Liberad las vacunas para que lleguen a los empobrecidos

Autor: Faustino Vilabrille

Fuente: Religión digital

Ofrecemos a continuación una síntesis de la información ofrecida por un pediatra catalán que está trabajando en Etiopía, sobre el coronavirus y las consecuencias colaterales que conlleva para África, para terminar con una pregunta radical para todos nosotros:

El Pediatra catalán, Iñaki Alegría, dirige el Hospital Rural de Gambo, en Etiopía. Se pregunta:

Iñaki Alegría, en el hospital que dirige en Etiopía“No quiero acostumbrarme, dice, a la injusticia ni ser cómplice. No quiero callar, ya que cuando la emergencia es continua deja de ser noticia, porque hace tan solo un par de meses una epidemia de sarampión con más de cien ingresos diarios nos obligó a triplicar la capacidad de trabajo. Cada año nos azotan epidemias de bronquiolitis y neumonías en la época de lluvias, para luego dejar paso a las de sarampión y la desnutrición que se ceban en la infancia. Estoy luchando contra el coronavirus entre epidemias de sarampión, meningitis, cólera, tuberculosis y hambre; todo ello añadido al silencio que azota al cuerno de África, que es la indiferencia humana. Estamos atendiendo a más de trescientas urgencias de sol a sol. Lo más devastador es la crisis económica y el aumento del precio de los alimentos más básicos que está causando una gran hambre en la gente más vulnerable, la de las zonas rurales”.

“Aquí el miedo se ha convertido también en pandemia, matando de olvido otras epidemias que son ahora más mortíferas que nunca”

“No tengo miedo a morir mañana de coronavirus, de hambre ya estoy empezando a morir hoy mismo, me dice una señora. Tengo más miedo de morir de hambre que de coronavirus”; y ella prosigue: “El miedo a la posibilidad de morir de coronavirus me puede llevar a la certeza de la muerte segura por hambre. Este inconfundible sentimiento de hambre que si nunca lo has conocido no puedes llegar a saber lo que es”.

“En Europa, continúa Iñaki, los medios de comunicación hablan de inmunidad de la población, de planes de vacunación y de diferentes tipos de vacunas, pero en el continente africano el tema es radicalmente diferente: Las únicas vacunas contra la Covid-19 que vemos es por la televisión, mientras nos preguntamos unos a otros “¿cuántas otras personas deben ser vacunadas antes de que llegue a Etiopía la primera dosis? “. “¿Cuántas vacunas deben acumular los almacenes europeos y norteamericanos, se pregunta Alegría, antes de que el continente africano pueda recibirlas?”

Posible aumento de otras enfermedades

Y no solo eso, añade: “Desde el inicio de la pandemia está bajando la cobertura vacunal de Sarampión, Hepatitis B, Neumococo, Polio, Tétanos. Temo un aumento de casos y muertes por estas enfermedades prevenibles en los próximos meses si no tomamos medidas de manera inmediata”.

Alegría recuerda que la vacuna contra el neumococo protege de desarrollar neumonía causada por esta bacteria, que es la primera causa de mortalidad en el mundo en los menores de cinco años. Según datos de la Organización Mundial de la Salud, afirma el pediatra, la neumonía es el mayor asesino infeccioso de niños, cobrándose 800.000 vidas al año. Etiopía se encuentra dentro de la lista de los cinco países del mundo con una mortalidad por neumonía más elevada en menores de cinco años.

En cuanto al Sarampión, explica: “en 41 países han paralizado o disminuido los programas de vacunación de sarampión debido a la pandemia por Covid-19. El sarampión aún se cobra unas 568 vidas, en su mayoría niños, en todo el mundo cada día”. “Que no nos engañen, no faltan vacunas”, denuncia Alegría. Pide que se liberen las patentes, porque así se podrá aumentar la producción de vacunas y se facilitará el acceso equitativo a ellas, y no al mejor postor como sucede ahora.

Reconoce que evidentemente les ha escandalizado la muerte inevitable en Europa de personas por Covid-19, pero cree que “más nos debería escandalizar lo que puede suceder los siguientes meses si no actuamos: La muerte evitable y consentida en África de personas por Covid-19 por falta de acceso a las vacunas”.

Nota:-Hasta aquí la información que nos facilita Iñaki Alegría desde Etiopía. Sin embargo, Pfizer y Moderna podrían obtener US$ 32.000 millones por la venta de vacunas contra el Covid-19 solo en 2021. (Fuente: CNN).

De momento, parece que no habrá liberalización de patentes, lo que supone que se vacunen los ricos, mientras los pobres ven cómo las nuevas cepas los meten en un túnel cada vez más profundo. Sin vacunas en todo el mundo, volveremos a la casilla de salida, a pesar de que hay una enorme cantidad de dinero público invertido en la investigación de las vacunas contra el Covid-19. Este mecanismo de liberalización de patentes ya existe y se utilizó por primera vez en 2001 para hacer frente al SIDA. “Cuando un tratamiento anual costaba 10.000 euros, fue posible con un mecanismo de la OMC reducir el coste a 1.00 euros”.

130 países sin vacuna contra Covid-19

En los países europeos ya se han superado los 41 millones de dosis administradas contra el coronavirus, mientras que hay 130 países que todavía no han administrado ni una dosis entre los cuales están casi todos los 55 africanos. Pero la CE es contraria a liberalizar las patentes de vacunas para aumentar la producción. En contra de la liberalización de las patentes están Estados Unidos, Australia, Noruega, Suiza, Brasil, Canadá, Japón, Reino Unido y la UE, lo cual es una evidente injusticia contra los países pobres, a pesar de que en el Parlamento Europeo cada vez más grupos políticos apuntan a que la vacuna debería ser considerado un bien público y las patentes deberían ser liberadas.

“Hay 130 países que todavía no han administrado ni una dosis entre los cuales están casi todos los 55 africanos”

Una pregunta radical: A lo largo de la historia y también en nuestros días muchos millones de personas murieron y mueren víctimas de una muerte injusta y prematura, como lo pueden ser ahora por no liberar las vacunas: ¿quién les va a reparar una injusticia tan grande? Si murieron o van a morir ahora injustamente para quedar muertos, ¿quién les va a hacer justicia? Si ya no se les va a hacer justicia, con qué derecho puedo exigir yo que se me haga justicia a mi? ¿Cómo devolver la dignidad y la libertad a los tratados como esclavos, si la muerte acabó con ellos para siempre?

Estas y otras preguntas radicales son las que llevaron a Horkheimer, a Garaudy o a Adorno a lo que ellos llamaban el postulado de la resurrección, como supuesto previo a una opción revolucionaria, incruenta, coherente, honesta y radical, como lo fue la de Jesús de Nazaret, pero que los que nos decimos sus seguidores hemos olvidado de practicar, porque “si este mundo no nos gusta tenemos que buscar otro”, dice el gran Arcadi Oliveres, porque no basta con lamentarse, pues creer es comprometerse.

