Ni responsabilidad social ni personal, sálvese quien pueda

Marcos Roitman Rosenmann

Son tiempos de reflexión. Las consecuencias de haber sido educados en el egoísmo, la competitividad y la meritocracia afloran con el hedor de sus enseñanzas. Vivimos en el capitalismo, un orden de dominación y explotación sobre el cual se edifica una cultura a cuyos valores nadie es inmune. Es una sociedad enferma. Los síntomas hablan de un colapso general. Calentamiento global, desertización, sequías, contaminación ambiental, hambrunas y, por si fuera poco, pandemias. Los científicos atentos a los cambios han inventado una palabreja, sindemia. El término une dos conceptos: pandemia y sinergia.

Nuestra civilización occidental que se ufana de sus desastres, sufre pandemias como la obesidad, la malnutrición y el cambio climático, a la cual se unen atractores que multiplican sus consecuencias, provocando nuevas enfermedades. Hablamos de las desigualdades sociales. Sin atender a sus causas, desoyendo los avisos, las próximas sindemias no están lejanas. Asistimos a una crisis que afecta no sólo al sistema sanitario, compromete al orden económico, social, político, étnico, cultural y de género. Une factores sociológicos, históricos y sicofisiológicos, que arrastra una condensación de actos del ser humano contra la naturaleza, que han llevado a la especie humana a un callejón sin salida.

Asistimos a una concentración de grandes fortunas, cuyas proporciones son obscenas. Son el resultado de mantener, conscientemente, a cientos de millones de personas con salarios de hambre, sin acceso a la salud, a una vivienda digna, a la educación ni a una alimentación sana, al agua potable, la electricidad, a derechos laborales o sociales. Tampoco a la justicia. El capitalismo los excluye, margina y considera fracasados. Gente que no ha aprovechado sus oportunidades. Incapaces de labrarse un porvenir. Han tomado malas decisiones. Nadie más que ellos son culpables, deben pagar las consecuencias.

Los ricos, nos dice su ideología, tienen derecho a su riqueza, a disfrutarla, no deben avergonzarse. Las han levantado con su esfuerzo, sacrificio y compitiendo en un mercado que expulsa a los débiles. En esta ecuación, no se menciona la moral corrupta inherente al capitalismo, con una sola regla de oro, aprovechar al máximo sus oportunidades para explotar, engañar y especular. Conscientes de esta otra cara del capitalismo, quienes amasan billones acaban creando fundaciones y propagando actos de filantrocapitalismo.

Jeff Bezos, Mark Zuckerberg, Bill Gates, Carlos Slim, Amancio Ortega, Larry Page o Sergey Brin no le deben nada a nadie. Todo lo han conseguido por iniciativa personal. Es irrelevante la pertenencia a una clase social. Ellos se bastan y sobran. Pero son buena gente, hacen beneficencia. Donan material digital, patrocinan la OMS, se comprometen con la agricultura verde y digital, eliminar la brecha de digital, apadrinan especies en extinción y ONG para luchar contra la contaminación, el hambre y la explotación. Seguramente comprarán vacunas contra el Covid-19 para ofrecerlas al tercer mundo, cuando ellos estén a salvo, claro. Evaden impuestos, mantienen a sus trabajadores en condiciones de sobrexplotación, con empleos basura y contratos temporales, deslocalizando la producción para emplear a niños en países asiáticos, maquilas o en la agroindustria de palma, soya o maíz transgénico en América Latina. Para ellos, al igual que para los gobiernos y las compañías trasnacionales, las desigualdades no son responsabilidad de nadie. Unos ganadores otros perdedores. Los segundos lo son por su escaso espíritu de sacrificio. Irresponsables que no han querido estudiar, ni progresar. Por consiguiente merecedores del desprecio. En este saco entran los pueblos originarios, los inmigrantes, las mujeres obligadas a esclavizarse sexualmente. Deben asumir su fracaso, obedecer y trabajar en beneficio de quien les da trabajo.

Hoy, los gobiernos, en medio del ­Covid-19, llaman a sus ciudadanos a ser responsables; a no salir de casa, mantener la distancia social, usar mascarillas, ser prudentes. Apelan a valores como el bien común, la solidaridad, el interés general. Es decir, lo que han despreciado, ninguneado y consideran un lastre para la iniciativa privada, el beneficio empresarial y la especulación financiera. Han avalado las conductas egoístas, han educado en la meritocracia y la competitividad. Pero hoy piden responsabilidad. Las mismas élites políticas, gobiernos, empresarios e instituciones (FMI, BM, OMC) que fomentan la desigualdad, desgravan las grandes fortunas, nos piden responsabilidad, de la cual han carecido a la hora de privatizar, desarticular los sistemas de salud y la educación pública. Sin olvidar que en esta pandemia han optado por salvar la economía y no a las personas. Su ejemplo, la irresponsabilidad, la mentira y la criminalización de los movimientos democráticos. No es coherente ni ético. Sin embargo, a contracorriente, la respuesta de las clases trabajadoras, de los pueblos originarios, del feminismo, ha sido ejemplar ante la pandemia. Han actuado con dignidad, sabiendo que del capitalismo sólo se puede esperar un sálvase quien pueda. En él no hay cabida para la responsabilidad social ni personal. Demandarla es hipocresía, tanto como las orgías, fiestas y transgresiones que sus dirigentes comenten todos los días.

Sacerdote Don Diego Garrido Pombo y el Consejo Revolucionario

En el contexto de la Guerra Civil Española (1936-1939), donde abundaron los hechos de matanzas de población civil en ambos bandos, y en particular hacia numerosos sacerdotes y laicos de la Iglesia, destacamos este testimonio:

El sacerdote Don Diego Garrido Pombo, nacido en 1874 en Cuevas de Almanzora, no fue asesinado como casi todos los sacerdotes del valle.
En diciembre ocurrió un hecho de notable importancia para Don Diego y para toda su gente de la ciudad montañosa. El párroco de Tíjola (Almería) es respetado y bien querido por el comité revolucionario y le dejan estar en paz en su propia casa. El 15 de diciembre, por la tarde hay programada una reunión muy importante del Consejo Municipal. Participan todos sus componentes: siete pertenecen a la Izquierda republicana y cinco son Socialistas. Al día siguiente el propio sacerdote es reclamado en el ayuntamiento. Le entregan un documento escrito y aprobado por unanimidad cuyo contenido es el siguiente:


“En reunión celebrada anoche por los miembros del Consejo municipal y con la asistencia de los
componentes de las Directivas de todas las Organizaciones Sindicales y políticas de esta localidad, al objeto de tratarse de diversos asuntos de interés general, se tomó el acuerdo, por unanimidad, de que se establezca en esta ciudad un Liceo popular preparatorio para examinarse en los centros oficiales de enseñanza, y de que se ponga Vd. a su frente, para organizarlo y dirigirlo con las más amplias facultades, teniendo presente que, hijo de un artesano, ha sabido por propios méritos obtener el título de Licenciado en Ciencias Naturales y que cuenta con una larga experiencia en la enseñanza secundaria y superior, en cuyo ejercicio ha acreditado excepcionales aptitudes pedagógicas y ha tenido generosa preferencia para enseñar gratuitamente a hijos de obreros y discípulos de escasos recursos, siendo notorio que en esa labor ha procurado al par que la más completa instrucción posible de los alumnos, la mejor educación cívica y moral de los mismos, puesta la mira en conseguir ciudadanos laboriosos, rectos, cultos, libres y conscientes, amantes de nuestra Patria, defensores de la justicia social, impulsores del progreso y leales servidores de la República Española. Lo que ponemos en su conocimiento a los efectos consiguientes”.
Salud y República. Tíjola, 16 de diciembre de 1937.


Dicho documento lo firman el Alcalde Antonio Martínez y los tres consejeros González, Alonso y Guirado. Por el Partido Comunista: Antonio Jiménez. Por la Juventud Socialista Unificada: Rafael Martínez y Martínez Robles. También aparece el sello y firma de CNT-AIT.

Agradecemos a Antonio Martínez Pozo, que fue discípulo de Don Diego María, y que en el año 2005
escribió sobre el Boletín Informativo de Tíjola: “Es un documento único en toda España que honra tanto al párroco Diego como a toda la población de dicha ciudad, ya que en medio de la persecución religiosa, tras un tiempo de atenta vigilancia, el Consejo Municipal, aún oponiéndose a órdenes superiores, encarga a un sacerdote, que, aunque si bien es verdad que le impiden ejercer su ministerio, le permiten servir de manera diversa a su comunidad, también durante la terrible persecución religiosa”.

Del libro “Emilia gitana mártir y los héroes del río Almanzora”. Autor: Don Mario Riboldi. (Extracto de las páginas 32, 33 y 65):

El regreso del hijo pródigo

Esther Mateo

No sé la de veces que habré visto este cuadro en miles de reproducciones, pero la verdad es que no me atraía demasiado. La parábola del hijo pródigo no es de las que más me gusta, porque me incomoda. Yo soy el hijo mayor que no entiende por qué el padre perdona tan rápido a ese hijo derrochador, que se fue de esas maneras cerrando la puerta, para irse a vivir la vida loca y dejando atrás a su familia. 

Pero estos días he leído “El regreso del hijo pródigo” de Henri Nouwen, donde el autor nos cuenta el camino espiritual que hizo después de encontrarse con una reproducción de este cuadro en un momento de incertidumbre en su vida. Y ahora además de ver en ella  a Rembrandt en las distintas épocas de la vida, entiendo más lo que la parábola nos dice. 

