El derecho humano al agua bajo amenaza

Fernando Chica Arellano,
Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA

Publicado en Iglesia Navarra
Arzobispado de Pamplona y Tudela

A finales del año 2020 el agua comenzó a cotizar en el mercado de futuros de Wall Street como el petróleo, el oro o cualquier otra mercancía. En realidad, no cotiza el agua en sí misma, sino sus derechos de uso. Y la compraventa no se refiere al uso en el momento actual, sino para el futuro, buscando así garantizar (para el comprador) el acceso al agua en un plazo determinado, por ejemplo, ante períodos de sequía.

Basta esta somera explicación para darse cuenta de que esta decisión introduce un bien básico, como es el agua, en el mundo de los mercados bursátiles, abiertos a corporaciones financieras que nada tienen que ver con la gerencia y el uso del agua. Aunque se intenta justificar la medida afirmando que puede mejorar la tutela, el consumo y la conservación de un recurso escaso, lo cierto es que se plantean numerosas dudas, bastantes sospechas y algunas amenazas, en la medida en que esta dinámica abre las puertas a la acción de los especuladores. Conviene, pues, que consideremos esta cuestión, analizándola con cierto detenimiento e iluminándola desde la Doctrina Social de la Iglesia.

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Sin agua no hay vida

Digamos, de entrada, que el agua está en el epicentro del desarrollo sostenible y es trascendental para el progreso socioeconómico, la energía y la producción de alimentos, los ecosistemas saludables, y la supervivencia misma de los seres humanos y otras especies animales y vegetales. El agua también forma parte esencial de la adaptación al cambio climático, y es el vínculo crucial entre la sociedad y el medioambiente.

Por eso, el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia dice que “el uso del agua y de los servicios conexos debe ser orientado a la satisfacción de las necesidades de todos y, sobre todo, de las personas que viven en pobreza. Un limitado acceso al agua potable incide sobre el bienestar de un enorme número de personas y es, las más de las veces, causa de enfermedades, sufrimientos, conflictos, pobreza y, además, de muerte” (n. 484). En consecuencia, “el agua, por su propia naturaleza, no puede ser tratada como una simple mercancía más; su uso debe ser racional y solidario. Su distribución entra, tradicionalmente, entre las responsabilidades de entes públicos, porque el agua ha sido siempre considerada como un bien público, característica que debe ser mantenida si la gestión es confiada al sector privado” (n. 485).

Siendo este precioso elemento imprescindible para la vida, lamentablemente, hoy su exigüidad afecta al 40% de la población mundial y más de 2.000 millones de personas no tienen acceso a servicios de agua potable gestionados de forma segura. Los expertos consideran que para el año 2025 la escasez de agua podría afectar a dos tercios de los habitantes del planeta y según la ONU más de 700 millones de personas en el mundo podrían verse forzadas a desplazarse debido a la penuria de agua de aquí a 2030.

La bolsa y la vida

Habiendo recordado así la importancia del agua, digamos una palabra acerca de la economía financiera. En el año 2018 la Congregación para la Doctrina de la Fe y el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral publicaron, conjuntamente, el documento Oeconomicae et Pecuniariae Quaestiones. Consideraciones para un discernimiento ético sobre algunos aspectos del actual sistema económico y financiero. En su número 5 leemos: “La reciente crisis financiera era una oportunidad para desarrollar una nueva economía más atenta a los principios éticos y a la nueva regulación de la actividad financiera, neutralizando los aspectos depredadores y especulativos y dando valor al servicio a la economía real”. A pesar de algunos intentos, “parece volver a estar en auge un egoísmo miope y limitado a corto plazo, el cual, prescindiendo del bien común, excluye de su horizonte la preocupación, no sólo de crear, sino también de difundir riqueza y eliminar las desigualdades, hoy tan pronunciadas”. Un poco más adelante, el mismo documento añade: “La finalidad especulativa, especialmente en el campo económico financiero, amenaza hoy con suplantar a todos los otros objetivos principales en los que se concreta la libertad humana” (n. 17). El caso de la cotización del agua en el mercado financiero de futuros muestra que las advertencias arriba indicadas no estaban alejadas de la realidad.

Más recientemente, en 2020, el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral publicó el documento “Aqua fons vitae”. Orientaciones sobre el Agua, símbolo del grito del pobre y del grito de la Tierra. Allí, citando un texto previo del Pontificio Consejo ‘Justicia y Paz’, critica “una concepción excesivamente mercantil del agua que corre el riesgo de considerarla equivocadamente como una mercancía más, planificando incluso inversiones económicas de acuerdo con el criterio de la ganancia por la ganancia” (n. 29). Y continúa: “Hay que reconocer que cualquier intento de reflejar el valor económico del agua mediante un sistema de mercado o por medio de un costo no es suficiente para obtener el derecho universal de beber agua potable” (n. 30). Después, tras citar a San Juan Pablo II, Aqua fons vitae recuerda que “el pensamiento social católico siempre ha hecho hincapié en el hecho que la defensa y la preservación de ciertos bienes comunes, como los entornos naturales y humanos, no se puede dejar en manos solamente de las fuerzas del mercado, ya que tocan las necesidades humanas fundamentales que escapan a la lógica pura del mercado” (n. 31).

La ONU y el agua

Por su importancia vital para el ser humano, el Derecho al Agua fue reconocido en la ONU como derecho humano en 1977. En el año 2002, la Observación General número 15 de la ONU dejó bien claro que “el agua debe ser tratada como un bien social y cultural, y no fundamentalmente como un bien económico” y añade que “el agua es un recurso natural limitado y un bien público fundamental para la vida y la salud” (1) . Este recurso, por tanto, no es una mercancía que pueda ser privatizada, comercializada o dejada a la total gestión de intereses particulares. En 2015 la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible reconoció que el agua es esencial para el progreso de las personas y los pueblos, indicándolo de forma explícita en el Objetivo n. 6 que contempla: “Garantizar la disponibilidad de agua y su gestión sostenible y el saneamiento para todos”.

Tres años más tarde, la Asamblea General de la ONU aprobó la “Declaración universal sobre los derechos de los campesinos”, negociada previamente por el Consejo de Derechos Humanos. En ella se advierte sin ambigüedades: “Los Estados protegerán el derecho al agua de los campesinos y otras personas que viven en las zonas rurales frente a los actos de terceros que puedan socavarlo” (art. 21.5). El Relator especial de la ONU sobre el Derecho al agua y el saneamiento, Pedro Arrojo Agudo, que define poéticamente el agua como “el alma azul de la vida en este nuestro mundo”, considera que con ese primordial recurso natural en el mercado de futuros “el riesgo es que los grandes actores de la agricultura y la industria y los servicios a gran escala sean los únicos que puedan comprarla, marginando e impactando a los sectores vulnerables de la economía, como campesinos a pequeña escala” (2).

