Un incendio en La Cañada quema parte de la parroquia

Compartimos lo que envía Agustín Rodríguez Teso, el párroco del lugar, «Encomienda de la Comunidad de Madrid» el año pasado, quiere compartir. Estamos con él.


Aunque sólo sea por la necesidad que uno tiene de compartir, de dolerse en voz alta, quería compartir con todos vosotros lo que ahora nos nubla: se nos ha quemado el techo de nuestra parroquia de Santo Domingo.

No era la cubierta de Notre Dame. Era mucho más pequeña, con tela asfáltica, pero era la nuestra. El domingo pasado bajo esa cubierta, celebramos con el santo patrón que somos lugar de encuentro, lugar y espacio de acogida. Que ahí, a cubierto, habíamos sido capaces de gestar grandes hazañas como el disfrutar los unos de los otros, de unificar culturas diferentes, de querernos a pesar de ser distintos. Que ahí, a cubierto, bajo ese techo, nos habíamos atrevido a soñar cosas imposibles (los comedores, los grupos comunitarios, los campamentos… los dentistas, los chicos de Encuentros con Dignidad… Las clases de Barró, las reuniones de todo tipo, las fiestas, los cumpleaños, los Reyes…). No, no era la Notre Dame, pero tampoco tenía mucho que envidiar… si salvamos algunos cuantos detalles, y en definitiva, al fin y al cabo, y sobre todo, era la nuestra.

Anoche, tras una pelea, uno de nuestros vecinos, de nuestros hermanos que malviven y mal duermen junto a los muros de la parroquia, se debió alborotar mucho y alguien quiso quemar su casa. Era de cartón y madera, y ardió. Ardió con furia. Con tanta rabia que el fuego subió hacia lo alto, alcanzó la tela asfáltica de la cubierta, y prendió.

Uno de los chicos corrió a buscar ayuda. Le costó cinco euros, pero consiguió que le dieran agua para intentar apagarlo. Y no pudo. Llegaron los bomberos y se hicieron con el control. Lo apagaron. Ahora queda un gran agujero en la cubierta. Lo que era la parte del templo, ahora tiene el cielo por techo. Se ven las vigas de madera muy chamuscadas. Los que saben nos dirán si está muy dañada o no la estructura de la techumbre, pero no tiene demasiada mala pinta. Cuando se marcharon los bomberos aparecieron los que viven de la carroña, aquellos que migajan lo que queda tras los desastres, tras los derribos… y quisieron entrar y llevarse todo. Pero otro de los chicos del proyecto pensó “Que nos están robando!!” y se puso a defender el baluarte con uñas y dientes. Sólo se han llevado el microondas, pero hemos aprendido que esto es nuestro, y no sólo de los de la parroquia, ni de los de Cruz Roja, ni de los dentistas, ni de los de Barró, ni de los Cáritas, ni del ICI, ni de los Comisionados, ni del Fanal, ni de Alamedillas, ni de ASPA, ni de Voces… no. Esto es NUESTRO, de todos nosotros y un halo fuerte de DIGNIDAD ha hecho posible que lo siga siendo.

Pensamos que sólo era el problema de esa zona, la de más al fondo, y que podríamos haber seguido prestando atención esta tarde, pero luego han empezado a caer trozos de pintura de la zona de más cerca de la puerta, y pensamos que la escayola se podría venir abajo, así que esa parte tampoco la vamos a poder usar. Ni podremos celebrar allí, ni atender. Además no hay luz, por lo que la zona de los dentistas tampoco se puede usar, al menos hasta que la recuperemos. Esa zona no parece dañada.

Así que, de momento, no tenemos nada. Habrá que ir poco a poco.

Y será así: poco a poco, como solemos hacer las cosas en Cañada. Poco a poco, pero convencidos de que hay futuro, de que mañana seguiremos haciendo lo nuestro: anunciar que el Dios de la Vida es más fuerte que cualquier tipo de muerte. Sólo se nos ha quemado la cubierta. Lo demás, el corazón, los sueños, la ilusión siguen intactos. Arreglaremos la cubierta poco a poco, a nuestro ritmo. Nos tiene que dar tiempo a digerirlo todo: desde la noche en vela de Sevi defendiendo el fuerte, a la llamada del obispo Carlos, pasando por muchas horas de teléfono y whatsapp recibiendo cariño desde todas las direcciones. Nos dará tiempo. Seguro.

Aún no sabemos dónde vamos a celebrar el domingo, pero habrá misa: faltaría más. Aún no sabemos dónde se atenderá el martes, pero se atenderá: ya os decimos nosotros que sí. Aún no sabemos cuándo van a recomenzar los dentistas, pero comenzarán: os lo aseguramos. Todavía es difícil saber cómo vamos a mantener los Encuentros con Dignidad, pero ya os decimos que algo se nos ocurrirá: ¡pues no somos…!

Gracias a todos por el apoyo y por el cariño.

Que Dios os bendiga.

Aúpa.

 

 

Son heridas profundas, demasiado tiempo encubiertas y silenciadas

Testimonio de una familia que ha vivido los abusos sexuales por parte del clero

Un calvario es lo que sufren las personas que han sido abusadas por miembros de la Iglesia. El camino de la cruz es muy duro, muy largo y muy penoso… pero es posible llegar a la resurrección. Como señala el jesuita Hans Zollner, miembro de la Comisión Pontificia para la Protección de Menores, «las víctimas son lo prime- ro». En su camino de recuperación y sanación, afirma, hay que «abrir los ojos y los oídos, estar atentos, escuchar a las víctimas, no callarse y hablar de ello».

El 22 de febrero la diócesis de Lleida acogió una vigilia de oración titulada Con el papa Francisco luchamos contra los abusos sexuales. En el acto participaron unas 80 personas, entre ellas el obispo Salvador Giménez. En este acto se leyeron testimonios de una víctima de abusos y de un familiar de una víctima, que reproducimos a continuación.

Muchas gracias por tenernos presentes en la vigilia de oración por las víctimas de estos abusos sexuales cometidos por «personas (hombres) de Dios» y que también os acordéis de nosotros, sus familias.
Nuestra familia podría describirse como tradicional cristiana o tradicional religiosa. Pero somos una familia de gran fe cristiana y de compromiso evangélico. ¡Y suerte de ello! Así hemos mantenido firme nuestra fe y la fortaleza recibida vi- viendo en silencio esta amargura. Nos referiremos a unos 40 o 50 años atrás. Doy las gracias porque me permiten dar testimonio de nuestra experiencia.

Nuestro hermano asistió a un colegio religioso de renombre y buena fama en la educación de los alumnos. En él se realizaba una gran atrocidad: el abuso sexual y la esclavitud infantil.

