La quinta revolución industrial, la que nos trajo el COVID-19

Bérgamo, Italia. La ciudad es el epicentro de la crisis del COVID-19 en Italia. Annamaria Furlan, sindicalista hace más de 40 años, jamás se imaginó diciendo: “No he pedido nunca el cierre de ninguna fábrica, pero es que ahora está en riesgo la vida de las personas”. En su misma ciudad a no pocos metros de ella, el poco empático Vincenzo Boccia, presidente de la patronal Confindustria argumentaba: “No entiendo los motivos por los que los sindicatos querrían hacer huelga. El decreto ya es muy restrictivo: ¿qué más se tendría que hacer?”.

¿Cómo va a entender el Capital el sufrimiento de aquellos para los cuáles el Trabajo es su mayor baluarte?

Chicago, EEUU, ciudad industrial por excelencia y entre las más contaminadas del país. Las personas afroamericanas fallecidas por coronavirus suponen el 70% del total, aunque esta comunidad ronda el 30% de la población. John Anderson, trabajador de industria química y habitante de Englewood, vecindario en el que los afroamericanos son mayoría, se pregunta por qué. Un estudio de Harvard revela que la gente de los condados de Estados Unidos que ha estado expuesta a un mayor nivel de contaminación durante los últimos 15-17 años tiene un índice de mortalidad por Covid-19 sustancialmente mayor. Anderson confirma: “los afroamericanos tenemos más enfermedades crónicas, menos cobertura sanitaria y buena parte de los trabajadores ‘de primera línea’, que no podemos confinarnos, debemos acudir a trabajar en medio de la pandemia”.

¿Cómo va a entender la rica sociedad europea de 30.000€ per cápita el sufrimiento de los trabajadores explotados para los cuáles el trabajo es su único salvoconducto?

Hoy, 1 de mayo de 2020, en plena crisis del coronavirus, debemos valorar su impacto en el Mundo del Trabajo aunque lo que vamos a encontrarnos no nos guste. La OIT ha publicado recientemente unas estimaciones entre las que destacan:

  • Las medidas de paralización total o parcial de actividad ya afectan a casi 2.700 millones de trabajadores, es decir, a alrededor del 81% de la fuerza de trabajo mundial.
  • En especial las empresas más pequeñas, se enfrentan a pérdidas catastróficas que amenazan su funcionamiento y solvencia, y millones de trabajadores están expuestos a la pérdida de ingresos y al despido.
  • En muchos países ya ha comenzado una contracción del empleo a gran escala sin precedentes. Se calcula que en el segundo trimestre de 2020 habrá una reducción del empleo de alrededor del 6,7%, el equivalente a 195 millones de trabajadores a tiempo completo.
  • Los 2.000 millones de trabajadores de la economía informal que carecen de protección legal son los más afectados. Por ejemplo, en la India, donde casi el 90 por ciento de la población trabaja en la economía informal, alrededor de 400 millones de esos trabajadores corren riesgo de ver agravada su situación de pobreza durante la crisis. Las actuales medidas de confinamiento en la India, han perjudicado apreciablemente a estos trabajadores, que se han visto obligados a regresar a las zonas rurales de las que proceden.
  • En las zonas urbanas, muchos trabajadores del sector informal trabajan en sectores de la economía muy expuestos a la infección por el virus. Otros se ven sin ingresos por las medidas de confinamiento, como los recicladores de desechos, los vendedores ambulantes, los camareros, los obreros de la construcción, los trabajadores del transporte y las trabajadoras y trabajadores domésticos.
  • Casi el 40 por ciento de los trabajadores del mundo trabajan en los sectores más afectados por la caída de producción como son el comercio al por menor, los servicios de alojamiento y de servicio de comidas y las industrias manufactureras.
  • En los países más empobrecidos, con un acceso limitado a los servicios de salud y a la protección social, los trabajadores corren un alto riesgo de caer en la pobreza y de tener mayores dificultades para recuperar sus medios de vida durante el periodo de recuperación.

La OIT no hace otra recomendación que la de adoptar medidas de alivio inmediato a los trabajadores y a las empresas para volver a la normalidad. Y no se atreve a reconocer que la “normalidad” era el problema. La normalidad de un mundo en el que el mantra “VUCA” (las siglas en inglés de Volatilidad, Incertidumbre, Complejidad y Ambigüedad) y la tecnología liquidaban de un plumazo a 2/3 partes de los trabajadores actuales, preconizando las bondades de la digitalización.

