Marcelino Legido, un cura pobre

Hablar de Marcelino es una labor muy complicada, por intentar transmitir algo tan grande como su vivencia mística, su capacidad intelectual, de discernimiento histórico, de exégesis, de vida de oración, de promoción de los pobres, de acompañamiento a otros sacerdotes, de inspirador de la Iglesia en Castilla, etc, todo eso en una persona muy sencilla, todo eso metido en un simple cura de pueblo. Porque en realidad no era otra cosa, un cura, con lo bueno y lo bajo que significa esta palabra en unos pueblos ‘perdidos de la mano de Dios’ en las periferias de la España rural, donde –según decía Julián Gómez del Castillo, buen amigo de Marcelino- “solo se puede enterrar a los muertos”. San Francisco de Asís y a En lo que ahora, que es moda, llaman “España vaciada”, allí donde sólo iban destinados los curas novatos o los castigados, él quiso entregar voluntariamente su vida, dejando atrás no sólo una brillante carrera universitaria, sino dos: una civil, en Filosofía, y otra eclesiástica, en exégesis y Teología. ¿Cómo contar el testimonio de pobreza de Marcelino? Él mismo nos da la pista. En las conversaciones con él siempre salían a colación las “florecillas” que contaba, florecillas que, como sabéis, suelen referirse a los sucesos de la vida de los santos como Francisco de Asís, Domingo, Ignacio, Teresa, o su paisano Juan de la Cruz, a los que trataba de tú. Nos contaba también florecillas de “los santos de la puerta de al lado”, de la gente de sus pueblos, para hacernos descubrir que en ellos están la sabiduría y la santidad de Dios. Como esa anciana de Peralejos que entró a la sacristía a preguntarle muy apurada: “D. Marcelino, ¿no será una blasfemia que yo piense la Trinidad vive dentro de mí?”, o esa otra que, viendo el icono de Rublev sobre la alacena, le dijo: “Y esta gentecilla, ¿qué hacen aquí sentados?”. Y Marcelino se reía a carcajadas diciendo: “Veis, en estas florecillas los pobres nos enseñan que entienden mejor que nosotros el misterio de Dios, ¡¡la Trinidad una gentecilla!!… si es que es una gentecilla que nos ama y vive en nosotros”.

Pues, entonces, contemos florecillas que nos desvelen cómo Marcelino vivió la pobreza de su Señor. Porque de eso se trata, de que a base de ahondar y contemplar mucho el misterio de Cristo en las Escrituras, especialmente en los evangelios y las cartas de Pablo, especialmente en los himnos cristológicos y, sobre todo, en el de Filipenses 2, 6-11, Marcelino se fue dejando despojar de sí mismo, cada vez más hondo en la espesura, en el seguimiento de su Señor. Su pobreza no es un moralismo, ni la ideología de ir a los pobres, que incluso entonces fue también una moda y hasta una excusa que ocultaba pretensiones políticas, sino la pobreza misma de Jesús que el Espíritu Santo en el Vaticano II (LG 8) pide a su Iglesia y, de modo particular, a los que hemos sido llamados al ministerio apostólico: hacer “como Cristo, que se ha hecho pobre para enriquecernos con su pobreza” (2Co 8, 9). Sí, con su pobreza.

Por eso, cuando marchó a estudiar a Alemania, a estudiar las fraternidades de Pablo, nos contaba un día que le costaba explicar su propuesta de tesis a los grandes profesores alemanes, hasta que se dio cuenta de que él mismo estaba poniendo por escrito su propia experiencia: “celebrar la eucaristía con un grupo de trabajadores inmigrantes en un garaje, la iglesia como pequeña fraternidad que se reúne en los márgenes de la historia”, y eso difícilmente podía entenderlo quien celebraba en la típica iglesia rica, como lo eran las parroquias de sus profesores. El “puesto en la vida” junto a los pobres marcaba su acercamiento a la Escritura, también como investigador de primer nivel.

Cuando vuelve a Salamanca y decide dejar la universidad para ir a los pueblos, sorprende por muchas cosas, entre otras por negarse a cobrar estipendios. Entonces un cura vecino le visita y le aconseja que eso no debe ser así, que el sacerdote necesita su manutención, que él es muy joven y ya lo entenderá… Entonces Marcelino argumenta con el Evangelio: “Si el Padre cuida de los pájaros que ni siembran, ni siegan…” Y su compañero le dice: “Ya Marcelino, por eso los pajarillos tienen las patas tan flacas”. Y Marcelino nos lo contaba riéndose, sin rencor ni reproche a quien cobre estipendios. Decía: “Si ese hermano tiene razón, tienen la patas muy flacas”. Y con verle a él, todo delgadez, a quien sobraba la ropa por todos los lados, comprendías que sí, que la pobreza adelgaza, que le iba a ir consumiendo como al Señor crucificado.