Más tarde fue trasladado a otro centro en un gélido lugar donde cumplían trabajos agrícolas. Cayó enfermo y tuvo suerte de necesitar un médico. Dicho profesional, al ver sus manos moradas, quizás por el frío helado de las primeras horas de la mañana, diagnosticó un posible problema de circulación y, por tanto, era contraproducente el trabajo que le obligaban a hacer desde bien temprano. Debía dejar el noviciado por prescripción facultativa… Debió respirar y tener un gran alivio.

Consiguió estudiar una carrera con licenciatura, pero con mucha preocupación por parte de la familia. Al volver a casa, siendo adolescente, no le reconocíamos. Perdió la alegría y su gracia, no tenía relación social con grupos de amigos, siempre encerrado en su habitación, en la soledad. No encajó en los trabajos y cada vez estaba más encerrado en sí mismo. Creímos que todo era fruto de una posible depresión o angustia tratada inadecuadamente por el profesional de turno.

Pero le íbamos acompañando siempre, reconociendo que las reacciones provenían de la enfermedad. Convivir con una persona enferma se hace difícil y duro. Pe- ro hemos adaptado nuestras vidas para ayudarle y así hacer posible que no esté solo. Podría explicar y explicar muchas y tantas dificultades… Puedo describir la impotencia y el desánimo al verle derrotado, sin norte, anulado. Llegó un momento en el que en su vida delicada, sin fuerza, nos confesó lo que había vivido en la congregación religiosa, en su infancia y adolescencia: los abusos sexuales. Nuestro padre ya había fallecido y para nuestra madre fue una herida profunda y de gran dolor. Así sumamos a la decepción el des- engaño, el dolor aumentado, con solo escucharle en los momentos en los cuales nos lo confesó e imaginando dicha atrocidad.

Un muerto en vida, anulado, sin proyectos, ni sueños, ni ilusiones y al igual que él, la familia tampoco podíamos confiar en que nos creyeran.

Era pues, víctima junto con su grupo de compañeros de promoción, repito, víctimas de estos abusos y del trabajo esclavo en el silencio.

Hace pocos años un padre, al cual bauticé como «padre coraje», destapó casos de pederastia; hablamos de años más próximos a los de ahora.

Por suerte, existen ya canales para denunciar los casos y ser juzgados. En la época en la que su- cedió lo de nuestro hermano, solo era considerado pecado y en el seno de la Iglesia. Pero aún hay más desesperación cuando ves que a la suma de estas personas enfermas de la mente y que cometieron estos delitos criminales, otros en plenas facultades, utilizando el poder y la responsabilidad en las diversas instituciones eclesiásticas, no se ocuparon de las víctimas, ni tampoco de sus hermanos en la fraternidad religiosa para velar y reparar su salud. ¡No!, por el contrario, encubrían los delitos y los trasladaban a otros lugares donde, de nuevo, tenían las puertas abiertas para seguir haciendo tan gran daño.

En cuántos y tantos lugares… y desde cuánto tiempo ha pasado esto en la Iglesia.

Es un crimen que genera heridas y dolor, impotencia en las víctimas y en las familias. Heridas profundas, durante tanto tiempo encubierto, silenciado… agravando aún más todo en cada persona afectada.

Ahora el dolor cae también en las comunidades de fieles. Quieren ser conscientes de la situación y unirse al dolor.

Este verano llegó un ápice de esperanza cuando el Santo Padre declaró en su carta el dolor y la indignación al respecto. Las familias irlandesas recibían con serenidad este gesto. Pero, yo pensaba… ¿cuándo se convertirá en una gesta para toda la Iglesia?

Pido al Señor que inspire e ilumine al papa Francisco en la lucha contra este poder y actitud del abuso para apartar y acabar con este crimen.

Nuestros padres, sin licenciatura en Teología, nos transmitieron la fe cristiana desde la vivencia y la coherencia evangélica. Nosotros descubrimos el sentido que nos da Cristo. No me pueden pedir que ame a esta Iglesia de manipulación, daño y de tanto mal. Yo amo la Iglesia que forma mi parroquia de fieles, la Iglesia con los voluntarios y comprometidos en la pastoral, etc.

Los hermanos seguimos comprometidos en las necesidades y en las pastorales de nuestras respectivas parroquias, porque queremos que la Buena Noticia de Jesús, la fortaleza que nos ha dado para vivir a pesar de todo lo que hemos sufrido, sea un referente para todos los demás. Necesitamos y queremos anunciarlo.

Pedimos al Señor que nos dé salud a los hermanos para atender, cuidar y acompañar a nuestro hermano, que el resto de su vida sea digna, de cariño y de amor, ya que en un tiempo le fue robado.

También rezamos por la esperanza, para que a través del papa Francisco no quede en el olvido ni una sola víctima de estos abusos ni tampoco olviden a sus familias. Probablemente, hay personas que viven en el asombro de que esto haya podido suceder. Por los comentarios y opiniones que he oí- do, constato que a muchos, incluso sacerdotes y religiosos les cuesta creer y aceptar.

Pues bien. No es ciencia-ficción, ni casos virtuales. Es cierto y bien real.

Una familia cristiana.

Las víctimas habéis permitido que podamos saber la verdad

Querida Ángela, ¿me permites que utilice este nombre para dirigirte esta carta?

Después de haberte leído era lo más adecuado. Tú y tus hermanos, toda vuestra familia, sois unos ángeles. Eso sí, de carne y hueso. De hecho, ¡no conozco otros ángeles! Habéis sido las manos y el corazón del Padre. Dios no os ha abandonado. Y tampoco ha abandonado a vuestro hermano. Vosotros y vuestra madre sois prueba de ello.

Una vez más, querida Ángela, des- cubro en las personas que han sufrido abusos en el seno de la Iglesia un de- seo de profunda acogida. Ser escucha- do, creído, acogido y protegido es un anhelo íntimo y casi secreto. Era como si no existierais. Vuestra palabra ha si- do silenciada. La comunidad de la que sois miembros había ignorado vuestro duelo. Habéis sido expulsados lejos del Templo, más allá. Pero, gracias a Dios,

«Una lámpara no se enciende para taparla con alguna vasija, sino que se la pone en alto para que alumbre a todos los que están en la casa» (Mt 5,14-15). Vosotros, las víctimas y las familias, que también sois víctimas, habéis encendido una lámpara para nuestra Iglesia.