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Posición de la Santa Sede

El Papa Francisco, en Laudato Si’, ya nos alerta sobre el problema que supone la escasez del agua, así como acerca de los peligros de su mercantilización y control de parte de unos pocos. En el n. 28 de esa encíclica, el Santo Padre considera el agua dulce “indispensable para la vida humana y para sustentar los ecosistemas terrestres y acuáticos”, así como para “sectores sanitarios, agropecuarios e industriales” y reconoce que hoy “en muchos lugares la demanda supera a la oferta sostenible, con graves consecuencias a corto y largo término”. En un número posterior, Su Santidad previene de “la tendencia a privatizar este recurso escaso, convertido en mercancía que se regula por las leyes del mercado”, mientras que “en realidad, el acceso al agua potable y segura es un derecho humano básico, fundamental y universal, porque determina la sobrevivencia de las personas, y por lo tanto es condición para el ejercicio de los demás derechos humanos” (LS n. 30). Finalmente, en LS n. 31 lanza la voz de alarma sobre “la posibilidad de sufrir una escasez aguda de agua… si no se actúa con urgencia” y considera que “los impactos ambientales podrían afectar a miles de millones de personas, pero es previsible que el control del agua por parte de grandes empresas mundiales se convierta en una de las principales fuentes de conflictos de este siglo”.

En su reciente encíclica Fratelli tutti, el Obispo de Roma ha vuelto sobre el argumento de forma nítida, exhortando a “pensar y actuar en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos” (n. 116). Desde esos principios se puede concluir que “el desarrollo no debe orientarse a la acumulación creciente de unos pocos, sino que tiene que asegurar los derechos humanos, personales y sociales, económicos y políticos, incluidos los derechos de las Naciones y de los pueblos. El derecho de algunos a la libertad de empresa o de mercado no puede estar por encima de los derechos de los pueblos, ni de la dignidad de los pobres, ni tampoco del respeto al medio ambiente, puesto que quien se apropia algo es solo para administrarlo en bien de todos” (FT n. 122).

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Por el bien de todos, especialmente de los pobres

Algunos defienden la inclusión del agua en el mercado de futuros argumentando que así se consigue mayor eficiencia en el uso del recurso. Esto es una falacia, ya que lo que realmente se logra es abrir la posibilidad de que esté disponible al mejor postor, condenando por defecto a las personas y los territorios que no tengan los recursos económicos suficientes.

Para el Relator especial de la ONU sobre el Derecho al agua y el saneamiento, Pedro Arrojo, los mercados de futuro son “espacios propicios para promover estrategias financieras especulativas sobre recursos vitales, como es el caso del agua, la energía o la alimentación, generando oportunidades de negocio sobre la base de graves afecciones a los más vulnerables y a las generaciones futuras” y añade que “el agua ya está bajo una amenaza extrema por una población en crecimiento, una demanda creciente y una contaminación grave de la agricultura y la industria minera en el contexto del impacto cada vez mayor del cambio climático. Me preocupa mucho que el agua ahora se trate como el oro, el petróleo y otros productos básicos que se negocian en el mercado de futuros de Wall Street”.

De hecho, la especulación con los alimentos en el mercado de futuros de Chicago fue la causa determinante de la crisis alimentaria de 2008, crisis que incrementó en un 20% el número de hambrientos en el mundo. En pocos meses el precio del trigo en el mercado internacional se quintuplicó, mientras el maíz y el arroz duplicaban su precio y en tres años los precios de los alimentos subieron de media el 80%. Como consecuencia de ello, el número de hambrientos creció en 250 millones, lo que provocó revueltas callejeras en más de 60 países y la caída de diversos gobiernos.

Fue una clara ilustración de que la especulación bursátil con recursos vitales como el agua y los alimentos pone en peligro la Seguridad Mundial. Pero más importante que todo es que esta decisión no aguantaría jamás la mirada a los ojos de nuestros hermanos pobres, sedientos, hambrientos, desvalidos…

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Escuchar el grito y alzar la voz

Para los cristianos, el agua y los demás recursos naturales limitados del planeta son dones divinos que no pueden ser tratados como meras mercancías, ni se debe especular con ellos. Hemos de aprender a escuchar el grito de los empobrecidos que, como Jesús en la cruz, claman diciendo: “Tengo sed” (Jn 19, 28). Siglos antes, Dios había hecho esta promesa por boca del profeta Isaías: “¡Atención, sedientos!, acudid por agua, también los que no tenéis dinero” (Is 55, 1). Y, haciéndose eco de esta buena noticia, el Señor Jesús afirmó con rotundidad: “Si alguien tiene sed, que venga a mí y beba” (Jn 7, 37). Esto lo dijo, solemnemente, en el templo de Jerusalén.

Hoy el templo del mundo está siendo profanado y transformado en un gran mercado de valores, donde todo se negocia y comercializa: el alimento, el agua, los bosques, el aire, la biodiversidad, los sentimientos, las ideas, nuestros órganos vitales, la vida misma. A todo se le asigna un precio y es objeto de tráfico, de especulación. Si se reflexiona atentamente, los elementos mencionados anteriormente no son simples productos adquiribles o meros artículos desechables. No se trata de mercancías, de piezas descartables, sino de bienes vitales y sagrados a los que no se les puede asignar un precio porque su valor es incalculable. Son dádivas divinas, revestidas de dignidad inviolable. Son dones del Creador, salidos de sus manos para satisfacer las necesidades de todas sus criaturas y no pueden ser apropiados, ni vendidos para saciar la avaricia de unos pocos.

Ha llegado la hora de salir al encuentro de los marginados para colmar sus carencias más perentorias antes de que el mercantilismo bursátil termine destruyendo la dignidad, los valores y la vida de los indigentes y postergados. Lo que realmente se requiere está en las antípodas del mercado de futuros. Necesitamos un gran debate mundial sobre el futuro del agua que culmine en el desarrollo de un instrumento jurídico vinculante que ampare el derecho al agua para todos, en particular para los menesterosos, los marginados, las regiones desfavorecidas u olvidadas de nuestro mundo.

Desde 1993, por decisión de Naciones Unidas, cada 22 de marzo se conmemora el Día Mundial del Agua. Esta jornada nos ofrece una gran oportunidad para iniciar este proceso. La pandemia mundial ha subrayado todavía más el inmenso valor de este elemento tan decisivo para la preservación del planeta y la supervivencia humana y de otras especies. En la actual coyuntura una de las cosas que se ha puesto de relieve mayormente es que el agua es un factor sustancial para frenar el coronavirus, así como muchas otras enfermedades infecciosas. Sin embargo, esta cruel crisis sanitaria ha evidenciado aún más la gran desigualdad existente en el acceso y disfrute de este valioso recurso.

