¿Hasta dónde seguir la propia conciencia?

Fuente: es.la-croix.com

La palabra conciencia aparece a menudo en la moral cristiana. «Yo tengo mi propia conciencia», «Tengo mala conciencia», «Tengo un caso de conciencia»… Expresiones que nos indican que la conciencia es lo que nos dice lo que está bien y lo que está mal. Pero ¿es así de sencillo? ¿Hasta dónde seguir la propia conciencia?

Sophie de Villeneuve: ¿Qué es la conciencia?

Sylvain Gasser, sacerdote asuncionista: La palabra conciencia proviene del latín, y significa «con ciencia», con una aportación exterior, una luz que se nos da. A menudo se habla de «conciencia esclarecida». El trabajo de la conciencia no está separado del mundo en el que vivo. La conciencia necesita alimentarse de las aportaciones del mundo exterior para permitir a la inteligencia del corazón, al trabajo del espíritu, a la razón, que emita una opinión, que juzgue y permita a otros que progresen y vivan juntos.

¿Es la conciencia lo que nos permite distinguir el bien del mal?

Nos permite emitir juicios de valor sobre los actos que hacemos o que hacen los otros, y que influyen en nuestras vidas. Si alguien decide votar una u otra ley, esto tendrá consecuencias sobre la vida de los otros. La conciencia trabaja en tres etapas, que se podrían relacionar con la parábola del hijo pródigo (Cf. Lc 15,18).

En primer lugar, la conciencia es testigo, reconoce lo que he hecho, como el hijo pródigo que, cuando se encuentra en el fondo del abismo, sabe que debe volver a la casa de su Padre. Dice: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti». Reconoce lo que ha hecho.

Después, la conciencia lleva a la acción. El hijo pródigo dice: «Ya no merezco llamarme hijo tuyo», reconoce las consecuencias de sus actos, sabe que debe emprender nuevos caminos.

Por último, la conciencia acusa o excusa. Lleva a emitir un juicio. «Trátame como a uno de tus jornaleros», dice el hijo pródigo. El padre actuará de otra manera, y se descubre entonces que es otro quien debe emitir un juicio sobre mis propios actos.

Entonces, el trabajo de la conciencia exige una reflexión importante…

Evidentemente. La conciencia no actúa bajo impulsos; es un trabajo que exige un momento de toma de distancia, un tiempo de aportaciones de conocimientos, un tiempo de comprensión de lo que sucede. Pero no siempre se tiene el tiempo necesario para encontrar una respuesta a lo que nos pasa. Tomemos el caso de los atentados de Charlie y del Bataclan. Después del atentado contra los periodistas de Charlie Hebdo, todo el mundo ha reaccionado, se ha manifestado, personas del mundo entero han venido a las calles de París. Once meses más tarde se asiste a una carnicería espantosa, que no provoca sino asombro y silencio. Nadie en la calle. Nos hemos dado cuenta de que todo el mundo podía verse afectado por esos atentados, y que no era suficiente esgrimir los valores de la libertad o de la República para actuar contra este mal endémico que descompone nuestras vidas personales y también nuestra vida colectiva. Era necesario un trabajo de discernimiento que dura hasta hoy para comprender lo que pasa. Hoy comprendemos que nuestros valores de paz o de libertad tienen un precio, que exigen un combate y medios para ese combate.

También tenemos casos personales de conciencia… Por ejemplo, algunos cristianos se preguntan si deben hacer siempre lo que dice el papa o la Iglesia. ¿Se puede en conciencia tomar otro camino? ¿Cómo discernir?

Es una cuestión importante que a veces se plantea en el curso de un proceso. Algunas personas no son conscientes del límite entre el bien y el mal, o no saben lo que es el mal. ¿Cómo condenarles, entonces, si no tienen conciencia de haber actuado mal? No comprenden el sentido de su condena. En el marco de la fe, la conciencia me lleva a reconocer cosas buenas y otras que no son conformes al bien que la Iglesia busca en nombre de Cristo. La conciencia cristiana lleva a buscar el bien común que se manifiesta en la palabra de Cristo, y al que nos conduce por su muerte y su resurrección. Debemos esclarecer nuestra conciencia a la luz de esta revelación y esta luz debe permitirnos poner un límite entre el bien y el mal, y emitir un juicio. Cuando tengo un caso de conciencia, ilumino mi conciencia a la luz del Evangelio.

Pero puede darse que en conciencia una persona pueda decidir, por su propio bien, actuar en contradicción con lo que dice la Iglesia, por ejemplo, divorciándose o decidiendo abortar…

Estas personas deben seguir su conciencia hasta el final. Si una mujer se ve obligada a abortar, cualesquiera que sean las razones, y si se ha preguntado en conciencia en relación con su ambiente o en relación a la complejidad de la situación en la que se encuentra, tomará su propia decisión. Pero también se trata de una cuestión colectiva: ¿cómo acompañamos a estas mujeres que se encuentran en necesidad, que sufren muchísimo, y que se encuentran obligadas a hacer algo que la moral desaprueba? Quizás estas personas no han tenido ni la luz ni el apoyo necesarios. Si considera que la situación en la cual usted se encuentra es sencilla, y no tiene en cuenta la complejidad del mundo, a menudo tendrá usted una respuesta simplista. Se puede decir que el aborto es un crimen, pero ¿qué decir ante la persona cuya situación es complicada y que tiene poco tiempo para tomar una decisión?

¿Hasta dónde seguir la propia conciencia?

Como cristiano, diría que hay que seguirla hasta la luz del Evangelio, hasta el final del trabajo de discernimiento, para comprender el bien que Cristo quiere de mí. Y yo no puedo hacer esto en lugar de otro. Puedo ayudarle, puedo acompañarle, darle elementos que le ayuden a responder, pero no puedo dictarle su decisión.

Entonces, en último lugar, es la persona quien debe decidir.

Sí, y por eso la Iglesia pone de relieve la libertad de conciencia. La conciencia se relaciona con la libertad.

¿A la Iglesia le importa esta libertad?

Sí. La Iglesia no ejerce, como desgraciadamente puede hacer un poder tiránico. Garantiza la libertad de cada uno, insistiendo en que esta libertad está ordenada a la búsqueda de un bien que se fundamenta en el anuncio y la palabra de Cristo muerto y resucitado por nosotros.

Sylvain Gasser, asuncionista. Declaraciones recogidas por Sophie de Villeneuve en la emisión «Mille questions à la foi», en Radio Notre-Dame.