Rebelde

Ana Sánchez

Niños soldados, niños convertidos en adultos antes de tiempo, mucho antes de tiempo. Niños esclavizados, niños sin niñez, infancias rotas por la violencia. Rebelde es una película canadiense de 2012, rodada por actores no profesionales en la República Democrática del Congo.

Este relato nos adentra en la vida de Komana, nos acerca a su alma y sus sentimientos encontrados, entre el miedo y el amor, entre la violencia y la ternura, entre la muerte y la vida.

Komana va relatando la historia de su vida al hijo que está punto de nacer, fruto de la violación del comandante de turno, al que no sabe si Dios le dará fuerzas para amar, pero que quiere que sepa cómo ha sido su vida, qué es lo que la ha llevado a ser lo que es y lo que será.

Obligada a asesinar a sus propios padres Komana es reclutada por los rebeldes, por un ejército de liberación de no se sabe bien qué, un grupo más de los que se dedican a expoliar África, entre la guerra y la minería del famoso coltán que alimenta nuestras modernas tecnologías desarrolladas.

En este ejército, junto con otros niños como ella, Romana aprenderá a sobrevivir a la violencia y también a encontrar la amistad y el amor. Entre emboscadas y ataques, drogados para superar este mundo de muerte, los niños van aprendiendo a llevar una vida entre golpes y asesinatos, atemorizados por sus propias acciones y por las represalias a las que se arriesgan si no cumplen con su trabajo de asesinos.

Por su capacidad para salvarse, Romana es nombrada “bruja de la guerra”; este es uno más de los hechos que van uniendo su vida a la de “Mago”, un chico albino y al que también se le atribuyen poderes mágicos para sobrevivir en la guerra de la selva. Esta unión les dará fuerzas para emprender la aventura de escapar de El gran tigre y comenzar una nueva vida, abandonando poco a poco las reminiscencias del ejército, las armas y la violencia.

Juntos irán descubriendo un amor sincero y entregado y volverán a conocer lo que es una familia cuando llegan al poblado de Mago y retoman una vida en paz con los tíos del chico. Hasta que les descubren las tropas rebeldes, asesinan a “Mago” y vuelve la pesadilla de la guerra a la vida de Komana, junto con la obligación de acostarse con el jefe.

La fuerza de voluntad y la lealtad a la familia ayudan a Komana a escapar nuevamente, para conseguir la libertad para ella y para el hijo que espera

 

Una lección de vida y esperanza sobre la voluntad y resistencia del espíritu humano. Una película al mismo tiempo crudamente real e irrealmente mágica, que nos transporta a un mundo que seguramente conozcamos menos de lo que deberíamos, pero que está más presente en nuestras vidas de lo que quizá seamos capaces de imaginar o de desear en nuestro fuero interno.

¿A quién benefician las guerras? ¿A quién beneficia la esclavitud infantil? Nuestra forma de vivir y de ocultarnos una realidad, no precisamente idílica, tienen mucho que ver con esto. Y los más perjudicados: los niños, víctimas inocentes de este mundo en guerra.

Bakhita, de Véronique Olmi

Ana Sánchez

Cuando me enteré de la publicación del libro corrí a la librería a comprarlo: siempre fue una figura que me llamó la atención. Luego, debo confesar que me pasó como con otras tantas cosas, que se fueron solapando otras lecturas, tareas, obligaciones,… un libro se puso encima de otro, otro encima de otro… y el libro cayó en el olvido. ¿Cayó en el olvido? La verdad es que no: hace poco le retomé y le devoré.

Quizá no es más que otra novela, una historia, con una gran dosis de ficción que trata de llegarnos al corazón, porque de eso se trata con la literatura: abrirnos los ojos a otras realidades, a otros mundos, a otras vidas y que algo de eso nos toque y nos invite a formar parte de ello. En esta quizá sea aún más sencillo, porque habla de una persona real (aunque no sea exactamente una auténtica biografía) y lo que se resalta continuamente son las ganas de vivir, la fuerza que impulsa a la protagonista a seguir, a pesar de las separaciones.

Se trata de la historia de un amor incondicional que, en el mundo real llevó a que fuera beatificada por San Juan Pablo II, no tanto por su aceptación de las adversidades y la violencia que la acompañó durante tantos años, sino más bien por su decisión de trabajar eficazmente para liberar a niñas y mujeres de la opresión y la violencia y devolverles su dignidad. De esta redención, de esta esperanza habla también específicamente Benedicto XVI en Spe Salvi, poniéndola como testimonio de una esperanza en la lucha y que es lo que la ha llevado a ser declarada patrona de Sudán y un referente esencial en la lucha contra la trata, un drama presente a lo largo de toda la historia de la humanidad, hasta hoy.

Quizá hoy se muestra esto de un modo mucho más doloroso, más hipócrita, puesto que nos consideramos una sociedad civilizada, que ha abolido la esclavitud, que respeta los derechos humanos, que considera a todas las personas con la misma dignidad,… Pero no. Eso no son más que palabras bonitas.

La realidad es otra muy distinta: cada vez hay más personas que padecen diferentes formas de esclavitud. Este año 2021 ha sido denominado por la OIT como el año internacional para la eliminación del trabajo infantil y esto está también muy presente en esta historia: «usted entiende: los niños, los niños esclavos, los niños soldados, ¿entiende?, yo no hice nada y usted tampoco, ¿y quién podrá, dígamelo, quién podrá algún día?». Esa es, en el fondo, la pregunta que tenemos que contestarnos cada uno.

Encerradas

Nuria Sánchez Díaz de Isla

Antes de la pandemia pocas personas sabían lo que era el “síndrome de la cabaña”, ese que se ha hecho tan popular en conversaciones y medios de comunicación y que han sufrido muchos niños y adultos tras el confinamiento.

Este síndrome no es nuevo, ya se sufría por distintos profesionales, en submarinos, bases petroleras y… ¡trabajo doméstico!

Lo de los submarinos, y las bases petroleras parece obvio, pero lo del trabajo doméstico, para la inmensa mayoría de la gente resultará extraño. Déjenme que les cuente:

En nuestra ciudad, hay cientos de mujeres que trabajan donde viven y viven donde trabajan, son las internas. Mujeres migrantes, que cuidan personas mayores, y lo hacen las 24 horas del día.

Algunas, las “afortunadas” tienen un par de horas libres al día y los fines de semana; otras, que corrieron peor suerte, pueden pasar hasta 5 días trabajando sin un mísero tiempo de descanso.

Algunas, las “afortunadas”, cuidan personas que pueden salir a la calle, lo que sirve para respirar aire fresco, pasear, tener una conversación con un vecino o algún compatriota… Otras, que corrieron peor suerte, cuidan personas que no salen de casa, y a ellas tampoco se les permite hacerlo.

