La geopolítica de los dibujos animados

Fuente: elordenmundial.com

Los dibujos animados conquistan corazones y mueven miles de millones de dólares. Pero eso no es todo, amigos: la animación también juega en el tablero político. Lo hace desde sus comienzos: durante las Guerras Mundiales, los dibujos animados enseñaban a los niños a reconocer al enemigo; en tiempos de la Guerra Fría, sus protagonistas traducían la ideología al lenguaje de la animación. Hoy, son una de las herramientas del poder blando.

¿Qué tienen en común la princesa del hielo, la familia Parr y unos seres redondos y amarillos? Uno, que son personajes de dibujos animados; dos, que estos dibujos son estadounidenses; y tres, que son los protagonistas más rentables de la industria de la animación: las dos partes de Frozen, la secuela de Los Increíbles y Los Minions han sido los dibujos animados que más taquilla han hecho a nivel mundial. Si se amplía el foco, ocho de las diez películas de animación más taquilleras son producidas o distribuidas por Disney. Y todas son estadounidenses.

Pero la animación no es un reino de hadas, sino una industria altamente competitiva. Y la competición no se acaba a nivel de taquilla o de audiencias: los mensajes transmitidos por los dibujos animados llegan, cual aguja hipodérmica, a las mentes de los más pequeños, los hipnotizan a través de las pantallas y les susurran lo que tienen que hacer y cómo deben comportarse… O esto se pensaba en los albores de la televisión y de la propaganda. Se creía que un estímulo televisivo provoca, como una inyección, una respuesta casi automática en el público. Por eso, el personaje de Superman fue acusado de inducir a los más pequeños a saltar por la ventana, en un intento de aprender a volar.

El tiempo demostró que los mensajes que salen en las pantallas no programan respuestas automáticas. Pero su papel no se debe minusvalorar. El poder ha cambiado, y la fuerza ha dejado el pedestal a la influencia, la persuasión y la seducción: el poder blando. Uno de sus ingredientes es la industria de los medios. Los datos de taquilla dejan claro qué imperio mediático domina en la animación a día de hoy. Y la animación es la llave a los corazones de los niños.

La guerra sí es cosa de niños

En el Chicago de 1914, el dinosaurio Gertie salió de su cueva, devoró el tronco de un árbol y se inclinó ante los espectadores, a las órdenes del animador Winsor McCay. Era la primera protagonista de un dibujo animado propiamente caracterizada, con una personalidad y una historia que contar. Gertie jugaba, lloraba y comía; por ello, entretenía. Con la creación de Gertie, McCay abrió un nuevo horizonte para la animación, que antes se centraba más en la técnica y en el mensaje y no tanto en los seres dibujados. Pero el entretenimiento no era el único cometido de los dibujos animados. Al otro lado del Atlántico, Reino Unido lideró la joven industria de la animación con un propósito diferente: hasta un 95% de los dibujos británicos producidos entre 1914 y 1918 tenían una finalidad propagandística.

Eran los años de la Primera Guerra Mundial. A medida que el conflicto se agravaba, los dibujos animados iban cobrando fuerza. Unos ensalzaban los valores de la patria, otros ridiculizaban al enemigo. En Reino Unido la propaganda dejó de ser una prerrogativa exclusiva del Estado para traspasar al mundo de la empresa. Los niños no eran todavía el público objetivo de la joven industria de la animación, pues sus esfuerzos se centraban en levantar la moral de los combatientes y de los civiles, y se trataba generalmente de piezas cortas y mudas. Además, tocaban el bolsillo: al igual que las películas, los dibujos animados eran proyectados en espacios públicos —teatros y salas de cine—. Todo cambió en 1928, cuando el estadounidense Walt Disney enseñó a un ratón a silbar al sincronizar la música con la imagen. Desde entonces hasta hoy, Disney se ha convertido en la principal empresa de animación a nivel mundial, y Mickey Mouse continúa atrayendo a espectadores e inversores.

El período de entreguerras asentó las bases del dibujo animado contemporáneo: piezas más largas, personajes más realistas y la orientación hacia el público infantil. A la vez, los hogares de todo el mundo empezaron a dar una tímida bienvenida a un nuevo miembro: la televisión, aunque su uso no se popularizó hasta los años cincuenta. La joven industria fue abarcando cada vez más regiones. En 1936, la Unión Soviética creó el estudio de animación estatal Soyuzmultfilm, que continúa existiendo bajo el mismo nombre en la Rusia de hoy (Soyuz significa “unión”, y hace referencia a la Unión Soviética). Escuelas de dibujos animados y estudios privados fueron apareciendo en Argentina y en México. Desde Sudáfrica hasta Egipto y desde Tokio hasta Sídney, la animación fue perfeccionando sus técnicas y abriéndose camino hacia los corazones de los más pequeños.

Después llegó otra guerra mundial, y esta vez sí que fue traducida para los más pequeños al lenguaje de la animación. De parte de los Estados Unidos, Mickey Mouse, el Pato Donald y Bugs Bunny. En el frente nazi otros tantos animales, esta vez con un marcado mensaje antisemita. Desde el estudio de animación estatal de la URSS, un Hitler diabolizado amenazaba con arrebatarles la libertad a los ciudadanos soviéticos. En Japón, el niño dibujado Momotaro defendía a su patria de los invasores estadounidenses. Pero como la guerra no entiende de derechos de autor, Mickey Mouse y el Pato Donald no estuvieron exclusivamente al servicio de Disney. El Gobierno de Vichy utilizó a estos personajes para presentar a los Estados Unidos como enemigo del pueblo francés. El ratón emblemático de Disney, montado en un murciélago, también atacó a Japón, pero perdió ante los samuráis en un dibujo animado propagandístico nipón de 1936.

La propaganda animada de la Segunda Guerra Mundial servía a varios propósitos: enseñaba a los niños a reconocer al enemigo, levantaba la moral de la población civil y animaba, pero también educaba, a los soldados. Durante el conflicto, el público recibía con ansia los dibujos animados, lo que se tradujo en una gran afluencia a las salas de cine: noventa millones de espectadores semanales en los Estados Unidos y veinte millones en Alemania. De entre los quinientos cortometrajes animados producidos en Hollywood entre 1942 y 1945, un 47% estaba relacionado con la guerra. No obstante, el conflicto puso límites a la exportación: los dibujos de producción estadounidense fueron prohibidos en la Alemania nazi a finales de los años treinta.

Dos osos y un destino: los dibujos animados durante la Guerra Fría

Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, la paz no llegó del todo. Las cuatro décadas siguientes fueron conocidas como la Guerra Fría, debido al enfrentamiento indirecto entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. Durante este período, las dos superpotencias conformaron bloques de alianzas, impulsaron carreras armamentísticas y externalizaron los conflictos. La industria de los dibujos animados tampoco se mantuvo al margen.

Un protagonista involuntario de la Guerra Fría es un oso de peluche llamado Winnie the Pooh. Para los países de la OTAN era amarillo; para los del Pacto de Varsovia, marrón. Y es que la industria cultural soviética rechazaba la producción estadounidense, por lo que algunas historias han tenido una vida doble, una a cada lado del Telón de Acero. Disney produjo su primera película sobre Winnie the Pooh en 1966; la Unión Soviética lo hizo tres años más tarde. El Winnie amarillo no entraba en la URSS; el Winnie marrón no salía más allá del bloque socialista. El Patito Feo o Mowgli son también algunos ejemplos de la dualidad de los dibujos animados durante la Guerra Fría. En otros casos, los protagonistas cambiaban, pero se mantenía la premisa: un gato gris estadounidense persigue, un episodio tras otro, a un ratón astuto; un lobo gris soviético intenta capturar a un pequeño conejo, pero siempre fracasa. Fuera de las fronteras de la URSS, pero dentro de su órbita, Mickey Mouse encontró un reflejo en Topito, el protagonista de un dibujo animado checoslovaco.

Pero no todos los movimientos de la animación de la Guerra Fría iban en paralelo, también había colisiones. El antagonismo entre los dos bloques se tradujo en un retrato distorsionado de los valores del enemigo. En este sentido, cabe destacar el papel de Walt Disney, extremadamente crítico con la URSS. Los dibujos animados estadounidenses mostraban explícitamente los males del comunismo; los soviéticos, los del capitalismo. Otros ejemplos eran más latentes, desde la asociación de la abundancia con la pereza y la maldad de parte de la URSS, hasta la confrontación entre dos mundos antagónicos —algunos autores afirman que es lo que ocurre en La Sirenita de Disney: su protagonista escapa de un reino marino rígido y patriarcal a la tierra firme, donde es libre para cumplir su sueño: caminar—. La animación abarcó también las dos carreras de la Guerra Fría: la armamentística y la espacial. Niños y animales dibujados de las dos superpotencias volaron en naves espaciales, llegaron a la Luna y construyeron refugios nucleares. Marvin el Marciano, el personaje de la factoría Warner Brothers enemigo de Bugs Bunny, es otro ejemplo de cómo la Guerra Fría aterrizó en la industria de la animación. Vestido de rojo y con traje militar, viniendo de otro planeta y siempre amenazando con destruir la Tierra con armas sofisticadas, Marvin parece una personificación de la Unión Soviética; no en vano, su primera aparición fue en 1948, cuando la división entre EE. UU. y la URSS empezaba a ser evidente. Incluso los conflictos armados encontraron una representación en el universo animado. Mickey Mouse volvió a la guerra como soldado estadounidense en Vietnam en un proyecto antibélico ajeno a Disney. Murió, de un disparo, en el minuto uno. La oposición a la guerra de Vietnam también se manifestaba en la animación soviética.

En la guerra todo vale, y la animación ofrece una gran herramienta: la posibilidad de ridiculizar al enemigo. Más allá de personajes grotescos o diabolizados, una forma más sutil de hacerlo es a través del empleo de la voz y el lenguaje. El acento ruso caracteriza a un perro callejero en La dama y el vagabundo, y uno de los ladrones de Aladdín también enfatiza mucho la erre. Desde la Unión Soviética el lenguaje también se ha utilizado para caracterizar a los personajes negativos. Por ejemplo, la expresión inglesa “oh, yes” era empleada como una coletilla constante por los personajes mafiosos italianos Banditto y Gangsteritto, al igual que por un astuto —y malvado— detective.

Los dibujos no solo apuntaban al “malo”, sino que también educaban en los valores a través de la creación del “bueno”. Esta división en blanco y negro persistió durante la Guerra Fría mucho después de que las televisiones se tornaran a color. Los protagonistas de los dibujos animados ponían cara a los valores de cada lado del conflicto en un contexto en el que la ética era definida por la ideología. La defensa del bien común contra el individualismo; la lucha obrera contra el espíritu emprendedor, el Winnie marrón comunista contra el Winnie amarillo capitalista. Y el amarillo ganó el pulso.

