No tengas miedo de pedir

“Yo quiero que sea más cariñosa conmigo, pero no se lo digo porque tiene que salir de ella”. “Él ya sabe que cuando llego de trabajar necesito un poco de tiempo para relajarme, no tendría que recordárselo cada día”.

He aquí un par de frases habituales en la terapia matrimonial. Quejas acerca del otro cuyo resumen podría ser: en un matrimonio no hace falta pedir las cosas, porque el otro debe conocer nuestras necesidades y tenerlas presentes. No es raro que uno de los cónyuges tenga expectativas sobre el otro que no hace explícitas: que sea más cariñosa, que ayude más con los niños, pasar más tiempo juntos, que cuente conmigo para tomar decisiones, que colabore más en las tareas domésticas…

Si preguntamos por qué no se hace esa petición de forma explícita, la respuesta es algo parecido a esto: “tendría que darse cuenta. Si realmente me quisiera se daría cuenta y lo haría. No tengo que recordárselo todo el tiempo”

El problema es que esperar cosas del otro sin decírselas suele tener como consecuencia más habitual la frustración, porque el don de la telepatía no es un don muy repartido entre el género humano. La frustración que surge de que nuestros deseos, expectativas o necesidades queden incumplidas, no por la maldad del otro, sino, la mayor parte de las veces, por su despiste, su inseguridad o su falta de confianza.

Es verdad que una de las actitudes en las que se nota el amor de alguien es en el cuidado que pone en la persona amada, en la atención y el interés. Pero no es menos cierto, que, en ocasiones, la vida nos mete en una dinámica de preocupaciones que hace que nuestra atención esté más centrada en otras cosas que en la persona que amamos. Y en ese caso no está mal que esa persona nos recuerde que tiene sus deseos, sus anhelos respecto a nosotros.

Otras veces uno no tiene claro qué es lo que el otro desea. A veces porque es muy diferente de lo que yo deseo en la misma situación. Por ejemplo, una esposa cuando llega de trabajar tiene necesidad de contar al marido cómo ha ido el día con pelos y señales. Sin embargo, el marido, cuando llega de trabajar, tiene la necesidad de relajarse un rato y desconectar. Lo más normal es que él no se dé cuenta de la necesidad de ella, porque sea muy diferente de la suya propia.

Una de las razones por las que nos cuesta pedir las cosas de una forma explícita es que nos hace vulnerables. Al pedir algo a otra persona, ponemos nuestra necesidad en manos de la libertad del otro, que puede responder favorable o desfavorablemente. O puede no responder. En general, pedir supone, también, mostrarnos necesitados, limitados. Y, aunque lo seamos, no nos gusta que se nos note.

Pero en una relación íntima no hay que temer hacer peticiones explícitas, aunque estas sean frecuentes y sobre pequeñas cosas. Cuando pedimos algo al otro, nos hacemos vulnerables, sí. Pero también posibilitamos que se inicie en el otro una dinámica de donación. Al pedir, permitimos que se ponga en juego la libertad del otro de responder a nuestra petición. Permitimos que se ponga en marcha la capacidad de decidir, le ayudamos a salir de su ensimismamiento. La mayor parte de las veces nos sorprendemos descubriendo que el otro está disponible para nuestra petición. Y así crecemos los dos. Yo pidiendo, el otro saliendo de sí mismo. Y viceversa. (El viceversa es importante).

 

Diego Velicia, psicólogo del COF Diocesano

Embellecer un barrio disminuye radicalmente la delincuencia (y funciona mejor que la “mano dura”)

Tiene su encanto ser seres urbanos. Pero lo cierto es que las ciudades, pese a estar densamente pobladas, promueven la fragmentación y el aislamiento de sus habitantes. Esto vuelve a los entornos citadinos muy complicados: habitarlos se hace difícil, ya que muchas de sus dinámicas nos absorben irremediablemente. Mientras tanto, las problemáticas que enfrenta cada ciudad parecen demasiado grandes como para que podamos combatirlas.

Y eso es, en gran parte, porque las ciudades nos vuelven muy individualistas…

Quienes habitan las grandes metrópolis carecen de herramientas certeras para contribuir a tener mejores ciudades. Los ciudadanos tienen que dejar todo en manos de gobernantes y empresas, no obstante que éstos suelen traer más problemas que soluciones.

Un ejemplo está en las políticas que permiten que los barrios sean invadidos por la iniciativa privada: que se construyan centros comerciales, o que lleguen reconocidas cadenas comerciales. Esto ocasiona el encarecimiento de la vida y obliga a muchos a desalojar sus hogares, lo que constituye un fenómeno bastante reciente al que se le ha llamado “gentrificación”.

Por otro lado existen zonas urbanas que son abandonadas, como Detroit, en Estados Unidos. El caso de esta ciudad demuestra mejor que cualquier otro lo que sucede cuando las empresas abandonan una ciudad: la economía comienza a flaquear y, con esto, la ciudad entra en un proceso de paulatina decadencia. Inevitablemente la criminalidad comienza a subir, y lo único que hace el gobierno es aplicar “mano dura” contra la población a la que abandonó.

Pero existe una alternativa a la decadencia urbana: el trabajo colectivo

Se ha comprobado que en zonas urbanas donde los vecinos colaboran en embellecer sus calles y fachadas, las tazas de criminalidad y violencia bajan drásticamente. En Estados Unidos esto ha sido observado por un grupo de investigadores de la Universidad de Michigan, quienes han documentado procesos comunitarios en la ciudad de Flint.

Esta ciudad se convirtió, debido a su paulatina desindustrialización, en una de las más peligrosas de Estados Unidos, con la segunda taza de homicidios más alta. Desde 2012, un grupo de vecinos de Flint comenzaron a limpiar sus calles, a alumbrarlas y a sembrar plantas en sus camellones y lotes.

Para 2018, los ataques con violencia bajaron en un 54%, los atracos en un 83% y los robos a casas y negocios en un 76%

Esto ha pasado en México también…

Muchos piensan que las pintas callejeras son sinónimo de criminalidad. Por eso, ahí donde hay pintas hay más policías. Sin embargo, en México muchos artistas han demostrado que pintar paredes no es un crimen, y puede regenerar el tejido social de las zonas más marginadas.

Es el caso del barrio Las Palmitas, en Pachuca, Hidalgo. Ahí, el colectivo de artistas Germen Nuevo pintó 200 casas, haciendo de ellas un lienzo gigante que reflejaba la identidad de los habitantes del barrio. Esto hizo que los robos y asaltos disminuyeran un 73% en sólo 3 años.

Así como este hay muchos ejemplos más en México y el mundo, los cuales comprueban que el arte y el trabajo comunitario son agentes de regeneración sociocultural.

No obstante, el porqué de este fenómeno es aún un relativo misterio, que requiere de mayor investigación para que el trabajo comunitario y el arte formen parte de las agendas públicas en combate a la delincuencia. Sin embargo, no se necesitan muchas más pruebas empíricas para comprender que el futuro de las ciudades debe ser un futuro compartido, en el cual trabajemos comunitariamente por tener barrios bellos, espacios iluminados, calles caminables y muchas más áreas verdes donde expandir la conciencia individual y colectiva –en lugar del consumismo desenfrenado–.