Igual que Rembrandt, podemos ser los tres personajes en las distintas épocas de nuestra vida.  Como bien dice el autor, “soy el hijo pródigo cada vez que busco el amor incondicional donde no puede hallarse.” El resentimiento y el enfado del hijo mayor que puede convertirse en confianza y en gratitud. Siempre se puede elegir entre el resentimiento o la gratitud.  

Os dejo dos fragmentos del libro. 

“La gente que ha llegado a conocer la alegría de Dios no rechaza la oscuridad, pero elige no vivir dentro de ella. Creen que la luz que brilla en la oscuridad puede dar más esperanza que la oscuridad, y que un poco de luz puede disipar mucha oscuridad. Apuntan hacia los destellos de luz aquí y allí y recuerdan que esos destellos revelan la presencia de Dios oculta pero auténtica. Descubren que hay personas que se curan las heridas unos a otros, que se perdonan las ofensas, que comparten lo que tienen, que fomentan el espíritu de comunidad, que celebran los dones que han recibido, y que viven con anticipación constante la plena manifestación de la gloria de Dios.”

“Rembrandt retrata al padre como el hombre que ha trascendido los caminos de sus hijos. Su soledad y su ira podían haber estado allí, pero han sido transformadas por el sufrimiento y las lágrimas. Su soledad se ha convertido en una soledad infinita, su ira se ha convertido en una gratitud sin fronteras.”

Ahora veo un cuadro y una parábola que nos animan al cambio, a no quedarnos en la oscuridad, ni a que la amargura, ni la ira, ni el resentimiento avancen sin control. 

Una chabola al final del camino

Fuente: 5W Crónicas de larga distancia

Autores: Agus Morales y Pau Coll

Así viven las personas migrantes que trabajan en los campos de Huelva

Esta crónica forma parte del proyecto The Backway de RUIDO Photo.

¿Qué hay al final del camino? 

La migración es una promesa. Las personas que viven en países africanos castigados por la guerra, el hambre o la crisis económica reciben esta promesa a través de las redes sociales: primos, amigos y amigos de los amigos se fotografían junto a coches de lujo, visitando monumentos históricos europeos, disfrutando de su nueva vida de afluencia. Aunque haya conocidos e incluso organizaciones que les advierten de que esa no es la verdad, aunque vean en los medios de comunicación cómo el Mediterráneo se traga las vidas de miles de personas cada año, la ilusión prevalece —porque es todo lo que les queda. 

Durante los dos últimos años un grupo de periodistas y fotoperiodistas hemos llevado a cabo el proyecto The Backway, que sigue las rutas de la migración de África a Europa. Hemos estado con senegalesas desde las dos orillas, con chamanes en Gambia que predicen el futuro de los que migran, con deportados de Arabia Saudí a Etiopía, con los abandonados en el desierto de Níger que denuncian haber sido tratados como esclavos en Libia, con un voluntario que entierra cadáveres de los naufragios en Túnez, con un barco de rescate en el Mediterráneo, con los expulsados a tierra de nadie por las autoridades argelinas. 

Al final de esa ruta de dolor no siempre hay una vida mejor. A veces, al final del camino hay una chabola.

Visitamos en agosto de 2019 y en enero de 2021 —antes y después de la declaración de la pandemia— los campos de Huelva para contar las condiciones de vida de los trabajadores que vienen de fuera. Allí muchos se reconocieron en ese camino: encontramos a personas que llegaron a través de la ruta libia, a través de Marruecos tras pasar por Argelia, desde Senegal a las islas Canarias… Los relatos de los trabajadores dibujan el mapa confuso y cambiante de las migraciones de África a Europa. 

Historias contadas desde una chabola —construida no en un país africano, sino en España.

Lepe: agosto de 2019

Un polígono industrial, el campo de fútbol del Club Deportivo San Roque de Lepe y una gran superficie comercial: Burger King, Leroy Merlin, una gasolinera, Worten, Espacio Casa (Bienvenidos). Enfrente del Parque Comercial Lepesur, en la ciudad onubense de Lepe, hay un cementerio y un solar convertido en asentamiento chabolista.

Desde casi todos los lugares de la zona, si se alza la vista, se puede ver un palo enorme:

Burger King

Autoking

Play King

En el asentamiento hay chabolas desperdigadas y tierra quemada, porque unas semanas atrás hubo un —otro— incendio y la gente tuvo que volver a construir sus casas. Ocurre a menudo por las lamentables condiciones higiénicas: como una chabola está pegada a la otra, si algo arde —el fuego que usan para cocinar, las cocinillas que tienen en algunas chabolas—, si hay cualquier pequeño accidente, todo prende como una caja de cerillas. Como no hay agua —solo algunos pozos hasta los que hay que caminar—, el fuego es invencible. 

(Desde la distancia, veo cómo los aspersores riegan el césped del campo de fútbol del San Roque de Lepe).

Las chabolas están hechas de cartón, palés y plásticos que los cubren. Hay algunas en plena construcción con cañas. En las calles de tierra hay paquetes de tabaco, montones de basura en rincones, cenizas, más cenizas, botes vacíos de Fairy, palés podridos, bicicletas, cepillos de dientes, gatos, sillas y sillones, carritos del Mercadona, colchones Flex, chanclas, más botellas, latas de atún, yogures, cajas de plástico de supermercado, tapones de más botellas, botes de tomate frito, cuchillas, latas de sardinas, botes de pintura, bidones.

Es verano y esto está casi vacío. Los trabajadores se han ido a otras cosechas, a la yincana del campo español, que cada año les lleva a visitar buena parte de la geografía agrícola peninsular. Algunas chabolas están vacías, pero en temporada aquí hay centenares de personas. En un tenderete entre dos chabolas hay varios amigos charlando, jugando a cartas. Hay sillas de plástico, un sofá con estampado de flores, un palé haciendo las veces de columna, música africana de fondo, una sombra, un gato. 

Chabolas en las que viven trabajadores del campo. 2019. Pau Coll / Ruido Photo

Uno de los amigos es Kalifa Keita, de 50 años, con camiseta rosa, que tiene a sus tres hijos y a su mujer en Mali. Cuenta que llegó a España en cayuco desde Mauritania en 2005, justo antes de la conocida como “crisis de los cayucos”. Solo ahora, hace muy poco, ha conseguido Kalifa regularizar su situación, los ansiados papeles. 

La suya no es una historia extraordinaria: muchas de las personas que llegan a España de forma irregular y que trabajan en el campo, al menos muchas con las que hablamos en Huelva, pueden pasar mucho tiempo sin mejorar su situación. Siguen sin papeles después de haber trabajado durante años y haber puesto sobre las mesas de media Europa la fruta y verdura que comemos cada día. Se pierden en el laberinto legal y en el trabajo sin contratos mientras encadenan la fresa en Huelva, la cereza en Lleida, la naranja en Valencia, la aceituna en Jaén…

—No había viento —dice Kalifa sobre su viaje de 2005—, tardamos dos días. Estuve en Las Palmas cuatro días, luego 25 días en Fuerteventura, y fui a Madrid en avión. Una compañera de Cruz Roja nos compró el billete y nos dio 50 euros. Desde Madrid me fui pronto a Almería. Luego a Lepe dos meses. Mi cuñado estaba en Madrid y me dijo que fuera a trabajar en la construcción, estuve allí dos años, la situación mejoró, pero ahora estoy muy mal. En 2008 me fui a Lepe. He estado once años aquí. Antes estaba en la casa de mi jefe, pero vendió la finca. Desde 2011 estoy viviendo aquí, en una chabola.

Pronuncia la palabra con rabia, una y otra vez: chabola, chabola, chabola. Tartamudeando. Como si pronunciarla fuera una denuncia, como si fuera una palabra que nunca se debiera usar. 

—Estoy cansado. En África la vida es mejor. Allí tengo mi propia casa, aquí no puedo explicarte cómo es… Muy malo. ¿Por qué tengo que vivir en una chabola? Muy mal España para mí, pero todo igual en Europa, en Italia hay chabolas, en Francia hay chabolas, en España hay chabolas. Solo en Alemania y Bélgica no hay chabolas. Voy a estar un tiempo y voy a regresar a casa. Algún día el fuego nos va a matar a todos. Yo estaba aquí las tres veces que mi chabola se quemó. No me gusta la chabola, no me gusta la chabola. 

Kalifa está buscando el momento para volver: ahorrar un poco más y volver. No espera nada más de España. 

—Yo soy migrante y me busco la vida, y vengo aquí a trabajar y a callar la boca. Si el Gobierno es bueno o malo, un partido u otro, me da igual. No espero nada. Solo quiero trabajar y no tener problemas. Por eso tampoco me gusta quejarme. He trabajado en la fresa, los arándanos, la frambuesa, la naranja… Cuando me llaman mis amigos y me dicen que van a venir aquí, les digo: “No vengáis, África es mejor que esto”. Yo no miento, yo digo la verdad. Vas a vivir en una chabola. Hay gente que miente. No, Europa es así… Hay que decir lo que hay. 

Durante todo el día, en las conversaciones que tenemos en el asentamiento, se cuela una y otra vez una referencia a alguien que está pero no está. El borracho del barrio, del asentamiento. Kalifa se muestra enfadado con él, dice que no es amigo ni conocido, que se pasa la vida bebiendo. Por las calles también se habla de él. Que ahora estará durmiendo en un aparcamiento. Que debe ir a desintoxicarse. Que le han intentado ayudar, que han hablado con él, que de momento no han tenido suerte. 

