1º de mayo, renta básica y Doctrina Social de la Iglesia, por Luis Argüello

La pandemia COVID-19, con sus consecuencias sanitarias y el confinamiento exigido para evitar su expansión, ha suscitado un reconocimiento unánime del valor del trabajo. Así, se aplaude la entrega del personal sanitario, de quienes trabajan en tiendas, supermercados y farmacias; también Fuerzas Armadas y Policía; personal de limpieza y trabajadores del campo, transportistas, trabajadores de mercados centrales; profesores, periodistas, profesionales de medios de comunicación social; quiosqueros; sacerdotes, trabajadores de servicios sociales y residencias de ancianos; también el teletrabajo y el reparto de lo adquirido online, las reflexiones sobre la situación y las producciones artísticas. Así como la actividad de voluntarios, vecinos, trabajo doméstico, etc. Un extraordinario elogio de la actividad humana en favor del bien común. Un aplauso al trabajo como expresión de la dignidad humana, de la capacidad de servicio, de generación de riqueza —bienes y servicios— y de relación con otros, entretejiendo la vida social.

Resuena la afirmación de la Doctrina Social de la Iglesia: «El trabajo pertenece a la condición originaria del hombre y precede a su caída; no es, por ello, ni un castigo ni una maldición» (CDS 256). Pero también, en estas semanas de vértigo y quietud, millones de personas pierden el trabajo o ven amenazado su empleo, en una situación en la que ya muchos estaban en paro o habían recuperado un trabajo en condiciones precarias después de la crisis.

Ya en 2019 había quien escribía esta reflexión en una intervención pública: «Parecía que la crisis económica estaba superada y se anuncia otra. En realidad, quizá sea la misma: un escenario mundial de lucha —con las viejas reglas de poder y división internacional de funciones, recursos y personas— en el enorme desafío de la cuarta revolución industrial. Si la economía es global, no somos ajenos al hambre de tantos. Experimentamos una gran inquietud por el futuro del trabajo y del Estado del Bienestar. Alguno anuncia que la travesía de la crisis nos conduce a «una nueva normalidad» —este concepto, surgido en el año 2010, lo expuso institucionalmente el entonces presidente del Deutsche Bank, el suizo Josef Ackermann, el 5 de septiembre del 2011. Trabaja, desde entonces, sobre este oxímoron el Foro de Davos que, desde 2016, estudia cómo encauzar la irremediable crisis del Estado del Bienestar con millones de descartados por la revolución tecnológica. El profesor Niño-Becerra, en El crash. Tercera fase, dice: «La nueva normalidad será vivir en una sociedad sesgada, con desempleo estructural, un subempleo elevadísimo y una desigualdad enorme. Solo se compensará con el trinomio social: la renta básica, ocio gratuito y marihuana». Puede parecer una boutade, pero da pistas.

El confinamiento provocado por la COVID-19 paraliza la vida social y económica y acelera muchos procesos ya en marcha: teletrabajo, control de la población, renta básica, transición hacia el modelo económico, social y cultural propiciado por la revolución tecnológica, con un protagonismo grande de la biopolítica: ecología, hombre exponencial e inteligencia artificial, salud y trashumanismo. La pandemia intensificará las inversiones en salud, referencia central del progreso y sustitutivo de la salvación.

El debate sobre la renta a ofrecer para paliar la crisis del Estado del Bienestar y las consecuencias de la 4ª revolución industrial es sin duda importante. La tremenda crisis económica global provocada por la pandemia lo ha transformado en urgente, con el riesgo de sentar unas bases sobre su desarrollo que, movidas por lo urgente, eviten a la sociedad el necesario debate sobre el sentido del trabajo como fuente de riqueza y expresión del protagonismo personal y social en la convivencia y el camino histórico.

La fase actual del capitalismo financiero y tecnológico, liderado por las grandes corporaciones de la información, une su condición tecnocrática en el control de la economía, a una propuesta compasiva y moralista en la cultura y las formas de vida que tiene como finalidad última el poder; éste anula la libre conciencia con el señuelo de ofrecer más y más libertades que no cuestionen el marco de su paradigma tecnocrático y cultural. Desde ese marco es fácil condicionar la política global y nacional. Es un ámbito donde caben propuestas de capitalismo ortodoxo, populismos, ONGs y todos los altavoces de lo políticamente correcto. Hay liberales y socialdemócratas, China y Estados Unidos, espiritualistas y secularistas. Resulta cada vez más difícil utilizar los esquemas decimonónicos de izquierdas y derechas. La realidad del sufrimiento es tozuda y grita, y juzga esta situación histórica como a todas. Surge una tentación: anular el sufrimiento, anulando a los que sufren.