Hermann Scheipers, una vida de fe inquebrantable

El 29 de abril se conmemora el 76º aniversario de la liberación del campo de concentración de Dachau.

Por Isabel Rodríguez

Hay veces que sin proponérselo uno se encuentra ante situaciones inesperadas. Eso me sucedió hace tiempo. La primera vez que escuché de la existencia del campo de concentración de Dachau fue en la película El noveno día, dirigida por el alemán Volker Schlöndorff en 2004 basada en hechos reales y centrada en el Barracón de los Sacerdotes ‘Pfarrerblock’.

En ella plantea de manera extraordinaria el diálogo de conciencia entre un sacerdote católico y un oficial nazi. El protagonista de la película, Jean Bernard, un sacerdote de Luxemburgo. Hermann Scheipers coincidió con él ante las puertas de la cámara de gas y en aquella ocasión ambos se libraron milagrosamente de la muerte. Pero esa historia la contaré otro día.

Hermann Scheipers en Grandada (2011). En la chaqueta lleva cosido un trozo de tela del traje de prisionero con el triángulo rojo y el número de prisionero.

Dachau es un pueblo situado cerca de Múnich. El 22 de marzo de 1933, pocas semanas después de llegar Hitler al poder, se terminaron las instalaciones principales y se inauguró allí el primer campo de concentración. Se convirtió en una gigantesca estructura del sistema de terror del nacionalsocialismo. Junto a este complejo se construyó la ‘escuela de violencia’ para adoctrinar a los oficiales de la SS. Fue el inicio de una red de confinamiento forzoso que tomaría unas dimensiones inimaginables transformándose en un complejo sistema de la maquinaria asesina que invadió toda Europa.

El campo de concentración de Dachau comenzó siendo un campo reservado sólo para presos políticos, presos de conciencia y judíos. Entre los presos políticos se incluyeron posteriormente a todos los ciudadanos de los países sometidos por el nazismo y sobre todo a los que lucharon en la resistencia que se negaban arrodillarse ante los nazis. También los sacerdotes, obispos y religiosos católicos, así como algunos protestantes y ortodoxos eran considerados presos políticos. Eran identificados con un triángulo rojo cosido al traje junto a su número de preso. El verde identificaba a los criminales, el negro a los gitanos y pobres, la estrella amarilla (doble triángulo) a los judíos.

Por allí pasaron muchas personas que sufrieron vejaciones de todo tipo, trabajando en condiciones infrahumanas. El número de personas que allí murieron asesinadas o deportadas a los campos de exterminio nunca se sabrá con exactitud. Dachau recibió aproximadamente 206.000 internos, procedentes de más de 30 nacionalidades y se asesinaron al menos a 41.500 personas durante los 12 años que estuvo funcionando. Murieron de hambre, de un trato brutal, ejecuciones, experimentos médicos, en las cámaras de gas y epidemias de fiebre tifoidea. Según Scheipers de los 3000 sacerdotes en Dachau murieron cerca de 1000, de ellos 336 en las cámaras de gas.

Continúo este breve relato de la mano de Hermann Scheipers quien, con 24 años fue ordenado sacerdote. En verano de 1938 tuvo su primer encontronazo con la Gestapo. Scheipers dirá: “nunca pensé en ejercer resistencia política pero desde el inicio tenía la profunda convicción de que ser cristiano pasaba por el deber de ejercer una resistencia espiritual y que la manera más eficaz era el sacerdocio”. Pronto se convirtió en enemigo del estado para el régimen nazi. Scheipers recibió la misma acusación que Dietrich Bonhöffer, que fue ejecutado el 9 de abril de 1945, pocos días antes de la liberación del campo de concentración de Flossenbürg.

Para los nazis, los polacos eran considerados infrapersonas, condenadas a trabajos forzados y se les prohibió recibir cualquier tipo de atención religiosa y espiritual, así como asistir a las misas. Scheipers tomó la decisión de celebrar con ellos la Eucaristía ayudado de un traductor porque no sabía polaco. Él siempre sorteó las dificultades con astucia porque la necesidad y el amor a los demás agudiza el ingenio.

Desobedecer las prohibiciones oficiales del régimen nazi para atender a los inmigrantes polacos le costó la libertad. Esto le llevó a la prisión de Leipzig en 1940 acusado de ser un peligro para la estabilidad y seguridad del pueblo alemán y del estado, se le declaró enemigo del estado y pasó varios meses en la cárcel.

A finales de marzo de 1941 fue trasladado hasta la estación de trenes de Dachau, atado con grilletes como un criminal y paseado por los andenes atiborrados de gente, entre golpes y patadas lo subieron allí a un camión hasta llegar a su destino; el campo de concentración y se convirtió en el preso numero 24255.

El campo de concentración de Dachau fue el último territorio liberado por los aliados. Unos meses antes, cuando los nazis veían que iban perdiendo la guerra, Himmler ordenó que ningún prisionero debía caer con vida en las manos de los aliados. A partir de ese momento todas las deportaciones procedentes de otros campos de concentración tenía por destino el de Dachau. El desenlace final fue cruel.

A partir de enero de 1945 el campo se desbordó de presos llegando a 32.000 presos en condiciones de extremos insoportables de inhumanidad. Los presos nuevos que llegaban tenían que pasar por encima de cadáveres y moribundos para entrar a los barracones ya atestados. Muchos de ellos llegaban en camiones al descubierto, de manera que la mayoría morían congelados de frío o de hambre durante el trayecto. El 24 de abril se inició la operación conocida como la marcha de la muerte

Estas marchas de la muerte se dirigían a la frontera austriaca para que no quedara evidencia de los crímenes contra la humanidad cometidos en los campos de concentración. Se organizaban de forma escalonada por las noches para que no fuera demasiado visible y llamaran mucho la atención; durante el día se descansaba. Cuando pasaban por los pueblos sus habitantes abrían los ojos horrorizados ante el espectáculo dantesco del que eran testigos. Entre los vecinos todavía quedaban personas que no querían saber de la gravedad de lo que estaba sucediendo, preferían vivir engañados.

Finalmente este campo de concentración fue liberado por los aliados el 29 de abril de 1945. La guerra llegará a su fin, pero se presentía que el sufrimiento y la angustia se iban a prolongar en el pueblo alemán durante la postguerra.

