La biblioteca

Ana Sánchez

Según las tipologías tradicionales, hay distintos tipos de bibliotecas: académicas, artísticas, gubernamentales, especiales, de investigación, públicas, nacionales, escolares,… Desde luego no se puede olvidar que esto fue algo que tuvieron también muy presente los componentes del movimiento obrero a lo largo de la historia: conscientes de que era imprescindible para su emancipación la lucha contra la ignorancia. Así se reflejó esta necesidad en su trabajo a través de centenares de publicaciones y la dotación de bibliotecas; tan pronto era creado un ateneo, casa del pueblo o sociedad obrera, era uno de los primeros servicios que se ponían en funcionamiento.

Y es que la biblioteca, especialmente las bibliotecas públicas, aquellas que están destinados a todos, en las que todos tienen cabida, a las que todos pueden acudir por el motivo que sea (no siempre será la lectura y quizá cada vez menos). Esto es lo que refleja la película “La biblioteca” de Emilio Estévez estrenada en 2018. La historia es sencilla y quizá lo refleja bien una frase que recuerdan en ella:

“En las almas de las personas las uvas de la ira se están llenando y se vuelven pesadas, cogiendo peso, listas para la vendimia”.

Gente de todo tipo acude a la biblioteca con sus necesidades: aburrimiento, inquietud, estudios, curiosidad, conexión a internet,… o simplemente a un lugar donde poder utilizar los lavabos y pasar el día alejados del frío. Este es pretexto de esta película, en la que un grupo de sintecho de Cincinnati acuden regularmente y donde se van estableciendo las inevitables conexiones y relaciones entre ellos mismos y los trabajadores de la biblioteca (seguramente también con otros usuarios, aunque eso no quede plasmado en el metraje). Esta cercanía que se va fraguando a lo largo del tiempo desemboca en un hecho que puede considerarse insólito: deciden quedarse allí a pasar la noche, ante la ola de frío que amenaza la ciudad.

A lo largo de esta “ocupación” vamos conociendo a los distintos protagonistas, su vida y aspiraciones, sus miedos e incoherencias, sus mezquindades y heroicidades. Cada uno tiene una historia detrás que le ha ido haciendo ser como es: la periodista que aspira a la exclusiva de su vida; la bibliotecaria idealista que duda al enfrentarse a la vida real; el político en puertas de una campaña que puede verse afectada por este incidente; el director de la biblioteca comprometido desde su vocación con la lucha por los derechos humanos; el veterano dispuesto a luchar por la libertad y recordar a la sociedad que toda persona importa; el bibliotecario que sabe, por propia experiencia, ponerse en la piel de los demás,…

Aunque no esté basada en hechos reales, es una muestra más de que las revoluciones noviolentas ganan, que son las que nos demuestran que es verdad que hay una grieta en todo y así es como entra la luz.

Rebelde

Ana Sánchez

Niños soldados, niños convertidos en adultos antes de tiempo, mucho antes de tiempo. Niños esclavizados, niños sin niñez, infancias rotas por la violencia. Rebelde es una película canadiense de 2012, rodada por actores no profesionales en la República Democrática del Congo.

Este relato nos adentra en la vida de Komana, nos acerca a su alma y sus sentimientos encontrados, entre el miedo y el amor, entre la violencia y la ternura, entre la muerte y la vida.

Komana va relatando la historia de su vida al hijo que está punto de nacer, fruto de la violación del comandante de turno, al que no sabe si Dios le dará fuerzas para amar, pero que quiere que sepa cómo ha sido su vida, qué es lo que la ha llevado a ser lo que es y lo que será.

Obligada a asesinar a sus propios padres Komana es reclutada por los rebeldes, por un ejército de liberación de no se sabe bien qué, un grupo más de los que se dedican a expoliar África, entre la guerra y la minería del famoso coltán que alimenta nuestras modernas tecnologías desarrolladas.

En este ejército, junto con otros niños como ella, Romana aprenderá a sobrevivir a la violencia y también a encontrar la amistad y el amor. Entre emboscadas y ataques, drogados para superar este mundo de muerte, los niños van aprendiendo a llevar una vida entre golpes y asesinatos, atemorizados por sus propias acciones y por las represalias a las que se arriesgan si no cumplen con su trabajo de asesinos.

Por su capacidad para salvarse, Romana es nombrada “bruja de la guerra”; este es uno más de los hechos que van uniendo su vida a la de “Mago”, un chico albino y al que también se le atribuyen poderes mágicos para sobrevivir en la guerra de la selva. Esta unión les dará fuerzas para emprender la aventura de escapar de El gran tigre y comenzar una nueva vida, abandonando poco a poco las reminiscencias del ejército, las armas y la violencia.

Juntos irán descubriendo un amor sincero y entregado y volverán a conocer lo que es una familia cuando llegan al poblado de Mago y retoman una vida en paz con los tíos del chico. Hasta que les descubren las tropas rebeldes, asesinan a “Mago” y vuelve la pesadilla de la guerra a la vida de Komana, junto con la obligación de acostarse con el jefe.

