La historia de las migraciones es la historia de la humanidad

Rodrigo Lastra.

La migración es un hecho constante en la historia. Podemos afirmar cómo lo hizo recientemente uno de los abogados más internacionales de nuestro país que «la historia de la humanidad es la historia de las migraciones». ¿Cuántos de los que leéis estas líneas vivís en el mismo pueblo o ciudad en la que nacieron vuestros padres? ¿Y en la que nacieron vuestros abuelos? La movilidad geográfica es una de las características definitorias de la raza humana. Ninguna otra especie ha llegado tan lejos en la colonización de tantos y tan diversos ambientes. Los movimientos migratorios, por muy diversos motivos son una constante histórica que se repite en todas las épocas y civilizaciones. ¿Eso quiere decir que las personas están hechas para migrar, para moverse y que está condenado a no tener raíces, o por el contrario lo propio del ser humano es echar raigambre y las migraciones son siempre consecuencia no deseadas causadas por males mayores? El ser humano no está hecho para migrar ni para no migrar. El hombre y la mujer están hechos para la LIBERTAD. Y es precisamente la búsqueda de esa libertad (llámese mejores condiciones de vida o simplemente condiciones dignas de vida, llámese huida de persecuciones políticas o religiosas) o la ausencia de la misma libertad (llámese esclavitud, movimientos migratorios alentados por grandes intereses económicos…) la que ha generado a lo largo de los siglos los grandes movimientos humanos a lo largo y ancho del planeta.

 

  1. LA HISTORIA LAS MIGRACIONES… ES TAMBIÉN HISTORIA QUÉ HACEN LOS POBRES

Hoy los nuevos desarrollos científicos en el campo de la genética están también revolucionando el estudio de la historia. Todos nosotros cargamos en nuestros genes de cada una de nuestras células con muescas imborrables de nuestros ancestros, cuyo estudio, aplicado al conocimiento histórico, está aportando valiosísima información sobre de donde provenimos. Está permitiendo entre otras cosas conocer mejor los grandes movimientos de ser humano a lo largo de la historia. No deja de producir cierto vértigo pensar que en apenas unos centenares de generaciones todos nacemos de los mismos grupos reducidos de homo sapiens. Estos avances científicos aplicados al conocimiento histórico y pre-histórico, confirman que el dinamismo creador asociado a los movimientos migratorio ha sido determinante en la configuración de nuestra historia, es determinante para entender lo que hoy somos, y será determinante para entender lo que seremos.

Un ejemplo histórico reciente y paradigmático de ese dinamismo creador que imprimen la fuerza de la inmigración, mayoritariamente a través de la población más pobre, son los EEUU. El país más rico, el más poderoso de los últimos 150 años, lo es en gran parte por la inmigración. Una nación de inmigrantes. Es así como se define a sí mismo Estados Unidos. Nueva York, la capital del mundo, es un museo viviente de la inmigración. Viviendo allí descubrí al menos 5 monumentos a los inmigrantes (judíos, italianos, eslavos, africanos, irlandeses…). Uno de los lugares que más impresiona de Nueva York es el museo de Ellis Island, a la sombra de la estatua de la Libertad. De 1892 a 1954, el edificio funcionaba como centro de selección a la llegada de barcos europeos cargados de familias en busca de una vida mejor. Ahí fue donde 12 millones de personas pisaron por primera vez suelo estadounidense. Fue ahí donde se forjó la potencia que es hoy EEUU. Se estima que el 40% de los estadounidenses tiene, por lo menos, un ascendiente que pasó por Ellis Island.

Este años 2020 Estados Unidos celebrará el 400 aniversario de la llegada de los primeros colonos anglosajones, venidos a dar valor al territorio de Virginia, otorgado por el rey de Inglaterra. En 1620 los peregrinos del Mayflower, migrantes que huían, desembarcaron en Nueva Inglaterra, abriendo el camino a la llegada de miles de persona que huían de las persecuciones religiosas del rey anglicano Jacobo I de Inglaterra. En la colonización de América siempre ha existido una dicotomía entre los inmigrantes económicos y los que llegaron para disfrutar de una libertad política sin precedentes que se consolidó con la Constitución de 1787. Por uno u otros motivos, América representó una especia de tierra nueva y cielos nuevos, en la que todo parecía posible, en la que no se llegaba tarde frente a la enfrentada cansada Europa. Así, en la costa atlántica todavía perviven esas ciudades que fundaron con nombres que representaban esos anhelos: Freeland, New Hope, New Armony, Philadelphia… Todo era nuevo; New Hampshire, New England, New Jersey, New York, New… Pero no pasaron ni 20 años de la llegada de los primeros colonos, para que también desembarcaran los primeros esclavos. Cuando se hizo el primer censo tras la independencia en 1776, en Estados Unidos había sólo 4 millones de habitantes. Y 700 000 eran esclavos. Y luego vendría el exterminio de los pueblos nativos con la expansión hacia el Pacífico, y las restricciones de todo tipo, y las persecuciones, y el ignominioso racismo… Poco duraron las tierras nuevas y los cielos nuevos. Pero así es como, con todo ese crisol de idas y venidas, de tolerancia y persecución, de amor y odio, se forjó la nación más dinámica de los dos últimos siglos.

Y así, a poco que miremos a lo que nos rodea, descubriremos ese dinamismo creador en la historia. ¿Qué sería por ejemplo de nuestra arquitectura sin los movimientos migratorios? ¿El románico, el gótico… y así sucesivamente los diversos estilos constructivos que se van solapando y perfeccionando, fueron idea de un mecenas, de un potentado…? ¿o fueron posibles en toda Europa por el ir y venir de millones de pequeños artesanos, peregrinos, migrantes todos, que iban y venían aportando, quitando, añadiendo y todo junto creando una riquísima cultura? ¿Y que decir de nuestra lengua, patrimonio común y que con su riquísima variedad no permite una expresión y comunicación interpersonal maravillosa? ¿Es fruto a lo largo de los siglos de paneles de expertos que van acordando los usos correctos y expresiones adecuadas, o es fruto de la confluencia acrisolada de miles de millones de realidades cotidianas que nacen de la interacción y la influencia mutua de decenas de pueblos, culturas y civilizaciones a lo largo de los siglos fruto de los movimientos, también migratorios, de millones de personas? Pensemos en el idioma español. Hay palabras de los pueblos celtiberos, indoeuropeos, fenicio, latinas, griegas, musulmanas… y más recientemente francesas y anglosajonas. ¿Y las matemáticas, y el conocimiento científico-técnico? Los romanos con todo su ingenio constructivo y su desarrollo de la ingeniería, desconocían el cero, así como los números negativos, conceptos ambos, sin los cuales es imposible el desarrollo del cálculo y el algebra. ¿Se hubiera llegado a la luna sin que los pueblos arabigo-semitas hubieran aportado al desarrollo científico de base greco-latina conceptos como el cero o los números arábigos, todo ello como fusión colectiva y diluida fruto del encuentro mantenido a lo largo de años por miles de personas que fueron de aquí para allá? Pensemos en cualquier otro elemento del conocimiento científico-técnico. ¿Y nuestra gastronomía? ¿Y el arte, la literatura, la música…? ¿y los movimientos sociales, y el devenir y desarrollos de las ideologías y los movimientos revolucionarios…? Impensables sin esa historia de las migraciones, que no deja de ser la misma historia de la humanidad

La historia la han escrito los que ganan, pero la han hecho los que pierden. También en la historia de las migraciones. La abrumadora mayoría de todos los hombres y mujeres que a lo largo de los siglos han abandonado su lugar de origen para establecerse en otras tierras, voluntaria o forzosamente, no han sido precisamente los potentados, ricos y poderosos. Y sin embargo, conocemos los menores detalles de la vida de un rey, de un presidente o de un parlamento; nos han conservado todos los discursos, buenos y malos, pronunciados en esos mentideros, Las visitas de los poderosos, su buen o mal humor, sus intrigas y hasta su vida doméstica. Todo eso se ha guardado con sumo cuidado para la posteridad. Pero nos cuesta las mayores fatigas del mundo imaginar la vida y al lucha de los esclavos, inmigrantes casi siempre, nos cuesta horrores reconstruir la vida de los que levantaron toda la grandeza de la antigüedad, la vida de una ciudad de la Edad Media, conocer el mecanismo de ese inmenso movimiento de personas y el comercio de cambio que se realizaba entre las ciudades libres y que globalizó el mundo, Muchas veces ni siquiera advertimos la prodigiosa tarea que lleva a cabo diariamente la agrupación espontánea de hombres y mujeres, y que constituye la obra capital de la humanidad.

Pensemos solamente en que si Alba Eddison si no hubiera encontrado unos vidrieros capaces de crear la ampolla adecuada capaza de albergar el fino metal incandescente que originó la luz eléctrica. Vidrio, cuyo desarrollo y técnica por otra parte, llego a occidente proveniente de las culturas orientales. Podrían haber transcurrido innumerables décadas sin que se hubieran descubierto las leyes que permitieron revolucionar la industria moderna. Y así, pensemos, se podría relatar cada partícula conocida.

 

  1. BREVE RECORRIDO POR LA HISTORIA DE LAS MIGRACIONES

De la selva a la sabana, de las grandes glaciaciones a los primeros imperios

El Homo sapiens, se dispersó desde su cuna africana hace unos 100.000 años hacia todos los continentes en busca de nuevos territorios que explotar, movido inicialmente, por el crecimiento demográfico del grupo de origen, o por una disminución de los recursos alimentarios. Las distancias que se recorrieron en estos desplazamientos no fueron necesariamente largas. Un desplazamiento medio de trescientos metros al año es suficiente para explicar la existencia de antecesores nuestros por toda las Tierra durante la prehistoria, ocupando desde las selvas tropicales, los desiertos y la Europa de las glaciaciones. Hace 15.000 años ya estaba todo el planeta ocupado por hombres y mujeres iguales a nosotros, siendo el continente americano el último en colonizarse.