Personalmente me acerqué al drama humano del campo de concentración de Dachau por la amistad con Hermann Scheipers. No sólo fue un superviviente de las dos guerras mundiales, sino que también se jugó la vida bajo los totalitarismos nazi y soviético. Cuando finalizó la Segunda Guerra Mundial decidió volverse a la zona de la República Democrática Alemana para asistir a los católicos y acompañarlos bajo la persecución de la Stasi del régimen soviético a los que vivían sometidos.

A Scheipers lo conocí en 2011 cuando lo invité a España con sus 97 años a dar unas conferencias. Son muchas las cosas que me impresionaron de él pero me quedo con su gran vitalidad y alegría. Estar cerca de él me transmitía fortaleza en la debilidad. Le mantenía una fe inquebrantable ante la adversidad que fue madurando en el sufrimiento. Cuenta en sus memorias que tenía miedo: “claro que tuve miedo muchas veces, pero nunca fue un miedo paralizante, desesperado. Me entregué a Dios y ahora era su amor el que tenía que responder por mi. He podido experimentar en prisión cómo las angustiosas preguntas por la incertidumbre se transformaban en preguntas de asombro ante la presencia de un Dios cercano”. Falleció en 2016 a los 102 años, ocasión que aproveché para viajar a su pueblo natal Ochtrup, cerca de Münster en Westfalia y poder darle el último adiós. Perdonó a sus enemigos y supo vivir hasta el final sin resentimiento.

Hay amistades que marcan para siempre, dejando una profunda huella en tu ser y ese milagro me sucedió con la amistad de Hermann Scheipers. Pudimos hablar en muchas ocasiones y su entusiasmo siempre me cautivó como si fuera la primera vez que me contaba sus historias. Me siento con la responsabilidad de darlo a conocer como testimonio de lucha y esperanza.

Estoy escribiendo un libro titulado Flores que salvan vidas sobre la desconocida experiencia de solidaridad en los campos de trabajo de Dachau y en el que llevo tiempo trabajando para seguir compartiendo testimonios de amor y entrega a los demás.

inmigración y migrantes

José Ramón Peláez: «Roma tiene hoy como Papa a un inmigrante»

Fuente: revistaecclesia.com

«Roma tiene hoy como Papa a un inmigrante. A un inmigrante del Sur. A un inmigrante de esos que por aquí llamamos con bastante desprecio “un panchito” o “un sudaca”. Hace siglos, san Dámaso, un esclavo, fue Papa de Roma. Pues bien, hoy el Papa es un inmigrante argentino». Este aspecto de la biografía del Santo Padre ha sido subrayado en la mañana del pasado sábado 17 de abril por el sacerdote José Ramón Peláez, uno de los intervinientes en las Jornadas de Delegados y Agentes de Pastoral de Migraciones que se han celebrado online este fin de semana. La ponencia de este profesor del Estudio Teológico Agustiniano de Valladolid ha girado en torno a «Las claves de Fratelli tutti sobre migraciones y novedades que aporta a la sociedad y a la Iglesia». Las jornadas, las cuadragésimas, tienen por tema «La integración en tiempos de pandemia», y su hilo conductor es el cuarto de los verbos del Pontífice: integrar.

Durante la misma jornada intervinieron el secretario general de la CEE y obispo auxiliar de Valladolid Luis Argüello, que habló sobre «Las migraciones en la sociedad y en la Iglesia en tiempos de pandemia: retos y oportunidades», y la responsable del Departamento de Migrantes y Refugiados de Cáritas Barcelona, Elizabeth Ureña, que lo hizo sobre «Los efectos de la pandemia en la población de origen marroquí». Los trabajos fueron inaugurados por los obispos Juan Carlos Elizalde (Vitoria, presidente de la Subcomisión Episcopal para las Migraciones y la Movilidad Humana) y José Cobo, auxiliar de Madrid y responsable del Departamento de Migraciones.

Francisco, hijo de la inmigración italiana en Argentina

El Padre Peláez, párroco en Olmedo (Valladolid), ha enfatizado en su intervención la condición migrante del Pontífice y de su familia. Lo ha definido como un pastor venido del sur que es hijo de la inmigración italiana en Argentina. Así, ha recordado cómo su abuela Rosa llegó a Buenos Aires en 1929 y que pese al calor que hacía ella no se quitaba el abrigo porque allí llevaba todos sus ahorros; cómo la familia conservó el dialecto que traía de Italia… Y ha comentado, asimismo, las dos experiencias que el propio Pontífice tuvo como emigrante, una de ellas en Alemania para hacer su tesis, donde pasó un par de meses añorando su tierra hasta el punto de que acudía a un cementerio desde el que veía despegar los aviones que partían rumbo a su querida Argentina.

Desde esta condición y experiencia migratoria se comprenden mejor todas las iniciativas que han puesto a los migrantes en el foco mediático en el pontificado: la visita a Lampedusa, el viaje a Lesbos, el apoyo a los rohingyas en su viaje a Miammar y Bangladesh, etc.

Triple sufrimiento de los migrantes

Peláez, doctor en Teología y especialista en Doctrina Social de la Iglesia, se ha vuelto a referir también —ya lo hizo ayer monseñor Argüello— al triple sufrimiento que experimentan los inmigrantes: el de tener que salir de su tierra, el que conlleva su viaje, lleno de peligros, y el que se produce a la llegada a los países de destino, donde en el mejor de los casos son tratados como diferentes.

El sacerdote del Prado se ha referido a la fraternidad y la amistad social de las que habla la Fratelli tutti. El otro, ha dicho, es como yo, el otro es mi hermano, hay un Padre común. Y esto ha de traducirse en la práctica en que lo que quiero para mí lo tengo que querer también para los demás, y viceversa. En este sentido, ha citado el punto 39 de la encíclica, que denuncia que en «algunos países de llegada», y aunque no se dice expresamente, en la práctica se considera a los inmigrantes «menos valiosos, menos importantes, menos humanos», siendo «inaceptable que los cristianos compartan esta mentalidad».

Dos tentaciones a superar: la de aceptarlos solo si los necesitamos y contemplarlos desde una óptica de miedo

El Papa, ha señalado también el Padre Peláez, nos pide que superemos «dos tentaciones». La primera, la de tratar a los inmigrantes desde una óptica mercantilista, que es la que pide el mercado: «aceptarlos en la medida en que son la mano de obra que necesitamos y solo para eso». Y la segunda, «la tentación de las identidades». Los nacionalismos cerrados, denuncia, definen quiénes somos «en exclusión de los demás, con una lectura del pasado que inventa muchas veces enemigos, y en una visión desde el miedo y la enemistad hacia los otros». Y eso hay que superarlo.