Gracias, Ángela, por «liberar la palabra». Gracias, en primer lugar, a vuestro hermano. Él ha sido valiente por decir la verdad, compartir su sufrimiento, denunciar el daño que el agresor y sus cómplices le provocaron, y luchar para seguir adelante. Las víctimas, todas las víctimas, son valientes. Hay que ser muy valiente para remontarse de la muerte a la vida. Los abusos matan el alma y dañan el cuerpo. Y los abusos cometidos por «hombres de Dios», como tú los llamas, pervierten el nombre de Dios hasta convertirlo en un tirano. Los agresores provocan que la confianza en un Dios Amor se vuelva pánico ante un Dios insaciable.

Gracias a ti, a tus hermanos y a tu madre por no resignaros. Gracias por ser testigos de lo que tenía que haber sido nuestra Iglesia. No habéis pensado en vosotros ni en vuestro sufrimiento, habéis dejado que la comunión os fortaleciera cuando desfallecíais, os habéis puesto al servicio de quien os necesitaba y lo habéis hecho, y lo hacéis, guiados por el Espíritu de Dios renunciando a las tentaciones del mundo.

La incapacidad por reconocer nuestros pecados personales e institucionales, la vergüenza y el miedo han logrado que muchos llegaran a creer que la palabra de las víctimas era un azote mundano.

¡Pobres ignorantes! Si fuéramos capaces de escucharos nos daríamos cuenta de que vuestra palabra también es el grito de Dios. Vuestro sufrimiento ha atravesado el corazón del Padre y nosotros lo hemos rechazado. Hemos endurecido nuestro corazón.

Es preciso, Ángela, que nuestra Iglesia escuche vuestra experiencia personal y familiar de sufrimiento. Es preciso que todos juntos aprendamos qué significa para una familia cristiana descubrir que aquellos a quien se había confiado el cui- dado del cuerpo, la inteligencia y el alma de un hijo y de un hermano, hayan traicionado la confianza y corrompido sus deberes. Nadie dudaba de quien tenía el encargo de cuidar la formación de nuevos novicios. Nadie los registraba. Nadie les vigilaba. Lejos de casa, el abuso era imposible de descubrir. Ellos eran fuertes y poderosos. Y lo sabían. El silencio y el encubrimiento les protegía. Y esto hacía que ni vuestro hermano, ni sus compañeros, ni vuestra familia, ni las demás familias creyeran nunca que la verdad sería escuchada, acogida y defendida.

En el caso de vuestro hermano, como en todos los demás casos en todo el mundo, los agresores no son los enemigos mundanos de la Iglesia. Los traidores son hombres e instituciones honorables que se han aprovechado de su prestigio eclesial y de su reputación espiritual.

¿Qué nos ha pasado? ¿Qué hemos hecho? Hemos permitido que el mal se difundiera por toda nuestra Iglesia y que la protección de los agresores favoreciera la comisión de más y más y más crímenes. ¿Qué pecado hemos cometido, que nos ha llevado a negar a las víctimas y a proteger a sus agresores?

Tienes razón, Ángela. Hay destellos de luz. Pero sois vosotras, las víctimas, todas las víctimas, las que los habéis encendido. No es solo ese padre de quien hablas en tu carta. También eres tú. Son tus hermanos. Son todas y cada una de las víctimas y de las familias que han sufrido este horror, sea cual sea el camino que elijan para denunciar el olvido, la injusticia, la falta de ayuda y el rechazo, las que habéis permitido que podamos saber la verdad.

Ahora es preciso que la palabra de las víctimas sea escuchada. Es preciso que la Iglesia escuche y se deje convertir. Hay que hacer justicia. Los culpables deben cargar con su culpa. Las víctimas se tienen que poder librar del miedo, la vergüenza y el sentimiento de culpabilidad que sus agresores les han cargado sobre los hombros. Necesitamos un cambio de mentalidad que favorezca que las víctimas y sus familias pasen a ocupar los primeros lugares.

Tu carta, Ángela, me conmueve. No habrá salvación si no abrimos el corazón y permitimos que el sufrimiento de las víctimas nos vulnere. No se puede escuchar como quien se limita a reunir información. Por eso debemos rezar. Tenemos que llevar vuestras vidas al centro de nuestra comunidades y de nuestras celebraciones litúrgicas. Rezar por vosotros es tomar conciencia de que Dios ha hecho opción preferencial por todas y cada una de las víctimas de su Iglesia. Rezar por vosotros tiene que ser acompañar vuestro sufrimiento. No se trata de convencer a Dios. Somos nosotros los que necesitamos la oración para dejarnos convencer de que sois testigos del Calvario, de la Cruz y de la Resurrección de Jesucristo.

A veces tengo la impresión de que cuando rezamos por las víctimas, si lo hacemos, creemos que sois débiles. Basta con leer tu carta para darse cuenta de que sois vosotros los que habéis sido capaces de enfrentaros a la verdad de los abusos. Como di- ce el obispo de Estrasburgo en su libro Como un corazón que escucha, la Iglesia, en vez de dejarse asustar por sus miserias, se ha dejado habitar por una teología edificada desde su superioridad clerical. Ángela, estoy convencida de ello, esto se ha acabado. Queda mucho camino por recorrer, pero la palabra liberada no volverá a ser enjaulada. Tú eres testigo de ello.

Que Dios os bendiga y os guarde, Ángela. Y que la misericordia infinita del Padre pueda perdona todo el daño que os hemos hecho.

M. Teresa Compte
Presidenta de la Asociación para la Acogida y el Acompañamiento Betania

Rechazamos el aborto porque somos de izquierdas

Todos los partidos políticos parlamentario de derecha y de izquierda defienden el sistema capitalista y todos ellos son abortistas.

Durante el gobierno de Aznar el aborto aumentó en España el 37%. La política del PP en esa materia provocó que, de hecho, se practicara el aborto libre. Zapatero lo legalizó como derecho, a la vez que aplicaba un programa político y económico neoliberal-capitalista. El actual gobierno del PP ha retirado su reforma sin plantear ninguna medida para la erradicación del aborto, ni de las causas políticas, económicas y culturales que subyacen.

Porque somos socialistas, nos oponemos al aborto y a su legalización. Por la misma razón que nos oponemos a todo atentado a la vida: pena de muerte, torturas, hambre, armamentismo, guerras, destrucción del entorno natural…

Sostenemos que son los valores que la izquierda debe defender. Somos socialistas autogestionarios, porque defendemos la socialización de los medios de producción, porque luchamos contra la explotación del hombre por el hombre, contra la explotación del imperialismo sobre los pueblos. También porque defendemos la vida humana como valor supremo.

En el mundo han sido regímenes totalitarios, comunistas, nazis y liberales capitalistas, los que han legalizado el aborto. Han sido hombres como Robert McNamara el de Vietnam y el Banco Mundial, quienes más han impulsado la aceptación del aborto, los que lo han impuesto como algo conveniente para dominio del capital multinacional. Hitler lo negó para su “raza” aria, pero lo impuso para los demás sobre su dominio.

