La sombra de Miguel Delibes es alargada

Rafael Narbona

Fuente: Revista de Libros

El 17 de octubre de 2020 se cumplen cien años del nacimiento de Miguel Delibes. Su obra aún goza de prestigio, pero se lee poco, supuestamente porque ha quedado anticuada. Su realismo, a pesar de innovaciones puntuales, parece de otra época, cuando los pueblos y las pequeñas ciudades eran el horizonte de la mayoría de los españoles. Su afición a la caza menor le aleja aún más de las nuevas generaciones. Para muchos, Delibes ha envejecido mal y tiene pocas cosas que decir a los más jóvenes. Creo que es un juicio injusto y equivocado. La obra de Delibes anticipa muchos aspectos de nuestro presente: la creciente deshumanización de las relaciones personales en los grandes espacios urbanos, la epidemia de soledad derivada de la incapacidad de establecer vínculos duraderos, la degradación de la naturaleza por su explotación irresponsable, la crisis de los valores morales y espirituales alentada por un creciente nihilismo, la destrucción de la intimidad por el desarrollo de una tecnología que penetra en todos los ámbitos, la manipulación de las conciencias por los medios de comunicación de masas, las intolerables desigualdades que arrojan a la marginación a miles de personas, el menosprecio de los ancianos y los enfermos, la necesidad de superar el trauma colectivo que supuso la Guerra Civil («la gorda», por utilizar la expresión empleada en Madera de héroe). Podemos decir que Delibes fue un visionario en su crítica de la modernidad, no un nostálgico del pasado, y un español que comprendió la urgencia de sanar las heridas abiertas por la confrontación entre las dos Españas. Dos Españas que solo pueden interpretarse como una inaceptable mutilación de lo que debería ser una nación con una mirada crítica sobre su pasado y una apertura permanente hacia un porvenir de concordia y prosperidad.

LA BÚSQUEDA DE LA AUTENTICIDAD

«La preocupación fundamental de Miguel Delibes –escribe Gonzalo Sobejano– no parece ser otra: hallar el camino que conduzca a la plena realización de la persona (o revelar el camino que lleva a su falsificación como tal)». El anhelo de autenticidad y coherencia recorre toda su obra. Delibes no sermonea, pero es un moralista. Su literatura no es una simple expansión de su mundo interior, sino una manifestación de un impulso ético de comprensión y análisis. No es un escritor con una ideología, sino con un compromiso: comprender al hombre, dignificarlo, escarbar en su interior, situarlo en el devenir histórico y suprimir todo lo que lastra su evolución espiritual, hundiéndolo en pasiones indignas, como el odio, la intolerancia y la ambición desmedida. No voy a recrear el itinerario vital y creativo de Delibes, tantas veces reconstruido por exégetas más competentes. Mi propósito es reconstruir su pensamiento, abordando sus discursos más emblemáticos –el de ingreso en la Real Academia de la Lengua Española en 1975 y el de recepción del premio Cervantes 1993-, su amor por el mundo rural y su pesimismo existencial, aliviado por su fe cristiana. No sería capaz de decir cuál es la obra maestra de Delibes. Para muchos, Cinco horas con Mario, un contundente ataque contra los valores del nacionalcatolicismo y una meticulosa disección de los afectos de un matrimonio frustrado por los prejuicios de la España que se aferra al pasado, oponiéndose con fiereza a los cambios. Quizás sea su mejor libro, pero yo creo que su primera novela, La sombra del ciprés es alargada, galardonada con el Premio Eugenio Nada 1947, contiene los elementos esenciales de su concepción de la vida. No es la obra más perfecta, pero sí la más intensa y sincera. Miguel Delibes, «hombre de fidelidades», nunca se distanció de las inquietudes existenciales de su juventud, herida por la Guerra Civil, en la que participó como marino del crucero Canarias. Su identificación inicial con el régimen franquista se resquebrajó muy pronto, sin desembocar en posiciones radicales, como sí sucedió con otras figuras de su generación, como José María Valverde, falangista en sus inicios y comunista en su madurez. Durante sus años como subdirector y director de El Norte de Castilla, sus enfrentamientos con la censura no cesaron de crecer. Se negaba a publicar entrevistas con capitostes del régimen, pasaba por alto el Día de la Victoria, ignoraba a ministros, protestaba cuando le prohibían llamar «maestro» a Ortega y Gasset, informaba de mala gana sobre las visitas del Caudillo. En una carta a su primo Jaime Alba le confiesa: «Cada día me siento más vejado, enfurecido y roído de escrúpulos en este cargo. Tan sólo me consuela el hecho de que, al menos, mi sensibilidad no se haya acorchado». Cuando Manuel Fraga Iribarne intenta maquillar la dictadura mediante una tímida liberalización, Delibes se niega a colaborar con la maniobra. Empieza a recibir advertencias desde Madrid. Tiene que desplazarse a la capital para aguantar broncas y recibir consignas. Se desahoga en el terreno de la narrativa, publicando Las ratas y Viejas historias de Castilla la Vieja, donde denuncia el abandono de los pueblos, afligidos por la pobreza, con una población decreciente y sin expectativas de futuro. Para controlarle, nombran a un subdirector cuyo cometido será ejercer de comisario político. Agotado por la tensión, Delibes dimite y se marcha una temporada a Estados Unidos para ejercer de profesor visitante en la Universidad de Maryland. Años más tarde, volvería a El Norte de Castilla, integrándose en el consejo de redacción. En 1975, le ofrecieron dirigir El País. Un año antes había perdido a su esposa, Ángeles Castro, y se negó, declarando que no quería quedarse viudo también de sus otros dos amores: El Norte de Castilla y el Real Valladolid.