Los pobres no pueden esperar. Imploran con su clamor que este bien vital no se mercantilice, que no se despilfarre, que no se contamine y que se comparta y use de manera sustentable, equitativa y solidaria. Ellos nos invitan asimismo a pensar no solo en el hoy, sino, sobre todo, en el mañana, que ha de ser luminoso y justo para todos y no únicamente para unos pocos. Valoremos el agua realmente. El agua es vida y la vida no se puede tasar, comercializar o banalizar convirtiéndola en un trivial producto financiero.

¿Es ecólogica la nube que guarda nuestros datos?

Fuente: xlsemanal

Si Internet fuera un país sería el sexto más contaminante del mundo, así lo afirman datos de la organización Greenpeace.

Las industrias digitales ya acaparan entre el 8 y el 10 por ciento del consumo energético mundial, según la Universidad de Stanford. El impacto ambiental todavía es menor que el de las industrias no digitales. Pero si Internet fuera un país, concluye Greenpeace, sería el sexto más contaminante del mundo. Se necesita energía para fabricar, alimentar y refrigerar los centros de datos, las redes de comunicación y los dispositivos de los usuarios.

Enviar un correo electrónico deja una huella de 4 gramos de carbono (50 gramos si lleva un archivo adjunto). Y se envían 269.000 millones cada día (el spam tiene gran parte de culpa). Google calcula que mil búsquedas en Internet provocan la emisión de gases de efecto invernadero equivalentes a las de un coche que recorre un kilómetro.

El streaming acaparará el año que viene el 80 por ciento del tráfico mundial de datos. Y es que cada minuto se visualizan más de 4 millones de vídeos en YouTube, se envían casi 40 millones de mensajes de WhatsApp, se visionan más de 260.000 horas de películas y series…

Así las cosas, The Washington Post considera que trabajar en la nube supone un ahorro mucho mayor en términos de electricidad consumida en oficinas o en combustible para desplazarnos. Y los investigadores del Laboratorio Nacional Lawrence Berkeley calculan que, si todas las compañías norteamericanas trasladasen sus servicios de correo electrónico, hojas de cálculo y atención al cliente a la nube, la huella ecológica (digital) se reduciría un 87 por ciento.

Sitopia: los alimentos y las ciudades

Mar Toharia

El desayuno de esta mañana seguramente ha llegado a tu mesa después de recorrer miles de kilómetros. Y tu comida también lo hará. Tanto en las grandes ciudades como en los pueblos pequeños nos hemos acostumbrado a saber que las tiendas nos proveerán de alimentos y no nos preguntamos por su lugar de origen, su coste real, ni por su impacto en el diseño del planeta.

Sin embargo, 19 millones de hectáreas de bosques tropicales se reconvierten al año en tierras de cultivo y el 70% del agua se destina a labores agrícolas. Y mientras, también anualmente, se desperdicia alrededor de un tercio de toda la comida para consumo humano, unas 1.300 millones de toneladas, junto con toda la energía, agua y químicos necesarios para producirla y venderla. Y esta comida desperdiciada, según la ONU, provoca más emisiones de gases de efecto invernadero que cualquier país, a excepción de China y Estados Unidos. Por otro lado, y paradójicamente, mientras que tan sólo cinco empresas multinacionales controlan el 80% del comercio de alimentos, la mitad de las personas más pobres del mundo son pequeños productores o agricultores que producen el 70% de la alimentación mundial. Hoy, más de la mitad de la humanidad habita ciudades, y la tendencia es creciente: más de un millón de personas se trasladan a una zona urbana cada semana. Por eso, la cuestión de cómo se alimentan las ciudades se plantea como un desafío planetario para el diseño urbano. Y nace el término sitopia.

Acuñada por Carolyn Steel, sitopia procede de las palabras griegas sitos, comida y topos, lugar. Y nace como una propuesta para repensar el diseño urbano a partir de los alimentos. Su objetivo es poder crear un equilibrio entre las necesidades humanas y las de la naturaleza. En sus propias palabras: “la comida es el sine qua non de la vida; si la tratamos como tal cambiaría profundamente la manera en que vivimos”. El diseño de nuestro mundo, argumenta Steel, es fruto de la manera en que nos alimentamos, de manera que podríamos utilizar la comida para hacer un mejor diseño. Y en su último libro Hungry City : How Food Changes Our Lives, Carolyn Steel describe ideas innovadoras para reintroducir en las ciudades la producción de alimentos. De hecho, los huertos urbanos, en azoteas, terrazas o espacios públicos, aumentan poco a poco en la geografía urbana europea.

Y es que, si miramos hacia atrás en la historia del urbanismo, la creación de comunidades urbanas sostenibles, equitativas y habitables ha sido un reto que enfrenta la humanidad casi desde los mismos orígenes de las ciudades. ¿Repensarlas hoy bajo la perspectiva de cómo alimentarlas, tal y como propone el concepto de sitopia, puede ser una clave para caminar hacia ese objetivo?

Consecuencias de que el agua cotice en el mercado de futuros

Fuente: elsaltodiario.com

El uso del agua en California ha pasado a cotizar desde primeros de diciembre en el mercado de futuros. Una vuelta de tuerca más en la financiarización y privatización del agua.

Se rumoreaba desde hace meses y, a primeros del mes pasado de diciembre , el momento llegó. Desde el lunes 7 , el agua ya es un producto que cotiza y se comercia en los mercados de futuros. Los incendios desatados en California, uno de los estados norteamericanos con una mayor industria agrícola, y la escasez de agua que están provocando han servido de excusa perfecta para llevar este bien tan básico al mercado de futuros de materias primas y convertirlo en un producto especulativo.

Su valor, que en California se ha duplicado en el último año, se marcará en el índice Nasdaq Veles California Water (NQH2O), que se basa en el precio de los derechos del agua en el mercado de futuros de varias zonas de California y que funciona desde 2018. La cotización actual del bien es de 486 dólares por acre pie, lo que equivale a unos 1,4 millones de litros. El mercado de futuros consiste en poder negociar el valor de un bien en una fecha futura, lo que, según los defensores de este tipo de mercados, ayuda a asegurar precios futuros, hacer más eficiente el mercado del agua y a que los agricultores o municipios no tengan problemas en el futuro para abastecerse de agua, protegiéndose así de los vaivenes de los mercados.

Pero esa defensa del mercado de futuros hace aguas por todas partes si vemos lo que ha ocurrido en otras ocasiones con los productos básicos que se han postrado a los pies de los especuladores. Uno de los ejemplos más recientes y devastadores fue el incremento de los precios de alimentos básicos durante la crisis financiera de 2008. Cuando las bolsas se hundieron en los años posteriores a la caída de Lehman Brothers, los inversores que huían de los circuitos financieros e inmobiliarios buscaron productos seguros donde invertir sus capitales. El mercado de futuros de alimentos básicos, como el trigo o el maíz, atrajo enormes cantidades de dinero que compraban estos productos básicos en forma de futuros, lo que provocó que los precios pactados fueran cada vez más altos debida a la enorme demanda, lo cual a su vez provocó una subida generalizada de los precios de los alimentos en todo el planeta, causando hambrunas y millones de muertes en los países del sur global.

