¿Tenemos nuestro ritual?

Diego Velicia, psicólogo del COF Diocesano de Valladolid

Un ritual es un acto que tiene una estructura que se repite y expresa un significado simbólico. Existen distintos tipos de rituales: deportivos, religiosos, familiares…

Un ritual deportivo, por ejemplo es la forma en la que se presentan dos equipos de fútbol a jugar un partido importante. Salen en fila, detrás del árbitro. Escuchan el himno. Se saludan. Se juntan en su campo para darse el grito de guerra…

Esa serie de acciones, que se repiten según la misma estructura, ayuda a los jugadores a introducirse en la dinámica del partido, a concentrarse en el objetivo que tienen como equipo, a expresarse apoyo mutuo…

Es posible que alguno de ellos haya pasado una mala noche pensando en la importancia del partido, que otro tenga alguna dificultad personal en esos momentos de su vida, y que alguno esté tranquilo gracias a su veteranía. El ritual les une en medio de sus circunstancias personales y consolida el sentimiento de equipo. Les une frente a la tarea común a la que se van a enfrentar.

Ahora bien, si once personas se juntan, salen en fila al campo de fútbol, escuchan el himno, se hacen una foto y se dan un abrazo, pero no saben jugar al fútbol, todos esos gestos no sirven para ganar el partido. Lo más importante es saber jugar, haber entrenado, compenetrarse… Esto es lo más importante. Pero si además de haber haber hecho esto, empezamos el partido con un ritual de estas características, el trabajo del equipo se fortalece.

Los rituales ayudan a consolidar la expresión de un sentimiento, aunque las circunstancias sean cambiantes, mediante una estructura que permanece estable en medio de los acontecimientos.

Un ritual familiar es, por ejemplo, la celebración de los cumpleaños. Cada familia tiene sus propias formas de celebrarlos. Ese estilo propio de celebrar, es uno de los elementos que conforma un sentimiento de pertenencia familiar. Somos (entre otras cosas) la familia Tal, que celebramos las cosas de esta manera. Los rituales cohesionan a los miembros de la familia y les ayudan a conectarse.

La forma distinta de celebrar los acontecimientos es una de las cosas que nos llama la atención cuando empezamos a compartir tiempo e intimidad con la familia de nuestro cónyuge. Descubrimos otros gestos, otras estructuras diferentes a la que estábamos acostumbrados.

Los rituales familiares o matrimoniales no generan el amor. Pero si en un matrimonio hay amor, el ritual ayuda a sostenerlo en medio de las inclemencias de la vida. Necesitamos rituales cotidianos que nos conecten en medio del fragor del día. No hacen falta grandes cosas. Quizá un café después de comer. Un beso de buenos días. Un rato juntos charlando cuando se han dormido los niños… Si tenemos un pequeño ritual puede convertirse en la expresión del amor que se mantiene aunque estemos preocupados por determinada circunstancia de nuestra vida en ese momento, o que hayamos discutido por alguna razón.

A veces los rituales se construyen de forma inconsciente, los vamos construyendo empujados por los ritmos de la vida. En otras ocasiones, surgen a raíz de algún acontecimiento al que respondemos de una forma y a partir de ahí, se genera un ritual… También podemos heredar rituales de nuestras familias de origen. Aunque no es fácil que se adopten idénticamente, lo habitual es que los recreemos, adaptándolos a nuestras circunstancias concretas.

Esta época de confinamiento puede haber generado determinados rituales cotidianos en nuestra vida a nivel personal de matrimonio o familiar. Y ahora puede ser un buen momento para hablar sobre ello e ir construyendo entre los dos ese ritual como matrimonio que exprese nuestro amor.

El colegio soy yo

José F. Peláez

Fuente: Magnífico Margarito

Yo creo que ya basta. Ya podemos dejar de mirar al cielo e interrumpir los bailes tribales junto al fuego para que llegue un plan perfecto y suave para el próximo curso escolar, como si aquí no pasara nada. Parece evidente que las comunidades quieren que la decisión la tome el gobierno y parece igual de evidente que el gobierno quiere que la tome las comunidades. Y que ninguno quiere ser el primero.

Pero también resulta evidente que da igual quién sea el primero porque no solo no hay ningún plan, sino que no lo va a haber nunca por el simple hecho de que no puede haberlo. Estamos mirando a los políticos como si fueran personas especiales, mágicas, entes superiores capaces de arreglar los problemas con el simple acto de cerrar los ojos y desearlo muy fuerte. Pues no, siento decir que no son mágicos ni especiales ni superiores. Ni ellos ni los funcionarios a los que dirigen. Y no, esto no es una cuestión de voluntad. Vivimos instalados en ese delirio progre que ha hecho pensar a la gente que todo es posible, que el progreso es imparable, que el bienestar universal es posible, que todos los problemas tienen solución y que si esa solución no aparece es porque los políticos, que son muy malos, no han trabajado lo suficiente. Y entregamos a nuestros hijos como delegando en ellos nuestra responsabilidad como padres.

