Lo que Europa le debe al cristianismo

Rafael Narbona

Durante estas navidades, el Parlamento Europeo ha rechazado la propuesta de exponer un Belén en su sede, alegando que podría resultar ofensivo. Cuesta trabajo comprender qué puede resultar ofensivo en una tradición que ha acompañado a la sociedad europea durante siglos. No es un secreto que la identidad de Europa es una síntesis de Roma, Grecia y Jerusalén. Si prescindimos de algún aspecto de este legado, mutilamos nuestro propio ser. El cristianismo no ha aportado tan solo la Buena Noticia, el nacimiento de Jesús, un niño judío que se revelará como el Hijo de Dios, materializando la promesa del Antiguo Testamento, según el cual la herida abierta por el pecado original solo se cerrará cuando un Salvador restaure el equilibrio roto por el hombre.

Entiendo que para muchos este razonamiento solo es mitología. Conviene recordar que las Sagradas Escrituras no pretenden ser un relato de hechos históricos contrastables mediante la metodología de las ciencias sociales, sino una narración con una dimensión mítica y un significado trascendente. Si no fuera así, no se comprendería que el robo de una manzana fuera el origen de las desgracias de la humanidad. Esa manzana quizás nunca existió y simplemente simboliza la transgresión de las normas que protegían la vida. De hecho, la muerte de Abel es una consecuencia directa del pecado original, que introdujo la violencia en las relaciones humanas, desoyendo el mandato espontáneo de no matar que nos asalta cada vez que contemplamos el rostro ajeno.

El cristianismo es un humanismo radical

Con independencia de las cuestiones teológicas, el cristianismo no se ha limitado a aportar esperanza, lo cual no es poco, sino que además ha cimentado una interpretación del hombre y la historia basada en valores atemporales, como la fraternidad, el perdón, la paz y la solidaridad. Para el cristianismo, no hay judíos y gentiles, hombres civilizados y bárbaros, patricios y esclavos, varones y mujeres, sino seres humanos con una dignidad inalienable. Nadie es insignificante. Cualquier vida posee un valor incuestionable. Frente al egoísmo, el cristianismo incita al desprendimiento y la generosidad. El clamor contra la injusticia recorre el Evangelio y el Antiguo Testamento. Los pobres, los hambrientos, los que sufren no deben ser abandonados a su suerte. Su dolor es un escándalo y hay que hacer todo lo posible por mitigarlo. Eso sí, la lucha por la justicia no puede servir de pretexto para empuñar la espada. Hay que renunciar a la violencia y la venganza. Los pacíficos son los verdaderos hijos de Dios. El amor al prójimo debe extenderse a los enemigos. Quizás pueda parecer una idea ingenua o inhumana, pero sin esa predisposición, las heridas siempre permanecerán abiertas. Europa no ha conocido una paz duradera hasta que las naciones con una tradición de enemistad han decidido estrecharse la mano, enterrando su historial de agravios mutuos.

En el cristianismo, el amor al prójimo no es algo marginal, sino una idea central. San Juan escribe: “Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, está mintiendo. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?”. El cristianismo es un humanismo radical. Pone a la persona en el centro de la vida moral y social, señalando que el hombre siempre es un fin y nunca un medio. No somete al individuo a los designios de la Historia o la Naturaleza, que justifican su inmolación, apelando a una hipotética plenitud futura. Algunos dirán que las hogueras de la Inquisición ignoraron este planteamiento. Sería absurdo negarlo, pero conviene aclarar que la Inquisición constituyó una gravísima infidelidad al Evangelio.

La Iglesia Católica no ha logrado permanecer al margen de las convulsiones de la historia. Su mensaje ha sido utilizado para justificar ideologías opuestas a sus principios más elementales. Pienso en el antisemitismo, que nace de la injusta acusación contra el pueblo judío de ser los responsables de la muerte de Jesús. Nunca me cansaré de repetir que Jesús fue ejecutado por Roma, que le consideró un alborotador más, uno de esos mesías que aparecían de vez en cuando, incitando a la rebelión. El cristianismo no es la negación del judaísmo, sino su continuación. Una hagadá de la Torá formula con inequívoca nitidez el pilar de la moral: “No hagas a tu prójimo lo que no quieres que te hagan a ti; todo lo demás es comentario”. Debemos esa “regla de oro” al rabino Hilel el Sabio (h. 110 a. C.-10 d. C.), el primer erudito que sistematizó la interpretación de la Torá escrita. En su ‘Vida de Jesús’, Ernest Renan sostiene que Hilel fue el maestro de Jesús de Nazaret. El cristianismo siempre estará ligado al judaísmo. Los Cristos rubios y de ojos azules son una grotesca caricatura que ignora los hechos históricos (Jesús probablemente tuvo la piel morena, los ojos oscuros y el cabello corto), fomentando un antisemitismo hondamente anticristiano.