Porque nadie lo hará por nosotros, ¿no crees?

Fuente: Ecoosfera

La arriesgada apuesta de un museo alemán para desactivar a la extrema derecha local

Cuando Hilke Wagner, directora del museo Albertinum, caminaba rumbo a la inauguración de una exposición en la plaza del mercado en Dresde, esperaba encontrarse con un distendido encuentro de amantes de la cultura. No sucedió. En su lugar, ella y el resto de asistentes se vieron rodeados por un grupo de manifestantes de extrema derecha armados de megáfonos insultando a los organizadores de la muestra de escultura y a su autor, un artista alemán de origen sirio. Los llamaban traidores. Al regresar a la oficina hubo lágrimas. «No sabíamos qué hacer».

El sector cultural de Dresde vive en tensión debido al auge de la extrema derecha más radical. Wagner llegó en noviembre de 2014 a su puesto, la dirección del Museo Albertinum, una de las colecciones de arte más importantes de Europa cuando se trata de la obra que nace del romanticismo y llega a la contemporaneidad. Un mes antes de su incorporación al puesto había aparecido en las calles de la ciudad un movimiento de protesta antislámico, Pegida, que desde entonces no ha dejado de crecer en tamaño y extremismo hasta el punto de que el pasado mes de noviembre, el ayuntamiento de Dresde decidió declarar de manera oficial una «emergencia por nazismo».

En un clima político tan polarizado como el de hoy, los promotores culturales se enfrentan a una difícil elección. ¿Deben dialogar con las voces reaccionarias y asumir el riesgo de normalizarlas o, al contrario, boicotearlas y arriesgarse así a que se alejen más de los principios compartidos por la mayor parte de la ciudadanía?

Al frente del Albertinum, Wagner ha optado por una tercera vía: han convertido el problema en caso de estudio sobre el mejor modo en que las organizaciones artísticas pueden ganarse a esa porción hostil del público sin renunciar a sus ideales.

Desde su nombramiento, Wagner ha tratado de imprimir dinamismo a la escena del arte contemporáneo de Dresde y ha hecho hincapié en el pluralismo que destilan las colecciones del Albertinum. En una entrevista con Die Welt poco después de asumir el puesto explicó su intención: «dejar claro que nuestra cultura es resultado de una mezcla de culturas».

Pero más allá de los muros de arenisca del Albertinum, esa extrema derecha que no deja de crecer tenía otros planes. Del mismo modo que el movimiento Pegida mutó de una masa de pensionistas de abrigos color beis a otra de jóvenes identitarios vestidos de negro, el partido Alternativa por Alemania y (AfD) pegó un bandazo desde su inicial oposición al Euro para transformarse en un partido etnoreligioso en toda regla.

Muy centrado en el arte y su impacto social, AfD se ha manifestado contra cualquier programación multicultural y en defensa de una «cultura alemana predominante». Sobre todo en Dresde, el partido se comprometió a conservar el arte clásico alemán y a oponerse a los proyectos que considera «marginales y dirigidos a las minorías».

A medida que Wagner se asentaba en el puesto, la retórica en las calles de Dresde empeoraba. Recuerda un caso concreto. El momento en que Pegida decidió protestar contra los rescates de refugiados al grito de «¡que se hundan, que se hundan!». «Claro, en esa situación, una se desespera», dice.

Transformar el odio en diálogo

En septiembre de 2017, la guerra cultural se volvió personal. El detonante, un artículo de opinión en un periódico regional, el Sächsische Zeitung, en el que se criticaba a Wagner, que creció en la antigua República Federal, por su tratamiento del arte de la antigua Alemania del Este. Wagner señala que el artículo planteaba «cuestiones importantes y que llegaban con cierto retraso». Tres décadas después de la unificación alemana, alrededor del 98% de los puestos de liderazgo del país los ocupan personas que crecieron en la antigua República Federal, en el Oeste. Para muchos, esa tendencia se refleja también en el tratamiento de la historia del arte alemán.

Pero a Wagner también le sorprendía lo subrepticio y vicioso de la manipulación con la que la extrema derecha se incorporó al debate. Dos días después de que se publicara el artículo, un miembro de AfD pidió en el parlamento una lista de las pinturas en exhibición en el Albertinum discriminadas por su origen. Quería saber cuantas venían del Este del país y cuantas del Oeste. También cuestiones relativas al nombramiento de Wagner y sus intenciones respecto a la expansión de la colección de arte contemporáneo del museo.

Lo que siguió fue una oleada de mensajes de odio pidiendo la salida inmediata de Wagner. Mucha gente comenzó a reconocerla y confrontarla en la calle. «Fueron demasiado odio y agresividad de golpe», recuerda Wagner. «Durante dos semanas, casi no salí de casa, me invadió la paranoia».

Wagner se cuida de las generalizaciones. No cree que todos los que la contactaron fueran simpatizantes de la extrema derecha. Pero también reconoce la incómoda proximidad entre la defensa de la herencia cultural local y la agenda de AfD. «Está claro que AfD se agarra a esto desde el populismo. Que quieren incrementar la división entre el este y el oeste de Alemania».

La reacción inicial fue poner distancia. «Al principio pensé que no podía quedarme», cuenta. Pero cuando levantó el teléfono y llamó a una de las personas que la atacaba «creí honestamente que ese primer contacto era producto del odio, que se trataba de una cuestión egoísta y quería dejar las cosas claras. Pero tuve una conversación realmente positiva. Me di cuenta de cuanto bien hacía. Me lo hacía a mí y a la otra persona».

Wagner se sintió reforzada y decidió llamar una por una a cada persona que había llamado o escrito cargada de odio. Menos una, todas eran hombres. «No había un sexismo explícito», señala «pero estoy segura de que es parte de la situación».

Esas conversaciones siguieron siendo constructivas. Quienes recibían esas llamadas se sorprendían cuando era ella quien iniciaba el contacto. Hablaron y escucharon. Se dieron pasos en dirección a una comprensión mutua. «No es que llegáramos a puntos de acuerdo pero limamos malentendidos. Entendí algunos de sus agravios», reconoce Wagner.

Otras instituciones del arte alemán han adoptado una política de puertas cerradas ante la extrema derecha. En Leipzig, un artista que simpatiza con AfD fue excluido de una exhibición anual de pintura. En Berlín, el director del teatro Friedrichstadt-Palast declaró que los votantes de AfD no son bienvenidos en sus actividades.

Pero en Dresde, donde la pertenencia a la extrema derecha es transversal, Wagner entiende que la obligación de una institución pública es diferente. Cree que «los votantes de Pegida y AfD están por todas partes. Son parte de las familias, son compañeros de trabajo, están en nuestra red de financiadores. ¿Dónde nos ubicamos si nos limitamos a decir que no nos hablamos?»