La fuerza de voluntad y la lealtad a la familia ayudan a Komana a escapar nuevamente, para conseguir la libertad para ella y para el hijo que espera

 

Una lección de vida y esperanza sobre la voluntad y resistencia del espíritu humano. Una película al mismo tiempo crudamente real e irrealmente mágica, que nos transporta a un mundo que seguramente conozcamos menos de lo que deberíamos, pero que está más presente en nuestras vidas de lo que quizá seamos capaces de imaginar o de desear en nuestro fuero interno.

¿A quién benefician las guerras? ¿A quién beneficia la esclavitud infantil? Nuestra forma de vivir y de ocultarnos una realidad, no precisamente idílica, tienen mucho que ver con esto. Y los más perjudicados: los niños, víctimas inocentes de este mundo en guerra.

El largo camino a casa

Ana Sánchez

Muchas veces se nos hacen largos los caminos, pero eso depende mucho también de con quién lo hagamos y de la razón que nos lleva a ese camino. El de la película “El largo camino a casa” se refiere al camino que cada día, durante más de un año, recorrieron los negros de la ciudad de Montgomery para desplazarse a sus puestos de trabajo, colegios, reuniones, etc. Muchos de ellos se desplazaban andando, en muchas ocasiones kilómetros, para evitar coger los autobuses. ¿La razón? El 1 de diciembre de 1955, Rosa Parks, una mujer afroestadounidense, fue detenida por negarse a ceder su asiento en un autobús a una persona blanca. El lunes siguiente se hizo un llamamiento general a toda la población de color para no subirse en los autobuses que permitían esta segregación.

Esta película nos cuenta la historia de dos familias que vivieron esta situación, una blanca y una negra. La perspectiva es la de la hija pequeña de la familia blanca, una niña de siete años que asiste a la creciente implicación de sus padres en la cuestión, cada uno inclinándose hacia un lado de la polarizada cuestión.

Destaca el ambiente de lucha noviolenta que tuvo este largo boicot (duró más de un año), ejemplificado en la defensa pacífica que el hijo de la criada hace de su hermana cuando esta toma un autobús y en la decisión final de la “señora” blanca, invitada a formar parte del grupo que organiza los coches para el traslado cotidiano de los negros, un grupo que responde a la agresión de los próceres de la ciudad entonando un canto de unidad. Ahí también está muy presente la figura de Luther King y su labor al frente del movimiento por los derechos civiles a través de medios noviolentos.

Cada uno somos hijos de la sociedad en la que vivimos y de la manera en que hemos sido educados y esto no es fácil cambiarlo de la noche a la mañana, pero la historia y las vidas de mucha gente nos muestran que es posible. Supone esfuerzos y muchas veces enfrentamientos, pero es posible. Quizá el primer enfrentamiento tenga que ser con nosotros mismos, con nuestros medios, pero es posible.

Y hoy sigue siendo posible que venzamos esos miedos y consideremos al resto de las personas como tales, sigue habiendo muchos esclavos en esta sociedad que se dice civilizada. Más de los que pensamos, de los que queremos ver, de los que nos avergüenza reconocer.

Las uvas de la ira

Ana Sánchez

Se unen aquí el premio nobel de literatura John Steinbeck y el magistral director John Ford para relatar una profunda historia de la depresión de los años treinta. Cuando Joad regresa a casa, a su hogar lo encuentra vacío: todos los  arrendatarios de la zona habían sido expulsados por los tractores de los propietarios de las tierras. La maquinaria, la productividad, los intereses de los banqueros, y las grandes compañías aplastan a los pequeños campesinos, impotentes ante la falta de rostro de quien les ataca, sin medios de defensa ante el monstruo voraz que lo arrasa todo.

Se inicia así una peregrinación en busca de un trabajo que pueda sostener a la familia, multitudes desplazándose a la tierra prometida, a una California en la que dicen que hay empleo para todos. La travesía es larga, atravesando desérticas carreteras interminables, guareciéndose en campamentos en los que se hacinan los que se han visto expulsados de su hogar

Las causas de esta migración son hondas y sencillas: “El hambre en un estómago, multiplicado por un millón; el hambre de una sola alma, hambre de felicidad y un poco de seguridad, multiplicada por un millón; músculos y mente pugnando por crecer, trabajar, crear, multiplicado por un millón”

Con este empuje se sostiene la familia, atravesando prácticamente todos los Estados Unidos. La llegada al destino supone la esperanza, la esperanza de poder vivir, la esperanza de conseguir por fin un trabajo con el que poder ganarse el sustento, la esperanza de establecerse en un hogar, la esperanza de dejar de huir del hambre y la miseria, la esperanza de recuperar la dignidad.

Pero la realidad tampoco es lo esperado, también en estas tierras hay grandes compañías que buscan el máximo beneficio a costa del trabajador, que reclutan a los obreros como si fueran también máquinas que se usan cuando son necesarias y se desechan cuando no hacen falta: hombres, mujeres, niños, un ejército de mano de obra barata.

Aquí nace también la conciencia de lucha por lo que pertenece a la persona, por poder comer los productos que cultivan, vivir en las casas que construyan.

La unión de los empobrecidos será la que les dará un alma con el que poder ser verdaderamente protagonistas su existencia, la solidaridad en las pequeñas cosas que construyen humanidad.

