“Ahora más que nunca, con las personas olvidadas” #CírculosDeSilencioEnCasa

La situación de “Estado de alarma” decretada por el gobierno español ante la epidemia del coronavirus ha supuesto el masivo confinamiento de la población en los hogares, resumido en el hashtag #QuédateEnCasa. También ha conllevado una gravísima crisis económica, con la apertura de ERTEs en innumerables empresas y la pérdida de empleo para muchos cientos de miles de personas. Mientras, los contagios aumentan y las víctimas del virus no dejan de multiplicarse. Con ellas, crece el dolor y la preocupación de las familias.

En estas circunstancias, no podemos dejar de alzar la voz por las personas migrantes, que encarnan, muy a pesar suyo, a las víctimas de siempre, también de ahora. Ellas han encontrado sus posibilidades de sobrevivir en trabajos muchas veces precarios que exigen deambular por las calles -manteros-; ellas han asumido muchos de los trabajos de cuidados en los hogares españoles; ellas afrontan también en un elevado porcentaje tareas agrícolas en condiciones a menudo muy difíciles; ellas -en especial las mujeres- son víctimas de la trata y se ven abocadas a la prostitución; ellas, por último, se encuentran a menudo recluidas en los CIEs por no cometer más delito que haber huido de las guerras, el hambre, la pobreza…

Son también no pocas personas migrantes, junto a otras muchas empobrecidas y marginadas, las primeras que no pueden cumplir el requerimiento del gobierno de recluirse en sus hogares porque viven en la calle o en campamentos improvisados junto a las grandes explotaciones agrícolas donde trabajan o en prostíbulos o en cárceles o en los CIEs, o en pisos diminutos que comparten porque no pueden permitirse nada mejor, igual que muchas otras personas víctimas de la pobreza y la exclusión… En definitiva, hablamos de una parte de la población, de vecinos y vecinas que no pueden cumplir el requerimiento del gobierno porque no tienen casa, porque no tienen algo a lo que puedan llamar hogar.

Estos días hemos recibido con esperanza la noticia de que están “desalojando” algunos CIEs (en Aluche, Barcelona, Valencia…) para evitar el contagio de sus internos. Pero no somos ingenuos: la medida se debe a las reclamaciones de las organizaciones de derechos humanos, a las protestas de los internos y a la preocupación porque haya allí un contagio masivo que ponga -más aún- en evidencia las condiciones de hacinamiento en las que (mal)viven los internos, y sobre todo se debe a la imposibilidad de expulsarlos por el cierre de fronteras. En todo caso, El Defensor del Pueblo ha solicitado al Gobierno, sumándose a la reclamación de numerosas organizaciones y colectivos, la liberación de todas los inmigrantes de los Centros de Internamiento para Extranjeros (CIE) de España. Enseguida surge la pregunta de si las personas allí recluidas recibirán opciones para acogerse en condiciones dignas bajo un techo. De momento, el gobierno libera a las que tienen residencia estable; para las que carecen de ella, dice estar buscando alternativas humanitarias… que esperemos lleguen lo antes posible.

Recientemente, Leilani Farha, relatora especial de Naciones Unidas, era muy clara al referirse a la situación de muchas familias y personas sin una vivienda digna: “Insto a los estados a que tomen medidas extraordinarias para garantizar el derecho a la vivienda para que todos puedan protegerse contra la pandemia”. Y añadía con rotundidad: “La vivienda se ha convertido en la primera línea de defensa contra el coronavirus. El tener un hogar, ahora más que nunca, es una situación de vida o muerte”. No se puede hablar más claro.

Por todo ello, nos sumamos a muchas personas, organizaciones y colectivos de derechos humanos y exigimos:

  • Frenar las repatriaciones y cualquier otra medida de orden judicial o administrativo que ponga en riesgo a personas que ante todo deben tener garantizadas las necesarias medidas de protección sanitaria. Recordemos además que el mantenimiento de estas políticas solo contribuye a coartar la consulta de las personas migrantes sin papeles en los centros de salud cercanos.
  • Cerrar los CIEs y ofrecer alternativas habitacionales dignas a las personas que no tengan una vivienda estable; además, deberán garantizarse condiciones de seguridad sanitaria adecuadas en todos los albergues y alojamientos para personas sin residencia fija que estén allí de forma temporal, mientras no se les ofrece una alternativa más idónea.
  • Combatir y denunciar las afirmaciones de carácter xenófobo que busquen estigmatizar a las personas migrantes, especialmente cuando proceden de organizaciones y medios con evidente poder mediático.
  • Compromisos explícitos por parte de los poderes políticos y mediáticos para promover una información argumentada en positivo sobre las aportaciones que hace la población migrante y refugiada a nuestra sociedad, al tejido económico mediante el consumo y el pago de impuestos, a la potenciación de los cuidados, a los trabajos en la agricultura y la construcción, a la recuperación y regeneración del tejido social, cada vez más envejecido…

En estos días, como si despertáramos a una nueva realidad, somos más conscientes que nunca de lo que es importante en la vida: la libertad de movimientos, de desplazarte a donde te plazca (los vuelos procedentes de España han sido restringidos en muchos países); el placer de gozar de un paseo, sin rumbo fijo, solo porque sí; la alegría de encontrarse con las personas amigas, con las vecinas, con la gente de nuestro entorno; la maravilla de la caricia, del beso, del abrazo; el valor de los trabajos de cuidados y de quienes producen nuestros alimentos, en manos muchos de ellos de las personas migrantes y precarizadas…

Surge una esperanza… Esta crisis ha puesto de manifiesto nuestra fragilidad, nuestra vulnerabilidad. Acaso ahora, que han caído nuestras seguridades, acaso ahora, que el estado de bienestar se tambalea, podamos liberarnos de los miedos que llevaron a cerrar todas las fronteras a las personas migrantes y refugiadas. Tal vez podamos, ahora, por fin, abrir los ojos y los brazos a quienes vienen del sur buscando un mundo mejor y pueden ayudarnos a construirlo.

Podríamos terminar este manifiesto exigiendo un cambio en las políticas migratorias en nombre de las víctimas, porque hemos asumido tácitamente ese juego del lenguaje que nos lleva a distinguir entre nosotras y ellas, las otras, los de fuera. Pero no queremos caer en ese juego. Así que lo vamos a hacer en nuestro propio nombre, en nombre de buena parte de la sociedad española y europea, que quiere otro mundo posible, necesario y cada vez más urgente. En nombre de muchas personas, organizaciones y colectivos; en nombre de una dignidad manchada y escarnecida; en nombre de una vergüenza infinita; en nombre, también, porque son fruto nuestro, de nuestras víctimas, que pueblan los fondos del mar Mediterráneo.

Un poeta escribió una vez: “Vendrá un día más puro que los otros […]. Un fulgor nuevo envolverá las cosas”. Vendrá un día más puro que los otros, un día en el que la solidaridad sea el pan tierno de cada día, un día en el que ya no haya CIEs, refugiadas, sin papeles, extranjeras, sin hogar, maltratadas, explotadas, ninguneadas, olvidadas, nadies…

Ese día puede ser HOY.