Hay vida, y vida humana personal en el óvulo fecundado que anida en la madre. Y se destroza una vida humana (horrible crueldad) al destruirle. No es parte del cuerpo de la madre; es un ser humano distinto. Como los ancianos, como los discapacitados, los incurables… todos aquellos a los que la permisión del aborto pone en la lista de futuros condenados, porque no se les va a considerar personas humanas con derecho a la vida, sino partes molestas de una sociedad que no les considera “productivos”.

No hay en nuestros días una afirmación más reaccionaria –contra todo lo que se diga-que la del derecho de una persona sobre la vida del hijo no nacido. Es el derecho de propiedad más absoluto concebible, más allá del derecho del amo sobre el esclavo. Y es una vergüenza para la izquierda que levante la bandera de ese pretendido derecho. Y más aún, que se deje que la derecha monopolice hipócritamente la oposición al mismo.

Rechazamos esa postura vergonzosa, de la que la izquierda, en la medida que han avanzado los conocimientos de embriología, tiene que liberarse. No sólo somos de izquierda y rechazamos el aborto, sino que lo rechazamos precisamente por serlo. La vida humana es un valor supremo desde la concepción hasta la muerte natural. Y a partir de esta afirmación tenemos que desarrollar una acción decidida contra el hecho real del aborto combatiendo las causas, ayudando eficazmente a las familias, asistiendo legal y socialmente a la madre soltera, tanto a la que desea quedarse con su hijo como a la que quiera darlo en adopción.

El aborto es un odioso acto de violencia realizado contra los no nacidos y contra las madres. La izquierda debe hacer que el vientre de la madre sea el lugar que la naturaleza ha hecho que sea: el lugar más protegido. Y que la sociedad entera lo sea también, para la madre y para los niños, antes y después de nacer

Trágica confusión en el pueblo cristiano

A propósito de las próximas elecciones.

Parto de la base de que un político o un grupo político cualquiera, en un país que se dice libre, y hasta en uno que no lo fuese, es libre de proponer y defender (hasta de forma heroica), lo que considere mejor para el futuro del pueblo al que quiere servir. Y doy también por supuesto que todos los votantes, católicos y no católicos, son perfectamente libres de votar a la opción que consideren mejor para la sociedad en que viven. Más aún, voy a dar por supuesto que, tanto los políticos cuando hacen sus propuestas como los votantes cuando votan, lo hacen de hecho con la mejor voluntad de servicio, y quieren lo mejor (al menos para sus hijos y para sus amigos y para los hijos de sus amigos). Unos, quiero creer, proponen lo mejor que saben, y otros votan lo mejor que pueden.

Yo soy un pastor de la Iglesia Católica. Pues bien, en los últimos meses, he venido oyendo, con sorpresa y tengo que decir, con una preocupación creciente, y en ambientes que se consideran verdaderamente católicos, que en las próximas elecciones van a votar a una opción política que ellos ven como la más cercana a “la visión cristiana del mundo”. Por desgracia, en las circunstancias actuales de la Iglesia y de la sociedad, lo que eso revela sobre todo es que una parte muy considerable de quienes nos decimos católicos ya no sabemos lo que es el cristianismo, y eso nos permite confundirlo con cualquier ideología o “espiritualidad”, venga del lado que venga, desde las más caras y lujosas (con SPA incluido) hasta las de todo a euro. Ya pasó con el marxismo, y luego (o antes, incluso) con el nacionalismo. Lleva varios siglos pasando con el liberalismo, y pasará con las que vengan. Pasará con cualquier oferta que tenga un buen marketing en el mercado de lo espiritual y de los valores, a menos que suceda una verdadera conversión: el despertar de una fe que tiene en sí misma todo el potencial que se necesita para rejuvenecer el mundo, sin el apoyo sobrevenido de ningún régimen o de ningún grupo político, pero que lleva en nosotros demasiado tiempo dormida, engañada y confundida.

De ese sueño de la fe católica nace la parálisis del pensamiento cristiano en nuestra tierra, pero no sólo en el ámbito de dentro de la fe, sino en la política y en la economía, en el matrimonio y en la familia, en la estética y en la organización del trabajo, en el cuidado de la tierra y en todas las cosas que tienen que ver con lo humano (que son todas). La miopía de ese catolicismo es tal que ni siquiera se da cuenta de que quién tiene más interés en el crecimiento y el (relativo) éxito de esas propuestas de las que hablo, y que coquetean con él, son precisamente los grupos dispuestos a todo con tal de fracturar al pueblo español y desarraigarlo total y definitivamente de su tradición cristiana. Por muy paradójico que parezca, votar a una cierta “derecha” es votar a una cierta “izquierda”, hasta el punto de que esa “derecha” parece a veces casi subvencionada. Desde luego, es esa “cierta” izquierda quien la provoca y la hace crecer y la alimenta gustosamente. Y es necesario que eso se sepa. Y es necesario que un pastor de la Iglesia lo diga. Y luego, si uno lo sabe y aun así quiere votarles, porque sigue pensando que es lo mejor para todos, pues que los vote, pero que sea consciente de lo que hace. En la tradición moral cristiana, sólo lo que se hace consciente y libremente tiene valor moral, y es un acto propiamente humano (son las dos únicas cosas que la Iglesia pide para que un matrimonio sea matrimonio).

Pero, entonces, me dicen amigos míos, un católico no tiene a quién votar. Conste que entiendo perfectamente la indignación de un pueblo que se ha visto traicionado en casi todo por aquellos a los que habían elegido como sus representantes, y entiendo el deseo de castigarles con el voto, ya que votar una vez cada cuatro años es (casi) lo único que se puede hacer para contribuir de algún modo configurar a la sociedad que deseamos. Pero me temo que no hemos aprendido la lección, y estamos, una vez más, dispuestos a caer (y más hondo todavía) en la misma trampa. Sí, no hay un partido “cristiano”. ¡Pues claro! ¿Qué esperábamos? No estamos en un mundo cristiano. ¿O es que no nos habíamos dado cuenta? ¿Y qué pasa? ¿Y si ésa fuera precisamente la oportunidad que Dios nos da para que supliquemos de nuevo con seriedad “la fe y el Espíritu Santo”, y para volver a ser cristianos —simplemente cristianos— en un mundo que, diga lo que diga, se muere de sed del Dios de Jesucristo? No necesitamos ni un partido ni un gobierno que “apoye” a los cristianos. No es el pueblo cristiano el que tiene necesidad de que los políticos apoyen su visión del mundo, son más bien un cierto tipo de políticos los que buscan ansiosamente el apoyo del pueblo cristiano, y tratan a toda costa de hacernos creer que es al revés.