Me pregunto cómo es posible que tanta gente se preocupe por él en un sistema sin recursos, en un asentamiento medio quemado, sin agua ni electricidad. En el barrio donde vivo nunca habría llamado la atención —lo dejarían morir de forma anónima. Quizá todo no se está derrumbando aquí, quizá se está derrumbando en lugares más cercanos de lo que pensaba.

Lepe: enero de 2021

Una valla protege el solar. Dentro: solo maleza. Ya casi no hay chabolas, tan solo algunas junto al cementerio. En verano de 2020, ya en plena pandemia, ardió el asentamiento y no se ha vuelto a levantar desde entonces.

Pero los trabajadores están. Se arremolinan en otros pequeños asentamientos alrededor del polígono y del centro comercial (Burger King / Autoking / King Play). Más invisibles que antes. 

Nos acompaña Francisco Braima Sanha, un veterano del lugar que echa una mano a sus compañeros cuando puede. Es de Guinea Bissau y tiene 61 años, pero aún se ve obligado a trabajar en el campo. Ahora vive en un albergue autogestionado por personas migrantes, pero también se ha visto obligado a malvivir en asentamientos en el pasado. Recorremos con él una carretera cercana a la zona y nos paramos en un terreno donde hay un puñado de chabolas. Hay varias personas sentadas sobre troncos de árbol y bidones. Hay un cartón de zumo de piña tirado en el suelo, una naranjada, un cuchillo, un vaso. Unas botas entre la maleza. 

Ousmane Fal nos saluda. Rastas. Camiseta, tejanos y zapatillas azules. 

—Llevo un año en Lepe. Antes vivía en el cementerio, y cuando se quemó el asentamiento vine aquí. Un día tengo trabajo y cuatro días no tengo. No tengo papeles. Aquí hacen falta papeles, sin papeles no puedo trabajar. Estoy viviendo en una chabola con cuatro personas.

La pequeña chabola que está a nuestro lado. 

—Yo no viviría así en Guinea Bissau —interviene Francisco—. Nos tienen abandonados, somos perros abandonados, solo necesitan nuestra fuerza. Aquí viven como en una lata de sardinas. Mira, aquí cocinan —detrás hay tierra tiznada—, ponen un barreño y cocinan un pollo para siete personas. Se apoyan unos a otros. Tienen una litera, se juntan dentro, cada uno con su colchoncillo en la chabola. Algunos día trabajan de 8 a 8, por 40 euros al día. 

—Hago de todo —dice Ousmane—. Fresa… lo que haga falta. Si hubiera un sitio mejor, me iría. Pero si voy a Madrid me quedo durmiendo en la calle. Llegué en 2018 a España, estuve un tiempo en Barcelona, pero allí no podía trabajar. Me siento mal. Seis meses sin trabajar. ¿Qué hago? 

Sus padres y hermanos están en Senegal. Me enseña el móvil, las notas de voz que se intercambia con su madre. Le pregunto qué le dice su familia. Si le pide que vuelva. 

—“Trabaja”, me dicen. “En África no hay nada”. 

—Tus padres te quieren —reflexiona Francisco—. Están felices porque no has muerto en el camino. Pero si vuelves a casa… la gente te mira mal. 

—Yo llevo casi tres años aquí. Si me voy a África sin nada… —confirma Ousmane. 

La presión de tu hogar, de tu barrio, de tu ciudad: migrar es una inversión que a menudo hace la familia, así que debe dar sus frutos. No puedes volver con las manos vacías. Tienes que enviar dinero a casa. 

El activismo: agosto de 2019

El activista Antonio Abad conoce bien la situación de los trabajadores del campo. Habla con pausa y llaneza, sin la jerga que se usa a veces desde el activismo y con la cercanía que a veces le falta. Tiene 60 años, las piernas como alambres y la pasión intacta. 

La palabra que más nos repite Antonio —cuando visitamos un albergue autogestionado por los trabajadores, cuando vamos en su furgoneta a los asentamientos de la provincia— es “nadie”. A nadie le importa, nadie hace nada, aquí han venido diputados y concejales y políticos y a nadie le importa, nadie hace nada y el problema sigue, lleva años: centenares de personas en condiciones indignas.

—Falta voluntad, nadie la tiene. En proporción con el volumen de beneficios que están generando, a mí me parece insignificante el gasto que habría que hacer en ellos. Habilitar una zona tipo cámping para que tenga unos servicios comunes, unos aseos, unos puntos de luz y de agua… La inversión necesaria para hacer eso sería mínima. Y luego que esta gente podría pagar su plaza ahí, no van a pagar 500 euros por estar en un cámping, pero sí 50 o 60 euros. Si tú habilitas un espacio para mil personas y te pagan 50 euros tienes un dinero por lo menos para mantenerlo y recuperar la inversión. Pero se gasta un montón de pasta desde las administraciones, en subvenciones para nada, todos los años… Esta situación interesa a los empresarios. Interesa mantener a la gente con el pie en el cuello. A mí lo que me parece tremendo es que no surja una iniciativa desde algún sector, o en alguno de los pueblos, un proyecto piloto para hacer una cosa pequeña… Nada. Y esto ya no es un problema nuevo, lleva veinte años y la bola se va haciendo cada vez más grande. Llevo años entrando cada día en chabolas y no me acostumbro. Si esto sigue empeorando de aquí a veinte años, seguro que va a generar problemas. 

El activismo: enero de 2021

En esta visita contactamos con Ana Pinto, de Jornaleras de Huelva en Lucha. Vamos hasta su casa, a una hora en coche de Lepe, para hablar con ella. Allí la entrevistamos. Pinto es jornalera desde los 16 años, pero ahora se dedica más al activismo y a defender los derechos de las trabajadoras del campo. Critica en varias ocasiones el Plan de Responsabilidad Ética, Laboral y Social de Interfresa (PRELSI), que se puso en marcha después de las denuncias de temporeras marroquíes de abuso sexual en los campos de Huelva, de las que se hizo eco un reportaje de las periodistas Pascale Müller y Stefania Prandi en una revista alemana en 2018. 

—El PRELSI es un lavado de cara de la patronal. Es poner al zorro a vigilar a las gallinas: si hay algún problema de alguna mujer, está en manos de la patronal. Hemos tenido muchas demandas de mujeres marroquíes, pero no podemos entrar en las fincas para ver qué sucede ni cómo es la situación.

Le decimos que durante nuestras dos visitas a Huelva solo hemos entrevistado a hombres, que no hemos podido hablar con mujeres.

—Se habla siempre de hombres africanos [en el campo], y aquí hay una gran cantidad de mujeres marroquíes, rumanas, también subsaharianas. No se está teniendo en cuenta. Si ya de por sí un hombre está en condición de vulnerabilidad, las mujeres… Nos dicen que les piden su cuerpo a cambio de todo, ya sea el jefe, el que duerme con ella en la chabola, el que la ayuda en el empadronamiento…

Jornaleras en Lucha hace las veces de sindicato para las jornaleras, les da asistencia legal y denuncia en público las violaciones de los derechos humanos en los campos de Huelva. La activista Pastora Filigrana, a través de una cooperativa, da cobertura y asesoramiento legal a la entidad.

—Nos cuesta que la gente denuncie y pierda el miedo. Las inspecciones dicen que todo funciona bien… ¡El año pasado hacían teleinspecciones! Las empresas enviaban fotos respetando las normas de seguridad, con mascarilla, y todo correcto, claro. 

La lucha que llevan a cabo por los derechos de las trabajadoras es universal: Pinto dice que, en contra de lo que muchos puedan pensar, aproximadamente la mitad de las mujeres que aquí trabajan la tierra son autóctonas.

—Dependemos del campo. La necesidad existe de una forma para unas y de otra para otras. La patronal nos intenta enfrentar, no deja que autóctonas y por ejemplo africanas nos juntemos. Así no luchamos juntas por nuestros derechos. Cuando convives y la relación es más intensa es cuando se crean los lazos de compañerismo. 

Pinto teme que se fomente un discurso del odio en Huelva negándole trabajo a las personas autóctonas y azuzando las diferencias entre comunidades. Cree que es posible que suceda algo similar a los disturbios racistas de El Ejido en 2000. Defiende la regularización de las personas migrantes. Dice que su vulnerabilidad actual sirve para que las exploten, pero también para poner presión a quien esté en situación regular y no acepte peores condiciones de trabajo. 

—Con 16 años empecé a trabajar en el campo, y en 2018 empecé a denunciar lo que pasaba, sentí que alguien tenía que romper con esto… Intento convencer a la gente de que debemos luchar juntas. 

Ismael en el albergue: agosto de 2019

En el polígono industrial hay un albergue autogestionado por los temporeros. Antonio Abad, que echa una mano a la gente que vive allí, nos lo muestra. Es un edificio a medio construir —abandonado por las administraciones, un proyecto fallido— en forma de ele, con dos plantas. 

Cae el sol. En la planta baja, al final del pie de la ele, nos unimos a un grupo que está comiendo algo. Allí conocemos al sevillano: todo el mundo lo llama así, “sevillano”, aunque sea costamarfileño. Se llama Silué, vive en Sevilla desde hace muchos años pero viene aquí a trabajar en coche. La barbilla en forma de candado, un cierto aire pijo, camiseta y pantalones cortos. Me cuenta que conoció en un supermercado de Sevilla a su mujer, que se fue a vivir con ella, que tienen una hija. Otro de los chicos que me llama la atención es Dauda, de Mali, que limpia todo de forma compulsiva: cuando todo el mundo devora de un barreño común pescado con cuscús, él enseguida pasa la mopa para limpiar lo que ha caído al suelo. 

