Creer en tiempo de coronavirus

¿Cómo creer cuando aparecen las desgracias? ¿con perplejidad? ¿pasándose a la incredulidad? ¿o son ocasión magnífica para crecer en la fe? Una fe del paleolítico es una fe mágica. Esa que entiende que Dios es un caprichoso a veces feliz, a veces sádico que reparte bienes y desgracias; eso se parece más a los dioses viejos que al Dios cristiano.

Una desgraciada lectura del “Pidan y se les dará” hace pensar a mucho creyentes que la realidad depende de la insistencia humana. Triste imagen de diosecillos ancestrales. No es ese el Dios de Jesús.
(Recomiendo la entrevista al teólogo Martín Gelabert)

Dios no envía el coronavirus ni lo elimina. Dios es el Creador sí, y es omnipotente sí. Pero la omnipotencia no puede hacer círculos cuadrados, ni amores egoístas, ni asistencialismos promocionantes, ni liberaciones esclavizantes. Dios no se desentiende nunca de la humanidad, ni de cada uno, pero abrió un espacio a la libertad y la naturaleza; y él mismo (sobre todo en Jesucristo) padeció esas mismas condiciones.

Las beaterías de siempre han aprovechado para disparar contra los creyentes y obispos que respetan esta fe y han sugerido que sea de cobardes y sumisos aplicar a los actos litúrgicos las recomendaciones sanitarias para cualquier reunión. Hay quienes creen que por andar Dios por medio se dejan de lado las condicionantes de cualquier acto social. Un vino consagrado, si también contuviera veneno, no dejaría de contener ese veneno. Seamos normales. Las beaterías de siempre han relatado que solo los obispos polacos han propuesto que haya más Misas. Pero las Misas en que se junte tanta gente como en el 8M de Madrid tendrán las mismas consecuencias sanitarias que aquella reunión.

La presencia del coronavirus quizá haga dar un paso más en el convencimiento de que como dice Francisco en “Laudato si”, “todo está conectado”; el que vea la vida de manera individualista vive realmente en el Paleolítico y si su fe es individualista es una fe de aquella época. La suspensión de actos católicos y no de los actos del 8m quizá sea porque los católicos tenemos una relación con nuestra fe que incluye la razón. Es una relación integral, no fanática. Y lo es porque hemos avanzado. En otras épocas teníamos esa relación poco racional, semimágica. Hoy aquella forma vieja de relación es la que tienen en buena parte del feminismo (y lo mismo pasa con parte de nacionalismo y ecologismo).

Aceptando suspender actos religiosos no manifestamos que seamos sumisos, sino que creemos con la Iglesia que “la Gracia no anula la naturaleza” y si hay condiciones sociales de infección no va a dejar de haberla porque el acto sea piadoso. Creo más bien, aunque no lo diga así exactamente el Catecismo, que forma parte de la libertad de Dios, haber renunciado a ese poder. Es algo similar a muchos padres que no imponen algunas cosas a sus hijos porque un día encendieron con amor esa chispa de libertad en sus corazones. Porque, como dice Francisco, quieren seducir, no imponer. Dios, como los padres que conozco, trabajan por encender la chispa del amor, no la impone.

No es que seamos sumisos, es que distinguimos -como Francisco- la técnica de la tecnocracia. Nos oponemos a la tecnocracia, la técnica encastillada en su poder, el negocio de las multinacionales de la farmacia, la distinción entre clases dentro del sistema sanitario y tantas otras cosas. Sin embargo, con la misma fuerza con que nos oponemos a la tecnocracia manifestamos nuestro amor y reconocimiento por la técnica. Valoramos los esfuerzos de los profesionales, las investigaciones de los científicos, las propuestas consensuadas, el sinfín de tareas pequeñas que hacen avanzar. Es la vieja relación entre la razón y la fe. Una relación circular, convergente, dialéctica, enriquecedora.

Creer en tiempos de coronavirus es aceptar las propuestas inteligentes, razonables, científicas y no imaginar que las cosas se arreglan amontonando rezos. Orar es imprescindible para seguir trabajando en medio del cansancio, para encajar las dificultades, para aceptar que nos equivocamos a veces, para cuidarse y cuidar de los otros. La oración es muy importante pero no a medida de mi capricho sino la oración cristiana.

