Hermann Scheipers, una vida de fe inquebrantable

El 29 de abril se conmemora el 76º aniversario de la liberación del campo de concentración de Dachau.

Por Isabel Rodríguez

Hay veces que sin proponérselo uno se encuentra ante situaciones inesperadas. Eso me sucedió hace tiempo. La primera vez que escuché de la existencia del campo de concentración de Dachau fue en la película El noveno día, dirigida por el alemán Volker Schlöndorff en 2004 basada en hechos reales y centrada en el Barracón de los Sacerdotes ‘Pfarrerblock’.

En ella plantea de manera extraordinaria el diálogo de conciencia entre un sacerdote católico y un oficial nazi. El protagonista de la película, Jean Bernard, un sacerdote de Luxemburgo. Hermann Scheipers coincidió con él ante las puertas de la cámara de gas y en aquella ocasión ambos se libraron milagrosamente de la muerte. Pero esa historia la contaré otro día.

Hermann Scheipers en Grandada (2011). En la chaqueta lleva cosido un trozo de tela del traje de prisionero con el triángulo rojo y el número de prisionero.

Dachau es un pueblo situado cerca de Múnich. El 22 de marzo de 1933, pocas semanas después de llegar Hitler al poder, se terminaron las instalaciones principales y se inauguró allí el primer campo de concentración. Se convirtió en una gigantesca estructura del sistema de terror del nacionalsocialismo. Junto a este complejo se construyó la ‘escuela de violencia’ para adoctrinar a los oficiales de la SS. Fue el inicio de una red de confinamiento forzoso que tomaría unas dimensiones inimaginables transformándose en un complejo sistema de la maquinaria asesina que invadió toda Europa.

El campo de concentración de Dachau comenzó siendo un campo reservado sólo para presos políticos, presos de conciencia y judíos. Entre los presos políticos se incluyeron posteriormente a todos los ciudadanos de los países sometidos por el nazismo y sobre todo a los que lucharon en la resistencia que se negaban arrodillarse ante los nazis. También los sacerdotes, obispos y religiosos católicos, así como algunos protestantes y ortodoxos eran considerados presos políticos. Eran identificados con un triángulo rojo cosido al traje junto a su número de preso. El verde identificaba a los criminales, el negro a los gitanos y pobres, la estrella amarilla (doble triángulo) a los judíos.

Por allí pasaron muchas personas que sufrieron vejaciones de todo tipo, trabajando en condiciones infrahumanas. El número de personas que allí murieron asesinadas o deportadas a los campos de exterminio nunca se sabrá con exactitud. Dachau recibió aproximadamente 206.000 internos, procedentes de más de 30 nacionalidades y se asesinaron al menos a 41.500 personas durante los 12 años que estuvo funcionando. Murieron de hambre, de un trato brutal, ejecuciones, experimentos médicos, en las cámaras de gas y epidemias de fiebre tifoidea. Según Scheipers de los 3000 sacerdotes en Dachau murieron cerca de 1000, de ellos 336 en las cámaras de gas.

Continúo este breve relato de la mano de Hermann Scheipers quien, con 24 años fue ordenado sacerdote. En verano de 1938 tuvo su primer encontronazo con la Gestapo. Scheipers dirá: “nunca pensé en ejercer resistencia política pero desde el inicio tenía la profunda convicción de que ser cristiano pasaba por el deber de ejercer una resistencia espiritual y que la manera más eficaz era el sacerdocio”. Pronto se convirtió en enemigo del estado para el régimen nazi. Scheipers recibió la misma acusación que Dietrich Bonhöffer, que fue ejecutado el 9 de abril de 1945, pocos días antes de la liberación del campo de concentración de Flossenbürg.

Para los nazis, los polacos eran considerados infrapersonas, condenadas a trabajos forzados y se les prohibió recibir cualquier tipo de atención religiosa y espiritual, así como asistir a las misas. Scheipers tomó la decisión de celebrar con ellos la Eucaristía ayudado de un traductor porque no sabía polaco. Él siempre sorteó las dificultades con astucia porque la necesidad y el amor a los demás agudiza el ingenio.

Desobedecer las prohibiciones oficiales del régimen nazi para atender a los inmigrantes polacos le costó la libertad. Esto le llevó a la prisión de Leipzig en 1940 acusado de ser un peligro para la estabilidad y seguridad del pueblo alemán y del estado, se le declaró enemigo del estado y pasó varios meses en la cárcel.

A finales de marzo de 1941 fue trasladado hasta la estación de trenes de Dachau, atado con grilletes como un criminal y paseado por los andenes atiborrados de gente, entre golpes y patadas lo subieron allí a un camión hasta llegar a su destino; el campo de concentración y se convirtió en el preso numero 24255.

El campo de concentración de Dachau fue el último territorio liberado por los aliados. Unos meses antes, cuando los nazis veían que iban perdiendo la guerra, Himmler ordenó que ningún prisionero debía caer con vida en las manos de los aliados. A partir de ese momento todas las deportaciones procedentes de otros campos de concentración tenía por destino el de Dachau. El desenlace final fue cruel.