Wagner desarrolló una serie de diálogos y una estrategia en torno al Albertinum. El primer paso fue una invitación abierta a una serie de discusiones. En el atrio central del museo y al aire libre, pidió colocar mesas alargadas y a su alrededor varias filas de asientos. Participaron más de 600 personas entre las que había miembros de Pegida y se encontraban también muchos de quienes la habían atacado.

Dice que «al principio fue muy difícil» y que «hubo gritos, portazos, discusiones, y acusaciones pero evolucionó en la dirección correcta». Uno de los hombres que había enviado un mensaje de odio a Wagner se puso en pie y pidió disculpas. Otro dijo que se había sentido en el Albertinum como «si estuvieran en su sala de estar».

Ese ambiente de cercanía era fundamental para Wagner, que tituló la serie de debate Necesitamos hablar y explicó que encontró «importante establecer la sensación de que entablaban relaciones personales. Tuvimos participantes de todo el espectro político y con actitudes bien diferentes. Aprendimos mucho unas de otros».

Luego pasó a las estrategias de programación. Como muchos lugares, porosos al extremismo de la extrema derecha, la identidad de Dresde está marcada por experiencias traumáticas. Capital de Sajonia, fue una vez un importante polo económico que bullía entre el comercio y su arquitectura barroca. Pero en febrero de 1945 el 90% del centro de la ciudad fue destruido por bombardeos aliados que dejaron 25.000 personas muertas, la mayor parte de ellas mujeres y niños. Después, y tras una vuelta a la vida, tanto arquitectónica como industrial, liderada por el gobierno de la Alemania socialista, la reunificación alemana fue testigo de la pérdida de gran parte del empleo en la ciudad y de la enajenación entre gran parte de su juventud y el oeste del país.

Wagner quiere que de entre la serie de pérdidas que ha vivido la ciudad nazcan momentos de energía artística similares, por ejemplo, a los vividos durante el período abstracto del período de entreguerras, tan creativo. Y menciona nombres. «Kandinsky, Mondrian, Lissitzky fueron muy activos en la década de los 20. Quiero que los habitantes de Dresde recuerden aquella historia modernista y así alimentar apertura y orgullo hacia lo que sucedió aquí».

A lo largo de las series de diálogo, quedó claro que su público quería ver más obra de Alemania del este y piezas que reprodujeran la destrucción que la ciudad sufrió durante la guerra. Eso presentaba un dilema: Ambas temáticas han sido utilizadas por AfD para alimentar el victimismo del que se sirve.

La solución de Wagner no ha sido negarse a los derechos de quienes visitan el museo sino retar cualquier narrativa simplificadora o victimista aportando matices y contexto. Ha mostrado obras que reproducen la destrucción de Dresde junto a obras contra la guerra de autores de otros países como Maria Lassnig y Marlene Dumas. Una instalación de Wolfang Tillmans mostraba la destrucción de Dresde junto a la de Coventry. «Quería estar segura de que no aislábamos las obras, de que las mostrábamos al mismo nivel que otras perspectivas»

Wagner también respondió positivamente a quienes pedían más arte de la Alemania del este pero no aceptó el discurso patriarcal de la AfD y decidió enfatizar a las mujeres artistas. Una muestra seleccionado por Susanne Altmann mostró obras de 36 mujeres de Alemania del este y otros países del antiguo bloque soviético. Un año después, otra muestra va a centrarse en los ideales inclusivos de la Alemania del este y explicar sus vínculos con Sudáfrica, Mozambique y la India.

No todos están de acuerdo con las decisiones de Wagner. Poco antes de navidad asistió a un recital ofrecido en el atrio del museo por una organización de migrantes y refugiadas. Se emocionó. Mientras disfrutaba del concierto desde las galerías superiores, uno de los asistentes, un alemán, hacía gestos de desaprobación ante el coro multiétnico y decía «pobre Alemania».

Fue un recordatorio deprimente de los retos que enfrenta. Pero Wagner no tira la toalla. Para ella, es justo ese tipo de exposición pública lo que podría aportar a la consecución de una mejor cohesión social. «Como museo», dice «somos uno de los pocos lugares en los que aún pueden suceder este tipo de encuentros cara a cara».

Ya se detectan algunas muestras de que su determinación comienza a dar resultado. Wagner no ha recibido mensajes de odio desde enero. Hace poco se encontró en la calle con uno de los que la criticaban. «Dijo que me debía una carta bonita».

Traducido por Alberto Arce

Fuente: eldiario.es

¿Es verdad que nadie nos prepara para ser padres?

No. Esta es una frase que es frecuente escuchar cuando dialogamos con otros padres acerca las dificultades y los retos de la paternidad. “Es que nadie nos ha enseñado a ser padres”, se suele decir. Pero no es del todo cierto.

Nos han preparado para ser padres. No sentados en una silla, atendiendo a una pizarra o un power point mientras escucho una clase magistral. No con un máster en alguna universidad de prestigio o en otras instituciones. Pero a todos nos han preparado para ser padres. Porque todos hemos sido hijos. Y nuestra vivencia como hijos nos influye como padres.

La mayoría de nosotros hemos crecido en el seno de una familia. Con sus virtudes y defectos (defectos que todas las familias tienen, el sociólogo Fernando Vidal afirma que “ninguna familia resiste un análisis al microscopio”). Hemos tenido una vivencia de la familia. Una forma de relacionarse, de expresar el afecto, de mostrarse o no apoyo en los momentos difíciles, de plantearse tareas colectivas, de tomar decisiones juntos, de fomentar la autonomía de sus miembros, de celebrar o no los acontecimientos de la vida y cómo hacerlo, de corregir y alentar, de enfadarnos y reconciliarnos. Esa vivencia es una gran escuela de ser padres, de la que muchas veces no somos conscientes.

Nos marca mucho más de lo que a veces nos damos cuenta e infinitamente más que escuelas de padres, cursos prematrimoniales, congresos o másteres. Nos marca mucho más porque nos marca en tres niveles, el de los sentimientos, el del pensamiento y el de la forma de actuar. Mientras que en la mayoría de la formación que se da en escuelas de padres, cursillos prematrimoniales, congresos o másteres, se incide solo en el nivel del pensamiento, de los conocimientos.

Pero saber algo no es saber hacer algo. Puedo saber de memoria una receta de croquetas y que cuando me pongo a hacerlas me salgan fatal. Es cierto, que sin saber la receta es imposible hacer unas buenas croquetas. Pero saber la receta no garantiza saberlas hacer. Esta es una de las razones por las que después de recibir una charla acerca de la educación algunos padres dicen “sí, la teoría es muy bonita y parece fácil, pero lo difícil es la práctica”.

La mayoría de nosotros tenemos unas vivencias sobre qué es ser padres antes de que nos hayamos convertido en padres. Son aquellas vivencias que hemos tenido como hijos. Para transformar esas vivencias en experiencia que nos sirva para nuestra vida como padres, es necesario reflexionar sobre ellas. Reflexionando sobre ellas haremos consciente lo que es inconsciente y podremos decidir con mayor libertad cómo incorporar lo valioso, intentar evitar aquello que no queremos repetir y transformar lo que sea necesario.

