La salida no es hacia dentro

Por Fernando Balius

Fuente: ctxt.es

Foucault ya nos explicó aquello de que la locura existe necesariamente en sociedad. El sufrimiento psíquico, en sus distintos grados, tiene lugar dentro de un determinado conjunto de normas y relaciones. Lo que sucede en nuestras cabezas no puede ser considerado fuera del mundo en el que vivimos. No al menos si queremos intentar comprenderlo, si queremos atenuarlo.

Vivimos en un orden social capitalista y llevamos prácticamente un año atrapados en una pandemia que ha modificado nuestra existencia de formas que jamás nos habíamos planteado. Por descontado, ambas realidades están profundamente conectadas. La existencia de una crisis sanitaria planetaria no ha logrado desplazar la centralidad del dinero en todos los aspectos de la organización social, y la gestión de las patentes de la vacuna contra la covid-19 es quizás el exponente más cruel de ello. No es de extrañar entonces que, frente a un futuro que sin lugar a dudas se plantea oscuro y cuesta arriba, la angustia que nos atraviesa ofrezca un campo de negocio sin precedentes para una industria que vende eternos procesos de crecimiento personal, desarrollo espiritual y reinvención profesional. Sea cual sea la parcela desde la que se opere, la promesa siempre es idéntica: construir una existencia más plena y llena de sentido. Y para ello la consigna es replegarse en uno mismo, porque la salida es hacia dentro: un asunto íntimo de cada cual, una responsabilidad particular que hay que afrontar con la colaboración de profesionales cualificados para arrojar luz sobre las penumbras del ser humano.

La transformación individual como camino para acabar con nuestro sufrimiento psíquico es una idea que casi se vende sola. Encaja con todo cuanto nos han enseñado desde que tenemos uso de razón. Si te esfuerzas lo suficiente, si inviertes el capital necesario, puedes triunfar y alcanzar un estadio superior, y en el caso de no ser así, has sido educado de mil maneras para sentirte culpable y único responsable de la caída. Sin embargo, el repliegue forzoso al que estamos siendo sometidos no ha mejorado la salud mental de nadie en mi entorno. El confinamiento y el conjunto de restricciones que le han seguido no han traído de la mano ninguna iluminación, sino más bien letargo y pesadumbre. El tiempo pandémico que conozco transcurre mayoritariamente entre la pena y la ansiedad. Una vez hemos sido privados de nuestras relaciones con los demás y nos hemos quedado hurgando en nuestro interior, somos multitud quienes hemos experimentado un tipo u otro de colapso. Descartada la posibilidad de salir mejores de esta, aspiramos tan solo al mínimo daño posible. Precisamente cuando se han dado las presuntas condiciones objetivas para que una gran parte de la población pudiera emprender un viaje de autoconocimiento hacia el bienestar emocional, la realidad ha venido a recordarnos lo determinante que resulta el ambiente material y social en aquello que creemos que somos.

Supongo que hay quienes dirán que no nos estamos mirando a nosotros mismos de la manera adecuada, que no contamos con el asesoramiento correcto y necesario para poder alcanzar la transformación. Incluso que no la hemos deseado lo suficiente. Por mi parte, todo lo que respondería es: 2020. Un argumento tenaz –y quizás definitivo– contra toda forma de  atomización social. El despertar de mi conciencia no constituye ahora mismo ninguna prioridad en mi vida, no tengo intención alguna de conocerme mejor ni anhelo desarrollar un potencial oculto. Pero cuando echo de menos lo hago con una intensidad que ya apenas recordaba. Y me pierdo en los recuerdos para estar menos solo. Tengo más presentes que nunca a las personas que quiero, precisamente porque la mayoría no están y no hay perspectiva cercana de que lo estén. Lamento las amistades que descuidé y hago inventario de mis errores. En definitiva, pienso en el otro. Le necesito y a estas alturas ya estoy cansado de mí. Quizás por eso hace poco desperté pensando en cómo durante las primeras semanas del 15M salía al trote de la oficina para cruzar Madrid en la línea 1 de Metro y llegar a una plaza atestada en Vallecas. Eso es lo que realmente añoro. Y si ya lo hacía antes de que esta crisis estallase, ahora lo hago más y con mejores motivos.

¿No es acaso el aislamiento una de las características que definen este mundo que tanto daño nos hace? ¿No está en la base de todo ese espectro informe conocido como “trastornos mentales”? Hace algunos años presencié una ponencia de un psicólogo e investigador finlandés llamado Jaakko Seikkula, quien lleva décadas diseñando e implementando proyectos de intervención comunitaria con personas que tienen experiencias psicóticas. Su notoriedad internacional se debe a que dichos proyectos se asocian a un descenso en las tasas de diagnóstico de esquizofrenia en la población y a un incremento en las de recuperación (tal y como se refleja, por ejemplo, en Five-year experience of first-episode nonaffective psychosis in open-dialogue approach). Recuerdo que en un momento dado de su exposición afirmó que él no había conocido jamás a ningún “esquizofrénico”, que, frente a ese constructo que llamamos “esquizofrenia”, lo que realmente existe es un fracaso social y el aislamiento progresivo de algunas personas. Esta es una idea que comparto y extiendo a la mayor parte de diagnósticos psiquiátricos, y desde luego no lo hago a modo de especulación teórica, sino basándome en mi propia experiencia –así como en mis propios diagnósticos– y en la considerable cantidad de realidades que he conocido durante las más de dos décadas que llevo relacionándome con otras personas psiquiatrizadas. A mayor ensimismamiento y mayor deterioro relacional, más jodidos estamos.

Tal y como se han encargado de señalar numerosas autoras y autores contemporáneos desde distintas perspectivas (Zygmunt Bauman, Fernando Broncano, Maria Dolors Comas…), la soledad es una experiencia central de las sociedades occidentales. Frente a esa realidad incontestable, el triunfo de la psicologización como recurso estandarizado para tratar de entender la realidad se funda en aceptar acríticamente que el malestar, el sufrimiento psíquico o la locura son un asunto privado de cada cual. Y donde no se comparte no hay politización posible. A veces pareciera que el psiquiatra que receta los psicofármacos, el psicólogo clínico, el psicoterapeuta (con sus cien escuelas a elegir), el coach, el profesor de yoga y el responsable de recursos humanos se han conjurado para recordarnos que la solución está dentro de nosotros mismos. Y si alimentamos bien algunos neurotransmisores, o cultivamos la resiliencia, o ejercitamos nuestra inteligencia emocional, o tenemos la cantidad necesaria de fuerza de voluntad, o aprendemos a deshacer los bloqueos energéticos, o nos decidimos de una vez a ser proactivos saldremos de la mierda.

El marketing nunca juega a perder. Siempre te va a hablar de cómo esa mierda está a punto de llegar a tu cuello, y de que si te valoraras lo suficiente, buscarías-comprarías todos los recursos posibles. Pensarías en ti, que sin duda te lo mereces. Disponer de recursos y herramientas es importante, sobre todo cuando son reales (y la mayor parte de ellos son básicamente humo, aunque ese es otro tema), pero algún día habrá que hablar de la mierda en sí. De lo contrario se corre el riesgo de que la vida pase entre bocanada y bocanada de aire, sin llegar a saber que se trata de un problema común.

No hay mecanismo de alienación que pueda ocultar por completo el hecho de que nuestra individualidad se configura a través de la relación social. Son demasiadas las pistas que nos llevan a ello. Los problemas psicológicos surgen en las relaciones y en ellas se encuentra su solución. Por eso creo de corazón que la salida a la asfixia provocada por una arquitectura individualista se llama solidaridad.

Los pobres

Autor: Diego S. Garrocho

Ya no hay pobres como los de antes. De hecho los pobres nos dan tanto miedo que, de un tiempo a esta parte, hemos decidido dejar de nombrarlos. A cambio hemos creado una colección de eufemismos solemnes y tecnificados para evitar imponer a las cosas su justo título, aunque la realidad doliente de quienes nada tienen siga ocultándose detrás de las nuevas palabras.

