Una ley contra la naturaleza humana

Lidia Falcón

Fuente: El Español.

La ministra de Igualdad Irene Montero ha desvelado el borrador de proyecto de ley sobre la protección del colectivo LGTBI y trans que, con una obstinación digna de mejor causa, se propone presentar al Congreso de los Diputados para su aprobación.

En ella insiste en mantener las mismas normas que contemplaban los proyectos de 2017 y 2018.

Como aquellos, el proyecto actual no sólo lesiona gravemente los derechos de las mujeres, sino que conculca la seguridad jurídica que debe regir nuestro Estado de derecho; invade competencias de otros cuerpos legales, incluso de mayor jerarquía jurídica; pone en peligro la salud física, psíquica y la estabilidad mental de los menores; y no concuerda con la realidad antropológica ni con el examen que debe hacerse desde el más elemental sentido común.

En primer lugar, la propia exposición de motivos de la ley muestra las contradicciones e incoherencias que rigen todo su articulado. Exposición, como las anteriores, superflua, reiterativa y ampulosa, y que manipula las disposiciones y recomendaciones internacionales, que nunca han impuesto la categoría de transgénero.

El término transgénero que se adopta en el redactado es inaceptable ya que el término género no es sustitutivo ni de mujer ni de sexo. En español, el sustantivo género se aplica para clasificar diversas materias, pero no puede referirse a las personas. La palabra género remite a una categoría relacional y no a una división de las personas en grupos identitarios.

Pretender que no puede cambiarse el sexo, pero sí el género, es una construcción fantástica inaceptable desde todos los puntos de vista, tanto antropológicos, como biológicos, como culturales.

Se pretende modificar la realidad simplemente por el deseo personal. En la especie humana, como en todas las especies mamíferas, los miembros están divididos en dos sexos: macho y hembra. Lo que no se conoce es el llamado género, que no existe. Y, por tanto, no se le puede dar carta de ley.

En las alegaciones de la exposición de motivos del proyecto de ley se mencionan numerosas legislaciones, así como resoluciones del Consejo de Europa en las que se conmina a respetar y a legislar en el amparo de la libre orientación sexual y la “identidad de género” o sexual.

Pero ninguna incluye en sus recomendaciones o legislaciones la “libre expresión de género”, que la ley permite modificar a lo largo de la vida de una persona con sólo una declaración de voluntad, afectando a todos sus derechos legales.

Dicho derecho tan sólo aparece recogido en los llamados principios de Yogyakarta. Estos principios no son ningún tratado internacional. No han sido como tales suscritos por España, ni por ningún otro país, ni tan siquiera por la ONU (aunque fueron presentados en ella).

Tampoco constan en ningún tratado internacional o de la Unión Europea. No constituyen un instrumento vinculante del derecho internacional de los derechos humanos.

Son, por tanto, un relato de principios realizados por un grupo de representantes del colectivo de transexuales y transgénero. Grupo que aspira a que sean adoptados por los diversos Estados y organismos internacionales.

El Partido Feminista de España no puede estar de acuerdo con estos principios porque colisionan y conculcan los derechos de las mujeres.

En consecuencia, resulta absurda la redacción de la ley en todo lo que se refiere a los derechos y condiciones de vida de las llamadas personas transgénero, puesto que no existen.

De la misma manera, tampoco existe la llamada identidad de género, puesto que semejante clasificación no es aplicable.

Este proyecto de ley, además, interfiere y se entromete en la ley penal calificando como conducta punible lo que denominan transfobia, definida como “toda actitud, conducta o discurso de rechazo, repudio o prejuicio hacia las personas trans”, y que pretende impedir la libertad de expresión garantizada en el artículo 20 de nuestra Constitución.

Lo más penoso de este proyecto es que considera a los menores capacitados para decidir su “transición”, cuando no son responsables penalmente ni se les reconoce madurez suficiente para decidir actividades de la vida civil y política.

La redacción de la ley es tan incomprensible y disparatada como la de las que la precedieron. Define el término transexual diciendo: “Por persona transexual se entiende aquella cuya identidad de género no se corresponde con el sexo asignado en el momento del nacimiento”.

¿Qué significa eso de “asignar”? ¿Acaso al momento del parto asiste un asignador? ¿Quién es? ¿El cura, el encargado del Registro Civil, una pitonisa? ¿Alguien que por su propia decisión va asignando sexos a los recién nacidos?

No parece posible que este disparate se haya plasmado por escrito en un texto legal. Me pregunto dónde están los letrados de la Cámara que deben asesorar a los políticos. A las personas no se les asigna el sexo en el momento de nacimiento. Tanto los genitales como los aparatos reproductores de los fetos se forman en el embrión y cuando se produce el parto no hay que asignar sexo alguno, sólo observarlo.

Así mismo, rechazamos todas las referencias al género que se encuentran en el texto legal. Lo que se ha escrito en esta ley puede formar parte del género literario, pero nunca de un redactado jurídico.

Se añaden a estos despropósitos la creación de organismos administrativos destinados a controlar la conducta y las opiniones contrarias a lo dispuesto en esta ley, creando una red de inspectores y una serie de sanciones que perseguirán las publicaciones y disertaciones públicas que critiquen lo impuesto en esta norma.

En definitiva, con esta ley se está imponiendo legalmente una caza de brujas contra los que disientan de las normas que pretende aprobar el grupo parlamentario Unidas Podemos. Nos encontramos ante una deriva autoritaria y represora del Gobierno de la Nación que no se daba desde que superamos la dictadura.

En consecuencia, el Partido Feminista de España utilizará todos los recursos legales para impedir la aprobación de semejante ley y llama a la movilización cívica del movimiento feminista, y de todos aquellos sectores sociales que defienden los derechos humanos, para impedir el reconocimiento de la autodeterminación de género y la represión política que se está desencadenando contra los opositores a la ley, como está sucediendo con la presidenta del Partido Feminista, Lidia Falcón.

 

 

Lo que Europa le debe al cristianismo

Rafael Narbona

Durante estas navidades, el Parlamento Europeo ha rechazado la propuesta de exponer un Belén en su sede, alegando que podría resultar ofensivo. Cuesta trabajo comprender qué puede resultar ofensivo en una tradición que ha acompañado a la sociedad europea durante siglos. No es un secreto que la identidad de Europa es una síntesis de Roma, Grecia y Jerusalén. Si prescindimos de algún aspecto de este legado, mutilamos nuestro propio ser. El cristianismo no ha aportado tan solo la Buena Noticia, el nacimiento de Jesús, un niño judío que se revelará como el Hijo de Dios, materializando la promesa del Antiguo Testamento, según el cual la herida abierta por el pecado original solo se cerrará cuando un Salvador restaure el equilibrio roto por el hombre.

Entiendo que para muchos este razonamiento solo es mitología. Conviene recordar que las Sagradas Escrituras no pretenden ser un relato de hechos históricos contrastables mediante la metodología de las ciencias sociales, sino una narración con una dimensión mítica y un significado trascendente. Si no fuera así, no se comprendería que el robo de una manzana fuera el origen de las desgracias de la humanidad. Esa manzana quizás nunca existió y simplemente simboliza la transgresión de las normas que protegían la vida. De hecho, la muerte de Abel es una consecuencia directa del pecado original, que introdujo la violencia en las relaciones humanas, desoyendo el mandato espontáneo de no matar que nos asalta cada vez que contemplamos el rostro ajeno.

El cristianismo es un humanismo radical

Con independencia de las cuestiones teológicas, el cristianismo no se ha limitado a aportar esperanza, lo cual no es poco, sino que además ha cimentado una interpretación del hombre y la historia basada en valores atemporales, como la fraternidad, el perdón, la paz y la solidaridad. Para el cristianismo, no hay judíos y gentiles, hombres civilizados y bárbaros, patricios y esclavos, varones y mujeres, sino seres humanos con una dignidad inalienable. Nadie es insignificante. Cualquier vida posee un valor incuestionable. Frente al egoísmo, el cristianismo incita al desprendimiento y la generosidad. El clamor contra la injusticia recorre el Evangelio y el Antiguo Testamento. Los pobres, los hambrientos, los que sufren no deben ser abandonados a su suerte. Su dolor es un escándalo y hay que hacer todo lo posible por mitigarlo. Eso sí, la lucha por la justicia no puede servir de pretexto para empuñar la espada. Hay que renunciar a la violencia y la venganza. Los pacíficos son los verdaderos hijos de Dios. El amor al prójimo debe extenderse a los enemigos. Quizás pueda parecer una idea ingenua o inhumana, pero sin esa predisposición, las heridas siempre permanecerán abiertas. Europa no ha conocido una paz duradera hasta que las naciones con una tradición de enemistad han decidido estrecharse la mano, enterrando su historial de agravios mutuos.

En el cristianismo, el amor al prójimo no es algo marginal, sino una idea central. San Juan escribe: “Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, está mintiendo. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?”. El cristianismo es un humanismo radical. Pone a la persona en el centro de la vida moral y social, señalando que el hombre siempre es un fin y nunca un medio. No somete al individuo a los designios de la Historia o la Naturaleza, que justifican su inmolación, apelando a una hipotética plenitud futura. Algunos dirán que las hogueras de la Inquisición ignoraron este planteamiento. Sería absurdo negarlo, pero conviene aclarar que la Inquisición constituyó una gravísima infidelidad al Evangelio.

La Iglesia Católica no ha logrado permanecer al margen de las convulsiones de la historia. Su mensaje ha sido utilizado para justificar ideologías opuestas a sus principios más elementales. Pienso en el antisemitismo, que nace de la injusta acusación contra el pueblo judío de ser los responsables de la muerte de Jesús. Nunca me cansaré de repetir que Jesús fue ejecutado por Roma, que le consideró un alborotador más, uno de esos mesías que aparecían de vez en cuando, incitando a la rebelión. El cristianismo no es la negación del judaísmo, sino su continuación. Una hagadá de la Torá formula con inequívoca nitidez el pilar de la moral: “No hagas a tu prójimo lo que no quieres que te hagan a ti; todo lo demás es comentario”. Debemos esa “regla de oro” al rabino Hilel el Sabio (h. 110 a. C.-10 d. C.), el primer erudito que sistematizó la interpretación de la Torá escrita. En su ‘Vida de Jesús’, Ernest Renan sostiene que Hilel fue el maestro de Jesús de Nazaret. El cristianismo siempre estará ligado al judaísmo. Los Cristos rubios y de ojos azules son una grotesca caricatura que ignora los hechos históricos (Jesús probablemente tuvo la piel morena, los ojos oscuros y el cabello corto), fomentando un antisemitismo hondamente anticristiano.

La religión como pretexto

Se ha responsabilizado al cristianismo de las guerras que asolaron Europa a partir de la Reforma, pero lo cierto es que esos conflictos no nacen de disputas religiosas, sino de la búsqueda de la hegemonía de unas naciones sobre otras. La religión sirvió de pretexto. Nunca fue la causa principal. Lejos de abogar por la guerra, el cristianismo destaca la responsabilidad de cada ser humano en relación a sus semejantes. El examen de conciencia y el sentimiento de culpa nos obligan a reflexionar sobre nuestros actos y a reparar el daño causado. La culpabilidad no es un simple lastre, sino un reconocimiento objetivo de nuestros errores y un estímulo permanente para corregirlos y superarlos. La culpabilidad sería estéril sin la posibilidad del perdón. Gracias al perdón, podemos librarnos del pasado. No estamos encadenados a él como si fuera algo muerto e inalterable. Ser perdonados significa poder reescribir lo que sucedió, avanzando hacia un futuro con nuevas posibilidades. Todas las legislaciones de países democráticos se hacen eco de esta idea, señalando que el sentido de las penas no es castigar, sino rehabilitar al infractor. Jesús nunca escatimó el perdón y siempre mostró predilección por los pecadores.

El cristianismo no se mostró hostil a la carne ni al sexo. Postuló la resurrección del cuerpo y el alma porque entendió que la persona es existencia encarnada, una conjunción indivisible. Sin cuerpo, no hay historia. Es la vía de inserción en lo real y lo que nos permite forjar una identidad. El odio al sexo no es una herencia cristiana, sino una vieja enseñanza gnóstica que san Agustín asimiló, desviándose del espíritu del Evangelio. El cristianismo tampoco es enemigo de la ley. Cuando Jesús pide que se paguen los impuestos, reconoce la dimensión comunitaria del individuo. No es posible una vida humana al margen de la sociedad.

Ser ciudadano no es una opción, sino una necesidad y una obligación. Eso sí, las sociedades que utilizan al hombre como medio y no como fin carecen de legitimidad y cabe la desobediencia. En los Hechos de los apóstoles, Pedro afirma: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. La invitación a la comunidad de bienes que circula por el Evangelio incorpora a la política una perspectiva utópica. No se trata de una utopía basada en la violencia revolucionaria, sino en el ejercicio de la razón. No es posible la paz y la prosperidad en un mundo con grandes desigualdades. Solo cuando comprendamos que la verdadera felicidad consiste en compartir, saldremos de esa lógica de la acumulación y el consumo que nos convierte en esclavos de los bienes materiales.