La religión como pretexto

Se ha responsabilizado al cristianismo de las guerras que asolaron Europa a partir de la Reforma, pero lo cierto es que esos conflictos no nacen de disputas religiosas, sino de la búsqueda de la hegemonía de unas naciones sobre otras. La religión sirvió de pretexto. Nunca fue la causa principal. Lejos de abogar por la guerra, el cristianismo destaca la responsabilidad de cada ser humano en relación a sus semejantes. El examen de conciencia y el sentimiento de culpa nos obligan a reflexionar sobre nuestros actos y a reparar el daño causado. La culpabilidad no es un simple lastre, sino un reconocimiento objetivo de nuestros errores y un estímulo permanente para corregirlos y superarlos. La culpabilidad sería estéril sin la posibilidad del perdón. Gracias al perdón, podemos librarnos del pasado. No estamos encadenados a él como si fuera algo muerto e inalterable. Ser perdonados significa poder reescribir lo que sucedió, avanzando hacia un futuro con nuevas posibilidades. Todas las legislaciones de países democráticos se hacen eco de esta idea, señalando que el sentido de las penas no es castigar, sino rehabilitar al infractor. Jesús nunca escatimó el perdón y siempre mostró predilección por los pecadores.

El cristianismo no se mostró hostil a la carne ni al sexo. Postuló la resurrección del cuerpo y el alma porque entendió que la persona es existencia encarnada, una conjunción indivisible. Sin cuerpo, no hay historia. Es la vía de inserción en lo real y lo que nos permite forjar una identidad. El odio al sexo no es una herencia cristiana, sino una vieja enseñanza gnóstica que san Agustín asimiló, desviándose del espíritu del Evangelio. El cristianismo tampoco es enemigo de la ley. Cuando Jesús pide que se paguen los impuestos, reconoce la dimensión comunitaria del individuo. No es posible una vida humana al margen de la sociedad.

Ser ciudadano no es una opción, sino una necesidad y una obligación. Eso sí, las sociedades que utilizan al hombre como medio y no como fin carecen de legitimidad y cabe la desobediencia. En los Hechos de los apóstoles, Pedro afirma: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. La invitación a la comunidad de bienes que circula por el Evangelio incorpora a la política una perspectiva utópica. No se trata de una utopía basada en la violencia revolucionaria, sino en el ejercicio de la razón. No es posible la paz y la prosperidad en un mundo con grandes desigualdades. Solo cuando comprendamos que la verdadera felicidad consiste en compartir, saldremos de esa lógica de la acumulación y el consumo que nos convierte en esclavos de los bienes materiales.

La fuerza de la libertad

El cristianismo es una “moral abierta”, como señala Henri Bergson, que se fundamenta en la libertad. Podemos abrazarla o no. No es una “moral cerrada” que se impone mediante la fuerza. No podría ser de otro modo en una filosofía que invita a poner la otra mejilla y a compartir con nuestros semejantes el manto, la túnica o lo que sea preciso. El cristianismo siempre se solidariza con el más débil. Por eso cambió la situación de los niños en el mundo antiguo. En Roma, la vida del recién nacido dependía de la voluntad del ‘pater familias’. Si éste repudiaba al niño, se le abandonaba a la intemperie, expuesto a los elementos y a las fieras. Jesús advierte que la vida de los niños es sagrada y que más valdría atarse una rueda de molino y arrojarse al mar antes que causarles cualquier daño. Su actitud no es menos favorable hacia la mujer. Se ha recriminado al cristianismo la discriminación y postergación de la condición femenina. Ese reproche debería más bien dirigirse a las distintas iglesias, pues Jesús se rodeó de mujeres y todo indica que muchas desempeñaron un papel muy importante en las primeras comunidades.

El respeto a los derechos humanos es la piedra angular del proyecto europeo y ese compromiso no ha surgido de la nada. Es anterior a la Ilustración y, de hecho, el humanismo de los ‘philosophes’ es nítidamente cristiano. El ateísmo fue un fenómeno marginal en el Siglo de las Luces. Predominó un anticlericalismo inspirado por el rechazo a la intervención de la Iglesia Católica en los asuntos políticos. Desgraciadamente, se juzga al cristianismo por las infidelidades de la Iglesia, siempre sujeta a las imperfecciones humanas, y no por sus grandes aportaciones al progreso moral de la cultura occidental. El cristianismo depuró la herencia grecolatina y las enseñanzas de la tradición judía mediante el humanismo del Evangelio, alumbrando la idea de una civilización basada en leyes justas que garantizaran la igualdad de derechos, la protección del más débil y la fraternidad con otros pueblos.

Negarse a exponer un Belén en el Parlamento Europeo significa darle la espalda a ese legado, ocultando sus raíces históricas y filosóficas. El hispanista Joseph Pérez afirmaba que sin el cristianismo, España se parecería al norte de África, donde las ideas democráticas aún soportan una fuerte resistencia. Puede extenderse su reflexión al resto de Europa. El comportamiento del Parlamento Europeo evoca los problemas de Jesús y María para hallar posada, cuando el nacimiento de Jesús era inminente. Es un gesto con un indudable parentesco con la tendencia de Europa a levantar muros y no puentes, cerrando el paso a los inmigrantes. Un Belén en el Parlamento Europeo, lejos de ofender, podría haber servido para recordar que lo ético y humano es la acogida, y no la indiferencia o el rechazo.

