 15 años ya me hacía cargo de mi abuela. Siempre había vivido con nosotras. Para ser honestos, éramos nosotras los que vivíamos con ella. Me llevaba al colegio, me duchaba y me peinaba. Y eso mismo hice yo con ella cuando lo necesitó.

Al principio no tenía ni idea de cómo se hacía. Tenía que cambiarle los pañales, pero en aquel momento sabía más de cuidar bebés que de cuidar ancianos. Hubiese sido más útil que a mi generación nos hubiesen regalado muñecos de ancianos y no un babyborn: a fin de cuentas, era más probable que cuidase de mi abuela que de un hijo.

Polvos de talco para las escamas que produce estar tanto tiempo sentada, una silla de ruedas de las medidas de la puerta, vigilar todos los días las heridas de las piernas que con la diabetes no se curan y mucha crema para hidratar. En cuestión de un año había aprendido todo lo que necesitaba saber para cuidar físicamente de quien me había cuidado a mí antes. Pero no estaba preparada para el enorme esfuerzo psicológico que supone una situación así sin medios.

Mi abuela había sido una mujer con un carácter que llegó con ella a la vejez. Siempre he pensado que fue pura supervivencia. Viuda y con una bebé de un año se plantó en Madrid para trabajar. Durante cuarenta años sirvió la comida a un colegio entero e hizo todas las tareas necesarias para que los curas solo se preocuparan de dar clase a sus alumnos y algún que otro asunto más.

Cómo de duro tiene que ser que tú, que has cuidado, veas que te tienen que cuidar. Yo no sabía lo duro que era, ni me lo imaginaba. Por cada mala palabra me enfadaba, con cada mal gesto deseaba que eso acabara ya. ¿Tiene que ser eso cuidar?

El Ministerio de Sanidad, junto a las Consejerías de las Comunidades Autónomas, ha notificado más de 20.300 muertes de ancianos en residencias. La crisis del coronavirus ha puesto sobre la mesa el deterioro de los cuidados, y muchos hablan de que hemos abandonado a nuestros mayores. No es de ahora, esto viene de lejos ya.

Su salud física y mental y la de sus familiares ha sido abandonada por un Estado de Bienestar cada vez más deteriorado y que en origen tampoco pensó mucho más allá de las jubilaciones. Los sistemas de transporte público son tremendamente hostiles. Las ciudades están diseñadas para la circulación de los coches y el consumo. No hay espacio para pasear y contemplar, que es justo lo que se hace a esa edad.

Tampoco nos enseñaron a entender a los ancianos. Las colas en el supermercado con muecas porque una mujer no cuenta bien o no ve las monedas. Los coches que aceleran cuando no han terminado de cruzar. La nula empatía por saber qué se siente con esa edad.

Nadie tiene que sentir alivio cuando un familiar fallece porque está cansado de cuidar. Porque no le permiten tener tiempo, porque no puede comprar una silla de ruedas o adaptar su baño para que asearse no se convierta en una situación de pánico, porque una ayuda a la dependencia llegue dos años después de descansar.

Ahora, diez años después, paseo a su hermana mucho más tranquila y sabiendo cómo lidiar con una situación de agitación que solo escondía la vergüenza de una anciana que no quería hacer el ridículo al levantarse de la silla de un bar.

Brecha social y crisis a la vista

Fuente: laopiniondemurcia.com

Autor: José Molina

Nos convertiremos poco a poco en trabajadores uberizados, que viviremos en plataformas nebulosas que para colmo de los engaños se atribuyen ser ‘economía colaborativa’: una forma de silicolonizar el mundo para que nos dominen desde la nube sin darnos cuenta

Después de una década sufriendo las consecuencias de una crisis financiera que cocinaron los que gobiernan las superestructuras de la economía, nos llega esta pandemia, que ha caído como un obús entre la ciudadanía más pobre y con menos medios. Lo peor de las dos crisis es que se han politizado y están desestructurando aceleradamente la sociedad. La OMS advierte que hay muchas decisiones que se están asumiendo que escapan al ámbito sanitario y son más el resultado de las confrontaciones políticas y sociales de una sociedad que con la crisis del 2008 arruinó el Estado de Bienestar. Madrid y otras Comunidades son un claro ejemplo de esta situación del caos por los recortes.