Apropiándonos del título de una popular serie televisa sobre la naturaleza realizada por su amigo Félix Rodríguez de la Fuente, al que Delibes dedicó Los santos inocentes, podemos decir que el hombre y la tierra son los pilares de su universo literario. Se ha dicho que el pensamiento de Delibes puede definirse como «humanismo ecológico». De convicciones cristianas, siempre situó al hombre en el centro de sus ficciones, artículos y ensayos. Profundamente identificado con el espíritu del Concilio Vaticano II, Delibes se alineó con los pobres, oprimidos y marginados, defendiendo su derecho a una vida digna, sin agravios ni exclusiones. Amante de la naturaleza, exaltó los pueblos como un espacio a la medida del hombre, donde es posible llevar una existencia más acorde con nuestras necesidades físicas y espirituales. No se puede afirmar que odiara las ciudades, pero jamás se sintió cómodo en ellas. En alguna ocasión, las comparó con gigantescos aparcamientos. En el medio urbano, el asfalto sepulta la tierra, abortando la relación con la naturaleza. Lo humano queda desplazado por los criterios de eficiencia, rentabilidad y beneficio. La búsqueda de la privacidad destruye el deseo de comunicación, propiciando el desarraigo y la soledad. Un pueblo es una comunidad, un espacio para el encuentro; una ciudad, una colmena, un lugar para el ensimismamiento. La ciudad parece abocada a lo efímero. La urgencia desplaza a la contemplación tranquila de las cosas. Por el contrario, un pueblo invita a mirar con calma el paso del tiempo. Los días transcurren sin grandes sobresaltos, complacidos con la repetición de ciertas rutinas. No se trata de simple quietud, sino de anhelo de permanencia. En las ciudades se muere día a día; en los pueblos se respira el aroma de la eternidad. Delibes vivió obsesionado por la muerte, aferrándose a la esperanza cristiana. En una ocasión, le preguntaron qué epitafio escogería para su tumba. «Cristo, espero que cumplas tu promesa», contestó con ese humor tímido y discreto que circula por sus libros. Delibes no concebía la inmortalidad como una simple promesa individual, sino como la garantía de una justicia cósmica que corrigiera las abominaciones de la historia.

LA VIDA DE LOS OTROS

Delibes es un escritor cervantino. Tolerante e indulgente con las flaquezas humanas, intentó comprender a sus personajes, no juzgarlos. Desde el principio, entendió que formaban parte de su evolución personal. No eran meras criaturas de ficción, sino hitos de su trayectoria vital, casi más reales que su existencia misma. De ahí que en su discurso en la ceremonia de entrega del Premio Cervantes 1993 agradeciera el galardón, afirmando que sus criaturas eran su «biografía», no un simple «carnaval literario». Pesimista y melancólico, Delibes citó en esa ocasión a Cecilio Rubes, hombre de negocios y protagonista de su novela Mi idolatrado hijo Sisí, que exclama: «Si yo tuviera setenta años me moriría del susto». Varias décadas después, el miedo se hizo realidad. La vejez irrumpió lentamente, revelando que la vida del narrador se hace más breve porque «se enajena para vivir en sus personajes». El escritor siempre vive abstraído, desdoblado, explorando otras realidades, donde sus hijos de papel se expanden a costa de su energía creadora. Como un buen padre, un autor da la vida por sus vástagos y nunca interrumpe su quehacer, inmolando hasta el último minuto de su cotidianidad: «¿Cuántas veces el novelista, traspuesto en fecundo y lúcido duermevela, no habrá resuelto una escena, una compleja situación de su novela?». Solo experiencias muy intensas, como el nacimiento de un hijo o la muerte de un ser querido, pueden suspender ese estado de ensoñación. Para infundir vida en una personaje, lo personal y subjetivo pasa a segundo término. El propio yo se diluye y anonada. De alguna forma, la ficción devora la existencia, apropiándose de su vitalidad y energía. El novelista transforma sus ilusiones en realidad objetiva. De hecho, esos personajes se insertan en el mundo real e influyen en su devenir. Aunque Delibes no los menciona, es inevitable pensar en Alonso Quijano y Sancho Panza. Indudablemente, el mundo habría sido diferente sin su aparición. Lo quijotesco ya es un poderoso aspecto de lo real y nuestro concepto del sentido común está tamizado por la bonhomía de Sancho Panza.

Para Delibes, la humildad es un requisito imprescindible para escribir. Hay que dejar del lado el ego y permitir que los personajes usurpen el protagonismo de su creador. «Pasé la vida disfrazándome de otros –prosigue Delibes en su discurso del Premio Cervantes–, imaginando, ingenuamente, que este juego de máscaras ampliaba mi existencia, facilitaba nuevos horizontes, hacía aquélla más rica y variada». Solo más tarde descubrió que ese «juego mágico» le vaciaba por dentro. En cada desdoblamiento perdía algo de sí mismo. Dejaba de vivir en el mundo para vivir en una entelequia. Se ha dicho que el novelista comete un deicidio, pero Delibes más bien percibe que cada obra alumbrada por la imaginación representa un suicidio: «Veía crecer a mi alrededor seres como el Mochuelo, Lorenzo el cazador, el viejo Eloy, El Nini, el señor Cayo, el Azarías, Pacífico Pérez, Gervasio García de la Lastra, seres que «eran yo» en diferentes coyunturas. Nada tan absorbente como la gestación de estos personajes. Ellos iban redondeando sus vidas a costa de la mía». Con la edad, Delibes descubrió que esas otras vidas gestadas por su ingenio adquirían consistencia, espesor, mientras él envejecía y, de alguna forma, se diluía. «En buena parte, ellos me habían vivido la vida, me la habían sorbido poco a poco. Mis propios personajes me habían disecado, no quedaba de mí más que una mente enajenada y una apariencia de vida. Mi entidad real se había transmutado en otros, yo había vivido ensimismado, mi auténtica vida se había visto recortada por una vida de ficción». Delibes bromea con su vejez. A los setenta y dos años, los amigos le desean que conserve la cabeza muchos años, pero se pregunta: «¿Qué cabeza? ¿La mía, la del viejo Eloy, la del señor Cayo, la de Pacífico Pérez, la de Menchu Sotillo? ¿Qué cabeza es la que debo conservar?». El escritor es una especie de dios que se inmola para que viva su obra. No es una idea nueva, sino un mito arcaico que ha sobrevivido, mostrando que el arte no es una actividad inofensiva o recreativa, sino una fatalidad.