A partir de enero de 1945 el campo se desbordó de presos llegando a 32.000 presos en condiciones de extremos insoportables de inhumanidad. Los presos nuevos que llegaban tenían que pasar por encima de cadáveres y moribundos para entrar a los barracones ya atestados. Muchos de ellos llegaban en camiones al descubierto, de manera que la mayoría morían congelados de frío o de hambre durante el trayecto. El 24 de abril se inició la operación conocida como la marcha de la muerte

Estas marchas de la muerte se dirigían a la frontera austriaca para que no quedara evidencia de los crímenes contra la humanidad cometidos en los campos de concentración. Se organizaban de forma escalonada por las noches para que no fuera demasiado visible y llamaran mucho la atención; durante el día se descansaba. Cuando pasaban por los pueblos sus habitantes abrían los ojos horrorizados ante el espectáculo dantesco del que eran testigos. Entre los vecinos todavía quedaban personas que no querían saber de la gravedad de lo que estaba sucediendo, preferían vivir engañados.

Finalmente este campo de concentración fue liberado por los aliados el 29 de abril de 1945. La guerra llegará a su fin, pero se presentía que el sufrimiento y la angustia se iban a prolongar en el pueblo alemán durante la postguerra.

Personalmente me acerqué al drama humano del campo de concentración de Dachau por la amistad con Hermann Scheipers. No sólo fue un superviviente de las dos guerras mundiales, sino que también se jugó la vida bajo los totalitarismos nazi y soviético. Cuando finalizó la Segunda Guerra Mundial decidió volverse a la zona de la República Democrática Alemana para asistir a los católicos y acompañarlos bajo la persecución de la Stasi del régimen soviético a los que vivían sometidos.

A Scheipers lo conocí en 2011 cuando lo invité a España con sus 97 años a dar unas conferencias. Son muchas las cosas que me impresionaron de él pero me quedo con su gran vitalidad y alegría. Estar cerca de él me transmitía fortaleza en la debilidad. Le mantenía una fe inquebrantable ante la adversidad que fue madurando en el sufrimiento. Cuenta en sus memorias que tenía miedo: “claro que tuve miedo muchas veces, pero nunca fue un miedo paralizante, desesperado. Me entregué a Dios y ahora era su amor el que tenía que responder por mi. He podido experimentar en prisión cómo las angustiosas preguntas por la incertidumbre se transformaban en preguntas de asombro ante la presencia de un Dios cercano”. Falleció en 2016 a los 102 años, ocasión que aproveché para viajar a su pueblo natal Ochtrup, cerca de Münster en Westfalia y poder darle el último adiós. Perdonó a sus enemigos y supo vivir hasta el final sin resentimiento.

Hay amistades que marcan para siempre, dejando una profunda huella en tu ser y ese milagro me sucedió con la amistad de Hermann Scheipers. Pudimos hablar en muchas ocasiones y su entusiasmo siempre me cautivó como si fuera la primera vez que me contaba sus historias. Me siento con la responsabilidad de darlo a conocer como testimonio de lucha y esperanza.

Estoy escribiendo un libro titulado Flores que salvan vidas sobre la desconocida experiencia de solidaridad en los campos de trabajo de Dachau y en el que llevo tiempo trabajando para seguir compartiendo testimonios de amor y entrega a los demás.

La salida no es hacia dentro

Por Fernando Balius

Fuente: ctxt.es

Foucault ya nos explicó aquello de que la locura existe necesariamente en sociedad. El sufrimiento psíquico, en sus distintos grados, tiene lugar dentro de un determinado conjunto de normas y relaciones. Lo que sucede en nuestras cabezas no puede ser considerado fuera del mundo en el que vivimos. No al menos si queremos intentar comprenderlo, si queremos atenuarlo.

Vivimos en un orden social capitalista y llevamos prácticamente un año atrapados en una pandemia que ha modificado nuestra existencia de formas que jamás nos habíamos planteado. Por descontado, ambas realidades están profundamente conectadas. La existencia de una crisis sanitaria planetaria no ha logrado desplazar la centralidad del dinero en todos los aspectos de la organización social, y la gestión de las patentes de la vacuna contra la covid-19 es quizás el exponente más cruel de ello. No es de extrañar entonces que, frente a un futuro que sin lugar a dudas se plantea oscuro y cuesta arriba, la angustia que nos atraviesa ofrezca un campo de negocio sin precedentes para una industria que vende eternos procesos de crecimiento personal, desarrollo espiritual y reinvención profesional. Sea cual sea la parcela desde la que se opere, la promesa siempre es idéntica: construir una existencia más plena y llena de sentido. Y para ello la consigna es replegarse en uno mismo, porque la salida es hacia dentro: un asunto íntimo de cada cual, una responsabilidad particular que hay que afrontar con la colaboración de profesionales cualificados para arrojar luz sobre las penumbras del ser humano.

