Bakhita, de Véronique Olmi

Ana Sánchez

Cuando me enteré de la publicación del libro corrí a la librería a comprarlo: siempre fue una figura que me llamó la atención. Luego, debo confesar que me pasó como con otras tantas cosas, que se fueron solapando otras lecturas, tareas, obligaciones,… un libro se puso encima de otro, otro encima de otro… y el libro cayó en el olvido. ¿Cayó en el olvido? La verdad es que no: hace poco le retomé y le devoré.

Quizá no es más que otra novela, una historia, con una gran dosis de ficción que trata de llegarnos al corazón, porque de eso se trata con la literatura: abrirnos los ojos a otras realidades, a otros mundos, a otras vidas y que algo de eso nos toque y nos invite a formar parte de ello. En esta quizá sea aún más sencillo, porque habla de una persona real (aunque no sea exactamente una auténtica biografía) y lo que se resalta continuamente son las ganas de vivir, la fuerza que impulsa a la protagonista a seguir, a pesar de las separaciones.

Se trata de la historia de un amor incondicional que, en el mundo real llevó a que fuera beatificada por San Juan Pablo II, no tanto por su aceptación de las adversidades y la violencia que la acompañó durante tantos años, sino más bien por su decisión de trabajar eficazmente para liberar a niñas y mujeres de la opresión y la violencia y devolverles su dignidad. De esta redención, de esta esperanza habla también específicamente Benedicto XVI en Spe Salvi, poniéndola como testimonio de una esperanza en la lucha y que es lo que la ha llevado a ser declarada patrona de Sudán y un referente esencial en la lucha contra la trata, un drama presente a lo largo de toda la historia de la humanidad, hasta hoy.

Quizá hoy se muestra esto de un modo mucho más doloroso, más hipócrita, puesto que nos consideramos una sociedad civilizada, que ha abolido la esclavitud, que respeta los derechos humanos, que considera a todas las personas con la misma dignidad,… Pero no. Eso no son más que palabras bonitas.

La realidad es otra muy distinta: cada vez hay más personas que padecen diferentes formas de esclavitud. Este año 2021 ha sido denominado por la OIT como el año internacional para la eliminación del trabajo infantil y esto está también muy presente en esta historia: «usted entiende: los niños, los niños esclavos, los niños soldados, ¿entiende?, yo no hice nada y usted tampoco, ¿y quién podrá, dígamelo, quién podrá algún día?». Esa es, en el fondo, la pregunta que tenemos que contestarnos cada uno.

Un puente de libros infantiles

Esther Mateo

Jella Lepman fue la encargada, nada más acabar la Segunda Guerra Mundial de desarrollar un programa de reconstrucción cultural en Alemania. A pesar de sus primeros miedos de volver a Alemania, de lo que se podría encontrar allí,  su amor por los niños es lo que la hizo afrontar su papel.

En el libro Un puente de libros infantiles, ella misma nos narra paso a paso lo que fue realizando, los problemas con los que se encontró y como fue consiguiendo todo lo que se proponía.

“Los libros infantiles serán los primeros emisarios de paz”.

Su primer proyecto fue crear una exposición de libros infantiles, y para ello llegó a enviar cartas a 20 países distintos pidiéndoles libros infantiles para los niños alemanes. La mayoría de los países fue respondiendo de manera positiva, y alguno llego a responderle que no colaborarían con Alemania para nada ya que habían sido invadidos por ella en dos ocasiones, pero Lepman no se rendía facilmente y les respondía que a las nuevas generaciones había que educarles para la paz para que no les volviesen a invadir.

“Mi idea era contribuir al entendimiento internacional mediantes libros infantiles y juveniles.”
Se llegaron a recibir lotes de 14 países, teniendo en cuenta como estaría el transporte en aquella época, se puede considerar hasta un milagro. El 3 de Julio de 1946 se inauguró la Exposición del Libro Infantil y Juvenil, siendo el primer evento internacional en Alemania. Esta exposición pasó por distintas ciudades de Alemania. Se produjeron hechos curiosos como por ejemplo, el 1 de octubre de 1946 se inauguró en Frankfurt y ese mismo día se conocían las sentencias por los crímenes de guerras de los juicios de Nuremberg. Un hecho que tuvieron en cuenta en el discurso inaugural: “…el futuro del mundo no será construido por hombres que aman el peligro por el peligros, sino por aquellos que lo superan porque lo desprecian.”
La exposición fue todo un éxito, llegó a tener más de un millón de visitantes.
“Esta exposición del libro infantil, pese a la ausencia de la Unión Soviética y otros estados, pone de manifiesto el vínculo que une a los niños de todos los países, más allá de las fronteras nacionales.”
Jella Lepman fue pasando todos los obstaculos que se le ponían por delante. En una ocasión una de las exposiciones coindía con las fechas de Navidad, y pensando en todos los niños que no tendrían ni un regalo esos días, consiguió imprimir en una sola noche 30000 ejemplares de la fábula de El toro Ferdinando. Cuando la preguntaron cómo se las había arreglado con los derechos de autor, su respuesta fue muy sencilla “¿Los derechos? Fue sencillo: nos olvidamos de ellos por completo.”
Su papel no se quedó en una exposición, fue mucho más allá y llegó a crear la Biblioteca Internacional de la Juventud. Un proyecto en el que integró a las principales organizaciones juveniles no políticas de los países miembros de las Naciones Unidas. “Un proyecto para la juventud llevado a cabo por la juventud”.
En la biblioteca se crearon distintas actividades para los niños y jóvenes. La que mayor éxito tuvo fue La hora de los cuentos. “Ningún televisor, por muy avanzado que fuera, podría reemplazar nunca el lazo mágico de un cuento entre el niño y su narrador.”
La vida de Jella Lepman es un gran testimonio. En 1956 coloboró con la incipiente ayuda al desarrollo que distintas instituciones comenzaban a llevar a cabo. Pero Lepman no era una colaboradora sin más, ella lo veía con su mirada crítica: “Por todas partes había máquinas agrícolas estadounidenses, de reciente fabricación, abandonadas y oxidadas. Faltaba personal formado, faltaban centros de enseñanza agrícola y talleres de reparación. Así estaba siendo la ayuda al desarrollo.”
Viajó por distintos países y nada le era indiferente. Vió de primera mano como niños hacían alfombras en lo que ella llamaba trabajos forzados.
“En muchos puntos alejados de la tierra, los niños sostenían los mismos libros en sus manos, encontrándose los unos y los otros en un mismo puente hecho de libros infantiles.”

Tenemos que agradecer a Teresa Zarataín, editora de la editorial Creotz, que nos haya dado a conocer a esta gran mujer. En internet podemos ver como hay países que le están dedicando distintas exposiciones. A ver si en España alguna institución o asociación se anima. Un libro que debería estar en cada biblioteca.

“Cuando se desea de verdad que un sueño se cumpla, casi siempre es uno mismo quien debe apoyarlo, y eso fue lo que hice.”

Charles Dickens: el espíritu de la Navidad

Rafael Narbona

‘Cuento de Navidad’ es un relato perfecto, un clásico con la permanencia de lo fundamental cuya enseñanza es que estas fechas son una invitación a ejercer nuestra libertad

En su Historia de la literatura inglesa (1965), elaborada en colaboración con María Esther Vázquez, Jorge Luis Borges señala que sin lugar a dudas “Dickens era un hombre de genio”. Borges recuerda que Robert Louis Stevenson lo acusó de “revolcarse desnudo en lo sentimental”. El genio puede convivir con el dislate y la arbitrariedad. No lo digo por Dickens, sino por Stevenson, que hizo un comentario injusto. Borges intenta aligerar la imputación, apuntando que Dickens también cultivó “lo humorístico, lo grotesco, lo sobrenatural y lo trágico”. Es cierto, pero no hay que menospreciar su exquisita humanidad, que le ayudó a comprender, compartir y recrear el sufrimiento ajeno. Su niñez pobre y desgraciada afinó su sensibilidad, implicándole de adulto en iniciativas reformistas. Cuando la gloria llamó a su puerta, lejos de olvidarse de los más infortunados, aprovechó su fama para impulsar la reforma de las prisiones, las escuelas y los asilos. Durante su célebre gira por Estados Unidos, pidió apasionadamente la abolición de la esclavitud y recorrió desolado Five Points, el famoso barrio marginal de Nueva York. No había olvidado sus extenuantes jornadas de trabajo en una fábrica de betún, mientras su padre cumplía condena en la cárcel por deudas impagadas. Su tendencia a idealizar el pasado no logró borrar el recuerdo de la miseria de los barrios populares de Londres. Su biografía le predisponía a escribir Canción de Navidad, un inolvidable relato que ha inspirado infinidad de versiones teatrales y cinematográficas. La esperanza y la caridad son virtudes cristianas que Dickens siempre atesoró. En Estados Unidos aprendió que las ideas políticas no cambian el mundo, si no van acompañadas de una transformación interior, capaz de aplacar el egoísmo, la mezquindad y la avaricia. La transformación –o conversión– no es la incorporación a un dogma, sino un giro existencial.

Se ha dicho que Dickens no crea personajes sino caricaturas. Me parece una observación que pasa por alto algo mucho más significativo. Al igual que Shakespeare o Cervantes, Dickens logra encajar realidad y mito, alumbrando arquetipos que trascienden el lugar común para alcanzar resonancia universal. El antipático Ebenezer Scrooge puede ser cualquier hombre que ha olvidado sus obligaciones con sus semejantes. Encarna la voluntad de poder que años más tarde exaltaría Nietzsche, intentando demoler varios siglos de tradición cristiana. La voluntad de poder es la ambición de ser más, de superar cualquier resistencia, de negar al otro, de convertir la dureza en una pasión. La demanda de ternura y solidaridad es –para el filósofo que intentó pulverizar a martillazos lo que hasta entonces se había considerado santo y ejemplar– una expresión de violencia contra el hombre superior. “El cristianismo –escribe Nietzsche en El Anticristo– ha tomado partido por todo lo débil, bajo, malogrado, ha hecho un ideal de la contradicción a los instintos de conservación de la vida fuerte”. Se ha fomentado el odio al hombre superior porque no se soporta su vigor y su insolente salud, que le permite apropiarse de las cosas.

Scrooge no parece ese hombre superior al que canta Nietzsche (un filósofo paradójicamente tímido y sentimental en su anodina intimidad), pero cuando acuden a pedirle un donativo para socorrer a las familias abocadas a pasar la Navidad en condiciones de penuria y precariedad, responde que ya existen instituciones caritativas y que si carecen de recursos para atender a todos los necesitados, no se debería impedir que los más débiles murieran. De ese modo disminuiría el exceso de población. Dickens pone en boca de sus personajes los inmisericordes razonamientos de Malthus, que aboga por la restricción de la natalidad o, en su defecto, por el respeto a los procesos de selección del mundo natural. Nietzsche razona con más impiedad aún. La sociedad debe imitar a la naturaleza, que desecha al más débil. La compasión es un error o, más exactamente, una ofensa contra la vida: “La compasión es antitética de los afectos tonificantes, que elevan la energía del sentimiento vital: produce un efecto depresivo. Uno pierde fuerza cuando compadece”. Dickens escribe su Cuento de Navidad contra esas ideas, reivindicando el espíritu compasivo del Evangelio y las cartas paulinas. No se debe minimizar la dimensión religiosa del cuento, que a fin de cuentas es una historia de pecado, caída, expiación y redención.