Miguel Delibes en 1926

Delibes inició su andadura con La sombra del ciprés es alargada, galardonada con el Premio Nadal 1947, y finalizó con El hereje, Premio Nacional de Narrativa 1999. Su obra podría definirse como una interminable búsqueda existencial. Mateo Lesmes y Pedro, maestro y discípulo en La sombra del ciprés es alargada, meditan largamente sobre el sentido de la vida, sin llegar a una conclusión esperanzadora. Sus especulaciones solo agudizan su melancolía, espoleada por una dolorosa conciencia de finitud. Cipriano Salcedo, el protagonista de El hereje, también persigue certezas en vano. Su aproximación al espíritu de la Reforma no le librará de la insatisfacción interior. Hay algo intrínsecamente valioso en el devenir de estos personajes: la exaltación de la libertad, la reivindicación de la autonomía moral, el desafío a la autoridad. No se puede hablar de vida verdaderamente humana, si no es posible elegir. La herejía no es una desviación o un error, sino la esencia de la libertad, pues expresa una rebeldía. Delibes reclama el derecho a desviarse del camino trazado por la mayoría. El hereje es un explorador infatigable, un zahorí que busca ideas nuevas en el yermo de las ilusiones frustradas. Cipriano Salcedo es profundamente humano, pues convive con dudas y flaquezas, miedos e inseguridades. Delibes nunca es cruel con sus criaturas. Parece imposible simpatizar con Carmen, Menchu, la viuda que vela a su marido en Cinco horas con Mario, pero Julián Marías sale en su defensa: «No comparto la hostilidad que los críticos suelen sentir por la pobre Menchu; es una figura de carne y hueso, de singular veracidad, y lo humano es siempre interesante; está llena de vida, de deseos, de reacciones inmediatas». Clasista, intolerante y ambiciosa, Menchu no perdona que su marido no comprara un seiscientos, obligándola a viajar con las criadas y los paletos en autobuses de línea. Su forma de pensar produce rechazo, pero su estrechez de miras suscita compasión. Su mundo interior es tan pobre que ni siquiera hay espacio para el amor, la compasión o la ternura. Su rencor y su egoísmo muestran claramente su infelicidad. Delibes es un demiurgo compasivo que nunca abandona a sus criaturas a una indignidad sin posibilidad de redención. Incluso los más repugnantes, inspiran cierta piedad. Sus pasiones destructivas los alejan de sus semejantes, abocándoles a vivir en la ira, el odio y la insatisfacción, como es el caso del señorito Iván de Los santos inocentes.

El corazón de Miguel Delibes se rompió con la prematura muerte de su mujer, Ángeles Castro. En su discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua Española, entonó un planto conmovedor: «Desde la fecha de mi elección a la de ingreso en esta Academia me ha ocurrido algo importante, seguramente lo más importante que podría haberme ocurrido en mi vida: la muerte de Ángeles, mi mujer, a la que un día, hace ya casi veinte años califiqué de “mi equilibrio”. He necesitado perderla para advertir que ella significaba para mí mucho más que eso: ella fue también, con nuestros hijos, el eje de mi vida y el estímulo de mi obra, sobre todas las demás cosas, el punto de referencia de mis pensamientos y actividades. Soy, pues, consciente de que con su desaparición ha muerto la mejor mitad de mí mismo».

LA NATURALEZA HERIDA

Miguel Delibes leyó su discurso de ingreso en la Real Academia el 25 de mayo de 1975. Titulado «El sentido del progreso desde mi obra», comenzaba admitiendo su incomodidad con el frac que se había visto obligado a vestir para una ocasión tan solemne. Como hombre de pueblo, prefería un indumento más modesto que reflejara su sencillez. Admitía que, lejos de ser un modelo de corrección gramatical, sus libros se hallaban plagados de leísmos y laísmos, algo inevitable en un señor de Valladolid. No le preocupaba demasiado, pues sabía que esa forma de escribir nacía del contacto con una versión del idioma castellano particularmente viva y llena de matices. Los pueblos de Castilla quizás no son un ejemplo de «buen decir castellano», pero sí son una prueba de riqueza e ingenio. Delibes nunca ocultó su amor a Castilla y su incapacidad de vivir en ningún otro sitio. Su vínculo con la tierra incluía un compromiso con el hombre. No era un latido místico, sino un ejercicio de solidaridad que volcaba su atención sobre los más infortunados. «Yo he tomado en mi literatura –explica Delibes– una deliberada postura por el débil. En todos mis libros hay un acoso del individuo por parte de la sociedad y siempre vence ésta. Y esto en cualquiera de mis protagonistas, por dispares que sean, desde el burgués Cecilio Rubes de Mi idolatrado hijo Sisí, hasta el Nini de Las ratas, que para sobrevivir tiene que cazar y comer estos animales. A pesar de la distancia social o de clase que evidentemente existe entre ambos personajes, en definitiva nos encontramos con dos seres frustrados y acosados por un entorno social implacable». La frustración y el acoso no han hundido a los castellanos en la degradación moral; siempre se han caracterizado por su espiritualidad sencilla. Delibes señala que el cielo de Castilla es tan alto porque lo han levantado los castellanos de tanto mirarlo.

Miguel Delibes se quejaba de las acusaciones de reaccionario que se habían vertido contra él cuando público El camino, acusándole de ser reacio a la modernidad por exaltar el medio rural en oposición a las grandes ciudades. No se había comprendido que Daniel, el Mochuelo, encarnaba la protesta contra la catástrofe ambiental provocada por el desarrollo industrial. La pequeña villa donde vivía Daniel era más humana y racional que una civilización donde los hombres se convertían en borregos encadenados a la rueda del consumo. Maltratada por la química y la mecánica, la Naturaleza se rebela de vez en cuando, desencadenando epidemias y cataclismos. Sorprende la lucidez de Delibes, que se anticipa a su época, demandando un equilibrio entre el medio ambiente y el progreso tecnológico. Si no se logra alcanzar un desarrollo sostenible, advierte Delibes, el mundo avanzará hacia un suicidio colectivo. La solución no es renunciar al progreso, sino someterlo a las necesidades reales del hombre. Delibes apela al Manifiesto de Roma, aparecido en 1968, donde se aboga por el regreso a pequeñas comunidades autosuficientes que administren los recursos de forma racional y ordenada, aprovechando los desperdicios orgánicos y no creciendo por el simple hecho de crecer. Este giro sería «un gran servicio al hombre, con lo que automáticamente dejarían de existir países imperialistas y países explotados. […] Tales conquistas y tales frenos, de los cuales apenas se advierten atisbos en los países mejor organizados, imprimirían a la vida del hombre un sentido distinto y alumbrarían una sociedad estable, donde la economía no fuese el eje de nuestros desvelos y se diese preferencia a otros valores específicamente humanos». La resistencia de Daniel, el Mochuelo, a integrarse en una sociedad despersonalizada que inventa necesidades imaginarias, nace del amor al hombre y a la tierra. La meta del progreso debe ser el bien común y no el dispendio. La técnica ha de estar al servicio de las necesidades reales. Un tercio de la humanidad vive en el despilfarro, mientras el resto sufre el acoso del hambre. Hay que revitalizar los valores humanos y cultivar la armonía con el planeta Tierra, nuestro hogar. La historia de Daniel, el Mochuelo, es un canto a una bella utopía que no ha perdido vigencia.

