Creer en tiempo de coronavirus

¿Cómo creer cuando aparecen las desgracias? ¿con perplejidad? ¿pasándose a la incredulidad? ¿o son ocasión magnífica para crecer en la fe? Una fe del paleolítico es una fe mágica. Esa que entiende que Dios es un caprichoso a veces feliz, a veces sádico que reparte bienes y desgracias; eso se parece más a los dioses viejos que al Dios cristiano.

Una desgraciada lectura del “Pidan y se les dará” hace pensar a mucho creyentes que la realidad depende de la insistencia humana. Triste imagen de diosecillos ancestrales. No es ese el Dios de Jesús.
(Recomiendo la entrevista al teólogo Martín Gelabert)

Dios no envía el coronavirus ni lo elimina. Dios es el Creador sí, y es omnipotente sí. Pero la omnipotencia no puede hacer círculos cuadrados, ni amores egoístas, ni asistencialismos promocionantes, ni liberaciones esclavizantes. Dios no se desentiende nunca de la humanidad, ni de cada uno, pero abrió un espacio a la libertad y la naturaleza; y él mismo (sobre todo en Jesucristo) padeció esas mismas condiciones.

Las beaterías de siempre han aprovechado para disparar contra los creyentes y obispos que respetan esta fe y han sugerido que sea de cobardes y sumisos aplicar a los actos litúrgicos las recomendaciones sanitarias para cualquier reunión. Hay quienes creen que por andar Dios por medio se dejan de lado las condicionantes de cualquier acto social. Un vino consagrado, si también contuviera veneno, no dejaría de contener ese veneno. Seamos normales. Las beaterías de siempre han relatado que solo los obispos polacos han propuesto que haya más Misas. Pero las Misas en que se junte tanta gente como en el 8M de Madrid tendrán las mismas consecuencias sanitarias que aquella reunión.

La presencia del coronavirus quizá haga dar un paso más en el convencimiento de que como dice Francisco en “Laudato si”, “todo está conectado”; el que vea la vida de manera individualista vive realmente en el Paleolítico y si su fe es individualista es una fe de aquella época. La suspensión de actos católicos y no de los actos del 8m quizá sea porque los católicos tenemos una relación con nuestra fe que incluye la razón. Es una relación integral, no fanática. Y lo es porque hemos avanzado. En otras épocas teníamos esa relación poco racional, semimágica. Hoy aquella forma vieja de relación es la que tienen en buena parte del feminismo (y lo mismo pasa con parte de nacionalismo y ecologismo).

Aceptando suspender actos religiosos no manifestamos que seamos sumisos, sino que creemos con la Iglesia que “la Gracia no anula la naturaleza” y si hay condiciones sociales de infección no va a dejar de haberla porque el acto sea piadoso. Creo más bien, aunque no lo diga así exactamente el Catecismo, que forma parte de la libertad de Dios, haber renunciado a ese poder. Es algo similar a muchos padres que no imponen algunas cosas a sus hijos porque un día encendieron con amor esa chispa de libertad en sus corazones. Porque, como dice Francisco, quieren seducir, no imponer. Dios, como los padres que conozco, trabajan por encender la chispa del amor, no la impone.

No es que seamos sumisos, es que distinguimos -como Francisco- la técnica de la tecnocracia. Nos oponemos a la tecnocracia, la técnica encastillada en su poder, el negocio de las multinacionales de la farmacia, la distinción entre clases dentro del sistema sanitario y tantas otras cosas. Sin embargo, con la misma fuerza con que nos oponemos a la tecnocracia manifestamos nuestro amor y reconocimiento por la técnica. Valoramos los esfuerzos de los profesionales, las investigaciones de los científicos, las propuestas consensuadas, el sinfín de tareas pequeñas que hacen avanzar. Es la vieja relación entre la razón y la fe. Una relación circular, convergente, dialéctica, enriquecedora.

Creer en tiempos de coronavirus es aceptar las propuestas inteligentes, razonables, científicas y no imaginar que las cosas se arreglan amontonando rezos. Orar es imprescindible para seguir trabajando en medio del cansancio, para encajar las dificultades, para aceptar que nos equivocamos a veces, para cuidarse y cuidar de los otros. La oración es muy importante pero no a medida de mi capricho sino la oración cristiana.

Creer en tiempos de coronavirus es saber aprender. Se ha puesto de manifiesto que de esta no puede salir cada uno por su cuenta. Ni solo por la acción de las instituciones. Hace falta la persona en su íntima decisión y hacen falta las instituciones. Es tiempo de aprender que no sirve ni el pánico ni la superficialidad. Es tiempo de aprender que cada profesión debe ser una vocación ejercida por amor y no por dinero. Es tiempo de aprender a compartir, de poner en juego las cualidades. Es tiempo de practicar “de cada cual según sus posibilidades, a cada cual según sus necesidades”; por eso los jóvenes se ofrecen a hacer la compra a los mayores, los niños aprenden a jugar a otras cosas, las profesiones todas se preguntan cómo amar más y mejor.

Creer en tiempos de coronavirus es ver todo el dolor económico que conlleva esta pandemia. Ya hay quien ha dicho que la crisis económica generará más muertes que el virus. El paro mata y el paro ha aumentado. Es razonable que los funcionarios se planteen la solidaridad con los autónomos; o mejor dicho los altos funcionarios con los bajos autónomos, porque de todo hay. Qué pasa con los que se quedan en paro en cosa de todos. Los filósofos del libre mercado esperamos que mejoren sus ideas a la vista de la realidad. Está claro ya que tanto el mercado como el estado resultan insuficientes por si mismos.

También habrá que darse cuenta de que una sociedad avanzada necesita que no haya personas que no llegan a fin de mes trabajando. Es necesario incluso tener un patrimonio solidario que permite afrontar estos imprevistos. La Iglesia defiende esto, con cierta timidez desde León XIII y con más fuerza desde Pablo VI. Hay que promover una economía que no haga solo limosna con quien cae en una emergencia; es necesaria una economía que cambie el corazón mismo del sistema.

Habrá que preguntarse si la investigación está enfocada a las grandes necesidades de la humanidad o hay cualidades investigadoras dedicadas a caprichos de élites minoritarias. Habrá que preguntarse también por la gestión política. No para exigir que no se cometiera ningún error pero sí para preguntarse si algunos con cualidades políticas prefirieron la comodidad de no bajar a esa arriesgada arena, sí para preguntarse si en vez de servir algunos fueron a la política a servirse.

Creer en tiempos de coronavirus exige plantearse que en cuanto pase la pandemia habrá que preguntarse por cómo construir una sociedad realmente justa. Porque la justicia social hará que los virus se encuentren una población más sana, más preparada, más prevenida. Si hay justicia no habrá personas para quienes lo de “quedarse” en casa no sea un auténtico calvario porque la casa misma es incómoda o insalubre; parecen olvidar algunos que a veces la casa no es tal; los “sin techo” siguen existiendo, los campamentos de refugiados y los CIEs siguen existiendo.

Creer en tiempos de coronavirus es dedicar tiempo y reflexión a una perspectiva crítica. Es bueno preguntarse por nuestra falta de prevención, es necesario criticar la frecuente dedicación de la capacidad investigadora a lo que es negocio en vez de al bien común.

Creer en tiempos de coronavirus es experimentar que ya nunca más es posible una vivencia egoísta. Que todos somos solidarios. Queramos o no caminamos hacia la solidaridad. Eso sí, creo, Dios lo quiso así. La humanidad tiene ante sí una gran oportunidad.