En general reflexionamos poco sobre nuestra vivencia educativa y de esa manera dejamos de extraer conclusiones que nos permitan adquirir experiencia. Algunas personas sacan conclusiones por malas vivencias familiares: “no quiero actuar como mi madre, que no nos hacía ni caso, yo pasaré mucho tiempo con mis hijos”, o bien “mi padre era muy poco cariñoso con nosotros, así que yo saciaré a mis hijos de besos y abrazos”, pero no es lo más frecuente.

De la misma manera, reflexionar sobre la vivencia del matrimonio de nuestros padres nos puede permitir extraer alguna experiencia que nos sirva para nuestro propio matrimonio. Incluso la separación de unos padres se puede convertir en fuente de experiencia para nuestro matrimonio, si se reflexiona adecuadamente. La reflexión sobre nuestras vivencias familiares como fuente de experiencia es una gran escuela al alcance de todos, muy barata y de gran aplicación práctica.

Diego Velicia, psicólogo del COF Diocesano de Valladolid.


Presentación del libro «Amar a los demás: política»

Cuatro alcaldes, cuatro épocas diferentes, cuatro lugares diversos, cuatro orígenes políticos muchas veces contrapuestos… y, sin embargo, un mismo testimonio: se puede ser alcalde y honrado; se puede ser político y solidario; se pueden llevar a la política los principios evangélicos; es posible, es necesario ejercitar la caridad política: amar al hermano políticamente.

Cena de pobres en el Senado

Dar de cenar a todo lujo a 150 pobres en el Senado no deja de ser un acto hipócrita. No sé si habrá un Berlanga que ridiculice como aquel lo de “siente un pobre en su mesa”. La película trasladaba con inteligencia la crítica a la mentalidad aristocrática. Cuenta nada menos que una adjudicación en forma de subasta (Basta ver en dos minutos “Placido trailer”. Han pasado más de sesenta años pero algunos siguen igual. ¿Cómo se habrá hecho la subasta? Porque cuentan que las invitaciones han sido tan personales como las de la película. Exhibicionismo de pobres para ocultar las propias miserias, sin más.

Es denigrante que el lugar haya sido el Senado. No sé si habrán usado también la sauna o la piscina. Ni si habrán sabido manejar los enseres propios de tan “educado” acto, yo al menos no habría sabido. Un puñado de marginados por un día habrán visto los lujos de quienes les dicen representar. Esperpéntico.

Lo peor de todo es que el Senado es una institución política. Un lugar donde se fabrica que haya “pobres en serie, sin vivienda en serie, parados en serie” que decía el cardenal Saliège, uno de los que -por otra parte- no se plegó al régimen de Vichy y su complicidad con el nazismo. El Senado puede servir para cambiar la maquinaria por los medios que le son propios: los políticos.

El proceso histórico va llevando el asistencialismo al basurero de la historia. Bien está (muy bien) la cariñosa asistencia de tantas instituciones que cuidan con humildad y sencillez de quien peor lo pasa. Pero estas tómbolas, estas migajas exquisitas desde lugares que deben resolver los problemas, son corrupción pura y dura. Zapatero a tus zapatos: Senado, mete amor en la política.

Y no echemos la culpa a la Iglesia, así en general. Sería injusto. El Vaticano II hace también más de sesenta años señaló que no se diera como limosna lo que se debe dar por justicia. Otra cosa es que haya eclesiásticos haciendo de las suyas no se sabe muy bien por qué. Algunos actos de violencia que se han dado durante la historia de España fueron tan salvajes como explicables porque venían de manos de quienes habían padecido el paternalismo. El asistencialismo es origen de violencia. Es violencia. Y es que al ser humano no le va el paternalismo, aunque sí -por lo visto- a los senadores.

Tampoco echemos la culpa al socialismo, así en general. Sería injusto. Experiencias socialistas como las cooperativas y los mejores sindicatos han resuelto problemas sin caer en las redes del paternalismo. Otra cosa es un falso socialismo que ya se apunta a las mismas cosas que la vieja aristocracia. El paternalismo no le va a un socialismo verdadero pero sí a uno falso.

Un paternalismo cristiano y un paternalismo socialista se han unido en Senado. Lo siento. Por el cristianismo y por el socialismo. Los pobres se lo echarán en cara y les darán la espalda.

 

Eugenio Rodríguez

Fuente: Religión Digital

El Señor nos pedirá cuentas en el momento del juicio

“Es necesario denunciar y enjuiciar a los traficantes que explotan y maltratan a los migrantes, sin temor a revelar connivencia y complicidad con las instituciones” pero también se deben dejar de lado “los intereses económicos” para enfocarse en la persona.

Al final de las audiencias de la mañana del pasado 19 de diciembre, el Santo Padre Francisco se encontró con los refugiados llegados recientemente de Lesbos gracias a  los pasillos humanitarios e hizo colocar una cruz en la entrada al Palacio Apostólico desde el Patio del Belvedere en memoria de los migrantes y refugiados.

Publicamos a continuación el discurso que el Papa dirigió a los presentes durante el encuentro:


Discurso del Santo Padre

Este es el segundo chaleco salvavidas que recibo como regalo. El primero me lo dio hace unos años un grupo de socorristas. Pertenecía una niña que se ahogó en el Mediterráneo. Se lo di a los dos Subsecretarios de la Sección de Migrantes y Refugiados del Dicasterio para el Servicio de Desarrollo Humano Integral. Les dije: «¡Esta es vuestra misión!». Con esto quería subrayar el compromiso ineludible de la Iglesia de salvar la vida de los migrantes, para que después puedan ser acogidos, protegidos, promovidos e integrados.

Este segundo chaleco, entregado por otro grupo de socorristas hace apenas unos días, pertenecía a un migrante que desapareció en el mar el pasado mes de julio. Nadie sabe quién era ni de dónde venía. Sólo se sabe que su chaleco se encontró a la deriva en el Mediterráneo central el 3 de julio de 2019, en determinadas coordenadas geográficas. Nos enfrentamos a otra muerte causada por la injusticia. Sí, porque es la injusticia la que obliga a muchos migrantes a abandonar sus tierras. Es la injusticia la que les obliga a cruzar los desiertos y a sufrir abusos y torturas en los campos de detención. Es la injusticia la los rechaza y los hace morir en el mar.

El chaleco «viste» una cruz de resina de colores, que quiere expresar la experiencia espiritual que capté en  las palabras de los socorristas. En Jesucristo la cruz es fuente de la salvación, «necedad para los que se pierden -dice san Pablo- más para los que se salvan, -para nosotros- es fuerza de Dios» (1 Cor 1, 18). En la tradición cristiana la cruz es un símbolo de sufrimiento y sacrificio y, al mismo tiempo, de redención y salvación.

Esta cruz es transparente: representa un desafío para  mirar con más atención y buscar siempre la verdad. La cruz es luminiscente: quiere alentar nuestra fe en la resurrección, el triunfo de Cristo sobre la muerte. También el emigrante desconocido, que murió con la esperanza de una nueva vida, comparte esta victoria. Los socorristas me contaron cómo están aprendiendo humanidad de las personas que logran salvar. Me revelaron cómo en cada misión redescubren la belleza de ser una gran familia humana, unida en la fraternidad universal.