Georges Bataille atribuía la infelicidad a la escisión de la continuidad del ser. Ser un individuo significa estar separado de la totalidad. Ese aislamiento solo se supera mediante la violencia sobre el otro. Dickens, muy alejado de las filigranas teóricas de los filósofos, se muestra mucho más lúcido y sincero. La infelicidad brota de la incapacidad de establecer vínculos afectivos. Scrooge, comerciante de vinos y usurero, vive solo. Aunque es viejo, no ha formado una familia. Su aspecto es el fiel reflejo del yermo que ha usurpado su alma. La pluma de Dickens, lírica, fina y precisa, lo describe con maestría: “Duro y cortante como un pedernal del que ningún acero pudo sacar jamás una chispa generosa; taciturno, receloso y solitario como una ostra. Su frialdad interior helaba sus viejas facciones, afilaba su puntiaguda nariz, marchitaba sus mejillas, enrojecía sus ojos y amorataba sus labios; y hacía que, al hablar, su voz fuera seca y chirriante. Una gélida escarcha se había posado en su cabeza, en sus cejas y en su barbilla hirsuta”. No es un rostro, sino una máscara. No es un cuerpo, sino un leño viejo y seco. No es una persona, sino un individuo. La condición de persona solo se hace realidad cuando la propia vida se inscribe en la vida de la comunidad, intercambiando afectos y proyectos. Sin reciprocidad, el hombre se deshumaniza, encallando en una insoportable soledad, donde cada día es turbia y borrosa continuidad, aciaga y mediocre repetición, nunca creatividad, aventura o encuentro. Scrooge está muy cerca del Sade confinado en la Bastilla, que identifica la libertad absoluta con el poder ilimitado sobre el otro. Ambos se hallan completamente aislados, lejos de cualquier experiencia de comunión. Sade vive entre muros. Scrooge puede salir y entrar de su negocio, pero su encierro no es menos real. No ve a sus semejantes. Solo existen para él como materia fungible, como cieno que se pega a las botas y hay que limpiar. Ningún mendigo extiende la mano a su paso; los niños le rehúyen; los perros de los ciegos alejan a sus amos de su presencia, que despide un halo de muerte.

Dickens describe Londres con unos tonos sombríos y oníricos que recuerdan los relatos de terror de Poe: oscuridad impenetrable a las tres de la tarde, frío, humedad y bruma, velas con una llama agonizante detrás de los cristales empañados de las ventanas, fachadas desdibujadas, sombras que entran y salen de la oscuridad. La atmósfera reinante en la gran ciudad podría confundirse con una gigantesca fábrica de cerveza con un aroma fétido. Scrooge no entiende lo que significa la Navidad. Es el momento en que los corazones se abren, la Epifanía de la solidaridad y la compasión. El corazón del viejo comerciante está inmunizado contra esas pasiones. Para Scrooge, sus semejantes son extraños, alteridad radical que no puede ser acogida ni contemplada con indulgencia. Enamorarse es un sentimiento de alienados que deciden unir sus destinos para viajar juntos hasta la tumba. Cada hombre debe ocuparse de sus asuntos y no perder el tiempo con los de los demás.

Scrooge ni siquiera aprecia a su sobrino y lo único que le preocupó cuando murió Marley, su socio, fue organizar un entierro barato. Cuando se le aparece el espectro de Marley, su mentalidad escéptica y burdamente racionalista atribuye la visión a problemas digestivos. Dickens consigue ponernos los pelos de punta, describiendo el aspecto sobrecogedor de Marley. Harapiento, con la mandíbula colgante y los ojos alucinados, su miseria física no es tan hiriente como su condena: “Tendrá que vagar errante por el mundo […] y presenciar lo que no puede compartir”. Si hubiera compartido cuando vivía, si hubiera amado y compadecido, habría conocido la felicidad, pero nunca salió de su despacho. No le interesaba el mundo, no le quitaba el sueño embargar bienes ajenos, enviar a las familias a la calle, quitarles hasta el último penique. No le producía malestar que los niños pasaran hambre y frío. Dominaba a los demás desde su despacho, su ridícula atalaya, el trono que le hacía sentir como un déspota oriental sobre una multitud de esclavos. Ahora está definitivamente separado de los otros. Solo puede observarlos. Hay otros espectros como él. Todos lamentan no poder intervenir en el mundo, ayudando a los que despreciaron y humillaron. Se ha fantaseado muchas veces con las características del infierno. Dickens especula que no es un lugar con torturas medievales, sino un estado de soledad radical, donde no hay posibilidad de ejercer lo que nos humaniza: la responsabilidad hacia el otro, el cuidado de los que soportan las situaciones más acusadas de fragilidad. El diablo separa; Dios convoca y posibilita el encuentro.

Los tres espíritus que se aparecen a Scrooge le muestran la esterilidad de su pasado, la mezquindad de su presente y su infausto porvenir. Nadie le cuidará en la enfermedad, nadie llorará su muerte, nadie conservará sus objetos personales como entrañable recuerdo. Su tumba no será visitada ni honrada. No ocupará un lugar en la memoria de los demás, salvo para despertar una mueca de desprecio. Ha perdido la oportunidad de ser amado. Dejó a su novia porque carecía de dote. Ha llenado sus bolsillos, pero no ha sabido lo que se experimenta al ser padre y contemplar unos ojos infantiles rebosantes de amor. No sabe lo que es el calor familiar. No entiende el espíritu de la Navidad. No comprende que Dios se rebajara hasta el extremo de nacer en un hogar pobre e inhóspito. Siempre había pensado que esa clase de familias deberían ser recluidas en refugios… o prisiones. En la casa de Bob Cartchit, su escribiente, observa el afecto que prodiga a su hijo Tiny Tim, postrado en una silla por culpa de una parálisis en las piernas. Aunque es una escena nada extraordinaria, Scrooge siente que presencia algo fuera de lo común. Tiny Tim no es solo un niño enfermo. Es la imagen de Dios. Dios tiene un rostro humano, no es una abstracción o una fantasía infantil. Como apunta Javier Gomá Lanzón en Necesario pero imposible, el reino de Dios “ya ha tenido lugar. El fin de la historia no coincide con su centro toda vez que éste no se emplaza en el futuro sino en el pasado”. Scrooge ha visto el pasado y ha comprendido que la esperanza no es una entelequia, sino algo que ya se ha producido y marca el rumbo de la historia. De la historia colectiva y de su historia personal. Esta revelación será el punto culminante de su proceso de redención.

Tras su encuentro con los tres espíritus, Scrooge despertará, volverá a la vida, con la oportunidad de redimirse. Su historia aún no ha finalizado. Todavía puede escoger. Su mente se aclara y, paralelamente, la oscuridad de Londres se disipa. La luz inunda los rostros, el aire sopla con frescura, las campanas repiquetean alegremente. Scrooge descubre al prójimo. Abandona su negocio, con una desconocida sensación de paz y plenitud. Charla amistosamente con los vecinos, socorre a los indigentes, contempla con regocijo la alegría de los niños que juegan en las aceras, visita a su sobrino y le manifiesta por primera vez su cariño. Todo le produce placer y alborozo. Su espíritu ya no está sumido en la rabia y el desdén. Por último, visita a Bob Cartchit, le anuncia que le subirá el sueldo y ayudará a Tiny Tim. Se siente bendecido. No es un cambio pasajero. Desde entonces será otro hombre. Algunas personas se burlarán de su transformación, pero no se dejará intimidar por los chismes y rumores. Se ha convertido al fin en un hombre sabio y bueno. “Ojalá pueda decirse lo mismo de nosotros, de todos nosotros! –concluye Dickens, con acento evangélico-. Y así, como dijo Tiny Tim, ¡que Dios nos bendiga a todos!”.

Dickens nos dice lo mismo que Álvaro Petit Zarzalejos en Que aún me duelas, accésit del premio Adonais 2017: “Hay cierto valor en una sonrisa, / cierto imperio. / Es como batirse de duelo / con la existencia”. La sonrisa es “una osadía, signo de almas libres”. Jesús Montiel prolonga esa convicción en su conmovedor Sucederá la flor: “Un rostro amable es un ejército, la explosión de una bombilla en la tiniebla, una mano bien abierta, tendida en un desfiladero”. Scrooge se redime mediante la sonrisa. Recupera el imperio sobre su propia vida, reescribiendo su destino. Deja de ser el objeto pasivo del Mal, que le ha encadenado a la impiedad. Los espectros que se le aparecen van encadenados porque ya son esclavos sin posibilidad de redención. Su eternidad es una eternidad de tinieblas. La conversión de Scrooge le hace un hombre libre. Su rostro ya no es sombrío y agrio, sino amable y resplandeciente, una luz en el Londres oscurecido por la neblina. Su mano ya no está cerrada, sino abierta. Cuento de Navidad es un relato perfecto, un clásico con la permanencia de lo fundamental. Quizás la realidad es más amarga, pero ese hecho no afecta a su enseñanza esencial: la Navidad es una invitación a ejercer nuestra libertad.

 

Un aplauso para las librerías

Autor: Juan Marqués

Fuente: theobjective.com

«Hay librerías que no tienen libreros sino otra cosa, muy respetable, y hay libreros o libreras de corazón que no tenemos librería. Pero cuando se juntan las dos cosas, y es algo no extraordinario sino habitual, la belleza salta, la cultura se activa, el amor por la literatura funciona»

Hay un momento en El Principito (que es, adorados modernos, una obra maestra de la literatura) en el que el niño se encuentra con un charlatán que anuncia por los caminos una pastilla que te quita la sed. Si te tomas una a la semana, asegura el buhonero, ya no tienes que beber ni una sola vez en siete días, y así te ahorras cincuenta y tres minutos, que son los que los expertos han descubierto que invertimos semanalmente en beber agua. El niño lo escucha con atención, como a todo el mundo, y después le pregunta con sincera inocencia (la misma del libro, que no es una inocencia fingida o postiza sino una inocencia recuperada, reconquistada) que para qué puede querer nadie esos cincuenta y tres minutos de más. Pues muchas cosas, dice previsiblemente el asombrado comerciante, lo que cada uno quiera. Y entonces el Principito responde que él, de tener cincuenta y tres minutos libres, caminaría muy despacio hacia un manantial para beber un poco de agua.

Yo soy genéticamente incapaz de comprender por qué alguien, salvo casos de enfermedad, compra las cosas a distancia, por qué se puede llegar a preferir permanecer en casa para recibir incluso tallarines ya tibios y chorreantes en cajas de cartón plastificado en vez de salir al mundo para encontrar alimentos, para elegirlos, o para obtener cada cosa en sus contextos, para cazar cada producto en su “hábitat”, en el comercio donde se guardan y se conocen y se comprenden… Pero como por otra parte nunca he vivido muy preocupado por la actualidad (por no decir que poco interesado por la realidad), no dedicaba mucho tiempo a pensar en el asunto, simplemente no me implicaba, no me concierne. Pero entonces llegó el Estado de Alarma, y el Gran Confinamiento de marzo, y hubiera sido necesario ser quince veces más yo de lo que ya soy para no reparar en algo que se hizo obvio, que era lo exagerada y preocupantemente preparados que estamos para la vida sedentaria y a cubierto, cuán en el fondo necesitamos no la vecindad sino el hacinamiento, lo rápidamente que podríamos acostumbrarnos a quedarnos recluidos y vivir en colmenas, aparentemente comunicados a través de las redes, supuestamente atentos y despiertos pero literalmente domesticados.