Eugenio Rodríguez

La Iglesia, mujeres con hombres

En 2018, el Premio Nobel de la Paz fue otorgado de forma conjunta a un hombre y una mujer, señala la teóloga y biblista francesa Anne-Marie Pelletier, ganadora del premio Ratzinger en 2014. La mujer es Nadia Murad quien, como tantas otras mujeres yazidíes víctimas del Isis, fue secuestrada, esclavizada y sometida a una violencia sexual abominable. Tras lograr escapar gracias a la ayuda de una familia musulmana de Mosul, y después de ser recibida en Alemania, decidió dedicarse a defender a su pueblo.

El hombre es Denis Mukwege, un médico congoleño que ayuda a mujeres de la región de Kivu, en la República Democrática del Congo, víctimas de violaciones de guerra y mutilaciones. “Juntos –escribe Pelletier– son testigos de una resistencia humana más poderosa que las fuerzas del mal que humillan, esclavizan y destruyen…”.

Este doble Premio Nobel, un contrapunto de una actualidad que destaca «una verdadera humillación internacional de las mujeres», indica una ocasión para ser aprovechada: la de no limitarse a «un cara a cara armado entre los sexos» o «a solo la promoción de la paridad en el reparto de poderes y responsabilidades». Porque, y esta es la piedra angular de su ensayo ‘L’Église, des femmes avec des hommes’, (Le Cerf, 2019), “la verdad final de nuestra humanidad sexual es la aceptación de nuestra dignidad común, que hace de los hombres y las mujeres compañeros y colaboradores, en la búsqueda común de una vida feliz que culmina en su celebración recíproca”.

Una verdad antropológica “que concierne a toda la humanidad, pero que entra directamente en contacto con lo que está en juego en la salvación que la fe profesa al poner la alianza en el centro de la relación con Dios”. Para Pelletier es urgente reparar la relación hombre-mujer. Se trata de un trabajo en profundidad en el que la Iglesia puede y debe ser profética. Aunque solo sea porque Jesús da el ejemplo, en el contexto que le es propio, de una forma inédita de relacionarse con las mujeres.

Teología femenina

Pero, ¿cómo puede ser profética? Respondiendo, como lo hace Anne-Marie Pelletier, a la llamada del Papa Francisco a elaborar una teología “intrínsecamente femenina”. “No se trata de saturar de lo femenino la verdad teológica”, señala la teóloga. “Sería solo reproducir en simetría la tradición masculina anterior. Se trata de una necesidad, la de acceder a una visión plenaria, por lo tanto bifocal, de las cosas de la humanidad y de las cosas de Dios, que no es solo una justicia, sino también una solicitud de principios, ya que la reflexión hace referencia a las Escrituras que, desde su primera mención de la humanidad, la definen a través de su calidad de imagen de Dios y la articulación dentro de ella de la diferencia de los sexos”. Esto implica al mismo tiempo una presencia más incisiva de las mujeres en las áreas de reflexión y decisión de la Iglesia y una reflexión profunda sobre el «signo de la mujer»: como no pueden ser ordenadas al sacerdocio, observa la teóloga, las mujeres recuerdan que el sacramento del bautismo no puede ser rebasado.

“Restablecer al sacerdocio bautismal su centralidad –continúa– no significa que esta pueda privarse de una estructura ministerial, dando una cabeza al cuerpo eclesial y garantizando una función de presidencia, que se ocupe del servicio de la unidad y la caridad. El problema a tratar se refiere más bien al lugar respectivo de cada uno de los dos sacerdocios y su justa articulación para el bien de la vida de los cristianos. En el caso específico, se trata de asegurar que las provocaciones de los tiempos conduzcan a explicar de forma nueva la función y la necesidad del sacerdocio ministerial”.

Sacerdocio que debe entenderse tanto como “la visibilidad de Aquel que ha prometido a sus discípulos: ‘Estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo’”, que como “sustituto visible de la invisibilidad de Cristo que ya ha entrado en su Gloria”, en este nuestro tiempo “penúltimo”. Aquí, entonces, está el posible y poderoso “signo de la mujer” expresado como anuncio del Reino. Siempre que este signo se pueda decir y ver. Al mismo tiempo, se dirige a la fidelidad al Evangelio y a la credibilidad de la palabra cristiana en el mundo.

 

Fuente: Vida Nueva Digital

Claves laicales para la acogida al forastero

Soy Raquel Martínez, mujer, madre de cuatro niños, ingeniera de caminos y actualmente trabajo en el sector de las energías renovables. ¿Qué como he acabado siendo delegada de migraciones de mi Iglesia local? Ni yo misma lo sé…

Mi vida comunitaria ha estado dentro de asociaciones cristianas (como el Movimiento Cultural Cristiano y Encuentro y Solidaridad) que quieren poner a los más débiles y empobrecidos en el centro. Y en estas asociaciones he aprendido que cuando tu madre, la Iglesia, te pide una aportación, cuesta decirle que no.

Mi experiencia de ser migrante, soy chilena y española, y viví en Chile hasta los 12 años, me ayuda a entender lo que es vivir lejos de la tierra que te vio nacer, tener siempre a parte de la familia lejos, y amigos en muchos sitios.

De entrada, el trabajo en la Delegación de Migraciones es una labor que se escapa a mis capacidades y posibilidades. Por eso el primer reto es recoger y enlazar con el gran trabajo de mis antecesores. Y a partir de ahí la mirada puesta en configurar un equipo, un grupo de amigos que se entusiasmen con esta tarea. Tarea, a la que Francisco nos está marcando las pautas. Su mensaje para la Jornada Mundial del migrante y refugiado del 2019 comenzó como suele hacer la Iglesia: escuchando el clamor de la humanidad. Para llegar a la conclusión de que son los pobres quienes más sufren las consecuencias de este mundo de desencuentro. En este escenario, las personas migrantes, refugiadas, desplazadas… se han convertido en emblema de la exclusión.

Partiendo de esta mirada, me atrevo a plantear esquemáticamente algunas claves para el compromiso laical con las migraciones, partiendo de los grandes principios de la DSI, que se deberían reflexionar en el Congreso de Laicos 2020, que tendrá lugar en febrero en Madrid.

1) «Toda persona tiene derecho a migrar». CARIDAD (Acoger)

La acogida al forastero no solo no es ajena a nuestro ser cristiano, sino que es algo consustancial. La migración es un hecho constante en la historia de la salvación. El caminar errante está presente desde el momento mismo de la formación del pueblo hebreo hasta la comunidad de cristianos que nos consideramos peregrinos en esta tierra. Es Jesús quien pide a sus discípulos que vayan a recorrer los caminos sin nada, siendo su patria sus sandalias. Forastero en todas partes vamos siempre en busca de una patria mejor (Hb 11,14-16). Este es uno de los pilares de la pastoral con inmigrantes, y a decir verdad, la Iglesia en España está respondiendo, pues son cientos las asociaciones y colectivos que se desviven por ayudar al hermano que viene de fuera y por romper los miedos y los falsos tópicos que otros muchos quieren agitar con finalidad política nada cristiana.

