¿Cómo influye Zeigarnik en tu matrimonio?

– ¡Hombre Juan! ¡Cuánto tiempo! ¿Te pasa algo? Tienes mala cara.

– Acabo de tener una discusión con mi mujer… Empezó por una bobada, pero acabó sacándome cosas de hace mogollón de tiempo, que ni sé cómo se acuerda.

– Eso es por el efecto Zeigarnik.

– ¿Zeigarnik? No sé quién es ése, así que no creo que tenga mucho que ver.

– En realidad, es “ésa”.

– Oye, oye, que yo no conozco a ninguna Zegarnosequé. Que esto no va de terceras personas, es sólo una discusión normal y corriente de un matrimonio.

– Te lo estás tomando por donde no es. Bluma Zeigarnik fue una psicóloga rusa que descubrió el efecto que lleva su nombre, “efecto Zeigarnik”.

– Y eso ¿qué es?

– En una ocasión, Zeigarnik observó a los camareros de un restaurante y se fijó en que eran capaces de recordar los platos que tenían pendientes de servir, pero, sin embargo, olvidaban con rapidez las mesas servidas. A partir de esta observación, Zeigarnik estudió el funcionamiento de la memoria en relación con aquellas tareas que están inacabadas y descubrió que nuestro cerebro tiende a olvidar rápidamente aquellas tareas ya finalizadas, mientras que las tareas que aún no se han resuelto se mantienen activadas en la memoria.

-Sin duda una mujer muy observadora e inteligente. Pero no sé qué tiene que ver eso con mi matrimonio.

-Pues yo lo veo claro. En la mayoría de los matrimonios existen conflictos ¿no?

-Claro

-Discusiones ¿no?

-Evidente.

– Y ¿cómo se resuelven esos conflictos o esas discusiones?

– Pues depende, en algunos casos se resuelven hablando, escuchando el punto de vista del otro, se pide perdón, se perdona… En otros casos se deja que el enfado se vaya pasando y no se vuelve a hablar del tema. Ésta es mi técnica favorita.

– Ya veo. Pues si nos imaginamos un conflicto o una discusión en el matrimonio como una tarea, podemos decir que hay tareas que se terminan, es decir que se resuelven y hay otras tareas inacabadas, que quedan abiertas, es decir, que no se resuelven ¿no?

-Se podría decir así.

– Aplicando el efecto Zeigarnik sobre estos conflictos en nuestros matrimonios, podemos llegar a la conclusión de que los conflictos no resueltos se mantienen activos en la memoria. Es decir, que resultan difíciles de olvidar y continúan estando presentes hoy, aunque hayan sucedido hace tiempo, como una especie de tarea inacabada que nuestra memoria procura no olvidar para indicarnos que tenemos que resolverla.

-¡Qué interesante! Es por eso por lo que mi mujer saca cosas del pasado cuando discutimos, incluso cosas que han pasado hace mucho tiempo y que no tiene que ver con lo que estamos discutiendo.

-Pues sí, probablemente no hayas resuelto adecuadamente esa situación con ella, y su memoria sigue calificando esa situación como “pendiente”. Ahí tienes una tarea que hacer.

-¡Vaya!, ya estás mandando deberes…

-No son tan difíciles hombre… Lo más gracioso de todo, es que el efecto Zeigarnik hace que se olviden aquellos conflictos que sí conseguís resolver.

-¡¡¡¿Cómo?!!! ¿Quieres decir que los conflictos no resueltos se acumulan y los que se resuelven no? ¿Como si hubiera una especie de caja en la que se van guardando las discusiones no resueltas pero las que resolvemos se evaporan? ¡Menudo negocio!

-Pues así funciona nuestra memoria. Muchas veces no es cuestión de mala voluntad, simplemente uno no olvida lo que no ha resuelto y olvida lo que sí. Pero ojo, hay algo positivo de todo esto y es que lo que no se olvidan son las estrategias utilizadas para resolver los conflictos y con ellas puedes afrontar y resolver los problemas, para evitar que se acumulen.

-No me entusiasma lo de la tal Zeigarnik, pero si es como dices, mejor me voy para casa a intentar resolver esta discusión y al menos ¡que no se sume a la lista!

Diego Velicia, psicólogo del COF Diocesano de Valladolid.

Hammarskjöld y la sala de meditación

La Sala de Meditación, ubicada en el ala oeste del vestíbulo público del edificio de la Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York, es un espacio de recogimiento dedicado a la paz mundial y a disposición de las gentes de todos los credos y religiones; fue ideado por Dag Hammarskjöld, segundo Secretario General de las Naciones Unidas con el apoyo de un grupo, integrado por cristianos, judíos y musulmanes.

Dag Hammarskjöld escribió este texto para entregar a los visitantes de la sala

Todos tenemos dentro un centro de quietud rodeado de silencio.

Esta casa, dedicada al trabajo y al debate al servicio de la paz, ha de contar con una sala dedicada al silencio exterior y la quietud interior.

Lo que hemos pretendido ha sido crear en esta pequeña sala un lugar en el que las puertas puedan abrirse a territorios infinitos de reflexión y oración.

En este lugar se reunirán personas de muchos credos y por esa razón no se podía utilizar ninguno de los símbolos a los que estamos acostumbrados en la meditación.

Sin embargo, hay cosas sencillas que nos hablan a todos en el mismo lenguaje. Hemos buscado esas cosas y creemos haberlas encontrado en el haz de luz que incide en la brillante superficie de la piedra.

De ese modo, en el centro de la Sala vemos un símbolo de cómo todos los días la luz del cielo da vida a nuestra Tierra, lo que, para muchos de nosotros, simboliza cómo la luz del espíritu da vida a la materia.

Pero la piedra que hay en el centro de la Sala tiene algo más que decirnos. Podemos considerarla un altar, vacío, no porque no haya Dios, ni porque sea un altar a un dios desconocido, sino porque está dedicado al Dios al que el hombre venera bajo multitud de nombres y formas.
La piedra del centro de la Sala nos recuerda también lo que hay de firme y permanente en un mundo de movimiento y cambio. El bloque de hierro tiene el peso y la solidez de lo eterno. Nos recuerda la piedra angular de la tenacidad y la fe en las que se debe sustentar toda empresa humana.

El material de la piedra guía nuestros pensamientos hacia la necesidad de elegir entre la destrucción y la construcción, entre la guerra y la paz. Con hierro el hombre ha forjado espadas, pero con hierro también ha fabricado arados. Con hierro ha construido tanques, pero también con hierro ha erigido casas. El bloque de mineral de hierro es parte de la riqueza que hemos heredado en esta Tierra nuestra. ¿Cómo vamos a utilizarla?