La verdad es que llevamos tanto tiempo apoyándonos en esos “falsos” apoyos que sin darnos cuenta hemos perdido la fe. Y nada necesitamos tanto como un poco de aire libre que nos cribe y nos purifique. Y nos vuelva a enseñar a ser cristianos “a la intemperie”, y no sólo alrededor de nuestra mesa camilla. Los cristianos de los primeros siglos tenían unos emperadores que no les trataban precisamente bien, ni les tenían mucha simpatía. En algunos lugares se acusaba a los cristianos de comer niños. En otros, de ser ateos en un mundo saturado de dioses. Por ahí andamos… Los cristianos rezaban por esos emperadores enemigos suyos. Es verdad que aquellos cristianos antiguos no tenían que votar a los emperadores. Y hasta da la impresión de que no les preocupaba demasiado quién fuera el emperador. Pero ser cristiano en aquel mundo significaba casi siempre “jugársela”, de una manera o de otra. Y sin embargo, ellos no delegaban su respuesta al amor de Dios en las estructuras del imperio, para que el imperio respondiera a Dios en nombre suyo. La verdad es que jamás la Iglesia creció tanto como en aquellos primeros siglos. Tanto y tan libremente.

Cuando hablo así no estoy tampoco invitando a la abstención. Que, por supuesto, también es legítima, si uno cree verdaderamente que es lo mejor que puede hacer. Pero nada más lejos de mi pensamiento. Porque quien se abstiene, como quien vota en blanco, también vota, sólo que vota al grupo que resulte mayoritario. Es decir, vota al que vaya más “con la corriente” cultural dominante, o al que mejor haya manipulado las masas en la carrera electoral hacia el poder.

Ya sé que muchos van a decir que un pastor de la Iglesia no debe “meterse” en “política”, porque la religión no tiene nada que ver con la política. Este razonamiento es diabólico, pero no me voy a detener a demostrarlo. Es un razonamiento diabólico, aunque sea uno de los mantras más repetidos en ciertos círculos católicos, de todo tipo, pero más aún en los supuestamente conservadores. Lo cierto es que ese mantra lo tenemos tan inoculado en nuestro ADN moderno, nos parece tan evidente, que no creemos siquiera que sea útil pensarlo, y mucho menos someterlo a crítica. En todo caso, un pastor tiene, creo yo, una cierta obligación de “salvar su alma” el día que tenga que responder de ella en el juicio de Dios (que es el único que realmente importa). Y eso incluye para él ante todo el haber tratado de guiar y de iluminar a su pueblo, también lo mejor que sabe, en los avatares de la historia. Guiar es también evitar que caiga en las trampas que hay por el camino, y más aún “cuando es de noche”. Y más aún, cuando el pueblo de Dios está propenso a enfermar gravemente, dejándose seducir tan solo con que algunos cantos de sirena dejen caer hábilmente de vez en cuando citas de algún santo o de algún papa. Alguien me ha dicho hace poco que a Mao le gustaba leer a Santa Teresa y a San Juan de la Cruz. Curioso, verdaderamente curioso…

Lo siento mucho, pero en ningún caso yo creería haber cumplido con mi deber de pastor si dejo que el pueblo que el Señor me ha confiado confunda esos fuegos artificiales con la luz que brilla en los mártires y en los santos, y en la Gran Tradición de la Iglesia. Porque con la excusa de “no meterme en política”, resultaría que estaría ofreciendo mi incienso y mi adoración a la política (y a la religión) del imperio, que es quien se ha inventado esa historia de que religión y política no tienen nada que ver la una con la otra, con el resultado útil (para el imperio) de una enorme debilitación y una confusión creciente de la fe de los cristianos. Resultaría también que yo habría renegado de Jesucristo (porque Jesucristo habría muerto en vano), y habría adoptado a cambio la religión liberal, ya sea en su variante enteramente secular o en su variante secular a medias (es decir, aparentemente católica). Esa religión liberal no sólo está expuesta a todas la críticas de la religión de los siglos diecinueve y veinte, sino que en gran parte se las merece, se las ha ganado a pulso.

Pero hay que decirlo, esa religión no es el cristianismo. No es lo que ha nacido del costado abierto de Cristo la tarde del Viernes Santo y no es la nueva creación que ha empezado a brotar la mañana de Pascua. No. Esa religión es más o menos la del deísmo y la de la masonería, la de los padres de la economía política y la de los padres de la constitución americana. Revestida o no de restos de vocabulario cristiano, es una religión tan inconsistente intelectualmente y tan pobre, que ni mi mente ni mi cuerpo me piden que me apunte a semejante cosa. Esa religión es la fábrica más eficaz de falsos creyentes, de no creyentes (y de resentidos) que ha conocido la historia cristiana en veinte siglos.

El cristianismo es la afirmación de un hecho, la encarnación, la muerte y la resurrección del Hijo de Dios, y la experiencia del derramarse el Espíritu de Dios sobre los hombres “de todas las naciones” mediante la fe en Jesucristo y la pertenencia a él en ese misterioso cuerpo suyo que es la Iglesia. El cristianismo, podría decirse en síntesis, es la experiencia del Amor infinito de Dios que se nos da en Jesucristo y en la comunidad generada por ese regalo increíble a la humanidad que es Jesucristo. Es la experiencia de vivir y morir ya en la vida eterna y en el horizonte de la vida eterna. Por supuesto, que un hecho así tiene consecuencias para todos los hombres, de todas las culturas, y en todos los ámbitos de la vida.

Esas consecuencias no son inmediatas. Requieren, por lo general, tiempo, y muchos mártires y testigos y maestros de la fe. La Iglesia tuvo desde el primer día que evangelizar y educar a “partos, medos, elamitas, cretenses y árabes…”, a Grecia y a Egipto, al norte de África y a Etiopía, a los pueblos germánicos y a los pueblos eslavos, a la Roma pagana, y a Mesopotamia y a Persia, que eran paganas de otra forma, y a los pueblos del Cáucaso (Armenia y Georgia), y a Kerala en la India, y a América, del Centro, del Norte y del Sur, y a China, y a Vietnam y a Filipinas, y a Corea, y al Japón. El hecho cristiano acoge todo lo que hay de verdadero, bello y bueno en cualquier cultura, y en el curso del tiempo lo purifica y lo enriquece y se enriquece con ella. Pero en ninguna cultura se siente extraño Jesucristo, y ninguna es del todo extraña a Jesucristo. San Juan Pablo II decía que “el profundo estupor ante la dignidad de la persona humana se llama evangelio, se llama también cristianismo”. El cristianismo, cuando es vivido, sostiene el valor de toda persona humana, de toda vida humana como vocación a la vida eterna. Y de ahí nace un especialísimo amor a todo lo humano: en primer lugar a la razón y a la libertad, a una libertad que no es ni la libertad liberal ni la libertad libertaria, anarquista; y también a la belleza de todo lo creado y de todo lo que hay de bueno en la historia humana. Nacen también una cierta concepción cristiana del trabajo, de la economía, de la familia, de la vida social, y de ahí una literatura, un arte, una música, toda una visión de la vida, de la creación y de la historia. [Por cierto, que la concepción cristiana de la familia, la familia cristiana, no es para nada lo mismo que lo que feministas “progres” y otros ideólogos suelen llamar la familia tradicional; eso que ellos llaman “la familia tradicional” no es más que la familia burguesa, por lo general machista, con un pedigrí que no va más allá del amor cortesano del siglo XIII, ya influido por el islam; y es esta concepción de familia la que hoy se descompone sin remedio. Pero volvemos a lo mismo. Que también en esto se nos ha olvidado lo que es el cristianismo. Y también habrá que explicarlo con más detalle en otra ocasión.]