Con alegría estamos viviendo en Zaragoza la puesta en marcha de la Mesa de la Hospitalidad. Iniciativa de acogida y también de encuentro entre la Iglesia y el Ayuntamiento de Zaragoza, trabajando en un objetivo común: dar posada a las familias refugiadas que llegan a nuestra ciudad

2) «Toda persona tiene derecho a NO tener que migrar». PROFETISMO (Proteger)

Este principio, que se nos olvida con más frecuencia, creemos debe ser otro de los pilares de la acción en pastoral de migraciones. En el actual contexto socio-político, antes incluso que el derecho a emigrar, hay que reafirmar el derecho a no emigrar, es decir, a tener las condiciones para permanecer en la propia tierra, repitiendo con san Juan Pablo II «es un derecho primario del hombre vivir en su propia patria». Y eso pasa indudablemente por la denuncia profética de las injustas relaciones entre países enriquecidos y empobrecidos. Las sociedades más enriquecidas no podemos desinteresarnos del problema migratorio y menos aún endurecer las leyes, especialmente si la brecha entre los países ricos y pobres, de la cual se originaron las migraciones, se vuelve cada vez mayor. En este sentido queremos fomentar la colaboración, con realidades de denuncia y de creación de conciencia. En Zaragoza hemos comenzado a colaborar con los círculos del silencio que junto con otros luchan por el cierre de los Centros de internamiento de Extranjeros (CIES). Cierre que también han pedido valientemente nuestros pastores (CEE, comisión de migraciones sept 2019)

3) «Un solo corazón». UNIDAD (Integrar y promover)

Estamos llamados a la unidad, que no es lo mismo que uniformidad. La pastoral de migraciones, después de una incuestionable labor de acogida pastoral al hermano que sufre el desarraigo, debe favorecer la integración en las comunidades cristianas locales. De lo contrario corremos el peligro de perpetuar guetos pastorales. La pastoral de migraciones como un especie de lanzadera para que los migrantes se incorporen plenamente a las labores de las parroquias, de las delegaciones, de los movimientos y de las asociaciones laicales. Y desde allí aporte y enriquezca las comunidades locales con todo su bagaje, cultura y experiencia. Y más pronto que tarde dejar de sentirse forastero, recordando esas palabras de S. Pablo con clara vocación internacionalista: «Ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino ciudadanos y familia de Dios (Ef 2, 19)».

La inmigración ha supuesto, y sigue suponiendo hoy, motivo de grandes desgarros y de inmensos sufrimientos. Pero desde una mirada de fe no es menos cierto que las migraciones han supuesto y deben suponer ocasiones privilegiadas para el avance de la humanidad, la cultura del encuentro y la fraternidad universal, como nos vuelve a interpelar Francisco.

Raquel Martínez
Delegada Episcopal de Migraciones de la Diócesis de Zaragoza

El Señor nos pedirá cuentas en el momento del juicio

“Es necesario denunciar y enjuiciar a los traficantes que explotan y maltratan a los migrantes, sin temor a revelar connivencia y complicidad con las instituciones” pero también se deben dejar de lado “los intereses económicos” para enfocarse en la persona.

Al final de las audiencias de la mañana del pasado 19 de diciembre, el Santo Padre Francisco se encontró con los refugiados llegados recientemente de Lesbos gracias a  los pasillos humanitarios e hizo colocar una cruz en la entrada al Palacio Apostólico desde el Patio del Belvedere en memoria de los migrantes y refugiados.

Publicamos a continuación el discurso que el Papa dirigió a los presentes durante el encuentro:


Discurso del Santo Padre

Este es el segundo chaleco salvavidas que recibo como regalo. El primero me lo dio hace unos años un grupo de socorristas. Pertenecía una niña que se ahogó en el Mediterráneo. Se lo di a los dos Subsecretarios de la Sección de Migrantes y Refugiados del Dicasterio para el Servicio de Desarrollo Humano Integral. Les dije: «¡Esta es vuestra misión!». Con esto quería subrayar el compromiso ineludible de la Iglesia de salvar la vida de los migrantes, para que después puedan ser acogidos, protegidos, promovidos e integrados.

Este segundo chaleco, entregado por otro grupo de socorristas hace apenas unos días, pertenecía a un migrante que desapareció en el mar el pasado mes de julio. Nadie sabe quién era ni de dónde venía. Sólo se sabe que su chaleco se encontró a la deriva en el Mediterráneo central el 3 de julio de 2019, en determinadas coordenadas geográficas. Nos enfrentamos a otra muerte causada por la injusticia. Sí, porque es la injusticia la que obliga a muchos migrantes a abandonar sus tierras. Es la injusticia la que les obliga a cruzar los desiertos y a sufrir abusos y torturas en los campos de detención. Es la injusticia la los rechaza y los hace morir en el mar.

El chaleco «viste» una cruz de resina de colores, que quiere expresar la experiencia espiritual que capté en  las palabras de los socorristas. En Jesucristo la cruz es fuente de la salvación, «necedad para los que se pierden -dice san Pablo- más para los que se salvan, -para nosotros- es fuerza de Dios» (1 Cor 1, 18). En la tradición cristiana la cruz es un símbolo de sufrimiento y sacrificio y, al mismo tiempo, de redención y salvación.

Esta cruz es transparente: representa un desafío para  mirar con más atención y buscar siempre la verdad. La cruz es luminiscente: quiere alentar nuestra fe en la resurrección, el triunfo de Cristo sobre la muerte. También el emigrante desconocido, que murió con la esperanza de una nueva vida, comparte esta victoria. Los socorristas me contaron cómo están aprendiendo humanidad de las personas que logran salvar. Me revelaron cómo en cada misión redescubren la belleza de ser una gran familia humana, unida en la fraternidad universal.

He decidido mostrar aquí este chaleco salvavidas, «crucificado» en esta cruz, para recordarnos que debemos tener los ojos abiertos, tener el corazón abierto, para recordar a todos el compromiso imperativo de salvar toda vida humana, un deber moral que une a los creyentes y a los no creyentes.

¿Cómo podemos dejar de escuchar el grito desesperado de tantos hermanos y hermanas que prefieren enfrentarse a un mar tormentoso antes que morir lentamente en los campos de detención libios,  lugares de tortura y esclavitud innoble? ¿Cómo podemos permanecer indiferentes ante los abusos y la violencia de los que son víctimas inocentes, dejándoles a merced de traficantes sin escrúpulos? ¿Cómo podemos «dar un rodeo», como el sacerdote y el levita de la parábola del Buen Samaritano (cf. Lc 10,31-32), haciéndonos responsables de sus muertes? ¡Nuestra desidia es pecado!

Doy gracias al Señor por todos aquellos que han decidido no permanecer indiferentes y se prodigan para socorrer al desventurado, sin hacerse demasiadas preguntas sobre cómo o por qué se toparon con  ese pobre medio muerto en su camino. No se resuelve el problema bloqueando los barcos. Debemos comprometernos seriamente a vaciar los campos de detención en Libia, evaluando y aplicando todas las soluciones posibles. Debemos denunciar y perseguir a los traficantes que explotan y maltratan a los migrantes, sin temor a revelar connivencias y complicidades con las instituciones. Los intereses económicos deben dejarse de lado para que la persona, cada persona, cuya vida y dignidad son preciosas a los ojos de Dios, esté en el centro. Debemos socorrer y salvar, porque todos somos responsables de la vida de nuestro prójimo, y el Señor nos pedirá que demos cuenta de ello en el día del juicio. Gracias.

Ahora, mirando este chaleco y mirando la cruz, que cada uno rece en silencio.