La última Feria del Libro que pudo celebrarse en Madrid, la de 2019, será recordada entre los implicados como aquella en la que el Parque del Retiro fue precintado en la víspera de la inauguración, impidiendo a los participantes terminar de montar sus casetas. Aquel día alguien bromeaba por las inmediaciones: “Caramba con los de Amazon, ya consiguen organizar hasta tormentas”. Lo cierto es que unos días antes un árbol había caído por allí sobre un niño muy pequeño (un árbol mató a un niño…: debimos verlo como un primer presagio, una de las trompetas que anunciaban lo que ha venido después) y las autoridades andaban escrupulosamente vigilantes ante la velocidad del viento, inflexibles a partir de determinados números. Pero recordé aquella broma allá por marzo, porque cualquiera hubiera dicho que esa Cuarentena general, como el mal tiempo, estaba patrocinada por las grandes plataformas de venta online, y no sólo a la vista de lo bien que les vino, sino como aparatoso ensayo general del tipo de mundo y de sociedad y de convivencia que claramente desean y promueven.

Salir al mundo es comprometerse con la realidad, que es el principal lugar donde la vida transcurre. Pero la vida también se despliega en la ficción, en la cultura, en la imaginación, en los sueños, y para salir a su encuentro están las librerías, los museos, el teatro, el cine, las galerías de arte, el circo… En un mundo “normal” ese tipo de lugares no debería necesitar ayudas públicas, empujones económicos por parte de la Administración, subvenciones… Uno, ingenuamente, piensa que lo natural debería ser que esos sitios fuesen solventes e independientes sin necesidad de desvivirse por ellos, sin que sus dueños o empleados entregasen toda su vida en ese local y sus necesidades, aunque lo hagan con verdadera y admirable vocación, por gusto, con una pasión que no debería precisar más estímulos que su propio impulso ni más recompensas que la propia satisfacción de mantenerlos abiertos y activos. Ni siquiera se debería “fomentar” la lectura, igual que a nadie se le ocurre fomentar el agua o el oxígeno: es que es simplemente inconcebible que haya que “animar” a la gente a leer. Y sin embargo hay que hacerlo, y se hace sin demasiado éxito. La gente, simplemente, está a otras cosas.

Hace unos días la alcaldesa de París pidió a sus conciudadanos que, ante el previsible nuevo confinamiento, no compren por Amazon, que recurran a otros canales, y hay muchos que piensan que se ha extralimitado. Yo creo que no. De hecho, veo mucho menos clara la necesidad o conveniencia de proteger oficialmente a las librerías que la urgencia de parar los pies de forma legal a quienes de forma transparente abusan. No hay que vivir de espaldas a Amazon por cariño hacia las librerías, sino por respeto a las leyes medioambientales, por apego a los derechos laborales o, en fin, por puro sentido común, y es estrictamente inexplicable la enorme cobardía civil que hay entre las instituciones (de todo signo, de toda ideología) a la hora de exigir que se observen las normas sobre competencia, o en normativa tributaria, o monopolios… En El olor de los tebeos ese escritor maravilloso que es José María Conget contaba cómo un amigo suyo dio en el clavo a la hora de explicar por qué había que desdeñar el facsímil de un viejo e inencontrable cómic de principios de siglo XX, y era eso que adelantaba el título: el olor insustituible. Para quien me quiera entender, yo creo que los libros comprados por Amazon no huelen igual, falta el “factor humano” y sobra robótica y frialdad. El legítimo afán de lucro de cualquiera deja de ser simpático en cuanto se convierte en descarada obsesión por la ganancia, por la acumulación… No conozco a ningún librero que pretenda hacerse rico, que haga lo que hace “sólo” por dinero, y la gente a la que yo más valoro es ésa, la que prefiere ganar 2000 euros mensuales haciendo algo que les motiva, les ilusiona o les complace que embolsarse 10.000 entregando su sagrado e irreversible tiempo a asuntos ajenos o directamente envilecedores.

El viernes 13 de noviembre es el Día de las Librerías. Cuando hablamos de librerías no nos referimos a Shakespeare & C.O., ni a esa de Oporto que salía en Harry Potter ni a esa otra de Buenos Aires (¿o era México D.F.?) que parece un anfiteatro o un ovni… No, yo me refiero a las librerías, a esa que, querido lector, querida lectora, tienes por allí cerca. Si tu imagen de una librería está más cerca de un mojito que de Natalia Ginzburg hay un problema, o cuando menos algo extraño. Hay librerías que no tienen libreros sino otra cosa, muy respetable, y hay libreros o libreras de corazón que no tenemos librería. Pero cuando se juntan las dos cosas, y es algo no extraordinario sino habitual, la belleza salta, la cultura se activa, el amor por la literatura funciona. Si por enfermedad o por problemas de movilidad no puedes salir a esas fuentes de agua fresca que son las librerías, o si quieres algún libro extraño o lejano que, por el motivo que sea, no quieres encargar en tu librería, allá al lado, de camino hacia otro recado, o de paseo… las librerías acaban de lanzar un espacio web, Todos Tus Libros, donde puedes comprar libros a las librerías sin entrar en una librería. Pero por lo menos sabes que estás comprando las cosas a quien las conoce y las aprecia, a gente con nombre y apellidos, que le compras la trucha al pescadero, los plátanos a la frutera y la Odisea al librero. Si este sentido común te parece simplón y trasnochado, no te agobies: en Oporto hay una librería donde te puedes hacer un selfi, o incluso puedes ver en Netflix documentales sobre “las librerías más bonitas del mundo”, o en vez de leer puedes apoyar con tu emocionado like campañas de autopromoción en las que, con sus libros en las manos, enseñándonos sus coloridas cubiertas, algunos autores a los que se les pondría en un bonito compromiso si se les preguntase cuáles son sus tres librerías favoritas nos hablan de lo importantes que son las librerías, y lo bonitas, y se les ocurre, sin que se lo apunte nadie, que son “espacios de resistencia y de libertad”. Los demás, mientras tanto, seguimos necesitando nuestros manantiales.

La sombra de Miguel Delibes es alargada

Rafael Narbona

Fuente: Revista de Libros

El 17 de octubre de 2020 se cumplen cien años del nacimiento de Miguel Delibes. Su obra aún goza de prestigio, pero se lee poco, supuestamente porque ha quedado anticuada. Su realismo, a pesar de innovaciones puntuales, parece de otra época, cuando los pueblos y las pequeñas ciudades eran el horizonte de la mayoría de los españoles. Su afición a la caza menor le aleja aún más de las nuevas generaciones. Para muchos, Delibes ha envejecido mal y tiene pocas cosas que decir a los más jóvenes. Creo que es un juicio injusto y equivocado. La obra de Delibes anticipa muchos aspectos de nuestro presente: la creciente deshumanización de las relaciones personales en los grandes espacios urbanos, la epidemia de soledad derivada de la incapacidad de establecer vínculos duraderos, la degradación de la naturaleza por su explotación irresponsable, la crisis de los valores morales y espirituales alentada por un creciente nihilismo, la destrucción de la intimidad por el desarrollo de una tecnología que penetra en todos los ámbitos, la manipulación de las conciencias por los medios de comunicación de masas, las intolerables desigualdades que arrojan a la marginación a miles de personas, el menosprecio de los ancianos y los enfermos, la necesidad de superar el trauma colectivo que supuso la Guerra Civil («la gorda», por utilizar la expresión empleada en Madera de héroe). Podemos decir que Delibes fue un visionario en su crítica de la modernidad, no un nostálgico del pasado, y un español que comprendió la urgencia de sanar las heridas abiertas por la confrontación entre las dos Españas. Dos Españas que solo pueden interpretarse como una inaceptable mutilación de lo que debería ser una nación con una mirada crítica sobre su pasado y una apertura permanente hacia un porvenir de concordia y prosperidad.

LA BÚSQUEDA DE LA AUTENTICIDAD

«La preocupación fundamental de Miguel Delibes –escribe Gonzalo Sobejano– no parece ser otra: hallar el camino que conduzca a la plena realización de la persona (o revelar el camino que lleva a su falsificación como tal)». El anhelo de autenticidad y coherencia recorre toda su obra. Delibes no sermonea, pero es un moralista. Su literatura no es una simple expansión de su mundo interior, sino una manifestación de un impulso ético de comprensión y análisis. No es un escritor con una ideología, sino con un compromiso: comprender al hombre, dignificarlo, escarbar en su interior, situarlo en el devenir histórico y suprimir todo lo que lastra su evolución espiritual, hundiéndolo en pasiones indignas, como el odio, la intolerancia y la ambición desmedida. No voy a recrear el itinerario vital y creativo de Delibes, tantas veces reconstruido por exégetas más competentes. Mi propósito es reconstruir su pensamiento, abordando sus discursos más emblemáticos –el de ingreso en la Real Academia de la Lengua Española en 1975 y el de recepción del premio Cervantes 1993-, su amor por el mundo rural y su pesimismo existencial, aliviado por su fe cristiana. No sería capaz de decir cuál es la obra maestra de Delibes. Para muchos, Cinco horas con Mario, un contundente ataque contra los valores del nacionalcatolicismo y una meticulosa disección de los afectos de un matrimonio frustrado por los prejuicios de la España que se aferra al pasado, oponiéndose con fiereza a los cambios. Quizás sea su mejor libro, pero yo creo que su primera novela, La sombra del ciprés es alargada, galardonada con el Premio Eugenio Nada 1947, contiene los elementos esenciales de su concepción de la vida. No es la obra más perfecta, pero sí la más intensa y sincera. Miguel Delibes, «hombre de fidelidades», nunca se distanció de las inquietudes existenciales de su juventud, herida por la Guerra Civil, en la que participó como marino del crucero Canarias. Su identificación inicial con el régimen franquista se resquebrajó muy pronto, sin desembocar en posiciones radicales, como sí sucedió con otras figuras de su generación, como José María Valverde, falangista en sus inicios y comunista en su madurez. Durante sus años como subdirector y director de El Norte de Castilla, sus enfrentamientos con la censura no cesaron de crecer. Se negaba a publicar entrevistas con capitostes del régimen, pasaba por alto el Día de la Victoria, ignoraba a ministros, protestaba cuando le prohibían llamar «maestro» a Ortega y Gasset, informaba de mala gana sobre las visitas del Caudillo. En una carta a su primo Jaime Alba le confiesa: «Cada día me siento más vejado, enfurecido y roído de escrúpulos en este cargo. Tan sólo me consuela el hecho de que, al menos, mi sensibilidad no se haya acorchado». Cuando Manuel Fraga Iribarne intenta maquillar la dictadura mediante una tímida liberalización, Delibes se niega a colaborar con la maniobra. Empieza a recibir advertencias desde Madrid. Tiene que desplazarse a la capital para aguantar broncas y recibir consignas. Se desahoga en el terreno de la narrativa, publicando Las ratas y Viejas historias de Castilla la Vieja, donde denuncia el abandono de los pueblos, afligidos por la pobreza, con una población decreciente y sin expectativas de futuro. Para controlarle, nombran a un subdirector cuyo cometido será ejercer de comisario político. Agotado por la tensión, Delibes dimite y se marcha una temporada a Estados Unidos para ejercer de profesor visitante en la Universidad de Maryland. Años más tarde, volvería a El Norte de Castilla, integrándose en el consejo de redacción. En 1975, le ofrecieron dirigir El País. Un año antes había perdido a su esposa, Ángeles Castro, y se negó, declarando que no quería quedarse viudo también de sus otros dos amores: El Norte de Castilla y el Real Valladolid.