Con el neolítico la migración y la sedentarización se dieron paralelas. Con inmensos espacios sin ocupar, los movimientos de población se debieron más a motivaciones agrarias que a una voluntad de conquista. Así sucedió con los celtas (gálatas en griego) en la Europa occidental, venidos del este entre los siglos XII y II a. C. y que poblaron de manera más sedentaria y organizada el suelo europeo.

En el nacimiento de las grandes civilizaciones de la Antigüedad se narran migraciones antes de la formación del pueblo al cual se pertenece. Así, la historia de los aztecas se inicia con la emigración de Aztlán hacia Tenochtitlán, ciudad que fundan. La Hélade griega se forma dispersándose por todo el Mediterráneo. La propia fundación de Roma aglutinando a pastores venidos de otros lugares. Y según la mitología, fundada por troyanos que se refugiaron en las 7 colinas huyendo de la guerra con los griegos, como nos cuenta Virgilio. Las invasiones centroeuropeas para fundar los reinos francos, visigodos, ostrogodos, suevo… La expansión del islam desde la península arábiga… y así hasta la última gran potencia como hemos visto en los EEUU. Las cualidades de un pueblo y hasta su marco teológico proceden de la experiencia del evento migratorio. En todas las grandes civilizaciones hay una historia de inmigración en sus orígenes. Unas veces real, otras mítica. Y los movimientos de personas se dan en el mundo antiguo, de forma voluntaria u obligada, a lomos de comerciantes, soldados y esclavos, siendo este por ejemplo el origen de muchas de las ciudades de la Antigüedad.

 

– Migraciones políticas, económicas y religiosas

Pero con la consolidación de los Estados modernos, el poder político comprendió todo el beneficio que podía extraer de la introducción en su territorio de poblaciones extranjeras para lograr diferentes objetivos que sobrepasasen la simple valorización económica de un territorio. El poder, cada vez mejor organizado, comenzó a usar la movilización masiva de poblaciones con motivación política. Los Estados imperialistas siempre han considerado el envío de nacionales fuera del país como uno de los medios para afirmar sus intenciones expansionistas y consolidar sus conquistas, continentales y ultramarinas, desplazando y exterminando incluso a las poblaciones nativas. Tal fue el caso de las potencias europeas embarcadas en las aventuras coloniales: envío de colonos rusos por los zares a Asia central y a Siberia, o de franceses a Canadá a través de la Compañía de Nueva Francia fundada por el cardenal Richelieu, o los ingleses a Australia. Algo parecido paso con la primera emigración de españoles a la América Hispana. En los siglos XVI y XVII la inmigración de españoles a las nuevas tierras estuvo muy regulada por el consejo de Indias, pues el nuevo continente era concebido como un bien que había que preservar, no sólo económicamente sino también moralmente y por ello se impedía el viaje a extranjeros, judíos, moriscos, gitanos, acusados de herejía… A la vez que se empezó la increíble labor evangelizadora de Iberoamérica, en la que no había barco que fuera para allá que no llevara entre su tripulación un puñado de frailes y sacerdotes.

Ese encuentro de cinco siglos, muchas veces doloroso, interesado, caótico, otras veces noble y desinteresado, alumbrará uno de los hechos históricos más novedosos y prácticamente sin paragón a esa escala en la Historia de la humanidad: El mestizaje, siendo Iberoamérica el continente más mestizo, y por otra parte con más población indígena. Los españoles y portugueses no dudaban en casarse con las indias, en las que veían seres humanos iguales a ellos. En el Oeste norteamericano hubo genocidio de indios y por eso en EEUU hoy no hay mestizaje. En Australia los ingleses se llevaban las prostitutas para no mezclarse con la población nativa. El mestizaje, con sus luces y sus sombras, es una de esas primicias de la fraternidad universal que la migración ha propiciado

La búsqueda de mano de obra esclava para las plantaciones de las posesiones coloniales en América fue el fundamento económico de la «trata de negros». Los comerciantes y los armadores de Lisboa, Burdeos, Nantes y Liverpool llevaron a cabo esta deportación masiva, beneficiándose al máximo de tal infame tráfico entre África, América y Europa. Estas migraciones a la fuerza, desplazaron a más de once millones de personas. La travesía del Atlántico a bordo de estos navíos negreros, en condiciones espantosas, pertenece a la barbarie. Las consecuencias humanas de estas deportaciones fueron inmensas, tanto en África, como en América. Por desgracia hoy sigue vigente este tipo de inmigración de mano de obra esclava.

A lo largo de la historia, conflictos de toda índole han provocado otros tipos de migraciones forzosas: éxodos, expulsiones masivas, exilios. Tras la toma de Granada por los Reyes Católicos de España, en 1492, los judíos sefardíes se fueron hacia Italia, el Imperio Otomano, Túnez y Marruecos. Las luchas que siguieron al seísmo religioso provocado por la Reforma entrañaron nuevas migraciones forzosas. En Francia, la matanza de San Bartolomé, en 1572, y la revocación del edicto de Nantes, en 1685, provocaron la salida de más de trescientos mil hugonotes hacia Holanda y Alemania; este éxodo continuó hasta Estados Unidos y Sudáfrica. Miles de centroeupoeos, irlandeses y británicos (ya vimos el Mayflower) huyeron de las persecuciones de luteranos y anglicanos. Este tipo de migraciones como consecuencia de guerras llegó a su culmen en el siglo XX. En total, más de cien millones de personas fueron obligadas a abandonar sus países debido a las dos guerras mundiales que afectaron a su historia.

Las ideologías totalitarias deportaron o expulsaron entre 50 y 60 millones de personas. La descolonización y las guerras territoriales provocadas desplazaron a más de 100 millones de personas. Con el final de la dominación inglesa sobre el subcontinente indio, la separación de la India de Pakistán provocó la salida precipitada de diecisiete millones de personas de su región de origen; más tarde, la secesión de Pakistán oriental, germen de Bangladesh, determinó, a su vez, el éxodo de entre seis y ocho millones de personas, de los que una parte se refugió en la India.

 

– España

En el caso de España, si quitamos los ires y venires de pueblos en la antigüedad y los movimientos migratorios repobladores de la meseta central entre los siglos IX y XIV, los últimos 500 años han sido predominantemente de emigración, destacando diferentes etapas. Una primera etapa, larga y muy regulada hacia el nuevo mundo entre los siglos XVI y XVIII

Una segunda gran oleada de inmigración a Iberoamérica en la segunda mitad del siglo XIX y primeros 20 años del siglo XX. Y dos grandes movimientos migratorios en el siglo XX:

-Uno de carácter político, el exilio de cientos de miles de derrotados de la guerra civil

-Otro de carácter económico en la década de los 60 predominantemente a Centroeuropa y al norte de África, muy regulado y generalmente con fecha de vuelta. Por tanto, podemos decir que, en los últimos 500 años, España (al igual que Europa en general) ha sido un país de inmigrantes. Desde hace unas décadas esta tendencia histórica se ha invertido. ¿las consecuencias? Están por ver. De momento lo que destaca el maltrato al inmigrante, pareciendo que hemos perdido nuestra memoria histórica

 

  1. PRIMICIAS DE LAS MIGRACIONES: INTERNACIONALISMO Y FRATERNIDAD

Con el surgimiento del Movimiento Obrero en la Europa decimonónica, va surgir un nuevo tipo de inmigración fruto de la persecución a la militancia obrera más comprometida. Miles de militantes obreros emigraron a Norteamérica (centro y noreuropeos) y a Iberoamérica (fundamentalmente españoles e italianos). Esta emigración de tipo político, aunque fue minoritaria en términos cuantitativos, en términos cualitativos tuvo una gran repercusión en cuanto que estos emigrantes ejercieron una importante influencia en los movimientos sociales americanos. Así, por ejemplo, la constitución del primero de mayo como día internacional del trabajo se la debemos a inmigrantes alemanes y británicos en los EEUU. La relación entre el movimiento obrero español y el iberoamericano fue una realidad histórica de transcendencia. Cada represión de militantes obreros en España suponía en el mejor de los casos la emigración a otros países. A Iberoamérica llegará un número considerable de refugiados, sobre todo libertarios. La emigración de estos militantes obreros no se efectúa de acuerdo a los patrones usuales que se dieran en los movimientos migratorios de la época. Son personas que antes de salir de España habían adquirido un compromiso político con la sociedad y el movimiento obrero y era muy difícil que accedieran a la emigración por vías regulares. Por eso lo hacían con mucha frecuencia a través de la clandestinidad. Estos obreros eran perseguidos y reprimidos por causas de sus ideas y actuaciones asociativas internacionalistas y cuando emigran no viajan solos, llevan consigo sus ideas, cultura, esperanzas, a las que difícilmente van a renunciar y menos aún si pertenecen a la clase obrera. Difundirán su Ideal por toda América

El anarcosindicalismo se va a convertir en la corriente más importante del naciente movimiento obrero iberoamericano. Distintos países iberoamericanos, como Uruguay, Argentina, Paraguay, Brasil. Cuba, Puerto Rico, México, Venezuela, Colombia… conformar su movimiento obrero por la participación activa de inmigrantes españoles, portadores muchas veces de experiencias laborales que organizan e intentaban reproducir o adecuar a la realidad de esos países. Las Sociedades Mutualistas. de Socorro Mutuo, entidades artesanales y sociedades de oficio, corresponden a la etapa incipiente de organización del proletariado iberoamericano, cuando aún no poseían una definida conciencia de clase. Muchas de ellas surgen bajo la iniciativa de emigrantes europeos, y será el primer paso para que el movimiento obrero comience a organizarse en las llamadas Sociedades de Resistencia.

