Teología en tiempos de pandemia

Hasta ahora, no me había atrevido a hacer una interpretación de esta situación, ya que sentía que era necesario –o, al menos, era mejor– dejar que la propia realidad nos hablara en toda su dureza y desnudez. Algunas opiniones que he leído, aunque he intentado que hasta ahora fueran las mínimas, me han dado la impresión de que han sido un poco precipitadas. La razón humana es admirable en su capacidad de acoger lo que nos viene encima y de interpretarlo para así otorgarle un significado y, más aún, un sentido. Sin embargo, a veces, esta razón tiende a apoderarse de la realidad con demasiada premura para evitar así ser golpeada por ella y, de esta forma, ser llevada más allá del horizonte en el que estaba instalada. Por eso, a veces, es preferible dejar que la realidad nos golpee y nos enseñe, nos hable sin filtros, sin aventurarnos apresuradamente a hacer interpretaciones que nos limiten el contacto real con la realidad.

Durante las primeras semanas de confinamiento, probablemente nos hemos sentido desorientados y sobrepasados, con la congoja de ver cómo los números de fallecidos y afectados por el virus iban creciendo de forma acelerada. Rara ha sido la persona que en su entorno cercano no se ha visto afectada de una forma u otra por la pandemia. Hemos pasado por una constante fluctuación de estados de ánimo, que no nos permitía vivir con una cierta y sana normalidad el día a día a quienes no hemos estado en la primera línea de su combate o en actividades esenciales. Durante este tiempo, hemos vivido dos grandes tentaciones. Bien dejarnos llevar por la inmediatez del momento, sucumbiendo al golpe de las cifras, de la situación de personas cercanas, del ambiente de excepcionalidad que nos domina; bien buscar una “sobreinterpretación” de la situación que vivimos desde diferentes teorías apocalípticas, providencialistas, revolucionarias o del tipo que sea, para dejar de aprender realmente de la situación que nos ha tocado vivir. A lo largo de estos días, he ido acompañando a los alumnos de primero de Teología de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia Comillas no solo como profesor de una asignatura, sino como tutor del curso. Además de pautas y consejos concretos para el camino del aprendizaje de la teología trinitaria en una situación excepcional como esta, al final les ofrecí una breve reflexión en siete puntos que forman el esquema de lo que aquí ahora ofrezco a un grupo de destinatarios más amplio. Estas reflexiones nacieron de la necesidad particular de decir una palabra desde la teología que acompañara el día a día de estos alumnos. Espero que ahora sean de ayuda, al menos, para acoger y pensar la realidad que nos está tocando vivir desde un punto de vista teológico y cristiano. No tengo la pretensión de decirlo todo, ni de tener razón, son simplemente algunas reflexiones teológicas personales desde la pandemia. Muchas veces, los teólogos nos sentimos increpados porque nos dicen que no tenemos una palabra que decir ante la situación concreta de la vida. No es así. La teología acoge la realidad que padecemos como experiencia humana singular y palabra de Dios oportuna para convertir toda situación, por dramática que sea, en un “tiempo favorable de salvación” (cfr. 2 Cor 6, 2).

1. EL HOMBRE VULNERABLE

La primera lección que hemos aprendido en este tiempo es que el ser humano es un ser vulnerable. La fragilidad y la muerte forman parte de la condición humana. No es lo único, pero sí una dimensión esencial que no podemos dejar de lado u olvidar. Desde el admirable progreso técnico y los diferentes avances en el mundo de la biología, de la medicina, de la física y de la tecnología nos parecía que la humanidad, superada la época de las guerras, pestes, enfermedades, estaba alcanzando una nueva fase de desarrollo donde se le ponía en el horizonte la conquista de la inmortalidad. De la fase evolutiva del homo sapiens parecía que estábamos entrando en el camino del homo deus. De repente, en un abrir y cerrar de ojos, nos hemos percatado de nuestra condición contingente de criaturas finitas, débiles y vulnerables. Esta realidad no debe inducirnos a caer en un pesimismo trágico, sino abrazar el realismo como base fundamental para todo proyecto humano. En un sentido ser vulnerable no es sinónimo de debilidad, al menos en una forma extrema, sino la constatación de que no somos intocables. Estamos expuestos a la realidad y esta nos afecta. El viejo anhelo de la virtud de la apatheia de la filosofía estoica puede ser entendido en un sentido moral, desde la búsqueda de una existencia que posee el dominio sobre sí ante las adversidades, pero nunca desde un significado metafísico, como si el ser humano estuviera más allá de la temporalidad y la historicidad de la existencia. Somos mundo y estamos sujetos a que la realidad, en sus avatares y circunstancias, nos golpee y nos afecte profundamente.
La muerte no es un simple problema técnico, como escribía Yuval Harari en un artículo –en mi opinión, impúdico– publicado el domingo 26 de abril por El Confidencial, alejado de la real experiencia humana, no sé si para justificar la tesis fundamental de sus libros. La muerte es un profundo hecho humano, que hay que saber vivir cuando esta llega en el ejercicio de la libertad e integrar en nuestra vida cotidiana. Cómo nos comportamos ante ella nos hace humanos, tal y como ha mostrado el proceso mismo de hominización y el salto cualitativo que los seres humanos hemos dado cuando hemos mostrado el cuidado y la memoria (culto) de los difuntos. Ese mismo domingo, Olegario González de Cardedal publicaba en La Tercera del periódico ABC una reflexión en torno a la muerte con toda densidad humana y teológica que contrastaba radicalmente con el autor anteriormente mencionado. No hace falta situarse intelectualmente a favor de uno u otro para percibir o echar en falta la conexión de las ideas expuestas con la real experiencia humana.

La vulnerabilidad no es una etapa accidental de la historia humana o una condición concreta de unos cuantos seres humanos castigados por una situación desfavorable o una estructura social injusta, al menos no solo, sino una dimensión constitutiva de la existencia vinculada a su esencial condición histórica y temporal. Pero, a la vez y de forma inmediata, hay que decir que el cristianismo no necesita un ser humano apocado o hundido por el peso de la vida y la existencia, menos aún un hombre acongojado por la muerte, para ofrecerle a Cristo como propuesta de vida y de sentido. En él rige una ley que ya es clásica: a mayor consistencia de la realidad humana en su plenitud de vida, libertad, razón, deseo, conciencia, amor, gozo, mayor es la oferta de gracia y salvación que se le da y se le ofrece. Si la fe cristiana realiza este diálogo de salvación teniendo en cuenta esta vulnerabilidad constitutiva, es para no realizarla en el vacío o en un idealismo inexistente, sino desde la situación histórica y concreta en la que viven los seres humanos, tantas veces amenazados por realidades que manifiestan su fragilidad.

2. EL MUNDO ES UN PAÑUELO

En segundo lugar, esta pandemia nos ha mostrado que el mundo es un pañuelo. El fenómeno de la globalización nos era cada vez más evidente en el ámbito de la economía, las comunicaciones, las relaciones, etc. La pandemia nos ha mostrado cómo todo el mundo está conectado. Un estornudo en la región de Wuhan hace que se constipe un tercio del mundo y que prácticamente la mitad de la población mundial tenga que estar confinada, padeciendo así una recesión económica como no se había vivido desde las dos guerras mundiales. Esta constatación nos obliga a ser conscientes de nuestra responsabilidad personal, pues en realidad no hay ninguna acción privada o individual que no tenga repercusión en el conjunto de la sociedad. Para bien y para mal, la acción de uno repercute en la totalidad. Por lo tanto, si no somos capaces de dar una respuesta global a la crisis que nos afecta, nadie, ni ninguna parte del mundo puede estar y sentirse realmente a salvo. La pandemia nos ha enseñado que debemos reconocernos responsables del destino de todos y cada uno de los habitantes del planeta.

Esta relación global que hace el mundo tan cercano al estar radicalmente interconectado tiene repercusiones positivas y negativas. La comunidad científica del mundo entero comparte de forma casi inmediata los pequeños avances que se van logrando para contener el virus y esperemos que pronto también para dominarlo. Tenemos un conocimiento casi inmediato de lo que puede ocurrir en cualquier rincón del mundo, haciendo que podamos convertirnos inmediatamente en sus prójimos. La globalización permite un ejercicio de la solidaridad también global, saliendo más allá de los estrechos límites de nuestro pueblo, nuestra región, nuestro país, nuestro continente. Nunca ha sido tan verdad que somos ciudadanos del mundo, siendo conscientes de que pertenecemos a una única humanidad. Pero también esta globalización tiene sus sombras. La extensión del virus ha sido tan rápida porque nunca hasta ahora había habido un desplazamiento tan constante y masivo de personas en todo el mundo. Las repercusiones económicas de lo que acontece en una región del mundo tienen una influencia directa en otras regiones, generando grandes bolsas de paro y pobreza que, a partir de ahora, desgraciadamente, vamos a ver crecer porque, después de la crisis sanitaria, viene la crisis económica y social que ya estamos viviendo. Sin retroceder en esta conciencia global, quizás esta pandemia nos ayude a replantear una economía de proximidad, más cercana y autosuficiente, que sea capaz de resistir mejor los vaivenes producidos en otras regiones de la tierra. Y esto no por una búsqueda de una soñada autarquía nacionalista, sino por responsabilidad con el entorno social en el que vivimos. Cada región del mundo debe tener la capacidad de ser autosuficiente y autogestionaria en los bienes fundamentales para el sostenimiento de la vida, porque, además de garantizar la sostenibilidad del planeta, significaría un desarrollo digno para cada una de las regiones.

