Agua, fuente de vida

El Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, acaba de publicar la versión en español del documento: Aqua fons vitae. Orientaciones sobre el Agua: símbolo del grito de los pobres y del grito de la Tierra.

Este nuevo documento está enraizado en la Enseñanza Social de los Pontífices; y se inspira en el trabajo que miembros de las Iglesias nacionales y locales han venido realizando en varios países. «Agua» es un vocablo que llama la atención sobre varios desafíos para la familia humana.

Cabe señalar que, aunque «todo está relacionado», como enseña el Papa Francisco (LS, nn. 16, 117), en este documento se describen tres aspectos o dimensiones del uso del agua:

1) el agua para uso humano; 2) el agua como recurso utilizado en muchas actividades humanas, especialmente en la agricultura y la industria; 3) el agua como superficie, es decir, los ríos, los acuíferos subterráneos, los lagos y, sobre todo, los mares y océanos.

Para cada aspecto o dimensión, el documento presenta desafíos conexos y propuestas operativas para la sensibilización y el compromiso a nivel local. La parte final del documento ofrece una reflexión sobre la educación y la integridad.

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En la escuela de una fragilidad iluminada

Luis Argüello
Publicado en Revista Ecclesia


La pandemia nos está enseñando la lección de la fragilidad, nos ayuda a ser humildes y a abrirnos a quien viene en ayuda de nuestra debilidad. Esta nueva acogida del Espíritu, en un piso más profundo del corazón, nos permite experimentar lo que el apóstol Pablo escribe en el mismo capítulo 8 de la carta a los Romanos: «A los que aman a Dios todo les sirve para el bien». ¿En este «todo» se incluyen también los males que nos afligen y causan miles de víctimas? ¿Dios quiere el mal? El padre R. Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, ya reflexionó el pasado Viernes Santo sobre el lugar de Dios en la pandemia y nos invitó a mirar a Cristo en la cruz, víctima con las víctimas, y a recibir una luz que nos ayude a descubrir las consecuencias salvíficas de todo sufrimiento unido al sacrificio de Jesús.

Desde esta asombrosa y, por qué no decirlo escandalosa sabiduría de la cruz, resaltamos alguna de las enseñanzas de la pandemia, como el mejor homenaje a miles de víctimas que han padecido sus daños y perjuicios. Pues su padecimiento, incluida la muerte de tantísimos, unido al sacrificio de Cristo, genera un potencial redentor que hemos de acoger, no como una especie de compensación a las víctimas por nuestra parte, ni de precio maldito por la suya, sino como expresión de nuestra fe en el Misterio pascual. La resurrección del Crucificado es razón de nuestra esperanza en la victoria sobre la muerte y fuente de caridad siempre renovada mientras peregrinamos en el tiempo.

1ª lección: El don de la vida. Una enseñanza general que la escuela de la fragilidad nos ofrece, iluminada por el Misterio pascual, es el redescubrimiento de lo esencial. Y en esta mirada a lo esencial aparece el don de la vida. Los miles de muertos, los rostros conocidos de enfermos y fallecidos y el miedo a formar parte de esa lista de números anónimos en los medios de comunicación, ha afirmado, en cada uno de nosotros y en nuestros seres queridos, el esencial don de la vida. Este don, tantas veces poco agradecido, se ve amenazado por la muerte ocasionada por una enfermedad contagiosa y aun sin cura. Surgen las sombras del sinsentido, y la tentación de apuñar el don contradice y oculta aun más el significado de este regalo inmenso: la vida es un don. Sí, la vida humana, acogida como un don, se comparte y ofrece en don de sí y de esa manera descifra su secreto, pues la persona es la «única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás» (GS 24). Vida y don; don y respuesta al amor recibido; respuesta y libertad que se apropia o entrega el don; libertad y plenitud siempre deseada; plenitud y vida eterna como culminación del don, nos ayudan a comprender quiénes somos y a descubrir la fuente de alegrías y sufrimientos que experimentamos y provocamos.

Para profundizar en la lección: ¿Doy gracias por la vida recibida en mí y en los que me rodean? ¿Cuido la vida? ¿A quién y para qué entrego mi vida? ¿Tengo conciencia de ser peregrino hacia la Plenitud del Don?

2ª lección: La Eucaristía del Domingo. Una de las propuestas más seguidas en el estado de alarma ha sido «quédate en casa», lo que ha llevado consigo la paralización de muchas actividades y, en la vida eclesial, la suspensión casi total de la celebración de la Eucaristía para la inmensa mayoría del pueblo de Dios. Esta situación ha suscitado el seguimiento de la Eucaristía por los medios de comunicación y un crecimiento de la oración familiar y la lectura de la Palabra. Ha crecido el deseo de la Eucaristía pero también los riesgos de un acercamiento devocional y desencarnado. El pueblo de Dios ha vivido un sorprendente ayuno eucarístico. Éste puede ser fructífero, si iluminada la situación por el Misterio pascual, que en la celebración sacramental se hace acontecimiento real, se reconoce como pueblo de la Eucaristía que experimenta que sin el Domingo no puede vivir. La escuela de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, comulgada y adorada, nos ayuda a descubrir otras presencias suyas, en la Palabra, el cuerpo eclesial y los pobres, y a una mirada transfigurada sobre la realidad para contemplar su misteriosa vocación de plenitud del cuerpo de Cristo.

El Domingo, día del Señor y de la Iglesia, es también día de la humanidad y la creación nuevas. Día de descanso semanal de las personas y también de la tierra. Durante las últimas décadas, el descanso dominical se ha visto afectado por la presión del comercio y de la producción y por una frenética vivencia del fin de semana. El confinamiento de la pandemia, sin duda con muchas consecuencias negativas para la economía de nuestra sociedad, ha ayudado a la interrupción del imparable ritmo del trabajo y el consumo, a descubrir otras perspectivas en las relaciones familiares y vecinales y en la forma de mirar lo que nos rodea. El silencio en la ciudad ha ayudado a escuchar otros sonidos, incluso en el propio interior. La escuela iluminada de esta fragilidad ¿podría ayudarnos a recuperar como sociedad el Domingo? Podríamos de manera periódica vivir «un confinamiento dominical», un domingo sin coche o sin exceder una cierta distancia, sin tiendas ni trabajos productivos, donde todos estuviéramos llamados a buscar actividades de familiaridad y cercanía, espirituales y artísticas. No cesamos de repetir que necesitamos cambiar nuestra forma de vida y no lo hacemos. La vivencia católica del Domingo puede ayudar a la recuperación social de una jornada que invite a replantear el sentido de la interrelación entre vida, afectos, trabajo, fiesta y descanso. El confinamiento ha sido obligatorio, esta iniciativa dominical solo puede plantearse desde el testimonio del pueblo del Domingo que atraiga la libertad de nuestros conciudadanos.

Para profundizar en la lección: ¿Cómo vivo la Eucaristía? ¿Qué significa el Domingo, último día del fin de semana o primer día de un tiempo de permanente renovación y testimonio hasta que Él vuelva? ¿Crees posible una nueva manera de vivir, de producir y consumir?

3ª lección. La familia-Iglesia doméstica. Confinados, hemos convivido extensa e intensamente. La mayor parte de la población en familia. Suspendidas las actividades de las parroquias, la familia ha adquirido una singular relevancia como Iglesia doméstica. También el hogar ha sido convocado a ser aula de la escuela y patio de juegos; en la familia se ha cuidado a enfermos ante las dificultades hospitalarias. Los vecinos, en muchos casos, han sido reconocidos y desde las ventanas y balcones se ha homenajeado a los servidores del bien común. También ha habido conflictos y se ha experimentado la paciencia y el perdón. Muchas familias han vivido la experiencia de la muerte de seres queridos en una lejanía acrecentadora del dolor. La distancia con otros miembros de la familia ha dado la ocasión para incrementar encuentros telemáticos casi diarios y conversaciones más largas de lo acostumbrado. En la escuela de la fragilidad de nuestras familias y comunidades, iluminados por el Misterio pascual, cómo no subrayar el valor de la familia en la Iglesia y en la sociedad. En la Iglesia estamos llamados a crecer en una comprensión de la parroquia —casa entre las casas— como familia de familias, y a convertir a la familia en clave decisiva en la transmisión de la fe y en la acción social. La familia en la sociedad desvinculada, que elogia al individuo para bien del poder, está llamada de nuevo a jugar un papel muy importante en la crisis económica. Su protagonismo adquiere mayor importancia en este momento de dificultades en la gestión del Estado del bienestar, que tantas veces, so capa de ayuda, quiere sustituir a la familia en sus derechos y responsabilidades básicas en la vida, educación y cuidados de sus miembros. Lo aprendido ha de impulsarnos a promover y acompañar la vocación al matrimonio y a convocar y cuidar a las familias de nuestras comunidades.

Para profundizar en la lección: ¿Cuidas tu vida familiar? ¿Tu presencia y actividad en la Iglesia es personal o familiar? ¿Intentáis en vuestra familia hacer familia de familias?

4ª Lección: Los cuidados, niños y mayores. La vulnerabilidad de la vida humana parece haber sido descubierta en este tiempo. Todos nos hemos sentido frágiles ante la sola posibilidad del contagio. Niños y mayores han sido protagonistas indeseados de esta condición débil. Especialmente las personas mayores en la soledad de sus viviendas o en las residencias. Los niños han tenido que compaginar en la vivienda familiar, a veces muy pequeña, escuela, hogar y juegos. Han surgido fuertes polémicas en torno a la atención de los ancianos contagiados y, reconociendo el desbordamiento del sistema sanitario, algunas situaciones han dado pie a pensar en posibles «descartes» de algunas personas mayores. Emerge con fuerza la importancia de «los cuidados» como nueva expresión del bienestar. En la escuela de esta fragilidad iluminada, volvemos nuestra mirada a la familia como sujeto primordial de los cuidados en la acogida de la vida, el crecimiento y la ancianidad. La sociedad de los cuidados no puede dejarse solo en manos de instituciones públicas o privadas, precisa de un renovado protagonismo de la familia, que ha de contar con el apoyo de las administraciones y empresas a través del salario familiar, el apoyo de los servicios sociales y sanitarios, la reorganización de horarios laborales, el reconocimiento social de la maternidad y los cuidados en el seno de la propia familia.