Para el Papa, para la Iglesia, toda persona esté donde esté es nuestro hermano. Y la acogida del diferente nos cura de dos enfermedades que están muy presentes hoy en nuestras sociedades: el virus del individualismo (intensificado por las redes sociales) y el nacionalismo cerrado.

El regreso del hijo pródigo

Esther Mateo

No sé la de veces que habré visto este cuadro en miles de reproducciones, pero la verdad es que no me atraía demasiado. La parábola del hijo pródigo no es de las que más me gusta, porque me incomoda. Yo soy el hijo mayor que no entiende por qué el padre perdona tan rápido a ese hijo derrochador, que se fue de esas maneras cerrando la puerta, para irse a vivir la vida loca y dejando atrás a su familia. 

Pero estos días he leído “El regreso del hijo pródigo” de Henri Nouwen, donde el autor nos cuenta el camino espiritual que hizo después de encontrarse con una reproducción de este cuadro en un momento de incertidumbre en su vida. Y ahora además de ver en ella  a Rembrandt en las distintas épocas de la vida, entiendo más lo que la parábola nos dice. 

Igual que Rembrandt, podemos ser los tres personajes en las distintas épocas de nuestra vida.  Como bien dice el autor, “soy el hijo pródigo cada vez que busco el amor incondicional donde no puede hallarse.” El resentimiento y el enfado del hijo mayor que puede convertirse en confianza y en gratitud. Siempre se puede elegir entre el resentimiento o la gratitud.  

Os dejo dos fragmentos del libro. 

“La gente que ha llegado a conocer la alegría de Dios no rechaza la oscuridad, pero elige no vivir dentro de ella. Creen que la luz que brilla en la oscuridad puede dar más esperanza que la oscuridad, y que un poco de luz puede disipar mucha oscuridad. Apuntan hacia los destellos de luz aquí y allí y recuerdan que esos destellos revelan la presencia de Dios oculta pero auténtica. Descubren que hay personas que se curan las heridas unos a otros, que se perdonan las ofensas, que comparten lo que tienen, que fomentan el espíritu de comunidad, que celebran los dones que han recibido, y que viven con anticipación constante la plena manifestación de la gloria de Dios.”

“Rembrandt retrata al padre como el hombre que ha trascendido los caminos de sus hijos. Su soledad y su ira podían haber estado allí, pero han sido transformadas por el sufrimiento y las lágrimas. Su soledad se ha convertido en una soledad infinita, su ira se ha convertido en una gratitud sin fronteras.”

Ahora veo un cuadro y una parábola que nos animan al cambio, a no quedarnos en la oscuridad, ni a que la amargura, ni la ira, ni el resentimiento avancen sin control. 

Luis Argüello - Ley de eutanasia

Mons. Argüello ante la aprobación de la ley de la eutanasia

Ante la aprobación de la Ley de la eutanasia en el Congreso de los Diputados, el secretario general de la CEE Mons. Luis Argüello ha manifestado los siguientes puntos:

La aprobación de la ley de eutanasia esta mañana en el Congreso de los Diputados y así ya de manera definitiva en las Cortes Generales, es una mala noticia. Desgraciadamente se ha buscado la solución de evitar el sufrimiento, provocando la muerte de quien sufre.

Eutanasia: 60.000 personas afectadas

Es dramático que en España haya 60.000 personas cada año que mueren con sufrimiento, pudiéndose remediar con una política adecuada de cuidados paliativos. Pero para eso, pensamos que este es un momento en favor de promover una cultura de la vida y de dar pasos concretos promoviendo un testamento vital o de declaraciones anticipadas que haga posible que los ciudadanos españoles manifiesten de una manera clara y determinada su deseo de recibir cuidados paliativos.

Su deseo de no ser objeto de la aplicación de esta ley de eutanasia, es un momento también para promover la objeción de conciencia y para promover todo aquello que tenga que ver con esta cultura de la vida que quiere tener una línea roja diciendo con fuerza: «no matarás, no provocarás de manera decidida la muerte para aliviar el sufrimiento, sino al contrario, cuidarás, practicarás la ternura, la cercanía, la misericordia, el ánimo, la esperanza para aquellas personas que se encuentran en el tramo final de su existencia, quizás en momentos de sufrimiento que necesitan consuelo, cuidado y esperanza».

Revolución francesa, revolución franciscana

Fernando Chica Arellano. Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA

“Libertad, igualdad, fraternidad”. Con este conocido lema se puede resumir la propuesta de la Revolución Francesa de 1789. En los dos siglos posteriores la política internacional ha basculado entre quienes subrayan, sobre todo, la libertad y los que son, más bien, partidarios de la igualdad (aunque, por supuesto, no se oponen ambas). En el camino casi todos parecen haber olvidado la importancia de la fraternidad, que constituye precisamente el foco de la encíclica Fratelli Tutti, publicada por el papa Francisco en el mes de octubre de 2020. Haciendo, pues, un sencillo juego de palabras, podríamos hablar de la revolución franciscana, en contraste con la añeja Revolución Francesa. Veámoslo con algo más de detalle.