Y ese mismo cariño mostraba a otras corrientes u opciones eclesiales. Sin que se le oyera una crítica a nadie, sacando lo bueno de todos. Como cuando los seminaristas criticábamos el “sacramentalismo” y él nos contó una florecilla de un supernumerario del Opus Dei que le llamó para que mirará en los libros parroquiales si había recibido o no la Confirmación, porque si era que no pensaba confirmarse. Y Marcelino nos dijo: “Veis, ya quisiéramos nosotros tener algo del amor a la gracia sacramental de este hermano del Opus Dei.”

Y no podemos olvidar lo del nosotros, ya que ha salido ahora, en su manera de hablar, eso es una pobreza muy fuerte. Porque te acostumbrabas a oírle “nosotros” y siempre pensabas en más gente: “nos y otros”, según significa la palabra. Hasta que te dabas cuenta que era así como sustituía el YO, que la mayoría de las veces estaba diciendo “nosotros pensamos”, “nosotros hacemos”, “a nosotros nos pasa”, etc. para hablar de su vivencia particular. Todo lo contrario a un plural mayestático, ya que conseguía que pensaras en otros cuando te hablaba de sí mismo.

En definitiva, que se fue al Campo Charro a entregarse a la promoción de los pobres anunciándoles el Evangelio. Y creo que nadie como sus vecinos y hermanos de fraternidad puede contarnos cómo vivió la pobreza. Los mismos cristianos de El Cubo de Don Sancho, que le tuvieron de cura 25 años han contado en un testimonio cómo vieron y recuerdan a “nuestro muy querido sacerdote y hermano”1. Ellos ven su pobreza como una vivencia de la triple comunión que él les enseñaba a vivir: comunión de bienes, comunión de dones y comunión de vida. Comunión de bienes, por la gratuidad en el anuncio del Evangelio, entregando a la comunidad lo quepercibía por su ministerio, y sustentándose de su trabajo como traductor de libros del alemán (como había hecho Pablo tejiendo tiendas de campaña). Y, cuando se retiró a Alba de Tormes, trabajando en el taller de impresión de las benedictinas.

Vestir con lo imprescindible, su jersey gris recosido, el pantalón de pana, la boina… en todo como un paisano más. Y sin que hubiera manera de comprarle ropa nueva, pues enseguida encontraba alguien necesitado al que regalársela. Desprendido en todo menos de “sus libros”, que finalmente también entregó y terminaron en un seminario de África. Compartir los dones, que en su caso eran una desbordante capacidad intelectual, conocimientos filosóficos, teológicos, etc. que ponía al servicio de los últimos en arduas jornadas de trabajo para “hacer papilla que pudiéramos digerir” el pensamiento de Hegel o Nietzsche, la pedagogía de Freire, la historia de las civilizaciones o la última exégesis. Sabiendo siempre que solo el Amor, la gracia de Jesús, puede cambiar los corazones.

Y compartir la vida, gastándose y desgastándose en el servicio de los últimos y en la vivencia de la pobreza. En agotadoras jornadas de trabajo apostólico en El Cubo y por toda España primero. Después en los pueblos, ya casi sin salir más que a dar ejercicios en Villagarcía, yendo a pie de pueblo en pueblo (como mandó el Señor a los apóstoles e hicieron Francisco, Domingo, Ignacio…), durmiendo en el frío de las sacristías de las iglesias, comiendo la comida que Andrea preparaba y se llevaba en un tarro de cristal. Así hasta quebrantar su salud. Una marcada debilidad psicológica, una personalidad muy quebradiza con una enorme capacidad intelectual. El “tesoro en vasijas de barro”…  para poder decir que “la fuerza se manifiesta en la debilidad” (2Co 4, 7; 12, 9-10).

De esta forma de vida y de su porte de pobre campesino creo que todos tenemos alguna noticia, muchas veces con una nota de humor, como cuando en el camino entre un pueblo y otro una vaquilla brava le dio un revolcón al cruzar una dehesa. O esa vez que le encargaron una conferencia en los salesianos de Madrid y el amigo que le había invitado se sorprendió de que llegaba tarde, “¡con lo puntual que siempre es Marcelino!”, y cuando salió a la portería a preguntar si había llegado lo encontró allí sentado en el banco de la entrada; y el portero le dijo que le había mandado esperar porque creía que era un pobre que venía a pedir, y le había dicho que el director estaba muy ocupado con un conferenciante muy importante que iba a venir de Salamanca. Y allí Marcelino callado sin exigir sus derechos de “ponente estrella”. Parece que esto no le hacía pasar vergüenza, más bien al contrario, le avergonzaba cuando tenía que aceptar algún privilegio. Una vez nos contaba a los seminaristas que “la humildad era vivir en verdad” y que para él la mayor prueba era que, cuando en las convivencias con los jóvenes de los pueblos tenía que comer dos manzanas, mandado por el médico por su mal de estómago, se avergonzaba de que a los demás no les tocaba el mismo postre.