Para profundizar en la lección: ¿Por qué las familias llevan a los ancianos a residencias? ¿Podríamos pensar en un sistema de cuidados que uniera el trabajo gratuito propio de la familia y la remuneración pública de parte de esa dedicación?

5ª Lección: La fraternidad. El coronavirus no conoce fronteras y ha provocado una pandemia global. La búsqueda de soluciones sanitarias es también global. La dependencia provocada por la COVID-19 nos ha hecho caer en la cuenta de que somos interdependientes. Las fronteras se han cerrado y, al grito de «sálvese quien pueda», también surgen desconfianzas y rechazos. El mismo virus que nos une en la fragilidad, pone también de manifiesto la abismal diferencia entre los pueblos para responder a este problema. La crisis económica ha movilizado la solidaridad pero el sufrimiento causado por las carencias se vive de manera muy desigual. Algunos viven el dilema «o contagio o hambre». Escuchamos apelaciones a la unidad de acción y a reconocernos cuerpo y fraternidad. En la escuela de esta fragilidad iluminada, entramos en diálogo con nuestros contemporáneos para ofrecerles nuestra fe en el Padre de todos, fundamento de la fraternidad. Damos también testimonio de lo que significa ser cuerpo y agradecemos la misericordia que nos permite seguir diciendo padrenuestro a pesar de nuestras divisiones y conflictos y de la tentación de cerrarnos a nuestra propia carne. Esta vinculación desborda nuestras fronteras y nos convoca a una catolicidad del corazón y de la solidaridad.

Para profundizar en la lección: ¿Cómo unes la oración del padrenuestro con la fraternidad ejercitada?

6ª lección: La naturaleza. La pandemia ha irrumpido sin que sepamos bien sus causas. En la naturaleza hay virus y bacterias con sus aportaciones y amenazas. La relación del hombre con la creación ha posibilitado enormes logros de progreso científico y desarrollo económico, junto con unas consecuencias de contaminación y destrucción. Hemos vivido una suerte de desilusión respecto a los logros conseguidos. La ciencia también es frágil y la naturaleza ambivalente. En la escuela de esta fragilidad iluminada, experimentamos la llamada al cuidado de la creación sin idolatrar la naturaleza. El sentido del progreso también debe de ser reflexionado en una perspectiva de una ecología humana integral, poniendo en relación al horizonte de mayor humanidad que quisiéramos lograr con los medios a emplear.

Para profundizar en la lección: ¿Qué significado das al cuidado y dominio de la creación? ¿Unes el progreso personal, económico y social con la llamada a la santidad?

110 obispos de todo el mundo reclaman a la UE leyes de diligencia debida

Publicado en Alfa y Omega


La Alianza Internacional de ONG Católicas de Desarrollo (CIDSE) ha coordinado el lanzamiento de una declaración en la que obispos del tercer mundo y de Europa reclaman normativas para obligar a las empresas a asegurarse de que todo su proceso productivo (incluidas las fases que dependen de sus proveedores) respete los derechos humanos.

«Ahora más que nunca necesitamos leyes de diligencia debida obligatoria en las cadenas de suministros para frenar los abusos de las empresas y garantizar la solidaridad global». Lo afirman 110 obispos en un comunicado en el que reclaman que a nivel nacional, pero sobre todo internacional, se introduzcan medidas vinculantes que hagan a las empresas responsables por ley de asegurar el respeto a los derechos humanos a lo largo de todo su proceso de producción.

Esta reivindicación, puesta en marcha por la Alianza Internacional de ONG Católicas de Desarrollo (CIDSE), se lanza en un momento en el que el COVID-19 ha exacerbado la situación, aseguran los responsables. La crisis global desatada por la pandemia «ha sembrado el caos en las cadenas de suministro globales que unen las fábricas a través de las fronteras». Además, ha expuesto «nuestra dependencia de los trabajadores vulnerables que realizan trabajos esenciales en todo el mundo» al tiempo que carecen de protección social.

Sin una legislación adecuada, aseguran los obispos firmantes, no se impedirá a las empresas transnacionales llevar a cabo evasión fiscal, abusar de los derechos humanos, infringir las leyes laborales y destruir ecosistemas enteros. Estos abusos pueden ser cometidos por ellas o por sus proveedores.

Responsables de controlar a los proveedores

Lo que pretenden las leyes de diligencia debida obligatoria es que las empresas pongan todos los medios para asegurar que en cada paso del proceso productivo se respeten las leyes, los derechos humanos y el medio ambiente. Los prelados afirman que los intentos de hacer esto de forma voluntaria han fracasado, por lo que una legislación obligatoria es la única opción para proteger a las comunidades.

El comunicado se ha hecho público este lunes, pocos días después de que Alemania asumiera la presidencia rotatoria del Consejo de la Unión Europea. Los promotores esperan que este semestre sirva para impulsar este tipo de legislación, del que el país germano se ha mostrado partidario, y para armonizar el mosaico actual.

La UE ya cuenta con algunas medidas en este sentido, como la regulación sobre suministro responsable de minerales de zonas de conflicto, que entrará en vigor en 2021. Pero entidades como la Fundación Alboán, el Instituto Popular de Capacitación de Colombia o German Watch criticaron hace meses que esta normativa no incluye las medidas suficientes ni contempla todos los riesgos.

Promesas de un pronto desarrollo

Didier Reynders, Comisionado de Justicia de la UE dio recientemente un paso en la dirección correcta al anunciar que la legislación de la UE sobre derechos humanos obligatorios y debida diligencia ambiental para las corporaciones se desarrollará pronto, como su contribución al Acuerdo Verde Europeo y en el contexto del plan de recuperación posterior a COVID-19 de la UE.

La declaración celebra esta muestra de buena voluntad y también llama a los líderes estatales a avanzar en la legislación vinculante a nivel de la ONU a través de la participación en el proceso actual para un Tratado de las Naciones Unidas sobre Derechos Humanos y Actividades Empresariales.

Denuncias desde los países de origen

Entre los obispos que firman el texto se encuentran los cardenales Jean-Claude Hollerich, presidente de la Comisión de las Conferencias Episcopales de la Comunidad Europea (COMECE), y Charles Bo, arzobispo de Yangon, en Myanmar. Hace apenas unos días el cardenal Bo denunció públicamente «la total negligencia y arrogancias de empresas que siguen deshumanizando a los pobres del país» y que tienen, como consecuencia final, desastres como la muerte de 172 trabajadores informales que fueron sepultados por un corrimiento de tierra cuando recogían restos de jade.

Otros obispos, de países como la India, Uganda y Colombia, también han sido testigos de cómo sus comunidades se veían afectadas por las acciones de empresas transnacionales. Cuentan con el apoyo de los obispos de Europa (Austria, Bélgica, Francia, Alemania, Italia, Portugal, Suiza o Países Bajos) que se han sumado a la petición, subrayando la necesidad de que la UE asuma su responsabilidad. La declaración está abierta a nuevas adhesiones.

Josianne Gauthier, secretaria general de CIDSE, ha destacado cómo «me inspira ver a tantos representantes de la Iglesia hablando con una sola voz sobre el tema de la regulación corporativa, apuntalando el trabajo de muchas mujeres y hombres, muchos de ellos socios de CIDSE, cuya vida se dedica a la defensa de los derechos humanos y ambientales. Todos estamos interconectados y les debemos apoyar su lucha de cualquier manera que podamos».

III Ciberencuentro – Scholas Occurrentes

Desde el grupo de educadores, que organizamos las charlas sobre educación y en línea con las propuestas educativas del Papa Francisco os invitamos a participar en este encuentro de Cátedras Scholas en el que se dialogará por grupos internacionales sobre las propuestas de la Universidad del Sentido, recogiéndose al final cuestiones y propuestas que concreten este proyecto educativo.

El Papa Francisco nos decía el pasado 5 de junio que  “crisis significa originalmente “ruptura”, “tajo”, “apertura”, “peligro”, pero también “oportunidad” (…) Nunca te adentres solo en la crisis, andá acompañado”. Siguiendo esta enseñanza, los invitamos a participar del III Ciberencuentro Internacional de Profesores e Investigadores que tendrá lugar el martes 23 de junio de 16.00 a 18.30 hora de Roma (11 a 13.30 de Buenos Aires).

No es casual que en un momento donde el mundo se detiene, nuestro querido Pontífice, anuncie formalmente la creación de la Universidad del Sentido como un nuevo espacio de formación para las nuevas generaciones.

Con la misma metodología de los encuentros anteriores vamos a “escuchar, crear y celebrar” a partir de la presentación de la Universidad del Sentido efectuada por el Papa Francisco el pasado 5 de junio.

 

 

Carlos de Foucauld: más allá del desierto

Margarita Saldaña Mostajo
Publicado en Revista Vida Nueva


Hay santas y santos a quienes todo el mundo cree conocer, por el mero hecho de haber leído alguna frase o de haber escuchado contar ciertos episodios de su vida. Ocurre, por ejemplo, con santa Teresa y su célebre adagio: “Entre los pucheros anda el Señor”; o con san Francisco de Asís, que se revolcó desnudo en la nieve para luchar contra la carne y sus tentaciones. El día que nos aventuramos a acercarnos de verdad a estos personajes descubrimos que no sabíamos casi nada, aparte de esos clichés que circulan en las tradiciones y en las redes.

Con Carlos de Foucauld sucede algo muy parecido. Su nombre evoca inmediatamente la oración de abandono, la imagen del desierto y la vaga idea de una conversión tumbativa precedida por una juventud tumultuosa. Ahora que el papa Francisco ha decidido canonizarle, quince años después de que fuese beatificado en 2005, puede ser una buena oportunidad para profundizar en la vida y en el mensaje de este nuevo santo. Recordemos que una canonización no es una condecoración póstuma que coloca en los altares a un creyente extraordinario, sino una humilde señal en la que toda la Iglesia está invitada a leer algún rasgo particular de Cristo y del Evangelio.

