Para Marcelino Legido

El pasado 31 de Marzo tuvo lugar en Zaragoza (Centro Berit) la presentación del libro «Aproximación a la oración de Jesús» que han editado conjuntamente «Encuentro y Solidaridad» y el «Instituto Enmanuel Mounier». El libro, escrito por el sacerdote abulense Marcelino Legido (fallecido en el año 2016) fue presentado por el filósofo y escritor Carlos Diaz, quién considera a Legido uno de sus grandes maestros. Marcelino Legido fue un cura diocesano de Salamanca, místico, y maestro de espiritualidad de varias generaciones de sacerdotes y de laicos comprometidos. Siendo profesor de filosofía en la Universidad de Salamanca, y una de las grandes promesas de la teología española en los años 60 del pasado siglo, renunció a la cátedra de filosofía para irse de cura de pueblo al Cubo de Don Sancho, una pequeña población salmantina en la raya con Portugal de lo que hoy llamaríamos la España vacía y que en los años 70 estaba además de vaciada, muy empobrecida. Desde allí, y con las manos entre los pobres de la tierra, cultivo su teología y su espiritualidad en un camino de constante abajamiento. En la presentación estuvieron una veintena de personas presenciales y otro tanto online gracias a la retransmisión que realizó el centro Berit. Además de las palabras que pronunció Carlos Diaz, que reproducimos a continuación, viejos conocidos de Marcelino contaron anécdotas que esbozan la calidad del personaje. Como cuando Marcelino Legido acudió a dar unos ejercicios a Tarazona, y la monjas donde se hospedaba descubrieron que Marcelino había dormido en el suelo para no manchar las sábanas y no darles trabajo. O cómo fue enterrado en el año 2016 con el mismo jersey con el que había sido cura de la inmigración española en la Alemania de los años 60. Personas de generaciones más jóvenes también contaron que sin haber conocido personalmente a Marcelino, él había influido de manera determinante, pues son cientos los militantes cristianos laicos que su formación de iniciación a la militancia cristiana la hicieron con su libro «Evangelio a los pobres». 
A continuación reproducimos las palabras de Carlos Díaz en la presentación de este libro:
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Aproximación a la oración de Jesús

Para Marcelino Legido – Carlos Díaz

Sobrecoge el gran respeto que le tenían los mejores teólogos (Kässeman, Hans Küng…). Él mismo uno de los teólogos más grandes (en cuanto que es la teología del Hijo de Dios) y a la vez de los más pequeños por su propia voluntad de nada mística y su fidelidad al Señor.

Marcelino ha sido el gran regalo de mi vida porque la desgarró hace sesenta años mi vida al pie de la cruz. Quien ha conocido a Marcelino no ha conocido a nadie como él.

En Marcelino la verticalidad cercana de Dios y la horizontalidad lejana de los hombres, sus crucíferos, resulta sobrehumanación y metahumanación, pero desde la humildad. Le cuesta menos ensamblar a Dios en los hombres que a los hombres en Dios, y ello con resultado de muerte: se vuelve loco por amor. Locura real, literal, de amor que sólo Dios puede soportar y sólo en Dios puede soportarse. Por eso tenemos la esperanza de que Dios haya amamantado en la raíz la locura de nuestro amigo. Quien ante Jesucristo no se vuelve loco es que no cree en Jesucristo.

Las huellas físicas de Marcelino hay que buscarlas en el cemento de la Iglesia de El Cubo de don Sancho, y en los caminos polvorientos de los sin tierra. Tierra dura por un lado, tierra polvorienta por otro: polvo sí, mas polvo enamorado.

Los pobres son la eucaristía de Dios y Marcelino la eucaristía de Dios entre los pobres. Por eso quien no ha visto al Marcelino eucarístico que se hace gracia para nosotros no ha visto a Dios.

El Padre había encargado a Jesús la donación de su Reino a los hombres (algo absolutamente inexplicable), pero cuanto más se acerca Jesús al Padre, tanto más se pone a su servicio. El Señor es la presencia del que le envió. El que me ha visto a mí, ha Visto al Padre. El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquél que me ha enviado, y el que me ve a mí, ve a aquél que me ha enviado. En verdad os digo, quien me acoge a mí, acoge a aquél que me ha enviado. Cristo es el Siervo del Padre y desde ahí el siervo de los siervos. La oración de Jesús es la oración al Padre. La muerte del hijo no es la muerte del Padre. Su yo fue un nosotros, pero nos-otros no somos su yo. Marcelino es el resultado de la relación Padre-Hijo, ininteligible para la actual psicología. Un nosotros en nosotros para nosotros con nosotros.

La misión de los doce es la misma misión y la misión misma de Jesús. Jesús es el Adviento, y por eso es el Señor. La fe es ese ir-hacia adventicio. Primero recorriendo pueblos y aldeas enseñando en sinagogas, proclamando el Evangelio de Dios, y sanando toda enfermedad y toda dolencia. Al ver a la muchedumbre enferma y pobre, abatida y esquilmada como ovejas sin pastor se le conmovían las entrañas. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para proclamar la liberación a los cautivos, dar vista a los ciegos; para dar la libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor. Todos los ojos de la sinagoga estaban fijos en él.