A ver, es cierto que no han trabajado lo suficiente, pero ni con todos los políticos trabajando 24/7 se podría llegar a una solución factible porque lo de los colegios simplemente no tiene solución. Y cuando algo no tiene solución, conviene aceptarlo cuanto antes para no llegar a una frustración patológica. Va a haber contagios y va a tocar mandar a los niños a casa para que no pongamos en marcha el círculo mágico que va del chaval asintomático a la esquela del abuelo en ‘El Norte’. No hay dinero en el mundo para duplicar profesores, aulas, regalar internet y un ordenador a cada niño y a cada profesor ni garantizar que se resuelven todos los problemas de mantenimiento o los problemas informáticos-logísticos de todo tipo. Con el matiz de que los niños, además, no están sindicados. Y los profesores sí, claro. Siempre vendrá uno que diga ‘no hay dinero para esto, pero para lo que quieren bien que lo sacan’. Pues vale, podemos ser todo lo demagógicos que queramos, pero las cosas no funcionan así. Repitan conmigo. No-hay-un-duro.

Por todo lo anterior, he decidido organizarme y coger el toro por los cuernos. Mi hija va a ser formada este año, se pongan como se pongan.Una niña de diez años no puede permitirse otro año sin rutinas, sin exigencias, sin orden, sin disciplina, sin refinamiento intelectual y sin adquirir conocimientos, porque cuando esto termine, que puede ser dentro de dos o tres años -quién sabe- puede que ya sea demasiado tarde y no voy a saber responderla cuando me pregunte por qué no hice nada, por qué esta dejación de funciones y por qué de repente pensábamos como soviéticos incapaces de hacer nada por si mismos.

En fin, que hay cosas que tienen una edad y no se puede empezar a crear rutinas con 14 años. Así que he decido que me paso las transferencias, los conciertos, los concordatos y las sucesivas leyes educativas por el forro y voy a crear un plan de estudios preventivo. Empezaremos el día leyendo la prensa y haciendo una columna a través de la cual ordenemos nuestros pensamientos. Una niña que lee por encima un par de periódicos está mejor informada que cualquier usuario de redes sociales y leyendas urbanas de WhatsApp con 50. Y, además, uno no sabe lo que opina de un tema hasta que no escribe del mismo. Esas columnas se publicarán en un blog porque, como dice Nieto Jurado, «la posibilidad de ser replicado te hace mejorar, te hace romper la timidez, te hace esforzarte más y te ayuda a formar la personalidad que toda persona tiene o quiere tener». Y eso me parece fundamental en ciertas edades. Con cierto apoyo del libro de sociales, le ayudará a entender la sociedad y sus vaivenes.

No hace falta leer a Kafka, pero se puede leer ya ‘El Camino’, ‘El príncipe destronado’, ‘Mujercitas’ o ‘Tom Sawyer’. Estoy escribiéndola yo mismo una ‘Historia de España’ que nos servirá de estructura para que la aprenda sin interferencias de cantamañanas ni mentiras interesadas. Y por supuesto el arte. Y no me refiero a talleres de pintacaras sino a visitas virtuales o presenciales a los museos más importantes del mundo y a todos los de esta ciudad para que entienda desde ya la evolución del arte en paralelo a la del ser humano y sepa entenderse a si misma a través de la observación de los demás. En cuanto a música, tiene que distinguir al menos a los alemanes, que estarán de fondo mientras corremos para mantener la forma. Bach, Brahms, Beethoven, Orff, Schuman, Wagner, Strauss, Haendel o Pachelbel. Poco a poco.

Comenzaremos con algo de filosofía y con latín, que no es discutible. Yo me encargo de que interprete un balance y entienda lo que es una empresa, del inglés y lo del francés lo aprenderemos juntos por las tardes. Religión un rato antes de dormir. No puede crecer sin espiritualidad y sin entender la cultura a la que pertenece. Matemáticas y Ciencias Naturales se lo dejamos a un profe particular, que no tengo paciencia. Y luego a jugar a la plaza con otros niños y a tirarse piedras. Como todo esto es caro, he pensado compartir gastos. Es decir, en otras palabras, que me estoy dando cuenta de que he montado un colegio privado. Así que nada, abro matrícula el día 1. Razón aquí.