El movimiento obrero europeo había descubierto el Internacionalismo, que pronto querrán ampliarlo por toda América, Asia, África y Oceanía. De ahí que la ayuda y solidaridad internacional, por encima de fronteras, será una constante. He aquí otra de las primicias, fruto en gran medida de las migraciones, y que una vez más fueron los pobres los que lo pusieron en la mesa de la Historia: El internacionalismo fraterno.

Hoy, uno de los retos que más están haciendo zozobrar a Europa (dejando aparte la situación coyuntural de la pandemia Covid) es el asunto de los inmigrantes y refugiados, aprovechado por aquellos nacionalismo micros y macros, que pretenden una vuelta a una Europa de fronteras… y a la larga de guerra. Es verdad que la inmigración ha supuesto en la historia y supone hoy motivo de grandes desgarros, de inmensos sufrimientos injustos pagados muchísimas veces a precio de la vida. Pero no es menos cierto que las migraciones han supuesto y deben suponer ocasiones privilegiadas para el avance de la FRATERNIDAD UNIVERSAL. La inmigración como primicia de la fraternidad. La modernidad abrió las puertas a un mundo que cada vez camina con mayor velocidad hacia un proceso creciente de globalidad. los viejos anhelos de ciudadanía del mundo y fraternidad universal, sinónimos antaño de soñadores, son técnicamente una realidad cada vez más accesible. ¿Apostamos por ello?

Grita libertad

Ana Sánchez

Una de esas películas «basadas en hechos reales» que lo que nos muestra es la cruda realidad cotidiana de la mayoría de la población de Sudáfrica. En muchas ocasiones no es tanto lo que pueda o no mostrar como lo que deja entrever, la sociedad en la que vivían y aún viven, tanto muchos sudafricanos como otra gran parte de la población empobrecida en muchos países. En este caso se trata de una raza que se pone por encima de otra, el famoso appartheid, ya superado o que por lo menos queremos pensar que ya lo está.

 

Toda una sociedad montada encima de la superioridad de un color de piel sobre otro, en la que, ¡gracias a Dios! siempre hay alguien que se cuestiona que esto tenga que ser así, que puede ser de otra manera.

Uno de los protagonistas de esta historia, Steve Biko, seguramente mucho menos conocido que el famoso Mandela, es uno de los pocos teóricos de la liberación de Sudáfrica.

Muchos hemos podido conocer su historia y su labor gracias a su relación con el periodista Donald Woods y a esta película de 1987, dirigida por Richard Atteborough y protagonizada por Denzel Washington y Kevin Kline.

El activista Biko, recluido por sus denuncias de la segregación racial va consolidando una buena amistad con un periodista blanco, el director de un periódico que se esfuerza más por buscar la verdad que por agradar a los poderes establecidos y esto también le traerá a él algunos problemas, desde la simple incomprensión hasta el ataque directo y también la reclusión, en un esfuerzo por que no salgan a la luz las denuncias que realizan los no segregacionistas.

Una batalla entre dos mundos opuestos, el de los que quieren ser superiores y los que quieren ser iguales, una batalla en la que, evidentemente, hay víctimas, como es el caso de Biko tras su última detención y tortura.

La mayor parte de las víctimas son de las que consideramos anónimas, pocas trascienden más allá de sus familias y amigos.

También el periodista Woods será otro tipo de víctima, la del intento de silenciamiento de la verdad, aunque gracias a su afán por dar a conocer la injusticia puso su grano de arena en esta lucha contra la opresión, una tarea también hoy imprescindible y urgente.

 

Y repintar sus blasones…

José Álvarez Junco
Publicado en El País


¿Para qué sirven las estatuas, los monumentos, las lápidas? ¿Por qué dedican las sociedades, o más bien sus gobernantes, tanto dinero a erigirlos, tanto tiempo y saliva a inaugurarlos y a celebrar actos públicos ante ellos?

La respuesta no es difícil, en principio: porque los hechos o personajes a los que se refieren esas piedras o bronces encarnan valores que creemos vertebran o cimentan nuestra comunidad. El primer y fundamental error, por tanto, es considerar a esos monumentos testimonios o vestigios del pasado. En ese caso, un historiador tendría algo o mucho que decir sobre ellos. Pero no es así, porque, más que con el pasado, se relacionan con el presente y la orientación que deseamos dar al futuro.

De ahí que no importe, para empezar, que la presentación de esos hechos o personajes supuestamente históricos refleje fielmente lo acontecido. Puede que lo deforme, e incluso que sea pura invención, que se refiera a algo que nunca ocurrió. Supongamos, por ejemplo, que honramos como padre fundador a un héroe, don Pelayo, que a comienzos del siglo VIII encabezó la rebelión contra una invasión de un pueblo de raza y religión diferentes. El historiador puede hacerle observar al gobernante, que lleva preparado un discurso sobre esa gesta, que en la documentación procedente de ese siglo no existe la menor referencia a ella, y que tampoco la hay en los primeros ochenta años del siguiente. Solo 170 años después, asentado ya un monarca poderoso en Oviedo, se le ocurrió encargar a sus letrados una historia de su dinastía. Y estos remontaron su estirpe a un antecesor que habría logrado una milagrosa victoria contra un ejército invasor cien o mil veces superior. Como solo conocían las crónicas greco-romanas y los textos bíblicos, copiaron el relato de una batalla griega contra los persas ante el templo de Apolo en Delfos, que terminó en temblores de tierra, desprendimiento de rocas, terror y confusión entre los atacantes; en cuanto al número de víctimas, reprodujeron el de una batalla judía contra los madianitas.

El político, sin respuesta ante los datos del historiador, acabará decidiendo que, aunque el hecho sea dudoso, no renuncia al discurso que lleva en el bolsillo, porque esa “memoria” es útil para reforzar la identidad y el orgullo local o nacional en los términos unitarios, católicos o monárquicos, que le convienen.

Pero la razón por la que los monumentos están siendo ahora agredidos o destruidos no es su falta de verosimilitud histórica. Es la inadecuación actual de su ejemplaridad moral, de los valores encarnados en los hechos o personajes que representan. Lo que se reprocha a esas supuestas hazañas, o a esos padres fundadores de nuestra comunidad, es su vertiente esclavista, racista o machista. Lo cual es inobjetable, pero significa, de nuevo, no tener en cuenta la historia. Porque la historia es lenta, compleja, evolutiva, y esos juicios son absolutos, atemporales. Se basan en principios que creemos eternos. La condena que se lanza sobre el monumento carece de matices, de referencias al momento en que se produjeron los hechos, a lo innovador y audaz, o egoísta y cobarde, de aquel personaje o aquel gesto en relación con su época.

Aristóteles, mente pensante y organizada como ninguna en siglos o milenios, estableció una jerarquía entre los seres vivos según la cual el hombre era superior a la mujer, el libre superior al esclavo y el griego al extranjero. Hoy, que defendemos el principio de igualdad, ¿deberemos borrar a Aristóteles de nuestros libros de filosofía? ¿No sería mejor explicarlo, poniéndolo en su contexto? Y Pericles, líder e ideólogo de la democracia ateniense, ¿deberá ir también al cubo de la basura porque en sus asambleas populares no se admitían mujeres, extranjeros ni esclavos? ¿No sería mejor valorar aquel primer ensayo de deliberación y toma de decisiones colectivas, comparándolo por ejemplo con el despotismo persa de la época?

La historia no debe ser venerada, sino explicada. Lo mejor que se puede hacer con hechos y personajes históricos, en lugar de pontificar o de presentarlos como modelos morales, es entenderlos en su contexto y momento. Y, cuando nos peleemos, conviene saber que lo hacemos sobre el presente y el futuro, no sobre el pasado. Porque nadie creerá que la polémica actual sobre el racismo o machismo de los monumentos tiene que ver con un repentino interés por lo que ocurrió hace tiempo y una genuina indignación por lo mal que se nos ha contado. No, lo que indigna a la gente no es el pasado. Es el presente.

El error es doble. Los conservadores, que como el don Guido de Machado han logrado un lugar confortable en el orden social y lo que no quieren es que este se altere, presentan el pasado como sagrado e intocable. Los izquierdistas, que denuncian como injusta la organización social, económica o política, empiezan por pedir cambios formales, simbólicos. Y a veces se quedan en ellos. Porque derribar estatuas o cambiar el color de la bandera es mucho más fácil que transformar de verdad las estructuras sociales. Y no solo fácil. Limitarse a ello es, como blanquear tumbas, hipócrita.

No debemos borrar el pasado, sino explicarlo bien. Un ejemplo español reciente es el Valle de los Caídos. Ha sido exhumado el dictador, algo muy justificado, pues una cosa es respetar un resto del pasado y otra enaltecerlo como hecho o personaje ejemplar y cuidarlo con fondos públicos. Pero ahora hay quien quiere ir más allá y demoler el monumento, creyendo que así liquida el último resto del franquismo. Mejor sería enseñarlo, explicar lo que significó, los principios que inspiraron aquella dictadura, poner fotos y testimonios de quienes trabajaron allí. Eso permitiría entenderlo bien y dejar advertida a la ciudadanía sobre futuras opresiones.

