inmigración y migrantes

José Ramón Peláez: «Roma tiene hoy como Papa a un inmigrante»

Fuente: revistaecclesia.com

«Roma tiene hoy como Papa a un inmigrante. A un inmigrante del Sur. A un inmigrante de esos que por aquí llamamos con bastante desprecio “un panchito” o “un sudaca”. Hace siglos, san Dámaso, un esclavo, fue Papa de Roma. Pues bien, hoy el Papa es un inmigrante argentino». Este aspecto de la biografía del Santo Padre ha sido subrayado en la mañana del pasado sábado 17 de abril por el sacerdote José Ramón Peláez, uno de los intervinientes en las Jornadas de Delegados y Agentes de Pastoral de Migraciones que se han celebrado online este fin de semana. La ponencia de este profesor del Estudio Teológico Agustiniano de Valladolid ha girado en torno a «Las claves de Fratelli tutti sobre migraciones y novedades que aporta a la sociedad y a la Iglesia». Las jornadas, las cuadragésimas, tienen por tema «La integración en tiempos de pandemia», y su hilo conductor es el cuarto de los verbos del Pontífice: integrar.

Durante la misma jornada intervinieron el secretario general de la CEE y obispo auxiliar de Valladolid Luis Argüello, que habló sobre «Las migraciones en la sociedad y en la Iglesia en tiempos de pandemia: retos y oportunidades», y la responsable del Departamento de Migrantes y Refugiados de Cáritas Barcelona, Elizabeth Ureña, que lo hizo sobre «Los efectos de la pandemia en la población de origen marroquí». Los trabajos fueron inaugurados por los obispos Juan Carlos Elizalde (Vitoria, presidente de la Subcomisión Episcopal para las Migraciones y la Movilidad Humana) y José Cobo, auxiliar de Madrid y responsable del Departamento de Migraciones.

Francisco, hijo de la inmigración italiana en Argentina

El Padre Peláez, párroco en Olmedo (Valladolid), ha enfatizado en su intervención la condición migrante del Pontífice y de su familia. Lo ha definido como un pastor venido del sur que es hijo de la inmigración italiana en Argentina. Así, ha recordado cómo su abuela Rosa llegó a Buenos Aires en 1929 y que pese al calor que hacía ella no se quitaba el abrigo porque allí llevaba todos sus ahorros; cómo la familia conservó el dialecto que traía de Italia… Y ha comentado, asimismo, las dos experiencias que el propio Pontífice tuvo como emigrante, una de ellas en Alemania para hacer su tesis, donde pasó un par de meses añorando su tierra hasta el punto de que acudía a un cementerio desde el que veía despegar los aviones que partían rumbo a su querida Argentina.

Desde esta condición y experiencia migratoria se comprenden mejor todas las iniciativas que han puesto a los migrantes en el foco mediático en el pontificado: la visita a Lampedusa, el viaje a Lesbos, el apoyo a los rohingyas en su viaje a Miammar y Bangladesh, etc.

Triple sufrimiento de los migrantes

Peláez, doctor en Teología y especialista en Doctrina Social de la Iglesia, se ha vuelto a referir también —ya lo hizo ayer monseñor Argüello— al triple sufrimiento que experimentan los inmigrantes: el de tener que salir de su tierra, el que conlleva su viaje, lleno de peligros, y el que se produce a la llegada a los países de destino, donde en el mejor de los casos son tratados como diferentes.

El sacerdote del Prado se ha referido a la fraternidad y la amistad social de las que habla la Fratelli tutti. El otro, ha dicho, es como yo, el otro es mi hermano, hay un Padre común. Y esto ha de traducirse en la práctica en que lo que quiero para mí lo tengo que querer también para los demás, y viceversa. En este sentido, ha citado el punto 39 de la encíclica, que denuncia que en «algunos países de llegada», y aunque no se dice expresamente, en la práctica se considera a los inmigrantes «menos valiosos, menos importantes, menos humanos», siendo «inaceptable que los cristianos compartan esta mentalidad».

Dos tentaciones a superar: la de aceptarlos solo si los necesitamos y contemplarlos desde una óptica de miedo

El Papa, ha señalado también el Padre Peláez, nos pide que superemos «dos tentaciones». La primera, la de tratar a los inmigrantes desde una óptica mercantilista, que es la que pide el mercado: «aceptarlos en la medida en que son la mano de obra que necesitamos y solo para eso». Y la segunda, «la tentación de las identidades». Los nacionalismos cerrados, denuncia, definen quiénes somos «en exclusión de los demás, con una lectura del pasado que inventa muchas veces enemigos, y en una visión desde el miedo y la enemistad hacia los otros». Y eso hay que superarlo.

Para el Papa, para la Iglesia, toda persona esté donde esté es nuestro hermano. Y la acogida del diferente nos cura de dos enfermedades que están muy presentes hoy en nuestras sociedades: el virus del individualismo (intensificado por las redes sociales) y el nacionalismo cerrado.

En mi país creen que vivo mejor que ellos

Fuente: africaye.org

Texto y fotografía: Helena Cardona

Amadou Lô es un aspirante a matemático reconvertido a vendedor ambulante. Como sus colegas,
arriesgó su vida pensando que en Europa encontraría un futuro mejor, pero 4 años después reconoce que nunca pensó que vivir en la ilegalidad sería tan duro.

Su historia es la de centenares de jóvenes que sobreviven a una vida invisible, porque sin papeles uno no existe.

“Vine aquí desde Marruecos. Llegué a Tánger el 23 de octubre de 2016 y estuve allí hasta el 4 de noviembre, día en que nos embarcamos en una patera hacia Tarifa. Era la primera vez que me subía a una embarcación, tenía mucho miedo porqueni siquiera sé nadar.”

Nacido en el seno de una familia numerosa de la región de Kaolack, Amadou empezó a estudiar matemáticas en la Universidad Cheikh Anta Diop de Dakar. No tenía la intención de marcharse de Senegal, su objetivo era servir a su país y ser alguien de éxito. Pero la situación económica era insostenible y siguió el consejo de un hermano mayor que le recomendó buscarse la vida en Europa.

Como muchos jóvenes, Amadou planeó este viaje sin saber qué le esperaría al cruzar el Mediterráneo. No tenía ni idea de que las autoridades le trasladarían a un CIE nada más llegar, no tenía ni idea del frío que podía llegar a hacer en pleno noviembre y aún menos cómo podría ganarse la vida.

Ahora vive en Vilanova i la Geltrú, una ciudad costera entre Barcelona y Tarragona. Como él, son muchos los que venden sus mercancías en las calles principales de la ciudad y recorren las playas de la zona. “No me gusta lo que hago, no me gusta ser vendedor ambulante. En verano trabajamos mucho, unas 10 u 11 horas, en invierno hacemos lo que podemos en función del día. Cada día es diferente y no se puede predecir cuánto ganaré o si ganaré algo”.

Estar aquí es para Amadou mejor que estar en Francia, porque asegura que la población de aquí es más tolerante. Sin embargo, él y sus compañeros han sufrido el racismo tanto institucional como el  de ciudadanos anónimos. Lo que le llama más la atención, dice, es cuando la gente les saca fotos sin permiso y las cuelga en las redes sociales. “El otro día vimos en Facebook una foto nuestra y de nuestras mercancías criticando que las tiendas no pudieran abrir por las restricciones sanitarias pero nosotros podíamos seguir vendiendo.”

Amadou y sus compañeros tienen un sistema de ayuda mutua en el que colaboran cuando a uno de ellos le falta dinero. Viven en grupo, pagan el alquiler y las facturas y lo que sobra lo envían a la familia en Senegal. Ser capaz de enviar dinero, por poco que sea, es un motivo de orgullo tanto para ellos como para las familias que lo reciben. Es una muestra de que las cosas les van bien, de que no han hecho el viaje en balde, aunque en muchos casos es un espejismo. “Mi familia piensa que tengo unas buenas condiciones de vida, que tengo muchas más cosas de las que tienen ellos. En realidad no es así, no vivo mejor que ellos y hay días que no vendo nada. Aunque intento decirles la verdad, muchos no me creen.”

Senegal, como otros países vecinos, es un país que se va quedando sin población joven, un fenómeno que recuerda dolorosamente al pasado colonial cuando el comercio esclavo secuestró a millones de jóvenes en África del Oeste. Sin un futuro ni un trabajo, muchos jóvenes sienten la necesidad de ayudar a sus familias emigrando a Europa. A veces es por presión familiar, otras veces es por presión entre los mismos jóvenes que les empuja a arriesgarse con tal de parecer hombres valientes que pueden sostener a sus familias. En estos casos, el viaje lo emprenden de escondidas a la familia, que en algunos casos conocen la notícia cuando ya es demasiado tarde.

Poco a poco, las zonas rurales y costeras se van vaciando de brazos jóvenes para trabajar y solo van quedando niños y mayores. Además, la migración es mayoritariamente un fenómeno masculino, por lo que deja a muchas esposas, hermanas, madres, e hijas solas en el país.

Amadou confirma que es más dificil para las mujeres venir hasta aquí. A menudo, explica, es por el hecho de que viajan solas con sus hijos y entonces se les hace complicado trabajar y mantener a sus pequeños. De hecho, en su patera solo había hombres y se ha cruzado con pocas mujeres a lo largo de esta periplo.

Amadou conoce algunos jóvenes que, hartos de vivir en la precariedad, deciden volver al Senegal. Son los que han perseguido un sueño inalcanzable pero que al final han visto como ganaban menos dinero que en su país. Le pregunto si él se encuentra en este punto, pero él siente que puede aguantar unos años más. Quiere formar una familia, pero sin papeles no lo ve viable.

Tener papeles lo es todo. Significa tener una situación regularizada, no sentirse perseguido y sentirse igual que los demás. Significa cursar unos estudios, obtener un contrato de trabajo, poder visitar a su familia en Senegal y fundar una familia. Pero la ley española es implacable y deja poca esperanza a los que aspiran a sentirse uno más en la sociedad.

A pesar de todo, Amadou no se arrepiente de haber venido. Cuando le pregunto qué le aconsejaría a un joven dispuesto a migrar, responde “Le diría que no hay nada asegurado en esta aventura, que es muy arriesgado y peligroso, que no tendrá papeles ni trabajo, pero que si aun así lo quiere intentar, que evite cruzar el mar en patera. Le diría que intentara venir por otros medios.” 

Una chabola al final del camino

Fuente: 5W Crónicas de larga distancia

Autores: Agus Morales y Pau Coll

Así viven las personas migrantes que trabajan en los campos de Huelva

Esta crónica forma parte del proyecto The Backway de RUIDO Photo.

¿Qué hay al final del camino? 

La migración es una promesa. Las personas que viven en países africanos castigados por la guerra, el hambre o la crisis económica reciben esta promesa a través de las redes sociales: primos, amigos y amigos de los amigos se fotografían junto a coches de lujo, visitando monumentos históricos europeos, disfrutando de su nueva vida de afluencia. Aunque haya conocidos e incluso organizaciones que les advierten de que esa no es la verdad, aunque vean en los medios de comunicación cómo el Mediterráneo se traga las vidas de miles de personas cada año, la ilusión prevalece —porque es todo lo que les queda. 

Durante los dos últimos años un grupo de periodistas y fotoperiodistas hemos llevado a cabo el proyecto The Backway, que sigue las rutas de la migración de África a Europa. Hemos estado con senegalesas desde las dos orillas, con chamanes en Gambia que predicen el futuro de los que migran, con deportados de Arabia Saudí a Etiopía, con los abandonados en el desierto de Níger que denuncian haber sido tratados como esclavos en Libia, con un voluntario que entierra cadáveres de los naufragios en Túnez, con un barco de rescate en el Mediterráneo, con los expulsados a tierra de nadie por las autoridades argelinas. 

Al final de esa ruta de dolor no siempre hay una vida mejor. A veces, al final del camino hay una chabola.