El haz de luz incide en la piedra en una Sala decoración extrema sencillez. No hay otros símbolos, no hay nada que pueda distraer nuestra atención ni interrumpir la quietud en nuestro interior. Cuando nuestros ojos se trasladan de esos símbolos a la pared del frente, tropiezan con un sencillo diseño que abre la Sala a la armonía, la libertad y el equilibrio del espacio.

Según un antiguo dicho, el sentido de un recipiente no está en sus paredes sino en su oquedad. Lo mismo sucede con esta Sala. Corresponde a los que vienen a ella llenar el vacío con lo que encuentran en su centro de quietud.

A veces ser padres consiste más en no hacer que en hacer.

¿Cómo? ¿Qué es eso de que ser padres consiste más en no hacer que en hacer? ¿No sabe usted que los padres tienen la gravísima responsabilidad de educar a los hijos?

Un momento, no digo que los padres no tengan que educar a sus hijos. Lo que digo, es que, a veces, ser padre consiste más en no hacer que en hacer. Precisamente para educar mejor a los hijos. Intento explicarme.

De acuerdo, pero no se enrolle.

Imagine una persona que tiene que viajar en tren por Nochebuena para reunirse en la cena con su familia. Su tren sale a las 13:10 h. Llega a la estación a las 13:14 h. Pero el tren no ha salido aún. El jefe de estación está esperando a esa persona y cuando la ve aparecer la abronca: cómo hace esperar a todos los pasajeros, parece mentira alguien de su edad, retrasando a todo un tren, no se le vuelva a ocurrir hacer eso, la próxima vez va a mandar salir el tren aunque no haya llegado… La persona sube al tren y el tren se va. ¿Cómo se siente esa persona?

Imagino que no le sentará bien la bronca del jefe de estación, pero por dentro estará aliviada ya que, al menos, no ha perdido el tren.

De acuerdo. Supongamos otro final para esa escena: la persona llega tarde. El tren se ha ido. Pero además de haberse ido, el jefe de estación le echa la misma bronca por llegar tarde: qué vergüenza alguien de su edad llegar tarde, ya podría andar más espabilado, no se puede confiar en ella, no se le vuelva a ocurrir hacer eso…

Eso sí que sería una estupidez. Además de perder el tren ¡el jefe de estación le echa la bronca! Imagino que estaría doblemente cabreada y mandaría al jefe de estación a freír espárragos.

Completamente de acuerdo. Vayamos al caso más habitual. La persona llega tarde y el tren se ha ido. No hay jefe de estación que eche la bronca.

Eso da mucha rabia, en esas situaciones te lamentas, piensas en por qué no has salido antes de casa, en el dinero perdido, en si habrá otro tren, en la familia que te espera…

Efectivamente, todo eso surge sin intervención del jefe de estación ¿no?

Espere, espere, ya veo por dónde va… Usted lo que quiere decir es que el jefe de estación es como el padre o la madre y que, si el hijo hace algo mal y ese algo tiene sus propias consecuencias, no hace falta añadirle más consecuencias en forma de bronca o evitarle las consecuencias y sustituirlas por una bronca ¿no? ¿lo he entendido bien?

Ahora imagine: a su hijo se le olvida en casa un cuaderno de deberes del cole y se da cuenta cuando ya está llegando al cole. Usted puede volver corriendo a casa a buscarlo y abroncar al chico, con lo que estaríamos en el primero de los casos, le evita la consecuencia y la echa la bronca. Puede darse la situación de que, por su horario laboral, ya no tenga tiempo para ir a buscarlo, así que le echa la una buena bronca al chico (te he dicho antes de salir que revisases la mochila, mañana preparo yo la mochila, esta tarde te quedas sin ver los dibujos en la tele…), que, además, se va a ganar su correspondiente castigo en el cole por no haber traído los deberes. Estaríamos en el segundo de los casos. O puede no hacer nada y dejar que las consecuencias ejerzan su influencia.

¿Y si no lo hace? ¿Y si no sirven para que el chico aprenda?

Si las consecuencias no sirven para que el chico aprenda, menos servirá su sermón o su castigo.

Diego Velicia, psicólogo del COF Diocesano de Valladolid.

Desposesión de derechos constitucionales

En los últimos años hemos debatido intensamente -hasta el hartazgo- sobre la ruptura del pacto constitucional que regula la distribución territorial del poder político. Y casi nada de la ruptura del pacto social que contiene la Constitución de 1978. Esta prioridad en la agenda política no es un fenómeno exclusivamente español, sino global. Cuando el conflicto social, antaño llamado lucha de clases, pierde centralidad política su espacio lo ocupa el agravio comparativo, que es hoy el «gran motor de la historia».

La reciente sentencia del Tribunal Constitucional, que avala el despido objetivo por ausencias al trabajo, aún justificadas, nos brinda la oportunidad de someter al debate político el intenso proceso de desposesión de derechos constitucionales en el orden social sufrido en los últimos años.
El pacto constitucional del 78 fue el resultado de muchos equilibrios, también de impotencias recíprocas entre las dos fuerzas en pugna, inmovilismo y ruptura. Como todas las constituciones es un texto abierto y por escribir, que la política, con las correlaciones de fuerza de cada momento, va redactando.

Con la mirada de hoy, el contenido social del pacto constitucional es quizás el más rupturista de todos, en aspectos como el papel de los sindicatos (artículo 7 CE), la amplitud de los derechos fundamentales, de otros derechos sociales y también por los mandatos que la Constitución remite a los poderes públicos.

Pero su contenido sufrió desde los primeros años -coincidiendo con una grave crisis económica mundial- las consecuencias de un desarrollo legal cicatero. Y en décadas posteriores un proceso de desposesión de derechos constitucionales, que alcanza su máxima expresión en la última doctrina del Constitucional.

Este proceso se manifestó en primer lugar como resistencia del poder político a desarrollar algunos de los derechos reconocidos en la Constitución y por un olvido mayúsculo de los mandatos que los poderes públicos reciben en el ámbito social de la Carta Magna.

Comenzando por la huelga, derecho fundamental de especial trascendencia, por el que las personas trabajadoras persiguen reequilibrar los profundos desequilibrios de poder entre capital y trabajo, especialmente en tiempos de globalización, y convertir la igualdad formal en igualdad real.

La huelga continúa aún hoy regulada por una norma pre-democrática de 1977, afortunadamente reinterpretada en sentido amplio por el Constitucional, por cierto, el mismo Tribunal aunque con una composición distinta, que hoy restringe sistemáticamente los derechos constitucionales.