La transformación individual como camino para acabar con nuestro sufrimiento psíquico es una idea que casi se vende sola. Encaja con todo cuanto nos han enseñado desde que tenemos uso de razón. Si te esfuerzas lo suficiente, si inviertes el capital necesario, puedes triunfar y alcanzar un estadio superior, y en el caso de no ser así, has sido educado de mil maneras para sentirte culpable y único responsable de la caída. Sin embargo, el repliegue forzoso al que estamos siendo sometidos no ha mejorado la salud mental de nadie en mi entorno. El confinamiento y el conjunto de restricciones que le han seguido no han traído de la mano ninguna iluminación, sino más bien letargo y pesadumbre. El tiempo pandémico que conozco transcurre mayoritariamente entre la pena y la ansiedad. Una vez hemos sido privados de nuestras relaciones con los demás y nos hemos quedado hurgando en nuestro interior, somos multitud quienes hemos experimentado un tipo u otro de colapso. Descartada la posibilidad de salir mejores de esta, aspiramos tan solo al mínimo daño posible. Precisamente cuando se han dado las presuntas condiciones objetivas para que una gran parte de la población pudiera emprender un viaje de autoconocimiento hacia el bienestar emocional, la realidad ha venido a recordarnos lo determinante que resulta el ambiente material y social en aquello que creemos que somos.

Supongo que hay quienes dirán que no nos estamos mirando a nosotros mismos de la manera adecuada, que no contamos con el asesoramiento correcto y necesario para poder alcanzar la transformación. Incluso que no la hemos deseado lo suficiente. Por mi parte, todo lo que respondería es: 2020. Un argumento tenaz –y quizás definitivo– contra toda forma de  atomización social. El despertar de mi conciencia no constituye ahora mismo ninguna prioridad en mi vida, no tengo intención alguna de conocerme mejor ni anhelo desarrollar un potencial oculto. Pero cuando echo de menos lo hago con una intensidad que ya apenas recordaba. Y me pierdo en los recuerdos para estar menos solo. Tengo más presentes que nunca a las personas que quiero, precisamente porque la mayoría no están y no hay perspectiva cercana de que lo estén. Lamento las amistades que descuidé y hago inventario de mis errores. En definitiva, pienso en el otro. Le necesito y a estas alturas ya estoy cansado de mí. Quizás por eso hace poco desperté pensando en cómo durante las primeras semanas del 15M salía al trote de la oficina para cruzar Madrid en la línea 1 de Metro y llegar a una plaza atestada en Vallecas. Eso es lo que realmente añoro. Y si ya lo hacía antes de que esta crisis estallase, ahora lo hago más y con mejores motivos.

¿No es acaso el aislamiento una de las características que definen este mundo que tanto daño nos hace? ¿No está en la base de todo ese espectro informe conocido como “trastornos mentales”? Hace algunos años presencié una ponencia de un psicólogo e investigador finlandés llamado Jaakko Seikkula, quien lleva décadas diseñando e implementando proyectos de intervención comunitaria con personas que tienen experiencias psicóticas. Su notoriedad internacional se debe a que dichos proyectos se asocian a un descenso en las tasas de diagnóstico de esquizofrenia en la población y a un incremento en las de recuperación (tal y como se refleja, por ejemplo, en Five-year experience of first-episode nonaffective psychosis in open-dialogue approach). Recuerdo que en un momento dado de su exposición afirmó que él no había conocido jamás a ningún “esquizofrénico”, que, frente a ese constructo que llamamos “esquizofrenia”, lo que realmente existe es un fracaso social y el aislamiento progresivo de algunas personas. Esta es una idea que comparto y extiendo a la mayor parte de diagnósticos psiquiátricos, y desde luego no lo hago a modo de especulación teórica, sino basándome en mi propia experiencia –así como en mis propios diagnósticos– y en la considerable cantidad de realidades que he conocido durante las más de dos décadas que llevo relacionándome con otras personas psiquiatrizadas. A mayor ensimismamiento y mayor deterioro relacional, más jodidos estamos.

Tal y como se han encargado de señalar numerosas autoras y autores contemporáneos desde distintas perspectivas (Zygmunt Bauman, Fernando Broncano, Maria Dolors Comas…), la soledad es una experiencia central de las sociedades occidentales. Frente a esa realidad incontestable, el triunfo de la psicologización como recurso estandarizado para tratar de entender la realidad se funda en aceptar acríticamente que el malestar, el sufrimiento psíquico o la locura son un asunto privado de cada cual. Y donde no se comparte no hay politización posible. A veces pareciera que el psiquiatra que receta los psicofármacos, el psicólogo clínico, el psicoterapeuta (con sus cien escuelas a elegir), el coach, el profesor de yoga y el responsable de recursos humanos se han conjurado para recordarnos que la solución está dentro de nosotros mismos. Y si alimentamos bien algunos neurotransmisores, o cultivamos la resiliencia, o ejercitamos nuestra inteligencia emocional, o tenemos la cantidad necesaria de fuerza de voluntad, o aprendemos a deshacer los bloqueos energéticos, o nos decidimos de una vez a ser proactivos saldremos de la mierda.

El marketing nunca juega a perder. Siempre te va a hablar de cómo esa mierda está a punto de llegar a tu cuello, y de que si te valoraras lo suficiente, buscarías-comprarías todos los recursos posibles. Pensarías en ti, que sin duda te lo mereces. Disponer de recursos y herramientas es importante, sobre todo cuando son reales (y la mayor parte de ellos son básicamente humo, aunque ese es otro tema), pero algún día habrá que hablar de la mierda en sí. De lo contrario se corre el riesgo de que la vida pase entre bocanada y bocanada de aire, sin llegar a saber que se trata de un problema común.