El Señor os bendiga a todos.

José Cobo. Por el cuidado de la casa común. Coop25 Laudato Si’

Palabras de Don José Cobo, obispo auxiliar de nuestra archidiócesis, en la Oración convocada poco antes de la Marcha por el Clima con motivo de la COP25, en la que participaron diversos grupos y movimientos católicos codo con codo con numerosas entidades civiles.

(Mt 16,2-3) Dijo también Jesús a la gente: — Cuando veis que una nube aparece por poniente, decís que va a llover, y así sucede. Y cuando sopla el viento del sur, decís que hará bochorno, y lo hace. ¡Hipócritas! Si sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no sois capaces de interpretar el tiempo en que vivís? ¿Por qué no discernís por vosotros mismos lo que es recto?

Queridos todos:

Orar es un don que viene de Dios mismo.

Es una oportunidad para unirnos y reconocer quienes somos: criaturas de Dios, llamadas a presentar nuestra vida, la de nuestros hermanos y la de la creación entera en la que vivimos. Presentarla y aprender a contemplar en ella al mismo Dios que la trabaja y habita.

Oramos agradecidos porque hoy de forma más intensa, tomamos nueva conciencia de que Dios, en su designio de Amor, nos ha creado y nos ha colocado en vital relación de amor con la casa común donde quedamos enraizados.

Oramos antes de un gran acto público que comenzamos aquí, en un templo. Será un encuentro con miles de sensibilidades y perspectivas, pero que tiene en común el escuchar el grito único del Planeta. Grito que también traemos a este templo y a nuestros corazones.

Oramos en el marco de una gran cumbre: La Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones unidas sobre el cambio climático. Al realizarse en nuestra ciudad, vemos un signo y una oportunidad para abrirnos a la fuerza y sencillez de la oración como vida para toda la humanidad. La oración transforma, nos enraíza en la realidad y nos sintoniza con la acción de Dios.

La oración nos hace pobres y nos pide colocar la realidad ante este Dios que está amando todo lo que ha creado, y se sigue fiando de nosotros, como desde el comienzo, para hacer crecer su obra en la dirección de su bondad y amor.

También la oración nos pone a la escucha de la voz de Dios sobre la casa común y la vida del ser humano en ella.  Así, desde la escucha a Dios, encontramos las claves para saber cómo podemos ser sus manos. Manos, en este proyecto de restauración que comenzó en la Resurrección de Cristo para decirnos que hay Esperanza ante todo lo que significa pecado, muerte y destrucción.

Esta es la mejor forma de situarnos en este tiempo de Adviento en el que vivimos.   

Decía Tomas Merton que el Adviento es el comienzo del fin de todo lo que en nosotros no es todavía Cristo. Por eso esperamos lo que San Pablo nos dice con solemnidad y claridad: “esperamos que Dios lo sea todo en todos y en todas las cosas” (1 Cor 15, 28). Ese es su proyecto.  Y ha querido realizarlo “Humanamente”: por eso nos vemos en la necesidad de ponernos a la escucha de este Dios que tiene voz humana, y que llega a nosotros en la bondad del ser humano.

Escuchando la voz de Dios percibimos que nace en un pesebre, abrigado por la creación, por los ángeles y las criaturas del campo y por las estrellas.  Contemplando su humanidad abrigada por la creación, nuestra forma de ser personas aprende a ser más humana y aprendemos al tiempo a situarnos en la Casa Común por los caminos en los que el mismo Dios se hace hombre.

Permitidme traer ahora tres signos para orar con ellos y dejar que nos pongan delante de Dios.  Espero que nos hablen y nos sirvan para reconocer por donde llega Cristo  

1.- Traigo un puñado de tierra.

Esa que queda poca en nuestras ciudades de hormigón y cristal.

Tierra que nos habla de nuestro suelo, de dónde venimos, y el lugar concreto donde cada uno somos seres humanos.

Presentamos nuestra Tierra.

Dios nos llama a actuar localmente. A ser concretos. A poner acciones concretas a las palabras. Dios mismo nos enseña pues El crea tocando el barro y dando formas concretas.

La cumbre de Madrid nos hace caer en la cuenta de la riqueza de grupos, sensibilidades y experiencias de esperanza ante el grito de la Creación.

Hay muchas experiencias, desde mil espacios de nuestra sociedad, que están sembrando buenas prácticas para luchar contra el cambio climático y por el desarrollo sostenible.

Necesitamos y pedimos al Espíritu Santo que nos de generosidad para afrontar las medidas necesarias que la tierra espera. Los estudios muestran, como dice el Papa, “que los compromisos actuales de los estados para mitigar el cambio climático y adaptarse a él, distan mucho de ser los que realmente se necesitan para alcanzar los objetivos establecidos en el Acuerdo de Paris”.

Es necesario mucha generosidad para que las palabras no se alejen de las obras concretas.

Gracias a los que concretáis.

El Adviento nos enseña el valor de la pobreza y de lo concreto, como aparece en Belén, en el pesebre, Dios hecho carne.  Desde ahí aprendemos a sintonizar el corazón y descubrir el valor de la Esperanza. Y siempre empieza por lo pequeño y lo pobre, y desde ahí todo se transforma. Creemos por eso que en los pequeños gestos cambiamos a la humanidad. Actuar localmente transforma.

Agradecemos hoy esos gestos del día a día que se van implantando y que son como estrellas que nos ayudan a todos.  Gestos de generosidad, sobriedad, solidaridad y honradez.

2.- Ofrecemos una pancarta. (Es la que irá en nombre de todos los católicos en la manifestación) 

Es signo de nuestra manera de ser ciudadanos y ciudadanas creyentes, que caminan con todos los que trabajan por el bien común.

Una pancarta para despertar la conciencia. Es necesario generar espacios de sensibilización.

Una pancarta para caminar con quienes emprenden caminos de solución y toma de postura.

Una pancarta al filo de la Encíclica Laudato Si del Papa Francisco.

La fe nos lleva a apoyar las iniciativas y a crear nuevos caminos si es preciso.  

Apoyamos iniciativas de ciudadanía global. Damos la mano a quien marche hacia políticas y economías que traten sobre la Vida y el ser humano. No las que tratan sobre el arte de hacer dinero, o dividir a la humanidad en desarrollada y no desarrollada.

Buscaremos fuerzas en la oración para unirnos y aportar la luz de Dios en el desarrollo de sistemas que sostengan a todas las criaturas, que se orienten hacia la Justicia Social. Porque sabemos que esta Justicia solo funciona si se cree profundamente en la Vida.

Desde la fe, como ciudadanos, con el Papa Francisco pedimos y apoyamos   el trabajo   con una voluntad política y económica clara, previsora y decidida para que se dediquen   más recursos humanos, financieros y tecnológicos para mitigar los efectos negativos del cambio climático y para ayudar a las poblaciones ms vulnerables y más afectadas por el calentamiento global. Para fomentar la solidaridad y reforzar los fuertes vínculos entre la lucha contra el cambio climático y la pobreza.

La oración nos ofrece luz y fortaleza para dar voz a los sin voz, y para unirnos al paso de esta parte de la sociedad que toma conciencia activa del clamor y de la necesidad de mantener un planeta sano para hoy y para el futuro.