Y esta pobreza al servicio de la promoción de los pobres. Porque el abajamiento del Hijo es para elevarnos al Padre, “mermar nosotros para que el Él crezca”, como Juan el Bautista; pero, especialmente, mermar para que los pobres sean evangelizados. Y desde ahí todas las iniciativas de formación en intensidad: la liturgia vivida en torno a la mesa en mitad de la iglesia, la “escuela de vida” para los jóvenes”, la “escuela de justicia” para los mayores, y en todo momento los hermanos más pequeños en el centro de la fraternidad.

Con entrañas de misericordia para entender a los jóvenes, entregados a la fiesta, el consumo, la bebida…, de ellos nos decía que buscan “la alegría” para la que estamos creados, pero en un camino equivocado. Marcelino pasaba esas noches que ellos estaban de juerga rezando en la iglesia y cuando, al amanecer, volvía a casa y los veía tirados en la plaza con su borrachera, se le conmovían las entrañas y comprendía cómo es de grande la misericordia de Dios, para después explicarnos a todos la parábola del hijo que se marchó.

Poniendo también a los pequeños en primer lugar en la mesa de la fraternidad. Algunos muy recordados, como Balta, el hermano alcoholizado que vivía en una casetucha fuera del pueblo, al que Marcelino visitaba, hasta llegaba a fumar con él (“y eso que no sabe fumar”, decía Balta), que fue acogido por los jóvenes y se fue recuperando, y participaba de la Eucaristía y en mitad de la misa interrumpía para hablar de “lo mal que canta usted D. Marcelino” o de sus experiencias en la legión. O Tina, la hermana con una discapacidad intelectual que llevaba la Palabra a los enfermos y les cantaba una canción. Todos tenían su lugar de preferencia en la mesa, hasta llegar a sentarlos en la presidencia junto a un obispo y su consejo episcopal.

Y con los pobres, alentando las luchas del pueblo en esos años de transición a la democracia por conseguir un Ayuntamiento más de todos, con unas elecciones primarias hechas por la gente antes de que los partidos impusieran sus candidaturas.

La lucha por la escuela, creando una escuela autogestionaria para que los niños de 5º a 8º no tuvieran que desplazarse en autobús a la cabecera de comarca, después de un trágico accidente con varios muertos.

Y la lucha por la tierra, defendiendo a los campesinos que labraban los terrenos del latifundio, aunque el mismo obispo presidiera el patronato propietario de ellos. Unas luchas en las que el pueblo organizado logró mantener la escuela y las tierras a base de cortar carreteras, salir en los medios… Recuerdo que conocí en Perú al que en esos años era gobernador civil de Salamanca y él –sin sospechar que los que estábamos en la mesa éramos amigos de Marcelino- nos contaba los quebraderos de cabeza que le había dado “ese Jomeini” que el obispo tenía en el Campo Charro, y al que el obispo respetaba tanto que no quería cambiarlo de esas parroquias.

Ciertamente tres años de gran agitación, aunque los mismos paisanos que lo protagonizaron con Marcelino reconocen que, mientras Marcelino los alentaba para “hacer del mundo una mesa compartida”, ellos no querían más que tener a sus hijos cerca, o seguir labrando cada uno su propia tierra, algo que ya entonces asumió Marcelino autocríticamente, al descubrir que debía buscar más que “abrir los ojos” (concienciar para la justicia) y “abrir las manos” (alentar las luchas), “abrir el corazón” a la gracia del encuentro con Jesús, el único que cambia a los hombres. Un grupo de seminaristas de Valladolid tuvimos el regalo de escucharle esta autocrítica a principios de los noventa en unas jornadas en el Cubo de don Sancho. Revisaba en esos días su camino con los jóvenes, la siempre difícil pastoral juvenil, nos sorprendió esta lectura crítica con una historia que para otros había sido ejemplar. Sin echar la culpa a la secularización, ni al obispo, a la indiferencia o al consumismo. Sino ahondando críticamente en su propio camino. Una forma muy radical de pobreza y desprendimiento de sí mismo.