Un pato como embajador y la amistad menos desinteresada 

“¡Qué mono es! ¡Tenemos que hacernos amigos!” exclama Masha cuando ve por primera vez al panda, un nuevo personaje. Masha es la protagonista de la serie de dibujos animados rusa Masha y el Oso y una niña popular: suma más de setenta millones de seguidores entre sus canales de Youtube en ruso, inglés, castellano y portugués. Si los seguidores de Masha en Youtube fueran ciudadanos de un país de la Unión Europea, este sería el segundo más grande, tan solo por detrás de Alemania. La serie está traducida a más de treinta idiomas y se emite en Netflix. Desde marzo de 2020 sale también en la televisión oficial china, un país que tiene al panda como símbolo tradicional. Es así como Masha se hizo amiga del panda en la vida real. No es la primera vez que un dibujo animado ruso encuentra cabida en el mercado chino. En 2013, la serie Kikoriki, parcialmente financiada por el Ministerio de Cultura ruso, dio también la bienvenida a un panda. Cuatro años más tarde, la Agencia Estatal de Televisión China y los creadores de Kikoriki acordaron una producción conjunta, en la que el panda cobraría protagonismo. La diplomacia del panda —un término visual que hace referencia a la expansión del poder blando chino— llegó también al Topito checo, lo cual desencadenó una disputa por la licencia de este personaje, que acabó en el Tribunal Superior de Praga en 2019.

Las amistades de Masha no acaban en China. Y es que sus creadores pusieron la exportación como prioridad desde el primer momento. Incluso el pañuelo tradicional ruso de la protagonista facilita la promoción de la serie en países mayoritariamente musulmanes. Además de las traducciones y de los subtítulos, Masha y el Oso se adapta a las regiones de destino a través de un ejercicio de localización: se traduce cualquier texto que forma parte de la animación, por ejemplo, los letreros. Sin embargo, la popularidad de Masha también encuentra detractores. Algunos acusan al dibujo animado de ser propaganda del Kremlin, por ejemplo, porque el oso es un símbolo de Rusia. Se comparta o no esta afirmación, es evidente que un gran poder conlleva una gran responsabilidad, y Masha y el Oso han conquistado, a través de las pantallas, los corazones de millones de niños de más de cien países.

Pero si hay una empresa de animación que domina en el ámbito de la exportación, es, de nuevo, Disney. El poder de este imperio mediático es tal que el Pato Donald y Mickey Mouse son, a veces, comparados, con embajadores culturales. El propio Walt Disney participó en la diplomacia estadounidense a través de sus viajes, que promocionaban a Disney y, por ende, los valores de su país. La política y los intereses de la empresa se han cruzado también en la búsqueda de nuevo público. Así, en la década de los cuarenta, el Pato Donald se hizo amigo de un loro brasileño y un gallo mexicano en un intento de atraer a espectadores en América Latina. Hoy, el imperio Disney es diverso y omnipresente. Su plan de negocios descansa en cuatro pilares: la producción audiovisual, los parques temáticos, las redes de medios de comunicación —por ejemplo canales de televisión o plataformas digitales— y el merchandising. En 2018, el ya nonagenario Mickey Mouse trajo a casa 3.000 millones de dólares gracias a la comercialización de productos con su imagen.

Mientras que la animación estadounidense marca tendencias en las taquillas, el Viejo Continente se queda atrás. Los dibujos animados europeos tan solo se corresponden con una quinta parte de su mercado, en el que predominan, de nuevo, los de producción estadounidense. Pero no son los únicos jugadores en el tablero: las empresas mediáticas de Asia están cobrando peso. Desde la segunda mitad del siglo XX se popularizó la externalización de las labores más técnicas y laboriosas a países como Japón, India, Filipinas o Corea del Sur para reducir los costes de producción. Sin embargo, hoy este patrón se está invirtiendo y las industrias de animación de Japón, China y Corea del Sur ven despegar sus ganancias y aterrizan en todos los continentes, también el europeo.

Detrás de las pantallas

Los dibujos animados entretienen, educan y divierten. Los dibujos animados hacen taquilla, mueven el mercado publicitario y frecuentan el emplazamiento de productos. La animación no solo abre puertas a los corazones de los niños, sino también a los monederos de sus padres. Esta simbiosis, perfilada por el tiempo, es perfecta: los niños necesitan los dibujos animados, los dibujos animados necesitan a los niños. Pero su poder no solo es económico, sino también político, el poder blando. Se dice que para dominar a un enemigo, hay que educar a sus hijos. Y, aunque ya no hay enemigos tan claros y globales como durante la Guerra Fría, los dibujos animados más populares siguen siendo los estadounidenses.

Mucho ha llovido desde que el dinosaurio Gertie saliera por primera vez de su cueva dibujada, y algunos de los personajes de animación más queridos ya pueden soplar siete u ocho decenas de velas por sus aniversarios. A través de la pantalla, generaciones sucesivas de niños aprenden de esponjas, patos, osos y ratones. La infancia, la etapa dorada de la vida, se entrelaza en los recuerdos con las aventuras de sus personajes favoritos. Y es por eso por lo que la fórmula secreta de la animación cuenta con un último y principal ingrediente: el amor. Eso es todo, amigos.

El colegio soy yo

José F. Peláez

Fuente: Magnífico Margarito

Yo creo que ya basta. Ya podemos dejar de mirar al cielo e interrumpir los bailes tribales junto al fuego para que llegue un plan perfecto y suave para el próximo curso escolar, como si aquí no pasara nada. Parece evidente que las comunidades quieren que la decisión la tome el gobierno y parece igual de evidente que el gobierno quiere que la tome las comunidades. Y que ninguno quiere ser el primero.

Pero también resulta evidente que da igual quién sea el primero porque no solo no hay ningún plan, sino que no lo va a haber nunca por el simple hecho de que no puede haberlo. Estamos mirando a los políticos como si fueran personas especiales, mágicas, entes superiores capaces de arreglar los problemas con el simple acto de cerrar los ojos y desearlo muy fuerte. Pues no, siento decir que no son mágicos ni especiales ni superiores. Ni ellos ni los funcionarios a los que dirigen. Y no, esto no es una cuestión de voluntad. Vivimos instalados en ese delirio progre que ha hecho pensar a la gente que todo es posible, que el progreso es imparable, que el bienestar universal es posible, que todos los problemas tienen solución y que si esa solución no aparece es porque los políticos, que son muy malos, no han trabajado lo suficiente. Y entregamos a nuestros hijos como delegando en ellos nuestra responsabilidad como padres.

A ver, es cierto que no han trabajado lo suficiente, pero ni con todos los políticos trabajando 24/7 se podría llegar a una solución factible porque lo de los colegios simplemente no tiene solución. Y cuando algo no tiene solución, conviene aceptarlo cuanto antes para no llegar a una frustración patológica. Va a haber contagios y va a tocar mandar a los niños a casa para que no pongamos en marcha el círculo mágico que va del chaval asintomático a la esquela del abuelo en ‘El Norte’. No hay dinero en el mundo para duplicar profesores, aulas, regalar internet y un ordenador a cada niño y a cada profesor ni garantizar que se resuelven todos los problemas de mantenimiento o los problemas informáticos-logísticos de todo tipo. Con el matiz de que los niños, además, no están sindicados. Y los profesores sí, claro. Siempre vendrá uno que diga ‘no hay dinero para esto, pero para lo que quieren bien que lo sacan’. Pues vale, podemos ser todo lo demagógicos que queramos, pero las cosas no funcionan así. Repitan conmigo. No-hay-un-duro.

Por todo lo anterior, he decidido organizarme y coger el toro por los cuernos. Mi hija va a ser formada este año, se pongan como se pongan.Una niña de diez años no puede permitirse otro año sin rutinas, sin exigencias, sin orden, sin disciplina, sin refinamiento intelectual y sin adquirir conocimientos, porque cuando esto termine, que puede ser dentro de dos o tres años -quién sabe- puede que ya sea demasiado tarde y no voy a saber responderla cuando me pregunte por qué no hice nada, por qué esta dejación de funciones y por qué de repente pensábamos como soviéticos incapaces de hacer nada por si mismos.

En fin, que hay cosas que tienen una edad y no se puede empezar a crear rutinas con 14 años. Así que he decido que me paso las transferencias, los conciertos, los concordatos y las sucesivas leyes educativas por el forro y voy a crear un plan de estudios preventivo. Empezaremos el día leyendo la prensa y haciendo una columna a través de la cual ordenemos nuestros pensamientos. Una niña que lee por encima un par de periódicos está mejor informada que cualquier usuario de redes sociales y leyendas urbanas de WhatsApp con 50. Y, además, uno no sabe lo que opina de un tema hasta que no escribe del mismo. Esas columnas se publicarán en un blog porque, como dice Nieto Jurado, «la posibilidad de ser replicado te hace mejorar, te hace romper la timidez, te hace esforzarte más y te ayuda a formar la personalidad que toda persona tiene o quiere tener». Y eso me parece fundamental en ciertas edades. Con cierto apoyo del libro de sociales, le ayudará a entender la sociedad y sus vaivenes.

No hace falta leer a Kafka, pero se puede leer ya ‘El Camino’, ‘El príncipe destronado’, ‘Mujercitas’ o ‘Tom Sawyer’. Estoy escribiéndola yo mismo una ‘Historia de España’ que nos servirá de estructura para que la aprenda sin interferencias de cantamañanas ni mentiras interesadas. Y por supuesto el arte. Y no me refiero a talleres de pintacaras sino a visitas virtuales o presenciales a los museos más importantes del mundo y a todos los de esta ciudad para que entienda desde ya la evolución del arte en paralelo a la del ser humano y sepa entenderse a si misma a través de la observación de los demás. En cuanto a música, tiene que distinguir al menos a los alemanes, que estarán de fondo mientras corremos para mantener la forma. Bach, Brahms, Beethoven, Orff, Schuman, Wagner, Strauss, Haendel o Pachelbel. Poco a poco.

Comenzaremos con algo de filosofía y con latín, que no es discutible. Yo me encargo de que interprete un balance y entienda lo que es una empresa, del inglés y lo del francés lo aprenderemos juntos por las tardes. Religión un rato antes de dormir. No puede crecer sin espiritualidad y sin entender la cultura a la que pertenece. Matemáticas y Ciencias Naturales se lo dejamos a un profe particular, que no tengo paciencia. Y luego a jugar a la plaza con otros niños y a tirarse piedras. Como todo esto es caro, he pensado compartir gastos. Es decir, en otras palabras, que me estoy dando cuenta de que he montado un colegio privado. Así que nada, abro matrícula el día 1. Razón aquí.