Walesa, la esperanza de un pueblo

Ana Sánchez

“La esperanza de un pueblo”. Ése es el subtítulo que lleva la película que el cineasta polaco Andrzej Wajda ha rodado sobre Lech Walesa, el histórico líder político y sindical, también polaco.

El propio director tomó parte activa en el movimiento de los astilleros de Gdansk con los que arrancan tanto la película como el movimiento libertario y sindical que culminaría diez años después, ya en 1980, con la formación de “Solidaridad”, un sindicato caracterizado por su gran militancia obrera católica y su lucha contra el gobierno comunista, en los años previos a la caída del muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética. La película se desarrolla en torno a la entrevista que realizó la periodista italiana Oriana Fallaci a Lech Walesa. A través de ella se va desgranando la historia de esta turbulenta época polaca y de la no menos turbulenta personalidad de Walesa, al que se retrata con sus sombras y luces, no como un héroe perfecto, ni mucho menos; más bien como un auténtico ser humano, con sus virtudes y defectos.

A lo largo de la historia vamos viendo cómo es este terco electricista que llegó a conseguir un premio Nobel de la Paz y que incluso alcanzó la presidencia de su país; un trabajador manual y un padre de familia, un idealista con los pies en la tierra, convencido de que él era necesario en ese momento histórico de su país, con un cierto toque narcisista y ególatra, pero un elevado grado de entrega a los demás.

En esta película se van entretejiendo los momentos históricos con otros tantos episodios cotidianos, desde el momento en el que Walesa se convirtió, casi sin pensarlo, en líder de los astilleros de Gdansk.

En esta semblanza de la figura cotidiana y humana de Walesa destaca muy especialmente la de Danuta, su infatigable esposa y madre de sus hijos, un apoyo en todo momento, sin la que sería incomprensible la actividad de Lech, como la de tantos otros militantes a lo largo de la historia; una suma de inocencia y empeño, temor y coraje, resignación y orgullo; un auténtico símbolo de temperamento en este choque entre las esferas pública y privada de la vida de Lech Walesa, que en ocasiones queda escondida por la lucha social, pero que es la que verdaderamente importa a escala más pequeña, puesto que es la que hace posible y sustenta el compromiso político.

El gran desafío del director es unir todas las piezas en esta película: el contexto social de Polonia y Europa, la carrera sindical y política de Walesa, su vida personal y la importancia de su esposa Danuta en toda su lucha. Esto lo hace intercalando tramos de ficción con imágenes reales de la época, una época en la que él mismo estuvo también muy implicado: Walesa reconoció que las películas de su compatriota les ayudaron a seguir luchando y el propio Wajda llegó a ser senador en la década de los noventa.

Las autoridades sabían que eran los obreros los únicos que podían poner en peligro el sistema: sin su trabajo no podrían cumplir los compromisos adquiridos con la Unión Soviética y esto queda también patente en la película con la figura de políticos e intelectuales en el desarrollo del movimiento de “Solidaridad”, cómo la fuerza del trabajo es la que auténticamente puede ser transformadora y generadora de cambios que hagan avanzar la sociedad.

Los santos inocentes

“A mandar, que para eso estamos”

En esa frase se podría resumir prácticamente el desarrollo de la película “Los santos inocentes”, basada en la célebre novela de Miguel Delibes y llevada a la gran pantalla en 1984 por Mario Camus.

La vida cotidiana de una familia en un cortijo extremeño, a las órdenes de los señoritos de turno; una imagen habitual en la España del hambre, la España de los años sesenta que tan lejana nos puede parecer ahora, pero que sigue estando muy cercana, tanto aquí como en otras partes del mundo.

“A mandar, que para eso estamos”

Se nos presenta la historia desde distintos puntos de vista, los de cada uno de los miembros de la familia protagonista, cómo viven ellos la realidad que les rodea, las relaciones entre amos y siervos: aceptación, impotencia, sumisión, intento de huída, sentimiento de injusticia, rebeldía… pero siempre con respeto a los demás, especialmente a los mayores y los más débiles.

“A mandar, que para eso estamos”

Paco, el Bajo es la figura centra de la película, de la familia protagonista, un trabajador nato que trata de buscar lo mejor para sus hijos, lo que no tuvo para sí mismo, que puedan salir del entorno caciquil al que él parece resignado, una educación que les ayude a vivir de otra manera, pero siempre desde el respeto a los demás. Finalmente será lo que harán Quince y Nieves, trasladándose de la España rural a la industrial que representa la ciudad, donde se abre un mundo quizá no tan distinto en muchos aspectos al que conocieron en su infancia.

“A mandar, que para eso estamos”

Régula es un personaje aparentemente en segundo plano, pero tal vez el que mejor refleja la conciencia de la opresión en que viven sometidos y la lucha por la supervivencia, propia y de la familia; el cuidado y la defensa y promoción en todos los sentidos de los suyos y los que les rodean. Un espíritu fuerte, que carga sobre sí el peso de los demás acaso con resignación, pero también con un amor ejemplar.

“A mandar, que para eso estamos”

En otro plano se sitúan personajes como Azarías o la Niña Chica, quizá los más entrañables de la historia, unidos en su necesidad de cariño y comprensión, vulnerables y precisamente por eso más arropados por la familia.