Visitamos en agosto de 2019 y en enero de 2021 —antes y después de la declaración de la pandemia— los campos de Huelva para contar las condiciones de vida de los trabajadores que vienen de fuera. Allí muchos se reconocieron en ese camino: encontramos a personas que llegaron a través de la ruta libia, a través de Marruecos tras pasar por Argelia, desde Senegal a las islas Canarias… Los relatos de los trabajadores dibujan el mapa confuso y cambiante de las migraciones de África a Europa. 

Historias contadas desde una chabola —construida no en un país africano, sino en España.

Lepe: agosto de 2019

Un polígono industrial, el campo de fútbol del Club Deportivo San Roque de Lepe y una gran superficie comercial: Burger King, Leroy Merlin, una gasolinera, Worten, Espacio Casa (Bienvenidos). Enfrente del Parque Comercial Lepesur, en la ciudad onubense de Lepe, hay un cementerio y un solar convertido en asentamiento chabolista.

Desde casi todos los lugares de la zona, si se alza la vista, se puede ver un palo enorme:

Burger King

Autoking

Play King

En el asentamiento hay chabolas desperdigadas y tierra quemada, porque unas semanas atrás hubo un —otro— incendio y la gente tuvo que volver a construir sus casas. Ocurre a menudo por las lamentables condiciones higiénicas: como una chabola está pegada a la otra, si algo arde —el fuego que usan para cocinar, las cocinillas que tienen en algunas chabolas—, si hay cualquier pequeño accidente, todo prende como una caja de cerillas. Como no hay agua —solo algunos pozos hasta los que hay que caminar—, el fuego es invencible. 

(Desde la distancia, veo cómo los aspersores riegan el césped del campo de fútbol del San Roque de Lepe).

Las chabolas están hechas de cartón, palés y plásticos que los cubren. Hay algunas en plena construcción con cañas. En las calles de tierra hay paquetes de tabaco, montones de basura en rincones, cenizas, más cenizas, botes vacíos de Fairy, palés podridos, bicicletas, cepillos de dientes, gatos, sillas y sillones, carritos del Mercadona, colchones Flex, chanclas, más botellas, latas de atún, yogures, cajas de plástico de supermercado, tapones de más botellas, botes de tomate frito, cuchillas, latas de sardinas, botes de pintura, bidones.

Es verano y esto está casi vacío. Los trabajadores se han ido a otras cosechas, a la yincana del campo español, que cada año les lleva a visitar buena parte de la geografía agrícola peninsular. Algunas chabolas están vacías, pero en temporada aquí hay centenares de personas. En un tenderete entre dos chabolas hay varios amigos charlando, jugando a cartas. Hay sillas de plástico, un sofá con estampado de flores, un palé haciendo las veces de columna, música africana de fondo, una sombra, un gato. 

Chabolas en las que viven trabajadores del campo. 2019. Pau Coll / Ruido Photo

Uno de los amigos es Kalifa Keita, de 50 años, con camiseta rosa, que tiene a sus tres hijos y a su mujer en Mali. Cuenta que llegó a España en cayuco desde Mauritania en 2005, justo antes de la conocida como “crisis de los cayucos”. Solo ahora, hace muy poco, ha conseguido Kalifa regularizar su situación, los ansiados papeles. 

La suya no es una historia extraordinaria: muchas de las personas que llegan a España de forma irregular y que trabajan en el campo, al menos muchas con las que hablamos en Huelva, pueden pasar mucho tiempo sin mejorar su situación. Siguen sin papeles después de haber trabajado durante años y haber puesto sobre las mesas de media Europa la fruta y verdura que comemos cada día. Se pierden en el laberinto legal y en el trabajo sin contratos mientras encadenan la fresa en Huelva, la cereza en Lleida, la naranja en Valencia, la aceituna en Jaén…

—No había viento —dice Kalifa sobre su viaje de 2005—, tardamos dos días. Estuve en Las Palmas cuatro días, luego 25 días en Fuerteventura, y fui a Madrid en avión. Una compañera de Cruz Roja nos compró el billete y nos dio 50 euros. Desde Madrid me fui pronto a Almería. Luego a Lepe dos meses. Mi cuñado estaba en Madrid y me dijo que fuera a trabajar en la construcción, estuve allí dos años, la situación mejoró, pero ahora estoy muy mal. En 2008 me fui a Lepe. He estado once años aquí. Antes estaba en la casa de mi jefe, pero vendió la finca. Desde 2011 estoy viviendo aquí, en una chabola.

Pronuncia la palabra con rabia, una y otra vez: chabola, chabola, chabola. Tartamudeando. Como si pronunciarla fuera una denuncia, como si fuera una palabra que nunca se debiera usar. 

—Estoy cansado. En África la vida es mejor. Allí tengo mi propia casa, aquí no puedo explicarte cómo es… Muy malo. ¿Por qué tengo que vivir en una chabola? Muy mal España para mí, pero todo igual en Europa, en Italia hay chabolas, en Francia hay chabolas, en España hay chabolas. Solo en Alemania y Bélgica no hay chabolas. Voy a estar un tiempo y voy a regresar a casa. Algún día el fuego nos va a matar a todos. Yo estaba aquí las tres veces que mi chabola se quemó. No me gusta la chabola, no me gusta la chabola. 

Kalifa está buscando el momento para volver: ahorrar un poco más y volver. No espera nada más de España. 

—Yo soy migrante y me busco la vida, y vengo aquí a trabajar y a callar la boca. Si el Gobierno es bueno o malo, un partido u otro, me da igual. No espero nada. Solo quiero trabajar y no tener problemas. Por eso tampoco me gusta quejarme. He trabajado en la fresa, los arándanos, la frambuesa, la naranja… Cuando me llaman mis amigos y me dicen que van a venir aquí, les digo: “No vengáis, África es mejor que esto”. Yo no miento, yo digo la verdad. Vas a vivir en una chabola. Hay gente que miente. No, Europa es así… Hay que decir lo que hay. 

Durante todo el día, en las conversaciones que tenemos en el asentamiento, se cuela una y otra vez una referencia a alguien que está pero no está. El borracho del barrio, del asentamiento. Kalifa se muestra enfadado con él, dice que no es amigo ni conocido, que se pasa la vida bebiendo. Por las calles también se habla de él. Que ahora estará durmiendo en un aparcamiento. Que debe ir a desintoxicarse. Que le han intentado ayudar, que han hablado con él, que de momento no han tenido suerte. 

Me pregunto cómo es posible que tanta gente se preocupe por él en un sistema sin recursos, en un asentamiento medio quemado, sin agua ni electricidad. En el barrio donde vivo nunca habría llamado la atención —lo dejarían morir de forma anónima. Quizá todo no se está derrumbando aquí, quizá se está derrumbando en lugares más cercanos de lo que pensaba.

Lepe: enero de 2021

Una valla protege el solar. Dentro: solo maleza. Ya casi no hay chabolas, tan solo algunas junto al cementerio. En verano de 2020, ya en plena pandemia, ardió el asentamiento y no se ha vuelto a levantar desde entonces.

Pero los trabajadores están. Se arremolinan en otros pequeños asentamientos alrededor del polígono y del centro comercial (Burger King / Autoking / King Play). Más invisibles que antes. 

Nos acompaña Francisco Braima Sanha, un veterano del lugar que echa una mano a sus compañeros cuando puede. Es de Guinea Bissau y tiene 61 años, pero aún se ve obligado a trabajar en el campo. Ahora vive en un albergue autogestionado por personas migrantes, pero también se ha visto obligado a malvivir en asentamientos en el pasado. Recorremos con él una carretera cercana a la zona y nos paramos en un terreno donde hay un puñado de chabolas. Hay varias personas sentadas sobre troncos de árbol y bidones. Hay un cartón de zumo de piña tirado en el suelo, una naranjada, un cuchillo, un vaso. Unas botas entre la maleza. 

Ousmane Fal nos saluda. Rastas. Camiseta, tejanos y zapatillas azules. 

—Llevo un año en Lepe. Antes vivía en el cementerio, y cuando se quemó el asentamiento vine aquí. Un día tengo trabajo y cuatro días no tengo. No tengo papeles. Aquí hacen falta papeles, sin papeles no puedo trabajar. Estoy viviendo en una chabola con cuatro personas.

La pequeña chabola que está a nuestro lado. 

—Yo no viviría así en Guinea Bissau —interviene Francisco—. Nos tienen abandonados, somos perros abandonados, solo necesitan nuestra fuerza. Aquí viven como en una lata de sardinas. Mira, aquí cocinan —detrás hay tierra tiznada—, ponen un barreño y cocinan un pollo para siete personas. Se apoyan unos a otros. Tienen una litera, se juntan dentro, cada uno con su colchoncillo en la chabola. Algunos día trabajan de 8 a 8, por 40 euros al día. 

—Hago de todo —dice Ousmane—. Fresa… lo que haga falta. Si hubiera un sitio mejor, me iría. Pero si voy a Madrid me quedo durmiendo en la calle. Llegué en 2018 a España, estuve un tiempo en Barcelona, pero allí no podía trabajar. Me siento mal. Seis meses sin trabajar. ¿Qué hago? 

Sus padres y hermanos están en Senegal. Me enseña el móvil, las notas de voz que se intercambia con su madre. Le pregunto qué le dice su familia. Si le pide que vuelva. 

—“Trabaja”, me dicen. “En África no hay nada”. 

—Tus padres te quieren —reflexiona Francisco—. Están felices porque no has muerto en el camino. Pero si vuelves a casa… la gente te mira mal. 

—Yo llevo casi tres años aquí. Si me voy a África sin nada… —confirma Ousmane. 

La presión de tu hogar, de tu barrio, de tu ciudad: migrar es una inversión que a menudo hace la familia, así que debe dar sus frutos. No puedes volver con las manos vacías. Tienes que enviar dinero a casa. 

El activismo: agosto de 2019

El activista Antonio Abad conoce bien la situación de los trabajadores del campo. Habla con pausa y llaneza, sin la jerga que se usa a veces desde el activismo y con la cercanía que a veces le falta. Tiene 60 años, las piernas como alambres y la pasión intacta. 

La palabra que más nos repite Antonio —cuando visitamos un albergue autogestionado por los trabajadores, cuando vamos en su furgoneta a los asentamientos de la provincia— es “nadie”. A nadie le importa, nadie hace nada, aquí han venido diputados y concejales y políticos y a nadie le importa, nadie hace nada y el problema sigue, lleva años: centenares de personas en condiciones indignas.

—Falta voluntad, nadie la tiene. En proporción con el volumen de beneficios que están generando, a mí me parece insignificante el gasto que habría que hacer en ellos. Habilitar una zona tipo cámping para que tenga unos servicios comunes, unos aseos, unos puntos de luz y de agua… La inversión necesaria para hacer eso sería mínima. Y luego que esta gente podría pagar su plaza ahí, no van a pagar 500 euros por estar en un cámping, pero sí 50 o 60 euros. Si tú habilitas un espacio para mil personas y te pagan 50 euros tienes un dinero por lo menos para mantenerlo y recuperar la inversión. Pero se gasta un montón de pasta desde las administraciones, en subvenciones para nada, todos los años… Esta situación interesa a los empresarios. Interesa mantener a la gente con el pie en el cuello. A mí lo que me parece tremendo es que no surja una iniciativa desde algún sector, o en alguno de los pueblos, un proyecto piloto para hacer una cosa pequeña… Nada. Y esto ya no es un problema nuevo, lleva veinte años y la bola se va haciendo cada vez más grande. Llevo años entrando cada día en chabolas y no me acostumbro. Si esto sigue empeorando de aquí a veinte años, seguro que va a generar problemas. 

El activismo: enero de 2021

En esta visita contactamos con Ana Pinto, de Jornaleras de Huelva en Lucha. Vamos hasta su casa, a una hora en coche de Lepe, para hablar con ella. Allí la entrevistamos. Pinto es jornalera desde los 16 años, pero ahora se dedica más al activismo y a defender los derechos de las trabajadoras del campo. Critica en varias ocasiones el Plan de Responsabilidad Ética, Laboral y Social de Interfresa (PRELSI), que se puso en marcha después de las denuncias de temporeras marroquíes de abuso sexual en los campos de Huelva, de las que se hizo eco un reportaje de las periodistas Pascale Müller y Stefania Prandi en una revista alemana en 2018. 