He decidido mostrar aquí este chaleco salvavidas, «crucificado» en esta cruz, para recordarnos que debemos tener los ojos abiertos, tener el corazón abierto, para recordar a todos el compromiso imperativo de salvar toda vida humana, un deber moral que une a los creyentes y a los no creyentes.

¿Cómo podemos dejar de escuchar el grito desesperado de tantos hermanos y hermanas que prefieren enfrentarse a un mar tormentoso antes que morir lentamente en los campos de detención libios,  lugares de tortura y esclavitud innoble? ¿Cómo podemos permanecer indiferentes ante los abusos y la violencia de los que son víctimas inocentes, dejándoles a merced de traficantes sin escrúpulos? ¿Cómo podemos «dar un rodeo», como el sacerdote y el levita de la parábola del Buen Samaritano (cf. Lc 10,31-32), haciéndonos responsables de sus muertes? ¡Nuestra desidia es pecado!

Doy gracias al Señor por todos aquellos que han decidido no permanecer indiferentes y se prodigan para socorrer al desventurado, sin hacerse demasiadas preguntas sobre cómo o por qué se toparon con  ese pobre medio muerto en su camino. No se resuelve el problema bloqueando los barcos. Debemos comprometernos seriamente a vaciar los campos de detención en Libia, evaluando y aplicando todas las soluciones posibles. Debemos denunciar y perseguir a los traficantes que explotan y maltratan a los migrantes, sin temor a revelar connivencias y complicidades con las instituciones. Los intereses económicos deben dejarse de lado para que la persona, cada persona, cuya vida y dignidad son preciosas a los ojos de Dios, esté en el centro. Debemos socorrer y salvar, porque todos somos responsables de la vida de nuestro prójimo, y el Señor nos pedirá que demos cuenta de ello en el día del juicio. Gracias.

Ahora, mirando este chaleco y mirando la cruz, que cada uno rece en silencio.

El Señor os bendiga a todos.

Ayudar a nuestros hijos a reflexionar no es hablar mucho

Nuevo curso escolar, nuevas tareas académicas. Tareas de nuestros hijos, en las que a veces tenemos que colaborar los padres de una u otra forma. Colaborar con las tareas académicas de nuestros hijos no quiere decir que seamos nosotros los responsables de ellas. A veces el miedo al fracaso de nuestros hijos nos hace asumir como propias, tareas que les corresponden a ellos.

Ese miedo nos lleva a asumir el control del tiempo de estudio, de la corrección de los ejercicios, hace que les preguntemos la lección… Y eso que hacemos con los estudios, lo aplicamos también a pequeñas tareas cotidianas: volver al colegio a llevarle el almuerzo porque se le ha olvidado, preparar la mochila para que no se le olvide nada…

A medida que crecen y entran en la adolescencia empezamos a decirle cómo tiene que comportarse con sus compañeros para ser aceptado, o cómo tiene que pensar ante una noticia del telediario.

Y los abrumamos con sermones, reflexiones, explicaciones… Y  convertimos en una rutina el dar a nuestros hijos las respuestas a preguntas que no se han hecho. Y esas respuestas (aunque sean las mejores del mundo) caen en un terreno infértil, no producen su fruto.

¿Qué es un terreno fértil? Aquel del que brota una pregunta. Hay una etapa del desarrollo de los niños en que es frecuente que hagan preguntas para comprender el por qué de las cosas. Que los niños y adolescentes se hagan preguntas es fundamental para afrontar la vida. Tres capacidades preparan a ello.

La primera es la capacidad de sorprenderse.  La sorpresa orienta los sentidos a aquel estímulo que nos sorprende. La sorpresa es una emoción que no necesita estimularse sino que brota espontáneamente en los niños. Pero los adultos podemos anularla abrumando a los niños con ofertas, juguetes, regalos, opciones… Para mantener la capacidad de sorpresa de nuestros hijos conviene tener un cierto ambiente de orden, porque donde hay desorden no hay sorpresa. Requiere también una austeridad, porque la abundancia de cosas dificulta la capacidad de que algo sea imprevisto. Y requiere también  un ambiente familiar donde no haya mucho ruido (sermones, TV, gritos, maquinitas) porque donde hay ruido es más difícil sorprenderse.

El segundo elemento que colabora a preparar un terreno fértil es la atención. La atención sirve para evitar la dispersión, permite observar los detalles de las cosas y su importancia, nos ayuda a ser capaces de contemplar los propios errores.

¿Cómo acrecentar la atención de nuestros hijos? Permíteme, lector, hacerte una pregunta: piensa en algo que te llame la atención, así en general. Una vez que lo hayas hecho hazte la pregunta ¿porqué esto me llama la atención? Surgirán muchas respuestas, pero todas tienen un denominador común: un deseo. Un deseo de conocer más, de acercarse, de entender, de experimentar más de aquello que llama la atención. Sin ese deseo no hay atención.

Las condiciones externas son condiciones necesarias, pero no suficientes. Si no hay deseo, puede existir el ambiente más favorable del mundo, pero no habrá atención. La voluntad suple en ocasiones la falta de deseo, pero con resultados bastante menos brillantes. Educar el deseo pasa por aprender a tolerar la frustración, aprender a esperar, no dejarse llevar por el capricho y asumir las consecuencias de las propias decisiones, pero también por ser capaz de apreciar lo bueno, lo bello, lo verdadero de las cosas.

El tercer y último elemento es  la reflexión, que permite que ese terreno se abra dispuesto a recibir la semilla de una respuesta. Ante una realidad ante la que uno se sorprende y a la que presta atención, llega el momento de preguntarse ¿por qué pasa esto? ¿Cómo funciona? ¿Por qué ha respondido así? ¿Qué hubiera hecho yo en ese caso?

Que los chicos nos vean preguntarnos a nosotros mismos. Que les hagamos las preguntas a ellos. Que no les demos las respuestas sin que se hagan las preguntas y escuchemos sus respuestas.

Diego Velicia, psicólogo del COF Diocesano

Un muro verde para frenar la desertización en África

Es un colosal muro verde y pretende transformar el África subsahariana: una barrera de árboles para frenar el avance del desierto a causa del cambio climático y dar una oportunidad de ganarse la vida a sus habitantes. En torno al lago Chad ya ha comenzado el ‘milagro’. Si se extendiese de costa a costa, a lo largo de 20 países, evitaría que miles de personas tengan que emigrar a Europa. Viajamos al muro que sí puede ser una solución.

Durante siglos, el lago Chad fue la mayor reserva de agua dulce del Sahel. Treinta millones de personas dependían del lago. Poco profundo y alimentado por las lluvias monzónicas y los caudales del río Chari al sur y el Yobe al noroeste, el Chad siempre ha sido de dimensiones fluctuantes. Sin embargo, en los últimos decenios, estas variaciones estacionales han ido reduciéndose hasta llegar a desaparecer. El lago Chad está esfumándose.

