Las grandes tecnológicas y la educación

Fuente: El mito de Theuth

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Somos todos conscientes de que las grandes tecnológicas han alcanzado un enorme poder, tanto que existe cierta preocupación por el devenir de la democracia. Algunos ya le han dado nombre y están hablando de la democracia bajo vigilancia. Amalio Rey hace una buena reseña de un libro importante de Franklin Foer Un mundo sin ideas: la amenaza de las grandes empresas tecnológicas a nuestra identidad en una entrada de su blog: ¿Por qué debes desconfiar de los GAFA? Y en el mismo sentido van quienes denuncian el avance de lo que algunos pueden llamar democracia bajo vigilancia o nuevo despotismo ilustrado.

John Bellamy Foster and Robert W. McChesney, denunciaban en la Monthly Review  Jul 01, 2014 esa misma tendencia, pero llamaban la atención hacia el hecho de que ese progresivo deslizamiento de las democracias hacia modelos políticos cada vez más controlados y vigilados se remontaban a la postguerra, en 1945, bajo la hegemonía de Estados Unidos que hizo un recorrido sin solución de continuidad desde el capitalismo monopolista-financiero, al complejo militar-industrial para finalmente dar paso a la era digital. ARPA (Advanced Research Projects Agency) nació en 1958, para convertirse en los sesenta en el centro de trabajo sobre redes informáticas y crear en los setenta ARPANET, el precursor del Internet actual.

En estas estamos, por tanto, y una de las últimas denuncias procede de Shoshana Zuboff quien subraya cómo la digitalización de todo concede a las grandes empresas tecnológicas un inmenso poder social. Desde las modestas puntas de lanza colocadas en nuestros navegadores y en innumerables aparatos pasan a ser nuestros jefes inteligentes y acumulan cantidades ingentes de datos que saben transformar en dinero, en muchísimo dinero

La pandemia ha servido para acelerar este proceso, algo que se percibe en el incremento del control de los ciudadanos bajo la justificación parcialmente correcta del control de la transmisión del virus. Pero tiene una específica proyección en el mundo de la educación, provocada por el incremento de la enseñanza en línea, o no presencial. El cierre de los centros o la limitación del aforo ocasionan que  más necesario recurrir con mayor frecuencia a la enseñanza en línea, algo cada vez más fácil por la mejora constante de las plataformas educativas que añaden a la gestión de información, como bien hacía y sigue haciendo, por ejemplo, Moodle, la mejora en la organización de clases en línea, con presencia virtual de todo el alumnado.

Esta evolución tiene ventajas no despreciables, pero tampoco conviene olvidar sus desventajas. La primera de ellas es, sin duda, la brecha digital sobre la que llaman la atención diversos organismos, pero también los propios docentes: el acceso a equipos informáticos y a conexiones de calidad a la red es muy desigual y son los sectores más desfavorecidos los que tienen más dificultades para seguir bien la enseñanza, lo que incrementa la posibilidad de que no alcancen los objetivos previstos.

La segunda es que el proyecto de las grandes tecnológicas no es neutral. Por una parte, no son en realidad un servicio gratuito, puesto que están buscando recabar una ingente cantidad datos procedentes de la población infantil, adolescente y los jóvenes que siguen estudios superiores. Además, intentan hacerlo en condiciones de casi monopolio, y ahí están contratos específicos entre, por ejemplo, la Comunidad de Madrid y Google, o entre la Universidad Autónoma de Madrid y Microsoft.

La tercera, de gran calado, es que especialmente Microsoft y Google van más allá del puro negocio. Sus empresas, o sus conglomerados empresariales, generan ya dinero en grandísimas cantidades y, dada su situación casi monopolística, no ven peligrar esas ganancias. Lo que están pretendiendo es incidir en una nueva configuración de la sociedad, es decir, tienen un proyecto de la clase de personas que quieren formar y la clase de sociedad que quieren promover. Manifiestan una y otra vez su compromiso con los valores democráticos y los Derechos Humanos, pero es obvio que la toma de decisiones y el diseño de ese futuro no está sometido a ningún proceso de deliberación democráticas. Estamos otra vez en la historia ante un proyecto que tiene mucho de despotismo ilustrado. Lo malo es que la experiencia indica que los despotismos ilustrados suelen ser en gran medida lo primero, despotismos y, en bastante menor medida, lo segundo, ilustrados.

Liberad las vacunas para que lleguen a los empobrecidos

Autor: Faustino Vilabrille

Fuente: Religión digital

Ofrecemos a continuación una síntesis de la información ofrecida por un pediatra catalán que está trabajando en Etiopía, sobre el coronavirus y las consecuencias colaterales que conlleva para África, para terminar con una pregunta radical para todos nosotros:

El Pediatra catalán, Iñaki Alegría, dirige el Hospital Rural de Gambo, en Etiopía. Se pregunta:

Iñaki Alegría, en el hospital que dirige en Etiopía“No quiero acostumbrarme, dice, a la injusticia ni ser cómplice. No quiero callar, ya que cuando la emergencia es continua deja de ser noticia, porque hace tan solo un par de meses una epidemia de sarampión con más de cien ingresos diarios nos obligó a triplicar la capacidad de trabajo. Cada año nos azotan epidemias de bronquiolitis y neumonías en la época de lluvias, para luego dejar paso a las de sarampión y la desnutrición que se ceban en la infancia. Estoy luchando contra el coronavirus entre epidemias de sarampión, meningitis, cólera, tuberculosis y hambre; todo ello añadido al silencio que azota al cuerno de África, que es la indiferencia humana. Estamos atendiendo a más de trescientas urgencias de sol a sol. Lo más devastador es la crisis económica y el aumento del precio de los alimentos más básicos que está causando una gran hambre en la gente más vulnerable, la de las zonas rurales”.

“Aquí el miedo se ha convertido también en pandemia, matando de olvido otras epidemias que son ahora más mortíferas que nunca”

“No tengo miedo a morir mañana de coronavirus, de hambre ya estoy empezando a morir hoy mismo, me dice una señora. Tengo más miedo de morir de hambre que de coronavirus”; y ella prosigue: “El miedo a la posibilidad de morir de coronavirus me puede llevar a la certeza de la muerte segura por hambre. Este inconfundible sentimiento de hambre que si nunca lo has conocido no puedes llegar a saber lo que es”.

“En Europa, continúa Iñaki, los medios de comunicación hablan de inmunidad de la población, de planes de vacunación y de diferentes tipos de vacunas, pero en el continente africano el tema es radicalmente diferente: Las únicas vacunas contra la Covid-19 que vemos es por la televisión, mientras nos preguntamos unos a otros “¿cuántas otras personas deben ser vacunadas antes de que llegue a Etiopía la primera dosis? “. “¿Cuántas vacunas deben acumular los almacenes europeos y norteamericanos, se pregunta Alegría, antes de que el continente africano pueda recibirlas?”