—Yo quiero estar limpio, que todo esté limpio, no me gusta estar sucio. 

Se sienta a mi lado, le enseño en el móvil algunos de los reportajes de The Backway. Me dice que llegó a través de la ruta libia, que lo salvó un barco de rescate de una oenegé. A su lado, un compañero no para de mirar Facebook y poner canciones. Canciones que nos acompañan siempre en el albergue: Dauda tiene unos altavoces de gran potencia. Nos preparan un té delicioso y charlamos hasta bien entrada la noche: el tema estrella es la esperanza de que Neymar vuelva al Barça. Prehistoria del fútbol.

En los siguientes días pasamos muchas horas en el albergue. Convivimos. Hay cuatro cocinas en las que se reparten entre diez y veinte personas para cocinar y comer. En la pared de una de ellas veo un calendario artesanal con los días que le toca cocinar a cada uno. Con la limpieza funcionan igual: cada domingo alguien limpia, se van turnando. Las habitaciones están numeradas. Parece una gran nave industrial más que un albergue: en el centro hay una avenida con bancos de hierro, que le da al conjunto un ambiente más habitable y familiar. En las zanjas donde debería haber hierba está la zona de lavandería. Hay una hamaca para tomar el fresquito, jazmín, palés dispuestos al final de la ele. 

Ismael —no es su nombre real, pero me pide que lo identifique así— es uno de los que más tiempo lleva aquí. Es de Mali. Por la mañana trabaja en el campo, así que quedamos con él a la hora de comer. Nos sentamos en una de las cocinas del albergue. 

—Yo fui de Mali a Mauritania y de Mauritania a España en cayuco. En 2006 llegué a Las Palmas. Me quedé un mes y después me llevaron en avión a Madrid. Estuve cinco años en Madrid. Luego estuve en Murcia… No podía trabajar porque no tenía papeles, iba un poco al día… Empecé a trabajar en la construcción, pero no tenía experiencia. Luego he estado en diferentes sitios: si hay trabajo voy a Lleida, si hay trabajo voy a Jaén, si hay trabajo voy a Huelva. 

Años y años trabajando en el campo. Ismael tardó 13 años en regularizar su situación: en 2019 le dieron los papeles. Le tuvieron que operar del ojo porque tuvo un herpes, no recibió atención médica adecuada y al final se lo tuvieron que quitar y colocarle uno de cristal. Pero Ismael no se lamenta. 

—Con corazón todo ha salido. Hemos luchado. Hemos venido con una misión: trabajar. Hay que cumplirla. 

Ismael tiene mujer y dos hijos en Mali. No los ha visto desde que llegó a España, pero ahora que ya tiene los papeles está planeando viajar por fin a Mali. 

—Estos son los comedores. En cada fogón hay dos, tres, cuatro, cinco personas.. Cocinamos muchas cosas. Arroz, fufú… —dice mientras damos una vuelta por el albergue para que nos lo muestre. 

—¿Podemos ver tu habitación? 

—Está arriba, vamos.

Abre la puerta, pero choca contra algo. 

—Este es mi cuarto. No se puede ni abrir, está lleno. Tengo la cama y cosas… 

Hay ropa, un póster de La tribu, una película protagonizada por Paco León. Insecticidas, chaquetas, jerséis. Un body milk. Gafas de sol. 

—Ahora en verano salgo aquí al fresco. Hay una hamaca y duermo fuera. 

Saca una tableta y nos dice que está estudiando para sacarse el carnet de conducir. Se pone a responder algunas preguntas de tipo test. 

¿En el paso de peatones puede hacer una parada?

a) Sí, pero solo para subir o bajar personas.

b) No, porque está prohibido. 

c) Sí, porque hay peatones cruzando. 

—B. No, porque está prohibido. 

Correcto. 

Francisco en el albergue: enero de 2021

Cuando volvemos a Lepe en enero de 2021, el albergue sigue ahí. Los mismos murales —“Senegambie”, dice uno de ellos—, las mismas habitaciones, la misma ele, pero algo más de movimiento porque ahora es temporada y el calor no ahoga. Ismael no está: se ha ido a Jaén, a la cosecha de la aceituna. Pero está Francisco, que vive en el albergue y que echa una mano a los compañeros más vulnerables. 

Paseamos con él por el albergue, saludamos a la gente que nos encontramos, pero esta vez no nos paramos tanto tiempo a hablar. Francisco nos lleva al almacén para poder charlar un rato. Nos sentamos en una mesa poblada de papeles y con un cenicero. Francisco es un trotamundos: su vida ha dado mil bandazos. Fue jefe de cocina de la embajada de Guinea Bissau en Portugal, estuvo en Bélgica, en Noruega, en Francia, en Italia… Llegó a España en 1984. Estuvo varios años en Madrid, luego trabajó en el campo en varios puntos del país. Los trabajos que lograba eran intermitentes e inseguros, hasta que logró regularizar su situación en 2000. Trabajó en la construcción, abrió un bar en la provincia de Almería y parecía que las cosas le iban bien, pero entonces llegó la crisis económica. 

—Me quedé parado ocho años. Ahí me hundí. 

Ni siquiera en el campo lo aceptaban, no por no tener los papeles, sino porque ya era muy mayor y los empresarios preferían a los más jóvenes. Hasta que en 2016 vino a Lepe y consiguió trabajar en la naranja.

Le pregunto cómo ha visto desde dentro la evolución del campo en Andalucía durante los últimos años.

—Antes pagaban menos, pero no ha cambiado casi nada. 

Habla de un hombre que lleva trabajando veinte años en el campo y se pregunta por su jubilación. Dice que las cosas ni siquiera han cambiado con la pandemia, que no se han hecho test, que los trabajadores viven igual que antes. 

Lo que pido es que la gente mire. Que no quiere decir que miren solo por nosotros, la situación está mal para todo el mundo. Pero si la gente puede echar una mano, por lo menos para comer, para ir manteniendo… Que busquen una forma para ayudar a la gente que vive en las chabolas. Para sobrevivir. Porque esta es una vida de supervivencia. La gente no tiene casas buenas, ni mantas, ni comida, ni agua potable. Pero cuando nos necesitan, ahí estamos. Somos gente mal pagada, con contratos y nóminas falsas. Y me pregunto: ¿Cuándo llegaremos a jubilarnos nosotros? ¿Dónde está la humanidad? ¿Qué somos? ¿Por qué no se puede ayudar a una persona que lo está pasando mal? 

Francisco me cuenta lo mismo que me contaba Ismael hace un año y medio. Entonces me doy cuenta: mi vida y la de la gente a mi alrededor ha cambiado con la pandemia, pero la de ellos sigue igual.

El oro rojo: agosto de 2019

Desde la furgoneta de Antonio vemos pasar chabolas, pinos y arena, talleres y palés. Lepe, Cartaya, Moguer, Palos de la Frontera, Lucena. Una sucesión de siembras de arándano, frambuesa, mora, fresa. Es el oro rojo de Huelva, provincia líder en exportaciones de frutos rojos, con un 78% de las ventas de España y 428 millones de euros facturados tan solo en el primer trimestre de 2020, más de la mitad provenientes tan solo de la fresa. El primer destino internacional de estos frutos es Alemania, seguida del Reino Unido y Países Bajos. Aquí se recogen los frutos que tienen como destino las mesas europeas.

Atravesamos químicas y refinerías, con sus llamaradas que se extinguen en el cielo. En el paisaje se mezclan la industria y los campos de frutos rojos. Circulan coches, temporeros van en bicicleta, mujeres en grupo intentan pasar desapercibidas. 

Visitamos un asentamiento que está entre el término municipal de Moguer y el de Palos de la Frontera, rodeado de campos de fresa. Siempre había pensado que iría a Moguer para ver la casa de Juan Ramón Jiménez, mi poeta de cabecera; no sabía que allí había un asentamiento, fuera del núcleo urbano, en una pineda sobre la arena. 

En el asentamiento hay una chabola con una bandera de España raída en un palo que hace las veces de mástil. No parece que haya mucha gente, pero se oye una música de fondo, un ritmo machacón con palabras entrecortadas, y vamos a su origen: el bar de Beleti. 

Lo llaman Beleti pero su nombre real es Issa Diakité, y tiene 54 años. Es de Bamako. Nos sentamos a charlar en el porche de su chabola-salón, sobre la cual hay una placa solar tumbada completamente. 

—Aquí vemos sobre todo fútbol europeo, por eso tenemos la parabólica —está plantada frente a nosotros—. Desde 2010 veía el fútbol en mi chabola, pero mucha gente venía a verlo también, la chabola se hizo pequeña y en 2013 instalé el bar. 

Visitamos el bar por dentro. Debajo del enorme televisor hay un reproductor de DVD y la consola del satélite. Beleti dice que aquí caben más de cien personas, aunque no me imagino cómo. Hay bancos de madera en los que caben seis personas, sillas de plástico de colores montadas en una pila en la esquina. Hay un tablero de damas con tapones de refresco como fichas, mantas aislando el techo, un póster de líderes religiosos de Mali, un mapa de Mali tapado por un extintor. Y un sistema artesanal dolby surround: ocho altavoces que rodean toda la sala. 