La derecha estancada

Armando Zerolo
Publicado en Fundación Conversación


La derecha española vive estancada en 2004 porque el “zapaterismo” sigue operando en ella como idea fuerza en, al menos, dos sentidos. En uno, porque es un recurso fácil para explicar el malestar y actúa como chivo expiatorio y como argumento útil. En el otro, porque el “zapaterismo” fue para muchos el momento glorioso de la sociedad civil de derechas. Por primera vez desde hacía mucho tiempo fue la derecha la que ocupó las calles, la que se vio con capacidad de convocar, de actuar y de combatir, y se sintió protagonista en la historia.

¿Qué le robó el zapaterismo a la derecha y qué ha quedado de aquella época de oposición social triunfante?

El zapaterismo fue la época de las reivindicaciones de derechos, de la memoria histórica y un paso más hacia una revolución social. Fue una bofetada en la cara a la sociedad conservadora española y la instauración de un estilo político reivindicativo y combativo que nos devolvió a tiempos pasados de ingrato recuerdo. Abrió heridas que aun estaban cerrándose y aceleró el ritmo de los acontecimientos, poniendo la política a la vanguardia de la sociedad según el estilo de una tradición de izquierdas más dirigista y moralizante.

Aquí, exactamente aquí, se ha detenido el análisis histórico de la derecha, y aquí sigue anclado. El argumento es simple: “todo estaba en orden hasta que llegó el zapaterismo, luego lo que hay que hacer es volver atrás”. Formalmente este es el argumento de todo pensamiento reaccionario, el hilo dorado de la historia: hubo una época dorada y un suceso violento ha cortado el hilo que nos unía a él. Así sucedió con la Revolución Francesa, que es el hito histórico que hace nacer a conservadores y reaccionarios y, desde entonces, la derecha se mueve en ese difícil equilibrio entre conservar y reaccionar. 2004 es para la imaginación reaccionaria española lo que para Bonald o de Maistre fue 1789. Y de ahí el empeño de volver atrás, de hablar de un “frentepopulismo”, de acusar a la izquierda de todos los males, y de no encontrar pie en el presente porque ha renunciado a cualquier diálogo con el futuro.

¿Cuál es esa “época dorada” que actúa como mito político en la mayoría de la derecha? Es la época de la caída del muro, 1989, el triunfo del neoliberalismo. Unos años de ilusión y prosperidad que en España coincidieron con la consolidación de la Transición, la decadencia del “felipismo” y la posibilidad de mirar hacia delante. Pero la derecha española no se ha parado a pensar que aquellas ideas aparentemente triunfantes no le eran propias y le quedaban como un traje mal cosido. El liberalismo que triunfa en los 90 es el par ideológico del socialismo soviético, la otra cara de una misma moneda. Tiene la misma raíz individualista y antipolítica que el comunismo, y si triunfó fue porque el comunismo colapsó, pero las grandes cuestiones sobre las libertades, la sociedad y la solidaridad quedaron sin responder, como así lo anticiparon autores como Oakeshott o Aron. La derecha sí debe, por tanto, volver a los 90, pero no para refrescarse en aquellas ideas, sino para ir hasta el fondo de un camino que se quedó sin recorrer.

Respecto al segundo punto, al de la cuestión de la toma de las calles a partir 2004 y el resurgir de la sociedad civil española de derechas, ¿qué ha quedado? Ha quedado una cultura política reaccionaria y combativa, grupúsculos sociales desintegrados e inconexos, familias políticas mal avenidas y una iniciativa social secuestrada por unos pocos grupos ultraconservadores que son los únicos que mantienen una mínima capacidad de movilización.

Si el gran valor de la sociedad española era la fortaleza de emprender acciones asociativas de modo espontáneo, con un sano escepticismo metafísico hacia el poder, y una alegría vital y casi inconsciente por la vida en común, eso se perdió por una identificación de la calle con la bronca y la reivindicación. La España de las sillas en la calle pasó a ser la España de los balcones. De una cultura del encuentro y del espacio público se pasó a una cultura de la reivindicación y defensa de la privacidad. Los métodos de la batalla cultural que Europa experimentó tras la segunda Guerra Mundial, y que entendían que las ideas eran armas tanto o más eficaces que el plomo, no habían llegado a España, donde el mayo del 68 fue un fenómeno edulcorado y macarra que llevó el nombre de “Movida”. Las ideas son el resultado de una conversación y la constatación de una verdad compartida, y no armas arrojadizas contra el prójimo.

Todas aquellas manifestaciones, banderas y consignas no han dejado en la derecha española ni unidad ni ilusión. Normalmente, cuando las personas actúan juntas, queda en ellas un vínculo especial y una unidad que tiene más valor incluso que la obra ejecutada. Pero cuando esta acción es dirigida desde arriba sin la participación consciente del de abajo, lo que queda es una impresión de gregarismo, de pérdida de identidad y sensación de manipulación y desconfianza. Así ha quedado la derecha española en lo social, reducida a rebaño inconexo cuya única unidad es la sensación de miedo.

Por suerte o por desgracia, la única ideología estructurada en torno a un partido, y con una masa social relevante, que incorpora en su discurso ideas de futuro, de unidad, de comunidad, solidaridad y que es capaz de proponer algo concreto para la vida en común es la socialista, que a lo largo de los últimos 20 años se ha ido renovando e incorporando nuevos retos.

La derecha española ha perdido el equilibrio con el presente y se ha convertido en una ideología reaccionaria que añora una edad dorada, que culpa al adversario de todos los males presentes, y que no es capaz de generar vínculos estables, creativos y propositivos en la sociedad que supuestamente defiende. No tiene capacidad de responder a las carencias de la ideología de izquierdas y por ello, ni se suma a lo razonable, ni corrige con eficiencia los errores. Esta vez el perro del hortelano no son “ellos”, somos “nosotros”.

La culpa es de los inmigrantes y de los ciclistas

Eduardo Ros Córcoles


Es una especie de chiste triste judío desde la primera guerra mundial: “la culpa de la crisis es de los judíos” dice fulano, “de los judíos y de los ciclistas” le contesta mengano, “¿de los ciclistas por qué?” dice el primero, a lo que el otro contesta “Ya…¿y de los judíos por qué?

Cuando en la Alemania de los años 30 gran parte de la sociedad se preguntaba primero «¿por qué de los ciclistas?» el desastre estaba servido. Cuando se encuentra un contagiado de COVID-19 en un asentamiento de temporeros de Albacete y estalla la situación, podríamos decir igual que «la culpa es de los inmigrantes y de los ciclistas».

Hay un par de cosas en las que sí están de acuerdo tanto los colectivos independientes de apoyo a los inmigrantes como los partidarios de más “mano dura”, una es que esto se veía venir, que la situación de los temporeros garantizaba el contagio y que el confinamiento en esas condiciones era insostenible. La otra es el total abandono por parte de las administraciones, locales, regionales y nacionales, actuando siempre mal y tarde y sólo para apartar el problema a la jurisdicción de otro y aparentar ante su electorado.

Cualquiera que dedique un rato a estudiar el efecto económico real de la inmigración sabe que aporta mucho más de lo que cuesta. Eso lo reconocen hasta los estudios del sector bancario, uno de ellos, del Citigroup, atribuye a la inmigración un 20-30% del crecimiento de la economía europea entre 1990 y 2015 y los estudios que paga La Caixa coinciden en conclusiones con los de Cáritas y los de UGT. Es decir, que es un hecho conocido por todos nuestros representantes, díganse zurdos o diestros, que la inmigración enriquece nuestra economía, otra cosa son los problemas de convivencia que se generan por las condiciones en las que se inmigra y otra, la peor, es el querer sacar provecho partidista del miedo, los prejuicios racistas o el buenismo.

Las consignas de “mano dura” o de “acogimiento” de los distintos partidos son sólo eslóganes publicitarios para sus caladeros de votos, la política de migración viene dada por poderes que no cambian cada 4 años, se mantiene aunque cambie el color del partido que gobierne. Así el programa sobre inmigración de Vox lo está llevando a cabo en la práctica este gobierno, lo denuncian, entre otros, el informe del Defensor del Pueblo sobre las devoluciones en caliente y el manifiesto de la Comisión de Ayuda al Refugiado de febrero de este año.

Lleva razón el Director del Secretariado Diocesano de Migraciones, misionero durante años en Burkina Faso, cuando habla de los temporeros de Albacete: «A la mayoría los necesitamos… Pienso en la gente del campo, que los contrata, y se deben estar echando a temblar, pues ellos son los que recogen las patatas, las cebollas, las lechugas o los ajos porque los españoles no lo hacen. Son los que nos sacan las castañas del fuego, tanto a los cultivadores como a los consumidores».

Imagino que para jóvenes cómo los senegaleses que se presentaron hace un par de semanas en Casas Ibañez desde Tenerife porque alguien les dijo que había trabajo en el champiñón, el coronavirus, comparado con lo que han vivido, es una amenaza muy incierta y lejana, el menor de sus problemas.

“Tienen que respetar las costumbres del país que les acoge” Este es un argumento que se suele oír para referirse a lo problemas asociados a la inmigración descontrolada, totalmente de acuerdo, esto implica tanto respetar el orden público como ejercer otra de las sanas costumbres de nuestro país: la de reclamar salarios justos y condiciones de vida digna.

Criminalizar un colectivo, ya sea el de inmigrantes o el de empresarios agrícolas es hacerle el juego a quienes son realmente responsables de la violencia que generan estas situaciones. Decir cosas del estilo de “muchos empresarios, no todos, son explotadores” tiene el mismo tufillo sectario que decir “muchos emigrantes, no todos, son delincuentes” además no sirve de nada aunque las condiciones de vida de unos y otros sean incomparables. No sirve  porque la corrupción, como el virus, no distingue nacionalidad ni cantidad de melanina en la piel, entre las redes de explotación hay tanto empresarios como inmigrantes cómplices que explotan a compatriotas. Así fue en los casos que más han trascendido por llegar a los juzgados, en 2014 con rumanos en Barrax y el año pasado en La Roda, en el 2008 con moldavos en Balazote… y lo que queda.

El ser humano siempre migra de donde no hay comida ni seguridad a donde crea que las encontrará, esto lleva siendo así desde antes de Atapuerca, ningún lunático, ningún imperio ni estado lo ha evitado duraderamente, lo gestionaremos según sean los valores que predominen en la sociedad.

No tenemos que inventar nada nuevo, bastaría con recordar cómo los albaceteños iban por miles a la vendimia y a la recogida de manzana en Francia hace unos pocos años, con su contrato y su alojamiento concertado con antelación, aún con sus carencias, sus condiciones eran mucho más dignas que las de los temporeros que se han visto acorralados, unas decenas salieron a hacerse ver, armaron follón, dañaron un coche, asustaron a gente y provocaron pérdidas en negocios de hostelería, mal, pero nada comparable con el infierno que han vivido sólo para llegar aquí. En los videos que algunos medios han publicado (por cierto con un tratamiento muy sensacionalista) se puede ver a inmigrantes intentando evitar la violencia de algunos de sus compañeros y la Asociación de Inmigrantes Africanos de Albacete ha criticado claramente la agresividad de la manifestación. Los que tenemos luz y agua corriente no sólo pagamos impuestos sino que hemos dado el monopolio del uso de la fuerza a las administraciones para que doten de medios y formación a los funcionarios encargados de mantener el orden con el mayor diálogo y la menor violencia posible y no reservar las medidas policiales preventivas sólo para evitar que los hooligans destrocen la fuente del parque porque ha ganado su equipo.