—El PRELSI es un lavado de cara de la patronal. Es poner al zorro a vigilar a las gallinas: si hay algún problema de alguna mujer, está en manos de la patronal. Hemos tenido muchas demandas de mujeres marroquíes, pero no podemos entrar en las fincas para ver qué sucede ni cómo es la situación.

Le decimos que durante nuestras dos visitas a Huelva solo hemos entrevistado a hombres, que no hemos podido hablar con mujeres.

—Se habla siempre de hombres africanos [en el campo], y aquí hay una gran cantidad de mujeres marroquíes, rumanas, también subsaharianas. No se está teniendo en cuenta. Si ya de por sí un hombre está en condición de vulnerabilidad, las mujeres… Nos dicen que les piden su cuerpo a cambio de todo, ya sea el jefe, el que duerme con ella en la chabola, el que la ayuda en el empadronamiento…

Jornaleras en Lucha hace las veces de sindicato para las jornaleras, les da asistencia legal y denuncia en público las violaciones de los derechos humanos en los campos de Huelva. La activista Pastora Filigrana, a través de una cooperativa, da cobertura y asesoramiento legal a la entidad.

—Nos cuesta que la gente denuncie y pierda el miedo. Las inspecciones dicen que todo funciona bien… ¡El año pasado hacían teleinspecciones! Las empresas enviaban fotos respetando las normas de seguridad, con mascarilla, y todo correcto, claro. 

La lucha que llevan a cabo por los derechos de las trabajadoras es universal: Pinto dice que, en contra de lo que muchos puedan pensar, aproximadamente la mitad de las mujeres que aquí trabajan la tierra son autóctonas.

—Dependemos del campo. La necesidad existe de una forma para unas y de otra para otras. La patronal nos intenta enfrentar, no deja que autóctonas y por ejemplo africanas nos juntemos. Así no luchamos juntas por nuestros derechos. Cuando convives y la relación es más intensa es cuando se crean los lazos de compañerismo. 

Pinto teme que se fomente un discurso del odio en Huelva negándole trabajo a las personas autóctonas y azuzando las diferencias entre comunidades. Cree que es posible que suceda algo similar a los disturbios racistas de El Ejido en 2000. Defiende la regularización de las personas migrantes. Dice que su vulnerabilidad actual sirve para que las exploten, pero también para poner presión a quien esté en situación regular y no acepte peores condiciones de trabajo. 

—Con 16 años empecé a trabajar en el campo, y en 2018 empecé a denunciar lo que pasaba, sentí que alguien tenía que romper con esto… Intento convencer a la gente de que debemos luchar juntas. 

Ismael en el albergue: agosto de 2019

En el polígono industrial hay un albergue autogestionado por los temporeros. Antonio Abad, que echa una mano a la gente que vive allí, nos lo muestra. Es un edificio a medio construir —abandonado por las administraciones, un proyecto fallido— en forma de ele, con dos plantas. 

Cae el sol. En la planta baja, al final del pie de la ele, nos unimos a un grupo que está comiendo algo. Allí conocemos al sevillano: todo el mundo lo llama así, “sevillano”, aunque sea costamarfileño. Se llama Silué, vive en Sevilla desde hace muchos años pero viene aquí a trabajar en coche. La barbilla en forma de candado, un cierto aire pijo, camiseta y pantalones cortos. Me cuenta que conoció en un supermercado de Sevilla a su mujer, que se fue a vivir con ella, que tienen una hija. Otro de los chicos que me llama la atención es Dauda, de Mali, que limpia todo de forma compulsiva: cuando todo el mundo devora de un barreño común pescado con cuscús, él enseguida pasa la mopa para limpiar lo que ha caído al suelo. 

—Yo quiero estar limpio, que todo esté limpio, no me gusta estar sucio. 

Se sienta a mi lado, le enseño en el móvil algunos de los reportajes de The Backway. Me dice que llegó a través de la ruta libia, que lo salvó un barco de rescate de una oenegé. A su lado, un compañero no para de mirar Facebook y poner canciones. Canciones que nos acompañan siempre en el albergue: Dauda tiene unos altavoces de gran potencia. Nos preparan un té delicioso y charlamos hasta bien entrada la noche: el tema estrella es la esperanza de que Neymar vuelva al Barça. Prehistoria del fútbol.

En los siguientes días pasamos muchas horas en el albergue. Convivimos. Hay cuatro cocinas en las que se reparten entre diez y veinte personas para cocinar y comer. En la pared de una de ellas veo un calendario artesanal con los días que le toca cocinar a cada uno. Con la limpieza funcionan igual: cada domingo alguien limpia, se van turnando. Las habitaciones están numeradas. Parece una gran nave industrial más que un albergue: en el centro hay una avenida con bancos de hierro, que le da al conjunto un ambiente más habitable y familiar. En las zanjas donde debería haber hierba está la zona de lavandería. Hay una hamaca para tomar el fresquito, jazmín, palés dispuestos al final de la ele. 

Ismael —no es su nombre real, pero me pide que lo identifique así— es uno de los que más tiempo lleva aquí. Es de Mali. Por la mañana trabaja en el campo, así que quedamos con él a la hora de comer. Nos sentamos en una de las cocinas del albergue. 

—Yo fui de Mali a Mauritania y de Mauritania a España en cayuco. En 2006 llegué a Las Palmas. Me quedé un mes y después me llevaron en avión a Madrid. Estuve cinco años en Madrid. Luego estuve en Murcia… No podía trabajar porque no tenía papeles, iba un poco al día… Empecé a trabajar en la construcción, pero no tenía experiencia. Luego he estado en diferentes sitios: si hay trabajo voy a Lleida, si hay trabajo voy a Jaén, si hay trabajo voy a Huelva. 

Años y años trabajando en el campo. Ismael tardó 13 años en regularizar su situación: en 2019 le dieron los papeles. Le tuvieron que operar del ojo porque tuvo un herpes, no recibió atención médica adecuada y al final se lo tuvieron que quitar y colocarle uno de cristal. Pero Ismael no se lamenta. 

—Con corazón todo ha salido. Hemos luchado. Hemos venido con una misión: trabajar. Hay que cumplirla. 

Ismael tiene mujer y dos hijos en Mali. No los ha visto desde que llegó a España, pero ahora que ya tiene los papeles está planeando viajar por fin a Mali. 

—Estos son los comedores. En cada fogón hay dos, tres, cuatro, cinco personas.. Cocinamos muchas cosas. Arroz, fufú… —dice mientras damos una vuelta por el albergue para que nos lo muestre. 

—¿Podemos ver tu habitación? 

—Está arriba, vamos.

Abre la puerta, pero choca contra algo. 

—Este es mi cuarto. No se puede ni abrir, está lleno. Tengo la cama y cosas… 

Hay ropa, un póster de La tribu, una película protagonizada por Paco León. Insecticidas, chaquetas, jerséis. Un body milk. Gafas de sol. 

—Ahora en verano salgo aquí al fresco. Hay una hamaca y duermo fuera. 

Saca una tableta y nos dice que está estudiando para sacarse el carnet de conducir. Se pone a responder algunas preguntas de tipo test. 

¿En el paso de peatones puede hacer una parada?

a) Sí, pero solo para subir o bajar personas.

b) No, porque está prohibido. 

c) Sí, porque hay peatones cruzando. 

—B. No, porque está prohibido. 

Correcto. 

Francisco en el albergue: enero de 2021

Cuando volvemos a Lepe en enero de 2021, el albergue sigue ahí. Los mismos murales —“Senegambie”, dice uno de ellos—, las mismas habitaciones, la misma ele, pero algo más de movimiento porque ahora es temporada y el calor no ahoga. Ismael no está: se ha ido a Jaén, a la cosecha de la aceituna. Pero está Francisco, que vive en el albergue y que echa una mano a los compañeros más vulnerables. 

Paseamos con él por el albergue, saludamos a la gente que nos encontramos, pero esta vez no nos paramos tanto tiempo a hablar. Francisco nos lleva al almacén para poder charlar un rato. Nos sentamos en una mesa poblada de papeles y con un cenicero. Francisco es un trotamundos: su vida ha dado mil bandazos. Fue jefe de cocina de la embajada de Guinea Bissau en Portugal, estuvo en Bélgica, en Noruega, en Francia, en Italia… Llegó a España en 1984. Estuvo varios años en Madrid, luego trabajó en el campo en varios puntos del país. Los trabajos que lograba eran intermitentes e inseguros, hasta que logró regularizar su situación en 2000. Trabajó en la construcción, abrió un bar en la provincia de Almería y parecía que las cosas le iban bien, pero entonces llegó la crisis económica. 

—Me quedé parado ocho años. Ahí me hundí. 

Ni siquiera en el campo lo aceptaban, no por no tener los papeles, sino porque ya era muy mayor y los empresarios preferían a los más jóvenes. Hasta que en 2016 vino a Lepe y consiguió trabajar en la naranja.

Le pregunto cómo ha visto desde dentro la evolución del campo en Andalucía durante los últimos años.

—Antes pagaban menos, pero no ha cambiado casi nada. 

Habla de un hombre que lleva trabajando veinte años en el campo y se pregunta por su jubilación. Dice que las cosas ni siquiera han cambiado con la pandemia, que no se han hecho test, que los trabajadores viven igual que antes. 

Lo que pido es que la gente mire. Que no quiere decir que miren solo por nosotros, la situación está mal para todo el mundo. Pero si la gente puede echar una mano, por lo menos para comer, para ir manteniendo… Que busquen una forma para ayudar a la gente que vive en las chabolas. Para sobrevivir. Porque esta es una vida de supervivencia. La gente no tiene casas buenas, ni mantas, ni comida, ni agua potable. Pero cuando nos necesitan, ahí estamos. Somos gente mal pagada, con contratos y nóminas falsas. Y me pregunto: ¿Cuándo llegaremos a jubilarnos nosotros? ¿Dónde está la humanidad? ¿Qué somos? ¿Por qué no se puede ayudar a una persona que lo está pasando mal? 

Francisco me cuenta lo mismo que me contaba Ismael hace un año y medio. Entonces me doy cuenta: mi vida y la de la gente a mi alrededor ha cambiado con la pandemia, pero la de ellos sigue igual.

El oro rojo: agosto de 2019

Desde la furgoneta de Antonio vemos pasar chabolas, pinos y arena, talleres y palés. Lepe, Cartaya, Moguer, Palos de la Frontera, Lucena. Una sucesión de siembras de arándano, frambuesa, mora, fresa. Es el oro rojo de Huelva, provincia líder en exportaciones de frutos rojos, con un 78% de las ventas de España y 428 millones de euros facturados tan solo en el primer trimestre de 2020, más de la mitad provenientes tan solo de la fresa. El primer destino internacional de estos frutos es Alemania, seguida del Reino Unido y Países Bajos. Aquí se recogen los frutos que tienen como destino las mesas europeas.

Atravesamos químicas y refinerías, con sus llamaradas que se extinguen en el cielo. En el paisaje se mezclan la industria y los campos de frutos rojos. Circulan coches, temporeros van en bicicleta, mujeres en grupo intentan pasar desapercibidas. 

Visitamos un asentamiento que está entre el término municipal de Moguer y el de Palos de la Frontera, rodeado de campos de fresa. Siempre había pensado que iría a Moguer para ver la casa de Juan Ramón Jiménez, mi poeta de cabecera; no sabía que allí había un asentamiento, fuera del núcleo urbano, en una pineda sobre la arena. 

En el asentamiento hay una chabola con una bandera de España raída en un palo que hace las veces de mástil. No parece que haya mucha gente, pero se oye una música de fondo, un ritmo machacón con palabras entrecortadas, y vamos a su origen: el bar de Beleti. 

Lo llaman Beleti pero su nombre real es Issa Diakité, y tiene 54 años. Es de Bamako. Nos sentamos a charlar en el porche de su chabola-salón, sobre la cual hay una placa solar tumbada completamente. 