Afinen el oído. Hoy escucharán hablar de colectivos en riesgo de exclusión social, de personas vulnerables o, incluso, cuando la palabra se hace ya insoslayable, recurrimos al nombre genérico de ‘pobreza‘. Es entonces cuando el cursi suspira y aprieta con gravedad los párpados y el canalla levanta el puño. Pero la pobreza en abstracto, estarán conmigo, no es ninguna amenaza. La desgracia, la herida encarnada que supone no tener ni para ti ni para los tuyos, se instala siempre sobre los hombros de personas singulares, con un rostro, un nombre y una historia.

El problema no es la pobreza, sino los pobres. Unos pobres que no tienen que corresponderse con un imaginario subsahariano ni con la herrumbre oxidada de cualquier país remoto. Su vecina de 27 años que vive en casa de sus padres es pobre. Su amigo que habita un pisito de 30 m2 con 40, también.

España pronto será un país de gente pobre y si aplicamos un sesgo generacional podemos concluir sin riesgo a equivocarnos que, de facto, ya lo es. No sólo la vida tal y como la conocieron nuestros padres se ha truncado, sino que el horizonte de expectativas que hace posible imaginar un futuro meramente razonable se ha visto paulatinamente impedido. En pocos días se cumplirán diez años del 15M y en aquel contexto se inauguró un lema tan contradictorio como inquietante: el de una juventud sin futuro que dejó de ser joven pero que mantuvo la fatalidad de un porvenir imposible.

No es que seamos cada día más pobres: es que nadie parece estar dispuesto a remediarlo. Cada día es más evidente que una izquierda embutida en polos de Fred Perry y abandonada a la coartada emocional del antifascismo jamás atenderá a los intereses de las clases empobrecidas. Atacar a la familia, disolver el sujeto universal en favor de delirios identitaristas o renunciar al capital moral y conceptual de la Ilustración parecen estrategias autolesivas a la hora de proteger a los más débiles.

Si a ello le sumamos el insistente coqueteo con la violencia (desde Rentería hasta Vallecas) o la paulatina degradación de garantías civiles tan básicas como la presunción de inocencia o la libertad de prensa, descubriremos, con natural claridad, por qué esta izquierda no podrá representar el interés de los pobres. Para remate, si quieren ver a un izquierdista patrio tartamudear, háblenle de la solidaridad interterritorial o, aún mejor, de la jacobina unidad indivisible de la República.

Pero el problema, como en toda crisis estructural, no es simplemente de sesgo o identidad ideológica, sino que la carcoma se extiende a lo largo de todo el espectro. Uno podría imaginar una derecha conservadora y decente, de esas que anteponen la dignidad y el compromiso a las leyes del mercado, pero entonces no estaríamos en España. Esos pobres de los que tan bien habla el Evangelio (y que Chesterton inmortalizó con la imagen de la golfilla de pelo rojo del arroyo) están naturalmente desprotegidos también a derechas.

Al sedicente liberal español, ese señor del Club de Campo con las iniciales grabadas en la camisa y que viste pantalón lila, los pobres (más aún los pobres del Evangelio) le dan absolutamente igual. Su contraste ideológico con la izquierda es puramente posicional y, sobre todo, confía en poder segregarse por renta de cuantos males acontezcan a su alrededor.

Es el mismo pijerío patrio que no duda en saltarse el confinamiento entre comunidades cuando quiere pasar un fin de semana largo en el campo y para el que el imperio de la ley, tan cacareado cuando quiere machihembrar su condición liberal, sólo le sirve para arrojárselo al contrario. Esta derecha se equivoca si piensa que puede aislarse en sus privilegios. Si el mundo arde no importa cuán grande sea la finca: el humo te acabará llegando.

Vidal-Folch recordaba en sus diarios que el primer desamor tiene un prestigio exagerado. Lo que de verdad nos rompe el espinazo de forma irreparable es cuando se pierde el segundo amor, cuando el fracaso se ha convertido en pauta repetida. Esta lúcida reflexión —que toda persona de bien sabe cierta— es trasladable al ámbito político y social.

Lo dramático no es haber perdido una generación ya que en algunos países como el nuestro, con amplias redes de solidaridad y lazos familiares robustos, ese daño tal vez pueda ser asimilado. Lo irreversible, lo que podría generar una fractura que termine no sólo con la legítima esperanza de tantas personas sino con el suelo emocional que permite nuestro proyecto político común, es que exista una segunda generación empobrecida.

Aristóteles, que no era ningún hooligan subversivo ni ningún comunista peligroso, señaló hace 25 siglos que en todas partes la sublevación tiene por causa la desigualdad. Más les valdría a algunos tomar nota. Yo que ellos, en lugar de abrazar tanta orgía disruptiva y tanta transformación digital, empezaría por hacer caso a los clásicos. Y de paso, volvería a llamar a los pobres por su nombre. Qué menos.

Aitite

Isabel Canales, Iratxe González y Marta Sanz
Pediatra y médicas de familia
 
Hay un trabajo descomunal que hacer para corregir estas inercias. En la confección de los protocolos la base es la no deshumanización. Y no escribimos la humanización, porque ésa es la norma.

Non dauz etxekuek? ¿Dónde están los de casa, por qué no vienen a verme?

Era su segundo día después del alta. Había estado una semana ingresado, al principio más allá que acá con una máquina que le ayudaba a respirar y luego mejoró un poquito. Hicieron una excepción con nosotros: nos dejaron estar las 24 horas a su lado porque es un caso especial, el primer día se agitó y pensaba que le habían robado el reloj en el hospital, «le tuvimos que atar», nos dijeron, «y poner un poco de haloperidol, ahora está más tranquilo». «A veces pasa con noventa años, se desorientan y más si está sordo aunque en casa esté y haya estado hasta ese momento normal y con la cabeza en su sitio». «El cuidado de la familia es crucial, necesita tener el oxígeno puesto porque si no puede empeorar…» Todo eso nos dijeron. Y así estuvimos día y noche, siete días en el hospital, pensando que se iba. La víspera del alta pensamos que se moría, apenas respondía… Aquella mañana, una enfermera maravillosa consideró que no era necesario el haloperidol pautado y por la tarde con su mano entre nuestras manos, la mano que había estado atada con un hematoma importante que seguramente se había hecho al no entender què pasaba, empezó a conectar más. Esa mano cogió la nuestra y la puso sobre las suyas y se durmió. Merendó galletas con leche, un yogur de coco… e iba bebiendo con una pajita que le acercábamos. Le habían puesto seguril y pedía agua, lo que nunca. Estuvimos viendo fotos, sonrió, reconocía a los de casa, qué cara me puso cuando le pregunté quién era ése: Neu, nor izango da, bada? (¿Quién va a ser? ¡Yo!) Empezaba a ser él otra vez. Diagnóstico al alta: Descompensación cardìaca. Acidosis respiratoria resuelta. Insuficiencia respiratoria global con tratamiento de seguril, una pastilla para la tensión y oxígeno al menos dieciséis horas al día, máximo 1,5 litros. Seguimiento por su médica de familia. Si nos pasábamos de oxígeno, podía volver atrás, acumular carbónico y empeorar otra vez. tres PCRs negativas.

Llevaba dos meses en la residencia. Dicen que llegó «espabilado y contento» del hospital. Increible. Siempre ha sido fuerte. Y ha cuidado de todo el mundo. Hasta los noventa años solo ha tomado una pastilla para la tensión. ¿Podría recuperarse? Dispuestos a colaborar en el cuidado y seguir a su lado como estuvimos en el hospital, nos despedimos hasta el día siguiente.

No podeis entrar. Le hemos aislado. Es el protocolo.

No entendíamos nada. ¿Cómo que no podíamos estar con él ahora que necesitaba ayuda, compañía para ‘ir bebiendo’, tener el oxígeno puesto todo el rato», en definitiva para «no ir para atrás»? En el hospital nos habían dicho que era muy importante el cumplimiento del tratamiento.

