La inteligencia artificial

Francisco Rey Alamillo

El pasado mes de noviembre de 2020, el Papa Francisco nos convocó a rezar para que el progreso de la robótica y de la inteligencia artificial esté siempre al servicio del ser humano. Este tema, “específicamente la inteligencia artificial, está en el corazón mismo del cambio de época que estamos experimentando”, afirma Francisco. Para el Papa “no estamos viviendo simplemente una época de cambios, sino un cambio de época.” Estamos en uno de esos momentos en que los cambios son de profunda transformación. Debemos estar seguros, dice Francisco, de que “podemos ampliar nuestra visión. Tenemos la libertad necesaria para limitar y dirigir la tecnología; podemos ponerlo al servicio de otro tipo de progreso, más saludable, más humano, más social, más integral” (Laudato Si, 112). De lo contrario, un paradigma dominante ―el “paradigma tecnocrático” (cf. ibíd., 111) “que promete un progreso incontrolado e ilimitado se impondrá” con enormes peligros para toda la humanidad.

Hace 40 años san Juan Pablo II en un viaje a Hiroshima nos decía:

“La crítica de la ciencia y la tecnología es a veces tan severa que llega a la conclusión de condenar la ciencia en sí misma. Al contrario, la ciencia y la tecnología son un maravilloso producto de la creatividad humana donada por Dios, ellas nos han proporcionado estupendas posibilidades y nos hemos beneficiado de ellas agradecidamente. Pero sabemos que este potencial no es neutral: puede ser usado tanto para el progreso del hombre como para su degradación. Al igual que ustedes, yo he vivido en este período que llamaría la “era del post-Hiroshima”, y participo de sus ansiedades. Hoy me siento movido a decirles a ustedes: seguramente ha llegado el tiempo para nuestra sociedad, y especialmente para el mundo de la ciencia, de comprender que el futuro de la humanidad depende, más que nunca, de nuestras opciones morales colectivas.”

 

Francisco a los participantes del seminario “El Bien Común en la era digital”, les dice:

“Un buen ejemplo podría ser la robótica en el mundo laboral. Por un lado, podrá poner fin a algunos trabajos fatigosos, peligrosos y repetitivos ―pensemos en los que surgieron a principios de la revolución industrial del siglo XIX― que a menudo causan sufrimiento, aburrimiento y embrutecimiento. Sin embargo, por otro lado, la robótica podría convertirse en una herramienta puramente eficiente: utilizada sólo para aumentar beneficios y rendimientos, privaría a miles de personas de su trabajo, poniendo en peligro su dignidad. […] Un mundo mejor es posible gracias al progreso tecnológico si éste va acompañado de una ética basada en una visión del bien común, una ética de libertad, responsabilidad y fraternidad, capaz de favorecer el pleno desarrollo de las personas en relación con los demás y con la creación”.

Francisco en 2015 se dirigió con estas palabras al presidente del Foro de Davos, Klaus Schwab:

“A todos ustedes me dirijo una vez más: ¡No se olviden de los pobres! Este es el principal desafío que tienen ustedes, como líderes en el mundo de los negocios. Quien tiene los medios para vivir una vida digna, en lugar de preocuparse por sus privilegios, debe tratar de ayudar a los más pobres para que puedan acceder también a una condición de vida acorde con la dignidad humana, mediante el desarrollo de su potencial humano, cultural, económico y social […] Se enfrentan al reto de garantizar que la futura «cuarta revolución industrial», resultado de la robótica y de las innovaciones científicas y tecnológicas, no conduzca a la destrucción de la persona humana —remplazada por una máquina sin alma—, o a la transformación de nuestro planeta en un jardín vacío para el disfrute de unos pocos elegidos”. Tres años después, en su mensaje al encuentro de Davos, recordaba: “También la inteligencia artificial, la robótica y otras innovaciones tecnológicas deben emplearse de tal manera que contribuyan al servicio de la humanidad y a la protección de nuestra casa común, en lugar de lo contrario, como algunos análisis, lamentablemente, prevén.

 

Para la conferencia Internacional “De Populorum Progressio a Laudato Si” escribía en 2017:

“Otra contribución importante de los trabajadores para el desarrollo sustentable, es la de resaltar otra triple conexión, un segundo juego de tres «T»: esta vez entre trabajo, tiempo y tecnología. En cuanto al tiempo, sabemos que la «continua aceleración de los cambios» y la «intensificación de ritmos de vida y de trabajo», que algunos llaman «rapidación», no colaboran con el desarrollo sostenible ni con la calidad del mismo. También sabemos que la tecnología, de la cual recibimos tantos beneficios y oportunidades, puede obstaculizar el desarrollo sustentable cuando está asociada a un paradigma de poder, dominio y manipulación.

En el contexto actual, conocido como la cuarta revolución industrial, caracterizado por esta rapidación y la refinada tecnología digital, la robótica, y la inteligencia artificial, el mundo necesita de voces como la de ustedes. Son los trabajadores quienes, en su lucha por la jornada laboral justa, han aprendido a enfrentarse con una mentalidad utilitarista, cortoplacista, y manipuladora. Para esta mentalidad, no interesa si hay degradación social o ambiental; no interesa qué se usa y qué se descarta; no interesa si hay trabajo forzado de niños o si se contamina el río de una ciudad. Sólo importa la ganancia inmediata. Todo se justifica en función del dios dinero. Dado que muchos de ustedes han contribuido a combatir esta patología en el pasado, se encuentran hoy muy bien posicionados para corregirla en el futuro. Les ruego que aborden esta difícil temática y que nos muestren, desde su misión profética y creativa, que es posible una cultura del encuentro y del cuidado. Hoy ya no es sólo la dignidad del empleado la que está en juego, sino la dignidad del trabajo de todos, y de la casa de todos, nuestra madre tierra. Por ello, y tal como lo afirmé en la encíclica Laudato Si, necesitamos de un diálogo sincero y profundo para redefinir la idea del trabajo y el rumbo del desarrollo. Pero no podemos ser ingenuos y pensar que el diálogo se dará naturalmente y sin conflictos […] Además, podremos encontrar el modo de salir de una economía de mercado y de finanzas, que no da al trabajo el valor que corresponde, y orientarla hacia aquella en la que la actividad humana es el centro […] Sindicato es una palabra bella que proviene del griego dikein (hacer justicia), y syn (juntos). Por favor, hagan justicia juntos, pero en solidaridad con todos los pobres, marginados y excluidos del sistema”.

 

Su mensaje a la Asamblea de la Academia Pontificia para la Vida en febrero de 2019, reunida con el tema:”Roboética. Personas, máquinas y salud “, decía:

“A este respecto, conviene señalar que la denominación de “inteligencia artificial”, aunque ciertamente de efecto, puede ser engañosa. Los términos ocultan el hecho de que, a pesar del útil cumplimiento de las tareas serviles (es el significado original del término “robot”), los automatismos funcionales siguen estando cualitativamente distantes de las prerrogativas humanas del saber y del actuar. Y por lo tanto pueden llegar a ser socialmente peligrosos. Además, el riesgo de que el hombre sea ‘tecnologizado’, en lugar de la técnica humanizada, ya es real: a las llamadas “máquinas inteligentes” se atribuyen apresuradamente las capacidades que son propiamente humanas.

Necesitamos entender mejor qué significan, en este contexto, la inteligencia, la conciencia, la emocionalidad, la intencionalidad afectiva y la autonomía de la acción moral. Los dispositivos artificiales que simulan las capacidades humanas, en realidad, carecen de calidad humana. Hay que tenerlo en cuenta para orientar su regulación de uso y la investigación misma, hacia una interacción constructiva y equitativa entre los seres humanos y las últimas versiones de las máquinas. Las máquinas, de hecho, se propagan en nuestro mundo y transforman radicalmente el escenario de nuestra existencia. Si conseguimos tener en cuenta estas referencias también en los hechos, el extraordinario potencial de los nuevos descubrimientos puede irradiar sus beneficios a cada persona y a toda la humanidad.

El debate en curso entre los mismos especialistas ya muestra los graves problemas de gobernabilidad de los algoritmos que procesan grandes cantidades de datos. Asimismo, también plantean graves cuestiones éticas las tecnologías para la manipulación del patrimonio genético y de las funciones cerebrales. En cualquier caso, el intento de explicar todo lo que atañe al pensamiento, a la sensibilidad, al psiquismo humano sobre la base de la suma funcional de sus partes físicas y orgánicas, no explica la aparición de los fenómenos de la experiencia y la conciencia. El fenómeno humano supera el resultado del ensamblaje calculable de los elementos individuales. También en este contexto, el axioma según el cual el todo es superior a las partes adquiere una nueva profundidad y significado “

Para concluir, comparto con vosotros un resumen del discurso de Francisco de este año, a los participantes de la Asamblea de la Academia Pontificia por la vida, el 28 de febrero de este año 2020:

“La innovación digital toca todos los aspectos de nuestras vidas, tanto personales como sociales. Afecta nuestra forma de entender el mundo y a nosotros mismos. Está cada vez más presente en la actividad humana e incluso en las decisiones humanas, por lo que está alterando nuestra forma de pensar y actuar. Las decisiones, incluso las decisiones más importantes, como por ejemplo en los campos médico, económico o social, son ahora el resultado de la voluntad humana y una serie de entradas algorítmicas. Un acto personal es ahora el punto de convergencia entre un input que es verdaderamente humano y un cálculo automático.