—Aquí vemos sobre todo fútbol europeo, por eso tenemos la parabólica —está plantada frente a nosotros—. Desde 2010 veía el fútbol en mi chabola, pero mucha gente venía a verlo también, la chabola se hizo pequeña y en 2013 instalé el bar. 

Visitamos el bar por dentro. Debajo del enorme televisor hay un reproductor de DVD y la consola del satélite. Beleti dice que aquí caben más de cien personas, aunque no me imagino cómo. Hay bancos de madera en los que caben seis personas, sillas de plástico de colores montadas en una pila en la esquina. Hay un tablero de damas con tapones de refresco como fichas, mantas aislando el techo, un póster de líderes religiosos de Mali, un mapa de Mali tapado por un extintor. Y un sistema artesanal dolby surround: ocho altavoces que rodean toda la sala. 

—Salí de Mali y fui a Mauritania, desde allí fui a España en 2009 en cayuco, llegué a Las Palmas y después me llevaron a Fuerteventura. Luego fui a Madrid, estuve 20 días, después a Lleida, mi hermano estaba allí, y luego aquí, a Moguer, en 2010. Trabajo en la fresa y en los arándanos. Estos días trabajo en el campo, pongo los plásticos para las fresas, preparamos el agua de regadío… En este asentamiento ahora mismo hay unas 40 personas, en temporada más de 500. La televisión la compré en un mercadillo de Sevilla —lleva aún escudos del Barça enganchados en las esquinas, él no se los quiere quitar aunque es del Madrid—. Aquí el té es gratis, solo cobro los refrescos y si hay fútbol importante, como un Barça-Madrid, un euro por entrada. Las pelis son gratis, los otros partidos son gratis… Aquí se ven mucho Atlético de Madrid, Sevilla, Barça y Madrid. 

Me fijo en un póster que anuncia una fiesta en una gasolinera. En medio del bar hay un colchón con una manta-esterilla encima. En la puerta, una pintada: “Atansion Bileti”.

De vuelta a Lepe en la furgoneta de Antonio, paramos en Cartaya para coger palés de una cooperativa para la chabola de Kalifa, el maliense que conocimos en el asentamiento de Lepe.

—¡Suficiente! —sopla Kalifa con los ojos iluminados cuando ve los palés en el vehículo, porque ahora ya puede reconstruir su casa—. ¡Antonio! Antonio. Gracias. 

Kalifa parece ese tipo de persona al que le resulta difícil dar las gracias; por eso, la palabra “gracias” tiene verdad cuando la pronuncia.

—¡Venga! —le responde Antonio.

El oro rojo: enero de 2021

Antonio no está ahora en Lepe. Intentamos volver a los asentamientos que visitamos en verano de 2019. Llamo a Beleti por teléfono para que nos dé indicaciones de cómo llegar al suyo, en esa lengua de tierra entre Moguer y Palos de la Frontera, porque no lo encontramos. Con algo de intuición logramos acercarnos al lugar, y él aparece con su coche en una carretera principal. 

Lo acompañamos de vuelta al asentamiento. Allí todo está igual y diferente: hay más chabolas, se nota que ya es temporada. Sigue la bandera de España en una chabola, pero ya no está raída, parece nueva. Su bar sigue en pie, impertérrito al paso del tiempo y de los virus. Los escudos del Barça pegados a la televisión, los altavoces, una silla azul con el logo de Pepsi, bancos, un calendario, los líderes religiosos de Mali e incluso el mapa de Mali tapado por un extintor. Un reproductor de DVD, un generador para la televisión, un equipo de música, la placa solar, el tablero para jugar a las damas… Todo igual, al milímetro. Incluso el cartel que dice: “Fiesta pub sin límites, 22-2-2019”, que suena a otra época. Quizá el único cambio es un discreto bote de gel hidroalcohólico. 

Nos sentamos en la veranda a charlar con él, como hicimos la última vez. Vamos todos con mascarilla, pero el encuentro es más cálido que el primero. Se muestra abierto a que le hagamos fotos, a explicar su vida y la de sus compañeros: algo no tan común en un lugar donde muchos prefieren pasar desapercibidos o temen sufrir represalias si hablan con la prensa. 

—La gente está sufriendo mucho, la gente en las chabolas no tiene agua, es todo lo que pedimos… Cada dos días el Ayuntamiento manda un camión con agua y todos vamos con nuestras garrafas para llenarlas. 

Será la única queja que haga a lo largo de la conversación. Le preguntamos si ha cambiado algo con la pandemia. Si en el campo se toman medidas de protección para trabajar. 

—Todo igual, la verdad. Todo el mundo va con mascarilla, pero poco más. Los guantes por ejemplo me molestan, no puedo trabajar con ellos. Pero aquí nadie se ha enfermado. Estoy contento con el trabajo. Tengo papeles, me los arregló mi jefe. Me los dieron en 2016. 

Como Beleti ya lleva tiempo en el lugar, ayuda a los recién llegados. Procura que duerman en una chabola —siempre con otras personas—, que se sientan cómodos, y que poco a poco se incorporen al trabajo si pueden. 

—Este —dice Beleti señalando a un joven detrás de él, sentado en la veranda del bar-chabola— no va a trabajar de momento. Le ayudamos con la comida y con un techo hasta que encuentre trabajo. 

El joven, también maliense, se llama Diakité, acaba de llegar de Almería, no habla demasiado, pero confirma que llegó hace poco a España a través de las islas Canarias. Como Beleti hace trece años. 

—Yo llegué en 2008 y estuve ocho años sin papeles —dice Beleti—. Mira, mi campo está ahí, voy andando cada día desde la chabola, cada día salgo de la chabola y en cinco minutos estoy allí. Empiezo a las 8.30 y acabo a las 15.00. Es cansado. Trabajar la fresa es muy duro para la espalda, hay que usar las dos manos —se levanta y hace el gesto de que hay que trabajar con las dos manos, no con una. 

Beleti es el único trabajador feliz que conocemos en toda la cobertura. El bar que se ha montado lo llena de alegría. 

—Cuando juegan el Barça y el Madrid viene muchísima gente —insiste.

Su vida no ha cambiado en este tiempo. Solo en que lleva una mascarilla. La mía sí que lo ha hecho. Nos separa el abismo del consumo. 

El otro fútbol de Lepe: agosto de 2019

Llega a mis oídos que hay un equipo de fútbol en Lepe en el que juegan trabajadores del campo. Su presidente se llama Alaji Ladiane. Quedamos con él para ver un entrenamiento. 

Subimos por un camino que nos lleva unos kilómetros a las afueras de Lepe y llegamos, en medio de la nada, a un complejo deportivo con varios campos de césped. Poco a poco empiezan a llegar chavales. 

Mientras se cambian: 

—¿Cómo va el Barça?

—1-1. 

—¡Ha marcado Ansu Fati! 

—Oh, sí, qué bueno que es. 

El entrenamiento empieza con centros a la olla. Me tienta pedir un disparo, un centro, pero no hacen ningún ademán de ofrecérmelo, así que me quedo en la línea de fondo, esperando a Alaji. Aparece pasadas las siete de la tarde, se sienta a mi lado, sobre la hierba mojada, y lo entrevisto mientras miramos con el rabillo del ojo el entrenamiento. 

Nacido en Senegal, Alaji llegó a España con su familia cuando tenía doce años. Fue mediocentro defensivo, un 4: militó en el Aljaraque en 1995 y luego, entre 1997 y 2000, en el filial del Real Club Recreativo de Huelva. En 2006, ya retirado, se fue de viaje a Senegal y propuso crear allí una academia de fútbol, porque quería que los niños aprendieran con método. 

—Todo el mundo persigue el balón, pero veo que no saben: lo que voy a hacer es enseñarles fútbol, la poca experiencia que tengo. Traje ropa deportiva y para ponerle nombre dije: voy a ponerle Recreativo Senegal. Como yo salí de la cantera, la academia se llama así. 

Creó otra más allí, la llamó Betis Senegal. Pero también había que hacer algo en Huelva. 

—A partir de 2012 empezaron a llegar chicos africanos. Empecé a llevar a chavales a clubes, porque vi que algunos de ellos no podían incorporarse rápidamente a los clubes y necesitaban ayuda. Los llevaba a hacer una prueba al San Roque, al Betis… 

Hacía eso con los que despuntaban. Pero había muchos más. De ahí nació la idea del equipo que ahora vemos entrenar. Un equipo de recién llegados. Todo recién llegado tiene las puertas abiertas. No hay un propósito de que sea una cantera de clubes andaluces profesionales. Cuando los chavales llegan sin papeles, sin conocer el idioma, aquí tienen un grupo de amigos para jugar, para hacer piña, para olvidarse de todo. 

El Recreativo Ladiane es un salvavidas. 

—La mayoría lleva poco tiempo aquí, menos de un año algunos, otros más. La mayoría no tienen papeles, el trabajo no es una cosa segura para ellos… Algunos los están arreglando. Hay jugadores de Senegal, Mali, Guinea… de todas las nacionalidades. 

Alaji fue en 2012 a la federación andaluza para participar en campeonato oficial, le dijeron que no, que debía tener una sociedad deportiva. Alaji lo consiguió: en 2014 tenía todo arreglado. Cada año, desde entonces, se propone que el equipo participe en competición oficial, pero nunca logra el dinero para pagarlo. Los chavales deben conformarse con los entrenamientos. Y, algunos, con probar en otros clubes. 

—El trabajo que estoy haciendo lo tendría que estar haciendo el Gobierno. Cuando los jóvenes vienen aquí con menos de veinte años, son el futuro de España. Seguro que se van a quedar aquí casi toda su vida. Facilitar su incorporación es bueno para España. Mañana ellos son los que van a trabajar en los invernaderos, los que van a trabajar en la fruta, y la fruta es la que va a Inglaterra, a Alemania, para traer millones de euros aquí, a Lepe.

Los jugadores siguen colgando balones al área y rematando de cabeza: el portero está siendo masacrado. 

—Si no fuera por los extranjeros, el campo no funcionaría.

El otro fútbol de Lepe: enero de 2021

Está lloviznando. Hemos quedado, un año y medio después, con Alaji para ir otra vez al campo de fútbol. Pero será un ejercicio de nostalgia, porque no hay entrenamiento debido a la pandemia. 

—Ahora también tenemos a muchos menores que han llegado de África y que están estudiando y haciendo formaciones, cursillos. Chavales de 16 o 17 años que están en centros para menores y al mismo tiempo con nosotros aquí entrenando. 

Pisamos el césped húmedo. Dice Alaji que pronto volverán los entrenamientos del equipo. Del Recreativo Ladiane. 

—El deporte no solo es llegar a ser jugador profesional. Físicamente te ayuda. Algunos de los jugadores hacían deporte en su país natal, y cuando llegan aquí les gusta seguir disfrutando del deporte. Con nosotros por lo menos tienen la oportunidad de empezar con su primer equipo. El deporte les ayuda a incorporarse, adaptarse y conocer España. 

Ha pasado año y medio y el equipo sigue sin apoyo económico. Ladiane dice que necesitan unos 9.000 euros para participar en Segunda Andaluza y cubrir los gastos de toda la temporada. Los trámites burocráticos ya los hizo. Solo falta el dinero. Alguien que crea en el Recreativo Ladiane. 

—Esperamos que el año que viene llegue un patrocinio que nos permita participar en la Liga. 

Es viernes por la mañana y los jugadores mayores de edad del Recreativo Ladiane —los que tienen más “suerte”— están trabajando en un campo que no es de fútbol.

Pau Coll / Ruido Photo

La necropolítica y la impunidad siguen permitiendo las masacres de migrantes en México

Leticia Gutiérrez ha seguido de cerca la reciente masacre de los migrantes en Camargo y apunta hacia los obstáculos que mantienen en México un perpetuo asedio a los migrantes

Fuente: aguamala.mx

Autor: Juan Luís García

La masacre en Camargo ha traído de vuelta los fantasmas de la impunidad tras las masacres de San Fernando en 2010 y de Cadereyta en 2012, apunta Leticia Gutiérrez, hermana scalabriniana con largo recorrido en el acompañamiento de migrantes en México. 