Uno de los ejemplos más claros es el del aceite de palma, según explica la periodista e investigadora Laura Villadiego, del proyecto Carro de Combate. “Se calcula que en la Bolsa de Malasia se intercambia cada tonelada de aceite de palma producida unas cinco veces antes de llegar a su comprador final y, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), el 98% de los contratos de futuros nunca llegan a materializarse, son puras herramientas de especulación”, lamenta Villadiego. Esos movimientos puramente especulativos tienen un impacto sobre los precios, “que se traslada después a los agricultores que producen aceite de palma”. Cuando los precios suben, explica, “se abren más plantaciones, unas veces a costa de bosque primario y, otras veces, a costa de otras materias primas, muchas veces cultivos para la alimentación básica de la población”, y cuando los precios caen, “todos arruinados”.

¿Qué supone la entrada del agua en el mercado de futuros?

Que el agua esté a la merced de los mercados, que se financiarice su valor y su comercio, lo convierte “en una inversión financiera potencial y se analice desde el punto de vista de rentabilidad-riesgo”, explica a El Salto Luís Flores, especialista en mercados bursátiles e integrante de Ecologistas en Acción. Además, al ser un bien cada vez más escaso, “su precio en el medio-largo plazo solo puede subir”, lamenta, ya que desde el punto de vista del inversor es una apuesta clara y segura, como ya ocurrió con las tierras cultivables y otros alimentos básicos anteriormente. El impacto de que coticen ahora solo afectará a las zonas de California y a los derechos de aprovechamiento del agua a los que se refieren estos nuevos futuros pero, alerta Flores, “se marca una tendencia muy preocupante”.

La especulación sobre el agua no en nueva esta semana, “solo hay que ver las fluctuaciones del precio del índice sobre el que se lanzan ahora estos futuros”, argumenta Flores. El NQH2O subió un 227% durante el primer semestre del año y caído un 31% en lo que llevamos del segundo semestre. “Probablemente, los futuros contribuyan a incrementar esa volatilidad”.

Coincidiendo con Villadiego, Flores defiende que la teoría de que los futuros pueden servir para mitigar los riesgos de los productos a los que están vinculados es muy distinta de lo que acaba ocurriendo en la mayoría de los casos. “La realidad demuestra exactamente todo lo contrario, los futuros se convierten en una herramienta especulativa donde el ‘músculo’ para hacer la apuesta más grande es capaz de mover el precio de los futuros en un sentido u otro. Y los futuros son precisamente los esteroides para ese músculo, ya que permiten hacer apuestas disponiendo de solo un porcentaje mínimo de los fondos que se quieren apostar”.

Mercados en busca de inversiones seguras

Al igual que ocurrió tras 2008 con los mercados ávidos de encontrar inversiones seguras, en esta nueva crisis los bancos centrales han inundado de dinero a los mercados con la intención de mantener y reflotar la economía ante la crisis del covid-19. Este exceso de capital y unos mercados bursátiles han llevado a los “valores refugio”, como el caso del oro, a máximos históricos. Los inversores desconfían de las bolsas pero tienen mucho capital que han conseguido a un interés muy bajo por parte de esos bancos centrales y necesitan encontrar un lugar seguro y que reporte beneficios.

En ese contexto, la tendencia que marca la noticia sobre el derecho del agua en California, en caso de extenderse a otros países, convertiría al agua en uno de esos lugares seguros a los que redirigir esos capitales, que deberían servir para reconstruir la economía y salir de la crisis, a la especulación con el bien básico. “A partir de ahora, los futuros sobre agua son para estos grandes inversores una alternativa más en la que invertir y solo por ello, el precio de los futuros, del índice al que se ligan y por tanto del agua, debería subir”, argumenta Flores.

Un paso más para privatizar el agua

El caso California no arranca de esa semana. La sequía que sufrió el estado entre 2012 y 2016 fue acompañado de cambios legislativos para privatizar el uso del agua. “Esto es solo una nueva vuelta de tuerca a ese proceso”, dice Liliana Pineda, miembro de Attac y la Plataforma Contra la Privatización del Agua. “Cuando se habla de derechos del agua, se habla de derechos privados, ya que el agua pública no es un bien titularizable”, argumenta Pineda, “y no debería serlo”, matiza. Según ella, lo que se intenta es que los municipios intercambien concesiones sobre agua por dinero en lo que tacha de un “chantaje a los ayuntamientos que necesitan ese dinero para meterlo en ladrillo o pagar deudas a que titularicen, y por lo tanto privaticen, el uso del agua”.

Esa nueva vuelta de tuerca a la que se refiere Pineda es la privatización de bienes y servicios públicos básicos que llevamos sufriendo las últimas décadas. “Es una vuelta de tuerca al proceso de financiarización de todo lo común”, dice la activista, “una tendencia a la privatización que, en caso de avanzar y extenderse a otros países, podría hacer el agua más susceptible de ser privatizada por parte de las administraciones públicas”. Además, estos procesos de titularización y comercialización “afianzan los modelos de gestión privada y son un espaldarazo a dicha gestión”.

“La ONU considera el agua un derecho humano, España todavía no ha traspuesto ese mandato”, lamenta Pineda, por lo que se debería paralizar todo proceso de convertirlo en un bien bursátil especulativo. Desde la Red de Agua Pública o la Plataforma contra la Privatización del Agua piden exactamente lo contrario a lo que ha sucedido esta semana en California: “Tiene que haber una mayor inversión pública y no por los cauces bursátiles”. “Cuando entra en el mercado de futuros no sabemos en manos de quién está el agua, puede estar en manos de un fondo buitre en un paraísos fiscal que no tiene ningún interés más que ganar dinero”, lamenta Pineda.

Combatir la pobreza, devolver la dignidad a los excluidos, cuidar la naturaleza

Estos últimos años la preocupación sobre el problema del medio ambiente y la destrucción de nuestro planeta ha ido creciendo en nuestra sociedad. Es verdad que dentro de todo lo que se nos vende como “eco” hay una gran variedad de intereses que muchas veces responden al beneficio de unos pocos más que a una preocupación real del cuidado del planeta, llevando muchas veces a mayor perjuicio.

Han surgido múltiples iniciativas de concienciación y denuncia del tema, muchas de ellas muy mediáticas, pero sin compromiso o respuesta real. Otras muchas de estas experiencias son sencillas, desconocidas por muchos y que aportan su pequeño grano de arena.