Sin duda, la humanidad ya ha experimentado profundas conmociones en su historia: por ejemplo, la introducción de la máquina de vapor, o la electricidad, o la invención de la imprenta que revolucionó la forma en que almacenamos y transmitimos la información. En la actualidad, la convergencia entre diferentes campos del conocimiento científico y tecnológico se está expandiendo y permite intervenir sobre fenómenos de magnitud infinitesimal y alcance planetario, hasta el punto de desdibujar fronteras que hasta ahora se consideraban claramente distinguibles: por ejemplo, entre materia inorgánica y orgánica, entre lo real y lo virtual, entre identidades estables y eventos en constante interconexión.

A nivel personal, la era digital está cambiando nuestra percepción del espacio, del tiempo y del cuerpo. Está inculcando un sentido de posibilidades ilimitadas, incluso cuando la estandarización se está convirtiendo cada vez más en el principal criterio de agregación. Se ha vuelto cada vez más difícil reconocer y apreciar las diferencias. En el nivel socioeconómico, los usuarios a menudo se reducen a “consumidores”, presa de intereses privados concentrados en manos de unos pocos. De los rastros digitales dispersos en Internet, los algoritmos ahora extraen datos que permiten controlar los hábitos mentales y relacionales, con fines comerciales o políticos, frecuentemente sin nuestro conocimiento. Esta asimetría, por la que unos pocos elegidos saben todo sobre nosotros y nosotros no sabemos nada de ellos, entorpece el pensamiento crítico y el ejercicio consciente de la libertad. Las desigualdades se expanden enormemente; el conocimiento y la riqueza se acumulan en unas pocas manos con graves riesgos para las sociedades democráticas. Sin embargo, estos peligros no deben restar valor al inmenso potencial que ofrecen las nuevas tecnologías. Nos encontramos ante un regalo de Dios, un recurso que puede dar buenos frutos […]

Como creyentes, debemos dejarnos desafiar, para que la palabra de Dios y nuestra tradición de fe nos ayuden a interpretar los fenómenos de nuestro mundo e identificar caminos de humanización, y por tanto de evangelización amorosa, que podamos recorrer juntos […]

Teniendo esto en cuenta, la mera formación en el uso correcto de las nuevas tecnologías no resultará suficiente. Como instrumentos o herramientas, estos no son “neutrales”, ya que, como hemos visto, dan forma al mundo y comprometen las conciencias a nivel de valores. Necesitamos un esfuerzo educativo más amplio. Es necesario desarrollar razones sólidas para promover la perseverancia en la búsqueda del bien común, incluso cuando no se aprecia una ventaja inmediata. Existe una dimensión política en la producción y uso de la inteligencia artificial, que tiene que ver con algo más que la expansión de sus beneficios individuales y puramente funcionales. En otras palabras, no basta simplemente con confiar en el sentido moral de los investigadores y desarrolladores de dispositivos y algoritmos. Es necesario crear cuerpos sociales intermedios que puedan incorporar y expresar las sensibilidades éticas de usuarios y educadores […]

Empezamos a vislumbrar una nueva disciplina que podríamos llamar “el desarrollo ético de los algoritmos” o más simplemente “algor-ética” […] En nuestra búsqueda común de estos objetivos, los principios de la doctrina social de la Iglesia pueden aportar una contribución fundamental: la dignidad de la persona, la justicia, la subsidiariedad y la solidaridad. Son expresiones de nuestro compromiso de estar al servicio de cada individuo en su integridad y de todas las personas, sin discriminación ni exclusión. La complejidad del mundo tecnológico nos exige un marco ético cada vez más claro, para que este compromiso sea realmente efectivo.

El desarrollo ético de algoritmos – algor-ética – puede ser un puente que permita que esos principios entren concretamente en las tecnologías digitales a través de un diálogo interdisciplinario efectivo. Además, en el encuentro entre diferentes visiones del mundo, los derechos humanos representan un importante punto de convergencia en la búsqueda de un terreno común. En la actualidad, parece necesaria una nueva reflexión sobre los derechos y deberes en este ámbito […] Los invito a continuar con audacia y discernimiento, mientras buscan formas de aumentar la participación de todos aquellos que tienen en el corazón el bien de la familia humana”

 

No quisiera acabar sin esta anécdota que cuenta Francisco en una audiencia con expertos ecologistas:

“El otro día, una persona me preguntaba hablando de la inteligencia artificial —tenemos en el Dicasterio de Cultura un grupo de estudio de muy alto nivel sobre la inteligencia artificial—: “Pero la inteligencia artificial, ¿podrá hacerlo todo?”. — “Los futuros robots serán capaces de hacer todo, todo lo que hace una persona. ¿Excepto una cosa? — dije— ¿Qué es lo que no pueden hacer?” Y esa persona pensó un poco y dijo: “Sólo les faltará una cosa: la ternura”. Y la ternura es como la esperanza. Como dice Péguy, son virtudes humildes. Son virtudes que acarician, que no afirman… Y creo —me gustaría subrayarlo— que, en nuestra conversión ecológica, debemos trabajar en esta ecología humana; trabajar en nuestra ternura y capacidad de acariciar… Tú, con tus hijos… La capacidad de acariciar, que es algo para vivir bien en armonía.

 

 

La ley de eutanasía, ¿una conquista social?

Cristina Casanova, enfermera de atención primaria.

Hace dos días leía en la editorial de un periódico de tirada nacional que la aprobación de la ley de eutanasia “vuelve a situar a España en el grupo de cabeza de las conquistas sociales”.

Porque me considero una persona de izquierdas me chirría la argumentación en favor de la ley de eutanasia como de un gran avance social y la gran mentira de comparar eutanasia con muerte digna.

¿A qué llamamos avance social? Solo recordar algunos datos del informe que presentó  el relator de la ONU para la pobreza tras visitar España en febrero: “en España hay familias que tienen un dilema: o poner la calefacción o comprar comida”, “la alarmante pobreza que alcanza al 26% de los españoles”, “los alquileres de vivienda son cada vez más altos y los desahucios se han disparado en los últimos años“,  “España no ha invertido en vivienda social o ha vendido la que tenía”, “una de las medidas más urgentes que deben afrontar los políticos es regular los precios de los alquileres en las grandes ciudades”.

Y si esto era así a principios de año, ¿cómo será ahora en plena pandemia por covid?  Se ha disparado la pobreza energética hasta su máximo histórico: 1,3 M de hogares; en los meses de abril, mayo y junio hubo 1.383 ejecuciones de desahucio en España, lo que da una media de 21 diarios; han aumentado las depresiones y el consumo de sicofármacos. ¿Realmente la eutanasia es de un gran avance social?

Por mi experiencia laboral como enfermera veo la soledad con la que sobrellevan la enfermedad muchísimas personas mayores, sin llegar las ayudas de la Ley de Dependencia, sin llegarles unos cuidados paliativos necesarios para que su enfermedad pueda ser más llevadera y sin dolor, en casas pequeñas o sin ascensor que les permita salir a dar un paseo o relacionarse con otros o tomar algo de sol y hacer una pequeña comprar  o con hijos con unos horarios laborales que no permiten compaginar el cuidado ¡esta es la gran mentira comparar eutanasia con muerte digna! Y digo yo ¿quién no quiere morir con muerte digna? Aquello que define una “muerte digna” morir acompañado por tus seres queridos y morir sin dolor, cuidado y en un lugar confortable ¿cuántas personas van a poder morir dignamente con esta situación social que arrastramos?

Tengan la decencia de no engañarnos.

El fracaso de la eutanasia

Jorge Lara

Cuando lean este artículo es probable que el Congreso de los Diputados de España haya aprobado la Ley Orgánica de regulación de la eutanasia, un fracaso más de la sociedad. O, desde otro punto de vista, una victoria más de la cultura de muerte, que en España se suma a la ley del aborto, a la insolidaridad con los refugiados e inmigrantes, a la pobreza severa, a los muertos por accidentes laborales, por suicidio, a las víctimas de violencia y maltrato, a los muertos en las guerras con armas que fabricamos aquí… Pero el marketing de la cultura de muerte está bien estudiado y tiene la habilidad de presentar estos ataques a la vida y a la dignidad de la persona con argumentos de lo más razonables: bajo capa de bien.

Vamos a centrarnos en este artículo en el marketing de la eutanasia, que empieza por su propio nombre, ya que han conseguido colar como “buena muerte” lo que no es más que un suicidio asistido, y, en no pocas ocasiones, una limpieza eugenésica de ancianos, enfermos, y discapacitados; e incluso se abre (o se abrirá como en otros países) la puerta a que cualquier sufrimiento lleve al sufriente a buscar la solución “fácil” de quitarse de en medio.