Originaria de Guadalajara, ahora vive en una ciudad española con el mismo nombre a más de 9,000 kilómetros de distancia, donde se desempeña como delegada diocesana de Migraciones de la diócesis de Sigüenza-Guadalajara.

Gutiérrez habló con Aguamala sobre los flagelos que los migrantes enfrentan en México y Europa. 

Lamentablemente, vemos una nueva masacre de migrantes con el tema de Camargo (14 guatemaltecos asesinados). Se habló mucho de no repetición después de las masacres de San Fernando, Tamaulipas, y luego seguimos viendo este tipo de casos, ¿qué pasa en México?

Son muchas cosas no resueltas, yo creo que van como por escalada, y tal vez me permitiría decir que una de las primeras causas que siguen permitiendo este tipo de masacres y este tipo de eventos cruentos es para empezar esta necropolítica migratoria que tenemos en la región, que es una necropolítica global. Pero aunada está la impunidad que ha acompañado las masacres que se han cometido en la última década. Una impunidad que no la ha resuelto ni el gobierno que provocó la guerra contra el narcotráfico, ni la resolvió el gobierno que le siguió, que era de un partido distinto; ni tampoco el que habla de una cuarta transformación y sobre combatir la impunidad y la injusticia. 

Vemos que sigue muy enraizada en diferentes niveles dentro de las instituciones de gobierno, y bueno también en la libertad para que los grupos criminales se sigan habituando a sus anchas en nuestro país.

— ¿De qué hablamos cuando se habla de impunidad?

—  Cuando hablo de impunidad me refiero a que hasta ahora no tenemos una sentencia real contra los verdaderos o contra los los actuales autores intelectuales y ejecutores de la masacre de los 72 (año 2010). Ya ni hablar de las fosas del 2012, de los cuerpos colgados en Cadereyta. En cada una de las masacres hemos tenido una respuesta de los gobiernos. En la primera por ser un acontecimiento que se desbordada lo que el gobierno hizo fue pronto quitarse esta papa caliente de la mirada a nivel internacional. Pero al resolver, quitando la muerte y la masacre lo más pronto posible hubo poco cuidado y preservación de pruebas,  de tratamiento de cuerpos, es más, con mucha injusticia hacia las familias (centroamericanas) porque no les permitieron ver y reconocer si efectivamente los cuerpos que llegaron son los de sus hijos, etc.

Este desaseo ha permitido que la gente siga viviendo una injusticia, porque no sabe la realidad, y no llega finalmente una aplicación efectiva de la justicia ni para ella ni para sus hijos, pero es un modelo que sigue repitiéndose en los demás eventos. Recuerdo muy bien haber acompañado las 5 masacres,  y muy bien en el segundo evento en las fosas de San Fernando escuchar a funcionarios dentro de cancillería decir: “Ay pero no son migrantes”, cuando no tenían ni siquiera de información completa del acontecimiento que estaba encontrando de fosas, de fosas que hablaban de más de 190 personas ahí masacradas. 

— ¿A qué nos lleva la falta de justicia?

—  Esta negación, este actuar repentino, este no querer llegar a la verdad, a saber la colusión y la corrupción de cuerpos policiacos, entonces lo que permite es que para los grupos criminales se ve el permiso por parte del Estado a seguir cometiendo crímenes de lesa humanidad, porque saben que al final del día estos crímenes van a quedar impunes y los grupos criminales y las mismas autoridades coludidas pues van a ayudar en un invisibilidad para seguir cometiendo los delitos que se les antoje. 

— ¿Camargo sigue el mismo patrón de las demás masacres? Se han detenido a 12 policías. 

—Hoy con esta última masacre de Camargo, pues hemos tenido un poco más de información, al menos eso es lo que nos quieren informar del actuar de estos policías, de esta policía especial. No nos confundamos, es una masacre,  es un delito.  Tal vez las formas en cómo se está actuando estén siendo un poco distintas. Pero esto no exime que esto es un delito, que esto es una masacre, hay colusión de autoridades, hay presencia de crimen organizado y se tiene que actuar para llegar a la justicia y llegar a todos los niveles. Si hay presencia del crimen organizado pues a él se tiene que investigar, a detener, a erradicar; si es la autoridad se tiene que llegar también con ellas, dígase policía, agentes de migración, o de la propia CNDH si es que tuvo conocimiento, y en las omisiones de no actuación tiene una cierta responsabilidad. Pero no podemos seguir negando hechos de diferentes instituciones gubernamentales que tienen una responsabilidad y que tendrían que tener una aplicación de la justicia porque han dejado de actuar en una responsabilidad que tienen desde la visión pro persona que la Constitución marca.  

—  En el discurso ahora se dice que no hay un combate frontal al crimen organizado, que no hay una guerra contra las drogas de AMLO. Pero en los hechos sí hay una participación de las Fuerzas Armadas y vemos como nuevas policías como la Guardia Nacional al final del día se conforma por policías militares. ¿Desde su perspectiva, además de las autoridades coludidas cree que hay una estrategia de seguridad que ha fomentado la violencia?

—  Mira,  es verdad, han militarizado al país.  Sólo que disfrazado de la Guardia Nacional, pero son los militares haciendo y realizando la seguridad pública.  Eso es evidente.  No sé si realmente no hay un combate al narcotráfico y el crimen organizado declarado, pero sí practicado. ¿Qué quiero decir con esto? Que si no hay esta actuación contra los grupos criminales entonces qué función tiene el Ejército, y el ejército disfrazado llamado Guardia Nacional a estar en la calle.   

— ¿Se necesita un cambio de estrategia?

Por supuesto, se tiene que pensar en una estrategia distinta.  Una que tenga que ver con muchas otras cosas más. México sigue estando en una situación económica desfavorable, no somos un primer mundo, no somos un país con una economía desarrollada, y con una situación de pobreza menor.  Eso no se cura la noche a la mañana, eso no lo va a resolver Andrés Manuel en el tiempo del sexenio en México. No puede haber una política de resolución de la pobreza, si no va acompañada de forma holística de contrapropuestas. 

¿Qué quiero decir con esto? No hay una contrapropuesta atractiva paras los jóvenes, los niños, que muchos de ellos desde pequeños nacen sin opción o van mirando los grupos criminales como un modelo de atracción para seguir. No hay una competitividad para decir, bueno, es cierto existen los grupos criminales pero mira tú como joven estudias y también tienes posibilidad de inmiscuirse y desarrollarte profesionalmente. Tienes posibilidades de encontrar un trabajo acordes a lo que tú estudias y con un salario digno y posibilidad de desarrollar tu vida, tu entorno, tu familia, esto no lo tenemos en México, pero tampoco lo encontramos en Centroamérica. 

En México el crimen organizado está muy metido en las rutas migratorias y quisiera preguntarle si de pronto también los migrantes que usted acompaña (en España) de alguna forma pasan por circunstancias similares. 

— Sí,hay muchos puntos de similitud. En cuanto a este tráfico,  aquí sobre todo con la migración que viene de África existen estas redes, redes de tráfico que tal vez no las tenga tan ubicadas, pero sí por los testimonios de los migrantes llegan a contarnos. Hablan de cómo la gente llega, de pasar de un país a otro. Cómo los hacen esperar en lugares donde concentran a la población, no propiamente estas casas que nosotros conocemos allá en México, pero sí en lugares aquí en África, lugares en donde gente tuvo que esperar si quiere seguir atravesando de una u otra forma.  Sobre todo la gente que viene de más abajo, de la parte subsahariana, ellos hablan del peligro que es llegar a Argelia, de llegar a Libia, por los grupos violentos y además por la presencia violenta de las autoridades. 

— ¿Qué papel deben jugar los países que son de tránsito de migrantes, como México, como Marruecos, como Libia, y otros, y lo digo porque hemos visto cómo se han rechazado recientemente las caravanas migrantes, incluso en las fronteras se hacen cercos?

— Yo creo que tienen una responsabilidad grandísima. Pero además necesitan asumir su responsabilidad de poder ofrecer condiciones para que las personas ejerzan su derecho a no migrar en las condiciones que hoy por hoy la gente huye.  Y esto tiene que ver con los modelos de desarrollo que implementan los países de tránsito y de expulsión de personas que no generan estas condiciones mínimas para que la gente logre quedarse en sus lugares de origen. Es que para Centroamérica y para México el hecho de que la gente siga migrando hasta cierto punto es un escape a una complejidad por gente que mantienes ahí y que no tienes posibilidad de ofrecerles otras alternativas ni seguridad social.

— Recién vimos en Guatemala como un cerco de militares apaleó a una caravana que venía de Honduras.

Los países de Centroamérica me parece que en estos últimos años, del 2018 a la fecha han olvidado pactos que tienen, como el CA-4 de movilidad permitida, un permiso de movimiento como lo tiene acá la Unión Europea, y transgrediendo este derecho que los mismos Estados ofrecieron. Hoy por hoy se vuelve un bloque de países para cuidar,  en aras de cuidar la vida, entre comillas del covid, los territorios de otros países.

—  ¿De Estados Unidos?

— Detrás de este bloqueo militar, de cercos, de muros efectivos, pues está también está la recepción de dinero que viene de los Estados Unidos y que tiene la política migratoria a través de la cual los estados se sujetan. Es decir, esta política de militarización, de contención, de muros no físicos, sino militares para evitar que la gente pase.  Me parece que los países de tránsito tendrían que tener otra mirada y recordar este principio que ellos han construido de la movilidad dentro del territorio centroamericano, pero también entender que hay una responsabilidad primordial de propuesta de desarrollo para que la gente ejerza su derecho no migrar. Y si tienen que emigrar que lo hagan por corredores humanitarios para que puedan salvar la vida de quienes huyen porque en sus países es peligroso quedarse a vivir. 

Encerradas

Nuria Sánchez Díaz de Isla

Antes de la pandemia pocas personas sabían lo que era el “síndrome de la cabaña”, ese que se ha hecho tan popular en conversaciones y medios de comunicación y que han sufrido muchos niños y adultos tras el confinamiento.

Este síndrome no es nuevo, ya se sufría por distintos profesionales, en submarinos, bases petroleras y… ¡trabajo doméstico!

Lo de los submarinos, y las bases petroleras parece obvio, pero lo del trabajo doméstico, para la inmensa mayoría de la gente resultará extraño. Déjenme que les cuente:

En nuestra ciudad, hay cientos de mujeres que trabajan donde viven y viven donde trabajan, son las internas. Mujeres migrantes, que cuidan personas mayores, y lo hacen las 24 horas del día.

Algunas, las “afortunadas” tienen un par de horas libres al día y los fines de semana; otras, que corrieron peor suerte, pueden pasar hasta 5 días trabajando sin un mísero tiempo de descanso.

Algunas, las “afortunadas”, cuidan personas que pueden salir a la calle, lo que sirve para respirar aire fresco, pasear, tener una conversación con un vecino o algún compatriota… Otras, que corrieron peor suerte, cuidan personas que no salen de casa, y a ellas tampoco se les permite hacerlo.

Y así, en nuestra ciudad, existen mujeres, que viven su juventud “ENCERRADAS” día tras día, al cuidado de nuestros queridas tías, madres y abuelas.

Mujeres valientes y luchadoras que se sienten enloquecer, se angustian, se desesperan, sufren de taquicardias, insomnio… Y a pesar de que se consumen física, psicológica y emocionalmente, cada vez tienen más miedo de abandonar el lugar donde trabajan.

Su confinamiento hoy continúa, y no precisamente por culpa de la pandemia.

Son personas concretas las que imponen a las trabajadoras internas unas condiciones injustas e inhumanas.

Es un ambiente concreto el que defiende la idea de que los migrantes son personas de segunda, a nuestro servicio.

Es una legislación concreta la que condena a las personas en situación irregular a vivir y trabajar clandestinamente, sin derechos ni libertades, expuestas a todo tipo de explotación.   Necesitamos cambiar leyes, ambientes y corazones. Necesitamos una ciudad libre de mujeres “encerradas”.

