Alfonso Milián

Ha muerto Alfonso Milián, obispo de una diócesis pequeña a la que se dedicó con tal entrega, que siendo él turolense de nacimiento y zaragozano de sacerdocio, su última voluntad ha sido que su cuerpo descanse en sus queridas tierras altoaragonesas de Barbastro. Pero nos deja sobre todo un sacerdote y ante todo un bautizado. Maduró como sacerdote y se formó como obispo a la vera de otro gran obispo, Don Elías Yanes, un defensor apasionado del Concilio Vaticano II y del papel del laico en la Iglesia, por quien sentía gran admiración.

Los que hicimos ejercicios espirituales con él (en la casa Emaús nos acompañó por lo menos en dos ocasiones) recordaremos la sencillez de su vida y su palabra. Recordamos cómo te hacía nuevas aquellas cosas que muchos cristianos dábamos por rutinarias.  Nos recordaba la hondura y el compromiso que adquiríamos cada vez que hacíamos la señal de la cruz o pronunciábamos el Padre Nuestro. “Santiguarse no es cualquier cosa y por tanto no se puede hacer de cualquier manera, Hacer la señal de la cruz nos compromete” Y no a un compromiso cualquiera. Un compromiso especialmente con los pobres.

“Los pobres son sacramento de Cristo”, era una de sus predicaciones recurrentes. Con este tema nos impartió unas jornadas en Zaragoza y en Burgos: “Ser sacramento, es ser imagen, expresión, reflejo y transparencia del amor del Padre. Por eso ante el pobre tenemos que descalzarnos, como Moises ante la zarza ardiendo. Ante el pobre estamos ante una realidad sagrada. Lo mismo que nos arrodillamos ante Cristo presente en la Eucaristía y le adoramos, tendríamos que adorarle en cada hombre, más aún si es pobre, no sólo por la predilección que Dios manifiesta siempre por él, sino porque con él se identifica plenamente”

Deja la Iglesia militante y se une al Iglesia triunfante un pastor bondadoso, un limpio de corazón.

Don Alfonso ¡Hasta mañana en el altar!

Celebrando la eucaristía en la casa Emaús

Ha fallecido Monseñor Damián Iguacen

Monseñor Damián Iguacen Borau ha fallecido este martes 24 de noviembre de 2020 a los 104 años de edad en la residencia de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados que lo atendían en el Hogar Saturnino López Nova, en Huesca. El estado del obispo emérito de Tenerife se había deteriorado durante los últimos meses.

La Misa exequial se celebrará el jueves 26 de noviembre, a las 11:00 horas, en la Catedral de Huesca con presencia de Monseñor Álvarez.

Biografía

El obispo emérito de Tenerife nació en el pueblo aragonés de Fuencalderas (Zaragoza). Cursó estudios en el Seminario Conciliar de la Santa Cruz de Huesca. El 7 de junio de 1941 fue ordenado sacerdote. El 11 de octubre de 1970 consagrado obispo en la Catedral de Barbastro y el 14 de agosto de 1984 se convierte en prelado de la diócesis de Tenerife, de la que era obispo emérito.

Su primer destino fue como párroco en diversas parroquias en la Diócesis de Huesca de 1941 a 1944. Fue vicerrector del Seminario de Huesca de 1944 a 1948 y consiliario de Jóvenes y Mujeres de Acción Católica entre 1950 y 1969. De 1955 a 1969 pasó a ser párroco de San Lorenzo de Huesca.

Posteriormente, recibió el encargo como Administrador Apostólico de Huesca en 1969 y fue nombrado Obispo de Barbastro el 11 de octubre de 1970 hasta que en 1974, fue trasladado a la diócesis de Teruel. En 1984 fue nombrado Obispo de Tenerife, ministerio que desempeñó hasta el 12 de junio de 1991, cuando la Santa Sede aceptó su renuncia y pasó a ser emérito.

En la CEE fue miembro de la Comisión Episcopal de Liturgia de 1972 a 1981 y de 1984 a 1993, presidió la Comisión de Patrimonio Cultural.

Además, en el trienio de 1975-1978 formó parte de la Comisión para la Vida Religiosa. De nuevo fue miembro de ella de 1981 a 1984.

Mons. Iguacen también publicó diversos estudios y libros sobre el patrimonio histórico y sobre advocaciones marianas.

Amigo

Damián Iguacen en las Jornadas Felipe Lopez

Muy querido por las familias y militantes del Movimiento Cultural Cristiano y Encuentro y Solidaridad. Participó en numerosos ejercicios espirituales y distintos actos en los últimos años.

En la fotografía la vemos participando en las jornadas de Militancia Cristiana D Felipe López organizadas por el Movimiento Cultural Cristiano en enero de 2010. En esa jornada recordaba que los cristianos, que somos buscadores de las Verdad, no podemos ser simplemente “transmisores de noticias; debemos conocer la realidad para obrar con eficacia. El Señor nos quiere comprometidos y santos” y que vivamos con alegría y buen humor cristiano, las Bienaventuranzas”.

D. Damián destacaba continuamente la figura de María como fundamental en la espiritualidad de encarnación ya que ella representa como nadie la cercanía de Dios al ser humano y la preocupación viva de la Iglesia por los que sufren. Reproducimos la oración que dedicó a la Virgen:

ORACIÓN A SANTA MARÍA DEL BUEN HUMOR

D. Damián Iguacén

Oh Jesús, Sabiduría eterna. Cuando el Creador » afirmaba los cielos y ponía límite al mar y asentaba los cimientos de la tierra, Tú estabas junto a El como arquitecto, eras su encanto todos los días y en todo tiempo jugabas en su presencia, jugabas con la bola de la tierra y eran tus delicias los hijos de los hombres». Ahora te contemplo Niño Juguetón en el regazo de la Virgen Madre y vengo a pedirte sabiduría y buen humor.

Contigo quiero también jugar con la bola de la tierra y ser el encanto de Dios, mi Padre, y las delicias de las gentes, mis hermanos. Quiero estar alegre siempre, siempre de buen humor y además contagiarlo a los que están a mi vera. Dame humor, buen humor, sentido del humor.

Necesito humor para seguirte, Señor, para creer en las Bienaventuranzas, para amar y perdonar a todos. Necesito fuertes dosis de buen humor para ser sal, luz y fermento de este puñetero mundo, entre gente incordiante e inaguantable, de esta sociedad de gentes crispadas y conflictivas, en unas comunidades inexplicablemente ásperas, tensas y ácidas. Dan ganas de no poner ya más sal a la «cosa», de esconder la luz en un rincón y no seguir animando y empujando. «Tocamos la flauta y no bailáis, cantamos lamentaciones y no hacéis duelo», dijiste Tú mismo no sin humor.

Ya ves, Señor: guerras, luchas, odios, divisiones, injusticias, enfrentamientos, lamentos, protestas, quejas, crisis, tensiones, malas caras, piques, peleas, intolerancias, conflictos, celos , envidias, nervios, destemplanzas, tristezas, manías, angustias, malos humores… ¡Ya está bien! Dan ganas de dar un gruñido y marchar.

Pero Tú no quieres seguidores gruñones ni entristecidos. No te agradan las procesiones de «sauces llorones», no te gusta oír letanías de resentidos. Lo comprendo, Señor. No es posible ser buen cristiano sin buen humor. No se puede vivir el amor fraterno de verdad sin grandes dosis de buen humor. No es posible la vida espiritual sin sentido del humor. El mal humor no es buen conductor de la Buena Noticia. Dame humor, mucho sentido del humor, fuertes dosis de buen humor.

Quiero distender, relativizar, desdramatizar. No quiero crisparme nunca, por nada. No tomaré muy en serio a los protagonistas de los conflictos. Las cosas no suelen ser como las presentan los problematizados. La exageración es a menudo fruto de la emotividad. Ayúdame a situar los conflictos en su justa dimensión, a rebajar al mínimo el tanto por ciento de veracidad de todo comentario malévolo, ofensivo o desfavorable que oiga, a no dramatizar, a no hacer problema de lo que no es, a no absolutizar lo que sólo es relativo y cambiable: sólo Tú eres el Absoluto; todo cambia y da vueltas, menos Tú, que eres «fuerza tenaz, firmeza de las cosas, inmóvil en Ti mismo, origen de la luz, eje del mundo y norma de su giro».

Tomaré en serio y responsablemente las cosas, pero no quiero confundir seriedad con tristeza, acritud o mal humor. Los problemas y conflictos y las situaciones difíciles se pueden humanizar, distender y aún resolver a base de buen humor. El ser humano vale más que el conflicto; el trato humanitario, más que la rigidez; el espíritu, más que la letra; las personas, más que las costumbres; la caridad, más que los carismas; el buen humor, más que la acidez. El orden y la justicia no están reñidos con el amor, la sonrisa y el buen humor. El humor y la sonrisa son un modo de comulgar con los hermanos. La benevolencia en el juicio, el espíritu de reconciliación, el diálogo, son armas eficaces de distensión en toda lucha y conflicto. «Abrir a todos los hombres los caminos del amor y esforzarse por establecer la fraternidad universal no son cosas inútiles».

Qué risa dan muchas cosas, querido Jesús, Niño juguetón en el regazo de la Virgen Madre: las afirmaciones rotundas de los enfatuados, las poses de los engreídos, las majaderías de los poderosos, la vaciedad de los orgullosos, la ridiculez de los que se dan importancia. Quiero reírme de todo eso. Y de eso que llaman » prestigio», «valer», «honor», «dignidad», «autoridad», cuando realmente a veces no es sino vanidad y amor propio. Quiero reírme de «cosas» que la gente busca afanosamente, por las que se pelean y enfrentan los que no saben vivir sin ellas. Qué risa, Señor, qué pena. Pero, sobre todo, quiero reírme de mí mismo. Que me vea espantosamente ridículo cada vez que me dé importancia o me busque a mí mismo, olvidándome que soy «el último de todos y el servidor de todos». Los importantes sois vosotros: Tú, Señor, y los hombres mis hermanos.