Como en el caso del aborto, la eutanasia busca casos mediáticos, dolorosos, que generan una suerte de empatía y comprensión. Porque son casos extremos en los que parece que no hay otra solución, como cuando en las películas vemos que un caballo se rompe una pata y lo mejor para que no sufra es pegarle un tiro, o cuando un soldado o aventurero también cae herido o prisionero y va a ser objeto de torturas insufribles y el protagonista compasivamente le evita ese trance, sintiéndolo mucho eso sí. Efectivamente, de alguna forma se nos ha ido colando esa falsa compasión y esa sensación de inevitabilidad inexorable, de que ya no hay otra alternativa. Se nos ha generado, en definitiva, impotencia.

También se nos ha generado un falso respeto a la decisión de los demás, desde un individualismo atroz. Tenemos que respetar a los demás hasta cuando se equivocan, porque nada hay por encima de la sacrosanta autonomía de la voluntad. Aun cuando otros viéramos que sí hay alternativa, si el directamente implicado no lo ve así, se construye un derecho absoluto a decidir en absoluta soledad sin tener en cuenta más que unos sentimientos y emociones que evidentemente existen pero que no deberían ser la única fuente de decisión. En esa clave, la única ayuda que se les puede ofrecer a esas personas es la de dejarlas o ayudarlas a ejecutar el error, no se les puede contradecir. Porque su “verdad” no admite que entre todos se pueda alcanzar una verdad mayor donde no entren sólo algunos sentimientos y emociones, sino otros de sentido contrario además de la razón e incluso la trascendencia. Pero, es probablemente ese abandono a la soledad de la verdad individualista el que impida al individuo descubrir que hay otra verdad más allá de sí mismo, más allá incluso de su sufrimiento. “¡Ay del solo, caerá y no habrá quien le ayude a levantarse! Pero todo sea en pro del relativismo ético. La exministra de Sanidad Luisa Carcedo, diputada socialista ha declarado que esta ley “No es para el que quiere vivir, es para aquel que considera que el dolor le resulta insoportable, que considera que no tiene vida”, es decir puro subjetivismo, notemos que repite dos veces “que considera”. Se nos genera, por tanto, una concepción y una forma de entender la vida asilada, autosuficiente, autorreferencial, en definitiva, individualismo.

En el marketing del proyecto de ley lógicamente se pone muchísimo el acento en que es para supuestos muy concretos y con todas las garantías: que lo van a informar previamente dos médicos, con unos plazos, que si se deniega podrá verlo una comisión (al contrario parece que no)… Afirma la ley que se le darán alternativas, y entre ellas los cuidados paliativos, pero, sin embargo, en España todavía no hay una ley general de cuidados paliativos ni recursos suficientes para garantizarlos a todos los que lo necesitan. ¿Cómo van a ser una alternativa entonces? ¿Si hubiera esos recursos, se habrían dado algunos de los recientes casos más mediáticos? Esos casos precisamente demostraban que habían llegado a pedir la eutanasia porque llevaban meses, incluso años, sin recibir la atención que necesitaban. La realidad triste parece que va a ser que para recibir ayudas a la dependencia y a cuidados paliativos pueden pasar meses, y, sin embargo, la autorización para practicar la eutanasia se va a conseguir en un mes según la ley. ¿Se puede defender así que hay igualdad en las alternativas y verdadera capacidad y derecho de elección? Es comprensible en la estrategia pro-eutanasia que la ley aparente ser muy garantista. Lo importante es generar esa sensación de seguridad jurídica para limar y eliminar reparos y objeciones: “no es para tanto”, va a estar todo muy regulado y vigilado, incluso en los centros privados que también podrán realizar esa “ayuda para morir”. La intención taimada parece clara: una vez que se reconozca como ley ya habrá tiempo para relajar la aplicación, como sucedió con la ley del aborto. Y más adelante, reformar la ley para ampliarla y “mejorarla”. En definitiva, un lobo con piel de cordero, con esta ley se nos genera una falsa sensación de seguridad.

Se podría profundizar mucho más, pero para este artículo puede ser suficiente con fijarnos en esos tres ingredientes que venimos esbozando: impotencia, individualismo y seguridad. Nos hacen vernos impotentes ante el dolor, el sufrimiento y la muerte, y además los afrontamos en soledad, por lo tanto, no vemos otra salida, y ya que no vemos otra salida, que nos aseguren que cuando la tomemos el proceso sea rápido y “compasivo”. Un gran fracaso, porque sí hay otras salidas.

Frente a la impotencia que genera el dolor, el sufrimiento, una muerte más o menos inminente, hay que constatar que la inmensísima mayoría de los enfermos incurables, crónicos o de los que tienen graves discapacidades quieren seguir viviendo, y sus familiares también. Pregunten a los oncólogos cuántos pacientes les han pedido la eutanasia; pregunten a los enfermos, pregunten a personas valientes con enfermedades gravísimas como la ELA. Ahí tenemos el ejemplo (por poner uno) de Jordi Sabaté Pons que ha animado a participar en la campaña #mueveundedoporlavida. No hay impotencia, hay una potencia inmensa de la vida capaz de superar y encontrar sentido en las situaciones más difíciles. ¿Por qué no empeñarnos en que quienes no tienen desarrollado ese potencial lo puedan hacer? No hay enfermos incuidables aunque sean incurables decía una de las notas de la Conferencia Episcopal.

Frente al individualismo que está detrás del falso respeto al derecho individual, conciencia social del derecho y deber de cuidados. Que nadie se sienta solo, que todos se sientan acompañados, pero no para caer o perseverar en el error, sino para dar pasos juntos hacia una verdad más grande que lo que pensamos o vivimos cada uno de nosotros. La antropología nos demuestra que nuestros ancestros ya cuidaban de los débiles, de los ancianos, y que eso fue un importante paso en la evolución, en nuestra constitución como humanidad. En común se pueden afrontar todas las dificultades, y el débil puede reconocerse querido y aceptado en su situación, no como una carga. Y los demás, los “sanos” pueden reconocer la, a veces misteriosa pero tantas veces evidente, aportación al común de quienes pareciendo que no podían, sin embargo, transmitían fuerza, alegría, entusiasmo, profundidad y sentido a los demás. ¿No hemos celebrado en España la película “Campeones”? ¿No hemos conocido personas con todo tipo de dificultades físicas, psicológicas y enfermedades que han demostrado resiliencia no sobrehumana sino enteramente humana y que luchan denodadamente y con alegría cada día?

Frente a la falsa seguridad de estas leyes, la experiencia contrastada de otros países y situaciones análogas. La ya mencionada ley del aborto, coladero primero, y derecho después. El caso de Holanda, donde los ancianos huyen a vivir a otros países limítrofes donde no les apliquen esa normativa tan segura. Así lo testimonió el médico norteamericano Herbert Hendin, M.D. en su libro “Seducidos por la muerte” que escribió después de viajar a Holanda con la intención de aprender de ellos e implantarlo en Estados Unidos y que se horrorizó, sin embargo, de todos los abusos que, amparados por la ley, se iban cometiendo y extendiendo cualitativa y cuantitativamente. ¿Dónde está la seguridad?

En España, el documental probablemente más visto de los últimos años es “Eso que tú me das”, la entrevista realizada por Jordi Évole a Pau Donés en sus últimos días. ¿No demuestra que, si todos los enfermos incurables tuvieran a su alrededor a sus seres queridos, una atención médica especializada, un entorno hogareño (asistencia domiciliaria) llegarían a la misma conclusión que este cantante? Que no hacía falta adelantar la llegada de la muerte, que cada día merecía la pena vivirlo, y que lo que de verdad se desea es vivir lo más posible.

Empezábamos diciendo que quizás cuando lean este artículo, el Congreso ya habrá aprobado la ominosa ley, aunque luego tenga que pasar por el Senado. Algunos creemos en las remontadas, en que la razón y el corazón pueden iluminarse de nuevo para buscar respuestas en verdad y justicia. Frente al miedo a la muerte y al sufrimiento, la fortaleza del amor expresado en los cuidados, el acompañamiento, la escucha, la puesta en marcha de instituciones, leyes y recursos suficientes para no dejar a nadie atrás, para que se defienda eficazmente el derecho fundamental a la vida. Los únicos vencidos son los que no luchan, y la esperanza es la virtud del que lucha. Luchemos con las armas de la fe y la razón, y con las del testimonio y el ejemplo con nuestros prójimos, que nadie se sienta solo y abandonado.