#CírculosDeSilencioEnCasa

Juntos, unidos y entre todos

Estamos recibiendo cientos de mensajes con ideas y propuestas para «pasar» lo mejor el tiempo. Yo llevo ya 6 días siguiendo los consejos recibidos: tener un horario, hacer ejercicio en casa, distribuir tareas, hablar con familiares y amigos… Pero al séptimo día esta mujer que escribe SE CANSÓ. Se cansó de mirar para dentro, a la propia casa y la propia vida.

SERVIR ES ALEGRÍA.

Para crecer como personas y como sociedad, encontrar un sentido, y salir de esta crisis fortalecidos, necesitamos escuchar el dolor de la familia de refugiados que llegó hace un mes, y vive encerrada en una habitación, sin comida ni dinero, con unos servicios sociales menguados que no dan respuesta. Necesitamos mirar a la trabajadora que en estos días ha visto reducido su sueldo a la mitad, en una subcontrata de empresa pública. Necesitamos tocar el dolor del hombre que se quedó en paro la semana antes del confinamiento, y no sabe cuándo podrá volver a encontrar trabajo. O el de aquel otro que va a trabajar con fiebre, con miedo de contagiar a sus compañeros, pero más miedo aún de no poder pagar el alquiler. Sintamos la angustia de la madre soltera, que si se queda en casa no paga el préstamo personal que pidió con unos intereses salvajes…

Y pongamos cabeza, corazón y manos en construir una SOCIEDAD MÁS FUERTE.  Pues además de batas y mascarillas, vamos a necesitar una sociedad entera que exija a la clase política que responda a las necesidades de los últimos.

Cuando los de arriba repiten las palabras de JUNTOS, UNIDOS y ENTRE TODOS, los de abajo saben que les va a tocar a ellos apretarse el cinturón. No dejemos que los eslóganes, escondan una vez más la verdad de que la factura de las crisis, de ésta y de las anteriores, las pagan los de siempre, los últimos, los pequeños, los más pobres.

Nuria Sánchez

Creer en tiempo de coronavirus

¿Cómo creer cuando aparecen las desgracias? ¿con perplejidad? ¿pasándose a la incredulidad? ¿o son ocasión magnífica para crecer en la fe? Una fe del paleolítico es una fe mágica. Esa que entiende que Dios es un caprichoso a veces feliz, a veces sádico que reparte bienes y desgracias; eso se parece más a los dioses viejos que al Dios cristiano.

Una desgraciada lectura del “Pidan y se les dará” hace pensar a mucho creyentes que la realidad depende de la insistencia humana. Triste imagen de diosecillos ancestrales. No es ese el Dios de Jesús.
(Recomiendo la entrevista al teólogo Martín Gelabert)

Dios no envía el coronavirus ni lo elimina. Dios es el Creador sí, y es omnipotente sí. Pero la omnipotencia no puede hacer círculos cuadrados, ni amores egoístas, ni asistencialismos promocionantes, ni liberaciones esclavizantes. Dios no se desentiende nunca de la humanidad, ni de cada uno, pero abrió un espacio a la libertad y la naturaleza; y él mismo (sobre todo en Jesucristo) padeció esas mismas condiciones.

Las beaterías de siempre han aprovechado para disparar contra los creyentes y obispos que respetan esta fe y han sugerido que sea de cobardes y sumisos aplicar a los actos litúrgicos las recomendaciones sanitarias para cualquier reunión. Hay quienes creen que por andar Dios por medio se dejan de lado las condicionantes de cualquier acto social. Un vino consagrado, si también contuviera veneno, no dejaría de contener ese veneno. Seamos normales. Las beaterías de siempre han relatado que solo los obispos polacos han propuesto que haya más Misas. Pero las Misas en que se junte tanta gente como en el 8M de Madrid tendrán las mismas consecuencias sanitarias que aquella reunión.

La presencia del coronavirus quizá haga dar un paso más en el convencimiento de que como dice Francisco en “Laudato si”, “todo está conectado”; el que vea la vida de manera individualista vive realmente en el Paleolítico y si su fe es individualista es una fe de aquella época. La suspensión de actos católicos y no de los actos del 8m quizá sea porque los católicos tenemos una relación con nuestra fe que incluye la razón. Es una relación integral, no fanática. Y lo es porque hemos avanzado. En otras épocas teníamos esa relación poco racional, semimágica. Hoy aquella forma vieja de relación es la que tienen en buena parte del feminismo (y lo mismo pasa con parte de nacionalismo y ecologismo).

Aceptando suspender actos religiosos no manifestamos que seamos sumisos, sino que creemos con la Iglesia que “la Gracia no anula la naturaleza” y si hay condiciones sociales de infección no va a dejar de haberla porque el acto sea piadoso. Creo más bien, aunque no lo diga así exactamente el Catecismo, que forma parte de la libertad de Dios, haber renunciado a ese poder. Es algo similar a muchos padres que no imponen algunas cosas a sus hijos porque un día encendieron con amor esa chispa de libertad en sus corazones. Porque, como dice Francisco, quieren seducir, no imponer. Dios, como los padres que conozco, trabajan por encender la chispa del amor, no la impone.

No es que seamos sumisos, es que distinguimos -como Francisco- la técnica de la tecnocracia. Nos oponemos a la tecnocracia, la técnica encastillada en su poder, el negocio de las multinacionales de la farmacia, la distinción entre clases dentro del sistema sanitario y tantas otras cosas. Sin embargo, con la misma fuerza con que nos oponemos a la tecnocracia manifestamos nuestro amor y reconocimiento por la técnica. Valoramos los esfuerzos de los profesionales, las investigaciones de los científicos, las propuestas consensuadas, el sinfín de tareas pequeñas que hacen avanzar. Es la vieja relación entre la razón y la fe. Una relación circular, convergente, dialéctica, enriquecedora.

Creer en tiempos de coronavirus es aceptar las propuestas inteligentes, razonables, científicas y no imaginar que las cosas se arreglan amontonando rezos. Orar es imprescindible para seguir trabajando en medio del cansancio, para encajar las dificultades, para aceptar que nos equivocamos a veces, para cuidarse y cuidar de los otros. La oración es muy importante pero no a medida de mi capricho sino la oración cristiana.

Creer en tiempos de coronavirus es saber aprender. Se ha puesto de manifiesto que de esta no puede salir cada uno por su cuenta. Ni solo por la acción de las instituciones. Hace falta la persona en su íntima decisión y hacen falta las instituciones. Es tiempo de aprender que no sirve ni el pánico ni la superficialidad. Es tiempo de aprender que cada profesión debe ser una vocación ejercida por amor y no por dinero. Es tiempo de aprender a compartir, de poner en juego las cualidades. Es tiempo de practicar “de cada cual según sus posibilidades, a cada cual según sus necesidades”; por eso los jóvenes se ofrecen a hacer la compra a los mayores, los niños aprenden a jugar a otras cosas, las profesiones todas se preguntan cómo amar más y mejor.

Creer en tiempos de coronavirus es ver todo el dolor económico que conlleva esta pandemia. Ya hay quien ha dicho que la crisis económica generará más muertes que el virus. El paro mata y el paro ha aumentado. Es razonable que los funcionarios se planteen la solidaridad con los autónomos; o mejor dicho los altos funcionarios con los bajos autónomos, porque de todo hay. Qué pasa con los que se quedan en paro en cosa de todos. Los filósofos del libre mercado esperamos que mejoren sus ideas a la vista de la realidad. Está claro ya que tanto el mercado como el estado resultan insuficientes por si mismos.