Miguel Delibes celebra que el hombre haya llegado a la Luna, pero al mismo tiempo deplora que nuestra especie siga abocada a elegir entre la explotación capitalista y la opresión totalitaria. Cita los ejemplos de Alexander Dubcek y Salvador Allende, dos idealistas cuyos esfuerzos no sirvieron de nada. Nuestra civilización es consciente de que se va a pique, pero vive como si no existiera el futuro, buscando el beneficio inmediato, con independencia de sus costes. Delibes compara los efectos indeseados del progreso con un culatazo, mencionando el caso del DDT, que diezmó los parásitos y ayudó a combatir la malaria y otras enfermedades tropicales, pero que acabó incorporándose a los organismos animales, contaminando su sangre. Según las estadísticas, la leche materna de los humanos contiene niveles tóxicos para la salud. Algo semejante sucede con los vuelos supersónicos. Se puede volar de París a Nueva York en seis horas, pero en ese vuelo se consume la misma cantidad de oxígeno que la empleada por veinticinco mil personas para respirar. Los vuelos a reacción nos ponen en contacto con otras latitudes, pero ese prodigio no ha implicado una mayor cercanía en el plano emocional: «Estamos más juntos –y aún lo estaremos más– pero no más próximos».

La medicina –continúa Delibes en su discurso de ingreso a la Real Academia– ha duplicado la esperanza de vida en pocos años, pero el individuo cada vez es una variable más insignificante. En la era de la sociedad de masas, el humanismo, que subraya el valor irrepetible de cada existencia individual, parece un lujo o una extravagancia. Las nuevas generaciones ya no son educadas en los valores humanísticos. Los estudios clásicos son relegados en los centros de enseñanza en beneficio de las materias técnicas. Delibes habla de «tecnociencia» para describir el nuevo paradigma cultural, recordando que la literatura no es un adorno, sino un aspecto esencial de la cultura: «un pueblo sin literatura es un pueblo mudo». Todo está orientado al bienestar, pero cabe preguntar qué se entiende por bienestar. La espiral del consumo ha fijado un solo objetivo: disponer de medios materiales, acumular bienes, comprar sin límite. «El dinero se erige así en símbolo e ídolo de una civilización. El dinero se antepone a todo; llegado el caso, incluso, al hombre». Se producen mercancías superfluas y se despliega toda la persuasión posible para incitar su adquisición. Todo se subordina a ese objetivo. En las playas españolas de los años cincuenta aún imperaba la moral católica, exigiendo pudor a los bañistas hasta el extremo de imponer la segregación por sexos. La llegada del turismo cambió todo. El bikini se impuso por una simple razón: generaba divisas. La búsqueda del beneficio ha impulsado la fabricación en cadena, destruyendo el amor por la obra bien hecha y despersonalizando al trabajador. La rueda del consumo exige que todas las mercancías posean una vida efímera. Nada debe durar demasiado. Los países capitalistas y comunistas comparten esa estrategia. Todas las ideologías convergen en la apoteosis del consumo. El materialismo se ha impuesto en todas las latitudes. «Al teocentrismo medieval y al antropocentrismo renacentista ha sucedido un objeto-centrismo que, al eliminar todo sentido de elevación del hombre, le ha hecho caer en la abyección y la egolatría».

La civilización de la tecnociencia ha acentuado la voluntad de poder. Los bloques ya no se conforman con ejercer el liderazgo. Las armas nucleares han abierto una nueva posibilidad: el exterminio del adversario, su aniquilación total. Solo el riesgo de destrucción mutua frena la guerra atómica, generando un equilibrio de terror que mantiene a la humanidad en un estado de alarma permanente. La vieja táctica de «pan y circo» se ha reforzado con la aparición de un nuevo juguete universal: el televisor. Su poder de comunicación ha engendrado una nueva pedagogía cuyo objetivo es adocenar, manipular y dirigir, enajenando la capacidad de pensar. La política simplifica sus mensajes para llegar a más espectadores, reemplazando el pensamiento por consignas. Se oculta al mismo tiempo que se acumulan desechos radioactivos que podrían causar una catástrofe ecológica. En el Estado de Washington, cerca del río Columbia se han enterrado ciento veinticuatro tanques de acero y hormigón con doscientos millones de litros de desechos radioactivos. Si un terremoto de modestas proporciones, como el que se produjo en 1918 en Corfú, agrietara uno de esos recipientes se liberaría una radioactividad equivalente a la que desencadenaría una guerra nuclear donde se emplearan todas las armas atómicas existentes. Delibes alerta sobre los riesgos de la guerra bacteriológica y las modernas formas de espionaje, que invaden la intimidad con técnicas cada vez más sofisticadas. En el siglo XX el ser humano ha encendido un volcán y se ha instalado en sus faldas, olvidándose de los riesgos. «¿No se nos habrán escapado de las manos las fuerzas que nosotros mismos desatamos y que creímos controlar un día?».