No hay mecanismo de alienación que pueda ocultar por completo el hecho de que nuestra individualidad se configura a través de la relación social. Son demasiadas las pistas que nos llevan a ello. Los problemas psicológicos surgen en las relaciones y en ellas se encuentra su solución. Por eso creo de corazón que la salida a la asfixia provocada por una arquitectura individualista se llama solidaridad.

Niños esclavos en la mina

Los niños esclavos también son nuestros hijos

Ayer, hoy y, desgraciadamente, mañana, nuestros productos cotidianos son fabricados por millones de niños: extraen las materias primas que requiere nuestro consumo, satisfacen nuestros instintos sexuales, guerrean en nuestras disputas bélicas,… Nuestros cosméticos están hechos con mica regada con el sudor de los niños, nuestra basura es seleccionada por brazos infantiles, nuestros móviles reciben su energía de las manos encallecidas de los niños mineros, nuestra comida es producida por los hijos de agricultores y ganaderos,… y así hasta 400 millones de niños obligados a trabajar, a menudo en condiciones mucho más cercanas a la esclavitud de lo que podamos imaginar. La esclavitud infantil la tenemos muy cerca.

Uno de estos niños esclavos, Iqbal Masih, fue asesinado un 16 de abril por luchar contra esta lacra y por eso se conmemora esta fecha en todo el mundo, en recuerdo de este niño que quiso ser abogado para acabar contra todas las formas de esclavitud.

El pasado mes de agosto la Organización Internacional del Trabajo destacaba cómo, por primera vez en su historia, todos los estados miembros habían ratificado una convención internacional del trabajo: el convenio número 182, sobre las peores formas de trabajo infantil. Quizá este año sea más importante y necesario que nunca por una doble razón.

La primera, formal, por ser el año que ya en 2019 la Organización de las Naciones Unidas quiso declarar como “Año internacional para la eliminación del trabajo infantil” y que enmarca en la meta 8.7 de sus Objetivos de desarrollo sostenible, como un compromiso de poner fin al trabajo infantil en todas sus formas para el año 2025.

La segunda, coyuntural, puesto que este último año hemos visto como la pandemia ha agravado las ya de por sí preocupantes cifras oficiales de trabajo infantil. En este contexto, más si cabe que en años anteriores se intensifica la necesidad de emplear la mano de obra de los hijos como instrumento de supervivencia para muchas familias, a la par de los cierres de escuelas donde muchos de ellos tenían la oportunidad de realizar el que debe ser su verdadero trabajo: estudiar, formarse, convertirse en adultos que construyan la sociedad que necesitamos. Como dice el Papa Francisco, “muchos niños en el mundo no tienen la libertad de jugar, de ir a la escuela y terminan siendo explotados como mano de obra”.

Las causas de la esclavitud infantil

Entre ambas razones se encuentran las cifras reales (estimadas en más de 400 millones de niños esclavos, algo muy superior a lo reconocido oficialmente) y las causas de fondo que permiten la canallada de la esclavitud infantil, con una clara dimensión económica, la que sostiene este sistema internacional dominado por la economía financiera, a la medida de las grandes compañías multinacionales que se desgranan en una larga cadena de contratas, subcontratas de contratas, sub-subcontratas de subcontratas,…hasta que alejan de la vista la responsabilidad que les compete en esta cadena, responsabilidad de la que tampoco nosotros estamos exentos como consumidores y, por lo tanto, no podemos cerrar los ojos o pretender que no sabemos que nuestro bienestar se sustenta en este entramado.

Ullah Khan, un referente

Ehsan Ullah Khan, activista pakistaní que lleva más de 50 años en esta lucha contra la esclavitud de niños y adultos y que fue una de las piezas clave en la liberación de Iqbal Masih y de su formación en el Frente de Liberación del Trabajo Forzado en Pakistán lo tiene claro: “Es fácil ponerle fin. El consumidor debe saber que los productos que consume están hechos con esclavitud infantil. Entonces, antes de comprar tiene que pensar en sus propios hijos”.

Merece la pena conocer la vida de Iqbal Masih y continuar su lucha con nuestras vidas.

Descarga el ebook en los siguientes enlaces:

Bakhita, de Véronique Olmi

Ana Sánchez

Cuando me enteré de la publicación del libro corrí a la librería a comprarlo: siempre fue una figura que me llamó la atención. Luego, debo confesar que me pasó como con otras tantas cosas, que se fueron solapando otras lecturas, tareas, obligaciones,… un libro se puso encima de otro, otro encima de otro… y el libro cayó en el olvido. ¿Cayó en el olvido? La verdad es que no: hace poco le retomé y le devoré.

Quizá no es más que otra novela, una historia, con una gran dosis de ficción que trata de llegarnos al corazón, porque de eso se trata con la literatura: abrirnos los ojos a otras realidades, a otros mundos, a otras vidas y que algo de eso nos toque y nos invite a formar parte de ello. En esta quizá sea aún más sencillo, porque habla de una persona real (aunque no sea exactamente una auténtica biografía) y lo que se resalta continuamente son las ganas de vivir, la fuerza que impulsa a la protagonista a seguir, a pesar de las separaciones.