Y así, en nuestra ciudad, existen mujeres, que viven su juventud “ENCERRADAS” día tras día, al cuidado de nuestros queridas tías, madres y abuelas.

Mujeres valientes y luchadoras que se sienten enloquecer, se angustian, se desesperan, sufren de taquicardias, insomnio… Y a pesar de que se consumen física, psicológica y emocionalmente, cada vez tienen más miedo de abandonar el lugar donde trabajan.

Su confinamiento hoy continúa, y no precisamente por culpa de la pandemia.

Son personas concretas las que imponen a las trabajadoras internas unas condiciones injustas e inhumanas.

Es un ambiente concreto el que defiende la idea de que los migrantes son personas de segunda, a nuestro servicio.

Es una legislación concreta la que condena a las personas en situación irregular a vivir y trabajar clandestinamente, sin derechos ni libertades, expuestas a todo tipo de explotación.   Necesitamos cambiar leyes, ambientes y corazones. Necesitamos una ciudad libre de mujeres “encerradas”.

Geografías del hambre: el derecho a la alimentación como reto del desarrollo

Berezi Elorrieta

Fuente: unibarcelona.com

 

El derecho a una alimentación adecuada es un derecho humano universal reconocido por numerosos acuerdos internacionales, como la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 (art. 25) o el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales – PIDESC de 1966 (arts. 11 i 12), un reconocimiento que los países han adoptado en sus propios cuerpos legislativos nacionales.

Según la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), para garantizar este derecho, no es suficiente con que haya disponibilidad de alimentos, sino que éstos deben también ser accesibles y adecuaos para cubrir las necesidades biológicas. ¿Cuál es la diferencia entre estas tres condiciones? Pues bien, el hecho de que un alimento exista en cantidad suficiente en un territorio determinado (disponibilidad) no significa que todas las personas o grupos sociales tengan acceso a él (ya sea por motivos físicos o económicos, es decir, porque no pueden costeárselo) ni tampoco que ese alimento esté en buen estado o sea saludable.

Actualmente, por desgracia, es más que evidente que el derecho a la alimentación no se está garantizando a nivel mundial. Según las estimaciones más recientes de la FAO, la subalimentación en el mundo afecta a más de 820 millones de personas (más de uno de cada diez habitantes del mundo), y lo peor es que desde 2015 se ha revertido la tendencia a la baja.

A menudo, cuando hablamos de problemas de hambre y malnutrición pensamos en los países más empobrecidos y particularmente en países del continente africano, que suelen padecer severas crisis de hambre, que afectan gravemente a la población más vulnerable, como la población infantil. Sin embargo, las geografías del hambre son mucho más complejas y afectan a varios continentes, con una especial incidencia (en términos cuantitativos) en Asia Meridional y Oriental. Pero más allá de las diferencias norte-sur, no es posible hacer generalizaciones, pues la situación interna de cada continente presenta grandes desigualdades. Por ejemplo, en América Latina, encontramos países con tasas muy bajas (como Brasil) pero también otros donde se estima que entre el 15-25% de la población padecen subalimentación.

Mapa del hambre de 2019. FAO

En realidad el problema de la alimentación debe ser analizado desde un prisma más amplio y a nivel internacional. Aunque nos sorprenda, la alimentación no adecuada es un problema muy presente en los países ricos. Se da la paradoja, como señala Raj Patel en su libro, de que habitamos un mundo de “obesos y famélicos”, donde la obesidad y el hambre son dos caras de una misma moneda: la de un sistema alimentario que no funciona.

De hecho, según el informe sobre la Seguridad Alimentaria y la Nutrición en el mundo, al mismo tiempo que hay 821 millones de personas que pasan hambre en el mundo, también hay 627 millones que tienen problemas de obesidad. Es cierto que las personas hambrientas se concentran básicamente en los países pobres, pero las personas con obesidad no viven exclusivamente en los países ricos. Así, aunque parezca contradictorio, existen países en vías de desarrollo donde encontramos al mismo tiempo problemas de subalimentación y de obesidad. Entre las causas, además de los cambios económicos y la alteración de los estilos de vida, sobresale un claro factor de clase: las familias con menores ingresos consumen productos de peor calidad y menor nivel nutritivo, que suele ser comida procesada e hipercalórica.

Por otro lado, las cifras de hambre no sólo conviven grotescamente con las de obesidad, sino también con las del desperdicio de alimentos. Se calcula que una tercera parte de la producción mundial de alimentos acaba desperdiciándose, tanto en los países ricos como en los pobres, aunque por causas diversas.

Pero cuando hablamos del derecho a la alimentación, la mayor paradoja es que, algunos países que tienen altas tasa de hambre, son también grandes productores de alimentos. ¿Qué está pasando? ¿Acaso el problema del hambre no es un problema de escasez de alimentos? Lo cierto es que, a pesar del aumento exponencial de la población mundial, también hemos intensificado y aumentado la producción agraria, incluso per cápita. Al menos por el momento, ya que no sabemos a ciencia cierta cuáles serán las consecuencias del cambio climático en este sentido. Asimismo, en las últimas décadas hemos podido comprobar que los periodos de crisis de hambre no coinciden con periodos de escasez de alimentos (como periodos de sequía u otros fenómenos climáticos extremos). Las investigaciones de Amartya Sen así lo evidenciaron en su libro “Pobreza y hambruna”: después de estudiar varías catástrofes en la India, Bangladesh y el Sáhara desde los años cuarenta, descubrió que las crisis de hambre se habían producido incluso cuando la provisión de alimentos no era diferente de años anteriores y que, en algunas áreas afectadas por el hambre, incluso se habían exportado alimentos.

En efecto, en muchos países empobrecidos con altos índice de hambre se están produciendo para la exportación productos como flores, fruta, langostinos y carne, entre otros. A menudo esta producción está en manos de empresas extranjeras y es consecuencia de la apertura de los mercados impulsada por el FMI y el Banco Mundial. Así, en este nuevo sistema alimentario ya no consumimos los productos alimentarios producidos en nuestras áreas rurales más próximas, sino que importamos los alimentos desde miles de kilómetros de distancia, en este mercado global de alimentos en que se ha convertido el planeta globalizado.

La globalización ha supuesto una integración e interdependencia de las estructuras sociales y económicas a nivel mundial, incluyendo el sistema alimentario. La consecuencia de todo lo anterior es que, los mismos países que exportan determinados productos alimentarios, después necesitan comprar algunos productos básicos en los mercados internacionales, porque han dejado de producirlos. Y no, las rentas obtenidas con esas exportaciones no son suficientes para proporcionar seguridad alimentaria a la población.