Delibes ante el proceso de Burgos

Fuente: magnificomargarito.com

Miguel Delibes no fue ese hombre solitario que escribía novelas. Tampoco fue un catedrático de derecho mercantil con familia numerosa ni un aficionado al fútbol que huía al campo en cuanto podía a pescar truchas y cazar perdices rojas. Miguel Delibes fue, ante todo, un periodista y gran parte de su producción literaria es periodismo disfrazado de ficción para saltarse la censura, periodismo sin limitación de papel. No fue un periodista cualquiera. Miguel Delibes fue un periodista integral, comprometido con la defensa de la libertad a lo largo de toda la dictadura y con la responsabilidad de dar voz a los débiles. Porque eso es el periodismo para él: una herramienta para contar lo que pasa y poner contra las cuerdas a los que precisamente no quieren que se sepa lo que pasa. Es decir, al Régimen. Lo hizo durante toda su carrera. Su lucha contra la censura es constante, beligerante, incesante. Su postura le supuso una persecución por parte del franquismo de la que poco se habla. Del mismo modo, Delibes fue un creyente convencido, lo cual no solo supone mantener, como mantuvo, una postura contraria al aborto sino, por coherencia, también una oposición frontal a la pena de muerte.

Un ejemplo de su compromiso por la libertad y contra la pena de muerte podemos verlo en su postura ante el ‘Proceso de Burgos’, en el que se pidió pena de muerte en Consejo de Guerra a dieciséis miembros de ETA. Quizá resulte redundante, por conocido y evidente, reincidir en que la postura de Miguel Delibes no tuvo nada que ver con una simpatía hacia la banda terrorista, más bien lo contrario: demostró que las convicciones firmes no dependen de nada, y la defensa de la vida tiene igual sentido si la vida es la de un terrorista o la de un bebé. El quinto mandamiento no viene con anexo.

En 1970, España ya era, socialmente, otra cosa. El comienzo del fin de la guerra fría, la llegada de Kennedy y de Jruschov a los gobierno de Estados Unidos y de la Unión Soviética, respectivamente, y los cambios en el catolicismo que supuso el Concilio, pusieron sobre el papel un nuevo tiempo. Incluso la abogacía española se mostró contraria a la pena de muerte en el Congreso celebrado en León unos meses antes, en junio de 1970. En este contexto, el 20 de junio de 1970, Miguel Delibes empieza a escribir un diario en el semanario ‘Destino’ que, finalmente, publicaría en 1972 bajo el título ‘Un año de mi vida’. En dicho diario encontramos varias anotaciones sobre el ‘Proceso de Burgos’ que dejan clara su postura.

«6 de diciembre. – De acuerdo con el Padre Llanos, que no aspira a otra cosa que a servir a sus semejantes, hemos enviado al ministro de Justicia un escrito, firmado por los dos, en el que hacemos constar nuestra propuesta por el hecho de que no sea un tribunal ordinario el que juzgue a unos ciudadanos civiles y nuestra repulsa porque aun perdure en el país la pena de muerte. Carta al margen, es paradójico que en España exista la última pena y no exista la cadena perpetua. El castigo debe procurar la recuperación del delincuente y resulta obvio que los únicos seres no susceptible de recuperación son los muertos. La pena de cadena perpetua podría servir para aquellos reos cuya peligrosidad habitual llevara a sus jueces al convencimiento de que su rehabilitación es imposible».

Efectivamente, el día antes, envía junto al Padre Llanos S.J., -del que Umbral decía que parecía «el obispo de la miseria con chaqueta de jubilado»- una carta al ministro Oriol en la que expresa lo indicado en su diario junto a su consideración de la pena de muerte como correspondiente a «un estado infantil de la cultura, ya que no respeta el derecho de todo hombre a la vida. La labor de la sociedad culta es corregir a los que considere culpables».

La respuesta del ministro se da el 10 de diciembre. Es un documento grotesco que hoy resultaría escandaloso por su descaro, manipulación y nivel de demagogia. Pero eran otros tiempos y el Régimen era lo que era. Llega a decir, Oriol, entre otras cosas, que «la única violencia necesaria es la que cada uno ha de hacer contra si mismo para luchar contra el pecado». Recuérdese que estas palabras se las dirige también al Padre Llanos, un sacerdote, por lo que el tono provocador es evidente. Les pide en la misiva que creen opinión para que «la sociedad deje de ser tan infantil y alcance así una madurez en la que pueda darse la libertad».

Llanos informa a Delibes de esta carta a través de otra fechada el día 12, en la que con un tono desesperanzando y con cierto hartazgo, insta a Delibes a responder, aunque dejando claro que puede hacer lo que estime oportuno. Llanos estaba inmerso, por entonces, en una crisis existencial y se nota. Pero la confianza hacia el vallisoletano es tal que le adjunta incluso su firma en una hoja en blanco para que don Miguel la adosara a la respuesta, sea esta la que fuera.