Sobre la libertad
En el capítulo quinto de la Fratelli Tutti se dedica una sección a analizar los “valores y límites de las visiones liberales” (FT 163-169). Allí se aleja de “las visiones liberales individualistas, donde la sociedad es considerada una mera suma de intereses que coexisten. Hablan de respeto a las libertades, pero sin la raíz de una narrativa común” (FT 163). Por el contrario, la visión cristiana subraya la necesidad de respetar siempre la dignidad humana, lo cual “exige un Estado presente y activo, e instituciones de la sociedad civil que vayan más allá de la libertad de los mecanismos eficientistas de determinados sistemas económicos, políticos o ideológicos, porque realmente se orientan en primer lugar a las personas y al bien común” (FT 108).
Es decir, que la encíclica (como siempre ha hecho la Doctrina Social de la Iglesia) valora la libertad y, al mismo tiempo, pide una visión correcta de la misma, advirtiendo de sus posibles interpretaciones unilaterales o interesadas. “El derecho de algunos a la libertad de empresa o de mercado no puede estar por encima de los derechos de los pueblos, ni de la dignidad de los pobres, ni tampoco del respeto al medio ambiente, puesto que quien se apropia algo es solo para administrarlo en bien de todos” (FT 122). Dos ejemplos concretos de la historia reciente lo muestran con crudeza. Tras la crisis de 2007-2008, “parece que las verdaderas estrategias que se desarrollaron posteriormente en el mundo se orientaron a más individualismo, a más desintegración, a más libertad para los verdaderos poderosos que siempre encuentran la manera de salir indemnes” (FT 170). La actual crisis del coronavirus muestra que “la fragilidad de los sistemas mundiales frente a las pandemias ha evidenciado que no todo se resuelve con la libertad de mercado y que, además de rehabilitar una sana política que no esté sometida al dictado de las finanzas, tenemos que volver a llevar la dignidad humana al centro y que sobre ese pilar se construyan las estructuras sociales alternativas que necesitamos” (FT 168).
Más allá del ámbito económico, la encíclica advierte del riesgo de una información sin sabiduría, de las ambigüedades de los medios de comunicación social, que se han visto agudizadas por el uso aplastante de Internet. En este contexto, el Papa señala que “la libertad es una ilusión que nos venden y que se confunde con la libertad de navegar frente a una pantalla. El problema es que un camino de fraternidad, local y universal, solo puede ser recorrido por espíritus libres y dispuestos a encuentros reales” (FT 50).

Sobre la igualdad
También la igualdad sirve como principio orientador de la convivencia y como reto que nos obliga a mirar con ojos críticos nuestro modelo de sociedad. Sabemos que la ciudadanía“ se basa en la igualdad de derechos y deberes bajo cuya protección todos disfrutan de la justicia” (FT 131) y que, por tanto, “no hay ninguna diferencia entre ser el dueño del mundo o el último de los miserables de la tierra: ante las exigencias morales somos todos absolutamente iguales” (FT 209). Pero, en la práctica, “muchas veces se percibe que, de hecho, los derechos humanos no son iguales para todos” (FT 22) y podemos preguntarnos, con razón, “si verdaderamente la igual dignidad de todos los seres humanos, proclamada solemnemente hace 70 años, es reconocida, respetada, protegida y promovida en todas las circunstancias. […] ¿Qué dice esto acerca de la igualdad de derechos fundada en la misma dignidad humana?” (FT 22).
Como en el caso de la libertad, puede haber errores y desenfoques en el modo de entender la igualdad. Por ejemplo, no se trata de proponer “un universalismo autoritario y abstracto, digitado o planificado por algunos y presentado como un supuesto sueño en orden a homogeneizar, dominar y expoliar. Hay un modelo de globalización que conscientemente apunta a la uniformidad unidimensional y busca eliminar todas las diferencias y tradiciones en una búsqueda superficial de la unidad” (FT 100). Por el contrario: “Cuánto necesita aprender nuestra familia humana a vivir juntos en armonía y paz sin necesidad de que tengamos que ser todos igualitos” (FT 100).
“Tampoco la igualdad se logra definiendo en abstracto que ‘todos los seres humanos son iguales’, sino que es el resultado del cultivo consciente y pedagógico de la fraternidad” (FT 104). De hecho, “el individualismo no nos hace más libres, más iguales, más hermanos. La mera suma de los intereses individuales no es capaz de generar un mundo mejor para toda la humanidad. Ni siquiera puede preservarnos de tantos males que cada vez se vuelven más globales. Pero el individualismo radical es el virus más difícil de vencer. Engaña. Nos hace creer que todo consiste en dar rienda suelta a las propias ambiciones, como si acumulando ambiciones y seguridades individuales pudiéramos construir el bien común” (FT 105).

Sobre la fraternidad
Toda la encíclica Fratelli Tutti es un canto a la amistad social y a la fraternidad. Recojamos, ahora, solo algunas frases que ayuden a iluminar nuestro tema. En el nivel práctico, es claro que “los sueños de la libertad, la igualdad y la fraternidad pueden quedar en el nivel de las meras formalidades, porque no son efectivamente para todos” (FT 219). En el plano teórico, además, sabemos que “la razón, por sí sola, es capaz de aceptar la igualdad entre los hombres y de establecer una convivencia cívica entre ellos, pero no consigue fundar la hermandad” (FT 272).
“La fraternidad no es solo resultado de condiciones de respeto a las libertades individuales, ni siquiera de cierta equidad administrada. Si bien son condiciones de posibilidad no bastan para que ella surja como resultado necesario. La fraternidad tiene algo positivo que ofrecer a la libertad y a la igualdad. ¿Qué ocurre sin la fraternidad cultivada conscientemente, sin una voluntad política de fraternidad, traducida en una educación para la fraternidad, para el diálogo, para el descubrimiento de la reciprocidad y el enriquecimiento mutuo como valores? Lo que sucede es que la libertad enflaquece, resultando así más una condición de soledad, de pura autonomía para pertenecer a alguien o a algo, o solo para poseer y disfrutar. Esto no agota en absoluto la riqueza de la libertad que está orientada sobre todo al amor” (FT 103).

No olvidemos estas palabras. Interioricémoslas y recemos a su luz, con toda humildad, pidiendo a Dios que derrame abundantemente su amor en nuestros corazones, para que, como hijos suyos, tratemos a los que nos rodean como auténticos hermanos.

Desde abajo, con los últimos

Fuente: Iglesia Navarra

Autor: Fernando Chica Arellano

Desde el comienzo de la encíclica Fratelli Tutti, la presencia de san Francisco de Asís se hace evidente. Él “sembró paz por todas partes y caminó cerca de los pobres, de los abandonados, de los enfermos, de los descartados, de los últimos” (FT 2). En un mundo marcado por la violencia y la desigualdad, el hijo de Pietro Bernardone “acogió la verdadera paz en su interior, se liberó de todo deseo de dominio sobre los demás, se hizo uno de los últimos y buscó vivir en armonía con todos” (FT 4).

Al acabar esta misma encíclica, el papa Francisco se refiere, como una de sus fuentes de inspiración, al beato Carlos de Foucauld. “Él fue orientando su sueño de una entrega total a Dios hacia una identificación con los últimos, abandonados en lo profundo del desierto africano. En ese contexto expresaba sus deseos de sentir a cualquier ser humano como un hermano, y pedía a un amigo: ‘Ruegue a Dios para que yo sea realmente el hermano de todos’. Quería ser, en definitiva, ‘el hermano universal’. Pero solo identificándose con los últimos llegó a ser hermano de todos” (FT 287).