Para profundizar:

https://conferenciaepiscopal.es/nota-de-la-comision-ejecutiva-sobre-la-ley-de-la-eutanasia/

https://conferenciaepiscopal.es/la-vida-es-un-don-la-eutanasia-un-fracaso/

Samaritanus Bonus de la Congregación para la Doctrina de la Fe: https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2020/09/22/carta.html

Sembradores de esperanza de la Conferencia Episcopal Española:  https://www.conferenciaepiscopal.com.es/sembradores-de-esperanza-acoger-proteger-y-acompanar-en-la-etapa-final-de-esta-vida/

Resumen del Informe del Comité de Bioética de España sobre la eutanasia  https://plataformacuidando.org/resumen-del-informe-del-comite-de-bioetica-de-espana-sobre-la-eutanasia/?fbclid=IwAR0BlzIdaUxJ34zapQax4HAIiz3bEmf6_swRv0FXx2ZqyDEiaZOALRgKv1M

¿Estar a favor de la Eutanasia es de izquierdas?  https://ahoramqnunca.blogspot.com/2020/11/estar-favor-de-la-eutanasia-es-de.html?fbclid=IwAR2qeTEZpeNY6XsLFyWAu4_sLBI5GN_4ATBh4wA5LidvctD7713pNSPomX0

12 argumentos no religiosos contra la eutanasia que han sonado con fuerza con los datos recientes  https://www.religionenlibertad.com/vida_familia/816951047/12-argumentos-no-religiosos-contra-la-eutanasia-que-han-sonado-con-fuerza-con-los-datos-recientes.html?fbclid=IwAR0tBbHOI2FmSmZaN4Hf33N61Eyz6-A0Q5S_N1hoRJnFsh-gRZIwc1Y9l3Q

Decenas de reconocidos juristas y el Comité de Bioética dan un varapalo al Gobierno con la eutanasia  https://www.religionenlibertad.com/espana/867948437/juristas-comite-bioetica-varapalo-gobierno-eutanasia.html?fbclid=IwAR3vbbtPtqrch9xQYWJbzUM97S-U_1i29QFPA7MZRHXAaYsy-AZstdv3Yvg

La ONU condena que la ley «permita la eutanasia por motivos de discapacidad» https://www.abc.es/sociedad/abci-condena-ley-permita-eutanasia-motivos-discapacidad-202012160120_noticia.html

Tener hijos es franquista; morir solo en tu cuarto de baño es guay

Fuente: blogs.elconfidencial.com

Autor: Alberto Olmos

Tener hijos es de pobres y ya solo está bien visto si te cuestan dinero. Es decir, si tenerlos conlleva algún tipo de gasto en inseminación artificial. Es fascinante cómo la naturalización de un progreso o cambio social se pasa siempre de frenada. No están tan lejos aquellos días en los que ligar por internet (así en general) era de pringados. Cuando alguien decía que había conocido a su pareja “en internet”, la gente sentía pena, pues internet era la nueva versión de las clases de salsa, a las que, como todo el mundo sabe, solo te apuntas para encontrar novia. Ahora lo que es de pringados es no tener Tinder, ir por los bares.

El caso es que tener hijos naturalmente es como cutre, tener varios es de fachas y vivir todos en la misma casa, de franquistas. Leí la semana pasada un artículo en ‘ElDiario.es’ que venía a decir esto último. “La familia tal cual la entendemos es una herencia del estereotipo de los años setenta: papá, mamá y un par de hijos o tres. Pero ya no es real”, sentenciaba un señor. Mi familia no es real, amigos. Se ve además que en 1920, 1810 o 1270 nadie en todo el mundo tenía dos hijos ni vivía con ellos bajo el mismo techo, junto al otro cónyuge. Creíais que erais una familia y erais en verdad la Falange.

Yo qué sé. Vamos con ello. Vamos, agotadoramente, con ello.

Los hijos

William Shakespeare promovía divinamente la procreación en su soneto XIII, cuya traducción es muy variada e insatisfactoria en nuestro idioma. Dice William, franquista de primerísima hora, que, bueno, te vas haciendo mayor, y esa belleza tuya a lo mejor merece replicarse, ponerse en otro (“and your sweet semblance to some other give”). También argumenta este mindundi que supone un desperdicio morirse y dejar que se desplome la casa de tu vida (“Who lets so fair a house fall to decay?”). Y remata el soneto con uno de los versos más extraordinarios que puedan leerse sobre padres e hijos: “You had a father: let your son say so”. Algo como: “Tuviste un padre, deja que tu hijo diga lo mismo” (“Tuviste un padre, que a ti te nombre un hijo”, García González; “Bien sabes que tú un padre tuviste: ten un hijo”, Rivero Taravillo).

Los matices del verso son espectaculares. No se limita a decir: “Ten hijos”, sino: “Piensa en que tendrás un hijo que sabrá que tú fuiste su padre”. Esta galantería semántica puede aplicarse enseguida a nuestro tiempo. Las numerosas personas que arremeten contra los niños o recomiendan no tener hijos o se felicitan de que cada vez haya menos familias son, qué duda cabe, hijos de alguien. Sin embargo, hablan como si pertenecieran a una gama humana exclusiva, fruto de la luz solar o, quién sabe, surgida por generación espontánea que nada tiene que ver con aquello que torpedean. Se ríen de las embarazadas (“panza de burra”, dijo Elisa Beni) como si su propia madre no hubiera lucido barriga con ellos dentro; desprecian a los niños (Adrián Lastra) como si ellos nunca hubieran sido niños, y lo que es más admirable: cantan las virtudes de la soltería sin hijos cuando muchos, a buen seguro, ni son solteros ni carecen de ellos.

“La libertad de no ser madre”, “Por qué hemos perdido la motivación de vivir en pareja”, “Las mujeres solteras y sin hijos son el grupo social más sano y feliz del planeta”, “¿Queremos a nuestros hijos por encima de todo?”… Esta ristra de titulares de ‘El País’, junto a muchos otros, recogidos en un hilo de Twitter por Rafael Núñez, nos lleva a pensar que hoy apenas cuatro idiotas tienen hijos. Esta fabulación nascifóbica —donde vemos de nuevo la inclinación por subir la apuesta, pues ya no es igualmente válido no tener hijos, sino, de hecho, mucho mejor— contrasta con el dato que espigaba César Rendueles para su reciente ensayo ‘Contra la igualdad de oportunidades’ (Seix Barral): “La encuesta de fecundidad que realizó el INE en 2018 mostró un resultado fascinante: tal vez vivamos en sociedades digitales, posmodernas, poliamorosas y del riesgo, pero nuestro deseo de tener hijos sigue incólume. Como siempre ha ocurrido, la inmensa mayoría de hombres y mujeres quieren ser padres y madres”. Después de hacer la innecesaria salvedad —imprescindible en estos días de idiocia— de que, como es obvio, le parece estupendo que alguien decida no tener hijos, Rendueles apunta: “Se calcula que las mujeres españolas que deciden de forma consciente, meditada y definitiva no tener ningún hijo no superan el 5%”.

Hacer campaña

De hecho, ni siquiera proceden de ese 5% todos los artículos y tuits contra los hijos, pues la posmodernidad una cosa que sí permite es hacer campaña desde los 18 a los 35 contra los hijos, tener uno o dos entre los 35 y los 38, y seguir haciendo campaña contra los hijos durante el resto de tu vida. Nadie ve en ello contradicción alguna. A fin de cuentas, tenemos una ministra de Igualdad casada y con tres hijos, y con chalé, “conservadora” (sic) en lo sexual, adicta a las sesiones de foto con mucho maquillaje y variación de ‘outfits’, cuyo ministerio propone insistentemente que todo eso que la propia ministra disfruta (tener hijos, pareja estable, casa, dinero a mansalva, una apariencia canónicamente publicitaria y el vicio de exhibir su bonanza a la menor oportunidad) es malísimo, puro veneno; ni se te ocurra, amiga.

Se predica continuamente que tener hijos y sacarlos adelante entre dos no es, como dice Manuel Vilas maravillosamente en ‘Ordesa’ (Alfaguara), “la lucha más hermosa del mundo”, sino una ordinariez y una lata. Se hace sentir culpable a una mujer por albergar deseos de ser madre, como si esa inclinación fuera propia de un títere del sistema o de una cabeza hueca. Luego, todos los que tanto predican y desaconsejan procrean sin pestañear siquiera. Pienso en esa mujer que hoy se cree rara por querer tener hijos cuando, según ‘El País’, no los tiene ya nadie. Le dicen que engrosa las filas de una minoría trasnochada, cuando en realidad forma parte de una mayoría de porvenir. Todo es mentira salvo conseguir saber lo que tú quieres de verdad hacer con tu vida.

Que los niños no puedan defenderse, y menos aún los no nacidos, es lo que me irrita mayormente de estas salvas y derrapes contra la natalidad y la infancia, de este ‘bullying’ continuado contra personas inocentes. Es la vuestra una frivolidad tan autoindulgente que linda ya en la eugenesia; vamos, en el fascismo.

Podría bajar uno al barro citando con demasiado entusiasmo el documental ‘La teoría sueca del amor’ (Erik Gandini, 2015), donde vemos las consecuencias tan lamentables de proponer desde el Estado que cada cual haga de su vida un interminable maratón en Netflix, en la creencia de que ese individualismo es lo que de verdad te hace feliz. Aunque es muy lúgubre saber por este documento que en Suecia hubo de crearse un funcionariado concreto para ir llamando a las casas de la gente a fin de averiguar si se había muerto —tanta soltería y soledad hacían común morir y que nadie se enterara—, ni siquiera me sale la maldad. En serio: moríos solos mientras Netflix pasa al siguiente capítulo. Queda guay.

Pero sí quiero compartir con ustedes una idea juguetona que me viene a veces a la cabeza. Parece que nuestra baja natalidad hará difícil dentro de algunas décadas pagar la pensiones, pues habrá más pensionistas que trabajadores en activo. Normalmente aquellos que promueven “el fin de raza”, que diría Michi Panero, consideran que a todo esto le pondrá remedio la inmigración. Esto es: que tengan hijos los pobres. No deja de asombrarme la coherencia de la izquierda moderna: tu madre limpia mi chalet y los hijos que tenga pagarán mi pensión. (Vete tú a saber si acabando con los pobres no acabaríamos también con esta pseudo-izquierda.)