La oposición a este desarrollo legislativo del derecho de huelga tiene en Felipe González su máxima expresión. En abril del 1993, ejerciendo de su personaje preferido, el de Mandarín político, impidió in extremis la aprobación de una Ley reguladora de la huelga, que nos hubiera dotado de seguridad jurídica y protegido del uso abusivo de los servicios mínimos que utiliza el poder político como si de un piquete anti-huelga se tratara. El entonces presidente del Gobierno forzó la convocatoria de elecciones anticipadas el mismo día que el Congreso de Diputados iba a aprobar en segunda lectura un Proyecto de Ley de Huelga, que había pasado ya por el Congreso y el Senado, a partir de un pacto del Grupo Parlamentario Socialista, dirigido por Alfonso Guerra, con CCOO y UGT. La disolución anticipada de las Cortes ese día y no 24 horas después tuvo como objetivo evitar la aprobación de una Ley que regulaba ampliamente el derecho de huelga.

Son muchos otros los derechos sociales, protegidos constitucionalmente, que no se pueden ejercer en la práctica por falta de desarrollo legal. Entre ellos el derecho a la vivienda, en el que las pocas políticas practicadas han estado más al servicio de apoyar al sector de la construcción en épocas de crisis, por la vía de incentivar la demanda de propiedad, que de garantizar un derecho social de ciudadanía. El margen constitucional, a pesar de la gran potencia reguladora de facto del mercado inmobiliario, es mucho mas amplio de lo que se reconoce por el poder político. Incluso cuando topa con el derecho a la propiedad, que no olvidemos es un derecho que la propia Constitución condiciona a su función social (art. 33 CE).

Esta desposesión de derechos constitucionales no es solo responsabilidad de los gobiernos centrales. En el ámbito autonómico tenemos ejemplos múltiples, especialmente con gobiernos de la derecha, sea española o catalana, en relación a restricciones en el derecho a la salud. O en el impuesto de donaciones y sucesiones que algunas CCAA, gobernadas por el PP y Ciudadanos, han hecho desaparecer. Obviando que la Constitución condiciona la herencia a los límites de su función social, porque para las derechas propiedad privada y herencia son los únicos derechos ilimitados.

Quizás el mandato constitucional que mejor expresa la gran potencialidad no explotada de nuestro Constitución sea el art. 129. 2 que mandata a los poderes públicos a establecer los medios que faciliten el acceso de los trabajadores a la propiedad de los medios de producción (no se alarmen, han leído bien).

La segunda vía de desposesión de derechos constitucionales ha venido de la mano de la acción legislativa restrictiva de estos derechos. El caso más evidente es el del derecho al trabajo del artículo 35 de la CE, completamente desfigurado a través de las muchas contra-reformas laborales, comenzando por la de 1984.

La generalización de la contratación temporal sin causa, la ampliación de las causas de rescisión de contratos, la progresiva desaparición del despido nulo con readmisión obligatoria y de los salarios de tramitación han vaciado de contenido el derecho constitucional al trabajo. De la misma manera que han hecho con el derecho de negociación colectiva -contenido esencial del de libertad sindical- al legalizar que el empresario pueda unilateralmente ignorar la fuerza vinculante de los convenios.

Aunque la vía de desposesión de derechos constitucionales más profunda y de mas gravedad es la subversión del orden constitucional provocada por la reciente doctrina del Tribunal Supremo y especialmente del Tribunal Constitucional. Se ha producido una derogación de facto del texto constitucional, al margen de los procedimientos establecidos, en contra de la voluntad del constituyente e ignorando la sobada soberanía nacional.

Ejemplos de esta subversión del orden constitucional los tenemos en las sentencias del Constitucional sobre la Reforma Laboral del 2012. En ellas el Tribunal, olvidándose de toda su doctrina anterior y sin mediar justificación alguna, establece un nuevo orden de valores, principios y derechos constitucionales. Se inventa literalmente otra constitución.

Lo explica magistralmente Fernando Valdés da Re en sus votos particulares a las sentencias dictadas. En ellos se advierte que el Constitucional otorga al legislador ordinario, unas Cortes Generales con mayoría absoluta del PP y apoyo de CIU, funciones cuasi constitucionales para modificar aspectos claves de la Constitución. Y denuncia que el Tribunal incorpora un curioso criterio de análisis de la constitucionalidad de las leyes, la situación económica adversa del momento. Que dicho a lo bruto, pero con rigor, significa que los derechos constitucionales quedan en suspenso, incluso en su contenido esencial, cuando hay crisis económicas. En la practica esas sentencias vacían de contenido esencial derechos constitucionales como el derecho al trabajo (art 35 CE) y negociación colectiva (art 37 CE) entregando su contenido pleno al legislador de cada momento, que puede por esa vía reformar la Constitución, sin seguir el procedimiento previsto para ello. Y eso es lo que ha sucedido.

Esta subversión del orden constitucional se ha puesto de nuevo en evidencia con la sentencia dictada estos días en relación al despido objetivo por faltas de asistencia al trabajo, incluso las justificadas. En ella el Constitucional dice literalmente que el derecho al trabajo, incluso cuando esta relacionado con el derecho a la salud, puede ser limitado por el derecho a la libertad de empresa y al objetivo nacional de la productividad.

Otra vez a lo bruto, pero con rigor, si el Constitucional argumenta que la defensa de la productividad legitima el despido de una persona por ausencias al trabajo aún justificadas, lo que está haciendo el Tribunal Constitucional, además de erosionar el derecho a la salud, al que los trabajadores deben renunciar si quieren conservar su empleo, es vaciar de contenido el derecho al trabajo. Un derecho (art 35 CE) que incluye el no ser despedido sin mediar «justa causa». Primar la lucha contra el absentismo laboral -causa alegada por el legislador y el Constitucional- por encima de estados de enfermedad justificados y ajenos a la voluntad del trabajador supone una verdadera subversión del orden de valores constitucionales.

Llegados a este punto, deberíamos hacernos la pregunta de cómo ha sido posible este proceso de subversión del orden constitucional y desposesión de derechos constitucionales en el ámbito social. Sin duda ha incidido el desequilibrio de poderes entre una economía global y una política estatal. También la hegemonía ideológica del neo-liberalismo global que se expresa en algunas sentencias del Tribunal de Justicia de la Unión Europea (casos Vicking, Laval y Rüfert) en la que la libertad de mercado y de empresa priman sobre los derechos colectivos de huelga y negociación colectiva.