3. LA NOSTALGIA DE LAS PEQUEÑAS COSAS

En tercer lugar, durante todo este tiempo hemos sentido una nostalgia de las pequeñas cosas. La vida humana no se teje con grandes programas o proyectos. Estos, desde luego, son necesarios para ofrecernos marcos u horizontes de sentido que van ayudándonos a vivir. Pero el día a día de nuestra vida está hecho de pequeñas cosas, que solo echamos de menos y valoramos cuando nos faltan. Un abrazo acogedor de un amigo; un beso cariñoso de una persona amada; una mesa compartida por la familia; unas cañas distendidas con los amigos al terminar el trabajo; una cercanía inspiradora de compañeros de trabajo; un paseo o una carrera liberadora por el monte; una clase, aunque sea aburrida, pero presencial, con contacto visual y atmósfera personal; una eucaristía con la presencia física y espiritual del pueblo de Dios, donde se come y se bebe el cuerpo y la sangre de Cristo… Todo esto y muchas más cosas forman nuestro día a día, alimentándonos y dándonos las fuerzas necesarias para vivir, a pesar de que a veces, por ser algo cotidiano o rutinario, no le dábamos la importancia suficiente. La vida está tejida con estas pequeñas cosas que, sumadas, es lo que hace realmente que esta pueda ser vivida de forma humana.

Unido a esto, este tiempo de clausura obligada nos ha dado la oportunidad de dirigir una mirada especial hacia nuestra corporalidad. El ser humano no tiene un cuerpo como una especie de carcasa que es necesaria para sostener las dimensiones esenciales de su ser. El hombre es cuerpo, siendo la corporalidad una de las dimensiones constitutivas de su esencia y su existencia. La distancia social obligada como forma de (no) relacionarnos con los demás nos ha mostrado lo necesario que es el contacto físico y el encuentro personal. En una época donde se han desarrollado sobremanera las relaciones a través de las redes sociales, donde ha crecido lo virtual, dando gracias por el servicio que nos ha hecho como mal menor, añoramos y necesitamos el contacto real con la realidad y con las personas a través del cuerpo. Desde este punto de vista antropológico fundamental, puedo entender el deseo encendido que también hemos sentido por la carencia de la vida sacramental, donde lo físico y lo corporal tiene un puesto fundamental, además de otras razones eclesiales y teológicas a las que me referiré más adelante.

4. LOS SANTOS Y HÉROES DE AL LADO

En cuarto lugar, todos hemos sido testigos de los santos y héroes de al lado, tal y como ha dicho el papa Francisco. Más allá de las acciones de los gobiernos y autoridades competentes, que deberán ser juzgadas por los ciudadanos y la sociedad cuando pase el momento más crudo de la pandemia, la sociedad y, ante todo, las personas, de carne y hueso, con nombre y apellidos, han respondido con responsabilidad, solidaridad y generosidad; algunos aun a riesgo de la propia vida. Durante todos estos días, hemos salido a las 8 de la tarde a los balcones y ventanas para agradecer con nuestros aplausos a estos héroes anónimos que han velado y cuidado de los contagiados y de los enfermos; a aquellos que han continuado trabajando en labores que nos parecían sencillas, casi despreciables, pero que se han revelado como esenciales en nuestra vida. Cuántos gestos y acciones de solidaridad callada pero efectiva se han vivido en estos días, que nos recuerda la masa buena de la que estamos hechos los seres humanos: donaciones, colectas, servicios gratuitos, solidaridad vecinal, atención a los más desvalidos… Todo ello sumado muestra un tapiz realmente reconfortante de la inmensa mayoría de la sociedad, que no empaña las acciones y actitudes de los aprovechados de siempre que quieren beneficiarse de la desgracia e indefensión general.

Es verdad que hablamos de heroicidad y santidad, pero realmente la mayoría de las acciones entrarían dentro del sentido del deber. Estos héroes cotidianos, cuando se les pregunta, no dejan de contestar que ellos no son héroes, sino que sencillamente están cumpliendo con su deber. Después de este tiempo, tendremos que preguntarnos qué ha pasado en la sociedad desde un punto de vista moral para que la acción que nace del sentido del deber y la responsabilidad sea visto como un acto heroico. Decía el otro día una periodista que, cuando el sentido común parece algo excepcional, es que la sociedad se ha radicalizado en los extremos. Esto que puede ser dicho de la vida política y social es extrapolable perfectamente a la vida moral. No obstante, dicho esto, es bueno reconocer a tantos héroes y santos de al lado, de la mística de la vida cotidiana que, al ofrecer su tiempo, dinero, conocimiento, pericia, en definitiva, sus personas por la salud de los otros, nos han otorgado luz y esperanza en la vida humana.

5. PALABRA DESDE EL SILENCIO

En quinto lugar, este tiempo nos ha ayudado a comprender la fecundidad del silencio para la palabra. Necesitamos palabras, pero nacidas desde el silencio fecundo que es fuente y origen de estas. El confinamiento nos ha impuesto un silencio obligado en la vida diaria y, especialmente, en la misión de la Iglesia en el anuncio del Evangelio y en la transmisión de la fe. Hay palabras que son pura verborrea, que, más que alentarnos e iluminarnos en situaciones como estas, nos dejan apesadumbrados y aturdidos. Todos las hemos sufrido. Cuando en este tiempo quienes solemos predicar a los demás hemos tenido que guardar silencio y escuchar a otros, nos hemos dado cuenta de la fuerza que tiene la palabra cuando es concreta, precisa y verdadera; y lo vana que se vuelve cuando es una pura logomaquia. En este orden, fue sobrecogedora la oración del papa Francisco en una Plaza de San Pedro vacía ante el Santísimo y ante el mundo entero, gracias a los medios de comunicación.

En este elogio de la palabra nacida del silencio, como decía Ignacio de Antioquía, es oportuno ofrecer una reflexión en torno al “ayuno eucarístico” que nos ha tocado vivir. Ha sido como un prolongado Viernes Santo, en el que hemos vivido desde la luz de la palabra y la sombra de la cruz. Nuestra oración se ha vuelto más intercesora que nunca, pidiendo la salvación y la salud de aquellos que se encontraban en una situación más delicada y encomendando a la vida de Dios a los que han muerto. Me ha sorprendido mucho el nerviosismo que se ha desencadenado en algunos ambientes eclesiales, hasta el punto de querer ver en esta situación excepcional una especie de “protestantización” de la Iglesia, una enmienda a la raíz sacramental de la vida cristiana. Quiero pensar que todo ello ha sido fruto de la situación de confinamiento y falta de aire y respiro necesarios. Querer hacer categoría teológica de una situación excepcional está fuera de lugar, tanto para acusar a los pastores que han decidido por motivos de salud suprimir las eucaristías con pueblo siguiendo las directrices de las autoridades competentes, pensando que la vida de la Iglesia estaba al borde del abismo por renegar de sus estructuras fundamentales, como pretender que esta situación excepcional se instale en una “nueva normalidad” yendo más allá de una Iglesia eucarística, donde una de sus estructuras esenciales es la comunión jerárquica.

Hay que volver a recordar la expresión de Henri de Lubac desde donde resumía la doctrina de la relación entre Iglesia y eucaristía en la teología patrística: la eucaristía hace la Iglesia y la Iglesia hace la eucaristía. Esta es la verdad fundamental, pero porque hayamos tenido que vivir esta relación durante dos meses de una forma casi invisible, al menos desde una eclesiología sociológica, no hay que sacar conclusiones exageradas. La entrega del Señor que celebramos en la eucaristía ha seguido siendo fuente y fundamento de la vida de la Iglesia. Volveremos a la celebración diaria y normalizada de la eucaristía, pero sería bueno que este “ayuno eucarístico” forzado nos ayude a valorar y cuidar mucho más esta celebración y a comprender que no es la única actividad de la Iglesia, sino su culmen y fuente. No entiendo la obsesión por aparecer en los medios celebrando la eucaristía para llegar así a la vida espiritual de los fieles. Aparte de que esto estaba ya asegurado por los medios de comunicación generalistas, quizás hemos perdido la oportunidad de aprovechar otros caminos que, de manera ordinaria, tiene la Iglesia para alimentar la vida de los fieles: la oración confiada a Dios, la escucha de la palabra y el amor al prójimo. Claro que ellos alcanzan su plenitud en la celebración de la eucaristía y tienen en ella su fuente, pero la Iglesia durante este tiempo no ha dejado de vincularse al Señor a través de este sacramento, aunque lo haya tenido que hacer de una forma excepcional y extraña (para la inmensa mayoría de los presbíteros y de los fieles).

En mi opinión, en este debate a través de las redes sociales, se han sacado las cosas de quicio. Hasta el punto de que, por mi parte, tomé la decisión también de ayunar de información religiosa a través de las conocidas páginas de Internet. De la misma manera que decidí poner un cierto límite a la información general a lo largo del día para no sucumbir al aturdimiento, alejarme algunas semanas de la información religiosa ha oxigenado mi cerebro. Puede que yo también caiga en ello, pero creo que tenemos una cierta “incontinencia verbal” que mancilla el poder de la palabra. No entiendo a los nuevos “directores espirituales” que, a través de los medios de comunicación, necesitan llenar todos nuestros días con pláticas y homilías piadosas. La necesidad de estar constantemente expuestos en la red, en los medios, retransmitiendo las misas, los rosarios, la oración… entiendo que esto a algunas personas les haya servido de gran ayuda, pero no creo que sea el auténtico camino de acompañamiento y crecimiento en la vida cristiana, así como la forma de presencia. Creo que necesitamos más vida interior, formativa y espiritual; más trabajo de cada persona hacia dentro de sí misma. En situaciones así, además del acompañamiento sincero, cercano, humilde, sin alharacas, es momento para crecer en interioridad y capacidad de trascendencia, para que desde aquí pueda nacer una palabra verdadera.