La llamada renta básica ha sido propuesta en los últimos años por economistas de casi todo el espectro ideológico, ya como Renta de Garantía de Ingresos (RGI), llamada por otros Ingreso Mínimo Vital, o como Renta Básica Universal (RBU). Para unos es una forma de sustituir el Estado del Bienestar en el nuevo tiempo, para otros un desarrollo más pleno del Estado social de derecho. Ambas tienen sus complicaciones técnicas y de financiación. Son asuntos en los que no entro, pues no son de mi competencia y pertenecen al ámbito de la genuina libertad en la acción política. Pero sí quiero realizar algunas consideraciones.

La primera es poner siempre delante a los empobrecidos a consecuencia de situaciones personales, familiares o de la injusta situación económica. Su sola existencia reclama cercanía y propuestas. Ahí se sitúa el IMV, que quizá sea siempre necesario, pues pobres siempre caminan a nuestro lado.

El trabajo expresa el ser de la persona en el hacer y ese mismo hacer tiene consecuencias en el ser y su desarrollo. Incorpora al sujeto trabajador a la construcción del común, promociona —empodera, dice la neolengua políticamente correcta— personal y socialmente. Entra en relación con el capital en un coloquio imprescindible para ofrecer en el devenir histórico los bienes y servicios que cada generación precisa. Pero el trabajo tiene una prioridad sobre el capital que no ha de olvidarse al organizar sus relaciones. La retribución del trabajo es el salario, la del capital la renta. Si las llamadas rentas básicas, ya RGI o RBU, no promocionan el trabajo, el riesgo de que el capital que las genera, estatal o privado, explote a muchos y arranque el protagonismo histórico a la mayoría es muy grande. Generar dependencias es un instrumento habitual de dominadores. Todo bien y servicio es hijo del trabajo, no de la renta. Por eso dice el Papa Francisco: «Tal vez sea tiempo de pensar en un salario universal capaz de garantizar y hacer realidad esa consigna tan humana y tan cristiana: ningún trabajador sin derechos. Quiero que pensemos en el proyecto de desarrollo humano integral que anhelamos, centrado en el protagonismo y el acceso universal a esas tres T que ustedes defienden: tierra, techo y trabajo». «El trabajo es un derecho fundamental y un bien para el hombre, un bien útil, digno de él, porque es idóneo para expresar y acrecentar la dignidad humana» (CDS 287).

Por ello, la clave está en generar, con un respeto grande a la realidad, una economía que promocione, para lo cual, quizá sea necesario —en tiempo de pandemia sin duda— un ingreso vital abierto a la promoción y al trabajo digno. Pero no se puede hablar de rentas mínimas sin plantearnos la justificación de las rentas máximas.

En el Día del Trabajo 2020 es conveniente proponer un nuevo pacto social que convoque al mercado, al Estado y a la gratuidad de la sociedad civil; pero no basta, conviene repensar el valor del trabajo, el sentido del progreso, el papel de la familia y los estilos de vida en un programa de gobierno para el bien común. Pero no será posible liberarse de las ataduras del gnosticismo tecnocrático y del pelagianismo moralista, falsamente compasivo, sin una fuerte espiritualidad.

Que san José Obrero interceda por nosotros para impulsar el plan para resucitar como propone el Papa Francisco: Este es el tiempo favorable del Señor, que nos pide «no conformarnos ni contentarnos y menos justificarnos con lógicas sustitutivas o paliativas que impiden asumir el impacto y las graves consecuencias de lo que estamos viviendo».

Por Luis Argüello, Secretario general de la CEE y obispo auxiliar de Valladolid

Fuente: Revista Ecclesia

Rechazamos el aborto porque somos de izquierdas

Todos los partidos políticos parlamentario de derecha y de izquierda defienden el sistema capitalista y todos ellos son abortistas.

Durante el gobierno de Aznar el aborto aumentó en España el 37%. La política del PP en esa materia provocó que, de hecho, se practicara el aborto libre. Zapatero lo legalizó como derecho, a la vez que aplicaba un programa político y económico neoliberal-capitalista. El actual gobierno del PP ha retirado su reforma sin plantear ninguna medida para la erradicación del aborto, ni de las causas políticas, económicas y culturales que subyacen.

Porque somos socialistas, nos oponemos al aborto y a su legalización. Por la misma razón que nos oponemos a todo atentado a la vida: pena de muerte, torturas, hambre, armamentismo, guerras, destrucción del entorno natural…

Sostenemos que son los valores que la izquierda debe defender. Somos socialistas autogestionarios, porque defendemos la socialización de los medios de producción, porque luchamos contra la explotación del hombre por el hombre, contra la explotación del imperialismo sobre los pueblos. También porque defendemos la vida humana como valor supremo.

En el mundo han sido regímenes totalitarios, comunistas, nazis y liberales capitalistas, los que han legalizado el aborto. Han sido hombres como Robert McNamara el de Vietnam y el Banco Mundial, quienes más han impulsado la aceptación del aborto, los que lo han impuesto como algo conveniente para dominio del capital multinacional. Hitler lo negó para su “raza” aria, pero lo impuso para los demás sobre su dominio.