Se trata de la historia de un amor incondicional que, en el mundo real llevó a que fuera beatificada por San Juan Pablo II, no tanto por su aceptación de las adversidades y la violencia que la acompañó durante tantos años, sino más bien por su decisión de trabajar eficazmente para liberar a niñas y mujeres de la opresión y la violencia y devolverles su dignidad. De esta redención, de esta esperanza habla también específicamente Benedicto XVI en Spe Salvi, poniéndola como testimonio de una esperanza en la lucha y que es lo que la ha llevado a ser declarada patrona de Sudán y un referente esencial en la lucha contra la trata, un drama presente a lo largo de toda la historia de la humanidad, hasta hoy.

Quizá hoy se muestra esto de un modo mucho más doloroso, más hipócrita, puesto que nos consideramos una sociedad civilizada, que ha abolido la esclavitud, que respeta los derechos humanos, que considera a todas las personas con la misma dignidad,… Pero no. Eso no son más que palabras bonitas.

La realidad es otra muy distinta: cada vez hay más personas que padecen diferentes formas de esclavitud. Este año 2021 ha sido denominado por la OIT como el año internacional para la eliminación del trabajo infantil y esto está también muy presente en esta historia: «usted entiende: los niños, los niños esclavos, los niños soldados, ¿entiende?, yo no hice nada y usted tampoco, ¿y quién podrá, dígamelo, quién podrá algún día?». Esa es, en el fondo, la pregunta que tenemos que contestarnos cada uno.

Los que cruzan la frontera

Mónica Prieto

El secreto del único sector económico que ha crecido en la pandemia:  media hora de descanso cada 10 horas de trabajo.

Eso es lo que relató Mamadou Serigne trabajador agrícola, al actor Paco León en una entrevista emitida durante la pandemia y que se hizo viral[1]. Las necesarias lágrimas que brotaron en algunos no nos pueden nublar la vista, sino limpiarla. La actualidad de la realidad migratoria nos lleva a Canarias y ciertamente hay que denunciar la vergonzosa gestión de este gobierno mal llamado de izquierdas, rendido a  la política de fronteras criminal de la Unión Europea. Silencio informativo y político (salvo honrosas excepciones)[2] de los casi 400 muertos en el mar en los últimos meses y por los que Senegal decretó día de luto nacional el pasado 13 de noviembre. No tuvimos la vergüenza de unirnos a esa jornada de luto.

Y mientras tanto… el otro foco informativo con el que nos machacan los medios a diario es con la caída de la hostelería. Pareciera que para salvar al país de la catástrofe económica de la pandemia tenemos que irnos todos de bares…. en vez de cuestionarnos un modelo económico, el turístico, basado en la explotación laboral de muchas personas, muchos de ellos migrantes. Aquellos que logran cruzar la frontera pero que no logran regularizar su situación…. porque de eso trata. Si no, se acaba el chollo.

Silencio también sobre el trabajo agrícola. La muerte este verano del nicaragüense Eliazar Blandón en la huerta murciana es un signo de esa explotación, a la que sometemos a trabajadores de la hostelería, el servicio doméstico, la limpieza de los hoteles y los temporeros agrícolas.  El blindaje de fronteras no significa fronteras herméticas…. sino que se abren a demanda de las necesidades económicas del capital. De momento el gobierno reconoce 2000 traslados a la península desde Canarias durante estos meses.

En febrero, junto antes de la pandemia, los periódicos anunciaban la caída del sector y el empleo agrícola[3]. Apenas meses después se anuncia todo lo contrario[4]: el sector agrícola es el único que logra crecer durante la pandemia.  En estos momentos se calcula que unos 400 temporeros agrícolas pueden estar durmiendo en la calle en la provincia de Jaén  por la reducción de las plazas de los albergues municipales debido a la pandemia.  Cuando estén ubicados en las fincas nada asegura que no sigan malviviendo…. como ha sucedido en años anteriores: La vergüenza que se esconde  detrás de nuestro producto estrella, ¿Marca  España?. Nuestra economía agrícola crece ¿ A costa de quien? De aquellos a los que dejamos cruzar la frontera.

 

[1]     https://www.20minutos.es/noticia/4266449/0/paco-leon-emociona-historia-inmigrante-jornalero-portavoz-regularizacion-ya/?autoref=true

[2]     https://www.eldiario.es/canariasahora/migraciones/senegal-convoca-jornada-duelo-nacional-muerte-480-jovenes-mar-rumbo-canarias_1_6405080.html

[3]     https://www.eleconomista.es/economia/noticias/10332736/02/20/El-PIB-y-el-empleo-del-sector-agrario-se-desplomaron-con-el-alza-del-SMI.html

[4]     https://www.elagoradiario.com/desarrollo-sostenible/agricultura/lagricultura-unico-sector-crecio-segundo-trimestre-desplome-pib/

Walesa, la esperanza de un pueblo

Ana Sánchez

“La esperanza de un pueblo”. Ése es el subtítulo que lleva la película que el cineasta polaco Andrzej Wajda ha rodado sobre Lech Walesa, el histórico líder político y sindical, también polaco.