Cinco motivos para entender por qué han venido 20.000 senegaleses a Canarias

Fuente: blog.africavive.es

Autor: Jaume Portell

 ¿De qué sirven muchos ojos si solo observan a la víctima en el suelo? En 2006, más de 35 000 personas llegaron a las costas canarias desde el continente africano. En 2020, catorce años después, las escenas se repiten de nuevo y no parece que hayamos aprendido mucho. Nada nos impide creer que en 2034 veremos las mismas imágenes en televisión: miles de africanos muy jóvenes, reconfortados con mantas y bocadillos de la Cruz Roja tras salir de una patera.

Los titulares de prensa andan, como siempre, divididos: algunos hablan de avalancha y agitan sus eslóganes racistas; otros aprovechan este episodio para dedicar un bonito canto a la diversidad. Encontramos incontables muestras de lo que Martín Caparrós ha bautizado como “periodismo Gillette”: limpio, lleno de declaraciones y neutro. Sin ideología, es decir, reforzando la mayor de las ideologías, la más conservadora: la idea de que no tener ideas es siempre lo más deseable para expresarse ante los demás.

Senegal seguirá exportando a gente por factores que raramente aparecen en la prensa. Si acaso, se mencionan en algún párrafo perdido, se camuflan bajo palabras vacías de tanto usarlas: ‘desigualdad’, ‘injusticia’, ‘desastre’. Víctimas sin verdugos, casuales, desgraciadas, problemas sin causa ni solución. Somos capaces de escribir bellísimas crónicas sobre el dolor africano, pero apenas nos atrevemos a mencionar qué provoca el desgarro. No queremos mancharnos. “Culpa a Occidente por los problemas de África. Pero no seas demasiado específico”, decía Binyavanga Wainaina en su legendario “Cómo escribir sobre África”. Hoy me apetece ser específico con cinco motivos.

El primero es la comida. Senegal gasta la mitad de sus importaciones solamente en comida y energía. Uno podría entender que un país se gastara un dineral en comprar máquinas prodigiosas, tecnología punta o inventos fantásticos. Senegal se lo gasta en comprar arroz, trigo, leche y pescado. El país tenía y tiene capacidad para producir muchos de estos productos, pero la liberalización comercial y los subsidios europeos han destrozado a los comerciantes senegaleses. Lo explica una publicación de Saiba Bayo y Ernst Krose sobre los Acuerdos de Colaboración Económica (EPAs, en inglés): “al principio de este siglo los estados de África oriental y occidental tenían una producción propia de pollo de entre el 70 % y hasta el 90 %. Después de pocos años la autoproducción ha disminuido a un nivel del 5 al 10 %.” Descartado el pollo, Senegal dependía considerablemente del pescado para obtener proteínas. Los acuerdos con la UE han dejado a los pescadores artesanales sin trabajo y a los senegaleses con menos comida. Quien habla de las oportunidades que los senegaleses tienen para emprender negocios en casa siempre ignora este hecho: las importaciones europeas –subsidiadas y más baratas- acabarán con la posibilidad de conseguir cualquier mercado.

El segundo es la moneda. Senegal utiliza el franco CFA, cuya paridad con el euro, una moneda fuerte, dificulta las exportaciones –al ser más caras para otros compradores- e incentiva las importaciones –al ser más baratas. No es raro que Senegal, junto a otros países de África occidental, haya tenido casi siempre un déficit comercial: es decir, el país gasta más de lo que ingresa. El franco CFA sigue ligando a Francia con sus excolonias africanas: los franceses tienen derecho a veto en las decisiones sobre la moneda y el sector bancario suele estar en manos extranjeras. El economista Ndongo Samba Sylla acusa al sector financiero local de actuar como un agente rentista: prefieren comprar bonos del Estado y ganar interés que prestar a los comerciantes. Cuando conceden créditos se los dan a las empresas más grandes, que suelen ser francesas. El círculo se cierra cuando estas empresas, gracias a la paridad fija de la moneda, pueden repatriar beneficios tranquilamente: la libre circulación de capitales impuesta por el FMI obliga a los africanos a dejarse desangrar a cambio de recibir préstamos.

El tercero es el petróleo. El país ya ha perdido sin que un solo barril haya sido vendido al exterior. La compraventa de los derechos implicó a Aliou Sall, hermano del presidente senegalés Macky Sall, y a Frank Timis –fundador de Timis Corporation-, un empresario rumano: la jugada implicó que el rumano se quedara con unos derechos que acabaron vendiéndose a British Petroleum. Sall cobró 25 000 dólares al mes de Timis Corporation, una empresa sin experiencia en el sector petrolero que consiguió la concesión del Estado senegalés. Según un reportaje de la BBC, será Timis quien cobre los royalties y el Estado senegalés perderá entre 9000 y 12 000 millones de dólares. Aliou Sall fue, según Voz Populi, una “buena conexión política” en el negocio bancario de Alberto Cortina y Alberto Alcócer en Dakar.

El cuarto es el oro. Las minas de Sabodala y Massawa se encuentran en el suroeste, la zona más pobre del país. Actualmente son propiedad de Teranga Gold, una multinacional canadiense. El negocio ha implicado desplazamientos de población forzosos e incluso asesinatos de los mineros artesanales que no querían abandonar las minas. Las acciones de la mina de Massawa son en un 90% de Teranga Gold y en un 10% del Estado senegalés. La propia compañía prevé empezar a exportar 384 000 onzas de oro durante cinco años a partir de 2021. O lo que es lo mismo: a precios de mercado, unos 700 millones de dólares anuales. En el consejo de administración de la compañía se encuentra Jendayi Frazer, responsable de Asuntos Africanos durante la presidencia de George W. Bush en Estados Unidos.

El quinto es la deuda. El Estado senegalés gasta más de lo que ingresa, el sector bancario y los recursos naturales están en manos extranjeras, no puede autoabastecerse a nivel alimentario y tiene el mercado saturado de las importaciones subsidiadas de los países ricos. Con agujeros por todas partes, favorecidas por la repatriación de capitales, Senegal se endeuda para salvar los muebles. Y lo hace a tipos de interés prohibitivos. En 2018, el país vendió un bono a 30 años a un 6,75 % anual. En total, para recibir 1000 millones de dólares acabará pagando más de 2000 millones en intereses. Y después tendrá que devolver los 1000 millones del principal. ¿Quién tiene deuda senegalesa? Blackrock, Goldman Sachs, JP Morgan, HSBC y UBS.

Blackrock, el segundo fondo de inversión más grande del mundo, tiene invertidos más de 100 millones de dólares en deuda senegalesa. También es uno de los propietarios de Teranga Gold. Cuando cientos de millones de dólares de oro salen de Senegal, Blackrock gana y el país pierde los millones con los que podría pagar su deuda. Cuando el país, tras la pérdida de esos millones, pide dinero prestado, Blackrock gana con los intereses de la deuda. El fondo estadounidense controla 7 billones de dólares en activos: 290 veces el PIB de Senegal y 5 veces el PIB de España. Para ser más independiente, Senegal podría usar su banco central para financiar su deuda, tal y como han hecho Estados Unidos, la UE o Japón durante años, con tipos de interés cercanos al 0 %. Pero Senegal no tiene banco central porque no controla su moneda. Con el paso de los años se suceden los ciclos de crecimiento, deuda, caída y austeridad; estos acaban con recortes en sanidad y educación y una infinita extracción de rentas. Senegal paga en dólares, en materias primas y en el sacrificio definitivo de un país: con su gente. Algunos mueren en el mar, otros llegan; y el saqueo continúa.

 

Los que cruzan la frontera

Mónica Prieto

El secreto del único sector económico que ha crecido en la pandemia:  media hora de descanso cada 10 horas de trabajo.

Eso es lo que relató Mamadou Serigne trabajador agrícola, al actor Paco León en una entrevista emitida durante la pandemia y que se hizo viral[1]. Las necesarias lágrimas que brotaron en algunos no nos pueden nublar la vista, sino limpiarla. La actualidad de la realidad migratoria nos lleva a Canarias y ciertamente hay que denunciar la vergonzosa gestión de este gobierno mal llamado de izquierdas, rendido a  la política de fronteras criminal de la Unión Europea. Silencio informativo y político (salvo honrosas excepciones)[2] de los casi 400 muertos en el mar en los últimos meses y por los que Senegal decretó día de luto nacional el pasado 13 de noviembre. No tuvimos la vergüenza de unirnos a esa jornada de luto.

Y mientras tanto… el otro foco informativo con el que nos machacan los medios a diario es con la caída de la hostelería. Pareciera que para salvar al país de la catástrofe económica de la pandemia tenemos que irnos todos de bares…. en vez de cuestionarnos un modelo económico, el turístico, basado en la explotación laboral de muchas personas, muchos de ellos migrantes. Aquellos que logran cruzar la frontera pero que no logran regularizar su situación…. porque de eso trata. Si no, se acaba el chollo.

Silencio también sobre el trabajo agrícola. La muerte este verano del nicaragüense Eliazar Blandón en la huerta murciana es un signo de esa explotación, a la que sometemos a trabajadores de la hostelería, el servicio doméstico, la limpieza de los hoteles y los temporeros agrícolas.  El blindaje de fronteras no significa fronteras herméticas…. sino que se abren a demanda de las necesidades económicas del capital. De momento el gobierno reconoce 2000 traslados a la península desde Canarias durante estos meses.

En febrero, junto antes de la pandemia, los periódicos anunciaban la caída del sector y el empleo agrícola[3]. Apenas meses después se anuncia todo lo contrario[4]: el sector agrícola es el único que logra crecer durante la pandemia.  En estos momentos se calcula que unos 400 temporeros agrícolas pueden estar durmiendo en la calle en la provincia de Jaén  por la reducción de las plazas de los albergues municipales debido a la pandemia.  Cuando estén ubicados en las fincas nada asegura que no sigan malviviendo…. como ha sucedido en años anteriores: La vergüenza que se esconde  detrás de nuestro producto estrella, ¿Marca  España?. Nuestra economía agrícola crece ¿ A costa de quien? De aquellos a los que dejamos cruzar la frontera.

 

[1]     https://www.20minutos.es/noticia/4266449/0/paco-leon-emociona-historia-inmigrante-jornalero-portavoz-regularizacion-ya/?autoref=true

[2]     https://www.eldiario.es/canariasahora/migraciones/senegal-convoca-jornada-duelo-nacional-muerte-480-jovenes-mar-rumbo-canarias_1_6405080.html

[3]     https://www.eleconomista.es/economia/noticias/10332736/02/20/El-PIB-y-el-empleo-del-sector-agrario-se-desplomaron-con-el-alza-del-SMI.html

[4]     https://www.elagoradiario.com/desarrollo-sostenible/agricultura/lagricultura-unico-sector-crecio-segundo-trimestre-desplome-pib/

Sandías y tomates. Otro expolio africano

Fuente: soberaniaalimentaria.info

Recientemente leíamos con indignación que en una semana 480 personas habían muerto haciendo el trayecto Senegal-Canarias. Apenas fue noticia durante un día y, ahora, parece ser que la prioridad del gobierno es saber cómo expulsar a quienes sí pudieron llegar.

Ante esta tragedia, el sociólogo Carlos Gómez Gil afirmaba que los procesos de globalización económica y comercial impuestos por países occidentales e instituciones multilaterales a países empobrecidos generan fracturas económicas y sociales de una enorme profundidad con repercusiones poco conocidas. El campesinado y la clase trabajadora local sufren en primera persona los efectos de esta arquitectura multilateral perversa e impuesta.

Detrás de estos procesos de globalización nos encontramos con realidades que no queremos ver. Seguramente las personas que perdieron la vida eran de origen campesino o pescador, cuyas familias cultivaban o faenaban para alimentar a sus comunidades y que han visto como sus tierras eran ocupadas y sus recursos pesqueros saqueados por empresas extranjeras para exportar a los mercados europeos.