Producción y consumo local vs. Producción y consumo en la era de la globalización

La globalización y la desregulación financiera han provocado que los alimentos incluso se hayan convertido en un “activo financiero”, sometido a dinámicas especulativas. Entre 2007 y 2008, por ejemplo, los precios mundiales de los alimentos se dispararon, lo que provocó una grave crisis alimentaria mundial a pesar de que la cosecha de cereales de 2008 consiguió un máximo récord. En aquel momento, un informe encargado por las Naciones Unidas concluyó que la causa del encarecimiento había sido la enorme burbuja provocada por potentes especuladores internacionales en el mercado mundial de alimentos. Este mismo fenómeno se repetiría también en 2011, y volvió a generar “revueltas de hambrientos” en varios países.

En definitiva, las crisis alimentarias no son causadas por una falta de alimentos, sino por las desigualdades en los mecanismos de distribución. En otras palabras, no se trata de un problema de disponibilidad, sino de acceso. No sólo persiste la inseguridad alimentaria para los grupos sociales más vulnerables, sino que además, se ha perdido la producción (y consumo) local a favor de los grandes mercados mundiales, controlados por grandes multinacionales, y sometidos al negocio de los especuladores.

La planificación del desarrollo tiene un reto muy importante en garantizar el derecho a una alimentación adecuada: debe ser capaz de prever no sólo la seguridad alimentaria (que la población tenga suficientes alimentos disponibles, accesibles y nutritivos) sino también la soberanía alimentaria de los países, de manera que se priorice la producción local, se garantice el acceso a la tierra y al agua de los campesinos, y se promueva la participación de la población en el diseño de las políticas agrarias y territoriales.

¡Ningún joven, ninguna persona, ninguna familia sin trabajo!

Ana Sánchez

La ONU, en su 101ª sesión plenaria celebrada el 25 de julio de 2019 decidió declarar 2021 como “Año Internacional para la Eliminación del Trabajo Infantil”. Según las últimas estimaciones mundiales sobre el llamado trabajo infantil que presenta la Organización Internacional del Trabajo, referidas al año 2016, existían 218 millones de niños víctimas del trabajo infantil. Las cifras chocan con otras organizaciones que trabajan directamente con los niños que sufren la esclavitud, como Misiones Salesianas que hace dos años hablaban de 223 millones de menores explotados sexualmente en el mundo. Está claro que las cifras no cuadran.

Una cuestión fundamental es saber de qué estamos hablando cuando hablamos de “trabajo”, quizá no todos tengamos lo mismo nuestra cabeza. Una pista la encontramos en la reciente carta apostólica Patris Corde, donde el Papa Francisco nos recuerda que “una familia que carece de trabajo está más expuesta a dificultades, tensiones, fracturas e incluso a la desesperada y desesperante tentación de la disolución. ¿Cómo podríamos hablar de dignidad humana sin comprometernos para que todos y cada uno tengan la posibilidad de un sustento digno?”

Este año que acaba de comenzar, dedicado a San José y declarado como año contra la eliminación del trabajo infantil puede ayudarnos a calibrar la dimensión y crudeza de este problema. Ya en junio del año pasado se alertaba desde los organismos oficiales (OIT y UNICEF, concretamente) cómo “la COVID-19 podría resultar en un aumento de la pobreza y por tanto en un incremento del trabajo infantil, ya que los hogares utilizan todos los medios disponibles para sobrevivir”. En países como Brasil, Guatemala, México, India y Tanzania, ya se ha observado un aumento del trabajo infantil producto del desempleo de los padres.

Es determinante saber cuál es el trabajo de cada uno. El de los niños debe ser jugar y estudiar, es decir, todo lo contrario a lo que realizan millones de ellos en la agricultura, extracción minera, ejército y guerrillas, fábricas, prostitución y un largo etcétera de actividades más o menos agresivas; en este sentido, todas lo son, todas suponen una esclavitud de un grupo de población (los niños) que deberían ser especialmente protegidos, no especialmente explotados.

Cinco motivos para entender por qué han venido 20.000 senegaleses a Canarias

Fuente: blog.africavive.es

Autor: Jaume Portell

 ¿De qué sirven muchos ojos si solo observan a la víctima en el suelo? En 2006, más de 35 000 personas llegaron a las costas canarias desde el continente africano. En 2020, catorce años después, las escenas se repiten de nuevo y no parece que hayamos aprendido mucho. Nada nos impide creer que en 2034 veremos las mismas imágenes en televisión: miles de africanos muy jóvenes, reconfortados con mantas y bocadillos de la Cruz Roja tras salir de una patera.

Los titulares de prensa andan, como siempre, divididos: algunos hablan de avalancha y agitan sus eslóganes racistas; otros aprovechan este episodio para dedicar un bonito canto a la diversidad. Encontramos incontables muestras de lo que Martín Caparrós ha bautizado como “periodismo Gillette”: limpio, lleno de declaraciones y neutro. Sin ideología, es decir, reforzando la mayor de las ideologías, la más conservadora: la idea de que no tener ideas es siempre lo más deseable para expresarse ante los demás.

Senegal seguirá exportando a gente por factores que raramente aparecen en la prensa. Si acaso, se mencionan en algún párrafo perdido, se camuflan bajo palabras vacías de tanto usarlas: ‘desigualdad’, ‘injusticia’, ‘desastre’. Víctimas sin verdugos, casuales, desgraciadas, problemas sin causa ni solución. Somos capaces de escribir bellísimas crónicas sobre el dolor africano, pero apenas nos atrevemos a mencionar qué provoca el desgarro. No queremos mancharnos. “Culpa a Occidente por los problemas de África. Pero no seas demasiado específico”, decía Binyavanga Wainaina en su legendario “Cómo escribir sobre África”. Hoy me apetece ser específico con cinco motivos.

El primero es la comida. Senegal gasta la mitad de sus importaciones solamente en comida y energía. Uno podría entender que un país se gastara un dineral en comprar máquinas prodigiosas, tecnología punta o inventos fantásticos. Senegal se lo gasta en comprar arroz, trigo, leche y pescado. El país tenía y tiene capacidad para producir muchos de estos productos, pero la liberalización comercial y los subsidios europeos han destrozado a los comerciantes senegaleses. Lo explica una publicación de Saiba Bayo y Ernst Krose sobre los Acuerdos de Colaboración Económica (EPAs, en inglés): “al principio de este siglo los estados de África oriental y occidental tenían una producción propia de pollo de entre el 70 % y hasta el 90 %. Después de pocos años la autoproducción ha disminuido a un nivel del 5 al 10 %.” Descartado el pollo, Senegal dependía considerablemente del pescado para obtener proteínas. Los acuerdos con la UE han dejado a los pescadores artesanales sin trabajo y a los senegaleses con menos comida. Quien habla de las oportunidades que los senegaleses tienen para emprender negocios en casa siempre ignora este hecho: las importaciones europeas –subsidiadas y más baratas- acabarán con la posibilidad de conseguir cualquier mercado.