Mención aparte corresponde a los otros, los enriquecidos de la película, para los que el “a mandar, que para eso estamos” es una auténtica obligación, pero una obligación para los que están a su servicio, considerados como instrumentos para satisfacer sus necesidades o caprichos.

¿Y nosotros? ¿Dónde nos situamos? La sociedad que nos presenta la película puede considerarse que ya ha desaparecido, que ya no hay personas sometidas a la voluntad y capricho de los demás… ¿o tal vez sí? De una u otra manera sigue estando rodeándonos por doquier, sigue habiendo gente que quiere mantener sometida y dominada a otra gente, tanto aquí como en los países empobrecidos (evidentemente mucho más en estos).

Evelyn

El título de la película es Evelyn, no es ni puede ser Jazmín; a las cosas hay que llamarlas por su nombre y a las personas también. Mucho más, si cabe. Las palabras importan y configuran la forma que tenemos de ver las cosas. Si queremos hablar de trabajadoras de la industria del sexo y de clientes, quizá la película tendría que llevar el título de Jazmín. Pero la protagonista se niega a someterse a esta manipulación: es una esclava sexual con la que comercian proxenetas; por eso exige seguir siendo lo que es, llamándose por su nombre: Evelyn, una muchacha engañada, encerrada, desprotegida, violada, maltratada, comerciada.

Sorprende ver en las bases de datos del ministerio de cultura que esta película, dirigida por Isabel de Ocampo en 2011, tuvo 2.451 espectadores. Seguramente eso sea reflejo de lo que queremos ver y de lo que no queremos ver en nuestra sociedad. Nos gustan las historias que nos alejan de la realidad, que nos dibujan un mundo más o menos feliz, pero en general, bastante irreal. No queremos ver a los esclavos que están a nuestro lado; sólo existen en cuanto a lo que nos proporcionan de beneficio personal y colectivo, por lo que nos otorgan de comodidad, placer o ahorro.

Un relato bien trazado de lo que es una realidad habitual para millones de personas, concretado en esta película como un auténtico descenso a los infiernos del tráfico humano, visto desde los ojos de una joven peruana, aunque la propia directora reconoce que la realidad es mucho más dura que la ficción y la casuística tan variada como los casos, cada historia es un mundo: desde el engaño de la promesa de un trabajo a la violencia del vudú, desde las amenazas a la familia a las drogas como arma para anular a las personas.

Pero no sólo aparecen las historias de las “chicas”, también se nos deja entrever de alguna manera el mundo del que proceden: su familia, sus ilusiones. Quizá eso falte un poco también del otro lado, del de los explotadores: ¿qué lleva a un proxeneta a esclavizar a una persona? ¿qué lleva a una persona a consumir a otra? ¿qué hace que muchas personas nos desentendamos de estos problemas, mirando hacia otro lado, encubriéndolo o incluso disculpándolo? Estas preguntas sí que están planteadas, con luces y sombras, en esta historia: desde la esperanza que se ilumina gracias a una llamada por teléfono de la mujer de un “cliente” hasta la temerosa ayuda que ofrece la cocinera del prostíbulo. Pero también con la impotencia que supone ver la complicidad de algunos policías o una deuda que aumenta día a día a través de alquiler, manutención, compras obligadas o multas por cualquier cosa que se salga de las imposiciones de una vida esclavizada.

La sensación durante casi todo el metraje es la que refleja la protagonista, un “esto no puede estar pasando a mí”, “estoy soñando, esto es una pesadilla”. Las pesadillas cobran cuerpo en las víctimas de esta cultura del descarte. No nos hagamos los distraídos. Hay mucho de complicidad.

La geopolítica de los dibujos animados

Fuente: elordenmundial.com

Los dibujos animados conquistan corazones y mueven miles de millones de dólares. Pero eso no es todo, amigos: la animación también juega en el tablero político. Lo hace desde sus comienzos: durante las Guerras Mundiales, los dibujos animados enseñaban a los niños a reconocer al enemigo; en tiempos de la Guerra Fría, sus protagonistas traducían la ideología al lenguaje de la animación. Hoy, son una de las herramientas del poder blando.

¿Qué tienen en común la princesa del hielo, la familia Parr y unos seres redondos y amarillos? Uno, que son personajes de dibujos animados; dos, que estos dibujos son estadounidenses; y tres, que son los protagonistas más rentables de la industria de la animación: las dos partes de Frozen, la secuela de Los Increíbles y Los Minions han sido los dibujos animados que más taquilla han hecho a nivel mundial. Si se amplía el foco, ocho de las diez películas de animación más taquilleras son producidas o distribuidas por Disney. Y todas son estadounidenses.

Pero la animación no es un reino de hadas, sino una industria altamente competitiva. Y la competición no se acaba a nivel de taquilla o de audiencias: los mensajes transmitidos por los dibujos animados llegan, cual aguja hipodérmica, a las mentes de los más pequeños, los hipnotizan a través de las pantallas y les susurran lo que tienen que hacer y cómo deben comportarse… O esto se pensaba en los albores de la televisión y de la propaganda. Se creía que un estímulo televisivo provoca, como una inyección, una respuesta casi automática en el público. Por eso, el personaje de Superman fue acusado de inducir a los más pequeños a saltar por la ventana, en un intento de aprender a volar.