Como puede verse en estos dos ejemplos, la perspectiva para vivir la fraternidad universal pasa, necesariamente, por una óptica concreta: situarse cerca de los pobres, en el reverso de la historia. En los siguientes párrafos invito a explorar este camino, tal como aparece formulado en Fratelli Tutti.
Comentando la parábola del Buen Samaritano, en el segundo capítulo de la encíclica, dice el Sumo Pontífice: “Es posible comenzar de abajo y de a uno, pugnar por lo más concreto y local, hasta el último rincón de la patria y del mundo, con el mismo cuidado que el viajero de Samaría tuvo por cada llaga del herido” (FT 78). Sabemos, ciertamente, que “el amor al prójimo es realista y no desperdicia nada que sea necesario para una transformación de la historia que beneficie a los últimos” (FT 165). Aquí encontramos un principio encarnado de vida espiritual. Las mediaciones serán variadas y deben ser creativas. Pero el foco está claro: “Esta caridad, corazón del espíritu de la política, es siempre un amor preferencial por los últimos, que está detrás de todas las acciones que se realicen a su favor” (FT 187).

Por ello, señala Su Santidad, “la procura de la amistad social no implica solamente el acercamiento entre grupos sociales distanciados a partir de algún período conflictivo de la historia, sino también la búsqueda de un reencuentro con los sectores más empobrecidos y vulnerables” (FT 233). En concreto, necesitamos reconocer que “sólo la cercanía que nos hace amigos nos permite apreciar profundamente los valores de los pobres de hoy, sus legítimos anhelos y su modo propio de vivir la fe. La opción por los pobres debe conducirnos a la amistad con los pobres” (FT 234). Este punto nos lanza un reto que cada cual debe acoger y encarnar en su mundo de relaciones habituales. Al hacerlo, se nos abrirán nuevos horizontes.

Concretamente, podemos aprender que “los últimos en general practican esa solidaridad tan especial que existe entre los que sufren, entre los pobres, y que nuestra civilización parece haber olvidado, o al menos tiene muchas ganas de olvidar. Solidaridad es una palabra que no cae bien siempre […] La solidaridad, entendida en su sentido más hondo, es un modo de hacer historia y eso es lo que hacen los movimientos populares” (FT 116). Se trata de agrupaciones que brotan desde abajo, “que aglutinan a desocupados, trabajadores precarios e informales y a tantos otros que no entran fácilmente en los cauces ya establecidos”, que “gestan variadas formas de economía popular y de producción comunitaria”, que suponen un “torrente de energía moral que surge de la incorporación de los excluidos en la construcción del destino común” y que son “experiencias de solidaridad que crecen desde abajo, desde el subsuelo del planeta” (FT 169). De este modo, pasamos ya del ámbito relacional al terreno propiamente social y político.

Porque, en realidad, esta perspectiva desde abajo y desde los últimos es la que permite avanzar hacia un desarrollo humano integral, superando “esa idea de las políticas sociales concebidas como una política hacia los pobres pero nunca con los pobres, nunca de los pobres y mucho menos inserta en un proyecto que reunifique a los pueblos” (FT 169). Como Iglesia, estamos siempre invitados a realizar ese desplazamiento hacia los pobres; más aún, estamos llamados a estar con los pobres y a convertirnos, cada vez más, en una Iglesia austera, sobria, donde los desvalidos nunca se sientan postergados u olvidados, una Iglesia, en definitiva, en la que los necesitados hallen un hogar, un ámbito fraterno que los acoja, socorra y comprenda.

La visión cristiana, la mirada evangélica, la perspectiva samaritana piden ubicarnos “sobre todo con los últimos” (FT 233). Como dice el Santo Padre, “si hay que volver a empezar, siempre será desde los últimos” (FT 235). Así lo cantó la Virgen María en el Magnificat, reconociendo que Dios “derribó del trono a los poderosos y engrandeció a los humildes; colmó de bienes a los hambrientos y a los ricos los despidió sin nada” (Lc 1, 52-53). No es casualidad que, años después, su hijo Jesús sentenciara: “Los últimos serán primeros y los primeros serán últimos” (Mt 20, 16).

 

Madre Iglesia

Martín Descalzo

Amo a la Iglesia, estoy con tus torpezas,

con sus tiernas y hermosas colecciones de tontos,

con su túnica llena de pecados y manchas.

Amo a sus santos y también a sus necios

amo a la Iglesia, quiero estar con ella.

Oh, madre de manos sucias y vestidos raídos,

cansada de amamantarnos siempre,

un poquito arrugada de parir sin descanso.

No temas nunca, madre, que tus ojos de vieja

nos lleven a otros puertos.

Sabemos bien que no fue tu belleza quien nos hizo hijos tuyos,

sino tu sangre derramada al traemos.

Por eso cada arruga de tu frente nos enamora

y el brillo cansado de tus ojos nos arrastra a tu seno.

Y hoy, al llegar cansados, y sucios, y con hambre,

no esperamos palacios, ni banquetes, sino esta

casa, esta madre, esta piedra donde poder sentarnos.

Lo que Europa le debe al cristianismo

Rafael Narbona

Durante estas navidades, el Parlamento Europeo ha rechazado la propuesta de exponer un Belén en su sede, alegando que podría resultar ofensivo. Cuesta trabajo comprender qué puede resultar ofensivo en una tradición que ha acompañado a la sociedad europea durante siglos. No es un secreto que la identidad de Europa es una síntesis de Roma, Grecia y Jerusalén. Si prescindimos de algún aspecto de este legado, mutilamos nuestro propio ser. El cristianismo no ha aportado tan solo la Buena Noticia, el nacimiento de Jesús, un niño judío que se revelará como el Hijo de Dios, materializando la promesa del Antiguo Testamento, según el cual la herida abierta por el pecado original solo se cerrará cuando un Salvador restaure el equilibrio roto por el hombre.

Entiendo que para muchos este razonamiento solo es mitología. Conviene recordar que las Sagradas Escrituras no pretenden ser un relato de hechos históricos contrastables mediante la metodología de las ciencias sociales, sino una narración con una dimensión mítica y un significado trascendente. Si no fuera así, no se comprendería que el robo de una manzana fuera el origen de las desgracias de la humanidad. Esa manzana quizás nunca existió y simplemente simboliza la transgresión de las normas que protegían la vida. De hecho, la muerte de Abel es una consecuencia directa del pecado original, que introdujo la violencia en las relaciones humanas, desoyendo el mandato espontáneo de no matar que nos asalta cada vez que contemplamos el rostro ajeno.