En 1963, esta reserva de agua se extendía a lo largo de 25.000 kilómetros cuadrados; en las últimas décadas se ha reducido en un 90 por ciento, aproximadamente. Los expertos consideran que el principal responsable es el cambio climático, aliado con el crecimiento de la población y la irrigación no planificada. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente habla de «un desastre ecológico», agravado por el conflicto armado y por la presencia del grupo terrorista Boko Haram, que se ha cobrado decenas de millares de vidas y también ha originado la migración de unos 2,5 millones de personas en toda la región.

OCHO MIL KILÓMETROS, OCHO MIL MILLONES DE DÓLARES

En una de las aldeas a orillas del lago, llamada Melea, unas mujeres ataviadas con ropajes de vivos colores y unos hombres vestidos con unas túnicas están reunidos en torno al pozo comunitario.

Durante los períodos de sequía vienen a este lugar y rezan para que llueva. Hoy están ocupados en plantar semillas de acacias, de palmeras datileras, de guayabos y de mangos en unos hoyos excavados en la arena y cubiertos con excrementos de cabra. «En los últimos cinco años, la arena se acerca a nuestros cultivos con una velocidad inusitada», explica Mbodou Mahamat, director del programa agrícola de la aldea. «Nuestras gentes llevan 400 años en este lugar. Esperamos que estos árboles vayan a protegernos».

Esta plantación de unos pocos millares de árboles forma parte de un proyecto diseñado con la idea de crear una nueva maravilla del mundo. el ‘gran muro verde’ que recorrerá 8000 kilómetros de costa a costa, a través de más de 20 países. El objetivo es conseguir la recuperación de 100 millones de hectáreas de terrenos degradados hacia 2030, lo que redundaría en la pacificación de una de las regiones más empobrecidas del planeta y en el freno de las masivas migraciones a Europa. Se espera que el muro, al contener el avance del desierto, proporcione estabilidad a las áreas ribereñas con el lago Chad.

En el Sahel vivirán 100 millones de personas en 2020; el 65 por ciento, menores de 25 años. Y con pocas oportunidades de supervivencia si la tierra se degrada

De momento está prevista la aportación de 8.000 millones de dólares para construir esta gran muralla verde. Entre sus impulsores más conocidos se encuentra Fernando Meirelles (director de Ciudad de Dios y El jardinero fiel), productor ejecutivo de un documental de estreno inminente que sigue la ruta delineada por el gran muro. El cineasta brasileño tiene gran fe en el poder de los árboles. Todos los años planta millares de ellos -hasta 15.000- en las tierras que posee en su país natal. Meirelles asegura que el proyecto está destinado a «cambiarlo todo, de arriba abajo», en África, si bien reconoce que hay incontables obstáculos. «Cada uno de los países se encuentra con numerosos problemas políticos -indica-. Pero yo creo que se puede hacer. Servirá para que la gente pueda continuar viviendo en estos lugares; si no actuamos a tiempo, el problema migratorio se volverá intratable en cuestión de pocos años. Para los europeos en particular. Este proyecto tendría que contar con el apoyo del mundo entero».

Las temperaturas en el Sahel han subido un grado centígrado desde 1970, casi el doble del promedio global registrado en este período. Se considera que el calentamiento global ha afectado a esta región en mayor medida que a ninguna otra. En Chad, por poner solamente un ejemplo, las temperaturas actualmente superan los 50 grados en la temporada seca, desecando así los cultivos allí donde llegan a crecer. El 80 por ciento de las tierras del Sahel está degradado, lo que reduce las pocas oportunidades previamente existentes para la población más joven del mundo. Se calcula que su número llegará a los 100 millones en 2020… Y que el 65 por ciento de estas personas tendrá menos de 25 años.

Estas funestas perspectivas económicas suponen un fértil caldo de cultivo para el reclutamiento de nuevos terroristas. En la zona que circunda el lago Chad, Boko Haram ofrece de todo a los reclutas potenciales, desde un par de zapatillas deportivas nuevas o un teléfono móvil hasta acceso a servicios médicos y escuelas. «Estamos hablando de unos grupos terroristas carentes de escrúpulos por completo», declara Ibrahim Thiaw, secretario ejecutivo de la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertización (UNCDD, por sus siglas en inglés), organismo supervisor de la construcción de la gran muralla verde. «Y saben cómo captar a unas personas que, más que sentirse decepcionadas, están directamente desesperadas».

Nancy Walters, directora de operaciones del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas (WFP) en Chad dice que cada vez está más claro que la simple aportación continua de recursos a los campos de refugiados no va a reducir el flujo migratorio de las personas que huyen de los conflictos armados y el cambio climático. Walters explica que últimamente se concede prioridad a los proyectos destinados a incrementar la resiliencia en el exterior de los campos. Por medio de diversas iniciativas, en parte inspiradas por el gran muro verde, el WFP está ayudando a los aldeanos a excavar la tierra, a plantar cultivos y a emprender proyectos de plantación de árboles a gran escala alrededor del lago Chad. «El objetivo es poder refrenar la degradación medioambiental y revertir lo que ha estado sucediendo hasta la fecha», indica Walters. «Las cosas cada vez van a peor. El impacto de las migraciones hacia Europa y Norteamérica está sirviendo para que muchos se tomen el problema en serio. La mayoría de las personas que emigran no lo hacen por gusto. En consecuencia, ¿qué podemos hacer para que sigan viviendo en sus lugares de siempre?».

«HACE FALTA VALOR PARA INVENTAR EL FUTURO»

Los orígenes de la gran muralla verde datan del decenio de 1970, cuando el Sahel se vio sacudido por una sucesión de sequías. La crisis llevó a que varios líderes políticos del continente propusieran medidas para proteger a sus poblaciones del cambio climático. Thomas Sankara, el presidente marxista revolucionario de Burkina Faso, fue uno de los primeros en defender la construcción de un muro de este tipo. «Es imposible conseguir cambios fundamentales si no estás un poco loco», dijo Sankara en 1985, dos años antes de ser asesinado. «Hace falta valor para inventar el futuro».

Las temperaturas han subido en esta región el doble del promedio global. En Chad se alcanzan los 50 grados en temporada seca

La construcción del muro sigue siendo una iniciativa dirigida por africanos; cada uno de los países implicados se encarga de coordinar sus propios proyectos de plantación. La siembra de las primeras semillas se produjo en 2008. Fueron las de una variedad de acacia resistente a las sequías, plantada en el pueblo senegalés de Widou Thiengoly, bajo la supervisión del director técnico nacional asignado al gran muro verde, el coronel Papp Sarr (el rango no es militar, sino que designa los años como funcionario en diversos departamentos medioambientales). El coronel Sarr explica que, en el curso de una década, el país ha plantado 20 millones de árboles, cubriendo casi 45.000 hectáreas a lo largo de una extensión de 550 kilómetros.