Vínculos familiares

Varón, francés, huérfano, aristócrata, militar, explorador, trapense, ermitaño, sacerdote, lingüista, misionero, hermano universal… Cada una de estas dimensiones dejará sus huellas en la personalidad y en la santidad de Carlos de Foucauld, nacido en Estrasburgo (Francia) en 1858 y asesinado en Tamanrasset (Argelia) en 1916. A los seis años, él y su hermana Mimí se encuentran huérfanos de padre y madre, y son educados con gran cariño por sus abuelos maternos. Carlos mantendrá, a lo largo de toda su vida, un vínculo muy estrecho con su familia, manifestado en una amplísima correspondencia.

Después de haber perdido la fe durante la adolescencia y de ser expulsado del liceo de los jesuitas, se embarca en una carrera militar de la que muy pronto se aburre. Lleva una vida de cierto desenfreno durante un corto período de tiempo, aprovechando la herencia de una inmensa fortuna. Sin embargo, su espíritu curioso y aventurero le incita a realizar un viaje de exploración en Marruecos, cuyos brillantes resultados le valdrán a su regreso el más alto reconocimiento de la comunidad científica.

La fe de los musulmanes que conoce durante este viaje le interpela profundamente. De vuelta en París, el testimonio de ciertas personas inteligentes y espirituales, especialmente su prima Marie de Bondy, le mueve a acercarse a la Iglesia y a murmurar en lo profundo de su corazón: “Dios mío, si existes, haz que te conozca”. La relación con el padre Huvelin, que se convertirá en su acompañante espiritual hasta la muerte de este, tendrá un peso fundamental en su conversión y en su decisión de entregarse completamente a Dios.

El itinerario interior de Carlos de Foucauld atraviesa parajes muy diversos, pero se dirige siempre en la misma dirección: Jesús de Nazaret, a quien Carlos desea ardientemente imitar, primero de forma literal (en la pobreza radical de la Trapa o como criado de las clarisas en Tierra Santa) y después de maneras cada vez más encarnadas, sencillamente como “hermano” entre los tuaregs y los militares franceses en Argelia. Seducido por el misterio de la vida oculta de Jesús en Nazaret, Carlos se dejará conducir al desierto del Sáhara, no para aislarse del mundo, sino para compartir con los últimos el tesoro que ha transformado su existencia

Mayor utilidad

El hermano Carlos descubre una razón fundamental para “salir” de sus proyectos de vida eremítica: la “mayor utilidad” a los demás. “Me quedaré, o iré acá o allá, según sea más útil a las almas”, dirá en 1903. Por ello, si en Beni Abbés acoge en la fraternidad a todo el que llega, en las etapas siguientes, y hasta el final de sus días, será él mismo quien se ponga en marcha hacia el encuentro del otro. Este deseo de llegar a los que están más lejos es el motivo que le impulsa a la construcción de la ermita del Asekrem, razón por la cual afirmará en 1910: “Mis ermitas se multiplican. Este año he tenido que agrandar la de Tamanrasset y construir una nueva en el Asekrem, en plena montaña; esta última era indispensable para entrar en contacto con las tribus que no veo jamás en Tamanraset”.

Tomando por modelo el misterio de la Visitación, Carlos de Foucauld permanece en el desierto pero va más allá del desierto, por su deseo de ser “hermano universal” y por el “apostolado de la bondad” vivido cotidianamente en el contacto con una cultura y con una religión muy diferentes de las suyas. De esta forma, se convierte sin saberlo en precursor de la nueva evangelización, marcada por la salida hacia las periferias, el compromiso de todos los bautizados, el carácter sinodal, el diálogo interreligioso y el testimonio de vida.

“Lo que haría más falta aquí –decía Carlos de Foucauld en 1908–, más que misioneros empeñados en seguir sus métodos ordinarios, sería mucha gente valiente, buenos cristianos de todas las profesiones, que entraran en contacto estrecho con los indígenas por los mil actos de la vida cotidiana”. Allí donde se han derrumbado los grandes discursos, el mundo espera creyentes audaces, dispuestos a entrar en todos los contextos para anunciar por medio de la vida diaria la alegría del Evangelio, con la mirada fija en Jesús. Eso es, seguramente, “lo que haría más falta aquí”, y la figura de este nuevo santo podrá servir de inspiración a toda la Iglesia.

San Juan Pablo II y la economía

Juan Velarde Fuertes
Publicado en Revista Ecclesia


Por su extraordinario papel, ciertos papas han pasado definitivamente a convertirse en clave de la historia. Se trata, siempre, de aquellos que han reaccionado con planteamientos adecuados, en momentos de cambios históricos. Uno de ellos fue precisamente el primer papa, san Pedro, al dirigirse al centro del Imperio Romano, donde fue muerto en tiempos de Nerón. Otro, Alejandro VI, quien ordenó el inicio de la colonización de América, y su proyección hacia España y Portugal, que tuvo consecuencias permanentes. En el paso del siglo XVIII al XIX, surgen multitud de tensiones producidas por causa de una colosal revolución científica, sumada al inicio de una revolución industrial de extraordinarias dimensiones, que, a partir de Adam Smith —con la Escuela Clásica de la economía— comenzaron a difundir mensajes potenciadores de la justificación de condiciones laborales en las empresas, que tuvieron características hoy calificadas, justamente, de espeluznantes. Ello motivó que surgiesen reacciones populares, unidas fundamentalmente a los trabajadores que vivían en condiciones atroces; todo ello consolidado en 1848 con el famoso Manifiesto Comunista de Marx y Engels.

Simultáneamente tuvo lugar, a partir de dos revoluciones, un cambio absoluto del orden político, creador de continuos mensajes, con una dureza especial en el caso de Francia, contra la Iglesia católica. Y, al mismo tiempo, basándose en la tesis del materialismo histórico de Marx, buena parte del mundo obrero también se separó del ámbito de la Iglesia.

Leon XIII decidió reaccionar. Lo hizo con la encíclica Rerum novarum, donde se plantearon mecanismos posibles para que empresarios y obreros no mantuviesen una postura radical de lucha, y que ésta no fuese incluso muy violenta.

Toda una serie de economistas, tras la I Guerra Mundial, creyeron encontrar la solución en una aportación, formulada, en principio, por el economista rumano Manoilescu. Las ideas básicas del modelo procedían de la defensa de un sistema corporativo que impidiera, tanto la competencia en el ámbito de cada sector industrial, como entre empresarios y trabajadores. Ese sistema corporativo pasó a tener enorme peso en Europa, y Pío XI buscó, en tal modelo, la base económica de la encíclica Quadragesimo anno. Pero la ciencia económica expuso, entre otras cosas, gracias al avance en la teoría de la competencia imperfecta, que el sistema corporativo conducía, no a una solución, sino a una crisis; mas, también, a ciertas ventajas sociales. Todo este panorama, con los golpes sucesivos de la Gran Depresión de 1930, y con la II Guerra Mundial, se vino abajo, y comenzaron a atisbarse multitud de otros caminos. Tal fue el caso de lo sucedido en Iberoamérica. A partir de las aportaciones de Raúl Prebisch, muy influidas por las tesis de Manoilescu, se generó la convicción de que el sistema de libre empresa y otras derivaciones en la política financiera y en la del comercio internacional —a causa de la cuestión denominada «relación real del intercambio»—, daba lugar a que los países industriales, ricos, automáticamente empobrecían a los exportadores de bienes agrarios. Este planteamiento se enlazó muy rápido con la denominada Teología de la liberación, creada, simultáneamente, en Iberoamérica, desde ámbitos íntimamente relacionados con la Iglesia católica. La conexión del que se denominó Estructuralismo Económico Latinoamericano y la Teología de liberación pasó a ser estrecha, y al mismo tiempo, radicalmente desastrosa para cualquier planteamiento orientado hacia el abandono de la pobreza. En la Iglesia, había nacido, así, un círculo vicioso peligrosísimo. Pero defendido por sacerdotes de talante irreprochable.

Por otra parte, como reacción de los católicos ante los enunciados alemanes vinculados al nacionalsocialismo, surgió, en la frontera de Alemania y Suiza —en la Universidad de Friburgo—, un enfoque económico que resistía las críticas, al revés de lo sucedido con otros anteriores. Y al aplicarlo, en plena Guerra Fría, creó, en la Alemania occidental, la reactivación económica. Se hablaba de la «economía libre de mercado», con anexiones de tipo social. El impacto en multitud de ambientes católicos fue muy grande.

Pero ese conjunto que he señalado, desde la Teología de la liberación, a la Escuela de Friburgo, más multitud de realidades derivadas de planteamientos generados por los mensajes de León XIII y Pío XI, provocaba, como mínimo, confusión. Además, desde el ámbito católico, surgían novedades tan importantes como la aparición —a través de tres políticos claramente vinculados a la Iglesia: Schuman, De Gasperi y Adenauer—, de la Unión Europea.
San Juan Pablo II, con el fin de no incurrir en ningún error científico, convocó en el Vaticano a un conjunto impresionante de los entonces mejores expertos en la ciencia económica. Recuerdo que uno de ellos, Amartya Sen, me dijo que, en esa reunión, el Papa no pretendió convertirse en un experto en teoría económica, sino aprender y asesorarse por aquel conjunto impresionante de los entonces más altos científicos de la economía, en torno al documento que les había enviado, y conocer, por ellos, si existían choques serios con la ciencia económica en sus afirmaciones. El debate fue intensísimo, y me aseguró este gran economista, catedrático de Harvard, que fue amplísimo y, al final, todos señalaban lo oportuna y seria que iba a ser la encíclica.

Esa y no otra es la raíz científica de la encíclica titulada Centesimus annus, por la conmemoración de la de León XIII. Aún no ha recibido ni una sola crítica seria. Esto es lo que convierte a san Juan Pablo II en un colosal orientador de la política económica, incluyendo la que podría denominarse explicación adecuada del papel del capitalismo.