Pronto nos enfrentaremos con algo mucho más difícil, un problema común a otros países europeos que en su día fueron potencias imperiales: qué hacer con Colón, Cortés, Pizarro o Junípero Serra. Algunos de estos personajes se limitaron a explorar o a predicar. Pero abrieron el camino a los otros, los que invadieron de manera violenta, injustificable hoy, para extender los dominios de sus monarcas. Lo ideal sería intentar entender lo que ocurrió, juzgarlo según los valores de su época, sobre la creencia en la superioridad racial o religiosa o el desprecio hacia el mundo que llamaban salvaje; es decir, reflexionar a fondo sobre los imperios europeos, un lado oscuro de nuestra historia, aunque también complejo (y sucesor, no lo olvidemos, de imperios anteriores, algunas veces peores).

Pero en España el debate sobre el imperio se mezcla con el de los valores que han vertebrado la nación moderna. Y me temo que sobre ese relato imperial se lanzarán juicios monolíticos, embellecedores o denigrantes, según posiciones previas sobre la unidad nacional. La historia, como tantas veces, será un pretexto para disfrazar polémicas sobre problemas actuales.

El camino dorado

Publicado en el Twitter de @pasoveoleo y con información de Mil recuerdos del pasado


Detrás de una plaza en Múnich, existe algo único: un camino con piezas de bronce que dan un brillo dorado en medio de una oscura calle.
Es un camino que tiene una historia de valentía y rebeldía contra el terrible movimiento Nazi.

Munich, Baviera 9 de Noviembre de 1923.

El llamado «Putsch» (Golpe de estado) de Múnich había comenzado. Varios miembros del partido nazi y otros partidos afines, acompañados por Adolfo Hitler estaban intentando tomar el control de la ciudad.

El movimiento, era parte de un plan no muy bien elaborado unos días antes, por parte del militar Erich Ludendorff y el mismo Hitler. El «golpe» debía darse no sólo en Múnich, si no en otras ciudades de Baviera cómo Ratisbona, Augsburgo y Nuremberg.

Los movimientos fuera de Múnich no habían tenido el éxito esperado: en muchas ciudades, los participantes no hicieron acción alguna. En otras, la policía de baviera logró dispersar rápidamente a los golpistas.

Pero Múnich era otra historia: el caos estaba presente en la ciudad desde el día anterior, 8 de Noviembre.

Ese día el mismo Hitler había hecho su aparición en una conocida cervecería de Munich la «Bürgerbräukeller» -> «Cervecería de los ciudadanos».

Pistola en mano y acompañado por otros golpistas, interrumpiría el discurso del entonces comisario general de Baviera, Gustav Von Kahr.

Con un disparo al techo, callaría a los espectadores presentes en la sala: «¡La revolución nacionalista ha comenzado!».

Si bien la aparición en la cervecería fue estruendosa, en el resto de la ciudad el golpe no tuvo éxito. La policía de Baviera permaneció fiel al gobierno estatal y los manifestantes nazis no lograron mover la cantidad de personas esperadas. Continuaría al día siguiente…

Ya a las 9 de la mañana del día siguiente, Hitler se encontraba con un grupo de manifestantes en el centro de la ciudad. El plan era causar tanto alboroto como fuera posible para así llamar más manifestantes al movimiento. Con ésta idea se dirigieron a la «Odeonsplatz» de Múnich.

A las 12:30 fueron detenidos por la policía de Baviera. Alguien, efectuaría un disparo (aún no se sabe cuál bando lo hizo) esto desencadenó un tiroteo que traería un saldo fatal: 14 militantes nazis y 4 policías de Baviera habían fallecido. El golpe había fracasado.

Años más tarde, el partido Nazi se haría con el poder en Alemania. En 1933, los restos de los llamados «mártires» de aquel 9 de Noviembre serían trasladados al mísmo lugar dónde habían fallecido: La «Feldherrnhalle» de la «Odeonsplatz».
A las 12:30 fueron detenidos por la policía de Baviera. Alguien, efectuaría un disparo (aún no se sabe cuál bando lo hizo) esto desencadenó un tiroteo que traería un saldo fatal: 14 militantes nazis y 4 policías de Baviera habían fallecido. El golpe había fracasado.

Años más tarde, el partido Nazi se haría con el poder en Alemania. En 1933, los restos de los llamados «mártires» de aquel 9 de Noviembre serían trasladados al mísmo lugar dónde habían fallecido: La «Feldherrnhalle» de la «Odeonsplatz».

Los nazis, colocarían un monumento en memoria de los 14 caídos en el lugar e impondrían la siguiente acción: todo aquel que pasara por aquel lugar debía hacer el saludo nazi frente al monumento.

Por supuesto, no todos los ciudadanos querían realizar éste saludo. Esto trajo como consecuencia que mucha gente que iba a pasar por el lugar se desviara antes, en la calle «Viscardigasse».

Ésto fue notado rápidamente por el régimen del tercer Reich, quienes pusieron rápidamente controles en el lugar: si un ciudadano era visto esquivando el memorial de la «Ferldherrnhalle» más de dos veces al año, era interrogado y las consecuencias podían ser severas.

Por éste motivo, en el año 1995 la ciudad instalaría un camino de bronce, ideado por el artista Bruno Wank, que atraviesa parte de la calle que tomaban aquellos valientes que rehusaban a hacer el saludo nazi frente al monumento en «Odeonsplatz».

Un monumento que habla de valentía en tiempos verdaderamente terribles. Un pequeño acto de rebeldía que ha podido llegar hasta nuestros días, del período de la historia más oscuro de Alemania. Si pasan por Múnich, caminen por la senda de los valientes

Parques infantiles: espacios necesarios

Ana Sánchez


La infancia es fundamentalmente el tiempo del juego y la formación y esta debe desarrollarse en los momentos y espacios más apropiados. Es cierto que han ido evolucionando a lo largo del tiempo, tanto las concreciones como la propia concepción de la infancia como una etapa con sus propias características y cualidades, especialmente considerada como tal etapa a partir del siglo XVII.

Desde los orígenes del movimiento obrero una de sus preocupaciones fundamentales fue la de la infancia y eso quedó ya de manifiesto con la primera ley reguladora del trabajo en las fábricas que consiguieron impulsar en Inglaterra en 1802, a la que siguieron otras muchas en diferentes países destacándose en ellas tanto la limitación de la jornada de trabajo como la obligatoriedad de la instrucción (leer, escribir, contar,…), un signo inequívoco de la preocupación que desarrollaron hacia los niños, su educación y su ocio.

Se presenta al parque como el antídoto natural frente a las decadentes condiciones de habitación humana y de la vida en la fábrica, como medio de educación moral de la clase obrera y como factor de sobriedad y de ahorro, de cohesión de la vida familiar, que se traduce en beneficios para la sociedad y para la producción.

En los inicios de la revolución industrial, en el siglo XVIII, el parque es todavía un hecho privado, ligado exclusivamente a la mansión rural o suburbana de las ricas familias aristocráticas o burguesas. Sin embargo, con las «squares» londinenses y el Royal Crescent de Bath, el parque privado entra en la ciudad bajo la forma del condominio y se convierte ya en un equipamiento de barrio.

Ejemplo notable de una intensa y eficaz acción municipal en este respecto nos lo ofrece el Municipio de Liverpool que en 1913 procedió al derribo de barrios enteros de viviendas inhabitables, y construyó en los mismos sitios hermosos, sanos y económicos grupos de casas baratas, dotados además de todas las instituciones sociales deseables, como campos de juego, asilos-cuna, baños públicos, bibliotecas, etc., habiendo además logrado el último desiderátum de mantener a las familias, alojadas en los mismos barrios reconstruidos. Circunstancia digna de retenerse en este caso, es la de que, para establecer los impuestos necesarios a cubrir el enorme déficit que arrojaba esta obra, recabó el municipio facultad al efecto, fundándose en el principio jurídico que es preciso retener, de que ya que aquel gasto venía exigido por las supremas conveniencias de la salud pública, todos los ciudadanos están obligados a contribuir en la misma forma que para los demás gastos públicos.

Los grandes perjudicados por esta situación carencial de espacios habitables adecuados eran los niños, y especialmente los niños pobres. Debido a la superpoblación que encontraban en sus casas, los niños pasaban gran parte de su tiempo en la calle, en el «arroyo». Allí ponían a prueba diariamente su integridad física, amenazada ya, no solamente por los riesgos derivados de los permanentes focos de infecciones que eran los lodazales y desagües conocidos como vías públicas, sino también por los nuevos peligros que supuso la aparición del automóvil y el incremento de la circulación rodada.

Cuando se celebró en Birmingham el Congreso de las Trade Unions de 1918, en el cual los delegados obreros allí representados lo hacían en nombre de más de dos millones de electores, se votaron cuatro conclusiones, de las cuales la primera fue: «Los intereses industriales, económicos y sociales de este país exigen: 1º. El desarrollo de la educación física y mental de cada niño, incluso mediante un sistema adecuado de instrucción técnica.»

Hasta su aparición en Alemania a mediados de siglo XIX, los niños jugaban en calles y plazas, sin un espacio definido para el juego. A lo largo del siglo XIX se generalizaron en Gran Bretaña y toda Europa. A finales de siglo aparecieron en Estados Unidos. El presidente Theodore Roosevelt aprobó algunas normas que fomentaban un ambiente sano y seguro para todos los niños, afirmando: “Las calles de la ciudad son campos de juego insatisfactorias para los niños por el peligro. Ni los pequeños patios traseros, ni las parcelas de césped ornamental satisfacen las necesidades de divertirse de cualquier niño. Los niños mayores que participan en juegos vigorosos deben tener lugares especialmente reservados para ellos, ya que, el juego es una necesidad fundamental. Los patios de recreo deben existir siempre para todos los niños, esto significa que, deben ser distribuidos en las ciudades, de tal forma que sea a poca distancia de cada niño y niña, ya que, la mayoría de los niños no pueden darse el lujo de pagar dinero para el transporte”.