Posible aumento de otras enfermedades

Y no solo eso, añade: “Desde el inicio de la pandemia está bajando la cobertura vacunal de Sarampión, Hepatitis B, Neumococo, Polio, Tétanos. Temo un aumento de casos y muertes por estas enfermedades prevenibles en los próximos meses si no tomamos medidas de manera inmediata”.

Alegría recuerda que la vacuna contra el neumococo protege de desarrollar neumonía causada por esta bacteria, que es la primera causa de mortalidad en el mundo en los menores de cinco años. Según datos de la Organización Mundial de la Salud, afirma el pediatra, la neumonía es el mayor asesino infeccioso de niños, cobrándose 800.000 vidas al año. Etiopía se encuentra dentro de la lista de los cinco países del mundo con una mortalidad por neumonía más elevada en menores de cinco años.

En cuanto al Sarampión, explica: “en 41 países han paralizado o disminuido los programas de vacunación de sarampión debido a la pandemia por Covid-19. El sarampión aún se cobra unas 568 vidas, en su mayoría niños, en todo el mundo cada día”. “Que no nos engañen, no faltan vacunas”, denuncia Alegría. Pide que se liberen las patentes, porque así se podrá aumentar la producción de vacunas y se facilitará el acceso equitativo a ellas, y no al mejor postor como sucede ahora.

Reconoce que evidentemente les ha escandalizado la muerte inevitable en Europa de personas por Covid-19, pero cree que “más nos debería escandalizar lo que puede suceder los siguientes meses si no actuamos: La muerte evitable y consentida en África de personas por Covid-19 por falta de acceso a las vacunas”.

Nota:-Hasta aquí la información que nos facilita Iñaki Alegría desde Etiopía. Sin embargo, Pfizer y Moderna podrían obtener US$ 32.000 millones por la venta de vacunas contra el Covid-19 solo en 2021. (Fuente: CNN).

De momento, parece que no habrá liberalización de patentes, lo que supone que se vacunen los ricos, mientras los pobres ven cómo las nuevas cepas los meten en un túnel cada vez más profundo. Sin vacunas en todo el mundo, volveremos a la casilla de salida, a pesar de que hay una enorme cantidad de dinero público invertido en la investigación de las vacunas contra el Covid-19. Este mecanismo de liberalización de patentes ya existe y se utilizó por primera vez en 2001 para hacer frente al SIDA. “Cuando un tratamiento anual costaba 10.000 euros, fue posible con un mecanismo de la OMC reducir el coste a 1.00 euros”.

130 países sin vacuna contra Covid-19

En los países europeos ya se han superado los 41 millones de dosis administradas contra el coronavirus, mientras que hay 130 países que todavía no han administrado ni una dosis entre los cuales están casi todos los 55 africanos. Pero la CE es contraria a liberalizar las patentes de vacunas para aumentar la producción. En contra de la liberalización de las patentes están Estados Unidos, Australia, Noruega, Suiza, Brasil, Canadá, Japón, Reino Unido y la UE, lo cual es una evidente injusticia contra los países pobres, a pesar de que en el Parlamento Europeo cada vez más grupos políticos apuntan a que la vacuna debería ser considerado un bien público y las patentes deberían ser liberadas.

“Hay 130 países que todavía no han administrado ni una dosis entre los cuales están casi todos los 55 africanos”

Una pregunta radical: A lo largo de la historia y también en nuestros días muchos millones de personas murieron y mueren víctimas de una muerte injusta y prematura, como lo pueden ser ahora por no liberar las vacunas: ¿quién les va a reparar una injusticia tan grande? Si murieron o van a morir ahora injustamente para quedar muertos, ¿quién les va a hacer justicia? Si ya no se les va a hacer justicia, con qué derecho puedo exigir yo que se me haga justicia a mi? ¿Cómo devolver la dignidad y la libertad a los tratados como esclavos, si la muerte acabó con ellos para siempre?

Estas y otras preguntas radicales son las que llevaron a Horkheimer, a Garaudy o a Adorno a lo que ellos llamaban el postulado de la resurrección, como supuesto previo a una opción revolucionaria, incruenta, coherente, honesta y radical, como lo fue la de Jesús de Nazaret, pero que los que nos decimos sus seguidores hemos olvidado de practicar, porque “si este mundo no nos gusta tenemos que buscar otro”, dice el gran Arcadi Oliveres, porque no basta con lamentarse, pues creer es comprometerse.

Lluvia en los zapatos

Irene Vallejo

Después de una infancia soleada, diluvió sobre la juventud de mi abuela. Llegó en 1937 a San Sebastián, estrenando los 18 años en un país en guerra, con una sencilla maleta de cartón como equipaje. Solo tenía un par de zapatos, la garantía de poder ir a trabajar cada mañana. Muchos años después, aún recordaba el miedo diario a que su calzado no resistiese los arañazos de la lluvia del norte. Llevarlos al zapatero suponía encerrarse en casa varios días y, quizá, perder su empleo. No había recambio: el edificio entero de la vida dependía de la firmeza de aquellas suelas gastadas. Nunca olvidó el frío lametón del agua que amenazaba el cuero de sus únicos zapatos. Por eso, no entendía que sus nietas comprásemos objetos de usar y tirar. Nos miraba enojada, sin decir nada. A nosotras, hijas pródigas del consumo, nos parecía anticuado su respeto por los artesanos concienzudos: los gestos precisos, el ritmo exacto de las manos, el silencio absorto, ese tímido orgullo al mostrar su trabajo.

Tiempo después, leyendo a Natalia Ginzburg comprendí mejor a mi abuela. La guerra era otra, pero la experiencia sonaba idéntica. Su marido, Leone, era un profesor judío opuesto al régimen de Mussolini. En 1944 lo detuvo la Gestapo y murió en una cárcel romana tras ser torturado. Natalia permaneció en la capital, y a esta etapa se refieren sus recuerdos de desamparo, el escalofrío del empedrado bajo las suelas. En Las pequeñas virtudes escribe: “Este año, aquí en Roma, he estado sola por primera vez. Por la mañana, cuando me levanto, mis zapatos rotos me esperan sobre la alfombra. Sé lo que pasa cuando llueve, y las piernas están desnudas y mojadas, y en los zapatos entra el agua, y entonces se oye ese pequeño ruido a cada paso, esa especie de chapoteo”.