El cristianismo es un humanismo radical

Con independencia de las cuestiones teológicas, el cristianismo no se ha limitado a aportar esperanza, lo cual no es poco, sino que además ha cimentado una interpretación del hombre y la historia basada en valores atemporales, como la fraternidad, el perdón, la paz y la solidaridad. Para el cristianismo, no hay judíos y gentiles, hombres civilizados y bárbaros, patricios y esclavos, varones y mujeres, sino seres humanos con una dignidad inalienable. Nadie es insignificante. Cualquier vida posee un valor incuestionable. Frente al egoísmo, el cristianismo incita al desprendimiento y la generosidad. El clamor contra la injusticia recorre el Evangelio y el Antiguo Testamento. Los pobres, los hambrientos, los que sufren no deben ser abandonados a su suerte. Su dolor es un escándalo y hay que hacer todo lo posible por mitigarlo. Eso sí, la lucha por la justicia no puede servir de pretexto para empuñar la espada. Hay que renunciar a la violencia y la venganza. Los pacíficos son los verdaderos hijos de Dios. El amor al prójimo debe extenderse a los enemigos. Quizás pueda parecer una idea ingenua o inhumana, pero sin esa predisposición, las heridas siempre permanecerán abiertas. Europa no ha conocido una paz duradera hasta que las naciones con una tradición de enemistad han decidido estrecharse la mano, enterrando su historial de agravios mutuos.

En el cristianismo, el amor al prójimo no es algo marginal, sino una idea central. San Juan escribe: “Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, está mintiendo. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?”. El cristianismo es un humanismo radical. Pone a la persona en el centro de la vida moral y social, señalando que el hombre siempre es un fin y nunca un medio. No somete al individuo a los designios de la Historia o la Naturaleza, que justifican su inmolación, apelando a una hipotética plenitud futura. Algunos dirán que las hogueras de la Inquisición ignoraron este planteamiento. Sería absurdo negarlo, pero conviene aclarar que la Inquisición constituyó una gravísima infidelidad al Evangelio.

La Iglesia Católica no ha logrado permanecer al margen de las convulsiones de la historia. Su mensaje ha sido utilizado para justificar ideologías opuestas a sus principios más elementales. Pienso en el antisemitismo, que nace de la injusta acusación contra el pueblo judío de ser los responsables de la muerte de Jesús. Nunca me cansaré de repetir que Jesús fue ejecutado por Roma, que le consideró un alborotador más, uno de esos mesías que aparecían de vez en cuando, incitando a la rebelión. El cristianismo no es la negación del judaísmo, sino su continuación. Una hagadá de la Torá formula con inequívoca nitidez el pilar de la moral: “No hagas a tu prójimo lo que no quieres que te hagan a ti; todo lo demás es comentario”. Debemos esa “regla de oro” al rabino Hilel el Sabio (h. 110 a. C.-10 d. C.), el primer erudito que sistematizó la interpretación de la Torá escrita. En su ‘Vida de Jesús’, Ernest Renan sostiene que Hilel fue el maestro de Jesús de Nazaret. El cristianismo siempre estará ligado al judaísmo. Los Cristos rubios y de ojos azules son una grotesca caricatura que ignora los hechos históricos (Jesús probablemente tuvo la piel morena, los ojos oscuros y el cabello corto), fomentando un antisemitismo hondamente anticristiano.

La religión como pretexto

Se ha responsabilizado al cristianismo de las guerras que asolaron Europa a partir de la Reforma, pero lo cierto es que esos conflictos no nacen de disputas religiosas, sino de la búsqueda de la hegemonía de unas naciones sobre otras. La religión sirvió de pretexto. Nunca fue la causa principal. Lejos de abogar por la guerra, el cristianismo destaca la responsabilidad de cada ser humano en relación a sus semejantes. El examen de conciencia y el sentimiento de culpa nos obligan a reflexionar sobre nuestros actos y a reparar el daño causado. La culpabilidad no es un simple lastre, sino un reconocimiento objetivo de nuestros errores y un estímulo permanente para corregirlos y superarlos. La culpabilidad sería estéril sin la posibilidad del perdón. Gracias al perdón, podemos librarnos del pasado. No estamos encadenados a él como si fuera algo muerto e inalterable. Ser perdonados significa poder reescribir lo que sucedió, avanzando hacia un futuro con nuevas posibilidades. Todas las legislaciones de países democráticos se hacen eco de esta idea, señalando que el sentido de las penas no es castigar, sino rehabilitar al infractor. Jesús nunca escatimó el perdón y siempre mostró predilección por los pecadores.

El cristianismo no se mostró hostil a la carne ni al sexo. Postuló la resurrección del cuerpo y el alma porque entendió que la persona es existencia encarnada, una conjunción indivisible. Sin cuerpo, no hay historia. Es la vía de inserción en lo real y lo que nos permite forjar una identidad. El odio al sexo no es una herencia cristiana, sino una vieja enseñanza gnóstica que san Agustín asimiló, desviándose del espíritu del Evangelio. El cristianismo tampoco es enemigo de la ley. Cuando Jesús pide que se paguen los impuestos, reconoce la dimensión comunitaria del individuo. No es posible una vida humana al margen de la sociedad.

Ser ciudadano no es una opción, sino una necesidad y una obligación. Eso sí, las sociedades que utilizan al hombre como medio y no como fin carecen de legitimidad y cabe la desobediencia. En los Hechos de los apóstoles, Pedro afirma: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. La invitación a la comunidad de bienes que circula por el Evangelio incorpora a la política una perspectiva utópica. No se trata de una utopía basada en la violencia revolucionaria, sino en el ejercicio de la razón. No es posible la paz y la prosperidad en un mundo con grandes desigualdades. Solo cuando comprendamos que la verdadera felicidad consiste en compartir, saldremos de esa lógica de la acumulación y el consumo que nos convierte en esclavos de los bienes materiales.