También habrá que darse cuenta de que una sociedad avanzada necesita que no haya personas que no llegan a fin de mes trabajando. Es necesario incluso tener un patrimonio solidario que permite afrontar estos imprevistos. La Iglesia defiende esto, con cierta timidez desde León XIII y con más fuerza desde Pablo VI. Hay que promover una economía que no haga solo limosna con quien cae en una emergencia; es necesaria una economía que cambie el corazón mismo del sistema.

Habrá que preguntarse si la investigación está enfocada a las grandes necesidades de la humanidad o hay cualidades investigadoras dedicadas a caprichos de élites minoritarias. Habrá que preguntarse también por la gestión política. No para exigir que no se cometiera ningún error pero sí para preguntarse si algunos con cualidades políticas prefirieron la comodidad de no bajar a esa arriesgada arena, sí para preguntarse si en vez de servir algunos fueron a la política a servirse.

Creer en tiempos de coronavirus exige plantearse que en cuanto pase la pandemia habrá que preguntarse por cómo construir una sociedad realmente justa. Porque la justicia social hará que los virus se encuentren una población más sana, más preparada, más prevenida. Si hay justicia no habrá personas para quienes lo de “quedarse” en casa no sea un auténtico calvario porque la casa misma es incómoda o insalubre; parecen olvidar algunos que a veces la casa no es tal; los “sin techo” siguen existiendo, los campamentos de refugiados y los CIEs siguen existiendo.

Creer en tiempos de coronavirus es dedicar tiempo y reflexión a una perspectiva crítica. Es bueno preguntarse por nuestra falta de prevención, es necesario criticar la frecuente dedicación de la capacidad investigadora a lo que es negocio en vez de al bien común.

Creer en tiempos de coronavirus es experimentar que ya nunca más es posible una vivencia egoísta. Que todos somos solidarios. Queramos o no caminamos hacia la solidaridad. Eso sí, creo, Dios lo quiso así. La humanidad tiene ante sí una gran oportunidad.

Eugenio Rodríguez

Paradojas para pensar y actuar en común

“Creo que el universo tiene su manera de devolver el equilibro a las cosas según sus propias leyes, cuando estas se ven alteradas. Los tiempos que estamos viviendo, llenos de paradojas, dan que pensar…

En una era en la que el cambio climático está llegando a niveles preocupantes por los desastres naturales que se están sucediendo, a China en primer lugar y a otros tantos países a continuación, se les obliga al bloqueo; la economía se colapsa, pero la contaminación baja de manera considerable. La calidad del aire que respiramos mejora, usamos mascarillas, pero no obstante seguimos respirando…

En un momento histórico en el que ciertas políticas e ideologías discriminatorias, con  fuertes reclamos a un pasado vergonzoso, están resurgiendo en todo el mundo, aparece un virus que nos hace experimentar que, en un cerrar de ojos, podemos convertirnos en los discriminados, aquéllos a los que no se les permite cruzar la frontera, aquéllos que transmiten enfermedades. Aún no teniendo ninguna culpa, aún siendo de raza blanca, occidentales y con todo tipo de lujos económicos a nuestro alcance.

En una sociedad que se basa en la productividad y el consumo, en la que todos corremos 14 horas al día persiguiendo no se sabe muy bien qué, sin  descanso, sin pausa, de repente se nos impone un parón forzado. Quietecitos, en casa, día tras día. A contar las horas de un tiempo al que le hemos perdido el valor, si acaso éste no se mide en retribución de algún tipo o en dinero. ¿Acaso sabemos todavía cómo usar nuestro tiempo sin un fin específico?

En una época en la que la crianza de los hijos, por razones mayores, se delega a menudo a otras figuras e instituciones, el Coronavirus obliga a cerrar escuelas y nos fuerza a buscar soluciones alternativas, a volver a poner a papá y mamá junto a los propios hijos. Nos obliga a volver a ser familia.

En una dimensión en la que las relaciones interpersonales, la comunicación, la socialización, se realiza en el (no)espacio virtual, de las redes sociales, dándonos la falsa ilusión de cercanía, este virus nos quita la verdadera cercanía, la real: que nadie se toque, se bese, se abrace, todo se debe de hacer a distancia, en la frialdad de la ausencia de contacto. ¿Cuánto hemos dado por descontado estos gestos y su significado?

En una fase social en la que pensar en uno mismo se ha vuelto la norma, este virus nos manda un mensaje claro: la única manera de salir de esta es hacer piña, hacer resurgir en nosotros el sentimiento de ayuda al prójimo, de pertenencia a un colectivo, de ser parte de algo mayor sobre lo que ser responsables y que ello a su vez se responsabilice para con nosotros. La corresponsabilidad: sentir que de tus acciones depende la suerte de los que te rodean, y que tú dependes de ellos.

Dejemos de buscar culpables o de preguntarnos porqué ha pasado esto, y empecemos a pensar en qué podemos aprender de todos ello. Todos tenemos mucho sobre lo que reflexionar y esforzarnos. Con el universo y sus leyes parece que la humanidad ya esté bastante en deuda y que nos lo esté viniendo a explicar esta epidemia, a caro precio

 

Reflexión de la psicóloga Francesca Morelli.

 

Marguerite Barankitse: “Cuando perdonas, curas el mundo”

Tras rescatar 25 niños de una masacre de 72 personas que se vio obligada a presenciar en 1993 en Burundi, ‘Maggy’ creó Maison Shalom, un hogar para más de 20.000 huérfanos

La llaman Ángel de Burundi, Madre Nacional o Santa Maggy, apelativos que Marguerite Barankitse (Ruyigi, Burundi, 1956) rechaza con una sonora carcajada de pudor que se intensifica en cada sobrenombre mencionado. “Soy más bien una mujer loca”, se adjudica,“porque sólo con locura empiezas cosas desde la nada”; aunque todo el mundo la llama Oma (abuela). Una ‘abuela’ de 60 años de edad, presencia majestuosa y sonrisa contagiosa, que encarna tanto la tragedia del pasado violento de Burundi como el empeño hacia un futuro de paz.

El 22 de octubre de 1993, Maggy perdió el 60% de su familia. La desnudaron, la ataron y la obligaron a presenciar la matanza de 72 personas durante los trágicos conflictos entre hutus y tutsis en Burundi. Los asesinos obligaron a los hombres a elegir entre matar con sus manos a su mujer y sobrevivir o morir junto a la esposa y dejar a los hijos huérfanos. Una amiga le pidió que, por favor, cuidara de sus hijas Lidia y Liset; que prefería morir con su marido.

El 22 de octubre de 1993, Maggy perdió el 60% de su familia durante los conflictos entre hutus y tutsis.

Rescató 25 niños y niñas de aquella tragedia y fundó Maison Shalom, una ONG que en pocos años llegó a dar asistencia sanitaria y educación a más de 20.000 niños de todas las etnias. Era la generación destinada a romper el ciclo de violencia en el país. Pero en 2015 el Gobierno burundés la cerró y la activista –crítica con los crímenes de lesa humanidad, reconocidos por la ONU, y perpetrados por el presidente Pierre Nkurunziza– se vio obligada a abandonar el país y refugiarse en Ruanda. Allí ha abierto un centro comunitario, llamado Oasis de Paz, para 90.000 refugiados burundeses. Su testimonio, que Barankitse vino a compartir esta semana en un acto organizado por el CIDOB en Barcelona, es el ejemplo de una resiliencia sin límites.