Lo intentamos. De nada sirvieron tres PCR negativas, situación clínica que requería de acompañamiento porque el aislamiento podía poner en peligro el cumplimiento del tratamiento y la evolución clínica. Ninguna información oficial durante cuatro días. Extraoficialmente nos llegaba: «está nervioso, le encontramos con el oxígeno quitado cada vez que entramos, llama al timbre constantemente…». No dábamos crédito a lo que sucedía. Hablamos con los responsables de la residencia y pedimos información médica diaria y actualizada y entrar con un EPI para estar con él, para cuidarlo como habíamos hecho en el hospital, porque teníamos miedo. Porque estaba asustado. Porque el tratamiento era importante y no estar solo en un momento así, más.

Imposible. «El protocolo es así: diez días de aislamiento aunque venga con una PCR negativa del hospital porque lo ha podido coger en la ambulancia». No tenía una PCR negativa. Tenía tres. Y noventa años. Y su sordera. Y miedo. Mucho miedo Su amigo Josetxu falleció en verano en otro pueblo, en otra residencia, una tarde después de que su familia fuera invitada a irse porque «el protocolo no permite que esteis más». De nada sirvieron: «le vemos mal, queremos estar con él, no está como el resto de los días». Imposible. Era el protocolo. Falleció solo, el 18 de julio a las 20:30, dos horas más tarde de que su familia se despidiera.

Somos médicas. Trabajamos con protocolos todos los días. Los interpretamos. Los aplicamos y flexibilizamos según la situación. Individualizamos constantemente. E intentamos que no pasen por encima de las personas y las familias. No solo lo hacemos por los demás. Lo hacemos por nosotras. Para no perdernos. Para no justificar lo injustificable. Trabajamos para que no pasen por encima de todos nosotros, de nosotras mismas. Cuando un protocolo no incluye a las familias, cuando un protocolo no individualiza, cuando un protocolo no revisa la humanidad perdida en nombre de la seguridad, se vuelve paradójicamente inseguro, inseguro médicamente, inseguro humanamente.

Hay un informe devastador de Médicos sin Fronteras sobre los efectos de la pandemia en las residencias donde se recogen datos escalofriantes: «Muchos ancianos murieron en soledad, deshidratados, en agonía y sin cuidados paliativos».

Hay un trabajo descomunal que hacer para corregir estas inercias. En la confección de los protocolos la base es la no deshumanización. Y no escribimos la humanización, porque ésa es la norma. Eso es lo que nos hace humanos. Hay que corregir todo lo que deshumanice. Hay en las residencias maravillosas trabajadoras dándolo todo, sobrecargadas de trabajo con unas condiciones laborales inaceptables. Hay que cambiar esto. Es posible. A estas alturas de la pandemia no hay restricciones de material. La familia debe poder entrar y acompañar a su ser querido con esta edad. Las familias deben poder acompañar para que nadie muera en soledad. Los seres humanos, tengamos unos meses o noventa años necesitamos ser sostenidos, cuidados y amados. Y ningún protocolo puede dificultar que la familia esté acompañando. Ninguno.

Y si no, se revisa. Como ha pedido directamente y con el visto bueno de los internos, el médico Roberto Colino a la dirección del centro donde él trabaja, a las autoridades competentes, incluso al juez. En este caso para que pudieran salir, salir a pasear, salir habiendo pasado la covid-19. Es desgarrador escuchar directamente a los afectados.

Los protocolos se revisan. La relaciones de poder se horizontalizan. Las familias y las personas residentes participan activamente en su diseño. Y los Gobiernos además de tener «grupos de expertos» que marcan restricciones y recomendaciones en nombre de la seguridad, van formando grupos de personas que comienzan a trabajar para el ahora, pero sobre todo para el medio-largo plazo e invierten dinero y energía en confeccionar algo parecido a una vacuna social. Porque si no, estamos perdidos.

La gente de nuestra sociedad que no tiene voz: los niños, las ancianas, a los presos ni los vemos, las más empobrecidas debe participar en nombre de la justicia, de la buena praxis y de la seguridad.

Necesitamos revisar el modelo de vejez que tenemos. Necesitamos revisar los resultados que apuntaba el informe de Médicos sin Fronteras. Necesitamos revisar las vulneraciones de derechos: el derecho a estar acompañado, a morir acompañado, a no ser atado ni sedado si hay otras alternativas. Necesitamos repensar muchas cosas como sociedad. Una de ellas es la vejez. Y la matriz, el cuidado en mayúsculas. Y es urgente hacerlo ya.

Si no, será difícil construir una sociedad moderna, en la que nos sintamos orgullosas de vivir. En la que se pueda vivir. No hacerlo nos destruye como seres humanos, a todos.

Decía El Roto en una de sus últimas viñetas: «Morimos de soledad para evitar la muerte». Que no sea así.

pxhere.com

Lo que el resto del mundo puede aprender de los movimientos de protesta africanos

Fuente: africaye.org

Cuando estallaron las protestas en Sudán en diciembre de 2018, los medios internacionales se apresuraron a enmarcarlas como disturbios espontáneos que probablemente desaparecerían. Sin embargo, cuando finalmente llevaron al derrocamiento del dictador Omar al-Bashir en abril de 2019, quedó claro que las protestas eran parte de un movimiento social organizado enraizado en la oposición de base de Sudán

El movimiento sudanés no estaba solo en el continente. Días antes, los manifestantes en Argelia forzaron la renuncia del presidente Abdelaziz Bouteflika, culminando una década llena de protestas, en la que la movilización masiva contribuyó a las transiciones de poder en Níger, Túnez, Egipto, Libia, Senegal, Burkina Faso, Gambia, Etiopía y la República Democrática del Congo (RDC). 

Según el proyecto de datos de eventos y localización de conflictos armados, la frecuencia de las manifestaciones masivas en África se ha multiplicado por siete en la última década. Además, investigaciones recientes sugirieron que las protestas no violentas en el continente han tenido mucho más éxito en lograr sus objetivos que las manifestaciones en cualquier otra región del mundo. 

Por supuesto, el aumento de las protestas en las calles no es una noticia del todo buena. Los movimientos de protesta están motivados en parte por la insatisfacción con mediocres gobernabilidades y no siempre conducen a una mayor democratización. Sin embargo, el extraordinario crecimiento y la tasa de éxito de la movilización masiva en África contrasta notablemente con la disminución de la eficacia de los movimientos en Occidente y más allá. 

¿Qué explica el relativo éxito de las protestas en África? ¿Qué pueden aprender de ellos otros movimientos de todo el mundo? Destacamos tres lecciones clave: 

Crear movimientos inclusivos 

Un principio clave de la teoría de los movimientos sociales sostiene que las campañas de protesta exitosas deben atraer a amplios sectores de la población y cultivar el apoyo a través de las divisiones de clase, étnicas, regionales y religiosas. Sin embargo, muchas protestas en Occidente están reduciendo sus bases de apoyo, transmitiendo mensajes en formas que hablan más allá de los bandos opuestos y pintando a los oponentes como peligrosos enemigos. Especialmente en un contexto en el que muchas sociedades se está polarizando políticamente, el resultado son movimientos basados ​​en la exclusión más que en la inclusión. 

En lugar de luchar por la pureza ideológica o crear dicotomías “nosotros-ellos”, los movimientos democráticos en África han construido coaliciones generales entre diversos grupos. La Asociación de Profesionales Sudaneses reunió a miembros de los sectores de la atención médica, la educación y el derecho bajo una amplia bandera no ideológica. En Zimbabue, el pastor Evan Mawarire movilizó a profesionales, jóvenes, trabajadores pobres y, críticamente, a los veteranos que lucharon junto a Robert Mugabe durante la lucha por la independencia en la década de 1970. En Nigeria, un país con profundas brechas regionales y religiosas, el movimiento #EndSARS para detener la brutalidad policial diseñó cuidadosamente sus mensajes para atraer tanto a los cristianos del sur como a los musulmanes del norte. 

Al apelar a través de las divisiones, estos movimientos han podido ganar concesiones de las élites, estimular las deserciones de los servicios de seguridad y obtener apoyo internacional. 