Nuestras casas están inundadas de cosas diseñadas para viajar velozmente de la fábrica al vertedero. La basura nos cerca y nos invade, mientras los escaparates acumulan mercancías con fecha de caducidad incorporada. Una década antes de que mi abuela caminase con pasos ateridos entre la lluvia, en 1924, los principales fabricantes mundiales de lámparas incandescentes se reunieron en Ginebra. Allí acordaron limitar la vida útil de las bombillas en más de la mitad, porque “un artículo que no se desgasta es una tragedia para los negocios”. En aquel primer pacto global por la obsolescencia programada quedó inaugurado un mundo donde compramos productos con plaza reservada entre los residuos, en un ciclo inacabable de consumo y desperdicio.

Paradójicamente, llamamos “síndrome de Diógenes” al afán compulsivo de acaparar despojos y objetos inutilizables. En realidad, el filósofo griego era ejemplo de todo lo contrario: afirmaba que solo merece la pena acumular sabiduría. Hijo de un banquero acusado de falsificar moneda, Diógenes eligió la pobreza y optó por vivir como vagabundo. Tenía escasas posesiones: una tinaja para dormir, un manto, un cayado y un zurrón. Se cuenta que paseaba entre la multitud del ágora a pleno sol con una lámpara en la mano, en busca de personas honradas. Al emprender su búsqueda a la luz cercana y frágil del candil, Diógenes pensaba quizás en la bondad sigilosa de esa gente discreta que, alejada de los focos, permanece en la sombra. En un mundo presidido por la codicia y el deseo de acumular pertenencias, me gusta imaginarlo alumbrando la labor escondida de un vecino artesano empeñado en lograr la perfección de cada pieza, sin afán de competir, destacar o siquiera vender más. Simplemente, por amor a un buen trabajo.

En nuestros tiempos ávidos, la sed de beneficios conduce a la obsesión por abaratar costes a toda costa, a lucrarse haciendo mal las cosas. Pero la palabra “beneficio” es la suma de bene y facere, es decir, hacer bien. Cuando lo permanente es una especie en peligro de extinción, podemos volver la mirada a quienes —cerca, muy cerca— trabajan duro para crear lo que perdura, la labor forjada con pericia y esmero, ese par de zapatos que nos permitirán afrontar el invierno lluvioso. Diógenes, todavía hoy, seguiría iluminando con su vela esos desvelos.

Del fordismo al postfordismo: La evolución del empleo desde la sociología

Fuente: Sociología Inquieta

El fordismo fue el principal sistema de producción y organización económica de la primera mitad del siglo XX. Esta lógica productiva hace referencia a la cadena de montaje implantada por Henry Ford, dueño de la famosa marca de automóviles norteamericana, siendo este el pionero en la implantación de la producción en cadena de bienes estandarizados a través de la fabricación de automóviles.
El modo de producción fordista se basa en la división y especialización de tareas, así como la organización técnico/científica del trabajo. A través del fordismo la fábrica se instaló como “lugar sagrado del empleo”.
Además, la mecanización, la estandarización, el aumento de la producción, la reducción de los costes productivos, el acceso a un salario estable y relativamente decente produjeron el aumento de los niveles de vida de las clases más bajas, introduciéndolas de lleno en el mercado, provocando el surgimiento de la sociedad de consumo.

La crisis del fordismo de 1973-2007

El periodo de declive del fordismo y el surgimiento del nuevo paradigma productivo/económico actual se deben entender desde que se inicia la crisis del petróleo en 1973, hasta el inicio de otra crisis, en este caso, la denominada crisis suprime, perteneciente al año 2007 y que desgraciadamente tanto hemos sufrido en todo el mundo.
De esta manera, los años anteriores a la crisis de 1973 fueron años convulsos, con un crecimiento del desempleo y de las desigualdades sociales. A raíz de los acontecimientos de la crisis del petróleo, se iniciaron una serie de medidas comprendidas dentro del periodo denominado “nueva economía”: una época de prosperidad económica de unas tres décadas. Sin embargo, esto no se tradujo en un aumento de los niveles de vida y fue consolidando las bases del capitalismo neoliberal, en el cual hoy en día nos encontramos y donde la desigualdad estructural es una característica más.

Transformaciones sociopolíticas

En esta época que transcurre de 1973 hasta 2007, podemos encontrar grandes cambios en las políticas económicas internacionales. Por un lado, el estado fue perdiendo la posición que ocupaba en la primera fase del fordismo, siendo la principal figura reguladora de la vida social.
Asimismo, a partir de 1980 el Estado de Bienestar en Europa cambió hacia otras lógicas, coincidiendo con la subida al poder en EUA e Inglaterra de los partidos liberal-conservadores liderados por Teatcher y Reagan.
Las nuevas doctrinas liberales se situaron como el brazo ejecutor que debía hacer frente a la crisis. De este modo, se impuso un programa político/económico que se basaba en la reducción de las funciones del estado como remedio de los males provocados por las recesiones.
Por otra parte, el mercado y la iniciativa privada se presentaban como elementos clave para tomar las riendas sociales y generar riqueza. Así pues, el estado pasaba a tener una función limitada, en la cual, debía alejarse lo máximo posible de la intervención económica y solamente proporcionar un marco adecuado en el que la iniciativa privada pudiera generar sus actividades de manera solvente.

De esta forma, las medidas adoptadas postcrisis (1973) se manifestaron en dos frentes. Por un lado, una ralentización del gasto público y privatización de sectores pertenecientes al Estado del Bienestar (sanidad, educación y servicios sociales).
Por otra parte, la figura del estado desaparecía como mediador en las relaciones laborales: Anteriormente, el estado se desarrolló como mediador del conflicto entre el capital y el trabajador. Sin embargo, a través de la implantación del neoliberalismo, esta mediación ha sido substituida por una posición de sumisión por parte del estado y de los trabajadores al poder económico.
Por tanto, la negociación Estado-Sindicato-Patronal fue perdiendo sentido, perjudicando derechos laborales como la huelga y otras acciones colectivas.
De esta manera, la lógica liberal fue argumentando (y aún lo hace hoy en día) estas acciones a través de la idea de que el mercado no necesita este tipo de regulaciones que perturban el funcionamiento económico/social y perjudican a todos.

Transformaciones económicas y productivas


El cambio de paradigma del fordismo al actual (postfordismo) se presenta en múltiples cambios, uno de los más significativos lo observamos en la descentralización productiva. En el fordismo, todo el proceso productivo (desde que entra la materia prima hasta que sale el producto acabado) se realizaba en su totalidad dentro de la fábrica, es decir, en el mismo lugar. No obstante, en la actualidad, con el postfordismo observamos como el proceso productivo se deslocaliza y las partes de un mismo producto se fabrican en diferentes lugares. Esta descentralización de la producción ha servido para que las grandes empresas se desprendan de las partes del proceso productivo menos rentables, encargándolas a empresas más pequeñas o subcontratadas.