Hay vida, y vida humana personal en el óvulo fecundado que anida en la madre. Y se destroza una vida humana (horrible crueldad) al destruirle. No es parte del cuerpo de la madre; es un ser humano distinto. Como los ancianos, como los discapacitados, los incurables… todos aquellos a los que la permisión del aborto pone en la lista de futuros condenados, porque no se les va a considerar personas humanas con derecho a la vida, sino partes molestas de una sociedad que no les considera “productivos”.

No hay en nuestros días una afirmación más reaccionaria –contra todo lo que se diga-que la del derecho de una persona sobre la vida del hijo no nacido. Es el derecho de propiedad más absoluto concebible, más allá del derecho del amo sobre el esclavo. Y es una vergüenza para la izquierda que levante la bandera de ese pretendido derecho. Y más aún, que se deje que la derecha monopolice hipócritamente la oposición al mismo.

Rechazamos esa postura vergonzosa, de la que la izquierda, en la medida que han avanzado los conocimientos de embriología, tiene que liberarse. No sólo somos de izquierda y rechazamos el aborto, sino que lo rechazamos precisamente por serlo. La vida humana es un valor supremo desde la concepción hasta la muerte natural. Y a partir de esta afirmación tenemos que desarrollar una acción decidida contra el hecho real del aborto combatiendo las causas, ayudando eficazmente a las familias, asistiendo legal y socialmente a la madre soltera, tanto a la que desea quedarse con su hijo como a la que quiera darlo en adopción.

El aborto es un odioso acto de violencia realizado contra los no nacidos y contra las madres. La izquierda debe hacer que el vientre de la madre sea el lugar que la naturaleza ha hecho que sea: el lugar más protegido. Y que la sociedad entera lo sea también, para la madre y para los niños, antes y después de nacer

El cura Tomás Malagón anticipó la Venezuela de hoy hace casi setenta años

«Básicamente se refería a la existencia de grandes diferencias sociales y situación de injusticia»

Del caos que vive hoy Venezuela habló entonces el sacerdote español Tomás Malagón. Exactamente en enero de 1962 escribió al arzobispo de Valencia con un informe respecto de su estancia de mes y medio en Venezuela.

Malagón explicaba que la situación del país llevaba a alguna forma de «castrismo».

Básicamente se refería a la existencia de grandes diferencias sociales y situación de injusticia. Ante esa situación la respuesta eclesial era de religiosidad popular piadosa y un laicado de conciencia social muy baja. Vio un pueblo piadoso y unas organizaciones católicas sin vigor.

El sencillo y valiente Malagón también le proponía un plan. Una serie de cursillos que se dedicaran a la formación de militantes, un semanario técnicamente bien hecho de alto sentido moral y la constitución de una serie de pequeños grupos (¡creía que bastaban cien!) que conocieran la legislación venezolana y trabajaran por su mejora desde partidos y sindicatos que no estuvieran desprestigiados.

No sabemos los debates que se dieron entonces entre los que recibieron el mensaje.

Lo que sí sabemos es que no se le tuvo realmente en cuenta. Casí setenta años después vemos que Don Tomás tuvo razón.

Don Tomás no era un visionario. Era un hombre profundamente creyente que conocía bien el Ver-Juzgar-Actuar del que amigos y enemigos dicen tantas tonterías.

Experimentar el método de encuesta lleva a saber por donde puede ir el mundo en el que se vive y actuar adecuadamente para transformarlo.

Lo de Venezuela hoy ocupa portadas y no es cuestión baladí, pero menos baladí es la cuestión de fondo que planteaba Malagón: El cristiano ha de conocer la realidad en que vive y ha de hacer una inmersión en ella que la transforme realmente. Para ello no vale un cristianismo tradicional o de formas externas, para ello no es suficiente la Acción Católica. Para ello hacen falta militantes (no demasiados, no más de cien grupos de cinco a siete personas, para un país como Venezuela) que se tomen en serio la caridad política.

¿Los tiene la Iglesia española? Nos tememos que tampoco. Y nos tememos que el Congreso de Apostolado Seglar del que se habla no dé ni un solo paso en esa dirección.

Malagón se quedó sin carrera eclesiástica, sin carrera civil, sin prestigio. Su diócesis le marginó. Los curas carcas decían que hacía el juego al comunismo mientras los progres le acusaban de anticuado.

Entre los grupos que le admiramos tampoco le tomamos hoy demasiado en serio. No fue un visionario pero supo amar y ver hacia adelante. Los quietistas de todos los tiempos decidieron y deciden no escuchar su grito de angustia. Hoy Venezuela lo paga caro.

¿Y España? Lo mismo. Hoy se vuelven a escenificar las dos Españas porque ni en una ni en otra hay cien pequeños equipos que pongan su carne en la caridad política.

Eugenio Rodríguez