Profundizar en las organizaciones formales de la sociedad civil 

Si bien las manifestaciones grandes pero fugaces pueden ser suficientes para derrocar a los autócratas, mantener la democracia a largo plazo requiere protestas arraigadas en una sociedad civil duradera. Las protestas nacidas de las redes sociales pueden ser más fáciles de lanzar y hacer crecer, pero sin vínculos con organizaciones tradicionales de la sociedad civil como iglesias, sindicatos, grupos de estudiantes u ONG, los manifestantes rara vez pueden mantener la ventaja contra los gobiernos y sus herramientas coercitivas. 

En África, muchos de los movimientos más exitosos han utilizado las redes sociales de manera táctica para fomentar la participación masiva, pero también se han construido sobre los cimientos de la sociedad civil tradicional con décadas de experiencia previa. Las protestas #EndSARS en Nigeria son la última manifestación de un movimiento que comenzó en 2010 y ha sido impulsado por una coalición de organizaciones que están recaudando dinero, coordinando líneas de comunicación y ofreciendo asistencia legal a los manifestantes. En Sudáfrica, las finalmente exitosas protestas #ZumaMustFall, en 2017, se organizaron en parte a través de sindicatos, partidos de oposición y organizaciones religiosas y otros grupos de la sociedad civil. 

En otros casos, las organizaciones incipientes han aprendido sobre la marcha. Balai Citoyen de Burkina Faso, por ejemplo, tenía apenas un año en 2014 cuando sus líderes se vieron obligados a ser el centro de atención como portavoces de las protestas contra la candidatura del entonces presidente Blaise Compaoré a un tercer mandato. Tras la expulsión de Compaoré, el grupo mantuvo la presión de la calle sobre el gobierno coordinándose con grupos cívicos más arraigados y estableciendo contactos con organizaciones activistas en otras partes de la región. 

Trabajar dentro y fuera de la política formal 

En su libro Unarmed Insurrections, el sociólogo Kurt Shock encuentra que los movimientos de protesta exitosos deben ser un desafío al Estado tomando acciones a través de canales institucionales y no institucionales. Los que funcionan enteramente a través de mecanismos institucionales legales, como las elecciones, son fáciles de ignorar. Los movimientos que se centran en movilizar la calle, como el movimiento Occupy o las protestas de los chalecos amarillos franceses, tienen dificultades para mantener esa presión a largo plazo y ganarse el apoyo de las élites políticas. 

En África, muchos reformadores han cultivado deliberadamente vínculos con partidos políticos, burócratas profesionales, élites económicas y servicios de seguridad. Esto les ha permitido institucionalizar su éxito. En Senegal, Y’en a Marre ha tenido cuidado de permanecer apolítico, pero también utiliza el hip-hop para involucrar a los jóvenes senegaleses y organiza reuniones entre líderes locales y ciudadanos para pedir cuentas a esos líderes. En Sudán, miembros de la alianza Forces of Freedom and Chalenge apelaron al deber del ejército sudanés de proteger a los civiles para persuadir a algunas bases de que deserten y han permanecido comprometidos con el gobierno de transición desde la destitución de Al-Bashir. En Malawi, los grupos de la sociedad civil aprovecharon el descontento público por las disputadas elecciones de Mayo de 2019 en una campaña coordinada que presionó al Tribunal Constitucional para que revocara los resultados de las elecciones, lo que finalmente marcó el comienzo de una victoria de la oposición . 

Al trabajar a través de estructuras políticas, de seguridad y electorales, y no en contra, estos movimientos han abierto un camino hacia un cambio institucional potencialmente duradero. 

Desde las protestas de los chalecos amarillos en Francia hasta la Marcha de las Mujeres en los EE.UU. y las manifestaciones contra el Brexit en el Reino Unido, la calle global se está volviendo cada vez más inquieta. Sin embargo, sin organizaciones de masas inclusivas para canalizar el descontento y presionar por un cambio político, es probable que estas campañas sean fugaces. El asombroso éxito de los movimientos de protesta en África – éxito construido sobre su compromiso con la inclusión, sus raíces profundas en la sociedad civil y la estrategia de trabajo a través de mecanismos institucionales – ofrece un manual de jugadas potenciales para que otros lo sigan. 

Autores 

Alison Faupel trabaja para el Departamento de Estado de Estados Unidos como analista sobre movimientos sociales, estabilidad política y democratización.  

Andrew Wojtanik es estudiante de doctorado en Ciencias Políticas en la Universidad de California-Berkeley y ex analista del gobierno de Estados Unidos. Trabaja en temas africanos.  

Las opiniones expresadas son las suyas propias y no necesariamente representan las opiniones del gobierno de los Estados Unidos. 

Este artículo fue publicado originalmente en African Arguments, con el título “What the rest of the world can learn from Africa’s protest movements”, el pasado 16 de diciembre de 2020.

Traducción: Africaye 

Las grandes tecnológicas y la educación

Fuente: El mito de Theuth

Autor:

Somos todos conscientes de que las grandes tecnológicas han alcanzado un enorme poder, tanto que existe cierta preocupación por el devenir de la democracia. Algunos ya le han dado nombre y están hablando de la democracia bajo vigilancia. Amalio Rey hace una buena reseña de un libro importante de Franklin Foer Un mundo sin ideas: la amenaza de las grandes empresas tecnológicas a nuestra identidad en una entrada de su blog: ¿Por qué debes desconfiar de los GAFA? Y en el mismo sentido van quienes denuncian el avance de lo que algunos pueden llamar democracia bajo vigilancia o nuevo despotismo ilustrado.

John Bellamy Foster and Robert W. McChesney, denunciaban en la Monthly Review  Jul 01, 2014 esa misma tendencia, pero llamaban la atención hacia el hecho de que ese progresivo deslizamiento de las democracias hacia modelos políticos cada vez más controlados y vigilados se remontaban a la postguerra, en 1945, bajo la hegemonía de Estados Unidos que hizo un recorrido sin solución de continuidad desde el capitalismo monopolista-financiero, al complejo militar-industrial para finalmente dar paso a la era digital. ARPA (Advanced Research Projects Agency) nació en 1958, para convertirse en los sesenta en el centro de trabajo sobre redes informáticas y crear en los setenta ARPANET, el precursor del Internet actual.

En estas estamos, por tanto, y una de las últimas denuncias procede de Shoshana Zuboff quien subraya cómo la digitalización de todo concede a las grandes empresas tecnológicas un inmenso poder social. Desde las modestas puntas de lanza colocadas en nuestros navegadores y en innumerables aparatos pasan a ser nuestros jefes inteligentes y acumulan cantidades ingentes de datos que saben transformar en dinero, en muchísimo dinero

La pandemia ha servido para acelerar este proceso, algo que se percibe en el incremento del control de los ciudadanos bajo la justificación parcialmente correcta del control de la transmisión del virus. Pero tiene una específica proyección en el mundo de la educación, provocada por el incremento de la enseñanza en línea, o no presencial. El cierre de los centros o la limitación del aforo ocasionan que  más necesario recurrir con mayor frecuencia a la enseñanza en línea, algo cada vez más fácil por la mejora constante de las plataformas educativas que añaden a la gestión de información, como bien hacía y sigue haciendo, por ejemplo, Moodle, la mejora en la organización de clases en línea, con presencia virtual de todo el alumnado.

Esta evolución tiene ventajas no despreciables, pero tampoco conviene olvidar sus desventajas. La primera de ellas es, sin duda, la brecha digital sobre la que llaman la atención diversos organismos, pero también los propios docentes: el acceso a equipos informáticos y a conexiones de calidad a la red es muy desigual y son los sectores más desfavorecidos los que tienen más dificultades para seguir bien la enseñanza, lo que incrementa la posibilidad de que no alcancen los objetivos previstos.

La segunda es que el proyecto de las grandes tecnológicas no es neutral. Por una parte, no son en realidad un servicio gratuito, puesto que están buscando recabar una ingente cantidad datos procedentes de la población infantil, adolescente y los jóvenes que siguen estudios superiores. Además, intentan hacerlo en condiciones de casi monopolio, y ahí están contratos específicos entre, por ejemplo, la Comunidad de Madrid y Google, o entre la Universidad Autónoma de Madrid y Microsoft.