Decía Kant que “la inteligencia de los individuos se mide por la capacidad de incertidumbre que son capaces de soportar”. Pero esta afirmación del filósofo, no puede servir de excusa para hacer experimentos sociales. Nos dicen que tenemos que aprender a vivir en la incertidumbre y tienen razón. Pero eso vale para todos, no sólo para que vivan angustiados los de siempre, los explotados. Hemos tratado de jugar a ser dioses, empoderados con la tecnología y nos hemos olvidado de que a la incertidumbre que asfixia, que mata, se la combate con AMOR. Con AMOR en la POLÍTICA, en la ECONOMÍA, en la vida SINDICAL.

Madrid, España. Hemos podido paladear un poco de ese mundo VUCA que estaba por venir durante estos días de confinamiento. Los 2200 trabajadores de la sede central de Vodafone, se van a teletrabajar desde sus casas, incluso antes de que el Gobierno decrete el estado de alarma. Y la actividad económica de la operadora de telecomunicaciones, no se resiente… ¿Habrán entendido nuestros sindicatos del Siglo XX, que a las empresas del siglo XXI hay que enfrentarlas con herramientas del este siglo? ¿Que las luchas de los trabajadores en este mundo digital no pueden ser exclusivamente la huelga de antaño, sino que requieren el conocimiento y las redes de los trabajadores a nivel mundial?

¿Cómo van a entender los sindicalistas de oficina el sufrimiento de los trabajadores explotados de India que vomitan líneas de código para las multinacionales de las telecomunicación, para los cuáles los 2 € al día suponen comer toda la familia esa jornada?

No tememos a la robotización. Como Guillermo Rovirosa, somos unos enamorados de la tecnología, pero a condición de que esté al servicio del hombre, empezando por los más empobrecidos, no al revés. Lo estamos viendo con fuerza estos días. Cuando el ser humano no dispone de lo fundamental: Tierra (para poder alimentarse), Techo (incluso para poder “confinarse”) y Trabajo (para no depender de nadie, ni de nada), pasa a ser parte de los descartados. Como aquellos a los que el Ébola, el Sarampión, el Covid-19, o el virus de la explotación condena a muerte.

Luchar por la dignidad del trabajo para todos, es esencial. Los países del Norte están aprobando los mayores planes de rescate económico de la historia con seguros de desempleo para grandes capas de su población. Pero en el mundo hay muchos más millones de personas a los que no va a llegar ninguna ayuda y el parón económico les impactará de lleno. Se espera una oleada de gente sin hogar, más bancarrotas y más morbilidad y mortalidad, aparte de las cifras relacionadas con la pandemia.

Robert Skidelsky, profesor emérito de economía política en la Universidad de Warwick e integrante de la Academia Británica de historia y economía, dijo “Si una máquina puede reducir a la mitad la necesidad de mano de obra humana, ¿por qué en lugar de prescindir de la mitad de los trabajadores, no los empleamos a todos durante la mitad de tiempo?… Esto sería posible si el rédito de la automatización, en vez de quedar exclusivamente en manos de los ricos y poderosos, se distribuyera equitativamente”. ¿Habrá sociedades y empresas audaces que se atrevan a llevar a cabo esta revolución del pensamiento social? Tenemos la oportunidad de construir, con trabajo, una sociedad y un mundo nuevos, en los que unos tengan que decrecer, para que otros salgan de la miseria. Podemos construir una sociedad en la que la justicia, no sea sólo un eslogan. Estaríamos ciegos si no reconociéramos que hay miles de hechos que demuestran que soplan vientos de esperanza. ¡Quién sabe si este COVID-19 no nos traerá de la mano la 5ª revolución industrial, la de la Solidaridad!

Sin embargo, en las anteriores crisis se siguió una estrategia que acabó enriqueciendo aún más a los financieros, a costa de un crecimiento más lento y una desigualdad más marcada. En los primeros días de esta crisis vimos como los gobiernos estaban más atentos a las bolsas de valores y al sector financiero que a sus trabajadores, que son quienes no se enriquecen con las finanzas y las bolsas. El debate de la renta básica cobra fuerza, pues el sistema pretende aliviar la situación de sus trabajadores sin cambiar los pilares del sistema.