Ayúdame a mantener inquebrantable mi buen humor ante la terquedad «irritante» de los que no me quieren o me interpretan «mal o se meten conmigo o se burlan y ríen de mí. Que no pierda el buen humor ante las maquinaciones, manejos y enredos de gente intrigante. Que no caiga en la trampa de tratar como enemigos a los que no me quieren O hablan mal de mí. Que no me atrapen los tentáculos de la envidia ni de los celos. Que no me roben la alegría los desengaños, frustraciones o desencantos ni el fastidio de la vida. Que los golpes que recibo no me dejen amargado ni resentido. Quiero reír, quiero reírme, quiero estar de buen humor.

Gracias, Señor, porque he caído en la cuenta que el humor es la mejor manera de tomarte en serio. Dame sentido del humor, compañero inseparable del amor cristiano, señal de madurez espiritual. Dame sentido de la proporción, lucidez para jerarquizar los valores, inquebrantable fe en la eficacia de los medios pobres. No me importa hacer el ridículo ante la gente; me importa no hacer el ridículo ante Tí que has puesto al revés los valores del mundo.

Santa «María del Buen Humor: muéstranos a Jesús, Sabiduría eterna, Niño juguetón, razón y causa de nuestro Buen Humor cristiano; ayúdanos a mantenernos alegres y bienhumorados; ruega por nosotros, tantas veces pecadores por tristes y malhumorados, para que seamos dignos de alcanzar y gozar de inalterable buen humor aquí en la tierra y de las alegrías eternas en el cielo. Amén.

Puedes escuchar una entrevista que le realizó la emisora de radio canaria «Radio Tamaraceite»:

Escuchar el “Eco de Lampedusa” en las Islas Canarias

Este domingo 15 de noviembre de 2020, la Iglesia Católica celebra en todo el mundo la IV Jornada Mundial de los pobres, que en esta ocasión tiene por lema “Tiende tu mano al pobre”, un lema que, como nos dice el Papa Francisco, es un código sagrado a seguir en la vida.  

Con motivo de esta Jornada Mundial, ante el hecho que estamos viviendo estos últimos meses, con la llegada de miles de inmigrantes a Canarias, los obispos de las dos diócesis de estas islas nos dirigimos a los fieles católicos, y a la sociedad en general, ofreciéndoles algunas reflexiones que nos ayuden a tomar conciencia de la situación de pobreza y vulnerabilidad que viven estas personas y, especialmente, a ponernos manos a la obra para que nadie se sienta marginado o despreciado, sino que todos experimenten la acogida, la atención y el respeto que como personas humanas se merecen. Apoyamos nuestra reflexión en las enseñanzas del Papa Francisco que, como es conocido, en distintas ocasiones ha manifestado su sensibilidad y preocupación por las personas emigrantes.

1. El drama de los inmigrantes

La llegada de inmigrantes a las costas canarias nos llama a todos a tener presente la “cruz de Lampedusa”, que como recordáis fue realizada por el artista italiano Franco Tuccio con trozos de madera de las embarcaciones que habían naufragado en la isla y a tener presente las palabras del Santo Padre que afirmaba: “No podemos seguir viviendo anestesiados ante el dolor ajeno. Lleven a todas partes la “cruz de Lampedusa” como símbolo, para acercar y no olvidar el drama y la realidad de los inmigrantes”.

El eco de las Palabras de Francisco nos obliga a sensibilizarnos ante la muerte de aquellos que viajaban en las barcas, por esos niños, jóvenes y adultos que han enterrado sus sueños y sus vidas en las aguas del Atlántico. Nunca sabremos cuantos miles de personas han perdido sus vidas de manera trágica y dramática entre las dos orillas en estos últimos años.

Nos unimos a las palabras del papa Francisco que con tanta fuerza profética denunció las tragedias mortales en Lampedusa y que siguen sonando como un aldabonazo en nuestras conciencias: “¿Quién de nosotros ha llorado por este hecho y por hechos como éste? ¿Quién ha llorado por la muerte de estos hermanos y hermanas? ¿Quién ha llorado por esas personas que iban en la barca? ¿Por las madres jóvenes que llevaban a sus hijos? ¿Por estos hombres que deseaban algo para mantener a sus propias familias? Somos una sociedad que ha olvidado la experiencia de llorar, de “sufrir con”: ¡la globalización de la indiferencia nos ha quitado la capacidad de llorar!

Como Iglesia sentimos el profundo dolor y la impotencia de ver cómo muchos hermanos mueren frente a las costas de nuestros pueblos y ciudades sin que parezca que hayamos hecho lo suficiente para evitarlo

2. Globalización de la indiferencia

El eco de la “cruz de Lampedusa” nos llama a todos a trabajar contra la globalización de la indiferencia. Como afirma Francisco,  somos una sociedad que ha olvidado la experiencia del llanto. Poner la meta en lo provisional nos conduce a la indiferencia hacia los otros. Hay que saber mirar uno a uno a esos hombres, mujeres y niños y hacer nuestros sus sufrimientos tras haber huido de la guerra, de las persecuciones, del hambre y haber afrontado un largo y peligroso viaje por el desierto y el mar en manos, tantas veces, de traficantes de seres humanos. Los inmigrantes son personas como cualquiera de nosotros, con nombres, historias y familias.

Escuchar el “eco de Lampedusa” es rechazar todas las voces que siembran confusión. Lamentablemente, la llegada de inmigrantes es una imagen utilizada, en ocasiones, por algunas voces políticas y bulos en plataformas mediáticas para sembrar la confusión y el miedo en la ciudadanía, alertando de que es una invasión, tal vez con el fin de conseguir réditos electorales, o de promover una fobia inaceptable hacia los extranjeros.

Hay que exponer la verdad y decir que los que llegan en las pequeñas embarcaciones son sólo una pequeña parte, que no llega al 10%, del total, de la población inmigrante empadronada y residente en España.

Hay que contar un relato real y positivo de las migraciones, ya que habitualmente se silencia la aportación positiva que la inmensa mayoría de los inmigrantes hacen al país que los acoge. La contribución que aportan los inmigrantes abarca todas las dimensiones: la economía, la demografía, la cultura, y la propia vida religiosa, rejuveneciendo y revitalizando muchas parroquias y comunidades. No lo olvidemos, quienes vienen de fuera nos traen un inmenso tesoro, rejuvenecen con sangre nueva nuestra vieja Europa y nos abren al desafío de la diversidad que tiene tanto que ver con el Dios Trinidad.

Las aportaciones que hacen los inmigrantes a nuestra sociedad son notables. Además de paliar nuestro envejecimiento, como anteriormente se ha expuesto, muchas mujeres inmigrantes están siendo la voz y las manos de ternura que nuestros niños, nuestros enfermos o nuestros ancianos necesitan. Muchos jóvenes jornaleros del campo están recogiendo de nuestros campos una riqueza, que no se ve correspondida con las condiciones laborales que sufren. Y todos ellos con el testimonio de sus vidas, su valentía y su disponibilidad para afrontar peligros buscando un mundo mejor son un ejemplo de  esperanza para nuestra sociedad pesimista y ciega ante el futuro. Sí, todos ellos son fuentes de esperanza, ya que fue la esperanza la que les dio las fuerzas para afrontar tan duro viaje.

3. Llamados a ser buen samaritano

Escuchar el “eco de la cruz” es reconocer y valorar todas las vidas salvadas y rescatadas por los profesionales del Servicio Marítimo de la Guardia Civil, de Salvamento Marítimo del Gobierno. Han sido auténticos ángeles de la guarda en medio de nuestros mares y sería deseable que esa humanitaria labor de socorrer y salvar vidas siga contando en nuestra frontera sur con un apoyo decidido por parte de los diferentes gobiernos. A ellos hay que añadir la magnífica labor de la Policía Nacional, de personal de la Cruz Roja y de la Comisión de Ayuda al Refugiado [CEAR]. Son esos profesionales los que, junto con los voluntarios y miembros de Cáritas y de otras organizaciones humanitarias, nos ayudan a evitar la globalización de la indiferencia, que se consigue poniendo en práctica el programa descrito -con cuatro verbos- por el Papa Francisco en la Jornada mundial del inmigrante del pasado 29 de septiembre de 2019: Acoger, proteger, promover e integrar. Estos verbos expresan la misión de la Iglesia en relación con todos los habitantes de las periferias existenciales. Estos verbos nos invitan a encarnar la parábola del buen samaritano. Él se detuvo a salvar la vida del pobre hombre golpeado por los bandidos sin preguntarle cuál era su procedencia, sus razones de viaje o si tenía sus documentos en regla. Simplemente decidió hacerse cargo y salvar su vida.

Hablar de migrantes, es hablar de un paradigma para la vida cristiana que apunta a Cristo, que es nuestro Camino, Verdad y Vida. Un migrante es hijo de Dios. Donde muchos ven un emigrante, el cristiano ve a un hermano con una vida marcada por el dolor y el sufrimiento que busca la esperanza de alcanzar una vida mejor. No podemos permanecer ajenos al dolor del hermano. El encuentro con el otro es también un encuentro con Cristo. Nos lo dijo Él mismo. Es Él quien llama a nuestra puerta hambriento, sediento, forastero, desnudo, enfermo y encarcelado, pidiendo que lo encontremos y ayudemos, pidiendo poder desembarcar. Y si todavía tuviéramos alguna duda, esta es su clara palabra: “En verdad os digo, que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25,40).

4. Todos Hermanos

Por último, hacemos una llamada a todos a crear la cultura del encuentro, a superar la fobia al extranjero, a luchar contra las mafias y favorecer el desarrollo de los países de origen. Como afirma la Encíclica Fratelli Tutti [FT]. Se trata de problemas globales que requieren acciones globales, evitando una “cultura de los muros” que favorece la proliferación de mafias, alimentadas por el miedo y la soledad (FT 27-28).