Por otro lado, en el postfordismo nos encontramos con nuevas formas de organizar la producción, donde la gestión de los recursos humanos gira entorno al concepto de flexibilidad, de una manera similar a la que fluye el capital y el dinero por la economía globalizada.

El capital humano de la empresa pasa a ser una pieza más de los costes de producción (anteriormente más rígida y menos maleable) pero actualmente volátil y flexible. Esto se traduce en plantillas de personal con contratos temporales y despidos baratos, además de una sindicalización débil que no supone un verdadero obstáculo sobre la gestión empresarial.

Mapa mundial sobre la deslocalización de la producción

La flexibilidad sobre los trabajadores: Consecuencias

La desregulación y la flexibilidad sobre los empleados ha sido una de las estrategias principales de las empresas postfordistas para reducir costes y aumentar los beneficios. De esta manera, la flexibilidad neoliberal se traduce en la capacidad del empresario para contratar y despedir.
Asimismo, podemos hablar de un nuevo modelo laboral caracterizado por lo descrito en el párrafo anterior. El fordismo presentaba un modelo de empleo de contratos fijos con sistemas de promoción, mayor peso de los sindicatos y jornadas laborales previsibles y reguladas.
Hoy en día, el modelo de empleo se presenta mucho más diversificado, junto a los empleos estables nos encontramos con una gran variedad de empleos temporales y precarios (contratos temporales, de prácticas, a tiempo parcial…) los cuales se han denominado con mucho acierto “contratos basura”. Todas estas nuevas formas de contratación han sido adoptadas por las empresas para enfrentarse a un mercado cada vez más competitivo, desleal y agresivo, paradójicamente un mercado que se ha vuelto de esta manera en gran parte por las medidas neoliberales, las cuales han propiciado que no exista control ni regulación frente a las lógicas del libre mercado.

En conclusión, el modelo actual convierte a los trabajadores en un flujo económico más que es sometido al mercado, un mercado volátil, mundial, impredecible y en constante competencia.

Así pues, los empresarios usan estas nuevas condiciones laborales como una herramienta de reajuste económico, provocando una precariedad laboral que ha llegado para quedarse dentro de nuestro sistema productivo. Además, afectando de lleno a los sectores y empleos más vulnerables (mal pagados o de poca cualificación), sosteniendo estas condiciones laborales a través de la amenaza constante del despido.
Por tanto, nos encontramos en un contexto donde los empresarios se alejan cada vez más del trato humano que debe recibir un trabajador, pisoteando sus derechos a través de una gestión económica del empleo basada en la precariedad y el abuso.

El empresario como arquetipo cultural de éxito

Los cambios productivos y económicos que dan forma al postfordismo también tienen su repercusión (como todos los fenómenos sociales) en la esfera cultural. A veces es la cultura la que influye en la forma de producir, otras, es la forma de producir la que influye a la cultura, y en múltiples ocasiones, es un proceso de interrelación, la verdad que ni los científicos sociales logramos salir del debate sobre que estructura (económica, política o cultural) domina sobre las demás.
Lo que sí es irrefutable son los cambios en los imaginarios colectivos sobre las figuras del trabajador y el empresario . De esta manera, el ámbito de lo empresarial se ha ido situando en una posición de prestigio en la nueva cultura neoliberal, que, año tras año se ha asentado como hegemónica.
Así pues, durante 1950-60 las figuras heroicas del trabajo procedían de la clase obrera, la cual, fue la gran protagonista de la reconstrucción europea después de la 2GM. No obstante, a partir del proceso de liberalización económica iniciado en los 70, los ideales culturales han ido cambiando, relegando al trabajador a una posición de subordinación frente al empresario. Los ejecutivos, directivos, grandes dirigentes empresariales y emprendedores pasan a ser el ejemplo máximo de éxito social y económico, y lo más importante, se les atribuye todo el mérito del crecimiento y la creación de riqueza. Junto al asentamiento de estos ejemplos culturales, encontramos la absorción por parte de la sociedad de valores como el individualismo y la competitividad llevadas al extremo.

De esta forma, a través de los medios de comunicación y las producciones culturales (radio, TV, internet, literatura…) se reproduce la ideología neoliberal. Múltiples relatos discursivos que nos cuentan una y otra vez el sueño americano, que nos indican que el éxito personal va ligado al individualismo más extremo, y que intentan esconder los logros colectivos, quedando relegado el papel de la comunidad a un plano marginal.

De esta manera, toda la vida social queda impregnada por las lógicas del mercado. Además, este discurso se reproduce hoy en día gracias al poder de influencia de las grandes corporaciones, dueñas de los medios de comunicación y de las principales instituciones científicas, dominando así campos de poder hegemónicos como el cultural o el científico.

En conclusión, este proceso que describe el surgimiento de una nueva hegemonía cultural neoliberal, va ligado al desprestigio de la clase obrera y su propio imaginario. Existe una gran pérdida de conciencia en cuanto a la historia real del trabajador, pero es más, actualmente se presenta al trabajador como un estorbo para el crecimiento económico.

El individualismo extremo de la lógica neoliberal, culpabiliza de manera sistemática a cada una de las personas que no logra encontrar trabajo o está en una mala posición en el mercado, esfuérzate y lo conseguirás, y si no lo consigues esfuérzate aún másese es el eslogan, evidentemente falso. Se ignoran dimensiones como el género, el origen geográfico, la etnia, la edad, la discapacidad o la clase social del hogar en el que naces, se tienen que ignorar, evidentemente si no se hiciera se derrumbaría su castillo de naipes basado en la meritocracia y el mito del emprendedor.

Geografías del hambre: el derecho a la alimentación como reto del desarrollo

Berezi Elorrieta

Fuente: unibarcelona.com

 

El derecho a una alimentación adecuada es un derecho humano universal reconocido por numerosos acuerdos internacionales, como la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 (art. 25) o el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales – PIDESC de 1966 (arts. 11 i 12), un reconocimiento que los países han adoptado en sus propios cuerpos legislativos nacionales.

Según la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), para garantizar este derecho, no es suficiente con que haya disponibilidad de alimentos, sino que éstos deben también ser accesibles y adecuaos para cubrir las necesidades biológicas. ¿Cuál es la diferencia entre estas tres condiciones? Pues bien, el hecho de que un alimento exista en cantidad suficiente en un territorio determinado (disponibilidad) no significa que todas las personas o grupos sociales tengan acceso a él (ya sea por motivos físicos o económicos, es decir, porque no pueden costeárselo) ni tampoco que ese alimento esté en buen estado o sea saludable.

