El cristianismo agónico de Miguel Delibes

Rafael Narbona

El ser humano es la única especie con una comprensión clara de lo que significa la muerte. Sabe que la vida es frágil e incierta, y se pregunta si no cabe esperar otra cosa que una nada destructora. Desde una perspectiva estrictamente materialista, una vez abolida la conciencia por el colapso del cuerpo, desaparece el individuo y con él todo lo que le acompaña, un vasto universo de recuerdos, vivencias, enseñanzas y afectos.

En ‘La condición humana’, André Malraux señala que se tarda sesenta años en forjar a un hombre. Todo lo anterior solo es un largo y doloroso aprendizaje. Lo trágico es que cuando se alcanza la madurez, ya solo cabe esperar la muerte, pues a esa edad el cuerpo y la mente empiezan su declive. La vida es un áspero camino que desemboca en el no ser.

Miguel Delibes se planteó ese problema desde su primera novela, ‘La sombra del ciprés es alargada’, Premio Nadal 1947. Educado por Mateo Lesmes, un maestro impregnado de pesimismo, Pedro -el protagonista- conocerá la muerte temprano. Alfredo, su mejor amigo, fallecerá cuando se hallaba a punto de pisar el umbral de la adolescencia, dejando atrás una niñez desdichada.

Delibes solo tenía veintisiete años cuando escribió una novela que recogía de forma intuitiva los grandes dilemas de la filosofía existencialista. Ya entonces se interrogaba si el hombre era un-ser-para-la-muerte o una criatura abocada a la plenitud augurada por la tradición cristiana.

En 1950 publica ‘El camino’, la historia de Daniel, el Mochuelo, un niño de once años que se prepara para abandonar su pueblo y estudiar en la ciudad. La noche anterior evoca su vida anterior, con la sensación de estar a punto de ser expulsado del paraíso. Entre sus recuerdos destaca la muerte de Germán, el Tiñoso, que murió mientras perseguía a una culebra en el río.

Escuchimizado, endeble y enfermizo, su muerte muestra con crudeza la precariedad de la existencia, que puede malograrse simplemente con un mal paso o un resbalón en una piedra húmeda. La muerte de Germán, el Tiñoso, representa una conmoción para Daniel, el Mochuelo. Es el acontecimiento que marca el paso definitivo hacia la madurez. Frente al hecho de la muerte, únicamente cabe esperar el consuelo de la esperanza, que anuncia la resurrección de todo lo que existió un día.

En 1959, aparece ‘La hoja roja’, donde Delibes vuelve a incidir en el tema de la muerte. Eloy, un hombre que acaba de jubilarse, afronta el tramo final de su existencia sin otro apoyo que la Desi, la joven criada que lo cuida. Tras la muerte de Isaías, su mejor amigo, y el desengaño que le produce una breve convivencia con su hijo en Madrid, solo le queda el cariño de una joven pueblerina que también carece de lazos afectivos, especialmente después de que su novio acabe en la cárcel por homicidio.

La esperanza no es una convicción abstracta, sino algo que nace del encuentro con los demás. La fraternidad es lo que salva al hombre de la incertidumbre y el escepticismo. Delibes nos muestra que el camino hacia Dios siempre pasa por el otro. Solo cuando una mirada ajena corrobora y restaura nuestra humanidad herida irrumpe la esperanza, no ya como algo hipotético, sino como una realidad efectiva. El reino de Dios no es una elucubración, sino la mesa compartida de Eloy y la Desi, donde dos soledades superan su doloroso aislamiento mediante el cariño mutuo.

Separadas por casi veinte años, ‘Las ratas’ (1962) y ‘Los santos inocentes’ (1981) muestran la preferencia de Delibes por los pobres, un sentimiento plenamente evangélico. El Nini, “un niño sabio”, sobrevive comiendo ratas. Le llaman sabio porque sabe mucho de las cosas del campo. Mientras la sequía atormenta al miserable pueblo castellano donde sobrevive, profetiza que el viento del norte traerá la lluvia y salvará las cosechas. Los vecinos se refieren a él como “Jesús entre los doctores”. Frente al embrutecimiento de su padre, el Tío Ratero, actúa con sensibilidad y delicadeza. La miseria no ha conseguido endurecer su corazón. Al revés, lo ha acercado a los que sufren.

Preferencia por los humildes

En ‘Los santos inocentes’, la Niña Chica y Azarías, ambos con deficiencia mental, encarnan la inocencia maltratada por los ricos y poderosos de la tierra. El señorito Iván, un rico y chulesco propietario, trata a los criados con brutalidad y menosprecio. Delibes no esconde su antipatía hacia él y su compasión hacia esos seres inocentes que soportan los golpes de un mundo inmisericorde. “Opté por los más débiles”, confesó Delibes en una entrevista.

“El hecho de que yo me incline por el hombre humilde y por el hombre víctima revela, imagino, mi espíritu democrático, pero no menos mi espíritu cristiano”. Aunque el escritor vallisoletano luchó en la Guerra Civil como voluntario de la marina franquista, enseguida se distanció del régimen. La violencia que presenció le hizo comprender que aquello no era una Cruzada, sino una matanza donde se habían desatado odios atávicos.

Ambos bandos compitieron en barbarie, pero la pobreza que afligía a gran parte de la población explicaba la ferocidad de los perdedores de la historia, humillados y ofendidos por una minoría satisfecha. No sería posible una reconciliación hasta que la dictadura dejara paso a una sociedad libre y más igualitaria. Delibes nunca deslindó lo literario de lo ético. Toda su obra se apoyó en un “fondo moral inalterable”. Esa actitud también impregnó su día a día: “Ética y estética se han dado la mano en todos los aspectos de mi vida”.