Apropiándonos del título de una popular serie televisa sobre la naturaleza realizada por su amigo Félix Rodríguez de la Fuente, al que Delibes dedicó Los santos inocentes, podemos decir que el hombre y la tierra son los pilares de su universo literario. Se ha dicho que el pensamiento de Delibes puede definirse como «humanismo ecológico». De convicciones cristianas, siempre situó al hombre en el centro de sus ficciones, artículos y ensayos. Profundamente identificado con el espíritu del Concilio Vaticano II, Delibes se alineó con los pobres, oprimidos y marginados, defendiendo su derecho a una vida digna, sin agravios ni exclusiones. Amante de la naturaleza, exaltó los pueblos como un espacio a la medida del hombre, donde es posible llevar una existencia más acorde con nuestras necesidades físicas y espirituales. No se puede afirmar que odiara las ciudades, pero jamás se sintió cómodo en ellas. En alguna ocasión, las comparó con gigantescos aparcamientos. En el medio urbano, el asfalto sepulta la tierra, abortando la relación con la naturaleza. Lo humano queda desplazado por los criterios de eficiencia, rentabilidad y beneficio. La búsqueda de la privacidad destruye el deseo de comunicación, propiciando el desarraigo y la soledad. Un pueblo es una comunidad, un espacio para el encuentro; una ciudad, una colmena, un lugar para el ensimismamiento. La ciudad parece abocada a lo efímero. La urgencia desplaza a la contemplación tranquila de las cosas. Por el contrario, un pueblo invita a mirar con calma el paso del tiempo. Los días transcurren sin grandes sobresaltos, complacidos con la repetición de ciertas rutinas. No se trata de simple quietud, sino de anhelo de permanencia. En las ciudades se muere día a día; en los pueblos se respira el aroma de la eternidad. Delibes vivió obsesionado por la muerte, aferrándose a la esperanza cristiana. En una ocasión, le preguntaron qué epitafio escogería para su tumba. «Cristo, espero que cumplas tu promesa», contestó con ese humor tímido y discreto que circula por sus libros. Delibes no concebía la inmortalidad como una simple promesa individual, sino como la garantía de una justicia cósmica que corrigiera las abominaciones de la historia.

LA VIDA DE LOS OTROS

Delibes es un escritor cervantino. Tolerante e indulgente con las flaquezas humanas, intentó comprender a sus personajes, no juzgarlos. Desde el principio, entendió que formaban parte de su evolución personal. No eran meras criaturas de ficción, sino hitos de su trayectoria vital, casi más reales que su existencia misma. De ahí que en su discurso en la ceremonia de entrega del Premio Cervantes 1993 agradeciera el galardón, afirmando que sus criaturas eran su «biografía», no un simple «carnaval literario». Pesimista y melancólico, Delibes citó en esa ocasión a Cecilio Rubes, hombre de negocios y protagonista de su novela Mi idolatrado hijo Sisí, que exclama: «Si yo tuviera setenta años me moriría del susto». Varias décadas después, el miedo se hizo realidad. La vejez irrumpió lentamente, revelando que la vida del narrador se hace más breve porque «se enajena para vivir en sus personajes». El escritor siempre vive abstraído, desdoblado, explorando otras realidades, donde sus hijos de papel se expanden a costa de su energía creadora. Como un buen padre, un autor da la vida por sus vástagos y nunca interrumpe su quehacer, inmolando hasta el último minuto de su cotidianidad: «¿Cuántas veces el novelista, traspuesto en fecundo y lúcido duermevela, no habrá resuelto una escena, una compleja situación de su novela?». Solo experiencias muy intensas, como el nacimiento de un hijo o la muerte de un ser querido, pueden suspender ese estado de ensoñación. Para infundir vida en una personaje, lo personal y subjetivo pasa a segundo término. El propio yo se diluye y anonada. De alguna forma, la ficción devora la existencia, apropiándose de su vitalidad y energía. El novelista transforma sus ilusiones en realidad objetiva. De hecho, esos personajes se insertan en el mundo real e influyen en su devenir. Aunque Delibes no los menciona, es inevitable pensar en Alonso Quijano y Sancho Panza. Indudablemente, el mundo habría sido diferente sin su aparición. Lo quijotesco ya es un poderoso aspecto de lo real y nuestro concepto del sentido común está tamizado por la bonhomía de Sancho Panza.

Para Delibes, la humildad es un requisito imprescindible para escribir. Hay que dejar del lado el ego y permitir que los personajes usurpen el protagonismo de su creador. «Pasé la vida disfrazándome de otros –prosigue Delibes en su discurso del Premio Cervantes–, imaginando, ingenuamente, que este juego de máscaras ampliaba mi existencia, facilitaba nuevos horizontes, hacía aquélla más rica y variada». Solo más tarde descubrió que ese «juego mágico» le vaciaba por dentro. En cada desdoblamiento perdía algo de sí mismo. Dejaba de vivir en el mundo para vivir en una entelequia. Se ha dicho que el novelista comete un deicidio, pero Delibes más bien percibe que cada obra alumbrada por la imaginación representa un suicidio: «Veía crecer a mi alrededor seres como el Mochuelo, Lorenzo el cazador, el viejo Eloy, El Nini, el señor Cayo, el Azarías, Pacífico Pérez, Gervasio García de la Lastra, seres que “eran yo” en diferentes coyunturas. Nada tan absorbente como la gestación de estos personajes. Ellos iban redondeando sus vidas a costa de la mía». Con la edad, Delibes descubrió que esas otras vidas gestadas por su ingenio adquirían consistencia, espesor, mientras él envejecía y, de alguna forma, se diluía. «En buena parte, ellos me habían vivido la vida, me la habían sorbido poco a poco. Mis propios personajes me habían disecado, no quedaba de mí más que una mente enajenada y una apariencia de vida. Mi entidad real se había transmutado en otros, yo había vivido ensimismado, mi auténtica vida se había visto recortada por una vida de ficción». Delibes bromea con su vejez. A los setenta y dos años, los amigos le desean que conserve la cabeza muchos años, pero se pregunta: «¿Qué cabeza? ¿La mía, la del viejo Eloy, la del señor Cayo, la de Pacífico Pérez, la de Menchu Sotillo? ¿Qué cabeza es la que debo conservar?». El escritor es una especie de dios que se inmola para que viva su obra. No es una idea nueva, sino un mito arcaico que ha sobrevivido, mostrando que el arte no es una actividad inofensiva o recreativa, sino una fatalidad.

Miguel Delibes en 1926

Delibes inició su andadura con La sombra del ciprés es alargada, galardonada con el Premio Nadal 1947, y finalizó con El hereje, Premio Nacional de Narrativa 1999. Su obra podría definirse como una interminable búsqueda existencial. Mateo Lesmes y Pedro, maestro y discípulo en La sombra del ciprés es alargada, meditan largamente sobre el sentido de la vida, sin llegar a una conclusión esperanzadora. Sus especulaciones solo agudizan su melancolía, espoleada por una dolorosa conciencia de finitud. Cipriano Salcedo, el protagonista de El hereje, también persigue certezas en vano. Su aproximación al espíritu de la Reforma no le librará de la insatisfacción interior. Hay algo intrínsecamente valioso en el devenir de estos personajes: la exaltación de la libertad, la reivindicación de la autonomía moral, el desafío a la autoridad. No se puede hablar de vida verdaderamente humana, si no es posible elegir. La herejía no es una desviación o un error, sino la esencia de la libertad, pues expresa una rebeldía. Delibes reclama el derecho a desviarse del camino trazado por la mayoría. El hereje es un explorador infatigable, un zahorí que busca ideas nuevas en el yermo de las ilusiones frustradas. Cipriano Salcedo es profundamente humano, pues convive con dudas y flaquezas, miedos e inseguridades. Delibes nunca es cruel con sus criaturas. Parece imposible simpatizar con Carmen, Menchu, la viuda que vela a su marido en Cinco horas con Mario, pero Julián Marías sale en su defensa: «No comparto la hostilidad que los críticos suelen sentir por la pobre Menchu; es una figura de carne y hueso, de singular veracidad, y lo humano es siempre interesante; está llena de vida, de deseos, de reacciones inmediatas». Clasista, intolerante y ambiciosa, Menchu no perdona que su marido no comprara un seiscientos, obligándola a viajar con las criadas y los paletos en autobuses de línea. Su forma de pensar produce rechazo, pero su estrechez de miras suscita compasión. Su mundo interior es tan pobre que ni siquiera hay espacio para el amor, la compasión o la ternura. Su rencor y su egoísmo muestran claramente su infelicidad. Delibes es un demiurgo compasivo que nunca abandona a sus criaturas a una indignidad sin posibilidad de redención. Incluso los más repugnantes, inspiran cierta piedad. Sus pasiones destructivas los alejan de sus semejantes, abocándoles a vivir en la ira, el odio y la insatisfacción, como es el caso del señorito Iván de Los santos inocentes.

El corazón de Miguel Delibes se rompió con la prematura muerte de su mujer, Ángeles Castro. En su discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua Española, entonó un planto conmovedor: «Desde la fecha de mi elección a la de ingreso en esta Academia me ha ocurrido algo importante, seguramente lo más importante que podría haberme ocurrido en mi vida: la muerte de Ángeles, mi mujer, a la que un día, hace ya casi veinte años califiqué de “mi equilibrio”. He necesitado perderla para advertir que ella significaba para mí mucho más que eso: ella fue también, con nuestros hijos, el eje de mi vida y el estímulo de mi obra, sobre todas las demás cosas, el punto de referencia de mis pensamientos y actividades. Soy, pues, consciente de que con su desaparición ha muerto la mejor mitad de mí mismo».