La fuerza de la libertad

El cristianismo es una “moral abierta”, como señala Henri Bergson, que se fundamenta en la libertad. Podemos abrazarla o no. No es una “moral cerrada” que se impone mediante la fuerza. No podría ser de otro modo en una filosofía que invita a poner la otra mejilla y a compartir con nuestros semejantes el manto, la túnica o lo que sea preciso. El cristianismo siempre se solidariza con el más débil. Por eso cambió la situación de los niños en el mundo antiguo. En Roma, la vida del recién nacido dependía de la voluntad del ‘pater familias’. Si éste repudiaba al niño, se le abandonaba a la intemperie, expuesto a los elementos y a las fieras. Jesús advierte que la vida de los niños es sagrada y que más valdría atarse una rueda de molino y arrojarse al mar antes que causarles cualquier daño. Su actitud no es menos favorable hacia la mujer. Se ha recriminado al cristianismo la discriminación y postergación de la condición femenina. Ese reproche debería más bien dirigirse a las distintas iglesias, pues Jesús se rodeó de mujeres y todo indica que muchas desempeñaron un papel muy importante en las primeras comunidades.

El respeto a los derechos humanos es la piedra angular del proyecto europeo y ese compromiso no ha surgido de la nada. Es anterior a la Ilustración y, de hecho, el humanismo de los ‘philosophes’ es nítidamente cristiano. El ateísmo fue un fenómeno marginal en el Siglo de las Luces. Predominó un anticlericalismo inspirado por el rechazo a la intervención de la Iglesia Católica en los asuntos políticos. Desgraciadamente, se juzga al cristianismo por las infidelidades de la Iglesia, siempre sujeta a las imperfecciones humanas, y no por sus grandes aportaciones al progreso moral de la cultura occidental. El cristianismo depuró la herencia grecolatina y las enseñanzas de la tradición judía mediante el humanismo del Evangelio, alumbrando la idea de una civilización basada en leyes justas que garantizaran la igualdad de derechos, la protección del más débil y la fraternidad con otros pueblos.

Negarse a exponer un Belén en el Parlamento Europeo significa darle la espalda a ese legado, ocultando sus raíces históricas y filosóficas. El hispanista Joseph Pérez afirmaba que sin el cristianismo, España se parecería al norte de África, donde las ideas democráticas aún soportan una fuerte resistencia. Puede extenderse su reflexión al resto de Europa. El comportamiento del Parlamento Europeo evoca los problemas de Jesús y María para hallar posada, cuando el nacimiento de Jesús era inminente. Es un gesto con un indudable parentesco con la tendencia de Europa a levantar muros y no puentes, cerrando el paso a los inmigrantes. Un Belén en el Parlamento Europeo, lejos de ofender, podría haber servido para recordar que lo ético y humano es la acogida, y no la indiferencia o el rechazo.

Cuando la mentira no tiene consecuencias

María Jesús Álava

En los últimos tiempos hay mucha más tolerancia a la falta de verdad, una actitud que conviene revertir con la búsqueda de nuevos referentes.

Hace ya unos años que tocamos el tema de la mentira, pero conviene traerlo al presente porque muchas personas se preguntan por qué hoy mentir parece no tener consecuencias.

¿Mentimos más ahora que en otras épocas?

Tendríamos que matizar mucho, pero una pequeña encuesta a nuestro alrededor, probablemente, nos ofrecería una respuesta positiva: la percepción es que hoy mentimos con más facilidad, con más asiduidad y con menos consecuencias.

¿Mentir está mal visto?

En general, parece que la tolerancia hacia la mentira se ha incrementado en los últimos tiempos.

Muchas personas argumentan que mentir es inevitable, que si no lo haces están en desventaja, que a veces la frontera entre la verdad y la mentira es muy subjetiva, que la gente que miente en realidad se cree lo que dice… Esos argumentos contribuyen a normalizar la mentira y a quitarle la connotación negativa.

Es innegable que hoy, a diferencia de otras épocas, hay más permisividad para la mentira.

Por otra parte, los que tendrían que ser grandes referentes; en general son un ejemplo muy insano de lo que no hay que hacer, un ejemplo nocivo que vemos todos los días y recordemos que cuando fallan los referentes, la sociedad se tambalea.

¿Por qué hoy las mentiras no tienen consecuencias?

Vivimos en una sociedad donde las falacias no parecen pasar factura a quienes una y otra vez las utilizan para conseguir sus objetivos. Seguramente, esta realidad era impensable hace unos años.  ¿Qué está pasando? ¿Qué ha pasado para que la mentira no tenga las consecuencias negativas de antaño?

Probablemente, mentir se ha normalizado, se ha convertido en un hábito cada vez más arraigado, especialmente en determinados ámbitos políticos, sociales, económicos…

Son mentiras a veces tan evidentes, formuladas de forma tan impune, que lo que antes llamaba la atención y producía rechazo, ahora se ha convertido en algo tan habitual, que se ha producido una especie de anestesia en la población, que sigue paralizada ante una realidad tan difícil de explicar.

Cuando las mentiras se han generalizado, como ocurre actualmente, y los que deberían ser grandes referentes éticos, en muchos casos son los mayores representantes y ejecutores de esas mentiras, la población se queda en estado de shock, sin capacidad de respuesta.

¿Llegará un momento en que la mentira sea de nuevo censurable?

Para que la gente reaccione y sea capaz de enfrentarse a una situación tan insana, como la que vivimos actualmente, necesita esperanza, necesita creer de nuevo que los principios éticos vuelven a estar vigentes, que no todo vale para conseguir determinados fines, que la mentira, como la manipulación, merecen todo nuestro rechazo; en definitiva, necesitan volver a creer en los principios más elementales de una convivencia sana y justa.

Es posible que la gente busque nuevos referentes, personas que encarnen, al menos aparentemente, esa ética y esa limpieza que ahora parece tan inusual.

La gente necesita creer de nuevo, ilusionarse de nuevo, pensar que hay una diferencia entre actuar bien o mal, entre decir la verdad o mentir, entre ayudar o manipular, pero para eso tendremos que trabajar la libertad de pensamiento, la reflexión profunda, la búsqueda de la autenticidad en nuestro día a día.

Será necesario desintoxicarnos de las mentiras que nos rodean. Es posible que nos sirva de ayuda el desconectarnos un poco de ese ambiente tan tóxico, de la batalla política, de esa pelea constante, de esos argumentos retorcidos, de esas puestas en escena que solo buscan amparar conductas que nunca admitiríamos en nuestra realidad cercana, en nuestra vida personal y familiar.

Fuente: El Día de Valladolid

¡Ningún joven, ninguna persona, ninguna familia sin trabajo!

Ana Sánchez

La ONU, en su 101ª sesión plenaria celebrada el 25 de julio de 2019 decidió declarar 2021 como “Año Internacional para la Eliminación del Trabajo Infantil”. Según las últimas estimaciones mundiales sobre el llamado trabajo infantil que presenta la Organización Internacional del Trabajo, referidas al año 2016, existían 218 millones de niños víctimas del trabajo infantil. Las cifras chocan con otras organizaciones que trabajan directamente con los niños que sufren la esclavitud, como Misiones Salesianas que hace dos años hablaban de 223 millones de menores explotados sexualmente en el mundo. Está claro que las cifras no cuadran.

Una cuestión fundamental es saber de qué estamos hablando cuando hablamos de “trabajo”, quizá no todos tengamos lo mismo nuestra cabeza. Una pista la encontramos en la reciente carta apostólica Patris Corde, donde el Papa Francisco nos recuerda que “una familia que carece de trabajo está más expuesta a dificultades, tensiones, fracturas e incluso a la desesperada y desesperante tentación de la disolución. ¿Cómo podríamos hablar de dignidad humana sin comprometernos para que todos y cada uno tengan la posibilidad de un sustento digno?”

Este año que acaba de comenzar, dedicado a San José y declarado como año contra la eliminación del trabajo infantil puede ayudarnos a calibrar la dimensión y crudeza de este problema. Ya en junio del año pasado se alertaba desde los organismos oficiales (OIT y UNICEF, concretamente) cómo “la COVID-19 podría resultar en un aumento de la pobreza y por tanto en un incremento del trabajo infantil, ya que los hogares utilizan todos los medios disponibles para sobrevivir”. En países como Brasil, Guatemala, México, India y Tanzania, ya se ha observado un aumento del trabajo infantil producto del desempleo de los padres.

Es determinante saber cuál es el trabajo de cada uno. El de los niños debe ser jugar y estudiar, es decir, todo lo contrario a lo que realizan millones de ellos en la agricultura, extracción minera, ejército y guerrillas, fábricas, prostitución y un largo etcétera de actividades más o menos agresivas; en este sentido, todas lo son, todas suponen una esclavitud de un grupo de población (los niños) que deberían ser especialmente protegidos, no especialmente explotados.

¿Dónde están (escondidos) los intelectuales cristianos?

Fuente: theobjective.com

Autor: Miguel Ángel Quintana Paz

Hace unos meses el joven filósofo Diego S. Garrocho publicó en el diario El Mundo una tribuna notable. Su título, ¿Dónde están los cristianos?, formulaba sin concesiones una preocupación: que en nuestros debates públicos, nuestras redes sociales, nuestras tertulias políticas y discusiones intelectuales, apenas cabe oír voces cristianas que muestren, verbigracia, «el vigor filosófico del Evangelio de Juan, el mérito sapiencial del Eclesiastés o la revolución moral de las epístolas de San Pablo».

«Hagan la lista», sugería Garrocho: «Está la izquierda cultural, el marxismo talmúdico, la socialdemocracia, el populismo de izquierdas, el de derechas, el liberalismo erudito, el de audiolibro, los ecologistas, la izquierda de derechas, la Queer Theory, los conservadores estetizantes, la tardoadolescencia revolucionaria, el extremo centro, los del carné de un partido, los del otro carné… Y está, por supuesto, el catolicismo excesivo y de bandería. Están todos, absolutamente todos en un ejercicio de afinación sinfónica, todos menos la intelectualidad cristiana».

Esta carencia, a juicio de nuestro pensador, él mismo cristiano (y, por tanto, el texto no deja de emanar cierto aire autocrítico), es grave. No siempre fue así: Garrocho recuerda debates recientes en que sí que supieron penetrar autores como el papa Benedicto XVI, o los filósofos Gianni Vattimo y Rémi Brague (todos ellos vivos, aunque ancianos; yo añadiría al recientemente fallecido René Girard). Su artículo concluye, pues, de forma tan punzante como bella: «Nadie ensaya a decir ya, ni tan siquiera como ejercicio intelectual, que a lo mejor es cierto que hay una dignidad singular en los que pierden, los que sufren y los que lloran, porque de ellos será lo que los cristianos reconocen desde hace siglos como el Reino. Así sea como hipótesis merecería la pena decirlo en alto alguna vez. Por pura probabilidad. No vaya a ser cierto».

Garrocho lanza, pues, un llamamiento a hablar más en cristiano. Y uno podría esperar que tal llamamiento chocase sobre todo con quienes se alegran de que el cristianismo quede fuera (o «fuerísima», según moderno superlativo) de nuestras batallas culturales: laicistas, podemia, modernez malasañera, cientificistas… Sin embargo, resulta revelador del estado de nuestra opinión pública que las principales críticas que tal texto ha recibido hayan procedido… de los propios cristianos.

Estos se han sentido (¿hace falta aclararlo, en el mundo de hoy?) ofendiditos con el planteamiento de este joven profesor. Han negado la mayor. No, ¡no es cierto que no haya autores cristianos produciendo pensamientos valiosos! En Twitter se han ocupado y todo de detallarle listas de notables.

Pero no solo Garrocho (a quien tuve la fortuna de conocer hace años en un congreso dedicado a Paul Ricoeur), sino cualquier persona culta conoce bien estos nombres. Lo que denuncia su artículo, pues, no es que no existan. Volvamos al título: lo que se pregunta es más preciso, ¿dónde están? Pues, desde luego, no son nombres que resuenen en nuestros diálogos públicos.

Ante esta evidencia, los críticos con el artículo que estamos comentando contraatacan: “Oh, cierto, pero ¡no es culpa nuestra, cristianos, si no estamos presentes en el mainstream! ¡Es culpa de quienes controlan este! Si nos excluyen, nos silencian, o si simplemente no se nos escucha, ¿qué responsabilidad nos puede caber?”.

Esta queja parece plausible hasta que uno recapacita sobre ella. Que es a lo que me gustaría invitar al amable lector aquí. Porque cabría ver ese lamento como razonable si procediera de algún grupo marginal, pongamos a los mormones o a los adventistas del Séptimo Día. O a los jugadores de bádminton. Todos ellos dependen, por sus escasos recursos, de la voz que les concedan los demás.

Pero ¿de verdad pueden miembros de la Iglesia católica quejarse de que «otros» les acallan? ¿No tiene tal iglesia hoy en España una red de colegios, de universidades, una cadena de radio, una de televisión, editoriales, asociaciones, organizaciones, institutos, congregaciones, edificios, museos… suficientes como para no depender de si «otros» te otorguen o no la palabra? ¿De veras se están empleando estos enormes recursos del modo óptimo que permitiría ir bien pertrechados a la guerra intelectual?