La fuerza de la libertad

El cristianismo es una “moral abierta”, como señala Henri Bergson, que se fundamenta en la libertad. Podemos abrazarla o no. No es una “moral cerrada” que se impone mediante la fuerza. No podría ser de otro modo en una filosofía que invita a poner la otra mejilla y a compartir con nuestros semejantes el manto, la túnica o lo que sea preciso. El cristianismo siempre se solidariza con el más débil. Por eso cambió la situación de los niños en el mundo antiguo. En Roma, la vida del recién nacido dependía de la voluntad del ‘pater familias’. Si éste repudiaba al niño, se le abandonaba a la intemperie, expuesto a los elementos y a las fieras. Jesús advierte que la vida de los niños es sagrada y que más valdría atarse una rueda de molino y arrojarse al mar antes que causarles cualquier daño. Su actitud no es menos favorable hacia la mujer. Se ha recriminado al cristianismo la discriminación y postergación de la condición femenina. Ese reproche debería más bien dirigirse a las distintas iglesias, pues Jesús se rodeó de mujeres y todo indica que muchas desempeñaron un papel muy importante en las primeras comunidades.

El respeto a los derechos humanos es la piedra angular del proyecto europeo y ese compromiso no ha surgido de la nada. Es anterior a la Ilustración y, de hecho, el humanismo de los ‘philosophes’ es nítidamente cristiano. El ateísmo fue un fenómeno marginal en el Siglo de las Luces. Predominó un anticlericalismo inspirado por el rechazo a la intervención de la Iglesia Católica en los asuntos políticos. Desgraciadamente, se juzga al cristianismo por las infidelidades de la Iglesia, siempre sujeta a las imperfecciones humanas, y no por sus grandes aportaciones al progreso moral de la cultura occidental. El cristianismo depuró la herencia grecolatina y las enseñanzas de la tradición judía mediante el humanismo del Evangelio, alumbrando la idea de una civilización basada en leyes justas que garantizaran la igualdad de derechos, la protección del más débil y la fraternidad con otros pueblos.

Negarse a exponer un Belén en el Parlamento Europeo significa darle la espalda a ese legado, ocultando sus raíces históricas y filosóficas. El hispanista Joseph Pérez afirmaba que sin el cristianismo, España se parecería al norte de África, donde las ideas democráticas aún soportan una fuerte resistencia. Puede extenderse su reflexión al resto de Europa. El comportamiento del Parlamento Europeo evoca los problemas de Jesús y María para hallar posada, cuando el nacimiento de Jesús era inminente. Es un gesto con un indudable parentesco con la tendencia de Europa a levantar muros y no puentes, cerrando el paso a los inmigrantes. Un Belén en el Parlamento Europeo, lejos de ofender, podría haber servido para recordar que lo ético y humano es la acogida, y no la indiferencia o el rechazo.

Francisco durante un encuentro de COPAJU 2019

Devolver a los pobres lo que es suyo

Fuente: Alfa y Omega

En dos mensajes a jueces de América y África, Francisco ha subrayado  que el derecho a la propiedad privada no es «absoluto e intocable», pues depende del principio del «destino universal de los bienes».

El Papa ha advertido a jueces de América y África de que «ninguna sentencia puede ser justa, ni ninguna ley legítima, si producen más desigualdad, más pérdida de derechos, indignidad o violencia». Lo hizo en dos vídeos enviados al encuentro intercontinental de jueces Construcción de la nueva justicia social, organizado por el Comité Panamericano de Juezas y Jueces por los Derechos Sociales y la Doctrina Franciscana (COPAJU).

El primero de los vídeos era un saludo en el que los felicitaba por la iniciativa de «pensar, de codificar, de construir la nueva justicia social». Un proyecto que resulta «un bálsamo reparador» en una sociedad en la que se «mira con cierta desconfianza y recelo» a quienes deben decidir lo que es justo.

Con un concepto de la administración de justicia alejado de lo intelectual o burocrático, el Santo Padre pidió a los jueces tomar conciencia de «todo lo que pueden ayudar mediante su rectitud y compromiso». En cada decisión, añadió, tienen la oportunidad de «hacer una poesía que cure las heridas de los pobres, que integre el planeta, que proteja a la madre tierra y toda su descendencia. Una poesía que repare, redima y nutra».

Devolver a los pobres «lo que es suyo»

Un segundo videomensaje del Pontífice se centró en seis claves desde las que, en su opinión, debe basarse esa nueva justicia social que se buscaba en el encuentro. La última de ellas, a la que dedicó más atención, es la llamada a ser «solidarios al luchar contra las causas estructurales de la pobreza, la desigualdad, la falta de trabajo, de tierra y de vivienda»; también al luchar «contra quienes niegan los derechos sociales y laborales» y contra la cultura «que lleva a usar a los demás» y acaba arrebatándoles su dignidad.

Francisco subrayó que cuando los jueces resuelven un caso dando «a los pobres las cosas indispensables, no les damos nuestras cosas, ni las de terceros, sino que les devolvemos lo que es suyo». En este sentido, recordó que «la tradición cristiana nunca reconoció como absoluto e intocable el derecho a la propiedad privada», sino que «subrayó siempre la función social de cualquiera de sus formas».

Esto se debe, añadió el Papa, a que este es «un derecho natural secundario derivado del derecho que tienen todos, nacido del destino universal de los bienes creados». Por ello, «no hay justicia social que pueda cimentarse» en la inequidad y «la concentración de la riqueza».

Realidad frente a la indiferencia

El resto del mensaje desgranaba las restantes cinco claves. La primera es «no pensar desconectados de la realidad»; una realidad que incluye que «una pequeña parte de la humanidad vive en la opulencia», mientras que se ignoran la dignidad y los derechos de «una cantidad cada vez más numerosa» de personas.

En segundo lugar, el Papa definió la justicia como «una obra colectiva», en la que todas las personas de buena voluntad saben que «lo justo es una tarea que ha de conquistarse todos los días», porque la tentación de la injusticia se produce a «cada minuto». Por ello son necesarios el compromiso y una actitud samaritana para «hacernos cargo del dolor del otro». Un paso más a partir de este punto es combatir la indiferencia. «Tenemos que asumir que nos hemos acostumbrado a pasar de lado, a ignorar las situaciones hasta que nos golpean directamente», advirtió Francisco.

Las siguientes dos claves son la perspectiva histórica y de pueblo. Quienes quieren administrar justicia con perspectiva social deben hacerlo con una reflexión histórica, contemplando «las luchas, los triunfos y las derrotas», así como el sacrificio de «quienes dieron su vida por una humanidad plena e integrada». Esta mirada los llevará a tomar conciencia de que son parte del pueblo. Es más, a los creyentes «Dios nos pide ser pueblo de Dios, no elite de Dios»; pues de esta segunda mentalidad surgen los «clericalismos» que llevan a «trabajar para el pueblo pero nada con el pueblo».