Pero pensar que se puede sostener esa “visión del mundo” (o a algunos aspectos selectivos de ella) sin la fuente de donde esa visión brota y se mantiene viva, ésa es la trampa más grande en que los cristianos llevan cayendo una y otra vez al menos desde el siglo diecinueve. Pensar que se puede hacer una cultura cristiana sin Cristo, sin la gracia de Cristo, sin la pertenencia a Cristo y al pueblo nacido de la Pascua es un insulto, no a la fe cristiana, sino a Jesucristo. Aunque estuvieran intactos todos los elementos de esa cultura cristiana —que nunca lo están, sencillamente porque la vida profunda de la Iglesia es de origen divino—, la mayor bofetada que un cristiano puede darle a quien proclama como su Señor es creer —y hacer creer a otros— que Jesucristo es un dato adjetivo en nuestra vida, y que se puede gozar de algunos bienes que Jesucristo ha inaugurado en la historia sin necesidad de él, de su gracia y de la pertenencia a su pueblo.

Digo que cuando falta esa pertenencia fiel a la Iglesia y a Cristo —a Cristo vivo en la Iglesia de hoy, guiada por el Papa Francisco, el Vicario de Cristo y el Sucesor de Pedro—, nunca están todos los elementos de la cultura cristiana, sino sólo unas apariencias ambiguas. Ya he dado la razón verdadera para ello. Por ejemplo, esa “cultura de la familia y de la vida” que ahora se nos propone como si fuera la piedra angular del cristianismo (y el anzuelo en el que van a picar miles de cristianos de buena voluntad), no sobrevive tres minutos a la pérdida de la experiencia cristiana, y si no lo vemos a nuestro alrededor, es que estamos ciegos. Pero más aún, cuando esa supuesta “cultura de la familia y de la vida” se compagina con una defensa del capitalismo global y de la cultura del máximo beneficio, o se contrapone a la caridad social y política para con los barrios marginales de nuestras ciudades o con los emigrantes, alguna alarma roja debería encenderse en nuestra conciencia. Pues resulta que no se enciende nada, y eso es lo grave. Porque pone de manifiesto que ya no vemos a Jesucristo como el Señor (por muchas veces que usemos la palabra), como el centro de la creación y de la historia. Con otras palabras, que hemos perdido la fe. En lenguaje cristiano, eso se llama apostasía. “Apostasía silenciosa”, la llamó San Juan Pablo II. Y, por mucho que nos duela, ésa es exactamente nuestra situación. Por cierto, a comienzos del siglo pasado, en Francia, sucedió una historia parecida. No era el contexto de hoy, lo sé. El partido se llamaba entonces L’Action Française. Quería restaurar la cultura cristiana, pero sin la fe cristiana, sin Cristo. El supuesto restaurador, Charles Maurras, no era creyente. Muchos católicos lo apoyaron, de todos los niveles culturales y de todas las clases sociales. En el año 1926, la Santa Sede condenó a Maurras y prohibió a los católicos votarle. No todos siguieron la indicación de la Santa Sede. Pero la mayoría de quienes no lo hicieron terminaron echándose en los brazos de Hitler y de Mussolini.

† Javier Martínez
Arzobispo de Granada

El cura Tomás Malagón anticipó la Venezuela de hoy hace casi setenta años

«Básicamente se refería a la existencia de grandes diferencias sociales y situación de injusticia»

Del caos que vive hoy Venezuela habló entonces el sacerdote español Tomás Malagón. Exactamente en enero de 1962 escribió al arzobispo de Valencia con un informe respecto de su estancia de mes y medio en Venezuela.

Malagón explicaba que la situación del país llevaba a alguna forma de «castrismo».

Básicamente se refería a la existencia de grandes diferencias sociales y situación de injusticia. Ante esa situación la respuesta eclesial era de religiosidad popular piadosa y un laicado de conciencia social muy baja. Vio un pueblo piadoso y unas organizaciones católicas sin vigor.

El sencillo y valiente Malagón también le proponía un plan. Una serie de cursillos que se dedicaran a la formación de militantes, un semanario técnicamente bien hecho de alto sentido moral y la constitución de una serie de pequeños grupos (¡creía que bastaban cien!) que conocieran la legislación venezolana y trabajaran por su mejora desde partidos y sindicatos que no estuvieran desprestigiados.

No sabemos los debates que se dieron entonces entre los que recibieron el mensaje.

Lo que sí sabemos es que no se le tuvo realmente en cuenta. Casí setenta años después vemos que Don Tomás tuvo razón.

Don Tomás no era un visionario. Era un hombre profundamente creyente que conocía bien el Ver-Juzgar-Actuar del que amigos y enemigos dicen tantas tonterías.

Experimentar el método de encuesta lleva a saber por donde puede ir el mundo en el que se vive y actuar adecuadamente para transformarlo.

Lo de Venezuela hoy ocupa portadas y no es cuestión baladí, pero menos baladí es la cuestión de fondo que planteaba Malagón: El cristiano ha de conocer la realidad en que vive y ha de hacer una inmersión en ella que la transforme realmente. Para ello no vale un cristianismo tradicional o de formas externas, para ello no es suficiente la Acción Católica. Para ello hacen falta militantes (no demasiados, no más de cien grupos de cinco a siete personas, para un país como Venezuela) que se tomen en serio la caridad política.

¿Los tiene la Iglesia española? Nos tememos que tampoco. Y nos tememos que el Congreso de Apostolado Seglar del que se habla no dé ni un solo paso en esa dirección.