El segundo es la moneda. Senegal utiliza el franco CFA, cuya paridad con el euro, una moneda fuerte, dificulta las exportaciones –al ser más caras para otros compradores- e incentiva las importaciones –al ser más baratas. No es raro que Senegal, junto a otros países de África occidental, haya tenido casi siempre un déficit comercial: es decir, el país gasta más de lo que ingresa. El franco CFA sigue ligando a Francia con sus excolonias africanas: los franceses tienen derecho a veto en las decisiones sobre la moneda y el sector bancario suele estar en manos extranjeras. El economista Ndongo Samba Sylla acusa al sector financiero local de actuar como un agente rentista: prefieren comprar bonos del Estado y ganar interés que prestar a los comerciantes. Cuando conceden créditos se los dan a las empresas más grandes, que suelen ser francesas. El círculo se cierra cuando estas empresas, gracias a la paridad fija de la moneda, pueden repatriar beneficios tranquilamente: la libre circulación de capitales impuesta por el FMI obliga a los africanos a dejarse desangrar a cambio de recibir préstamos.

El tercero es el petróleo. El país ya ha perdido sin que un solo barril haya sido vendido al exterior. La compraventa de los derechos implicó a Aliou Sall, hermano del presidente senegalés Macky Sall, y a Frank Timis –fundador de Timis Corporation-, un empresario rumano: la jugada implicó que el rumano se quedara con unos derechos que acabaron vendiéndose a British Petroleum. Sall cobró 25 000 dólares al mes de Timis Corporation, una empresa sin experiencia en el sector petrolero que consiguió la concesión del Estado senegalés. Según un reportaje de la BBC, será Timis quien cobre los royalties y el Estado senegalés perderá entre 9000 y 12 000 millones de dólares. Aliou Sall fue, según Voz Populi, una “buena conexión política” en el negocio bancario de Alberto Cortina y Alberto Alcócer en Dakar.

El cuarto es el oro. Las minas de Sabodala y Massawa se encuentran en el suroeste, la zona más pobre del país. Actualmente son propiedad de Teranga Gold, una multinacional canadiense. El negocio ha implicado desplazamientos de población forzosos e incluso asesinatos de los mineros artesanales que no querían abandonar las minas. Las acciones de la mina de Massawa son en un 90% de Teranga Gold y en un 10% del Estado senegalés. La propia compañía prevé empezar a exportar 384 000 onzas de oro durante cinco años a partir de 2021. O lo que es lo mismo: a precios de mercado, unos 700 millones de dólares anuales. En el consejo de administración de la compañía se encuentra Jendayi Frazer, responsable de Asuntos Africanos durante la presidencia de George W. Bush en Estados Unidos.

El quinto es la deuda. El Estado senegalés gasta más de lo que ingresa, el sector bancario y los recursos naturales están en manos extranjeras, no puede autoabastecerse a nivel alimentario y tiene el mercado saturado de las importaciones subsidiadas de los países ricos. Con agujeros por todas partes, favorecidas por la repatriación de capitales, Senegal se endeuda para salvar los muebles. Y lo hace a tipos de interés prohibitivos. En 2018, el país vendió un bono a 30 años a un 6,75 % anual. En total, para recibir 1000 millones de dólares acabará pagando más de 2000 millones en intereses. Y después tendrá que devolver los 1000 millones del principal. ¿Quién tiene deuda senegalesa? Blackrock, Goldman Sachs, JP Morgan, HSBC y UBS.

Blackrock, el segundo fondo de inversión más grande del mundo, tiene invertidos más de 100 millones de dólares en deuda senegalesa. También es uno de los propietarios de Teranga Gold. Cuando cientos de millones de dólares de oro salen de Senegal, Blackrock gana y el país pierde los millones con los que podría pagar su deuda. Cuando el país, tras la pérdida de esos millones, pide dinero prestado, Blackrock gana con los intereses de la deuda. El fondo estadounidense controla 7 billones de dólares en activos: 290 veces el PIB de Senegal y 5 veces el PIB de España. Para ser más independiente, Senegal podría usar su banco central para financiar su deuda, tal y como han hecho Estados Unidos, la UE o Japón durante años, con tipos de interés cercanos al 0 %. Pero Senegal no tiene banco central porque no controla su moneda. Con el paso de los años se suceden los ciclos de crecimiento, deuda, caída y austeridad; estos acaban con recortes en sanidad y educación y una infinita extracción de rentas. Senegal paga en dólares, en materias primas y en el sacrificio definitivo de un país: con su gente. Algunos mueren en el mar, otros llegan; y el saqueo continúa.

 

Los que cruzan la frontera

Mónica Prieto

El secreto del único sector económico que ha crecido en la pandemia:  media hora de descanso cada 10 horas de trabajo.

Eso es lo que relató Mamadou Serigne trabajador agrícola, al actor Paco León en una entrevista emitida durante la pandemia y que se hizo viral[1]. Las necesarias lágrimas que brotaron en algunos no nos pueden nublar la vista, sino limpiarla. La actualidad de la realidad migratoria nos lleva a Canarias y ciertamente hay que denunciar la vergonzosa gestión de este gobierno mal llamado de izquierdas, rendido a  la política de fronteras criminal de la Unión Europea. Silencio informativo y político (salvo honrosas excepciones)[2] de los casi 400 muertos en el mar en los últimos meses y por los que Senegal decretó día de luto nacional el pasado 13 de noviembre. No tuvimos la vergüenza de unirnos a esa jornada de luto.

Y mientras tanto… el otro foco informativo con el que nos machacan los medios a diario es con la caída de la hostelería. Pareciera que para salvar al país de la catástrofe económica de la pandemia tenemos que irnos todos de bares…. en vez de cuestionarnos un modelo económico, el turístico, basado en la explotación laboral de muchas personas, muchos de ellos migrantes. Aquellos que logran cruzar la frontera pero que no logran regularizar su situación…. porque de eso trata. Si no, se acaba el chollo.

Silencio también sobre el trabajo agrícola. La muerte este verano del nicaragüense Eliazar Blandón en la huerta murciana es un signo de esa explotación, a la que sometemos a trabajadores de la hostelería, el servicio doméstico, la limpieza de los hoteles y los temporeros agrícolas.  El blindaje de fronteras no significa fronteras herméticas…. sino que se abren a demanda de las necesidades económicas del capital. De momento el gobierno reconoce 2000 traslados a la península desde Canarias durante estos meses.