Mi impresión es la contraria. Todos esos talentos se están dilapidando de forma difícilmente perdonable (recordemos la parábola de los ídem). Y parte del problema es que ese desperdicio se ha convertido ya en una inercia que pasa desapercibida a los propios dilapidadores. De ahí que estos reaccionen del modo tan airado en que lo han hecho con el artículo del profesor Garrocho.

¿A qué me refiero cuando hablo de derroche de los recursos con que sí cuenta la Iglesia católica, pero que no se ven reflejados en su impacto intelectual? Empecemos hablando de los medios de comunicación de la Conferencia Episcopal: una de las cadenas radiofónicas más escuchadas del país, Cope, y una televisión con cierta presencia también, Trece TV.

Enciendo mi aparato de radio mientras redacto este artículo: se juega un partido de fútbol, así que los locutores lo narran exaltados, pespunteándolo todo de alguna que otra blasfemia (el término «hostia», no en su significado sacramental de «pieza redonda y delgada de pan ácimo», es la primera que detecto). No me parece algo definitivo (aunque la próxima vez que los obispos se quejen de que un artista o una revista satírica se mofa de su fe, me preguntaré por qué no ponen en su sitio también a sus propios empleados de Cope, por muy millonarios que sean los contratos de estos). Acudo a la parrilla general de esta cadena: ¿qué espacio se presta a debates intelectuales de empaque donde escuchar la voz cristiana? Me percato de la gran labor que Fernando de Haro o Pilar Cisneros realizan en su programa de tarde, algún que otro programa consagrado a asuntos de sacristía… y poco más.

Apago la radio, enciendo la tele, y mi sensación empeora. Trece TV ha decidido, por razones misteriosas, que repetir películas del Oeste antiguas constituye una excelente introducción al pensamiento cristiano actual. Pero no acierto a captar el porqué.

En cuanto Pablo Iglesias Turrión contó con una televisión, pequeña, financiada por la teocracia iraní, comenzó enseguida a producir debates en que exhibir sus ideas extremistas. Y en los que ir contactando con intelectuales afines o netamente adversarios. Debatir, incluso con gente muy contraria a ti, te da visibilidad (y bien que se la acabaron dando las teles de derecha a Iglesias). ¿Ha pensado alguna vez Trece TV en hacer algo tan sencillo como copiarles?

Es más, ¿por qué no inundar su parrilla de programas que expliquen el inmenso legado artístico, literario, musical del cristianismo? ¿Por qué no explicar, en formato audiovisual, las ideas de (por recordar solo los aquí citados) Ratzinger, Brague, Girard? Reconozco que no tengo ni idea de si estos programas resultarían lucrativos en lo económico (no lo descartemos: como bien descubrió Pedro Navaja, aunque tarde, «la vida te da sorpresas»). Lo que es seguro es que esas emisiones resultarían lucrativas en lo intelectual. Y, por cierto, se puede difundir también este tipo de cosas en la radio (no nos hemos olvidado de ti y de tus locutores millonarios, Cadena Cope).

Trasladémonos de la comunicación de masas al mundo educativo. Prosiguiendo la pasión por el fútbol de la Cadena Cope, permítaseme hablar en primer lugar de «la cantera». ¿Salen preparados en el legado cristiano los jóvenes que pasan hasta 10, 12, 15 años en colegios católicos? ¿Conocen al dedillo (¡diez años dan para mucho!) los relatos bíblicos, las metáforas de los evangelios, los personajes del Antiguo Testamento? ¿Saben responder si se les pregunta por las virtudes teologales o, al menos, las cardinales? Mi experiencia, como profesor de Ética, es en este sentido decepcionante. A menudo debo explicar a mis alumnos, educados o no en escuelas cristianas, los protagonistas de nuestra civilización con el mismo detenimiento con que ellos deben explicarme a mí los personajes y aventuras de Harry Potter. Con el detalle, claro está, de que hay que salvar muchas distancias para sopesar siquiera una comparación como esta.

Una y otra vez he de preguntarme, pues, ¿qué han hecho día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año en esos centros educativos? Me repetiré (pero bien sabrá el amable lector que las repeticiones no son ajenas al estilo bíblico): ¡diez, quince años dan para mucho! Me responden algunos alumnos: clases de religión dedicadas a elaborar murales «por la paz». Charlas sobre lo importante que es ser buena persona. ¿Sabíais que es importante ser buena persona? Jesús te ama y la Virgen, también. Más murales con letras de colores en que ponga esto. Hay que ayudar a los pobres. Jesús vivió hace mucho tiempo. Pero te ama. A los pobres también. Hagamos una campaña de recogida de fondos. Por cierto, ¿no sería fantástico acompañarla de un mural?

No tengo nada, naturalmente, en contra de las campañas filantrópicas. (Sobre los murales evitaré, de momento, pronunciarme). Yo también recogía fondos mientras fui escolar, pues conté con la fortuna de que me educara un colegio católico. Pero justo por eso sé que en 10 años (13 en mi caso) da tiempo para aprender muchas más cosas. Soy el primero que disfruta el entusiasmo de un joven de 23 años, que está redescubriendo el valor de su civilización cristiana, cuando escucha por primera vez la ya citada parábola de los talentos. Pero uno añora los tiempos en que esas cosas bíblicas se conocían de sobra a semejante edad, y se podía partir de ellas para reflexionar más allá.

Terminaré hablando del otro extremo de nuestro sistema educativo: las universidades, en este caso las católicas. Son 16 en total, más dos facultades eclesiásticas. Y sin duda todas ellas cuentan con profesores e investigadores de nivel más que apreciable. Pero, de nuevo, ¿consiguen imbricarse en el debate social? ¿Generan discusiones que tengan repercusión fuera de ellas? ¿Introducen asuntos en redes sociales? 16 universidades dan pie a una red de invitaciones mutuas, de lecturas mutuas, de intercambios respectivos, pero ¿logran cada una de ellas entrar en diálogo con visiones cercanas, mas no idénticas por fuerza?

Mi impresión es que aquí ocurre lo contrario que describíamos en niveles educativos inferiores: mientras que en ellos el cristianismo queda a menudo diluido en frases vagas o bellas intenciones (y murales), cosas todas ellas que podría compartir cualquier persona de buena voluntad, en el ámbito universitario el enfoque se vuelve más cristiano, pero también más cerrado. No proliferan conversaciones entre ateos y cristianos en las facultades católicas. O entre cientificistas y humanistas. No son frecuentes los debates tampoco entre visiones contrapuestas de la fe. La moral cristiana no aprovecha para propagarse y demostrar su potencia en lucha intelectiva con otras visiones. Las vibrantes discusiones que caracterizaron la universidad medieval son hoy solo un recuerdo mortecino. Todo se despacha a menudo con un par de jornadas en que unos cuantos amigos repiten entre sí las ideas que ya todos ellos conocen; o algún homenaje simbólico a algún autor de renombre, que rara vez tiene más alumnos entre el público que ponentes invitados.

Seguramente he generalizado (es lo que tienen los análisis generales, como este, de la postergación del cristianismo en nuestra cultura). Seguramente hay alumnos que salen de sus escuelas católicas con una sólida formación desde Abraham a Maritain, desde el Génesis al Apocalipsis. Seguramente hay actos donde universidades eclesiásticas o religiosas se confrontan con los retos (y los intelectuales) de nuestro tiempo. Probablemente hay tardes en que Trece TV no emite un western.

Todo eso puede ser verdad y, aun así, la pregunta de Diego S. Garrocho con que iniciamos este artículo seguiría siendo pertinente. Así al menos la he visto yo; y un buen modo de mostrar que Diego y yo nos equivocamos sería que radios, televisiones, colegios, universidades, institutos, editoriales, museos católicos recogieran este guante. No como lo recoge una damisela ofendida; sino como un reto para batirse en duelo intelectual. Para demostrarnos a nosotros, a todos, que el cristianismo, dos mil años después, sigue aprovechando cualquier ocasión para ponerse de actualidad. Al igual Jesús, también él, aprovechó el mero hecho de sentir sed junto a un pozo de Samaria para pegar la hebra.

La rebelión mestiza pendiente

Mónica Prieto

Vaya este artículo como pequeño homenaje a José Luis Rubio Cordón. Con la edición de La rebelión mestiza en 1992 en Voz de los sin Voz con ocasión del V Centenario del encuentro entre Europa y América, Julián Gómez del Castillo quiso “hacer justicia al doctor Rubio Cordón, olvidado por los grandes medios de comunicación y los poderes políticos”. De manera sorprendente años después, el papa Francisco en Fratelli Tutti reivindica el mestizaje como la mejor aportación de identidad cultural en el anhelado mundo abierto.

José Luis Rubio, profesor de Pensamiento Político Iberoamericano fallecido en 2008, defendió a lo largo de su vida una idea que cobra hoy mucha fuerza: El destino de Iberoamérica es un destino mestizo. Iberoamérica puede aportar la prueba -la prueba cristiana- de que es posible la integración de cultura y de razas.

Para José Luis Rubio la “mestización fecunda” estaba asentada sobre la base común de lo ibérico en factores étnicos y culturales autóctonos y africanos y en menor medida asiáticos juntamente con aportaciones europeas y medio-orientales.

Lo ibérico que llegó a América también era mestizo debido a sus ocho siglos de presencia árabe decía él, a la que habría que añadir la presencia bereber.

Sin embargo la independencia del siglo XIX, que monopolizaron las minorías oligárquicas, fue una empresa esencialmente criolla, y por tanto, principalmente española y blanca.  Años después de la publicación de aquel libro las élites políticas y religiosas siguen encastillados en esa visión de la historia. La carta a los españoles americanos  de Viscardo y Guzmán, ex-jesuita, escrita en 1791, hoy es reivindicada en la  la página web oficial del bicentenario de la independencia del Perú, que lo señala como el arequipeño que inspiró las independencias de América. También los jesuitas de Perú le señalan como el precursor de la independencia hispanoamericana, aunque después maticen: hay desacuerdo entre los historiadores tanto sobre la importancia e influencia de Viscardo en la promoción del movimiento emancipador, como sobre su misma estatura humana y los motivos que lo impulsaron

La carta de Viscardo tiene párrafos que merecen ser reconocidos en sus anhelos de justicia hacia un continente expoliado, y ciertamente es una denuncia descarnada del despotismo y un anuncio del poder que debe tener siempre sus contrapesos. Especialmente llamativa es su referencia a la figura de el Justicia, magistrado de las Cortes aragonesas, que era un recuerdo permanente de que la soberanía popular estaba por encima del poder real. Esta aspiración democrática a la que José Luis Rubio hubiera calificado de típicamente ibérica, es ciertamente surgida de las aspiraciones de libertad de los pueblos a lo largo de la historia. Pero Viscardo, habla mucho más en su texto de libertad individual que de la libertad de los pueblos, la libertad del liberalismo burgués. Su propuesta es de independencia burguesa  que no ha sido ni es respuesta para el mundo de hoy. En su Carta a los españoles americanos, las huellas de este pensamiento burgués, son muy evidentes. Viscardo era un “mestizo” pues la lengua materna de su madre era el quechua. Sin embargo y a pesar de sus constantes referencias a los indios y mestizos en su carta, el grueso de sus reivindicaciones se dirige al poder español que impide el ejercicio del poder administrativo y político de los criollos. Reivindica el poder criollo, es decir,  de aquellos que tenían el poder económico pero no el político: típica revolución burguesa. Prueba de ello son los aliados que buscó, los “ingleses americanos”, a quienes intentó seducir sin éxito por las posibles ganancias económicas para ellos. Parece que el derecho natural al que apela para los descendientes de los españoles como él, no existiera para los habitantes originarios de aquellas tierras.  José Luis Rubio va más allá: la oligarquía criolla, impidió la emancipación de  los pueblos americanos: A pesar de su antiespañolismo nominal esa rectoría de los criollos -minoría paralela a la oligarquía extranjerizada peninsular- definió para siempre el rasgo ibérico que forma  que forma el lazo común de la población de toda Iberoamérica, anulando el posible histórico de una pluralidad de nacionalidades montadas sobre razas aborígenes diferenciadas en rasgos físicos, lengua y creencias. 

Las conmemoraciones del descubrimiento de América  se han puesto de nuevo de actualidad por la destrucción de las estatuas de los colonizadores (aunque algunos de ellos fueran más emancipadores que colonizadores). El fin de la conciencia histórica de la que habla el Papa Francisco en Fratelii Tutti  (13-14) provoca manipulaciones ideológicas de toda índole. Mientras discutimos sobre el carácter del descubrimiento y la antigua colonización, bajamos la guardia con las nuevas formas de colonización cultural. Porque el correcto conocimiento de la historia es un elemento emancipador: No nos olvidemos que «los pueblos que enajenan su tradición, y por manía imitativa, violencia impositiva, imperdonable negligencia o apatía, toleran que se les arrebate el alma, pierden, junto con su fisonomía espiritual, su consistencia moral y, finalmente, su independencia ideológica, económica y política». José Luis Rubio habla de “dos independencias”: la del pueblo y la de las oligarquías, incluida la criolla: Los intereses sociales del pueblo y los intereses comerciales de la oligarquía se van a manifestar en dos tiempos distintos, en dos oleadas sucesivas del movimiento independizador. Porque frente a las versiones estereotipadas de la historia oficial, no hay un movimiento independizador único y continuo: hay dos movimientos de independencia claramente diferentes, discontínuos, con motivaciones y objetivos absolutamente diferentes. 