Pero hay razones específicas de la política española, entre ellas el desconcierto de unas izquierdas que se mueven entre la subalternidad ideológica del socialismo español – muy evidente en la resistencia del PSOE a derogar la reforma laboral del 2012- y el infantilismo político de las izquierdas alternativas. Me refiero al error mayúsculo de no detectar la potencialidad constitucional en materia social y no defenderla con uñas y dientes.

Aún hoy, algunos esperamos de Pablo Iglesias una explicación política del abrupto tránsito táctico de presentar la Constitución como expresión máxima del maléfico «Régimen del 78» a considerarla la Biblia que contiene todas las verdades reveladas.

Ha llegado el momento de decir que en vez de un Proceso Constituyente, impensable con la correlación de fuerzas actual, lo que deberían hacer las izquierdas diversas es impulsar un Proceso Reconstituyente por el que recuperar los derechos constitucionales de los que hemos sido desposeídos. Seria una buena estrategia para ocupar el inmenso vacío político dejado entre una izquierda ideológicamente subalterna y otra afectada del síndrome adolescente del adanismo. Y para que no haya confusión alguna, eso no va de siglas -con las que hay hoy nos sobra- sino de políticas, que son las que faltan.

Joan Coscubiela
Fuente: Eldiario.es

Los sintecho que encontraron uno en el monasterio de Montesclaros

Han caído las conocidas como ‘BBC’ católicas: bodas, bautizos y comuniones. El dato más revelador de estos últimos 12 años es el de los enlaces, que ha descendido más de la mitad: de los 113.000 de 2007 a los 46.556 registrados en 2017, según la memoria de la Iglesia católica presentada en junio. Esta ‘crisis de fe’ se transluce también en el número de sacerdotes —casi 1.400 religiosos menos en el mismo periodo— y de seminaristas, cuya cifra ha bajado hasta los 1.200. Por ello, gestionar los 801 monasterios que la institución religiosa tiene contabilizados por toda España puede convertirse en una tarea difícil.

El de Montesclaros, en Valdeprado del Río (Cantabria), podría servir de termómetro de esta situación. Quedan cinco frailes dominicos de avanzada edad para hacerse cargo de toda la gestión del monasterio. Y esta orden, que llegó a tener 10.000 miembros por todo el mundo y hoy no alcanza los 500, ha encontrado una oportunidad en esta crisis generacional: ha desarrollado dos proyectos de reinserción para que una decena de personas sin hogar gestione su patrimonio.

En 1686, Carlos II pidió a esta orden que se hiciera cargo del santuario para evangelizar los once ayuntamientos de la zona de Campoo. En 1900 esta población superaba los 2.600 habitantes. El No-Do da muestra de las concurridas procesiones y de cómo las túnicas blancas y las capas negras volaban por los pasillos de la hospedería del monasterio. Eran los novicios queriendo llegar a las ‘termópilas’. Este pasillo colgante es una suerte de cordón umbilical de piedra que unía —y une hoy— el monasterio con la hospedería. Revestida de madera, la pasarela fue construida en 1884 para que estos ‘aprendices’ sortearan la nieve que bloqueaba la puerta de la hospedería y pudieran llegar a los maitines. Hoy, ni la nieve llega a tapar la puerta ni un solo religioso recorre ya los pasillos.

La comunidad ha decaído. La eclesiástica y la civil, ya que según los últimos datos oficiales, esta población del sur de Cantabria contaba el año pasado con 316 habitantes. Y lo mismo ha ocurrido con la orden. Tan solo quedan cinco frailes, mayores de 70 años, a los que les resulta imposible gestionar el monasterio, el albergue y la hospedería, que ofrece tres comidas al día a los más de 500 huéspedes que recibe al año.

Según el último informe anual sobre la situación de la libertad religiosa en España, aproximadamente el 20% de los bienes culturalmente protegidos de Cantabria pertenece a la Iglesia católica. Uno de ellos es Montesclaros. Y la edad y la falta de savia nueva en el santuario pusieron en riesgo la hospedería. “Si dejábamos morir estas propiedades, se iban a convertir en negocios hoteleros”, confiesa un miembro de la orden mientras recorre con la vista la fachada de cuatro alturas de la hospedería.

Restauración por partida doble

Casi una decena de personas sin hogar, con su mano de obra, ha evitado que esto ocurra. El ‘rescate’ del patrimonio de los dominicos ha llegado a través de un proyecto social y ecológico de la Fundación San Martín de Porres, la obra social de la orden dominica que, con base en Madrid, apuesta por la reinserción del colectivo de personas pobres o sin hogar.

En total, ocho hombres han recuperado sus antiguos oficios o se han reciclado y aprendido otros nuevos relacionados con el turismo, la agricultura o la hostelería para lograr una reinserción laboral y social completa. Es el caso de José Pedro, que ha vuelto a los fogones tras 43 años de oficio, o el de Luismi, un cerrajero que a sus 54 años ahora es especialista en restaurar madera.

Antonio Rodríguez, director de la fundación, ha sido una pieza clave tras visitar los proyectos de Pedro Meca. Conocido como ‘el capellán de los vagabundos de París’, este religioso apostaba no solo por dar de comer a los pobres sino por ayudar a que se realizaran. Quería romper el aislamiento de los desfavorecidos. Así fundó en París La Moquette, un espacio que ofrecía un clima de acogida y escucha, y donde organizaba encuentros culturales, charlas y conferencias.

Tomando como punto de partida esta filosofía, Rodríguez ha extrapolado el modelo a España y ha puesto en marcha en Cantabria dos proyectos pioneros que aúnan la realización de colectivos desfavorecidos y la recuperación patrimonial; lo que en marketing se conoce como un win-win. Por un lado, la hospedería de Montesclaros lleva cinco años gestionada por personas en exclusión. Y, por otro, otra cuadrilla de ‘sinhogar’ ha empleado otros dos en restaurar el Palacio de Bárcenas, que se convertirá en un hotel rural y un huerto ecológico.

Montesclaros no pilla precisamente de paso. Tras dejar la autovía Cantabria-Meseta a la altura de Mataporquera, hay que atravesar un paso a nivel del tren de vía estrecha y coger carreteras, cada vez más secundarias, hasta llegar al monasterio, que cuenta con una iglesia rupestre y unas increíbles vistas al valle. Hasta este lugar —donde el implacable silencio solo es interrumpido por los cencerros de las vacas al pacer— se han desplazado desde Madrid tres personas sin hogar para gestionar este verano la hospedería, que en julio ha estado al 100% de su ocupación.