Pues he aquí mi idea: que la cotización de los hijos una vez empiecen a trabajar se destine directamente a pagar la pensión de sus padres. Lo repito: directamente; patrimonio familiar. Si una mujer inmigrante tiene cuatro hijos que apenas puede mantener, cuando se jubile será rica. Ya dijo Diderot que “los pobres son los que mejor pueblan”. Así las cosas, ¿por qué tienen que pagar los pobres la pensión de los hípsteres? ¿Por qué tiene que cobrar más quien más aporte y no se considera aportación precisamente traer al mundo a uno o más cotizantes? ¿Por qué tienen que ser mis hijos “solidarios” con todos esos que los desprecian y que, de hecho, no querían ni que existieran?

¿Están en peligro la organización social y los derechos civiles?

Fuente: ctxt.es

CTXT contexto y acción

Nuria Alabao / Pastora Filigrana

En defensa de la organización social y las protestas

Si actos como el aniversario de un medio de comunicación son legales por constituir “actividad institucional” no restringida por el estado de alarma, es lógico considerar que las reuniones de movimientos sociales, AMPAS, sindicatos… lo sean también.

Durante esta pandemia estamos siendo testigos de un estrechamiento del espacio público. Lo colectivo está perdiendo tensión y fuerza, mientras la inseguridad y el miedo se viven cada vez más en soledad. Los movimientos sociales y los sindicatos de base llevan tiempo debatiendo internamente qué hacer con las restricciones impuestas para el control de la pandemia. Muchos ya no se reúnen presencialmente, solo de forma virtual, con las limitaciones que eso significa, o incluso han dejado de verse las caras. Otros están intentando mantener sus actividades, a pesar de todas las dificultades, inventando formas nuevas, y cada vez vemos más protestas públicas. Las dudas sobre qué hacer están ahí, nunca habíamos vivido nada parecido: ¿podemos convocar concentraciones o manifestaciones y de qué tipo? ¿Vale la pena? ¿Estamos siendo responsables? ¿Es legal reunirse? ¿Nos pueden multar por ser más de seis? ¿Cómo se para un desahucio en estas condiciones? ¿Qué hacemos si intentan desalojar nuestro centro social durante el toque de queda?

Lo cierto es que, sorprendentemente, ni en las leyes que declaraban el anterior estado de alarma, ni en el actual, aparece ninguna mención a la actividad política y sindical. Aunque sí se recoge un apartado expreso sobre las restricciones de aforo en lugares de culto con el objetivo, dicen, de “garantizar el derecho de culto”. Sin embargo, el ejercicio de los derechos políticos no parece merecedor de un apartado especial. En los medios, e incluso en las redes, apenas se habla del tema, como si los considerásemos algo irrelevante. Por desgracia, el escaso discurso público sobre la restricción de derechos fundamentales parte únicamente de los elementos más extremos de la derecha. Lo que llamamos izquierda ha abandonado su defensa y ha asumido el marco de que lo más ‘responsable’ es reivindicar las medidas restrictivas en casi cualquier caso, a pesar de que podemos empezar a percibir un cambio de sentido común sobre estas respecto de la primera oleada cuando apenas nadie se salía del guion. (Recordemos que el reconocimiento de estos derechos ha llevado siglos de pelea por parte del movimiento obrero y que todavía hoy hay que seguir peleando la posibilidad de poder luchar –la Ley Mordaza es un ejemplo).

Ya sabemos que organizarse es bastante complicado de por sí. Este escenario lo dificulta aún más. Lo virtual, la división en grupos más pequeños para reunirse, la delegación de la toma de decisiones en comités están minando, en muchos casos, las formas de democracia interna de las organizaciones –una cuestión en la que andamos siempre enzarzadas–. En organizaciones –como la PAH– donde buena parte de la militancia pertenece a sectores sociales que tienen menos dominio de las herramientas tecnológicas o posibilidad de usarlas, esta situación está dificultando la participación de estas personas. Entendemos la urgencia, pero sabemos que a largo plazo puede tener consecuencias, genera tensiones internas y malestares que pueden afectar a las capacidades de la organización. “Es pasajero”, pensamos, pero no sabemos cómo quedará el tejido social cuando esto termine –ni cuándo lo hará–, quizás cuando más necesario sea un tejido movimentista fuerte.

La situación golpea pues duramente a los movimientos sociales y sindicatos de base justo en un momento en que necesitamos más fuerza para pelear por el sentido de las medidas de reconstrucción y por qué parte de los fondos europeos vamos a ser capaces de ganar para redistribuir entre los de abajo. ¿Qué hacemos si los préstamos llegan condicionados desde Bruselas a nuevos recortes?

Hoy ya estamos atravesando esta extraña crisis que deja colas infinitas en los repartos de alimentos y cuyo fin es incierto, una crisis que se superpone sobre los coletazos de la anterior. Los desahucios se han reanudado, los cortes de servicios, hasta hace poco en moratoria, también. Hay gente sin casa a la que se recomienda o exige quedarse en ella. Hay gente sin agua y sin luz que no pueden irse al bar a calentarse. Sin embargo, el nivel de movilización es muy bajo. Pablo Iglesias ha pedido a los movimientos sociales que le exijan, que “su capacidad de presión es condición de posibilidad de que los gobiernos puedan hacer ciertas cosas”. No estaría de más, si esto piensa, que derogase la Ley Mordaza que ya se está aplicando en algunos lugares para desarticular a las PAHs mediante la imposición de multas de miles de euros a quienes paran desahucios o usan la desobediencia civil como parte de su estrategia política. La derogación de esta ley, que recordemos, fue una promesa del pacto de gobierno, ha quedado sepultada por su utilización para penalizar el incumplimiento de las restricciones de la pandemia. Pero la responsabilidad también está de nuestro lado: la de decidir que vale la pena seguir luchando, poner las condiciones para que pueda hacerse cumpliendo las recomendaciones sanitarias –en la medida de lo posible– y defender esta postura públicamente.

En general, estamos asistiendo a un nivel inaudito de autocensura en los movimientos sociales. A veces, la militancia está siendo más estricta a la hora de autorrestringirse que la propia ley. Dejamos de hacer reuniones que están permitidas, incluso pudiendo garantizar el cumplimiento de las normas sanitarias, o suspendemos movilizaciones públicas por miedo a dar una imagen de “irresponsables”. Aunque lo responsable, sin duda, es seguir movilizados. Es verdad que hay indeterminación legal –no siempre sabemos qué se puede hacer y qué no–, miedo a las multas, miedo al virus. Pero más allá de estos legítimos temores, hemos normalizado rápidamente que nuestra actividad política o sindical es prescindible, que no es una actividad “esencial” como trabajar o ir de compras. Como si la militancia fuese parte de nuestro ocio o algo que hacemos en nuestros ratos libres y que podemos, por tanto, suspenderla sin mayor consideración. La organización política y asociativa es esencial, sin embargo, para el buen funcionamiento democrático en todos los órdenes.

Por supuesto, mientras estemos obligados a trabajar –y tampoco podemos dejar de hacerlo si no nos garantizan renta suficiente para vivir–, la actividad sindical no puede ser algo prescindible. Si el trabajo no para, la lucha por reducir el nivel de explotación, tampoco. Hoy el nivel de conflictividad en las empresas está aumentando por la crisis y en breve vamos a vivir despidos masivos. Las patronales no necesitan reunir gente: les basta levantar teléfonos. Nosotros no tenemos más fuerza que la que seamos capaces de oponer o de hacer visible –sobre todo más allá de las redes–. Además, esta fuerza depende del conflicto que consigamos articular, pero las movilizaciones que se organizan telemáticamente nunca pueden alcanzar el nivel de conflictividad de aquellas que se organizan cara a cara. Cuando se genera confianza personal con el resto de militantes, cuando crees en el colectivo, el riesgo que estás dispuesto a asumir siempre es mayor.

¿Qué dice la ley?

Uno de los principales problemas es la indeterminación. Es difícil saber lo que se puede y no se puede hacer y tenemos constancia de que la policía está usando esta indeterminación para impedir formaciones o reuniones políticas, para disolver concentraciones, o incluso que se han llevado a gente de manifestaciones para multarlas por “tener la mascarilla mal colocada”. Hoy, supuestamente, podrían entrar a un centro social a contar las personas que asisten a una reunión e impedirla si consideran que las sillas no están a la distancia adecuada o excede el aforo, un ejercicio de control político inaudito que estamos naturalizando a la velocidad del rayo.

Como hemos señalado, el Real Decreto del estado de alarma del 25 de octubre no habla específicamente de actividad política y sindical. Lo único que nombra es el derecho de manifestación que podrá ser limitado, e incluso prohibido, cuando en la comunicación previa “no quede garantizada la distancia personal necesaria para impedir los contagios”. Entendemos que esto depende de una valoración que da lugar a un cierto margen de arbitrariedad que otorga mayor poder de control a las autoridades. Por otra parte, ¿cómo se garantiza la distancia de seguridad si estás intentando parar un desahucio?