Francisco ha puesto de relieve a lo largo de su Pontificado la promoción del pueblo, incluida la promoción de sus raíces históricas para combatir la colonización cultural: Por ello exhorté a los pueblos originarios a cuidar sus propias raíces y sus culturas ancestrales, pero quise aclarar que no era «mi intención proponer un indigenismo completamente cerrado, ahistórico, estático, que se niegue a toda forma de mestizaje», ya que «la propia identidad cultural se arraiga y se enriquece en el diálogo con los diferentes y la auténtica preservación no es un aislamiento empobrecedor». El mundo crece y se llena de nueva belleza gracias a sucesivas síntesis que se producen entre culturas abiertas, fuera de toda imposición cultural (FT 148)

El sueño de José Luis Rubio parece encontrar su eco en Fratelli Tutti, que nos invita a pensar y gestar un mundo abierto forjado en el diálogo entre todas las culturas. José Luis Rubio recoge una vieja aspiración universal que el Papa Francisco ha recuperado y ha señalado como una de las luces de este mundo de sombras: Un papa latinomericano que nos invita a tener un corazón abierto al mundo entero, pero un corazón comunitario. Con potentes referencias universalistas, nos habla tanto de los pueblos originarios como del mundo islámico-oriental (de las que en España hemos enterrado las raíces, y así nos va….)

América es el continente con más católicos.  Iberoamérica para José Luis Rubio, en su escrito de 1960, es la más indicada para hacer realidad una armonía de culturas y razas en una síntesis humana de raíz evangélica: ese es nuestro destino manifiesto en el mundo que nos rodea: el destino mestizo.

Un aplauso para las librerías

Autor: Juan Marqués

Fuente: theobjective.com

«Hay librerías que no tienen libreros sino otra cosa, muy respetable, y hay libreros o libreras de corazón que no tenemos librería. Pero cuando se juntan las dos cosas, y es algo no extraordinario sino habitual, la belleza salta, la cultura se activa, el amor por la literatura funciona»

Hay un momento en El Principito (que es, adorados modernos, una obra maestra de la literatura) en el que el niño se encuentra con un charlatán que anuncia por los caminos una pastilla que te quita la sed. Si te tomas una a la semana, asegura el buhonero, ya no tienes que beber ni una sola vez en siete días, y así te ahorras cincuenta y tres minutos, que son los que los expertos han descubierto que invertimos semanalmente en beber agua. El niño lo escucha con atención, como a todo el mundo, y después le pregunta con sincera inocencia (la misma del libro, que no es una inocencia fingida o postiza sino una inocencia recuperada, reconquistada) que para qué puede querer nadie esos cincuenta y tres minutos de más. Pues muchas cosas, dice previsiblemente el asombrado comerciante, lo que cada uno quiera. Y entonces el Principito responde que él, de tener cincuenta y tres minutos libres, caminaría muy despacio hacia un manantial para beber un poco de agua.

Yo soy genéticamente incapaz de comprender por qué alguien, salvo casos de enfermedad, compra las cosas a distancia, por qué se puede llegar a preferir permanecer en casa para recibir incluso tallarines ya tibios y chorreantes en cajas de cartón plastificado en vez de salir al mundo para encontrar alimentos, para elegirlos, o para obtener cada cosa en sus contextos, para cazar cada producto en su “hábitat”, en el comercio donde se guardan y se conocen y se comprenden… Pero como por otra parte nunca he vivido muy preocupado por la actualidad (por no decir que poco interesado por la realidad), no dedicaba mucho tiempo a pensar en el asunto, simplemente no me implicaba, no me concierne. Pero entonces llegó el Estado de Alarma, y el Gran Confinamiento de marzo, y hubiera sido necesario ser quince veces más yo de lo que ya soy para no reparar en algo que se hizo obvio, que era lo exagerada y preocupantemente preparados que estamos para la vida sedentaria y a cubierto, cuán en el fondo necesitamos no la vecindad sino el hacinamiento, lo rápidamente que podríamos acostumbrarnos a quedarnos recluidos y vivir en colmenas, aparentemente comunicados a través de las redes, supuestamente atentos y despiertos pero literalmente domesticados.

La última Feria del Libro que pudo celebrarse en Madrid, la de 2019, será recordada entre los implicados como aquella en la que el Parque del Retiro fue precintado en la víspera de la inauguración, impidiendo a los participantes terminar de montar sus casetas. Aquel día alguien bromeaba por las inmediaciones: “Caramba con los de Amazon, ya consiguen organizar hasta tormentas”. Lo cierto es que unos días antes un árbol había caído por allí sobre un niño muy pequeño (un árbol mató a un niño…: debimos verlo como un primer presagio, una de las trompetas que anunciaban lo que ha venido después) y las autoridades andaban escrupulosamente vigilantes ante la velocidad del viento, inflexibles a partir de determinados números. Pero recordé aquella broma allá por marzo, porque cualquiera hubiera dicho que esa Cuarentena general, como el mal tiempo, estaba patrocinada por las grandes plataformas de venta online, y no sólo a la vista de lo bien que les vino, sino como aparatoso ensayo general del tipo de mundo y de sociedad y de convivencia que claramente desean y promueven.

Salir al mundo es comprometerse con la realidad, que es el principal lugar donde la vida transcurre. Pero la vida también se despliega en la ficción, en la cultura, en la imaginación, en los sueños, y para salir a su encuentro están las librerías, los museos, el teatro, el cine, las galerías de arte, el circo… En un mundo “normal” ese tipo de lugares no debería necesitar ayudas públicas, empujones económicos por parte de la Administración, subvenciones… Uno, ingenuamente, piensa que lo natural debería ser que esos sitios fuesen solventes e independientes sin necesidad de desvivirse por ellos, sin que sus dueños o empleados entregasen toda su vida en ese local y sus necesidades, aunque lo hagan con verdadera y admirable vocación, por gusto, con una pasión que no debería precisar más estímulos que su propio impulso ni más recompensas que la propia satisfacción de mantenerlos abiertos y activos. Ni siquiera se debería “fomentar” la lectura, igual que a nadie se le ocurre fomentar el agua o el oxígeno: es que es simplemente inconcebible que haya que “animar” a la gente a leer. Y sin embargo hay que hacerlo, y se hace sin demasiado éxito. La gente, simplemente, está a otras cosas.

Hace unos días la alcaldesa de París pidió a sus conciudadanos que, ante el previsible nuevo confinamiento, no compren por Amazon, que recurran a otros canales, y hay muchos que piensan que se ha extralimitado. Yo creo que no. De hecho, veo mucho menos clara la necesidad o conveniencia de proteger oficialmente a las librerías que la urgencia de parar los pies de forma legal a quienes de forma transparente abusan. No hay que vivir de espaldas a Amazon por cariño hacia las librerías, sino por respeto a las leyes medioambientales, por apego a los derechos laborales o, en fin, por puro sentido común, y es estrictamente inexplicable la enorme cobardía civil que hay entre las instituciones (de todo signo, de toda ideología) a la hora de exigir que se observen las normas sobre competencia, o en normativa tributaria, o monopolios… En El olor de los tebeos ese escritor maravilloso que es José María Conget contaba cómo un amigo suyo dio en el clavo a la hora de explicar por qué había que desdeñar el facsímil de un viejo e inencontrable cómic de principios de siglo XX, y era eso que adelantaba el título: el olor insustituible. Para quien me quiera entender, yo creo que los libros comprados por Amazon no huelen igual, falta el “factor humano” y sobra robótica y frialdad. El legítimo afán de lucro de cualquiera deja de ser simpático en cuanto se convierte en descarada obsesión por la ganancia, por la acumulación… No conozco a ningún librero que pretenda hacerse rico, que haga lo que hace “sólo” por dinero, y la gente a la que yo más valoro es ésa, la que prefiere ganar 2000 euros mensuales haciendo algo que les motiva, les ilusiona o les complace que embolsarse 10.000 entregando su sagrado e irreversible tiempo a asuntos ajenos o directamente envilecedores.

El viernes 13 de noviembre es el Día de las Librerías. Cuando hablamos de librerías no nos referimos a Shakespeare & C.O., ni a esa de Oporto que salía en Harry Potter ni a esa otra de Buenos Aires (¿o era México D.F.?) que parece un anfiteatro o un ovni… No, yo me refiero a las librerías, a esa que, querido lector, querida lectora, tienes por allí cerca. Si tu imagen de una librería está más cerca de un mojito que de Natalia Ginzburg hay un problema, o cuando menos algo extraño. Hay librerías que no tienen libreros sino otra cosa, muy respetable, y hay libreros o libreras de corazón que no tenemos librería. Pero cuando se juntan las dos cosas, y es algo no extraordinario sino habitual, la belleza salta, la cultura se activa, el amor por la literatura funciona. Si por enfermedad o por problemas de movilidad no puedes salir a esas fuentes de agua fresca que son las librerías, o si quieres algún libro extraño o lejano que, por el motivo que sea, no quieres encargar en tu librería, allá al lado, de camino hacia otro recado, o de paseo… las librerías acaban de lanzar un espacio web, Todos Tus Libros, donde puedes comprar libros a las librerías sin entrar en una librería. Pero por lo menos sabes que estás comprando las cosas a quien las conoce y las aprecia, a gente con nombre y apellidos, que le compras la trucha al pescadero, los plátanos a la frutera y la Odisea al librero. Si este sentido común te parece simplón y trasnochado, no te agobies: en Oporto hay una librería donde te puedes hacer un selfi, o incluso puedes ver en Netflix documentales sobre “las librerías más bonitas del mundo”, o en vez de leer puedes apoyar con tu emocionado like campañas de autopromoción en las que, con sus libros en las manos, enseñándonos sus coloridas cubiertas, algunos autores a los que se les pondría en un bonito compromiso si se les preguntase cuáles son sus tres librerías favoritas nos hablan de lo importantes que son las librerías, y lo bonitas, y se les ocurre, sin que se lo apunte nadie, que son “espacios de resistencia y de libertad”. Los demás, mientras tanto, seguimos necesitando nuestros manantiales.

La sombra de Miguel Delibes es alargada

Rafael Narbona

Fuente: Revista de Libros

El 17 de octubre de 2020 se cumplen cien años del nacimiento de Miguel Delibes. Su obra aún goza de prestigio, pero se lee poco, supuestamente porque ha quedado anticuada. Su realismo, a pesar de innovaciones puntuales, parece de otra época, cuando los pueblos y las pequeñas ciudades eran el horizonte de la mayoría de los españoles. Su afición a la caza menor le aleja aún más de las nuevas generaciones. Para muchos, Delibes ha envejecido mal y tiene pocas cosas que decir a los más jóvenes. Creo que es un juicio injusto y equivocado. La obra de Delibes anticipa muchos aspectos de nuestro presente: la creciente deshumanización de las relaciones personales en los grandes espacios urbanos, la epidemia de soledad derivada de la incapacidad de establecer vínculos duraderos, la degradación de la naturaleza por su explotación irresponsable, la crisis de los valores morales y espirituales alentada por un creciente nihilismo, la destrucción de la intimidad por el desarrollo de una tecnología que penetra en todos los ámbitos, la manipulación de las conciencias por los medios de comunicación de masas, las intolerables desigualdades que arrojan a la marginación a miles de personas, el menosprecio de los ancianos y los enfermos, la necesidad de superar el trauma colectivo que supuso la Guerra Civil («la gorda», por utilizar la expresión empleada en Madera de héroe). Podemos decir que Delibes fue un visionario en su crítica de la modernidad, no un nostálgico del pasado, y un español que comprendió la urgencia de sanar las heridas abiertas por la confrontación entre las dos Españas. Dos Españas que solo pueden interpretarse como una inaceptable mutilación de lo que debería ser una nación con una mirada crítica sobre su pasado y una apertura permanente hacia un porvenir de concordia y prosperidad.