El primer obús nos estalló en la cara, fue una situación imprevista, caímos en la trampa del virus y golpeó indiscriminadamente. Pero esta segunda oleada del covid-19 viene directamente a la parte más débil y con más brecha social de la sociedad, que es la más numerosa.
Gobiernos sin soluciones por su aferrado encadenamiento a un mundo neoliberal que se ha hipotecado con lo más reaccionario del mundo económico global. Llegar al millón de muertes es un gran drama que suma a la brecha social, la gran discriminación de desigualdades que se vive en el planeta. La clase privilegiada se ha protegido es sus espacios amplios y no viaja en colectivos. Cuenta con los medios de control médicos preventivos y su escudo social la protege con más eficacia.

En los barrios más populosos de las ciudades (Madrid es el ejemplo más simbólico) sobrevivir es el deseo de cada día, y el reto de acudir al trabajo y solucionar las urgencias de cada momento no se soluciona ni con un confinamiento desigual, ni con más policías. Se soluciona con más medios sanitarios, con más médicos dedicados a cubrir las necesidades y con estructuras sanitarias que mejoren lo que no hay en las viviendas de estos vecindarios explotados y carentes de lo más esencial desde que la crisis del 2008 les golpeó.

El virus nos llegó desde China mordiendo indiscriminadamente, pero el tiempo nos está demostrando que no todos se pueden defender con los mismos medios. Y es aquí donde aparece la desigualdad más feroz. Esa que tenemos mal asumida, porque nos dejamos convencer de que la crisis financiera de 2008 era producida por un monstruo amable, que nos robaba recursos, por un lado, pero por otro nos daba un trabajo precario para seguir viviendo. Y que consagró la idea de que había que aceptar la superación de las ideologías, y de las clases sociales como concepto. Ello nos llevó al actual fiasco: el recorte de la sanidad pública, la educación pública y los servicios sociales. El espectáculo de las residencias de ancianos es la imagen más patente de este resultado.

Tenemos sensación de abandono, y nos tememos que pueda ser peor. La reacción no ha sido eliminar del panorama a los que han sido culpables de este caos, sino mirar para otro lado o responsabilizar a otros. La fragilidad del ser humano se ha puesto al descubierto. La ausencia de instituciones y organizaciones de defensa de los derechos, que operó con eficacia para implantar el contrato social para el Estado del Bienestar ya no funciona. Y no es casual: Margaret Thatcher y Ronald Reagan se encargaron de robarnos nuestra alma rebelde e implantarnos un alma consumista. Consiguieron, como dice Simone, que el mundo girase a la derecha y aceptase que el monstruo del capitalismo tenía una cara amable.

Con el teletrabajo nos quieren vender una solución, pero se ha implantado a ciegas y puede ser una nueva trampa para decir adiós al concepto de trabajo. Tener un puesto en una estructura. Tener un trabajo, bueno o malo. Nos convertiremos poco a poco en trabajadores uberizados, que viviremos en plataformas nebulosas que para colmo de los engaños se atribuyen ser ‘economía colaborativa’: una forma de silicolonizar el mundo para que nos dominen desde la nube sin darnos cuenta.

Por eso es importante reaccionar. La alcaldesa de París, Anne Hidalgo, con su plan París a 15 Minutos, está abordando el problema con más sentido y compromiso. Su plan, elaborado por Carlos Moreno, profesor de la Sorbona, puede ser analizado y adaptado en el desarrollo de las ciudades. Ahora toca una tarea descomunal: buscar nuevos contenidos a la altura de los tiempos, capaces de aportar formas de innovación que llenen el vacío que estas crisis están produciendo. Porque la actual crisis, que se alimenta con los destrozos de la otra, puede provocar una nueva para la que no haya vacuna posible: porque nos quieren arruinar no ya la economía, sino la vida misma.

Un nuevo despotismo intenta poco a poco de forma virtual y algorítmica degradar a las mujeres y hombres de este planeta dominando con sutileza todos los elementos que lo componen. Estamos siendo atormentados con un rostro sonriente que los medios se encargan de difundir. Una conspiración perfecta.