Podemos hacer magia

(o no es magia, pero lo parece)

Diego Velicia, psicólogo del COF Diocesano de Valladolid

Una discusión es una especie de escalera. Alguien dice algo que molesta al otro y ese otro le contesta, pero, en su respuesta, intenta quedar un peldañito por encima del otro. En el tono, en la contundencia del argumento propio, en el desprecio al argumento del otro… se trata de quedar por encima. Dependiendo de las circunstancias se intenta quedar muy por encima de otro, o sólo un poquito. Pero por lo general por encima. Y el otro responde subiendo al siguiente escalón. Y así consecutivamente.

Buscamos nuevos argumentos, elevamos la voz, rebatimos los argumentos del otro… A medida que vamos subiendo por la escalera se intensifica la tensión. Nuestro organismo experimenta algunos cambios: sube el ritmo cardíaco, los músculos se tensionan, la respiración se agita… Y al tiempo nuestro cerebro va dejando de escuchar. Al mismo ritmo en que va aumentando la intensidad de nuestro enfado, se nos hace más difícil ponernos en el lugar del otro, nos invaden pensamientos negativos y le atribuimos intenciones dañinas.

Los procesos que suceden tanto dentro de cada persona, como entre las dos personas que están discutiendo, hacen muy difícil que una discusión sea productiva. ¿Qué suele salir de una discusión? Heridas que tardan tiempo en cerrarse, distanciamientos, pérdidas de control, sensación de incomprensión y rabia… Es poco frecuente que de una discusión se extraiga una buena idea, un acuerdo para el futuro…

¿Cómo abordar entonces las conversaciones sobre temas de “alta tensión” (cada pareja tiene los suyos) para que no se conviertan en una discusión? Aquí va un pequeño truco que puede parecer magia, pero no lo es.

Sabemos que cuanto mayor es la tensión, mayor la dificultad para controlarse uno mismo. Por lo tanto, lo antes posible, conviene reconocer la parte de razón que tiene el otro. Obsérvese que en la discusión lo que hacemos normalmente es fijarnos en las cosas en las que el otro no tiene razón. Pues bien, se trata de hacer justo lo contrario. Concentrarnos en la parte de razón que tiene el otro. Y decírselo, con frases como “en parte estoy de acuerdo contigo”, “creo que tienes parte de razón cuando dices…”

Es poco frecuente que en una conversación haya una de las partes que no tiene ninguna razón, ninguna parte de verdad en sus argumentos. Pero, centrados en nosotros mismos como solemos estar en medio de una discusión, nos cuesta aceptar la parte de verdad que el otro tiene. Para poderlo hacer, hay que actuar rápido, pues si empezamos a ascender por la escalera de la discusión nos va a costar muchísmo más reconocer su parte de razón y expresársela. A veces es necesario pararse un momento, respirar hondo y contar hasta diez para no dejarse llevar por el impulso de subir por la escalera.

¿Cuáles son los efectos de este “truco”? En primer lugar hay un efecto interno y es que en lugar de la ira habitual experimentaré que estoy en calma y que no veo al otro como un enemigo a derrotar. En segundo lugar hay un efecto en el otro. Y es que el otro (que ya estaba anticipando mi respuesta pensando que iba a subir al siguiente escalón) de repente se va a ver escuchado, reconocido, valorado. Y como consecuencia de los cambios en los dos, hay un tercer efecto, que es en vez de la escalera de la discusión, va a aparecer un nuevo escenario en el que dos personas miran juntas una realidad para intentar encontrar un punto común, una síntesis que dé respuesta al problema. Y esto no es magia, pero se le parece…

 

¡Mis padres me quieren curar la adolescencia!

Diego Velicia, psicólogo del COF Diocesano


Esa era la exclamación sorprendida de una chica de 15 años. Las quejas de sus padres no sonarán raras: el orden de la habitación, las relaciones con los hermanos, la responsabilidad en el estudio, la falta de comunicación con ellos… nada nuevo bajo el sol.
Pero la chica se sorprendía de que los padres quisieran hacer que las cosas no fueran así. Ella daba por supuesto que todo eso que hacía era consecuencia de tener 15 años y que, por tanto, no era necesario cambiarlo.

La actitud de los padres era preocupada, casi temerosa, de que esos comportamientos fueran agravándose en el futuro, y ya se imaginaban a su hija unos pocos años después, fracasada en los estudios, casi aislada del mundo y con síndrome de Diógenes.

La adolescencia es una etapa de la vida mitificada. Los chavales la ven como la etapa del disfrute y el riesgo, en la que el caos es lo normal y el orden lo extraño. Por eso mismo algunos padres la ven como el lugar ideal para que sus hijos se arruinen la vida y, por lo tanto, es la etapa que más les aterroriza.