Actualmente, por desgracia, es más que evidente que el derecho a la alimentación no se está garantizando a nivel mundial. Según las estimaciones más recientes de la FAO, la subalimentación en el mundo afecta a más de 820 millones de personas (más de uno de cada diez habitantes del mundo), y lo peor es que desde 2015 se ha revertido la tendencia a la baja.

A menudo, cuando hablamos de problemas de hambre y malnutrición pensamos en los países más empobrecidos y particularmente en países del continente africano, que suelen padecer severas crisis de hambre, que afectan gravemente a la población más vulnerable, como la población infantil. Sin embargo, las geografías del hambre son mucho más complejas y afectan a varios continentes, con una especial incidencia (en términos cuantitativos) en Asia Meridional y Oriental. Pero más allá de las diferencias norte-sur, no es posible hacer generalizaciones, pues la situación interna de cada continente presenta grandes desigualdades. Por ejemplo, en América Latina, encontramos países con tasas muy bajas (como Brasil) pero también otros donde se estima que entre el 15-25% de la población padecen subalimentación.

Mapa del hambre de 2019. FAO

En realidad el problema de la alimentación debe ser analizado desde un prisma más amplio y a nivel internacional. Aunque nos sorprenda, la alimentación no adecuada es un problema muy presente en los países ricos. Se da la paradoja, como señala Raj Patel en su libro, de que habitamos un mundo de “obesos y famélicos”, donde la obesidad y el hambre son dos caras de una misma moneda: la de un sistema alimentario que no funciona.

De hecho, según el informe sobre la Seguridad Alimentaria y la Nutrición en el mundo, al mismo tiempo que hay 821 millones de personas que pasan hambre en el mundo, también hay 627 millones que tienen problemas de obesidad. Es cierto que las personas hambrientas se concentran básicamente en los países pobres, pero las personas con obesidad no viven exclusivamente en los países ricos. Así, aunque parezca contradictorio, existen países en vías de desarrollo donde encontramos al mismo tiempo problemas de subalimentación y de obesidad. Entre las causas, además de los cambios económicos y la alteración de los estilos de vida, sobresale un claro factor de clase: las familias con menores ingresos consumen productos de peor calidad y menor nivel nutritivo, que suele ser comida procesada e hipercalórica.

Por otro lado, las cifras de hambre no sólo conviven grotescamente con las de obesidad, sino también con las del desperdicio de alimentos. Se calcula que una tercera parte de la producción mundial de alimentos acaba desperdiciándose, tanto en los países ricos como en los pobres, aunque por causas diversas.

Pero cuando hablamos del derecho a la alimentación, la mayor paradoja es que, algunos países que tienen altas tasa de hambre, son también grandes productores de alimentos. ¿Qué está pasando? ¿Acaso el problema del hambre no es un problema de escasez de alimentos? Lo cierto es que, a pesar del aumento exponencial de la población mundial, también hemos intensificado y aumentado la producción agraria, incluso per cápita. Al menos por el momento, ya que no sabemos a ciencia cierta cuáles serán las consecuencias del cambio climático en este sentido. Asimismo, en las últimas décadas hemos podido comprobar que los periodos de crisis de hambre no coinciden con periodos de escasez de alimentos (como periodos de sequía u otros fenómenos climáticos extremos). Las investigaciones de Amartya Sen así lo evidenciaron en su libro “Pobreza y hambruna”: después de estudiar varías catástrofes en la India, Bangladesh y el Sáhara desde los años cuarenta, descubrió que las crisis de hambre se habían producido incluso cuando la provisión de alimentos no era diferente de años anteriores y que, en algunas áreas afectadas por el hambre, incluso se habían exportado alimentos.

En efecto, en muchos países empobrecidos con altos índice de hambre se están produciendo para la exportación productos como flores, fruta, langostinos y carne, entre otros. A menudo esta producción está en manos de empresas extranjeras y es consecuencia de la apertura de los mercados impulsada por el FMI y el Banco Mundial. Así, en este nuevo sistema alimentario ya no consumimos los productos alimentarios producidos en nuestras áreas rurales más próximas, sino que importamos los alimentos desde miles de kilómetros de distancia, en este mercado global de alimentos en que se ha convertido el planeta globalizado.

La globalización ha supuesto una integración e interdependencia de las estructuras sociales y económicas a nivel mundial, incluyendo el sistema alimentario. La consecuencia de todo lo anterior es que, los mismos países que exportan determinados productos alimentarios, después necesitan comprar algunos productos básicos en los mercados internacionales, porque han dejado de producirlos. Y no, las rentas obtenidas con esas exportaciones no son suficientes para proporcionar seguridad alimentaria a la población.

Producción y consumo local vs. Producción y consumo en la era de la globalización

La globalización y la desregulación financiera han provocado que los alimentos incluso se hayan convertido en un “activo financiero”, sometido a dinámicas especulativas. Entre 2007 y 2008, por ejemplo, los precios mundiales de los alimentos se dispararon, lo que provocó una grave crisis alimentaria mundial a pesar de que la cosecha de cereales de 2008 consiguió un máximo récord. En aquel momento, un informe encargado por las Naciones Unidas concluyó que la causa del encarecimiento había sido la enorme burbuja provocada por potentes especuladores internacionales en el mercado mundial de alimentos. Este mismo fenómeno se repetiría también en 2011, y volvió a generar “revueltas de hambrientos” en varios países.

En definitiva, las crisis alimentarias no son causadas por una falta de alimentos, sino por las desigualdades en los mecanismos de distribución. En otras palabras, no se trata de un problema de disponibilidad, sino de acceso. No sólo persiste la inseguridad alimentaria para los grupos sociales más vulnerables, sino que además, se ha perdido la producción (y consumo) local a favor de los grandes mercados mundiales, controlados por grandes multinacionales, y sometidos al negocio de los especuladores.

La planificación del desarrollo tiene un reto muy importante en garantizar el derecho a una alimentación adecuada: debe ser capaz de prever no sólo la seguridad alimentaria (que la población tenga suficientes alimentos disponibles, accesibles y nutritivos) sino también la soberanía alimentaria de los países, de manera que se priorice la producción local, se garantice el acceso a la tierra y al agua de los campesinos, y se promueva la participación de la población en el diseño de las políticas agrarias y territoriales.