6. LA VERDAD DE LO ESENCIAL Y LO ESENCIAL DE LA VERDAD

En sexto lugar, con un pequeño juego de palabras creo que podemos decir que este tiempo nos ha ayudado a valorar la verdad de lo esencial y, a su vez, a redescubrir lo esencial de la verdad. Ante una situación límite se manifiesta qué es lo realmente esencial y aquello que no es más que superficial y superfluo. Cuántas cosas, tareas, actividades, profesiones estaban sobrevaloradas en un mundo que vivía en una especie de burbuja y, de repente, hemos tenido que reducirnos a la actividad esencial. Nos hemos dado cuenta de la importancia que tienen para nuestra supervivencia algunos trabajos que considerábamos humildes y que prácticamente despreciábamos (cajeros, transportistas, repartidores, agricultores, soldados, policías, trabajadores sociales…), y lo inflados o sobrevalorados que estaban otros y que, en una situación como esta, no se pueden sostener. No digamos ya el trabajo de los profesionales de la sanidad, que nos han mostrado la fuerza que tiene una profesión vocacionada al servicio de la persona y la sociedad. Incluyendo a los investigadores y científicos que, sin tener un lugar relevante en este mundo de la moda y el espectáculo, de los presentadores televisivos y los “influyentes”, son y serán decisivos en la gestión sanitaria, económica y social de la crisis provocada por el COVID-19. Ojalá cuando volvamos a la normalidad no olvidemos esto y que haya una más justa proporción entre ambos mundos. No pueden ser centrales por atención, influencia y dinero profesiones y trabajos que, en realidad, en el momento decisivo, no sirven para nada, frente a aquellas que literalmente nos salvan y son esenciales para vivir en los momentos de mayor peligro.

Suele decirse que estos trabajos y profesiones se valoran así por la riqueza que generan a su alrededor, pero es llamativo cómo, en cuanto hay un percance donde esta economía se pone en juego, no hay una estructura real y financiera que la sostenga porque los sueldos y las ganancias no están ajustados a la realidad, sino sujetos a un mundo virtual y ficticio, a una representación que, en cuanto vienen mal dadas, se termina. En el alto mundo de la cultura, del cine, del espectáculo, de la televisión y del deporte profesional hay un dopaje económico que no se corresponde con la verdadera función que desempeñan en la sociedad. En cuanto ha caído el negocio de la publicidad autoinducida y las subvenciones del Estado, se han revelado como trabajos insostenibles económicamente para el cometido que realizan. Un dopaje, por cierto, que podríamos extrapolar a la estructura de un gobierno con ministerios, directores y subdirectores generales que no tienen una función real en la sociedad o cuyas competencias se pisan unas a otras. La sanidad, la educación, la cultura, la alimentación, los transportes, la generación y distribución de los bienes primarios, etc. han aflorado en su necesidad esencial frente a tantas actividades que en tiempos de bonanza se soportan, pero en momentos de necesidad se vuelven inútiles y superfluas o, al menos, se muestran con un reconocimiento excesivo en términos sociales y económicos.

Unido a este valor de lo esencial, está lo esencial de la verdad. Sin ella no podemos ir adelante. Es un tópico atribuido al dramaturgo griego Esquilo la afirmación de que la verdad es la primera víctima de la guerra. No estamos en guerra, la pandemia es otra cosa, pero para vivir en libertad necesitamos la verdad. Los nuevos medios de comunicación permiten una información rápida y eficiente, pero también es un caldo de cultivo para la desinformación y la mentira. La verdad siempre acaba por salir a la luz, pero, mientras tanto, es necesario que permanezcamos relacionados con la realidad, que tengamos experiencia directa con lo que ocurre a nuestro alrededor, para no dejarnos atrapar por relatos ilusorios o informaciones falsas. En estos tiempos hemos podido comprobar cómo también hay “santos” o, más bien, “mártires” que han antepuesto el deber sagrado de informar con verdad a la gran corriente “bien pensante” que ha seguido el camino fácil de decir lo políticamente correcto. Hace tiempo que no tenía la sensación de que los medios de comunicación, especialmente las televisiones y algunos periódicos nacionales, nos estaban mostrando una “aparente realidad” que no concordaba absolutamente con la información directa que uno recibía por medio de contactos personales y cercanos. La desproporción entre la fachada que nos querían vender los medios de comunicación y la experiencia real de lo que sucedía era abismal. Personalmente, nunca lo había experimentado de esta manera.

Muchos se han preguntado dónde ha estado la Iglesia en esta situación. Además de padeciendo los efectos del virus en muchos presbiterios, casas de religiosos y agentes de pastoral, que debido a su edad avanzada han sido grupos de riesgo, ha estado allí donde está de forma habitual: en la plegaria incesante por todos los hombres ante Dios misericordioso; en la atención espiritual de las personas, acompañando esta situación de incertidumbre; en la asistencia social, haciendo que los que sufren de una forma más dramática los efectos de la pandemia no se queden definitivamente descolgados o en situaciones prácticamente de exclusión; en el acompañamiento en el duelo y la memoria por los seres queridos que han perdido su vida en la soledad de las morgues o residencias de mayores; en la acción educativa de tantos niños y jóvenes que están desarrollándose para un futuro; y también en el compromiso por la verdad desde la información escapando de las censuras autoimpuestas. Cuando algunos periodistas y escritores echan de menos públicamente la acción de la Iglesia, desde su situación privilegiada, en realidad lo que dicen es que no la conocen en su dimensión real. Ellos quieren referirse a los obispos y a la jerarquía, pero desde hace mucho tiempo la Iglesia se comprende a sí misma desde cada uno de los bautizados, y allí donde hay un bautizado está la Iglesia entera. Por esto ha estado en todos los ámbitos de la vida y, especialmente, en el servicio a la caridad y a la verdad. Quien la conoce y tiene una experiencia directa de lo que ella es, lo sabe.

7. DIOS NO ESTÁ EN EL VIRUS

Finalmente, y recogiendo una expresión de Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, en esta y en cualquier pandemia o desgracia Dios no está en el virus como plaga o castigo por una humanidad pecadora. Si esta situación nos está llamando a la conversión, a una nueva forma de relacionarnos con Él, con el prójimo y con la naturaleza, que es evidente que siempre –no solo ahora– es así, Dios está como aliento y fuerza para llevar adelante este camino de conversión y de lucha contra los efectos destructivos de este virus. Aquí podemos recordar a Pablo de Tarso en su exhortación a los cristianos de Roma, cuando le preguntaban por el lugar de Dios ante el sufrimiento de las criaturas: si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? (cfr. Rom 8, 31). Dios se hace presente en esta situación, no en el virus castigando, sino sufriendo y padeciendo con nosotros la pandemia; y siendo fuerza de trasformación y resurrección para la vida.

Cuando la tradición judeocristiana ha sabido leer la historia concreta que le sucedía desde una perspectiva teológica, no estaba identificando a Dios como al autor y responsable de esa situación histórica. Hay dos ejemplos fundamentales: el exilio del pueblo de Israel y la muerte de Jesucristo. Después de sufrir la catástrofe de la destrucción del Templo y la deportación de los representantes más cualificados del pueblo de Israel, la teología judía fue capaz de ver en ello, más allá de la acción histórica de los imperios babilónico y persa, la acción misteriosa de Dios, que, lejos de abandonarle, le estaba invitando a la conversión y a una nueva forma de comunión y de presencia. Pero es necesario advertir que esto no significaba que Dios fuera el autor y responsable directo de esta penosa situación histórica. No podemos confundir los planos históricos y teológico-espirituales. Lo mismo podemos decir del hecho ignominioso de la muerte de Jesús. Esta fue fruto del complot de los dirigentes judíos, la traición de Judas, el abandono de sus discípulos, el poder de los romanos… En este sentido, fue fruto del pecado de los hombres. Pero, dicho esto, la comunidad cristiana, al ver morir a Jesús de esa forma, se preguntó si no sería ante todo un acto de entrega personal única, revelando la hondura última de la libertad del ser humano y una forma escandalosa y poderosa de realizar y mostrar el amor de Dios por todos los hombres. Nuevamente, no se pueden confundir los planos de la historia concreta, de la libertad personal y del amor divino, haciendo responsable de la muerte de Jesús a sí mismo (suicidio encubierto) o al Padre (destino cruel). Pero en ella, siendo causa concreta de la historia y libertad de los hombres que entregan y traicionan a Jesús, se nos revelan, a la vez, la libertad personal y el amor de Dios.

De forma análoga podemos y debemos leer ahora este momento histórico. La situación que vivimos tiene unas causas históricas y naturales concretas que debemos conocer, pero es también legítimo que, en ella y a través de ella, Dios nos esté llamando en este momento no solo a responder adecuadamente a esta situación de emergencia, sino a transformar nuestro modo de vida y a relacionarnos con la naturaleza, con los otros y con Dios mismo, de una forma más humana y cristiana. Dios está aquí, de esta forma, pero no como causante o promotor de una desgracia como esta. Dios no está en el virus, sino en la fuerza para responder a él con sabiduría, prudencia e inteligencia, siendo responsables y compasivos. Él nos llama a ser santos y misericordiosos como Él y porque Él es santo y misericordioso, siempre y en toda circunstancia (cfr. Mt 5, 48; Lc 6, 36).