—Salí de Mali y fui a Mauritania, desde allí fui a España en 2009 en cayuco, llegué a Las Palmas y después me llevaron a Fuerteventura. Luego fui a Madrid, estuve 20 días, después a Lleida, mi hermano estaba allí, y luego aquí, a Moguer, en 2010. Trabajo en la fresa y en los arándanos. Estos días trabajo en el campo, pongo los plásticos para las fresas, preparamos el agua de regadío… En este asentamiento ahora mismo hay unas 40 personas, en temporada más de 500. La televisión la compré en un mercadillo de Sevilla —lleva aún escudos del Barça enganchados en las esquinas, él no se los quiere quitar aunque es del Madrid—. Aquí el té es gratis, solo cobro los refrescos y si hay fútbol importante, como un Barça-Madrid, un euro por entrada. Las pelis son gratis, los otros partidos son gratis… Aquí se ven mucho Atlético de Madrid, Sevilla, Barça y Madrid. 

Me fijo en un póster que anuncia una fiesta en una gasolinera. En medio del bar hay un colchón con una manta-esterilla encima. En la puerta, una pintada: “Atansion Bileti”.

De vuelta a Lepe en la furgoneta de Antonio, paramos en Cartaya para coger palés de una cooperativa para la chabola de Kalifa, el maliense que conocimos en el asentamiento de Lepe.

—¡Suficiente! —sopla Kalifa con los ojos iluminados cuando ve los palés en el vehículo, porque ahora ya puede reconstruir su casa—. ¡Antonio! Antonio. Gracias. 

Kalifa parece ese tipo de persona al que le resulta difícil dar las gracias; por eso, la palabra “gracias” tiene verdad cuando la pronuncia.

—¡Venga! —le responde Antonio.

El oro rojo: enero de 2021

Antonio no está ahora en Lepe. Intentamos volver a los asentamientos que visitamos en verano de 2019. Llamo a Beleti por teléfono para que nos dé indicaciones de cómo llegar al suyo, en esa lengua de tierra entre Moguer y Palos de la Frontera, porque no lo encontramos. Con algo de intuición logramos acercarnos al lugar, y él aparece con su coche en una carretera principal. 

Lo acompañamos de vuelta al asentamiento. Allí todo está igual y diferente: hay más chabolas, se nota que ya es temporada. Sigue la bandera de España en una chabola, pero ya no está raída, parece nueva. Su bar sigue en pie, impertérrito al paso del tiempo y de los virus. Los escudos del Barça pegados a la televisión, los altavoces, una silla azul con el logo de Pepsi, bancos, un calendario, los líderes religiosos de Mali e incluso el mapa de Mali tapado por un extintor. Un reproductor de DVD, un generador para la televisión, un equipo de música, la placa solar, el tablero para jugar a las damas… Todo igual, al milímetro. Incluso el cartel que dice: “Fiesta pub sin límites, 22-2-2019”, que suena a otra época. Quizá el único cambio es un discreto bote de gel hidroalcohólico. 

Nos sentamos en la veranda a charlar con él, como hicimos la última vez. Vamos todos con mascarilla, pero el encuentro es más cálido que el primero. Se muestra abierto a que le hagamos fotos, a explicar su vida y la de sus compañeros: algo no tan común en un lugar donde muchos prefieren pasar desapercibidos o temen sufrir represalias si hablan con la prensa. 

—La gente está sufriendo mucho, la gente en las chabolas no tiene agua, es todo lo que pedimos… Cada dos días el Ayuntamiento manda un camión con agua y todos vamos con nuestras garrafas para llenarlas. 

Será la única queja que haga a lo largo de la conversación. Le preguntamos si ha cambiado algo con la pandemia. Si en el campo se toman medidas de protección para trabajar. 

—Todo igual, la verdad. Todo el mundo va con mascarilla, pero poco más. Los guantes por ejemplo me molestan, no puedo trabajar con ellos. Pero aquí nadie se ha enfermado. Estoy contento con el trabajo. Tengo papeles, me los arregló mi jefe. Me los dieron en 2016. 

Como Beleti ya lleva tiempo en el lugar, ayuda a los recién llegados. Procura que duerman en una chabola —siempre con otras personas—, que se sientan cómodos, y que poco a poco se incorporen al trabajo si pueden. 

—Este —dice Beleti señalando a un joven detrás de él, sentado en la veranda del bar-chabola— no va a trabajar de momento. Le ayudamos con la comida y con un techo hasta que encuentre trabajo. 

El joven, también maliense, se llama Diakité, acaba de llegar de Almería, no habla demasiado, pero confirma que llegó hace poco a España a través de las islas Canarias. Como Beleti hace trece años. 

—Yo llegué en 2008 y estuve ocho años sin papeles —dice Beleti—. Mira, mi campo está ahí, voy andando cada día desde la chabola, cada día salgo de la chabola y en cinco minutos estoy allí. Empiezo a las 8.30 y acabo a las 15.00. Es cansado. Trabajar la fresa es muy duro para la espalda, hay que usar las dos manos —se levanta y hace el gesto de que hay que trabajar con las dos manos, no con una. 

Beleti es el único trabajador feliz que conocemos en toda la cobertura. El bar que se ha montado lo llena de alegría. 

—Cuando juegan el Barça y el Madrid viene muchísima gente —insiste.

Su vida no ha cambiado en este tiempo. Solo en que lleva una mascarilla. La mía sí que lo ha hecho. Nos separa el abismo del consumo. 

El otro fútbol de Lepe: agosto de 2019

Llega a mis oídos que hay un equipo de fútbol en Lepe en el que juegan trabajadores del campo. Su presidente se llama Alaji Ladiane. Quedamos con él para ver un entrenamiento. 

Subimos por un camino que nos lleva unos kilómetros a las afueras de Lepe y llegamos, en medio de la nada, a un complejo deportivo con varios campos de césped. Poco a poco empiezan a llegar chavales. 

Mientras se cambian: 

—¿Cómo va el Barça?

—1-1. 

—¡Ha marcado Ansu Fati! 

—Oh, sí, qué bueno que es. 

El entrenamiento empieza con centros a la olla. Me tienta pedir un disparo, un centro, pero no hacen ningún ademán de ofrecérmelo, así que me quedo en la línea de fondo, esperando a Alaji. Aparece pasadas las siete de la tarde, se sienta a mi lado, sobre la hierba mojada, y lo entrevisto mientras miramos con el rabillo del ojo el entrenamiento. 

Nacido en Senegal, Alaji llegó a España con su familia cuando tenía doce años. Fue mediocentro defensivo, un 4: militó en el Aljaraque en 1995 y luego, entre 1997 y 2000, en el filial del Real Club Recreativo de Huelva. En 2006, ya retirado, se fue de viaje a Senegal y propuso crear allí una academia de fútbol, porque quería que los niños aprendieran con método. 

—Todo el mundo persigue el balón, pero veo que no saben: lo que voy a hacer es enseñarles fútbol, la poca experiencia que tengo. Traje ropa deportiva y para ponerle nombre dije: voy a ponerle Recreativo Senegal. Como yo salí de la cantera, la academia se llama así. 

Creó otra más allí, la llamó Betis Senegal. Pero también había que hacer algo en Huelva. 

—A partir de 2012 empezaron a llegar chicos africanos. Empecé a llevar a chavales a clubes, porque vi que algunos de ellos no podían incorporarse rápidamente a los clubes y necesitaban ayuda. Los llevaba a hacer una prueba al San Roque, al Betis… 

Hacía eso con los que despuntaban. Pero había muchos más. De ahí nació la idea del equipo que ahora vemos entrenar. Un equipo de recién llegados. Todo recién llegado tiene las puertas abiertas. No hay un propósito de que sea una cantera de clubes andaluces profesionales. Cuando los chavales llegan sin papeles, sin conocer el idioma, aquí tienen un grupo de amigos para jugar, para hacer piña, para olvidarse de todo. 

El Recreativo Ladiane es un salvavidas. 

—La mayoría lleva poco tiempo aquí, menos de un año algunos, otros más. La mayoría no tienen papeles, el trabajo no es una cosa segura para ellos… Algunos los están arreglando. Hay jugadores de Senegal, Mali, Guinea… de todas las nacionalidades. 

Alaji fue en 2012 a la federación andaluza para participar en campeonato oficial, le dijeron que no, que debía tener una sociedad deportiva. Alaji lo consiguió: en 2014 tenía todo arreglado. Cada año, desde entonces, se propone que el equipo participe en competición oficial, pero nunca logra el dinero para pagarlo. Los chavales deben conformarse con los entrenamientos. Y, algunos, con probar en otros clubes. 

—El trabajo que estoy haciendo lo tendría que estar haciendo el Gobierno. Cuando los jóvenes vienen aquí con menos de veinte años, son el futuro de España. Seguro que se van a quedar aquí casi toda su vida. Facilitar su incorporación es bueno para España. Mañana ellos son los que van a trabajar en los invernaderos, los que van a trabajar en la fruta, y la fruta es la que va a Inglaterra, a Alemania, para traer millones de euros aquí, a Lepe.

Los jugadores siguen colgando balones al área y rematando de cabeza: el portero está siendo masacrado. 

—Si no fuera por los extranjeros, el campo no funcionaría.

El otro fútbol de Lepe: enero de 2021

Está lloviznando. Hemos quedado, un año y medio después, con Alaji para ir otra vez al campo de fútbol. Pero será un ejercicio de nostalgia, porque no hay entrenamiento debido a la pandemia. 

—Ahora también tenemos a muchos menores que han llegado de África y que están estudiando y haciendo formaciones, cursillos. Chavales de 16 o 17 años que están en centros para menores y al mismo tiempo con nosotros aquí entrenando. 

Pisamos el césped húmedo. Dice Alaji que pronto volverán los entrenamientos del equipo. Del Recreativo Ladiane. 