Miguel Delibes dedicó gran parte de su discurso de ingreso a la Real Academia de la Lengua a la agresión perpetrada por las modernas sociedades industriales contra la naturaleza. «El hombre de hoy usa y abusa de la Naturaleza como si hubiera de ser el último inquilino de este desgraciado planeta, como si detrás de él no se anunciara el futuro. La Naturaleza se convierte así en el chivo expiatorio del progreso». El crecimiento ilimitado conduce al desastre, pues los recursos naturales no son inagotables. Cualquier intento de mejorar la naturaleza, como desecar lagunas o aniquilar los mosquitos, altera el equilibrio natural, provocando una cadena de desgracias. Las imágenes de nuestro planeta tomadas desde el espacio exterior evidencian la fragilidad de nuestro hogar. La Tierra solo es un punto insignificante en un universo con cien mil millones de galaxias. Las reservas mundiales de petróleo, hierro, plomo, cinc, estaño, cobre y otros recursos fósiles y minerales ya tienen fecha de extinción. Mientras tanto, la población mundial no cesa de crecer. El hacinamiento y la contaminación son un cóctel letal. La ansiedad, la angustia y la depresión se propagan como una epidemia, provocando una escalada de suicidios. En comparación con los pueblos, las ciudades registran unas cifras mucho más altas de tragedias: se duplican los asesinatos, las violaciones se multiplican por tres, se roba siete veces más. Miguel Delibes apunta que Erich Fromm no iba desencaminado al señalar que una «economía sana» produce hombres enfermos. Un alto nivel de consumo no es sinónimo de felicidad. Nadie está a salvo en una sociedad donde la insatisfacción crece sin tregua. «Navegamos en un mismo barco y todo lo que no sea coordinar esfuerzos será perder el tiempo. […] Nuestro planeta se salvará entero o se hundirá entero». Delibes cita a Roberto Rossellini, según el cual «nuestra civilización morirá por apoplejía porque nuestra opulencia contiene en sí las semillas de la muerte». Hemos aprendido a competir, pero no a caminar juntos. Delibes le da la razón a Alain Hervé: si queremos conservar la vida, hay que cambiarla. Es necesario detener la agresión a la Naturaleza. De no hacerlo, la espiral de deshumanización se agudizará, poniendo en peligro la convivencia. La ruptura del equilibrio en el orden natural acabará convirtiendo la Tierra en un lugar inhabitable, al menos para el hombre.

Miguel Delibes recuerda las palabras de Torrente Ballester en relación a su literatura. El novelista gallego señaló que para el vallisoletano «el pecado estaba en la ciudad y la virtud en el campo». Delibes aclara que su perspectiva es más compleja. El culto al progreso y la técnica ha destruido la cultura rural, sin alumbrar un paradigma alternativo. Los hombres y mujeres que han crecido en aldeas sienten que se les arrebata su lenguaje y su paisaje, abocándolos a una dolorosa impersonalidad. No es posible vivir sin referencias. La experiencia pierde su potencial creador cuando carece de cauces para expresarse. El auge del «homo tecnologicus» confina en los diccionarios palabras del medio rural. Algunas ya han desaparecido. ¿Qué será del paisaje, sin hombres que lo habiten y lo nombren, salvándolo del curso impersonal e indiferenciado de lo estrictamente biológico? No es suficiente preservar la Naturaleza. Hay que conservar su intimidad milenaria con el hombre. Cada vez que muere una palabra o un paisaje se queda deshabitado, la humanidad pierde algo irremplazable. Miguel Delibes afirma que sus personajes se resisten a diluirse en las grandes concentraciones urbanas, pues intuyen que allí no serán nada. «Se trata de seres primarios, elementales –reconoce el autor de El camino y Los santos inocentes-, pero que no abdican de su humanidad; se niegan a cortar las raíces. A la sociedad gregaria que les incita, ellos oponen un terco individualismo». Pretenden conservar su diferencia irreductible. «La ciudad uniforma cuanto toca; el hombre enajena en ella sus perfiles característicos. La gran ciudad es la excrecencia y, a la vez, el símbolo del actual progreso». Delibes cita a Isidoro, protagonista de Viejas historias de Castilla la Vieja, según el cual «ser de pueblo es un don de Dios» y «ser de ciudad es un poco como ser inclusero». Nini, el niño sabio de Las ratas, es capaz de predecir el tiempo o buscar remedios para una enfermedad, pero cuando le llevan un carburador estropeado se encoge de hombros. Su sabiduría es sabiduría de la vida, no de lo inventado y tecnológico. Esa forma de ser revela una oposición interna al efecto desintegrador del progreso.

Delibes augura un porvenir complicado para su obra: «Me temo que muchas de mis propias palabras, de las palabras que yo utilizo en mis novelas de ambiente rural, como por ejemplo aricar, agostero, escardar, celemín, soldada, helada negra, alcor, por no citar más que unas cuantas, van a necesitar muy pronto de notas aclaratorias como si estuviesen escritas en un idioma arcaico o esotérico, cuando simplemente han tratado de traslucir la vida de la Naturaleza y de los hombres que en ella viven y designar al paisaje, a los animales y a las plantas por sus nombres auténticos». Delibes cita a Juan Gualberto, el Barbas, protagonista de La caza de la perdiz roja. Juan se lamenta de las prisas que atosigan al hombre de las grandes ciudades. Acostumbrado a volar a Nueva York en pocas horas, no encuentra ningún sentido a esperar pacientemente en un puesto de caza, charlando de esto y aquello, comiendo un trozo de queso y algo de vino o mirando al cielo. La técnica impone su ritmo endiablado, frustrando los pequeños placeres de antaño. Delibes exalta la búsqueda de sus personajes: Pedro, el protagonista de La sombra del ciprés es alargada, aplaca su pesimismo vital en el mar; Sisí, el hijo de Cecilio Rubes, comprende el sentido de la vida en la naturaleza; la Desi, la criada analfabeta de La hoja roja, acude a sus recuerdos de infancia para olvidar su miserable existencia. Delibes afirma que sus personajes hablan poco no tanto por un exceso de individualismo, sino por un profundo escepticismo. «No son, pues, asociales, insociables ni insolidarios, sino solitarios a su pesar. Ellos declinan un progreso mecanizado y frío, es cierto, pero, simultáneamente, este progreso los rechaza a ellos, porque un progreso competitivo, donde impera la ley del más fuerte, dejará ineluctablemente en la cuneta, a los viejos, los analfabetos, los tarados y los débiles. Y aunque un día llegue a ofrecerles un poco de piedad, […] siempre estará ausente de ella el calor». Delibes señala que esos personajes pertenecen a la legión de los humillados y ofendidos. Un Dios «eternamente mudo» y una Tierra cada vez más estragada parecen haberse olvidado de ellos. El prójimo es una realidad cada vez más lejana. Delibes reivindica las protestas sociales y estudiantiles que han logrado algunos éxitos, como acabar con la Guerra de Vietnam. Ha sido una victoria de los jóvenes, que siguen luchando contra el equilibrio del terror de las superpotencias nucleares y que piden el fin de las agresiones contra la Naturaleza. Ese clamor enciende la esperanza de Delibes, que se resiste a llevar su pesimismo hasta una estéril desolación.