LA BÚSQUEDA DE LA AUTENTICIDAD

«La preocupación fundamental de Miguel Delibes –escribe Gonzalo Sobejano– no parece ser otra: hallar el camino que conduzca a la plena realización de la persona (o revelar el camino que lleva a su falsificación como tal)». El anhelo de autenticidad y coherencia recorre toda su obra. Delibes no sermonea, pero es un moralista. Su literatura no es una simple expansión de su mundo interior, sino una manifestación de un impulso ético de comprensión y análisis. No es un escritor con una ideología, sino con un compromiso: comprender al hombre, dignificarlo, escarbar en su interior, situarlo en el devenir histórico y suprimir todo lo que lastra su evolución espiritual, hundiéndolo en pasiones indignas, como el odio, la intolerancia y la ambición desmedida. No voy a recrear el itinerario vital y creativo de Delibes, tantas veces reconstruido por exégetas más competentes. Mi propósito es reconstruir su pensamiento, abordando sus discursos más emblemáticos –el de ingreso en la Real Academia de la Lengua Española en 1975 y el de recepción del premio Cervantes 1993-, su amor por el mundo rural y su pesimismo existencial, aliviado por su fe cristiana. No sería capaz de decir cuál es la obra maestra de Delibes. Para muchos, Cinco horas con Mario, un contundente ataque contra los valores del nacionalcatolicismo y una meticulosa disección de los afectos de un matrimonio frustrado por los prejuicios de la España que se aferra al pasado, oponiéndose con fiereza a los cambios. Quizás sea su mejor libro, pero yo creo que su primera novela, La sombra del ciprés es alargada, galardonada con el Premio Eugenio Nada 1947, contiene los elementos esenciales de su concepción de la vida. No es la obra más perfecta, pero sí la más intensa y sincera. Miguel Delibes, «hombre de fidelidades», nunca se distanció de las inquietudes existenciales de su juventud, herida por la Guerra Civil, en la que participó como marino del crucero Canarias. Su identificación inicial con el régimen franquista se resquebrajó muy pronto, sin desembocar en posiciones radicales, como sí sucedió con otras figuras de su generación, como José María Valverde, falangista en sus inicios y comunista en su madurez. Durante sus años como subdirector y director de El Norte de Castilla, sus enfrentamientos con la censura no cesaron de crecer. Se negaba a publicar entrevistas con capitostes del régimen, pasaba por alto el Día de la Victoria, ignoraba a ministros, protestaba cuando le prohibían llamar «maestro» a Ortega y Gasset, informaba de mala gana sobre las visitas del Caudillo. En una carta a su primo Jaime Alba le confiesa: «Cada día me siento más vejado, enfurecido y roído de escrúpulos en este cargo. Tan sólo me consuela el hecho de que, al menos, mi sensibilidad no se haya acorchado». Cuando Manuel Fraga Iribarne intenta maquillar la dictadura mediante una tímida liberalización, Delibes se niega a colaborar con la maniobra. Empieza a recibir advertencias desde Madrid. Tiene que desplazarse a la capital para aguantar broncas y recibir consignas. Se desahoga en el terreno de la narrativa, publicando Las ratas y Viejas historias de Castilla la Vieja, donde denuncia el abandono de los pueblos, afligidos por la pobreza, con una población decreciente y sin expectativas de futuro. Para controlarle, nombran a un subdirector cuyo cometido será ejercer de comisario político. Agotado por la tensión, Delibes dimite y se marcha una temporada a Estados Unidos para ejercer de profesor visitante en la Universidad de Maryland. Años más tarde, volvería a El Norte de Castilla, integrándose en el consejo de redacción. En 1975, le ofrecieron dirigir El País. Un año antes había perdido a su esposa, Ángeles Castro, y se negó, declarando que no quería quedarse viudo también de sus otros dos amores: El Norte de Castilla y el Real Valladolid.

Apropiándonos del título de una popular serie televisa sobre la naturaleza realizada por su amigo Félix Rodríguez de la Fuente, al que Delibes dedicó Los santos inocentes, podemos decir que el hombre y la tierra son los pilares de su universo literario. Se ha dicho que el pensamiento de Delibes puede definirse como «humanismo ecológico». De convicciones cristianas, siempre situó al hombre en el centro de sus ficciones, artículos y ensayos. Profundamente identificado con el espíritu del Concilio Vaticano II, Delibes se alineó con los pobres, oprimidos y marginados, defendiendo su derecho a una vida digna, sin agravios ni exclusiones. Amante de la naturaleza, exaltó los pueblos como un espacio a la medida del hombre, donde es posible llevar una existencia más acorde con nuestras necesidades físicas y espirituales. No se puede afirmar que odiara las ciudades, pero jamás se sintió cómodo en ellas. En alguna ocasión, las comparó con gigantescos aparcamientos. En el medio urbano, el asfalto sepulta la tierra, abortando la relación con la naturaleza. Lo humano queda desplazado por los criterios de eficiencia, rentabilidad y beneficio. La búsqueda de la privacidad destruye el deseo de comunicación, propiciando el desarraigo y la soledad. Un pueblo es una comunidad, un espacio para el encuentro; una ciudad, una colmena, un lugar para el ensimismamiento. La ciudad parece abocada a lo efímero. La urgencia desplaza a la contemplación tranquila de las cosas. Por el contrario, un pueblo invita a mirar con calma el paso del tiempo. Los días transcurren sin grandes sobresaltos, complacidos con la repetición de ciertas rutinas. No se trata de simple quietud, sino de anhelo de permanencia. En las ciudades se muere día a día; en los pueblos se respira el aroma de la eternidad. Delibes vivió obsesionado por la muerte, aferrándose a la esperanza cristiana. En una ocasión, le preguntaron qué epitafio escogería para su tumba. «Cristo, espero que cumplas tu promesa», contestó con ese humor tímido y discreto que circula por sus libros. Delibes no concebía la inmortalidad como una simple promesa individual, sino como la garantía de una justicia cósmica que corrigiera las abominaciones de la historia.

LA VIDA DE LOS OTROS

Delibes es un escritor cervantino. Tolerante e indulgente con las flaquezas humanas, intentó comprender a sus personajes, no juzgarlos. Desde el principio, entendió que formaban parte de su evolución personal. No eran meras criaturas de ficción, sino hitos de su trayectoria vital, casi más reales que su existencia misma. De ahí que en su discurso en la ceremonia de entrega del Premio Cervantes 1993 agradeciera el galardón, afirmando que sus criaturas eran su «biografía», no un simple «carnaval literario». Pesimista y melancólico, Delibes citó en esa ocasión a Cecilio Rubes, hombre de negocios y protagonista de su novela Mi idolatrado hijo Sisí, que exclama: «Si yo tuviera setenta años me moriría del susto». Varias décadas después, el miedo se hizo realidad. La vejez irrumpió lentamente, revelando que la vida del narrador se hace más breve porque «se enajena para vivir en sus personajes». El escritor siempre vive abstraído, desdoblado, explorando otras realidades, donde sus hijos de papel se expanden a costa de su energía creadora. Como un buen padre, un autor da la vida por sus vástagos y nunca interrumpe su quehacer, inmolando hasta el último minuto de su cotidianidad: «¿Cuántas veces el novelista, traspuesto en fecundo y lúcido duermevela, no habrá resuelto una escena, una compleja situación de su novela?». Solo experiencias muy intensas, como el nacimiento de un hijo o la muerte de un ser querido, pueden suspender ese estado de ensoñación. Para infundir vida en una personaje, lo personal y subjetivo pasa a segundo término. El propio yo se diluye y anonada. De alguna forma, la ficción devora la existencia, apropiándose de su vitalidad y energía. El novelista transforma sus ilusiones en realidad objetiva. De hecho, esos personajes se insertan en el mundo real e influyen en su devenir. Aunque Delibes no los menciona, es inevitable pensar en Alonso Quijano y Sancho Panza. Indudablemente, el mundo habría sido diferente sin su aparición. Lo quijotesco ya es un poderoso aspecto de lo real y nuestro concepto del sentido común está tamizado por la bonhomía de Sancho Panza.

Para Delibes, la humildad es un requisito imprescindible para escribir. Hay que dejar del lado el ego y permitir que los personajes usurpen el protagonismo de su creador. «Pasé la vida disfrazándome de otros –prosigue Delibes en su discurso del Premio Cervantes–, imaginando, ingenuamente, que este juego de máscaras ampliaba mi existencia, facilitaba nuevos horizontes, hacía aquélla más rica y variada». Solo más tarde descubrió que ese «juego mágico» le vaciaba por dentro. En cada desdoblamiento perdía algo de sí mismo. Dejaba de vivir en el mundo para vivir en una entelequia. Se ha dicho que el novelista comete un deicidio, pero Delibes más bien percibe que cada obra alumbrada por la imaginación representa un suicidio: «Veía crecer a mi alrededor seres como el Mochuelo, Lorenzo el cazador, el viejo Eloy, El Nini, el señor Cayo, el Azarías, Pacífico Pérez, Gervasio García de la Lastra, seres que “eran yo” en diferentes coyunturas. Nada tan absorbente como la gestación de estos personajes. Ellos iban redondeando sus vidas a costa de la mía». Con la edad, Delibes descubrió que esas otras vidas gestadas por su ingenio adquirían consistencia, espesor, mientras él envejecía y, de alguna forma, se diluía. «En buena parte, ellos me habían vivido la vida, me la habían sorbido poco a poco. Mis propios personajes me habían disecado, no quedaba de mí más que una mente enajenada y una apariencia de vida. Mi entidad real se había transmutado en otros, yo había vivido ensimismado, mi auténtica vida se había visto recortada por una vida de ficción». Delibes bromea con su vejez. A los setenta y dos años, los amigos le desean que conserve la cabeza muchos años, pero se pregunta: «¿Qué cabeza? ¿La mía, la del viejo Eloy, la del señor Cayo, la de Pacífico Pérez, la de Menchu Sotillo? ¿Qué cabeza es la que debo conservar?». El escritor es una especie de dios que se inmola para que viva su obra. No es una idea nueva, sino un mito arcaico que ha sobrevivido, mostrando que el arte no es una actividad inofensiva o recreativa, sino una fatalidad.

Miguel Delibes en 1926

Delibes inició su andadura con La sombra del ciprés es alargada, galardonada con el Premio Nadal 1947, y finalizó con El hereje, Premio Nacional de Narrativa 1999. Su obra podría definirse como una interminable búsqueda existencial. Mateo Lesmes y Pedro, maestro y discípulo en La sombra del ciprés es alargada, meditan largamente sobre el sentido de la vida, sin llegar a una conclusión esperanzadora. Sus especulaciones solo agudizan su melancolía, espoleada por una dolorosa conciencia de finitud. Cipriano Salcedo, el protagonista de El hereje, también persigue certezas en vano. Su aproximación al espíritu de la Reforma no le librará de la insatisfacción interior. Hay algo intrínsecamente valioso en el devenir de estos personajes: la exaltación de la libertad, la reivindicación de la autonomía moral, el desafío a la autoridad. No se puede hablar de vida verdaderamente humana, si no es posible elegir. La herejía no es una desviación o un error, sino la esencia de la libertad, pues expresa una rebeldía. Delibes reclama el derecho a desviarse del camino trazado por la mayoría. El hereje es un explorador infatigable, un zahorí que busca ideas nuevas en el yermo de las ilusiones frustradas. Cipriano Salcedo es profundamente humano, pues convive con dudas y flaquezas, miedos e inseguridades. Delibes nunca es cruel con sus criaturas. Parece imposible simpatizar con Carmen, Menchu, la viuda que vela a su marido en Cinco horas con Mario, pero Julián Marías sale en su defensa: «No comparto la hostilidad que los críticos suelen sentir por la pobre Menchu; es una figura de carne y hueso, de singular veracidad, y lo humano es siempre interesante; está llena de vida, de deseos, de reacciones inmediatas». Clasista, intolerante y ambiciosa, Menchu no perdona que su marido no comprara un seiscientos, obligándola a viajar con las criadas y los paletos en autobuses de línea. Su forma de pensar produce rechazo, pero su estrechez de miras suscita compasión. Su mundo interior es tan pobre que ni siquiera hay espacio para el amor, la compasión o la ternura. Su rencor y su egoísmo muestran claramente su infelicidad. Delibes es un demiurgo compasivo que nunca abandona a sus criaturas a una indignidad sin posibilidad de redención. Incluso los más repugnantes, inspiran cierta piedad. Sus pasiones destructivas los alejan de sus semejantes, abocándoles a vivir en la ira, el odio y la insatisfacción, como es el caso del señorito Iván de Los santos inocentes.

El corazón de Miguel Delibes se rompió con la prematura muerte de su mujer, Ángeles Castro. En su discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua Española, entonó un planto conmovedor: «Desde la fecha de mi elección a la de ingreso en esta Academia me ha ocurrido algo importante, seguramente lo más importante que podría haberme ocurrido en mi vida: la muerte de Ángeles, mi mujer, a la que un día, hace ya casi veinte años califiqué de “mi equilibrio”. He necesitado perderla para advertir que ella significaba para mí mucho más que eso: ella fue también, con nuestros hijos, el eje de mi vida y el estímulo de mi obra, sobre todas las demás cosas, el punto de referencia de mis pensamientos y actividades. Soy, pues, consciente de que con su desaparición ha muerto la mejor mitad de mí mismo».

LA NATURALEZA HERIDA

Miguel Delibes leyó su discurso de ingreso en la Real Academia el 25 de mayo de 1975. Titulado «El sentido del progreso desde mi obra», comenzaba admitiendo su incomodidad con el frac que se había visto obligado a vestir para una ocasión tan solemne. Como hombre de pueblo, prefería un indumento más modesto que reflejara su sencillez. Admitía que, lejos de ser un modelo de corrección gramatical, sus libros se hallaban plagados de leísmos y laísmos, algo inevitable en un señor de Valladolid. No le preocupaba demasiado, pues sabía que esa forma de escribir nacía del contacto con una versión del idioma castellano particularmente viva y llena de matices. Los pueblos de Castilla quizás no son un ejemplo de «buen decir castellano», pero sí son una prueba de riqueza e ingenio. Delibes nunca ocultó su amor a Castilla y su incapacidad de vivir en ningún otro sitio. Su vínculo con la tierra incluía un compromiso con el hombre. No era un latido místico, sino un ejercicio de solidaridad que volcaba su atención sobre los más infortunados. «Yo he tomado en mi literatura –explica Delibes– una deliberada postura por el débil. En todos mis libros hay un acoso del individuo por parte de la sociedad y siempre vence ésta. Y esto en cualquiera de mis protagonistas, por dispares que sean, desde el burgués Cecilio Rubes de Mi idolatrado hijo Sisí, hasta el Nini de Las ratas, que para sobrevivir tiene que cazar y comer estos animales. A pesar de la distancia social o de clase que evidentemente existe entre ambos personajes, en definitiva nos encontramos con dos seres frustrados y acosados por un entorno social implacable». La frustración y el acoso no han hundido a los castellanos en la degradación moral; siempre se han caracterizado por su espiritualidad sencilla. Delibes señala que el cielo de Castilla es tan alto porque lo han levantado los castellanos de tanto mirarlo.