Cuando uno tiene miedo, intenta aumentar el control. Pero en el caso de la adolescencia esto es contraevolutivo. Lo propio de la adolescencia es que haya menos control de los padres que en la infancia, no más. Aquí está el origen de muchos conflictos en esta etapa. Ante pequeñas dificultades del camino, o a veces sin que las haya, los padres afrontan su miedo a la adolescencia de los hijos aumentando el control sobre ellos. A lo cual ellos reaccionan rebelándose a ese mayor control, lo cual confirma el miedo de los padres y muchas veces les lleva a pensar que necesitan aún mayor control. Una espiral devastadora.

La clave de esa transición que es la adolescencia reside en dos preguntas que se plantean en esa edad y a las que todos respondemos con mayor o menor conciencia.

– ¿Quién soy?

– ¿Para qué estoy aquí?

La primera tiene que ver con mis formas de ser, mis limitaciones, mis virtudes y defectos, las influencias recibidas… La segunda se refiere a la orientación de la vida, los objetivos y el sentido de la misma. Son preguntas que siguen abiertas a lo largo de la vida, pero en esta etapa cobran mayor intensidad.

Dice el papa Francisco en el número 261 de Amoris Laetitia “la gran cuestión no es dónde está el hijo físicamente, con quién está en este momento, sino dónde está en un sentido existencial, dónde está posicionado desde el punto de vista de sus convicciones, de sus objetivos, de sus deseos, de su proyecto de vida” Si preguntamos a los padres y madres de adolescentes qué ha hecho su hijo el pasado fin de semana, es posible que muchos lo describan con claridad. Otros no tanto. Pero si les preguntamos cómo creen que se definirían sus hijos a sí mismos o a qué quieren dedicarse sus hijos en su vida (no sólo profesionalmente), es posible que el número de los padres que saben responder a esas preguntas sea menor o que la respuesta tenga mucho menor detalle. Podemos describir con rapidez sus vidas, con sus aciertos y sus errores, pero apenas sabemos cuáles son sus aspiraciones, sus metas.

Por eso es tan importante, al tiempo que nos preocupamos de sus estudios, el orden de su cuarto o sus relaciones sociales, que sepamos acompañarles en el camino de hacerse estas preguntas y responderlas conscientemente. Lo cual no quiere decir que se las respondamos nosotros. Una buena manera de crecer con ellos en esto es hacernos nosotros esas mismas preguntas, tratar de respondérnoslas y que ellos nos vean hacerlo.

III Ciberencuentro – Scholas Occurrentes

Desde el grupo de educadores, que organizamos las charlas sobre educación y en línea con las propuestas educativas del Papa Francisco os invitamos a participar en este encuentro de Cátedras Scholas en el que se dialogará por grupos internacionales sobre las propuestas de la Universidad del Sentido, recogiéndose al final cuestiones y propuestas que concreten este proyecto educativo.

El Papa Francisco nos decía el pasado 5 de junio que  “crisis significa originalmente “ruptura”, “tajo”, “apertura”, “peligro”, pero también “oportunidad” (…) Nunca te adentres solo en la crisis, andá acompañado”. Siguiendo esta enseñanza, los invitamos a participar del III Ciberencuentro Internacional de Profesores e Investigadores que tendrá lugar el martes 23 de junio de 16.00 a 18.30 hora de Roma (11 a 13.30 de Buenos Aires).

No es casual que en un momento donde el mundo se detiene, nuestro querido Pontífice, anuncie formalmente la creación de la Universidad del Sentido como un nuevo espacio de formación para las nuevas generaciones.

Con la misma metodología de los encuentros anteriores vamos a “escuchar, crear y celebrar” a partir de la presentación de la Universidad del Sentido efectuada por el Papa Francisco el pasado 5 de junio.

 

 

Cuatro formas desastrosas de intentar ejercer la autoridad con los hijos.

A los padres en general nos preocupan nuestros hijos. Los queremos. Queremos que sean responsables. Sabemos que tenemos el deber de educarlos para ello. Muchas veces tropezamos en el cómo. Porque en ocasiones, utilizamos algunos métodos que consiguen justo el efecto contrario al pretendido. Vamos a detenernos en cuatro de ellos:

1.- Criticar sistemáticamente: poner el foco en lo negativo del hijo de forma permanente. Subrayar sus fallos. Pasarse la vida señalando errores y cosas a corregir. Dar por descontados los logros y progresos, sin valorarlos ni apreciarlos. Hay quien piensa que hay que ayudar al hijo a darse cuenta de sus errores. Y para eso los señala sistemáticamente.

Lógicamente, el hijo que es criticado sistemáticamente termina por no sentirse aceptado, valorado ni querido. Y reacciona mal. Y el padre que ve que reacciona mal, trata de corregir esa mala reacción, con lo cual agrava el problema.

Forma parte de la tarea de los padres corregir los errores de nuestros hijos. Pero no puede ser lo que ocupe más tiempo de nuestra tarea, porque el hijo se acaba alejando afectivamente.