Para entender cómo se ha llegado hasta aquí es necesario hacer un poco de memoria. Está claro que los procesos históricos de colonización y expoliación del continente africano tienen mucho que ver, pero no nos iremos tan lejos. En el año 2006 el Gobierno español aprobó el Plan África 2006-2008, uno de cuyos objetivos era crear los medios y el escenario adecuados para fomentar la presencia empresarial e inversora en África. Este plan se presentó como un proyecto global de ayuda al desarrollo; pero, como se temía, se ha utilizado para favorecer los intereses de penetración económica de las multinacionales españolas en el continente y participar en una nueva colonización. De hecho, las amenazas que se denunciaron en su momento se han ido cumpliendo y ciertas empresas españolas se han instalado en países africanos provocando impactos negativos para la soberanía alimentaria de las comunidades locales. Lo peor de todo es que estas empresas están consideradas como casos de éxito en la internacionalización española.

Existen muchos ejemplos que vulneran la soberanía alimentaria de estos territorios, pero nos centraremos en dos casos de acaparamiento de tierras donde están implicadas empresas españolas.

¿Cómo definimos el acaparamiento de tierras?

El acaparamiento de tierras es el control —ya sea a través de la titularidad, el arrendamiento, la concesión, los contratos, las cuotas o el poder general— de superficies más grandes de lo habitual en estos territorios por parte de una persona o entidad (pública o privada, extranjera o nacional) por cualquier medio (legal o ilegal) con fines especulativos, de extracción, de control de los recursos o mercantilización a costa del campesinado, la agroecología, la administración de tierras, la soberanía alimentaria y los derechos humanos.

Más información: www.eurovia.org/es/como-definimos-acaparamiento-de-tierras

En el Senegal, los melones se producen principalmente en Thies y Mbour y, en menor medida, en el delta del río Senegal (Saint-Louis) y van destinados sobre todo a Francia y al Estado español. Es una fruta que se encuentra en grandes cantidades en el mercado entre febrero y mayo, y moderadamente entre diciembre y julio.

En informes gubernamentales sobre posibilidades de negocios de empresas europeas  en el sector agrícola del Senegal destacan dos empresas españolas: dos filiales de Ramafrut (Senfruit y Touba Fruit) y Produmel.

Ramafrut es una empresa con dos sedes principales en el Estado español (Valencia y Almería) y otras dos internacionales (Panamá y Senegal). Esta compañía, fundada en 1970, produce y comercializa una amplia variedad de frutas y verduras cultivadas en más de 1600 hectáreas propias y otras 1400 controladas por su personal. Pierre Lefevre, director técnico de Senfruit, afirma en una entrevista realizada por ISM Thies TV que la empresa dispone en la zona de Thiés (Senegal) de más de 600 ha dedicadas al cultivo de melón, sandía y calabazas. Senfruit se instaló en el país con la intención de alargar la temporada de melones y sandías en el mercado español y europeo, en concreto para cubrir el periodo de diciembre a abril, y desde 1987 es proveedor de Mercadona, uno de los principales distribuidores de alimentación en España. Touba Fruit es una rama de Senfruit que, en el año 2016, adquirió 130 hectáreas de tierra en Sipane (Senegal), tierras comunitarias en las que la población local pastoreaba a sus animales. Según la publicación empresarial Alimarket, Ramafrut está 100% participada por Inversiones Francis 2018 S.L., cuya actividad principal es la compraventa de bienes inmobiliarios por cuenta propia.

Pero también nos encontramos con otra empresa española que produce melones y sandías para exportar al mercado español: Produmel, instalada en la comuna de Nguéniène (departamento de Mbour, región de Thiès). Sus fincas se caracterizan por disponer de una instalación con pivotes de riego que requiere una gran inversión y que puede poner en riesgo los recursos hídricos de la zona. Las superficies de estas fincas son superiores a 100 ha e incluso algunas de ellas superan las 400 ha.

Produmel opera desde hace apenas 10 años cuando el gobierno local le cedió 150 hectáreas de tierra. Más tarde, en 2014, le proporcionó 52 hectáreas más y otras 100 en 2016. Esta última superficie era la única tierra de pastos que quedaba en una zona donde pastaban más de 10 000 cabezas de ganado (sin contar las cabras y las ovejas), base de subsistencia de las comunidades locales. La asociación de criadores y los movimientos juveniles se han opuesto a esta última cesión, que acabará con el pastoreo en la zona y han presentado una denuncia. El caso está actualmente pendiente de resolver.

Ajena a esta denuncia, Produmel sigue trabajando con la nueva superficie adquirida y con la aquiescencia de las autoridades locales, lo que desde el mes de agosto de 2020 ha originado enfrentamientos entre la población y las fuerzas del orden causando heridos y arrestos.

Conversaciones con un periodista local cuya identidad protegeremos desvelan que las primeras 202 hectáreas cedidas a Produmel se asignan en condiciones que las poblaciones consideran poco claras. Ningún documento escrito prueba el procedimiento de asignación de estos terrenos, lo que constituye una violación de la ley. Tampoco existe un memorando de entendimiento para la explotación de estas tierras. Ante la demanda de la comunidad, las autoridades locales han hecho oídos sordos a sus preguntas. Por otro lado, los pocos trabajadores agrícolas de la empresa se encuentran en situación precaria, solo reciben una asignación diaria, sin contrato y sin protección médico-social a pesar de trabajar en constante contacto con productos fitosanitarios altamente tóxicos.

Curiosamente, la prensa senegalesa afirma que Produmel es una multinacional española aunque no existe información alguna sobre ella. Esta opacidad nos ha impedido saber si se trata de una filial y a qué mercados españoles exporta las sandías y los melones.

Tomate procesado Gallina Blanca

A finales del año 2019, GB Foods Africa firmó con el gobierno de Kebbi (Estado de Nigeria) un acuerdo para el establecimiento de una fábrica de conservas de tomate en la localidad de Ngaski y el uso de 1000 ha para producir tomates para esa fábrica. «El proyecto ha sido diseñado para ser el más grande de su tipo en el África subsahariana», afirmó uno de sus directivos.

GBFoods (antes Gallina Blanca) está participada al 100 % por Agroaliment, que es propiedad de la familia Carulla que, a su vez, como curiosidad, forma parte del patronato de la Fundació Banc dels Aliments. El acuerdo firmado en África no es una novedad para GBFoods, sino que forma parte de su proceso de inversión y expansión en el continente. Muestra de ello es el acuerdo firmado en 2017 entre GBFoods y el fondo de inversión privado Helios Investment Partners para adquirir de forma conjunta determinados activos y marcas líderes en alimentación en África.

Tampoco es novedad la creación de fábricas de conservas en los países africanos. Sean de capital asiático o europeo, las empresas se instalan acompañadas de la cesión de grandes superficies de tierra e incluso se incentiva que el campesinado de la zona cultive tomates para estas industrias, pasando finalmente a convertirse en mano de obra precaria de la empresa.

Con una facturación de unos 1200 millones de euros y una plantilla compuesta por aproximadamente 3000 personas, GBfoods está presente, entre Europa y África (Nigeria, Ghana, Argelia y Senegal, sobre todo) en más de 50 países. En el Estado español, es conocida por marcas como Gallina Blanca, Avecrem o El Pavo. En el continente africano sus productos estrella son Jumbo (cubitos de caldo), Gino (salsa de tomate), Bama y Jago (mayonesas).

Hace más de 40 años que GBfoods introdujo Jumbo, «el avecrem africano», en África. Cada año fabrica 4.000 millones de pastillas Jumbo para los países del continente, superando el 15% de la facturación total de esta multinacional. En su planta de Ballobar (Huesca) se realiza gran parte del proceso de fabricación (mezcla), pero la compresión y el envasado se lleva a cabo en empresas ubicadas en el África Occidental.

Las mujeres son la solución

El movimiento Nous Sommes La Solution surgió en 2011 y actualmente está formado por 500 asociaciones de mujeres campesinas de siete países africanos (Ghana, Burkina Faso, Mali, Guinea-Bissau, Guinea-Conakry, Gambia y Senegal). Se plantea tres objetivos: (1) promover el conocimiento y las prácticas heredadas de los antepasados que siempre se han utilizado para apoyar a la soberanía alimentaria, (2) influir en los responsables de la toma de decisiones de la UE para que tengan en cuenta la práctica agroecológica en la política agrícola nacional, y (3) añadir valor a los productos de la agricultura campesina y la agroecología.

Un ejemplo de las alternativas que han puesto en marcha es la elaboración de dos tipos de extracto de caldo, uno a base de camarones y el otro a base de néré, una legumbre. Los presentan como una resistencia a los cubos Jumbo, que se han establecido en la gran mayoría de los platos de sus países y que están controlados por multinacionales.
Posiblemente algunas de las personas que se arriesgan a coger un cayuco para ir a Canarias proceden de estas comunidades a las que se les ha quitado el derecho a la tierra y a cultivar su propio alimento. Es insoportable que abramos las fronteras para poder comer sandías y melones durante todo el año y las cerremos a las personas a quienes hemos explotado. Lo triste es que esta denuncia ya se hizo hace 15 años. Algo estamos haciendo mal.

Carles Soler

Tener hijos es franquista; morir solo en tu cuarto de baño es guay

Fuente: blogs.elconfidencial.com

Autor: Alberto Olmos

Tener hijos es de pobres y ya solo está bien visto si te cuestan dinero. Es decir, si tenerlos conlleva algún tipo de gasto en inseminación artificial. Es fascinante cómo la naturalización de un progreso o cambio social se pasa siempre de frenada. No están tan lejos aquellos días en los que ligar por internet (así en general) era de pringados. Cuando alguien decía que había conocido a su pareja “en internet”, la gente sentía pena, pues internet era la nueva versión de las clases de salsa, a las que, como todo el mundo sabe, solo te apuntas para encontrar novia. Ahora lo que es de pringados es no tener Tinder, ir por los bares.

El caso es que tener hijos naturalmente es como cutre, tener varios es de fachas y vivir todos en la misma casa, de franquistas. Leí la semana pasada un artículo en ‘ElDiario.es’ que venía a decir esto último. “La familia tal cual la entendemos es una herencia del estereotipo de los años setenta: papá, mamá y un par de hijos o tres. Pero ya no es real”, sentenciaba un señor. Mi familia no es real, amigos. Se ve además que en 1920, 1810 o 1270 nadie en todo el mundo tenía dos hijos ni vivía con ellos bajo el mismo techo, junto al otro cónyuge. Creíais que erais una familia y erais en verdad la Falange.

Yo qué sé. Vamos con ello. Vamos, agotadoramente, con ello.

Los hijos

William Shakespeare promovía divinamente la procreación en su soneto XIII, cuya traducción es muy variada e insatisfactoria en nuestro idioma. Dice William, franquista de primerísima hora, que, bueno, te vas haciendo mayor, y esa belleza tuya a lo mejor merece replicarse, ponerse en otro (“and your sweet semblance to some other give”). También argumenta este mindundi que supone un desperdicio morirse y dejar que se desplome la casa de tu vida (“Who lets so fair a house fall to decay?”). Y remata el soneto con uno de los versos más extraordinarios que puedan leerse sobre padres e hijos: “You had a father: let your son say so”. Algo como: “Tuviste un padre, deja que tu hijo diga lo mismo” (“Tuviste un padre, que a ti te nombre un hijo”, García González; “Bien sabes que tú un padre tuviste: ten un hijo”, Rivero Taravillo).

Los matices del verso son espectaculares. No se limita a decir: “Ten hijos”, sino: “Piensa en que tendrás un hijo que sabrá que tú fuiste su padre”. Esta galantería semántica puede aplicarse enseguida a nuestro tiempo. Las numerosas personas que arremeten contra los niños o recomiendan no tener hijos o se felicitan de que cada vez haya menos familias son, qué duda cabe, hijos de alguien. Sin embargo, hablan como si pertenecieran a una gama humana exclusiva, fruto de la luz solar o, quién sabe, surgida por generación espontánea que nada tiene que ver con aquello que torpedean. Se ríen de las embarazadas (“panza de burra”, dijo Elisa Beni) como si su propia madre no hubiera lucido barriga con ellos dentro; desprecian a los niños (Adrián Lastra) como si ellos nunca hubieran sido niños, y lo que es más admirable: cantan las virtudes de la soltería sin hijos cuando muchos, a buen seguro, ni son solteros ni carecen de ellos.