Delibes lo recoge así en el diario.

«14 de diciembre. – El señor ministro de Justicia ha tenido la atención de contestarnos al Padre Llanos y a mi. Entiende que la palabra protesta no es consecuente con nuestra actitud de no-violencia ya que en si misma encierra una violencia. Esto es un círculo vicioso. Los más grandes no-violentos del mundo -Ghandi y Lutero King- fueron protestarios, protestatarios pacíficos pero inflexibles. Ellos deben ser nuestro ejemplo».

El documento al que hace referencia es demoledor. Esta es la primera vez que sale a la luz y, por ello, El Norte de Castilla agradece a la Fundación Miguel Delibes el acceso al documento. Por su interés y novedad, se reproduce íntegramente.

«Excelentísimo Señor:

Agradecemos de corazón su respuesta puesto que siempre hemos confiado en las grandes virtudes del diálogo. No le sorprenda, Sr. Ministro, nuestra protesta dentro de nuestro espíritu de no violencia. La protesta fue el arma de los grandes no violentos de la Historia – Ghandi, King o el Dr. Schweitzer-: protesta pacífica pero inflexible. Ni quisiera ser la nuestra y la de tantos otros españoles que, a diferencia de la que usted cita y que sin duda apoyan la constitución del Tribunal de Burgos, no podemos manifestarlo -ni amplificarlo- a través de la prensa y la TV.

No hay duda respecto a las virtudes militares que Vd. cita – valor, honor, espíritu de sacrificio-, pero es evidente que, en formación profesional, de la misma manera que el militar entiende de táctica y estrategia, debería ser el juez quien entendiera de la justicia.

Claro es, Sr. Ministro, que mediante nuestra carta no pretendemos cambiar ya el curso del proceso de Burgos, pero si aprovechamos este motivo para insistir una vez más en la inminencia de estudiar la supresión de la pena de muerte en nuestro país y sustituirla en ultimo extremo con la de la cadena perpetua para aquellos casos de reos cuya recuperación se considere imposible.

Con los debidos respetos le saludan.

P.D.  Recibimos, señor ministro, una copia de la declaración del procesado Juan Echave en Burgos. No podemos compartirla ni refutarla pero si le encarecemos, señor ministro, como cristianos, se interese por la suerte de los detenidos desde el momento de la detención hasta el de ser juzgados».

Se refieren Delibes y Llanos a la declaración del padre Echave Garitacelaya al consejo de guerra de Burgos el 6 de diciembre, en el que relata punto por punto una secuencia de maltrato y brutalidad policial cuya lectura resulta dramática. El propio Padre Echave denunciaría años después a Felix Criado por haberle torturado «salvajemente» en la cárcel concordataria zamorana en abril de 1969. Esta querella es la presentada en Argentina contra los crímenes del franquismo que juzga hoy la jueza Servini. La presencia de dos sacerdotes entre los encausados – Julián Calzada Ugalde y el citado Juan Echave Garitacelaya- hizo que la propia Iglesia se presentase como parte interesada.

El diario sigue.

«25 de diciembre. – Para que nada faltase al clima de Navidad, hubo nieve y un gesto de sensatez por parte de la ETA: la liberación del cónsul Beihl. (…)

28 de diciembre. – La sentencia de Burgos con nueve penas de muerte (tres dobles) me ha angustiado. Todavía faltan, es cierto, el pronunciamiento del capitán general y el derecho de gracia del Jefe del Estado, pero estas tres penas dobles me dan mala espina y destruyen por completo mis previsiones sobre este asunto y a las que hasta ahora se habían ajustado los hechos de manera sorprendente.

30 de diciembre. – Cuando regresaba de cursar un telegrama a El Pardo, pidiendo clemencia para los condenados a muerte en Burgos, me encontré en el periódico con la noticia de su indulto. Había una gran alegría en la redacción, a la que me uní sin reservas. La medida no solo me parece humanitaria, sino de suma prudencia política. ¡Qué alivio, Señor!»

No todo fue coser y cantar. El 18 de diciembre de 1970, Vergés -el editor de Delibes- traslada al periodista que había estado reunido recientemente con el director general de prensa, quien le había advertido sobre Delibes mostrándole sus textos subrayados. «No sé donde acabaré. Me quieren a mi», le advertía Delibes cuatro años antes al propio Vergés con motivo de su cese como director por parte de la censura. Y la persecución seguía. Y siguió. Fue algo constante y, literalmente, deprimente para él. Delibes pudo optar por ponerse de lado, como hicieron otros, y refugiarse en la Academia y sus éxitos literarios. Pero él no era así. Delibes no calló. No lo hizo nunca y tampoco, como vemos, durante este proceso. Es el modo de actuar consecuente y firme de uno de los periodistas a los que más debe la libertad de expresión en España. Y, sobre todo, es el modo de actuar de un ser humano excepcional.