Creer en tiempos de coronavirus es saber aprender. Se ha puesto de manifiesto que de esta no puede salir cada uno por su cuenta. Ni solo por la acción de las instituciones. Hace falta la persona en su íntima decisión y hacen falta las instituciones. Es tiempo de aprender que no sirve ni el pánico ni la superficialidad. Es tiempo de aprender que cada profesión debe ser una vocación ejercida por amor y no por dinero. Es tiempo de aprender a compartir, de poner en juego las cualidades. Es tiempo de practicar “de cada cual según sus posibilidades, a cada cual según sus necesidades”; por eso los jóvenes se ofrecen a hacer la compra a los mayores, los niños aprenden a jugar a otras cosas, las profesiones todas se preguntan cómo amar más y mejor.

Creer en tiempos de coronavirus es ver todo el dolor económico que conlleva esta pandemia. Ya hay quien ha dicho que la crisis económica generará más muertes que el virus. El paro mata y el paro ha aumentado. Es razonable que los funcionarios se planteen la solidaridad con los autónomos; o mejor dicho los altos funcionarios con los bajos autónomos, porque de todo hay. Qué pasa con los que se quedan en paro en cosa de todos. Los filósofos del libre mercado esperamos que mejoren sus ideas a la vista de la realidad. Está claro ya que tanto el mercado como el estado resultan insuficientes por si mismos.

También habrá que darse cuenta de que una sociedad avanzada necesita que no haya personas que no llegan a fin de mes trabajando. Es necesario incluso tener un patrimonio solidario que permite afrontar estos imprevistos. La Iglesia defiende esto, con cierta timidez desde León XIII y con más fuerza desde Pablo VI. Hay que promover una economía que no haga solo limosna con quien cae en una emergencia; es necesaria una economía que cambie el corazón mismo del sistema.

Habrá que preguntarse si la investigación está enfocada a las grandes necesidades de la humanidad o hay cualidades investigadoras dedicadas a caprichos de élites minoritarias. Habrá que preguntarse también por la gestión política. No para exigir que no se cometiera ningún error pero sí para preguntarse si algunos con cualidades políticas prefirieron la comodidad de no bajar a esa arriesgada arena, sí para preguntarse si en vez de servir algunos fueron a la política a servirse.

Creer en tiempos de coronavirus exige plantearse que en cuanto pase la pandemia habrá que preguntarse por cómo construir una sociedad realmente justa. Porque la justicia social hará que los virus se encuentren una población más sana, más preparada, más prevenida. Si hay justicia no habrá personas para quienes lo de “quedarse” en casa no sea un auténtico calvario porque la casa misma es incómoda o insalubre; parecen olvidar algunos que a veces la casa no es tal; los “sin techo” siguen existiendo, los campamentos de refugiados y los CIEs siguen existiendo.

Creer en tiempos de coronavirus es dedicar tiempo y reflexión a una perspectiva crítica. Es bueno preguntarse por nuestra falta de prevención, es necesario criticar la frecuente dedicación de la capacidad investigadora a lo que es negocio en vez de al bien común.

Creer en tiempos de coronavirus es experimentar que ya nunca más es posible una vivencia egoísta. Que todos somos solidarios. Queramos o no caminamos hacia la solidaridad. Eso sí, creo, Dios lo quiso así. La humanidad tiene ante sí una gran oportunidad.

Eugenio Rodríguez

Migraciones: ¡Un robo a los pobres!

«¿Quién pide perdón hoy por asentar un mundo institucional tan injusto con los empobrecidos?»
«La emigración sólo tiene solución revolucionaria, lo demás son cataplasmas, incluyendo políticas de puertas abiertas»

Me quedó fijado en la memoria el informe del BBVA del año 2000 que decía que España precisaba anualmente un flujo de 300.000 inmigrantes para poder conservar su Estado de Bienestar (El País, 30-VI-2000). Esto significa que mantener nuestro Estado de Bienestar produce malestar en otros.

A mediados de julio, varios medios informaban que Trump anunciaba redadas para deportar 2000 “sin papeles”. En esa situación hay 11 millones en USA, por tanto, el porcentaje es irrelevante en lo cuantitativo, pues afecta a menos del 0,02 % de ellos, pero es muy relevante en lo cualitativo por las consecuencias de opresión y explotación para los inmigrantes: someterse a peores condiciones de vida y trabajo, utilizar menos los bienes sociales y sanitarios a los que tienen derecho, etc.

En el libro de Stephen Smith “La huida hacia Europa” (edit. Arpa 2019), premio “Libro Geopolítica del Ministerio de Asuntos Exteriores Francés 2018”, se cita la proyección de la ONU del 2000 de que en el 2050 habrá 80 millones de inmigrantes de 1ª y 2ª generación en la UE, el 26 % de su población.

El informe “Health at a Glance 2015” afirma que 19.400 de los médicos que trabajaban en España en el 2014 procedían del extranjero, el 9,4%, que en el Reino Unido es el 28,7% y en Estados Unidos el 25%.