El tiempo demostró que los mensajes que salen en las pantallas no programan respuestas automáticas. Pero su papel no se debe minusvalorar. El poder ha cambiado, y la fuerza ha dejado el pedestal a la influencia, la persuasión y la seducción: el poder blando. Uno de sus ingredientes es la industria de los medios. Los datos de taquilla dejan claro qué imperio mediático domina en la animación a día de hoy. Y la animación es la llave a los corazones de los niños.

La guerra sí es cosa de niños

En el Chicago de 1914, el dinosaurio Gertie salió de su cueva, devoró el tronco de un árbol y se inclinó ante los espectadores, a las órdenes del animador Winsor McCay. Era la primera protagonista de un dibujo animado propiamente caracterizada, con una personalidad y una historia que contar. Gertie jugaba, lloraba y comía; por ello, entretenía. Con la creación de Gertie, McCay abrió un nuevo horizonte para la animación, que antes se centraba más en la técnica y en el mensaje y no tanto en los seres dibujados. Pero el entretenimiento no era el único cometido de los dibujos animados. Al otro lado del Atlántico, Reino Unido lideró la joven industria de la animación con un propósito diferente: hasta un 95% de los dibujos británicos producidos entre 1914 y 1918 tenían una finalidad propagandística.

Eran los años de la Primera Guerra Mundial. A medida que el conflicto se agravaba, los dibujos animados iban cobrando fuerza. Unos ensalzaban los valores de la patria, otros ridiculizaban al enemigo. En Reino Unido la propaganda dejó de ser una prerrogativa exclusiva del Estado para traspasar al mundo de la empresa. Los niños no eran todavía el público objetivo de la joven industria de la animación, pues sus esfuerzos se centraban en levantar la moral de los combatientes y de los civiles, y se trataba generalmente de piezas cortas y mudas. Además, tocaban el bolsillo: al igual que las películas, los dibujos animados eran proyectados en espacios públicos —teatros y salas de cine—. Todo cambió en 1928, cuando el estadounidense Walt Disney enseñó a un ratón a silbar al sincronizar la música con la imagen. Desde entonces hasta hoy, Disney se ha convertido en la principal empresa de animación a nivel mundial, y Mickey Mouse continúa atrayendo a espectadores e inversores.

El período de entreguerras asentó las bases del dibujo animado contemporáneo: piezas más largas, personajes más realistas y la orientación hacia el público infantil. A la vez, los hogares de todo el mundo empezaron a dar una tímida bienvenida a un nuevo miembro: la televisión, aunque su uso no se popularizó hasta los años cincuenta. La joven industria fue abarcando cada vez más regiones. En 1936, la Unión Soviética creó el estudio de animación estatal Soyuzmultfilm, que continúa existiendo bajo el mismo nombre en la Rusia de hoy (Soyuz significa “unión”, y hace referencia a la Unión Soviética). Escuelas de dibujos animados y estudios privados fueron apareciendo en Argentina y en México. Desde Sudáfrica hasta Egipto y desde Tokio hasta Sídney, la animación fue perfeccionando sus técnicas y abriéndose camino hacia los corazones de los más pequeños.

Después llegó otra guerra mundial, y esta vez sí que fue traducida para los más pequeños al lenguaje de la animación. De parte de los Estados Unidos, Mickey Mouse, el Pato Donald y Bugs Bunny. En el frente nazi otros tantos animales, esta vez con un marcado mensaje antisemita. Desde el estudio de animación estatal de la URSS, un Hitler diabolizado amenazaba con arrebatarles la libertad a los ciudadanos soviéticos. En Japón, el niño dibujado Momotaro defendía a su patria de los invasores estadounidenses. Pero como la guerra no entiende de derechos de autor, Mickey Mouse y el Pato Donald no estuvieron exclusivamente al servicio de Disney. El Gobierno de Vichy utilizó a estos personajes para presentar a los Estados Unidos como enemigo del pueblo francés. El ratón emblemático de Disney, montado en un murciélago, también atacó a Japón, pero perdió ante los samuráis en un dibujo animado propagandístico nipón de 1936.

La propaganda animada de la Segunda Guerra Mundial servía a varios propósitos: enseñaba a los niños a reconocer al enemigo, levantaba la moral de la población civil y animaba, pero también educaba, a los soldados. Durante el conflicto, el público recibía con ansia los dibujos animados, lo que se tradujo en una gran afluencia a las salas de cine: noventa millones de espectadores semanales en los Estados Unidos y veinte millones en Alemania. De entre los quinientos cortometrajes animados producidos en Hollywood entre 1942 y 1945, un 47% estaba relacionado con la guerra. No obstante, el conflicto puso límites a la exportación: los dibujos de producción estadounidense fueron prohibidos en la Alemania nazi a finales de los años treinta.

Dos osos y un destino: los dibujos animados durante la Guerra Fría

Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, la paz no llegó del todo. Las cuatro décadas siguientes fueron conocidas como la Guerra Fría, debido al enfrentamiento indirecto entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. Durante este período, las dos superpotencias conformaron bloques de alianzas, impulsaron carreras armamentísticas y externalizaron los conflictos. La industria de los dibujos animados tampoco se mantuvo al margen.