En febrero, junto antes de la pandemia, los periódicos anunciaban la caída del sector y el empleo agrícola[3]. Apenas meses después se anuncia todo lo contrario[4]: el sector agrícola es el único que logra crecer durante la pandemia.  En estos momentos se calcula que unos 400 temporeros agrícolas pueden estar durmiendo en la calle en la provincia de Jaén  por la reducción de las plazas de los albergues municipales debido a la pandemia.  Cuando estén ubicados en las fincas nada asegura que no sigan malviviendo…. como ha sucedido en años anteriores: La vergüenza que se esconde  detrás de nuestro producto estrella, ¿Marca  España?. Nuestra economía agrícola crece ¿ A costa de quien? De aquellos a los que dejamos cruzar la frontera.

 

[1]     https://www.20minutos.es/noticia/4266449/0/paco-leon-emociona-historia-inmigrante-jornalero-portavoz-regularizacion-ya/?autoref=true

[2]     https://www.eldiario.es/canariasahora/migraciones/senegal-convoca-jornada-duelo-nacional-muerte-480-jovenes-mar-rumbo-canarias_1_6405080.html

[3]     https://www.eleconomista.es/economia/noticias/10332736/02/20/El-PIB-y-el-empleo-del-sector-agrario-se-desplomaron-con-el-alza-del-SMI.html

[4]     https://www.elagoradiario.com/desarrollo-sostenible/agricultura/lagricultura-unico-sector-crecio-segundo-trimestre-desplome-pib/

Sandías y tomates. Otro expolio africano

Fuente: soberaniaalimentaria.info

Recientemente leíamos con indignación que en una semana 480 personas habían muerto haciendo el trayecto Senegal-Canarias. Apenas fue noticia durante un día y, ahora, parece ser que la prioridad del gobierno es saber cómo expulsar a quienes sí pudieron llegar.

Ante esta tragedia, el sociólogo Carlos Gómez Gil afirmaba que los procesos de globalización económica y comercial impuestos por países occidentales e instituciones multilaterales a países empobrecidos generan fracturas económicas y sociales de una enorme profundidad con repercusiones poco conocidas. El campesinado y la clase trabajadora local sufren en primera persona los efectos de esta arquitectura multilateral perversa e impuesta.

Detrás de estos procesos de globalización nos encontramos con realidades que no queremos ver. Seguramente las personas que perdieron la vida eran de origen campesino o pescador, cuyas familias cultivaban o faenaban para alimentar a sus comunidades y que han visto como sus tierras eran ocupadas y sus recursos pesqueros saqueados por empresas extranjeras para exportar a los mercados europeos.

Para entender cómo se ha llegado hasta aquí es necesario hacer un poco de memoria. Está claro que los procesos históricos de colonización y expoliación del continente africano tienen mucho que ver, pero no nos iremos tan lejos. En el año 2006 el Gobierno español aprobó el Plan África 2006-2008, uno de cuyos objetivos era crear los medios y el escenario adecuados para fomentar la presencia empresarial e inversora en África. Este plan se presentó como un proyecto global de ayuda al desarrollo; pero, como se temía, se ha utilizado para favorecer los intereses de penetración económica de las multinacionales españolas en el continente y participar en una nueva colonización. De hecho, las amenazas que se denunciaron en su momento se han ido cumpliendo y ciertas empresas españolas se han instalado en países africanos provocando impactos negativos para la soberanía alimentaria de las comunidades locales. Lo peor de todo es que estas empresas están consideradas como casos de éxito en la internacionalización española.

Existen muchos ejemplos que vulneran la soberanía alimentaria de estos territorios, pero nos centraremos en dos casos de acaparamiento de tierras donde están implicadas empresas españolas.

¿Cómo definimos el acaparamiento de tierras?

El acaparamiento de tierras es el control —ya sea a través de la titularidad, el arrendamiento, la concesión, los contratos, las cuotas o el poder general— de superficies más grandes de lo habitual en estos territorios por parte de una persona o entidad (pública o privada, extranjera o nacional) por cualquier medio (legal o ilegal) con fines especulativos, de extracción, de control de los recursos o mercantilización a costa del campesinado, la agroecología, la administración de tierras, la soberanía alimentaria y los derechos humanos.

Más información: www.eurovia.org/es/como-definimos-acaparamiento-de-tierras

En el Senegal, los melones se producen principalmente en Thies y Mbour y, en menor medida, en el delta del río Senegal (Saint-Louis) y van destinados sobre todo a Francia y al Estado español. Es una fruta que se encuentra en grandes cantidades en el mercado entre febrero y mayo, y moderadamente entre diciembre y julio.

En informes gubernamentales sobre posibilidades de negocios de empresas europeas  en el sector agrícola del Senegal destacan dos empresas españolas: dos filiales de Ramafrut (Senfruit y Touba Fruit) y Produmel.

Ramafrut es una empresa con dos sedes principales en el Estado español (Valencia y Almería) y otras dos internacionales (Panamá y Senegal). Esta compañía, fundada en 1970, produce y comercializa una amplia variedad de frutas y verduras cultivadas en más de 1600 hectáreas propias y otras 1400 controladas por su personal. Pierre Lefevre, director técnico de Senfruit, afirma en una entrevista realizada por ISM Thies TV que la empresa dispone en la zona de Thiés (Senegal) de más de 600 ha dedicadas al cultivo de melón, sandía y calabazas. Senfruit se instaló en el país con la intención de alargar la temporada de melones y sandías en el mercado español y europeo, en concreto para cubrir el periodo de diciembre a abril, y desde 1987 es proveedor de Mercadona, uno de los principales distribuidores de alimentación en España. Touba Fruit es una rama de Senfruit que, en el año 2016, adquirió 130 hectáreas de tierra en Sipane (Senegal), tierras comunitarias en las que la población local pastoreaba a sus animales. Según la publicación empresarial Alimarket, Ramafrut está 100% participada por Inversiones Francis 2018 S.L., cuya actividad principal es la compraventa de bienes inmobiliarios por cuenta propia.

Pero también nos encontramos con otra empresa española que produce melones y sandías para exportar al mercado español: Produmel, instalada en la comuna de Nguéniène (departamento de Mbour, región de Thiès). Sus fincas se caracterizan por disponer de una instalación con pivotes de riego que requiere una gran inversión y que puede poner en riesgo los recursos hídricos de la zona. Las superficies de estas fincas son superiores a 100 ha e incluso algunas de ellas superan las 400 ha.

Produmel opera desde hace apenas 10 años cuando el gobierno local le cedió 150 hectáreas de tierra. Más tarde, en 2014, le proporcionó 52 hectáreas más y otras 100 en 2016. Esta última superficie era la única tierra de pastos que quedaba en una zona donde pastaban más de 10 000 cabezas de ganado (sin contar las cabras y las ovejas), base de subsistencia de las comunidades locales. La asociación de criadores y los movimientos juveniles se han opuesto a esta última cesión, que acabará con el pastoreo en la zona y han presentado una denuncia. El caso está actualmente pendiente de resolver.