Julián Marías contestó a Delibes, examinado su trayectoria y alabando su sensibilidad ecológica. Destacó que su amor por la Naturaleza era indisociable de su amor por el hombre. ¿Ha perdido actualidad la defensa de la Naturaleza realizada por Delibes en su discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua? Pienso que no. De hecho, el calentamiento global ha puesto de manifiesto que las alarmas de Delibes, casi premonitorias, no eran injustificadas. Sin embargo, su visión del mundo rural está algo idealizada. En los pueblos, hay dignidad y belleza, pero también prejuicios e intolerancia. Se excluye al diferente y apenas se respeta la intimidad. Delibes no era un reaccionario, pero su perspectiva es incompleta. El campo puede ser un escenario bucólico, pero también un paisaje de crudeza y penalidades.

LA PASIÓN DE CAZAR

Siempre que surgió la ocasión, Miguel Delibes se definió como  «un cazador que escribe». Delibes amaba a la naturaleza porque sitúa al hombre en su perspectiva original, cuando sobrevivir exigía lucha, esfuerzo, sufrimiento. La caza no es una afición ni un deporte, sino un regreso a los orígenes. El ciclo de la vida solo puede continuar con la muerte de otros seres. Ignorarlo u ocultarlo, significa falsificar la realidad. En Diario de un cazador, Lorenzo, el protagonista, confiesa que una escopeta «le hace suspirar más que cualquier mujer», pues la caza es lo único que le hace sentirse realmente vivo. En una larga entrevista con Manuel Leguineche, Delibes explicaba las claves de su pasión por la caza, destacando su afición a la perdiz roja: «Te exige un mayor esfuerzo, una mayor dedicación. Es también más escasa, es mucho más difícil derribarla porque vuela lejos y rápido».

La caza de la perdiz roja exige la colaboración de un perro bien adiestrado. Sin él, la perdiz se oculta entre la maleza, las pajas o las hierbas del arroyo. Delibes evoca a su perra Dina, que tan bien levantaba las piezas, indicando que los perros solo se convierten en eficaces colaboradores cuando han crecido con su amo. Sin una estrecha simbiosis, el binomio humano-perro no funciona. Delibes sitúa la caza por delante de la escritura e incluso de las necesidades más vitales: «He dicho muchas veces que podría vivir sin comer, pero no podría vivir sin cazar, y en efecto, prefiero privarme de cualquier otra cosa que de la posibilidad de salir al campo cuando se abre la veda». Cita a Lorenzo, el protagonista del Diario de un cazador: «En tiempos de Lorenzo, el ideal del cazador era ser un hombre libre, sobre una tierra libre, contra un pájaro libre». Delibes se queja de la inevitable racionalización que ha impuesto el incremento de las licencias de caza, pero opina que es una circunstancia mucho mejor que las cacerías del franquismo, que popularizaron el ojeo, propiciando matanzas indiscriminadas que ponían en peligro el equilibrio ecológico. La caza sirve para regular las poblaciones, salvo cuando se convierte en una carnicería libre de reglas, particularmente en una época donde el número de licencias de caza ha pasado en pocos años de tres mil a casi un millón. Cuando Manuel Leguineche le pregunta qué tal tiraba Franco, Delibes contesta: «No tengo ni idea, pero yo supongo que un hombre que va a cacerías a las que tira 2.000 o 3.000 cartuchos tiene que ser muy malo para no llegar a acertar. Yo no me he relacionado nunca con ninguno de sus acompañantes, por tanto, no puedo opinar». Delibes señala que Juan Carlos I es un buen cazador que no mide el éxito por el número de piezas abatidas, sino por la belleza del lance.

El verdadero cazador no es un sanguinario, sino un hombre que ama la libertad y la naturaleza. «Para un verdadero cazador lo que tiene importancia es el despertar de la naturaleza, el ver los quiebros del perro, el ver la mejor manera de entrizar a las perdices y cercarlas, el conseguir que se entreguen ellas antes que tú, que lo de menos, si te pones a mirar, es la muerte del animal». El auténtico cazador no actúa atraído por la sangre y la violencia. Tampoco por el anhelo de presumir. «El cazador –afirma Delibes- es hombre abierto, aficionado al campo, hombre con tendencia a la soledad, hombre enemigo del gregarismo, enemigo de las multitudes». Es menos hermético que el pescador, que se reserva sus trucos. Busca la compañía y la camaradería, compartiendo lo que ha aprendido. Delibes habla de la estampa romántica del furtivo de otras épocas, pero advierte que no queda nada de eso. Actualmente, solo es un depredador incívico que utiliza toda clase de artimañas rastreras, como deslumbrar a las liebres con los faros de un coche y aprovechar su estupor para matarla. El furtivismo es una amenaza para la caza, pero también lo es la mecanización de la agricultura: «Un campo ordenado para la agricultura es desordenado para la caza; la caza gusta de la greñura, de la dificultad, de la maraña».

Delibes confiesa que le gustaría morir con la escopeta en la mano, pues la considera una prolongación de sí mismo, como la pluma. A los cincuenta y siete años, no siente que le haya salido la «hoja roja» que en los paquetes de papel de fumar avisa del fin de las existencias. Francisco Umbral comentaba que Delibes hacía metafísica con el «singular ejercicio humano de la caza». Muchas de sus jornadas de caza finalizaban con una sola pieza en el morral, tras largas caminatas por el campo. No le preocupaba. «Yo no soy un pirómano, sino un cazador esforzado, de escopeta y perro, no un carnicero, sino un cazador que cumple con la ley». Delibes admitía que no le agradaba la caza mayor: «matar un animal mayor que una liebre me da grima. Esos corzos y esos ciervos tienen ya los ojos muy humanizados, es un vertebrado muy evolucionado y no soy capaz de disparar sobre ellos. Ya la misma liebre me da una cierta dentera matarla cuando no queda muerta del tiro». No hay tanta crudeza al matar a una perdiz o una codorniz. De una sola perdigonada, caen al suelo. Hablando de uno de sus perros, un grifón, Delibes señalaba con humor que era «pacifista». Se asustaba con los tiros y se escondía detrás de sus piernas. Por supuesto, no se planteaba deshacerse de él.