¿Cómo lo hace por convivir con los estragos del genocidio?

Siendo una vela en la oscuridad. Desde mi infancia cada cinco años ha habido masacres en Burundi. A pesar de las atrocidades, en mi familia siempre fui feliz. Perdí a mi padre cuando tenía cinco años pero mi madre me enseñó otra cara de la vida. Y para mí la vida fue un festín. Decidí no deprimirme y ser una pequeña candela entre la oscuridad. Me acuerdo cuando empezó en mi país la enorme masacre entre tutsis y hutus en 1972 , yo era una adolescente y no quise ir a la escuela porque no entendía porqué no honrábamos por igual a todos los padres que habían muerto. Mi madre me trajo una vela y me dijo: ‘Cuando haya oscuridad, escoge siempre ser luz’. Fue cuando le dije a mi madre que quería ser profesora y enseñar lo mismo que ella me enseñó.

A vivir en el lado positivo de la vida

Por eso, cuando hay odio, puedo amar, cuando hay indiferencia, puedo ser compasiva, cuando hay intolerancia puedo ser tolerante y cuando hay orgullo, puedo ser humilde. Esta es la misión que recibí de mi madre.

Usted creó una comunidad para 25 niños primero y luego, incluso para más de 20.000…

No solo esos 20.000 niños, sino también todas esas madres que fueron violadas, esas familias que no tenían a donde ir, los exprisioneros que no tenían casa, los niños soldados… Era una comunidad muy especial. Para mi las cifras no son importantes. Era una casa de la paz, Maison Shalom, abierta a todo el mundo. Recuerdo que en el año 2000 hubo un bombardeo y toda la gente vino a mi casa y en el patio había al menos 8.000 personas, a las que tuve que alimentar de golpe. Lo hice sin dudarlo ni un segundo.

¿Construir esa comunidad le ayudó a superar la tragedia?

Es verdad que cuando pierdes el 60% de tu familia, tíos, tías, primos y primas… la familia, el sagrado regalo que Dios nos da, algunos días piensas que quieres volver a verles, otros, que quieres regresar a tu pueblo. Pero sé, gracias a mi madre, que puedo crear una nueva y preciosa familia. Me reservo tiempo para velar a los muertos, para decirle a Dios que no lo entiendo, que a veces fue muy difícil… Además de mi familia, también perdí muchos niños: cinco niños al día morían en mis manos. Y a veces no veo compasión en la comunidad que me rodea y solo mi fe me mantiene en pie.

Recuerdo que en 1996 perdí la voz porque quería cargar con todo, cambiarlo todo; me sentía joven, pero fue demasiado para mí. Después de eso, empecé a pensar que en realidad soy un mero instrumento para la comunicación del amor y que tengo que dedicar más tiempo a gozar de la vida, que para ser Teresa de Calcuta no hace falta ser una mártir, como dicta la educación católica que recibí. Fue cuando empecé a cuidarme, a maquillarme… ahora nadie puede detenerme.

Después de convertir los estragos de una guerra civil en un mundo de esperanza para 20.000 niños, se vio obligada a huir de Burundi a Ruanda y empezar de cero por sus críticas contra el presidente de Burundi Pierre Nkurunziza. Si pudiera retroceder en el tiempo, ¿haría las cosas de manera diferente? ¿Callaría?

No [ríe a carcajada limpia] Mire, cuando empecé a construir el hospital de Maison Shalom fue porque estaba muy enfadada. Un día del año 2001 murieron 16 madres en el parto y fui al Gobierno a denunciar que no podíamos continuar así, pero el ministro de Sanidad no me escuchó. Conseguí el dinero y construí un hospital y durante 10 años ninguna madre murió dando a luz. Todas estas cosas las dejé atrás cuando tuve que huir sin nada y empezar de cero. Dos años después he reconstruido un mundo nuevo.

No callaré nunca, ni por los burundeses, ni por los españoles, ni por la humanidad. Porque somos una sola familia humana. Porque cuando destruyen la dignidad de un ser humano los demás debemos levantarnos y luchar, ya sea por los hermanos y hermanas sirios, los somalíes o los americanos. Este es mi manera de sentir. Protestaré tanto si Trump nos insulta como si la ONU comete errores, no solo contra Nkurunziza.

¿Qué les pasó a los niños de Maison Shalom en Burundi después de tener que huir?

En vez de reutilizar nuestro hospital para el país, el Gobierno burundés lo cerró. Veintiún bebés murieron en las incubadoras porque cortaron la electricidad. Lo cerraron todo. 20.000 personas que trabajaban en la comunidad, perdieron el trabajo. Los enfermos de sida que hacían el tratamiento, ahora están muriendo.

La comunidad internacional no puede callar cuando ve gente muriendo. El silencio es complicidad. Mañana no dirán que no lo supieron. Ahora lo saben, no es como el genocidio de Ruanda, ahora la comunidad internacional y todas las agencias de la ONU saben lo que está pasando en Burundi porque hay un informe de la Corte Penal Internacional que lo denuncia.

Burundi fue una de las tres crisis humanitarias más ignoradas en 2017, junto con Corea del Norte y Eritrea. ¿Por qué nadie habla de Burundi?

Porque no hay petróleo, no hay diamantes… pero hay algo mucho más rico que el petróleo y los diamantes, nuestros hermanos y hermanas. Sí. Y también porque Burundi está en una situación geopolítica estratégica. Los que quieren robar en las minas de (la República Democrática del) Congo prefieren que haya un país corrupto cercano para actuar con impunidad.

 

Usted llegó a visitar a los asesinos que mataron a gente que conocía en prisión.

Si no les ayudamos a darse cuenta de que nuestra misión en el mundo no es matar sino amar continuarán con sus crímenes. Quiero romper el ciclo de violencia que hay en el mundo. Creo que aquellos que realmente nos necesitan son los criminales porque debemos enseñarles que están en el mal camino. No puedo guardar mi odio en el corazón y a ellos quiero llevarles de la oscuridad a la luz.

¿Y qué les dijo?

Uno me preguntó, ‘¿Maggy, por qué haces esto?’ ‘Porque creo que aunque seas un criminal sigues siendo mi hermano criminal. Y sé que puedes salvar más de lo que has matado. Y después se puso a llorar delante de mí. Cuando perdonas, curas el mundo.

¿Crees que Burundi está al borde de sufrir otro genocidio?

Si no prestamos atención, el genocidio en Burundi, que ya sucede ahora, irá a peor. Desde hace dos años están matando a gente. No crea que la comunidad internacional verá machetes, bombas… Pero matan 40 personas al día. Seleccionan a jóvenes tutsis y los arrestan. Está en el informe de la ONU. El Gobierno quiere convertirlo en un conflicto étnico pero no lo conseguirán. Nkurunziza es un presidente irracional que se levanta una mañana y decide matar a tutsis. No puedes imaginar de lo que es capaz un presidente que se ha vuelto loco: torturas, violaciones, fosas comunes, cadáveres en los ríos, cuerpos mutilados en las calles – tengo las fotos en el móvil. Es un genocidio. Se emplea el mismo vocabulario que usaron los nazis para deshumanizar a los judíos.

Entonces, ¿es una represión contra los opositores?