Malagón se quedó sin carrera eclesiástica, sin carrera civil, sin prestigio. Su diócesis le marginó. Los curas carcas decían que hacía el juego al comunismo mientras los progres le acusaban de anticuado.

Entre los grupos que le admiramos tampoco le tomamos hoy demasiado en serio. No fue un visionario pero supo amar y ver hacia adelante. Los quietistas de todos los tiempos decidieron y deciden no escuchar su grito de angustia. Hoy Venezuela lo paga caro.

¿Y España? Lo mismo. Hoy se vuelven a escenificar las dos Españas porque ni en una ni en otra hay cien pequeños equipos que pongan su carne en la caridad política.

Eugenio Rodríguez

 

Encuentro y Solidaridad ha sido candidato al III Premio por la Paz del C.P. «Carmen Ruiz-Tilve» de Oviedo.

Encuentro y Solidaridad quiere agradecer al colegio «Carmen Ruiz-Tilve» la iniciativa de crear unos premios por la paz. La directora del colegio, Maite, plantea que lo hacen de forma modesta, pero es que la Paz no puede ser de otra manera, si fuera con grandilocuencias se convertiría en espectáculo y no en respeto a quienes de una u otra manera viven y testimonian la Paz.

El atrevimiento de presentar a Encuentro y Solidaridad fue de la Asociación Alfalar, con quienes venimos colaborando desde hace tiempo y a quienes manifestamos qué grande nos venía esta candidatura. A pesar de eso insistieron y gracias a ello hemos podido estar ahí. Muchas gracias por su tesón.

Lo más bonito de estos premios es que todos los candidatos ganan, porque los niños del colegio investigan, analizan, reflexionan… sobre todas las candidaturas.

La nuestra ha sido estudiada por los chicos de 5º E.P. Después de su trabajo han hecho este mural en el que exponen su visión sobre Encuentro y Solidaridad. ¡Es fantástico!

Los ganadores han sido Vicente García Riestra (último superviviente del campo de concentración de Buchenwald) y el Banco de Alimentos de Asturias. Enhorabuena.

Nosotros nos sentimos igualmente ganadores.

El Parlamento ve con «satisfacción» la elaboración de un tratado de Naciones Unidas sobre empresas y derechos humanos

El parlamento foral de Navarra ha aprobado esta declaración institucional tras haber recibido la visita de Ehsan Ullah Khan, militante de los derechos humanos y contra la esclavitud infantil, en la comisión de solidaridad y convivencia. Dicha visita fue organizada por Encuentro y Solidaridad.

La Junta de Portavoces del Parlamento de Navarra ha aprobado por unanimidad una declaración institucional por la que la Cámara acoge con «satisfacción» el trabajo iniciado para la elaboración de un tratado vinculante de las Naciones Unidas sobre las empresas y los derechos humanos. Ha sido presentada por UPN, Geroa Bai, EH Bildu, PSN y PPN.

Según recoge la declaración, se considera que el tratado «aumentará la responsabilidad social de las empresas, incluido el sector de la confección».

Además, el Parlamento de Navarra se adhiere a la petición del Parlamento Europeo que solicita a la Comisión Europea que «presente una legislación vinculante sobre obligaciones de diligencia debida para las cadenas de suministro del sector de la confección».

La Cámara foral subraya que «esta propuesta legislativa debe estar en consonancia con las nuevas directrices de la OCDE sobre diligencia debida en el sector de la confección y el calzado, las directrices de la OCDE para empresas multinacionales que importen a la Unión Europea, la resolución de la OIT sobre el trabajo decente en las cadenas de suministro y las normas acordadas a escala internacional en materia de derechos humanos, sociales y medioambientales».

El Papa alerta del resquebrajamiento de «la unidad de la familia humana»

En una extensa carta titulada La comunidad humana, el Papa Francisco ha lanzado el martes la «alarma por la falta de atención a la gran y decisiva cuestión de la unidad de la familia humana y su futuro», pues «la erosión de esta sensibilidad, por parte de las potencias mundanas de la división y la guerra» crece a gran velocidad.

En tono preocupado, el Santo Padre denuncia «una verdadera y propia cultura –es más, sería mejor decir anti-cultura– de indiferencia hacia la comunidad: hostil a los hombres y mujeres, y aliada con la prepotencia del dinero».

Francisco afirma que «el pueblo cristiano, haciendo suyo el grito de sufrimiento de los pueblos, debe reaccionar ante los espíritus negativos que fomentan la división, la indiferencia y la hostilidad. Y tiene que hacerlo de inmediato, antes de que sea demasiado tarde».

La carta del Papa, publicada con motivo del 25 aniversario de la Pontificia Academia de la Vida, constata que «los hombres y mujeres de nuestro tiempo están a menudo desmoralizados y desorientados, sin ver». Entre las causas figura que «el sistema económico y la ideología del consumo seleccionan nuestras necesidades y manipulan nuestros sueños, sin tener en cuenta la belleza de la vida compartida y la habitabilidad de la casa común».

En la presentación del documento, el arzobispo Vincenzo Paglia, presidente de Pontifica Academia de la Vita ha afirmado que «el título de la carta, ‘La comunidad humana’, indica exactamente el punto focal de nuestro esfuerzo». Paglia hizo notar que «está firmada en la fiesta de la Epifanía (Reyes Magos de Oriente) porque el Evangelio promueve la alianza de los pueblos, no el encerramiento en la propia comunidad».

Siguiendo la propuesta de su predecesor Benedicto XVI, Francisco asegura que «una nueva perspectiva ética universal, atenta a los temas de la creación y de la vida humana, es el objetivo que debemos perseguir a nivel cultural. No podemos continuar por el camino del error que se ha seguido en tantas décadas de deconstrucción del humanismo».

El Papa llama a la responsabilidad, pues «ser miembros del único género humano exige un enfoque global y nos pide a todos que abordemos las cuestiones que surgen en el diálogo entre las diferentes culturas y sociedades, que están cada vez más estrechamente relacionadas en el mundo de hoy».

En un momento en que «el umbral del respeto fundamental de la vida humana está siendo transgredido de manera brutal», Francisco propone que «la Pontificia Academia de la Vida sea un lugar lleno de valentía de esta interacción y este diálogo al servicio del bien de todos».

Concretamente, invita a los miembros a participar «en un diálogo intercultural e interreligioso, así como interdisciplinar», participando «en la reflexión sobre los derechos humanos, que son un punto central en la búsqueda de criterios universalmente compartidos», sin olvidar «su estrecha correlación con los deberes, a partir de la solidaridad con quien está más herido y sufre».

El Papa considera urgente «articular una síntesis antropológica que esté a la altura de los desafíos de esta época», marcada por las biotecnologías, la robótica, la inteligencia artificial, etc. E invita a hacerlo partiendo, naturalmente, de premisas religiosas y reconociendo «la familia humana como signo de vitalidad de Dios Padre y promesa de un destino común».