Miguel Delibes se quejaba de las acusaciones de reaccionario que se habían vertido contra él cuando público El camino, acusándole de ser reacio a la modernidad por exaltar el medio rural en oposición a las grandes ciudades. No se había comprendido que Daniel, el Mochuelo, encarnaba la protesta contra la catástrofe ambiental provocada por el desarrollo industrial. La pequeña villa donde vivía Daniel era más humana y racional que una civilización donde los hombres se convertían en borregos encadenados a la rueda del consumo. Maltratada por la química y la mecánica, la Naturaleza se rebela de vez en cuando, desencadenando epidemias y cataclismos. Sorprende la lucidez de Delibes, que se anticipa a su época, demandando un equilibrio entre el medio ambiente y el progreso tecnológico. Si no se logra alcanzar un desarrollo sostenible, advierte Delibes, el mundo avanzará hacia un suicidio colectivo. La solución no es renunciar al progreso, sino someterlo a las necesidades reales del hombre. Delibes apela al Manifiesto de Roma, aparecido en 1968, donde se aboga por el regreso a pequeñas comunidades autosuficientes que administren los recursos de forma racional y ordenada, aprovechando los desperdicios orgánicos y no creciendo por el simple hecho de crecer. Este giro sería «un gran servicio al hombre, con lo que automáticamente dejarían de existir países imperialistas y países explotados. […] Tales conquistas y tales frenos, de los cuales apenas se advierten atisbos en los países mejor organizados, imprimirían a la vida del hombre un sentido distinto y alumbrarían una sociedad estable, donde la economía no fuese el eje de nuestros desvelos y se diese preferencia a otros valores específicamente humanos». La resistencia de Daniel, el Mochuelo, a integrarse en una sociedad despersonalizada que inventa necesidades imaginarias, nace del amor al hombre y a la tierra. La meta del progreso debe ser el bien común y no el dispendio. La técnica ha de estar al servicio de las necesidades reales. Un tercio de la humanidad vive en el despilfarro, mientras el resto sufre el acoso del hambre. Hay que revitalizar los valores humanos y cultivar la armonía con el planeta Tierra, nuestro hogar. La historia de Daniel, el Mochuelo, es un canto a una bella utopía que no ha perdido vigencia.

Miguel Delibes celebra que el hombre haya llegado a la Luna, pero al mismo tiempo deplora que nuestra especie siga abocada a elegir entre la explotación capitalista y la opresión totalitaria. Cita los ejemplos de Alexander Dubcek y Salvador Allende, dos idealistas cuyos esfuerzos no sirvieron de nada. Nuestra civilización es consciente de que se va a pique, pero vive como si no existiera el futuro, buscando el beneficio inmediato, con independencia de sus costes. Delibes compara los efectos indeseados del progreso con un culatazo, mencionando el caso del DDT, que diezmó los parásitos y ayudó a combatir la malaria y otras enfermedades tropicales, pero que acabó incorporándose a los organismos animales, contaminando su sangre. Según las estadísticas, la leche materna de los humanos contiene niveles tóxicos para la salud. Algo semejante sucede con los vuelos supersónicos. Se puede volar de París a Nueva York en seis horas, pero en ese vuelo se consume la misma cantidad de oxígeno que la empleada por veinticinco mil personas para respirar. Los vuelos a reacción nos ponen en contacto con otras latitudes, pero ese prodigio no ha implicado una mayor cercanía en el plano emocional: «Estamos más juntos –y aún lo estaremos más– pero no más próximos».

La medicina –continúa Delibes en su discurso de ingreso a la Real Academia– ha duplicado la esperanza de vida en pocos años, pero el individuo cada vez es una variable más insignificante. En la era de la sociedad de masas, el humanismo, que subraya el valor irrepetible de cada existencia individual, parece un lujo o una extravagancia. Las nuevas generaciones ya no son educadas en los valores humanísticos. Los estudios clásicos son relegados en los centros de enseñanza en beneficio de las materias técnicas. Delibes habla de «tecnociencia» para describir el nuevo paradigma cultural, recordando que la literatura no es un adorno, sino un aspecto esencial de la cultura: «un pueblo sin literatura es un pueblo mudo». Todo está orientado al bienestar, pero cabe preguntar qué se entiende por bienestar. La espiral del consumo ha fijado un solo objetivo: disponer de medios materiales, acumular bienes, comprar sin límite. «El dinero se erige así en símbolo e ídolo de una civilización. El dinero se antepone a todo; llegado el caso, incluso, al hombre». Se producen mercancías superfluas y se despliega toda la persuasión posible para incitar su adquisición. Todo se subordina a ese objetivo. En las playas españolas de los años cincuenta aún imperaba la moral católica, exigiendo pudor a los bañistas hasta el extremo de imponer la segregación por sexos. La llegada del turismo cambió todo. El bikini se impuso por una simple razón: generaba divisas. La búsqueda del beneficio ha impulsado la fabricación en cadena, destruyendo el amor por la obra bien hecha y despersonalizando al trabajador. La rueda del consumo exige que todas las mercancías posean una vida efímera. Nada debe durar demasiado. Los países capitalistas y comunistas comparten esa estrategia. Todas las ideologías convergen en la apoteosis del consumo. El materialismo se ha impuesto en todas las latitudes. «Al teocentrismo medieval y al antropocentrismo renacentista ha sucedido un objeto-centrismo que, al eliminar todo sentido de elevación del hombre, le ha hecho caer en la abyección y la egolatría».

La civilización de la tecnociencia ha acentuado la voluntad de poder. Los bloques ya no se conforman con ejercer el liderazgo. Las armas nucleares han abierto una nueva posibilidad: el exterminio del adversario, su aniquilación total. Solo el riesgo de destrucción mutua frena la guerra atómica, generando un equilibrio de terror que mantiene a la humanidad en un estado de alarma permanente. La vieja táctica de «pan y circo» se ha reforzado con la aparición de un nuevo juguete universal: el televisor. Su poder de comunicación ha engendrado una nueva pedagogía cuyo objetivo es adocenar, manipular y dirigir, enajenando la capacidad de pensar. La política simplifica sus mensajes para llegar a más espectadores, reemplazando el pensamiento por consignas. Se oculta al mismo tiempo que se acumulan desechos radioactivos que podrían causar una catástrofe ecológica. En el Estado de Washington, cerca del río Columbia se han enterrado ciento veinticuatro tanques de acero y hormigón con doscientos millones de litros de desechos radioactivos. Si un terremoto de modestas proporciones, como el que se produjo en 1918 en Corfú, agrietara uno de esos recipientes se liberaría una radioactividad equivalente a la que desencadenaría una guerra nuclear donde se emplearan todas las armas atómicas existentes. Delibes alerta sobre los riesgos de la guerra bacteriológica y las modernas formas de espionaje, que invaden la intimidad con técnicas cada vez más sofisticadas. En el siglo XX el ser humano ha encendido un volcán y se ha instalado en sus faldas, olvidándose de los riesgos. «¿No se nos habrán escapado de las manos las fuerzas que nosotros mismos desatamos y que creímos controlar un día?».

Miguel Delibes dedicó gran parte de su discurso de ingreso a la Real Academia de la Lengua a la agresión perpetrada por las modernas sociedades industriales contra la naturaleza. «El hombre de hoy usa y abusa de la Naturaleza como si hubiera de ser el último inquilino de este desgraciado planeta, como si detrás de él no se anunciara el futuro. La Naturaleza se convierte así en el chivo expiatorio del progreso». El crecimiento ilimitado conduce al desastre, pues los recursos naturales no son inagotables. Cualquier intento de mejorar la naturaleza, como desecar lagunas o aniquilar los mosquitos, altera el equilibrio natural, provocando una cadena de desgracias. Las imágenes de nuestro planeta tomadas desde el espacio exterior evidencian la fragilidad de nuestro hogar. La Tierra solo es un punto insignificante en un universo con cien mil millones de galaxias. Las reservas mundiales de petróleo, hierro, plomo, cinc, estaño, cobre y otros recursos fósiles y minerales ya tienen fecha de extinción. Mientras tanto, la población mundial no cesa de crecer. El hacinamiento y la contaminación son un cóctel letal. La ansiedad, la angustia y la depresión se propagan como una epidemia, provocando una escalada de suicidios. En comparación con los pueblos, las ciudades registran unas cifras mucho más altas de tragedias: se duplican los asesinatos, las violaciones se multiplican por tres, se roba siete veces más. Miguel Delibes apunta que Erich Fromm no iba desencaminado al señalar que una «economía sana» produce hombres enfermos. Un alto nivel de consumo no es sinónimo de felicidad. Nadie está a salvo en una sociedad donde la insatisfacción crece sin tregua. «Navegamos en un mismo barco y todo lo que no sea coordinar esfuerzos será perder el tiempo. […] Nuestro planeta se salvará entero o se hundirá entero». Delibes cita a Roberto Rossellini, según el cual «nuestra civilización morirá por apoplejía porque nuestra opulencia contiene en sí las semillas de la muerte». Hemos aprendido a competir, pero no a caminar juntos. Delibes le da la razón a Alain Hervé: si queremos conservar la vida, hay que cambiarla. Es necesario detener la agresión a la Naturaleza. De no hacerlo, la espiral de deshumanización se agudizará, poniendo en peligro la convivencia. La ruptura del equilibrio en el orden natural acabará convirtiendo la Tierra en un lugar inhabitable, al menos para el hombre.

Miguel Delibes recuerda las palabras de Torrente Ballester en relación a su literatura. El novelista gallego señaló que para el vallisoletano «el pecado estaba en la ciudad y la virtud en el campo». Delibes aclara que su perspectiva es más compleja. El culto al progreso y la técnica ha destruido la cultura rural, sin alumbrar un paradigma alternativo. Los hombres y mujeres que han crecido en aldeas sienten que se les arrebata su lenguaje y su paisaje, abocándolos a una dolorosa impersonalidad. No es posible vivir sin referencias. La experiencia pierde su potencial creador cuando carece de cauces para expresarse. El auge del «homo tecnologicus» confina en los diccionarios palabras del medio rural. Algunas ya han desaparecido. ¿Qué será del paisaje, sin hombres que lo habiten y lo nombren, salvándolo del curso impersonal e indiferenciado de lo estrictamente biológico? No es suficiente preservar la Naturaleza. Hay que conservar su intimidad milenaria con el hombre. Cada vez que muere una palabra o un paisaje se queda deshabitado, la humanidad pierde algo irremplazable. Miguel Delibes afirma que sus personajes se resisten a diluirse en las grandes concentraciones urbanas, pues intuyen que allí no serán nada. «Se trata de seres primarios, elementales –reconoce el autor de El camino y Los santos inocentes-, pero que no abdican de su humanidad; se niegan a cortar las raíces. A la sociedad gregaria que les incita, ellos oponen un terco individualismo». Pretenden conservar su diferencia irreductible. «La ciudad uniforma cuanto toca; el hombre enajena en ella sus perfiles característicos. La gran ciudad es la excrecencia y, a la vez, el símbolo del actual progreso». Delibes cita a Isidoro, protagonista de Viejas historias de Castilla la Vieja, según el cual «ser de pueblo es un don de Dios» y «ser de ciudad es un poco como ser inclusero». Nini, el niño sabio de Las ratas, es capaz de predecir el tiempo o buscar remedios para una enfermedad, pero cuando le llevan un carburador estropeado se encoge de hombros. Su sabiduría es sabiduría de la vida, no de lo inventado y tecnológico. Esa forma de ser revela una oposición interna al efecto desintegrador del progreso.