Cinco motivos para entender por qué han venido 20.000 senegaleses a Canarias

Fuente: blog.africavive.es

Autor: Jaume Portell

 ¿De qué sirven muchos ojos si solo observan a la víctima en el suelo? En 2006, más de 35 000 personas llegaron a las costas canarias desde el continente africano. En 2020, catorce años después, las escenas se repiten de nuevo y no parece que hayamos aprendido mucho. Nada nos impide creer que en 2034 veremos las mismas imágenes en televisión: miles de africanos muy jóvenes, reconfortados con mantas y bocadillos de la Cruz Roja tras salir de una patera.

Los titulares de prensa andan, como siempre, divididos: algunos hablan de avalancha y agitan sus eslóganes racistas; otros aprovechan este episodio para dedicar un bonito canto a la diversidad. Encontramos incontables muestras de lo que Martín Caparrós ha bautizado como “periodismo Gillette”: limpio, lleno de declaraciones y neutro. Sin ideología, es decir, reforzando la mayor de las ideologías, la más conservadora: la idea de que no tener ideas es siempre lo más deseable para expresarse ante los demás.

Senegal seguirá exportando a gente por factores que raramente aparecen en la prensa. Si acaso, se mencionan en algún párrafo perdido, se camuflan bajo palabras vacías de tanto usarlas: ‘desigualdad’, ‘injusticia’, ‘desastre’. Víctimas sin verdugos, casuales, desgraciadas, problemas sin causa ni solución. Somos capaces de escribir bellísimas crónicas sobre el dolor africano, pero apenas nos atrevemos a mencionar qué provoca el desgarro. No queremos mancharnos. “Culpa a Occidente por los problemas de África. Pero no seas demasiado específico”, decía Binyavanga Wainaina en su legendario “Cómo escribir sobre África”. Hoy me apetece ser específico con cinco motivos.

El primero es la comida. Senegal gasta la mitad de sus importaciones solamente en comida y energía. Uno podría entender que un país se gastara un dineral en comprar máquinas prodigiosas, tecnología punta o inventos fantásticos. Senegal se lo gasta en comprar arroz, trigo, leche y pescado. El país tenía y tiene capacidad para producir muchos de estos productos, pero la liberalización comercial y los subsidios europeos han destrozado a los comerciantes senegaleses. Lo explica una publicación de Saiba Bayo y Ernst Krose sobre los Acuerdos de Colaboración Económica (EPAs, en inglés): “al principio de este siglo los estados de África oriental y occidental tenían una producción propia de pollo de entre el 70 % y hasta el 90 %. Después de pocos años la autoproducción ha disminuido a un nivel del 5 al 10 %.” Descartado el pollo, Senegal dependía considerablemente del pescado para obtener proteínas. Los acuerdos con la UE han dejado a los pescadores artesanales sin trabajo y a los senegaleses con menos comida. Quien habla de las oportunidades que los senegaleses tienen para emprender negocios en casa siempre ignora este hecho: las importaciones europeas –subsidiadas y más baratas- acabarán con la posibilidad de conseguir cualquier mercado.

El segundo es la moneda. Senegal utiliza el franco CFA, cuya paridad con el euro, una moneda fuerte, dificulta las exportaciones –al ser más caras para otros compradores- e incentiva las importaciones –al ser más baratas. No es raro que Senegal, junto a otros países de África occidental, haya tenido casi siempre un déficit comercial: es decir, el país gasta más de lo que ingresa. El franco CFA sigue ligando a Francia con sus excolonias africanas: los franceses tienen derecho a veto en las decisiones sobre la moneda y el sector bancario suele estar en manos extranjeras. El economista Ndongo Samba Sylla acusa al sector financiero local de actuar como un agente rentista: prefieren comprar bonos del Estado y ganar interés que prestar a los comerciantes. Cuando conceden créditos se los dan a las empresas más grandes, que suelen ser francesas. El círculo se cierra cuando estas empresas, gracias a la paridad fija de la moneda, pueden repatriar beneficios tranquilamente: la libre circulación de capitales impuesta por el FMI obliga a los africanos a dejarse desangrar a cambio de recibir préstamos.

El tercero es el petróleo. El país ya ha perdido sin que un solo barril haya sido vendido al exterior. La compraventa de los derechos implicó a Aliou Sall, hermano del presidente senegalés Macky Sall, y a Frank Timis –fundador de Timis Corporation-, un empresario rumano: la jugada implicó que el rumano se quedara con unos derechos que acabaron vendiéndose a British Petroleum. Sall cobró 25 000 dólares al mes de Timis Corporation, una empresa sin experiencia en el sector petrolero que consiguió la concesión del Estado senegalés. Según un reportaje de la BBC, será Timis quien cobre los royalties y el Estado senegalés perderá entre 9000 y 12 000 millones de dólares. Aliou Sall fue, según Voz Populi, una “buena conexión política” en el negocio bancario de Alberto Cortina y Alberto Alcócer en Dakar.

El cuarto es el oro. Las minas de Sabodala y Massawa se encuentran en el suroeste, la zona más pobre del país. Actualmente son propiedad de Teranga Gold, una multinacional canadiense. El negocio ha implicado desplazamientos de población forzosos e incluso asesinatos de los mineros artesanales que no querían abandonar las minas. Las acciones de la mina de Massawa son en un 90% de Teranga Gold y en un 10% del Estado senegalés. La propia compañía prevé empezar a exportar 384 000 onzas de oro durante cinco años a partir de 2021. O lo que es lo mismo: a precios de mercado, unos 700 millones de dólares anuales. En el consejo de administración de la compañía se encuentra Jendayi Frazer, responsable de Asuntos Africanos durante la presidencia de George W. Bush en Estados Unidos.

El quinto es la deuda. El Estado senegalés gasta más de lo que ingresa, el sector bancario y los recursos naturales están en manos extranjeras, no puede autoabastecerse a nivel alimentario y tiene el mercado saturado de las importaciones subsidiadas de los países ricos. Con agujeros por todas partes, favorecidas por la repatriación de capitales, Senegal se endeuda para salvar los muebles. Y lo hace a tipos de interés prohibitivos. En 2018, el país vendió un bono a 30 años a un 6,75 % anual. En total, para recibir 1000 millones de dólares acabará pagando más de 2000 millones en intereses. Y después tendrá que devolver los 1000 millones del principal. ¿Quién tiene deuda senegalesa? Blackrock, Goldman Sachs, JP Morgan, HSBC y UBS.