La tercera, de gran calado, es que especialmente Microsoft y Google van más allá del puro negocio. Sus empresas, o sus conglomerados empresariales, generan ya dinero en grandísimas cantidades y, dada su situación casi monopolística, no ven peligrar esas ganancias. Lo que están pretendiendo es incidir en una nueva configuración de la sociedad, es decir, tienen un proyecto de la clase de personas que quieren formar y la clase de sociedad que quieren promover. Manifiestan una y otra vez su compromiso con los valores democráticos y los Derechos Humanos, pero es obvio que la toma de decisiones y el diseño de ese futuro no está sometido a ningún proceso de deliberación democráticas. Estamos otra vez en la historia ante un proyecto que tiene mucho de despotismo ilustrado. Lo malo es que la experiencia indica que los despotismos ilustrados suelen ser en gran medida lo primero, despotismos y, en bastante menor medida, lo segundo, ilustrados.

Tu código postal es más importante para tu salud que tu código genético

Autor: Rafael Cofiño Fernández

Extracto del artículo de la revista Elsevier

Vamos a poner que tienes unos 1.525 pacientes en tu cupo. Mitad hombres y mitad mujeres. Justo. Casi 4 de cada 10 son pensionistas. Ciento treinta personas no tienen soporte social; es decir, declaran no haber tenido a nadie en caso de haber necesitado ayuda. Puede que alrededor de 150 personas estén en paro. De las personas que tienen un contrato laboral, un 89% tiene un contrato indefinido. No lo sabes a ciencia cierta, pero intuyes (Wilkinson y Mar- mot, 2003), que la incertidumbre laboral es causa de tanta mala salud como lo es no tener trabajo. Aunque la población es relativamente homogénea hay varios barrios diferentes dentro del barrio. Probablemente su forma de enfermar, de sanar, de escucharte, de seguir las indicaciones o de entender lo que tratas de explicarles es también diferente según en cuál de ellos vivan, cuánto ganen, a qué clase social pertenezcan ellos o a qué clase social pertenecieron sus padres. Quizá tu forma de atenderles también. En tu cupo se fuma más que en la media y probablemente quienes más fuman son hombres y mujeres de clases sociales desfavorecidas. Viven más las mujeres, pero su esperanza de vida en buena salud es peor. Y hay un porcentaje grande de cuidadoras, mujeres-Sísifo con su silla llena de cosas, mujeres atareadas y sin tiempo propio. Y también tienes un grupo de personas que podrían quedarse sin atención sanitaria por no cumplir los criterios del Real Decreto 16/2012. La incertidumbre no solo es la laboral en tu cupo. Es también una palabra que manejas bien todos los días en la consulta. Ves, oyes  y tocas lumbalgias, diabetes, infecciones de orina, presíntomas y patologías inventadas, rodillas lesionadas, hombros lesionados, corazones lesionados y territorios más allá del corazón lesionados, lesiones y manchas en la piel, en los ojos y en los oídos, haces papelerías múltiples, atiendes catarros de vías altas, bajas y medias, gastroenteritis y personas que se están muriendo, diagnosticas sospechas-de y casi certezas-de. Repartes panñuelos para llorar y recetas para el miedo. Puede que hayas gestionado alrededor de 150 IT al año. Aunque no tienes la información precisa intuyes que la aparición, evolución, pronóstico y desenlace de muchos de los episodios que atiendes todos los días tienen que ver con las condiciones de vida de esas personas. Es decir, con el lugar donde viven, cómo viven, cómo trabajan o cómo se relacionan. Su código postal influye más en su salud que su código genético. Una cosa son estilos de vida y otras son condiciones de vida (Irigoyen, 2010). E intuyes que es difícil tomar determinadas decisiones saludables en entornos y «códigos postales» no saludables. El centro de salud no es el único centro de la salud. Sabes que además de tu aportación como profesional sanitario desde la consulta con un abordaje integral y biopsicosocial, con atención contextualizada, como gran clínico son imprescindibles otros «agentes de salud de la comunidad». A algunos los conoces y a otros no. A veces hay coordinación con ellos y otras nunca. Pero sí tienes la certeza de que existen 3 niveles de actuación y con diferentes personas trabajando en cada uno de ellos: lo que pasa en la consulta, lo que se trabaja desde la calle y las políticas que puedan estar decidiendo un macroescenario. Y sí, tienes la certeza de que es necesario un equilibrio entre los 3 escenarios.

 

Encerradas

Nuria Sánchez Díaz de Isla

Antes de la pandemia pocas personas sabían lo que era el “síndrome de la cabaña”, ese que se ha hecho tan popular en conversaciones y medios de comunicación y que han sufrido muchos niños y adultos tras el confinamiento.

Este síndrome no es nuevo, ya se sufría por distintos profesionales, en submarinos, bases petroleras y… ¡trabajo doméstico!

Lo de los submarinos, y las bases petroleras parece obvio, pero lo del trabajo doméstico, para la inmensa mayoría de la gente resultará extraño. Déjenme que les cuente:

En nuestra ciudad, hay cientos de mujeres que trabajan donde viven y viven donde trabajan, son las internas. Mujeres migrantes, que cuidan personas mayores, y lo hacen las 24 horas del día.

Algunas, las “afortunadas” tienen un par de horas libres al día y los fines de semana; otras, que corrieron peor suerte, pueden pasar hasta 5 días trabajando sin un mísero tiempo de descanso.

Algunas, las “afortunadas”, cuidan personas que pueden salir a la calle, lo que sirve para respirar aire fresco, pasear, tener una conversación con un vecino o algún compatriota… Otras, que corrieron peor suerte, cuidan personas que no salen de casa, y a ellas tampoco se les permite hacerlo.

Y así, en nuestra ciudad, existen mujeres, que viven su juventud “ENCERRADAS” día tras día, al cuidado de nuestros queridas tías, madres y abuelas.

Mujeres valientes y luchadoras que se sienten enloquecer, se angustian, se desesperan, sufren de taquicardias, insomnio… Y a pesar de que se consumen física, psicológica y emocionalmente, cada vez tienen más miedo de abandonar el lugar donde trabajan.

Su confinamiento hoy continúa, y no precisamente por culpa de la pandemia.

Son personas concretas las que imponen a las trabajadoras internas unas condiciones injustas e inhumanas.

Es un ambiente concreto el que defiende la idea de que los migrantes son personas de segunda, a nuestro servicio.

Es una legislación concreta la que condena a las personas en situación irregular a vivir y trabajar clandestinamente, sin derechos ni libertades, expuestas a todo tipo de explotación.   Necesitamos cambiar leyes, ambientes y corazones. Necesitamos una ciudad libre de mujeres “encerradas”.

¿Hasta cuándo unas residencias como cárceles?

Soy Roberto Colino, trabajo como médico de pueblo en El Carpio de Tajo, donde nací y donde vivo. Conozco bien a mis pacientes y ellos me conocen a mí. Los atiendo y los cuido lo mejor que sé desde hace más de 20 años, también en la pandemia con la sobrecarga de trabajo y la acumulación de cupos. Atiendo desde niños hasta viejos, hasta la muerte. Todos mis pacientes paliativos tienen mi teléfono, sin limitación de horario. El Carpio de Tajo tiene unos 1.900 habitantes y bajando, llegó a tener más de 5.000. En el consultorio del pueblo estamos dos médicos y dos enfermeros. Yo tengo acumulada, además, una pedanía a unos 20 kilómetros.

Tenemos en el pueblo una residencia de ancianos, municipal, de 72 plazas (aquí). La residencia es una de las buenas cosas que tenemos en el pueblo, muy accesible pues está situada en medio del pueblo (aquí). Se construyó con donativos y la colaboración de todo el pueblo hace más de 40 años. El terreno lo cedió “la señorita” del pueblo, la “Sarta” la llamábamos para abreviar (Exaltación de la Santa Cruz, que es como se llama la Residencia). Tuvimos residencia en Carpio antes que otras poblaciones cercanas mucho más grandes. El dinamizador fue un buen cura, Santiago López Cantó, voluminosos por fuera y más grande aún por dentro y que dejó otras buenas huellas en el pueblo.