Según Francisco, «la fuerza de la fraternidad, que la adoración a Dios en espíritu y verdad genera entre los humanos, es la nueva frontera del cristianismo». En la línea marcada por san Juan Pablo II, el Papa afirma que «en nuestro tiempo, la Iglesia está llamada a relanzar vigorosamente el humanismo de la vida que surge de esta pasión de Dios por la criatura humana».

Sobre Rosa Luxemburgo

En el centenario del asesinato de Rosa Luxemburgo, recordamos unas palabras sobre ella de Julián Gómez del Castillo al presentar su libro «Reforma o revolución«.

Rosa Luxemburgo fue una revolucionaria de cuerpo entero, capaz de «tenérselas tiesas» hasta con Lenin.

En la película que presenta su biografía y a la que da título su nombre, se presenta una secuencia de ella en la cárcel, cuando le dan el dinero que sus compañeros la envían y, ella, con gestos de evidente disgusto, gritará: «¡Libros!, ¡necesito libros, no dinero!». Cuando ahora a nuestra izquierda oficial, PSOE e IU la vemos mendigar aumentos de sueldos o ser juzgada por la desaparición de fondos reservados, no podemos por menos que recordar la escena de «Rosa Luxemburgo». Entre la izquierda de ayer y de hoy, hay una pequeña diferencia: a la de ayer, serlo, le costaba dinero; la de hoy: se lleva el dinero.

Rosa Luxemburgo es la teórica marxista más próxima a la autogestión. Conocer su pensamiento y proyectarle hacia el futuro puede hacer un gran bien al futuro de una izquierda real.

 

Presentación de “Encuentro y Solidaridad” en Valladolid

¡Buenas tardes! Tenemos la gran alegría de presentar hoy la asociación “Encuentro y Solidaridad” en Valladolid. Los que nos conocéis sabéis que, aunque encuentro y solidaridad acaba de nacer, llevamos ya unos cuantos años caminando tras los pasos del Señor en esta ciudad y en otras ciudades de España.

Hoy somos llamados a empezar de nuevo a caminar.

Nuestra nueva asociación hunde sus raíces en la espiritualidad de encarnación inaugurada en el pesebre de Nazaret y continuada por tantos que, a lo largo de los siglos, la han hecho realidad, especialmente en el siglo XX, por Guillermo Rovirosa y Julián Gómez del Castillo y quienes con ellos trabajaron para dar vida al apostolado laico en España. Somos asociación de bautizados: familias, trabajadores, sacerdotes… buscando el ideal de vivir la contemplación y la lucha en medio del ajetreo cotidiano en pleno siglo XXI.

Y presentamos esta tarde nuestra asociación, esta pequeña plantita que está germinando,  ofreciendo la obra de teatro llamada “Cartografía de la desobediencia”, en la que se hace una afirmación tan sorprendente como que “la desobediencia es un acto de amor”Y puede ser verdad…: fijaos… hace unas cuantas semanas, lo habéis visto en las noticias, el barco pesquero Nuestra Madre Loreto rescató en alta mar a 12 hombres africanos que se habían lanzado al agua huyendo de las autoridades libias. Un pequeño barco, el patrón y 12 pescadores afanados en su trabajo, no miraron para otro lado y se atrevieron a desobedecer las leyes y las órdenes del Gobierno y de toda Europa; compartieron su comida y sus enseres con estos emigrantes y arriesgaron mucho para llevarles con vida a puerto seguro.

Una vez más, un grupo de pescadores nos enseña el ABC de la solidaridad: cuando las leyes y las costumbres están contra la persona, hay el deber de desobedecer. Estos hombres, en medio del ajetreo de su trabajo, reconocieron el valor y la dignidad de los desconocidos que tenían delante e hicieron posible la fraternidad en unas condiciones tan adversas.

Nuestro mundo está lleno de respuestas solidarias, como la de estos pescadores. En estos años de andadura hemos visto los milagros que obra la solidaridad: hemos conocido personas que perdonan a los asesinos de sus familias, a madres que han perdido a sus hijos y han hecho de su dolor un instrumento para ayudar a otras madres en su situación, hemos visto empresas que hacen de la solidaridad y no del beneficio su razón de ser, hemos conocido a políticos que han ido a la política a perder de lo suyo por el bien común. El mundo está traspasado por los esfuerzos solidarios y a ellos queremos sumarnos.

Todos los días somos tentados a una vida mediocre, autorreferencial, del disfrute por encima de todo. Pero esa vida sacrifica la alegría, la loca alegría de dar vida.

Nacemos para desobedecer los dictados de la mediocridad, que nos obligan a mirar para otro lado cuando pasamos al lado de los prostíbulos que salpican de vergüenza nuestras carreteras donde se come llanto y se beben lágrimas a tragos. Nacemos para desobedecer los dictados de la mediocridad que nos obliga a mirar para otro lado para no ver a nuestros hermanos emigrantes, hijos del mismo Dios, esquilmados en sus países y trabajando esclavizados en nuestros invernaderos. La mediocridad que nos obliga a mirar para otro lado para no ver a niños muriendo de hambre en un mundo de abundancia y derroche, para no ver a los esclavos que fabrican nuestras ropas…

Nacemos para poder abrir los ojos a la realidad. Y para contribuir con nuestros trabajos, en nuestras profesiones, en nuestras familias, en nuestra vida política, a hacer posible que el mundo sea hogar y la humanidad familia.

Nuestro nombre, “Encuentro y Solidaridad”, obedece a la llamada que hoy nos hace la iglesia a renovar y vigorizar el anuncio de la buena noticia de Jesús en el mundo.

Queremos vivir el encuentro: encuentro con el Cristo que vive hambriento, esclavizado, maltratado, en paro, encarcelado….y encuentro con los hermanos con los que convivimos en el barrio, en el trabajo, en nuestra misma ciudad y en cualquier lugar de este mundo global. Y para que sea posible tenemos que aprender a escuchar, a callar, tendremos que aprender otras lenguas… tenemos tanto que aprender….

Queremos vivir la solidaridad, esa que obra milagros, y para ello tendremos que aprender a ser humildes y pequeños, a ser valientes y honrados.

En este camino que ahora comenzamos necesitamos contar también con vuestro apoyo y calor. Gracias por estar hoy aquí. Nos sentimos profundamente agradecidos a la Iglesia de Valladolid, al Movimiento Cultural Cristiano, a quienes debemos nuestra vida militante, agradecidos a los amigos y al Señor, que nos vuelve a poner en los caminos.

Hilda Cantarín