Si no hemos padecido antes y con más violencia los efectos colaterales de tener malviviendo a miles de jóvenes temporeros en Albacete se lo tenemos que agradecer, entre otros, a los voluntarios del comedor de la Institución Benéfica del Sagrado Corazón (Cotolengo), a los de la lavandería solidaria de Justicia y Paz, Cruz Roja y a muchos otras personas anónimas que no están en las redes sociales, están donde tienen que estar. Gracias.

60 años de la gran independencia

Mbuyi Kabunda
Publicado en Mundo Negro


La integración regional y el desarrollo del continente, principales retos para el futuro

Hace 60 años, 17 países africanos accedieron a la independencia. El tiempo transcurrido es suficiente para hacer un balance de la situación del continente y, sobre todo, presentar las pertinentes proyecciones.

Al principio de las independencias africanas, en 1961, el agrónomo galo, René Dumont, autor de Vamos hacia el hambre, dio la voz de alarma, denunciando el camino equivocado adoptado por los países africanos, especialmente por el mimetismo del modelo de Estado y de desarrollo occidental que habían adoptado. Entusiasmadas por las independencias de reciente adquisición, las élites políticas e intelectuales africanas respondieron al unísono: «Poco importa la dirección, lo esencial es arrancar».

Desde entonces han proliferado los adjetivos, en su mayoría negativos, para calificar la situación del continente: África bloqueada, traicionada, estrangulada, enferma de sí misma…, solo por mencionar algunas opiniones que han intentado poner de manifiesto el fracaso de las independencias y de las élites poscoloniales. Sin embargo, a pesar de todos estos diagnósticos afrocatastrofistas, África sigue adelante, desafiando todos los pronósticos de una muerte anunciada.

En este continente que destaca por la unidad en la diversidad, -Sylvie Brunel habla hoy de tres representaciones que se entrecruzan y superponen: el «África del caos o de la miseria», el «África del exotismo» y el «África emergente» –el Africa -rising– de la última década. La verdad es que se vive mejor en África hoy que hace un siglo, pero también un poco peor que hace 60 años.

Los líderes poscoloniales se dieron como principales objetivos la construcción nacional –el Estado-nación–, el desarrollo económico y social, la promoción de la democracia y de los derechos humanos y la unidad africana. Seis décadas más tarde, es necesario hacer un balance de la consecución de estas metas. Fundamentalmente, debemos intentar responder a las siguientes cuestiones: ¿qué balance político y económico se puede hacer de las independencias africanas?, ¿cuáles han sido los aciertos y desaciertos? y ¿cómo se presenta el futuro del continente?

No cabe duda de que el continente necesita una nueva estructura política y socioeconómica para resolver sus problemas y conseguir la inserción adecuada en la globalización, como sujeto y no como objeto.

La construcción nacional

En África, el Estado como fenómeno jurídico precedió a la nación como fenómeno sociológico. Fue el principal atropello histórico de la Conferencia de Berlín, a finales del siglo XIX.

Por su origen colonial, el Estado africano no fue concebido ni para el desarrollo ni para la democracia ni para la promoción de los derechos humanos. Fue, y sigue siendo, un instrumento de dominación, agresión y explotación. Los Gobiernos nacionalistas africanos poscoloniales, en lugar de transformar el Estado colonial que heredaron de la colonización, lo recuperaron y mantuvieron debido a su obsesión por la creación del Estado-nación, lo que les hizo caer en la deriva autoritaria.

Las necesidades de construcción nacional y de desarrollo, convertidas en máximas prioridades, llevaron a las élites poscoloniales a la creación de Estados fuertes centralizados y jacobinos mediante la institución, en las décadas de los 60 y 70, de nuevos instrumentos de dominación: el partido único de derecho –o de hecho–, la etnocracia, la «dictadura desarrollista» o el desarrollismo estatal, mediante el capitalismo de Estado y/o el socialismo de Estado.

De este modo, confiscaron el poder político y económico, convirtiéndose en «nuevos colonos» con prácticas patrimonialistas y de colonialismo interno inspiradas en el modelo jacobino. El resultado ha sido la ruptura entre el Estado y la sociedad, con distintas legitimidades.

El futuro está en el afrofederalismo o federalismo interno. Es decir, la adopción de una forma de descentralización o endofederación, siendo el objetivo favorecer las iniciativas locales, respetar el pluralismo étnico, social y cultural de la sociedad y fomentar la participación popular en el desarrollo y proyecto de sociedad.

El desarrollo en África

Con el mantenimiento de la división del trabajo establecido durante siglos y décadas anteriores, se mantiene vigente el pacto colonial, por el que el continente ocupa el lugar de granero de las materias primas y de la mano de obra barata.

Desde 1960 hasta 1980 se instituyó el Estado desarrollista, encargado de la creación del Estado-nación, considerado la base del desarrollo. El resultado ha sido la inversión en los aspectos políticos e ideológicos, en detrimento del desarrollo -económico.

Y de 1980 a 2000, ante la catástrofe generada por el modelo anterior, se impuso el ajuste privatizador –o Consenso de Washington–, que quitó al Estado funciones económicas y sociales, junto a la conversión del sector privado y del comercio internacional en motores del desarrollo.

Desde 2000 hasta la actualidad, se intenta el supuesto equilibrio entre el Estado y el mercado. El resultado ha sido la profundización de los déficits internos y externos, el paro estructural y el deterioro en los aspectos de desarrollo humano.

Durante las seis décadas de las independencias es preciso subrayar la falta de diversificación de las economías africanas, la desindustrialización, así como las escasas o nulas inversiones sociales, factores todos que explican la persistencia del subdesarrollo en el continente.

En resumen, la pobreza y el subdesarrollo en África se explican por tres crisis combinadas: la crisis orgánica –la prioridad dada a la construcción nacional o del -Estado-nación en detrimento de los aspectos de desarrollo económico–; la crisis estructural –el mantenimiento de las economías coloniales o rentistas basadas en las materias primas o las industrias extractivas–, y la crisis coyuntural –las consecuencias de las crisis mundiales por la extrema vulnerabilidad y extroversión de las economías africanas–, además de por dar prioridad a una sociedad de consumo en detrimento de una de producción.

Es preciso subrayar, que desde hace diez años, el PIB africano crece más rápidamente que en otros continentes, en torno al 5 % de promedio. Pero, se trata de un crecimiento sin desarrollo, por fundamentarse en lo coyuntural y no en lo estructural.

En la actualidad, solo ocho países presentan una buena situación económica: Botsuana, Mauricio, Seychelles, Kenia, Sudáfrica, Namibia, Ghana y Costa de Marfil. Tal y como sugiere el economista Carlos Lopes, el desarrollo de África en las décadas venideras pasa por la síntesis entre el humanismo, el panafricanismo, la combinación del desarrollo económico con el desarrollo social, y el respeto medioambiental, contra el actual modelo ecocida.

En las décadas venideras se deberá imponer la democratización del desarrollo, cuyos ejes serán el desarrollo «del pueblo» –priorizando el desarrollo humano y social, dando preferencia a la educación y la sanidad–, «por el pueblo» –fomentando la participación popular y a favor de la mayoría–, y «para el pueblo» –con la reducción de las desigualdades y el fomento de la justicia social–. Será obligada la conversión de la economía popular, social o solidaria –que representa del 40 al 50 % del PIB del África subsahariana y el 30 % del norte de África–, y el 80% de puestos de trabajo en muchos países, en vector del desarrollo.

Integración regional

Casi todas las constituciones africanas proclaman en sus preámbulos la adhesión al panafricanismo, y muchos Gobiernos se han dotado con un ministerio de integración regional, poniendo así de manifiesto la primacía del proyecto de unidad africana.

El resultado es el sorprendente dinamismo institucional experimentado en el continente, desde 1960 hasta la actualidad, con la creación de más de 200 agrupaciones de toda índole. La integración regional se ha convertido en una alternativa al fracaso del Estado-nación y del desarrollo a nivel nacional. Sin embargo, este entusiasmo contrasta con la lentitud y el débil grado de cooperación bilateral y multilateral entre los países africanos.

A pesar de dar importantes pasos a nivel continental con la creación de la Unión Africana (UA), la adopción de la Nueva Alianza para el Desarrollo de África (Nepad) y la puesta en marcha del Área de Libre Comercio Continental, estamos aún lejos de proyectos supranacionales.

El proceso de integración regional se encuentra en un callejón sin salida por el apego a las soberanías nacionales, la ausencia de voluntad política, la falta de complementariedad entre las economías rentistas y extrovertidas y, sobre todo, por el equivocado enfoque librecambista, basado en el mimetismo de la Unión Europea (UE). Ello explica que la integración africana se está realizando desde el exterior –la estadounidense Ley de Crecimiento y Oportunidad en África (AGOA) o los Acuerdos de Partenariado Económico (APE) de la UE– más que desde el propio continente.

Ante este desconcierto, es preciso optar por un nuevo enfoque de integración, que ha de tomar en cuenta los aspectos -mesoeconómicos, en particular la estrategia de los países-frontera –áreas culturales -homogéneas y lingüísticas, complementarias y con uniones aduaneras a caballo, de hecho, entre dos o varios Estados, como ósmosis para la unidad–; la construcción de infraestructuras físicas horizontales para vincular a los pueblos y a los Estados balcanizados; así como la institucionalización de los flujos migratorios transfronterizos y de la mencionada economía popular.

Se ha de pasar del «panafricanismo armado», o de la colonización económica de unos países -sobre otros, tal y como sucedió, y -sigue sucediendo, en la región de los Grandes Lagos, a un «panafricanismo de cooperación». Es preciso para fomentar la complementariedad o la cooperación/integración entre los países africanos, para la mejora de las condiciones económicas y sociales de los pueblos y para beneficio de todos. Se debe acabar con la maldición de los recursos naturales, convirtiéndolos en su contrario: la bendición de los mismos.

La unión y/o unidad de los Estados africanos a escala continental –desde la pluralidad y la diversidad o la descentralización desde dentro, y el federalismo hacia fuera– es el trasfondo del ideal panafricano de Kwame Nkrumah, de Patrice -Lumumba y Cheikh Anta Diop, que ahora se trata de recuperar y concretar en un mundo globalizado.