El propio director tomó parte activa en el movimiento de los astilleros de Gdansk con los que arrancan tanto la película como el movimiento libertario y sindical que culminaría diez años después, ya en 1980, con la formación de “Solidaridad”, un sindicato caracterizado por su gran militancia obrera católica y su lucha contra el gobierno comunista, en los años previos a la caída del muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética. La película se desarrolla en torno a la entrevista que realizó la periodista italiana Oriana Fallaci a Lech Walesa. A través de ella se va desgranando la historia de esta turbulenta época polaca y de la no menos turbulenta personalidad de Walesa, al que se retrata con sus sombras y luces, no como un héroe perfecto, ni mucho menos; más bien como un auténtico ser humano, con sus virtudes y defectos.

A lo largo de la historia vamos viendo cómo es este terco electricista que llegó a conseguir un premio Nobel de la Paz y que incluso alcanzó la presidencia de su país; un trabajador manual y un padre de familia, un idealista con los pies en la tierra, convencido de que él era necesario en ese momento histórico de su país, con un cierto toque narcisista y ególatra, pero un elevado grado de entrega a los demás.

En esta película se van entretejiendo los momentos históricos con otros tantos episodios cotidianos, desde el momento en el que Walesa se convirtió, casi sin pensarlo, en líder de los astilleros de Gdansk.

En esta semblanza de la figura cotidiana y humana de Walesa destaca muy especialmente la de Danuta, su infatigable esposa y madre de sus hijos, un apoyo en todo momento, sin la que sería incomprensible la actividad de Lech, como la de tantos otros militantes a lo largo de la historia; una suma de inocencia y empeño, temor y coraje, resignación y orgullo; un auténtico símbolo de temperamento en este choque entre las esferas pública y privada de la vida de Lech Walesa, que en ocasiones queda escondida por la lucha social, pero que es la que verdaderamente importa a escala más pequeña, puesto que es la que hace posible y sustenta el compromiso político.

El gran desafío del director es unir todas las piezas en esta película: el contexto social de Polonia y Europa, la carrera sindical y política de Walesa, su vida personal y la importancia de su esposa Danuta en toda su lucha. Esto lo hace intercalando tramos de ficción con imágenes reales de la época, una época en la que él mismo estuvo también muy implicado: Walesa reconoció que las películas de su compatriota les ayudaron a seguir luchando y el propio Wajda llegó a ser senador en la década de los noventa.

Las autoridades sabían que eran los obreros los únicos que podían poner en peligro el sistema: sin su trabajo no podrían cumplir los compromisos adquiridos con la Unión Soviética y esto queda también patente en la película con la figura de políticos e intelectuales en el desarrollo del movimiento de “Solidaridad”, cómo la fuerza del trabajo es la que auténticamente puede ser transformadora y generadora de cambios que hagan avanzar la sociedad.

La labor con los inmigrantes en Zaragoza

Fuente: Iglesia en Aragón

«Nuestra labor con los migrantes ha sido   expresar con hechos que no están solos»

La delegación de Pastoral de Migraciones de Zaragoza, a través de la Mesa de la Hospitalidad, ha practicado durante la pandemia la asistencia al forastero gracias a la colaboración inestimable de voluntarios y de los generosos fondos donados por sacerdotes y laicos de la archidiócesis.La delegación Episcopal de Migraciones, gracias al trabajo de la Mesa por la Hospitalidad, ha canalizado durante la pandemia las llamadas de personas migrantes que debido al Covid-19 perdieron sus trabajos y no pudieron hacer frente a sus necesidades básicas. «Frente a la posibilidad de ser desahuciados muchos de ellos, alojados pagando habitaciones, no tenían ningún contrato que garantizara su permanencia y llamaban angustiados», comenta Raquel Martínez, delegada de la Pastoral de Migraciones de Zaragoza.

Pero el trabajo de la Mesa no ha consistido únicamente en atender a estas personas telefónicamente. También los han asesorado sobre los recursos a los que podían acceder, asegurar que sus necesidades básicas estuvieran cubiertas, se han coordinado con Cáritas para el pago de los alquileres y se han realido acogidas temporales en alguna de las posadas de la Mesa de la Hospitalidad.

«Hemos intentado ser Buena Noticia en medio de tan malas noticias para quienes mayor vulnerabilidad tenían, ser portadores de un mensaje tranquilizador, de cierta paz en medio de la tormenta, cuando las condiciones parecían peores o más inseguras para estas familias, nuestro gesto ha sido expresar con hechos que no están solos», asegura la delegada de Pastoral de Migraciones.

Dones recibidos

Durante esta situación, han podido aumentar el número de familias acogidas, gracias a que el arzobispado de Zaragoza y las comunidades parroquiales han puesto a disposición viviendas: un piso en las fuentes, un piso de la parroquia de San Lamberto, en Miralbueno, y otro piso de la Parroquia Nuestra Señora del Rosario. Además de una vivienda que estando cedida por el Arzobispado a la Fundación Solidaridad sin que tuviera ya personas acogidas, les han cedido ambas instituciones.

La puesta a disposición durante un año de viviendas del Arzobispado de Zaragoza a la Delegación Episcopal de Migraciones ha sido «una gran alegría», afirma Raquel, quien añade que «también lo ha sido poder obtener financiación del Fondo Diocesano para atenuar la crisis social creada por la pandemia, al que muchos sacerdotes de la diócesis realizaron una aportación generosa, así como posteriormente los laicos». Esta ayuda, junto con la colecta específica de Cuaresma que han realizado varias parroquias, la han utilizado, en parte, para la puesta a punto de las viviendas.