Y sin complacencia tampoco con los pobres, ese peloteo fácil que ahora está de moda en forma de populismos. Ya hemos visto cómo los mismos protagonistas reconocen que Marcelino los quería llevar más allá en sus luchas y en la “escuela de la justicia”. Esto le supuso que alguno hasta de echara de su casa, como aquellos pastores que vivían en mitad de una finca y a los que él visitaba, hasta que un día le dijeron: “si usted sigue sin querer buscar un trabajo para nuestro hijo en Salamanca mejor que deje de venir a vernos”. Y es que buscar la sombra del cura ha sido siempre camino para encontrar una recomendación y prosperar en la vida. Lo que llevaba a Marcelino a entender muy bien la crisis de Galilea, cuando Jesús se pone “contra los pobres  en favor de la justicia del Reino” y estos, escandalizados por la gratuidad del Amor, lo abandonan: “¿También vosotros queréis marcharos?”. Un abandono que iría marcando también la vida de Marcelino. Adentrándose en el despojo de su Señor, en el abismo de la cruz cuando se atreve a no dar los sacramentos más que a quienes estén verdaderamente preparados, en contra de la práctica de su obispo y de lo que hacemos todos los demás. Y entrando en una hondura evangélica que le va haciendo incómodo también para las posturas ideológicas, o eclesiásticas, o como queráis llamarlo… de quienes en otros momentos fueron sus compañeros de camino.

Un despojo de los bienes, de los dones, de la vida… que encuentra su extremo en la enfermedad y, para colmo, una enfermedad mental. “Perdió la cabeza” nos dicen los hermanos de El Cubo. Recuerdo una conversación sobre ello en una noche de ejercicios. Un cura mayor de Palencia, que siempre se sentaba en primera fila con su sotana y siempre intervenía cortando los diálogos con sugerencias sobre las rúbricas en la misa de la tarde, le dijo en esa ocasión: “Sabe D. Marcelino, este año estuve muy malo con depresión. ¡Hay que ver lo mal que se pasa! Me han dicho que usted también tiene depresiones”. Y Marcelino, visiblemente incómodo, todo colorado, le dijo: “Si hermano, somos muy débiles, y a veces se nos caen la orejas aunque queramos tener nuestra confianza en el Señor”. Precisamente se le concede como noche oscura una enfermedad que es un desprestigio. Hoy, a quienes “luchan” contra el cáncer la sociedad, les denomina “héroes”, mientras que los enfermos mentales son invisibles para el sistema sanitario y social, la mayoría desatendidos. Y resulta fácil, tapar la boca a cualquiera diciendo: “Como pienses así te vas a volver loco como Marcelino”. A mí me lo han dicho, hasta gente antaño muy cercana a él. Un misterio de “noche oscura”, que en su tiempo dará su fruto. Y que marcó sus últimos veinte años. Esta enfermedad forzó primero a que tuviera que salir de los pueblos y a que, en poco tiempo se desmantelara su labor parroquial. Algo que, por otra parte, es muy frecuente en cualquier cambio de párroco. 

Así quedó retirado y sin poder recibir visitas en las benedictinas de Alba, o en su pueblo de San Esteban (Ávila), en Medina del Campo (Valladolid). Temporadas largas sin poder presidir la Eucaristía, ni siquiera concelebrar, atormentado por los escrúpulos. Capellán por un tiempo en las carmelitas de Cabrerizos (Salamanca). Deseando retirarse como un pobre más al Cotolengo de las Urdes. Y terminando sus días, sin quererlo, en la residencia sacerdotal de Salamanca: “otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras” (Jn 21, 18-19). Enterrado como el grano de trigo para dar fruto cuando el Señor lo disponga. Esperemos que no tengan que pasar cuatro siglos para su reconocimiento en España como con san Juan de Ávila.

Y con esta florecilla termino, sucedió en Granada, cuando Marcelino bajó a la ordenación de nuestro hermano Mario Picazo y pidió que le llevaran a ver la tumba de Juan de Dios. Allí la guía que lo explicaba, sin saber quién tenía delante, dijo “San Juan de Dios era un pobre, tan pobre como ese cura de Salamanca que se llama Marcelino Legido”. Y allí Marcelino, en medio del grupo de amigos, callado, mirando al suelo, más colorado que un tomate.

Pues sí, un pobre que con su pobreza ha enriquecido a muchos. Entre ellos creo que a buena parte de los presentes.

José Ramón Peláez Sanz, Diócesis de Valladolid. Sacerdotes del Prado. España. Sesión de formación sobre la Pobreza del sacerdote. 1 al 6 de agosto 2022.


1 Comunidad cristiana del cubo de don Sancho: Nuestro muy querido sacerdote y hermano, Marcelino Legido. En AAVV: El esplendor de la misericordia. Homenaje a Marcelino Legido. Secretariado Trinitario, Salamanca 2018, 449-466.


Aproximación a la oración de Jesús

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