—El deporte no solo es llegar a ser jugador profesional. Físicamente te ayuda. Algunos de los jugadores hacían deporte en su país natal, y cuando llegan aquí les gusta seguir disfrutando del deporte. Con nosotros por lo menos tienen la oportunidad de empezar con su primer equipo. El deporte les ayuda a incorporarse, adaptarse y conocer España. 

Ha pasado año y medio y el equipo sigue sin apoyo económico. Ladiane dice que necesitan unos 9.000 euros para participar en Segunda Andaluza y cubrir los gastos de toda la temporada. Los trámites burocráticos ya los hizo. Solo falta el dinero. Alguien que crea en el Recreativo Ladiane. 

—Esperamos que el año que viene llegue un patrocinio que nos permita participar en la Liga. 

Es viernes por la mañana y los jugadores mayores de edad del Recreativo Ladiane —los que tienen más “suerte”— están trabajando en un campo que no es de fútbol.

Pau Coll / Ruido Photo

Sitopia: los alimentos y las ciudades

Mar Toharia

El desayuno de esta mañana seguramente ha llegado a tu mesa después de recorrer miles de kilómetros. Y tu comida también lo hará. Tanto en las grandes ciudades como en los pueblos pequeños nos hemos acostumbrado a saber que las tiendas nos proveerán de alimentos y no nos preguntamos por su lugar de origen, su coste real, ni por su impacto en el diseño del planeta.

Sin embargo, 19 millones de hectáreas de bosques tropicales se reconvierten al año en tierras de cultivo y el 70% del agua se destina a labores agrícolas. Y mientras, también anualmente, se desperdicia alrededor de un tercio de toda la comida para consumo humano, unas 1.300 millones de toneladas, junto con toda la energía, agua y químicos necesarios para producirla y venderla. Y esta comida desperdiciada, según la ONU, provoca más emisiones de gases de efecto invernadero que cualquier país, a excepción de China y Estados Unidos. Por otro lado, y paradójicamente, mientras que tan sólo cinco empresas multinacionales controlan el 80% del comercio de alimentos, la mitad de las personas más pobres del mundo son pequeños productores o agricultores que producen el 70% de la alimentación mundial. Hoy, más de la mitad de la humanidad habita ciudades, y la tendencia es creciente: más de un millón de personas se trasladan a una zona urbana cada semana. Por eso, la cuestión de cómo se alimentan las ciudades se plantea como un desafío planetario para el diseño urbano. Y nace el término sitopia.

Acuñada por Carolyn Steel, sitopia procede de las palabras griegas sitos, comida y topos, lugar. Y nace como una propuesta para repensar el diseño urbano a partir de los alimentos. Su objetivo es poder crear un equilibrio entre las necesidades humanas y las de la naturaleza. En sus propias palabras: “la comida es el sine qua non de la vida; si la tratamos como tal cambiaría profundamente la manera en que vivimos”. El diseño de nuestro mundo, argumenta Steel, es fruto de la manera en que nos alimentamos, de manera que podríamos utilizar la comida para hacer un mejor diseño. Y en su último libro Hungry City : How Food Changes Our Lives, Carolyn Steel describe ideas innovadoras para reintroducir en las ciudades la producción de alimentos. De hecho, los huertos urbanos, en azoteas, terrazas o espacios públicos, aumentan poco a poco en la geografía urbana europea.

Y es que, si miramos hacia atrás en la historia del urbanismo, la creación de comunidades urbanas sostenibles, equitativas y habitables ha sido un reto que enfrenta la humanidad casi desde los mismos orígenes de las ciudades. ¿Repensarlas hoy bajo la perspectiva de cómo alimentarlas, tal y como propone el concepto de sitopia, puede ser una clave para caminar hacia ese objetivo?

Jack London

Jack London

JACK LONDON (San Francisco 1876-1916). Uno de los grandes escritores norteamericanos, autor de cásicos universales de la literatura como Colmillo Blanco, o la llamada de lo salvaje. De familia pobre, no tuvo un educación reglada, pero él se ocupo de formarse a base de leer libros. Desde muy joven se vio obligado a trabajar y a lo largo de su vida tuvo empleos muy diversos, como marinero, buscador de oro, corresponsal de guerra… Pero además de ser un autodidacta fue un hombre de acción. Se involucró plenamente en las protestas sociales y siempre trato de mejorar la situación de la clase obrera. Comenzó a escribir como forma de salir de la pobreza, y en pocos años llegó a ser un autor muy conocido. Jack London vivió un época de gran crisis económica en Norteamérica como consecuencia de la Guerra Civil americana. Vivió el inicio de la creación de los grandes imperios económicos, la segunda revolución industrial y el nacimiento del Movimiento Obrero estadounidense. En su ciudad natal, San Francisco las huelgas y las manifestaciones estaban a la orden del día. Las teorías de Darwin de la ley del más fuerte, aplicadas, no ya la biología, sino al mundo social, bullían también en aquella época, muchas veces para justificar el capitalismo y la desigualdad social.

Todas esas vivencias e ideas influenciaron mucho la literatura de Jack London, en donde se ven reflejadas una peculiar mezcla de aspiraciones socialistas y teorías darwinistas. Los temas que vemos en su obra Colmillo Blanco y La llamada de los salvaje, trata estos temas a través de las supervivencia en medios hostiles y salvajes, la maldad del ser humano, pero también su bondad y el compañerismo desinteresado. 

Luis Argüello - Ley de eutanasia

Mons. Argüello ante la aprobación de la ley de la eutanasia

Ante la aprobación de la Ley de la eutanasia en el Congreso de los Diputados, el secretario general de la CEE Mons. Luis Argüello ha manifestado los siguientes puntos:

La aprobación de la ley de eutanasia esta mañana en el Congreso de los Diputados y así ya de manera definitiva en las Cortes Generales, es una mala noticia. Desgraciadamente se ha buscado la solución de evitar el sufrimiento, provocando la muerte de quien sufre.

Eutanasia: 60.000 personas afectadas

Es dramático que en España haya 60.000 personas cada año que mueren con sufrimiento, pudiéndose remediar con una política adecuada de cuidados paliativos. Pero para eso, pensamos que este es un momento en favor de promover una cultura de la vida y de dar pasos concretos promoviendo un testamento vital o de declaraciones anticipadas que haga posible que los ciudadanos españoles manifiesten de una manera clara y determinada su deseo de recibir cuidados paliativos.

Su deseo de no ser objeto de la aplicación de esta ley de eutanasia, es un momento también para promover la objeción de conciencia y para promover todo aquello que tenga que ver con esta cultura de la vida que quiere tener una línea roja diciendo con fuerza: «no matarás, no provocarás de manera decidida la muerte para aliviar el sufrimiento, sino al contrario, cuidarás, practicarás la ternura, la cercanía, la misericordia, el ánimo, la esperanza para aquellas personas que se encuentran en el tramo final de su existencia, quizás en momentos de sufrimiento que necesitan consuelo, cuidado y esperanza».

pornografía y prostitución

Pornografía y prostitución: el relato neoliberal

Corina Fuks

Mónica, nació en Rumanía, tenía 32 años y era víctima de trata para explotación sexual cuando fue asesinada. Perdón, es incorrecto, no tipificaba como víctima de trata de acuerdo con el art. 177 bis de nuestro Código Penal y, de hecho, se suicidó.

Un relato puede sonar muy diferente del otro. Sin embargo, la realidad es que no sería así si en vez de trata hablásemos de esclavitud sexual. Tampoco veríamos a una prostituta que acabó mal si en vez de suicidio dijésemos que fue la presión, el maltrato, las amenazas, la violencia, la depresión provocada por quienes cada noche le pagaban para violarla y quienes se lucraban con ello lo que la empujó a querer quitarse la vida.

Mónica sufría las amenazas de uno de sus proxenetas, el chulo que en Rumanía le decía que no volvería a ver a su hijo si no le enviaba más dinero, a lo que se le sumaban las deudas acumuladas porque durante la pandemia mermaron los hombres que le pagaban por sexo. Julia, dominicana de 42 años, intentó salvar a Mónica cuando se estaba tirando bajo el tren. Ambas eran mujeres prostituidas, ambas murieron arroyadas por el tren. No hay culpables, ambas habían consentido ser violadas y, para nuestras leyes, esto es suficiente para que no exista delito. Puedes quedarte callada mientras te violan porque estás en shock, o puedes quedarte callada porque necesitas el dinero para sobrevivir, ver la casi inexistente diferencia sería hilar fino, no basta con usar el slogan de “solo sí es sí” porque incluso detrás de un “sí” puede haber un “no puedo elegir”.

Sin embargo, sí hay culpables, aunque invisibles para la sociedad, ya que al único que vemos es al malvado hombre rumano expareja de Mónica. Creemos que la muerte de estas dos mujeres no tienen nada que ver con nosotros, ni con el proxeneta mafioso disfrazado de empresario, dueño del local en el que Mónica era prostituida, ni con los cientos de hombres que usaron su cuerpo deshumanizándola y denigrándola, sin importarles que Mónica era mucho más que órganos sexuales, ni con los políticos que apoyan las leyes desigualitarias y misóginas (muchos de los cuales también son puteros), ni con los políticos a los que no les resulta conveniente enfrentarse al poder de quienes controlan el negocio del sexo, ni contigo, ni conmigo, que cerramos los ojos a la barbarie, mucho menos con los jóvenes que con normalidad consumen pornografía casi desde su infancia.

Poco nos detenemos a pensar en las causas que empujan a las mujeres a migrar y terminar en la prostitución como parte de ese proceso migratorio. Poco nos cuestionarnos el hecho de que un 90% de las prostitutas en España son extranjeras, o que un 96% son niñas y mujeres mientras que casi un 100% de quienes pagan por sexo son hombres.