 

2.- Ridiculizar: consiste en exponer de forma burlona o despectiva los fallos del hijo, independientemente de si se hace con razón o no, o si se hace en público o en privado. Algunos padres intentan, de este modo, “hacer reaccionar” al hijo. Algo así como ponerle las banderillas al toro para estimularlo y que actúe de una forma diferente.

Pero cuando se ridiculiza un hijo se transmite un mensaje de desprecio. Algo así como “no vales la pena”. Y lo habitual es que ese mensaje provoque una reacción negativa en forma de rebeldía o depresión. Rara vez produce una reacción positiva.

Corregir a nuestros hijos debe hacerse sin transmitir un mensaje tan destructivo. Desde la confianza en sus capacidades y sin humillarlo.

3.- Culpabilizar: “si te portas así, papa y mamá van a acabar separándose”, “por tu culpa me va a entrar un cáncer”, son maneras de intentar que el hijo se sienta culpable por posibles consecuencias de sus actos e intentar que cambie de conducta. Existe la errónea creencia de que, si el hijo se siente mal por algo, dejará de hacerlo y por eso algunos padres intentan agudizar el sentimiento de culpa en el hijo.

De esa manera se pone una losa enorme sobre las espaldas del hijo, que le impide crecer con libertad.

Porque una cosa es sentirse mal por algo que he hecho y otra aprender a hacer las cosas de otra manera. Experimentar un sentimiento dura un instante, aprender a comportarme de otra forma es un proceso.

4.- Descalificar globalmente: consiste en calificar la cond ucta de nuestro hijo con un adjetivo que describe por completo a su persona. Por ejemplo, cuando llamo cerdo a mi hijo por tener la habitación desordenada. A veces usamos estas expresiones de una manera inconsciente en medio de una bronca o regañina, sin darnos cuenta que un cerdo lo es desde que nace hasta que muere. Y lo es en cualquier lugar y situación, no cambia.

El problema de esto es que, aunque tenga una parte de verdad, la descalificación global es injusta y ante un mensaje así de injusto el hijo tiene dos opciones: si acepta el mensaje, se desanima. Si lo rechaza se ve obligado a pelear contra quien se lo lanza, con lo que, además de no corregir nada, hemos generado otro problema.

Si lo que queremos precisamente es que nuestro hijo cambie, es preferible señalar la conducta a corregir y aplicar una consecuencia, pero no convertir esa conducta en el elemento que describe toda la persona del hijo.

 

Diego Velicia, psicólogo del COF Diocesano.

Sexo, hombres y grupos de guasap

Nunca pasa nada. “En Lugo ¿Nunca pasa nada?” Con esta pregunta arrancaban las amigas de Impunidade Carioca una reflexión sobre la lucha que llevan adelante contra la prostitución y todos los alrededores de corrupción que se mueven en torno a esta forma de esclavitud.

Y es verdad. A simple vista, no pasa nada. No pasa nada que llame la atención porque la prostitución se va normalizando y “lo normal” no destaca. Y esa es una primera lucha que hay que hacer: desvelar que sí pasan cosas, pero que no se ven. Cosas que transcurren ocultas aunque se estén normalizando: violencia, vejaciones, explotación, esclavitud, trata de personas… delitos, al fin y al cabo, que se normalizan.

De la misma manera que muchas de las políticas que hoy se proponen como de eliminación de la prostitución y que solo son de ocultación como, por ejemplo, sacar a las mujeres de las calles y que estén en pisos y que de esta manera aumente la violencia, la esclavitud… y que parezca que disminuye cuando aumenta realmente; de la misma manera el negocio de la explotación de la mujer transcurre por canales ocultos y privados como son los grupos de guasap.

Hoy en día todos estamos en muchos grupos de guasap. En unos porque queremos, en otros porque nos meten, en otros porque no queda más remedio… Todos y todas. Pero si eres hombre es posible que estés en alguno exclusivo de varones. Compañeros del trabajo, del equipo de fútbol de los sábados, de antiguos compañeros del colegio…

Os cuento la realidad de uno: 40 antiguos alumnos de colegio religioso. Varones. 45 años. Formado por profesionales de distintos sectores abogados, periodistas, asesores políticos, ingenieros, empresarios, técnicos, educadores… Casados la mayoría, con hijos, bastantes con hijas de 20 años. El grupo se crea para una comida de aniversario de 25 años después de salir del colegio. Y también como manera de ponernos en contacto profesional. Interesante. ¡Quién no va a querer estar!