Por otro lado, ha sido fundamental la donación de enseres de hogar cedidos por muchas personas generosas. Además, durante el estado de alarma la parroquia de San Miguel y las Canonesas del Santo Sepulcro organizaron más recogida de enseres.

Labor de voluntarios

«Damos gracias a Dios por todas las personas dispuestas a formar parte de los equipos de hospitalidad de cada vivienda. Actualmente la Mesa de la Hospitalidad cuenta con personas dispuestas a acompañar en grupos de 2 o 3 voluntarios a cada una de las familias, y hacer una experiencia colectiva y eclesial de encuentro con familias que necesitan su cercanía y calidez», asiente con alegría Raquel.

Desde octubre de 2019, la delegación de Pastoral de Migraciones ha acogido a doce familias, con un total de veintidós adultos y quince menores, siendo 6 de ellas, familias monoparentales. Con el cierre de fronteras, las circunstancias están cambiando, pero siguen trabajando para dar respuesta a las situaciones que van surgiendo. Raquel asegura que, desde la Mesa de la Hospitalidad «queremos seguir en el camino de transformar este mundo y dedicar también esfuerzos a los desplazados internos, tal y cómo nos indica el papa Francisco en el mensaje para la Jornada del Refugiado que se celebrará el día 27 de septiembre».

El “Ministerio de la Soledad” es la familia.

Hace algunos meses un llamativo titular aparecía en los medios de comunicación “El Reino Unido crea un Ministerio para la Soledad”. La noticia explicaba la creación, por parte del gobierno británico, de un departamento del Ministerio para la Sociedad Civil para luchar contra el aislamiento de nueve millones de británicos. Se ilustraba dicha noticia con algunos datos de la realidad británica: los médicos atienden entre 1 y 5 pacientes al día por soledad, la mayoría de los mayores de 75 años viven solos, 200.000 personas pasan hasta un mes sin hablar con un amigo o familiar… Y se explicaban algunas consecuencias de la soledad: las personas solas tienen mayor probabilidad de sufrir demencia, mortalidad temprana o hipertensión arterial. Los médicos dicen que estar solo es peor para la salud que fumar quince cigarrillos al día.

La soledad es un problema personal, de muchas personas que no logran establecer relaciones personales auténticas en nuestra sociedad. Pero es también un problema social y ahora se empieza a plantear como un problema político.

En realidad, ese “ministerio de la soledad” existe hace mucho tiempo, y es la familia. La familia es el lugar donde los lazos afectivos duraderos pueden establecerse de una forma primera. El lugar propio del cuidado de los miembros débiles o vulnerables. El lugar del acompañamiento y apoyo mutuo. El lugar de la gratuidad.

Es evidente que ha habido causas culturales que han debilitado los vínculos familiares, pero también ha habido causas sociales y políticas que han provocado un debilitamiento de la vida familiar.

En la misma Gran Bretaña, donde ahora se plantea ese “ministerio de la soledad”, entre los años 1979 y 1991 una serie de reformas laborales desde el gobierno debilitaron el papel de los sindicatos. Con el objetivo de disminuir el desempleo, promovían una alta movilidad, el aumento de los empleos a tiempo parcial y de los contratos temporales. La carrera profesional dentro de la empresa dejó de ser una opción para muchos trabajadores, que se convirtieron en autónomos. Las ayudas sociales fueron limitadas, para forzar a los trabajadores a aceptar empleos con salarios bajos. Los salarios bajaron.

La fragilidad de la familia británica creció en este periodo. La proporción de mujeres casadas entre los dieciocho y los cuarenta y nueve años bajó del 74% al 61% en esos años. Las familias monoparentales aumentaron del 12% al 21%. En 1991 la mitad de los matrimonios terminaban en divorcio en Reino Unido, la tasa más alta de la Unión Europea. En las ciudades donde más éxito tuvo la política para disminuir el desempleo, las tasas de divorcios fueron más altas.

Muchos son los factores que influyen sobre la familia, como realidad viva que es. Uno de esos factores, que influye de una forma decisiva, es la realidad laboral que padecen sus miembros. Los salarios bajos, la imposibilidad de promoción laboral, las prácticas empresariales que obligan a los trabajadores a mentir a los clientes, la presión laboral que aumenta la ansiedad, las jornadas laborales agotadoras, la disponibilidad total para la empresa, que define el horario laboral de un día para otro, la apertura de comercios los domingos… son realidades que obstaculizan la vida familiar.

 

Contrarrestar la soledad, requiere, además de atender a los que la padecen, una legislación laboral que permita desarrollar las tareas familiares. Especialmente, un salario digno, que permita sostener a la familia como pedía Juan Pablo II en Laborem Exercens: “Una justa remuneración por el trabajo de la persona adulta que tiene responsabilidades de familia es la que sea suficiente para fundar y mantener dignamente una familia y asegurar su futuro”.

Diego Velicia, psicólogo del COF Diocesano de Valladolid.