Ángel Cordovilla Pérez. Universidad Pontificia Comillas. Madrid

Fuente: Vida Nueva

1º de mayo, renta básica y Doctrina Social de la Iglesia, por Luis Argüello

La pandemia COVID-19, con sus consecuencias sanitarias y el confinamiento exigido para evitar su expansión, ha suscitado un reconocimiento unánime del valor del trabajo. Así, se aplaude la entrega del personal sanitario, de quienes trabajan en tiendas, supermercados y farmacias; también Fuerzas Armadas y Policía; personal de limpieza y trabajadores del campo, transportistas, trabajadores de mercados centrales; profesores, periodistas, profesionales de medios de comunicación social; quiosqueros; sacerdotes, trabajadores de servicios sociales y residencias de ancianos; también el teletrabajo y el reparto de lo adquirido online, las reflexiones sobre la situación y las producciones artísticas. Así como la actividad de voluntarios, vecinos, trabajo doméstico, etc. Un extraordinario elogio de la actividad humana en favor del bien común. Un aplauso al trabajo como expresión de la dignidad humana, de la capacidad de servicio, de generación de riqueza —bienes y servicios— y de relación con otros, entretejiendo la vida social.

Resuena la afirmación de la Doctrina Social de la Iglesia: «El trabajo pertenece a la condición originaria del hombre y precede a su caída; no es, por ello, ni un castigo ni una maldición» (CDS 256). Pero también, en estas semanas de vértigo y quietud, millones de personas pierden el trabajo o ven amenazado su empleo, en una situación en la que ya muchos estaban en paro o habían recuperado un trabajo en condiciones precarias después de la crisis.

Ya en 2019 había quien escribía esta reflexión en una intervención pública: «Parecía que la crisis económica estaba superada y se anuncia otra. En realidad, quizá sea la misma: un escenario mundial de lucha —con las viejas reglas de poder y división internacional de funciones, recursos y personas— en el enorme desafío de la cuarta revolución industrial. Si la economía es global, no somos ajenos al hambre de tantos. Experimentamos una gran inquietud por el futuro del trabajo y del Estado del Bienestar. Alguno anuncia que la travesía de la crisis nos conduce a «una nueva normalidad» —este concepto, surgido en el año 2010, lo expuso institucionalmente el entonces presidente del Deutsche Bank, el suizo Josef Ackermann, el 5 de septiembre del 2011. Trabaja, desde entonces, sobre este oxímoron el Foro de Davos que, desde 2016, estudia cómo encauzar la irremediable crisis del Estado del Bienestar con millones de descartados por la revolución tecnológica. El profesor Niño-Becerra, en El crash. Tercera fase, dice: «La nueva normalidad será vivir en una sociedad sesgada, con desempleo estructural, un subempleo elevadísimo y una desigualdad enorme. Solo se compensará con el trinomio social: la renta básica, ocio gratuito y marihuana». Puede parecer una boutade, pero da pistas.

El confinamiento provocado por la COVID-19 paraliza la vida social y económica y acelera muchos procesos ya en marcha: teletrabajo, control de la población, renta básica, transición hacia el modelo económico, social y cultural propiciado por la revolución tecnológica, con un protagonismo grande de la biopolítica: ecología, hombre exponencial e inteligencia artificial, salud y trashumanismo. La pandemia intensificará las inversiones en salud, referencia central del progreso y sustitutivo de la salvación.

El debate sobre la renta a ofrecer para paliar la crisis del Estado del Bienestar y las consecuencias de la 4ª revolución industrial es sin duda importante. La tremenda crisis económica global provocada por la pandemia lo ha transformado en urgente, con el riesgo de sentar unas bases sobre su desarrollo que, movidas por lo urgente, eviten a la sociedad el necesario debate sobre el sentido del trabajo como fuente de riqueza y expresión del protagonismo personal y social en la convivencia y el camino histórico.

La fase actual del capitalismo financiero y tecnológico, liderado por las grandes corporaciones de la información, une su condición tecnocrática en el control de la economía, a una propuesta compasiva y moralista en la cultura y las formas de vida que tiene como finalidad última el poder; éste anula la libre conciencia con el señuelo de ofrecer más y más libertades que no cuestionen el marco de su paradigma tecnocrático y cultural. Desde ese marco es fácil condicionar la política global y nacional. Es un ámbito donde caben propuestas de capitalismo ortodoxo, populismos, ONGs y todos los altavoces de lo políticamente correcto. Hay liberales y socialdemócratas, China y Estados Unidos, espiritualistas y secularistas. Resulta cada vez más difícil utilizar los esquemas decimonónicos de izquierdas y derechas. La realidad del sufrimiento es tozuda y grita, y juzga esta situación histórica como a todas. Surge una tentación: anular el sufrimiento, anulando a los que sufren.

La llamada renta básica ha sido propuesta en los últimos años por economistas de casi todo el espectro ideológico, ya como Renta de Garantía de Ingresos (RGI), llamada por otros Ingreso Mínimo Vital, o como Renta Básica Universal (RBU). Para unos es una forma de sustituir el Estado del Bienestar en el nuevo tiempo, para otros un desarrollo más pleno del Estado social de derecho. Ambas tienen sus complicaciones técnicas y de financiación. Son asuntos en los que no entro, pues no son de mi competencia y pertenecen al ámbito de la genuina libertad en la acción política. Pero sí quiero realizar algunas consideraciones.

La primera es poner siempre delante a los empobrecidos a consecuencia de situaciones personales, familiares o de la injusta situación económica. Su sola existencia reclama cercanía y propuestas. Ahí se sitúa el IMV, que quizá sea siempre necesario, pues pobres siempre caminan a nuestro lado.

El trabajo expresa el ser de la persona en el hacer y ese mismo hacer tiene consecuencias en el ser y su desarrollo. Incorpora al sujeto trabajador a la construcción del común, promociona —empodera, dice la neolengua políticamente correcta— personal y socialmente. Entra en relación con el capital en un coloquio imprescindible para ofrecer en el devenir histórico los bienes y servicios que cada generación precisa. Pero el trabajo tiene una prioridad sobre el capital que no ha de olvidarse al organizar sus relaciones. La retribución del trabajo es el salario, la del capital la renta. Si las llamadas rentas básicas, ya RGI o RBU, no promocionan el trabajo, el riesgo de que el capital que las genera, estatal o privado, explote a muchos y arranque el protagonismo histórico a la mayoría es muy grande. Generar dependencias es un instrumento habitual de dominadores. Todo bien y servicio es hijo del trabajo, no de la renta. Por eso dice el Papa Francisco: «Tal vez sea tiempo de pensar en un salario universal capaz de garantizar y hacer realidad esa consigna tan humana y tan cristiana: ningún trabajador sin derechos. Quiero que pensemos en el proyecto de desarrollo humano integral que anhelamos, centrado en el protagonismo y el acceso universal a esas tres T que ustedes defienden: tierra, techo y trabajo». «El trabajo es un derecho fundamental y un bien para el hombre, un bien útil, digno de él, porque es idóneo para expresar y acrecentar la dignidad humana» (CDS 287).

Por ello, la clave está en generar, con un respeto grande a la realidad, una economía que promocione, para lo cual, quizá sea necesario —en tiempo de pandemia sin duda— un ingreso vital abierto a la promoción y al trabajo digno. Pero no se puede hablar de rentas mínimas sin plantearnos la justificación de las rentas máximas.

En el Día del Trabajo 2020 es conveniente proponer un nuevo pacto social que convoque al mercado, al Estado y a la gratuidad de la sociedad civil; pero no basta, conviene repensar el valor del trabajo, el sentido del progreso, el papel de la familia y los estilos de vida en un programa de gobierno para el bien común. Pero no será posible liberarse de las ataduras del gnosticismo tecnocrático y del pelagianismo moralista, falsamente compasivo, sin una fuerte espiritualidad.

Que san José Obrero interceda por nosotros para impulsar el plan para resucitar como propone el Papa Francisco: Este es el tiempo favorable del Señor, que nos pide «no conformarnos ni contentarnos y menos justificarnos con lógicas sustitutivas o paliativas que impiden asumir el impacto y las graves consecuencias de lo que estamos viviendo».

Por Luis Argüello, Secretario general de la CEE y obispo auxiliar de Valladolid

Fuente: Revista Ecclesia

Un plan para resucitar

El Papa escribe en ‘Vida Nueva’ una reflexión inédita para una Pascua marcada por el coronavirus. A partir del “alégrense” de Jesús a las mujeres, reivindica la civilización del amor. Francisco llama a contagiarse con “los anticuerpos necesarios de la justicia, la caridad y la solidaridad” para la reconstrucción en el día después de la pandemia. “Es el Resucitado que quiere resucitar a la humanidad entera”, asevera en esta hoja de ruta que el Obispo de Roma regala a los lectores de la revista, a la Iglesia y a la sociedad.

De pronto, Jesús salió a su encuentro y las saludó, diciendo: ‘Alégrense’” (Mt 28, 9). Es la primera palabra del Resucitado después de que María Magdalena y la otra María descubrieran el sepulcro vacío y se toparan con el ángel. El Señor sale a su encuentro para transformar su duelo en alegría y consolarlas en medio de la aflicción (cfr. Jr 31, 10). Es el Resucitado que quiere resucitar a una vida nueva a las mujeres y, con ellas, a la humanidad entera. Quiere hacernos empezar ya a participar de la condición de resucitados que nos espera.

Invitar a la alegría pudiera parecer una provocación, e incluso, una broma de mal gusto ante las graves consecuencias que estamos sufriendo por el COVID-19. No son pocos los que podrían pensarlo, al igual que los discípulos de Emaús, como un gesto de ignorancia o de irresponsabilidad (cfr. Lc 24, 17-19). Como las primeras discípulas que iban al sepulcro, vivimos rodeados por una atmósfera de dolor e incertidumbre que nos hace preguntarnos: “¿Quién nos correrá la piedra del sepulcro?” (Mc 16, 3). ¿Cómo haremos para llevar adelante esta situación que nos sobrepasó completamente? El impacto de todo lo que sucede, las graves consecuencias que ya se reportan y vislumbran, el dolor y el luto por nuestros seres queridos nos desorientan, acongojan y paralizan. Es la pesantez de la piedra del sepulcro que se impone ante el futuro y que amenaza, con su realismo, sepultar toda esperanza. Es la pesantez de la angustia de personas vulnerables y ancianas que atraviesan la cuarentena en la más absoluta soledad, es la pesantez de las familias que no saben ya como arrimar un plato de comida a sus mesas, es la pesantez del personal sanitario y servidores públicos al sentirse exhaustos y desbordados… esa pesantez que parece tener la última palabra.