El grupo funciona. La comida se celebra. Los contactos suceden, todo es bueno y razonable. Hasta que un buen día viernes llega el primer mensaje… “Feliz viernes. Raisa…” con foto de chica, desnudada, en pose, muy muy joven. En un grupo ocasional se destapa la vorágine como una botella de champan. Ya no hay stop.  “Pibón”, “¿De dónde la has sacado?”… llega un enlace a una web. El 90% participa. Al día siguiente otra foto. El domingo un vídeo. Dos, tres… otra foto. Se ve que hay tiempo para perderlo. El lunes ya es un no parar de fotos, chistes, comentarios a las fotos y los vídeos…

El grupo de hombres tranquilos, familiares, padres ideales… se ha disparatado. Los mensajes se hacen exponenciales. Las notificaciones se disparan, te ves obligado a vaciar la memoria del móvil cada rato. Las imágenes y vídeos se descargan automáticamente en los teléfonos de manera que cada uno va llevando un catalogo pornográfico en el bolsillo. Cada vez es más fácil reenviar y difundir desde este grupo a otros. Lo que llega por “Antiguos alumnos” se manda a “Los de futbito” y de ahí a “cuñados”…. Algunos hasta te vuelven a llegar de vuelta de tanto que se reenvían.

No tarda en llegar otro aniversario. Propuesta de quedada a cenar… y a un club. Ojo: padres de familia, esposos, profesionales de buena reputación. El organizador: “Yo busco el restaurante y fulano que se encargue de las chicas”. Lo normal. Tras tanto porno teórico se necesita pasar a la acción. Estos tienen dinero y pagarán. Pero los que no tengan dinero lo tomarán por la fuerza. Y en grupo se es más fuerte, más manada.

Llegado este momento. Hemos hecho top. Me bajo de esa basura. Yo quiero el grupo. En él algunos de nosotros tenemos negocios en común, somos clientes o proveedores de servicios, somos amigos desde hace 40 años. Pero no para eso. Lo advierto. Y llegan promesas de moderación. Aguanto. En 15 días es peor. Ya no son desnudos y porno, con la violencia que ya entrañan, en sí mismo es sexo violento extremo. Adiós.

Había que irse. Un clic lo hacía posible. Pero irse sin explicarlo solo seria cerrar los ojos, taparse la nariz y dejar que todo siguiera transcurriendo como si no pasase nada. Redacte mi explicación y la mandé.

“Adiós amigos. No puedo entender como este grupo ha derivado a esta basura contra la mujer. Mandáis fotos de muchachas que tienen la edad de nuestras hijas sin pudor ninguno. Son hijas de otros hombres y mujeres, la mayoría victimas de trata traídas de Rumanía, Nigeria, Rusia, Colombia… para ser abusadas, violadas por dinero, esclavizadas… La violencia que practicáis difundiendo eso colabora a que haya más demanda de ese tráfico de personas.
Fotos de chicas que pueden ver vuestros hijos pequeños de 10, 11, 12 años cada vez que les prestáis el móvil para mandar un guasap a la abuela. Que verán como normal disponer y compartir esos vídeos. Que desearan imitaros. Que compartirán en sus institutos esas vejaciones. Que acabarán practicándolo como lo normal.
Os rasgáis las vestiduras por el caso de la manada porque tenéis miedo por vuestras hijas, los que las tenéis. Y los que tenéis hijos decís que estáis tranquilos porque ellos no corren peligro al volver de noche. Pero os equivocáis. En el fondo tenéis miedo porque un día, una noche, una de vuestras hijas puede ser víctima de los cuatro hijos de cuatro amigos de este grupo; porque vuestros hijos demandan lo que os han visto hacer en la soledad de vuestros teléfonos.
Tenéis miedo porque todos sabéis que la presión económica puede llevar a vuestras hijas a ser prostituidas por un grupo de amiguetes de vuestros hijos, que llevan aprendiendo de sexo en vuestros teléfonos desde hace años y ahora quieren practicar el abuso que han aprendido. Quieren ser como vosotros. Sois sus héroes. Como dicen ellos “sois el puto amo”. O incluso podréis encontraros a la hija de un conocido en una de vuestras cenas.
Parad amigos. Parad. Sois profesionales, sabéis que la demanda provoca oferta. Y vuestro consumo de pornografía y prostitución está generando que miles de mujeres sean objeto de trata para enriquecer a unos cuantos esclavizándolas y para vuestra propia degradación como personas. Ya no mirareis a vuestras hijas con los mismos ojos, ni a vuestras esposas o parejas. Dejad de engañarlas.
No deseo seguir en este grupo para esto. Me tenéis a vuestra disposición por privado. Un abrazo”.

Alguno me tachó de exagerado. Muchos callaron. Otros tantos me agradecieron, por privado, mis palabras, con las que estaban de acuerdo pero… seguirían en el grupo. Solo uno salió del grupo, sumándose a mis razones. Y otros dos, siempre hay alguno que no se entera, pensaron que quería seguir recibiendo los mensajes por privado y me los mandaban… Los tuve que bloquear.