Estaba previsto que la muralla fuera una entidad homogénea, pero su moderna encarnación es la de un mosaico de plantaciones, cada una de ellas creadora de su propio microclima. Sarr agrega que los resultados comienzan a ser importantes en la recuperación de terrenos degradados, en la creación de industrias allí donde no existían y en la escolarización de unos niños que antes se hubieran visto obligados a pastorear los rebaños cada vez más lejos del hogar, en busca de unos pastos en continua disminución.

ÁRBOLES QUE CAMBIAN VIDAS

El pueblo de Koyli Alpha, en el norte de Senegal, es uno de estos reductos recuperados. Lo primero que llama la atención es el canto de los pájaros, que van y vienen entre los árboles. En 2013 fueron plantadas casi cinco hectáreas de árboles en este lugar, en paralelo a un gran huerto comunitario que hoy sustenta a 250 personas. Al igual que en otros proyectos vinculados al gran muro verde, a los aldeanos se les pagó para que plantasen los árboles. También les fue suministrado un surtidor de agua para irrigar los cultivos. en este caso, un barreno o pozo de sondeo regulado para liberar nada más que 200 litros al mes destinados al riego de los cultivos. La escasez de lluvias obliga a regular estos pozos de forma estricta, para evitar que las reservas en la capa freática se desequen por entero, antes de que las siguientes precipitaciones puedan reponerlas.

Senegal ha plantado en una década 20 millones de árboles a lo largo de 550 kilómetros; los resultados comienzan a ser importantes

Los aldeanos dicen que el proyecto ha dado un vuelco a sus vidas. «Ahora cultivamos verduras con las que alimentamos a nuestras familias y que vendemos por dinero», indica Jamilatou Ka, una mujer de 30 años con cuatro hijos. «Incluso hemos abierto una cuenta bancaria para que la gente pueda tomar dinero prestado. Los cultivos me proporcionan efectivo, hacen que salga de casa, me da libertad». Kadiatou Diallo, Aissata Diallo y Fatimata Ba, de 15 años los tres, explican que el trabajo en el huerto les permite seguir asistiendo a la escuela. «Los estudios te dan más salidas -dice Fatimata-.Cuando terminemos de estudiar, no vamos a marcharnos de aquí. Queremos quedarnos en el pueblo y aplicar cuanto hemos aprendido en este mismo lugar».

A unos cuantos kilómetros se encuentra otra parcela del muro, con 10.000 árboles plantados hace cinco años. La parcela está circundada por un vallado para evitar que la vegetación sea devorada por los rebaños errantes de cabras y vacunos que han convertido en un erial buena parte de esta zona del Sahel. El ganado tan solo tiene acceso a este lugar unos cuantos meses al año, y el resultado es una asombrosa diferencia en la población animal. Los monos, los chacales, los kudús (antílopes) y los conejos ya han regresado. Al mismo tiempo, los residentes de las aldeas vecinas están comenzando a ganar dinero con la explotación de los árboles: cosechan goma arábiga de las acacias y se encuentran con que pueden alimentar a sus animales de una forma más sostenible.

El coronel Sarr está convencido de que, con el tiempo, el gran muro verde puede ser más efectivo que cualquier otro tipo de vallado a la hora de disuadir a sus paisanos de los planes de emigrar. «Un dicho filosófico dice que primero fueron los árboles, luego fue el hombre y, después, fue el desierto. Ahora todo depende de nosotros», considera. «Pero un árbol puede ser algo muy poderoso».

Joe Shute

Fuente: xlsemanal

José Cobo. Por el cuidado de la casa común. Coop25 Laudato Si’

Palabras de Don José Cobo, obispo auxiliar de nuestra archidiócesis, en la Oración convocada poco antes de la Marcha por el Clima con motivo de la COP25, en la que participaron diversos grupos y movimientos católicos codo con codo con numerosas entidades civiles.

(Mt 16,2-3) Dijo también Jesús a la gente: — Cuando veis que una nube aparece por poniente, decís que va a llover, y así sucede. Y cuando sopla el viento del sur, decís que hará bochorno, y lo hace. ¡Hipócritas! Si sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no sois capaces de interpretar el tiempo en que vivís? ¿Por qué no discernís por vosotros mismos lo que es recto?

Queridos todos:

Orar es un don que viene de Dios mismo.

Es una oportunidad para unirnos y reconocer quienes somos: criaturas de Dios, llamadas a presentar nuestra vida, la de nuestros hermanos y la de la creación entera en la que vivimos. Presentarla y aprender a contemplar en ella al mismo Dios que la trabaja y habita.

Oramos agradecidos porque hoy de forma más intensa, tomamos nueva conciencia de que Dios, en su designio de Amor, nos ha creado y nos ha colocado en vital relación de amor con la casa común donde quedamos enraizados.

Oramos antes de un gran acto público que comenzamos aquí, en un templo. Será un encuentro con miles de sensibilidades y perspectivas, pero que tiene en común el escuchar el grito único del Planeta. Grito que también traemos a este templo y a nuestros corazones.

Oramos en el marco de una gran cumbre: La Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones unidas sobre el cambio climático. Al realizarse en nuestra ciudad, vemos un signo y una oportunidad para abrirnos a la fuerza y sencillez de la oración como vida para toda la humanidad. La oración transforma, nos enraíza en la realidad y nos sintoniza con la acción de Dios.

La oración nos hace pobres y nos pide colocar la realidad ante este Dios que está amando todo lo que ha creado, y se sigue fiando de nosotros, como desde el comienzo, para hacer crecer su obra en la dirección de su bondad y amor.

También la oración nos pone a la escucha de la voz de Dios sobre la casa común y la vida del ser humano en ella.  Así, desde la escucha a Dios, encontramos las claves para saber cómo podemos ser sus manos. Manos, en este proyecto de restauración que comenzó en la Resurrección de Cristo para decirnos que hay Esperanza ante todo lo que significa pecado, muerte y destrucción.

Esta es la mejor forma de situarnos en este tiempo de Adviento en el que vivimos.   

Decía Tomas Merton que el Adviento es el comienzo del fin de todo lo que en nosotros no es todavía Cristo. Por eso esperamos lo que San Pablo nos dice con solemnidad y claridad: “esperamos que Dios lo sea todo en todos y en todas las cosas” (1 Cor 15, 28). Ese es su proyecto.  Y ha querido realizarlo “Humanamente”: por eso nos vemos en la necesidad de ponernos a la escucha de este Dios que tiene voz humana, y que llega a nosotros en la bondad del ser humano.

Escuchando la voz de Dios percibimos que nace en un pesebre, abrigado por la creación, por los ángeles y las criaturas del campo y por las estrellas.  Contemplando su humanidad abrigada por la creación, nuestra forma de ser personas aprende a ser más humana y aprendemos al tiempo a situarnos en la Casa Común por los caminos en los que el mismo Dios se hace hombre.

Permitidme traer ahora tres signos para orar con ellos y dejar que nos pongan delante de Dios.  Espero que nos hablen y nos sirvan para reconocer por donde llega Cristo  

1.- Traigo un puñado de tierra.

Esa que queda poca en nuestras ciudades de hormigón y cristal.