Durante mucho tiempo se cobraba en la residencia el 75% de la pensión, aunque fuera escasa. Ahora se cobra en torno a los 900€. Es de las más económicas y viene gente de otros pueblos y hasta de Madrid. Pero ahora, con la pandemia, hay muchas plazas libres. Algunas internas se han salido y otros no quieren entrar a esa “cárcel” y esto supone una carga importante para las cuentas municipales al no cubrirse todas las plazas. La edad media de los ancianos es de 88 años, la mayor tiene 105 años y no toma ninguna medicación.

La residencia no tiene médico propio sino que somos los médicos del consultorio quienes atendemos la residencia y acudimos a ella casi a diario, y siempre que nos lo demandan. El único personal sanitario contratado en la residencia son dos enfermeras; eso sí, muy competentes.

En la residencia, los ancianos mantienen sus contactos y actividad cotidiana, aunque duerman, coman y se les atienda en la residencia. Se sientan al sol con los vecinos en la plaza, dan un paseo, van a sus casas y a sus cosas. Entran, salen y vuelven a entrar. Pero la cosa cambió radicalmente con la pandemia.

El 7 de marzo, una semana antes del confinamiento, la residencia bloqueó las salidas y las visitas, con 63 internos en ese momento. Se hizo PCR el 11/4 y el 19/5. La serología se hizo el 16/6. Sólo hubo una interna que dio negativo en PCR y serología, los demás fueron todos positivos, casi todos sin clínica. La mitad de las trabajadoras también dieron positivo en abril, y luego algunas más.

Tras la mejoría de la primera ola se permitió una hora de visita, que se suprimió al llegar la segunda ola. Al principio del verano los internos ya se empezaban a impacientar. Los más activos querían salir a pasear, a ver sus casas, a pintar… a vivir. No entendían que los trabajadores hubieran normalizado sus vidas, se movieran libremente, y ellos no pudieran. Ya se apreciaba el deterioro físico y el empeoramiento de sus enfermedades, problemas vasculares, metabólicos, articulares y, sobre todo, era patente el deterioro anímico.

A la vuelta de mis vacaciones, el 24/8, Alfonso, un interno, se echa a llorar y me dice que no aguanta más. Los amigos le llaman “Ponchito”, pero es una mole de camionero jubilado; algo bruto de modales, pero muy humano y sensible. En vez de recetarle pastillas le dije, mirándole a la cara, que le iba a ayudar a salir lo antes posible. La verdad es que no le he vuelto a ver tan hundido. Aunque la situación sigue igual, quizás el ver que alguien se interesa por ellos le sirva de consuelo.

Se sentían abandonados, maltratados, como condenados a cárcel sin haber cometido delito alguno. Comentaban entre ellos, decía Alfonso, que de allí sólo saldrían en un ataúd. Las dos enfermeras de la residencia me comentaron que eran muchos los que lo estaban sufriendo y que estaban muy preocupadas.

Busqué apoyos. Aunque la residencia es municipal se rige por normativa autonómica. No obstante, pedí a la Junta Directiva (del Ayuntamiento) que denunciara la situación y que luchara por cambiarla. El 28/8 se reunieron y su respuesta en unos días fue: “no considera necesario denunciar ante ningún organismo la normativa en vigor, pero si Usted así lo estima lo puede denunciar personalmente”. Intenté hacer una grabación de protesta, con el consentimiento de los ancianos, pero el Ayuntamiento no lo permitió.

El 12/9 la Consejería levanta las medidas de aislamiento al regreso a la residencia tras salidas sanitarias o inexcusables en el caso de que el paciente haya pasado ya la enfermedad. Ya no se le considera un riesgo para los compañeros con los que convive. Sin embargo, sigue sin poder salir a la calle. ¿Por qué no es un riesgo para el resto de internos y sí para los que se cruce por la calle? El riesgo de reinfección es extremadamente raro (27 casos documentados en el mundo).

El resto del mundo normaliza sus vidas tras 14 días de cuarentena, ¿por qué a ellos no se les permite? Su esperanza de vida es poca y cada día que se les roba es importante. La normativa permite salir, pero no a dar un paseo y las salidas que no sean por fuerza mayor han de ser, necesariamente, de más de 10 días. Un matrimonio no pudo salir a enterrar a su hija pues no podía renunciar a los cuidados de la residencia durante tantos días; ni siquiera a despedirse de ella al propio tanatorio del pueblo situado a menos de 800 metros de la residencia.

Algunos ya se callan, se los ha comido el silencio, ya no se atreven a protestar, a ir contra la norma que todos acatan, aunque esa norma no tenga sentido y a ellos les esté destrozando. Hay que cuidar y mirar el futuro, dicen por todos lados quienes no miran el futuro de estos internos ni respetan su libertad, quienes no perciben que el futuro de estos internos no es más que su presente, quienes no caen en la cuenta de que estos meses y estas navidades serán las últimas para algunos de ellos.

Alguno sí ha renunciado a la residencia lo que complica a la familia cubrir sus necesidades. Otros muchos no tienen movilidad para salir, o tienen demencia y no quieren salir- Pero algunos “se mueren” por salir, por ver y tocar a sus hijos o nietos, por pasear o por pintar. Como Luis, “el pintor”, español que emigró a Alemania y llegó a entrenar con el Bayern. Murió hace un mes por problemas cardiacos. Le gustaba pintar las paredes de su casa. Dejó la casa a medio pintar, con sus pinturas y brochas a punto.

No entiendo cómo estamos permitiendo todo esto. Cada vez habrá más ancianos y residencias en esta situación. ¿Vamos a mantenerlos encerrados el resto de sus vidas? ¿Hasta cuándo? ¿De qué les estamos protegiendo? ¿Cómo puede la ley permitir esto? ¿La vacuna les daría más protección que la propia enfermedad o les perjudicaría sin beneficio alguno? ¿Se ha probado en ancianos? ¿Se ha probado en quienes han pasado la enfermedad? ¿Existe algún dato al respecto, por precario que sea? ¿Por qué no pueden decidir ellos? Ya son mayorcitos, ¿no?

Todo el mundo les dice lo que tienen que hacer. Para que no se mueran de una enfermedad que han pasado, resulta que no les dejan vivir de tanta protección. Les hablan sin escucharles, sin mirarles a la cara, sin querer ver sus lágrimas y su sufrimiento, sin quererlos ver.

Comenté la situación con los compañeros del SIAPCovid19 y conseguí la orientación y el ánimo necesarios para seguir adelante y poner denuncia ante el Juez, el Fiscal y la Consejería el 17/9 (aquí).

Recientemente he grabado a Rita, hija de Anastasio, pidiendo que le dejen salir algún rato. Los familiares también sufren. Me contaba el hermano de un interno que le cuesta visitarle; su hermano ve mal y oye mal; están con la reja de por medio, a dos metros de distancia, con la mascarilla, se miran un rato hasta que termina llorando.

No sé qué más hacer. Tres meses hace ya y mis escritos siguen sin respuesta. El problema sin solución. Y seguimos sin saber el porqué de esta situación ni hasta cuándo durará. Y todo esto a las puertas de unas fiestas familiares más absurdas que nunca. ¡Feliz Navidad!

Roberto Colino. Médico de familia.

Consultorio de El Carpio de Tajo (Toledo)

La inteligencia artificial

Francisco Rey Alamillo

El pasado mes de noviembre de 2020, el Papa Francisco nos convocó a rezar para que el progreso de la robótica y de la inteligencia artificial esté siempre al servicio del ser humano. Este tema, “específicamente la inteligencia artificial, está en el corazón mismo del cambio de época que estamos experimentando”, afirma Francisco. Para el Papa “no estamos viviendo simplemente una época de cambios, sino un cambio de época.” Estamos en uno de esos momentos en que los cambios son de profunda transformación. Debemos estar seguros, dice Francisco, de que “podemos ampliar nuestra visión. Tenemos la libertad necesaria para limitar y dirigir la tecnología; podemos ponerlo al servicio de otro tipo de progreso, más saludable, más humano, más social, más integral” (Laudato Si, 112). De lo contrario, un paradigma dominante ―el “paradigma tecnocrático” (cf. ibíd., 111) “que promete un progreso incontrolado e ilimitado se impondrá” con enormes peligros para toda la humanidad.