Lo realmente preocupante es que, cuando se logre controlar la pandemia, nos vamos a encontrar con un escenario de reconstrucción en el que las diferencias entre ricos y pobres van a ser superiores las de la crisis del 29 o la Segunda Guerra Mundial.

Un mundo dominado por grandes corporaciones en el que los Estados no han sido capaces de establecer estructuras fiscales justas es un mal punto de partida. Además otro virus está infectando el mundo de forma creciente que son los nacional-populismos que fomentan la división y va a dificultar la búsqueda de soluciones justas y solidarias a la crisis.

Los costes de la Primera Guerra Mundial los pagó Alemania y provocaron la Segunda Guerra Mundial. La factura de ésta última la pagaron los países del hemisferio Sur y disparó la riqueza de los países del Norte. Estamos en un momento decisivo de la historia: o activamos una respuesta solidaria o los más pobres volverán a ser los paganos de esta crisis. ¡Celebremos como se merece este 1º de mayo! ¡Arriba los pobres del mundo!

Javier Marijúan y Marta Sanz

Un plan para resucitar

El Papa escribe en ‘Vida Nueva’ una reflexión inédita para una Pascua marcada por el coronavirus. A partir del “alégrense” de Jesús a las mujeres, reivindica la civilización del amor. Francisco llama a contagiarse con “los anticuerpos necesarios de la justicia, la caridad y la solidaridad” para la reconstrucción en el día después de la pandemia. “Es el Resucitado que quiere resucitar a la humanidad entera”, asevera en esta hoja de ruta que el Obispo de Roma regala a los lectores de la revista, a la Iglesia y a la sociedad.

De pronto, Jesús salió a su encuentro y las saludó, diciendo: ‘Alégrense’” (Mt 28, 9). Es la primera palabra del Resucitado después de que María Magdalena y la otra María descubrieran el sepulcro vacío y se toparan con el ángel. El Señor sale a su encuentro para transformar su duelo en alegría y consolarlas en medio de la aflicción (cfr. Jr 31, 10). Es el Resucitado que quiere resucitar a una vida nueva a las mujeres y, con ellas, a la humanidad entera. Quiere hacernos empezar ya a participar de la condición de resucitados que nos espera.

Invitar a la alegría pudiera parecer una provocación, e incluso, una broma de mal gusto ante las graves consecuencias que estamos sufriendo por el COVID-19. No son pocos los que podrían pensarlo, al igual que los discípulos de Emaús, como un gesto de ignorancia o de irresponsabilidad (cfr. Lc 24, 17-19). Como las primeras discípulas que iban al sepulcro, vivimos rodeados por una atmósfera de dolor e incertidumbre que nos hace preguntarnos: “¿Quién nos correrá la piedra del sepulcro?” (Mc 16, 3). ¿Cómo haremos para llevar adelante esta situación que nos sobrepasó completamente? El impacto de todo lo que sucede, las graves consecuencias que ya se reportan y vislumbran, el dolor y el luto por nuestros seres queridos nos desorientan, acongojan y paralizan. Es la pesantez de la piedra del sepulcro que se impone ante el futuro y que amenaza, con su realismo, sepultar toda esperanza. Es la pesantez de la angustia de personas vulnerables y ancianas que atraviesan la cuarentena en la más absoluta soledad, es la pesantez de las familias que no saben ya como arrimar un plato de comida a sus mesas, es la pesantez del personal sanitario y servidores públicos al sentirse exhaustos y desbordados… esa pesantez que parece tener la última palabra.