Por tanto, es oportuno señalar que el de san Juan Pablo II es un mensaje que permanece vivo y actual, y no vemos que ningún riguroso economista lo ponga en duda. Es otra clave de la Historia.

Teología en tiempos de pandemia

Hasta ahora, no me había atrevido a hacer una interpretación de esta situación, ya que sentía que era necesario –o, al menos, era mejor– dejar que la propia realidad nos hablara en toda su dureza y desnudez. Algunas opiniones que he leído, aunque he intentado que hasta ahora fueran las mínimas, me han dado la impresión de que han sido un poco precipitadas. La razón humana es admirable en su capacidad de acoger lo que nos viene encima y de interpretarlo para así otorgarle un significado y, más aún, un sentido. Sin embargo, a veces, esta razón tiende a apoderarse de la realidad con demasiada premura para evitar así ser golpeada por ella y, de esta forma, ser llevada más allá del horizonte en el que estaba instalada. Por eso, a veces, es preferible dejar que la realidad nos golpee y nos enseñe, nos hable sin filtros, sin aventurarnos apresuradamente a hacer interpretaciones que nos limiten el contacto real con la realidad.

Durante las primeras semanas de confinamiento, probablemente nos hemos sentido desorientados y sobrepasados, con la congoja de ver cómo los números de fallecidos y afectados por el virus iban creciendo de forma acelerada. Rara ha sido la persona que en su entorno cercano no se ha visto afectada de una forma u otra por la pandemia. Hemos pasado por una constante fluctuación de estados de ánimo, que no nos permitía vivir con una cierta y sana normalidad el día a día a quienes no hemos estado en la primera línea de su combate o en actividades esenciales. Durante este tiempo, hemos vivido dos grandes tentaciones. Bien dejarnos llevar por la inmediatez del momento, sucumbiendo al golpe de las cifras, de la situación de personas cercanas, del ambiente de excepcionalidad que nos domina; bien buscar una “sobreinterpretación” de la situación que vivimos desde diferentes teorías apocalípticas, providencialistas, revolucionarias o del tipo que sea, para dejar de aprender realmente de la situación que nos ha tocado vivir. A lo largo de estos días, he ido acompañando a los alumnos de primero de Teología de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia Comillas no solo como profesor de una asignatura, sino como tutor del curso. Además de pautas y consejos concretos para el camino del aprendizaje de la teología trinitaria en una situación excepcional como esta, al final les ofrecí una breve reflexión en siete puntos que forman el esquema de lo que aquí ahora ofrezco a un grupo de destinatarios más amplio. Estas reflexiones nacieron de la necesidad particular de decir una palabra desde la teología que acompañara el día a día de estos alumnos. Espero que ahora sean de ayuda, al menos, para acoger y pensar la realidad que nos está tocando vivir desde un punto de vista teológico y cristiano. No tengo la pretensión de decirlo todo, ni de tener razón, son simplemente algunas reflexiones teológicas personales desde la pandemia. Muchas veces, los teólogos nos sentimos increpados porque nos dicen que no tenemos una palabra que decir ante la situación concreta de la vida. No es así. La teología acoge la realidad que padecemos como experiencia humana singular y palabra de Dios oportuna para convertir toda situación, por dramática que sea, en un “tiempo favorable de salvación” (cfr. 2 Cor 6, 2).

1. EL HOMBRE VULNERABLE

La primera lección que hemos aprendido en este tiempo es que el ser humano es un ser vulnerable. La fragilidad y la muerte forman parte de la condición humana. No es lo único, pero sí una dimensión esencial que no podemos dejar de lado u olvidar. Desde el admirable progreso técnico y los diferentes avances en el mundo de la biología, de la medicina, de la física y de la tecnología nos parecía que la humanidad, superada la época de las guerras, pestes, enfermedades, estaba alcanzando una nueva fase de desarrollo donde se le ponía en el horizonte la conquista de la inmortalidad. De la fase evolutiva del homo sapiens parecía que estábamos entrando en el camino del homo deus. De repente, en un abrir y cerrar de ojos, nos hemos percatado de nuestra condición contingente de criaturas finitas, débiles y vulnerables. Esta realidad no debe inducirnos a caer en un pesimismo trágico, sino abrazar el realismo como base fundamental para todo proyecto humano. En un sentido ser vulnerable no es sinónimo de debilidad, al menos en una forma extrema, sino la constatación de que no somos intocables. Estamos expuestos a la realidad y esta nos afecta. El viejo anhelo de la virtud de la apatheia de la filosofía estoica puede ser entendido en un sentido moral, desde la búsqueda de una existencia que posee el dominio sobre sí ante las adversidades, pero nunca desde un significado metafísico, como si el ser humano estuviera más allá de la temporalidad y la historicidad de la existencia. Somos mundo y estamos sujetos a que la realidad, en sus avatares y circunstancias, nos golpee y nos afecte profundamente.
La muerte no es un simple problema técnico, como escribía Yuval Harari en un artículo –en mi opinión, impúdico– publicado el domingo 26 de abril por El Confidencial, alejado de la real experiencia humana, no sé si para justificar la tesis fundamental de sus libros. La muerte es un profundo hecho humano, que hay que saber vivir cuando esta llega en el ejercicio de la libertad e integrar en nuestra vida cotidiana. Cómo nos comportamos ante ella nos hace humanos, tal y como ha mostrado el proceso mismo de hominización y el salto cualitativo que los seres humanos hemos dado cuando hemos mostrado el cuidado y la memoria (culto) de los difuntos. Ese mismo domingo, Olegario González de Cardedal publicaba en La Tercera del periódico ABC una reflexión en torno a la muerte con toda densidad humana y teológica que contrastaba radicalmente con el autor anteriormente mencionado. No hace falta situarse intelectualmente a favor de uno u otro para percibir o echar en falta la conexión de las ideas expuestas con la real experiencia humana.

La vulnerabilidad no es una etapa accidental de la historia humana o una condición concreta de unos cuantos seres humanos castigados por una situación desfavorable o una estructura social injusta, al menos no solo, sino una dimensión constitutiva de la existencia vinculada a su esencial condición histórica y temporal. Pero, a la vez y de forma inmediata, hay que decir que el cristianismo no necesita un ser humano apocado o hundido por el peso de la vida y la existencia, menos aún un hombre acongojado por la muerte, para ofrecerle a Cristo como propuesta de vida y de sentido. En él rige una ley que ya es clásica: a mayor consistencia de la realidad humana en su plenitud de vida, libertad, razón, deseo, conciencia, amor, gozo, mayor es la oferta de gracia y salvación que se le da y se le ofrece. Si la fe cristiana realiza este diálogo de salvación teniendo en cuenta esta vulnerabilidad constitutiva, es para no realizarla en el vacío o en un idealismo inexistente, sino desde la situación histórica y concreta en la que viven los seres humanos, tantas veces amenazados por realidades que manifiestan su fragilidad.

2. EL MUNDO ES UN PAÑUELO

En segundo lugar, esta pandemia nos ha mostrado que el mundo es un pañuelo. El fenómeno de la globalización nos era cada vez más evidente en el ámbito de la economía, las comunicaciones, las relaciones, etc. La pandemia nos ha mostrado cómo todo el mundo está conectado. Un estornudo en la región de Wuhan hace que se constipe un tercio del mundo y que prácticamente la mitad de la población mundial tenga que estar confinada, padeciendo así una recesión económica como no se había vivido desde las dos guerras mundiales. Esta constatación nos obliga a ser conscientes de nuestra responsabilidad personal, pues en realidad no hay ninguna acción privada o individual que no tenga repercusión en el conjunto de la sociedad. Para bien y para mal, la acción de uno repercute en la totalidad. Por lo tanto, si no somos capaces de dar una respuesta global a la crisis que nos afecta, nadie, ni ninguna parte del mundo puede estar y sentirse realmente a salvo. La pandemia nos ha enseñado que debemos reconocernos responsables del destino de todos y cada uno de los habitantes del planeta.

Esta relación global que hace el mundo tan cercano al estar radicalmente interconectado tiene repercusiones positivas y negativas. La comunidad científica del mundo entero comparte de forma casi inmediata los pequeños avances que se van logrando para contener el virus y esperemos que pronto también para dominarlo. Tenemos un conocimiento casi inmediato de lo que puede ocurrir en cualquier rincón del mundo, haciendo que podamos convertirnos inmediatamente en sus prójimos. La globalización permite un ejercicio de la solidaridad también global, saliendo más allá de los estrechos límites de nuestro pueblo, nuestra región, nuestro país, nuestro continente. Nunca ha sido tan verdad que somos ciudadanos del mundo, siendo conscientes de que pertenecemos a una única humanidad. Pero también esta globalización tiene sus sombras. La extensión del virus ha sido tan rápida porque nunca hasta ahora había habido un desplazamiento tan constante y masivo de personas en todo el mundo. Las repercusiones económicas de lo que acontece en una región del mundo tienen una influencia directa en otras regiones, generando grandes bolsas de paro y pobreza que, a partir de ahora, desgraciadamente, vamos a ver crecer porque, después de la crisis sanitaria, viene la crisis económica y social que ya estamos viviendo. Sin retroceder en esta conciencia global, quizás esta pandemia nos ayude a replantear una economía de proximidad, más cercana y autosuficiente, que sea capaz de resistir mejor los vaivenes producidos en otras regiones de la tierra. Y esto no por una búsqueda de una soñada autarquía nacionalista, sino por responsabilidad con el entorno social en el que vivimos. Cada región del mundo debe tener la capacidad de ser autosuficiente y autogestionaria en los bienes fundamentales para el sostenimiento de la vida, porque, además de garantizar la sostenibilidad del planeta, significaría un desarrollo digno para cada una de las regiones.