No debemos olvidar que solo cuando cese la injusticia actual del comercio internacional, cuando cesen las guerras inducidas en países con riquezas mineras, cuando los dictadores que expolian a su pueblo dejen de contar con la complacencia de gobiernos y empresas multinacionales, cuando cese el comercio de armas, la inmigración de ciertas zonas del mundo se podrá regular. Cuando se acabe con la injusticia actual la migración se moderará.

Hay que evitar migraciones no necesarias creando en los países de origen posibilidades concretas de vivir con dignidad. Como sabemos, también existe el derecho a no emigrar, y muchos de estos hermanos nuestros no iniciarían un viaje tan incierto si en sus pueblos y países se vivieran situaciones más justas

A los gobernantes europeos y al gobierno español hay que decirle que no se pueden crear guetos insulares para evadir el problema migratorio. Como afirma Francisco, en los países de destino, el equilibrio adecuado será aquel entre la protección de los derechos de los ciudadanos y la garantía de acogida y asistencia a los migrantes. Concretamente, el Papa señala algunas “respuestas indispensables” especialmente para quienes huyen de las “graves crisis humanitarias”: aumentar y simplificar la concesión de visados; abrir corredores humanitarios; garantizar la vivienda, la seguridad y los servicios esenciales; ofrecer oportunidades de trabajo y formación; fomentar la reunificación familiar; proteger a los menores; garantizar la libertad religiosa y promover la inclusión social (FT 38-40)

El Papa también invita a establecer el concepto de “ciudadanía plena” y la necesidad de una gobernanza mundial, una colaboración internacional para las migraciones que ponga en marcha proyectos a largo plazo, que vayan más allá de las emergencias individuales, en nombre de un desarrollo solidario de todos los pueblos basado en el principio de gratuidad. De esta manera, los países pueden pensar como “una familia humana”. Una cultura sana es una cultura acogedora que sabe abrirse al otro, sin renunciar a sí misma, ofreciéndole algo auténtico. Como en un poliedro – una imagen apreciada por el Pontífice – el conjunto es más que las partes individuales, pero cada una de ellas es respetada en su valor (FT 132-146)

Nos encomendamos a la Virgen María, a la que todos veneramos con gran devoción -con distintas advocaciones- en cada una de nuestras islas.  A ella le confiamos las esperanzas de todos los emigrantes y refugiados y le pedimos por todas las comunidades parroquiales y colectivos sociales que los acogen para que les ayude a ser buenos samaritanos para vivir el mandamiento del amor al otro, al extranjero, como a nosotros mismos. Que Dios derrame su amor en nuestros corazones para que lo hagamos realidad.

† José Mazuelos Pérez, obispo Canariense

† Bernardo Álvarez Afonso, Obispo Nivariense.

PERO… ¿ES VERDAD QUE LA ENCICLICA CENTESIMUS ANNUS APOYA O AL MENOS SE MANIFIESTA RESPETUOSA PARA CON EL CAPITALISMO LIBERAL?

Eduardo García Candela

Muchos han sido los comentarios e interpretaciones que se han hecho de la encíclica de Juan Pablo II. Unos motivados por la pretensión de apuntarse el apoyo o, al menos, el respeto de la doctrina social de la Iglesia. Otros, desde una permanente posición de censura para con la misma Iglesia y, sobre todo para con el actual Papa, postura que hunde generalmente sus raíces en problemas personales que no se confiesan, han sembrado en lo posible el desaliento o el desconcierto. Con ello, además de pretender el descrédito del Sumo Pontífice, han rendido, entre otras cosas un buen servicio a quienes el léxico vindicativo de los más marginados llama sectores conservaduros del capitalismo liberal.

Por lo general ha desconcertado el n° 42 de la encíclica, que no ha sido entendido. Se trata de un párrafo ciertamente importantísimo en la arquitectura del documento, pero que, por otra parte, ha llegado a ser una especie de árbol al que nos hemos pegado y que, así, nos ha impedido ver el bosque constituido por el resto de la encíclica.
Veamos el número a que nos referimos:

«Volviendo ahora a la pregunta inicial, ¿se puede decir quizá que, después del fracaso del comunismo, el sistema vencedor sea el capitalismo, y que hacia él están dirigidos los esfuerzos de los países que tratan de reconstruir su economía y su sociedad? ¿ es quizá este el modelo que es necesario proponer a los países del tercer mundo, que buscan la vía del verdadero progreso económico y civil?

La respuesta obviamente es compleja. Si por » capitalismo» se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar de » economía de empresa», » economía de mercado» o simplemente de «economía libre». Pero si por » capitalismo» se entiende un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico, no está encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa.»

Recordemos unas nociones elementales: los sistemas capitalista liberal y comunista se constituyen de formas diversas. En el primero son los ciudadanos los que montan las empresas, mercados, crean libremente las estructuras justas o injustas, son los sujetos de las instituciones públicas, participan de diversas formas en la gestión de la cosa pública, son sujetos activos en la vida del Estado. Ciertamente todo ello plagado de vicios que iremos viendo de la mano de Juan P. II.

En el comunista es un grupo el que siguiendo a una cabeza, se apodera del Estado y se adueña de todos los recursos del país. No olvidemos que esa cúpula es infalible según su filosofía y, por tanto, no se le puede censurar; es el Estado el que crea o desmonta según le parece, empresas, mercados y todas las estructuras, los ciudadanos no son sujetos de las instituciones públicas, sino objeto de las directrices de la autoridad. El Estado dicta sobre toda la vida como una losa tremenda por ser dueño de todos los recursos. No tiene cabida la libre iniciativa económica de los ciudadanos. Hay que reconocer a este sistema una preocupación ética inicial que el capitalismo no ha tenido, pero una realización práctica horrorosa.

Tengamos en cuenta que cuando se derrumbó el sistema comunista lo más probable es que ya hubieran comenzado los trabajos preparatorios de la encíclica, pero lo que sí es cierto de todo punto es que salió al público poco más de un año después del derrumbamiento. Por eso no podía dejar de reflejarse en ella. Volvamos al n° 42 en su párrafo b ya citado.
Lo que en él requiere el Papa es:

A) Un sistema económico que reconozca el papel fundamental y positivo de:
1.-La Empresa
2.-El mercado
3. Propiedad privada y consiguiente responsabilidad para con los medios de producción.
4.-Libre creatividad humana en lo económico

B) Frente a la dictadura estatal en lo económico y en toda la vida.
Decía que no ha sido esto entendido, y la razón es que tan acostumbrados estarnos a ver el capitalismo que tenemos diariamente ante nuestro ojos, que no se nos ha ocurrido pensar en otros sistemas que cumplan las cuatro notas que se han señalado en la redacción del párrafo.

En este punto será interesante recordar, por ejemplo, el sistema que se montó en Espacia durante la guerra civil en la zona republicana. Comenzada ya la guerra los empresarios o bien se escondieron o bien marcharon lejos donde no se les reconociera o bien fueron encarcelados. Y los trabajadores se hicieron cargo de las empresas. Ya sabemos los defectos no pequeños de aquel incipiente sistema por razón de las prisas con que todo se llevó a cabo, además de otros factores. Pero lo que sí es cierto es que el incipiente sistema cumplía las cuatro condiciones que hemos visto en el párrafo que estamos tratando:
1) Papel fundamental y positivo de la empresa (las empresas no eran estatales, sino propiedad privada de los trabajadores empleados en ellas)
2) El mercado siguió adelante, ciertamente que con características distintas del actual.
3) De las empresas respondían sus trabajadores.
4) Se mantenía la libre creatividad de la economía.

Lo mismo se podría decir de los sistemas autogestionarios que se pretendieron montar en los países de la Europa oriental y que aplastaron los tanques de Moscú…

Por otra parte en la redacción del párrafo se ve que el término «capitalismo» no es grato al Papa. Por eso , quizá, dice, sería más apropiado hablar de » economía de empresa», «economía de mercado» o simplemente «economía libre». (Frente a la economía de Estado propia del comunismo). A un sistema así no pondría dificultades morales el Pontífice como las pone al actual sistema capitalista liberal.

Es sabido, podemos estar seguros, que en la » Sollicitudo Rei Socialis,» hablando, Juan Pablo II tanto del colectivismo marxista ( 1) como del capitalismo liberal ( recordemos que entonces estaban todavía en pie en Europa los dos sistemas) decía: «Ambas concepciones del desarrollo de los hombre y de los pueblos son de tal modo imperfectas que exigen una corrección radical.»
¿Ha cambiado tras exposición tan clara la doctrina de la Iglesia? Aún más: teniendo en cuenta que tras la Centesimus Annus, en no pocas ocasiones, ha vuelto a manifestar su oposición al capitalismo ¿tendrá J. Pablo II una doble cara?

Volvamos al párrafo que estamos estudiando: dice así: » Si por «capitalismo» se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de le empresa— (no del Estado como en los sistemas marxistas)…

QUÉ EMPRESA

Pero ¿ cual es la empresa de que habla el Papa?

En el n° 35-c , tratando de los beneficios dice así: » Finalidad de la empresa no es simplemente la producción de beneficios, sino más bien la existencia misma de la empresa como comunidad de hombres» ( subrayado del texto).

El mismo Juan Pablo II, un año después ( 23-5-92) se dirigía en Nola a autoridades, trabajadores y empresarios y decía: » Urge que en la misma organización del trabajo, se tenga presente la exigencia de que las empresas se conviertan en comunidades de personas en las que los trabajadores sean no solo ejecutores materiales, sino que se sientan de algún modo partícipes del proceso productivo y protagonistas de los servicios que prestan a la sociedad».