Personalmente, no me gusta la caza. Me parece una actividad cruenta y, al vivir en el campo, he podido comprobar que muchos cazadores no sienten ningún respeto por el medio ambiente. Sin embargo, he disfrutado enormemente con los libros sobre caza de Miguel Delibes. No hay en ellos ninguna complacencia con la muerte o la violencia. De hecho, su amor a la naturaleza despunta por encima de cualquier hazaña cinegética. Delibes sostiene que la caza contribuye a mantener el equilibrio ecológico, controlando la población de las distintas especies. Sus argumentos pueden ser cuestionados, pero sus libros sobre la perdiz roja y la caza menor son indiscutiblemente hermosos. Su prosa elegante y sobria, muy castellana, desprende belleza en cada página, sin transigir con los alardes retóricos. Te hace sentir que paseas por esos campos de Castilla donde el hombre y la naturaleza aún pueden mirarse cara a cara,  sin experimentar extrañeza.

LA SOMBRA DEL CIPRÉS

La sombra del ciprés es alargada narra la historia de Pedro, un huérfano confiado por su tío a un matrimonio de Ávila, un maestro llamado Mateo Lesmes, con una visión trágica y pesimista de la vida, y su mujer, doña Gregoria, un ama de casa fría y convencional. Pedro crecerá con la pequeña Martina, hija única del matrimonio, la perrita Fany y Alfredo, un niño que se ha convertido en un estorbo para su madre, una viuda joven con un amante egoísta y sin escrúpulos. Fany es «una perrita ratonera con psicología de gato». Faldera, amante del fogón y cariñosa «desde el hocico hasta la punta del rabo», Pedro no necesitará esforzarse pare encariñarse con ella, pues su vitalidad manifiesta una alegría de vivir que no percibe en sus compañeros humanos, sumidos en una perpetua penumbra espiritual. Maniático y solemne, «don Mateo parece hijo de las piedras de Ávila». Enamorado de la ciudad, elogia a los hombres que levantaban murallas, castillos y conventos para estar más cerca de Dios. En nuestros días, el ser humano solo piensa en el instante, nunca en lo permanente y trascendente. Miguel Delibes muestra desde su primera novela su apego hacia las ciudades de provincia, cuyo tamaño hace posible una existencia más humana. Necesitamos sentir que pertenecemos a algún sitio, que algo nos sostiene y enraíza. No se puede vivir eternamente de paso, practicando un nomadismo que nos reduce a la condición de extraños en escenarios sucesivos. Mateo Lesmes aconseja austeridad. Hay que aprender a ser feliz con lo imprescindible, sin codiciar lo superfluo. No tener nada puede ser tan indeseable como acumular un vasto patrimonio. La angustia de carecer de cosas esenciales puede llegar a abrumar tanto como el miedo a perderlo todo. La «suprema quietud» solo se alcanza con las cosas sencillas: el afecto de una familia, la dignidad de un trabajo que responda a una vocación, el aprecio por el terruño natal. La muralla de Ávila expresa el anhelo de perennidad del hombre, trágicamente hostigado por el sentimiento de finitud. La fe –apunta Mateo Lesmes- nos revela que la dicha no se obtiene en este mundo. El hombre no es solo materia. Tiene alma y alberga la esperanza de preservar esa chispa divina. Es una aberración vivir solo para el mundo, pues lo caduco y provisional nunca calmará el hambre de eternidad que nos acompaña desde los primeros momentos de clarividencia.

Pedro aprende a base de sufrimiento. El atropello de Fany le revela la fragilidad de la vida. La perrita sobrevive, pero se queda coja. Todos los seres vivos son vulnerables, la existencia siempre pende de un hilo. La única forma de soportar esta amenaza es afianzarnos en el desasimiento. Cuanto menos vínculos afectivos y menos posesiones, menos posibilidades de sufrir. La muerte es una obsesión que atraviesa toda la obra de Delibes. El amor solo acentúa ese miedo, pues la propia muerte nunca es tan terrible como la pérdida de los seres queridos. Miguel  Delibes pareció anticipar la tragedia que le reservaba el destino: la pérdida prematura de su esposa. Hacia el final de su contestación al discurso de ingreso en la Real Academia del escritor vallisoletano, Julián Marías habló de Ángeles Castro: «Creo que no se puede entender la obra de Delibes sin tener en cuenta la realidad de su vida familiar: la compañía de tantos años de esa alegría serena que solíamos llamar Ángeles, esa mujer, a la vez maternal y niña, sencilla y clara, que con su mera presencia aligeraba la pesadumbre de la vida; los siete hijos que les fueron naciendo. A todos ellos los encontramos en las páginas que Delibes ha escrito. Ahora nos llega incurablemente herido; convaleciente hacia el trabajo, la creación y la esperanza de que “no todo se lo ha tragado la tierra”». Miguel Delibes necesitó diecisiete años para escribir sobre su mujer. «Ángeles siempre fue bella, pero, cuando la conocí, era tan bonita, inteligente y atractiva que tenía alrededor un centenar de moscones. Yo tenía un par de años más que ella, pero nos enamoramos, en el 46 nos casamos y en el 73 la perdí. Eso duró mi historia sentimental». Delibes recreó su relación con Ángeles Castró en Señora de rojo sobre fondo gris, una novela extraordinaria y conmovedora. Su pérdida, dolorosísima para un hombre profundamente enamorado, acentuó su obsesión con la muerte: «De mi propia muerte, lo único que me preocupa es el hecho físico de morir. Me gustaría que fuese de un modo rápido y en mi cama. Mi amargura precoz supongo que será una herencia neurótica como tantas otras cosas. Lo cierto es que la muerte para mí era una obsesión. Y no solo como posible protagonista de esa muerte».