Sin embargo, resulta conmovedor destacar la actitud de las mujeres del Evangelio. Frente a las dudas, el sufrimiento, la perplejidad ante la situación e incluso el miedo a la persecución y a todo lo que les podría pasar, fueron capaces de ponerse en movimiento y no dejarse paralizar por lo que estaba aconteciendo. Por amor al Maestro, y con ese típico, insustituible y bendito genio femenino, fueron capaces de asumir la vida como venía, sortear astutamente los obstáculos para estar cerca de su Señor. A diferencia de muchos de los Apóstoles que huyeron presos del miedo y la inseguridad, que negaron al Señor y escaparon (cfr. Jn 18, 25-27), ellas, sin evadirse ni ignorar lo que sucedía, sin huir ni escapar…, supieron simplemente estar y acompañar. Como las primeras discípulas, que, en medio de la oscuridad y el desconsuelo, cargaron sus bolsas con perfumes y se pusieron en camino para ungir al Maestro sepultado (cfr. Mc 16, 1), nosotros pudimos, en este tiempo, ver a muchos que buscaron aportar la unción de la corresponsabilidad para cuidar y no poner en riesgo la vida de los demás. A diferencia de los que huyeron con la ilusión de salvarse a sí mismos, fuimos testigos de cómo vecinos y familiares se pusieron en marcha con esfuerzo y sacrificio para permanecer en sus casas y así frenar la difusión. Pudimos descubrir cómo muchas personas que ya vivían y tenían que sufrir la pandemia de la exclusión y la indiferencia siguieron esforzándose, acompañándose y sosteniéndose para que esta situación sea (o bien, fuese) menos dolorosa. Vimos la unción derramada por médicos, enfermeros y enfermeras, reponedores de góndolas, limpiadores, cuidadores, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas, abuelos y educadores y tantos otros que se animaron a entregar todo lo que poseían para aportar un poco de cura, de calma y alma a la situación. Y aunque la pregunta seguía siendo la misma: “¿Quién nos correrá la piedra del sepulcro?” (Mc 16, 3), todos ellos no dejaron de hacer lo que sentían que podían y tenían que dar.

Y fue precisamente ahí, en medio de sus ocupaciones y preocupaciones, donde las discípulas fueron sorprendidas por un anuncio desbordante: “No está aquí, ha resucitado”. Su unción no era una unción para la muerte, sino para la vida. Su velar y acompañar al Señor, incluso en la muerte y en la mayor desesperanza, no era vana, sino que les permitió ser ungidas por la Resurrección: no estaban solas, Él estaba vivo y las precedía en su caminar. Solo una noticia desbordante era capaz de romper el círculo que les impedía ver que la piedra ya había sido corrida, y el perfume derramado tenía mayor capacidad de expansión que aquello que las amenazaba. Esta es la fuente de nuestra alegría y esperanza, que transforma nuestro accionar: nuestras unciones, entregas… nuestro velar y acompañar en todas las formas posibles en este tiempo, no son ni serán en vano; no son entregas para la muerte. Cada vez que tomamos parte de la Pasión del Señor, que acompañamos la pasión de nuestros hermanos, viviendo inclusive la propia pasión, nuestros oídos escucharán la novedad de la Resurrección: no estamos solos, el Señor nos precede en nuestro caminar removiendo las piedras que nos paralizan. Esta buena noticia hizo que esas mujeres volvieran sobre sus pasos a buscar a los Apóstoles y a los discípulos que permanecían escondidos para contarles: “La vida arrancada, destruida, aniquilada en la cruz ha despertado y vuelve a latir de nuevo” (1). Esta es nuestra esperanza, la que no nos podrá ser robada, silenciada o contaminada. Toda la vida de servicio y amor que ustedes han entregado en este tiempo volverá a latir de nuevo. Basta con abrir una rendija para que la Unción que el Señor nos quiere regalar se expanda con una fuerza imparable y nos permita contemplar la realidad doliente con una mirada renovadora.

Y, como a las mujeres del Evangelio, también a nosotros se nos invita una y otra vez a volver sobre nuestros pasos y dejarnos transformar por este anuncio: el Señor, con su novedad, puede siempre renovar nuestra vida y la de nuestra comunidad (cfr. Evangelii gaudium, 11). En esta tierra desolada, el Señor se empeña en regenerar la belleza y hacer renacer la esperanza: “Mirad que realizo algo nuevo, ya está brotando, ¿no lo notan?” (Is 43, 18b). Dios jamás abandona a su pueblo, está siempre junto a él, especialmente cuando el dolor se hace más presente. Si algo hemos podido aprender en todo este tiempo, es que nadie se salva solo. Las fronteras caen, los muros se derrumban y todo los discursos integristas se disuelven ante una presencia casi imperceptible que manifiesta la fragilidad de la que estamos hechos. La Pascua nos convoca e invita a hacer memoria de esa otra presencia discreta y respetuosa, generosa y reconciliadora capaz de no romper la caña quebrada ni apagar la mecha que arde débilmente (cfr. Is 42, 2-3) para hacer latir la vida nueva que nos quiere regalar a todos. Es el soplo del Espíritu que abre horizontes, despierta la creatividad y nos renueva en fraternidad para decir presente (o bien, aquí estoy) ante la enorme e impostergable tarea que nos espera. Urge discernir y encontrar el pulso del Espíritu para impulsar junto a otros las dinámicas que puedan testimoniar y canalizar la vida nueva que el Señor quiere generar en este momento concreto de la historia. Este es el tiempo favorable del Señor, que nos pide no conformarnos ni contentarnos y menos justificarnos con lógicas sustitutivas o paliativas que impiden asumir el impacto y las graves consecuencias de lo que estamos viviendo. Este es el tiempo propicio de animarnos a una nueva imaginación de lo posible con el realismo que solo el Evangelio nos puede proporcionar. El Espíritu, que no se deja encerrar ni instrumentalizar con esquemas, modalidades o estructuras fijas o caducas, nos propone sumarnos a su movimiento capaz de “hacer nuevas todas las cosas” (Ap 21, 5).

En este tiempo nos hemos dado cuenta de la importancia de “unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral” (2). Cada acción individual no es una acción aislada, para bien o para mal, tiene consecuencias para los demás, porque todo está conectado en nuestra Casa común; y si las autoridades sanitarias ordenan el confinamiento en los hogares, es el pueblo quien lo hace posible, consciente de su corresponsabilidad para frenar la pandemia. “Una emergencia como la del COVID-19 es derrotada en primer lugar con los anticuerpos de la solidaridad” (3). Lección que romperá todo el fatalismo en el que nos habíamos inmerso y permitirá volver a sentirnos artífices y protagonistas de una historia común y, así, responder mancomunadamente a tantos males que aquejan a millones de hermanos alrededor del mundo. No podemos permitirnos escribir la historia presente y futura de espaldas al sufrimiento de tantos. Es el Señor quien nos volverá a preguntar “¿dónde está tu hermano?” (Gn, 4, 9) y, en nuestra capacidad de respuesta, ojalá se revele el alma de nuestros pueblos, ese reservorio de esperanza, fe y caridad en la que fuimos engendrados y que, por tanto tiempo, hemos anestesiado o silenciado.

Si actuamos como un solo pueblo, incluso ante las otras epidemias que nos acechan, podemos lograr un impacto real. ¿Seremos capaces de actuar responsablemente frente al hambre que padecen tantos, sabiendo que hay alimentos para todos? ¿Seguiremos mirando para otro lado con un silencio cómplice ante esas guerras alimentadas por deseos de dominio y de poder? ¿Estaremos dispuestos a cambiar los estilos de vida que sumergen a tantos en la pobreza, promoviendo y animándonos a llevar una vida más austera y humana que posibilite un reparto equitativo de los recursos? ¿Adoptaremos como comunidad internacional las medidas necesarias para frenar la devastación del medio ambiente o seguiremos negando la evidencia? La globalización de la indiferencia seguirá amenazando y tentando nuestro caminar… Ojalá nos encuentre con los anticuerpos necesarios de la justicia, la caridad y la solidaridad. No tengamos miedo a vivir la alternativa de la civilización del amor, que es “una civilización de la esperanza: contra la angustia y el miedo, la tristeza y el desaliento, la pasividad y el cansancio. La civilización del amor se construye cotidianamente, ininterrumpidamente. Supone el esfuerzo comprometido de todos. Supone, por eso, una comprometida comunidad de hermanos” (4). En este tiempo de tribulación y luto, es mi deseo que, allí donde estés, puedas hacer la experiencia de Jesús, que sale a tu encuentro, te saluda y te dice: “Alégrate” (Mt 28, 9). Y que sea ese saludo el que nos movilice a convocar y amplificar la buena nueva del Reino de Dios.


Notas
1. R. Guardini, El Señor, 504.
2. Carta enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), 13.
3. Pontificia Academia para la Vida. Pandemia y fraternidad universal. Nota sobre la emergencia COVID-19 (30 marzo 2020), p. 4.
4. Eduardo Pironio, Diálogo con laicos, Buenos Aires, 1986.

Puedes descargar el pdf con el artículo completo en la revista Vida Nueva

Pascua 2020

¡Jesucristo ha resucitado!