 

Hannah Arendt: el camino hacia lo humano

Rafael Narbona
Publicado en El cultural


En estos tiempos donde es absurdo pensar que la Shoah y el Gulag pertenecen al pasado, la filósofa nos recuerda que lo esencial de la democracia no es el libre mercado, sino el ejercicio de la libertad

El pensamiento de Hannah Arendt no adquirió un reconocimiento unánime hasta que cayó el Muro de Berlín y se derrumbó definitivamente el prestigio de la utopía comunista. Detrás del telón de acero, no se alzaba el paraíso de la clase trabajadora, sino una de las máscaras del totalitarismo, particularmente horrible durante los años de Stalin, un déspota oriental. La equiparación entre nazismo y estalinismo establecida por Hannah Arendt, lejos de ser arbitraria, reflejaba fielmente la realidad. El descrédito del marxismo dejó un sentimiento de orfandad entre los intelectuales que habían abrazado sus promesas. Hannah Arendt, que comprendió ese desencanto, pidió que se restaurara la dignidad de la política como herramienta de resistencia contra la tiranía y la opresión. En la democracia, lo esencial no es el libre mercado, sino el ejercicio de la libertad. Arendt recordó que la libertad es un bien absoluto, pero también una fuente de angustia, pues exige pensar, asumiendo riesgos y aceptando la posibilidad del error. El mundo se vuelve más peligroso e incierto, pero también más digno y humano.

Cuando en 1958 Hannah Arendt publicó La condición humana, se preguntó en primer término qué horizonte abría el primer lanzamiento espacial. Se trataba de un acontecimiento tan importante como la descomposición del átomo. Era la apoteosis de la técnica, que extendía su dominio más allá del orbe planetario. El ser humano se planteaba “habitar” el cosmos, colonizarlo. No era la consumación de un sueño, sino un acto de poder. La praxis científica y política, e incluso la fantasía popular, que no dejaba de inspirar ficciones literarias y cinematográficas sobre el futuro, sacrificaban todo a las necesidades de la vida, buscando nuevos recursos que explotar. Esta es la razón de que el progreso técnico no persiguiera la emancipación del trabajo, sino su “glorificación teórica”, ya que solo este podía garantizar la pervivencia de la especie, aunque paradójicamente el mundo nunca se había acercado tanto a su extinción, con la posibilidad de un holocausto nuclear. El efecto de este giro fue “la transformación de toda la sociedad en una sociedad de trabajo”.

En La condición humana, Hannah Arendt divide el quehacer humano en tres estadios: la labor, el trabajo y la acción. La labor es la vida misma, el conjunto de rutinas biológicas que desarrollamos para sobrevivir. El trabajo es el procedimiento que aplicamos a los recursos naturales para transformarlos en útiles adaptados a nuestras necesidades. La acción es el único proceso que no se ejerce sobre la materia. Es el espacio del discurso, cuyo fin no es simplemente la comunicación, sino la creación de un ámbito político. La acción es lo verdaderamente humano, pues ahí aflora el valor irrepetible de cada individuo: “Todos somos lo mismo, es decir, humanos, y por tanto nadie es igual a cualquier otro que haya vivido, viva o vivirá”. Cada nacimiento garantiza la diversidad, fundamento de la vida política. El totalitarismo exalta la muerte porque aspira a suprimir la diversidad y establecer un Estado-jardín basado en la uniformidad.

Desde el punto de vista de los griegos, ni la labor ni el trabajo poseían suficiente dignidad para convertirse en una forma de vida auténticamente humana. Solo en la acción, en tanto pluralidad y controversia, podía realizarse un hombre libre. Incluso cuando desaparece la polis, la palabra –desvinculada de su función política– conserva su superioridad, transformada en bios theoretikos o, de acuerdo con la traducción latina, vita contemplativa. De hecho, griegos y romanos no contemplan otra inmortalidad que la garantizada por las creaciones políticas o intelectuales. La búsqueda de la fama como justa recompensa a la excelencia es lo que diferencia al hombre libre del esclavo o el animal. Durante la Antigüedad, nadie cuestionaba la desigualdad entre los hombres. La disposición de arriesgar la propia vida en el juego político es lo que diferenciaba al hombre libre del esclavo o siervo, demasiado apegado a la existencia. El principio de isonomía o igualdad de derechos civiles y políticos solo se aplicaba a los hombres libres o ciudadanos. La violencia era el mecanismo legítimo que marcaba las diferencias. Había que estar dispuesto a morir para vivir con libertad y dignidad.