Tierra que nos habla de nuestro suelo, de dónde venimos, y el lugar concreto donde cada uno somos seres humanos.

Presentamos nuestra Tierra.

Dios nos llama a actuar localmente. A ser concretos. A poner acciones concretas a las palabras. Dios mismo nos enseña pues El crea tocando el barro y dando formas concretas.

La cumbre de Madrid nos hace caer en la cuenta de la riqueza de grupos, sensibilidades y experiencias de esperanza ante el grito de la Creación.

Hay muchas experiencias, desde mil espacios de nuestra sociedad, que están sembrando buenas prácticas para luchar contra el cambio climático y por el desarrollo sostenible.

Necesitamos y pedimos al Espíritu Santo que nos de generosidad para afrontar las medidas necesarias que la tierra espera. Los estudios muestran, como dice el Papa, “que los compromisos actuales de los estados para mitigar el cambio climático y adaptarse a él, distan mucho de ser los que realmente se necesitan para alcanzar los objetivos establecidos en el Acuerdo de Paris”.

Es necesario mucha generosidad para que las palabras no se alejen de las obras concretas.

Gracias a los que concretáis.

El Adviento nos enseña el valor de la pobreza y de lo concreto, como aparece en Belén, en el pesebre, Dios hecho carne.  Desde ahí aprendemos a sintonizar el corazón y descubrir el valor de la Esperanza. Y siempre empieza por lo pequeño y lo pobre, y desde ahí todo se transforma. Creemos por eso que en los pequeños gestos cambiamos a la humanidad. Actuar localmente transforma.

Agradecemos hoy esos gestos del día a día que se van implantando y que son como estrellas que nos ayudan a todos.  Gestos de generosidad, sobriedad, solidaridad y honradez.

2.- Ofrecemos una pancarta. (Es la que irá en nombre de todos los católicos en la manifestación) 

Es signo de nuestra manera de ser ciudadanos y ciudadanas creyentes, que caminan con todos los que trabajan por el bien común.

Una pancarta para despertar la conciencia. Es necesario generar espacios de sensibilización.

Una pancarta para caminar con quienes emprenden caminos de solución y toma de postura.

Una pancarta al filo de la Encíclica Laudato Si del Papa Francisco.

La fe nos lleva a apoyar las iniciativas y a crear nuevos caminos si es preciso.  

Apoyamos iniciativas de ciudadanía global. Damos la mano a quien marche hacia políticas y economías que traten sobre la Vida y el ser humano. No las que tratan sobre el arte de hacer dinero, o dividir a la humanidad en desarrollada y no desarrollada.

Buscaremos fuerzas en la oración para unirnos y aportar la luz de Dios en el desarrollo de sistemas que sostengan a todas las criaturas, que se orienten hacia la Justicia Social. Porque sabemos que esta Justicia solo funciona si se cree profundamente en la Vida.

Desde la fe, como ciudadanos, con el Papa Francisco pedimos y apoyamos   el trabajo   con una voluntad política y económica clara, previsora y decidida para que se dediquen   más recursos humanos, financieros y tecnológicos para mitigar los efectos negativos del cambio climático y para ayudar a las poblaciones ms vulnerables y más afectadas por el calentamiento global. Para fomentar la solidaridad y reforzar los fuertes vínculos entre la lucha contra el cambio climático y la pobreza.

La oración nos ofrece luz y fortaleza para dar voz a los sin voz, y para unirnos al paso de esta parte de la sociedad que toma conciencia activa del clamor y de la necesidad de mantener un planeta sano para hoy y para el futuro.

Y no solo necesitamos cambios políticos y económicos. El Papa Francisco, además, nos pone delante de la educación como un nuevo lugar donde llevar esta pancarta de preocupación. Oremos porque podamos reflexionar con las nuevas generaciones como afrontar esta conversón social y ecológica sin caer en las trampas del pasado como los modelos de consumo y producción, hasta la educación que hemos ofrecido sobre la dignidad humana.

Con esta esperanza y este compromiso presentamos al Señor esta pancarta:  para despertar conciencias y para caminar como creyentes con nuestros hermanos y hermanas y con las criaturas que el buen Dios nos ha confiado.

3.- Y al final os presento una paloma que llega volando hoy, como aquella del diluvio.  

Viene hoy a nosotros portando un brote de olivo verde. Olivo de la paz y el dialogo, pues solo así caminaremos en los caminos del cambio climático inminente.

La paloma nos recuerda el diluvio. Un capítulo de destrucción y de crisis de la creación, motivado por el pecado y la insensatez del ser humano.

Fue un momento de destrucción del que debemos aprender y escuchar en oración, y enseñar a las nuevas generaciones. Ante la destrucción, hombres y animales dejaron de lado incluso el instinto de ir unos contra otros para subirse a un mismo barco: juntos y reconciliados pudieron salvarse y abrir paso a las generaciones futuras.

Fue el compartir un arca donde aprendieron el sentido de la armonía que les ayudó a afrontar el mar, la crisis, la destrucción.

La paloma, al final, reveló que Dios siempre dona esperanza y genera señales nueva vida en medio del caos.

Ahora, mirando al futuro acogemos nuestra responsabilidad con la esperanza de Dios. Quizá necesitamos de arcas nuevastiendas del encuentro que nos ayuden a dar futuro desde un humanismo espiritual que ofrezca vías sobre cómo construir lo que está por llegar.

Ese camino es el que las religiones transitamos y en el que los cristianos creemos profundamente desde nuestra fe en Jesucristo.  La oración nos dice que la solución es una cuestión espiritual, pues el problema climático es ético antes que político o económico. Afecta a cómo somos personas en este mundo concreto.

Desde la fe proponemos un humanismo que sabe dialogar con un mundo plural y le ofrece la Esperanza de Jesucristo Resucitado. Un humanismo que crece cuando fortalecemos el NOSOTROS antes que el “individual Yo” de cada uno y de cada pueblo.

En esta nueva arca caminaremos en el humus de sabernos una sola familia Humana. Es el espíritu de Asís, donde aprendemos a dialogar desde lo que nos une: la humanidad, la casa común, y acogiendo unnosotros en Dios y con Dios.

Dios nos envía la paloma y nos dice que El sigue confiando en el ser humano para construir con pasión un futuro nuevo. Ponemos una mirada de confianza en el ser humano y pedimos que sepamos escuchar la voz de la creación que gime y pide respuestas concretas.

Tierra, pancarta y la paloma de la esperanza 

“¡Ojalá podamos ofrecer a la próxima generación razones concretas para esperar y trabajar por un futuro bueno y digno! Espero que este espíritu anime el trabajo de la COP25, a la cual deseo mucho éxito”, es el aliento del Papa

En este adviento ponemos la realidad de nuestro mundo y la que estos días se viven en Madrid para trascenderla, para escuchar en ella lo que Dios nos dice y para asumir la responsabilidad que el mismo Dios da al ser humano en medio de la casa común.

Un tiempo nuevo nos espera y ese tiempo es de Dios. Gracias por quienes habitáis en él.