LA NATURALEZA HERIDA

Miguel Delibes leyó su discurso de ingreso en la Real Academia el 25 de mayo de 1975. Titulado «El sentido del progreso desde mi obra», comenzaba admitiendo su incomodidad con el frac que se había visto obligado a vestir para una ocasión tan solemne. Como hombre de pueblo, prefería un indumento más modesto que reflejara su sencillez. Admitía que, lejos de ser un modelo de corrección gramatical, sus libros se hallaban plagados de leísmos y laísmos, algo inevitable en un señor de Valladolid. No le preocupaba demasiado, pues sabía que esa forma de escribir nacía del contacto con una versión del idioma castellano particularmente viva y llena de matices. Los pueblos de Castilla quizás no son un ejemplo de «buen decir castellano», pero sí son una prueba de riqueza e ingenio. Delibes nunca ocultó su amor a Castilla y su incapacidad de vivir en ningún otro sitio. Su vínculo con la tierra incluía un compromiso con el hombre. No era un latido místico, sino un ejercicio de solidaridad que volcaba su atención sobre los más infortunados. «Yo he tomado en mi literatura –explica Delibes– una deliberada postura por el débil. En todos mis libros hay un acoso del individuo por parte de la sociedad y siempre vence ésta. Y esto en cualquiera de mis protagonistas, por dispares que sean, desde el burgués Cecilio Rubes de Mi idolatrado hijo Sisí, hasta el Nini de Las ratas, que para sobrevivir tiene que cazar y comer estos animales. A pesar de la distancia social o de clase que evidentemente existe entre ambos personajes, en definitiva nos encontramos con dos seres frustrados y acosados por un entorno social implacable». La frustración y el acoso no han hundido a los castellanos en la degradación moral; siempre se han caracterizado por su espiritualidad sencilla. Delibes señala que el cielo de Castilla es tan alto porque lo han levantado los castellanos de tanto mirarlo.

Miguel Delibes se quejaba de las acusaciones de reaccionario que se habían vertido contra él cuando público El camino, acusándole de ser reacio a la modernidad por exaltar el medio rural en oposición a las grandes ciudades. No se había comprendido que Daniel, el Mochuelo, encarnaba la protesta contra la catástrofe ambiental provocada por el desarrollo industrial. La pequeña villa donde vivía Daniel era más humana y racional que una civilización donde los hombres se convertían en borregos encadenados a la rueda del consumo. Maltratada por la química y la mecánica, la Naturaleza se rebela de vez en cuando, desencadenando epidemias y cataclismos. Sorprende la lucidez de Delibes, que se anticipa a su época, demandando un equilibrio entre el medio ambiente y el progreso tecnológico. Si no se logra alcanzar un desarrollo sostenible, advierte Delibes, el mundo avanzará hacia un suicidio colectivo. La solución no es renunciar al progreso, sino someterlo a las necesidades reales del hombre. Delibes apela al Manifiesto de Roma, aparecido en 1968, donde se aboga por el regreso a pequeñas comunidades autosuficientes que administren los recursos de forma racional y ordenada, aprovechando los desperdicios orgánicos y no creciendo por el simple hecho de crecer. Este giro sería «un gran servicio al hombre, con lo que automáticamente dejarían de existir países imperialistas y países explotados. […] Tales conquistas y tales frenos, de los cuales apenas se advierten atisbos en los países mejor organizados, imprimirían a la vida del hombre un sentido distinto y alumbrarían una sociedad estable, donde la economía no fuese el eje de nuestros desvelos y se diese preferencia a otros valores específicamente humanos». La resistencia de Daniel, el Mochuelo, a integrarse en una sociedad despersonalizada que inventa necesidades imaginarias, nace del amor al hombre y a la tierra. La meta del progreso debe ser el bien común y no el dispendio. La técnica ha de estar al servicio de las necesidades reales. Un tercio de la humanidad vive en el despilfarro, mientras el resto sufre el acoso del hambre. Hay que revitalizar los valores humanos y cultivar la armonía con el planeta Tierra, nuestro hogar. La historia de Daniel, el Mochuelo, es un canto a una bella utopía que no ha perdido vigencia.

Miguel Delibes celebra que el hombre haya llegado a la Luna, pero al mismo tiempo deplora que nuestra especie siga abocada a elegir entre la explotación capitalista y la opresión totalitaria. Cita los ejemplos de Alexander Dubcek y Salvador Allende, dos idealistas cuyos esfuerzos no sirvieron de nada. Nuestra civilización es consciente de que se va a pique, pero vive como si no existiera el futuro, buscando el beneficio inmediato, con independencia de sus costes. Delibes compara los efectos indeseados del progreso con un culatazo, mencionando el caso del DDT, que diezmó los parásitos y ayudó a combatir la malaria y otras enfermedades tropicales, pero que acabó incorporándose a los organismos animales, contaminando su sangre. Según las estadísticas, la leche materna de los humanos contiene niveles tóxicos para la salud. Algo semejante sucede con los vuelos supersónicos. Se puede volar de París a Nueva York en seis horas, pero en ese vuelo se consume la misma cantidad de oxígeno que la empleada por veinticinco mil personas para respirar. Los vuelos a reacción nos ponen en contacto con otras latitudes, pero ese prodigio no ha implicado una mayor cercanía en el plano emocional: «Estamos más juntos –y aún lo estaremos más– pero no más próximos».

La medicina –continúa Delibes en su discurso de ingreso a la Real Academia– ha duplicado la esperanza de vida en pocos años, pero el individuo cada vez es una variable más insignificante. En la era de la sociedad de masas, el humanismo, que subraya el valor irrepetible de cada existencia individual, parece un lujo o una extravagancia. Las nuevas generaciones ya no son educadas en los valores humanísticos. Los estudios clásicos son relegados en los centros de enseñanza en beneficio de las materias técnicas. Delibes habla de «tecnociencia» para describir el nuevo paradigma cultural, recordando que la literatura no es un adorno, sino un aspecto esencial de la cultura: «un pueblo sin literatura es un pueblo mudo». Todo está orientado al bienestar, pero cabe preguntar qué se entiende por bienestar. La espiral del consumo ha fijado un solo objetivo: disponer de medios materiales, acumular bienes, comprar sin límite. «El dinero se erige así en símbolo e ídolo de una civilización. El dinero se antepone a todo; llegado el caso, incluso, al hombre». Se producen mercancías superfluas y se despliega toda la persuasión posible para incitar su adquisición. Todo se subordina a ese objetivo. En las playas españolas de los años cincuenta aún imperaba la moral católica, exigiendo pudor a los bañistas hasta el extremo de imponer la segregación por sexos. La llegada del turismo cambió todo. El bikini se impuso por una simple razón: generaba divisas. La búsqueda del beneficio ha impulsado la fabricación en cadena, destruyendo el amor por la obra bien hecha y despersonalizando al trabajador. La rueda del consumo exige que todas las mercancías posean una vida efímera. Nada debe durar demasiado. Los países capitalistas y comunistas comparten esa estrategia. Todas las ideologías convergen en la apoteosis del consumo. El materialismo se ha impuesto en todas las latitudes. «Al teocentrismo medieval y al antropocentrismo renacentista ha sucedido un objeto-centrismo que, al eliminar todo sentido de elevación del hombre, le ha hecho caer en la abyección y la egolatría».

La civilización de la tecnociencia ha acentuado la voluntad de poder. Los bloques ya no se conforman con ejercer el liderazgo. Las armas nucleares han abierto una nueva posibilidad: el exterminio del adversario, su aniquilación total. Solo el riesgo de destrucción mutua frena la guerra atómica, generando un equilibrio de terror que mantiene a la humanidad en un estado de alarma permanente. La vieja táctica de «pan y circo» se ha reforzado con la aparición de un nuevo juguete universal: el televisor. Su poder de comunicación ha engendrado una nueva pedagogía cuyo objetivo es adocenar, manipular y dirigir, enajenando la capacidad de pensar. La política simplifica sus mensajes para llegar a más espectadores, reemplazando el pensamiento por consignas. Se oculta al mismo tiempo que se acumulan desechos radioactivos que podrían causar una catástrofe ecológica. En el Estado de Washington, cerca del río Columbia se han enterrado ciento veinticuatro tanques de acero y hormigón con doscientos millones de litros de desechos radioactivos. Si un terremoto de modestas proporciones, como el que se produjo en 1918 en Corfú, agrietara uno de esos recipientes se liberaría una radioactividad equivalente a la que desencadenaría una guerra nuclear donde se emplearan todas las armas atómicas existentes. Delibes alerta sobre los riesgos de la guerra bacteriológica y las modernas formas de espionaje, que invaden la intimidad con técnicas cada vez más sofisticadas. En el siglo XX el ser humano ha encendido un volcán y se ha instalado en sus faldas, olvidándose de los riesgos. «¿No se nos habrán escapado de las manos las fuerzas que nosotros mismos desatamos y que creímos controlar un día?».

Miguel Delibes dedicó gran parte de su discurso de ingreso a la Real Academia de la Lengua a la agresión perpetrada por las modernas sociedades industriales contra la naturaleza. «El hombre de hoy usa y abusa de la Naturaleza como si hubiera de ser el último inquilino de este desgraciado planeta, como si detrás de él no se anunciara el futuro. La Naturaleza se convierte así en el chivo expiatorio del progreso». El crecimiento ilimitado conduce al desastre, pues los recursos naturales no son inagotables. Cualquier intento de mejorar la naturaleza, como desecar lagunas o aniquilar los mosquitos, altera el equilibrio natural, provocando una cadena de desgracias. Las imágenes de nuestro planeta tomadas desde el espacio exterior evidencian la fragilidad de nuestro hogar. La Tierra solo es un punto insignificante en un universo con cien mil millones de galaxias. Las reservas mundiales de petróleo, hierro, plomo, cinc, estaño, cobre y otros recursos fósiles y minerales ya tienen fecha de extinción. Mientras tanto, la población mundial no cesa de crecer. El hacinamiento y la contaminación son un cóctel letal. La ansiedad, la angustia y la depresión se propagan como una epidemia, provocando una escalada de suicidios. En comparación con los pueblos, las ciudades registran unas cifras mucho más altas de tragedias: se duplican los asesinatos, las violaciones se multiplican por tres, se roba siete veces más. Miguel Delibes apunta que Erich Fromm no iba desencaminado al señalar que una «economía sana» produce hombres enfermos. Un alto nivel de consumo no es sinónimo de felicidad. Nadie está a salvo en una sociedad donde la insatisfacción crece sin tregua. «Navegamos en un mismo barco y todo lo que no sea coordinar esfuerzos será perder el tiempo. […] Nuestro planeta se salvará entero o se hundirá entero». Delibes cita a Roberto Rossellini, según el cual «nuestra civilización morirá por apoplejía porque nuestra opulencia contiene en sí las semillas de la muerte». Hemos aprendido a competir, pero no a caminar juntos. Delibes le da la razón a Alain Hervé: si queremos conservar la vida, hay que cambiarla. Es necesario detener la agresión a la Naturaleza. De no hacerlo, la espiral de deshumanización se agudizará, poniendo en peligro la convivencia. La ruptura del equilibrio en el orden natural acabará convirtiendo la Tierra en un lugar inhabitable, al menos para el hombre.