El ideal igualitario de la Revolución francesa disolvió la dialéctica del amo y el esclavo, acarreando el desembarco de las masas en la esfera política. El trabajo perdió su condición de tarea penosa e indigna. Nada habría repugnado más a los antiguos que la vinculación del trabajo a la excelencia. Frente a la vida contemplativa, Marx opuso el ideal de una humanidad socializada, donde labor y trabajo colaboran en una única tarea: garantizar el proceso de la vida. Se invierte de este modo la jerarquía establecida por los griegos. Solo las profesiones con “utilidad pública” poseen dignidad, mientras las ocupaciones liberales pierden su prestigio. La utopía marxista concede prioridad a la reproducción de la vida frente al concepto de virtud de los antiguos, donde la excelencia prevalece sobre la supervivencia. Este planteamiento no frustra las tendencias ilustradas de Marx, que especula con un porvenir donde la revolución emancipe al hombre del trabajo, sustituyendo el reino de la necesidad por el reino de la libertad. No puede ser de otro modo, pues “el reino de la libertad solo comienza donde cesa la labor determinada por la necesidad”. Esta “fundamental y flagrante contradicción” afecta a la totalidad del pensamiento marxista. En todas las fases de su obra, Marx “define al hombre como animal laborans y luego le lleva a una sociedad en que su mayor y más humana fuerza ya no es necesaria. Nos deja con la penosa alternativa entre esclavitud productiva y libertad improductiva”.

El hombre es la única especie que experimenta repugnancia hacia el esfuerzo por perseverar en su ciclo biológico. La urgencia de las necesidades materiales, que otros animales perciben como la esencia del vivir, se convierte en el hombre en esclavitud. La esclavitud es la condición natural de la vida misma y el precio de la emancipación es la propia vida, pues “la perfecta eliminación del dolor y del esfuerzo laboral no solo quitaría a la vida biológica sus más naturales placeres, sino que le arrebataría su misma viveza y vitalidad. Para los mortales, la ‘vida fácil de los dioses’ sería una vida sin vida”.

La espiral de consumo que caracteriza a las modernas sociedades industriales ha vinculado el trabajo al ciclo biológico de la abundancia, imponiendo la renovación permanente de los bienes de uso. Marx creyó que la emancipación de la labor (“el único elemento estrictamente utópico de su pensamiento”) engendraría un ocio basado en actividades intelectuales y creativas, ya que al no emplear su fuerza en satisfacer sus necesidades, el hombre utilizaría su energía en tareas más elevadas. Esta profecía se ha incumplido rigurosamente, pues el ser humano ha ocupado su ocio en el consumo, transformando todas las cosas en objeto de sus apetitos. Surge de esta forma la cultura de masas, que representa una amenaza para el equilibrio ecológico y el porvenir del planeta, ya que el consumo es un apetito insaciable y destructor.

La exaltación de la utilidad como bien supremo produce un mundo inhumano, donde el valor de las cosas viene determinado por valor de mercado. En ese contexto, el pensamiento y el arte se convierten en bienes marginales. El consumo ha invadido la mayor parte de la esfera pública. Se ha cumplido de este modo el sueño de los antiguos tiranos griegos, que ambicionaban transformar el ágora en una plaza de mercado. La vida humana queda rebajada a la condición de mercancía y el valor del trabajador se mide por la demanda que afecta a su actividad, propiciando que algunos se planteen un futuro donde las máquinas puedan reemplazar al individuo en la tarea de pensar, sin advertir que los procesos lógicos del ingenio mecánico más potente son incapaces de erigir un mundo, donde pueda habitar el hombre.

No hay en La condición humana ninguna referencia a otras tradiciones culturales. Ni el Islam ni las grandes civilizaciones de Oriente; menos aún, los pueblos africanos o precolombinos. Esta omisión podría interpretarse como una forma de desdén hacia formas de organización que aparentemente no habrían superado el umbral de la acción racional. Es paradójico que Hannah Arendt incurra en estos planteamientos, cuando la última parte de su obra se ocupa de la invención del telescopio, invento crucial en la determinación del lugar que le corresponde al hombre en el cosmos. No podemos descartar que existan civilizaciones extraterrestres con formas de razonamiento muy superiores a las nuestras, lo cual anularía la jerarquía establecida por Arendt. En cambio, su juicio sobre la sociedad de consumo ha sido confirmado por el tiempo.

En nuestros días, el desprecio de las actividades que no contribuyen a la producción se ha generalizado, lo cual ha provocado que se identifique democracia y cultura de masas. El regreso de los sentimientos nacionalistas no es nostalgia de la polis, sino fruto del creciente peso de las masas en la política. No es extraño que el nazismo planteara sus objetivos en términos biológicos. Se trataba de restituir la lucha elemental por la vida frente a la presunta futilidad del debate político, que solo produce reconocimiento. El hombre nuevo sería un trabajador, una síntesis del soldado y el operario que hallaría su identidad en la impersonalidad del uniforme. Lo más paradójico de este programa es que, invocando la obligación de contribuir al progreso de la vida, se instauró un régimen que introdujo en la historia el exterminio industrializado. El fervor exterminador no se agotó en el enemigo judío, polaco o comunista, sino que se revolvió contra el pueblo al que se había prometido un imperio milenario. Hitler llegó a plantear la esterilización forzosa de los alemanes con afecciones pulmonares y cardíacas.