La intención de estos primeros parques más que el juego de los niños, era alejarlos de las “peligrosas” calles, que tuvieran un ámbito específico donde poder ser vigilados (de alguna forma “zonificarlos”) y que desarrollaran su forma física. Eran normalmente espacios de parques mayores, no proyectados especialmente y su número era escaso.

Espartano se quejaba en las páginas de El Socialista de 1931 de «¡Cuántas vidas fueron arrebatadas a la niñez en Madrid por carecer de plazas de juegos y de parques infantiles!».

A fines de los años veinte hubo en España un cierto interés porque se abrieran en las ciudades parques infantiles. En el verano de 1928 la prensa gallega reclamaba uno para A Coruña, y lo mismo se hacía en otro periódico de Oviedo. Ambas ciudades cuentan con parques pero ninguno infantil, al igual que sucede con el de Játiva, como relata el periódico El Socialista en julio de 1928: “Los guardas no les dejan jugar, correr ni saltar, que es el entretenimiento propio de la edad. Los niños tienen derecho al parque, pero es si son formales” recalcando que “en el parque infantil debe haber estanques de agua, en los cuales, en las estaciones propias para ello, puedan patinar los niños sin que corran peligro alguno; debe haber columpios y toda clase de entretenimientos infantiles […] donde los niños puedan estar, jugar, correr y danzar libremente, sin ningún peligro y con gran beneficio para su salud y su desarrollo físico”.

Así fueron dándose pasos en distintas ciudades de España como refleja la prensa socialista de la época: “Con suma complacencia hemos visto comentar en la prensa la noticia de que el teniente de alcalde del distrito de La Latina, Andrés Saborit, acompañado del jardinero mayor del Ayuntamiento, don Cecilio Rodríguez, había recorrido su distrito para implantar en algunas de sus plazas un parque infantil o una piscina, o ambas cosas si el terreno lo permitía”.

En Valladolid destaca también la labor del alcalde Antonio García Quintana: en 1933 el Ayuntamiento decidió crear en la plaza un parque infantil, y para ello lo adornó con las que durante años fueron entrañables esculturas infantiles llamadas Pipo y Pipa, Bobito, La lechera, Lolín, Pinocho y Pichi. Se hicieron dos espacios separados prácticamente simétricos. La creación del parque infantil en su día (año 1934) fue acompañada de la prohibición de que las parejas utilizaran este lugar para manifestarse su cariño, pues aquello era un lugar solo para niños.

Hoy parece que damos un paso atrás, con los parques y juegos cerrados por prevención ante la pandemia del COVID-19 y relegada su apertura frente a otras cuestiones económicas, políticas o referentes al ocio de la sociedad adulta. La educación es mucho más que las escuelas y las clases regladas (presenciales o virtuales).

Bibliografía consultada y para ampliar:

  • «Los parques infantiles», en El socialista, nº 6075 de 31 de julio de 1928.
  • «La educación física y los obreros», en El socialista, nº 6720 de 22 de agosto de 1930.
  • «En pro de la juventud obrera y de la niñez», en El socialista, nº 6952 de 22 de mayo de 1931.
  • Tiana Ferrer, Alejandro: «La idea de enseñanza integral en el movimiento obrero internacionalista español (1868-1881)» en Historia de la educación, núm. 2, 1983.
  • Pozo Andrés, María del Mar del: «La utilización de parques y jardines como espacios educativos alternativos en Madrid (1900-1931)» en Historia de la educación, núm. 12-13, 1993-94.
  • Santamera Sánchez, Juan A.: «Reformismo social y urbanismo en España de la restauración a la segunda república». Madrid, 1994
  • La primera ley en favor del obrero: la ley de protección de la infancia, en www.historiadelmovimientoobrero.blogspot.com, 14 de abril de 2012
  • Evolución histórica parques infantiles 1900-1999, en www.informefinalucp.blogspot.com. Agosto 2013
  • «El parque del Poniente, sólo para niños», en www.alvacal.com. 9 de marzo de 2016
  • El parque de Poniente a través de los años. Norte de Castilla, 14 de febrero de 2018
  • «Diseño en parques infantiles. Espacios de juego», en www.tiovivocreativo.com. 27 de mayo de 2018
  • Grupo Manolo Morillo: Amar a los demás: política. Cuatro alcaldes que amaron. Encuentro y solidaridad, Madrid, 2019
  • Luis Martín, Francisco de: Historia del deporte obrero en España: de los orígenes al final de la Guerra Civil. Salamanca, 2019

“Igual salario por igual trabajo”, o cómo las obreras de Dagenham vencieron a Ford

Josefina L. Martínez
Publicado en ctxt


Si la mañana del 7 de junio de 1968 Eileen Pullen hubiera encendido la radio, podría haber escuchado a Aretha Franklin cantando su nuevo éxito: “Oh, Freedom, Freedom…”. Dagenham, un municipio al este de Londres, amanecía tranquilo. Horas después, Eileen Pullen, Gwen Davis, Sheila Douglass, Rose Boland y Vera Sime, junto al resto de las 187 trabajadoras de la planta de Ford abandonarían las máquinas para iniciar una huelga de tres semanas que cambió la historia de la clase obrera británica.

La fábrica, construida en 1929 sobre el Támesis, llegó a ser la más grande de la compañía en Europa. Durante la Segunda Guerra Mundial se había reconvertido para producir tanques para los aliados, aunque el viejo Ford no se privaba de abastecer también a los nazis –business is business–. En la década siguiente, la producción británica alcanzó el récord de medio millón de coches y el modelo ‘Cortina’ se transformó en un éxito de ventas. El consumo de masas, el crecimiento urbano, nuevas autovías y la cultura del automóvil tomaban impulso. 1968 llegó entonces como una ráfaga de impugnación radical. El 17 de marzo, miles de personas se movilizaron en Londres contra la guerra de Vietnam y se enfrentaron a la policía en Grosvenor Square. La ola llegó también a Dagenham.

“No puedes vender coches sin asientos”

La huelga en Dagenham fue decidida a mano alzada. Las costureras que confeccionaban las fundas de los asientos se indignaron al comprobar que, otra vez, su salario era inferior al de sus compañeros. El trabajo de las operarias era clasificado con la categoría “B”, más parecido al de los jóvenes que limpiaban los pisos que a los empleados que manejaban máquinas como ellas. Como resultado, el salario femenino era un 85% del masculino. Cansadas de escuchar la misma respuesta, las mujeres decidieron abandonar el trabajo: “Entramos a la planta, cogimos nuestros bolsos, cerramos con llave nuestros casilleros y nos marchamos”, recordará Gwen Davis a los 85 años, en ocasión del cincuentenario de la histórica huelga.

Las 187 trabajadoras de Dagenham eran una absoluta minoría en la planta, que ocupaba a un total de 54.800 trabajadores, y su tarea se consideraba secundaria porque no estaban en las líneas de motores ni de carrocería. Por eso la empresa las subestimó –muchos de sus compañeros también lo hicieron– pensando que no iban a aguantar el pulso con el gigante del automóvil. Ese fue su gran error. Por más que los gerentes insistieran en que el trabajo de las mujeres no era importante para la producción, nadie estaba dispuesto a comprar un coche sin asientos.

La huelga fue dura. Primero las ignoraron y después llegaron las amenazas, diciendo que iban a ser responsables de dejar a toda la fábrica sin trabajo. Entre sus compañeros también había muchas reticencias, aunque algunos sindicatos las apoyaron.

La película Made in Dagenham (2010) [en España: Pago justo] del director Nigel Cole reconstruye una anécdota que a las protagonistas aún les gusta contar muchos años después. En una manifestación abrieron una pancarta que decía “We want sex equality” [Queremos igualdad sexual], pero, al quedar plegada, solo se leía “We want sex” [Queremos sexo], lo que desató no pocos malentendidos. La huelga generó un efecto contagio entre miles de trabajadoras. Si bien las heroínas de Dagenham tienen una película y hasta una obra de teatro, es menos conocido que las trabajadoras de la planta Ford de Halewood, al sur de Liverpool, también abandonaron sus puestos de trabajo en solidaridad. En 1969, una manifestación de un millar de mujeres exigía “igual salario por igual trabajo” en el centro de Londres, y un año después sería introducida la Equal Pay Act en el Parlamento.

El trabajo femenino y el “Pin Money”

La lucha contra la brecha salarial comenzó mucho antes. Movimientos de mujeres trabajadoras se organizaron en sindicatos –o a veces contra ellos– para exigir un pago equivalente por el mismo trabajo. Durante la Primera Guerra Mundial había aumentado el número de empleadas en la industria y el transporte. Una de las reivindicaciones centrales era “Igual salario por igual trabajo»” Militantes como la sufragista socialista Sylvia Pankhurst exigieron que los sindicatos afiliaran a las mujeres para incorporarlas a la lucha laboral. Reclamaban también una ayuda estatal alimenticia de emergencia. El 12 de julio de 1915 una gran manifestación se dirigió desde el East End de Londres hacia el Parlamento: “Igual salario”, “Abajo la explotación”, “Voto para las mujeres”. En 1918, la huelga de las conductoras de tranvías y buses consiguió el pago de un bono para equiparar su salario con el de los hombres.

“No es Pin Money, tenemos que vivir de esto” podía leerse en un cartel pintado a mano durante la huelga de Dagenham. “Pin money” era la forma de llamar al dinero que los maridos dejaban a las esposas para que pudieran hacer algunos gastos “extras”. Por eso se calificaba de “Pin money” al ingreso que las mujeres obtenían trabajando, ya que se lo consideraba un complemento del salario masculino.