Un protagonista involuntario de la Guerra Fría es un oso de peluche llamado Winnie the Pooh. Para los países de la OTAN era amarillo; para los del Pacto de Varsovia, marrón. Y es que la industria cultural soviética rechazaba la producción estadounidense, por lo que algunas historias han tenido una vida doble, una a cada lado del Telón de Acero. Disney produjo su primera película sobre Winnie the Pooh en 1966; la Unión Soviética lo hizo tres años más tarde. El Winnie amarillo no entraba en la URSS; el Winnie marrón no salía más allá del bloque socialista. El Patito Feo o Mowgli son también algunos ejemplos de la dualidad de los dibujos animados durante la Guerra Fría. En otros casos, los protagonistas cambiaban, pero se mantenía la premisa: un gato gris estadounidense persigue, un episodio tras otro, a un ratón astuto; un lobo gris soviético intenta capturar a un pequeño conejo, pero siempre fracasa. Fuera de las fronteras de la URSS, pero dentro de su órbita, Mickey Mouse encontró un reflejo en Topito, el protagonista de un dibujo animado checoslovaco.

Pero no todos los movimientos de la animación de la Guerra Fría iban en paralelo, también había colisiones. El antagonismo entre los dos bloques se tradujo en un retrato distorsionado de los valores del enemigo. En este sentido, cabe destacar el papel de Walt Disney, extremadamente crítico con la URSS. Los dibujos animados estadounidenses mostraban explícitamente los males del comunismo; los soviéticos, los del capitalismo. Otros ejemplos eran más latentes, desde la asociación de la abundancia con la pereza y la maldad de parte de la URSS, hasta la confrontación entre dos mundos antagónicos —algunos autores afirman que es lo que ocurre en La Sirenita de Disney: su protagonista escapa de un reino marino rígido y patriarcal a la tierra firme, donde es libre para cumplir su sueño: caminar—. La animación abarcó también las dos carreras de la Guerra Fría: la armamentística y la espacial. Niños y animales dibujados de las dos superpotencias volaron en naves espaciales, llegaron a la Luna y construyeron refugios nucleares. Marvin el Marciano, el personaje de la factoría Warner Brothers enemigo de Bugs Bunny, es otro ejemplo de cómo la Guerra Fría aterrizó en la industria de la animación. Vestido de rojo y con traje militar, viniendo de otro planeta y siempre amenazando con destruir la Tierra con armas sofisticadas, Marvin parece una personificación de la Unión Soviética; no en vano, su primera aparición fue en 1948, cuando la división entre EE. UU. y la URSS empezaba a ser evidente. Incluso los conflictos armados encontraron una representación en el universo animado. Mickey Mouse volvió a la guerra como soldado estadounidense en Vietnam en un proyecto antibélico ajeno a Disney. Murió, de un disparo, en el minuto uno. La oposición a la guerra de Vietnam también se manifestaba en la animación soviética.

En la guerra todo vale, y la animación ofrece una gran herramienta: la posibilidad de ridiculizar al enemigo. Más allá de personajes grotescos o diabolizados, una forma más sutil de hacerlo es a través del empleo de la voz y el lenguaje. El acento ruso caracteriza a un perro callejero en La dama y el vagabundo, y uno de los ladrones de Aladdín también enfatiza mucho la erre. Desde la Unión Soviética el lenguaje también se ha utilizado para caracterizar a los personajes negativos. Por ejemplo, la expresión inglesa “oh, yes” era empleada como una coletilla constante por los personajes mafiosos italianos Banditto y Gangsteritto, al igual que por un astuto —y malvado— detective.

Los dibujos no solo apuntaban al “malo”, sino que también educaban en los valores a través de la creación del “bueno”. Esta división en blanco y negro persistió durante la Guerra Fría mucho después de que las televisiones se tornaran a color. Los protagonistas de los dibujos animados ponían cara a los valores de cada lado del conflicto en un contexto en el que la ética era definida por la ideología. La defensa del bien común contra el individualismo; la lucha obrera contra el espíritu emprendedor, el Winnie marrón comunista contra el Winnie amarillo capitalista. Y el amarillo ganó el pulso.

Un pato como embajador y la amistad menos desinteresada 

“¡Qué mono es! ¡Tenemos que hacernos amigos!” exclama Masha cuando ve por primera vez al panda, un nuevo personaje. Masha es la protagonista de la serie de dibujos animados rusa Masha y el Oso y una niña popular: suma más de setenta millones de seguidores entre sus canales de Youtube en ruso, inglés, castellano y portugués. Si los seguidores de Masha en Youtube fueran ciudadanos de un país de la Unión Europea, este sería el segundo más grande, tan solo por detrás de Alemania. La serie está traducida a más de treinta idiomas y se emite en Netflix. Desde marzo de 2020 sale también en la televisión oficial china, un país que tiene al panda como símbolo tradicional. Es así como Masha se hizo amiga del panda en la vida real. No es la primera vez que un dibujo animado ruso encuentra cabida en el mercado chino. En 2013, la serie Kikoriki, parcialmente financiada por el Ministerio de Cultura ruso, dio también la bienvenida a un panda. Cuatro años más tarde, la Agencia Estatal de Televisión China y los creadores de Kikoriki acordaron una producción conjunta, en la que el panda cobraría protagonismo. La diplomacia del panda —un término visual que hace referencia a la expansión del poder blando chino— llegó también al Topito checo, lo cual desencadenó una disputa por la licencia de este personaje, que acabó en el Tribunal Superior de Praga en 2019.