“La libertad de no ser madre”, “Por qué hemos perdido la motivación de vivir en pareja”, “Las mujeres solteras y sin hijos son el grupo social más sano y feliz del planeta”, “¿Queremos a nuestros hijos por encima de todo?”… Esta ristra de titulares de ‘El País’, junto a muchos otros, recogidos en un hilo de Twitter por Rafael Núñez, nos lleva a pensar que hoy apenas cuatro idiotas tienen hijos. Esta fabulación nascifóbica —donde vemos de nuevo la inclinación por subir la apuesta, pues ya no es igualmente válido no tener hijos, sino, de hecho, mucho mejor— contrasta con el dato que espigaba César Rendueles para su reciente ensayo ‘Contra la igualdad de oportunidades’ (Seix Barral): “La encuesta de fecundidad que realizó el INE en 2018 mostró un resultado fascinante: tal vez vivamos en sociedades digitales, posmodernas, poliamorosas y del riesgo, pero nuestro deseo de tener hijos sigue incólume. Como siempre ha ocurrido, la inmensa mayoría de hombres y mujeres quieren ser padres y madres”. Después de hacer la innecesaria salvedad —imprescindible en estos días de idiocia— de que, como es obvio, le parece estupendo que alguien decida no tener hijos, Rendueles apunta: “Se calcula que las mujeres españolas que deciden de forma consciente, meditada y definitiva no tener ningún hijo no superan el 5%”.

Hacer campaña

De hecho, ni siquiera proceden de ese 5% todos los artículos y tuits contra los hijos, pues la posmodernidad una cosa que sí permite es hacer campaña desde los 18 a los 35 contra los hijos, tener uno o dos entre los 35 y los 38, y seguir haciendo campaña contra los hijos durante el resto de tu vida. Nadie ve en ello contradicción alguna. A fin de cuentas, tenemos una ministra de Igualdad casada y con tres hijos, y con chalé, “conservadora” (sic) en lo sexual, adicta a las sesiones de foto con mucho maquillaje y variación de ‘outfits’, cuyo ministerio propone insistentemente que todo eso que la propia ministra disfruta (tener hijos, pareja estable, casa, dinero a mansalva, una apariencia canónicamente publicitaria y el vicio de exhibir su bonanza a la menor oportunidad) es malísimo, puro veneno; ni se te ocurra, amiga.

Se predica continuamente que tener hijos y sacarlos adelante entre dos no es, como dice Manuel Vilas maravillosamente en ‘Ordesa’ (Alfaguara), “la lucha más hermosa del mundo”, sino una ordinariez y una lata. Se hace sentir culpable a una mujer por albergar deseos de ser madre, como si esa inclinación fuera propia de un títere del sistema o de una cabeza hueca. Luego, todos los que tanto predican y desaconsejan procrean sin pestañear siquiera. Pienso en esa mujer que hoy se cree rara por querer tener hijos cuando, según ‘El País’, no los tiene ya nadie. Le dicen que engrosa las filas de una minoría trasnochada, cuando en realidad forma parte de una mayoría de porvenir. Todo es mentira salvo conseguir saber lo que tú quieres de verdad hacer con tu vida.

Que los niños no puedan defenderse, y menos aún los no nacidos, es lo que me irrita mayormente de estas salvas y derrapes contra la natalidad y la infancia, de este ‘bullying’ continuado contra personas inocentes. Es la vuestra una frivolidad tan autoindulgente que linda ya en la eugenesia; vamos, en el fascismo.

Podría bajar uno al barro citando con demasiado entusiasmo el documental ‘La teoría sueca del amor’ (Erik Gandini, 2015), donde vemos las consecuencias tan lamentables de proponer desde el Estado que cada cual haga de su vida un interminable maratón en Netflix, en la creencia de que ese individualismo es lo que de verdad te hace feliz. Aunque es muy lúgubre saber por este documento que en Suecia hubo de crearse un funcionariado concreto para ir llamando a las casas de la gente a fin de averiguar si se había muerto —tanta soltería y soledad hacían común morir y que nadie se enterara—, ni siquiera me sale la maldad. En serio: moríos solos mientras Netflix pasa al siguiente capítulo. Queda guay.

Pero sí quiero compartir con ustedes una idea juguetona que me viene a veces a la cabeza. Parece que nuestra baja natalidad hará difícil dentro de algunas décadas pagar la pensiones, pues habrá más pensionistas que trabajadores en activo. Normalmente aquellos que promueven “el fin de raza”, que diría Michi Panero, consideran que a todo esto le pondrá remedio la inmigración. Esto es: que tengan hijos los pobres. No deja de asombrarme la coherencia de la izquierda moderna: tu madre limpia mi chalet y los hijos que tenga pagarán mi pensión. (Vete tú a saber si acabando con los pobres no acabaríamos también con esta pseudo-izquierda.)

Pues he aquí mi idea: que la cotización de los hijos una vez empiecen a trabajar se destine directamente a pagar la pensión de sus padres. Lo repito: directamente; patrimonio familiar. Si una mujer inmigrante tiene cuatro hijos que apenas puede mantener, cuando se jubile será rica. Ya dijo Diderot que “los pobres son los que mejor pueblan”. Así las cosas, ¿por qué tienen que pagar los pobres la pensión de los hípsteres? ¿Por qué tiene que cobrar más quien más aporte y no se considera aportación precisamente traer al mundo a uno o más cotizantes? ¿Por qué tienen que ser mis hijos “solidarios” con todos esos que los desprecian y que, de hecho, no querían ni que existieran?

20 años después, ¿hemos cambiado?

Fuente: lamarea.com

Autor: Javier Bauluz, texto y fotos

¿Recuerdan la foto? Una pareja de bañistas frente al cadáver de una persona migrante subsahariana tras naufragar su patera. “Ahora ya no es solo indiferencia, ahora también es odio”, resume el autor, el fotoperiodista Javier Bauluz.

El 2 de septiembre de 2020 se cumplen 20 años de las fotografías que hice en la Playa de los Alemanes, en Tarifa, Cádiz. “Camino hacia el cadáver con una idea en la cabeza: desde el otro lado se podrá ver el muerto y la playa llena de gente disfrutando. Nosotros y ellos en el mismo espacio pero en dos mundos distintos. La gente continúa su vida playera, se bañan, siguen tumbados, los niños chapotean en la orilla. Solo algunos bañistas, cinco o seis, comentan en un corrillo la tragedia (…) Por desgracia, no me sorprende en absoluto. Es la misma indiferencia que he visto tantos días con la suerte de los inmigrantes. No es asunto nuestro. Son erizos o bestias de trabajo, no son ‘personas humanas’ (…) Llego a las rocas que se dibujan al final de la playa. Ante mí, el cadáver del inmigrante y una playa llena de gente, y sombrillas. La primera, la de la pareja de la primera foto” de aquella tarde en la playa.

Releo este texto que escribí entonces y me pregunto: ¿Hemos cambiado nuestra mirada sobre ‘ellos’? La respuesta es sí. Ahora ya no es solo indiferencia, ahora también es odio, inducido con patrañas e inoculado por el nuevo fascismo ascendente en millones de corazones, almas y votos ante el silencio cómplice de algunos que se autoproclaman respetuosos con los derechos humano. Son los nuevos judíos.

Llevo 25 años cubriendo migraciones en España y otros lugares del mundo. En 1994 fotografié a un millón de refugiados muriéndose de cólera delante de mi cámara, más de mil al día, en la frontera de Ruanda con el actual Congo. En 1996, leí en un periódico: “Impermeabilización de la frontera de Ceuta”. Fui a ver. España empezaba a construir las vallas de Ceuta y Melilla, financiadas por Europa. Un guardia civil decía que las saltarían pasando por encima de los cadáveres de los que morirían a pie de valla, como los conejos en Australia. Hasta ese momento nadie moría. Cruzaban la frontera con Marruecos caminando por el monte, pero con las vallas tuvieron que cruzar el mar arriesgando sus vidas. En el 2000 cientos de pateras cruzaban el Estrecho y cientos morían.

No había dispositivo de ayuda a pie de playa. Los que llegaban vivos, heridos, quemados o con hipotermia estaban tirados en playas y roquedales durante cinco o siete horas, ya bajo custodia policial. He sido testigo de cómo guardias daban el biberón a bebés hambrientos, con su propio dinero, y de cómo vecinos ayudaban  o daban refugio clandestino a los migrantes para que no fueran deportados. También he visto la indiferencia, sobre todo en instituciones y gobiernos. Pero nunca el odio y la criminalización política interesada que sufren ahora.

Informé a Médicos Sin Fronteras. Vinieron, vieron y montaron una operación de emergencia humanitaria en el sur de la UE. Con su ejemplo y testimonio lograron que las instituciones actuaran. En 2001, al cerrar los 14 kilómetros del Estrecho, pagando a Marruecos como policía malo, las personas migrantes tuvieron que cruzar el Atlántico, desde el sur de Marruecos hacia Fuerteventura, Canarias. 100 kilómetros de travesía. Después tuvieron que salir de Mauritania y Senegal al cerrar las rutas con acuerdos bilaterales, dinero y represión. Quizá miles se hundieron en esta gigantesca fosa marina.

Tampoco había asistencia humanitaria y algunos guardias les compraban bocadillos. Los encerraban durante 40 días, sin ver el sol y sin médicos, en la siniestra sala de maletas del viejo aeropuerto, de donde salían millones de turistas. También Médicos Sin Fronteras fue avisado, actuó. Entonces encarcelaron a personas no delincuentes en un campo de concentración llamado CIE. Mientras nuestros campos se llenaban de trabajadores migrantes sin derechos, nuestra economía crecía. He sido testigo de manifestaciones y encierros en iglesias en Lorca, Murcia, cuando el entonces ministro Mayor Oreja hizo la ley, vigente hoy, que obliga a deportar a los indocumentados. Recuerdo el terror esperando a que llegaran camiones para llevárselos. Hoy siguen esclavizados y en condiciones inhumanas, como jornaleros, con papeles o sin ellos, en asentamientos de chabolas que les queman cada poco, algunas a 50 metros de un centro comercial de multinacionales. Lepe, en Huelva, el Ejido, en Almería, o Lleida siguen siendo símbolos de la explotación humana. Y muchos continúan con el miedo a ser deportados.

Muchos ciudadanos votaron por un gobierno progresista pensando que tendría más respeto por los derechos humanos, pero el ministro Grande-Marlaska hace feliz a la ultraderecha patria con sus políticas represivas. Construye un muro en Melilla más alto que el de Trump, logra que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos acepte las deportaciones ilegales masivas, tiene a 1.500 personas encerradas en Melilla en el CETI durante la pandemia…

Ha reabierto la ruta a Canarias al cerrar la del Mediterráneo y prohibir a Salvamento Marítimo rescatar en parte del Mar de Alborán. Y dar 140 millones a Marruecos para reprimir. Mueren decenas y morirán cientos o miles. También prohíbe la libertad de información, impidiendo el acceso a periodistas llegar a un kilómetro del puerto canario, mientras la cuenta de Twitter de Salvamento solo informa de rescates de personas no negras o morenas. Ni los más duros ministros del PP se atrevieron a tanto.

Año 2000. Tarifa, Cádiz, España. Una pareja juega a las palas mientras guardias civiles y funerarios retiran en un ataúd el cuerpo de un hombre migrante subsahariano ahogado.
Año 2019. Salé, Marruecos. La desesperada madre de un joven desaparecido visita a la familia de Ayoub Mabrouk, su compañero de viaje en patera, cuyo cadáver pudo ser enterrado gracias al funerario español Martín Zamora, única persona en España que investiga, identifica y devuelve a sus familias a los ahogados en pateras.
Año 2019. Lepe, Huelva, España. Chabola de un asentamiento de jornaleros migrantes reconstruido tras varios incendios y cercano a un gran centro comercial con las principales marcas multinacionales.