Sí. Pero quieren hacer creer que hay una limpieza étnica. Si arrestan a las personas que protestan en las manifestaciones, ponen en prisión a los hutus, pero a los tutsis los llevan a los servicios de inteligencia para torturarles, mutilarles o esterilizarles. El Gobierno intenta provocar la rabia entre los tutsis para que se levanten contra los hutus.

Nkurunziza es un presidente irracional que se levanta una mañana y decide matar a tutsis”

Con 24 años adoptó siete niños, cuatro hutus y tres tutsis, ¿cuál es el coste personal de dedicar toda una vida a los demás?

[Ríe] No es un sacrificio. A veces me preguntan si algún día querré casarme y tener mis hijos biológicos, pero yo les digo que soy la madre más feliz del mundo. No tuve mis propios hijos pero tengo miles y miles de niños que me quieren y a los que quiero mucho. A veces me preguntan si no quiero tener un marido, pero es que nunca estoy sola en casa, es una casa llena de felicidad. Es verdad que también soy una mujer normal. No soy una monja. Me preguntan, ¿no vas a dedicar tiempo a estar en la intimidad con un hombre? No puedo dedicarles tiempo, incluso cuando alguno lo ha intentado, ha visto que no puedo estar por él. A veces incluso me he olvidado de él. [Ríe] ¿Quién va a seguir a una mujer loca como yo y ser el padre de tantos miles y miles de niños? Mi madre perdió a mi marido con 24 años y nunca vi a otro hombre en nuestra casa, quizá estoy siguiendo los pasos de mi madre sin habérmelo propuesto.

» No tuve mis propios hijos pero tengo miles y miles de niños que me quieren y a los que quiero mucho”

Fuente: La Vanguardia

 

El médico que receta no ir al médico

El doctor Antonio Sitges-Serra (Barcelona, 1951) ha ejercido 40 años en la sanidad pública, entre la cirugía, la investigación y la consulta. Conoce el sistema y sus enfermedades tan bien como los cuerpos de los miles de pacientes que han pasado por sus manos. Pero Sitges-Serra no es un médico normal: en su libro, ‘Si puede, no vaya al médico’, publicado por Debate y Libros del Zorzal, y prologado por el filósofo Manuel Cruz, planta cara a la industria farmacéutica y diagnostica la peor enfermedad del siglo XXI: el tecnoutopismo médico.

PREGUNTA. Hace poco, Amancio Ortega regaló unas máquinas a los hospitales.

RESPUESTA. Escáneres de alta precisión, sí.

P. Unos decían que Amancio es un filántropo y otros que se lava la cara, pero leyendo su libro, caí en la cuenta de algo que nadie planteó: que quizá tener esas máquinas es peor que no tenerlas.

R. Nadie lo planteó porque la tecnología es la ideología dominante. Pocos discutimos esta utopía, pero las máquinas muchas veces dan más problemas a los hospitales de los que solucionan. Unos escáneres de alta precisión pueden ser nefastos para la salud de los ciudadanos.

P. Pero todo el mundo quiere que haya más y mejores máquinas en su hospital.

R. Y nuevos fármacos, un progreso sin límites. Es un mecanismo de autodefensa, queremos seguir en ello, más, más, más, como si así fuéramos a vencer a la muerte. Pero yo creo que es un mal camino. Por lo pronto, nos ha conducido al sobrediagnóstico.

P. ¿Qué es el sobrediagnóstico?

R. Con la tecnología de detección más avanzada, se encuentran enfermedades que en realidad no son tales. No hay síntomas, el paciente está bien, va a una simple revisión y, con el nuevo superescáner de última generación, encuentran un cáncer de dos milímetros en el tiroides. El médico te dice: “Hemos visto un cáncer de dos milímetros”. Y tú crees ser un enfermo de cáncer, y te tratan como tal, aunque en realidad no te pasa nada.

P. ¿Un cáncer puede ser inofensivo?

R. Sí. Puede no dar la cara nunca. Pero una vez que estás sobrediagnosticado, caes en un círculo vicioso de revisiones que te harán dependiente del hospital, además del estrés, el miedo y la ansiedad. Y eso, en caso de que el médico de turno no quiera darte quimio o incluso operarte, siempre con la mejor intención, desatando una carnicería innecesaria. Pues bien, esa carnicería no la provocó tu cáncer sino su diagnóstico. De este modo es como la tecnología de detección precoz se convierte en un problema grave para tu salud.

P. ¿Hay mucha gente por ahí con cánceres inofensivos que nadie ha visto?

R. Muchísima, claro. Cuando alguien se muere por cualquier causa, de vejez, por ejemplo, es muy frecuente encontrar cáncer de tiroides en el cadáver. El 20% de pacientes que mueren de lo que sea lo tiene. Si tú compras esta máquina tan fantástica que detecta tumores de menos de dos milímetros, puedes acabar extirpándole el tiroides al 20% de la población por nada. En Corea del Sur, un país absolutamente esclavo de la tecnología, es justo lo que pasó. Fue una masacre. Miles de tiroides extirpados por cánceres inofensivos que jamás hubieran dado la cara.

P. Es decir, que si me detectan un cáncer de dos milímetros, ¿no tengo cáncer?

R. Exacto. Los diagnósticos aumentan con las máquinas ultramodernas, pero no la mortalidad. ¿Por qué? Porque detectan cánceres que no matan, ni dan síntomas ni nada. Otro ejemplo: el 80% de los varones tiene cáncer en la próstata al morir. Ha muerto de otra cosa, por ejemplo, de un infarto, pero tenía ese cáncer no se sabe desde cuándo, sin que nadie lo viera y sin dar síntomas. Para la vida del paciente, lo mejor es que no se lo detecten.

P. Usted dice muchas cosas que desafían la intuición.

P. Lo sé. Se ve además otro problema en los hospitales con las máquinas más modernas: el de la interpretación. La lectura radiográfica de una mamografía o de cualquier otra cosa te exige experiencia. Si no la tienes, vas a levantar falsos positivos. Las máquinas siempre necesitan profesionales formados, y la innovación constante juega en detrimento de la curva de aprendizaje de los médicos, y por tanto en contra del paciente.

P. ¿Cuándo se empezó a complicar la cosa?

R. El siglo XX ha sido muy potente en el progreso tecnológico de la medicina, pero ahora los beneficios de las novedades son muy pequeños y el coste es enorme. Por ejemplo, muchas intervenciones quirúrgicas han triplicado su duración respecto a las de los años noventa, por robotizarse. Por tanto, el número de quirófanos necesarios aumenta. El robot hace la cirugía mucho más complicada, mucho más cara, mucho más prolongada, y los resultados no son mejores que sin robot. Pero los industriales quieren vender sus inventos, y los políticos y los ciudadanos se dejan deslumbrar. Así es el tecnoutopismo.

P. ¿Qué le supone a la economía de un hospital, por ejemplo, un robot para operar próstatas?

R. Un gasto inicial de un millón y medio, y unos mantenimientos anuales de más de 100.000 euros. Más el coste de enseñar a los médicos a usarlo. El gran problema de la sanidad es el incremento de los costes: el coste aumenta cada año, en gran parte porque se compran productos innecesarios, pero glamurosos. La sanidad está entre el 20 y el 25% del PIB, y cada año crece. El año pasado, un 6%, mientras el PIB creció solo un 2%. Si no fuera por el tecnoutopismo, los costes se reducirían enormemente. Se podría dedicar más dinero del PIB a la Justicia o a la dependencia. Y además, sobran médicos.