Ajena a esta denuncia, Produmel sigue trabajando con la nueva superficie adquirida y con la aquiescencia de las autoridades locales, lo que desde el mes de agosto de 2020 ha originado enfrentamientos entre la población y las fuerzas del orden causando heridos y arrestos.

Conversaciones con un periodista local cuya identidad protegeremos desvelan que las primeras 202 hectáreas cedidas a Produmel se asignan en condiciones que las poblaciones consideran poco claras. Ningún documento escrito prueba el procedimiento de asignación de estos terrenos, lo que constituye una violación de la ley. Tampoco existe un memorando de entendimiento para la explotación de estas tierras. Ante la demanda de la comunidad, las autoridades locales han hecho oídos sordos a sus preguntas. Por otro lado, los pocos trabajadores agrícolas de la empresa se encuentran en situación precaria, solo reciben una asignación diaria, sin contrato y sin protección médico-social a pesar de trabajar en constante contacto con productos fitosanitarios altamente tóxicos.

Curiosamente, la prensa senegalesa afirma que Produmel es una multinacional española aunque no existe información alguna sobre ella. Esta opacidad nos ha impedido saber si se trata de una filial y a qué mercados españoles exporta las sandías y los melones.

Tomate procesado Gallina Blanca

A finales del año 2019, GB Foods Africa firmó con el gobierno de Kebbi (Estado de Nigeria) un acuerdo para el establecimiento de una fábrica de conservas de tomate en la localidad de Ngaski y el uso de 1000 ha para producir tomates para esa fábrica. «El proyecto ha sido diseñado para ser el más grande de su tipo en el África subsahariana», afirmó uno de sus directivos.

GBFoods (antes Gallina Blanca) está participada al 100 % por Agroaliment, que es propiedad de la familia Carulla que, a su vez, como curiosidad, forma parte del patronato de la Fundació Banc dels Aliments. El acuerdo firmado en África no es una novedad para GBFoods, sino que forma parte de su proceso de inversión y expansión en el continente. Muestra de ello es el acuerdo firmado en 2017 entre GBFoods y el fondo de inversión privado Helios Investment Partners para adquirir de forma conjunta determinados activos y marcas líderes en alimentación en África.

Tampoco es novedad la creación de fábricas de conservas en los países africanos. Sean de capital asiático o europeo, las empresas se instalan acompañadas de la cesión de grandes superficies de tierra e incluso se incentiva que el campesinado de la zona cultive tomates para estas industrias, pasando finalmente a convertirse en mano de obra precaria de la empresa.

Con una facturación de unos 1200 millones de euros y una plantilla compuesta por aproximadamente 3000 personas, GBfoods está presente, entre Europa y África (Nigeria, Ghana, Argelia y Senegal, sobre todo) en más de 50 países. En el Estado español, es conocida por marcas como Gallina Blanca, Avecrem o El Pavo. En el continente africano sus productos estrella son Jumbo (cubitos de caldo), Gino (salsa de tomate), Bama y Jago (mayonesas).

Hace más de 40 años que GBfoods introdujo Jumbo, «el avecrem africano», en África. Cada año fabrica 4.000 millones de pastillas Jumbo para los países del continente, superando el 15% de la facturación total de esta multinacional. En su planta de Ballobar (Huesca) se realiza gran parte del proceso de fabricación (mezcla), pero la compresión y el envasado se lleva a cabo en empresas ubicadas en el África Occidental.

Las mujeres son la solución

El movimiento Nous Sommes La Solution surgió en 2011 y actualmente está formado por 500 asociaciones de mujeres campesinas de siete países africanos (Ghana, Burkina Faso, Mali, Guinea-Bissau, Guinea-Conakry, Gambia y Senegal). Se plantea tres objetivos: (1) promover el conocimiento y las prácticas heredadas de los antepasados que siempre se han utilizado para apoyar a la soberanía alimentaria, (2) influir en los responsables de la toma de decisiones de la UE para que tengan en cuenta la práctica agroecológica en la política agrícola nacional, y (3) añadir valor a los productos de la agricultura campesina y la agroecología.

Un ejemplo de las alternativas que han puesto en marcha es la elaboración de dos tipos de extracto de caldo, uno a base de camarones y el otro a base de néré, una legumbre. Los presentan como una resistencia a los cubos Jumbo, que se han establecido en la gran mayoría de los platos de sus países y que están controlados por multinacionales.
Posiblemente algunas de las personas que se arriesgan a coger un cayuco para ir a Canarias proceden de estas comunidades a las que se les ha quitado el derecho a la tierra y a cultivar su propio alimento. Es insoportable que abramos las fronteras para poder comer sandías y melones durante todo el año y las cerremos a las personas a quienes hemos explotado. Lo triste es que esta denuncia ya se hizo hace 15 años. Algo estamos haciendo mal.

Carles Soler

Tener hijos es franquista; morir solo en tu cuarto de baño es guay

Fuente: blogs.elconfidencial.com

Autor: Alberto Olmos

Tener hijos es de pobres y ya solo está bien visto si te cuestan dinero. Es decir, si tenerlos conlleva algún tipo de gasto en inseminación artificial. Es fascinante cómo la naturalización de un progreso o cambio social se pasa siempre de frenada. No están tan lejos aquellos días en los que ligar por internet (así en general) era de pringados. Cuando alguien decía que había conocido a su pareja “en internet”, la gente sentía pena, pues internet era la nueva versión de las clases de salsa, a las que, como todo el mundo sabe, solo te apuntas para encontrar novia. Ahora lo que es de pringados es no tener Tinder, ir por los bares.

El caso es que tener hijos naturalmente es como cutre, tener varios es de fachas y vivir todos en la misma casa, de franquistas. Leí la semana pasada un artículo en ‘ElDiario.es’ que venía a decir esto último. “La familia tal cual la entendemos es una herencia del estereotipo de los años setenta: papá, mamá y un par de hijos o tres. Pero ya no es real”, sentenciaba un señor. Mi familia no es real, amigos. Se ve además que en 1920, 1810 o 1270 nadie en todo el mundo tenía dos hijos ni vivía con ellos bajo el mismo techo, junto al otro cónyuge. Creíais que erais una familia y erais en verdad la Falange.

Yo qué sé. Vamos con ello. Vamos, agotadoramente, con ello.

Los hijos

William Shakespeare promovía divinamente la procreación en su soneto XIII, cuya traducción es muy variada e insatisfactoria en nuestro idioma. Dice William, franquista de primerísima hora, que, bueno, te vas haciendo mayor, y esa belleza tuya a lo mejor merece replicarse, ponerse en otro (“and your sweet semblance to some other give”). También argumenta este mindundi que supone un desperdicio morirse y dejar que se desplome la casa de tu vida (“Who lets so fair a house fall to decay?”). Y remata el soneto con uno de los versos más extraordinarios que puedan leerse sobre padres e hijos: “You had a father: let your son say so”. Algo como: “Tuviste un padre, deja que tu hijo diga lo mismo” (“Tuviste un padre, que a ti te nombre un hijo”, García González; “Bien sabes que tú un padre tuviste: ten un hijo”, Rivero Taravillo).