Y no solo necesitamos cambios políticos y económicos. El Papa Francisco, además, nos pone delante de la educación como un nuevo lugar donde llevar esta pancarta de preocupación. Oremos porque podamos reflexionar con las nuevas generaciones como afrontar esta conversón social y ecológica sin caer en las trampas del pasado como los modelos de consumo y producción, hasta la educación que hemos ofrecido sobre la dignidad humana.

Con esta esperanza y este compromiso presentamos al Señor esta pancarta:  para despertar conciencias y para caminar como creyentes con nuestros hermanos y hermanas y con las criaturas que el buen Dios nos ha confiado.

3.- Y al final os presento una paloma que llega volando hoy, como aquella del diluvio.  

Viene hoy a nosotros portando un brote de olivo verde. Olivo de la paz y el dialogo, pues solo así caminaremos en los caminos del cambio climático inminente.

La paloma nos recuerda el diluvio. Un capítulo de destrucción y de crisis de la creación, motivado por el pecado y la insensatez del ser humano.

Fue un momento de destrucción del que debemos aprender y escuchar en oración, y enseñar a las nuevas generaciones. Ante la destrucción, hombres y animales dejaron de lado incluso el instinto de ir unos contra otros para subirse a un mismo barco: juntos y reconciliados pudieron salvarse y abrir paso a las generaciones futuras.

Fue el compartir un arca donde aprendieron el sentido de la armonía que les ayudó a afrontar el mar, la crisis, la destrucción.

La paloma, al final, reveló que Dios siempre dona esperanza y genera señales nueva vida en medio del caos.

Ahora, mirando al futuro acogemos nuestra responsabilidad con la esperanza de Dios. Quizá necesitamos de arcas nuevastiendas del encuentro que nos ayuden a dar futuro desde un humanismo espiritual que ofrezca vías sobre cómo construir lo que está por llegar.

Ese camino es el que las religiones transitamos y en el que los cristianos creemos profundamente desde nuestra fe en Jesucristo.  La oración nos dice que la solución es una cuestión espiritual, pues el problema climático es ético antes que político o económico. Afecta a cómo somos personas en este mundo concreto.

Desde la fe proponemos un humanismo que sabe dialogar con un mundo plural y le ofrece la Esperanza de Jesucristo Resucitado. Un humanismo que crece cuando fortalecemos el NOSOTROS antes que el “individual Yo” de cada uno y de cada pueblo.

En esta nueva arca caminaremos en el humus de sabernos una sola familia Humana. Es el espíritu de Asís, donde aprendemos a dialogar desde lo que nos une: la humanidad, la casa común, y acogiendo unnosotros en Dios y con Dios.

Dios nos envía la paloma y nos dice que El sigue confiando en el ser humano para construir con pasión un futuro nuevo. Ponemos una mirada de confianza en el ser humano y pedimos que sepamos escuchar la voz de la creación que gime y pide respuestas concretas.

Tierra, pancarta y la paloma de la esperanza 

“¡Ojalá podamos ofrecer a la próxima generación razones concretas para esperar y trabajar por un futuro bueno y digno! Espero que este espíritu anime el trabajo de la COP25, a la cual deseo mucho éxito”, es el aliento del Papa

En este adviento ponemos la realidad de nuestro mundo y la que estos días se viven en Madrid para trascenderla, para escuchar en ella lo que Dios nos dice y para asumir la responsabilidad que el mismo Dios da al ser humano en medio de la casa común.

Un tiempo nuevo nos espera y ese tiempo es de Dios. Gracias por quienes habitáis en él.

Frente a la indecente precariedad, trabajo decente como Dios quiere

Frente a la indecente precariedad, trabajo decente como Dios quiere

Jornada Mundial por el Trabajo Decente. 7 de octubre 2019 • Manifiesto (descarga pdf)

Por quinto año consecutivo, las organizaciones que integramos la iniciativa «Iglesia por el Trabajo Decente» (ITD) celebramos, el 7 de octubre, la Jornada Mundial por el Trabajo Decente para hacer visible la indecente precariedad que sufre el mundo del trabajo. Junto a todos los agentes que participan en la organización política, económica y social del trabajo, urgimos a adoptar las medidas necesarias para conseguir que el trabajo decente sea una realidad accesible para todas las personas.

En junio se celebró el centenario de la Organización Internacional del Trabajo en el marco de su 108ª Conferencia, donde se constató la necesidad de orientar todos los esfuerzos a asegurar una transición justa a un futuro del trabajo que contribuya al desarrollo sostenible en sus dimensiones económica, social y ambiental. La apuesta común fue la de aprovechar todo el potencial del progreso tecnológico y el crecimiento de la productividad para lograr trabajo decente y desarrollo sostenible, con objeto de asegurar la dignidad, la realización personal y una distribución equitativa de los beneficios para todos.

Las preguntas que lanzamos en este 7 de octubre son estas: ¿En qué se ha transformado hoy la dignidad del trabajo? ¿Qué precariedad laboral es la que sufrimos las hijas e hijos de Dios? Cuando hablamos de precariedad laboral lo hacemos de vidas truncadas, vulnerables y violentadas; de personas explotadas y abusadas por contratos temporales y eventuales, con sueldos que no concuerdan con las horas realizadas, sin seguridad en el puesto de trabajo y sujetos a una flexibilidad que acaba quebrando la dimensión personal de las personas trabajadoras al imposibilitar una verdadera conciliación entre trabajo, familia, descanso, participación social y ocio. Seguimos constatando cómo el trabajo está lejos de ser un derecho que garantice la dignidad de la persona, mientras sigue aumentado el número de trabajadores y trabajadoras pobres.

El testimonio de Alberto, un joven trabajador que reside en Madrid, pone voz a esta realidad. «Actualmente trabajo 16 horas semanales y cobro 560 euros. La respuesta de mi jefe las veces que le he comentado el tema del salario, de la categoría siempre han sido: “Ahora no es el momento”, “la cosa está muy mal”, “ya ves cómo está la situación, no hace falta que te cuente”, “ahora no hay dinero” […] Encima hay otras personas que insinúan que quizás es que no te esfuerzas lo suficiente, que no has trabajado todo lo que deberías, que tu trabajo no lo es todo para ti y eso lo nota el jefe, que tu currículum no es lo suficientemente amplio, vamos, QUE LA CULPA ES TUYA».

Como organizaciones y movimientos de Iglesia encarnados en la realidad del trabajo, queremos ser buena noticia en nuestras casas y barrios, lugares de trabajo y centros de estudios. Y volveros a recordar que “la política económica debe estar siempre al servicio del trabajo digno”. En palabras del papa Francisco “cuando la sociedad está organizada de tal modo, que no todos tienen la posibilidad de trabajar, de estar unidos por la dignidad del trabajo, esa sociedad no va bien: ¡no es justa! Va contra el mismo Dios, que ha querido que nuestra dignidad comience desde aquí. La dignidad no nos la da el poder, el dinero, la cultura, ¡no! ¡La dignidad nos la da el trabajo!”. Y un trabajo que sea realmente digno, porque hoy “tantos sistemas sociales, políticos y económicos han hecho una elección que significa explotar a la persona”.