Sonia Sánchez, sobreviviente de la prostitución, escribió el libro: Ninguna Mujer Nace Para Puta, y su título no puede ser más acertado. Una niña o adolescente que no ha sufrido abusos, protegida por su familia o adecuadamente por el Estado cuando ésta no está presente, con oportunidades para estudiar y tener un trabajo que le permitan vivir dignamente, no se plantea la prostitución para su vida. Un Estado que trabaja por la igualdad entre hombres y mujeres tampoco la permite. La prostitución nos afecta mayoritariamente a las mujeres, a las prostituidas y a todas, porque la prostituta está representada en el imaginario colectivo como mujer. Las mujeres venimos posicionándonos contra la prostitución, y cada vez con más fuerza. Ya en 1840, Flora Tristán escribió en su libro Paseos en Londres: “La prostitución es la más horrorosa de las plagas que produce la desigual repartición de los bienes de este mundo. Esta infamia marchita la especie humana y atenta contra la organización social más que el crimen”.

El lugar de los hombres en esta reivindicación

¿Y los hombres? ¿Qué lugar ocupan en esta reivindicación por el reconocimiento de los derechos humanos de las mujeres prostituidas y la igualdad entre los sexos? Como mucho un 5% de la asistencia a eventos sobre el tema son hombres, como mucho hay políticos que salen en las fotos de estos eventos, como mucho hay algunas asociaciones abolicionistas con unos pocos miembros. Tampoco las mujeres esperamos que ellos nos liberen. Amancio Ortega no lucha porque suban los sueldos a los trabajadores de Zara. No podemos esperar que la liberación venga de quien se privilegia con la opresión. Sólo es factible cuando surge desde las bases, y las bases, en este caso, la formamos nosotras, en plural y en femenino. Sin embargo, sí invitamos a los hombres a que protagonicen su propia liberación junto a otros hombres y rompan sus cadenas, las que los denigran como seres humanos, las que los hacen vivir como un privilegio esclavizar sexualmente a una mujer. Claro que no todos los hombres son puteros, pero no basta con decir: “Yo no lo soy”. La prostitución es una institución, un negocio global, un tema cultural, político, económico y social, no se limita al ámbito privado de nadie.

Para más inri, algo ha cambiado en las últimas décadas producto de la globalización neoliberal, otros elementos se han sumado a este vil privilegio del que históricamente los hombres han gozado. La prostitución tiene las mismas características que otros negocios del mercado capitalista:

  1. Debe estar el “producto” disponible al menor coste posible, incluso conseguirse en el mercado negro: trata de seres humanos.
  2. Debe haber una oferta competitiva: buena calidad y mayores prestaciones a un buen precio: mujeres jóvenes y variadas, dispuestas incluso a enfermarse gravemente y ser objeto de actos vejatorios por cada vez menos dinero.
  3. Debe existir la versión low-cost para el nicho del mercado con menos recursos económicos: mujeres más mayores, negras y/o ya destruidas física y psíquicamente después de algunos años en la prostitución.
  4. Deben promoverse el individualismo y un consumismo desprovisto de consciencia de los daños que provoca: hipersexualización, pornografía y publicidad para que haya más puteros.
  5. Debe conseguirse la fidelidad del “cliente” enganchándolo al “producto” desde la edad más temprana posible: hipersexualización de la niñez y pornografía.

Sin embargo, existe una diferencia abismal entre la prostitución y otros negocios. En la prostitución y la pornografía el producto con que se negocia es un cuerpo humano: el de una mujer extranjera en situación de vulnerabilidad en el 90% de los casos, que ha sido víctima de violencia y sufrido abusos sexuales y violaciones antes de entrar a la prostitución entre un 55% y un 90% de casos (siendo menor de 16 años en un 87% de éstos), con altas probabilidades de sufrir SIDA, adicción o muerte relacionadas con drogas y alcohol, enfermedades cardiovasculares, embarazos no deseados, abortos, agresiones, vejaciones, desgarros vaginales y anales, además de patologías psíquicas, traumas graves, estrés, ansiedad, depresiones crónicas, fobias, y hasta 40 veces más riesgo de suicidio. Como en el caso de Mónica.

A pesar de todo ello, no hay suficiente condena social de esta barbarie. Por el contrario, hay políticos que defienden los intereses criminales de la “industria” sexual y bajo un falso progresismo trabajan para regularla. También son parte de este negocio las redes sociales y aplicaciones, con algoritmos que estudian nuestra psiquis, nuestros hábitos, nuestros agujeros negros, no para convencernos de que compremos un producto sino para convertirnos en el producto y hacernos a la medida del producto. Basta ver OnlyFans invitándonos a “conseguir dinero a partir de hoy”. Cuánto más temprana sea la hipersexualización de los y las jóvenes, cuánto más normalicemos tener sexo deshumanizado, el sadomasoquismo, la pornografía y la prostitución, más fácil resultará ser prostituida, ser putero y/o verlo como un trabajo.

El negocio del sexo invierte en cultura, educación, socialización y principalmente en los medios. A las mujeres tiene que resultarnos deseable la sumisión y el sometimiento. Al hombre lo educa sexualmente con sus primeros vídeos porno para que lo excite subyugar a la mujer. El porno sirve para sacar el peor “yo” que tiene un hombre dentro, su ser más cruel e inhumano, el que goza vejando y dominando, y prepara a la mujer para que consienta la humillación. El porno no es solo prostitución sino es además su escuela, su medio de normalización y promoción, y la expresión más patética de desigualdad entre los sexos.

Si queremos poner fin a la despreciable práctica de comprar sexo es necesario tener la perspectiva global de cómo funciona esta maquinaria, cuál es la estrategia de venta, qué plan de mercado tiene y cómo va cambiando. De lo contrario, pondremos parches sin ir a la raíz del problema. Acabar con la prostitución no es sólo un bien para las mujeres, sino también para los hombres, los niños y las niñas, para la sociedad y para la evolución de la especie humana.

La cara de Amazon: prácticas antisindicales, escuchas, monopolio, falsos autónomos, impuestos…

Fuente: lamarea.com

“Comprar en tiendas de barrio da vida a nuestras ciudades y genera puestos de trabajo. Por ello propongo que no compremos en Amazon: apenas paga impuestos y no da vida a los barrios”. Así se despachaba la alcaldesa de Barcelona Ada Colau contra la multinacional dirigida por Jeff Bezos y cuyo valor de mercado ya supera el PIB de España. La edil y el primer teniente de alcalde de la capital catalana, Jaume Collboni (PSC), pidieron hace unos días no consumir a través de la plataforma online durante las fiestas navideñas. La misma recomendación había lanzado anteriormente la alcaldesa de París, Anne Hidalgo.

Estuvo rápido el gigante estadounidense, que salió al paso recordando que 2.000 pequeñas empresas de Catalunya venden a través de su página web, lo que convierte a la Comunidad Autónoma en líder estatal en el ranking de compañías que comercializan sus productos utilizando la plataforma de Amazon. No es posible, sin embargo, conocer cuántos pequeños comerciantes han tenido que cerrar como consecuencia directa del crecimiento de la multinacional en esta y otras regiones.

Pero, ¿cuáles son los peligros de Amazon que han puesto a Colau e Hidalgo en contra?

Hacia el monopolio

Es cierto que miles de empresas venden sus productos a través de la plataforma americana: según datos de la propia firma, hasta 9.000 pymes españolas operan con su sistema. Sin embargo, recientemente la Comisión Europea (CE) ha acusado a Amazon de utilizar los datos que extrae de estas empresas para vender sus propios productos: “Los datos de la actividad de vendedores terceros no deben ser usados en beneficio de Amazon cuando actúa como competidor con esos vendedores. Las condiciones de competencia en la plataforma de Amazon también deben ser justas”, declaró la vicepresidenta de la Comisión, Margrethe Vestager, a mediados de noviembre de 2020.

Una segunda investigación de Bruselas acusa a la multinacional de favorecer de manera artificial sus ofertas o la de aquellos vendedores que utilizan los propios servicios logísticos y de reparto de Amazon.

Pero no solo Europa apunta a Amazon. El Congreso de los Estados Unidos ha llevado a cabo una investigación durante casi un año y medio para analizar el poder de gigantes Apple, Facebook y Google, además del propio Amazon, del que dicen que tiene “poder de monopolio” al controlar entre el 65% y el 70% de todas las ventas dentro del país. Esto obligó a Bezos a comparecer ante el Subcomité Judicial de la Cámara de los EEUU. Tanto su compañía como las otras tres, según la investigación, “erosionan el espíritu empresarial, degradan la privacidad de los estadounidenses online y socavan la vitalidad de la prensa libre y diversa”.

Impuestos difíciles de encontrar

La estructura empresarial del líder del comercio online provoca que su negocio online se vehicule a través de filiales de servicios de logística, gestión de datos y soporte comercial. Amazon EU paga a estas filiales por la prestación de servicios, lo que en 2019 supuso unos ingresos en España por valor de algo menos de 500 millones por los que pagó 4,4 millones en concepto de impuestos de sociedades.

Pero la facturación de todo lo que la multinacional vendió en España no pagó impuestos aquí, sino que se fue directamente a Luxemburgo, considerado un paraíso fiscal por diversas organizaciones como Oxfam Intermón. Es allí donde está la sede central de Amazon EU y donde se fueron los 7.567 millones de euros que la compañía ingresa en España y que supone el 15% de todo el comercio electrónico en el país. 