Delibes augura un porvenir complicado para su obra: «Me temo que muchas de mis propias palabras, de las palabras que yo utilizo en mis novelas de ambiente rural, como por ejemplo aricar, agostero, escardar, celemín, soldada, helada negra, alcor, por no citar más que unas cuantas, van a necesitar muy pronto de notas aclaratorias como si estuviesen escritas en un idioma arcaico o esotérico, cuando simplemente han tratado de traslucir la vida de la Naturaleza y de los hombres que en ella viven y designar al paisaje, a los animales y a las plantas por sus nombres auténticos». Delibes cita a Juan Gualberto, el Barbas, protagonista de La caza de la perdiz roja. Juan se lamenta de las prisas que atosigan al hombre de las grandes ciudades. Acostumbrado a volar a Nueva York en pocas horas, no encuentra ningún sentido a esperar pacientemente en un puesto de caza, charlando de esto y aquello, comiendo un trozo de queso y algo de vino o mirando al cielo. La técnica impone su ritmo endiablado, frustrando los pequeños placeres de antaño. Delibes exalta la búsqueda de sus personajes: Pedro, el protagonista de La sombra del ciprés es alargada, aplaca su pesimismo vital en el mar; Sisí, el hijo de Cecilio Rubes, comprende el sentido de la vida en la naturaleza; la Desi, la criada analfabeta de La hoja roja, acude a sus recuerdos de infancia para olvidar su miserable existencia. Delibes afirma que sus personajes hablan poco no tanto por un exceso de individualismo, sino por un profundo escepticismo. «No son, pues, asociales, insociables ni insolidarios, sino solitarios a su pesar. Ellos declinan un progreso mecanizado y frío, es cierto, pero, simultáneamente, este progreso los rechaza a ellos, porque un progreso competitivo, donde impera la ley del más fuerte, dejará ineluctablemente en la cuneta, a los viejos, los analfabetos, los tarados y los débiles. Y aunque un día llegue a ofrecerles un poco de piedad, […] siempre estará ausente de ella el calor». Delibes señala que esos personajes pertenecen a la legión de los humillados y ofendidos. Un Dios «eternamente mudo» y una Tierra cada vez más estragada parecen haberse olvidado de ellos. El prójimo es una realidad cada vez más lejana. Delibes reivindica las protestas sociales y estudiantiles que han logrado algunos éxitos, como acabar con la Guerra de Vietnam. Ha sido una victoria de los jóvenes, que siguen luchando contra el equilibrio del terror de las superpotencias nucleares y que piden el fin de las agresiones contra la Naturaleza. Ese clamor enciende la esperanza de Delibes, que se resiste a llevar su pesimismo hasta una estéril desolación.

Julián Marías contestó a Delibes, examinado su trayectoria y alabando su sensibilidad ecológica. Destacó que su amor por la Naturaleza era indisociable de su amor por el hombre. ¿Ha perdido actualidad la defensa de la Naturaleza realizada por Delibes en su discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua? Pienso que no. De hecho, el calentamiento global ha puesto de manifiesto que las alarmas de Delibes, casi premonitorias, no eran injustificadas. Sin embargo, su visión del mundo rural está algo idealizada. En los pueblos, hay dignidad y belleza, pero también prejuicios e intolerancia. Se excluye al diferente y apenas se respeta la intimidad. Delibes no era un reaccionario, pero su perspectiva es incompleta. El campo puede ser un escenario bucólico, pero también un paisaje de crudeza y penalidades.

LA PASIÓN DE CAZAR

Siempre que surgió la ocasión, Miguel Delibes se definió como  «un cazador que escribe». Delibes amaba a la naturaleza porque sitúa al hombre en su perspectiva original, cuando sobrevivir exigía lucha, esfuerzo, sufrimiento. La caza no es una afición ni un deporte, sino un regreso a los orígenes. El ciclo de la vida solo puede continuar con la muerte de otros seres. Ignorarlo u ocultarlo, significa falsificar la realidad. En Diario de un cazador, Lorenzo, el protagonista, confiesa que una escopeta «le hace suspirar más que cualquier mujer», pues la caza es lo único que le hace sentirse realmente vivo. En una larga entrevista con Manuel Leguineche, Delibes explicaba las claves de su pasión por la caza, destacando su afición a la perdiz roja: «Te exige un mayor esfuerzo, una mayor dedicación. Es también más escasa, es mucho más difícil derribarla porque vuela lejos y rápido».

La caza de la perdiz roja exige la colaboración de un perro bien adiestrado. Sin él, la perdiz se oculta entre la maleza, las pajas o las hierbas del arroyo. Delibes evoca a su perra Dina, que tan bien levantaba las piezas, indicando que los perros solo se convierten en eficaces colaboradores cuando han crecido con su amo. Sin una estrecha simbiosis, el binomio humano-perro no funciona. Delibes sitúa la caza por delante de la escritura e incluso de las necesidades más vitales: «He dicho muchas veces que podría vivir sin comer, pero no podría vivir sin cazar, y en efecto, prefiero privarme de cualquier otra cosa que de la posibilidad de salir al campo cuando se abre la veda». Cita a Lorenzo, el protagonista del Diario de un cazador: «En tiempos de Lorenzo, el ideal del cazador era ser un hombre libre, sobre una tierra libre, contra un pájaro libre». Delibes se queja de la inevitable racionalización que ha impuesto el incremento de las licencias de caza, pero opina que es una circunstancia mucho mejor que las cacerías del franquismo, que popularizaron el ojeo, propiciando matanzas indiscriminadas que ponían en peligro el equilibrio ecológico. La caza sirve para regular las poblaciones, salvo cuando se convierte en una carnicería libre de reglas, particularmente en una época donde el número de licencias de caza ha pasado en pocos años de tres mil a casi un millón. Cuando Manuel Leguineche le pregunta qué tal tiraba Franco, Delibes contesta: «No tengo ni idea, pero yo supongo que un hombre que va a cacerías a las que tira 2.000 o 3.000 cartuchos tiene que ser muy malo para no llegar a acertar. Yo no me he relacionado nunca con ninguno de sus acompañantes, por tanto, no puedo opinar». Delibes señala que Juan Carlos I es un buen cazador que no mide el éxito por el número de piezas abatidas, sino por la belleza del lance.

El verdadero cazador no es un sanguinario, sino un hombre que ama la libertad y la naturaleza. «Para un verdadero cazador lo que tiene importancia es el despertar de la naturaleza, el ver los quiebros del perro, el ver la mejor manera de entrizar a las perdices y cercarlas, el conseguir que se entreguen ellas antes que tú, que lo de menos, si te pones a mirar, es la muerte del animal». El auténtico cazador no actúa atraído por la sangre y la violencia. Tampoco por el anhelo de presumir. «El cazador –afirma Delibes- es hombre abierto, aficionado al campo, hombre con tendencia a la soledad, hombre enemigo del gregarismo, enemigo de las multitudes». Es menos hermético que el pescador, que se reserva sus trucos. Busca la compañía y la camaradería, compartiendo lo que ha aprendido. Delibes habla de la estampa romántica del furtivo de otras épocas, pero advierte que no queda nada de eso. Actualmente, solo es un depredador incívico que utiliza toda clase de artimañas rastreras, como deslumbrar a las liebres con los faros de un coche y aprovechar su estupor para matarla. El furtivismo es una amenaza para la caza, pero también lo es la mecanización de la agricultura: «Un campo ordenado para la agricultura es desordenado para la caza; la caza gusta de la greñura, de la dificultad, de la maraña».

Delibes confiesa que le gustaría morir con la escopeta en la mano, pues la considera una prolongación de sí mismo, como la pluma. A los cincuenta y siete años, no siente que le haya salido la «hoja roja» que en los paquetes de papel de fumar avisa del fin de las existencias. Francisco Umbral comentaba que Delibes hacía metafísica con el «singular ejercicio humano de la caza». Muchas de sus jornadas de caza finalizaban con una sola pieza en el morral, tras largas caminatas por el campo. No le preocupaba. «Yo no soy un pirómano, sino un cazador esforzado, de escopeta y perro, no un carnicero, sino un cazador que cumple con la ley». Delibes admitía que no le agradaba la caza mayor: «matar un animal mayor que una liebre me da grima. Esos corzos y esos ciervos tienen ya los ojos muy humanizados, es un vertebrado muy evolucionado y no soy capaz de disparar sobre ellos. Ya la misma liebre me da una cierta dentera matarla cuando no queda muerta del tiro». No hay tanta crudeza al matar a una perdiz o una codorniz. De una sola perdigonada, caen al suelo. Hablando de uno de sus perros, un grifón, Delibes señalaba con humor que era «pacifista». Se asustaba con los tiros y se escondía detrás de sus piernas. Por supuesto, no se planteaba deshacerse de él.

Personalmente, no me gusta la caza. Me parece una actividad cruenta y, al vivir en el campo, he podido comprobar que muchos cazadores no sienten ningún respeto por el medio ambiente. Sin embargo, he disfrutado enormemente con los libros sobre caza de Miguel Delibes. No hay en ellos ninguna complacencia con la muerte o la violencia. De hecho, su amor a la naturaleza despunta por encima de cualquier hazaña cinegética. Delibes sostiene que la caza contribuye a mantener el equilibrio ecológico, controlando la población de las distintas especies. Sus argumentos pueden ser cuestionados, pero sus libros sobre la perdiz roja y la caza menor son indiscutiblemente hermosos. Su prosa elegante y sobria, muy castellana, desprende belleza en cada página, sin transigir con los alardes retóricos. Te hace sentir que paseas por esos campos de Castilla donde el hombre y la naturaleza aún pueden mirarse cara a cara,  sin experimentar extrañeza.

LA SOMBRA DEL CIPRÉS

La sombra del ciprés es alargada narra la historia de Pedro, un huérfano confiado por su tío a un matrimonio de Ávila, un maestro llamado Mateo Lesmes, con una visión trágica y pesimista de la vida, y su mujer, doña Gregoria, un ama de casa fría y convencional. Pedro crecerá con la pequeña Martina, hija única del matrimonio, la perrita Fany y Alfredo, un niño que se ha convertido en un estorbo para su madre, una viuda joven con un amante egoísta y sin escrúpulos. Fany es «una perrita ratonera con psicología de gato». Faldera, amante del fogón y cariñosa «desde el hocico hasta la punta del rabo», Pedro no necesitará esforzarse pare encariñarse con ella, pues su vitalidad manifiesta una alegría de vivir que no percibe en sus compañeros humanos, sumidos en una perpetua penumbra espiritual. Maniático y solemne, «don Mateo parece hijo de las piedras de Ávila». Enamorado de la ciudad, elogia a los hombres que levantaban murallas, castillos y conventos para estar más cerca de Dios. En nuestros días, el ser humano solo piensa en el instante, nunca en lo permanente y trascendente. Miguel Delibes muestra desde su primera novela su apego hacia las ciudades de provincia, cuyo tamaño hace posible una existencia más humana. Necesitamos sentir que pertenecemos a algún sitio, que algo nos sostiene y enraíza. No se puede vivir eternamente de paso, practicando un nomadismo que nos reduce a la condición de extraños en escenarios sucesivos. Mateo Lesmes aconseja austeridad. Hay que aprender a ser feliz con lo imprescindible, sin codiciar lo superfluo. No tener nada puede ser tan indeseable como acumular un vasto patrimonio. La angustia de carecer de cosas esenciales puede llegar a abrumar tanto como el miedo a perderlo todo. La «suprema quietud» solo se alcanza con las cosas sencillas: el afecto de una familia, la dignidad de un trabajo que responda a una vocación, el aprecio por el terruño natal. La muralla de Ávila expresa el anhelo de perennidad del hombre, trágicamente hostigado por el sentimiento de finitud. La fe –apunta Mateo Lesmes- nos revela que la dicha no se obtiene en este mundo. El hombre no es solo materia. Tiene alma y alberga la esperanza de preservar esa chispa divina. Es una aberración vivir solo para el mundo, pues lo caduco y provisional nunca calmará el hambre de eternidad que nos acompaña desde los primeros momentos de clarividencia.

Pedro aprende a base de sufrimiento. El atropello de Fany le revela la fragilidad de la vida. La perrita sobrevive, pero se queda coja. Todos los seres vivos son vulnerables, la existencia siempre pende de un hilo. La única forma de soportar esta amenaza es afianzarnos en el desasimiento. Cuanto menos vínculos afectivos y menos posesiones, menos posibilidades de sufrir. La muerte es una obsesión que atraviesa toda la obra de Delibes. El amor solo acentúa ese miedo, pues la propia muerte nunca es tan terrible como la pérdida de los seres queridos. Miguel  Delibes pareció anticipar la tragedia que le reservaba el destino: la pérdida prematura de su esposa. Hacia el final de su contestación al discurso de ingreso en la Real Academia del escritor vallisoletano, Julián Marías habló de Ángeles Castro: «Creo que no se puede entender la obra de Delibes sin tener en cuenta la realidad de su vida familiar: la compañía de tantos años de esa alegría serena que solíamos llamar Ángeles, esa mujer, a la vez maternal y niña, sencilla y clara, que con su mera presencia aligeraba la pesadumbre de la vida; los siete hijos que les fueron naciendo. A todos ellos los encontramos en las páginas que Delibes ha escrito. Ahora nos llega incurablemente herido; convaleciente hacia el trabajo, la creación y la esperanza de que “no todo se lo ha tragado la tierra”». Miguel Delibes necesitó diecisiete años para escribir sobre su mujer. «Ángeles siempre fue bella, pero, cuando la conocí, era tan bonita, inteligente y atractiva que tenía alrededor un centenar de moscones. Yo tenía un par de años más que ella, pero nos enamoramos, en el 46 nos casamos y en el 73 la perdí. Eso duró mi historia sentimental». Delibes recreó su relación con Ángeles Castró en Señora de rojo sobre fondo gris, una novela extraordinaria y conmovedora. Su pérdida, dolorosísima para un hombre profundamente enamorado, acentuó su obsesión con la muerte: «De mi propia muerte, lo único que me preocupa es el hecho físico de morir. Me gustaría que fuese de un modo rápido y en mi cama. Mi amargura precoz supongo que será una herencia neurótica como tantas otras cosas. Lo cierto es que la muerte para mí era una obsesión. Y no solo como posible protagonista de esa muerte».