Para una conciencia cristiana como la de Delibes, solo Dios puede abrir un nuevo horizonte. El mañana es esperanza, sí, pero esa expectativa siempre estará lastrada por la duda. No puede haber certezas de algo que acontecerá fuera del tiempo y el espacio. Solo cabe abrazar una promesa y perseverar en ella. En La sombra del ciprés es alargada, Pedro intenta atajar el riesgo de sufrir, desligándose de todo. Intentará convertir su individualidad en un parapeto inviolable. Su maestro le ha dado una lección magistral mientras contemplaban las murallas de Ávila, aconsejándole buscar la autosuficiencia de los estoicos, cuyo ideal de dicha se basaba en la sobriedad. El espíritu no necesita bienes, sino buenas ideas. Pedro procura seguir esas directrices, pero no logra espantar la muerte de su cabeza. Durante una visita al cementerio local, Alfredo, al que le une un cariño fraterno, le dice que morirá pronto, que su salud no es buena, y que no quiere ser enterrado bajo la sombra espectral de un ciprés, sino cerca de un pino, cuya sombra es más benévola. Pedro protesta, alegando que vivirá muchos años, pero Alfredo no se equivoca. La tuberculosis segará su vida a los doce años. El desenlace será precedido por una excursión clandestina y nocturna a los Cuatro Postes. Ávila es un lugar con una poderosa espiritualidad. En sus piedras se acumulan siglos de equilibrio. De noche, nevada e iluminada por la Luna, desprende el aroma de lo antiguo, bello y venerable: «Ávila emergía de la nieve mística y escandalosamente blanca, como una monja o una niña vestida del primera comunión. Tenía un sello antiguo, hermético, de maciza solidez patriarcal. […] Imaginé que no otra, en todo el mundo, podía ser la cuna de Santa Teresa. Porque su espíritu impregnaba, una por una, cada una de sus piedras y torres. Había en las nevadas almenas algo de una espectacular geometría ornada; algo diferente a todo, algo así como una alma alejada del pecado». Pedro comienza a comprender que la alegría es un estado del alma, no una cualidad intrínseca de las cosas. La excursión de Pedro y Alfredo que culmina en los Cuatro Postes, evoca la huida de Teresa de Ahumada y su hermano Rodrigo a tierra de moros para ser descabezados. Ambas peripecias convergen en el anhelo de inmortalidad, frustrado por los implacables límites de la historia y la biología. Cuando la muerte se lleva a Alfredo, Pedro descubre que el cuerpo, sin alma, es «un simple espantapájaros».

Miguel Delibes se mueve en la estela del existencialismo, preguntándose si la vida tiene algún sentido o es algo irremediablemente absurdo. «Morir no es malo para el que muere […]; es tremendo para el que queda navegando por la estela que el otro trazó, desbrozando, soportando una vida larga, fofa, despojada del menor aliciente». Alfredo es enterrado a la sombra de un pino y Pedro visita su tumba a menudo. Contempla con agrado cómo su copa se redondea, prodigando frescor. La pérdida de su querido amigo agudizará la sensación de vivir bajo el acecho de la muerte. Solo el consuelo de la fe, que abriga la esperanza del reencuentro con Alfredo, mitiga su tormento. Los dos amigos contemplaron en una ocasión la comitiva de un entierro. Un hombre seguía el féretro de su mujer. Ambos pensaron que vivir significaba peregrinar hacia la muerte, siguiendo el rastro de los seres queridos que desaparecen por el camino. El sino de los que viven es acumular pérdidas.

Ya de joven, Pedro se marcha a Barcelona para hacerse marino. Allí descubre que en las grandes urbes la historia es algo muerto, un vestigio del pasado; en cambio, en las pequeñas ciudades, la historia sigue viva. El mar aplacará su pesimismo: «el océano traía consigo la paz de los espíritus. Una paz sedante y fácil, que solo puede dar lo que no ofrece límite ni barrera en el espacio ni en el tiempo». Pedro fantasea con superar su visión trágica de la existencia: «Creí ingenuamente que mi enfermedad sin microbios podría ser tratada bebiendo intensa, pacíficamente, la Naturaleza, aletargándome en su contemplación, dejándome emparedar entre el cielo inmenso y el mar inmenso, y llenándome de su dilatación uniforme y vasta». Testigo de la guerra civil, Pedro afirma que la violencia, lejos de arreglar los conflictos, los agrava. La barbarie técnica ha incrementado el poder destructivo del hombre, que solo necesita pulsar un botón para exterminar miles de vidas. Después de contemplar el naufragio de un barco hundido por un submarino, el mar deja de ser una fuente de sosiego. Pedro maldice las guerras. No solo mutilan el cuerpo; también destrozan el alma. El pesimismo de Miguel Delibes nunca desemboca en la misantropía. Su delicadeza y ternura le impiden abominar del género humano. Los hombres hacen cosas horribles, pero también aman, crean y luchan por un mundo mejor. Pedro se enamora y se casa, pero su mujer muere en un accidente cuando la vida que albergaba en su interior comenzaba a despuntar. Vuelve a Ávila, huyendo del dolor. Sentir sus siglos de historia bajo sus plantas le mantiene arraigado a la vida. La tragedia no ha destruido su fe. Delibes concluye la novela con un grito: «Aún me quedaba Dios». Dios es la esperanza de un sentido que trascienda el desconcierto humano.

La sombra del ciprés es alargada contiene todos los elementos de la poética de Miguel Delibes: amor a la naturaleza («los árboles son unos buenos compañeros. Tienen la ventaja sobre los hombres de que no hablan tan alto. A veces, solo a veces, susurran»), apego a las pequeñas ciudades de Castilla, con su historia centenaria y su soplo místico, miedo tenaz a la muerte que solo se recorta con la expectativa de Dios, aprecio por la soledad, horror ante la deshumanización de los grandes espacios urbanos, nostalgia de una niñez donde se vivía con inmediatez y sin temor a la muerte, rebelión contra el absurdo, añoranza del silencio frente al estruendo de la civilización. Para Delibes, la única forma de escapar a la sombra alargada del ciprés es no guiarse exclusivamente por la razón. El corazón siempre es más sabio, pues sabe disfrutar del instante, sin pensar en lo que vendrá después.

Siempre que me adentro en los libros de Miguel Delibes me siento reconfortado por su humanismo, pero también me sacuden sus dudas existenciales. Su fe en Dios está oscurecida por el miedo a una nada destructora. La pérdida de su esposa acentuó ese temor, acercando su perspectiva a la de un Camus que busca infructuosamente un atisbo de esperanza. Delibes pertenece a la mejor tradición del realismo español. Su literatura desciende de Cervantes, Galdós y Baroja. No permaneció indiferente al auge de las innovaciones, que ensayó con fortuna en varias obras, pero el afán de narrar siempre prevaleció sobre la preocupación por el estilo. Desde su muerte, su obra ha caído en un relativo olvido, pero yo creo que volverá a ocupar el lugar destacado que le corresponde. Es uno de los grandes clásicos de las letras españolas, un gigante tranquilo que descansa bajo la sombra de un ciprés, pero que espera hacerlo un día en el regazo de Dios, libre al fin del opresivo reinado de la muerte.