Según explica el diario El Independiente, “entre Facebook, Amazon y Apple pagaron en 2018 entre todas un total de 14,7 millones de euros en concepto de impuesto de sociedades. Es decir, prácticamente lo mismo (14,4 millones) que Ence, que es la empresa ‘más pequeña’ del IBEX 35”.

La conocida como ‘tasa Google’, aprobada durante este 2020, tratará de poner remedio a esta fuga impositiva gravando a estas compañías con un tipo del 3% a sus ingresos por determinadas actividades.

Socavando los derechos laborales

Otra de las bazas que Amazon ha jugado tras las críticas de Colau ha sido la de los puestos de trabajo de la empresa en la región, recordando que cuenta con tres centros de distribución, un centro logístico urbano en Barcelona, otro centro de distribución y tres estaciones logísticas. Los 2.000 nuevos puestos de trabajo que anunció en julio del año pasado suman un total de 9.000 trabajadores y trabajadoras en todo el Estado.

Una plantilla que ha organizado protestas en varias ocasiones. Hace dos años, coincidiendo con el Black Friday, los trabajadores del centro logístico de Amazon de San Fernando de Henares (Madrid) iniciaban su jornada reivindicativa. Era la cuarta huelga para denunciar recortes tanto en derechos de salud, como de salario y conciliación, según explicaban los representantes sindicales.

amazon
Imagen de la huelga de los trabajadores de Amazon en San Fernando de Henares en 2018. EDUARDO ROBAINA

Más recientemente, en octubre de 2020, según anunció el sindicato UGT, la multinacional fue condenada a dar de alta a casi 3.000 repartidores que estaban trabajando como falsos autónomos. Inspección de Trabajo consideró que los trabajadores de Amazon Flex son asalariados y por ello deben estar dados de alta en el régimen general de la Seguridad Social. Según la estimación de UGT, esto ha supuesto casi cuatro millones de euros de ingreso para la arcas públicas.

Estas luchas sindicales parecen no ser del agrado de Amazon. Tanto es así que una investigación de la Motherboard, la sección de tecnología de Vice en EEUU, revela que el gigante tech utiliza diversas tácticas para vigilar a trabajadores y grupos sindicales en sus almacenes. Según los documentos obtenidos por la publicación, la compañía liderada por Jeff Bezos habría contratado a la agencia de detectives Pinkerton e infiltrado espías en noviembre de 2019 en un almacén de Polonia. Según elDiario.es, Amazon analiza diferentes “riesgos de seguridad”, entre los que se encuentra la categoría de “ambiente operativo”, donde se incluyen la presencia de sindicatos y posibles protestas o manifestaciones. 

De acuerdo con la información del medio español, esto vendría ocurriendo también en otros países, entre ellos España, aunque Amazon niega que Pinkerton se encargue de vigilar a sus empleados. Una versión que choca con dos ofertas de trabajo publicadas por la tecnológica para vigilar “amenazas sindicales”, las cuales fueron borradas tras la polémica surgida

Aunque la compañía alegó que se trataba de un “error”, medio centenar de eurodiputados enviaron una carta a Jeff Bezos preguntando si Amazon espía a políticos y sindicalistas. “Nos preocupa que los sindicatos, así como los representantes electos locales, nacionales o europeos, se vean afectados por esta ‘vigilancia de amenazas’, que tiene como objetivo reprimir la acción colectiva y la organización sindical”, explican en la misiva.

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Pegatina reclamando un convenio entre Amazon y la plantilla. EDUARDO ROBAINA

Adiós a la privacidad

“Alexa, pon música”. Es posible que hayas pronunciado estas palabras, ya que el altavoz inteligente de Amazon fue su producto más vendido durante 2019. Estos comandos, en la teoría, solo son utilizados por el aparato para llevar a cabo la acción. Sin embargo, en la práctica, pueden ser escuchados por el personal de la multinacional en aquellos casos en los que el gadget no haya entendido la petición, con el objetivo mejorar el algoritmo.

El gran problema es que, según Bloomberg, estos empleados también tendrían acceso a las coordenadas en las que se ha producido el error, por lo que podrían llegar a averiguar el lugar de residencia del cliente; un extremo para el cual no se han recibido denuncias.

En una carta enviada al senador de Estados Unidos Christopher Coons a mediados del año pasado, el vicepresidente de políticas públicas de Amazon, Brian Huseman, reconocía que la compañía almacenaba las grabaciones de voz y las transcripciones durante un tiempo indefinido, “hasta que el usuario decide eliminarlos” borrando el historial en la aplicación. Sin embargo, ni siquiera en estos casos Amazon garantiza el borrado de la información ya que, cuando se utiliza una ‘skill’ –aplicación de terceros dentro de Alexa– “el desarrollador de esta ‘skill’ podría también mantener registros de la interacción”, según reconoció Houseman.

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Furgonetas de reparto de Amazon Prime. TODD VAN HOOSEAR / Licencia CC BY-SA 2.0

Medioambientalmente insostenible

Por una pequeña cantidad de dinero –3,99 euros al mes o 36 euros anuales– puede usted recibir cualquier producto en su casa en 24 o 48h. Es lo que se conoce como Amazon Prime, el servicio deluxe de la tecnológica que incita al consumismo y que multiplica la huella de carbono de la compañía, principalmente en el transporte. En 2019, las emisiones de Amazon alcanzaron los 51,17 millones de toneladas de CO2, un 15% más que el año anterior. Ya el año anterior, sus emisiones estaban al nivel de las que generan países como Suecia, Ecuador o Bulgaria. En 2020, los movimientos por el clima han ocupado la sede de Amazon en Barcelona con motivo del Black Friday para protestar contra su política de empresa.

El fundador de Amazon anunció en febrero del año 2020 la donación de 10.000 millones de dólares para luchar contra el cambio climático. En el suplemento Climática de lamarea.com analizan el “doble filo” de esta aportación.

La virtud de escuchar

¿Qué razones tengo yo para aprender a escuchar? ¿Qué nos perdemos si no aprendemos a escuchar?

Mª Isabel Rodríguez Peralta

Guillermo Rovirosa publica entre 1959 y1964 unos cuadernos que constituyen la Serie Copin (COperación INtegral). De esta serie forma parte La virtud de escuchar (1962). El ideal COPIN es responder a la vocación de la vida cristiana en el sector económico de la vida social. Estos cuadernos los escribe en la última época de su vida, pensados, mecanografiados, fotocopiados, encuadernados y enviados por él. Los concibe como un diálogo entre los amigos con los que mantiene correspondencia a modo de un taller de escritura cooperativa, en formato de noticias que se desarrollan entre preguntas y respuestas para avanzar juntos en el ideal COPIN. Viene a ser como una carta larga a sus amistades.

Estas publicaciones llegan a toda España pero también llegan a otros muchos lugares del mundo, sólo por enumerar algunos: India, Bélgica, Francia, Italia, Argentina, Costa Rica y Colombia. Quién sabe si esta reflexión que comparto llega a personas de éstos u otros países que conocen este hecho histórico y podamos entablar también una correspondencia a través de este blog.

Es evidente la labor ingente de Guillermo Rovirosa en su apostolado laico. Fue capaz de encontrar, también en sus limitaciones causadas por la amputación de su pie izquierdo como consecuencia del atropello de un tranvía (1957), la fuerza necesaria para desplegar su capacidad creativa y poner en marcha procesos tan potentes que su voz llega hasta nuestros días.

La virtud de escuchar viene a ser una confesión de Rovirosa cuando comienza diciendo: Me he dado cuenta de que nunca he escuchado verdaderamente a nadie. Esto explica en gran parte el fracaso de mis relaciones humanas. Este hecho constituye un punto de partida que conecta con toda experiencia humana porque es universal el no saber escuchar.

En esta lectura podemos descubrir la llave maestra para aprender a escuchar y conseguir tres cosas estupendas: conocerme a mí mismo, una corriente de simpatía hacía el ‘otro’ al encontrarnos con que padecemos los mismos males y una colaboración y ayuda mutua para corregirnos, que por estar cimentada en la humildad ha de dar resultados positivos.

No es un libro al uso para su consumo sin más. La escritura es ágil y a la vez requiere una lectura lenta porque Rovirosa nos interpela directamente. ¿No andarían de otra manera los matrimonios cristianos si los cónyuges practican con preferencia la virtud de escuchar? ¿Y si al mismo tiempo iniciaran a sus hijos en tal práctica?

Conforme se avanza en la lectura desaparece el libro escrito para adentrarnos en el libro de la vida; de tu vida, tu historia personal y desde ahí salir al encuentro del mundo. Disponemos de toda una vida para aprender a escuchar y a la vez constatar la experiencia existencial de que mientras vives nunca dejarás de ser un aprendiz.

El lector tiene la última palabra para dictaminar si escuchar verdaderamente es una virtud o no. Y en caso afirmativo qué clase de virtud. Lo más importante es el hecho, la experiencia porque un diálogo sobre evidencias es infinitamente más fecundo que un diálogo sobre razones, con la ventaja de que conduce a los interlocutores a escucharse, a conocerse y a amarse.

Por último aprendamos también a leer de otra manera. Porque al igual que este cuaderno se concibió como un diálogo entre amigos también parece lógico leerlo junto a otros y así crear espacios para conversar sobre lo leído, escuchar a los demás y descubrir la verdad que hay en las palabras. Escuchar siempre deja huella, escuchar puede ser doloroso pero siempre es un acto de amor.

Os invito a que nos contéis como os va con esto de la escucha, con la lectura o grupo de lectura.

Mª Isabel Rodríguez Peralta

Cuaderno La virtud de escuchar en pdf