Sin embargo, resulta conmovedor destacar la actitud de las mujeres del Evangelio. Frente a las dudas, el sufrimiento, la perplejidad ante la situación e incluso el miedo a la persecución y a todo lo que les podría pasar, fueron capaces de ponerse en movimiento y no dejarse paralizar por lo que estaba aconteciendo. Por amor al Maestro, y con ese típico, insustituible y bendito genio femenino, fueron capaces de asumir la vida como venía, sortear astutamente los obstáculos para estar cerca de su Señor. A diferencia de muchos de los Apóstoles que huyeron presos del miedo y la inseguridad, que negaron al Señor y escaparon (cfr. Jn 18, 25-27), ellas, sin evadirse ni ignorar lo que sucedía, sin huir ni escapar…, supieron simplemente estar y acompañar. Como las primeras discípulas, que, en medio de la oscuridad y el desconsuelo, cargaron sus bolsas con perfumes y se pusieron en camino para ungir al Maestro sepultado (cfr. Mc 16, 1), nosotros pudimos, en este tiempo, ver a muchos que buscaron aportar la unción de la corresponsabilidad para cuidar y no poner en riesgo la vida de los demás. A diferencia de los que huyeron con la ilusión de salvarse a sí mismos, fuimos testigos de cómo vecinos y familiares se pusieron en marcha con esfuerzo y sacrificio para permanecer en sus casas y así frenar la difusión. Pudimos descubrir cómo muchas personas que ya vivían y tenían que sufrir la pandemia de la exclusión y la indiferencia siguieron esforzándose, acompañándose y sosteniéndose para que esta situación sea (o bien, fuese) menos dolorosa. Vimos la unción derramada por médicos, enfermeros y enfermeras, reponedores de góndolas, limpiadores, cuidadores, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas, abuelos y educadores y tantos otros que se animaron a entregar todo lo que poseían para aportar un poco de cura, de calma y alma a la situación. Y aunque la pregunta seguía siendo la misma: “¿Quién nos correrá la piedra del sepulcro?” (Mc 16, 3), todos ellos no dejaron de hacer lo que sentían que podían y tenían que dar.

Y fue precisamente ahí, en medio de sus ocupaciones y preocupaciones, donde las discípulas fueron sorprendidas por un anuncio desbordante: “No está aquí, ha resucitado”. Su unción no era una unción para la muerte, sino para la vida. Su velar y acompañar al Señor, incluso en la muerte y en la mayor desesperanza, no era vana, sino que les permitió ser ungidas por la Resurrección: no estaban solas, Él estaba vivo y las precedía en su caminar. Solo una noticia desbordante era capaz de romper el círculo que les impedía ver que la piedra ya había sido corrida, y el perfume derramado tenía mayor capacidad de expansión que aquello que las amenazaba. Esta es la fuente de nuestra alegría y esperanza, que transforma nuestro accionar: nuestras unciones, entregas… nuestro velar y acompañar en todas las formas posibles en este tiempo, no son ni serán en vano; no son entregas para la muerte. Cada vez que tomamos parte de la Pasión del Señor, que acompañamos la pasión de nuestros hermanos, viviendo inclusive la propia pasión, nuestros oídos escucharán la novedad de la Resurrección: no estamos solos, el Señor nos precede en nuestro caminar removiendo las piedras que nos paralizan. Esta buena noticia hizo que esas mujeres volvieran sobre sus pasos a buscar a los Apóstoles y a los discípulos que permanecían escondidos para contarles: “La vida arrancada, destruida, aniquilada en la cruz ha despertado y vuelve a latir de nuevo” (1). Esta es nuestra esperanza, la que no nos podrá ser robada, silenciada o contaminada. Toda la vida de servicio y amor que ustedes han entregado en este tiempo volverá a latir de nuevo. Basta con abrir una rendija para que la Unción que el Señor nos quiere regalar se expanda con una fuerza imparable y nos permita contemplar la realidad doliente con una mirada renovadora.