La condición humana no es un tratado antropológico, sino político. Sin la referencia a Los orígenes del totalitarismo, que apareció en 1951, la obra quedaría incompleta. Hannah Arendt, que prefería el calificativo de publicista al de filósofo, no subordinó los acontecimientos a una escatología ni se identificó con un programa definido de reformas. Sabía que el hombre no está sujeto a leyes históricas o naturales. La condición humana es imprevisible y lo imprevisible no procede del azar, sino de la libertad. De convicciones liberales, Arendt siempre abogó por el imperio de la ley, el constitucionalismo y la razón política. No se puede obligar al individuo a involucrarse en la vida pública, pues eso es lo que hace el totalitarismo, pero se debe subrayar que la defensa del bien común es una obligación ciudadana. Si cada uno se dedica exclusivamente a cultivar su jardín, algún día la maleza penetrará en su hogar, destruyendo su existencia idílica. Hannah Arendt es una humanista. De ahí su firme oposición al poder totalitario, que considera al individuo superfluo: un cuerpo que se puede destruir y un alma susceptible de ser manipulada.

Es absurdo pensar que la Shoah y el Gulag pertenecen al pasado. Podrían volver. De hecho, no han desaparecido los centros de internamiento, los populismos gobiernan en muchos países y el nacionalismo crece en una Europa en crisis permanente. Pese a todo, el mal siempre acaba retrocediendo frente al bien, pues “carece de profundidad y de cualquier dimensión demoníaca. Solo es extremo, nunca radical”. En eso consiste su banalidad. “Solo el bien tiene profundidad y puede ser radical”. Debemos interpretar esa diferencia como un signo de esperanza.

Democracia auténtica: economía ética

No hay «demo-cracia» si gobierna el mercado

Adela Cortina
Publicado en Agenda Latinoamericana mundial. «La otra economía». 2013


El fracaso de la economía vigente es palmario. Persisten el hambre, la pobreza y la exclusión, aunque hay medios más que suficientes para erradicarlas. Pero también es evidente la insatisfacción que produce el actual funcionamiento de las democracias, porque ni están al servicio de todas las personas ni los ciudadanos se sienten protagonistas de la vida política.

Es urgente crear otra economía, una economía ética, y dar cuerpo a democracias que respondan con los hechos al nombre que llevan. Para hacerlo no hay que huir de este mundo, sino exigirle que la economía cumpla las tareas por las que dice legitimarse, y que las democracias se conviertan en auténticas democracias. Eso se consigue intentando detectar lúcida y cordialmente las tendencias que es preciso reforzar, sugiriendo desde ellas caminos nuevos, y eliminando las tendencias dañinas.

Es urgente plasmar una economía ética, a la altura de las personas y de la sostenibilidad de la naturaleza. Pero no habrá economía ética sin democracia auténtica. Estos serían algunos de los rasgos que deberían caracterizarlas.

1. Una democracia auténtica

La democracia es la mejor forma de gobierno que hemos descubierto. Según la caracterización más conocida, es «el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo». Lo cual exige, al menos, tres cosas:

1) Que esté al servicio de todos los que componen el pueblo sin exclusiones.
2) Todos los que forman parte de la comunidad política tienen que ser reconocidos como ciudadanos.
3) Los ciudadanos, que son los destinatarios de las leyes, tienen que ser también de alguna manera sus autores.

Por eso es importante que la democracia representativa se complemente y se convierta en deliberativa: la ciudadanía ha de ser ciudadanía activa, que elige representantes, les pide cuentas y participa activamente en la vida política. La ciudadanía activa es un motor de transformación social.

2. ¿Qué es un ciudadano?

Un ciudadano es aquella persona que en una comunidad política es su propia señora, no es sierva y mucho menos esclava. Ha de conquistar su libertad, pero sabe que debe hacerlo trabajando solidariamente con los demás ciudadanos, que son sus iguales en tanto que conciudadanos y en tanto que personas. Por eso los valores esenciales de la ciudadanía activa son la libertad, la igualdad, la solidaridad o la fraternidad y la interdependencia. Esto exige, al menos, crear instituciones que hagan posible encarnar dos dimensiones de la ciudadanía: la social y la económica.

3. Ciudadanía social

Es «ciudadano social» aquella persona que ve respetados sus derechos de primera y segunda generación: libertad de conciencia, expresión, asociación, reunión, desplazamiento y participación; pero también sus derechos económicos, sociales y culturales, como son, entre otros, el derecho al trabajo, a la asistencia sanitaria, a la educación o a la cultura. La ciudadanía social recoge los derechos de la Declaración Universal de Naciones Unidas de 1948, una declaración que compromete a todas las naciones que han firmado los pactos a esforzarse para que se vean protegidos en todos los países de la Tierra. Pero es imposible proteger estos derechos, en el nivel local y global, si quien gobierna no son los ciudadanos a través de sus representantes y de la deliberación pública, sino un mercado financiero, opaco y omnipotente, insensible a los derechos y necesidades de las personas.

Para realizar la democracia auténtica es necesaria otra economía, en que los ciudadanos intervengan. Es necesario hacer posible una ciudadanía económica.