Hace 40 años san Juan Pablo II en un viaje a Hiroshima nos decía:

“La crítica de la ciencia y la tecnología es a veces tan severa que llega a la conclusión de condenar la ciencia en sí misma. Al contrario, la ciencia y la tecnología son un maravilloso producto de la creatividad humana donada por Dios, ellas nos han proporcionado estupendas posibilidades y nos hemos beneficiado de ellas agradecidamente. Pero sabemos que este potencial no es neutral: puede ser usado tanto para el progreso del hombre como para su degradación. Al igual que ustedes, yo he vivido en este período que llamaría la “era del post-Hiroshima”, y participo de sus ansiedades. Hoy me siento movido a decirles a ustedes: seguramente ha llegado el tiempo para nuestra sociedad, y especialmente para el mundo de la ciencia, de comprender que el futuro de la humanidad depende, más que nunca, de nuestras opciones morales colectivas.”

 

Francisco a los participantes del seminario “El Bien Común en la era digital”, les dice:

“Un buen ejemplo podría ser la robótica en el mundo laboral. Por un lado, podrá poner fin a algunos trabajos fatigosos, peligrosos y repetitivos ―pensemos en los que surgieron a principios de la revolución industrial del siglo XIX― que a menudo causan sufrimiento, aburrimiento y embrutecimiento. Sin embargo, por otro lado, la robótica podría convertirse en una herramienta puramente eficiente: utilizada sólo para aumentar beneficios y rendimientos, privaría a miles de personas de su trabajo, poniendo en peligro su dignidad. […] Un mundo mejor es posible gracias al progreso tecnológico si éste va acompañado de una ética basada en una visión del bien común, una ética de libertad, responsabilidad y fraternidad, capaz de favorecer el pleno desarrollo de las personas en relación con los demás y con la creación”.

Francisco en 2015 se dirigió con estas palabras al presidente del Foro de Davos, Klaus Schwab:

“A todos ustedes me dirijo una vez más: ¡No se olviden de los pobres! Este es el principal desafío que tienen ustedes, como líderes en el mundo de los negocios. Quien tiene los medios para vivir una vida digna, en lugar de preocuparse por sus privilegios, debe tratar de ayudar a los más pobres para que puedan acceder también a una condición de vida acorde con la dignidad humana, mediante el desarrollo de su potencial humano, cultural, económico y social […] Se enfrentan al reto de garantizar que la futura «cuarta revolución industrial», resultado de la robótica y de las innovaciones científicas y tecnológicas, no conduzca a la destrucción de la persona humana —remplazada por una máquina sin alma—, o a la transformación de nuestro planeta en un jardín vacío para el disfrute de unos pocos elegidos”. Tres años después, en su mensaje al encuentro de Davos, recordaba: “También la inteligencia artificial, la robótica y otras innovaciones tecnológicas deben emplearse de tal manera que contribuyan al servicio de la humanidad y a la protección de nuestra casa común, en lugar de lo contrario, como algunos análisis, lamentablemente, prevén.

 

Para la conferencia Internacional “De Populorum Progressio a Laudato Si” escribía en 2017:

“Otra contribución importante de los trabajadores para el desarrollo sustentable, es la de resaltar otra triple conexión, un segundo juego de tres «T»: esta vez entre trabajo, tiempo y tecnología. En cuanto al tiempo, sabemos que la «continua aceleración de los cambios» y la «intensificación de ritmos de vida y de trabajo», que algunos llaman «rapidación», no colaboran con el desarrollo sostenible ni con la calidad del mismo. También sabemos que la tecnología, de la cual recibimos tantos beneficios y oportunidades, puede obstaculizar el desarrollo sustentable cuando está asociada a un paradigma de poder, dominio y manipulación.

En el contexto actual, conocido como la cuarta revolución industrial, caracterizado por esta rapidación y la refinada tecnología digital, la robótica, y la inteligencia artificial, el mundo necesita de voces como la de ustedes. Son los trabajadores quienes, en su lucha por la jornada laboral justa, han aprendido a enfrentarse con una mentalidad utilitarista, cortoplacista, y manipuladora. Para esta mentalidad, no interesa si hay degradación social o ambiental; no interesa qué se usa y qué se descarta; no interesa si hay trabajo forzado de niños o si se contamina el río de una ciudad. Sólo importa la ganancia inmediata. Todo se justifica en función del dios dinero. Dado que muchos de ustedes han contribuido a combatir esta patología en el pasado, se encuentran hoy muy bien posicionados para corregirla en el futuro. Les ruego que aborden esta difícil temática y que nos muestren, desde su misión profética y creativa, que es posible una cultura del encuentro y del cuidado. Hoy ya no es sólo la dignidad del empleado la que está en juego, sino la dignidad del trabajo de todos, y de la casa de todos, nuestra madre tierra. Por ello, y tal como lo afirmé en la encíclica Laudato Si, necesitamos de un diálogo sincero y profundo para redefinir la idea del trabajo y el rumbo del desarrollo. Pero no podemos ser ingenuos y pensar que el diálogo se dará naturalmente y sin conflictos […] Además, podremos encontrar el modo de salir de una economía de mercado y de finanzas, que no da al trabajo el valor que corresponde, y orientarla hacia aquella en la que la actividad humana es el centro […] Sindicato es una palabra bella que proviene del griego dikein (hacer justicia), y syn (juntos). Por favor, hagan justicia juntos, pero en solidaridad con todos los pobres, marginados y excluidos del sistema”.

 

Su mensaje a la Asamblea de la Academia Pontificia para la Vida en febrero de 2019, reunida con el tema:”Roboética. Personas, máquinas y salud “, decía:

“A este respecto, conviene señalar que la denominación de “inteligencia artificial”, aunque ciertamente de efecto, puede ser engañosa. Los términos ocultan el hecho de que, a pesar del útil cumplimiento de las tareas serviles (es el significado original del término “robot”), los automatismos funcionales siguen estando cualitativamente distantes de las prerrogativas humanas del saber y del actuar. Y por lo tanto pueden llegar a ser socialmente peligrosos. Además, el riesgo de que el hombre sea ‘tecnologizado’, en lugar de la técnica humanizada, ya es real: a las llamadas “máquinas inteligentes” se atribuyen apresuradamente las capacidades que son propiamente humanas.

Necesitamos entender mejor qué significan, en este contexto, la inteligencia, la conciencia, la emocionalidad, la intencionalidad afectiva y la autonomía de la acción moral. Los dispositivos artificiales que simulan las capacidades humanas, en realidad, carecen de calidad humana. Hay que tenerlo en cuenta para orientar su regulación de uso y la investigación misma, hacia una interacción constructiva y equitativa entre los seres humanos y las últimas versiones de las máquinas. Las máquinas, de hecho, se propagan en nuestro mundo y transforman radicalmente el escenario de nuestra existencia. Si conseguimos tener en cuenta estas referencias también en los hechos, el extraordinario potencial de los nuevos descubrimientos puede irradiar sus beneficios a cada persona y a toda la humanidad.

El debate en curso entre los mismos especialistas ya muestra los graves problemas de gobernabilidad de los algoritmos que procesan grandes cantidades de datos. Asimismo, también plantean graves cuestiones éticas las tecnologías para la manipulación del patrimonio genético y de las funciones cerebrales. En cualquier caso, el intento de explicar todo lo que atañe al pensamiento, a la sensibilidad, al psiquismo humano sobre la base de la suma funcional de sus partes físicas y orgánicas, no explica la aparición de los fenómenos de la experiencia y la conciencia. El fenómeno humano supera el resultado del ensamblaje calculable de los elementos individuales. También en este contexto, el axioma según el cual el todo es superior a las partes adquiere una nueva profundidad y significado “

Para concluir, comparto con vosotros un resumen del discurso de Francisco de este año, a los participantes de la Asamblea de la Academia Pontificia por la vida, el 28 de febrero de este año 2020:

“La innovación digital toca todos los aspectos de nuestras vidas, tanto personales como sociales. Afecta nuestra forma de entender el mundo y a nosotros mismos. Está cada vez más presente en la actividad humana e incluso en las decisiones humanas, por lo que está alterando nuestra forma de pensar y actuar. Las decisiones, incluso las decisiones más importantes, como por ejemplo en los campos médico, económico o social, son ahora el resultado de la voluntad humana y una serie de entradas algorítmicas. Un acto personal es ahora el punto de convergencia entre un input que es verdaderamente humano y un cálculo automático.