 

Queja ante el Defensor del Pueblo: migrantes en la calle

Queja presentada por la Mesa por la Hospitalidad de la Archidiócesis de Madrid por dejar en la calle a mujeres embarazadas, bebés, y niñas y niños (en algún caso con parálisis cerebral).
La responsabilidad, en este estricto orden es del Gobierno de la Nación (responsable único de la protección internacional), la Comunidad de Madrid, y el Ayuntamiento de Madrid.

Un incendio en La Cañada quema parte de la parroquia

Compartimos lo que envía Agustín Rodríguez Teso, el párroco del lugar, “Encomienda de la Comunidad de Madrid” el año pasado, quiere compartir. Estamos con él.


Aunque sólo sea por la necesidad que uno tiene de compartir, de dolerse en voz alta, quería compartir con todos vosotros lo que ahora nos nubla: se nos ha quemado el techo de nuestra parroquia de Santo Domingo.

No era la cubierta de Notre Dame. Era mucho más pequeña, con tela asfáltica, pero era la nuestra. El domingo pasado bajo esa cubierta, celebramos con el santo patrón que somos lugar de encuentro, lugar y espacio de acogida. Que ahí, a cubierto, habíamos sido capaces de gestar grandes hazañas como el disfrutar los unos de los otros, de unificar culturas diferentes, de querernos a pesar de ser distintos. Que ahí, a cubierto, bajo ese techo, nos habíamos atrevido a soñar cosas imposibles (los comedores, los grupos comunitarios, los campamentos… los dentistas, los chicos de Encuentros con Dignidad… Las clases de Barró, las reuniones de todo tipo, las fiestas, los cumpleaños, los Reyes…). No, no era la Notre Dame, pero tampoco tenía mucho que envidiar… si salvamos algunos cuantos detalles, y en definitiva, al fin y al cabo, y sobre todo, era la nuestra.

Anoche, tras una pelea, uno de nuestros vecinos, de nuestros hermanos que malviven y mal duermen junto a los muros de la parroquia, se debió alborotar mucho y alguien quiso quemar su casa. Era de cartón y madera, y ardió. Ardió con furia. Con tanta rabia que el fuego subió hacia lo alto, alcanzó la tela asfáltica de la cubierta, y prendió.

Uno de los chicos corrió a buscar ayuda. Le costó cinco euros, pero consiguió que le dieran agua para intentar apagarlo. Y no pudo. Llegaron los bomberos y se hicieron con el control. Lo apagaron. Ahora queda un gran agujero en la cubierta. Lo que era la parte del templo, ahora tiene el cielo por techo. Se ven las vigas de madera muy chamuscadas. Los que saben nos dirán si está muy dañada o no la estructura de la techumbre, pero no tiene demasiada mala pinta. Cuando se marcharon los bomberos aparecieron los que viven de la carroña, aquellos que migajan lo que queda tras los desastres, tras los derribos… y quisieron entrar y llevarse todo. Pero otro de los chicos del proyecto pensó “Que nos están robando!!” y se puso a defender el baluarte con uñas y dientes. Sólo se han llevado el microondas, pero hemos aprendido que esto es nuestro, y no sólo de los de la parroquia, ni de los de Cruz Roja, ni de los dentistas, ni de los de Barró, ni de los Cáritas, ni del ICI, ni de los Comisionados, ni del Fanal, ni de Alamedillas, ni de ASPA, ni de Voces… no. Esto es NUESTRO, de todos nosotros y un halo fuerte de DIGNIDAD ha hecho posible que lo siga siendo.

Pensamos que sólo era el problema de esa zona, la de más al fondo, y que podríamos haber seguido prestando atención esta tarde, pero luego han empezado a caer trozos de pintura de la zona de más cerca de la puerta, y pensamos que la escayola se podría venir abajo, así que esa parte tampoco la vamos a poder usar. Ni podremos celebrar allí, ni atender. Además no hay luz, por lo que la zona de los dentistas tampoco se puede usar, al menos hasta que la recuperemos. Esa zona no parece dañada.

Así que, de momento, no tenemos nada. Habrá que ir poco a poco.

Y será así: poco a poco, como solemos hacer las cosas en Cañada. Poco a poco, pero convencidos de que hay futuro, de que mañana seguiremos haciendo lo nuestro: anunciar que el Dios de la Vida es más fuerte que cualquier tipo de muerte. Sólo se nos ha quemado la cubierta. Lo demás, el corazón, los sueños, la ilusión siguen intactos. Arreglaremos la cubierta poco a poco, a nuestro ritmo. Nos tiene que dar tiempo a digerirlo todo: desde la noche en vela de Sevi defendiendo el fuerte, a la llamada del obispo Carlos, pasando por muchas horas de teléfono y whatsapp recibiendo cariño desde todas las direcciones. Nos dará tiempo. Seguro.

Aún no sabemos dónde vamos a celebrar el domingo, pero habrá misa: faltaría más. Aún no sabemos dónde se atenderá el martes, pero se atenderá: ya os decimos nosotros que sí. Aún no sabemos cuándo van a recomenzar los dentistas, pero comenzarán: os lo aseguramos. Todavía es difícil saber cómo vamos a mantener los Encuentros con Dignidad, pero ya os decimos que algo se nos ocurrirá: ¡pues no somos…!

Gracias a todos por el apoyo y por el cariño.

Que Dios os bendiga.

Aúpa.