Uno de ellos es José Pedro Mateo, un extremeño de 64 años que, tras 43 años como cocinero en los mejores restaurantes de Madrid, vuelve a estar al mando de los fogones con sueldo y contrato. “Quizá haya tenido suerte por haber nacido el día de la Lotería”, bromea.

Quienes conviven con personas sin hogar dicen que la pregunta que más les cuesta responder es también la más instintiva: cómo se quedaron en la calle. Y es cierto. José Pedro esquiva la respuesta con un “cosas de la vida”.
Más tarde, mientras corta cebolla y cuece gallina para sus croquetas, por fin se abre y se sincera. Cuenta que no fue de un día para otro, sino que su vida se fue desfigurando poco a poco. “Primero me divorcié. Después me quedé sin trabajo. Y más tarde ni siquiera podía asumir la habitación en la que estaba. Vivía al día”.

Ahora, José Pedro hace tándem con Julio Jara en la cocina. Este experto en arte y exclusión trabaja en la fundación y pasa la temporada de verano en Montesclaros. “Yo le propongo el menú pero él tiene la última palabra. Es su cocina. Tiene que empoderarse y llevar el barco. Sin responsabilidad no hay reinserción”, apunta.
Hoy, la hospedería ya no es un lugar de descanso, meditación y ejercicios espirituales. O sí, pero de otra manera. Porque en las celdas donde antes había seminaristas ahora duermen aficionados al taichí, el yoga o la poesía. Y Jesús Hernández es el responsable de su bienestar. Se encarga de la recepción, de acondicionar las habitaciones y de atender el comedor.

En uno de los largos pasillos de la hospedería, confiesa que no sabe cómo puede ahora contar su historia con una sonrisa. Porque, en solo tres meses, el destino de este venezolano de 27 años ha dado un giro de 360 grados. Llevaba tres años trabajando como profesor en Ecuador, donde logró asentarse con una “vida cómoda”. Pero cuando sus compañeras descubrieron su condición de homosexual, empezaron a tener un trato distante hacia él. “Todo empeoró cuando tuve que dar clase a la nieta de una de las socias del colegio. Comencé a tener problemas también con los papás de los alumnos”.

La proposición de trabajar en España que le hizo un amigo le pareció la mejor opción para salir de aquella situación opresiva. Pero lo peor estaba por llegar. Porque el trabajo que le prometieron en la recepción de un hotel se convirtió, a su llegada, en una propuesta para prostituirse por ciudades europeas. Ahora recuerda la frase del que creía su amigo: “O lo tomas o lo dejas. Y si lo dejas, yo no te puedo ayudar más”. Y así es cómo, de un día para otro, se quedó sin trabajo y sin un lugar donde dormir en una ciudad en la que no conocía a nadie.

Tiene grabado a fuego el 24 de mayo de 2019. Es la fecha en que llegó a Madrid. Tardó 20 días en conocer la Fundación San Martín de Porres, donde llegó recomendado por una asociación LGTBI. “Paradójicamente, nos hemos hecho expertos en acoger a personas homosexuales y ‘trans’”, explica Julio.

La tercera pata de esta ‘familia’ es Juan Carlos Fernández, un cubano de 53 años que aterrizó en España hace doce. Descendiente de familia gallega, se le presentó la oportunidad de obtener la nacionalidad y no se lo pensó. Pero sus planes no le salieron como esperaba —parco en palabras, no profundiza más sobre ello— y terminó siendo acogido en San Martín de Porres. Así, llegó a Montesclaros, donde fue el encargado de dar la voz de alarma de la situación de los frailes. “Estaban muy mayores. Tenían problemas de memoria por los achaques de la edad”, comenta ahora, sentado en un banco de madera.

De palacio a hotel rural

Lo que en un principio se planteó como una ayuda se convirtió en un relevo. Y Juan Carlos dejó Madrid hace cinco años para trasladarse al monasterio y hacerse cargo, durante todo el año, de la hospedería. Aunque pueda sorprender, este vecino de Cienfuegos no echa de menos la capital. “Esto es formidable. Me recuerda a mi tierra por la familiaridad que hay entre los vecinos”. Se ha hecho fuerte en el bar del albergue, que ha convertido en un referente para los vecinos del pueblo. Incluso ha llegado a montar un karaoke. Además, se ha hecho experto en tallar piedra y también trabaja en la restauración del Palacio de las Bárcenas.

Esta edificación del siglo XIX fue donada —junto a las tres hectáreas que la rodean— por el marqués de Bárcenas a la orden dominica. Está ubicada junto a la zona termal de las Caldas de Besaya y hoy, para acceder a ella, hay que traspasar un portalón de piedra situado bajo las vías del tren. Luismi Molina da cuenta del estado “lamentable” en que se encontraba la casa. “Llevo siete meses limpiando vigas”. Este madrileño de 54 años era cerrajero y chatarrero y ha pisado Cantabria por primera vez para reciclarse y aprender a tratar la madera. Forma parte de la cuadrilla de cinco personas sin hogar que ha viajado, también desde Madrid, para aprender oficios de albañilería, acompañados por tres expertos en piedra y madera. Gracias a su trabajo, este palacio abrirá sus puertas la próxima navidad convertido en un hotel rural de 23 habitaciones.

“Es un proyecto muy emocionante que ha dado la posibilidad de legalizar a tres personas”, explica orgulloso Antonio, quien hace un parón en la obra para hablar. El palacio se transformará así en una empresa de inserción laboral que formará y empleará a cinco personas en temporada alta y a otras dos el resto del año. Además, fomentará la economía circular, ya que han convertido los terrenos en un huerto ecológico, que ya cuenta con certificado. De aquí provienen la cebolla y la gallina de las famosas croquetas de José Pedro. “Agricultura, terapia y formación son la clave de este proyecto”, indica Antonio. Y funciona. La reinserción de esta particular familia está a un paso de completarse. Madrid y dormir al raso ya solo son pasado.

Fuente: El Salto

El «Ministerio de la Soledad» es la familia.

Hace algunos meses un llamativo titular aparecía en los medios de comunicación “El Reino Unido crea un Ministerio para la Soledad”. La noticia explicaba la creación, por parte del gobierno británico, de un departamento del Ministerio para la Sociedad Civil para luchar contra el aislamiento de nueve millones de británicos. Se ilustraba dicha noticia con algunos datos de la realidad británica: los médicos atienden entre 1 y 5 pacientes al día por soledad, la mayoría de los mayores de 75 años viven solos, 200.000 personas pasan hasta un mes sin hablar con un amigo o familiar… Y se explicaban algunas consecuencias de la soledad: las personas solas tienen mayor probabilidad de sufrir demencia, mortalidad temprana o hipertensión arterial. Los médicos dicen que estar solo es peor para la salud que fumar quince cigarrillos al día.

