Los santos inocentes

“A mandar, que para eso estamos”

En esa frase se podría resumir prácticamente el desarrollo de la película “Los santos inocentes”, basada en la célebre novela de Miguel Delibes y llevada a la gran pantalla en 1984 por Mario Camus.

La vida cotidiana de una familia en un cortijo extremeño, a las órdenes de los señoritos de turno; una imagen habitual en la España del hambre, la España de los años sesenta que tan lejana nos puede parecer ahora, pero que sigue estando muy cercana, tanto aquí como en otras partes del mundo.

“A mandar, que para eso estamos”

Se nos presenta la historia desde distintos puntos de vista, los de cada uno de los miembros de la familia protagonista, cómo viven ellos la realidad que les rodea, las relaciones entre amos y siervos: aceptación, impotencia, sumisión, intento de huída, sentimiento de injusticia, rebeldía… pero siempre con respeto a los demás, especialmente a los mayores y los más débiles.

“A mandar, que para eso estamos”

Paco, el Bajo es la figura centra de la película, de la familia protagonista, un trabajador nato que trata de buscar lo mejor para sus hijos, lo que no tuvo para sí mismo, que puedan salir del entorno caciquil al que él parece resignado, una educación que les ayude a vivir de otra manera, pero siempre desde el respeto a los demás. Finalmente será lo que harán Quince y Nieves, trasladándose de la España rural a la industrial que representa la ciudad, donde se abre un mundo quizá no tan distinto en muchos aspectos al que conocieron en su infancia.

“A mandar, que para eso estamos”

Régula es un personaje aparentemente en segundo plano, pero tal vez el que mejor refleja la conciencia de la opresión en que viven sometidos y la lucha por la supervivencia, propia y de la familia; el cuidado y la defensa y promoción en todos los sentidos de los suyos y los que les rodean. Un espíritu fuerte, que carga sobre sí el peso de los demás acaso con resignación, pero también con un amor ejemplar.

“A mandar, que para eso estamos”

En otro plano se sitúan personajes como Azarías o la Niña Chica, quizá los más entrañables de la historia, unidos en su necesidad de cariño y comprensión, vulnerables y precisamente por eso más arropados por la familia.

Mención aparte corresponde a los otros, los enriquecidos de la película, para los que el “a mandar, que para eso estamos” es una auténtica obligación, pero una obligación para los que están a su servicio, considerados como instrumentos para satisfacer sus necesidades o caprichos.

¿Y nosotros? ¿Dónde nos situamos? La sociedad que nos presenta la película puede considerarse que ya ha desaparecido, que ya no hay personas sometidas a la voluntad y capricho de los demás… ¿o tal vez sí? De una u otra manera sigue estando rodeándonos por doquier, sigue habiendo gente que quiere mantener sometida y dominada a otra gente, tanto aquí como en los países empobrecidos (evidentemente mucho más en estos).

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