El cuidado de la Casa Común no es nada nuevo, es algo que llevan haciendo generaciones de pueblos enteros, principalmente empobrecidos, que han vivido, se han sacrificado y han luchado y siguen luchando por cuidar y proteger las tierras, el agua, los bosques, el mar, los animales, las plantas…. por su propia supervivencia y para dejar a sus hijos y a las siguientes generaciones un mundo donde poder vivir. Muchas de estas luchas y reivindicaciones han topado con intereses económicos y políticos que no han tenido escrúpulos en actuar contra ellas. Desde el año 2002 la organización internacional Global Witness lleva realizando un seguimiento de personas que luchan por defender el medioambiente y que han sido asesinadas por ello. Han contabilizado en unos 10 años, unas 1.176 muertes violentas.  El año más sangriento fue 2015, con 185 asesinatos, la mayoría de ellos en países empobrecidos. En 2016 fue noticia el asesinato de Berta Cáceres, que durante años lideró un movimiento contrario a la construcción de la presa hidroeléctrica en su tierra, Honduras.

En el año 2015, surge con fuerza Ecología integral con la publicación de la Encíclica Laudato Sí del Papa Francisco. Este término abarca todas las dimensiones de la persona (salud, economía, política, sociedad, espíritu) y remarca que el problema ecológico no es un problema de la naturaleza, sino que está relacionado con todos los problemas actuales de la persona (sociales, políticos, económicos, culturales). Ante la contaminación, el cambio climático, la destrucción de bosques, la desaparición de nuestra rica biodiversidad y donde millones de personas no disponen de vivienda, agua potable… de lo imprescindible para vivir, se produce un Humanicidio provocado por el abuso de los recursos, la sobreexplotación y el despilfarro (hambre y carestía, explotación y esclavitud en la producción…). Vivimos una situación en la que todo está montado para servir al poder económico y tecnológico de donde se saca beneficio para unos pocos excluyendo a la mayoría de la humanidad. Esto nos exige una mirada integral, pues el medio ambiente no es una parte, es un todo. Trabajar con una mirada de ecología integral, no es una moda, es una obligación, cada persona humana nos jugamos nuestra vida y la de generaciones futura en ello. Es fundamental, que el hombre tenga el protagonismo de su vida.

La Ecología Integral une lo ecológico y la justicia social como un todo indisoluble; no valen solo las soluciones técnicas, deben ser políticas, económicas y sociales. Es necesario cambiar el modelo de desarrollo basado en la explotación de una mayoría de la humanidad y la progresiva destrucción del planeta. En este momento es necesario un paso decisivo, trabajar por la justicia e igualdad para todos los pueblos, y ello supone un cambio en nuestro estilo de vida. Es necesario incorporar en todo este camino la historia, la cultura, la arquitectura…la vida de un lugar, que mantenido su identidad construye de forma solidaria el futuro. Incorporar la historia rescatando todo lo bueno que la humanidad ha ido construyendo combatiendo lo que nos destruye como personas que formamos parte de un todo, de una creación.

En este sentido los empobrecidos, los últimos, nos enseñan esa ecología integral de la gente sencilla, del ir contra el usar y tirar que veíamos en nuestras abuelas; experiencias de supervivencia con miradas de futuro entre los más machacados

Hay múltiples ejemplos de ello.  Así, nos encontramos en las favelas de Brasil, en sus tejados, huertos urbanos promovidos por la Comunidad Pequeños Profetas que llevan 40 años luchando contra a miseria y la violencia allí. O cuando la tecnología se pone al servicio de un desarrollo más humano y sostenible como la máquina que transforma bolsas de plástico en aceite para combustible o una lámpara que funciona con dos cucharadas de sal y un vaso de agua, que permite dotar de luz durante ocho horas, creada por unos hermanos filipinos; o con agricultores que conociendo el medio en el que viven, cultivan tomates sin agua ni pesticidas. Surgen también iniciativas como la de Tailandia, de echar desde el cielo semillas de árboles locales con una mezcla de arcilla, tierra y composta, para que germinen en el suelo, estimándose que se pueden plantar hasta casi un millón de árboles al día, experiencia parecida que también se ha hecho en un pueblo de Málaga.

Miles de acciones grandes y pequeñas, personales y sociales, solidarias, que no se podrían recoger en un solo artículo, pero que son ejemplo de hacia dónde queremos caminar. “No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental. Las líneas para la solución requieren una aproximación integral para combatir la pobreza, para devolver la dignidad a los excluidos y simultáneamente para cuidar la naturaleza” (139 Laudato si). Todos somos responsables, personal y colectivamente de desarrollar nuestra capacidad en solidaridad con toda la humanidad y con nuestras próximas generaciones. Hay sitio para cada uno de nosotros en esta urgente aventura que juntos podemos caminar.

Fdo. María Magdalena

Francisco: «La obsesión por poseer excluye a millones de personas de bienes primarios»

La cuarta catequesis del Papa Francisco sobre la crisis generada por el COVID ha tratado sobre las desigualdades generadas por el sistema económico imperante. «La obsesión por poseer excluye a millones de personas de bienes primarios y la desigualdad económica y tecnológica laceran el tejido social», ha destacado. Lo ha dicho durante la audiencia general de los miércoles, en la biblioteca del Palacio Apostólico.

En sus palabras de hoy, el Papa Francisco ha recordado que «La subordinación de la propiedad privada al destino universal de los bienes es una regla de oro del comportamiento social y el primer principio del ordenamiento ético social». El santo padre ha destacado que «la propiedad y el dinero son instrumentos», y el problema viene cuando se convierten en «fines individuales o colectivos». «Entonces el “homo sapiens” se deforma y se confierte en un “homo economicus” en el peor sentido, el de un hombre individualista, calculador y dominador».

«En el mundo de hoy, unos pocos ricos poseen más que todo el resto de la humanidad. Es para pensar. Es estadística pura y una injusticia que clama al cielo» ha afirmado el Papa durante su catequesis. Esta desigualdad no se da solo entre personas, sino también entre países. «Unos pueden emitir moneda para afrontar la emergencia mientras que para otros esto significaría hipotecar su futuro», ha señalado, como uno de los ejemplos.

En relación con la ecología integral

El santo padre ha apuntado la relación íntima entre el sistema económico imperante y el daño a la Casa Común. «Estamos muy cerca de superar muchos de los límites del planeta,  y eso trae consecuencias graves e irreversibles como el cambio climático o el aumento del nivel del mar y la destrucción de bosques tropicales», ha comentado Francisco.

«La desigualdad social y ambiental tienen la misma raíz: el pecado de poseer y dominar a los hermanos y hermanas, a la naturaleza y al mismo Dios. Dios confió la tierra y sus recursos a la administración común para que tuviera cuidado de ellos. Nos ha pedido dominar la tierra en su nombre», ha señalado el Papa. Ha recordado también que «existe una relación de reciprocidad responsable entre nosotros y la naturaleza».