Nancy Fraser señala que, durante la posguerra, el apogeo del orden industrial estaba centrado en el ideal del salario familiar. “En este mundo, se esperaba que las personas se organizaran en familias nucleares heterosexuales lideradas por un hombre jefe de familia, que vivían principalmente del salario masculino. Al hombre se le pagaría un salario familiar, suficiente para sostener a los hijos y a la esposa-madre, que se dedicaría a las tareas domésticas no pagadas. Esta estructura estaba inscripta en el modelo de sociedad bajo el Estado de bienestar de la era industrial”. Pero ese modelo comenzó a entrar en crisis a fines de los años 60.

En 1963, Betty Friedan había publicado en Estados Unidos La mística de la feminidad, haciendo referencia al “malestar que no tiene nombre” que padecían la mayoría de las mujeres de clase media que se quedaban en casa. Las mujeres trabajadoras que participaban cada vez más del mercado laboral tenían otros malestares: la brecha salarial, el acoso sexual en el trabajo y la doble jornada laboral con las tareas de trabajo doméstico en los hogares.

La huelga de las obreras de Dagenham desafió ese orden y expresó un malestar compartido por miles de mujeres trabajadoras. Al terminar la huelga, habían obtenido un aumento del salario de hasta el 92%, pero tendrían que salir otra vez a la calle en 1984 para que se reconociera su calificación laboral. En el año 2018, la brecha salarial de género en Gran Bretaña se calculaba todavía en un 18%, y en algunos sectores supera hoy el 20%.

El porcentaje de las mujeres que trabajan en Inglaterra (en la franja de edad de 16 a 64 años) era de un 34,2% en 1931. Estas cifras despegan a comienzos de los años 70, pasando al 52,8% en 1971. Desde entonces no han parado de crecer: 66% en 2000 y 71.8% en 2019. La gran feminización de la clase trabajadora plantea la necesidad de retomar las luchas de aquellas que abrieron caminos. Eileen Pullen, con 88 años, está encantada de que la generación de su bisnieta se prepare para continuar su legado.

Hemos olvidado a Besteiro

Hoy necesitamos políticos como él. No es una casualidad que, en una España tan cainita como ésta, nadie le reivindique.

En un país en el que somos tan aficionados a las conmemoraciones y los aniversarios, hay un olvido que clama al cielo: es el de Julián Besteiro, uno de los políticos más honestos y más coherentes que ha tenido España desde la Restauración.

El que fuera presidente del PSOE, de UGT y de las Cortes nació en Madrid en 1870 y murió en la cárcel de Carmona en 1940, un año después de terminar la Guerra Civil. Por lo tanto, se cumplen ahora 150 años de su llegada al mundo y 80 años de su fallecimiento.

Cada vez que paso por debajo del busto que hay en el pasillo del Congreso por el que se accede al Hemiciclo, me acuerdo de este hombre injustamente olvidado en nuestra vida política y, sobre todo, por el PSOE, al que nadie sirvió con lealtad y ejemplaridad.

Nadie hizo más que Besteiro para evitar el conflicto que estalló en 1936, ya que siempre se opuso a las tesis de Largo Caballero, que quería implantar la dictadura del proletariado durante la República y que apoyó el levantamiento de Asturias.

Besteiro propugnaba un reparto más justo de la riqueza, mejoras en la educación y reformas para consolidar la democracia, pero era abiertamente contrario a provocar una guerra que, según él creía, tendría un altísimo coste humano y generaría la pérdida de muchos de los avances sociales de la República.

Su juicio y condena fue un ajuste de cuentas porque incluso el fiscal militar, que había sido alumno suyo, reconoció que era un hombre bueno y honesto, que no tenía responsabilidad alguna en delitos de sangre. Se le condenó por haber sido socialista y haber defendido la República a la que había jurado lealtad.

Como es sabido, Besteiro se sumó a la iniciativa del Coronel Casado en marzo de 1939 para entregar Madrid con el ánimo de evitar un inútil derramamiento de sangre. Se le acusó de traidor por ello, pero fue uno de los pocos dirigentes socialistas, por no decir el único que se quedó en la capital. Fue detenido en los sótanos del Ministerio de Hacienda y encarcelado.

Cuando se le preguntó por qué no había huido como sus compañeros, respondió que tampoco habían podido salir de Madrid los obreros, los artesanos y las gentes modestas que no tenían dónde ir. «Lo que sea de ellos será de mí», afirmó.

Y así fue. Franco se negó a indultarle pese a las peticiones de algunos generales y dirigentes del régimen del yugo y las flechas, que sabían que Besteiro, que era catedrático de Lógica, no merecía ningún castigo de los vencedores.

Era un hombre inequívocamente de izquierdas, como lo prueba que fue condenado en 1917 a cadena perpetua por formar parte del comité que organizó la huelga general revolucionaria en la que mi abuelo, según me contó, fue despedido de la Compañía del Norte.

Hoy necesitamos políticos como él. No es una casualidad que, en una España tan cainita como ésta, nadie le reivindique y no se ponga en valor su falta de sectarismo y su generosidad con el adversario.

Una lástima.

Pedro García Cuartango

Fuente: ABC

NOTA DE PRENSA. Amor en la política. Ayer y hoy.

El mundo no es un basurero. Nuestra sociedad se sostiene gracias a miles de millones de pequeños actos de trabajo solidario. Investigadores, obreros, enfermeros… aportan el trabajo, el amor, siendo así el primer protagonista de la vida.

Sin embargo en nuestro mundo hay desigualdades enormes propiciadas por mecanismos económicos, políticos y culturales.

Frecuentemente personas de buena voluntad intentan mejorar y mejoran las cosas desde la política, desde los ayuntamientos, el Parlamento… la ONU, con logros incuestionables como la Democracia y con flagrantes limitaciones como no poder impedir todas las muertes en el Mediterráneo, acabar con las condiciones de cuasi esclavitud de los repartidores en bicicleta… El testimonio de amor personal no alcanza. Es indispensable elevar el amor también a su dimensión institucional.

Por eso, ahora más que nunca, es necesario meter el amor en la política. En la Casa Emaús vamos a encontrarnos el 26 y 27 de octubre para no derrocharlo, para compartirlo. Vamos a conocer a pequeños gigantes que han metido el amor en la política. Conoceremos la vida y el pensamiento del 2º Secretario General de la ONU Dag Hammarskjöld, de Emmanuel Mounier el filósofo personalista francés más conocido del siglo XX, de Luis Lucía perseguido tanto por la República como por Franco. De igual manera profundizaremos en el camino que nos muestran Camilo Sánchez, el alcalde canario al que el Tribunal Constitucional le prohibió gobernar el municipio con democracia real de los vecinos y de Julián Gómez del Castillo principal editor, en España, de libros sobre problemas de los empobrecidos.

Toda esta experiencia la traemos a nuestro encuentro para -como ellos- meter el amor en política. Y debatiremos no sobre ellos sino sobre el futuro, sobre como seguir transformado la sociedad. Ahora más que nunca la política necesita amor.

En el encuentro se presentará la edición del libro «Amar a los demás: Política. Cuatro alcaldes que amaron.» de equipo Manolo Morillo de Zaragoza con los testimonios de Antonio García Quintana de Valladolid, Giorgio Lapira de Florencia, Camilo Sánchez de Santa Lucía Tirajana y de Francisco Beltrán de Fraga.

“El problema de los demás es igual al mío. Salir de él todos juntos es la política. Salir solo, la avaricia” Lorenzo Milani.

Salvador Seguí. Su vida y su militancia obrera

Queridos amigos y compañeros, auditorio todo:

En primer lugar y antes de entrar en materia, siento la íntima necesidad de expresar mi más profunda satisfacción por el honor que se me ha concedido de leer unas cuartillas en este acto de homenaje y de rememoración a la insigne figura de Salvador Seguí. Me apresuro asimismo a felicitar desde lo más hondo de mi corazón a los militantes de «Encuentro y Solidaridad» que han decidido sacar del olvido y reivindicar su vida y su obra llevándola a las tablas.

 La vida y la trayectoria humana y militante de Salvador Seguí coincide, en el espacio y el tiempo, con el punto álgido y más encarnizado de la lucha de clases entre la burguesía y el proletariado; asimismo con la división de la clase obrera en dos bandos fundamentales: el socialismo que se amamanta de las ideas de Marx y Engels y el que se nutre del ideario anarcosindicalista procedente de Proudhon, Bakunin y Kropotkin. Es preciso señalar, a la vez, que en el seno de la acracia europea y española existen minorías de militantes partidarios de luchar contra la burguesía y sus representantes políticos recurriendo a la llamada «propaganda por el hecho», esto es, a los atentados y actos de terror contra los enemigos de clase. Este es, en esencia, el trasfondo histórico en el que va a transcurrir la vida y la obra del  Noi del Sucre. 

Nacido en el 23 de diciembre de 1890 en un pueblecito de la provincia de Lérida, Salvador Seguí Rubiñals, conocido pronto por el sobrenombre del «noi del sucre», empieza a militar en el movimiento obrero de Cataluña desde sus tempranos tiempos de aprendiz de pintor. Baste señalar que ya a los 17 años es encarcelado por primera vez debido a sus actividades dentro del sindicato barcelonés de pintores. Ya en estas fechas iniciales llama la atención por sus cualidades humanas y sus dotes de orador. O como escribe Manuel Buenacasa: «Era alto, robusto, fuerte como un roble, muy simpático y francote. Suscitaba afecto, admiración y respeto en cuantos le trataban. Sólo algunos pigmeos, ambiciosas o envidiosos le detestaban». No menos apologético es el juicio emitido por mi padre Juan Saña Magriñá en una de sus cartas a mí: «Seguí fue física, moral e intelectualmente un hombre fuera de serie. Era un tribuno nato, alto, fornido, sereno, voz de barítono y de agradable timbre, gesto sencillo y elegante, de una clarividencia extraordinaria, fecundo de ideas, polemizador inagotable, poseía un atractivo  extraordinario» (29 de junio de 1968). Pero junto a las virtudes que acabo de mencionar, poseía una gran capacidad de organización y el don de reunir en torno suyo a un equipo de fieles colaboradores. Gerald Brenan no exagera al escribir en su gran libro «El laberinto español»: «Buen orador cuando la ocasión lo requería, su principal talento residía en sus capacidades de organización. La CNT como fuerza combativa fue en gran parte una creación suya».  