P. ¿Cómo? Siempre se dice lo contrario, que faltan médicos.

R: Ya, pero esto es así porque hemos creado una sociedad hipermedicalizada e hipocondríaca. Mira: cuando preguntaron a Oriol Bohigas, el gran urbanista, cómo solucionaría el problema del tráfico en Barcelona, dijo: “Pues muy fácil, haciendo que las calles sean más estrechas”. Esta paradoja también se puede aplicar a la medicina. Si tú vas generando necesidades, siempre vas a tener más demanda. Si ensanchas las carreteras, tendrás más coches.

P. Usted aboga por poner límites.

R. Y por replantearnos nuestra relación con la muerte. El médico especialista vive de espaldas a la muerte. Es poco compasivo y siempre tira para adelante. Siempre hay otro medicamento, otro instrumento, etcétera.

P. Siempre esperamos ese milagro.

R. Esperamos que inventen algo, y es irracional. El tecnoutopismo nos exige vivir de espaldas a la muerte. Hablas con oncólogos y la muerte no existe. Para ellos, hay un fármaco, un TAC y un tumor. Y con eso van jugando hasta que la cosa explota. Si nos reconciliáramos seriamente con la muerte, podríamos en cuestión este sistema sanitario. Pero tú no puedes decir que un paciente de ochenta y tantos años no debe ingresar nunca en la UCI, porque te llaman de todo.

P. ¿Por qué no debe ingresar?

R. Porque sabemos que un enfermo de 85 años que pasa una semana en la UCI tiene un 70% de posibilidades de morirse en el hospital, y otro 30% de morirse durante el año siguiente. El margen coste-efectividad del tratamiento es nulo. Pero, como el sistema paga, esto no se valora en medicina pública. Y debería ser la guía.

P. ¿Qué otros ejemplos hay de tecnoutopismo en la medicina contemporánea?

R. La mal llamada ‘prevención del cáncer de mama’ es un ejemplo brutal. Yo digo que es mejor olvidarnos de las mamografías y dedicar esos recursos a poner más guarderías, para que las mujeres puedan parir antes. Influye más en que no mueras de cáncer de mama que adelantes la maternidad que 20 mamografías en 20 años. La medicina preventiva tiene que ver con cambiar hábitos sociales malos para la salud, y no con someter a todas las mujeres a escáneres gratuitos a partir de los 40.

P. ¿Las mamografías periódicas no evitan que las mujeres mueran de cáncer de mama?

R. A lo largo de la vida de una mujer, entre los 40 y los 90 años, tiene un 10% de posibilidades de morir de cáncer de mama y un 90% de morirse de cualquier otra cosa. Es decir: la mamografía trata con una enfermedad de poca prevalencia. Eso para empezar, pero, además, se han hecho estudios comparados: mil mujeres mamografiadas y mil mujeres no mamografiadas. Pues bien: en un grupo se mueren cuatro, y en el otro se mueren cinco. Quien hace mamografías, dice entonces que ha muerto un 20% menos, pero esto es una trampa: una enferma de mil no justifica que a las otras 999 mujeres les hagas una mamografía al año. Pero hay más: de esas mil mujeres mamografiadas, 200 dan alguna vez el falso positivo. Es decir: que les tienen que repetir la mamografía o hacerles una biopsia. Finalmente, un 5% de estas mil mujeres mamografiadas sufrirá una masectomía improcedente. Así que es mejor para las mujeres que no les hagan mamografías.

P. Todo está lleno de anuncios, sin embargo, diciéndoles que se las hagan. Y que nos miremos el colesterol, y que poca broma.

R. Una sociedad hipocondríaca y sobremedicada. Desde luego. La hipocondria social tiene muchos factores: la prensa, los médicos, la industria, las sociedades científicas, etcétera. El bombardeo de noticias y anuncios sobre los peligros de caer enfermo genera ansiedad. Y es una ansiedad avalada por la Sociedad Española de Cardiología.

P. Leyendo su libro, he tenido la sensación de que el debate sobre las vacunas está envenenado, y que el hecho de que los antivacunas sean estúpidos da carta blanca a las farmacéuticas para meternos vacunas que no necesitamos.

R. Así es. A la industria farmacéutica le vienen muy bien los antivacunas. El debate gira en torno a un falso dilema. Las vacunas, la higiene, los antibióticos y la cirugía menor son los cuatro grandes pilares de la sanidad del siglo XX. No hay duda. Ahora bien, cuando el calendario pediátrico de vacunas supone 45 dosis en seis años, yo digo: ¿estáis seguros? Porque a lo mejor estamos sometiendo el sistema inmune de estos chavales a un bombardeo que no sabemos en qué va a terminar. Porque una cosa es que vacunes de las enfermedades como la viruela, el tétanos, la tos ferina, difteria, poliomelitis, etcétera, y otra que empecemos a ampliar el mercado: que si la meningitis, que si el neumococo, que si el papiloma… Ahí nos estamos pasando. Hay vacunas que solo interesan a las farmacéuticas, y las pasan, en parte, porque el debate está polarizado. ¡No vaya alguien a pensar que uno es antivacunas, como esos estúpidos acientíficos!

P. Es parte de la medicalización de la sociedad, que usted describe.

R. Claro. No queremos morirnos, ni tampoco queremos tener dolor, ni tristeza. Entonces se medicalizan la muerte, el dolor y la tristeza, y sale ganando la industria, no las personas. ¿Qué pasa cuando bajan el límite aceptable de colesterol en la sangre? Que tienes millones de enfermos que necesitarán millones de dosis de medicación. Por no hablar de esa otra cosa que hacen, que es inventar enfermedades.

P. Respecto a las farmacéuticas, usted dice que muchos medicamentos se comercializan antes de saber si son seguros.

R. Es algo impresionante. El 40% de medicamentos que se han demostrado mortales después de empezar a venderse tarda todavía dos años en ser retirado del mercado. ¿Por qué? Porque el desarrollo del fármaco ha sido caro, e intentan amortizarlo en los primeros años. La industria aprieta mucho porque sabe que o bien el medicamento va a acabar desvelando algún problema, o no es tan efectivo como se vende, o bien va a salir un competidor. ¿Cómo lo consiguen? Con propaganda, y convenciendo a médicos, a veces con métodos poco honestos. En la oncología, esto es muy normal. La oncología es una de las prácticas más corruptas de la medicina.

P. ¡Esa frase tiene tela!

R. Ya, ya. Cuando rascas un poco la especialidad por dentro… La gran mayoría de oncólogos de cierto renombre cobran directamente de la industria farmacéutica, o a través de ensayos, o en especies, o a través de congresos. La oncología es una de las especialidades con más inversión de todo tipo.

P. El lunes fue Blue Monday, el día más triste del año, así que tenemos que irnos a comprar para curarnos. Creo que es una buena síntesis de lo que cuenta su libro.

R. ¡Ja, ja! Sí, es la medicalización de la vida, hasta de los lunes. Convierten en enfermedad (con su fármaco correspondiente) la tristeza, el sexo, la nutrición, la regla, la menopausia, la fealdad, la estupidez… Todo lo humano es susceptible de tratamiento, y la industria amplía su mercado. Como dijo Huxley, la medicina avanza tanto que pronto estaremos todos enfermos.