Sin duda, la humanidad ya ha experimentado profundas conmociones en su historia: por ejemplo, la introducción de la máquina de vapor, o la electricidad, o la invención de la imprenta que revolucionó la forma en que almacenamos y transmitimos la información. En la actualidad, la convergencia entre diferentes campos del conocimiento científico y tecnológico se está expandiendo y permite intervenir sobre fenómenos de magnitud infinitesimal y alcance planetario, hasta el punto de desdibujar fronteras que hasta ahora se consideraban claramente distinguibles: por ejemplo, entre materia inorgánica y orgánica, entre lo real y lo virtual, entre identidades estables y eventos en constante interconexión.

A nivel personal, la era digital está cambiando nuestra percepción del espacio, del tiempo y del cuerpo. Está inculcando un sentido de posibilidades ilimitadas, incluso cuando la estandarización se está convirtiendo cada vez más en el principal criterio de agregación. Se ha vuelto cada vez más difícil reconocer y apreciar las diferencias. En el nivel socioeconómico, los usuarios a menudo se reducen a “consumidores”, presa de intereses privados concentrados en manos de unos pocos. De los rastros digitales dispersos en Internet, los algoritmos ahora extraen datos que permiten controlar los hábitos mentales y relacionales, con fines comerciales o políticos, frecuentemente sin nuestro conocimiento. Esta asimetría, por la que unos pocos elegidos saben todo sobre nosotros y nosotros no sabemos nada de ellos, entorpece el pensamiento crítico y el ejercicio consciente de la libertad. Las desigualdades se expanden enormemente; el conocimiento y la riqueza se acumulan en unas pocas manos con graves riesgos para las sociedades democráticas. Sin embargo, estos peligros no deben restar valor al inmenso potencial que ofrecen las nuevas tecnologías. Nos encontramos ante un regalo de Dios, un recurso que puede dar buenos frutos […]

Como creyentes, debemos dejarnos desafiar, para que la palabra de Dios y nuestra tradición de fe nos ayuden a interpretar los fenómenos de nuestro mundo e identificar caminos de humanización, y por tanto de evangelización amorosa, que podamos recorrer juntos […]

Teniendo esto en cuenta, la mera formación en el uso correcto de las nuevas tecnologías no resultará suficiente. Como instrumentos o herramientas, estos no son “neutrales”, ya que, como hemos visto, dan forma al mundo y comprometen las conciencias a nivel de valores. Necesitamos un esfuerzo educativo más amplio. Es necesario desarrollar razones sólidas para promover la perseverancia en la búsqueda del bien común, incluso cuando no se aprecia una ventaja inmediata. Existe una dimensión política en la producción y uso de la inteligencia artificial, que tiene que ver con algo más que la expansión de sus beneficios individuales y puramente funcionales. En otras palabras, no basta simplemente con confiar en el sentido moral de los investigadores y desarrolladores de dispositivos y algoritmos. Es necesario crear cuerpos sociales intermedios que puedan incorporar y expresar las sensibilidades éticas de usuarios y educadores […]

Empezamos a vislumbrar una nueva disciplina que podríamos llamar “el desarrollo ético de los algoritmos” o más simplemente “algor-ética” […] En nuestra búsqueda común de estos objetivos, los principios de la doctrina social de la Iglesia pueden aportar una contribución fundamental: la dignidad de la persona, la justicia, la subsidiariedad y la solidaridad. Son expresiones de nuestro compromiso de estar al servicio de cada individuo en su integridad y de todas las personas, sin discriminación ni exclusión. La complejidad del mundo tecnológico nos exige un marco ético cada vez más claro, para que este compromiso sea realmente efectivo.

El desarrollo ético de algoritmos – algor-ética – puede ser un puente que permita que esos principios entren concretamente en las tecnologías digitales a través de un diálogo interdisciplinario efectivo. Además, en el encuentro entre diferentes visiones del mundo, los derechos humanos representan un importante punto de convergencia en la búsqueda de un terreno común. En la actualidad, parece necesaria una nueva reflexión sobre los derechos y deberes en este ámbito […] Los invito a continuar con audacia y discernimiento, mientras buscan formas de aumentar la participación de todos aquellos que tienen en el corazón el bien de la familia humana”

 

No quisiera acabar sin esta anécdota que cuenta Francisco en una audiencia con expertos ecologistas:

“El otro día, una persona me preguntaba hablando de la inteligencia artificial —tenemos en el Dicasterio de Cultura un grupo de estudio de muy alto nivel sobre la inteligencia artificial—: “Pero la inteligencia artificial, ¿podrá hacerlo todo?”. — “Los futuros robots serán capaces de hacer todo, todo lo que hace una persona. ¿Excepto una cosa? — dije— ¿Qué es lo que no pueden hacer?” Y esa persona pensó un poco y dijo: “Sólo les faltará una cosa: la ternura”. Y la ternura es como la esperanza. Como dice Péguy, son virtudes humildes. Son virtudes que acarician, que no afirman… Y creo —me gustaría subrayarlo— que, en nuestra conversión ecológica, debemos trabajar en esta ecología humana; trabajar en nuestra ternura y capacidad de acariciar… Tú, con tus hijos… La capacidad de acariciar, que es algo para vivir bien en armonía.

 

 

La ley de eutanasía, ¿una conquista social?

Cristina Casanova, enfermera de atención primaria.

Hace dos días leía en la editorial de un periódico de tirada nacional que la aprobación de la ley de eutanasia “vuelve a situar a España en el grupo de cabeza de las conquistas sociales”.

Porque me considero una persona de izquierdas me chirría la argumentación en favor de la ley de eutanasia como de un gran avance social y la gran mentira de comparar eutanasia con muerte digna.

¿A qué llamamos avance social? Solo recordar algunos datos del informe que presentó  el relator de la ONU para la pobreza tras visitar España en febrero: “en España hay familias que tienen un dilema: o poner la calefacción o comprar comida”, “la alarmante pobreza que alcanza al 26% de los españoles”, “los alquileres de vivienda son cada vez más altos y los desahucios se han disparado en los últimos años“,  “España no ha invertido en vivienda social o ha vendido la que tenía”, “una de las medidas más urgentes que deben afrontar los políticos es regular los precios de los alquileres en las grandes ciudades”.

Y si esto era así a principios de año, ¿cómo será ahora en plena pandemia por covid?  Se ha disparado la pobreza energética hasta su máximo histórico: 1,3 M de hogares; en los meses de abril, mayo y junio hubo 1.383 ejecuciones de desahucio en España, lo que da una media de 21 diarios; han aumentado las depresiones y el consumo de sicofármacos. ¿Realmente la eutanasia es de un gran avance social?

Por mi experiencia laboral como enfermera veo la soledad con la que sobrellevan la enfermedad muchísimas personas mayores, sin llegar las ayudas de la Ley de Dependencia, sin llegarles unos cuidados paliativos necesarios para que su enfermedad pueda ser más llevadera y sin dolor, en casas pequeñas o sin ascensor que les permita salir a dar un paseo o relacionarse con otros o tomar algo de sol y hacer una pequeña comprar  o con hijos con unos horarios laborales que no permiten compaginar el cuidado ¡esta es la gran mentira comparar eutanasia con muerte digna! Y digo yo ¿quién no quiere morir con muerte digna? Aquello que define una “muerte digna” morir acompañado por tus seres queridos y morir sin dolor, cuidado y en un lugar confortable ¿cuántas personas van a poder morir dignamente con esta situación social que arrastramos?

Tengan la decencia de no engañarnos.