Y, como a las mujeres del Evangelio, también a nosotros se nos invita una y otra vez a volver sobre nuestros pasos y dejarnos transformar por este anuncio: el Señor, con su novedad, puede siempre renovar nuestra vida y la de nuestra comunidad (cfr. Evangelii gaudium, 11). En esta tierra desolada, el Señor se empeña en regenerar la belleza y hacer renacer la esperanza: “Mirad que realizo algo nuevo, ya está brotando, ¿no lo notan?” (Is 43, 18b). Dios jamás abandona a su pueblo, está siempre junto a él, especialmente cuando el dolor se hace más presente. Si algo hemos podido aprender en todo este tiempo, es que nadie se salva solo. Las fronteras caen, los muros se derrumban y todo los discursos integristas se disuelven ante una presencia casi imperceptible que manifiesta la fragilidad de la que estamos hechos. La Pascua nos convoca e invita a hacer memoria de esa otra presencia discreta y respetuosa, generosa y reconciliadora capaz de no romper la caña quebrada ni apagar la mecha que arde débilmente (cfr. Is 42, 2-3) para hacer latir la vida nueva que nos quiere regalar a todos. Es el soplo del Espíritu que abre horizontes, despierta la creatividad y nos renueva en fraternidad para decir presente (o bien, aquí estoy) ante la enorme e impostergable tarea que nos espera. Urge discernir y encontrar el pulso del Espíritu para impulsar junto a otros las dinámicas que puedan testimoniar y canalizar la vida nueva que el Señor quiere generar en este momento concreto de la historia. Este es el tiempo favorable del Señor, que nos pide no conformarnos ni contentarnos y menos justificarnos con lógicas sustitutivas o paliativas que impiden asumir el impacto y las graves consecuencias de lo que estamos viviendo. Este es el tiempo propicio de animarnos a una nueva imaginación de lo posible con el realismo que solo el Evangelio nos puede proporcionar. El Espíritu, que no se deja encerrar ni instrumentalizar con esquemas, modalidades o estructuras fijas o caducas, nos propone sumarnos a su movimiento capaz de “hacer nuevas todas las cosas” (Ap 21, 5).

En este tiempo nos hemos dado cuenta de la importancia de “unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral” (2). Cada acción individual no es una acción aislada, para bien o para mal, tiene consecuencias para los demás, porque todo está conectado en nuestra Casa común; y si las autoridades sanitarias ordenan el confinamiento en los hogares, es el pueblo quien lo hace posible, consciente de su corresponsabilidad para frenar la pandemia. “Una emergencia como la del COVID-19 es derrotada en primer lugar con los anticuerpos de la solidaridad” (3). Lección que romperá todo el fatalismo en el que nos habíamos inmerso y permitirá volver a sentirnos artífices y protagonistas de una historia común y, así, responder mancomunadamente a tantos males que aquejan a millones de hermanos alrededor del mundo. No podemos permitirnos escribir la historia presente y futura de espaldas al sufrimiento de tantos. Es el Señor quien nos volverá a preguntar “¿dónde está tu hermano?” (Gn, 4, 9) y, en nuestra capacidad de respuesta, ojalá se revele el alma de nuestros pueblos, ese reservorio de esperanza, fe y caridad en la que fuimos engendrados y que, por tanto tiempo, hemos anestesiado o silenciado.

Si actuamos como un solo pueblo, incluso ante las otras epidemias que nos acechan, podemos lograr un impacto real. ¿Seremos capaces de actuar responsablemente frente al hambre que padecen tantos, sabiendo que hay alimentos para todos? ¿Seguiremos mirando para otro lado con un silencio cómplice ante esas guerras alimentadas por deseos de dominio y de poder? ¿Estaremos dispuestos a cambiar los estilos de vida que sumergen a tantos en la pobreza, promoviendo y animándonos a llevar una vida más austera y humana que posibilite un reparto equitativo de los recursos? ¿Adoptaremos como comunidad internacional las medidas necesarias para frenar la devastación del medio ambiente o seguiremos negando la evidencia? La globalización de la indiferencia seguirá amenazando y tentando nuestro caminar… Ojalá nos encuentre con los anticuerpos necesarios de la justicia, la caridad y la solidaridad. No tengamos miedo a vivir la alternativa de la civilización del amor, que es “una civilización de la esperanza: contra la angustia y el miedo, la tristeza y el desaliento, la pasividad y el cansancio. La civilización del amor se construye cotidianamente, ininterrumpidamente. Supone el esfuerzo comprometido de todos. Supone, por eso, una comprometida comunidad de hermanos” (4). En este tiempo de tribulación y luto, es mi deseo que, allí donde estés, puedas hacer la experiencia de Jesús, que sale a tu encuentro, te saluda y te dice: “Alégrate” (Mt 28, 9). Y que sea ese saludo el que nos movilice a convocar y amplificar la buena nueva del Reino de Dios.


Notas
1. R. Guardini, El Señor, 504.
2. Carta enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), 13.
3. Pontificia Academia para la Vida. Pandemia y fraternidad universal. Nota sobre la emergencia COVID-19 (30 marzo 2020), p. 4.
4. Eduardo Pironio, Diálogo con laicos, Buenos Aires, 1986.

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