La soledad es un problema personal, de muchas personas que no logran establecer relaciones personales auténticas en nuestra sociedad. Pero es también un problema social y ahora se empieza a plantear como un problema político.

En realidad, ese “ministerio de la soledad” existe hace mucho tiempo, y es la familia. La familia es el lugar donde los lazos afectivos duraderos pueden establecerse de una forma primera. El lugar propio del cuidado de los miembros débiles o vulnerables. El lugar del acompañamiento y apoyo mutuo. El lugar de la gratuidad.

Es evidente que ha habido causas culturales que han debilitado los vínculos familiares, pero también ha habido causas sociales y políticas que han provocado un debilitamiento de la vida familiar.

En la misma Gran Bretaña, donde ahora se plantea ese “ministerio de la soledad”, entre los años 1979 y 1991 una serie de reformas laborales desde el gobierno debilitaron el papel de los sindicatos. Con el objetivo de disminuir el desempleo, promovían una alta movilidad, el aumento de los empleos a tiempo parcial y de los contratos temporales. La carrera profesional dentro de la empresa dejó de ser una opción para muchos trabajadores, que se convirtieron en autónomos. Las ayudas sociales fueron limitadas, para forzar a los trabajadores a aceptar empleos con salarios bajos. Los salarios bajaron.

La fragilidad de la familia británica creció en este periodo. La proporción de mujeres casadas entre los dieciocho y los cuarenta y nueve años bajó del 74% al 61% en esos años. Las familias monoparentales aumentaron del 12% al 21%. En 1991 la mitad de los matrimonios terminaban en divorcio en Reino Unido, la tasa más alta de la Unión Europea. En las ciudades donde más éxito tuvo la política para disminuir el desempleo, las tasas de divorcios fueron más altas.

Muchos son los factores que influyen sobre la familia, como realidad viva que es. Uno de esos factores, que influye de una forma decisiva, es la realidad laboral que padecen sus miembros. Los salarios bajos, la imposibilidad de promoción laboral, las prácticas empresariales que obligan a los trabajadores a mentir a los clientes, la presión laboral que aumenta la ansiedad, las jornadas laborales agotadoras, la disponibilidad total para la empresa, que define el horario laboral de un día para otro, la apertura de comercios los domingos… son realidades que obstaculizan la vida familiar.

 

Contrarrestar la soledad, requiere, además de atender a los que la padecen, una legislación laboral que permita desarrollar las tareas familiares. Especialmente, un salario digno, que permita sostener a la familia como pedía Juan Pablo II en Laborem Exercens: “Una justa remuneración por el trabajo de la persona adulta que tiene responsabilidades de familia es la que sea suficiente para fundar y mantener dignamente una familia y asegurar su futuro”.

Diego Velicia, psicólogo del COF Diocesano de Valladolid.

 

Amor en la política. Ayer y hoy

A pesar de lo que parece que nos encontramos a diario cuando nos asomamos a las noticias, nuestra sociedad se sostiene gracias a miles de millones de pequeños actos de trabajo solidario. Investigadores, obreros, enfermeros… aportan el trabajo: amor. Siendo así el primer protagonista de la vida. Sin embargo en nuestro mundo hay desigualdades enormes propiciadas por mecanismos económicos, políticos y culturales. Frecuentemente personas de buena voluntad intentan mejorar y mejoran las cosas desde la política, desde los ayuntamientos, el parlamento… e instituciones supranacionales como la ONU; con logros incuestionables como la Democracia y con flagrantes limitaciones como no poder impedir todas las muertes en el Mediterráneo, acabar con las condiciones de cuasi esclavitud de los nuevos trabajos de la sociedad 4.0.

El testimonio de amor personal no alcanza. Es indispensable elevar el amor también a su dimensión institucional. Por eso, ahora más que nunca, es necesario meter el amor en la política. Es por eso que durante este fin de semana un grupo de personas han estado reflexionando sobre experiencias de personas que han llevado el Amor (con mayúscula) a la Política.

Santiago García, Dr. en Teología fundamental y profesor en la Universidad Pontificia de Comillas nos habló de Daj Hammarskjöld, premio nobel de la paz y segundo secretario general de la ONU. Era un hombre que se observaba tremendamente, un contemplativo de la angustia. Decía: «No sé a quién o a que algo he respondido…» Pero respondió con una gran conciencia de fraternidad universal y el vínculo de la Paz. Fue una experiencia de conversión, no estática, de búsqueda de la verdad y la fraternidad universal… hasta dar la vida.

Vicent Comes, Dr. en Historia contemporánea nos presenta la semblanza de Luis Lucía, un hombre radical, diputado en aquel parlamento español dramático de los años 30. Profundamente creyente. Buscó siempre proyectar siempre su dimensión cristiana, sin imponerla, sin integrismo. Esto le costó experimentar la cárcel con la II República, y con Franco. Siempre aprendiendo, zigzagueando, los procedimientos de proyección social de la Fe. Luis Lucía tuvo conciencia de la necesidad de que los cristianos debemos participar en política… y lo hizo. Aprendió, no siempre en línea recta, de la experiencia y buscando, honestamente, siempre la Verdad.

Luis Ferreiro, presidente del Instituto E. Mounier habló de Emmanuel Mounier, el gran filósofo personalista francés. Socialista cristiano, criticado por el Partido Comunista por no tener el valor de ser decididamente comunista y criticado por los católicos por excesivamente filocomunista. Su opción por los pobres le ayuda en mantenerse como honesto intelectual. Charles Peguy fue uno de sus referentes. Buscó constantemente el contacto con el Pueblo, con la gente sencilla: aprendiendo constantemente del obrero, del campesino… del Pueblo. “Pensar con las manos” fue uno de sus lemas hecho vida.

Los diálogos transcurrieron por la necesidad de buscar el Bien Común y el Destino Universal de los Bienes y no el Interés General. La solidaridad no está en la agenda política. Comprometerse políticamente con esto es meter la vida hasta perderla.

La acción debe tener un polo profético y un polo político en tensión permanente. Polos que dialogan, que se ayudan a caminar más allá con sentido de la Historia.