3. LA NOSTALGIA DE LAS PEQUEÑAS COSAS

En tercer lugar, durante todo este tiempo hemos sentido una nostalgia de las pequeñas cosas. La vida humana no se teje con grandes programas o proyectos. Estos, desde luego, son necesarios para ofrecernos marcos u horizontes de sentido que van ayudándonos a vivir. Pero el día a día de nuestra vida está hecho de pequeñas cosas, que solo echamos de menos y valoramos cuando nos faltan. Un abrazo acogedor de un amigo; un beso cariñoso de una persona amada; una mesa compartida por la familia; unas cañas distendidas con los amigos al terminar el trabajo; una cercanía inspiradora de compañeros de trabajo; un paseo o una carrera liberadora por el monte; una clase, aunque sea aburrida, pero presencial, con contacto visual y atmósfera personal; una eucaristía con la presencia física y espiritual del pueblo de Dios, donde se come y se bebe el cuerpo y la sangre de Cristo… Todo esto y muchas más cosas forman nuestro día a día, alimentándonos y dándonos las fuerzas necesarias para vivir, a pesar de que a veces, por ser algo cotidiano o rutinario, no le dábamos la importancia suficiente. La vida está tejida con estas pequeñas cosas que, sumadas, es lo que hace realmente que esta pueda ser vivida de forma humana.

Unido a esto, este tiempo de clausura obligada nos ha dado la oportunidad de dirigir una mirada especial hacia nuestra corporalidad. El ser humano no tiene un cuerpo como una especie de carcasa que es necesaria para sostener las dimensiones esenciales de su ser. El hombre es cuerpo, siendo la corporalidad una de las dimensiones constitutivas de su esencia y su existencia. La distancia social obligada como forma de (no) relacionarnos con los demás nos ha mostrado lo necesario que es el contacto físico y el encuentro personal. En una época donde se han desarrollado sobremanera las relaciones a través de las redes sociales, donde ha crecido lo virtual, dando gracias por el servicio que nos ha hecho como mal menor, añoramos y necesitamos el contacto real con la realidad y con las personas a través del cuerpo. Desde este punto de vista antropológico fundamental, puedo entender el deseo encendido que también hemos sentido por la carencia de la vida sacramental, donde lo físico y lo corporal tiene un puesto fundamental, además de otras razones eclesiales y teológicas a las que me referiré más adelante.

4. LOS SANTOS Y HÉROES DE AL LADO

En cuarto lugar, todos hemos sido testigos de los santos y héroes de al lado, tal y como ha dicho el papa Francisco. Más allá de las acciones de los gobiernos y autoridades competentes, que deberán ser juzgadas por los ciudadanos y la sociedad cuando pase el momento más crudo de la pandemia, la sociedad y, ante todo, las personas, de carne y hueso, con nombre y apellidos, han respondido con responsabilidad, solidaridad y generosidad; algunos aun a riesgo de la propia vida. Durante todos estos días, hemos salido a las 8 de la tarde a los balcones y ventanas para agradecer con nuestros aplausos a estos héroes anónimos que han velado y cuidado de los contagiados y de los enfermos; a aquellos que han continuado trabajando en labores que nos parecían sencillas, casi despreciables, pero que se han revelado como esenciales en nuestra vida. Cuántos gestos y acciones de solidaridad callada pero efectiva se han vivido en estos días, que nos recuerda la masa buena de la que estamos hechos los seres humanos: donaciones, colectas, servicios gratuitos, solidaridad vecinal, atención a los más desvalidos… Todo ello sumado muestra un tapiz realmente reconfortante de la inmensa mayoría de la sociedad, que no empaña las acciones y actitudes de los aprovechados de siempre que quieren beneficiarse de la desgracia e indefensión general.

Es verdad que hablamos de heroicidad y santidad, pero realmente la mayoría de las acciones entrarían dentro del sentido del deber. Estos héroes cotidianos, cuando se les pregunta, no dejan de contestar que ellos no son héroes, sino que sencillamente están cumpliendo con su deber. Después de este tiempo, tendremos que preguntarnos qué ha pasado en la sociedad desde un punto de vista moral para que la acción que nace del sentido del deber y la responsabilidad sea visto como un acto heroico. Decía el otro día una periodista que, cuando el sentido común parece algo excepcional, es que la sociedad se ha radicalizado en los extremos. Esto que puede ser dicho de la vida política y social es extrapolable perfectamente a la vida moral. No obstante, dicho esto, es bueno reconocer a tantos héroes y santos de al lado, de la mística de la vida cotidiana que, al ofrecer su tiempo, dinero, conocimiento, pericia, en definitiva, sus personas por la salud de los otros, nos han otorgado luz y esperanza en la vida humana.

5. PALABRA DESDE EL SILENCIO

En quinto lugar, este tiempo nos ha ayudado a comprender la fecundidad del silencio para la palabra. Necesitamos palabras, pero nacidas desde el silencio fecundo que es fuente y origen de estas. El confinamiento nos ha impuesto un silencio obligado en la vida diaria y, especialmente, en la misión de la Iglesia en el anuncio del Evangelio y en la transmisión de la fe. Hay palabras que son pura verborrea, que, más que alentarnos e iluminarnos en situaciones como estas, nos dejan apesadumbrados y aturdidos. Todos las hemos sufrido. Cuando en este tiempo quienes solemos predicar a los demás hemos tenido que guardar silencio y escuchar a otros, nos hemos dado cuenta de la fuerza que tiene la palabra cuando es concreta, precisa y verdadera; y lo vana que se vuelve cuando es una pura logomaquia. En este orden, fue sobrecogedora la oración del papa Francisco en una Plaza de San Pedro vacía ante el Santísimo y ante el mundo entero, gracias a los medios de comunicación.

En este elogio de la palabra nacida del silencio, como decía Ignacio de Antioquía, es oportuno ofrecer una reflexión en torno al “ayuno eucarístico” que nos ha tocado vivir. Ha sido como un prolongado Viernes Santo, en el que hemos vivido desde la luz de la palabra y la sombra de la cruz. Nuestra oración se ha vuelto más intercesora que nunca, pidiendo la salvación y la salud de aquellos que se encontraban en una situación más delicada y encomendando a la vida de Dios a los que han muerto. Me ha sorprendido mucho el nerviosismo que se ha desencadenado en algunos ambientes eclesiales, hasta el punto de querer ver en esta situación excepcional una especie de “protestantización” de la Iglesia, una enmienda a la raíz sacramental de la vida cristiana. Quiero pensar que todo ello ha sido fruto de la situación de confinamiento y falta de aire y respiro necesarios. Querer hacer categoría teológica de una situación excepcional está fuera de lugar, tanto para acusar a los pastores que han decidido por motivos de salud suprimir las eucaristías con pueblo siguiendo las directrices de las autoridades competentes, pensando que la vida de la Iglesia estaba al borde del abismo por renegar de sus estructuras fundamentales, como pretender que esta situación excepcional se instale en una “nueva normalidad” yendo más allá de una Iglesia eucarística, donde una de sus estructuras esenciales es la comunión jerárquica.

Hay que volver a recordar la expresión de Henri de Lubac desde donde resumía la doctrina de la relación entre Iglesia y eucaristía en la teología patrística: la eucaristía hace la Iglesia y la Iglesia hace la eucaristía. Esta es la verdad fundamental, pero porque hayamos tenido que vivir esta relación durante dos meses de una forma casi invisible, al menos desde una eclesiología sociológica, no hay que sacar conclusiones exageradas. La entrega del Señor que celebramos en la eucaristía ha seguido siendo fuente y fundamento de la vida de la Iglesia. Volveremos a la celebración diaria y normalizada de la eucaristía, pero sería bueno que este “ayuno eucarístico” forzado nos ayude a valorar y cuidar mucho más esta celebración y a comprender que no es la única actividad de la Iglesia, sino su culmen y fuente. No entiendo la obsesión por aparecer en los medios celebrando la eucaristía para llegar así a la vida espiritual de los fieles. Aparte de que esto estaba ya asegurado por los medios de comunicación generalistas, quizás hemos perdido la oportunidad de aprovechar otros caminos que, de manera ordinaria, tiene la Iglesia para alimentar la vida de los fieles: la oración confiada a Dios, la escucha de la palabra y el amor al prójimo. Claro que ellos alcanzan su plenitud en la celebración de la eucaristía y tienen en ella su fuente, pero la Iglesia durante este tiempo no ha dejado de vincularse al Señor a través de este sacramento, aunque lo haya tenido que hacer de una forma excepcional y extraña (para la inmensa mayoría de los presbíteros y de los fieles).

En mi opinión, en este debate a través de las redes sociales, se han sacado las cosas de quicio. Hasta el punto de que, por mi parte, tomé la decisión también de ayunar de información religiosa a través de las conocidas páginas de Internet. De la misma manera que decidí poner un cierto límite a la información general a lo largo del día para no sucumbir al aturdimiento, alejarme algunas semanas de la información religiosa ha oxigenado mi cerebro. Puede que yo también caiga en ello, pero creo que tenemos una cierta “incontinencia verbal” que mancilla el poder de la palabra. No entiendo a los nuevos “directores espirituales” que, a través de los medios de comunicación, necesitan llenar todos nuestros días con pláticas y homilías piadosas. La necesidad de estar constantemente expuestos en la red, en los medios, retransmitiendo las misas, los rosarios, la oración… entiendo que esto a algunas personas les haya servido de gran ayuda, pero no creo que sea el auténtico camino de acompañamiento y crecimiento en la vida cristiana, así como la forma de presencia. Creo que necesitamos más vida interior, formativa y espiritual; más trabajo de cada persona hacia dentro de sí misma. En situaciones así, además del acompañamiento sincero, cercano, humilde, sin alharacas, es momento para crecer en interioridad y capacidad de trascendencia, para que desde aquí pueda nacer una palabra verdadera.