Sensibles a esta realidad, conscientes de la importancia de establecer puentes y mirando al mundo desde las periferias en las que estamos presentes, en esta Jornada Mundial reivindicamos que:

  • Todos los poderes públicos se comprometan de forma activa en la construcción de un sistema económico, social y laboral justo, fraterno y sostenible que sitúe a la persona en el centro.
  • El trabajo sea garante de dignidad y justicia, así como del desarrollo integral de la persona, de sus capacidades, dones y vocación, empezando por las personas más descartadas y excluidas.
  • El trabajo sea fuente de reconocimiento social y personal, a través de la dignificación de los cuidados, con nuevos planteamientos de políticas sociales, de género y educativas en igualdad entre mujeres y hombres, sin olvidar el derecho a una conciliación real de la vida familiar y laboral.
  • El trabajo es para la vida, por lo que es imprescindible que se realice en un entorno de seguridad y salud, con condiciones que garanticen la integridad física y psíquica de la persona.

Como Iglesia viva insertada en el mundo donde bulle la vida, las entidades que formamos la iniciativa Iglesia por el Trabajo Decente acompañamos esta dura realidad social y sus efectos deshumanizadores. Estamos llamados por ello a estar alerta para denunciar, desde la ternura, la compasión y el estilo de vida de Jesús de Nazaret, la denigración que está sufriendo la persona y el trabajo.

En esta Jornada que coincide con el inicio del Sínodo especial para la Amazonía, compartimos con todos los convocados a esa esperanzadora cita tanto los retos que nos lanza el cuidado de la Casa Común como las inquietudes ante el deterioro medioambiental y las violaciones de derechos humanos que conlleva para las comunidades más vulnerables. La defensa de la Creación nos involucra directamente como ITD en la defensa de unas condiciones laborales dignas para quienes se ven sometidos, bajo escandalosas condiciones de explotación, a prácticas productivas insostenibles con la dignidad humana y el equilibrio medioambiental.

Unimos nuestras fuerzas y compromisos como gesto profético, e invitamos a toda la Iglesia, a las comunidades, movimientos sociales y personas de buena voluntad a celebrar y reivindicar juntos esta jornada.

Marcha solidaria. Etapa final a los pies del Cristo de Medinaceli.

Compartimos las palabras del obispo auxiliar de Madrid José Cobo en la marcha solidaria «Compartiendo el viaje con migrantes y refugiados» realizada el sábado 28 de septiembre en Madrid, con motivo de la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado


Estamos ante la Imagen de Jesús de Medinaceli.

Una imagen peregrina que es reflejo de la vida de nuestra gente y nuestro mundo. Y es que Cristo siempre acoge y se encarna en la vida de sus hermanos.
Hoy la imagen de Cristo es espejo donde podemos ver a tantos hombres y mujeres que han recorrido ese mismo camino. Esta imagen vino desde el Norte de África, rescatada de profanaciones y desechos. Fue traída desde Marruecos, pasó por Tetuán, de allí a Ceuta, y por Gibraltar a Sevilla, hasta llegar a Madrid en el verano de 1682,

Veneramos a Cristo rescatado y aquí le presentamos a quienes necesitan rescate.

Aquellos que están esperando a salir de otros países huyendo de infamias, de mutilaciones. Este camino es el de Cristo y Cristo se hace carne en quien pasa por ahí.

Veneramos a Cristo rescatado. El tenía precio. Esta talla fue comprada según era su peso en monedas. Como en la pasión.

Al caminar hoy por el corazón de Madrid queremos aprender a reconocer a Cristo en tantos que son comprados por unas monedas: las de los mercados, las de las mafias, las de los que usan sus países como lugares de expropiación de materias primas o como basureros de residuos de nuestras economías.

Aún para muchos, las personas y los problemas solo valen si igualan su peso en su coste, o lo que nos cuesta a nosotros pagar. Para muchos solo hay rescate si compensa económicamente.

Veneramos a Cristo rescatado que ha peregrinado desde Ceuta como otros lo hacen del África subsahariana o de Siria o de América latina. Veneramos su camino hasta el corazón de Madrid. Un viaje como el que hacen muchos seres humanos. Agradecemos a quienes lo liberaron y a quienes hoy hacen de puentes, hospitalidad y justicia para tantos. Aunque nos llamen tontos, o, aunque tengamos que trabajar por desbloquear del miedo a nuestros vecinos. La mirada vulnerable de Cristo seguro nos ayuda.

Caminar nos ha visibilizado

y también nos ha recordado que este camino se recorre juntos por la senda que Cristo ha abierto.

Caminamos con la senda que ha abierto Cristo y con Pedro, con el papa Francisco a la cabeza. No queremos las sendas que llevan a construir muros o las que no rescatan, o se desentienden de los que aún esperan ser rescatados de tantas tragedias.

La Iglesia con este Cristo que ha atravesado fronteras, no reconoce los muros que matan a las personas y que aíslan a otros en una injusta seguridad, mientras condenan a muerte a los que padecen las consecuencias del tipo de vida que llevamos.

La iglesia es puente porque no somos una Iglesia en esta parte del muro y otra Iglesia en otra parte. Es la única Iglesia que camina aquí y allí con Cristo humillado a la cabeza aquí y allí.

Hoy Señor te damos gracias porque sigues enseñándonos el secreto de la vida en medio de un mundo que le cuesta verlo.

Gracias por enseñarnos a mirar

Tu Cristo, te pones delante, nos miras y respondes con tu semblante enseñándonos a mirar como tu mira.

Si miramos como tú, de repente el migrante, como dice el Papa no es solo migrante. No es un problema. No es una amenaza. No es algo para que otros hagan. Es

Cristo que llama a las puertas de la vieja Europa y viene esperando ser rescatado de tantas profanaciones que se hacen en las personas, las que rechazamos o descartamos porque no queremos mirarlas.

Ante Cristo rescatado solo podemos decir a quien tenga dudas que mire por los ojos de este rescatado, que ha pasado por ahí.

Que se acerquen a los centros de acogida y recojan las lagrimas y las historias de los que llegan o los que se quedan en el camino.

Cuando algunos hablan de invasión, de ocupación, de ser esclavos de invasión de masas, Cristo tu nos miras y nos hablas de Jony, de Clara, y su familia, de Mullah o de Raquel, de tantos que son víctimas de mafias y de intereses de mercados. No son solo migrantes.

El hecho es que muchos que suelen estar siempre al servicio del poder, nos han cerrado los ojos para que en los caminos de la emigración no veamos a cada historia, no veamos sus sufrimientos, no nos afecte su vulnerabilidad, olvidemos del todo sus días de hambre y no nos importunen las heridas abiertas en sus cuerpos y en su espíritu.

Muchos se obstinan en que veamos no a una humanidad necesitada de justicia y de futuro, sino que se empeñan en ver con otros ojos que solo ven a irregulares, a ilegales, a indocumentados, a posibles terroristas.

Con tus ojos Cristo No queremos que nuestro mundo rechace al diferente y no sea capaz de asimilar el reto de la multiculturalidad.

Gracias por tu mirada que nos llama a cambiar el corazón. Necesitamos personas y comunidades que trabaja en por concienciar a nuestro mundo y eliminar el miedo que da la llegada de los que viene huyendo. Vosotros podéis de llamada a la conversión.

Gracias por los que rescatan a Cristo.

Gracias por quienes hacen de la hospitalidad una escalera que llega a Dios.

Y recordáis con Cristo que la Hospitalidad es sagrada.

Conectáis el cielo y la tierra.

Nos dice la carta a los hebreos que por la hospitalidad muchos hospedan a ángeles. Si. Por la hospitalidad llamaremos a nuestra Iglesia y a nuestro mundo a la conversión.

Será una ocasión para cambiar el corazón y situarnos de otra manera en nuestro mundo.