Pero ¿están limitadas las asambleas políticas a seis personas? Respecto al derecho de reunión, el estado de alarma restringe las reuniones “familiares y de ocio”, tanto en espacios cerrados como al aire libre, a seis participantes –que pueden ser reducidas aún más por las comunidades– (De hecho el decreto es un marco normativo general que las comunidades pueden ajustar en sus territorios). Es decir, limita todo aquello que se supone iría incluido en el ámbito de las actividades realizadas durante el “tiempo libre”. Como hemos dicho, para el culto desarrolla un apartado especial que impone restricciones de aforo. El resto de actividades laborales e institucionales no tienen ningún tipo de restricción –salvo las que imponen las recomendaciones de sanidad y recogen los protocolos de riesgos laborales de distancia, mascarillas, etcétera–. Es decir, en principio, las oficinas, las fábricas o los call center pueden tener a cientos de trabajadores en la misma sala. Las tiendas, los comercios, los teatros y cines también pueden seguir abiertos al público. Los transportes –todos hemos visto imágenes estos días de metros atestados– no tienen ningún tipo de restricción legal de aforo.

¿Qué pasa con las actividades políticas que no son trabajo, ni culto, ni ocio? Ateniéndonos a la formulación de la ley, y dado que no hay un apartado específico que proteja el derecho fundamental de participación política y sindical, creemos que estas actividades podrían quedar recogidas en la excepción de la actividad “institucional”. Ya hemos explicado que no son actividades de ocio y tiempo libre y, también, que son esenciales para el funcionamiento democrático de una sociedad. Si actos como el aniversario de El Español son legales por constituir “actividad institucional” no restringida por el estado de alarma, es lógico considerar que las reuniones y actividades de asociaciones de vecinas, AMPAS, sindicatos, plataformas de vivienda, educación o sanidad pública lo sean también. Las PAHs y los Centros Sociales, sin duda, también son instituciones. Al quedar recogidas como actividades institucionales, también quedarían exentas del cumplimiento del toque de queda –una de las medidas de restricción de movilidad más extremas hoy–. Al menos para que las personas puedan regresar a casa después de una de estas actividades, tal y como recoge la ley.

Con la pandemia hemos visto claramente cómo la sanidad pública ha sido maltratada con contratos precarios y privatizaciones. Si todavía resiste, con limitaciones, es porque se frenó algo su desmantelamiento gracias a las luchas precedentes de la Marea Blanca. Por suerte, las movilizaciones en sanidad siguen hoy en plena pandemia. Asumimos que hace falta mucha más inversión pública en sanidad, en rastreadores, en test, en personal, etc. En lugar de inversión social y sanitaria en los barrios más depauperados, llegan más policías y prohibiciones. Como han explicado ya muchos especialistas, los determinantes sociales de la salud como la precarización laboral, la pobreza, los problemas en la vivienda o las injusticias ambientales, están relacionados con las políticas públicas y la desigual distribución del poder. “Así pues, las acciones de quienes tienen más poder y deciden las políticas son decisivas para salvar vidas o bien para matar desigualmente a la gente”, decía el investigador Joan Benach hace poco. Pedir responsabilidades a ese nivel implica movilizarse más allá de las redes para cambiar el sentido de los mensajes mediáticos y políticos que inciden en la responsabilidad individual frente a la colectiva.

Por tanto, tenemos que defender públicamente que la organización social y las protestas son necesarias para cuidar lo común –siempre que cumplan las restricciones sanitarias el máximo posible–. Esto no evitará determinados debates sobre qué actividades realizar y cuáles no y en qué condiciones. Sin embargo, el marco general de discusión será ya otro: el de que la actividad política y sindical es esencial y no siempre puede hacerse desde casa.

Cada colectivo o agrupación debería reflexionar sobre cómo realizar su actividad de la forma más segura posible. Todo ello, evidentemente, dando espacio a los miedos legítimos de los y las militantes y haciéndose cargo de que hay riesgos reales –no todos pueden asumirlos de la misma manera porque no partimos de la misma situación–. Como siempre, hay que intentar no dejar a nadie fuera y tratar de extender la posibilidad de luchar a todos, cualquiera que sea su condición social o su estado de salud. Por último, tendríamos que defender nuestras actividades de manera pública explicando los motivos por los cuales es imprescindible seguir con las actividades políticas en pandemia para empujar el sentido común. Como hemos dicho, luchar es una forma de fortalecer los derechos, la salud y el bienestar de toda la población, implica una responsabilidad con la comunidad. Hagámoslo oír.

CUANDO VEAS LAS BARBAS DE TU VECINO CORTAR….

Javier Marijuán

Decía Montesquieu que el Poder Judicial es el más terrible de los poderes porque se ejerce directamente sobre particulares y puede privarlos de su vida y su libertad. Por esta razón, su diseño institucional siempre se encontrará sometido a tensiones. La división de poderes es uno de los requisitos imprescindibles de la democracia. Sin jueces independientes o con un poder judicial controlado se produce la tiranía del ejecutivo o de los poderes privados. La
división de poderes exige evitar las interferencias arbitrarias que domestiquen a los jueces.Un poder político tiránico utilizado para promover los intereses sectarios de los grupos de presión o de los gobiernos de turno es una de las peores amenazas que pueden afectar a una democracia.

La división de poderes es, en definitiva, el consustancial a una democracia y se configura como un sistema de frenos y contrapesos para que así el poder frene al poder y así evitar su concentración. Lo que nos hace ciudadanos y no siervos en la capacidad que tenga el sistema de poner freno a la arbitrariedad, la discriminación y el abuso.

Una de las instituciones que garantizan la división de poderes en un Estado democrático es la Justicia. Los jueces aplican la ley y cuando se equivocan, existe un sistema de recursos que permite revisar sus decisiones. A mayor sistema de contrapesos, mayor protección de las influencias de los partidos y también de las inclinaciones ideológicas de sus miembros.

Este debate se ha encendido en España en los últimos días cuando el Grupo de Estados contra la Corrupción del Consejo de Europa (GRECO) ha reprendido a España por la calidad de su justicia. Tras el anuncio de la reforma proyectada por el PSOE y UP de rebajar de tres quintos a mayoría simple para la elección de los vocales del CGPJ, el
presidente del Greco envió una carta al gobierno denunciando que con ello “se aparta de las normas del Consejo de Europa” relativas a la composición de consejos judiciales y elección de sus miembros y constituye una violación de los estándares anticorrupción.

Ni Pedro Sánchez ni su vicepresidente han pedido perdón por el intento de rebajar la democracia en nuestro país. Europa les ha tenido que recordar que las autoridades políticas deben apartar sus tentáculos del proceso de selección de jueces pues sin salvaguarda de la independencia del poder judicial no es posible luchar contra la corrupción.

Los avisos del GRECO no son novedad. Ya desde hace siete años viene avisando a nuestro país de la necesidad de evaluar marco legislativo del Consejo General del Poder Judicial por sus efectos sobre la independencia judicial.

¿Por qué los políticos tienen tanto miedo a un poder judicial independiente?. PSOE y Podemos reproducen y aumentan todos los vicios de la peor política. Y su asalto a la justicia es prueba de ello. En plena apoteosis de condenas judiciales al Partido Popular, emerge un oscuro horizonte judicial contra los partidos de la coalición del actual Gobierno de España. Podemos ya tiene que responder de su financiación en los tribunales y su líder se ha visto retratado en la exposición de 63 páginas de un magistrado de la Audiencia Nacional que ha pedido al Tribunal Supremo su imputación. El PSOE andaluz, con presidentes nacionales del partido incluidos, es otro asiduo de condenas en los tribunales por corrupción.

La guerra se ha desatado por el nombramiento de la cúpula judicial (el CGPJ) y su influencia en la composición del Tribunal Supremo, las Presidencias de los Tribunales Superiores de Justicia y Audiencia Nacional. También es de esperar que se inicie la lucha por controlar a la denominada infantería judicial que también ha logrado éxitos sonados contra la corrupción.

En nuestro país hay gente de mucho poder que ha sido procesada y condenada. Por la cárcel han pasado vicepresidentes del gobierno, ministros, secretarios de Estado de Interior, presidentes y vicepresidentes de Gobiernos autonómicos del PP procesados por jueces de instrucción de provincias. Han existido jueces de instrucción capaces de desmontar tramas corruptas incrustadas en nuestras administraciones y han llevado o van a
llevar a la cárcel a decenas de ex cargos públicos pertenecientes a los principales partidos políticos de este país (casos Gürtel, ERE, Brugal, Campeón, Emperador, Fabra, Filesa, Guateque, Malaya, Palma Arena…). Se calcula que pueden ser en torno a 1.700 causas con cientos de imputados e investigados. Esos jueces de provincias han condenado a penas de prisión a 80 directivos de entidades financieras y siguen procesos judiciales a otros 95. También han sentado en el banquillo a la hermana de un rey y han procesado a los empresarios y financieros más importantes de este país (Emilio y Jaime Botín, César Alierta, Alfredo Saénz….). Si éstos no acabaron en la cárcel, ha sido gracias a la
interferencia del poder político en la justicia, es decir, en órganos cuyos nombramientos dependen del poder político o por los indultos del Gobierno.