Ante la inoperancia del panafricanismo de los aparatos del Estado neocolonial, viciado y vaciado de contenido, hay que abogar por un nuevo panafricanismo –neopanafricanismo–; por el fomento de las iniciativas de desarrollo y de unidad desde abajo; por los pueblos, que han encontrado soluciones a sus problemas de supervivencia diaria al margen del Estado y de la comunidad internacional y, por último, por hacer frente a los desafíos de la -globalización.

Democracia participativa

A comienzos de las décadas de los 80 y 90 se impusieron los procesos de democratización en África, en sustitución de los deficitarios sistemas monopartidistas, según los criterios occidentales de democracia liberal y de economía de mercado.

El balance que hoy se puede hacer de dichos procesos es controvertido. En algunos casos se puede hablar de mejoras –no hay marcha atrás–, y en otros de un verdadero retroceso por el fraude, la manipulación electoral, el clientelismo, las leyes electorales restrictivas, las enmiendas constitucionales, la manipulación autoritaria de las instituciones y de las violencias pre- y pos- electorales. Mirando al lado soleado, es preciso subrayar la emergencia de una sociedad civil dinámica y luchadora, el papel de los medios de comunicación en el despertar de la conciencia ciudadana, y el papel de contrapoder de los partidos de la oposición.

Sin embargo, los avances democráticos son frágiles por desarrollarse en un contexto de crisis económica. La democratización política no se ha visto acompañada por la económica y la social. La democracia se ha limitado al multipartidismo –democracia electoral formal– y a la libertad de prensa. Además, en algunos países, se han instaurado las «democraduras» –democracias formales y dictaduras encubiertas–, las «monarquías republicanas» –al suceder los hijos a sus padres en la jefatura del Estado–, o las enmiendas constitucionales –golpes de Estado constitucionales e institucionales– para perpetuarse en el poder.

Solo cuatro países ofrecen instituciones democráticas sólidas: -Sudáfrica, Botsuana, Namibia y Mauricio, con importantes avances en Senegal, Benín, Ghana o Etiopía.

Las soluciones a los problemas de desarrollo y de democracia en África no deben ser idénticas a las adoptadas en Europa, sino que han de inspirarse en las estructuras tradicionales, adaptadas a las realidades de los pueblos. Es hora de sustituir el mercado por lo social, poner el desarrollo económico al servicio del desarrollo social conforme a la cultura africana de la democracia y el desarrollo: la democracia de inclusión inspirada en los valores africanos, y experimentada por el ubuntu (humanismo).

Segunda independencia

África necesita una segunda independencia o liberación, pues la primera, ficticia, ha dado lugar al neocolonialismo y al colonialismo interno.

Se procedió al mimetismo del modelo occidental en lugar, según Ali Mazrui, de la indigenización o la adaptación de los valores extranjeros a las necesidades locales, la diversificación cultural y la defensa de los intereses nacionales. Es decir, África necesita modernizarse sin occidentalizarse. Es precisa una estrategia de liberación y de resistencia contra el capitalismo periférico, que ha conducido a una verdadera «catástrofe económica en África», que debe definir su propia visión del Estado, de desarrollo, de democracia, de unidad, y establecer el proyecto de sociedad que mejor le convenga.

La nueva estrategia ha de consistir, fundamentalmente, en la conciliación de la endofederación –federalismo interno– con la -exofederación -–federalismo externo–, para crear grandes espacios de soberanía política y económica, siendo el objetivo conseguir el desarrollo interno y fortalecer el poderío africano en el -sistema internacional.

Un libro, un cuadro, unas gafas

Gorka Larrabeiti
Publicado en Cuarto Poder


Antes de hablar del libro de Scaramuzzi, que es también un cuadro y son también unas gafas, permítanme una digresión visual sobre El lavatorio del Tintoretto. Visto de frente, resulta más bien raro debido a la disposición de los elementos que lo componen: muchos espacios muertos, personajes dispersos, un gran vacío colmado por un perro justo en el centro, y Cristo, el personaje principal, muy desplazado, casi apartado en la esquina inferior derecha. El lienzo parece así caprichoso, de ahí que se entendiera como manierista, excéntrico, bizarro. Sucede, sin embargo, que ese cuadro era un encargo de la Scuola del Santísimo Sacramento de la Iglesia de San Marcuola en Venecia, y que Tintoretto lo compuso así a sabiendas de que el espectador lo vería siempre desde un lateral. Visto, pues, de costado, el Cristo apartado reaparece de pronto en primer plano y hay una diagonal en torno a la cual todo se ordena y cobra sentido. No se me ocurre mejor manera para explicar la importancia del punto de vista en todo lo humano.

“Estamos todos en peligro”, dijo Pasolini; “Estamos en una época de alarma”, decía Italo Calvino. Por más que hayamos naturalizado este morboso vértigo del abismo hasta el punto de convivir cotidianamente con la certeza del colapso medioambiental o de la pobreza estructural, hay actualmente un asunto – uno – en que la gente sensata del mundo entero está de acuerdo: estamos viviendo un momento global de auge de los nacionalismos y la xenofobia que resulta verdaderamente preocupante. Ahí se agota, no obstante, el consenso en el análisis, pues apenas llega el momento de explicar qué está sucediendo, cómo hemos llegado hasta aquí y, no digamos ya, hacia dónde vamos, esa lucidez compartida se ofusca, en cierto modo, debido a la multitud de puntos de vista desde los que se aborda el problema.

Tratando de dar con una coherencia interpretativa a la nueva derecha global, mucha de la intelectualidad recurre a menudo a los conceptos de nacionalpopulismo y de identitarismo, que permiten englobar bajo una etiqueta un maremágnum: nacionalismo, neofascismo, antiglobalización, islamofobia, tradicionalismo, racismo, euroescepticismo… La lógica de semejante cuadro de la situación pareciera – otra vez – obedecer a razones caprichosas y, si así fuera, cabría – por qué no – hablar de la maniera política de Orbán, Putin, Salvini, Meloni o Trump. Pero ¿qué sucedería si abordáramos el problema desde la religión? Probablemente, lo definiríamos distinto: en la actualidad, existe, en mi opinión, un proyecto político cristiano de masas, global y no democrático. Y me atrevería incluso a decir que esa nueva democracia cristiana iliberal, por denominarla à la Orbán, llevada a su extremo más fanático, puede hasta desembocar en un terrorismo que, superado el obvio oxímoron, ya desmontado por el papa Francisco y el Gran Imam de Al-Azhar en la Declaración de Abu Dhabi, cabría calificar como “cristiano”. Digo esto porque veo también lo fácil que se olvida el carácter de “caballeros cristianos cruzados” que tienen muchos de los asesinos de masas, desde McVeigh hasta Tarrant pasando por Breivik, a los que se tiende a blanquear tachándolos de inocentes “locos”.

Enfocando lo político desde la religión, además, puede que ocurriera lo que ocurre con “El lavatorio”: mucho de lo que parecía disgregado, inconexo, de pronto, cobraría orden, sentido, profundidad. En suma: la religión puede ser la diagonal en torno a la cual se ordena la nueva derecha global. Scaramuzzi tiene claro que el fuego de las ideas de ese revoltijo intelectual, tomadas separadamente, se consuman enseguida y que el mejor carburante ideológico es el que no se apaga nunca y sigue ardiendo siempre, eterno. Esta parece ser muy resumida la tesis de fondo que alumbra el pequeño gran libro del vaticanista Iacopo Scaramuzzi Dio? In fondo a destra. Perché i populismi sfruttano il cristianesimo (EMI, Verona, 2020).

El nacionalismo es combustible que puede encender la pasión política, pero “con él sólo, no dura”, afirma Scaramuzzi. En un mundo huérfano de ideologías, hace falta un “lenguaje común, el único imaginario que no se apaga, el depósito de ritos y símbolos a los que se vuelve una y otra vez”. ¿Y por qué este renovado interés en hacerse con el uso político del cristianismo? A lo mejor porque los nacionalpopulistas han aprendido de los errores del pasado. Escribía Canfora hace poco: “El fascismo surgió y se afirmó proponiéndose como ‘revolución nacional’ y, se opuso, como tal, con la violencia y el apoyo de elementos relevantes del aparato estatal a la revolución ‘internacionalista’ que se irradiaba desde San Petersburgo, Berlín, Budapest, Munich. Tuvo éxito, y el elemento “nacional” fue un factor eficaz de su capacidad de atraer consensos interclasistas. Y fue también su límite”. Los españoles, que sufrimos 40 años de dictadura y volvemos a escuchar términos como “reconquista” de boca de Abascal, debiéramos recordar mejor lo que sucede si se sobrepasa ese límite, lo sólido que puede llegar a ser el matrimonio entre nacionalismo y cristianismo.

Pero volvamos al libro, al cuadro. Iacopo Scaramuzzi lo comienza observando que, allá al fondo del lienzo, exactamente en el Inmaculado Corazón de María de la Virgen de Fátima, hay un clavo desde el que parte un hilo, un eje, una corriente histórica que hoy atraviesa la Italia de Salvini y Meloni, la “América” de Trump, la Rusia de Putin, la Hungría de Orbán, el Brasil de Bolsonaro y la Francia de Marechal. A lo largo de esa línea imaginaria, de esas líneas concretas, de esas páginas ricas en documentación, en distintos escorzos, se van asomando oblicuos ideólogos, folklóricos apóstoles cuya misión es acrisolar una nueva fe política de raíces judeocristianas: Steve Bannon y Aleksánder Dugin, Yoram Hazony y Rob Dreher, Tichon y el propio Orbán. No es sorprendente entonces que quienes mejor pertrechados están para hacer de cronistas de esta nueva derecha global no sean ya los clásicos intelectuales de izquierda, sino más bien quienes se ocupan de cuestiones religiosas, sean vaticanistas, estudiosos, curas o cardenales. Scaramuzzi conoce bien quiénes son las autoridades en la materia: Massimo Faggioli, historiador y teólogo; Olivier Roy, experto en islam y politólogo; Padre Dario Bossi; don Stefano Caprio; Antonio Spadaro, director de La Civiltà Cattolica, el periodista Marcelo Figueroa y el presidente de la Comisión de conferencias episcopales de la Comunidad Europea (COMECE), Jean-Claude Hollerich. Estos tres últimos autores de artículos clave para entender la teología de la prosperidad o la comunión de intereses entre fundamentalismo evangelista e integrismo católico (Spadaro y Figueroa); el punto en el que se halla hoy la integración europea y las sombras que la acechan (Hollerich). Sin esta escuela de lecturas y comentarios resulta mucho más complicada la comprensión del actual cuadro geopolítico global. Y uno tiene la sensación de que la intelectualidad de izquierda, acaso por pereza, soberbia, prejuicio, o una combinación miope de todas ellas, persistirá en el error de no acometer esa imprescindible tarea de interesarse por lo religioso, desconociendo que choca de frente con la mejor tradición del pensamiento de izquierda (Gramsci, Togliatti, Pasolini) que sí que se interesaban, como acertadamente recoge Scaramuzzi, por lo que ocurría en esa esfera.