Al año siguiente, al visitar Caltanissetta, (10-5-93), decía: «La Iglesia recoconoce la legitimidad y la función de la ganancia en la medida que indica, sobre todo, el buen funcionamiento de la empresa, pero hay que evitar transformarla en un ídolo. En realidad, la empresa, no es solo un mecanismo para la producción de bienes, sino también, y por encima de todo ( subrayado propio) una comunidad de hombres.»

Como vemos, el » más bien … comunidad de hombres» del n° 35-c que decíamos, no era una mera expresión de tránsito, sino que encierra un pleno significado.

En el nº 41-b, tratando de la alienación en la organización del trabajo, dice así: » la alienación se verifica también en el trabajo cuando se organiza de manera tal que «maximaliza» solamente sus frutos y ganancias y no se preocupa de que el trabajador, mediante el propio trabajo, se realice como hombre (2), según que aumente su participación en una auténtica comunidad solidaria o bien su aislamiento en un complejo de relaciones de exacerbada competencia y de recíproca exclusión en la cual es considerado como un medio y no como un fin.»

Las lacras propias del actual capitalismo aparecen aquí con toda su crudeza: La avaricia que lo caracteriza, la violencia de lo que el documento llama «exacerbada competencia y recíproca exclusión» y el aislamiento a la condición de medio del trabajador.

Nos interesa, sobre todo, esta última característica. Y es que difícilmente se puede señalar más certera y radicalmente el pecado básico del capitalismo. En efecto: por lo que se refiere a la empresa, el capitalismo es un sistema de producción de bienes en el que una o más personas, que pretenden obtener unos beneficios económicos, no pudiendo conseguirlos por sí mismos, emplean a otras como medios para su fin. Tal es el pecado radical del capitalismo: la reducción del hombre a la categoría de medio, cuando lo cierto es que la persona humana ha de ser sujeto y fin, pero nunca medio ni instrumento. De ahí la cantidad de carencias humanas del actual capitalismo que lo hacen tan perturbador. (3)

En el n° 43-a insiste en esto mismo diciendo que » la doctrina de la Iglesia reconoce la legitimidad de los esfuerzos de los trabajadores por conseguir el pleno respeto de su dignidad y espacios más amplios juntamente con otros y bajo la dirección de otros puedan considerar en cierto sentido que trabajan en algo propio ( subrayado del texto) al ejercitar su inteligencia y libertad» ( valores personales)

Y se nos remite a la Laborem Exercens 15. Allí se nos dice que cuando el hombre trabaja quiere que los frutos estén a su servicio y al de los demás y que tenga la posibilidad de aparecer como corresponsable y coartífice en el puesto de trabajo al que está dedicado, de donde nacen unos derechos que corresponden a la obligación del trabajo; que quiere no solo (subrayado del texto) la debida remuneración, sino también que sea tomada en consideración la posibilidad, ( y esto aunque se tratara de una propiedad colectivizada recuérdese que la Laborem Exercens fue publicada en 1981-) de ser consciente de que está trabajando en algo propio (subrayado del texto), que las enseñanzas de la Iglesia han expresado siempre la convicción firme y profunda ( subrayado propio) de que el trabajo humano implica sobre todo los valores personales, que hay que hacer todo lo posible para que el hombre pueda conservar la conciencia de trabajar en algo propio (subrayado del texto) y que, en caso contrario, surgen necesariamente daños para el hombre.

¿A qué daños se refiere el Papa? Ya se han visto algunos: reducción a medio, a instrumento de producción a» mano de obra» (concepción repetidamente censurada por Juan Pablo II ) a ser valorado por el empresario solo en tanto le rinde o le cuesta, en lo que consiste propiamente la explotación, etc, etc.

En el párrafo siguiente ( C.A. 43 b) sigue dando más razones diciendo que: » la empresa no puede considerarse únicamente como una sociedad de capitales; es al mismo tiempo, una sociedad de personas, en la que entran a formar parte de manera diversa y con responsabilidades específicas los que aportan el capital necesario para su actividad y los que colaboran con su trabajo. Y señalando los caminos por los que todo esto se ha de alcanzar añade: » para conseguir estos fines sigue siendo necesario todavía un gran movimiento asociativo de los trabajadores, cuyo, objetivo es la liberación y la promoción integral de la persona.»

DOS DIFICULTADES

Y téngase en cuenta que ya al comienzo del párrafo se ha enfrentado a dos dificultades que es de esperar que planteen los conjuntos opuestamente interesados. Uno es económico. El otro es una exhortación a llegar hasta el fin.

El económico: » El desarrollo integral de la persona humana en el trabajo no contradice, sino que favorece más bien la mayor producción y eficacia del trabajo mismo.» Y la exhortación a llegar hasta el fin: » por más que esto pueda debilitar centros de poder ya consolidados.»

Sobre la relación entre eficacia en el trabajo y desarrollo integral de la persona en el mismo, se manifestaba también dirigiéndose al Consejo Pontificio Justicia y Paz ( 29-9-94):
«En la teoría y en la práctica de la economía liberal, las exigencias de la justicia, la equidad y la solidaridad corren el riesgo de aparecer contrarias a la búsqueda de la eficacia. Pero el Magisterio de la Iglesia (…) ha rechazado siempre la supuesta racionalidad de esas teorías. Enseña, más bien, que el respeto de las obligaciones morales no entorpece la eficiencia, sino que, por el contrario, contribuye a ella.»

UNAS PREGUNTAS

Tras todo esto parece oportuno que hagamos algunas preguntas:
1) ¿Estarían dispuestos los representantes del sistema capitalista liberal a aceptar que las empresas sean primariamente comunidades de hombres y secundariamente y solo secundariamente entidades lucrativas?

2) ¿A reconocer como legítimos los esfuerzos de los trabajadores por conseguir espacios más amplios de participación en la vida de la empresa?

3) ¿A reconocer como necesario, no oponiéndose de ninguna forma, un gran movimiento asociativo de los trabajadores con tal fin, y eso aunque con ello se debiliten los centros de poder actualmente consolidados?

4) ¿A considerar la empresa no solo una sociedad de capitales, sino también de personas, que sería lo primario según lo que decíamos en la pregunta primera?

5) ¿A favorecer en los trabajadores la creación de una conciencia verdadera (por tanto de acuerdo con los hechos) de que trabajan en algo propio, reconociendo que, en caso contrario, se causan daños incalculables al ser humano?

Y, por supuesto, que cuando se plantean estas cuestiones se plantean al conjunto del actual sistema capitalista liberal. No se trata de excepciones que siempre las hay.

La empresa, pues, de que habla el Papa, ¿es como nuestra actual empresa capitalista o, al menos, algo cercano a ella, o es algo que requiera un cambio radical en su estructura?

IDOLATRÍA DE MERCADO

Dice así en el n° 34-a: «Da la impresión de que, tanto a nivel de naciones como de relaciones internacionales el libre mercado sea el instrumento más eficaz para colocar los recursos y responder eficazmente a las necesidades».

«Sin embarro esto vale solo para aquellas necesidades que son «solventables» con poder adquisitivo (4) y para aquellos recursos que son «vendibles»,esto es, capaces de alcanzar un precio conveniente (5). Pero existen numerosas necesidades humanas que no
tienen salida en el mercado. Es un estricto deber de justicia y de verdad impedir que queden sin satisfacer las necesidades humanas fundamentales y que perezcan los hombres oprimidos por ellas. Además es preciso que se ayude a estos hombres necesitados a conseguir los conocimientos, a entrar en el círculo de las interrelaciones, a desarrollar sus aptitudes, para
poder valorar mejor sus capacidades y recursos. (…) Existe algo que es debido al hombre porque es hombre (subrayado del texto) en virtud de su eminente dignidad. Este algo
(subrayado del texto) conlleva inseparablemente la posibilidad de sobrevivir y de participar activamente en el bien común de la humanidad.»

En el n° 40-b señala otro defecto del mercado: «Existen necesidades colectivas y cualitativas que no pueden ser satisfechas mediante sus mecanismos; hay exigencias humanas importantes que escapan a su lógica; hay bienes que por su naturaleza no se pueden ni se deben vender ni comprar». Se trata, entre otros, de bienes colectivos indispensables (ambiente natural y humano) cuya defensa, dice en el párrafo precedente, deben asumir el Estado y la sociedad.

Ve, además, a los mecanismos de mercado el riesgo de la idolatría del mismo: «Conllevan el riesgo de la idolatría del mercado (6), que ignora la existencia de bienes que, por su naturaleza, no son ni pueden ser simples mercancías» (40-b).

Creo que el término «idolatría» retrata bien el fenómeno. ¿No se trata, en efecto, de una fe en tan teórico montaje humano al que se sacrifican vidas y haciendas (sin metáfora alguna) y para el que se nos sigue reclamando fe a toda prueba a pesar de sus crueldades?

Y en el n° 42-c: «La solución marxista ha fracasado, pero permanecen en el mundo fenómenos de marginación y explotación, especialmente en el tercer mundo, así como fenómenos de alienación humana especialmente en los países más avanzados; contra tales fenómenos se alza con firmeza la voz de la Iglesia (…). El fracaso del sistema comunista elimina ciertamente un obstáculo (…), pero eso no basta para resolverlos».

Y mirando más lejos, y temiendo que la caída del sistema comunista, por la desmoralización de quienes se creían apoyados por sus indudables elementos positivos y, por otra parte, el envalentonamiento desmadrado del capitalismo, añade: «Existe el riesgo de que se difunda una ideología radical de tipo capitalista que rechaza incluso el tomarlos en consideración, porque a priori (subrayado del texto) considera condenado al fracaso todo intento de afrontarlos y, de forma fideísta (7), confía su solución al libre desarrollo de las fuerzas del mercado».(8)

El propio Juan Pablo II explicaba esto mismo un año después (23-5-92) en Nola dirigiéndose a autoridades, trabajadores y empresarios: «Tras el fracaso histórico del comunismo, en nuestros días se corre el riesgo de ceder a una especie de idolatría del mercado que, si prevaleciera a nivel nacional e internacional, llevaría a consecuencias nefastas para los más pobres. Urge reafirmar las exigencias de la justicia, que ninguna regla de mercado puede conculcar».