¡Aleluya!

Anuncia y realiza la victoria de la Vida sobre la muerte.

Jesús, ha realizado la travesía del agua y nos permite incorporarnos a su bautismo.

Cristo, hace la travesía del desierto y sacia la sed, consuela la soledad y habla en el silencio.

Señor, ha realizado la travesía de la noche en Belén, el mar, el monte, Getsemaní y el Gólgota e ilumina nuestras tinieblas.

Jesús, Cristo y Señor, ha realizado la travesía de la muerte y el Sábado ha descendido a los infiernos para rescatar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte.

Ha resucitado y, en la tierra de tránsito entre la vida ya regalada y la Vida Plena, peregrina en su Pueblo Santo, encabezando su marcha y su descenso a los subsuelos, hacia la Tierra donde se cumplen las promesas. Peregrinamos hasta que Él vuelva.

El Sábado del tiempo ha sido iluminado en su drama, une la Cruz y la Luz, por eso aclamamos: ¡Anunciamos tu Muerte, proclamamos tu Resurrección.

Ven Señor Jesús! ¡Aleluya! ¡Maranata!

Somos testigos de esta esperanza. ¡Veni lumen cordium!

Cruz Luz

Cruz Luz son una suerte de «meditaciones» deshilvanadas. Algunas palabras y algunas imágenes. En realidad, sólo una palabra y una sola imagen, bocetos torpes cuyo único objetivo es vincular la mirada a un misterio tan inabarcable como cierto.
Es una propuesta entre amigos una búsqueda de complicidades en torno a la cruz, es decir, en torno a la fe que nos une. Es un cuenco que puede ser llenado con las reflexiones, experiencias, oraciones,… que tú quieras hacer a partir de una o varias de estas páginas.
Si decides compartirlas, las añadiremos a este libro abierto. Gracias.

Buscar a Jesús en el pobre

El Papa improvisa una ‘homilía-encíclica’ en Lunes Santo: “Defender al pobre no es ser comunista, es el centro del Evangelio”

Pienso en un problema grave que existe en muchas partes del mundo. Quisiera que hoy rezáramos por el problema de la sobrepoblación carcelaria. Donde hay hacinamiento —mucha gente allí—, existe el peligro, durante esta pandemia, que acabe en una grave calamidad. Oremos por los responsables, por quienes deben tomar las decisiones, para que tomen un camino justo y creativo y puedan resolver el problema.

Homilía

Este pasaje termina con una observación: “Los sumos sacerdotes decidieron dar muerte también a Lázaro, porque a causa de él muchos judíos se les iban y creían en Jesús” (Jn 12,10-11). El otro día vimos los pasos de la tentación: la seducción inicial, la ilusión, luego crece —segundo paso— y el tercero, crece, se contagia y se justifica. Pero hay otro paso: sigue adelante, no se detiene. Para ellos no era suficiente condenar a muerte a Jesús, sino que ahora también a Lázaro, porque era un testigo de vida.

Pero hoy me gustaría detenerme en una palabra de Jesús. Seis días antes de Pascua —estamos a las puertas de la Pasión— María hace este gesto de contemplación: Marta servía —como en el otro pasaje— y María abre la puerta a la contemplación. Y Judas piensa en el dinero y piensa en los pobres, pero “no porque le preocuparan los pobres, sino porque era ladrón y, como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella” (Jn 12,6). Esta historia del administrador infiel es siempre actual, siempre los hay, incluso a alto nivel: pensemos en algunas organizaciones caritativas o humanitarias que tienen tantos empleados, tantos, que tienen una estructura muy rica en personas y al final el cuarenta por ciento llega a los pobres, porque el sesenta por ciento es para pagar el sueldo a tanta gente. Es una forma de quitarles el dinero a los pobres. Pero la respuesta es Jesús. Y aquí quiero detenerme: “Porque pobres siempre tendréis con vosotros” (Jn 12,8). Es una verdad: “pobres siempre tendréis con vosotros”. Los pobres existen. Hay muchos: están los pobres que vemos, pero esta es la parte más pequeña; la gran cantidad de pobres son los que no vemos: los pobres escondidos. Y no los vemos porque entramos en esta cultura de indiferencia que es negacionista y negamos: “No, no hay muchos, no se ven; bueno, está ese caso, pero…”, siempre disminuyendo la realidad de los pobres. Pero hay muchos, muchos.

Aunque no entremos en esta cultura de la indiferencia, existe la costumbre de ver a los pobres como adornos de una ciudad: sí, están ahí, como estatuas; sí, están ahí, se pueden ver; sí, esa viejecita mendigando, ese otro… Pero como si fuera algo normal. Es parte de la decoración de la ciudad tener gente pobre. Pero la gran mayoría son pobres víctimas de las políticas económicas, de las políticas financieras. Algunas estadísticas recientes lo resumen de esta manera: hay mucho dinero en manos de unos pocos y mucha pobreza en muchos. Y esta es la pobreza de tantas personas que son víctimas de la injusticia estructural de la economía mundial. Y hay muchos pobres que se avergüenzan porque no llegan a fin de mes; muchos pobres de la clase media, que van a la Cáritas a escondidas y a escondidas piden y sienten vergüenza. Los pobres son muchos más que los ricos; muchos más… Y lo que dice Jesús es cierto: “Porque pobres siempre tendréis con vosotros”. ¿Pero yo los veo? ¿Soy consciente de esta realidad? Sobre todo de la realidad escondida, los que se avergüenzan de decir que no llegan a fin de mes.

Recuerdo que en Buenos Aires me dijeron que el edificio de una fábrica abandonada, vacía durante años, estaba habitado por unas quince familias que habían llegado en esos últimos meses. Fui allí. Eran familias con niños y cada uno había ocupado una parte de la fábrica abandonada para vivir. Reparé que cada familia tenía muebles buenos, muebles de clase media, y televisión. Acabaron allí porque no podían pagar el alquiler. Los nuevos pobres que tienen que dejar la casa porque no pueden pagar el alquiler, van allí. Es la injusticia de la organización económica o financiera la que los lleva allí. Y hay muchos, muchos, y nos encontraremos con ellos en el juicio. La primera pregunta que nos hará Jesús es: “¿Cómo te ha ido con los pobres? ¿Les has dado de comer? Cuando estaba en prisión, ¿lo has visitado? En el hospital, ¿lo fuiste a ver? ¿Ayudaste a la viuda, al huérfano? Porque yo estaba allí”. Y por eso seremos juzgados. No seremos juzgados por el lujo o los viajes que hayamos hecho o la importancia social que hayamos tenido. Seremos juzgados por nuestra relación con los pobres. Pero si yo, hoy, ignoro a los pobres, los dejo de lado, creo que no existen, el Señor me ignorará el día del juicio. Cuando Jesús dice: “Porque pobres siempre tendréis con vosotros”, quiere decir: “Yo siempre estaré con vosotros en los pobres. Estaré presente ahí”. Y esto no es ser comunista, es el centro del Evangelio: seremos juzgados por esto.

Santa Sede

Creer en tiempo de coronavirus

¿Cómo creer cuando aparecen las desgracias? ¿con perplejidad? ¿pasándose a la incredulidad? ¿o son ocasión magnífica para crecer en la fe? Una fe del paleolítico es una fe mágica. Esa que entiende que Dios es un caprichoso a veces feliz, a veces sádico que reparte bienes y desgracias; eso se parece más a los dioses viejos que al Dios cristiano.

Una desgraciada lectura del “Pidan y se les dará” hace pensar a mucho creyentes que la realidad depende de la insistencia humana. Triste imagen de diosecillos ancestrales. No es ese el Dios de Jesús.
(Recomiendo la entrevista al teólogo Martín Gelabert)

Dios no envía el coronavirus ni lo elimina. Dios es el Creador sí, y es omnipotente sí. Pero la omnipotencia no puede hacer círculos cuadrados, ni amores egoístas, ni asistencialismos promocionantes, ni liberaciones esclavizantes. Dios no se desentiende nunca de la humanidad, ni de cada uno, pero abrió un espacio a la libertad y la naturaleza; y él mismo (sobre todo en Jesucristo) padeció esas mismas condiciones.

Las beaterías de siempre han aprovechado para disparar contra los creyentes y obispos que respetan esta fe y han sugerido que sea de cobardes y sumisos aplicar a los actos litúrgicos las recomendaciones sanitarias para cualquier reunión. Hay quienes creen que por andar Dios por medio se dejan de lado las condicionantes de cualquier acto social. Un vino consagrado, si también contuviera veneno, no dejaría de contener ese veneno. Seamos normales. Las beaterías de siempre han relatado que solo los obispos polacos han propuesto que haya más Misas. Pero las Misas en que se junte tanta gente como en el 8M de Madrid tendrán las mismas consecuencias sanitarias que aquella reunión.

La presencia del coronavirus quizá haga dar un paso más en el convencimiento de que como dice Francisco en “Laudato si”, “todo está conectado”; el que vea la vida de manera individualista vive realmente en el Paleolítico y si su fe es individualista es una fe de aquella época. La suspensión de actos católicos y no de los actos del 8m quizá sea porque los católicos tenemos una relación con nuestra fe que incluye la razón. Es una relación integral, no fanática. Y lo es porque hemos avanzado. En otras épocas teníamos esa relación poco racional, semimágica. Hoy aquella forma vieja de relación es la que tienen en buena parte del feminismo (y lo mismo pasa con parte de nacionalismo y ecologismo).