6. LA VERDAD DE LO ESENCIAL Y LO ESENCIAL DE LA VERDAD

En sexto lugar, con un pequeño juego de palabras creo que podemos decir que este tiempo nos ha ayudado a valorar la verdad de lo esencial y, a su vez, a redescubrir lo esencial de la verdad. Ante una situación límite se manifiesta qué es lo realmente esencial y aquello que no es más que superficial y superfluo. Cuántas cosas, tareas, actividades, profesiones estaban sobrevaloradas en un mundo que vivía en una especie de burbuja y, de repente, hemos tenido que reducirnos a la actividad esencial. Nos hemos dado cuenta de la importancia que tienen para nuestra supervivencia algunos trabajos que considerábamos humildes y que prácticamente despreciábamos (cajeros, transportistas, repartidores, agricultores, soldados, policías, trabajadores sociales…), y lo inflados o sobrevalorados que estaban otros y que, en una situación como esta, no se pueden sostener. No digamos ya el trabajo de los profesionales de la sanidad, que nos han mostrado la fuerza que tiene una profesión vocacionada al servicio de la persona y la sociedad. Incluyendo a los investigadores y científicos que, sin tener un lugar relevante en este mundo de la moda y el espectáculo, de los presentadores televisivos y los “influyentes”, son y serán decisivos en la gestión sanitaria, económica y social de la crisis provocada por el COVID-19. Ojalá cuando volvamos a la normalidad no olvidemos esto y que haya una más justa proporción entre ambos mundos. No pueden ser centrales por atención, influencia y dinero profesiones y trabajos que, en realidad, en el momento decisivo, no sirven para nada, frente a aquellas que literalmente nos salvan y son esenciales para vivir en los momentos de mayor peligro.

Suele decirse que estos trabajos y profesiones se valoran así por la riqueza que generan a su alrededor, pero es llamativo cómo, en cuanto hay un percance donde esta economía se pone en juego, no hay una estructura real y financiera que la sostenga porque los sueldos y las ganancias no están ajustados a la realidad, sino sujetos a un mundo virtual y ficticio, a una representación que, en cuanto vienen mal dadas, se termina. En el alto mundo de la cultura, del cine, del espectáculo, de la televisión y del deporte profesional hay un dopaje económico que no se corresponde con la verdadera función que desempeñan en la sociedad. En cuanto ha caído el negocio de la publicidad autoinducida y las subvenciones del Estado, se han revelado como trabajos insostenibles económicamente para el cometido que realizan. Un dopaje, por cierto, que podríamos extrapolar a la estructura de un gobierno con ministerios, directores y subdirectores generales que no tienen una función real en la sociedad o cuyas competencias se pisan unas a otras. La sanidad, la educación, la cultura, la alimentación, los transportes, la generación y distribución de los bienes primarios, etc. han aflorado en su necesidad esencial frente a tantas actividades que en tiempos de bonanza se soportan, pero en momentos de necesidad se vuelven inútiles y superfluas o, al menos, se muestran con un reconocimiento excesivo en términos sociales y económicos.

Unido a este valor de lo esencial, está lo esencial de la verdad. Sin ella no podemos ir adelante. Es un tópico atribuido al dramaturgo griego Esquilo la afirmación de que la verdad es la primera víctima de la guerra. No estamos en guerra, la pandemia es otra cosa, pero para vivir en libertad necesitamos la verdad. Los nuevos medios de comunicación permiten una información rápida y eficiente, pero también es un caldo de cultivo para la desinformación y la mentira. La verdad siempre acaba por salir a la luz, pero, mientras tanto, es necesario que permanezcamos relacionados con la realidad, que tengamos experiencia directa con lo que ocurre a nuestro alrededor, para no dejarnos atrapar por relatos ilusorios o informaciones falsas. En estos tiempos hemos podido comprobar cómo también hay “santos” o, más bien, “mártires” que han antepuesto el deber sagrado de informar con verdad a la gran corriente “bien pensante” que ha seguido el camino fácil de decir lo políticamente correcto. Hace tiempo que no tenía la sensación de que los medios de comunicación, especialmente las televisiones y algunos periódicos nacionales, nos estaban mostrando una “aparente realidad” que no concordaba absolutamente con la información directa que uno recibía por medio de contactos personales y cercanos. La desproporción entre la fachada que nos querían vender los medios de comunicación y la experiencia real de lo que sucedía era abismal. Personalmente, nunca lo había experimentado de esta manera.

Muchos se han preguntado dónde ha estado la Iglesia en esta situación. Además de padeciendo los efectos del virus en muchos presbiterios, casas de religiosos y agentes de pastoral, que debido a su edad avanzada han sido grupos de riesgo, ha estado allí donde está de forma habitual: en la plegaria incesante por todos los hombres ante Dios misericordioso; en la atención espiritual de las personas, acompañando esta situación de incertidumbre; en la asistencia social, haciendo que los que sufren de una forma más dramática los efectos de la pandemia no se queden definitivamente descolgados o en situaciones prácticamente de exclusión; en el acompañamiento en el duelo y la memoria por los seres queridos que han perdido su vida en la soledad de las morgues o residencias de mayores; en la acción educativa de tantos niños y jóvenes que están desarrollándose para un futuro; y también en el compromiso por la verdad desde la información escapando de las censuras autoimpuestas. Cuando algunos periodistas y escritores echan de menos públicamente la acción de la Iglesia, desde su situación privilegiada, en realidad lo que dicen es que no la conocen en su dimensión real. Ellos quieren referirse a los obispos y a la jerarquía, pero desde hace mucho tiempo la Iglesia se comprende a sí misma desde cada uno de los bautizados, y allí donde hay un bautizado está la Iglesia entera. Por esto ha estado en todos los ámbitos de la vida y, especialmente, en el servicio a la caridad y a la verdad. Quien la conoce y tiene una experiencia directa de lo que ella es, lo sabe.

7. DIOS NO ESTÁ EN EL VIRUS

Finalmente, y recogiendo una expresión de Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, en esta y en cualquier pandemia o desgracia Dios no está en el virus como plaga o castigo por una humanidad pecadora. Si esta situación nos está llamando a la conversión, a una nueva forma de relacionarnos con Él, con el prójimo y con la naturaleza, que es evidente que siempre –no solo ahora– es así, Dios está como aliento y fuerza para llevar adelante este camino de conversión y de lucha contra los efectos destructivos de este virus. Aquí podemos recordar a Pablo de Tarso en su exhortación a los cristianos de Roma, cuando le preguntaban por el lugar de Dios ante el sufrimiento de las criaturas: si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? (cfr. Rom 8, 31). Dios se hace presente en esta situación, no en el virus castigando, sino sufriendo y padeciendo con nosotros la pandemia; y siendo fuerza de trasformación y resurrección para la vida.

Cuando la tradición judeocristiana ha sabido leer la historia concreta que le sucedía desde una perspectiva teológica, no estaba identificando a Dios como al autor y responsable de esa situación histórica. Hay dos ejemplos fundamentales: el exilio del pueblo de Israel y la muerte de Jesucristo. Después de sufrir la catástrofe de la destrucción del Templo y la deportación de los representantes más cualificados del pueblo de Israel, la teología judía fue capaz de ver en ello, más allá de la acción histórica de los imperios babilónico y persa, la acción misteriosa de Dios, que, lejos de abandonarle, le estaba invitando a la conversión y a una nueva forma de comunión y de presencia. Pero es necesario advertir que esto no significaba que Dios fuera el autor y responsable directo de esta penosa situación histórica. No podemos confundir los planos históricos y teológico-espirituales. Lo mismo podemos decir del hecho ignominioso de la muerte de Jesús. Esta fue fruto del complot de los dirigentes judíos, la traición de Judas, el abandono de sus discípulos, el poder de los romanos… En este sentido, fue fruto del pecado de los hombres. Pero, dicho esto, la comunidad cristiana, al ver morir a Jesús de esa forma, se preguntó si no sería ante todo un acto de entrega personal única, revelando la hondura última de la libertad del ser humano y una forma escandalosa y poderosa de realizar y mostrar el amor de Dios por todos los hombres. Nuevamente, no se pueden confundir los planos de la historia concreta, de la libertad personal y del amor divino, haciendo responsable de la muerte de Jesús a sí mismo (suicidio encubierto) o al Padre (destino cruel). Pero en ella, siendo causa concreta de la historia y libertad de los hombres que entregan y traicionan a Jesús, se nos revelan, a la vez, la libertad personal y el amor de Dios.

De forma análoga podemos y debemos leer ahora este momento histórico. La situación que vivimos tiene unas causas históricas y naturales concretas que debemos conocer, pero es también legítimo que, en ella y a través de ella, Dios nos esté llamando en este momento no solo a responder adecuadamente a esta situación de emergencia, sino a transformar nuestro modo de vida y a relacionarnos con la naturaleza, con los otros y con Dios mismo, de una forma más humana y cristiana. Dios está aquí, de esta forma, pero no como causante o promotor de una desgracia como esta. Dios no está en el virus, sino en la fuerza para responder a él con sabiduría, prudencia e inteligencia, siendo responsables y compasivos. Él nos llama a ser santos y misericordiosos como Él y porque Él es santo y misericordioso, siempre y en toda circunstancia (cfr. Mt 5, 48; Lc 6, 36).

Ángel Cordovilla Pérez. Universidad Pontificia Comillas. Madrid

Fuente: Vida Nueva

1º de mayo, renta básica y Doctrina Social de la Iglesia, por Luis Argüello

La pandemia COVID-19, con sus consecuencias sanitarias y el confinamiento exigido para evitar su expansión, ha suscitado un reconocimiento unánime del valor del trabajo. Así, se aplaude la entrega del personal sanitario, de quienes trabajan en tiendas, supermercados y farmacias; también Fuerzas Armadas y Policía; personal de limpieza y trabajadores del campo, transportistas, trabajadores de mercados centrales; profesores, periodistas, profesionales de medios de comunicación social; quiosqueros; sacerdotes, trabajadores de servicios sociales y residencias de ancianos; también el teletrabajo y el reparto de lo adquirido online, las reflexiones sobre la situación y las producciones artísticas. Así como la actividad de voluntarios, vecinos, trabajo doméstico, etc. Un extraordinario elogio de la actividad humana en favor del bien común. Un aplauso al trabajo como expresión de la dignidad humana, de la capacidad de servicio, de generación de riqueza —bienes y servicios— y de relación con otros, entretejiendo la vida social.