El gran defecto de este libro es que da ganas de saber mucho más. Parece evidente que, por razones de espacio, el autor ha dejado ciertos vacíos en el cuadro: países a los que afecta seriamente la cuestión como pueden ser España o Polonia. A buen seguro, el fenómeno de Vox en España, el de Ley y Justicia, en Polonia, o, ampliando aún más el foco, la ideología tradicionalista del Grupo de Conservadores y Reformistas Europeos (ECR, por sus siglas en inglés) podrán servir de estímulo para que se siga estudiando el caso. Lo mismo valdría para las manipulaciones nacionalistas del budismo en Myanmar, el judaísmo en Israel o el hinduísmo en India. Y otro tanto para la batalla en el seno de la Iglesia. Hace bien Scaramuzzi en evitar describir las luchas intestinas en la Iglesia. Ya se ha escrito mucho sobre ello. Es más: se escribe todos los días porque dinero no falta para que continúen los ataques a Francisco.

Decíamos que con este libro Scaramuzzi nos regala también unas gafas que permiten leer mejor la letra pequeña del mundo. Uno se acostumbra fácil a leer con ellas. Y entonces comienza a preguntarse: el paso atrás a última hora de Francisco en la exhortación Querida Amazonía, ¿no habría que leerlo en esta misma lógica? ¿No será que Francisco juzgó que la correlación de fuerzas para llevar a cabo la reforma pastoral de la Iglesia ordenando hombres casados y dando espacio al diaconato femenino era insuficiente y que sus numerosos enemigos la utilizarían en su contra para instituir permanentemente “una religiosidad de oposición” en el Vaticano? Y si hubiera sido así, ¿cuánto tiempo podrá Francisco seguir posponiendo dichas renovaciones?

Como en El lavatorio, Scaramuzzi arrincona hasta el capítulo final del libro el retrato de la figura protagonista: “Un antídoto llamado Francisco”. No es de extrañar que sea un retrato admirado. Y lo que aprecia Scaramuzzi de Francisco es su capacidad para decir NO a quienes pretenden cooptarlo. Quienes han pensado que remozar la tríada fascista Dios, Patria y Familia llamándola ahora Dios, Honor, Patria puede servir para espantar todos los miedos del universo mundo; quienes creen que la religión vale lo mismo para parchear la decadencia Imperio americano, la agonía del cristianismo, el vacío espiritual que dejó la Unión Soviética, el sueño incumplido de una Europa unida, atacar al Islam o a China, salir de la crisis o aprovechar el shock de la covid-19, con Francisco han dado en hueso. Francisco no es Charlie. A todos esos, Bergoglio les dedicó dos frases secas. Primera: “No estamos más en la cristiandad”. Segunda: “No va más el partido católico”. ¿Acaso no suenan laicas? Con la primera, les dice a esos que le consideran el “líder político de la Internacional de izquierda”, que se olviden de utilizar el término “cristiandad” para recobrar aquel “espíritu imperialista”, aquella “función hegemónica mundial”, que, según Gramsci, ejercía antaño el catolicismo. Eso es laico. Asistimos a una convergencia de intereses entre quienes, dentro de la Iglesia, se niegan, aterrorizados, a aceptar que el cristianismo esté agonizando y quienes, fuera de la Iglesia, necesitan del concepto de “cristiandad” en cuanto “nexo filosófico para la idea de nación” a fin de internacionalizar los nacionalismos. Ambos necesitan con urgencia una nueva oleada de fanatismo para mantenerse vivos. Francisco, que, según el vaticanista Marco Politi, tiene una “mente política”, se opone frontalmente, casi en soledad, a tal operación. Eso también es laico. El camino que ha elegido Francisco es, políticamente, mucho más astuto: evita el conflicto que tanto necesitan sus opositores sin huir jamás de la realidad: “La realidad es soberana. Nos guste o no, es soberana. Y yo debo dialogar con la realidad”. Y mientras buena parte de la izquierda mundial olvida con frecuencia ese deber y desdeña todo lo que huela – por muy mal que huela – a religión, Francisco, férreamente vulnerable, sigue su quijotesca empresa de “recomponer el divorcio entre valores cristianos y sociedad moderna”. Ahí ya no es tan laico, pero, qué demonios, el Papa solo es un gran Papa. A él, buena onda, y a la izquierda, que lean a Scaramuzzi. Con el libro, de regalo, las gafas.

Hannah Arendt: el camino hacia lo humano

Rafael Narbona
Publicado en El cultural


En estos tiempos donde es absurdo pensar que la Shoah y el Gulag pertenecen al pasado, la filósofa nos recuerda que lo esencial de la democracia no es el libre mercado, sino el ejercicio de la libertad

El pensamiento de Hannah Arendt no adquirió un reconocimiento unánime hasta que cayó el Muro de Berlín y se derrumbó definitivamente el prestigio de la utopía comunista. Detrás del telón de acero, no se alzaba el paraíso de la clase trabajadora, sino una de las máscaras del totalitarismo, particularmente horrible durante los años de Stalin, un déspota oriental. La equiparación entre nazismo y estalinismo establecida por Hannah Arendt, lejos de ser arbitraria, reflejaba fielmente la realidad. El descrédito del marxismo dejó un sentimiento de orfandad entre los intelectuales que habían abrazado sus promesas. Hannah Arendt, que comprendió ese desencanto, pidió que se restaurara la dignidad de la política como herramienta de resistencia contra la tiranía y la opresión. En la democracia, lo esencial no es el libre mercado, sino el ejercicio de la libertad. Arendt recordó que la libertad es un bien absoluto, pero también una fuente de angustia, pues exige pensar, asumiendo riesgos y aceptando la posibilidad del error. El mundo se vuelve más peligroso e incierto, pero también más digno y humano.

Cuando en 1958 Hannah Arendt publicó La condición humana, se preguntó en primer término qué horizonte abría el primer lanzamiento espacial. Se trataba de un acontecimiento tan importante como la descomposición del átomo. Era la apoteosis de la técnica, que extendía su dominio más allá del orbe planetario. El ser humano se planteaba “habitar” el cosmos, colonizarlo. No era la consumación de un sueño, sino un acto de poder. La praxis científica y política, e incluso la fantasía popular, que no dejaba de inspirar ficciones literarias y cinematográficas sobre el futuro, sacrificaban todo a las necesidades de la vida, buscando nuevos recursos que explotar. Esta es la razón de que el progreso técnico no persiguiera la emancipación del trabajo, sino su “glorificación teórica”, ya que solo este podía garantizar la pervivencia de la especie, aunque paradójicamente el mundo nunca se había acercado tanto a su extinción, con la posibilidad de un holocausto nuclear. El efecto de este giro fue “la transformación de toda la sociedad en una sociedad de trabajo”.

En La condición humana, Hannah Arendt divide el quehacer humano en tres estadios: la labor, el trabajo y la acción. La labor es la vida misma, el conjunto de rutinas biológicas que desarrollamos para sobrevivir. El trabajo es el procedimiento que aplicamos a los recursos naturales para transformarlos en útiles adaptados a nuestras necesidades. La acción es el único proceso que no se ejerce sobre la materia. Es el espacio del discurso, cuyo fin no es simplemente la comunicación, sino la creación de un ámbito político. La acción es lo verdaderamente humano, pues ahí aflora el valor irrepetible de cada individuo: “Todos somos lo mismo, es decir, humanos, y por tanto nadie es igual a cualquier otro que haya vivido, viva o vivirá”. Cada nacimiento garantiza la diversidad, fundamento de la vida política. El totalitarismo exalta la muerte porque aspira a suprimir la diversidad y establecer un Estado-jardín basado en la uniformidad.

Desde el punto de vista de los griegos, ni la labor ni el trabajo poseían suficiente dignidad para convertirse en una forma de vida auténticamente humana. Solo en la acción, en tanto pluralidad y controversia, podía realizarse un hombre libre. Incluso cuando desaparece la polis, la palabra –desvinculada de su función política– conserva su superioridad, transformada en bios theoretikos o, de acuerdo con la traducción latina, vita contemplativa. De hecho, griegos y romanos no contemplan otra inmortalidad que la garantizada por las creaciones políticas o intelectuales. La búsqueda de la fama como justa recompensa a la excelencia es lo que diferencia al hombre libre del esclavo o el animal. Durante la Antigüedad, nadie cuestionaba la desigualdad entre los hombres. La disposición de arriesgar la propia vida en el juego político es lo que diferenciaba al hombre libre del esclavo o siervo, demasiado apegado a la existencia. El principio de isonomía o igualdad de derechos civiles y políticos solo se aplicaba a los hombres libres o ciudadanos. La violencia era el mecanismo legítimo que marcaba las diferencias. Había que estar dispuesto a morir para vivir con libertad y dignidad.

El ideal igualitario de la Revolución francesa disolvió la dialéctica del amo y el esclavo, acarreando el desembarco de las masas en la esfera política. El trabajo perdió su condición de tarea penosa e indigna. Nada habría repugnado más a los antiguos que la vinculación del trabajo a la excelencia. Frente a la vida contemplativa, Marx opuso el ideal de una humanidad socializada, donde labor y trabajo colaboran en una única tarea: garantizar el proceso de la vida. Se invierte de este modo la jerarquía establecida por los griegos. Solo las profesiones con “utilidad pública” poseen dignidad, mientras las ocupaciones liberales pierden su prestigio. La utopía marxista concede prioridad a la reproducción de la vida frente al concepto de virtud de los antiguos, donde la excelencia prevalece sobre la supervivencia. Este planteamiento no frustra las tendencias ilustradas de Marx, que especula con un porvenir donde la revolución emancipe al hombre del trabajo, sustituyendo el reino de la necesidad por el reino de la libertad. No puede ser de otro modo, pues “el reino de la libertad solo comienza donde cesa la labor determinada por la necesidad”. Esta “fundamental y flagrante contradicción” afecta a la totalidad del pensamiento marxista. En todas las fases de su obra, Marx “define al hombre como animal laborans y luego le lleva a una sociedad en que su mayor y más humana fuerza ya no es necesaria. Nos deja con la penosa alternativa entre esclavitud productiva y libertad improductiva”.

El hombre es la única especie que experimenta repugnancia hacia el esfuerzo por perseverar en su ciclo biológico. La urgencia de las necesidades materiales, que otros animales perciben como la esencia del vivir, se convierte en el hombre en esclavitud. La esclavitud es la condición natural de la vida misma y el precio de la emancipación es la propia vida, pues “la perfecta eliminación del dolor y del esfuerzo laboral no solo quitaría a la vida biológica sus más naturales placeres, sino que le arrebataría su misma viveza y vitalidad. Para los mortales, la ‘vida fácil de los dioses’ sería una vida sin vida”.