Fuente: El Confidencial

Con fe en la política. Por Carlos García de Andoin

Testimonio compartido en la vigilia del Congreso de Laicos #PueblodeDiosEnSalida el 14 de febrero de 2020.


No es fácil ofrecer un testimonio sobre mi compromiso en la vida pública. ¿Qué ha significado para mí la llamada que hoy hemos escuchado en el Evangelio a ser sal y luz? Sí lo es contar los primeros pasos: el compromiso de monitor entre personas con discapacidad, la objeción de conciencia, ser delegado de estudiantes cuando me iniciaba en la JEC o la denuncia de la precariedad acompañando a jóvenes de la JOC.

Sin embargo, no es tan fácil, referirme aquí, en este Congreso, a mi compromiso específicamente político. Seguramente, aspectos que pueda señalar, por ejemplo, fui impulsor y miembro de la Comisión de Expertos del Valle de los Caídos, pueden no ser compartidos por bastantes o muchos de los aquí presentes. Sin embargo, si no quiero hacer teoría, sino testimonio concreto, necesito referirme a opciones que nacen de mi discernimiento cristiano en política, pero que pueden ser distintas en otras personas igualmente cristianas.

Quiero en este sentido subrayar que no cabe política sin toma de partido, no es, ni más ni menos, que misterio de la Encarnación: el Todo en el fragmento. Por eso como dice Octogessima Adveniens, “una misma fe puede conducir a compromisos políticos diferentes” (n. 50). Esto hemos de interiorizarlo porque los textos de la Iglesia, Católicos en la Vida Pública –que leí con fruición-, hablan bellamente de la vocación política como “una de las más altas posibilidades morales y profesionales” de la persona y, sin embargo, cuando das el paso del partido, se produce un distanciamiento helador, con la comunidad cristiana y con el ministerio pastoral, que no se da en relación a otros compromisos.
Necesitamos un ecosistema eclesial más favorable a las vocaciones laicales a la política. La comunidad cristiana tenemos una rica presencia en la sociedad civil, que, entre otras razones, por falta de vocaciones políticas, está infrarrepresentada en la esfera pública.

De mi experiencia quiero destacar tres aspectos.

Primero. Cristianismo público, con anuncio explícito. En mi acercamiento al partido socialista fue central el político Ramón Jáuregui, recién jubilado ahora como eurodiputado, entonces secretario general en el País Vasco, nos convocó a un grupo de cristianos. En aquella reunión le mencioné la consideración del PSOE de la religión como un asunto estrictamente privado. Le pregunté si el partido estaba dispuesto a aceptar el cristianismo como hecho público para el socialismo. “Nosotros -le dije- si somos socialistas lo somos a fuer de cristianos”. Ramón me dijo: “Sí, recorramos ese camino». Esto ocurrió en Bilbao en 1993. Creamos lo que hoy es Cristianos Socialistas PSOE. 25 años de una presencia modesta pero explícita en una cultura partidaria de tradición anticlerical y laicista, pero que hace de la igualdad la estrella polar de su acción política, lo cual tiene mucho que ver con esa maldita costumbre de la Biblia de ponerse del lado de los pobres. Se trataba además, de tender puentes entre las políticas del partido y las demandas políticas del mundo cristiano; lo que hemos realizado de múltiples maneras en exclusión social, en educación, en las cárceles, en cooperación al desarrollo. La luz no se esconde bajo el celemín.

Segundo. En la experiencia de estos años no puedo olvidar la decisión de entrada en la política municipal, como concejal en Sestao. El que un día fuera epicentro de la gran industria y que todavía hoy es el pueblo de Bizkaia con mayor índice de paro. Eran los años en que ETA aplicó la política de socialización del sufrimiento asesinando a concejales del PP y del PSE-EE. No sobraban los candidatos a concejal, cuando, el primer día de campaña te ponían un escolta y pasabas a formar parte del colectivo bajo la amenaza de una diana telescópica o de un dedo en la calle. Acabaron siendo ocho años con ángel de la guarda. Un impacto personal, pero más aún familiar, en mi mujer y en mis dos hijos de 6 y 4 años. Mi hija, cuando íbamos a la escuela, se interrogaba por aquella presencia extraña.

Tercero. Con fe en la política. Sin mesianismos, ni demonizaciones. Con la confianza de que la política hace mucho, lo afirmo, por el bien común, por el Reino Dios y su justicia. Este se juega menos en la afirmación íntegra y prístina de los valores que en su puesta en práctica, a través del Boletín Oficial, aún con leyes hechas de transacciones y discusiones; o a través de unos Presupuestos, aunque su justicia es siempre imperfecta; pues los recursos son limitados. Uno de los momentos más críticos de mi experiencia política se produjo cuando la aprobación de la ley de plazos del aborto. Solo la podía concebir como mal menor. Me jugué el puesto, estaba en gabinete político en La Moncloa. Conseguimos que fuera reconocida la objeción de conciencia de los profesionales sanitarios. Cuando te instalas en unos valores escatológicos, cuando la realidad se espesa, es tentador romper la baraja, en último término, dimitir de la acción política y volver al calor de la parroquia. Jesús no se fue, se mantuvo en pie, incluso viendo que tenía todas las de perder. Por otro lado, el mejor momento. Cuando Ramón Jáuregui, a propuesta de PPC, en el libro 50 Cartas a Dios, escribió a Dios, y le dijo: “Hoy no creo en Ti, pero te tengo por aliado”.

Por último, siempre es necesario arraigar la caridad política en la interpersonal. Una revisión de vida en mi grupo de Acción Católica me llevó hace años al encuentro de un joven nigeriano que se acercaba a la parroquia. Mi vida, la de mi familia quedó unida a la suya. Todo es según el dolor con que se vive. Si, como dice el papa Francisco, necesitamos políticos y políticas a quienes duelan los desfavorecidos. ¡Señor, gracias por esta misión! ¡Señor, gracias por tu compañía en esos momentos de soledad! ¡Señor, danos vocaciones laicales a la política! Ahí también nos llamas, esta misma noche, a ser sal y luz.


*Carlos García de Andoin ha sido fundador y coordinador de Cristianos Socialistas. Asesor de vicepresidenta de Gobierno, M.T. Fernández de la Vega y dtor adj. de gabinete de Ramón Jáuregui, ministro de la Presidencia. En la actualidad es vicepresidente de la Liga Internacional de Socialistas Religiosos.

A favor de la “muerte digna”, pero sin confundirla con la “eutanasia”

FRATER ESPAÑA manifiesta claramente su posición a favor de la “muerte digna”, que en ningún caso puede confundirse con la “eutanasia” cuyo objetivo es causar la muerte por piedad, cuando no por otras intenciones, y que evidentemente es un “homicidio por compasión”.

Las personas que integramos FRATER sabemos por nuestra experiencia personal cotidiana, vivida desde la enfermedad crónica y la discapacidad, lo que supone una existencia inmersa en muchas situaciones de dolor, sufrimiento y pérdidas, por eso estimamos que en modo alguno ha de propiciarse la muerte como una decisión determinante sin antes considerar los diversos modos humanos y técnicos que existen de acercarse a ella.