Al final de sus palabras, el pontífice ha vuelto ha recordar que, «de una crisis no salimos iguales, salimos mejores o peores, esta es nuestra opción». «Después de la crisis, ¿seguiremos con nuestro sistema económico de injusticia social y desprecio al Cuidado de la Creación? Pensémoslo bien», ha sentenciado.

Hablamos de alimentación, no de residuos

Jose Santos

El pasado 2 de junio, el gobierno español presentó el Marco de Economía Circular, en el que se incluía un anteproyecto para la ley de residuos.

Seguramente es, en efecto, un buen instrumento para reducir la generación de residuos, mejorando así la eficiencia en el uso de recursos y disminuyendo el impacto medioambiental. Este borrador de proyecto de ley se mezclan todo tipo de recursos en un mismo saco: construcción, electrónica, textil, plástico,… Pero, si nos centramos en el tema de la alimentación, el enfoque que se da al residuo alimentario se presenta simplemente como un residuo a “gestionar” (traducido a lenguaje normal diríamos eliminar) y no como un recurso valioso que cuidar y aprovechar. Esto hace que se debilite la priorización en la prevención y en la concreción de una jerarquía de aprovechamiento que sea mucho más adecuada a las características de los alimentos.

El problema del despilfarro alimentario es especial, pues afecta a toda la sociedad en tanto que consumidora de alimentos y a toda la cadena desde la producción al consumo. Afecta también a la economía y al medio ambiente y genera problemas en otros países. Por poner un ejemplo, la pérdida de alimentos (1/3 de los producidos según la FAO) hace que haya que buscar tierras y recursos en otros países, aunque eso suponga generar hambre, pobreza, guerras o migraciones.

Por eso es necesario realizar un enfoque mucho más amplio del problema, no sólo para evitar las consecuencias del despilfarro alimentario, sino que se ataque el problema desde las causas, también desde una legislación específica sobre el despilfarro alimentario. En este sentido se sitúa la Ley 3/2020 de 11 de marzo de prevención de las pérdidas y el despilfarro de alimentos, aprobada el pasado mes de marzo por el Parlamento de Cataluña.

Se trata de una norma pionera y bien planteada, que analiza las causas y consecuencias y actúa en consecuencia, implicando a toda la cadena alimentaria y con un régimen sancionador acorde a la gravedad del problema. En este sentido encontramos legislaciones similares en Francia o Italia (la primera incluso plantea penas de cárcel).

En España necesitamos que se genere una ley similar, que ponga las bases para evitar que ¡8 millones de toneladas de alimentos acaben en la basura cada año! Esta Ley debe ser previa a la Ley de residuos, que sólo se aplicaría, como último recurso, a los alimentos que realmente sean imposibles de aprovechar en la cadena alimentaria. Evidentemente tendrá conexión con otras normas como la economía circular, el cambio climático, la ley de la cadena alimentaria, las donaciones de alimentos, la política agrícola común europea (PAC),…

Para que los objetivos sean tan realistas como ambiciosos, es necesario realizar un estudio de la situación de partida actual y un esfuerzo de concienciación de los consumidores, al mismo tiempo que se incorporen medidas e incentivos que permitan alcanzar esos objetivos: beneficios fiscales, tasas disuasorias, obligatoriedad de incorporar este tema en la responsabilidad social corporativa, incluir cláusulas específicas en la compra pública, penalizar normas estéticas y promociones comerciales 3×2… y fomentar productos de cercanía, frescos, de temporada y no hiperprocesados.

¿Quién paga?

“Prefiero morirme por COVID, que de hambre”. Así relataron su experiencia algunas mujeres inmigrantes trabajadoras del hogar este verano en los Encuentros para la solidaridad en la Casa Emáus. Y es que el COVID-19, (una zoonosis, no lo olvidemos) que tiene una estrecha relación con el daño causado a los ecosistemas, está haciendo que aumente el número de hambrientos en todo el mundo. Y nos duele. Y mucho.
Mucho, porque un tercio de los alimentos que se producen en el mundo se tiran a la basura y otro tercio es consumido para “producir obesidad”.
Mucho porque el virus, o las emisiones contaminantes, no tienen pasaporte y afectan con más dureza a los más empobrecidos.
Mucho porque en toda crisis en la historia se ha podido comprobar cómo sale reforzada la industria y se resiente la sociedad, y esto no es casualidad.
Este mundo, como ya saben ustedes, queridos lectores, no es justo, pero es que tampoco es sostenible, ni saludable.

Ahora estamos preocupados por un virus. Nos preocupa paliar sus consecuencias, que la economía no se resienta, encontrar una vacuna que nos permita volver a sentirnos seguros. Pero pocos alzan la voz para recordarnos la importancia de un planeta rico en biodiversidad, o como reseña Fernando Valladares, biólogo del CSIC, «un ecosistema que funcionase bien era la mejor vacuna y nos lo hemos cargado».
Conscientes de que el Hambre y el daño a la Casa Común tienen relación, decidimos estudiar las agresiones que la industria alimentaria hace a los pueblos y al planeta. ¿Quién paga?, es el título de este trabajo, que pretende descubrir los verdaderos paganos de este sistema.
Una pizza y sus ingredientes nos sirvieron como hilo conductor del estudio. Y así seguimos la vida del tomate, carne, cereales, cómo se producen, distribuyen, qué consecuencias tiene su consumo, …
Las líneas fundamentales las hemos plasmado en una presentación que os invitamos a conocer a través del siguiente enlace.

Si nuestro trabajo os ha generado alguna reacción, emoción, o incluso no estáis de acuerdo, ya hemos empezado con buen pie. Necesitamos vuestra aportación. ¿Qué os pedimos como lectores?. Que lo colaboréis, que nos enviéis vuestros comentarios y apreciaciones a burgos@encuentroysolidaridad.net

En 2020 se cumplen 5 años de la encíclica Laudato Sì y este mes se está celebrando en todo el mundo, el mes de la Creación. Nos gustaría colaborar a la reflexión y acciones mundiales en esta materia con esta pequeña gota de agua. Que con la tuya y la de tantos, formemos un río. Un río que inunde terrenos yermos, faltos de vida y de lucha, sedientos de solidaridad.

Wall-e

Ana Sánchez


Películas para niños y películas para adultos: como con otras cosas, parece que las películas de animación se las encasquetamos a los niños y punto, pero también como en tantas otras cosas, hay que ir más allá de ideas preconcebidas o apariencias tradicionales. Algo así pasa con Wall-e, una película para niños, con un mensaje simple y un planteamiento del futuro quizá poco novedoso. Pero también es una producción que nos lleva bastante más lejos si queremos mirar con un poco de hondura.