La mañana del domingo se ahondó en esa tensión entre lo político y lo profético, entre el realismo y la utopía. Y se hizo a través de la amistad de dos personas. Camilo Sánchez, alcalde de Santa Lucía, y Julián Gómez del Castillo, primer editor en España de problemas de los empobrecidos. Dos amigos que compartieron vida y lucha al servicio de los empobrecidos. Camilo estaba en el polo político… a la caza del voto, en partidos… Julián Gómez del Castillo en el polo profético, en la cultura, en la edición de libros…

Íntimos amigos que lucharon juntos, en una misma dirección. Rompieron la buena conciencia, los complejos. Sin beatería. No colaboraron a extender que la política era corrupción por principio. No rehuyeron la defensa de la vida siendo de izquierdas. Pusieron las políticas del Bien Común por encima de las políticas de identidad que nos rompen

También se presentó el libro Amar a los demás: Política. Cuatro alcaldes que amaron
En tiempos de desprestigio y de la desmovilización política nos alegra compartir el testimonio de cuatro alcaldes que sirvieron a su pueblo, que fueron a la política a servir por amor, lucharon y salieron de la política más pobres y más heridos de lo que llegaron. De cuatro corrientes ideológicas distintas que subrayan que la ideología no es lo más determinante al servicio de las personas. La política, como recuerdan los últimos Papas, es «la más alta forma de Caridad».

Los alcaldes citados son:

  • Antonio García Quintana, de Valladolid
  • Giorgio Lapira, de Florencia
  • Camilo Sánchez, de Santa Lucía Tirajana
  • Francisco Beltrán, de Fraga.

Toda esta experiencia la traemos a nuestro encuentro para -como ellos- meter el amor en política. Y debatimos, no sobre ellos, sino sobre el futuro, sobre cómo seguir transformado la sociedad. Ahora más que nunca la política necesita amor.

Ha fallecido una madre cristiana pobre: Mari Trini Gómez del Castillo Segurado

Desde «Encuentro y solidaridad» trasladamos nuestro más sincero pésame a la familia de Mari Trini y a los hermanos del Movimiento Cultural Cristiano.

Esta madrugada ha fallecido Mari Trini Gómez del Castillo Segurado. Una más de la legión de madres cristianas pobres. Esas que no ocupan páginas en los libros de historia y que sin embargo son las que han parido la solidaridad.
Mari Trini merece el elogio de los sencillos porque siendo femenina y feminista de verdad no cayó en la trampa de este feminismo mandón del que se aprovechan las listillas que no han aportado nada a la solidaridad pero saben sacarle provecho. Su padre decía frecuentemente: Los hijos de la revolución quieren vivir de la revolución. Mari Trini y Jose, su esposo, no son de los que han vivido de la revolución sino de los que han dado vida.
Mari Trini vivió con alegría la pobreza. A los curas nos advirtió siempre con fuerza respecto del clericalismo histórico y siempre nos invitó a dejarnos seducir por la dama pobreza. Frecuentemente hablaba de Eduardo. Con palabras. Y con gestos como llevar puestas las usadas sandalias que heredó de ese gran sacerdote alicantino a quien los curas de Madrid terminaron por impedirle predicar quedando para él como sencilla «cátedra» una buena cantidad de iglesias domésticas.
Las madres cristianas tendrán en Mari Trini un referente incuestionable de la belleza de la pobreza. Para acabar con la miseria (decía su admirado Benedicto XVI) hay que cultivar la pobreza. Mari Trini llevaba con orgullo ropa usada porque libremente lo quería así.»Esta chaqueta era de tu madre» me decía. Hasta tal punto creía en la pobreza que cualquier cosa para sí misma le parecía riqueza, en la estela de Carlos de Foucauld que ante el pesebre decía que ya no se podía ser rico.
Los escritos de Mari Trini era para valorar la fuerza de los pobres: los enfermos, los minusválidos, los aplastados del Tercer Mundo. Su capacidad de trabajo fue para los últimos. La cantidad de traiciones políticas y sindicales del siglo XX le hacía temer entrar en esas áreas como lugares en que se terminaba olvidando sus amores: Cristo, la Iglesia y los pobres.
Muchas veces tuve la sensación de que su trabajo de educadora infantil lo había ejercido ejemplarmente y que le había dejado un poso por el cual a veces nos trataba como si no hubiera dejado ese trabajo y sin embargo siempre teníamos la sensación de que le movía el amor, equivocado quizá a veces, pero amor a fondo perdido: gratuito y sacrificado.
En cierta ocasión intenté distinguir entre austeridad honrada y pobreza evangélica. El valor humano de la austeridad sensata que se puede vivir en la familia sería algo distinto de la pobreza evangélica que se ha de abrazar libremente por amor. Mari Trini me dijo casi a gritos que en casa de sus padres lo que se vivía era la pobreza evangélica. Supongo que la teoría permite distinguir pero la vida me ha ido diciendo que Mari Trini en eso tenía razón. No sé si los curas dejaremos de ser clericales ni si las madres abrazaran la pobreza pero creo que sí, que antes o después lo haremos; mientras tanto sufriremos tontamente y lo pagaremos con tristeza.
Ella se fió de Jesucristo y por eso, en medio de no pocas dificultades, vivió la alegría cristiana. Mari Trini ha fallecido pero nos deja grandes motivos de diálogo, de amor y revolución.
Eugenio A. Rodríguez

Hace unos días nos despedimos de Maritrini. Compartimos con ella la celebración de la Eucaristía Julián, Paco, Belén y su hija Maite, que la ha cuidado con un amor y esmero desbordante, propio de una hija que ha recibido mucho amor. Era el día de Santa Teresa. Solo Dios Basta. Yo no dejaba de preguntarme cómo estaría viviendo esto Maritrini, que aunque nos conoció, no pronunció apenas palabras esa tarde; mientras yo lo pensaba, ella lo encarnaba. Maritrini cultivó toda su vida una profunda vida de unión con Dios.
Tenía un carácter muy fuerte heredado de su padre, y no tenía pelos en la lengua. Podría equivocarse, pero aquellas regañinas de las que algunos no nos libramos, venían de un amor profundo a Dios y su Iglesia, y no callaba lo que ella creía que era justo. Tenía también a la vez una alegría profunda y una disponibilidad ejemplar, heredadas de su madre. De ambos heredó una profunda y alegre vida de austeridad, la que viven los pobres de las bienaventuranzas.
Cuando éramos responsables del Aula y nos pasaban las inscripciones, siempre bajo su puño y letra escribía los cursos a los que su grupo deseaba asistir, siempre añadiendo: o para lo que se necesite. Estos días he recordado casi cada día la muerte de Julián, su padre.
Pocos días antes de morir, el día de su cumpleaños, fuimos Jaime y yo a visitarle y a celebrar la Eucaristía. Nos recibieron todos como lo que éramos y somos: parte de la familia. Julián no habló, pero cuando me despedí de él, consciente de que no le vería más en la tierra, me reconoció. Me llamó Juliana (el nombre de mi abuela), como nos llamaba a todas las hermanas cuando éramos pequeñas. Después Maritrini me acompañó a la puerta y rompí a llorar desconsoladamente. Junto al ascensor le dije a Maritrini: perdona, no se por qué me pongo así. Ella me contestó tranquila y seria: porque somos tu familia.
La familia de familias que constituimos durante más de treinta años no unida por los lazos de sangre sino por el soplo del Espíritu. Descansa en paz, querida Maritrini, e intercede por tu familia ante el Padre.
Mónica Prieto

El amor convive con la imperfección.