0 como también él mismo decía dirigiéndose en Caltanissetta a los trabajadores (10-5-93) : «En una época de relativismo cultural como la nuestra (…) en la que se puede perder fácilmente la conciencia de la dignidad humana no debe sorprendernos que, junto a las diversas formas de atentados contra los derechos de la persona, se registre también la auténtica perversión de la economía que tiene lugar cuando se trata al ser humano como si fuera una cosa (subrayado del texto) abandonándolo al juego de los intereses y sometiéndolo a las leyes férreas del mercado».

Pero … ¿no ve nada aprovechable en el mercado? Sí. En el párrafo 40-b antes citado nos dice: «Ciertamente los mecanismos de mercado ofrecen ventajas seguras; ayudan, entre otras cosas, a utilizar mejor los recursos; favorecen el intercambio de los productos y, sobre todo, dan la primacía a la voluntad y a las preferencias de la persona, que, en el contrato, se confrontan con las de otras personas. No obstante conllevan el riesgo de una idolatría…». «Y habida cuenta de los inconvenientes tan importantes que hemos señalado exige que sea controlado por las fuerzas sociales y por el Estado, de modo que se garantice la satisfacción de las exigencias fundamentales de toda la sociedad» (35-b). Adviértase que no dice sólo del Estado, ya que es bien sabido la facilidad con que éste cede a las presiones de los económicamente fuertes, sino del Estado y las fuerzas sociales.

¿LIBERTAD ECONOMICA?

Y veamos algo sobre la libertad económica tan acariciada teóricamente por el liberalismo: sobre la «libre creatividad humana en el sector de la economía» en palabras de la encíclica.

En el n° 39-d nos dice: «La economía es sólo un aspecto y una dimensión de la compleja actividad humana. Si es absolutizada, si la producción y el consumo de las mercancías ocupan el centro de la vida social y se convierten en el único valor de la sociedad, no subordinado a ningún otro, (tal es la pretensión de los operadores económicos, constatamos nosotros), la causa hay que buscarla no sólo y no tanto en el sistema económico mismo cuanto en el hecho de que todo el sistema sociocultural, al ignorar la dimensión ética y religiosa, se ha debilitado, limitándose únicamente a la producción de bienes y servicios».

Haciendo un recuento de las consecuencias de una completa libertad económica se nos dice cómo «a través de las opciones de producción y consumo se pone de manifiesto una determinada cultura como concepción global de la vida»(36-b). De ahí el fenómeno del consumismo. Que «el sistema económico no posee en sí mismo criterios que permitan distinguir correctamente las nuevas y más elevadas formas de satisfacción de las nuevas necesidades humanas, que son un obstáculo para la formación de una personalidad madura» de donde la necesidad de una educación de los consumidores. Recuerda como casos más destacados de desvío del consumo la droga y la pornografía (36-c). Nos dice que «es equivocado el estilo de vida» que se presume como mejor cuando está orientado a tener y no a ser». Se nos remites a la Gaudiu et Spes 35 donde se nos dice que el hombre con su actividad se perfecciona, aprende mucho, cultiva sus facultades. Que cuanto los hombres hacen para lograr más justicia, más fraternidad, un planteamiento más humano en los problemas sociales, vale más que los progresos técnicos.

Se nos remite asimismo a la Populorum Progressio 19, donde se nos dice que el tener más, aunque necesario para el crecimiento humano, aprisiona al hombre cuando se convierte en el bien supremo, que entonces los corazones se endurecen y los espíritus se cierran; los hombres ya no se unen por amistad, sino por interés, que pronto les hace oponerse unos a otros y desunirse y que para las naciones, como para las personas, la avaricia es la forma más evidente de un subdesarrollo moral.

Se nos sigue diciendo en 36-d C.A. que «es necesario esforzarse para que se implanten estilos de vida a tenor de los cuales la búsqueda de la verdad, de la belleza y del bien así como la comunión con los demás hombres (como se ve, bienes superiores a lo meramente económico -nota propia) determinen las opciones del consumo, de los ahorros y de las inversiones (…), que la opción de invertir en un lugar y no en otro, en un sector productivo en vez de otro es siempre una opción moral y cultural (subrayado del texto) (cosa que también se compagina mal con el mero interés económico -nota propia).

Se trata también el tema ecológico y se nos remite a la Sollicitudo Rei Socialis 34 donde se nos dice que no se puede utilizar impunemente a los seres naturales como mejor apetezca, según las propias exigencias económicas, que hay que tener en cuenta la limitación de los recursos naturales, que se compromete su disponibilidad para futuras generaciones, que se daña la calidad de vida por la industrialización con graves consecuencias para la salud de la población.

Y sigue en 39-e C.A.: «Todo se puede resumir afirmando una vez más que la libertad económica es sólo un elemento de la libertad humana. cuando aquella se vuelve autónoma, es decir, cuando el hombre es considerado más como un productor o un consumidor de bienes que como un sujeto que produce y consume para vivir, entonces pierde su necesaria relación con la persona humana y termina por alienarla y oprimirla».

Y se nos remite a la encíclica Redemptor Hominis donde, entre otras cosas se nos dice también en cuanto al ambiente natural que de él no parece percibirse otros sígnificados que los que sirven a los fines de un inmediato uso y consumo. Que en esta época de tan maravillosa técnica debe darse un desarrollo proporcional de la moral y de la ética y que hay que preguntarse si el hombre se hace de verdad mejor, más maduro espiritualmente, más consciente de la dignidad de su humanidad, más abierto particularmente a los más necesitados y más débiles, si crece el amor social, el respeto a los derechos de los demás o la tendencia a dominar a los otros y a explotar el progreso material en favor de tal o cual imperialismo.

Pero de todo esto no quiere oír hablar nuestro capitalismo. Es lo que lleva a Juan Pablo II a decir: «A pesar de los grandes cambios acaecidos en las sociedades más avanzadas, las carencias humanas del capitalismo, con el consiguiente dominio de las cosas sobre los hombres, están lejos de haber desaparecido; es más, para los pobres, a la falta de bienes materiales se ha añadido la del saber y de conocimientos, que les impide salir del estado de humillante dependencia» (C.A. 33-b). Ya que si en otro tiempo el factor decisivo de la producción era la tierra y luego lo fue el capital, entendido como conjunto masivo de maquinaria y de bienes instrumentales, hoy día el factor decisivo es cada vez más el hombre mismo, es decir, su capacidad de conocimiento, que se pone de manifiesto mediante el saber científico, y su capacidad de organización solidaria, así como la de intuir y satisfacer las necesidades de los demás.

Y es que, como decía a un grupo de obispos polacos (15-1-93),: «La Iglesia tiene que recordar que las leyes del mercado libre no bastan por sí mismas sino que, por el contrario, se vuelven contra el hombre cuando éste olvida sus deberes morales, que son más importantes que las leyes de la economía».

Habida cuenta de los razonamientos ya expuestos hay que preguntarse cómo es posible que se hayan escrito y publicado párrafos como el siguiente: «La encíclica Centesimus Annus asume, justifica y propone como éticamente válida la estructura económica fundamental del capitalismo. Este dato es sin duda una de las grandes innovaciones de la encíclica. Es la primera vez que un documento de este rango afronta con tanta claridad las realidades y categorías del mundo económico capitalista y las justifica desde la ética cristiana» (!).

EPII.OGO PARA CRISTIANOS

Es muy posible que a muchos cristianos, incluso practicantes, las enseñanzas del Papa les parezcan revolucionarias. Quienes así piensen deben recordar que el cristianismo, en cuanto obra que es de Dios, como no podía ser menos, es la religión del amor, que el apóstol san Juan queriéndonos dar la mejor idea del mismo Dios ya nos dijo aquello de Dios es amor. Y siguiendo los caminos del amor no se puede llegar a otras metas que las expuestas por Juan Pablo II.

Recuerden también otro punto fundamental, que es que no hay pecado contra el prójimo que no sea, al mismo tiempo, pecado contra Dios. Por eso la dignidad de la persona humana es el centro de la doctrina de la Iglesia sobre la convivencia humana. Que el trato y consideración del prójimo con la justicia que esa dignidad nos exige es el primer paso de ese amor. Que si realmente amamos al prójimo hay que asumir el deber de hacer uso de las vías más eficaces posible para solventar los problemas que le agobian. No podemos en modo alguno dejar correr las cosas y las situaciones.

Que esas vías requieren, según las posibilidades de cada uno, una encarnación en las clases más humilladas, más desfavorecidas. Y no se olvide que la encarnación cristiana – Jesucristo es el ejemplo- siempre es descendente.

Por el contrario, quienes pretender convencer con la exposición de estas verdades en los ambientes que el lenguaje vindicativo de los marginados suele llamar la «alta suciedad» no pueden pasar, llegando a mucho, de una contemplación impasible de lo que requieren la verdad y la justicia, pero de forma que no se llegue a incitar a la lucha contra la iniquidad del sistema. Ni los centros de estudio que en tales ambientes exponen estas verdades logran más prodigando becas que siempre desclasan hacia arriba (por decirlo de alguna forma) a sus beneficiarios a caballo de su egoísmo y dejando así en la estacada, como suele decirse, a sus anteriores compañeros de clase, lo que no ha servido sino como provocación a la envidia y a los resentimientos. Y es que ciertamente el auditorio no permitiría más a los expositores. De ahí vienen las diversas formas de suavización de la doctrina de la Iglesia y las distintas formas de autocensura de los mismos expositores.

Con certeza han conseguido adhesiones mucho más amplias quienes supieron ponerse al nivel de las gentes más humilladas. Prescindimos ahora de sí eran o no cristianos.