Las amistades de Masha no acaban en China. Y es que sus creadores pusieron la exportación como prioridad desde el primer momento. Incluso el pañuelo tradicional ruso de la protagonista facilita la promoción de la serie en países mayoritariamente musulmanes. Además de las traducciones y de los subtítulos, Masha y el Oso se adapta a las regiones de destino a través de un ejercicio de localización: se traduce cualquier texto que forma parte de la animación, por ejemplo, los letreros. Sin embargo, la popularidad de Masha también encuentra detractores. Algunos acusan al dibujo animado de ser propaganda del Kremlin, por ejemplo, porque el oso es un símbolo de Rusia. Se comparta o no esta afirmación, es evidente que un gran poder conlleva una gran responsabilidad, y Masha y el Oso han conquistado, a través de las pantallas, los corazones de millones de niños de más de cien países.

Pero si hay una empresa de animación que domina en el ámbito de la exportación, es, de nuevo, Disney. El poder de este imperio mediático es tal que el Pato Donald y Mickey Mouse son, a veces, comparados, con embajadores culturales. El propio Walt Disney participó en la diplomacia estadounidense a través de sus viajes, que promocionaban a Disney y, por ende, los valores de su país. La política y los intereses de la empresa se han cruzado también en la búsqueda de nuevo público. Así, en la década de los cuarenta, el Pato Donald se hizo amigo de un loro brasileño y un gallo mexicano en un intento de atraer a espectadores en América Latina. Hoy, el imperio Disney es diverso y omnipresente. Su plan de negocios descansa en cuatro pilares: la producción audiovisual, los parques temáticos, las redes de medios de comunicación —por ejemplo canales de televisión o plataformas digitales— y el merchandising. En 2018, el ya nonagenario Mickey Mouse trajo a casa 3.000 millones de dólares gracias a la comercialización de productos con su imagen.

Mientras que la animación estadounidense marca tendencias en las taquillas, el Viejo Continente se queda atrás. Los dibujos animados europeos tan solo se corresponden con una quinta parte de su mercado, en el que predominan, de nuevo, los de producción estadounidense. Pero no son los únicos jugadores en el tablero: las empresas mediáticas de Asia están cobrando peso. Desde la segunda mitad del siglo XX se popularizó la externalización de las labores más técnicas y laboriosas a países como Japón, India, Filipinas o Corea del Sur para reducir los costes de producción. Sin embargo, hoy este patrón se está invirtiendo y las industrias de animación de Japón, China y Corea del Sur ven despegar sus ganancias y aterrizan en todos los continentes, también el europeo.

Detrás de las pantallas

Los dibujos animados entretienen, educan y divierten. Los dibujos animados hacen taquilla, mueven el mercado publicitario y frecuentan el emplazamiento de productos. La animación no solo abre puertas a los corazones de los niños, sino también a los monederos de sus padres. Esta simbiosis, perfilada por el tiempo, es perfecta: los niños necesitan los dibujos animados, los dibujos animados necesitan a los niños. Pero su poder no solo es económico, sino también político, el poder blando. Se dice que para dominar a un enemigo, hay que educar a sus hijos. Y, aunque ya no hay enemigos tan claros y globales como durante la Guerra Fría, los dibujos animados más populares siguen siendo los estadounidenses.

Mucho ha llovido desde que el dinosaurio Gertie saliera por primera vez de su cueva dibujada, y algunos de los personajes de animación más queridos ya pueden soplar siete u ocho decenas de velas por sus aniversarios. A través de la pantalla, generaciones sucesivas de niños aprenden de esponjas, patos, osos y ratones. La infancia, la etapa dorada de la vida, se entrelaza en los recuerdos con las aventuras de sus personajes favoritos. Y es por eso por lo que la fórmula secreta de la animación cuenta con un último y principal ingrediente: el amor. Eso es todo, amigos.

Mamut

Ana Sánchez

Mamut de Lukas Moodysson, una coproducción europea de 2009.

Nos muestra la interrelación que tienen todas nuestras vidas, cómo todo lo que hacemos tiene que ver con los demás, para lo bueno y para lo malo. La película está jalonada de multitud de pequeños símbolos y diálogos en los que se refleja el hastío y la sumisión de la sociedad, las contradicciones en las que vivimos o que padecemos, la ternura y el amor que todos tenemos y debemos entregar a los demás.

A lo largo de casi dos horas se van tratando temas tan cercanos como familia o la inmigración, la soledad y la responsabilidad de educar y sacar adelante a los hijos.

En esta historia se nos va desgranando la interrelación de una pareja neoyorquina de éxito cuya hija es cuidada por una niñera filipina, que ha dejado a sus hijos para intentar darles una vida mejor, una vida que les aparte de la miseria en la que vive la mayor parte del planeta.