Miguel Delibes recuerda las palabras de Torrente Ballester en relación a su literatura. El novelista gallego señaló que para el vallisoletano «el pecado estaba en la ciudad y la virtud en el campo». Delibes aclara que su perspectiva es más compleja. El culto al progreso y la técnica ha destruido la cultura rural, sin alumbrar un paradigma alternativo. Los hombres y mujeres que han crecido en aldeas sienten que se les arrebata su lenguaje y su paisaje, abocándolos a una dolorosa impersonalidad. No es posible vivir sin referencias. La experiencia pierde su potencial creador cuando carece de cauces para expresarse. El auge del «homo tecnologicus» confina en los diccionarios palabras del medio rural. Algunas ya han desaparecido. ¿Qué será del paisaje, sin hombres que lo habiten y lo nombren, salvándolo del curso impersonal e indiferenciado de lo estrictamente biológico? No es suficiente preservar la Naturaleza. Hay que conservar su intimidad milenaria con el hombre. Cada vez que muere una palabra o un paisaje se queda deshabitado, la humanidad pierde algo irremplazable. Miguel Delibes afirma que sus personajes se resisten a diluirse en las grandes concentraciones urbanas, pues intuyen que allí no serán nada. «Se trata de seres primarios, elementales –reconoce el autor de El camino y Los santos inocentes-, pero que no abdican de su humanidad; se niegan a cortar las raíces. A la sociedad gregaria que les incita, ellos oponen un terco individualismo». Pretenden conservar su diferencia irreductible. «La ciudad uniforma cuanto toca; el hombre enajena en ella sus perfiles característicos. La gran ciudad es la excrecencia y, a la vez, el símbolo del actual progreso». Delibes cita a Isidoro, protagonista de Viejas historias de Castilla la Vieja, según el cual «ser de pueblo es un don de Dios» y «ser de ciudad es un poco como ser inclusero». Nini, el niño sabio de Las ratas, es capaz de predecir el tiempo o buscar remedios para una enfermedad, pero cuando le llevan un carburador estropeado se encoge de hombros. Su sabiduría es sabiduría de la vida, no de lo inventado y tecnológico. Esa forma de ser revela una oposición interna al efecto desintegrador del progreso.

Delibes augura un porvenir complicado para su obra: «Me temo que muchas de mis propias palabras, de las palabras que yo utilizo en mis novelas de ambiente rural, como por ejemplo aricar, agostero, escardar, celemín, soldada, helada negra, alcor, por no citar más que unas cuantas, van a necesitar muy pronto de notas aclaratorias como si estuviesen escritas en un idioma arcaico o esotérico, cuando simplemente han tratado de traslucir la vida de la Naturaleza y de los hombres que en ella viven y designar al paisaje, a los animales y a las plantas por sus nombres auténticos». Delibes cita a Juan Gualberto, el Barbas, protagonista de La caza de la perdiz roja. Juan se lamenta de las prisas que atosigan al hombre de las grandes ciudades. Acostumbrado a volar a Nueva York en pocas horas, no encuentra ningún sentido a esperar pacientemente en un puesto de caza, charlando de esto y aquello, comiendo un trozo de queso y algo de vino o mirando al cielo. La técnica impone su ritmo endiablado, frustrando los pequeños placeres de antaño. Delibes exalta la búsqueda de sus personajes: Pedro, el protagonista de La sombra del ciprés es alargada, aplaca su pesimismo vital en el mar; Sisí, el hijo de Cecilio Rubes, comprende el sentido de la vida en la naturaleza; la Desi, la criada analfabeta de La hoja roja, acude a sus recuerdos de infancia para olvidar su miserable existencia. Delibes afirma que sus personajes hablan poco no tanto por un exceso de individualismo, sino por un profundo escepticismo. «No son, pues, asociales, insociables ni insolidarios, sino solitarios a su pesar. Ellos declinan un progreso mecanizado y frío, es cierto, pero, simultáneamente, este progreso los rechaza a ellos, porque un progreso competitivo, donde impera la ley del más fuerte, dejará ineluctablemente en la cuneta, a los viejos, los analfabetos, los tarados y los débiles. Y aunque un día llegue a ofrecerles un poco de piedad, […] siempre estará ausente de ella el calor». Delibes señala que esos personajes pertenecen a la legión de los humillados y ofendidos. Un Dios «eternamente mudo» y una Tierra cada vez más estragada parecen haberse olvidado de ellos. El prójimo es una realidad cada vez más lejana. Delibes reivindica las protestas sociales y estudiantiles que han logrado algunos éxitos, como acabar con la Guerra de Vietnam. Ha sido una victoria de los jóvenes, que siguen luchando contra el equilibrio del terror de las superpotencias nucleares y que piden el fin de las agresiones contra la Naturaleza. Ese clamor enciende la esperanza de Delibes, que se resiste a llevar su pesimismo hasta una estéril desolación.

Julián Marías contestó a Delibes, examinado su trayectoria y alabando su sensibilidad ecológica. Destacó que su amor por la Naturaleza era indisociable de su amor por el hombre. ¿Ha perdido actualidad la defensa de la Naturaleza realizada por Delibes en su discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua? Pienso que no. De hecho, el calentamiento global ha puesto de manifiesto que las alarmas de Delibes, casi premonitorias, no eran injustificadas. Sin embargo, su visión del mundo rural está algo idealizada. En los pueblos, hay dignidad y belleza, pero también prejuicios e intolerancia. Se excluye al diferente y apenas se respeta la intimidad. Delibes no era un reaccionario, pero su perspectiva es incompleta. El campo puede ser un escenario bucólico, pero también un paisaje de crudeza y penalidades.

LA PASIÓN DE CAZAR

Siempre que surgió la ocasión, Miguel Delibes se definió como  «un cazador que escribe». Delibes amaba a la naturaleza porque sitúa al hombre en su perspectiva original, cuando sobrevivir exigía lucha, esfuerzo, sufrimiento. La caza no es una afición ni un deporte, sino un regreso a los orígenes. El ciclo de la vida solo puede continuar con la muerte de otros seres. Ignorarlo u ocultarlo, significa falsificar la realidad. En Diario de un cazador, Lorenzo, el protagonista, confiesa que una escopeta «le hace suspirar más que cualquier mujer», pues la caza es lo único que le hace sentirse realmente vivo. En una larga entrevista con Manuel Leguineche, Delibes explicaba las claves de su pasión por la caza, destacando su afición a la perdiz roja: «Te exige un mayor esfuerzo, una mayor dedicación. Es también más escasa, es mucho más difícil derribarla porque vuela lejos y rápido».

La caza de la perdiz roja exige la colaboración de un perro bien adiestrado. Sin él, la perdiz se oculta entre la maleza, las pajas o las hierbas del arroyo. Delibes evoca a su perra Dina, que tan bien levantaba las piezas, indicando que los perros solo se convierten en eficaces colaboradores cuando han crecido con su amo. Sin una estrecha simbiosis, el binomio humano-perro no funciona. Delibes sitúa la caza por delante de la escritura e incluso de las necesidades más vitales: «He dicho muchas veces que podría vivir sin comer, pero no podría vivir sin cazar, y en efecto, prefiero privarme de cualquier otra cosa que de la posibilidad de salir al campo cuando se abre la veda». Cita a Lorenzo, el protagonista del Diario de un cazador: «En tiempos de Lorenzo, el ideal del cazador era ser un hombre libre, sobre una tierra libre, contra un pájaro libre». Delibes se queja de la inevitable racionalización que ha impuesto el incremento de las licencias de caza, pero opina que es una circunstancia mucho mejor que las cacerías del franquismo, que popularizaron el ojeo, propiciando matanzas indiscriminadas que ponían en peligro el equilibrio ecológico. La caza sirve para regular las poblaciones, salvo cuando se convierte en una carnicería libre de reglas, particularmente en una época donde el número de licencias de caza ha pasado en pocos años de tres mil a casi un millón. Cuando Manuel Leguineche le pregunta qué tal tiraba Franco, Delibes contesta: «No tengo ni idea, pero yo supongo que un hombre que va a cacerías a las que tira 2.000 o 3.000 cartuchos tiene que ser muy malo para no llegar a acertar. Yo no me he relacionado nunca con ninguno de sus acompañantes, por tanto, no puedo opinar». Delibes señala que Juan Carlos I es un buen cazador que no mide el éxito por el número de piezas abatidas, sino por la belleza del lance.

El verdadero cazador no es un sanguinario, sino un hombre que ama la libertad y la naturaleza. «Para un verdadero cazador lo que tiene importancia es el despertar de la naturaleza, el ver los quiebros del perro, el ver la mejor manera de entrizar a las perdices y cercarlas, el conseguir que se entreguen ellas antes que tú, que lo de menos, si te pones a mirar, es la muerte del animal». El auténtico cazador no actúa atraído por la sangre y la violencia. Tampoco por el anhelo de presumir. «El cazador –afirma Delibes- es hombre abierto, aficionado al campo, hombre con tendencia a la soledad, hombre enemigo del gregarismo, enemigo de las multitudes». Es menos hermético que el pescador, que se reserva sus trucos. Busca la compañía y la camaradería, compartiendo lo que ha aprendido. Delibes habla de la estampa romántica del furtivo de otras épocas, pero advierte que no queda nada de eso. Actualmente, solo es un depredador incívico que utiliza toda clase de artimañas rastreras, como deslumbrar a las liebres con los faros de un coche y aprovechar su estupor para matarla. El furtivismo es una amenaza para la caza, pero también lo es la mecanización de la agricultura: «Un campo ordenado para la agricultura es desordenado para la caza; la caza gusta de la greñura, de la dificultad, de la maraña».

Delibes confiesa que le gustaría morir con la escopeta en la mano, pues la considera una prolongación de sí mismo, como la pluma. A los cincuenta y siete años, no siente que le haya salido la «hoja roja» que en los paquetes de papel de fumar avisa del fin de las existencias. Francisco Umbral comentaba que Delibes hacía metafísica con el «singular ejercicio humano de la caza». Muchas de sus jornadas de caza finalizaban con una sola pieza en el morral, tras largas caminatas por el campo. No le preocupaba. «Yo no soy un pirómano, sino un cazador esforzado, de escopeta y perro, no un carnicero, sino un cazador que cumple con la ley». Delibes admitía que no le agradaba la caza mayor: «matar un animal mayor que una liebre me da grima. Esos corzos y esos ciervos tienen ya los ojos muy humanizados, es un vertebrado muy evolucionado y no soy capaz de disparar sobre ellos. Ya la misma liebre me da una cierta dentera matarla cuando no queda muerta del tiro». No hay tanta crudeza al matar a una perdiz o una codorniz. De una sola perdigonada, caen al suelo. Hablando de uno de sus perros, un grifón, Delibes señalaba con humor que era «pacifista». Se asustaba con los tiros y se escondía detrás de sus piernas. Por supuesto, no se planteaba deshacerse de él.

Personalmente, no me gusta la caza. Me parece una actividad cruenta y, al vivir en el campo, he podido comprobar que muchos cazadores no sienten ningún respeto por el medio ambiente. Sin embargo, he disfrutado enormemente con los libros sobre caza de Miguel Delibes. No hay en ellos ninguna complacencia con la muerte o la violencia. De hecho, su amor a la naturaleza despunta por encima de cualquier hazaña cinegética. Delibes sostiene que la caza contribuye a mantener el equilibrio ecológico, controlando la población de las distintas especies. Sus argumentos pueden ser cuestionados, pero sus libros sobre la perdiz roja y la caza menor son indiscutiblemente hermosos. Su prosa elegante y sobria, muy castellana, desprende belleza en cada página, sin transigir con los alardes retóricos. Te hace sentir que paseas por esos campos de Castilla donde el hombre y la naturaleza aún pueden mirarse cara a cara,  sin experimentar extrañeza.