Os animamos a continuar trabajando por crear lugares de hospitalidad desde la acogida a Cristo.

Y Gracias por los que dais pasos concretos

Pasos que rescatan a Cristo creando centros de formación de menores sin tutelar, albergues y propuestas de acogida a familias que permitan convivir en paz

Si pedimos a los inmigrantes que entren ordenadamente y con regularidad, hemos de organizar la acogida legalmente. Si cerramos puertas otros arbitran puertas traseras de la injusticia y que engordan nuestro sistema de vida donde queremos globalizar todo menos la responsabilidad.

Necesitamos un plan integral de acogida a todos los niveles desde el europeo al nacional. Un Plan que desarrolle los pactos globales que impulsa la iglesia y que como conocéis fluyen en torno a las acciones de acoger. proteger. Promover e integrar.

Necesitamos caminar abriendo espacios, como estamos haciendo en parroquias en Madrid, creando redes y sembrando una nueva conciencia que disipe miedos y ponga alma.

Necesitamos algunos espacios más que sigan haciendo la primera a cogida y una red de educación a los menores, de integración a las familias que llegan a una Europa envejecida y en un hondo invierno demográfico.

Queda mucho por caminar.

La tarea es dura, Por eso también aquí se nos pide seguir adelante en pobreza y fragilidad.

Este Cristo ha pasado por ahí.

Gracias hermanos por caminar juntos

Gracias a los que compartís viaje.

Y gracias a cada migrante que, como Cristo, llamáis a esta sociedad y nos ayudáis a convertirnos de nuestras comodidades.

Y nos ayudáis a abrir el corazón.

Y a aprender que acogiendo es como se abre el corazón.

Cristo triunfó. Rescatado está en el corazón de Madrid.

Con el triunfará el recate, a la humanidad y la fe.

“Los migrantes son un signo de los tiempos y los cristianos tenemos que posicionarnos”

Raquel Martínez es la nueva delegada de Pastoral de Migraciones de la archidiócesis de Zaragoza. Casada, madre de 4 hijos e ingeniera, encuentra tiempo para dedicarse a los “descartados”. Asume el reto de integrar a los inmigrantes en nuestra sociedad, recordándonos que “los migrantes ante todo son personas” y que “nosotros cuando lo necesitamos también fuimos emigrantes”.

¿Cómo fue tu entrada en el cargo?

Yo pertenezco a la organización ‘Encuentro y solidaridad’, así que desde la delegación de Apostolado seglar hemos colaborado con Emilia, la anterior delegada de Migraciones: en la organización de la vigilia para sensibilización sobre la trata, estuvimos también entre la gente que lanzó círculos de silencio. Cuando Emilia se puso a pensar en su relevo, buscó entre la gente que ya estaba un poco dentro de estos ambientes, y yo era una de esas personas.

Por eso ya conocías el tema de los migrantes.

Sí, desde nuestra asociación ya habíamos trabajado bastante este tema, como en todo lo relativo a la denuncia de las causas y la sensibilización.

¿Qué retos plantea la ‘Jornada del Migrante y Refugiado’ que se celebra el 29 de septiembre?

El Papa nos está invitando en esta 105 jornada, que ya van muchas porque para la Iglesia nunca ha sido un tema ajeno, como planteaba en el mensaje del año pasado, a practicar cuatro verbos con los migrantes: acoger, proteger, promover e integrar. Este año incide en que no se trata de los migrantes y sus problemas, sino que en la respuesta que demos ante los más vulnerables, nos estamos jugando nuestra espiritualidad, nuestra sensibilidad. Dice Francisco que los migrantes son un signo de los tiempos y que como cristianos nos tenemos que posicionar en la denuncia de su situación, en la sensibilización, oponiéndonos a la cultura del descarte tan imperante.

Sin embargo, parece que los medios de comunicación ponen el foco en los delitos que comenten los inmigrantes y que tan inconscientemente” aceptamos. ¿Cómo podemos corregir este foco?

Primero, hay que ver a los migrantes como personas, y ser conscientes de la manipulación que hacen algunos medios cuando no trasladan toda la verdad. La realidad es que el porcentaje de delincuencia entre migrantes y españoles es similar. Hay que ser conscientes que los migrantes están haciendo trabajos que nosotros no queremos, están cuidando a nuestros abuelos, están limpiando nuestras casas… Están realmente aportando. Además, los inmigrantes aportan más a la Seguridad Social que lo que gastan en Sanidad. Luego está la otra parte, no olvidarnos cuando fuimos inmigrantes, yo soy nieta de inmigrantes riojanos en Chile, tanto antes como después de la guerra tuvieron que salir por distintas circunstancias. Nosotros hemos emigrado en casos de necesidad y ahora nos toca a nosotros acoger a los que vienen.

Háblanos de la ‘Mesa por la hospitalidad’.

Es un experiencia que primero nació en Madrid y que algunas personas implicadas en el ‘Gesto diocesano’ decidieron iniciar en Zaragoza. La Mesa quiere responder al “Fui forastero y me acogisteis”, por eso consiste fundamentalmente en conseguir casas para los refugiados que vienen aquí y que todavía no tienen regularizada su situación por lo que no pueden alquiler ni hacer ningún papel oficial. Además, se está configurando un grupo de voluntarios que puedan acompañar a esas personas en su integración: dónde están las tiendas, información útil del barrio… También es importante hacer un acompañamiento espiritual de los voluntarios, ya que la gente que acompaña necesita formación y vivir eso desde su fe. Esta iniciativa, en la que se está trabajando desde hace año y medio, se presentará en l Encuentro Diocesano de Pastoral del 28 de septiembre. Necesitamos conseguir más apoyo de gente que pueda colaborar como voluntario, buscando posadas, aportando económicamente… El contacto para colaborar es a través de la delegación de Migraciones.

¿Qué más proyectos tiene esta delegación sobre la mesa?

La idea es centrar nuestras actividades, como las jornadas de sensibilización o de formación de agentes de pastoral, en el tema de la Mesa por la Hospitalidad. Otros objetivos son implicar a los inmigrantes de las cuatro capellanías (rumanos católicos, subsaharianos, latinos y chinos) en la vida de la diócesis y crear un equipo de trabajo con gente de estas capellanías que acojan todas las sensibilidades y todos los ámbitos de trabajo.

Entrevista realizada por Rocío Álvarez para Iglesia en Aragón

Iglesia y sindicatos deben entenderse…, a pesar de la ideología de género

¿Qué tienen en común la Iglesia y los sindicatos? El obispo responsable de la Pastoral Obrera en la Conferencia Episcopal, Antonio Algora, no tiene miedo a reconocer, de entrada, que ambos comparten hoy «bastante debilidad en cuanto a los afiliados». Las razones, a su juicio, tienen mucho que ver en uno y otro caso: haber dado la espalda a quienes más sufren.

El obispo emérito de Ciudad Real participó este miércoles en un encuentro entre sindicalistas y responsables eclesiales organizado en el Salón de Actos de Alfa y Omega con motivo de la presentación del libro “No os dejéis robar la dignidad”, de Abraham Canales, responsable de Comunicaciones de la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC), un compendio de textos del Papa Francisco, que llegó a la silla de Pedro en 2013, en plena crisis mundial, y ha puesto la doctrina social en el centro de su magisterio, invitando además a los católicos a unir fuerzas sin reparos con otros actores sociales en la lucha por los derechos de los empobrecidos.