La prematura muerte de su mujer, Ángeles de Castro, sumió al escritor en un profundo abatimiento. Sin ella, que le había dado siete hijos, su tendencia a la melancolía se exacerbó. Ángeles de Castro murió en 1974, con solo cincuenta años. Hasta 1991, Delibes no publicó ‘Señora de rojo sobre fondo gris’, un bellísimo homenaje a la compañera perdida. “Cuando murió mi mujer, Dios me ayudó, sin duda –comentó a un periodista-. Tuve esta sensación durante varios años, hasta que logré salir del pozo. A veces, Dios ayuda. Ayuda a mucha gente que lo reconoce así. Los evangelios de Cristo son estimulantes a este respecto“.

En ‘Señora de rojo sobre fondo gris’, habla sobre la fe, dirigiéndose a la esposa muerta: “Tu madre conservó siempre viva la creencia. […] Su fe era sencilla pero estable. Nunca la basó en accesos místicos ni se planteó problemas teológicos. No era una mujer devota, pero sí leal a los principios: amaba y sabía colocarse en el lugar del otro. Era cristiana y acataba el misterio. Su imagen de Dios era Jesucristo. Necesitaba una imagen humana del Todopoderoso con la que poder entenderse. […] Cristo era el cimiento. En particular el Cristo del sermón de la montaña. Era la suya una fe simple, ceñida a lo humano; un cristianismo lineal, sin concesiones”.

Delibes está describiendo en parte su fe, pues entendía el cristianismo como amor hacia el ser humano, solidaridad con su sufrimiento, comprensión y tolerancia, acogida y ternura. El Dios cristiano había adoptado un rostro para acercarse al mundo, pues quería dejar claro que era Padre y Hermano, como se aprecia en las Bienaventuranzas, una llamada a la paz y el encuentro, a la fraternidad y a la misericordia. Delibes no era amigo de devociones ni misticismos, sino de un compromiso ético que se tradujera en la defensa de los más frágiles y vulnerables.

Cuestión de fe

El imperativo de tomar partido por los débiles le hizo oponerse al aborto: “el óvulo fecundado es algo vivo, un proyecto de ser, con un código genético propio que con toda probabilidad llegará a serlo del todo si los que ya disponemos de razón no truncamos artificialmente el proceso de viabilidad. De aquí se deduce que el aborto no es matar (parece muy fuerte eso de calificar al abortista de asesino), sino interrumpir una vida; no es lo mismo suprimir a una persona hecha y derecha que impedir que un embrión consume su desarrollo por las razones que sea. Lo importante en este dilema es que el feto aún carece de voz, pero, como proyecto de persona que es, parece natural que alguien tome su defensa, puesto que es la parte débil del litigio”.

Aunque siguiera el magisterio de la Iglesia, la fe de Delibes no estuvo exenta de inseguridades, crisis y vacilaciones. Educado en un colegio católico, se alejó de la religión, como otros jóvenes de su generación, pero nunca llegó a la ruptura. Siempre se declaró cristiano y católico aunque, “desgraciadamente no libre de dudas que en ocasiones me torturan”. No sin cierto humor, especulaba sobre el más allá: “Espero que Cristo cumpla su palabra”. Aclaraba que –desde su punto de vista- el Reino de Dios no sería solo una prolongación de la existencia, sino una nueva vida con “paz y justicia perdurables”.

Delibes siguió con entusiasmo el Concilio Vaticano II. Como director de El Norte de Castilla, envió a Roma a José Luis Martín Descalzo y a José Jiménez Lozano para cubrir el acontecimiento, reservando a sus crónicas un espacio destacado.

Su última novela, ‘El hereje’, aparecida en 1998, describe la penetración de las ideas erasmistas y luteranas en la España del siglo XVI. Su protagonista, Cipriano Salcedo, está inspirado en su amigo y compañero José Jiménez Lozano. Al igual que Lozano, que sería Premio Cervantes, Salcedo es un cristiano sincero que anhela una Iglesia renovada y más fiel al Evangelio. Miguel Delibes nunca esquivó el tema religioso, pero jamás cayó en el proselitismo. En su fe vibra la angustia unamuniana y una honda sensibilidad social.

Frente a la creciente deshumanización de los grandes espacios urbanos, Delibes proponía buscar lugares a la medida del hombre, como los pueblos. Fue un pionero en la denuncia de la España vacía. Amante de Castilla, especialmente de la Vieja, cuyos campos recorrió practicando la caza menor (nunca fue capaz de disparar a un corzo, pues su mirada le parecía muy humana), lamentó que las autoridades dejaran morir unos pueblos donde el hombre aún vivía en estrecho contacto con la naturaleza. No idealizó su estilo de vida.

Retrató con crudeza la dura lucha por la subsistencia de unas regiones con escasez de recursos y un clima adverso. Escritor atento al latir de su tiempo, toda su obra expresa la convicción de que el Evangelio, lejos de ser un vestigio del pasado, nos incita a crear un mundo más humano, más fraterno, más benévolo.

Espero que sus dudas se hayan resuelto ahora que su alma descansa en el seno de la verdad y el amor eterno. Quizás ha comprendido que morir, como escribió Rahner, es “hacer sitio” a los que vienen detrás, el último acto de amor gracias al cual se renueva la vida.

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