El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca. Convertíos, cambiad el corazón de vuestro corazón. Reunir a todos los hombres en una familia de hijos y hermanos en torno a su mesa, hacer de la historia una mesa compartida, servida por los pequeños, esto se realizó en los caminos de Galilea anunciando el Evangelio de Dios.

Marana tha. El Señor está ya aquí. Ven Señor a nosotros, única forma de que Tú estés aquí . Es la mesa de la Pascua el lugar originario de la misión de los doce.

A sus discípulos les distingue igualándoles; les iguala distinguiéndonos. El grupo de los doce no representa al Señor, sino que el Señor se hace presente en el grupo de los doce para darse Él mismo a sí mismo, en su amor a su Iglesia, y por su Iglesia a su humanidad y a su creación. Sobre sus mismas huellas. Jesús es el rostro y el sacramento del Padre, y el grupo de los doce el rostro y el sacramento del Señor. Sólo ahí late la exousía. Es el comienzo de la parengenesía, de la regeneración.

Los demonios son las fuerzas cósmicas que articulan el mundo, el príncipe de este mundo, echar demonios es la expresión del Reino de Dios. Satanás cae del cosmos, las nubes se rompen como un relámpago, porque aparece la nueva creación; no es una mera alternativa histórica. Entonces los demonios se quedan rotos. El echar demonios, el desdemonizar el mundo, supone un trabajo por la justicia.

El servicio profético, el servicio sacerdotal y el servicio pastoral (el servicio apostólico) nace de la mesa de la Pascua y termina en la mesa de la parusía. Y si la mesa de la Pascua es la mesa de la Eucaristía, la Eucaristía es la fuente y el culmen del camino apostólico. Cristo, nuestra Pascua, le dice a Pedro: pastorea. El pastor va abriendo camino a las ovejas, llama a sus ovejas una por una y las saca afuera y va adelante. El texto griego no dice pastorea, sino apacienta, da de comer. Apacienta mis ovejas, párteles el pan que soy yo mismo. Condúceles por el camino que soy yo mismo. Es la vocación propiamente apostólica. El apóstol no sustituye a Jesús. El pan es de Jesús y el cayado es de Jesús. Pero el supremo pastor es Jesús.

Superar la dicotomía entre el sacerdote liturgo y el sacerdote misionero haciendo del camino una auténtica liturgia martirial. De esta forma, se entra al camino de aquél que se vació a sí mismo, tomando la forma de siervo. No intentéis vivir un amor apropiador. El suyo para nosotros es un don tan desbordante, que hace que todo lo que antes teníamos por ganancia, ahora nos parezca basura. El Señor sugiera a los doce no llevéis sandalias, ni bastón, ni alforja ni cayado; pareceos a las aves del cielo y a los lirios del campo. El israelita sólo se descalza en el Sinaí; ante el Señor, para quedar enteramente disponible e indefenso. Es desde aquí desde donde esta libre libertad, este don de la libre libertad, nos adentra en el camino apostólico y nos introduce en el martirio. Os llevarán a las sinagogas; os azotarán a muerte. Y os darán muerte por el Nombre. Porque el martirio apostólico no está en el dolor, sino en la aparición del Reino en nosotros. En la proclamación del Señorío de Jesús; de otro Reino que desestabiliza este mundo, y que hace que este mundo responda al anuncio humilde e indefenso, con un combate violento público, y, en ocasiones, político.

El apóstol no es más que la transparencia del mismo Señor y ha radicalizado la comprensión del apostolado en el escándalo de la cruz. Por tanto, en el apóstol, la inmediatez del Señor se hace presente en nuestra fragilidad. Es Cristo mismo quien obra en el Evangelio. El apóstol aparece como una figura escatológica de la nueva creación, y sus llagas son la epifanía del Señor mismo. Conocerle a Él, la comunión en sus padecimientos, la configuración con Él en la muerte, en la fuerza de la resurrección. Por eso llevamos siempre en nuestros cuerpos las marcas de la cruz, para que la vida de Jesús aparezca en nuestro cuerpo mortal.

Con esto, la existencia apostólica, que es una existencia martirial, es una existencia ungida por las bienaventuranzas: como desconocidos, pero bien conocidos; como quien está en la muerte, pero vivos; castigados, pero no condenados; nos golpean, pero enmudecemos, somos pobres, pero enriquecemos al mundo. De esta forma, el apóstol convierte el camino en existencia y la existencia se hace camino. Porque si el camino es el servicio apostólico, la existencia crucificada es la mejor transparencia del servicio apostólico.

El personalismo comunitario asume esta vida, aunque la traicione. Y la comparte de todo cor/razón con todas las personas de buena voluntad, creyentes o no, así en la tierra como en el cielo. Como brotes de olivo en torno a tu mesa y en el camino, Señor, amor de nuestros amores, gloria infinita, amén, amén.

Zaragoza, 31 de marzo del 2022, año del Señor.

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