Notas:

(1) No especificar que lo que condena el Papa es el colectivismo marxista induce a creer que se condena todo colectivismo, pero lo cierto es que otros colectivismos (por ejemplo Cooperativas de Producción) han sido elogiados por J. Pablo ll. Esa falta de especificación adquiere particular gravedad cuando repetidamente se corta la frase «colectivismo marxista» suprimiendo en ella el segundo término.

(2) Es sabido cómo preocupa a Juan Pablo II el tema de la realización del hombre en el trabajo. Así decía p.e. a los trabajadores (19-3-94): «El fruto más importante del trabajo es el hombre mismo. Mediante su propia actividad el hombre se forma a sí mismo; descubre sus posibilidades y las hace realidad. Al mismo tiempo las da a los demás y a toda la sociedad. Así confirma, mediante el trabajo, su propia humanidad y, en cierto sentido, se convierte en don para los demás, realizándose plenamente a sí mismo».

(3) Por si alguien no calibra en toda su importancia lo que supone la reducción a medio de la persona humana piénsese que de un medio sólo se requieren dos cosas: a.-Que sea lo más eficaz posible para el fin que se pretende; y b. Que sea también lo menos costoso posible. Por tanto, en el sistema capitalista de producción, que los hombres rindan lo más que se pueda y cuesten lo menos posible. Precisamente en eso consiste la explotación de la persona. Por eso la reducción a la condición dé medio del hombre en la concepción capitalista de la estructura de la empresa es intrinsecamente perversa.

(4) Así quedan fuera los pobres sin ese poder adquisitivo.

(5) En medio de todo el bombardeo de la publicidad y los dispositivos de los grandes.

(6) Recuérdese la famosa fe en la mano invisible.

(7) De nuevo la fe en el ídolo.

(8) ¿Sería capaz esa «ideología radical capitalista» de eliminar con el tiempo una serie de servicios públicos que el estado se ha visto forzado a asumir ante los estragos del mercado libre radical como son la sanidad, pensiones, accidentados, parados, enseñanza algunos controles sobre el poder económico, fiscalidad, etc ?. El Papa dice que el riesgo existe.

Nos movemos por el trabajo decente

Jornada Mundial por el Trabajo Decente.

7 de octubre 2020

MANIFIESTO DE LA INICIATIVA IGLESIA POR EL TRABAJO DECENTE (ITD)

NOS MOVEMOS POR EL TRABAJO DECENTE

Por sexto año consecutivo, las organizaciones que integramos la Iniciativa Iglesia por el Trabajo Decente (ITD) reivindicamos y celebramos el 7 de octubre, la Jornada Mundial por el Trabajo Decente, para hacer visible la precariedad que sufre el mundo del trabajo, aumentada por la situación de emergencia sanitaria provocada por la pandemia mundial de la COVID-19. La crisis de la pandemia ha puesto de relieve las debilidades estructurales del Estado de bienestar en España y la necesidad del trabajo decente para el desarrollo de una sociedad fraterna. Esta crisis nos ha enseñado que se puede consumir menos y mejor, que el servicio de aquellos oficios menos valorados, social y económicamente son los que sostienen la vida y el cuidado comunitario.

La realidad en que nos encontramos está visibilizando las consecuencias de un modelo productivo incapaz de generar empleo con alto valor añadido y marcado por las altas tasas de precariedad laboral. Con empleos que se destruyen, cifras de ERTE y paro disparadas, protección social que no está ll egando a quienes tienen derecho (como en el caso del ingreso mínimo vital o la prestación para las empleadas de hogar) y miles de personas sin posibilidad de acceso a la misma por ejercer su actividad en la economía sumergida. Demasiados empleos considerados esenciales mantienen condiciones laborales tan precarias que algunas veces rozan la vulneración de derechos y muchas la imposibilidad del sostenimiento de la vida. Esto está suponiendo que multitudes se vean abocadas a acudir a los servicios sociales públicos, a los recursos sociales de las organizaciones de la Iglesia o a la ayuda de las comunidades parroquiales y vecinales para poder subsistir. Es aquí donde se ha manifestado la mayor experiencia de solidaridad y apoyo común que hemos descubierto en esta circunstancia tan extraordinaria, una experiencia de unidad en la adversidad que ha hecho que nos movamos por el bien común. Tenemos que valorar el trabajo humano en la medida que nos dignifica como hijas e hijos de Dios, corresponsables con el cuidado de la vida y la creación.

“Hoy he empezado a trabajar, el primer día de trabajo ha sido duro. En mi contrato figura una jornada real de cuatro horas y media, y en realidad han sido casi nueve…, con mucha presión por parte del jefe, y casi ninguna comunicación”.Este podría ser el caso de cualquier persona, hombre o mujer, joven o adulta…, con necesidad de un salario para poder comer, vivir, sustentar a una familia… Sensibles a esta realidad, somos conscientes que necesitamos movernos en comunidad, aunar esfuerzos, buscar apoyos y seguir reclamando un trabajo decente y de justicia social que haga oír nuestra voz en nuestros barrios, ante las organizaciones sindicales y en las instituciones de gobierno.

Ante estas situaciones necesitamos alzar la voz, pelear y luchar cada vez con más fuerza para que el trabajo decente sea posible, necesitamos una esperanza que nos permita ver el horizonte a través de estas situaciones que padece el mundo del trabajo. Nos movemos por el trabajo decente, muévete con nosotros y nosotras porque este compromiso nos humaniza.

Urgimos a adoptar las medidas necesarias para conseguir que el trabajo decente sea una realidad accesible para todas las personas, con condiciones que permitan mantener una vida digna y que la protección social llegue a todas las personas que lo necesitan.

Por eso, en esta Jornada Mundial, en Iglesia por el Trabajo Decente, nos movemos y reivindicamos:

●Apostar por un nuevo sistema productivo, capaz de generar empleos con alto valor añadido y que ponga a la persona en el centro.

●Lograr el reconocimiento social y laboral de los empleos esenciales para la vida y que estos tengan unas condiciones laborales dignas que permitan a las personas salir de la pobreza.

●Reconocer el derecho a la protección social sin que esté supeditado a la vida laboral.

●Garantizar que el ingreso mínimo vital sea una realidad para las personas que lo necesitan, dotando a las instituciones de los recursos necesarios para su gestión.

●Asegurar la percepción del subsidio extraordinario a las trabajadoras de hogar y que se reconozca su derecho a la prestación por desempleo al igual que para el resto de personas trabajadoras.

Como movimientos de Iglesia, en ITD trabajamos en equipo con el fin de visibilizar la lucha por conseguir que el trabajo decente sea cada día más real en la vida de las personas y respetuoso con la casa común. “Para la Iglesia no se trata solamente de predicar el Evangelio…, sino de alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio…” (Pablo VI)

Os animamos a participar en los actos reivindicativos y celebrativos en todas las plazas y parroquias de las diócesis, en su organización y difusión.

www.iglesiaporeltrabajodecente.org

info@iglesiaporeltrabajodecente.org

Qué significa ser hermanos

Fuente: https://curasvilleros.wordpress.com

Homilía de Mons. Juan Carlos Romanín en la 13ª Misa contra la trata, “Por una sociedad sin esclavos ni excluidos”, realizada el 23 de septiembre en la parroquia Corazón de María.

Hace ya 13 años que nos convocamos para celebrar la Misa en solidaridad con las víctimas de la trata de personas, con los trabajadores cartoneros, con las  mujeres en situación de prostitución, con las víctimas de trata y tráfico, laboral y sexual, migrantes e itinerantes, personas en situación de adicciones. Rezamos y luchamos por una sociedad sin esclavos ni excluidos, en la que se reconozca y se respete la dignidad y la libertad de todos y cada uno.

Lamentablemente, el vergonzoso e intolerable crimen de la trata de personas daña seriamente la vida de muchísima gente. Este tiempo de aislamiento por la pandemia, agudiza este delito y lo hace más visible e insostenible en tantos rostros de hermanos que cada día vemos sufrir y padecer al lado nuestro.

Estos rostros de excluidos son muchos y dolorosos. Hay miles de personas –niños, hombres y mujeres de todas las edades– privados de su libertad y obligados a vivir en condiciones de verdadera y penosa esclavitud.

Trabajadores y trabajadoras oprimidos de manera formal o informal en muchos sectores, donde no se cumple con las mínimas normas laborales de justicia, de respeto, de equidad y de caridad. Chicos y chicas que son explotados. Cartoneros y cartoneras que siguen reclamando el justo reconocimiento de su trabajo como servidores públicos con todo lo que esto conlleva. En Villa Itatí, por ejemplo, donde ahora estoy viviendo, se aprecia el aporte social y ecológico que ellos hacen en la reutilización de los residuos sólidos y en la reducción en el enterramiento de la basura.

Pienso en los migrantes que se ven obligados a vivir en la clandestinidad por diferentes motivos sociales, políticos, económicos, y en aquellos más vulnerables que, con el fin de poder ganarse un pedazo de pan, aceptan vivir y trabajar en condiciones inadmisibles. Esto también se llama «trabajo esclavo».

Pienso en las personas en situación de prostitución, entre las que hay muchos niños, niñas y adolescentes, y en los esclavos y esclavas sexuales, en las mujeres obligadas a casarse, en aquellas que son vendidas con vistas al matrimonio, como lo pude constatar yo mismo en una ciudad de nuestra Patagonia.

Es alarmante el número de femicidios y de violencia de género que acumula cifras escandalosas y que, todavía, creo que no hemos alzado suficientemente la voz de denuncia y de pedido de justicia.

No puedo dejar de pensar en los niños y adultos que son víctimas del tráfico y comercialización para la extracción de órganos, para la mendicidad, para actividades ilegales como la producción o la venta de drogas o el consumo indiscriminado del alcohol. Dios me regaló la oportunidad de vivir desde hace unos años, como les dije, en Villa Itatí, donde está el Hogar de Cristo “Jorge Novak”. Te conmueve escuchar las historias de tantos pibes y pibas rotos por la pandemia permanente de las adicciones. Y allí, a esta altura de mi vida, me enseñaron a “recibir la vida como viene” y “que vos sos importante” ¡y que un abrazo puede sanar heridas y salvar una vida!