Blackrock, el segundo fondo de inversión más grande del mundo, tiene invertidos más de 100 millones de dólares en deuda senegalesa. También es uno de los propietarios de Teranga Gold. Cuando cientos de millones de dólares de oro salen de Senegal, Blackrock gana y el país pierde los millones con los que podría pagar su deuda. Cuando el país, tras la pérdida de esos millones, pide dinero prestado, Blackrock gana con los intereses de la deuda. El fondo estadounidense controla 7 billones de dólares en activos: 290 veces el PIB de Senegal y 5 veces el PIB de España. Para ser más independiente, Senegal podría usar su banco central para financiar su deuda, tal y como han hecho Estados Unidos, la UE o Japón durante años, con tipos de interés cercanos al 0 %. Pero Senegal no tiene banco central porque no controla su moneda. Con el paso de los años se suceden los ciclos de crecimiento, deuda, caída y austeridad; estos acaban con recortes en sanidad y educación y una infinita extracción de rentas. Senegal paga en dólares, en materias primas y en el sacrificio definitivo de un país: con su gente. Algunos mueren en el mar, otros llegan; y el saqueo continúa.

 

Brecha social y crisis a la vista

Fuente: laopiniondemurcia.com

Autor: José Molina

Nos convertiremos poco a poco en trabajadores uberizados, que viviremos en plataformas nebulosas que para colmo de los engaños se atribuyen ser ‘economía colaborativa’: una forma de silicolonizar el mundo para que nos dominen desde la nube sin darnos cuenta

Después de una década sufriendo las consecuencias de una crisis financiera que cocinaron los que gobiernan las superestructuras de la economía, nos llega esta pandemia, que ha caído como un obús entre la ciudadanía más pobre y con menos medios. Lo peor de las dos crisis es que se han politizado y están desestructurando aceleradamente la sociedad. La OMS advierte que hay muchas decisiones que se están asumiendo que escapan al ámbito sanitario y son más el resultado de las confrontaciones políticas y sociales de una sociedad que con la crisis del 2008 arruinó el Estado de Bienestar. Madrid y otras Comunidades son un claro ejemplo de esta situación del caos por los recortes.

El primer obús nos estalló en la cara, fue una situación imprevista, caímos en la trampa del virus y golpeó indiscriminadamente. Pero esta segunda oleada del covid-19 viene directamente a la parte más débil y con más brecha social de la sociedad, que es la más numerosa.
Gobiernos sin soluciones por su aferrado encadenamiento a un mundo neoliberal que se ha hipotecado con lo más reaccionario del mundo económico global. Llegar al millón de muertes es un gran drama que suma a la brecha social, la gran discriminación de desigualdades que se vive en el planeta. La clase privilegiada se ha protegido es sus espacios amplios y no viaja en colectivos. Cuenta con los medios de control médicos preventivos y su escudo social la protege con más eficacia.

En los barrios más populosos de las ciudades (Madrid es el ejemplo más simbólico) sobrevivir es el deseo de cada día, y el reto de acudir al trabajo y solucionar las urgencias de cada momento no se soluciona ni con un confinamiento desigual, ni con más policías. Se soluciona con más medios sanitarios, con más médicos dedicados a cubrir las necesidades y con estructuras sanitarias que mejoren lo que no hay en las viviendas de estos vecindarios explotados y carentes de lo más esencial desde que la crisis del 2008 les golpeó.

El virus nos llegó desde China mordiendo indiscriminadamente, pero el tiempo nos está demostrando que no todos se pueden defender con los mismos medios. Y es aquí donde aparece la desigualdad más feroz. Esa que tenemos mal asumida, porque nos dejamos convencer de que la crisis financiera de 2008 era producida por un monstruo amable, que nos robaba recursos, por un lado, pero por otro nos daba un trabajo precario para seguir viviendo. Y que consagró la idea de que había que aceptar la superación de las ideologías, y de las clases sociales como concepto. Ello nos llevó al actual fiasco: el recorte de la sanidad pública, la educación pública y los servicios sociales. El espectáculo de las residencias de ancianos es la imagen más patente de este resultado.

Tenemos sensación de abandono, y nos tememos que pueda ser peor. La reacción no ha sido eliminar del panorama a los que han sido culpables de este caos, sino mirar para otro lado o responsabilizar a otros. La fragilidad del ser humano se ha puesto al descubierto. La ausencia de instituciones y organizaciones de defensa de los derechos, que operó con eficacia para implantar el contrato social para el Estado del Bienestar ya no funciona. Y no es casual: Margaret Thatcher y Ronald Reagan se encargaron de robarnos nuestra alma rebelde e implantarnos un alma consumista. Consiguieron, como dice Simone, que el mundo girase a la derecha y aceptase que el monstruo del capitalismo tenía una cara amable.

Con el teletrabajo nos quieren vender una solución, pero se ha implantado a ciegas y puede ser una nueva trampa para decir adiós al concepto de trabajo. Tener un puesto en una estructura. Tener un trabajo, bueno o malo. Nos convertiremos poco a poco en trabajadores uberizados, que viviremos en plataformas nebulosas que para colmo de los engaños se atribuyen ser ‘economía colaborativa’: una forma de silicolonizar el mundo para que nos dominen desde la nube sin darnos cuenta.

Por eso es importante reaccionar. La alcaldesa de París, Anne Hidalgo, con su plan París a 15 Minutos, está abordando el problema con más sentido y compromiso. Su plan, elaborado por Carlos Moreno, profesor de la Sorbona, puede ser analizado y adaptado en el desarrollo de las ciudades. Ahora toca una tarea descomunal: buscar nuevos contenidos a la altura de los tiempos, capaces de aportar formas de innovación que llenen el vacío que estas crisis están produciendo. Porque la actual crisis, que se alimenta con los destrozos de la otra, puede provocar una nueva para la que no haya vacuna posible: porque nos quieren arruinar no ya la economía, sino la vida misma.

Un nuevo despotismo intenta poco a poco de forma virtual y algorítmica degradar a las mujeres y hombres de este planeta dominando con sutileza todos los elementos que lo componen. Estamos siendo atormentados con un rostro sonriente que los medios se encargan de difundir. Una conspiración perfecta.

¿Quién paga?

“Prefiero morirme por COVID, que de hambre”. Así relataron su experiencia algunas mujeres inmigrantes trabajadoras del hogar este verano en los Encuentros para la solidaridad en la Casa Emáus. Y es que el COVID-19, (una zoonosis, no lo olvidemos) que tiene una estrecha relación con el daño causado a los ecosistemas, está haciendo que aumente el número de hambrientos en todo el mundo. Y nos duele. Y mucho.
Mucho, porque un tercio de los alimentos que se producen en el mundo se tiran a la basura y otro tercio es consumido para “producir obesidad”.
Mucho porque el virus, o las emisiones contaminantes, no tienen pasaporte y afectan con más dureza a los más empobrecidos.
Mucho porque en toda crisis en la historia se ha podido comprobar cómo sale reforzada la industria y se resiente la sociedad, y esto no es casualidad.
Este mundo, como ya saben ustedes, queridos lectores, no es justo, pero es que tampoco es sostenible, ni saludable.