En Francia se han presentado noventa demandas contra el gobierno por su gestión del COVID. Entre los demandantes hay colectivos médicos que han denunciado la incoherencia de las medidas y la no aplicación de las recomendaciones de la OMS. El Tribunal de Justicia de la República ha tomado nueve de ellas en consideración. El siete de julio decidió abrir un procedimiento por "abstención de combatir un siniestro" y comenzó
la investigación. Por ello, ya se ha ordenado registrar los despachos y domicilios del actual ministro de Sanidad, de su predecesora en el cargo, del ex primer ministro, la ex portavoz del gabinete y el director general de Sanidad.

El Gobierno francés puede llegar a ser juzgado por su gestión de la crisis del Covid. Y, además, existen precedentes. Fue el caso de la sangre contaminada por el virus del Sida. Tras una demanda de un grupo de hemofílicos que habían recibido transfusiones sanguíneas en 1984 y 1985, se abrió una causa por homicidio involuntario contra tres miembros del gobierno socialista de la época: el primer ministro Laurent Fabius, la ministra de Sanidad y un secretario de Estado. Aunque sólo este último fue declarado culpable, quince años después, los otros dos políticos fueron declarados responsables pero no culpables.

Los que han gestionado la primera ola del Covid tienen un problema. De alguna u otra manera han venido a reconocer que la primera vuelta de las elecciones municipales se hizo con un virus que se expandía sin parar. A principios de enero los expertos ya emitían notas al gobierno sobre la inminencia de una epidemia y nadie hizo nada.

Italia también tiene jueces investigando al gobierno. Otros gobiernos europeos impulsan comisiones de investigación. Los científicos españoles han pedido una auditoría independiente.

¿Estará motivada la jugada de Sánchez e Iglesias también por la precaución de blindarse ante una futura investigación judicial por su negligente respuesta al COVID?.

Y repintar sus blasones…

José Álvarez Junco
Publicado en El País


¿Para qué sirven las estatuas, los monumentos, las lápidas? ¿Por qué dedican las sociedades, o más bien sus gobernantes, tanto dinero a erigirlos, tanto tiempo y saliva a inaugurarlos y a celebrar actos públicos ante ellos?

La respuesta no es difícil, en principio: porque los hechos o personajes a los que se refieren esas piedras o bronces encarnan valores que creemos vertebran o cimentan nuestra comunidad. El primer y fundamental error, por tanto, es considerar a esos monumentos testimonios o vestigios del pasado. En ese caso, un historiador tendría algo o mucho que decir sobre ellos. Pero no es así, porque, más que con el pasado, se relacionan con el presente y la orientación que deseamos dar al futuro.

De ahí que no importe, para empezar, que la presentación de esos hechos o personajes supuestamente históricos refleje fielmente lo acontecido. Puede que lo deforme, e incluso que sea pura invención, que se refiera a algo que nunca ocurrió. Supongamos, por ejemplo, que honramos como padre fundador a un héroe, don Pelayo, que a comienzos del siglo VIII encabezó la rebelión contra una invasión de un pueblo de raza y religión diferentes. El historiador puede hacerle observar al gobernante, que lleva preparado un discurso sobre esa gesta, que en la documentación procedente de ese siglo no existe la menor referencia a ella, y que tampoco la hay en los primeros ochenta años del siguiente. Solo 170 años después, asentado ya un monarca poderoso en Oviedo, se le ocurrió encargar a sus letrados una historia de su dinastía. Y estos remontaron su estirpe a un antecesor que habría logrado una milagrosa victoria contra un ejército invasor cien o mil veces superior. Como solo conocían las crónicas greco-romanas y los textos bíblicos, copiaron el relato de una batalla griega contra los persas ante el templo de Apolo en Delfos, que terminó en temblores de tierra, desprendimiento de rocas, terror y confusión entre los atacantes; en cuanto al número de víctimas, reprodujeron el de una batalla judía contra los madianitas.

El político, sin respuesta ante los datos del historiador, acabará decidiendo que, aunque el hecho sea dudoso, no renuncia al discurso que lleva en el bolsillo, porque esa “memoria” es útil para reforzar la identidad y el orgullo local o nacional en los términos unitarios, católicos o monárquicos, que le convienen.

Pero la razón por la que los monumentos están siendo ahora agredidos o destruidos no es su falta de verosimilitud histórica. Es la inadecuación actual de su ejemplaridad moral, de los valores encarnados en los hechos o personajes que representan. Lo que se reprocha a esas supuestas hazañas, o a esos padres fundadores de nuestra comunidad, es su vertiente esclavista, racista o machista. Lo cual es inobjetable, pero significa, de nuevo, no tener en cuenta la historia. Porque la historia es lenta, compleja, evolutiva, y esos juicios son absolutos, atemporales. Se basan en principios que creemos eternos. La condena que se lanza sobre el monumento carece de matices, de referencias al momento en que se produjeron los hechos, a lo innovador y audaz, o egoísta y cobarde, de aquel personaje o aquel gesto en relación con su época.

Aristóteles, mente pensante y organizada como ninguna en siglos o milenios, estableció una jerarquía entre los seres vivos según la cual el hombre era superior a la mujer, el libre superior al esclavo y el griego al extranjero. Hoy, que defendemos el principio de igualdad, ¿deberemos borrar a Aristóteles de nuestros libros de filosofía? ¿No sería mejor explicarlo, poniéndolo en su contexto? Y Pericles, líder e ideólogo de la democracia ateniense, ¿deberá ir también al cubo de la basura porque en sus asambleas populares no se admitían mujeres, extranjeros ni esclavos? ¿No sería mejor valorar aquel primer ensayo de deliberación y toma de decisiones colectivas, comparándolo por ejemplo con el despotismo persa de la época?

La historia no debe ser venerada, sino explicada. Lo mejor que se puede hacer con hechos y personajes históricos, en lugar de pontificar o de presentarlos como modelos morales, es entenderlos en su contexto y momento. Y, cuando nos peleemos, conviene saber que lo hacemos sobre el presente y el futuro, no sobre el pasado. Porque nadie creerá que la polémica actual sobre el racismo o machismo de los monumentos tiene que ver con un repentino interés por lo que ocurrió hace tiempo y una genuina indignación por lo mal que se nos ha contado. No, lo que indigna a la gente no es el pasado. Es el presente.

El error es doble. Los conservadores, que como el don Guido de Machado han logrado un lugar confortable en el orden social y lo que no quieren es que este se altere, presentan el pasado como sagrado e intocable. Los izquierdistas, que denuncian como injusta la organización social, económica o política, empiezan por pedir cambios formales, simbólicos. Y a veces se quedan en ellos. Porque derribar estatuas o cambiar el color de la bandera es mucho más fácil que transformar de verdad las estructuras sociales. Y no solo fácil. Limitarse a ello es, como blanquear tumbas, hipócrita.

No debemos borrar el pasado, sino explicarlo bien. Un ejemplo español reciente es el Valle de los Caídos. Ha sido exhumado el dictador, algo muy justificado, pues una cosa es respetar un resto del pasado y otra enaltecerlo como hecho o personaje ejemplar y cuidarlo con fondos públicos. Pero ahora hay quien quiere ir más allá y demoler el monumento, creyendo que así liquida el último resto del franquismo. Mejor sería enseñarlo, explicar lo que significó, los principios que inspiraron aquella dictadura, poner fotos y testimonios de quienes trabajaron allí. Eso permitiría entenderlo bien y dejar advertida a la ciudadanía sobre futuras opresiones.

Pronto nos enfrentaremos con algo mucho más difícil, un problema común a otros países europeos que en su día fueron potencias imperiales: qué hacer con Colón, Cortés, Pizarro o Junípero Serra. Algunos de estos personajes se limitaron a explorar o a predicar. Pero abrieron el camino a los otros, los que invadieron de manera violenta, injustificable hoy, para extender los dominios de sus monarcas. Lo ideal sería intentar entender lo que ocurrió, juzgarlo según los valores de su época, sobre la creencia en la superioridad racial o religiosa o el desprecio hacia el mundo que llamaban salvaje; es decir, reflexionar a fondo sobre los imperios europeos, un lado oscuro de nuestra historia, aunque también complejo (y sucesor, no lo olvidemos, de imperios anteriores, algunas veces peores).

Pero en España el debate sobre el imperio se mezcla con el de los valores que han vertebrado la nación moderna. Y me temo que sobre ese relato imperial se lanzarán juicios monolíticos, embellecedores o denigrantes, según posiciones previas sobre la unidad nacional. La historia, como tantas veces, será un pretexto para disfrazar polémicas sobre problemas actuales.

Wall-e

Ana Sánchez


Películas para niños y películas para adultos: como con otras cosas, parece que las películas de animación se las encasquetamos a los niños y punto, pero también como en tantas otras cosas, hay que ir más allá de ideas preconcebidas o apariencias tradicionales. Algo así pasa con Wall-e, una película para niños, con un mensaje simple y un planteamiento del futuro quizá poco novedoso. Pero también es una producción que nos lleva bastante más lejos si queremos mirar con un poco de hondura.