Los matices del verso son espectaculares. No se limita a decir: “Ten hijos”, sino: “Piensa en que tendrás un hijo que sabrá que tú fuiste su padre”. Esta galantería semántica puede aplicarse enseguida a nuestro tiempo. Las numerosas personas que arremeten contra los niños o recomiendan no tener hijos o se felicitan de que cada vez haya menos familias son, qué duda cabe, hijos de alguien. Sin embargo, hablan como si pertenecieran a una gama humana exclusiva, fruto de la luz solar o, quién sabe, surgida por generación espontánea que nada tiene que ver con aquello que torpedean. Se ríen de las embarazadas (“panza de burra”, dijo Elisa Beni) como si su propia madre no hubiera lucido barriga con ellos dentro; desprecian a los niños (Adrián Lastra) como si ellos nunca hubieran sido niños, y lo que es más admirable: cantan las virtudes de la soltería sin hijos cuando muchos, a buen seguro, ni son solteros ni carecen de ellos.

“La libertad de no ser madre”, “Por qué hemos perdido la motivación de vivir en pareja”, “Las mujeres solteras y sin hijos son el grupo social más sano y feliz del planeta”, “¿Queremos a nuestros hijos por encima de todo?”… Esta ristra de titulares de ‘El País’, junto a muchos otros, recogidos en un hilo de Twitter por Rafael Núñez, nos lleva a pensar que hoy apenas cuatro idiotas tienen hijos. Esta fabulación nascifóbica —donde vemos de nuevo la inclinación por subir la apuesta, pues ya no es igualmente válido no tener hijos, sino, de hecho, mucho mejor— contrasta con el dato que espigaba César Rendueles para su reciente ensayo ‘Contra la igualdad de oportunidades’ (Seix Barral): “La encuesta de fecundidad que realizó el INE en 2018 mostró un resultado fascinante: tal vez vivamos en sociedades digitales, posmodernas, poliamorosas y del riesgo, pero nuestro deseo de tener hijos sigue incólume. Como siempre ha ocurrido, la inmensa mayoría de hombres y mujeres quieren ser padres y madres”. Después de hacer la innecesaria salvedad —imprescindible en estos días de idiocia— de que, como es obvio, le parece estupendo que alguien decida no tener hijos, Rendueles apunta: “Se calcula que las mujeres españolas que deciden de forma consciente, meditada y definitiva no tener ningún hijo no superan el 5%”.

Hacer campaña

De hecho, ni siquiera proceden de ese 5% todos los artículos y tuits contra los hijos, pues la posmodernidad una cosa que sí permite es hacer campaña desde los 18 a los 35 contra los hijos, tener uno o dos entre los 35 y los 38, y seguir haciendo campaña contra los hijos durante el resto de tu vida. Nadie ve en ello contradicción alguna. A fin de cuentas, tenemos una ministra de Igualdad casada y con tres hijos, y con chalé, “conservadora” (sic) en lo sexual, adicta a las sesiones de foto con mucho maquillaje y variación de ‘outfits’, cuyo ministerio propone insistentemente que todo eso que la propia ministra disfruta (tener hijos, pareja estable, casa, dinero a mansalva, una apariencia canónicamente publicitaria y el vicio de exhibir su bonanza a la menor oportunidad) es malísimo, puro veneno; ni se te ocurra, amiga.

Se predica continuamente que tener hijos y sacarlos adelante entre dos no es, como dice Manuel Vilas maravillosamente en ‘Ordesa’ (Alfaguara), “la lucha más hermosa del mundo”, sino una ordinariez y una lata. Se hace sentir culpable a una mujer por albergar deseos de ser madre, como si esa inclinación fuera propia de un títere del sistema o de una cabeza hueca. Luego, todos los que tanto predican y desaconsejan procrean sin pestañear siquiera. Pienso en esa mujer que hoy se cree rara por querer tener hijos cuando, según ‘El País’, no los tiene ya nadie. Le dicen que engrosa las filas de una minoría trasnochada, cuando en realidad forma parte de una mayoría de porvenir. Todo es mentira salvo conseguir saber lo que tú quieres de verdad hacer con tu vida.

Que los niños no puedan defenderse, y menos aún los no nacidos, es lo que me irrita mayormente de estas salvas y derrapes contra la natalidad y la infancia, de este ‘bullying’ continuado contra personas inocentes. Es la vuestra una frivolidad tan autoindulgente que linda ya en la eugenesia; vamos, en el fascismo.

Podría bajar uno al barro citando con demasiado entusiasmo el documental ‘La teoría sueca del amor’ (Erik Gandini, 2015), donde vemos las consecuencias tan lamentables de proponer desde el Estado que cada cual haga de su vida un interminable maratón en Netflix, en la creencia de que ese individualismo es lo que de verdad te hace feliz. Aunque es muy lúgubre saber por este documento que en Suecia hubo de crearse un funcionariado concreto para ir llamando a las casas de la gente a fin de averiguar si se había muerto —tanta soltería y soledad hacían común morir y que nadie se enterara—, ni siquiera me sale la maldad. En serio: moríos solos mientras Netflix pasa al siguiente capítulo. Queda guay.

Pero sí quiero compartir con ustedes una idea juguetona que me viene a veces a la cabeza. Parece que nuestra baja natalidad hará difícil dentro de algunas décadas pagar la pensiones, pues habrá más pensionistas que trabajadores en activo. Normalmente aquellos que promueven “el fin de raza”, que diría Michi Panero, consideran que a todo esto le pondrá remedio la inmigración. Esto es: que tengan hijos los pobres. No deja de asombrarme la coherencia de la izquierda moderna: tu madre limpia mi chalet y los hijos que tenga pagarán mi pensión. (Vete tú a saber si acabando con los pobres no acabaríamos también con esta pseudo-izquierda.)

Pues he aquí mi idea: que la cotización de los hijos una vez empiecen a trabajar se destine directamente a pagar la pensión de sus padres. Lo repito: directamente; patrimonio familiar. Si una mujer inmigrante tiene cuatro hijos que apenas puede mantener, cuando se jubile será rica. Ya dijo Diderot que “los pobres son los que mejor pueblan”. Así las cosas, ¿por qué tienen que pagar los pobres la pensión de los hípsteres? ¿Por qué tiene que cobrar más quien más aporte y no se considera aportación precisamente traer al mundo a uno o más cotizantes? ¿Por qué tienen que ser mis hijos “solidarios” con todos esos que los desprecian y que, de hecho, no querían ni que existieran?