Hay que hacer que pase algo. No nos debe ser indiferente pasear por nuestras calles y ver los anuncios en los parabrisas de los coches con las fotos de chicas esclavizadas en clubs. No podemos dejar que pase indiferente la regulación por parte de los políticos de esta forma de esclavitud, que sea parte de la corrupción política, que empresarios, políticos, policías, abogados,… sean conniventes porque hay negocio para todos.

Por eso te reclamo tres cosas sencillas.

  • Si llega el caso, no reenvíes mensajes de ese tipo que humillan a las mujeres y te degradan como hombre.
  • Dos: redacta tu motivación y compártela con otros hombres.
  • Y tres: busca a quien ya lucha asociadamente y préstale colaboración dándole tu apoyo. Ese servicio puedes hacerlo. Haz que pase. La trata de personas empieza en tu teléfono y un pequeño paso comienza a pararla. (1)

Que no veamos el problema no elimina el problema… Que no veamos el drama de la prostitución no acaba con la prostitución, lo oculta para empeorarlo. En pisos y en tu teléfono. Y no es un problema de mujeres. Es un problema de los hombres: mientras no cortemos la demanda, mientras no hagamos posible cortar los canales de reenvío, mientras no vayamos a eliminar las causas de esta esclavitud… nuestras familias, ciudades y sociedad padecerán la indignidad, porque nunca pasa nada. Hasta que pasa.

Julián García


(1) En España ya hay juez, jueza, Pilar de Lara, perseguida por combatir la trata de personas, defender a las víctimas y poner encima de la mesa la corrupción en torno a este negocio. También hay que defender a los que defienden.

El origen de muchos malentendidos.

¡Cuántas discusiones comienzan con un malentendido! ¡Cuántos conflictos y heridas nos ahorraríamos si no se produjese un mal entendimiento de lo que el otro ha hecho o dicho!

La mayoría de las personas tenemos la experiencia de problemas que se han generado porque alguien no ha entendido correctamente a otra persona. Ahora bien ¿por qué suceden los malentendidos?, ¿cómo podríamos disminuirlos?

Las personas tendemos a interpretar la intención y el sentido de los actos que otras personas llevan a cabo. Esta interpretación la hacemos conforme a un código que ha sido conformado por nuestras experiencias, nuestra profesión, nuestra educación, nuestra cultura, nuestro estado emocional, nuestras expectativas, nuestras relaciones personales…

El hecho de que hagamos esta interpretación tiene numerosas ventajas: en primer lugar, las personas nos sentimos seguras cuando creemos conocer los móviles y sentimientos de las otras personas hacia nosotros, y necesitamos esa cierta sensación de seguridad. Además, tener un código para interpretar las conductas de los demás nos proporciona explicaciones inmediatas, que no requieren de mucha reflexión y que nos permiten reaccionar con rapidez, en muchas ocasiones de forma acertada.

Imagine el lector esta situación: una mujer llega de trabajar y el marido ha pasado la tarde con los hijos en casa. Ella le pregunta cómo ha ido la tarde y él simplemente resopla. Ella interpreta ese resoplido cómo cansancio, como una petición de ayuda y le dice “¿quieres que me encargue yo de los baños y la cena?”. No ha hecho falta mucha información, para que ella se dé cuenta de que ha sido un mal día. Ella no necesita reflexionar mucho para decidir qué hacer. Se ofrece. Eso ahorra tiempo y energía.

Esta forma de funcionar tiene el inconveniente de que, si no acertamos en la correcta interpretación de la conducta del otro, nuestra reacción puede responder a una clave equivocada. Y entonces se produce una especie de cortocircuito comunicativo. Esto se acentúa si somos personas muy rígidas que estamos muy seguros de nosotros mismos y dudamos poco de nuestras interpretaciones, con lo que consideramos nuestras conclusiones como hechos. Hay que tener en cuenta, además, que en las relaciones más estrechas somos más inflexibles en el uso del código, nos fiamos más de nuestras conclusiones.

Volvamos al ejemplo de antes. Si la mujer interpreta el resoplido del marido como un reproche por llegar tan tarde, en vez de como una petición de ayuda, es posible que reaccione poniéndose a la defensiva: “no sé porque resoplas tanto, yo también estoy cansada”. Fácilmente se iniciaría una discusión, que, alimentada por el cansancio de los dos, enseguida cobraría virulencia.

Para tratar de evitar este tipo de situaciones podemos hacer varias cosas:

– en primer lugar, tener una actitud más humilde, menos segura de la exactitud de las conclusiones que hemos obtenido. Eso no quiere decir que nos pasemos el día dudando de nosotros mismos (sería agotador), pero sí que al menos admitamos la posibilidad de no tener razón.