La espiral de consumo que caracteriza a las modernas sociedades industriales ha vinculado el trabajo al ciclo biológico de la abundancia, imponiendo la renovación permanente de los bienes de uso. Marx creyó que la emancipación de la labor (“el único elemento estrictamente utópico de su pensamiento”) engendraría un ocio basado en actividades intelectuales y creativas, ya que al no emplear su fuerza en satisfacer sus necesidades, el hombre utilizaría su energía en tareas más elevadas. Esta profecía se ha incumplido rigurosamente, pues el ser humano ha ocupado su ocio en el consumo, transformando todas las cosas en objeto de sus apetitos. Surge de esta forma la cultura de masas, que representa una amenaza para el equilibrio ecológico y el porvenir del planeta, ya que el consumo es un apetito insaciable y destructor.

La exaltación de la utilidad como bien supremo produce un mundo inhumano, donde el valor de las cosas viene determinado por valor de mercado. En ese contexto, el pensamiento y el arte se convierten en bienes marginales. El consumo ha invadido la mayor parte de la esfera pública. Se ha cumplido de este modo el sueño de los antiguos tiranos griegos, que ambicionaban transformar el ágora en una plaza de mercado. La vida humana queda rebajada a la condición de mercancía y el valor del trabajador se mide por la demanda que afecta a su actividad, propiciando que algunos se planteen un futuro donde las máquinas puedan reemplazar al individuo en la tarea de pensar, sin advertir que los procesos lógicos del ingenio mecánico más potente son incapaces de erigir un mundo, donde pueda habitar el hombre.

No hay en La condición humana ninguna referencia a otras tradiciones culturales. Ni el Islam ni las grandes civilizaciones de Oriente; menos aún, los pueblos africanos o precolombinos. Esta omisión podría interpretarse como una forma de desdén hacia formas de organización que aparentemente no habrían superado el umbral de la acción racional. Es paradójico que Hannah Arendt incurra en estos planteamientos, cuando la última parte de su obra se ocupa de la invención del telescopio, invento crucial en la determinación del lugar que le corresponde al hombre en el cosmos. No podemos descartar que existan civilizaciones extraterrestres con formas de razonamiento muy superiores a las nuestras, lo cual anularía la jerarquía establecida por Arendt. En cambio, su juicio sobre la sociedad de consumo ha sido confirmado por el tiempo.

En nuestros días, el desprecio de las actividades que no contribuyen a la producción se ha generalizado, lo cual ha provocado que se identifique democracia y cultura de masas. El regreso de los sentimientos nacionalistas no es nostalgia de la polis, sino fruto del creciente peso de las masas en la política. No es extraño que el nazismo planteara sus objetivos en términos biológicos. Se trataba de restituir la lucha elemental por la vida frente a la presunta futilidad del debate político, que solo produce reconocimiento. El hombre nuevo sería un trabajador, una síntesis del soldado y el operario que hallaría su identidad en la impersonalidad del uniforme. Lo más paradójico de este programa es que, invocando la obligación de contribuir al progreso de la vida, se instauró un régimen que introdujo en la historia el exterminio industrializado. El fervor exterminador no se agotó en el enemigo judío, polaco o comunista, sino que se revolvió contra el pueblo al que se había prometido un imperio milenario. Hitler llegó a plantear la esterilización forzosa de los alemanes con afecciones pulmonares y cardíacas.

La condición humana no es un tratado antropológico, sino político. Sin la referencia a Los orígenes del totalitarismo, que apareció en 1951, la obra quedaría incompleta. Hannah Arendt, que prefería el calificativo de publicista al de filósofo, no subordinó los acontecimientos a una escatología ni se identificó con un programa definido de reformas. Sabía que el hombre no está sujeto a leyes históricas o naturales. La condición humana es imprevisible y lo imprevisible no procede del azar, sino de la libertad. De convicciones liberales, Arendt siempre abogó por el imperio de la ley, el constitucionalismo y la razón política. No se puede obligar al individuo a involucrarse en la vida pública, pues eso es lo que hace el totalitarismo, pero se debe subrayar que la defensa del bien común es una obligación ciudadana. Si cada uno se dedica exclusivamente a cultivar su jardín, algún día la maleza penetrará en su hogar, destruyendo su existencia idílica. Hannah Arendt es una humanista. De ahí su firme oposición al poder totalitario, que considera al individuo superfluo: un cuerpo que se puede destruir y un alma susceptible de ser manipulada.

Es absurdo pensar que la Shoah y el Gulag pertenecen al pasado. Podrían volver. De hecho, no han desaparecido los centros de internamiento, los populismos gobiernan en muchos países y el nacionalismo crece en una Europa en crisis permanente. Pese a todo, el mal siempre acaba retrocediendo frente al bien, pues “carece de profundidad y de cualquier dimensión demoníaca. Solo es extremo, nunca radical”. En eso consiste su banalidad. “Solo el bien tiene profundidad y puede ser radical”. Debemos interpretar esa diferencia como un signo de esperanza.

Democracia auténtica: economía ética

No hay «demo-cracia» si gobierna el mercado

Adela Cortina
Publicado en Agenda Latinoamericana mundial. «La otra economía». 2013


El fracaso de la economía vigente es palmario. Persisten el hambre, la pobreza y la exclusión, aunque hay medios más que suficientes para erradicarlas. Pero también es evidente la insatisfacción que produce el actual funcionamiento de las democracias, porque ni están al servicio de todas las personas ni los ciudadanos se sienten protagonistas de la vida política.

Es urgente crear otra economía, una economía ética, y dar cuerpo a democracias que respondan con los hechos al nombre que llevan. Para hacerlo no hay que huir de este mundo, sino exigirle que la economía cumpla las tareas por las que dice legitimarse, y que las democracias se conviertan en auténticas democracias. Eso se consigue intentando detectar lúcida y cordialmente las tendencias que es preciso reforzar, sugiriendo desde ellas caminos nuevos, y eliminando las tendencias dañinas.

Es urgente plasmar una economía ética, a la altura de las personas y de la sostenibilidad de la naturaleza. Pero no habrá economía ética sin democracia auténtica. Estos serían algunos de los rasgos que deberían caracterizarlas.

1. Una democracia auténtica

La democracia es la mejor forma de gobierno que hemos descubierto. Según la caracterización más conocida, es «el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo». Lo cual exige, al menos, tres cosas:

1) Que esté al servicio de todos los que componen el pueblo sin exclusiones.
2) Todos los que forman parte de la comunidad política tienen que ser reconocidos como ciudadanos.
3) Los ciudadanos, que son los destinatarios de las leyes, tienen que ser también de alguna manera sus autores.

Por eso es importante que la democracia representativa se complemente y se convierta en deliberativa: la ciudadanía ha de ser ciudadanía activa, que elige representantes, les pide cuentas y participa activamente en la vida política. La ciudadanía activa es un motor de transformación social.

2. ¿Qué es un ciudadano?

Un ciudadano es aquella persona que en una comunidad política es su propia señora, no es sierva y mucho menos esclava. Ha de conquistar su libertad, pero sabe que debe hacerlo trabajando solidariamente con los demás ciudadanos, que son sus iguales en tanto que conciudadanos y en tanto que personas. Por eso los valores esenciales de la ciudadanía activa son la libertad, la igualdad, la solidaridad o la fraternidad y la interdependencia. Esto exige, al menos, crear instituciones que hagan posible encarnar dos dimensiones de la ciudadanía: la social y la económica.

3. Ciudadanía social

Es «ciudadano social» aquella persona que ve respetados sus derechos de primera y segunda generación: libertad de conciencia, expresión, asociación, reunión, desplazamiento y participación; pero también sus derechos económicos, sociales y culturales, como son, entre otros, el derecho al trabajo, a la asistencia sanitaria, a la educación o a la cultura. La ciudadanía social recoge los derechos de la Declaración Universal de Naciones Unidas de 1948, una declaración que compromete a todas las naciones que han firmado los pactos a esforzarse para que se vean protegidos en todos los países de la Tierra. Pero es imposible proteger estos derechos, en el nivel local y global, si quien gobierna no son los ciudadanos a través de sus representantes y de la deliberación pública, sino un mercado financiero, opaco y omnipotente, insensible a los derechos y necesidades de las personas.

Para realizar la democracia auténtica es necesaria otra economía, en que los ciudadanos intervengan. Es necesario hacer posible una ciudadanía económica.

4. Ciudadanía económica

En algún tiempo se decía que las tres grandes preguntas de la economía son: ¿qué se produce, para qué se produce y quién decide lo que se produce? Y ya entonces era una flagrante contradicción afirmar que las personas son iguales en tanto que ciudadanas, pero radicalmente desiguales a la hora de tomar decisiones económicas. Si los afectados por las decisiones económicas nunca son tenidos en cuenta, hay una contradicción entre la ciudadanía política, por la que todos son supuestamente iguales, y la ciudadanía económica, inexistente. Siempre deciden otros qué se produce y para qué, los afectados no son consultados, con lo cual, en ningún lugar de la tierra hay ciudadanos económicos. Parecía que crear las instituciones que hicieran posible la ciudadanía económica era una de las tareas inminentes para el siglo XXI. Sin embargo, este proyecto se complicó todavía más con la financiarización de la economía. Pasamos de una economía productiva a una economía financiera. En ella lo que importa no es quién decide lo que se produce, sino quién decide dónde se invierte para ganar más, aun sin producir bienes y servicios.

Ciudadanos y países pasan a depender de los mercados financieros y de las agencias de rating, y toda posibilidad de ciudadanía económica activa se corta de raíz. Es necesaria otra economía, que tenga por centro a las personas.

5. La meta de la economía: la persona en el centro

La economía no es un mecanismo fatal. Es una actividad humana y, por lo tanto, debe orientarse por unas metas que le dan sentido y legitimidad social. No sólo la política necesita legitimación social, también la necesita la economía.

La meta de una economía legítima consiste en «crear riqueza material e inmaterial para satisfacer las necesidades de las personas y para reforzar sus capacidades básicas de modo que puedan llevar adelante aquellos planes de vida feliz que elijan». La persona tiene que ser el centro y la economía debe colaborar en la tarea de crear buenas sociedades.

6. Los valores de una economía ética

Aunque suele decirse que la economía es una ciencia ajena a los valores morales, que sólo debe preocuparse por la producción eficiente de riqueza, sin atender a su distribución ni tampoco a cómo esa producción afecta a la libertad, la solidaridad y la igualdad de los seres humanos, eso es falso.

Cualquier opción económica potencia unos valores y debilita otros. Una economía legítima tendería a erradicar la pobreza y el hambre, reducir las desigualdades, satisfacer las necesidades básicas, potenciar las capacidades básicas de las personas, reforzar la autoestima, promover la libertad.

7. Los Principios de una Economía Inclusiva

Las personas deben ser el centro de la economía y de la política. Pero las personas no somos individuos aislados, sino seres en relación de reconocimiento mutuo: llegamos a reconocernos como personas porque otras nos han reconocido como personas. La base de la vida social no es el individuo, sino las personas vinculadas entre sí por el reconocimiento recíproco.