4. Ciudadanía económica

En algún tiempo se decía que las tres grandes preguntas de la economía son: ¿qué se produce, para qué se produce y quién decide lo que se produce? Y ya entonces era una flagrante contradicción afirmar que las personas son iguales en tanto que ciudadanas, pero radicalmente desiguales a la hora de tomar decisiones económicas. Si los afectados por las decisiones económicas nunca son tenidos en cuenta, hay una contradicción entre la ciudadanía política, por la que todos son supuestamente iguales, y la ciudadanía económica, inexistente. Siempre deciden otros qué se produce y para qué, los afectados no son consultados, con lo cual, en ningún lugar de la tierra hay ciudadanos económicos. Parecía que crear las instituciones que hicieran posible la ciudadanía económica era una de las tareas inminentes para el siglo XXI. Sin embargo, este proyecto se complicó todavía más con la financiarización de la economía. Pasamos de una economía productiva a una economía financiera. En ella lo que importa no es quién decide lo que se produce, sino quién decide dónde se invierte para ganar más, aun sin producir bienes y servicios.

Ciudadanos y países pasan a depender de los mercados financieros y de las agencias de rating, y toda posibilidad de ciudadanía económica activa se corta de raíz. Es necesaria otra economía, que tenga por centro a las personas.

5. La meta de la economía: la persona en el centro

La economía no es un mecanismo fatal. Es una actividad humana y, por lo tanto, debe orientarse por unas metas que le dan sentido y legitimidad social. No sólo la política necesita legitimación social, también la necesita la economía.

La meta de una economía legítima consiste en «crear riqueza material e inmaterial para satisfacer las necesidades de las personas y para reforzar sus capacidades básicas de modo que puedan llevar adelante aquellos planes de vida feliz que elijan». La persona tiene que ser el centro y la economía debe colaborar en la tarea de crear buenas sociedades.

6. Los valores de una economía ética

Aunque suele decirse que la economía es una ciencia ajena a los valores morales, que sólo debe preocuparse por la producción eficiente de riqueza, sin atender a su distribución ni tampoco a cómo esa producción afecta a la libertad, la solidaridad y la igualdad de los seres humanos, eso es falso.

Cualquier opción económica potencia unos valores y debilita otros. Una economía legítima tendería a erradicar la pobreza y el hambre, reducir las desigualdades, satisfacer las necesidades básicas, potenciar las capacidades básicas de las personas, reforzar la autoestima, promover la libertad.

7. Los Principios de una Economía Inclusiva

Las personas deben ser el centro de la economía y de la política. Pero las personas no somos individuos aislados, sino seres en relación de reconocimiento mutuo: llegamos a reconocernos como personas porque otras nos han reconocido como personas. La base de la vida social no es el individuo, sino las personas vinculadas entre sí por el reconocimiento recíproco.

Por eso es falso el Principio del Individualismo Posesivo, que dio comienzo al capitalismo y sigue vigente.

Según ese principio, «cada individuo es dueño de sus capacidades y del producto de sus capacidades, sin deber por ello nada a la sociedad». Por el contrario, toda persona es lo que es por su relación con otras, está ligada a las otras personas y, por lo tanto, obligada a ellas. Lo que tiene se debe en muy buena parte a la sociedad, y más en un mundo globalizado. De donde se sigue que los bienes de la tierra son sociales. Y, por lo tanto, tienen que ser globalmente distribuidos. Los principios éticos de la economía ética serían el Reconocimiento de la Igual Dignidad de las Personas, la Apuesta por los más Vulnerables y la Responsabilidad por la Naturaleza, que no permiten exclusión alguna de la vida económica.

8. Consumo justo y felicitante

La desigualdad en las formas de consumo es aterradora entre los países y dentro de ellos. Mientras algunas personas no pueden satisfacer sus necesidades, otras consumen los bienes más sofisticados para satisfacer caprichos y por eso para ellas nunca hay bastante. Una forma de vida humana reclama apostar por un consumo liberador, que no esclavice; por un consumo justo, que tenga en cuenta las necesidades de todos, y por un consumo felicitante, que tenga en cuenta que lo más valioso para conseguir la felicidad es disfrutar de las relaciones humanas. Se hace necesario sellar un Pacto Global sobre el Consumo y potenciar la «ciudadanía del consumidor».

9. Gobernanza global. Ciudadanía cosmopolita

Construir un mundo en el que todas las personas se sientan ciudadanas es el reto político, económico y cultural del siglo XXI. Para ello se hace necesaria una gobernanza global, que haga llegar los beneficios de la globalización a todas las personas. Es ésta una exigencia de justicia.

10. Bienes de justicia y bienes de gratuidad

Pero los bienes de la tierra no son sólo «bienes de justicia», necesidades cuya satisfacción puede reclamarse como un derecho al que corresponde por parte de otros un deber. Quien se sabe cordialmente ligado a otras personas, se sabe también obligado a ellas, le resulta imposible llevar adelante una vida feliz si no es contando con ellas. Hay una creativa economía del don que va más allá del intercambio de equivalentes y abre camino a la gratuidad, que brota de la abundancia del corazón. Sin ella no habrá una economía ética.