– también podemos tomar distancia del hecho en si. Para eso es bueno pararse un momento, no dejarse llevar por la primera respuesta y pensar un poco. A ello ayuda imaginar que, en vez de haberlo padecido nosotros, nos lo estuviera contando un amigo ¿qué conclusión sacaríamos de lo que nos cuenta? Seguro que es más realista.

– otra forma consiste en tratar de confirmar nuestra conclusión preguntando al otro directamente. En una relación en la que hay intimidad no debería haber miedo a hacerlo.

– y, por último, revisar nuestro código de interpretación. Tal vez estemos realizando interpretaciones conforme a situaciones vividas en otras relaciones y las estamos aplicando a una relación actual, aunque sea diferente.

Diego Velicia, psicólogo del COF Diocesano de Valladolid.

Ayudar a nuestros hijos a reflexionar no es hablar mucho

Nuevo curso escolar, nuevas tareas académicas. Tareas de nuestros hijos, en las que a veces tenemos que colaborar los padres de una u otra forma. Colaborar con las tareas académicas de nuestros hijos no quiere decir que seamos nosotros los responsables de ellas. A veces el miedo al fracaso de nuestros hijos nos hace asumir como propias, tareas que les corresponden a ellos.

Ese miedo nos lleva a asumir el control del tiempo de estudio, de la corrección de los ejercicios, hace que les preguntemos la lección… Y eso que hacemos con los estudios, lo aplicamos también a pequeñas tareas cotidianas: volver al colegio a llevarle el almuerzo porque se le ha olvidado, preparar la mochila para que no se le olvide nada…

A medida que crecen y entran en la adolescencia empezamos a decirle cómo tiene que comportarse con sus compañeros para ser aceptado, o cómo tiene que pensar ante una noticia del telediario.

Y los abrumamos con sermones, reflexiones, explicaciones… Y  convertimos en una rutina el dar a nuestros hijos las respuestas a preguntas que no se han hecho. Y esas respuestas (aunque sean las mejores del mundo) caen en un terreno infértil, no producen su fruto.

¿Qué es un terreno fértil? Aquel del que brota una pregunta. Hay una etapa del desarrollo de los niños en que es frecuente que hagan preguntas para comprender el por qué de las cosas. Que los niños y adolescentes se hagan preguntas es fundamental para afrontar la vida. Tres capacidades preparan a ello.

La primera es la capacidad de sorprenderse.  La sorpresa orienta los sentidos a aquel estímulo que nos sorprende. La sorpresa es una emoción que no necesita estimularse sino que brota espontáneamente en los niños. Pero los adultos podemos anularla abrumando a los niños con ofertas, juguetes, regalos, opciones… Para mantener la capacidad de sorpresa de nuestros hijos conviene tener un cierto ambiente de orden, porque donde hay desorden no hay sorpresa. Requiere también una austeridad, porque la abundancia de cosas dificulta la capacidad de que algo sea imprevisto. Y requiere también  un ambiente familiar donde no haya mucho ruido (sermones, TV, gritos, maquinitas) porque donde hay ruido es más difícil sorprenderse.

El segundo elemento que colabora a preparar un terreno fértil es la atención. La atención sirve para evitar la dispersión, permite observar los detalles de las cosas y su importancia, nos ayuda a ser capaces de contemplar los propios errores.

¿Cómo acrecentar la atención de nuestros hijos? Permíteme, lector, hacerte una pregunta: piensa en algo que te llame la atención, así en general. Una vez que lo hayas hecho hazte la pregunta ¿porqué esto me llama la atención? Surgirán muchas respuestas, pero todas tienen un denominador común: un deseo. Un deseo de conocer más, de acercarse, de entender, de experimentar más de aquello que llama la atención. Sin ese deseo no hay atención.

Las condiciones externas son condiciones necesarias, pero no suficientes. Si no hay deseo, puede existir el ambiente más favorable del mundo, pero no habrá atención. La voluntad suple en ocasiones la falta de deseo, pero con resultados bastante menos brillantes. Educar el deseo pasa por aprender a tolerar la frustración, aprender a esperar, no dejarse llevar por el capricho y asumir las consecuencias de las propias decisiones, pero también por ser capaz de apreciar lo bueno, lo bello, lo verdadero de las cosas.

El tercer y último elemento es  la reflexión, que permite que ese terreno se abra dispuesto a recibir la semilla de una respuesta. Ante una realidad ante la que uno se sorprende y a la que presta atención, llega el momento de preguntarse ¿por qué pasa esto? ¿Cómo funciona? ¿Por qué ha respondido así? ¿Qué hubiera hecho yo en ese caso?

Que los chicos nos vean preguntarnos a nosotros mismos. Que les hagamos las preguntas a ellos. Que no les demos las respuestas sin que se hagan las preguntas y escuchemos sus respuestas.

Diego Velicia, psicólogo del COF Diocesano