Resuena la afirmación de la Doctrina Social de la Iglesia: «El trabajo pertenece a la condición originaria del hombre y precede a su caída; no es, por ello, ni un castigo ni una maldición» (CDS 256). Pero también, en estas semanas de vértigo y quietud, millones de personas pierden el trabajo o ven amenazado su empleo, en una situación en la que ya muchos estaban en paro o habían recuperado un trabajo en condiciones precarias después de la crisis.

Ya en 2019 había quien escribía esta reflexión en una intervención pública: «Parecía que la crisis económica estaba superada y se anuncia otra. En realidad, quizá sea la misma: un escenario mundial de lucha —con las viejas reglas de poder y división internacional de funciones, recursos y personas— en el enorme desafío de la cuarta revolución industrial. Si la economía es global, no somos ajenos al hambre de tantos. Experimentamos una gran inquietud por el futuro del trabajo y del Estado del Bienestar. Alguno anuncia que la travesía de la crisis nos conduce a «una nueva normalidad» —este concepto, surgido en el año 2010, lo expuso institucionalmente el entonces presidente del Deutsche Bank, el suizo Josef Ackermann, el 5 de septiembre del 2011. Trabaja, desde entonces, sobre este oxímoron el Foro de Davos que, desde 2016, estudia cómo encauzar la irremediable crisis del Estado del Bienestar con millones de descartados por la revolución tecnológica. El profesor Niño-Becerra, en El crash. Tercera fase, dice: «La nueva normalidad será vivir en una sociedad sesgada, con desempleo estructural, un subempleo elevadísimo y una desigualdad enorme. Solo se compensará con el trinomio social: la renta básica, ocio gratuito y marihuana». Puede parecer una boutade, pero da pistas.

El confinamiento provocado por la COVID-19 paraliza la vida social y económica y acelera muchos procesos ya en marcha: teletrabajo, control de la población, renta básica, transición hacia el modelo económico, social y cultural propiciado por la revolución tecnológica, con un protagonismo grande de la biopolítica: ecología, hombre exponencial e inteligencia artificial, salud y trashumanismo. La pandemia intensificará las inversiones en salud, referencia central del progreso y sustitutivo de la salvación.

El debate sobre la renta a ofrecer para paliar la crisis del Estado del Bienestar y las consecuencias de la 4ª revolución industrial es sin duda importante. La tremenda crisis económica global provocada por la pandemia lo ha transformado en urgente, con el riesgo de sentar unas bases sobre su desarrollo que, movidas por lo urgente, eviten a la sociedad el necesario debate sobre el sentido del trabajo como fuente de riqueza y expresión del protagonismo personal y social en la convivencia y el camino histórico.

La fase actual del capitalismo financiero y tecnológico, liderado por las grandes corporaciones de la información, une su condición tecnocrática en el control de la economía, a una propuesta compasiva y moralista en la cultura y las formas de vida que tiene como finalidad última el poder; éste anula la libre conciencia con el señuelo de ofrecer más y más libertades que no cuestionen el marco de su paradigma tecnocrático y cultural. Desde ese marco es fácil condicionar la política global y nacional. Es un ámbito donde caben propuestas de capitalismo ortodoxo, populismos, ONGs y todos los altavoces de lo políticamente correcto. Hay liberales y socialdemócratas, China y Estados Unidos, espiritualistas y secularistas. Resulta cada vez más difícil utilizar los esquemas decimonónicos de izquierdas y derechas. La realidad del sufrimiento es tozuda y grita, y juzga esta situación histórica como a todas. Surge una tentación: anular el sufrimiento, anulando a los que sufren.

La llamada renta básica ha sido propuesta en los últimos años por economistas de casi todo el espectro ideológico, ya como Renta de Garantía de Ingresos (RGI), llamada por otros Ingreso Mínimo Vital, o como Renta Básica Universal (RBU). Para unos es una forma de sustituir el Estado del Bienestar en el nuevo tiempo, para otros un desarrollo más pleno del Estado social de derecho. Ambas tienen sus complicaciones técnicas y de financiación. Son asuntos en los que no entro, pues no son de mi competencia y pertenecen al ámbito de la genuina libertad en la acción política. Pero sí quiero realizar algunas consideraciones.

La primera es poner siempre delante a los empobrecidos a consecuencia de situaciones personales, familiares o de la injusta situación económica. Su sola existencia reclama cercanía y propuestas. Ahí se sitúa el IMV, que quizá sea siempre necesario, pues pobres siempre caminan a nuestro lado.

El trabajo expresa el ser de la persona en el hacer y ese mismo hacer tiene consecuencias en el ser y su desarrollo. Incorpora al sujeto trabajador a la construcción del común, promociona —empodera, dice la neolengua políticamente correcta— personal y socialmente. Entra en relación con el capital en un coloquio imprescindible para ofrecer en el devenir histórico los bienes y servicios que cada generación precisa. Pero el trabajo tiene una prioridad sobre el capital que no ha de olvidarse al organizar sus relaciones. La retribución del trabajo es el salario, la del capital la renta. Si las llamadas rentas básicas, ya RGI o RBU, no promocionan el trabajo, el riesgo de que el capital que las genera, estatal o privado, explote a muchos y arranque el protagonismo histórico a la mayoría es muy grande. Generar dependencias es un instrumento habitual de dominadores. Todo bien y servicio es hijo del trabajo, no de la renta. Por eso dice el Papa Francisco: «Tal vez sea tiempo de pensar en un salario universal capaz de garantizar y hacer realidad esa consigna tan humana y tan cristiana: ningún trabajador sin derechos. Quiero que pensemos en el proyecto de desarrollo humano integral que anhelamos, centrado en el protagonismo y el acceso universal a esas tres T que ustedes defienden: tierra, techo y trabajo». «El trabajo es un derecho fundamental y un bien para el hombre, un bien útil, digno de él, porque es idóneo para expresar y acrecentar la dignidad humana» (CDS 287).

Por ello, la clave está en generar, con un respeto grande a la realidad, una economía que promocione, para lo cual, quizá sea necesario —en tiempo de pandemia sin duda— un ingreso vital abierto a la promoción y al trabajo digno. Pero no se puede hablar de rentas mínimas sin plantearnos la justificación de las rentas máximas.

En el Día del Trabajo 2020 es conveniente proponer un nuevo pacto social que convoque al mercado, al Estado y a la gratuidad de la sociedad civil; pero no basta, conviene repensar el valor del trabajo, el sentido del progreso, el papel de la familia y los estilos de vida en un programa de gobierno para el bien común. Pero no será posible liberarse de las ataduras del gnosticismo tecnocrático y del pelagianismo moralista, falsamente compasivo, sin una fuerte espiritualidad.

Que san José Obrero interceda por nosotros para impulsar el plan para resucitar como propone el Papa Francisco: Este es el tiempo favorable del Señor, que nos pide «no conformarnos ni contentarnos y menos justificarnos con lógicas sustitutivas o paliativas que impiden asumir el impacto y las graves consecuencias de lo que estamos viviendo».

Por Luis Argüello, Secretario general de la CEE y obispo auxiliar de Valladolid

Fuente: Revista Ecclesia

Un plan para resucitar

El Papa escribe en ‘Vida Nueva’ una reflexión inédita para una Pascua marcada por el coronavirus. A partir del “alégrense” de Jesús a las mujeres, reivindica la civilización del amor. Francisco llama a contagiarse con “los anticuerpos necesarios de la justicia, la caridad y la solidaridad” para la reconstrucción en el día después de la pandemia. “Es el Resucitado que quiere resucitar a la humanidad entera”, asevera en esta hoja de ruta que el Obispo de Roma regala a los lectores de la revista, a la Iglesia y a la sociedad.

De pronto, Jesús salió a su encuentro y las saludó, diciendo: ‘Alégrense’” (Mt 28, 9). Es la primera palabra del Resucitado después de que María Magdalena y la otra María descubrieran el sepulcro vacío y se toparan con el ángel. El Señor sale a su encuentro para transformar su duelo en alegría y consolarlas en medio de la aflicción (cfr. Jr 31, 10). Es el Resucitado que quiere resucitar a una vida nueva a las mujeres y, con ellas, a la humanidad entera. Quiere hacernos empezar ya a participar de la condición de resucitados que nos espera.

Invitar a la alegría pudiera parecer una provocación, e incluso, una broma de mal gusto ante las graves consecuencias que estamos sufriendo por el COVID-19. No son pocos los que podrían pensarlo, al igual que los discípulos de Emaús, como un gesto de ignorancia o de irresponsabilidad (cfr. Lc 24, 17-19). Como las primeras discípulas que iban al sepulcro, vivimos rodeados por una atmósfera de dolor e incertidumbre que nos hace preguntarnos: “¿Quién nos correrá la piedra del sepulcro?” (Mc 16, 3). ¿Cómo haremos para llevar adelante esta situación que nos sobrepasó completamente? El impacto de todo lo que sucede, las graves consecuencias que ya se reportan y vislumbran, el dolor y el luto por nuestros seres queridos nos desorientan, acongojan y paralizan. Es la pesantez de la piedra del sepulcro que se impone ante el futuro y que amenaza, con su realismo, sepultar toda esperanza. Es la pesantez de la angustia de personas vulnerables y ancianas que atraviesan la cuarentena en la más absoluta soledad, es la pesantez de las familias que no saben ya como arrimar un plato de comida a sus mesas, es la pesantez del personal sanitario y servidores públicos al sentirse exhaustos y desbordados… esa pesantez que parece tener la última palabra.