Es curioso que en 2008 se estrene una película prácticamente sin diálogos, ambientada en un futuro (nos lleva hasta el año 2815) que en muchos aspectos llevamos ya un tiempo viendo venir y que muy claramente nos expuso el Papa Francisco en Laudato Si’ ¿qué estamos haciendo con nuestra casa común?
Se trata de una historia entrañable, de un mundo al revés, con una humanidad casi robotizada y donde aparecen unos robots extrañamente humanizados. Quizá una de las explicaciones esté precisamente en este desarrollo de la tecnología, en la que los únicos que trabajan son los robots, mientras que las personas consumen ocio y más ocio, sin realizar un mínimo esfuerzo, ni siquiera el de hablar directamente con otra persona: esto implica también una fuerte dependencia de las máquinas, que no dejan de ser eso precisamente: máquinas, por muy evolucionadas que estén. El trabajo, el sacrificio, las relaciones son algunas de las características que nos hace más humanos, más persona.

Este futuro se nos presenta sombrío, con un planeta Tierra destruido por la humanidad, que ha huido de él tras hacerle incompatible con cualquier tipo de vida. Sólo permanecieron máquinas encargadas de la limpieza, que también irán estropeándose y desapareciendo paulatinamente, hasta que queda sólo el protagonista que da título a la película: Wall-e (Waste Allocation Load Lifter – Earth class), que continúa su labor incansablemente, amontonando desechos, montones y montones, en franca competición con los rascacielos que pueblan el horizonte terráqueo.

Por otro lado, vemos la vida en la nave interespacial en la que se han refugiado los humanos, llena de anuncios de neón y repleta de modas, con máquinas como asistentes personales en un mundo despersonalizado, personas sin más necesidad que estirar una mano para pedir (¿exigir?) lo que quieran, no lo que necesiten porque las necesidades no son algo que forme parte de este universo futuro.

Aunque se pinte al hombre como un ser destructivo o apático, se abre la puerta al aprendizaje de los propios errores, a reparar la devastación producida y volver a generar un mundo habitable, un mundo de personas que se relacionan y se ayudan mutuamente. Es un trabajo de todos, cada uno debe aportar su granito de arena, tanto pasiva como activamente, pero en especial en el cuidado de todo lo que nos rodea y más aún en nuestras relaciones con los demás. ¿Estamos dispuestos a ser humanos?

Un muro verde para frenar la desertización en África

Es un colosal muro verde y pretende transformar el África subsahariana: una barrera de árboles para frenar el avance del desierto a causa del cambio climático y dar una oportunidad de ganarse la vida a sus habitantes. En torno al lago Chad ya ha comenzado el ‘milagro’. Si se extendiese de costa a costa, a lo largo de 20 países, evitaría que miles de personas tengan que emigrar a Europa. Viajamos al muro que sí puede ser una solución.

Durante siglos, el lago Chad fue la mayor reserva de agua dulce del Sahel. Treinta millones de personas dependían del lago. Poco profundo y alimentado por las lluvias monzónicas y los caudales del río Chari al sur y el Yobe al noroeste, el Chad siempre ha sido de dimensiones fluctuantes. Sin embargo, en los últimos decenios, estas variaciones estacionales han ido reduciéndose hasta llegar a desaparecer. El lago Chad está esfumándose.

En 1963, esta reserva de agua se extendía a lo largo de 25.000 kilómetros cuadrados; en las últimas décadas se ha reducido en un 90 por ciento, aproximadamente. Los expertos consideran que el principal responsable es el cambio climático, aliado con el crecimiento de la población y la irrigación no planificada. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente habla de «un desastre ecológico», agravado por el conflicto armado y por la presencia del grupo terrorista Boko Haram, que se ha cobrado decenas de millares de vidas y también ha originado la migración de unos 2,5 millones de personas en toda la región.

OCHO MIL KILÓMETROS, OCHO MIL MILLONES DE DÓLARES

En una de las aldeas a orillas del lago, llamada Melea, unas mujeres ataviadas con ropajes de vivos colores y unos hombres vestidos con unas túnicas están reunidos en torno al pozo comunitario.

Durante los períodos de sequía vienen a este lugar y rezan para que llueva. Hoy están ocupados en plantar semillas de acacias, de palmeras datileras, de guayabos y de mangos en unos hoyos excavados en la arena y cubiertos con excrementos de cabra. «En los últimos cinco años, la arena se acerca a nuestros cultivos con una velocidad inusitada», explica Mbodou Mahamat, director del programa agrícola de la aldea. «Nuestras gentes llevan 400 años en este lugar. Esperamos que estos árboles vayan a protegernos».

Esta plantación de unos pocos millares de árboles forma parte de un proyecto diseñado con la idea de crear una nueva maravilla del mundo. el ‘gran muro verde’ que recorrerá 8000 kilómetros de costa a costa, a través de más de 20 países. El objetivo es conseguir la recuperación de 100 millones de hectáreas de terrenos degradados hacia 2030, lo que redundaría en la pacificación de una de las regiones más empobrecidas del planeta y en el freno de las masivas migraciones a Europa. Se espera que el muro, al contener el avance del desierto, proporcione estabilidad a las áreas ribereñas con el lago Chad.

En el Sahel vivirán 100 millones de personas en 2020; el 65 por ciento, menores de 25 años. Y con pocas oportunidades de supervivencia si la tierra se degrada

De momento está prevista la aportación de 8.000 millones de dólares para construir esta gran muralla verde. Entre sus impulsores más conocidos se encuentra Fernando Meirelles (director de Ciudad de Dios y El jardinero fiel), productor ejecutivo de un documental de estreno inminente que sigue la ruta delineada por el gran muro. El cineasta brasileño tiene gran fe en el poder de los árboles. Todos los años planta millares de ellos -hasta 15.000- en las tierras que posee en su país natal. Meirelles asegura que el proyecto está destinado a «cambiarlo todo, de arriba abajo», en África, si bien reconoce que hay incontables obstáculos. «Cada uno de los países se encuentra con numerosos problemas políticos -indica-. Pero yo creo que se puede hacer. Servirá para que la gente pueda continuar viviendo en estos lugares; si no actuamos a tiempo, el problema migratorio se volverá intratable en cuestión de pocos años. Para los europeos en particular. Este proyecto tendría que contar con el apoyo del mundo entero».

Las temperaturas en el Sahel han subido un grado centígrado desde 1970, casi el doble del promedio global registrado en este período. Se considera que el calentamiento global ha afectado a esta región en mayor medida que a ninguna otra. En Chad, por poner solamente un ejemplo, las temperaturas actualmente superan los 50 grados en la temporada seca, desecando así los cultivos allí donde llegan a crecer. El 80 por ciento de las tierras del Sahel está degradado, lo que reduce las pocas oportunidades previamente existentes para la población más joven del mundo. Se calcula que su número llegará a los 100 millones en 2020… Y que el 65 por ciento de estas personas tendrá menos de 25 años.