Aceptando suspender actos religiosos no manifestamos que seamos sumisos, sino que creemos con la Iglesia que “la Gracia no anula la naturaleza” y si hay condiciones sociales de infección no va a dejar de haberla porque el acto sea piadoso. Creo más bien, aunque no lo diga así exactamente el Catecismo, que forma parte de la libertad de Dios, haber renunciado a ese poder. Es algo similar a muchos padres que no imponen algunas cosas a sus hijos porque un día encendieron con amor esa chispa de libertad en sus corazones. Porque, como dice Francisco, quieren seducir, no imponer. Dios, como los padres que conozco, trabajan por encender la chispa del amor, no la impone.

No es que seamos sumisos, es que distinguimos -como Francisco- la técnica de la tecnocracia. Nos oponemos a la tecnocracia, la técnica encastillada en su poder, el negocio de las multinacionales de la farmacia, la distinción entre clases dentro del sistema sanitario y tantas otras cosas. Sin embargo, con la misma fuerza con que nos oponemos a la tecnocracia manifestamos nuestro amor y reconocimiento por la técnica. Valoramos los esfuerzos de los profesionales, las investigaciones de los científicos, las propuestas consensuadas, el sinfín de tareas pequeñas que hacen avanzar. Es la vieja relación entre la razón y la fe. Una relación circular, convergente, dialéctica, enriquecedora.

Creer en tiempos de coronavirus es aceptar las propuestas inteligentes, razonables, científicas y no imaginar que las cosas se arreglan amontonando rezos. Orar es imprescindible para seguir trabajando en medio del cansancio, para encajar las dificultades, para aceptar que nos equivocamos a veces, para cuidarse y cuidar de los otros. La oración es muy importante pero no a medida de mi capricho sino la oración cristiana.

Creer en tiempos de coronavirus es saber aprender. Se ha puesto de manifiesto que de esta no puede salir cada uno por su cuenta. Ni solo por la acción de las instituciones. Hace falta la persona en su íntima decisión y hacen falta las instituciones. Es tiempo de aprender que no sirve ni el pánico ni la superficialidad. Es tiempo de aprender que cada profesión debe ser una vocación ejercida por amor y no por dinero. Es tiempo de aprender a compartir, de poner en juego las cualidades. Es tiempo de practicar “de cada cual según sus posibilidades, a cada cual según sus necesidades”; por eso los jóvenes se ofrecen a hacer la compra a los mayores, los niños aprenden a jugar a otras cosas, las profesiones todas se preguntan cómo amar más y mejor.

Creer en tiempos de coronavirus es ver todo el dolor económico que conlleva esta pandemia. Ya hay quien ha dicho que la crisis económica generará más muertes que el virus. El paro mata y el paro ha aumentado. Es razonable que los funcionarios se planteen la solidaridad con los autónomos; o mejor dicho los altos funcionarios con los bajos autónomos, porque de todo hay. Qué pasa con los que se quedan en paro en cosa de todos. Los filósofos del libre mercado esperamos que mejoren sus ideas a la vista de la realidad. Está claro ya que tanto el mercado como el estado resultan insuficientes por si mismos.

También habrá que darse cuenta de que una sociedad avanzada necesita que no haya personas que no llegan a fin de mes trabajando. Es necesario incluso tener un patrimonio solidario que permite afrontar estos imprevistos. La Iglesia defiende esto, con cierta timidez desde León XIII y con más fuerza desde Pablo VI. Hay que promover una economía que no haga solo limosna con quien cae en una emergencia; es necesaria una economía que cambie el corazón mismo del sistema.

Habrá que preguntarse si la investigación está enfocada a las grandes necesidades de la humanidad o hay cualidades investigadoras dedicadas a caprichos de élites minoritarias. Habrá que preguntarse también por la gestión política. No para exigir que no se cometiera ningún error pero sí para preguntarse si algunos con cualidades políticas prefirieron la comodidad de no bajar a esa arriesgada arena, sí para preguntarse si en vez de servir algunos fueron a la política a servirse.

Creer en tiempos de coronavirus exige plantearse que en cuanto pase la pandemia habrá que preguntarse por cómo construir una sociedad realmente justa. Porque la justicia social hará que los virus se encuentren una población más sana, más preparada, más prevenida. Si hay justicia no habrá personas para quienes lo de “quedarse” en casa no sea un auténtico calvario porque la casa misma es incómoda o insalubre; parecen olvidar algunos que a veces la casa no es tal; los “sin techo” siguen existiendo, los campamentos de refugiados y los CIEs siguen existiendo.

Creer en tiempos de coronavirus es dedicar tiempo y reflexión a una perspectiva crítica. Es bueno preguntarse por nuestra falta de prevención, es necesario criticar la frecuente dedicación de la capacidad investigadora a lo que es negocio en vez de al bien común.

Creer en tiempos de coronavirus es experimentar que ya nunca más es posible una vivencia egoísta. Que todos somos solidarios. Queramos o no caminamos hacia la solidaridad. Eso sí, creo, Dios lo quiso así. La humanidad tiene ante sí una gran oportunidad.

Eugenio Rodríguez

La Iglesia, mujeres con hombres

En 2018, el Premio Nobel de la Paz fue otorgado de forma conjunta a un hombre y una mujer, señala la teóloga y biblista francesa Anne-Marie Pelletier, ganadora del premio Ratzinger en 2014. La mujer es Nadia Murad quien, como tantas otras mujeres yazidíes víctimas del Isis, fue secuestrada, esclavizada y sometida a una violencia sexual abominable. Tras lograr escapar gracias a la ayuda de una familia musulmana de Mosul, y después de ser recibida en Alemania, decidió dedicarse a defender a su pueblo.

El hombre es Denis Mukwege, un médico congoleño que ayuda a mujeres de la región de Kivu, en la República Democrática del Congo, víctimas de violaciones de guerra y mutilaciones. “Juntos –escribe Pelletier– son testigos de una resistencia humana más poderosa que las fuerzas del mal que humillan, esclavizan y destruyen…”.

Este doble Premio Nobel, un contrapunto de una actualidad que destaca «una verdadera humillación internacional de las mujeres», indica una ocasión para ser aprovechada: la de no limitarse a «un cara a cara armado entre los sexos» o «a solo la promoción de la paridad en el reparto de poderes y responsabilidades». Porque, y esta es la piedra angular de su ensayo ‘L’Église, des femmes avec des hommes’, (Le Cerf, 2019), “la verdad final de nuestra humanidad sexual es la aceptación de nuestra dignidad común, que hace de los hombres y las mujeres compañeros y colaboradores, en la búsqueda común de una vida feliz que culmina en su celebración recíproca”.

Una verdad antropológica “que concierne a toda la humanidad, pero que entra directamente en contacto con lo que está en juego en la salvación que la fe profesa al poner la alianza en el centro de la relación con Dios”. Para Pelletier es urgente reparar la relación hombre-mujer. Se trata de un trabajo en profundidad en el que la Iglesia puede y debe ser profética. Aunque solo sea porque Jesús da el ejemplo, en el contexto que le es propio, de una forma inédita de relacionarse con las mujeres.

Teología femenina

Pero, ¿cómo puede ser profética? Respondiendo, como lo hace Anne-Marie Pelletier, a la llamada del Papa Francisco a elaborar una teología “intrínsecamente femenina”. “No se trata de saturar de lo femenino la verdad teológica”, señala la teóloga. “Sería solo reproducir en simetría la tradición masculina anterior. Se trata de una necesidad, la de acceder a una visión plenaria, por lo tanto bifocal, de las cosas de la humanidad y de las cosas de Dios, que no es solo una justicia, sino también una solicitud de principios, ya que la reflexión hace referencia a las Escrituras que, desde su primera mención de la humanidad, la definen a través de su calidad de imagen de Dios y la articulación dentro de ella de la diferencia de los sexos”. Esto implica al mismo tiempo una presencia más incisiva de las mujeres en las áreas de reflexión y decisión de la Iglesia y una reflexión profunda sobre el «signo de la mujer»: como no pueden ser ordenadas al sacerdocio, observa la teóloga, las mujeres recuerdan que el sacramento del bautismo no puede ser rebasado.

“Restablecer al sacerdocio bautismal su centralidad –continúa– no significa que esta pueda privarse de una estructura ministerial, dando una cabeza al cuerpo eclesial y garantizando una función de presidencia, que se ocupe del servicio de la unidad y la caridad. El problema a tratar se refiere más bien al lugar respectivo de cada uno de los dos sacerdocios y su justa articulación para el bien de la vida de los cristianos. En el caso específico, se trata de asegurar que las provocaciones de los tiempos conduzcan a explicar de forma nueva la función y la necesidad del sacerdocio ministerial”.

Sacerdocio que debe entenderse tanto como “la visibilidad de Aquel que ha prometido a sus discípulos: ‘Estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo’”, que como “sustituto visible de la invisibilidad de Cristo que ya ha entrado en su Gloria”, en este nuestro tiempo “penúltimo”. Aquí, entonces, está el posible y poderoso “signo de la mujer” expresado como anuncio del Reino. Siempre que este signo se pueda decir y ver. Al mismo tiempo, se dirige a la fidelidad al Evangelio y a la credibilidad de la palabra cristiana en el mundo.

 

Fuente: Vida Nueva Digital

Claves laicales para la acogida al forastero

Soy Raquel Martínez, mujer, madre de cuatro niños, ingeniera de caminos y actualmente trabajo en el sector de las energías renovables. ¿Qué como he acabado siendo delegada de migraciones de mi Iglesia local? Ni yo misma lo sé…

Mi vida comunitaria ha estado dentro de asociaciones cristianas (como el Movimiento Cultural Cristiano y Encuentro y Solidaridad) que quieren poner a los más débiles y empobrecidos en el centro. Y en estas asociaciones he aprendido que cuando tu madre, la Iglesia, te pide una aportación, cuesta decirle que no.