Los porcentajes se incrementan. La revista “Redacción Médica” relata que el Ministerio de Educación Español convalidó 5.822 títulos de Medicina de 2015 hasta julio 2017 procedentes de 43 países (1.383 en 2015, 2.816 en 2016, y 1.623 hasta julio de 2017). Son: 1.148 Venezolanos,783 Colombianos688 Cubanos, etc. Lógico,por ejemplo, que haya dos grupos de facebook de Médicos Cubanos en España con casi mil miembros cada uno.

El coste de un curso en una universidad de USA, según el libro citado de Smith, es de más de 50.000 €. La formación de un médico especialista lleva unos 11 años, por lo que la formación de los 6 años de facultad de los 5.822 médicos costaría casi dos mil millones de €, pagados por los países empobrecidos, que lógicamente son una deuda contraída con ellos. Este é el coste de la formación universitaria de los que vinieron en esas fechas sin contar la especialidad, ni la primaria, la secundaria y otros gastos. Ni otros años y otros inmigrantes.

El País” informaba a principios de año (24-I-19) que a la sanidad pública le faltan 4.000 especialistas médicos. El déficit aumentará hasta triplicarse en 2025 según un estudio del Ministerio.  Contaba el secretario de la Organización Médica Colegial que «en los próximos cinco años se jubilarán 45.000» (El Confidencial 11-III-18).

Por otra parte, Alfonso Gago, catedrático en la Universidad de Málaga, en el VI Encuentro del Voluntariado de las Cáritas Galegas de junio 2013 tuvo una reflexión titulada: La aportación de los pobres al progreso científico y social de la humanidaden la que citó estos datos de un estudio que había realizado con sus alumnos:

  • Casi el 60% de los profesores universitarios de grado medio de los EE UU (el equivalente aquí a las escuelas de ingeniería técnica, aparejadores y diplomados diversos) habían nacido en los países del tercer mundo. Eran inmigrantes.
  • El inmigrante filipino Leon O. Chua, que Gago había estudiado mucho en su tesis doctoral, era uno de los investigadores electrónicos de más prestigio en el mundo, asesor directo del gobierno de USA y asesor obligado de todos los proyectos tecnológicos do ejército americano.
  • En la encuesta que hicieron sobre investigadores punteros de tecnología y ciencia en microelectrónica, robótica, telecomunicación, informática,… en las revistas científicas donde se publican los últimos avances sobre esos temas encontraron que: más del 65% había realizado en el 3º mundo hasta los estudios secundarios, y casi el 60% los universitarios (financiados, por tanto, por los impuestos de los pobres del 3º mundo). Apenas el 10% había hecho su tesis doctoral en el 3º mundo, y apenas pasaba del 3% los que trabajaban actualmente en las universidades de los empobrecidos. La encuesta confirmaba que la fuga y robo de cerebros era más intensa de lo imaginado. Todo eso para desarrollar una  Ciencia y Tecnología utilizada en los últimos 50 años para producir un abismo entre las economías de los países enriquecidos (que no ricos) y las de los empobrecidos (que no pobres).

Llegados aquí ¿qué podemos decir de las actitudes que sostienen que los inmigrantes vienen a quitar los puestos de trabajo a los de aquí y son una amenaza para la identidad cultural europea, española, catalana, gallega…? ¿Cómo valorar la postura de los del “Welcome” en la que los partidarios se sienten satisfechos de ser buenas personas? Ambas posturas no son igualmente criticables y la xenofobia puede llevar al delito.

Este artículo quiere ir al fondo desde la justicia y, como ya muestra el título, la postura positiva de acogida, si no tiene en cuenta este expolio a los empobrecidos para repararlo, tiene graves fallos contra la justicia. ¡Qué cada uno le ponga el nombre que considere adecuado!

¿Quién pide perdón hoy por asentar un mundo institucional tan injusto con los empobrecidos? El expolio, robo institucionalizado, no se blanquea con una pancarta de bienvenida sea de grupos sociales o religiosos.

Ya la “Laborem Exercens” sostenía que el migrante “ante todo, constituye generalmente una pérdida para el país del que se emigra» (nº 23).

¿Cómo solucionar este tema? La Revista Acontecimiento sostiene: «Problema humano -personal y político-, la emigración sólo tiene solución revolucionaria, lo demás son cataplasmas, incluyendo políticas de puertas abiertas» (nº 49, p. 32). La revolución, para que sea solución, sólo puede realizarse desde la NO-VIOLENCIA ACTIVA.

Antón Negro

Fuente: Religión Digital