El dolor de la separación es el precio que se ven obligados a pagar por esta perspectiva de huir de la pobreza; un amor en la distancia, una necesidad de contar con el otro, de la familia unida, del cuidado cercano, la entrega del propio sacrificio para evitar el de aquellos a los que queremos, la fortaleza para sobrellevar una vida que cobra su pleno sentido en el otro, en aquel al que sentimos como una parte fundamental de nosotros mismos, forme o no parte de nuestro círculo cercano, en este mundo cada vez más globalizado e interconectado, por el que muchas veces queremos pasar de puntillas, como si no formáramos parte de él ni fuéramos responsables de lo que en él sucede.

Un padre de familia que viaja a Tailandia para firmar un contrato millonario y que también encuentra allí un mundo de contrastes entre su privilegiado mundo laboral y la búsqueda de supervivencia que lleva a muchas mujeres a prostituirse, simulando una vida alegre, realmente bastante alejada de su realidad cotidiana. El mundo de la pobreza y el del placer se entrecruzan: la diversión y el lujo de unos gracias a la explotación de otros, de la mayoría.

Es precisamente este lujo desmedido el que da título a esta película… el valor de una pluma fabricada con el marfil de un mamut, una ostentación que pocos se pueden “permitir” y que muchos habrán de pagar con su vida.

Una concatenación de encuentros y encontronazos entre el mundo enriquecido del norte y el empobrecimiento del sur, quizá idénticos en lo esencial, pero en polos opuestos del desarrollo y de las formas de vida.

Tampoco la pareja protagonista está exenta de contradicciones: una madre que trabaja como médico, cuidando también a los hijos de otros mientras su hija pasa más tiempo con la niñera que con ella.

Al tomar conciencia de la cantidad de horas que está lejos de su niña, se va replanteando y cuestionando sus prioridades, su trabajo fuera del hogar y la necesidad de la relación con su hija, que parece alejarse de ella.

Un mundo de ilusiones y desilusiones, de esperanzas en un futuro mejor, más prometedor y esperanzador que esa vida en el basurero, perspectiva que queda para tantos niños filipinos y de otras partes del globo y que en esta película la abuela muestra de manera cruda y realista a su nieto, tratando de hacerle valorar el sacrificio que está haciendo su madre para que él no sea uno de tantos niños que han de sobrevivir rebuscando en la basura.

Agridulce historia en la que queda patente que nuestra vida se sustenta en el sudor y la sangre de los empobrecidos, como esos niños que cosen balones para que otros niños jueguen con ellos.

Fuerte apache

Ana Sánchez

No, no se trata de la clásica película de indios y vaqueros; más bien son otro tipo de tribus las que salen en esta historia, un atisbo de las que pueblan nuestras ciudades, reflejos de la Barcelona actual y de la juventud que transita por sus calles y por las de prácticamente cualquier ciudad.

Ahí se enmarca esta producción española, realizada en el año 2007 y ambientada en la actualidad, en el mundo en guerra en el que vivimos y en el que los protagonistas se debaten en una auténtica lucha por la supervivencia, en busca del cariño y la amistad, cada vez más difíciles de conseguir en nuestras vidas y de los que no sólo la juventud carece, aunque ellos sean precisamente los más afectados por esta despersonalización y duras condiciones de vida que nos impone una sociedad materialista, enmarcada en la competitividad y el consumismo.

Frente a esto se apuntan otro tipo de relaciones, de camaradería y búsqueda de horizontes más allá de uno mismo y de su entorno, cerrado y opresivo en muchos casos.

Se trata de la primera película dirigida por Mateu Adrover, que ha trabajado fundamentalmente como guionista desde su formación en los servicios informativos de Televisión Española, algo que se percibe en la forma de tratar la historia, realista y creíble. Un cuadro de esperanzas y desesperanzas, brusquedad y delicadeza. Destacan en el reparto las interpretaciones de los chavales protagonistas, fundamentalmente, pero también de veteranos actores, en sendos papeles representando una vida de vuelta de todo, cansada pero a la vez con ganas de vivir y volcada hacia los demás, recordándonos a lo largo de la hora y media de duración que en la vida hay oportunidades que no se pueden dejar pasar. Esto no sólo, ni principalmente les representa a ellos, sino más bien a los chicos del centro de acogida en el que se desarrolla la trama de la película, una de las pocas que existen sobre este tema, al menos dentro de la filmografía española.

En Fuerte Apache se nos presenta un centro tutelar de menores; se trata de una historia sin dramatismo ni melosidad, más bien con realismo y no sin ciertas dosis de crudeza, en una constante carrera para huir de la dura realidad; se dibujan las historias de los protagonistas, de sus familias, de las perspectivas de futuro al cumplir la mayoría de edad, la llegada, cada vez más habitual, de niños inmigrantes. También podemos observar la realidad de los centros sociales, con personal en continuo cambio por sustituciones e interinidades, el estrés y la depresión que les causa la situación y al que muchas veces no saben o no pueden sobreponerse.

No todo es tensión y drama, también en las relaciones con educadores y educandos encontramos grandes dosis de amistad y de ternura, desde las excursiones al trabajo conjunto, entre el acompañamiento y la auténtica tutela ante la desprotección de una infancia que tiene que madurar demasiado pronto, pero a la que no se cierran las puertas para un futuro, difícil, pero posible y positivo.