Por eso es falso el Principio del Individualismo Posesivo, que dio comienzo al capitalismo y sigue vigente.

Según ese principio, «cada individuo es dueño de sus capacidades y del producto de sus capacidades, sin deber por ello nada a la sociedad». Por el contrario, toda persona es lo que es por su relación con otras, está ligada a las otras personas y, por lo tanto, obligada a ellas. Lo que tiene se debe en muy buena parte a la sociedad, y más en un mundo globalizado. De donde se sigue que los bienes de la tierra son sociales. Y, por lo tanto, tienen que ser globalmente distribuidos. Los principios éticos de la economía ética serían el Reconocimiento de la Igual Dignidad de las Personas, la Apuesta por los más Vulnerables y la Responsabilidad por la Naturaleza, que no permiten exclusión alguna de la vida económica.

8. Consumo justo y felicitante

La desigualdad en las formas de consumo es aterradora entre los países y dentro de ellos. Mientras algunas personas no pueden satisfacer sus necesidades, otras consumen los bienes más sofisticados para satisfacer caprichos y por eso para ellas nunca hay bastante. Una forma de vida humana reclama apostar por un consumo liberador, que no esclavice; por un consumo justo, que tenga en cuenta las necesidades de todos, y por un consumo felicitante, que tenga en cuenta que lo más valioso para conseguir la felicidad es disfrutar de las relaciones humanas. Se hace necesario sellar un Pacto Global sobre el Consumo y potenciar la «ciudadanía del consumidor».

9. Gobernanza global. Ciudadanía cosmopolita

Construir un mundo en el que todas las personas se sientan ciudadanas es el reto político, económico y cultural del siglo XXI. Para ello se hace necesaria una gobernanza global, que haga llegar los beneficios de la globalización a todas las personas. Es ésta una exigencia de justicia.

10. Bienes de justicia y bienes de gratuidad

Pero los bienes de la tierra no son sólo «bienes de justicia», necesidades cuya satisfacción puede reclamarse como un derecho al que corresponde por parte de otros un deber. Quien se sabe cordialmente ligado a otras personas, se sabe también obligado a ellas, le resulta imposible llevar adelante una vida feliz si no es contando con ellas. Hay una creativa economía del don que va más allá del intercambio de equivalentes y abre camino a la gratuidad, que brota de la abundancia del corazón. Sin ella no habrá una economía ética.

Teresa Bellanova, de jornalera a ministra italiana

A los catorce años Teresa Bellanova (Ceglie Messapica, 1958) no disfrutaba de una adolescencia normal. Empezó muy pronto a ser jornalera, justo después de terminar la escuela media, porque en Italia, hasta los noventa, el colegio era obligatorio sólo durante ocho años. Fue una entre los miles de jóvenes de la Puglia, en el sur del país, que trabajaban por cuatro duros en los campos que rodeaban las ciudades, donde se cultivaban olivos, vides y almendros.

Su historia ha cambiado mucho desde entonces. Hace poco más de un mes, cuando cayó el gobierno del Movimiento 5 Estrellas (M5E) y la ultraderechista Liga tras la crisis estival provocada por la ambición de Matteo Salvini, su nombre empezó a sonar con fuerza para encabezar uno de los ministerios del nuevo Ejecutivo de Giuseppe Conte, respaldado esta vez por los grillini y el Partido Demócrata (PD). Había sido viceministra de Trabajo y de Desarrollo Económico con Matteo Renzi, uno de los cerebros del pacto de gobierno, e hizo un buen papel al desencallar crisis industriales peliagudas. Cuando empezó a salir en las quinielas, las televisiones se llenaron de tertulianos en traje y corbata que criticaban que una mujer sin educación universitaria optase a un cargo de esta envergadura.

Su respuesta fue muy clara: “No pude seguir estudiando, fui a trabajar en los campos. Pero a los chicos que conozco, a mi hijo, les digo: estudiad, estudiad, estudiad…”. El entero PD salió a protegerla en bloque como una política con gran experiencia, parlamentaria desde hace diez años, con cargos de responsabilidad y, sobre todo, curtida en la lucha sindical desde que era muy joven. Incluso recibió críticas machistas de la derecha por el vestido azul eléctrico que eligió para jurar el cargo. “¿Es Carnaval o Halloween?”, llegaron a comentar. Esta vez la defendieron mujeres de todos los partidos.

“Luchar contra la explotación del trabajo en los campos y contra la esclavización de las mujeres lo era todo. Fueron tiempos durísimos decisivos para mi formación: no los he olvidado nunca”.

Feminista desde que tiene uso de razón, Bellanova empezó a rebelarse cuando era adolescente contra las terribles condiciones de trabajo que sufrían las campesinas en el sur de Italia, igual que las que ahora sufren los jornaleros extranjeros, la mayoría inmigrantes subsaharianos. Eran años en los que jóvenes mujeres y madres de familia perdían la vida en los accidentes de autobuses repletos de gente que las llevaban a su lugar de trabajo. Con quince años fue elegida portavoz local de los trabajadores, y en los setenta se convirtió en una joven líder sindical contra la explotación en los campos.

Ella siempre ha contado que en esa época hacía falta “ensuciarse las manos”, por ejemplo, organizando cortes de carreteras para frenar los autobuses de los capataces. “Entonces ya era una joven mujer muy coherente. Su vida social era sólo acción política, la política y el sindicato eran su razón de vivir”, recuerda Patrizia Colella, directora de escuela y buena amiga de juventud. “Luchar contra la explotación del trabajo en los campos y contra la esclavización de las mujeres lo era todo. Fueron tiempos durísimos decisivos para mi formación: no los he olvidado nunca”, promete Bellanova años después.

Las personas que la conocen la describen como una Pasionaria, una mujer que se deja llevar mucho por sus emociones, pero también reflexiva y con gusto por la lectura, sobre todo ensayos. “Le gustan los libros técnicos, sobre economía o política. Siempre que hay un nuevo movimiento debe informarse para saberlo todo”, explica Colella a este diario. Se casó en 1986 con Abdellah El Motassime, un marroquí que fue su intérprete durante un viaje del sindicato CGIL a Marruecos. También era sindicalista, se enamoraron rápidamente y al final él se trasladó a vivir a Roma con ella, aunque siguen pasando los fines de semana en Lecce. Aquí su marido volvió a estudiar, porque sus títulos no fueron reconocidos. Tuvieron un hijo, Alessandro, que sí estudia, medicina.

Después de un rápido ascenso en los sindicatos italianos, en el 2006 el ex primer ministro Massimo D’Alema la fichó como candidata a las elecciones generales y entró en el Parlamento. Ya en la política nacional continuó ocupándose de las condiciones de vida de los campesinos y trabajadores agrícolas, y en el 2012 fue una de las principales artífices de una enorme investigación parlamentaria sobre el trabajo ilegal y la explotación de mano de obra extranjera en los campos. En el 2015 Renzi la nombró viceministra, y, por sorpresa para todos, empezó a apoyarle en las grandes decisiones que enfrentaron al florentino con el ala izquierdista del partido, desde su propuesta de ley electoral a la controvertida reforma laboral. Él siempre se lo ha agradecido en público, y cuenta que “ella sí sabe qué es trabajar duro”. La fidelidad a Renzi ha continuado hasta el punto de dejar el PD para seguirle en Italia Viva, el nuevo partido que presentan juntos este fin de semana en un congreso en Florencia. “Si lo ha hecho es porque estaba convencida, no por interés”, dice Colella.

Bellanova es desde ahora la voz de Renzi en el Ejecutivo, la encargada de negociar las posiciones de Italia Viva con el PD y el M5E, pero sobre todo, ministra de Agricultura, un cargo que corona sus años de lucha en los campos.

Hemos olvidado a Besteiro

Hoy necesitamos políticos como él. No es una casualidad que, en una España tan cainita como ésta, nadie le reivindique.

En un país en el que somos tan aficionados a las conmemoraciones y los aniversarios, hay un olvido que clama al cielo: es el de Julián Besteiro, uno de los políticos más honestos y más coherentes que ha tenido España desde la Restauración.

El que fuera presidente del PSOE, de UGT y de las Cortes nació en Madrid en 1870 y murió en la cárcel de Carmona en 1940, un año después de terminar la Guerra Civil. Por lo tanto, se cumplen ahora 150 años de su llegada al mundo y 80 años de su fallecimiento.

Cada vez que paso por debajo del busto que hay en el pasillo del Congreso por el que se accede al Hemiciclo, me acuerdo de este hombre injustamente olvidado en nuestra vida política y, sobre todo, por el PSOE, al que nadie sirvió con lealtad y ejemplaridad.

Nadie hizo más que Besteiro para evitar el conflicto que estalló en 1936, ya que siempre se opuso a las tesis de Largo Caballero, que quería implantar la dictadura del proletariado durante la República y que apoyó el levantamiento de Asturias.

Besteiro propugnaba un reparto más justo de la riqueza, mejoras en la educación y reformas para consolidar la democracia, pero era abiertamente contrario a provocar una guerra que, según él creía, tendría un altísimo coste humano y generaría la pérdida de muchos de los avances sociales de la República.

Su juicio y condena fue un ajuste de cuentas porque incluso el fiscal militar, que había sido alumno suyo, reconoció que era un hombre bueno y honesto, que no tenía responsabilidad alguna en delitos de sangre. Se le condenó por haber sido socialista y haber defendido la República a la que había jurado lealtad.

Como es sabido, Besteiro se sumó a la iniciativa del Coronel Casado en marzo de 1939 para entregar Madrid con el ánimo de evitar un inútil derramamiento de sangre. Se le acusó de traidor por ello, pero fue uno de los pocos dirigentes socialistas, por no decir el único que se quedó en la capital. Fue detenido en los sótanos del Ministerio de Hacienda y encarcelado.

Cuando se le preguntó por qué no había huido como sus compañeros, respondió que tampoco habían podido salir de Madrid los obreros, los artesanos y las gentes modestas que no tenían dónde ir. «Lo que sea de ellos será de mí», afirmó.

Y así fue. Franco se negó a indultarle pese a las peticiones de algunos generales y dirigentes del régimen del yugo y las flechas, que sabían que Besteiro, que era catedrático de Lógica, no merecía ningún castigo de los vencedores.

Era un hombre inequívocamente de izquierdas, como lo prueba que fue condenado en 1917 a cadena perpetua por formar parte del comité que organizó la huelga general revolucionaria en la que mi abuelo, según me contó, fue despedido de la Compañía del Norte.

Hoy necesitamos políticos como él. No es una casualidad que, en una España tan cainita como ésta, nadie le reivindique y no se ponga en valor su falta de sectarismo y su generosidad con el adversario.

Una lástima.

Pedro García Cuartango

Fuente: ABC