En la raíz de la trata se encuentra una mentalidad de que la persona humana pueda ser tratada como un objeto, descartables y excluidos. Ya no se ven como seres humanos con la misma dignidad, como hermanos y hermanas, creados a imagen y semejanza de Dios.

Entre las causas profundas de estas esclavitudes y de la trata de personas el Papa Francisco se refiere en primer lugar “a la pobreza, al subdesarrollo y a la exclusión, especialmente cuando se combinan con la  falta de acceso a la educación o con una realidad caracterizada por las escasas, por no decir inexistentes, oportunidades de trabajo.” Por eso insiste en pedir un “salario universal” que nos equipare a todos y a todas.

Con frecuencia las víctimas de la trata y de la esclavitud son personas que han buscado una manera de salir de un estado de pobreza extrema, creyendo a menudo en falsas promesas de trabajo para caer después en manos de redes criminales que trafican con los seres humanos. Estas redes utilizan hábilmente las modernas tecnologías informáticas para embaucar a jóvenes y niños en todas partes de nuestro país.

Otra causa de esta esclavitud, sigue diciendo Francisco, es la corrupción de quienes están dispuestos a hacer cualquier cosa para enriquecerse.

Todos sabemos que la esclavitud y la trata de personas humanas requieren una complicidad que con mucha frecuencia pasa a través de la corrupción de los intermediarios, de algunos miembros del gobierno, de las fuerzas del orden o de otros agentes estatales, o de diferentes instituciones.

«Esto sucede cuando en el centro del sistema económico está el dios dinero y no el hombre, la persona humana. En el centro de todo sistema social o económico tiene que estar la persona, imagen de Dios, creada para amar y ser amada. Cuando la persona es desplazada y viene el dios dinero sucede esta trastocación de valores», dice Francisco.

La vida desaparece de la escala de valores. Los cuerpos no valen nada. Muchos priorizan salvar la renta, la economía, antes que la vida de los pobres. Los cuerpos quedaron excluidos, invisibilizados. Ahora aparecen, en esta pandemia, de manera obscena demostrando su miseria, porque mientras los cuerpos de los incluidos están bajo techo, los cuerpos de los pobres están sin techo, sin trabajo, sin un poco de tierra y aparecen exhibidos de manera absoluta en la calle, vivos o muertos. 

Por eso hay que volver a poner en valor la vida. El Papa Francisco pide la salvación de los cuerpos. “Nadie se salva solo”, nos dice, y hace un llamado a un compromiso común para derrotar la esclavitud, ya que todo esto tiene lugar bajo una lamentable indiferencia general. Son muchos los que hacen la vista gorda o miran para otro lado.

Pero también son muchos y muchas que hacen un gran trabajo silencioso: congregaciones religiosas, especialmente femeninas, monjas que viven insertas en las Villas, curas villeros, y tantos voluntarios y voluntarias que realizan un generoso servicio de ayuda a las víctimas y a los más pobres, desde hace muchos años. Asistencia, rehabilitación, reinserción, promoción, acompañamiento, son las respuestas evangélicas en favor de estos excluidos. 

En este último tiempo se han multiplicado los comedores comunitarios, las agrupaciones solidarias, el compartir generoso de tantas familias. El Señor sabrá recompensar todo lo que hacen por ellas y por ellos. Jesús ha dicho: “Tuve hambre… tuve sed… estaba desnudo… era extranjero… y me ayudaste”. Hoy podría decir: “Estaba abusado, estaba explotado, estaba esclavizado…sin un techo, en un trabajo esclavo… y me escuchaste, me socorriste, y me diste una mano.” 

Este incansable y silencioso trabajo que requiere coraje, paciencia y perseverancia, por sí solo no es suficiente para poner fin al flagelo de la explotación de la persona humana. Se requiere también de un gran compromiso a nivel institucional. El Estado debe cuidar la vida, proteger la vida, debe eliminar toda forma de servidumbre o trata y explotación de personas, que no deje espacio a la corrupción y a la impunidad.

Es preciso que se reconozca también el papel insustituible de las mujeres en la sociedad. La mujer es la que tiene la capacidad de escuchar y entender el lenguaje simbólico del pueblo, que muchas veces habla no con palabras sino con gestos y manifestaciones y la que sabe ponerse al hombro todos los dramas que sufrimos.

Hay que seguir luchando para universalizar la fraternidad, no la esclavitud ni la indiferencia. No seamos cómplices de este mal con nuestro silencio o con nuestro no hacer nada. No apartemos los ojos del sufrimiento de estos hermanos y hermanas privados de libertad y dignidad. Tengamos el valor de tocar la carne sufriente de Cristo, que se hace visible a través de sus numerosos rostros de los que Él mismo llama «mis hermanos más pequeños» (Mt 25,40.45). La trata, tráfico y explotación de personas son una llaga en el cuerpo de la humanidad.

Este tiempo de pandemia es tiempo de mirar con los ojos de la Virgen. Una mujer de esperanza. Una mujer que amaba como mujer, que pensaba como mujer, que sufría y se preocupaba por todos como mujer, que estaba abierta al designio de Dios sobre Ella asumiendo las consecuencias de esto.

Cuando una espada le atravesó el corazón, se quedó de pie, junto a la cruz, junto a su Hijo. Creyó contra toda esperanza. Por eso fue elegida y nació para ser Madre. Madre de Dios y Madre nuestra, compañera de camino y discípula de Jesús, cuidadora de nuestras vidas, auxiliadora de la humanidad.

Momento del Ofertorio: cinco panes con banderas de diferentes países como símbolo de fraternidad humana. Se realizaron más ofrendas del Departamento de Migraciones del Arzobispado de Buenos Aires, Fundación La Alameda, Movimiento de trabajadores Excluidos (MTE), del Equipo no a la Trata de la Comisión Nacional Justicia y Paz y de la Comisión Episcopal de la Pastoral de Migrantes e Itinerantes.

Le pedimos a Ella, hoy, aquí en su casa, que nos enseñe a ser artífices de solidaridad y de fraternidad. Que sepamos dar esperanza y ayudemos a reanudar con ánimo el camino que nos lleve a construir una sociedad sin esclavos ni excluidos.

La labor con los inmigrantes en Zaragoza

Fuente: Iglesia en Aragón

«Nuestra labor con los migrantes ha sido   expresar con hechos que no están solos»

La delegación de Pastoral de Migraciones de Zaragoza, a través de la Mesa de la Hospitalidad, ha practicado durante la pandemia la asistencia al forastero gracias a la colaboración inestimable de voluntarios y de los generosos fondos donados por sacerdotes y laicos de la archidiócesis.La delegación Episcopal de Migraciones, gracias al trabajo de la Mesa por la Hospitalidad, ha canalizado durante la pandemia las llamadas de personas migrantes que debido al Covid-19 perdieron sus trabajos y no pudieron hacer frente a sus necesidades básicas. «Frente a la posibilidad de ser desahuciados muchos de ellos, alojados pagando habitaciones, no tenían ningún contrato que garantizara su permanencia y llamaban angustiados», comenta Raquel Martínez, delegada de la Pastoral de Migraciones de Zaragoza.

Pero el trabajo de la Mesa no ha consistido únicamente en atender a estas personas telefónicamente. También los han asesorado sobre los recursos a los que podían acceder, asegurar que sus necesidades básicas estuvieran cubiertas, se han coordinado con Cáritas para el pago de los alquileres y se han realido acogidas temporales en alguna de las posadas de la Mesa de la Hospitalidad.

«Hemos intentado ser Buena Noticia en medio de tan malas noticias para quienes mayor vulnerabilidad tenían, ser portadores de un mensaje tranquilizador, de cierta paz en medio de la tormenta, cuando las condiciones parecían peores o más inseguras para estas familias, nuestro gesto ha sido expresar con hechos que no están solos», asegura la delegada de Pastoral de Migraciones.

Dones recibidos

Durante esta situación, han podido aumentar el número de familias acogidas, gracias a que el arzobispado de Zaragoza y las comunidades parroquiales han puesto a disposición viviendas: un piso en las fuentes, un piso de la parroquia de San Lamberto, en Miralbueno, y otro piso de la Parroquia Nuestra Señora del Rosario. Además de una vivienda que estando cedida por el Arzobispado a la Fundación Solidaridad sin que tuviera ya personas acogidas, les han cedido ambas instituciones.

La puesta a disposición durante un año de viviendas del Arzobispado de Zaragoza a la Delegación Episcopal de Migraciones ha sido «una gran alegría», afirma Raquel, quien añade que «también lo ha sido poder obtener financiación del Fondo Diocesano para atenuar la crisis social creada por la pandemia, al que muchos sacerdotes de la diócesis realizaron una aportación generosa, así como posteriormente los laicos». Esta ayuda, junto con la colecta específica de Cuaresma que han realizado varias parroquias, la han utilizado, en parte, para la puesta a punto de las viviendas.

Por otro lado, ha sido fundamental la donación de enseres de hogar cedidos por muchas personas generosas. Además, durante el estado de alarma la parroquia de San Miguel y las Canonesas del Santo Sepulcro organizaron más recogida de enseres.

Labor de voluntarios

«Damos gracias a Dios por todas las personas dispuestas a formar parte de los equipos de hospitalidad de cada vivienda. Actualmente la Mesa de la Hospitalidad cuenta con personas dispuestas a acompañar en grupos de 2 o 3 voluntarios a cada una de las familias, y hacer una experiencia colectiva y eclesial de encuentro con familias que necesitan su cercanía y calidez», asiente con alegría Raquel.