Mi experiencia de ser migrante, soy chilena y española, y viví en Chile hasta los 12 años, me ayuda a entender lo que es vivir lejos de la tierra que te vio nacer, tener siempre a parte de la familia lejos, y amigos en muchos sitios.

De entrada, el trabajo en la Delegación de Migraciones es una labor que se escapa a mis capacidades y posibilidades. Por eso el primer reto es recoger y enlazar con el gran trabajo de mis antecesores. Y a partir de ahí la mirada puesta en configurar un equipo, un grupo de amigos que se entusiasmen con esta tarea. Tarea, a la que Francisco nos está marcando las pautas. Su mensaje para la Jornada Mundial del migrante y refugiado del 2019 comenzó como suele hacer la Iglesia: escuchando el clamor de la humanidad. Para llegar a la conclusión de que son los pobres quienes más sufren las consecuencias de este mundo de desencuentro. En este escenario, las personas migrantes, refugiadas, desplazadas… se han convertido en emblema de la exclusión.

Partiendo de esta mirada, me atrevo a plantear esquemáticamente algunas claves para el compromiso laical con las migraciones, partiendo de los grandes principios de la DSI, que se deberían reflexionar en el Congreso de Laicos 2020, que tendrá lugar en febrero en Madrid.

1) «Toda persona tiene derecho a migrar». CARIDAD (Acoger)

La acogida al forastero no solo no es ajena a nuestro ser cristiano, sino que es algo consustancial. La migración es un hecho constante en la historia de la salvación. El caminar errante está presente desde el momento mismo de la formación del pueblo hebreo hasta la comunidad de cristianos que nos consideramos peregrinos en esta tierra. Es Jesús quien pide a sus discípulos que vayan a recorrer los caminos sin nada, siendo su patria sus sandalias. Forastero en todas partes vamos siempre en busca de una patria mejor (Hb 11,14-16). Este es uno de los pilares de la pastoral con inmigrantes, y a decir verdad, la Iglesia en España está respondiendo, pues son cientos las asociaciones y colectivos que se desviven por ayudar al hermano que viene de fuera y por romper los miedos y los falsos tópicos que otros muchos quieren agitar con finalidad política nada cristiana.

Con alegría estamos viviendo en Zaragoza la puesta en marcha de la Mesa de la Hospitalidad. Iniciativa de acogida y también de encuentro entre la Iglesia y el Ayuntamiento de Zaragoza, trabajando en un objetivo común: dar posada a las familias refugiadas que llegan a nuestra ciudad

2) «Toda persona tiene derecho a NO tener que migrar». PROFETISMO (Proteger)

Este principio, que se nos olvida con más frecuencia, creemos debe ser otro de los pilares de la acción en pastoral de migraciones. En el actual contexto socio-político, antes incluso que el derecho a emigrar, hay que reafirmar el derecho a no emigrar, es decir, a tener las condiciones para permanecer en la propia tierra, repitiendo con san Juan Pablo II «es un derecho primario del hombre vivir en su propia patria». Y eso pasa indudablemente por la denuncia profética de las injustas relaciones entre países enriquecidos y empobrecidos. Las sociedades más enriquecidas no podemos desinteresarnos del problema migratorio y menos aún endurecer las leyes, especialmente si la brecha entre los países ricos y pobres, de la cual se originaron las migraciones, se vuelve cada vez mayor. En este sentido queremos fomentar la colaboración, con realidades de denuncia y de creación de conciencia. En Zaragoza hemos comenzado a colaborar con los círculos del silencio que junto con otros luchan por el cierre de los Centros de internamiento de Extranjeros (CIES). Cierre que también han pedido valientemente nuestros pastores (CEE, comisión de migraciones sept 2019)

3) «Un solo corazón». UNIDAD (Integrar y promover)

Estamos llamados a la unidad, que no es lo mismo que uniformidad. La pastoral de migraciones, después de una incuestionable labor de acogida pastoral al hermano que sufre el desarraigo, debe favorecer la integración en las comunidades cristianas locales. De lo contrario corremos el peligro de perpetuar guetos pastorales. La pastoral de migraciones como un especie de lanzadera para que los migrantes se incorporen plenamente a las labores de las parroquias, de las delegaciones, de los movimientos y de las asociaciones laicales. Y desde allí aporte y enriquezca las comunidades locales con todo su bagaje, cultura y experiencia. Y más pronto que tarde dejar de sentirse forastero, recordando esas palabras de S. Pablo con clara vocación internacionalista: «Ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino ciudadanos y familia de Dios (Ef 2, 19)».

La inmigración ha supuesto, y sigue suponiendo hoy, motivo de grandes desgarros y de inmensos sufrimientos. Pero desde una mirada de fe no es menos cierto que las migraciones han supuesto y deben suponer ocasiones privilegiadas para el avance de la humanidad, la cultura del encuentro y la fraternidad universal, como nos vuelve a interpelar Francisco.

Raquel Martínez
Delegada Episcopal de Migraciones de la Diócesis de Zaragoza

El Señor nos pedirá cuentas en el momento del juicio

“Es necesario denunciar y enjuiciar a los traficantes que explotan y maltratan a los migrantes, sin temor a revelar connivencia y complicidad con las instituciones” pero también se deben dejar de lado “los intereses económicos” para enfocarse en la persona.

Al final de las audiencias de la mañana del pasado 19 de diciembre, el Santo Padre Francisco se encontró con los refugiados llegados recientemente de Lesbos gracias a  los pasillos humanitarios e hizo colocar una cruz en la entrada al Palacio Apostólico desde el Patio del Belvedere en memoria de los migrantes y refugiados.

Publicamos a continuación el discurso que el Papa dirigió a los presentes durante el encuentro:


Discurso del Santo Padre

Este es el segundo chaleco salvavidas que recibo como regalo. El primero me lo dio hace unos años un grupo de socorristas. Pertenecía una niña que se ahogó en el Mediterráneo. Se lo di a los dos Subsecretarios de la Sección de Migrantes y Refugiados del Dicasterio para el Servicio de Desarrollo Humano Integral. Les dije: «¡Esta es vuestra misión!». Con esto quería subrayar el compromiso ineludible de la Iglesia de salvar la vida de los migrantes, para que después puedan ser acogidos, protegidos, promovidos e integrados.

Este segundo chaleco, entregado por otro grupo de socorristas hace apenas unos días, pertenecía a un migrante que desapareció en el mar el pasado mes de julio. Nadie sabe quién era ni de dónde venía. Sólo se sabe que su chaleco se encontró a la deriva en el Mediterráneo central el 3 de julio de 2019, en determinadas coordenadas geográficas. Nos enfrentamos a otra muerte causada por la injusticia. Sí, porque es la injusticia la que obliga a muchos migrantes a abandonar sus tierras. Es la injusticia la que les obliga a cruzar los desiertos y a sufrir abusos y torturas en los campos de detención. Es la injusticia la los rechaza y los hace morir en el mar.

El chaleco «viste» una cruz de resina de colores, que quiere expresar la experiencia espiritual que capté en  las palabras de los socorristas. En Jesucristo la cruz es fuente de la salvación, «necedad para los que se pierden -dice san Pablo- más para los que se salvan, -para nosotros- es fuerza de Dios» (1 Cor 1, 18). En la tradición cristiana la cruz es un símbolo de sufrimiento y sacrificio y, al mismo tiempo, de redención y salvación.

Esta cruz es transparente: representa un desafío para  mirar con más atención y buscar siempre la verdad. La cruz es luminiscente: quiere alentar nuestra fe en la resurrección, el triunfo de Cristo sobre la muerte. También el emigrante desconocido, que murió con la esperanza de una nueva vida, comparte esta victoria. Los socorristas me contaron cómo están aprendiendo humanidad de las personas que logran salvar. Me revelaron cómo en cada misión redescubren la belleza de ser una gran familia humana, unida en la fraternidad universal.

He decidido mostrar aquí este chaleco salvavidas, «crucificado» en esta cruz, para recordarnos que debemos tener los ojos abiertos, tener el corazón abierto, para recordar a todos el compromiso imperativo de salvar toda vida humana, un deber moral que une a los creyentes y a los no creyentes.

¿Cómo podemos dejar de escuchar el grito desesperado de tantos hermanos y hermanas que prefieren enfrentarse a un mar tormentoso antes que morir lentamente en los campos de detención libios,  lugares de tortura y esclavitud innoble? ¿Cómo podemos permanecer indiferentes ante los abusos y la violencia de los que son víctimas inocentes, dejándoles a merced de traficantes sin escrúpulos? ¿Cómo podemos «dar un rodeo», como el sacerdote y el levita de la parábola del Buen Samaritano (cf. Lc 10,31-32), haciéndonos responsables de sus muertes? ¡Nuestra desidia es pecado!

Doy gracias al Señor por todos aquellos que han decidido no permanecer indiferentes y se prodigan para socorrer al desventurado, sin hacerse demasiadas preguntas sobre cómo o por qué se toparon con  ese pobre medio muerto en su camino. No se resuelve el problema bloqueando los barcos. Debemos comprometernos seriamente a vaciar los campos de detención en Libia, evaluando y aplicando todas las soluciones posibles. Debemos denunciar y perseguir a los traficantes que explotan y maltratan a los migrantes, sin temor a revelar connivencias y complicidades con las instituciones. Los intereses económicos deben dejarse de lado para que la persona, cada persona, cuya vida y dignidad son preciosas a los ojos de Dios, esté en el centro. Debemos socorrer y salvar, porque todos somos responsables de la vida de nuestro prójimo, y el Señor nos pedirá que demos cuenta de ello en el día del juicio. Gracias.

Ahora, mirando este chaleco y mirando la cruz, que cada uno rece en silencio.

El Señor os bendiga a todos.