De formación autodidacta como la mayoría de militantes obreros de la época, su educación ideológica procede de los círculos afines a la Escuela Moderna fundada por Ferrer Guardia. Más allá de sus raíces libertarias, era un gran admirador del pensamiento griego, del que asumió la cultura dialógica practicada por Sócrates. Su ágora eran las tertulias a las que asistía con regularidad, como la del Café Español en el Paralelo o la del Trocadero en la Plaza de la Universidad, frecuentada también, esta última, por gentes de letras e intelectuales, entre ellos Eugenio d’Ors. También asistía a los coloquios y debates del Ateneo barcelonés. Su carácter abierto y antidogmático y su disposición a conversar con interlocutores ajenos a sus propias ideas y convicciones, le permitió entablar amistad con personas de filiación liberal y progresista que nada tenían que ver con el mundo obrero. En él se unían, en síntesis admirable, la lucidez mental y el espíritu contestatario, la ponderación más sobria y el más encendido de los idealismos, la vocación sindicalista y una concepción universal del hombre y de la vida. 

Sus mejores energías las consagraba, claro está, a las tareas militantes que le imponían su afiliación a la CNT y el gran prestigio que adquirió muy pronto entre sus compañeros. A los 19 años recorre las comarcas catalanas dando mítines contra la guerra de Marruecos. En 1915 es elegido presidente del Sindicato de la Construcción de Barcelona, al frente del cual organiza en agosto del mismo año una huelga general coronada por el éxito. Elegido secretario general de la CNT catalana, se entrevista un par de veces con Largo Caballero y Julián Besteiro para coordinar y unificar las actividades reivindicativas de la CNT y la UGT.  

En el congreso celebrado por la Confederación del Trabajo de Cataluña en julio de 1918 en la barriada barcelonesa de Sants, se adoptó oficialmente la fórmula del Sindicato Único como modelo de organización, una reforma estructural debida principalmente a Salvador Seguí, uno de cuyos méritos fue el de reconocer la necesidad de sustituir las viejas estructuras orgánicas de la CNT -basadas en las secciones de oficios- por los sindicatos de industria. A causa de una gira de propaganda que había realizado por tierras de Levante, en el invierno de 1918,  Seguí fue detenido y residenciado en el acorazado Pelayo, anclado en Barcelona. 

El desviacionismo ácrata

El desarrollo del movimiento obrero español y del sindicalismo revolucionario encarnado por la CNT quedó oscurecido muy pronto por las actividades subversivas de grupos o individuos incontrolados partidarios de la llamada «propaganda por el hecho» postulada y aprobada por el congreso anarquista celebrado en Londres el verano de 1891 como la estrategia más idónea para combatir a la burguesía, fórmula detrás de la cual se preconizaba el uso de la violencia, de los atentados y demás actos de terror como el medio más eficaz para implantar la anarquía. 

El 23 de septiembre de 1893, el tipógrafo anarquista Paulino Pallás lanzó en Barcelona una bomba contra el general Martínez Campos y el séquito que le acompañaba, resultando heridos varios generales. El 7 de noviembre, después de la ejecución de Pallás, su amigo Santiago Salvador lanzó una bomba en el Teatro Liceo de Barcelona y en plena representación, causando la muerte de 20 personas y numerosos heridos. La próxima bomba estalló el 6 de junio de 1896 en la calle barcelonesa de Cambios Nuevos al paso de la procesión del Corpus, cuando seis muertos y 40 heridos. La ola de atentados de la última década del ochocientos culminó en el asesinato de Cánovas del Castillo en el balneario de Santa Águeda el 8 de agosto de 1897, acto perpretado por el joven anarquista italiano Miguel Angiolillo. El 31 de mayo de mayo de 1906, el anarquista catalán Mateo Morral arrojó una bomba desde un balcón de la calle Mayor de Madrid con el propósito de matar a la pareja real que acababa de contraer matrimonio. Hubo 26 muertos y más de 100 heridos. El 12 de diciembre de 1912, el anarquista José Pardiñas mató a quemarropa a Canalejas en la Puerta del Sol madrileña. En marzo de 1921 tres anarquistas catalanes asesinaban al jefe del gobierno Eduardo Dato en la Puerta de Alcalá de Madrid. 

La posición de Seguí 

Salvador Seguí fue desde sus primeras actividades sindicales a su muerte un enemigo implacable del uso de la violencia y el terror como formas de lucha, posición que no dejó nunca de manifestar públicamente. Así, en una de sus tomas de posición al respecto decía: «El arma nuestra no es ni el puñal ni la pistola, sino la huelga». Y en otra ocasión: «Hay que repetir mil veces más, si ello es preciso, que los postulados de la justicia social no están en la recámara de una pistola». 

Los textos rotundos e inequívocos que acabo de citar no son únicamente testimonios personales del gran apóstol y mártir del anarcosindicalismo catalán y español, sino que corresponden fielmente a las líneas centrales de la doctrina libertaria clásica. No hay en todo caso ninguna figura anarcosindicalista de relieve fuera y dentro de nuestras fronteras que haya dicho que sí a la violencia y al terror como medios de lucha.          

Ascenso de la CNT

Pese al desviacionismo de los elementos incontrolados que confundían la  anarquía con la bomba y el crimen y el daño moral que con ello causaban a la causa obrera y a sus organizaciones, desde su fundación en 1910, la CNT no había dejado de crecer y de convertirse en una sindical cada vez más sólida y potente. Baste señalar que los 30.000 afiliados con que contaba la Confederación en 1910 subieron al medio millón en 1920. Este crecimiento se produjo especialmente en Cataluña, que era, a su vez, la región española con la burguesía más fuerte y más decidida a imponer su dictado sobre el proletariado con medios legales si era posible o  con medios ilegales si era necesario. En este contexto, Salvador de Madariaga escribiría en su obra «Historia de España»: «No suelen distinguirse los patronos españoles por su moderación, pero de todos ellos quizá sea el catalán el más exigente y menos tratable». Intuyendo la fase turbulenta que se avecinaba, los empresarios catalanes fundaron a su vez en 1919 un organismo propio llamado Federación Patronal, que más tarde se extendería a toda España. Señalemos al paso que, consecuente con el internacionalismo de la CNT y su concepción universalista del género humano, Seguí era un decidido enemigo del catalanismo, en especial del catalanismo socialmente ultraconservador. 

Durante y terminada la I Guerra Mundial, la situación laboral y salarial del proletariado barcelonés era deprimente y se caracterizaba tanto por el encarecimiento constante de los precios como por la pérdida de la capacidad adquisitiva de los jornales. Fue inevitable, pues, que los sindicatos de la CNT salieran en defensa de los obreros recurriendo a las huelgas y plantes laborales. Para contrarrestar el espíritu de resistencia de los sindicatos, la Federación Patronal de Cataluña recurrió, entre otras cosas, a la estrategia de los despidos en masa y del llamado blockout o cierre provisional de fábricas y otros sectores del metabolismo económico. Así, el 5 de febrero de 1919, la compañía Riegos y Fuerzas del Ebro (llamada popularmente La Canadiense por ser filial de la Barcelona Traction Light and Power ) declaró el lock-out y despidió a un gran número de obreros. 

La huelga de la Canadiense

Pocos días después (21 de febrero) estalló la huelga contra la misma sociedad, que se prolongaría hasta el 7 de abril y que conduciría finalmente a la implantación, a partir del 1 de octubre de 1919 en toda España de la jornada de ocho horas. El 19 de marzo por la noche tuvo lugar en la plaza de Toros de las Arenas un mitin al que asistieron 25.000 obreros y en el que tomaron la palabra varios militantes sindicalistas. El último en hablar fue Salvador Seguí. Después de enfrentarse con éxito a los sectores extremistas que abogaban por una continuación de la huelga, Seguí se dirigió directamente al público con la pregunta «¿Se acuerda la vuelta al trabajo?, pregunta al que los oyentes respondieron con un «sí» atronador y unánime. 

Su presencia y su intervención en las Arenas constituyó uno de sus grandes éxitos como tribuno y conductor de masas. Abad de Santillán anota en este contexto: «En esa intervención puso de manifiesto su jerarquía de orador y su capacidad para enfrentarse con los propios compañeros más exaltados». Al día siguiente del mitin, el proletariado barcelonés volvió a sus puestos de trabajo, pero dado que las autoridades no cumplieron su promesa de poner en libertad a todos los 3.000 obreros detenidos, se reanudó la huelga el 24 de marzo.

El conflicto entre patronos y obreros no quedó tampoco resuelto por la iniciativa del gobierno de crear «tribunales de arbitraje» para mediar entre ambos sectores. La CNT se declaró en principio dispuesta a secundar el plan gubernamental y envió a Seguí y a Pestaña a Madrid para negociar con los representantes del gobierno. Pero los empresarios catalanes no veían con buenos ojos la introducción de medidas legales. El presidente de la Federación Patronal de Cataluña, señor Benet, declaró: «No estamos satisfechos de los gobernantes. No queremos pedir, queremos dictar».