Desde octubre de 2019, la delegación de Pastoral de Migraciones ha acogido a doce familias, con un total de veintidós adultos y quince menores, siendo 6 de ellas, familias monoparentales. Con el cierre de fronteras, las circunstancias están cambiando, pero siguen trabajando para dar respuesta a las situaciones que van surgiendo. Raquel asegura que, desde la Mesa de la Hospitalidad «queremos seguir en el camino de transformar este mundo y dedicar también esfuerzos a los desplazados internos, tal y cómo nos indica el papa Francisco en el mensaje para la Jornada del Refugiado que se celebrará el día 27 de septiembre».

No hay enfermos “incuidables”, aunque sean incurables

Nota de la Comisión Ejecutiva de la CEE sobre la ley de la eutanasia

El Congreso de los Diputados ha decidido seguir adelante con la tramitación de la Ley Orgánica de regulación de la eutanasia. Es una mala noticia, pues la vida humana no es un bien a disposición de nadie.

La Conferencia Episcopal Española ha reflexionado repetidas veces sobre este grave asunto que pone en cuestión la dignidad de la vida humana. El último texto fue publicado el pasado 1 de noviembre de 2019 bajo el título “Sembradores de esperanza. Acoger, proteger y acompañar en la etapa final de la vida humana” y en él se examinan los argumentos de quienes desean favorecer la eutanasia y el suicidio asistido, poniendo en evidencia su inconsistencia al partir de premisas ideológicas más que de la realidad de los enfermos en situación terminal. Invitamos encarecidamente a la comunidad cristiana a su lectura y al resto de nuestros conciudadanos a acoger sin prejuicios las reflexiones que en este texto se proponen.

Insistir en “el derecho eutanasia” es propio de una visión individualista y reduccionista del ser humano y de una libertad desvinculada de la responsabilidad.  Se afirma una radical autonomía individual y, al mismo tiempo, se reclama una intervención “compasiva” de la sociedad a través de la medicina, originándose una incoherencia antropológica. Por un lado, se niega la dimensión social del ser humano, “diciendo mi vida es mía y sólo mía y me la puedo quitar” y, por otro lado, se pide que sea otro –la sociedad organizada– quien legitime la decisión o la sustituya y elimine el sufrimiento o el sinsentido, eliminando la vida.

La epidemia que seguimos padeciendo nos ha hecho caer en la cuenta de que somos responsables unos de otros y ha relativizado las propuestas de autonomía individualista. La muerte en soledad de tantos enfermos y la situación de las personas mayores nos interpelan. Todos hemos elogiado a la profesión médica que, desde el juramento hipocrático hasta hoy, se compromete en el cuidado y defensa de la vida humana. La sociedad española ha aplaudido su dedicación y ha pedido un apoyo mayor a nuestro sistema de salud para intensificar los cuidados y “no dejar a nadie atrás”.

El suicidio, creciente entre nosotros, también reclama una reflexión y prácticas sociales y sanitarias de prevención y cuidado oportuno. La legalización de formas de suicidio asistido no ayudará a la hora de insistir a quienes están tentados por el suicidio que la muerte no es la salida adecuada. La ley, que tiene una función de propuesta general de criterios éticos, no puede proponer la muerte como solución a los problemas.

Lo propio de la medicina es curar, pero también cuidar, aliviar y consolar sobre todo al final de esta vida. La medicina paliativa se propone humanizar el proceso de la muerte y acompañar hasta el final. No hay enfermos “incuidables”, aunque sean incurables. Abogamos, pues, por una adecuada legislación de los cuidados paliativos que responda a las necesidades actuales que no están plenamente atendidas. La fragilidad que estamos experimentando durante este tiempo constituye una oportunidad para reflexionar sobre el significado de la vida, el cuidado fraterno y el sentido del sufrimiento y de la muerte.

Una sociedad no puede pensar en la eliminación total del sufrimiento y, cuando no lo consigue, proponer salir del escenario de la vida; por el contrario, ha de acompañar, paliar y ayudar a vivir ese sufrimiento. No se entiende la propuesta de una ley para poner en manos de otros, especialmente de los médicos, el poder quitar la vida de los enfermos.

El sí a la dignidad de la persona, más aún en sus momentos de mayor indefensión y fragilidad, nos obliga a oponernos a esta esta ley que, en nombre de una presunta muerte digna, niega en su raíz la dignidad de toda vida humana.

Madrid, 14 de septiembre, Exaltación de la Santa Cruz

Comisión Ejecutiva de la CEE

Condiciones infrahumanas de los temporeros

Mons. Juan Carlos Elizalde ha apelado a administraciones públicas, al sector del campo y a la Iglesia a trabajar juntos en un nuevo escenario que dignifique su labor

El obispo de Vitoria y responsable del área de migraciones de la Conferencia Episcopal, Juan Carlos Elizalde, ha advertido de que las condiciones de muchos temporeros en nuestro país son «inadmisibles» y, por ello, ha apelado a administraciones públicas, al sector del campo y a la Iglesia a «trabajar juntos en un nuevo escenario que dignifique y dé cobertura legal a estos trabajadores, la mayoría inmigrantes».

El pasado 15 de agosto, como cada año por la festividad de la Asunción de la Virgen, el Obispo de Vitoria ha presidido la misa en la Catedral de Santa María en la capital alavesa.

En calidad de responsable del área de migraciones de la Conferencia Episcopal Española desde marzo pasado, ha querido aprovechar esta cita para centrarse en la «situación alarmante» que viven miles de temporeros durante estos meses de verano, concienciar a la sociedad y apelar a quienes tienen competencias en su gestión directa.

En su homilía ha recordado, en primer lugar, a los fallecidos por la pandemia y a los enfermos que están apareciendo en estos últimos brotes, y ha recordado que «frenar una nueva situación de confinamiento y de medidas restrictivas reside en el uso responsable de nuestra propia libertad».

Tras esta mención, monseñor Elizalde ha centrado su homilía en la situación que viven «miles de de trabajadores llegados de otros países para hacer el trabajo que la mayoría de nosotros no queremos hacer».

En concreto, ha aludido a la «dura» realidad de estas personas que recorren «cientos de kilómetros, miles en algunos casos, hasta llegar aquí para ganar en algunas ocasiones apenas 20 euros por jornadas de hasta 16 horas sin agua y bajo un sol abrasador, viviendo hacinados, sin un simple colchón, durmiendo en el suelo».

El obispo de Vitoria ha destacado como ejemplo a seguir el proyecto de la Unión Agroganadera de Álava (UAGA) para un «temporerismo seguro» ante la pandemia de la Covid-19 y que dota de condiciones laborales, de alojamiento y garantías legales en los contratos a los temporeros.

Elizalde ha señalado que, de que cada 100 personas que se contratan para la vendimia, solo el 5% son españoles; el 95% de origen inmigrante.
«Agradezco en nombre de la Iglesia a esos empresarios agricultores de toda España que cuidan y proporcionan lo necesario a estas personas para garantizar un trabajo decente pero siendo realistas, son muchísimos los temporeros que están en condiciones inadmisibles».

Por ello, ha invitado a las administraciones públicas y al sector agroganadero a reunirse con la Pastoral de Migraciones de la Iglesia, con Cáritas y con fundaciones humanitarias para, «entre todos,
abrir un nuevo escenario de contratación, donde se vislumbre un proyecto legal, de prestigio, humano, honrado, que de un plus a nuestros productos y una nueva categoría laboral que estos trabajadores se merecen».

«¿Por qué no se les dota a todos de una vivienda digna, de una condiciones dignas, de un salario digno, de un descanso digno
durante el tiempo que dura la recogida de los frutos de la tierra? ¿Acaso no son personas y merecen dignidad?», se ha preguntado.

Monseñor Elizalde ha denunciado públicamente la situación actual de muchos de ellos porque son «migrantes recién llegados y otros muchos que ya viven aquí, que se dejan la piel trabajando la tierra, ¿y qué les espera? Que en pleno año 2020 sean tratados en semiesclavitud. Incomprensible e inaceptable».

«en pleno verano, con un sol abrasador y ante esta dura pandemia, muchos de estos trabajadores no cuentan con comedores o lugares a la sombra en los que poder descansar. Buscar solución a esto, ¿es esto mucho pedir. Muy cerca de este templo, en la Rioja Alavesa, llegan personas estos días para la vendimia. También en el sur, en Andalucía, en el este en Cataluña, Valencia, Murcia o Albacete», ha añadido.

El obispo ha indicado que es «un trabajo físico duro pero no por ello es excusa para una explotación inhumana» y, por ello, ha apelado a «empresarios, sindicatos y administraciones públicas, «a poner fin a las condiciones inadmisibles por las que pasan estas personas».

«Y no vale hacer trampas como ponerles a trabajar 16 horas y que sólo cuenten 8, o que trabajen 20 días y coticen sólo 7», ha añadido. Además ha incidido en lo injusto que es «criminalizarles y culparles de crear focos de contagio» y cree que eso también es «hacer trampas».

«Si se dignifica su vida laboral a todos los efectos, condiciones higiénicas incluidas, no habrá más riesgo de propagación». «Esto nos debería escandalizar como seres humanos y como Iglesia. No podemos mirar a otro lado y debemos pasar a ser ejemplo de acogida a quien viene a ganarse el pan con su sudor y a tenerle dignamente el tiempo que esté entre nosotros. No hay excusa que valga», ha agregado.

Por todo ello, ha pedido a toda la sociedad en su conjunto que «no seamos una tierra hostil para quien viene a trabajar aquí o para quien busca un sustento para ellos y sus familias».

«Si sobre nosotros pesa una amenaza de emergencia sanitaria, para ellos hay ya una condena si no cambiamos sus condiciones de vida y trabajo. Aprendamos las lecciones que esta pandemia nos está
dando día a día. Cuidemos los unos de los otros. Seamos hermanos porque todos estamos en la mismo barca y nadie se salva solo. No reduzcamos todo a mera ganancia económica. El fin no justifica los medios. La vida humana merece dignidad», ha concluido.

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