Ahora estamos preocupados por un virus. Nos preocupa paliar sus consecuencias, que la economía no se resienta, encontrar una vacuna que nos permita volver a sentirnos seguros. Pero pocos alzan la voz para recordarnos la importancia de un planeta rico en biodiversidad, o como reseña Fernando Valladares, biólogo del CSIC, «un ecosistema que funcionase bien era la mejor vacuna y nos lo hemos cargado».
Conscientes de que el Hambre y el daño a la Casa Común tienen relación, decidimos estudiar las agresiones que la industria alimentaria hace a los pueblos y al planeta. ¿Quién paga?, es el título de este trabajo, que pretende descubrir los verdaderos paganos de este sistema.
Una pizza y sus ingredientes nos sirvieron como hilo conductor del estudio. Y así seguimos la vida del tomate, carne, cereales, cómo se producen, distribuyen, qué consecuencias tiene su consumo, …
Las líneas fundamentales las hemos plasmado en una presentación que os invitamos a conocer a través del siguiente enlace.

Si nuestro trabajo os ha generado alguna reacción, emoción, o incluso no estáis de acuerdo, ya hemos empezado con buen pie. Necesitamos vuestra aportación. ¿Qué os pedimos como lectores?. Que lo colaboréis, que nos enviéis vuestros comentarios y apreciaciones a burgos@encuentroysolidaridad.net

En 2020 se cumplen 5 años de la encíclica Laudato Sì y este mes se está celebrando en todo el mundo, el mes de la Creación. Nos gustaría colaborar a la reflexión y acciones mundiales en esta materia con esta pequeña gota de agua. Que con la tuya y la de tantos, formemos un río. Un río que inunde terrenos yermos, faltos de vida y de lucha, sedientos de solidaridad.

110 obispos de todo el mundo reclaman a la UE leyes de diligencia debida

Publicado en Alfa y Omega


La Alianza Internacional de ONG Católicas de Desarrollo (CIDSE) ha coordinado el lanzamiento de una declaración en la que obispos del tercer mundo y de Europa reclaman normativas para obligar a las empresas a asegurarse de que todo su proceso productivo (incluidas las fases que dependen de sus proveedores) respete los derechos humanos.

«Ahora más que nunca necesitamos leyes de diligencia debida obligatoria en las cadenas de suministros para frenar los abusos de las empresas y garantizar la solidaridad global». Lo afirman 110 obispos en un comunicado en el que reclaman que a nivel nacional, pero sobre todo internacional, se introduzcan medidas vinculantes que hagan a las empresas responsables por ley de asegurar el respeto a los derechos humanos a lo largo de todo su proceso de producción.

Esta reivindicación, puesta en marcha por la Alianza Internacional de ONG Católicas de Desarrollo (CIDSE), se lanza en un momento en el que el COVID-19 ha exacerbado la situación, aseguran los responsables. La crisis global desatada por la pandemia «ha sembrado el caos en las cadenas de suministro globales que unen las fábricas a través de las fronteras». Además, ha expuesto «nuestra dependencia de los trabajadores vulnerables que realizan trabajos esenciales en todo el mundo» al tiempo que carecen de protección social.

Sin una legislación adecuada, aseguran los obispos firmantes, no se impedirá a las empresas transnacionales llevar a cabo evasión fiscal, abusar de los derechos humanos, infringir las leyes laborales y destruir ecosistemas enteros. Estos abusos pueden ser cometidos por ellas o por sus proveedores.

Responsables de controlar a los proveedores

Lo que pretenden las leyes de diligencia debida obligatoria es que las empresas pongan todos los medios para asegurar que en cada paso del proceso productivo se respeten las leyes, los derechos humanos y el medio ambiente. Los prelados afirman que los intentos de hacer esto de forma voluntaria han fracasado, por lo que una legislación obligatoria es la única opción para proteger a las comunidades.

El comunicado se ha hecho público este lunes, pocos días después de que Alemania asumiera la presidencia rotatoria del Consejo de la Unión Europea. Los promotores esperan que este semestre sirva para impulsar este tipo de legislación, del que el país germano se ha mostrado partidario, y para armonizar el mosaico actual.

La UE ya cuenta con algunas medidas en este sentido, como la regulación sobre suministro responsable de minerales de zonas de conflicto, que entrará en vigor en 2021. Pero entidades como la Fundación Alboán, el Instituto Popular de Capacitación de Colombia o German Watch criticaron hace meses que esta normativa no incluye las medidas suficientes ni contempla todos los riesgos.

Promesas de un pronto desarrollo

Didier Reynders, Comisionado de Justicia de la UE dio recientemente un paso en la dirección correcta al anunciar que la legislación de la UE sobre derechos humanos obligatorios y debida diligencia ambiental para las corporaciones se desarrollará pronto, como su contribución al Acuerdo Verde Europeo y en el contexto del plan de recuperación posterior a COVID-19 de la UE.

La declaración celebra esta muestra de buena voluntad y también llama a los líderes estatales a avanzar en la legislación vinculante a nivel de la ONU a través de la participación en el proceso actual para un Tratado de las Naciones Unidas sobre Derechos Humanos y Actividades Empresariales.

Denuncias desde los países de origen

Entre los obispos que firman el texto se encuentran los cardenales Jean-Claude Hollerich, presidente de la Comisión de las Conferencias Episcopales de la Comunidad Europea (COMECE), y Charles Bo, arzobispo de Yangon, en Myanmar. Hace apenas unos días el cardenal Bo denunció públicamente «la total negligencia y arrogancias de empresas que siguen deshumanizando a los pobres del país» y que tienen, como consecuencia final, desastres como la muerte de 172 trabajadores informales que fueron sepultados por un corrimiento de tierra cuando recogían restos de jade.

Otros obispos, de países como la India, Uganda y Colombia, también han sido testigos de cómo sus comunidades se veían afectadas por las acciones de empresas transnacionales. Cuentan con el apoyo de los obispos de Europa (Austria, Bélgica, Francia, Alemania, Italia, Portugal, Suiza o Países Bajos) que se han sumado a la petición, subrayando la necesidad de que la UE asuma su responsabilidad. La declaración está abierta a nuevas adhesiones.

Josianne Gauthier, secretaria general de CIDSE, ha destacado cómo «me inspira ver a tantos representantes de la Iglesia hablando con una sola voz sobre el tema de la regulación corporativa, apuntalando el trabajo de muchas mujeres y hombres, muchos de ellos socios de CIDSE, cuya vida se dedica a la defensa de los derechos humanos y ambientales. Todos estamos interconectados y les debemos apoyar su lucha de cualquier manera que podamos».