LA SOMBRA DEL CIPRÉS

La sombra del ciprés es alargada narra la historia de Pedro, un huérfano confiado por su tío a un matrimonio de Ávila, un maestro llamado Mateo Lesmes, con una visión trágica y pesimista de la vida, y su mujer, doña Gregoria, un ama de casa fría y convencional. Pedro crecerá con la pequeña Martina, hija única del matrimonio, la perrita Fany y Alfredo, un niño que se ha convertido en un estorbo para su madre, una viuda joven con un amante egoísta y sin escrúpulos. Fany es «una perrita ratonera con psicología de gato». Faldera, amante del fogón y cariñosa «desde el hocico hasta la punta del rabo», Pedro no necesitará esforzarse pare encariñarse con ella, pues su vitalidad manifiesta una alegría de vivir que no percibe en sus compañeros humanos, sumidos en una perpetua penumbra espiritual. Maniático y solemne, «don Mateo parece hijo de las piedras de Ávila». Enamorado de la ciudad, elogia a los hombres que levantaban murallas, castillos y conventos para estar más cerca de Dios. En nuestros días, el ser humano solo piensa en el instante, nunca en lo permanente y trascendente. Miguel Delibes muestra desde su primera novela su apego hacia las ciudades de provincia, cuyo tamaño hace posible una existencia más humana. Necesitamos sentir que pertenecemos a algún sitio, que algo nos sostiene y enraíza. No se puede vivir eternamente de paso, practicando un nomadismo que nos reduce a la condición de extraños en escenarios sucesivos. Mateo Lesmes aconseja austeridad. Hay que aprender a ser feliz con lo imprescindible, sin codiciar lo superfluo. No tener nada puede ser tan indeseable como acumular un vasto patrimonio. La angustia de carecer de cosas esenciales puede llegar a abrumar tanto como el miedo a perderlo todo. La «suprema quietud» solo se alcanza con las cosas sencillas: el afecto de una familia, la dignidad de un trabajo que responda a una vocación, el aprecio por el terruño natal. La muralla de Ávila expresa el anhelo de perennidad del hombre, trágicamente hostigado por el sentimiento de finitud. La fe –apunta Mateo Lesmes- nos revela que la dicha no se obtiene en este mundo. El hombre no es solo materia. Tiene alma y alberga la esperanza de preservar esa chispa divina. Es una aberración vivir solo para el mundo, pues lo caduco y provisional nunca calmará el hambre de eternidad que nos acompaña desde los primeros momentos de clarividencia.

Pedro aprende a base de sufrimiento. El atropello de Fany le revela la fragilidad de la vida. La perrita sobrevive, pero se queda coja. Todos los seres vivos son vulnerables, la existencia siempre pende de un hilo. La única forma de soportar esta amenaza es afianzarnos en el desasimiento. Cuanto menos vínculos afectivos y menos posesiones, menos posibilidades de sufrir. La muerte es una obsesión que atraviesa toda la obra de Delibes. El amor solo acentúa ese miedo, pues la propia muerte nunca es tan terrible como la pérdida de los seres queridos. Miguel  Delibes pareció anticipar la tragedia que le reservaba el destino: la pérdida prematura de su esposa. Hacia el final de su contestación al discurso de ingreso en la Real Academia del escritor vallisoletano, Julián Marías habló de Ángeles Castro: «Creo que no se puede entender la obra de Delibes sin tener en cuenta la realidad de su vida familiar: la compañía de tantos años de esa alegría serena que solíamos llamar Ángeles, esa mujer, a la vez maternal y niña, sencilla y clara, que con su mera presencia aligeraba la pesadumbre de la vida; los siete hijos que les fueron naciendo. A todos ellos los encontramos en las páginas que Delibes ha escrito. Ahora nos llega incurablemente herido; convaleciente hacia el trabajo, la creación y la esperanza de que “no todo se lo ha tragado la tierra”». Miguel Delibes necesitó diecisiete años para escribir sobre su mujer. «Ángeles siempre fue bella, pero, cuando la conocí, era tan bonita, inteligente y atractiva que tenía alrededor un centenar de moscones. Yo tenía un par de años más que ella, pero nos enamoramos, en el 46 nos casamos y en el 73 la perdí. Eso duró mi historia sentimental». Delibes recreó su relación con Ángeles Castró en Señora de rojo sobre fondo gris, una novela extraordinaria y conmovedora. Su pérdida, dolorosísima para un hombre profundamente enamorado, acentuó su obsesión con la muerte: «De mi propia muerte, lo único que me preocupa es el hecho físico de morir. Me gustaría que fuese de un modo rápido y en mi cama. Mi amargura precoz supongo que será una herencia neurótica como tantas otras cosas. Lo cierto es que la muerte para mí era una obsesión. Y no solo como posible protagonista de esa muerte».

Para una conciencia cristiana como la de Delibes, solo Dios puede abrir un nuevo horizonte. El mañana es esperanza, sí, pero esa expectativa siempre estará lastrada por la duda. No puede haber certezas de algo que acontecerá fuera del tiempo y el espacio. Solo cabe abrazar una promesa y perseverar en ella. En La sombra del ciprés es alargada, Pedro intenta atajar el riesgo de sufrir, desligándose de todo. Intentará convertir su individualidad en un parapeto inviolable. Su maestro le ha dado una lección magistral mientras contemplaban las murallas de Ávila, aconsejándole buscar la autosuficiencia de los estoicos, cuyo ideal de dicha se basaba en la sobriedad. El espíritu no necesita bienes, sino buenas ideas. Pedro procura seguir esas directrices, pero no logra espantar la muerte de su cabeza. Durante una visita al cementerio local, Alfredo, al que le une un cariño fraterno, le dice que morirá pronto, que su salud no es buena, y que no quiere ser enterrado bajo la sombra espectral de un ciprés, sino cerca de un pino, cuya sombra es más benévola. Pedro protesta, alegando que vivirá muchos años, pero Alfredo no se equivoca. La tuberculosis segará su vida a los doce años. El desenlace será precedido por una excursión clandestina y nocturna a los Cuatro Postes. Ávila es un lugar con una poderosa espiritualidad. En sus piedras se acumulan siglos de equilibrio. De noche, nevada e iluminada por la Luna, desprende el aroma de lo antiguo, bello y venerable: «Ávila emergía de la nieve mística y escandalosamente blanca, como una monja o una niña vestida del primera comunión. Tenía un sello antiguo, hermético, de maciza solidez patriarcal. […] Imaginé que no otra, en todo el mundo, podía ser la cuna de Santa Teresa. Porque su espíritu impregnaba, una por una, cada una de sus piedras y torres. Había en las nevadas almenas algo de una espectacular geometría ornada; algo diferente a todo, algo así como una alma alejada del pecado». Pedro comienza a comprender que la alegría es un estado del alma, no una cualidad intrínseca de las cosas. La excursión de Pedro y Alfredo que culmina en los Cuatro Postes, evoca la huida de Teresa de Ahumada y su hermano Rodrigo a tierra de moros para ser descabezados. Ambas peripecias convergen en el anhelo de inmortalidad, frustrado por los implacables límites de la historia y la biología. Cuando la muerte se lleva a Alfredo, Pedro descubre que el cuerpo, sin alma, es «un simple espantapájaros».

Miguel Delibes se mueve en la estela del existencialismo, preguntándose si la vida tiene algún sentido o es algo irremediablemente absurdo. «Morir no es malo para el que muere […]; es tremendo para el que queda navegando por la estela que el otro trazó, desbrozando, soportando una vida larga, fofa, despojada del menor aliciente». Alfredo es enterrado a la sombra de un pino y Pedro visita su tumba a menudo. Contempla con agrado cómo su copa se redondea, prodigando frescor. La pérdida de su querido amigo agudizará la sensación de vivir bajo el acecho de la muerte. Solo el consuelo de la fe, que abriga la esperanza del reencuentro con Alfredo, mitiga su tormento. Los dos amigos contemplaron en una ocasión la comitiva de un entierro. Un hombre seguía el féretro de su mujer. Ambos pensaron que vivir significaba peregrinar hacia la muerte, siguiendo el rastro de los seres queridos que desaparecen por el camino. El sino de los que viven es acumular pérdidas.

Ya de joven, Pedro se marcha a Barcelona para hacerse marino. Allí descubre que en las grandes urbes la historia es algo muerto, un vestigio del pasado; en cambio, en las pequeñas ciudades, la historia sigue viva. El mar aplacará su pesimismo: «el océano traía consigo la paz de los espíritus. Una paz sedante y fácil, que solo puede dar lo que no ofrece límite ni barrera en el espacio ni en el tiempo». Pedro fantasea con superar su visión trágica de la existencia: «Creí ingenuamente que mi enfermedad sin microbios podría ser tratada bebiendo intensa, pacíficamente, la Naturaleza, aletargándome en su contemplación, dejándome emparedar entre el cielo inmenso y el mar inmenso, y llenándome de su dilatación uniforme y vasta». Testigo de la guerra civil, Pedro afirma que la violencia, lejos de arreglar los conflictos, los agrava. La barbarie técnica ha incrementado el poder destructivo del hombre, que solo necesita pulsar un botón para exterminar miles de vidas. Después de contemplar el naufragio de un barco hundido por un submarino, el mar deja de ser una fuente de sosiego. Pedro maldice las guerras. No solo mutilan el cuerpo; también destrozan el alma. El pesimismo de Miguel Delibes nunca desemboca en la misantropía. Su delicadeza y ternura le impiden abominar del género humano. Los hombres hacen cosas horribles, pero también aman, crean y luchan por un mundo mejor. Pedro se enamora y se casa, pero su mujer muere en un accidente cuando la vida que albergaba en su interior comenzaba a despuntar. Vuelve a Ávila, huyendo del dolor. Sentir sus siglos de historia bajo sus plantas le mantiene arraigado a la vida. La tragedia no ha destruido su fe. Delibes concluye la novela con un grito: «Aún me quedaba Dios». Dios es la esperanza de un sentido que trascienda el desconcierto humano.

La sombra del ciprés es alargada contiene todos los elementos de la poética de Miguel Delibes: amor a la naturaleza («los árboles son unos buenos compañeros. Tienen la ventaja sobre los hombres de que no hablan tan alto. A veces, solo a veces, susurran»), apego a las pequeñas ciudades de Castilla, con su historia centenaria y su soplo místico, miedo tenaz a la muerte que solo se recorta con la expectativa de Dios, aprecio por la soledad, horror ante la deshumanización de los grandes espacios urbanos, nostalgia de una niñez donde se vivía con inmediatez y sin temor a la muerte, rebelión contra el absurdo, añoranza del silencio frente al estruendo de la civilización. Para Delibes, la única forma de escapar a la sombra alargada del ciprés es no guiarse exclusivamente por la razón. El corazón siempre es más sabio, pues sabe disfrutar del instante, sin pensar en lo que vendrá después.