Es curioso que en 2008 se estrene una película prácticamente sin diálogos, ambientada en un futuro (nos lleva hasta el año 2815) que en muchos aspectos llevamos ya un tiempo viendo venir y que muy claramente nos expuso el Papa Francisco en Laudato Si’ ¿qué estamos haciendo con nuestra casa común?
Se trata de una historia entrañable, de un mundo al revés, con una humanidad casi robotizada y donde aparecen unos robots extrañamente humanizados. Quizá una de las explicaciones esté precisamente en este desarrollo de la tecnología, en la que los únicos que trabajan son los robots, mientras que las personas consumen ocio y más ocio, sin realizar un mínimo esfuerzo, ni siquiera el de hablar directamente con otra persona: esto implica también una fuerte dependencia de las máquinas, que no dejan de ser eso precisamente: máquinas, por muy evolucionadas que estén. El trabajo, el sacrificio, las relaciones son algunas de las características que nos hace más humanos, más persona.

Este futuro se nos presenta sombrío, con un planeta Tierra destruido por la humanidad, que ha huido de él tras hacerle incompatible con cualquier tipo de vida. Sólo permanecieron máquinas encargadas de la limpieza, que también irán estropeándose y desapareciendo paulatinamente, hasta que queda sólo el protagonista que da título a la película: Wall-e (Waste Allocation Load Lifter – Earth class), que continúa su labor incansablemente, amontonando desechos, montones y montones, en franca competición con los rascacielos que pueblan el horizonte terráqueo.

Por otro lado, vemos la vida en la nave interespacial en la que se han refugiado los humanos, llena de anuncios de neón y repleta de modas, con máquinas como asistentes personales en un mundo despersonalizado, personas sin más necesidad que estirar una mano para pedir (¿exigir?) lo que quieran, no lo que necesiten porque las necesidades no son algo que forme parte de este universo futuro.

Aunque se pinte al hombre como un ser destructivo o apático, se abre la puerta al aprendizaje de los propios errores, a reparar la devastación producida y volver a generar un mundo habitable, un mundo de personas que se relacionan y se ayudan mutuamente. Es un trabajo de todos, cada uno debe aportar su granito de arena, tanto pasiva como activamente, pero en especial en el cuidado de todo lo que nos rodea y más aún en nuestras relaciones con los demás. ¿Estamos dispuestos a ser humanos?

Momentos fundamentales para la salud pública y para la salud mental

Estos días he tenido la fortuna de charlar con compañeros psicólogos sobre la intervención en situaciones de crisis y particularmente, la que nos está tocando vivir. Quería escribir como forma de agradecerles que compartan su buen hacer y su experiencia profesional y personal.

Me han contado que la experiencia de las familias que están viviendo situaciones muy duras muchas veces, la mayoría de las veces, es de comprensión, de valoración del trabajo y de agradecimiento profundo por las personas que han puesto en su camino. Y es que, en medio del dolor y a pocas horas de la situación del trauma, se sabe que lo que ocurre tiene impacto en el procesamiento a largo plazo. Es decir, que si tú tienes una experiencia con alguien que se acerca a ti, que te escucha, que está dispuesta a ayudarte en tus necesidades o con la que te sientes comprendida, tendrás más posibilidades de elaborar de una forma más constructiva la pérdida y/o trauma acontecidos.

Así que lo que hacen los sanitarios y otras personas tiene mucha importancia en la vivencia de las personas. Mucha.

Se sabe también, por otras epidemias, que los profesionales de la sanidad que están en primera línea sufren mucho impacto y si el gobierno, las instituciones, otros profesionales etc. no les ofrecemos el cuidado que requieren, es posible que un porcentaje importante de trabajadores desarrollen problemas de salud mental. Los psicólogos que intervienen en crisis están preocupados por llegar a ellos y hay servicios que se ponen en marcha, pero no están lográndolo de forma suficiente. Los médicos, enfermeras, auxiliares, personal de residencias, tienen muchos factores de estrés: adaptación a áreas de especialización que no controlan, falta de recursos sanitarios, informaciones y protocolos en permanente cambio, la propia afectación, cuarentena y sentimientos de culpa por no poder ayudar o contagiar, problemas éticos, desbordamiento, la sensación de no poder con el desconsuelo de las familias, etc. Estos profesionales requieren ser escuchados, tener ventilación emocional con personas adecuadas, contexto seguro y de confianza, refuerzo y agradecimiento. Y para eso, deben pedir ayuda. ¿Por qué no se llega a ellos? ¿Quizás les parece que tienen que estar preparados para todo? ¿Quizás sólo encuentran tiempo para descansar y no valoran suficientemente el apoyo psicológico? Parece ser que los profesionales sanitarios son uno de los colectivos a los que más cuesta solicitar y recibir ayuda de salud mental.

La crisis del covid va a durar, y habrá muchos altibajos. Va a cambiar muchas cosas. Es distinta a otras. Cuando pasa la enfermedad, vienen las cuarentenas, confinamientos, desempleo, problemas económicos, problemas familiares, duelos, situaciones estresantes. Y nadie estamos “fuera” (en otras crisis los que ayudaban venían de fuera de la situación y después regresaban a sus casas, a un espacio seguro). El estrés continuado tiene riesgos importantes si no se da respuesta a las necesidades, se comparte información constructiva, se fomenta el contacto y la vinculación social.

Se requiere una respuesta comunitaria política que haga llegar soluciones a los más empobrecidos, a las familias hacinadas, a los más machacados, y a los profesionales de primera línea (sanitarios, limpiadores, cajeras, repartidores, personal de cocinas, policías, celadores,…) que están trabajando en situaciones muy estresantes y en ocasiones, de explotación.

Este artículo va dedicado a los sanitarios y a sus responsables: Jefes de Servicio, Gerentes de Hospitales, Consejeros de Sanidad, Ministro de Sanidad y Presidente del Gobierno. Son momentos fundamentales para la salud pública y para la salud mental de la población.

Cristina Bandín. Psicóloga

La falsa frontera que separa el “dentro” y “fuera” de la familia

Lo que pasa en el mundo nos afecta como familia. Hoy lo vemos claramente. Un virus, que comienza en China hace unos pocos meses, y la respuestas que dan los gobiernos de los distintos niveles de la administración, hacen que tengamos que permanecer en nuestras casas confinados, sin poder acudir a nuestros trabajos, ni, en muchos casos, acompañar a nuestros familiares en su muerte y en su entierro. Se cierran empresas, se pierden empleos… Parece claro que el mundo influye sobre la familia.

Pero también sucede al revés. Lo que hacemos como familia afecta al mundo que nos rodea. Si decidimos saltarnos el confinamiento y salir a dar un paseo, o incumplir las medidas de higiene recomendadas para evitar la propagación del virus, eso, afecta al resto del mundo.

No hay una frontera tan nítida, como a veces pensamos, entre lo que pasa de puertas para fuera del hogar y lo que pasa de puertas para dentro. No hay un “fuera” y un “dentro” tan claro como muchos proclaman. Hay interrelación.

Cuando ignoramos esta interrelación y pretendemos reafirmar esa falsa frontera entre “dentro” y “fuera” de la familia, caemos en una especie de privatización de la familia. Muchas veces esto se hace con la intención de “blindar” la familia de lo que pasa fuera. Esperamos que la familia sea un remanso de paz, de autenticidad. Queremos convertir la familia en una especie de oasis en el que sus miembros viven protegidos del peligroso desierto de la sociedad. En la sociedad estaría la competitividad, el conflicto, la tensión… Esperamos que la corrupción y la falsedad del mundo no pasen al interior de la familia. Vemos la política como el más claro ejemplo de corrupción y falsedad. Y tratamos de mantenernos alejados de la política.

Cuando vivimos así la familia, de repente descubrimos que, lo que creíamos que era un oasis, está afectado por ese “desierto” del mundo y la política del que hemos intentado mantenernos alejados. Lo que sucede con nuestros empleos, la forma de enterrar a nuestros seres queridos, dónde pasamos nuestros días… viene decidido por aquello de lo que hemos decidido “protegernos”: la política.

Nos equivocamos al alejarnos de la política. Porque el ser humano es un ser político. Hay quien dice que es un ser social. Las abejas son seres sociales. Las abejas conviven y se organizan, en esencia, de la misma manera que lo hacían hace 500 años. No tienen conciencia de su historia ni de su forma de organizarse. El instinto rige su comportamiento.

La organización de los seres humanos es muy distinta a lo que era hace, no ya 500 años, sino 50. El ser humano evoluciona en su organización social y es capaz de reflexionar sobre esa misma organización y transformar las leyes que rigen las relaciones sociales. Eso le convierte en un ser político. Sólo el hombre es una animal político por estas dos razones: porque tiene conciencia de su historia y del derecho.

Dos realidades son necesarias para el crecimiento del ser humano: la familia y la comunidad política. Nacemos en el seno de una familia, que nos influye y a la que necesitamos para recibir el cuidado y el amor que precisamos. Y nacemos en medio de una organización política determinada, que nos influye y a la que necesitamos para crecer y recibir la educación, la sanidad, las infraestructuras… que precisamos. Renunciar a una de ellas nos deja cojos.

Trabajar desde la política para hacer del mundo un lugar mejor es trabajar por la familia. Por la propia y por todas las demás. También por aquellas a las que no conozco. Hacer de la familia un lugar mejor es hacer del mundo un lugar mejor, pero de eso hablamos más habitualmente en estas páginas.

 

Diego Velicia, psicólogo del COF Diocesano de Valladolid