La represión patronal

Como reacción a la ofensiva revolucionaria de la CNT, cada vez más fuerte y masiva, las patronales empezaron a reclutar los servicios mercenarios de bandas de pistoleros encargados de intimidar a las masas obreras y eliminar a sus figuras más representativas. Las bandas de pistoleros contaban con la complicidad y el apoyo explícitos e implícitos de la policía y de las autoridades civiles y militares y podían, por ello, llevar a cabo impunentemente su siniestra labor. Las patronales contaban también con el beneplácito y el apoyo de los llamados «sindicatos libres», una organización amarilla fundada por un grupo de obreros renegados, confidentes, delincuentes comunes y pistoleros profesionales. Dirigidos por Ramón Sales, los sindicatos libres eran en realidad bandas de gangsters pagados por la burguesía catalana.

La persecución de la CNT en Cataluña se acentuó y llegó a su máxima virulencia a partir de 1920. Pocos días después de la toma de posesión de Martínez Anido como gobernador civil de Barcelona, fue asesinado el abogado Francisco Layret, amigo personal de Seguí que había defendido a militantes cenetistas ante los tribunales de justicia y había denunciado una y otra vez la complicidad de las patronales y las autoridades con las  bandas de pistoleros. Tras la muerte de Layret, tuvo lugar una masacre contra la militancia cenetista que costó la vida a centenares de ellos. Bajo el pretexto de que habían intentado escapar, eran acribillados a balazos por la espalda, práctica criminal que pasaría a la historia bajo el nombre de «la ley de fugas».

Al día siguiente de la muerte de Layret,  Seguí fue detenido y deportado al castillo de la Mola, en las Baleares, donde permaneció un año junto con Luis Companys y otros republicanos y sindicalistas. Trasladado a la cárcel de Barcelona, fue puesto en libertad en abril de 1922, al restablecerse las garantías constitucionales. En junio del mismo año pudo asistir a la Conferencia de la CNT celebrada en Zaragoza, en la que fue nombrado secretario de su Comité Nacional.

El pistolerismo ácrata

Faltaríamos a la más elemental verdad si dejásemos de señalar que el pistolerismo no fue exclusivo de los elementos del sindicato libre a sueldo de las patronales y la policía, sino que fue practicado también por francotiradores y sujetos incontrolados de la CNT como «Los solidarios» y el «Crisol». Cegados por el odio y el afán de desquite, atentaban contra quienes consideraban enemigos de la clase obrera. En su libro «Lo que aprendí en la vida», Ángel Pestaña escribiría: «Por duro, por violento y doloroso que sea para nosotros confesarlo, hay que decir que los hombres que entonces mataban, estaban en nuestros medios».

La muerte de Seguí

Uno de los blancos favoritos de los pistoleros de los sindicatos libres fue desde el primer momento la figura carismática de Salvador Seguí, contra quien atentaron por primera vez sin éxito en la calle de Mendizábal. Y lo mismo ocurrió en el nuevo atentado de que fue objeto en Catarroja. Pero después de estos dos atentados frustrados, los asesinos lograron acribillarle a balazos el 19 de marzo de 1923 a la entrada de la calle de La Cadena, cuando se dirigía a su domicilio acompañado de su amigo y compañero Francisco Comas. Con ello cumplían con las desvergonzadas y chulescas amenazas que le habían dirigido por escrito: «Reunidos los elementos del Sindicato Libre, hemos acordado asesinarte a ti, a Pestaña y a Casanovas,  entre otros. Esta vez no escapareis ninguno, aunque debemos advertirte que el primero en caer serás tú».

Poco antes del asesinato de Seguí, su íntimo amigo el senador liberal Emilio Junoy había escrito proféticamente: «La cultura de Seguí no es tan vasta como la de Bakunin, pero los considero análogos en inteligencia y en valor personal. Como hombres son muy parecidos, pero hay algo que diferencia a ambos colosos. El ruso pudo haber muerto en la propia Rusia o en las barricadas de Desdre o de París. Las balas le respetaron y murió en Berna, viejo y achacoso. Fue el eterno exiliado. Nuestro coloso catalán nunca ha querido abandonar su tierra natal. A Seguí le ahorcarán o le asesinarán por la espalda precisamente en Cataluña».

La muerte de Seguí constituyó no sólo un crimen alevoso, sino también una tragedia para el futuro de la CNT y probablemente de España, pues sólo un líder de su talla excepcional hubiera podido canalizar a la Confederación hacia un sindicalismo fecundo y sensato». Privada de su presencia, la CNT dejó de ser pronto lo que había sido durante su magisterio. O como me escribía mi padre en otras de sus cartas: «Una vez eliminado Seguí por los pistoleros del mal llamado Sindicato Libre, empezaron a descollar los que en términos deportivos podríamos calificar de segunda división».  

La eterna vigencia de Seguí

El gran ejemplo humano y militante que nos legó Seguí no sólo no ha dejado de existir, sino que sigue siendo y permanecerá para siempre un testimonio imperecedero, como es el caso de todos los modos de ser y de obrar basados en el amor al bien y a la verdad. Se puede matar a un hombre, pero no a sus ideas y convicciones. Y la mejor prueba de lo que acabo de decir son las cuartillas que he leído y, sobre todo, vuestra decisión de llevar a escena la vida y obra del insigne militante obrero. 

La España de hoy no es la misma que vivió Seguí ni tampoco la España de la cruenta guerra civil y la España de la larga y draconiana dictadura franquista, pero sigue siendo un país irreconciliado consigo mismo y abrumado por toda clase de graves problemas sociales, económicos y políticos, problemas que no necesito enumerar porque vosotros los conocéis mejor que yo. A la situación deplorable en que se encuentra el país pertenece la grave crisis que atraviesa la clase obrera en general y los sindicatos en particular y su impotencia para hacer frente a la injusticia social y a la corrupción de la casta política. 

Pues bien, transcurridos casi cien años desde la muerte de Seguí, sus ideas y su conducta personal y sindical siguen siendo un modelo digno de ser tenido en cuenta y de servir de fundamento y guía para la lucha contra el capital y sus lacayos políticos, mediáticos e intelectuales. Constituyen también un antídoto y un contraveneno contra la falsa izquierda representada por Podemos y por el desvaído socialismo del PSOE. Rememorar, recuperar y reactivar la eximia figura de Salvador Seguí y sus enseñanzas es, a mi modo de ver, una de las tareas más importantes que deben asumir las nuevas  generaciones y todos los españoles dispuestos a luchar por una España más justa, más noble, más solidaria y más fraterna de la que tenemos ahora.

Heleno Saña  

El cura Tomás Malagón anticipó la Venezuela de hoy hace casi setenta años

«Básicamente se refería a la existencia de grandes diferencias sociales y situación de injusticia»

Del caos que vive hoy Venezuela habló entonces el sacerdote español Tomás Malagón. Exactamente en enero de 1962 escribió al arzobispo de Valencia con un informe respecto de su estancia de mes y medio en Venezuela.

Malagón explicaba que la situación del país llevaba a alguna forma de «castrismo».

Básicamente se refería a la existencia de grandes diferencias sociales y situación de injusticia. Ante esa situación la respuesta eclesial era de religiosidad popular piadosa y un laicado de conciencia social muy baja. Vio un pueblo piadoso y unas organizaciones católicas sin vigor.

El sencillo y valiente Malagón también le proponía un plan. Una serie de cursillos que se dedicaran a la formación de militantes, un semanario técnicamente bien hecho de alto sentido moral y la constitución de una serie de pequeños grupos (¡creía que bastaban cien!) que conocieran la legislación venezolana y trabajaran por su mejora desde partidos y sindicatos que no estuvieran desprestigiados.

No sabemos los debates que se dieron entonces entre los que recibieron el mensaje.

Lo que sí sabemos es que no se le tuvo realmente en cuenta. Casí setenta años después vemos que Don Tomás tuvo razón.

Don Tomás no era un visionario. Era un hombre profundamente creyente que conocía bien el Ver-Juzgar-Actuar del que amigos y enemigos dicen tantas tonterías.

Experimentar el método de encuesta lleva a saber por donde puede ir el mundo en el que se vive y actuar adecuadamente para transformarlo.

Lo de Venezuela hoy ocupa portadas y no es cuestión baladí, pero menos baladí es la cuestión de fondo que planteaba Malagón: El cristiano ha de conocer la realidad en que vive y ha de hacer una inmersión en ella que la transforme realmente. Para ello no vale un cristianismo tradicional o de formas externas, para ello no es suficiente la Acción Católica. Para ello hacen falta militantes (no demasiados, no más de cien grupos de cinco a siete personas, para un país como Venezuela) que se tomen en serio la caridad política.

¿Los tiene la Iglesia española? Nos tememos que tampoco. Y nos tememos que el Congreso de Apostolado Seglar del que se habla no dé ni un solo paso en esa dirección.

Malagón se quedó sin carrera eclesiástica, sin carrera civil, sin prestigio. Su diócesis le marginó. Los curas carcas decían que hacía el juego al comunismo mientras los progres le acusaban de anticuado.

Entre los grupos que le admiramos tampoco le tomamos hoy demasiado en serio. No fue un visionario pero supo amar y ver hacia adelante. Los quietistas de todos los tiempos decidieron y deciden no escuchar su grito de angustia. Hoy Venezuela lo paga caro.

¿Y España? Lo mismo. Hoy se vuelven a escenificar las dos Españas porque ni en una ni en otra hay cien pequeños equipos que pongan su carne en la caridad política.

Eugenio Rodríguez