Siempre que me adentro en los libros de Miguel Delibes me siento reconfortado por su humanismo, pero también me sacuden sus dudas existenciales. Su fe en Dios está oscurecida por el miedo a una nada destructora. La pérdida de su esposa acentuó ese temor, acercando su perspectiva a la de un Camus que busca infructuosamente un atisbo de esperanza. Delibes pertenece a la mejor tradición del realismo español. Su literatura desciende de Cervantes, Galdós y Baroja. No permaneció indiferente al auge de las innovaciones, que ensayó con fortuna en varias obras, pero el afán de narrar siempre prevaleció sobre la preocupación por el estilo. Desde su muerte, su obra ha caído en un relativo olvido, pero yo creo que volverá a ocupar el lugar destacado que le corresponde. Es uno de los grandes clásicos de las letras españolas, un gigante tranquilo que descansa bajo la sombra de un ciprés, pero que espera hacerlo un día en el regazo de Dios, libre al fin del opresivo reinado de la muerte.

Un famoso artículo de lectura obligada: por qué nuestro futuro depende de la lectura y la imaginación

Publicado por Javier Escribano en La voz del muro


Neil Gaiman, conocido autor de libros, cómics y cuentos del género fantástico (The Sandman, American Gods…) impartió en la Reading Agency de Londres, en 2013, una charla que se quedó en mucho más que una reflexión vaga…

Si tienes amigos matemáticos que te preguntan por qué leer ficción, dales este texto. Si tienes amigos que te convencen de que pronto todos los libros se convertirán en electrónicos, dales este texto. Si recuerda con calidez (o con horror) la nostalgia de ir a la biblioteca, lee este texto. Si tus hijos están creciendo, lee este texto con ellos, y si solo estás pensando qué y cómo leer con los niños, lee este texto.

Lo que sigue es una traducción editada de la charla, que puedes leer íntegra en The Guardian:


Es importante que la gente admita si tiene intereses. Yo voy a hablaros de la lectura, os voy a sugerir leer ficción, y os hablo de por qué las bibliotecas son importantes. Esto es una súplica apasionada para que la gente entienda lo que de verdad son las bibliotecas y bibliotecarios, y por qué debemos preservarlos.

Y tengo mis intereses, obviamente: soy un autor, normalmente de ficción. Escribo para niños y adultos. Durante 30 años me he ganado la vida con las palabras, generalmente inventándome cosas y escribiéndolas. Obviamente me interesa que la gente lea, que las bibliotecas existan y que se expanda el amor por la lectura.

Por eso soy parcial como escritor. Pero soy mucho, mucho más parcial como lector.

Estando en Nueva York, oí hablar sobre la construcción de las cárceles privadas (un industria en alza en Estados Unidos). Necesitan planificar su crecimiento, cosas como cuántas celdas necesitarán o cuántos prisioneros tendrán de aquí a 15 años. Y se dieron cuenta que podían predecirlo muy fácilmente, con un simple algoritmo, basado en el porcentaje de niños de 10 y 11 años que no podían leer. Y mucho menos leer por placer.

No es una escala 1:1, no puedes decir que una sociedad culta no tiene criminalidad. Pero hay correlaciones reales. Y una de esas, la más simple, es que la gente culta lee ficción.

Las personas cultas leen ficción (y cómo hacer que la lean tus hijos)

La ficción tiene dos propósitos

Lo primero, es una puerta de entrada a la lectura

El deseo de saber qué ocurre después, de pasar la página, la necesidad de seguir leyendo incluso aunque sea duro, porque alguien tiene problemas y tienes que saber cómo va a terminar… es un deseo muy real. Descubres que leer, por sí mismo, es placentero.

Una vez que lo aprendes, ya estás listo para leer cualquier cosa. Y leer es la clave. Se hablaba hace unos años sobre la idea de que vivíamos en un mundo post-literario, en el que la habilidad de crear sentido con la palabra escrita era algo redundante, pero esos días pasaron. Las palabras son más importantes que nunca.

La forma más fácil de asegurarnos de que criamos a niños cultos es enseñándoles a leer, y mostrarles que es una actividad placentera. Y es tan sencillo como darles libros que disfruten.

No creo que haya libro infantil malo. De vez en cuando algunos adultos han declarado que autores de libros infantiles, como Enid Blyton o RL Stine, son malos; o que los cómics fomentan la incultura. Son tonterías. Si hay un niño al que le interese, el autor no es malo, pues cada niño es diferente. Una idea trillada y tópica no lo es para ellos. Es la primera vez que se la ha encontrado.

No desanimemos a los niños porque creemos que están leyendo ficción mala: la ficción que no te gusta es un camino a encontrar otros libros. Y no todos tienen los mismos gustos. Adultos bienintencionados pueden destruir fácilmente el amor de la lectura por los libros: si le quitas lo que les gusta y les das libros «dignos pero aburridos», acabarás con una generación convencida de que leer es desagradable.

Tenemos que hacer que los niños se suban a la escalera de lectura: cualquier cosa que lean les hará subir peldaño a peldaño (pero no hagáis como yo, que traumaticé a mi hija de 11 años, aficionada a RL Stine, con una copia de Carrie. Aún me fulmina con la mirada cuando escucha el nombre de Stephen King).

La segunda cosa que hace la ficción es generar empatía.

Cuando ves una serie o una película, estás viendo cosas que le pasan a otras personas. La prosa es algo que construyes con solo 26 letras y algunos signos de puntuación, y tú, solo tú, usando la información, creas un mundo a través de tus ojos. Llegas a sentir y ver cosas que no podría de otra forma. Pasas a ser otra persona, y cuando regresas a tu mundo, algo en ti ha cambiado. La empatía es una herramienta que nos permite funcionar como algo más que individuos centrados en sí mismo.

Leer también te enseña otra cosa importantísima de cara a abrirte camino en el mundo: las cosas no tienen por qué ser siempre así, pueden ser diferentes.

En 2007 estuve en una convención de ciencia-ficción y fantasía en China. Ese género había estado desacreditado en el país durante mucho tiempo, así que le pregunté a uno de los organizadores qué había cambiado. «Es simple», me dijo. Los chinos eran brillantes haciendo cosas si otras personas les daban las instrucciones. Pero no innovaban, no creaban. Así que mandaron una delegación a EE UU, a Apple, Microsoft, Google, y hablaron con la gente que estaba inventando el futuro. Resultó que todos ellos habían leído ciencia ficción de pequeños.

La ficción puede mostrarte un mundo diferente. Una vez que has visitado otros mundos, nunca más puedes estar plenamente satisfecho del mundo en el que creciste. La insatisfacción es algo positivo, pues hace que la gente quiera cambiar y mejorar mundo.

Y ya que estamos, quisiera decir algo sobre el escapismo. He escuchado el término como algo peyorativo, como si la ficción «escapista» fuese un opio barato, y que la única ficción que merece la pena, tanto para adultos como para niños, es aquella que refleja lo peor del mundo en el que vive el lector.

Si estuvieras atrapado en una situación difícil, en un lugar desagradable, con gente que te quiere hacer daño, y alguien te ofreciese un escape temporal, ¿por qué no lo aceptarías? La ficción escapista te da justo eso, te abre la puerta a un lugar en el que tienes el control absoluto, con gente con la que quieres estar (y no lo dudéis, los libros son lugares reales). Y lo más importante, en tu escape, los libros te dan conocimiento sobre el mundo, te dan armas y armaduras: conocimiento y habilidades que puedes usar cuando regreses a tu prisión.

Como dijo JRR Tolkien, los únicos que se oponen al escapismo son los carceleros.

El papel de las bibliotecas y por qué debemos protegerlas

Otra cosa que destroza la pasión de un niño por la lectura es cuando no tienen ningún libro alrededor. Yo tuve suerte: había una excelente biblioteca local donde crecí. Tenía la clase de padres que podías persuadir para que me dejaran en la biblioteca de camino al trabajo durante las vacaciones, y la clase de bibliotecarios que no les importaba recibir todos los días a un niño pequeño y solo, buscando libros con fantasmas, magia o cohetes, buscando vampiros, detectives o brujas. Y cuando me terminé la sección infantil empecé con la de adultos.

Eran buenos bibliotecarios, les gustaban los libros y que los libros fueran leídos. No mostraban ningún esnobismo por las cosas que leían, sencillamente les gustaba que ahí estuviese este niño ojiplático al que le encantaba leer, y al que podías hablarle de libros o darle recomendaciones. Me trataron como a cualquier otro lector, ni más ni menos, algo a lo que no estaba acostumbrado con ocho años.

Las bibliotecas son sinónimo de libertad. Libertad de leer, de pensar, de comunicar. Son sinónimo de educación (el cual no es un proceso que se termina el día que sales del colegio o la universidad), de entretenimiento,de crear refugios, y también de acceder a la información.

Me preocupa que el siglo XXI la gente no entienda para qué están las bibliotecas y su propósito. Si piensas en las bibliotecas como una estantería de libros, quizá te parezca anticuado en un mundo en el que casi todos (pero no todos) los libros existen en en formato digital. Pero eso sería verlo de forma equivocada.

Durante toda la historia de la humanidad, hemos tenido escasez de información, y tener acceso a ella tenía un gran valor: cuándo plantar los cultivos, dónde encontrar cosas, mapas e historias…

En los últimos años, hemos pasado de una economía con escasez de información a una inundada por su exceso. Según Eric Schmidt de Google, cada dos días la raza humana crea la misma cantidad de información que la que había desde el origen de la civilización hasta 2003. El desafío ha pasado de buscar el único brote del desierto a buscar una planta específica en la jungla. Necesitamos ayuda al navegar entre tanta información para encontrar lo que necesitamos.

Los libros son solo la punta del iceberg de lo que ofrecen las bibliotecas. También son lugares para que gente que quizá no tenga ordenadores pueda acceder a internet sin pagar, algo muy importante para, por ejemplo, buscar trabajo. Los bibliotecarios pueden ayudar a esa gente a navegar por el mundo.

Protegiendo las bibliotecas, protegemos nuestro futuro

No creo que todos los libros deban migrar a las pantallas. Como dijo Douglas Adams muchos años antes de la llegada del Kindle, un libro en papel es como un tiburón. Los tiburones son antiguos, están desde antes de los dinosaurios, y la razón por la que sigan aquí es porque los tiburones son los mejores siendo tiburones que cualquier otra animal. Los libros son sólidos, resistentes, encajan bien en tu mano: son mejores siendo libros que cualquier otra cosa, y siempre tendrán su lugar.

Las bibliotecas son las puertas del futuro. Por eso es triste que, por todo el mundo, las autoridades vean la oportunidad de ahorrar dinero cerrando bibliotecas, sin darse cuenta de que están robando del futuro para pagar hoy. Están cerrando las puertas que deberían estar abriendo.

Según un estudio, Inglaterra es el único país donde el segmento de edad más avanzada tiene más competencias en números y letras que los más jóvenes, habiendo considerado otros factores como el género o condiciones socioeconómicas.

En otras palabras: nuestros hijos y nietos son menos cultos que nosotros. Tienen menos habilidad para moverse por el mundo, para resolver problemas, se les puede mentir más fácilmente, serán más incapaces de cambiar el mundo.