Para una conciencia cristiana como la de Delibes, solo Dios puede abrir un nuevo horizonte. El mañana es esperanza, sí, pero esa expectativa siempre estará lastrada por la duda. No puede haber certezas de algo que acontecerá fuera del tiempo y el espacio. Solo cabe abrazar una promesa y perseverar en ella. En La sombra del ciprés es alargada, Pedro intenta atajar el riesgo de sufrir, desligándose de todo. Intentará convertir su individualidad en un parapeto inviolable. Su maestro le ha dado una lección magistral mientras contemplaban las murallas de Ávila, aconsejándole buscar la autosuficiencia de los estoicos, cuyo ideal de dicha se basaba en la sobriedad. El espíritu no necesita bienes, sino buenas ideas. Pedro procura seguir esas directrices, pero no logra espantar la muerte de su cabeza. Durante una visita al cementerio local, Alfredo, al que le une un cariño fraterno, le dice que morirá pronto, que su salud no es buena, y que no quiere ser enterrado bajo la sombra espectral de un ciprés, sino cerca de un pino, cuya sombra es más benévola. Pedro protesta, alegando que vivirá muchos años, pero Alfredo no se equivoca. La tuberculosis segará su vida a los doce años. El desenlace será precedido por una excursión clandestina y nocturna a los Cuatro Postes. Ávila es un lugar con una poderosa espiritualidad. En sus piedras se acumulan siglos de equilibrio. De noche, nevada e iluminada por la Luna, desprende el aroma de lo antiguo, bello y venerable: «Ávila emergía de la nieve mística y escandalosamente blanca, como una monja o una niña vestida del primera comunión. Tenía un sello antiguo, hermético, de maciza solidez patriarcal. […] Imaginé que no otra, en todo el mundo, podía ser la cuna de Santa Teresa. Porque su espíritu impregnaba, una por una, cada una de sus piedras y torres. Había en las nevadas almenas algo de una espectacular geometría ornada; algo diferente a todo, algo así como una alma alejada del pecado». Pedro comienza a comprender que la alegría es un estado del alma, no una cualidad intrínseca de las cosas. La excursión de Pedro y Alfredo que culmina en los Cuatro Postes, evoca la huida de Teresa de Ahumada y su hermano Rodrigo a tierra de moros para ser descabezados. Ambas peripecias convergen en el anhelo de inmortalidad, frustrado por los implacables límites de la historia y la biología. Cuando la muerte se lleva a Alfredo, Pedro descubre que el cuerpo, sin alma, es «un simple espantapájaros».

Miguel Delibes se mueve en la estela del existencialismo, preguntándose si la vida tiene algún sentido o es algo irremediablemente absurdo. «Morir no es malo para el que muere […]; es tremendo para el que queda navegando por la estela que el otro trazó, desbrozando, soportando una vida larga, fofa, despojada del menor aliciente». Alfredo es enterrado a la sombra de un pino y Pedro visita su tumba a menudo. Contempla con agrado cómo su copa se redondea, prodigando frescor. La pérdida de su querido amigo agudizará la sensación de vivir bajo el acecho de la muerte. Solo el consuelo de la fe, que abriga la esperanza del reencuentro con Alfredo, mitiga su tormento. Los dos amigos contemplaron en una ocasión la comitiva de un entierro. Un hombre seguía el féretro de su mujer. Ambos pensaron que vivir significaba peregrinar hacia la muerte, siguiendo el rastro de los seres queridos que desaparecen por el camino. El sino de los que viven es acumular pérdidas.

Ya de joven, Pedro se marcha a Barcelona para hacerse marino. Allí descubre que en las grandes urbes la historia es algo muerto, un vestigio del pasado; en cambio, en las pequeñas ciudades, la historia sigue viva. El mar aplacará su pesimismo: «el océano traía consigo la paz de los espíritus. Una paz sedante y fácil, que solo puede dar lo que no ofrece límite ni barrera en el espacio ni en el tiempo». Pedro fantasea con superar su visión trágica de la existencia: «Creí ingenuamente que mi enfermedad sin microbios podría ser tratada bebiendo intensa, pacíficamente, la Naturaleza, aletargándome en su contemplación, dejándome emparedar entre el cielo inmenso y el mar inmenso, y llenándome de su dilatación uniforme y vasta». Testigo de la guerra civil, Pedro afirma que la violencia, lejos de arreglar los conflictos, los agrava. La barbarie técnica ha incrementado el poder destructivo del hombre, que solo necesita pulsar un botón para exterminar miles de vidas. Después de contemplar el naufragio de un barco hundido por un submarino, el mar deja de ser una fuente de sosiego. Pedro maldice las guerras. No solo mutilan el cuerpo; también destrozan el alma. El pesimismo de Miguel Delibes nunca desemboca en la misantropía. Su delicadeza y ternura le impiden abominar del género humano. Los hombres hacen cosas horribles, pero también aman, crean y luchan por un mundo mejor. Pedro se enamora y se casa, pero su mujer muere en un accidente cuando la vida que albergaba en su interior comenzaba a despuntar. Vuelve a Ávila, huyendo del dolor. Sentir sus siglos de historia bajo sus plantas le mantiene arraigado a la vida. La tragedia no ha destruido su fe. Delibes concluye la novela con un grito: «Aún me quedaba Dios». Dios es la esperanza de un sentido que trascienda el desconcierto humano.

La sombra del ciprés es alargada contiene todos los elementos de la poética de Miguel Delibes: amor a la naturaleza («los árboles son unos buenos compañeros. Tienen la ventaja sobre los hombres de que no hablan tan alto. A veces, solo a veces, susurran»), apego a las pequeñas ciudades de Castilla, con su historia centenaria y su soplo místico, miedo tenaz a la muerte que solo se recorta con la expectativa de Dios, aprecio por la soledad, horror ante la deshumanización de los grandes espacios urbanos, nostalgia de una niñez donde se vivía con inmediatez y sin temor a la muerte, rebelión contra el absurdo, añoranza del silencio frente al estruendo de la civilización. Para Delibes, la única forma de escapar a la sombra alargada del ciprés es no guiarse exclusivamente por la razón. El corazón siempre es más sabio, pues sabe disfrutar del instante, sin pensar en lo que vendrá después.

Siempre que me adentro en los libros de Miguel Delibes me siento reconfortado por su humanismo, pero también me sacuden sus dudas existenciales. Su fe en Dios está oscurecida por el miedo a una nada destructora. La pérdida de su esposa acentuó ese temor, acercando su perspectiva a la de un Camus que busca infructuosamente un atisbo de esperanza. Delibes pertenece a la mejor tradición del realismo español. Su literatura desciende de Cervantes, Galdós y Baroja. No permaneció indiferente al auge de las innovaciones, que ensayó con fortuna en varias obras, pero el afán de narrar siempre prevaleció sobre la preocupación por el estilo. Desde su muerte, su obra ha caído en un relativo olvido, pero yo creo que volverá a ocupar el lugar destacado que le corresponde. Es uno de los grandes clásicos de las letras españolas, un gigante tranquilo que descansa bajo la sombra de un ciprés, pero que espera hacerlo un día en el regazo de Dios, libre al fin del opresivo reinado de la muerte.

Hacer las paces

Fernando Vidal

Fuente: Vida Nueva Digital

Bruce Springsteen se dirigió el pasado 9 de septiembre a los nuevos estudiantes del Boston College, donde ofreció un mensaje sobre la importancia de la Fe y la espiritualidad. Springsteen tiene un especial vínculo con esta institución universitaria jesuita, donde estudió su hijo. La revista America Magazine publicó el 11 de septiembre el discurso íntegro.

Aunque reconoció su relación ambigua con la Fe, Springsteen se considera católico. Ya en su biografía confesó la importancia de su experiencia espiritual para su vida y su obra musical. Hubo un tiempo en su vida en que pensó que podría vivir ajeno a la Fe, “pero yo estaba equivocado. Realmente, no podía”. Él diferencia entre los aspectos de religión organizada y la Fe. Quizás podría vivir aparte de aquella, “pero no sin mi Fe”.

Música para el alma

“Mi Fe ha permanecido conmigo, ilumina mi escritura, afecta al lenguaje con el que escribo y los temas sobre los que lo hago. Frecuentemente compongo incorporando el lenguaje bíblico. Me considero sobre todo un compositor espiritual de canciones. Hago música que en último término quiere dirigirse a tu alma. En lo mejor y lo peor, he hecho las paces con mi educación católica y debo reconocer que sin ella yo no sería quien soy”.

Springsteen arrastra heridas y desencuentros con la Iglesia en el pasado, pero ha habido un proceso de reencuentro que le ha permitido reconciliarse de nuevo con lo esencial. Es un camino en el que, como él, espera mucha gente en nuestra sociedad.

En la madurez de su vida, el Boss llega a una conclusión esencial que quiere transmitir a los jóvenes: “Tienes que aprender a amar y dejarte amar. Esto es esencial para la salud de su alma… Enriquece tu mente, aborda la salud de tu alma y tu espíritu, y crearás las condiciones para que tu vida sea más creativa, para que uno y uno sean tres”.

 

No hay enfermos “incuidables”, aunque sean incurables

Nota de la Comisión Ejecutiva de la CEE sobre la ley de la eutanasia

El Congreso de los Diputados ha decidido seguir adelante con la tramitación de la Ley Orgánica de regulación de la eutanasia. Es una mala noticia, pues la vida humana no es un bien a disposición de nadie.

La Conferencia Episcopal Española ha reflexionado repetidas veces sobre este grave asunto que pone en cuestión la dignidad de la vida humana. El último texto fue publicado el pasado 1 de noviembre de 2019 bajo el título “Sembradores de esperanza. Acoger, proteger y acompañar en la etapa final de la vida humana” y en él se examinan los argumentos de quienes desean favorecer la eutanasia y el suicidio asistido, poniendo en evidencia su inconsistencia al partir de premisas ideológicas más que de la realidad de los enfermos en situación terminal. Invitamos encarecidamente a la comunidad cristiana a su lectura y al resto de nuestros conciudadanos a acoger sin prejuicios las reflexiones que en este texto se proponen.

Insistir en “el derecho eutanasia” es propio de una visión individualista y reduccionista del ser humano y de una libertad desvinculada de la responsabilidad.  Se afirma una radical autonomía individual y, al mismo tiempo, se reclama una intervención “compasiva” de la sociedad a través de la medicina, originándose una incoherencia antropológica. Por un lado, se niega la dimensión social del ser humano, “diciendo mi vida es mía y sólo mía y me la puedo quitar” y, por otro lado, se pide que sea otro –la sociedad organizada– quien legitime la decisión o la sustituya y elimine el sufrimiento o el sinsentido, eliminando la vida.

La epidemia que seguimos padeciendo nos ha hecho caer en la cuenta de que somos responsables unos de otros y ha relativizado las propuestas de autonomía individualista. La muerte en soledad de tantos enfermos y la situación de las personas mayores nos interpelan. Todos hemos elogiado a la profesión médica que, desde el juramento hipocrático hasta hoy, se compromete en el cuidado y defensa de la vida humana. La sociedad española ha aplaudido su dedicación y ha pedido un apoyo mayor a nuestro sistema de salud para intensificar los cuidados y “no dejar a nadie atrás”.

El suicidio, creciente entre nosotros, también reclama una reflexión y prácticas sociales y sanitarias de prevención y cuidado oportuno. La legalización de formas de suicidio asistido no ayudará a la hora de insistir a quienes están tentados por el suicidio que la muerte no es la salida adecuada. La ley, que tiene una función de propuesta general de criterios éticos, no puede proponer la muerte como solución a los problemas.

Lo propio de la medicina es curar, pero también cuidar, aliviar y consolar sobre todo al final de esta vida. La medicina paliativa se propone humanizar el proceso de la muerte y acompañar hasta el final. No hay enfermos “incuidables”, aunque sean incurables. Abogamos, pues, por una adecuada legislación de los cuidados paliativos que responda a las necesidades actuales que no están plenamente atendidas. La fragilidad que estamos experimentando durante este tiempo constituye una oportunidad para reflexionar sobre el significado de la vida, el cuidado fraterno y el sentido del sufrimiento y de la muerte.

Una sociedad no puede pensar en la eliminación total del sufrimiento y, cuando no lo consigue, proponer salir del escenario de la vida; por el contrario, ha de acompañar, paliar y ayudar a vivir ese sufrimiento. No se entiende la propuesta de una ley para poner en manos de otros, especialmente de los médicos, el poder quitar la vida de los enfermos.

El sí a la dignidad de la persona, más aún en sus momentos de mayor indefensión y fragilidad, nos obliga a oponernos a esta esta ley que, en nombre de una presunta muerte digna, niega en su raíz la dignidad de toda vida humana.

Madrid, 14 de septiembre, Exaltación de la Santa Cruz

Comisión Ejecutiva de la CEE