Le acompañaron, por un lado, el vicario de Pastoral Social e Innovación del Arzobispado de Madrid, José Luis Segovia, que sustituyó al cardenal Osoro, baja a última hora. Por el lado sindical, participaron el secretario general de USO, Joaquín Pérez, y el secretario de Participación Institucional de Comisiones Obreras, Paco Carbonero. Moderó el coloquio la responsable de Difusión de la HOAC, Teresa García.

El punto de partida fue la creciente precarización del trabajo. Y el diagnóstico común de que esa «dignidad no se ha diluido por sí misma». «Ha sido un robo». «Hay ladrones, vaya», apuntó el responsable de la archidiócesis madrileña.

Como la lluvia fina

Las críticas no se dirigieron solo contra un sistema económico injusto. Ambas partes hicieron una autocrítica sin concesiones de su propia responsabilidad en esta deriva.

Algora, «como viejo roquero de esto», recordó los intentos de algunos desde 2014 para que en la diócesis hubiera una escuela de formación en doctrina social y política, al modo de la Escuela Itinerante puesta en marcha en 2016 en Madrid, por la que han pasado ya unas 1.500 personas. También se intentó, sin éxito, incorporar algunos capítulos dedicados a la doctrina social en las catequesis de las parroquias, pero «fracasamos rotundamente». «No tenemos mucha defensa en la Iglesia», reconoció. «Tenemos más caras que espaldas». Hoy, sin embargo, «la lluvia fina del Papa Francisco en estos años está calando», con sus reiterados mensajes sobre estas cuestiones. Aunque solo sea porque «no tienen otro remedio» que citar al Pontífice, «son distintas las hojas diocesanas y y las cartas dominicales de los obispos». Y así, «como la lluvia fina», lentamente «va calado la experiencia de un sistema que no satisface y produce mucha frustración».

Polémica con una «muy católica autoridad» sobre la vivienda

El vicario de Madrid apuntó a la «ignorancia» como causante de que se haya extendido una mentalidad económica entre los católicos muy lejana a la que defiende la doctrina social. Y aludió a una reciente controversia epistolar a cuenta del derecho a la vivienda con una «muy católica autoridad», que ostenta «una altísima representación» en una administración pública, la cual, con tono desacostumbradamente agresivo, contestó a la carta de Segovia que «la vivienda es una mercancía», no un derecho. De donde se deduce igualmente que, para esta persona, «el trabajo es una mercancía» como otra cualquiera, un «objeto de explotación».

«Su presupuesto antropológico es terrible», añadió el vicario: «los seres humanos son individuos aislados (no personas) racionales (no hay sentimiento) y egoístas por naturaleza», lo cual niega «la historia de los derechos humanos, que no es la del egoísmo racional, sino la de las grandes causas, la de la sangre, sudor y lágrima de tnatas personas que nos han permitido vivir mejor». Y esta visión neoliberal –prosiguió– «está en casi todos los libros de macro y micro economía que se estudian, también en las escuelas de negocio de la Iglesia».

El deber de la ejemplaridad

La desmovilización de la clase trabajadora contra estas políticas se debe a la posición de debilidad que provoca la precarización y la inseguridad laboral, apuntaron los líderes sindicales. Pero también –añadió Joaquín Pérez, de USO– ha habido hasta fechas recientes «liderazgos muy caciquiles» en los sindicatos. Y «nos ha faltado coraje, nos ha faltado ese espíritu de imprudencia, ese partirnos la cara por los que peor lo están pasando», añadió, tras aplaudir el gesto del limosnero del Papa, el cardenal Krajewski, que hace unos días devolvió por su cuenta y riesgo la luz a unas 450 personas –la mayoría sin techo o migrantes– de un edificio ocupado de Roma.

«Lo peor que le puede pasar al mundo del trabajo es perder el valor de la solidaridad», lamentó Paco Carbonero. El individualismo del sálvese quien pueda. Y en ello ha influido «el discurso de devaluación que ha habido de la política y en todo lo institucional, que lleva aparejada la falta de esperanza de la gente de que estar organizado sirve para resolver los problemas».

El sindicalismo, en particular, ha sufrido a juicio de Carbonero una severa campaña de descrédito. Pero eso también es debido a que «nosotros no estamos siendo capaces de generar la subjetividad en el mundo del trabajo para que la gente piense que estar organizado es un valor tremendo para su futuro», añadió. O a la mala imagen por actitudes de «corporativismo», que, más que la defensa de los trabajadores, se preocupan por el interés de la institución, por «nuestras siglas». «Esto son debilidades del movimiento sindical», reconoció

A todo ello sumó José Luis Segovia el problema de la «falta de ejemplaridad», imprescindible para vencer los reticencias de los jóvenes a participar ya sea en un sindicato, en un partido político o en la propia Iglesia, dijo, tras mencionar que precisamente acababa de participar en una jornada sobre abusos sexuales cometidos por clérigos.

Entendimiento, a pesar del aborto

Y sin embargo, hay un elemento que debería empujar a todos a la acción común: «Si hay una causa capaz de integrarnos hoy a todos es la lucha por la dignificación y contra la precarización del trabajo», dijo. «No hay que hacer esfuerzo alguno», puesto que es un problema «cada vez más transversal», con unas clases medias «crecientemente precarizadas».

Todos coincidieron en que católicos y sindicales deben dejar a un lado prejuicios y sectarismos para dar esta lucha, junto a otros actores de la sociedad civil.

Carbonero destacó además «la fuerza tremenda» que tiene para las los sindicatos que el Papa haga ese tipo de diagnósticos sobre la economía y «el reparto de la riqueza equitativo» desde «la plaza de San Pedro». Algo que entroncó con la historia de las relaciones entre Iglesia y sindicatos clandestinos en España durante el franquismo, tiempo en el que aseguró haber «aprendido mucho» de «maestros de la HOAC» que convirtieron su «compromiso de fe» en «un acto de militancia por la justicia y la igualdad», algo que tuvo «muchísima importancia» pero «no se reconoce públicamente».

Antonio Algora, probablemente el obispo español que más ha hecho por tender esos puentes, recordó como a finales de los 60 Pablo VI terminó con esas reticencias a colaborar con los sindicatos marxistas «por el bien común». Hoy, sin embargo, la ideología vuelve a interponerse en la relación. «Nos acosan otros prejuicios», dijo. El obispo aludió a la deriva ideológica de la izquierda que, secundada por los sindicatos, ha dejado de lado las cuestiones sociales para agitar nuevas banderas.

«Nuestro lugar de encuentro es el trabajo» y es necesario «priorizar ese foco», subrayó. Por el contrario, corrientes como «la ideología de género» o «el aborto» solo «nos van a seguir enfrentando».

«Entonces, ¿no nos entendemos?», se preguntó. «Sí, en el trabajo. Y lo demás vamos a ver cómo lo resolvemos, en la media en que crezca entre nosotros la conciencia de la dignidad de la persona».

Ricardo Benjumea

Fuente: Alfa y Omega

Queja ante el Defensor del Pueblo: migrantes en la calle

Queja presentada por la Mesa por la Hospitalidad de la Archidiócesis de Madrid por dejar en la calle a mujeres embarazadas, bebés, y niñas y niños (en algún caso con parálisis cerebral).
La responsabilidad, en este estricto orden es del Gobierno de la Nación (responsable único de la protección internacional), la Comunidad de Madrid, y el Ayuntamiento de Madrid.