Estas funestas perspectivas económicas suponen un fértil caldo de cultivo para el reclutamiento de nuevos terroristas. En la zona que circunda el lago Chad, Boko Haram ofrece de todo a los reclutas potenciales, desde un par de zapatillas deportivas nuevas o un teléfono móvil hasta acceso a servicios médicos y escuelas. «Estamos hablando de unos grupos terroristas carentes de escrúpulos por completo», declara Ibrahim Thiaw, secretario ejecutivo de la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertización (UNCDD, por sus siglas en inglés), organismo supervisor de la construcción de la gran muralla verde. «Y saben cómo captar a unas personas que, más que sentirse decepcionadas, están directamente desesperadas».

Nancy Walters, directora de operaciones del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas (WFP) en Chad dice que cada vez está más claro que la simple aportación continua de recursos a los campos de refugiados no va a reducir el flujo migratorio de las personas que huyen de los conflictos armados y el cambio climático. Walters explica que últimamente se concede prioridad a los proyectos destinados a incrementar la resiliencia en el exterior de los campos. Por medio de diversas iniciativas, en parte inspiradas por el gran muro verde, el WFP está ayudando a los aldeanos a excavar la tierra, a plantar cultivos y a emprender proyectos de plantación de árboles a gran escala alrededor del lago Chad. «El objetivo es poder refrenar la degradación medioambiental y revertir lo que ha estado sucediendo hasta la fecha», indica Walters. «Las cosas cada vez van a peor. El impacto de las migraciones hacia Europa y Norteamérica está sirviendo para que muchos se tomen el problema en serio. La mayoría de las personas que emigran no lo hacen por gusto. En consecuencia, ¿qué podemos hacer para que sigan viviendo en sus lugares de siempre?».

«HACE FALTA VALOR PARA INVENTAR EL FUTURO»

Los orígenes de la gran muralla verde datan del decenio de 1970, cuando el Sahel se vio sacudido por una sucesión de sequías. La crisis llevó a que varios líderes políticos del continente propusieran medidas para proteger a sus poblaciones del cambio climático. Thomas Sankara, el presidente marxista revolucionario de Burkina Faso, fue uno de los primeros en defender la construcción de un muro de este tipo. «Es imposible conseguir cambios fundamentales si no estás un poco loco», dijo Sankara en 1985, dos años antes de ser asesinado. «Hace falta valor para inventar el futuro».

Las temperaturas han subido en esta región el doble del promedio global. En Chad se alcanzan los 50 grados en temporada seca

La construcción del muro sigue siendo una iniciativa dirigida por africanos; cada uno de los países implicados se encarga de coordinar sus propios proyectos de plantación. La siembra de las primeras semillas se produjo en 2008. Fueron las de una variedad de acacia resistente a las sequías, plantada en el pueblo senegalés de Widou Thiengoly, bajo la supervisión del director técnico nacional asignado al gran muro verde, el coronel Papp Sarr (el rango no es militar, sino que designa los años como funcionario en diversos departamentos medioambientales). El coronel Sarr explica que, en el curso de una década, el país ha plantado 20 millones de árboles, cubriendo casi 45.000 hectáreas a lo largo de una extensión de 550 kilómetros.

Estaba previsto que la muralla fuera una entidad homogénea, pero su moderna encarnación es la de un mosaico de plantaciones, cada una de ellas creadora de su propio microclima. Sarr agrega que los resultados comienzan a ser importantes en la recuperación de terrenos degradados, en la creación de industrias allí donde no existían y en la escolarización de unos niños que antes se hubieran visto obligados a pastorear los rebaños cada vez más lejos del hogar, en busca de unos pastos en continua disminución.

ÁRBOLES QUE CAMBIAN VIDAS

El pueblo de Koyli Alpha, en el norte de Senegal, es uno de estos reductos recuperados. Lo primero que llama la atención es el canto de los pájaros, que van y vienen entre los árboles. En 2013 fueron plantadas casi cinco hectáreas de árboles en este lugar, en paralelo a un gran huerto comunitario que hoy sustenta a 250 personas. Al igual que en otros proyectos vinculados al gran muro verde, a los aldeanos se les pagó para que plantasen los árboles. También les fue suministrado un surtidor de agua para irrigar los cultivos. en este caso, un barreno o pozo de sondeo regulado para liberar nada más que 200 litros al mes destinados al riego de los cultivos. La escasez de lluvias obliga a regular estos pozos de forma estricta, para evitar que las reservas en la capa freática se desequen por entero, antes de que las siguientes precipitaciones puedan reponerlas.

Senegal ha plantado en una década 20 millones de árboles a lo largo de 550 kilómetros; los resultados comienzan a ser importantes

Los aldeanos dicen que el proyecto ha dado un vuelco a sus vidas. «Ahora cultivamos verduras con las que alimentamos a nuestras familias y que vendemos por dinero», indica Jamilatou Ka, una mujer de 30 años con cuatro hijos. «Incluso hemos abierto una cuenta bancaria para que la gente pueda tomar dinero prestado. Los cultivos me proporcionan efectivo, hacen que salga de casa, me da libertad». Kadiatou Diallo, Aissata Diallo y Fatimata Ba, de 15 años los tres, explican que el trabajo en el huerto les permite seguir asistiendo a la escuela. «Los estudios te dan más salidas -dice Fatimata-.Cuando terminemos de estudiar, no vamos a marcharnos de aquí. Queremos quedarnos en el pueblo y aplicar cuanto hemos aprendido en este mismo lugar».

A unos cuantos kilómetros se encuentra otra parcela del muro, con 10.000 árboles plantados hace cinco años. La parcela está circundada por un vallado para evitar que la vegetación sea devorada por los rebaños errantes de cabras y vacunos que han convertido en un erial buena parte de esta zona del Sahel. El ganado tan solo tiene acceso a este lugar unos cuantos meses al año, y el resultado es una asombrosa diferencia en la población animal. Los monos, los chacales, los kudús (antílopes) y los conejos ya han regresado. Al mismo tiempo, los residentes de las aldeas vecinas están comenzando a ganar dinero con la explotación de los árboles: cosechan goma arábiga de las acacias y se encuentran con que pueden alimentar a sus animales de una forma más sostenible.

El coronel Sarr está convencido de que, con el tiempo, el gran muro verde puede ser más efectivo que cualquier otro tipo de vallado a la hora de disuadir a sus paisanos de los planes de emigrar. «Un dicho filosófico dice que primero fueron los árboles, luego fue el hombre y, después, fue el desierto. Ahora todo depende de nosotros», considera. «Pero un árbol puede ser algo muy poderoso».

Joe Shute

Fuente: xlsemanal