Sin embargo, resulta conmovedor destacar la actitud de las mujeres del Evangelio. Frente a las dudas, el sufrimiento, la perplejidad ante la situación e incluso el miedo a la persecución y a todo lo que les podría pasar, fueron capaces de ponerse en movimiento y no dejarse paralizar por lo que estaba aconteciendo. Por amor al Maestro, y con ese típico, insustituible y bendito genio femenino, fueron capaces de asumir la vida como venía, sortear astutamente los obstáculos para estar cerca de su Señor. A diferencia de muchos de los Apóstoles que huyeron presos del miedo y la inseguridad, que negaron al Señor y escaparon (cfr. Jn 18, 25-27), ellas, sin evadirse ni ignorar lo que sucedía, sin huir ni escapar…, supieron simplemente estar y acompañar. Como las primeras discípulas, que, en medio de la oscuridad y el desconsuelo, cargaron sus bolsas con perfumes y se pusieron en camino para ungir al Maestro sepultado (cfr. Mc 16, 1), nosotros pudimos, en este tiempo, ver a muchos que buscaron aportar la unción de la corresponsabilidad para cuidar y no poner en riesgo la vida de los demás. A diferencia de los que huyeron con la ilusión de salvarse a sí mismos, fuimos testigos de cómo vecinos y familiares se pusieron en marcha con esfuerzo y sacrificio para permanecer en sus casas y así frenar la difusión. Pudimos descubrir cómo muchas personas que ya vivían y tenían que sufrir la pandemia de la exclusión y la indiferencia siguieron esforzándose, acompañándose y sosteniéndose para que esta situación sea (o bien, fuese) menos dolorosa. Vimos la unción derramada por médicos, enfermeros y enfermeras, reponedores de góndolas, limpiadores, cuidadores, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas, abuelos y educadores y tantos otros que se animaron a entregar todo lo que poseían para aportar un poco de cura, de calma y alma a la situación. Y aunque la pregunta seguía siendo la misma: “¿Quién nos correrá la piedra del sepulcro?” (Mc 16, 3), todos ellos no dejaron de hacer lo que sentían que podían y tenían que dar.

Y fue precisamente ahí, en medio de sus ocupaciones y preocupaciones, donde las discípulas fueron sorprendidas por un anuncio desbordante: “No está aquí, ha resucitado”. Su unción no era una unción para la muerte, sino para la vida. Su velar y acompañar al Señor, incluso en la muerte y en la mayor desesperanza, no era vana, sino que les permitió ser ungidas por la Resurrección: no estaban solas, Él estaba vivo y las precedía en su caminar. Solo una noticia desbordante era capaz de romper el círculo que les impedía ver que la piedra ya había sido corrida, y el perfume derramado tenía mayor capacidad de expansión que aquello que las amenazaba. Esta es la fuente de nuestra alegría y esperanza, que transforma nuestro accionar: nuestras unciones, entregas… nuestro velar y acompañar en todas las formas posibles en este tiempo, no son ni serán en vano; no son entregas para la muerte. Cada vez que tomamos parte de la Pasión del Señor, que acompañamos la pasión de nuestros hermanos, viviendo inclusive la propia pasión, nuestros oídos escucharán la novedad de la Resurrección: no estamos solos, el Señor nos precede en nuestro caminar removiendo las piedras que nos paralizan. Esta buena noticia hizo que esas mujeres volvieran sobre sus pasos a buscar a los Apóstoles y a los discípulos que permanecían escondidos para contarles: “La vida arrancada, destruida, aniquilada en la cruz ha despertado y vuelve a latir de nuevo” (1). Esta es nuestra esperanza, la que no nos podrá ser robada, silenciada o contaminada. Toda la vida de servicio y amor que ustedes han entregado en este tiempo volverá a latir de nuevo. Basta con abrir una rendija para que la Unción que el Señor nos quiere regalar se expanda con una fuerza imparable y nos permita contemplar la realidad doliente con una mirada renovadora.

Y, como a las mujeres del Evangelio, también a nosotros se nos invita una y otra vez a volver sobre nuestros pasos y dejarnos transformar por este anuncio: el Señor, con su novedad, puede siempre renovar nuestra vida y la de nuestra comunidad (cfr. Evangelii gaudium, 11). En esta tierra desolada, el Señor se empeña en regenerar la belleza y hacer renacer la esperanza: “Mirad que realizo algo nuevo, ya está brotando, ¿no lo notan?” (Is 43, 18b). Dios jamás abandona a su pueblo, está siempre junto a él, especialmente cuando el dolor se hace más presente. Si algo hemos podido aprender en todo este tiempo, es que nadie se salva solo. Las fronteras caen, los muros se derrumban y todo los discursos integristas se disuelven ante una presencia casi imperceptible que manifiesta la fragilidad de la que estamos hechos. La Pascua nos convoca e invita a hacer memoria de esa otra presencia discreta y respetuosa, generosa y reconciliadora capaz de no romper la caña quebrada ni apagar la mecha que arde débilmente (cfr. Is 42, 2-3) para hacer latir la vida nueva que nos quiere regalar a todos. Es el soplo del Espíritu que abre horizontes, despierta la creatividad y nos renueva en fraternidad para decir presente (o bien, aquí estoy) ante la enorme e impostergable tarea que nos espera. Urge discernir y encontrar el pulso del Espíritu para impulsar junto a otros las dinámicas que puedan testimoniar y canalizar la vida nueva que el Señor quiere generar en este momento concreto de la historia. Este es el tiempo favorable del Señor, que nos pide no conformarnos ni contentarnos y menos justificarnos con lógicas sustitutivas o paliativas que impiden asumir el impacto y las graves consecuencias de lo que estamos viviendo. Este es el tiempo propicio de animarnos a una nueva imaginación de lo posible con el realismo que solo el Evangelio nos puede proporcionar. El Espíritu, que no se deja encerrar ni instrumentalizar con esquemas, modalidades o estructuras fijas o caducas, nos propone sumarnos a su movimiento capaz de “hacer nuevas todas las cosas” (Ap 21, 5).

En este tiempo nos hemos dado cuenta de la importancia de “unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral” (2). Cada acción individual no es una acción aislada, para bien o para mal, tiene consecuencias para los demás, porque todo está conectado en nuestra Casa común; y si las autoridades sanitarias ordenan el confinamiento en los hogares, es el pueblo quien lo hace posible, consciente de su corresponsabilidad para frenar la pandemia. “Una emergencia como la del COVID-19 es derrotada en primer lugar con los anticuerpos de la solidaridad” (3). Lección que romperá todo el fatalismo en el que nos habíamos inmerso y permitirá volver a sentirnos artífices y protagonistas de una historia común y, así, responder mancomunadamente a tantos males que aquejan a millones de hermanos alrededor del mundo. No podemos permitirnos escribir la historia presente y futura de espaldas al sufrimiento de tantos. Es el Señor quien nos volverá a preguntar “¿dónde está tu hermano?” (Gn, 4, 9) y, en nuestra capacidad de respuesta, ojalá se revele el alma de nuestros pueblos, ese reservorio de esperanza, fe y caridad en la que fuimos engendrados y que, por tanto tiempo, hemos anestesiado o silenciado.

Si actuamos como un solo pueblo, incluso ante las otras epidemias que nos acechan, podemos lograr un impacto real. ¿Seremos capaces de actuar responsablemente frente al hambre que padecen tantos, sabiendo que hay alimentos para todos? ¿Seguiremos mirando para otro lado con un silencio cómplice ante esas guerras alimentadas por deseos de dominio y de poder? ¿Estaremos dispuestos a cambiar los estilos de vida que sumergen a tantos en la pobreza, promoviendo y animándonos a llevar una vida más austera y humana que posibilite un reparto equitativo de los recursos? ¿Adoptaremos como comunidad internacional las medidas necesarias para frenar la devastación del medio ambiente o seguiremos negando la evidencia? La globalización de la indiferencia seguirá amenazando y tentando nuestro caminar… Ojalá nos encuentre con los anticuerpos necesarios de la justicia, la caridad y la solidaridad. No tengamos miedo a vivir la alternativa de la civilización del amor, que es “una civilización de la esperanza: contra la angustia y el miedo, la tristeza y el desaliento, la pasividad y el cansancio. La civilización del amor se construye cotidianamente, ininterrumpidamente. Supone el esfuerzo comprometido de todos. Supone, por eso, una comprometida comunidad de hermanos” (4). En este tiempo de tribulación y luto, es mi deseo que, allí donde estés, puedas hacer la experiencia de Jesús, que sale a tu encuentro, te saluda y te dice: “Alégrate” (Mt 28, 9). Y que sea ese saludo el que nos movilice a convocar y amplificar la buena nueva del Reino de Dios.


Notas
1. R. Guardini, El Señor, 504.
2. Carta enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), 13.
3. Pontificia Academia para la Vida. Pandemia y fraternidad universal. Nota sobre la emergencia COVID-19 (30 marzo 2020), p. 4.
4. Eduardo Pironio, Diálogo con laicos, Buenos Aires, 1986.

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Pascua 2020

¡Jesucristo ha resucitado!

¡Aleluya!

Anuncia y realiza la victoria de la Vida sobre la muerte.

Jesús, ha realizado la travesía del agua y nos permite incorporarnos a su bautismo.

Cristo, hace la travesía del desierto y sacia la sed, consuela la soledad y habla en el silencio.

Señor, ha realizado la travesía de la noche en Belén, el mar, el monte, Getsemaní y el Gólgota e ilumina nuestras tinieblas.

Jesús, Cristo y Señor, ha realizado la travesía de la muerte y el Sábado ha descendido a los infiernos para rescatar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte.

Ha resucitado y, en la tierra de tránsito entre la vida ya regalada y la Vida Plena, peregrina en su Pueblo Santo, encabezando su marcha y su descenso a los subsuelos, hacia la Tierra donde se cumplen las promesas. Peregrinamos hasta que Él vuelva.

El Sábado del tiempo ha sido iluminado en su drama, une la Cruz y la Luz, por eso aclamamos: ¡Anunciamos tu Muerte, proclamamos tu Resurrección.

Ven Señor Jesús! ¡Aleluya! ¡Maranata!

Somos testigos de esta esperanza. ¡Veni lumen cordium!