Es una experiencia común. No amamos a nuestro cónyuge, a nuestros hijos, a nuestros hermanos o padres porque sean perfectos. Les amamos, aunque no son perfectos. La intimidad de la relación familiar hace que los defectos del otro sean difíciles de esconder. Y a veces esos defectos (que pueden sacarnos de nuestras casillas) nos llevan a dudar de su amor. Pero que su amor sea imperfecto, no quiere decir que sea falso.

Es fácil de ver si nos miramos a nosotros mismos. Cuando me examino por dentro, me doy cuenta de que mi amor por los miembros de mi familia está lleno de fallos, traiciones e ingratitudes, en mayor o menor escala.

Y entonces nos surge la pregunta ¿tenemos que aceptar todos los fallos de aquellos a quienes amamos? Es claro que los padres tenemos el deber de educar a nuestros hijos e intentar corregir sus fallos. Pero en las relaciones con nuestro cónyuge, con nuestros padres o hermanos… ¿qué hacemos con los fallos del otro?

Algunos de esos fallos piden de nosotros cierta paciencia, tolerar pequeños defectos, no echárselos en cara permanentemente, ni airearlos ante otras personas. No se trata de hacer como que no existen o ignorarlos (cosa bastante difícil de hacer, por cierto), sino de entender que los defectos son solo una parte del otro, no su totalidad.

Pero hay algunos fallos del otro que lo que necesitan es encontrarse con un límite, un “hasta aquí”. Porque amar al otro realmente, es amarlo como necesita ser amado. No como a mí me gustaría que me amaran o como a mí me resulta más fácil amarlo, sino como el otro necesita ser amado. Y, en ciertos casos, poner un límite forma parte del amor que el otro necesita.

Lo vemos claramente en los hijos, en los que el límite (el «no») que ponen los padres, no consiste tanto en una protección de los padres a sí mismos, sino en un camino de amor. Poner un límite, a veces, hace sufrir al hijo. Pero no entender que el límite forma parte del amor, está en la base de muchas de las dificultades educativas. Cuando se entiende el límite como un egoísmo de los padres (que supuestamente tienen por misión hacer feliz al hijo), entonces surge una especie de sentimiento de culpa por hacer sufrir a quien amo, que hace que al final no ponga el límite, con las consecuencias que eso tiene.

Trasladado al amor en el matrimonio, el límite también forma parte del amor. Si mi mujer abusa del alcohol, o mi marido abusa del juego online, el límite que yo ponga no es sólo una forma de protegerme yo, sino una forma de amar al otro, de revelarle la verdad a la que está llamado.

El mismo Jesús que en una ocasión nos dice «cuando te abofeteen una mejilla pon la otra», en el momento de su pasión, en cambio, cuando el guardia del sumo sacerdote le abofetea, le pregunta «si he hablado mal, muestra en qué, pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?» No dice que Jesús pusiera la otra mejilla. Es obvio que no se defendió, pero en la pregunta al guardia, le revela la verdad de su actuación: ha actuado con servilismo hacia su jefe. En la pregunta llena de mansedumbre de Jesús está la posibilidad de conversión del guardia. En el límite (en el caso de Jesús es la pregunta «¿por qué me pegas?», en cada caso será uno diferente) está, también, el amor.

 

Diego Velicia, psicólogo del COF Diocesano de Valladolid.

NOTA DE PRENSA. Amor en la política. Ayer y hoy.

El mundo no es un basurero. Nuestra sociedad se sostiene gracias a miles de millones de pequeños actos de trabajo solidario. Investigadores, obreros, enfermeros… aportan el trabajo, el amor, siendo así el primer protagonista de la vida.

Sin embargo en nuestro mundo hay desigualdades enormes propiciadas por mecanismos económicos, políticos y culturales.

Frecuentemente personas de buena voluntad intentan mejorar y mejoran las cosas desde la política, desde los ayuntamientos, el Parlamento… la ONU, con logros incuestionables como la Democracia y con flagrantes limitaciones como no poder impedir todas las muertes en el Mediterráneo, acabar con las condiciones de cuasi esclavitud de los repartidores en bicicleta… El testimonio de amor personal no alcanza. Es indispensable elevar el amor también a su dimensión institucional.

Por eso, ahora más que nunca, es necesario meter el amor en la política. En la Casa Emaús vamos a encontrarnos el 26 y 27 de octubre para no derrocharlo, para compartirlo. Vamos a conocer a pequeños gigantes que han metido el amor en la política. Conoceremos la vida y el pensamiento del 2º Secretario General de la ONU Dag Hammarskjöld, de Emmanuel Mounier el filósofo personalista francés más conocido del siglo XX, de Luis Lucía perseguido tanto por la República como por Franco. De igual manera profundizaremos en el camino que nos muestran Camilo Sánchez, el alcalde canario al que el Tribunal Constitucional le prohibió gobernar el municipio con democracia real de los vecinos y de Julián Gómez del Castillo principal editor, en España, de libros sobre problemas de los empobrecidos.

Toda esta experiencia la traemos a nuestro encuentro para -como ellos- meter el amor en política. Y debatiremos no sobre ellos sino sobre el futuro, sobre como seguir transformado la sociedad. Ahora más que nunca la política necesita amor.

En el encuentro se presentará la edición del libro «Amar a los demás: Política. Cuatro alcaldes que amaron.» de equipo Manolo Morillo de Zaragoza con los testimonios de Antonio García Quintana de Valladolid, Giorgio Lapira de Florencia, Camilo Sánchez de Santa Lucía Tirajana y de Francisco Beltrán de Fraga.

“El problema de los demás es igual al mío. Salir de él todos juntos es la política. Salir solo, la avaricia” Lorenzo Milani.