Así, consideramos que es preciso plantearse una “muerte digna” y nunca pretender adelantar deliberadamente la muerte del paciente y ello desde una actuación correcta ante la muerte por parte de quienes atienden al enfermo. Lo entendemos como el derecho del paciente a morir dignamente, pero, además, sin el empleo de medios desproporcionados para mantener la vida ya que estamos igualmente en contra del “ensañamiento terapéutico”.

En Frater defendemos el derecho del enfermo a no sufrir inútilmente y a que se respete la libertad de su conciencia y su derecho también a conocer la verdad de su situación y a decidir sobre sí mismo y sobre las intervenciones a que se le haya de someter. Creemos, además, que la función ética del médico debe ser “Ayudar a vivir y, en su momento, ayudar a bien morir”, y no a causar intencionadamente la muerte según dicta el  juramento hipocrático y no deberían  verse envueltos en presiones familiares contrarias a su independencia y ética profesional y, por ello, apoyamos la “objeción de conciencia” del personal sanitarios que por ley se viere envuelto en causar la muerte contraria a su “derecho civil” de libertad personal de conciencia.

Como personas directamente implicadas, estamos a favor de los Cuidados Paliativos que alivian el dolor y acompañan con toda dignidad al enfermo en sus momentos finales. Vemos como la experiencia enseña que cuando se ponen medios suficientes humanos y económicos la mejor salida y despedida de la persona en fase terminal es el “acompañamiento paliativo” y la “cercanía humana y cálida” de los seres queridos.

En FRATER entendemos que el sufrimiento, la vulnerabilidad o la debilidad, nunca deberán ser utilizadas como excusa ni pretexto para justificar actitudes y leyes que excluyen, marginan o eliminan de la vida a los seres humanos.

Por tanto, FRATER ESPAÑA se manifiesta por la vida, y por ello, por una muerte digna.  estamos, por tanto, contrarios al “homicidio por compasión” y asimismo del inútil sufrimiento del “encarnizamiento terapéutico”.

Frater España

 

Mi cuidado, mi derecho

Curioso, muy curioso que hoy se empiece a debatir la ley para la eutanasia y no el cumplimiento real de la ley de dependencia, que para casi un 40% de aquellos que la precisan, y a la que tienen derecho, no es más que una falacia.

Curioso cuando hay casi un 70% de población con necesidades paliativas no cubiertas por equipos especializados en aliviar el sufrimiento y la atención al final de la vida. Recordemos que la función de estos equipos no es sólo la atención de los pacientes, sino también la coberturas de sus familiares durante y después de su fallecimiento.

Curioso cuando no se cubren a los familiares que cuidan con bajas y derechos laborales que permitan ese cuidado sin empobrecer a familias enteras en el camino.

Curioso que la ley que se debaten hoy sea la medida más barata de todas las mencionadas.

Cuando en un país como el nuestro, con tan bajas coberturas sociales y sanitarias para los enfermos crónicos, paliativos y sus familiares se plantea algo así, corremos el riesgo de coaccionar al enfermo y sus familiares.

Por qué elegiremos morir si tenemos la posibilidad de ello?

Por sufrir o por no hacer sufrir y empobrecer a los nuestros?

Se abre un escenario en el que más que la dignidad de la persona se puede generar una suerte de coacción social ante la falta de opciones reales de afrontar verdaderamente con dignidad la enfermedad y el final de la vida.

No juzgo a aquellos que deseen una muerte digna en determinados contextos, jamás lo haría porque yo no estoy en su pellejo.

Pero juzgo una sociedad que polariza la atención hacia la solución más barata y sencilla, sin medir las consecuencias reales, en un contexto de precariedad de la atención y las coberturas sociales de aquellos que sufren.

Si juzgo la falta de opciones reales para muchos a la hora de elegir gastar su tiempo con dignidad y cuidados por equipos especializados en ello. Hacer lo uno sin cubrir de forma efectiva y real lo otro, sencillamente no es ético aunque pueda llegar a era legal.

La cosa cambia mucho si a la hora de saltar el ruedo a enfrentarte al toro, lo haces en pelotas o vestido de torero, con un capote y subalternos a tu alrededor.

Pedro Sosa

No tengas miedo de pedir

“Yo quiero que sea más cariñosa conmigo, pero no se lo digo porque tiene que salir de ella”. “Él ya sabe que cuando llego de trabajar necesito un poco de tiempo para relajarme, no tendría que recordárselo cada día”.

He aquí un par de frases habituales en la terapia matrimonial. Quejas acerca del otro cuyo resumen podría ser: en un matrimonio no hace falta pedir las cosas, porque el otro debe conocer nuestras necesidades y tenerlas presentes. No es raro que uno de los cónyuges tenga expectativas sobre el otro que no hace explícitas: que sea más cariñosa, que ayude más con los niños, pasar más tiempo juntos, que cuente conmigo para tomar decisiones, que colabore más en las tareas domésticas…

Si preguntamos por qué no se hace esa petición de forma explícita, la respuesta es algo parecido a esto: “tendría que darse cuenta. Si realmente me quisiera se daría cuenta y lo haría. No tengo que recordárselo todo el tiempo”

El problema es que esperar cosas del otro sin decírselas suele tener como consecuencia más habitual la frustración, porque el don de la telepatía no es un don muy repartido entre el género humano. La frustración que surge de que nuestros deseos, expectativas o necesidades queden incumplidas, no por la maldad del otro, sino, la mayor parte de las veces, por su despiste, su inseguridad o su falta de confianza.

Es verdad que una de las actitudes en las que se nota el amor de alguien es en el cuidado que pone en la persona amada, en la atención y el interés. Pero no es menos cierto, que, en ocasiones, la vida nos mete en una dinámica de preocupaciones que hace que nuestra atención esté más centrada en otras cosas que en la persona que amamos. Y en ese caso no está mal que esa persona nos recuerde que tiene sus deseos, sus anhelos respecto a nosotros.

Otras veces uno no tiene claro qué es lo que el otro desea. A veces porque es muy diferente de lo que yo deseo en la misma situación. Por ejemplo, una esposa cuando llega de trabajar tiene necesidad de contar al marido cómo ha ido el día con pelos y señales. Sin embargo, el marido, cuando llega de trabajar, tiene la necesidad de relajarse un rato y desconectar. Lo más normal es que él no se dé cuenta de la necesidad de ella, porque sea muy diferente de la suya propia.

Una de las razones por las que nos cuesta pedir las cosas de una forma explícita es que nos hace vulnerables. Al pedir algo a otra persona, ponemos nuestra necesidad en manos de la libertad del otro, que puede responder favorable o desfavorablemente. O puede no responder. En general, pedir supone, también, mostrarnos necesitados, limitados. Y, aunque lo seamos, no nos gusta que se nos note.

Pero en una relación íntima no hay que temer hacer peticiones explícitas, aunque estas sean frecuentes y sobre pequeñas cosas. Cuando pedimos algo al otro, nos hacemos vulnerables, sí. Pero también posibilitamos que se inicie en el otro una dinámica de donación. Al pedir, permitimos que se ponga en juego la libertad del otro de responder a nuestra petición. Permitimos que se ponga en marcha la capacidad de decidir, le ayudamos a salir de su ensimismamiento. La mayor parte de las veces nos sorprendemos descubriendo que el otro está disponible para nuestra petición. Y así crecemos los dos. Yo pidiendo, el otro saliendo de sí mismo. Y viceversa. (El viceversa es importante).

 

Diego Velicia, psicólogo del COF Diocesano