El valor de los alimentos, el valor de la vida

El número de hambrientos ha aumentado en el mundo los dos últimos años,  según reconoce la ONU. Al mismo tiempo se desperdician, cada año,  mil millones de toneladas de alimentos.

Es una contradicción la enorme cantidad de comida tirada a la basura y el hecho de que tantas personas sufran hambre.  Es la cruda realidad que viven o por la que mueren millones de personas. Esto sucede incluso en España donde, según el último informe del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, se destruyen 21.000 toneladas de comida al día, mientras tres millones de españoles pasan hambre. El despilfarro de alimentos provoca que se robe la vida a millones de personas y el trabajo a los productores.

Otro de los mecanismos que causan el hambre son los márgenes comerciales desmesurados: el margen comercial que se ha aplicado el pasado mes de diciembre a las patatas ha sido de un 700 por ciento, es lo que se percibe por llevarlas desde las zonas de producción hasta los lugares de consumo. Otros productos no se quedan atrás: cebolla, mandarina o brócoli (600%), berenjena o pimiento (311%), pepino (189%), etc.

Una de las razones de esto es la dependencia económica de las grandes empresas de distribución que copan los mercados e imponen sus condiciones, tanto a productores como a consumidores.

Ninguno quedamos al margen de la lucha contra esta cultura que empobrece y mata a tantas personas, especialmente a los más pobres y vulnerables de la sociedad: todo ser humano tiene derecho a una alimentación saludable y sostenible. Para eso, la persona tiene que ocupar el centro de las decisiones políticas y económicas

 

Grupo D. E. Merino

Los obispos de Europa ven en el brexit una oportunidad para «reconstruir» Europa

El Reino Unido «seguirá siendo Europa» y debe mantenerse una relación cordial entre ambas orillas del Canal de la Mancha, afirma COMECE en un comunicado. Mientras, las iglesias inglesas, divididas sobre la salida de la UE, mantienen un perfil bajo y piden, en clave nacional, superar la polarización y buscar la unidad

El Reino Unido «seguirá siendo parte de Europa. Estamos destinados a vivir y trabajar juntos», y es vital «mantener buenas relaciones». La Iglesia católica en Europa ofrece esta apuesta de futuro en el día en el que se consuma la salida de este país de la Unión Europea. El camino «puede ser largo y exigente, pero al mismo tiempo podría convertirse en una oportunidad para crear nuevas dinámicas entre los pueblos europeos y reconstruir el sentido de comunidad en Europa», desea la Comisión de las Conferencias Episcopales de la Comunidad Europea (COMECE) en un comunicado hecho público el sábado.

La Iglesia católica europea –reconoce el documento– se «entristece» por lo ocurrido, pero «respeta la voluntad expresada por los ciudadanos británicos» en 2016. Al mismo tiempo, los obispos se felicitan por que sea un brexit con acuerdo, «una victoria del sentido común y las buenas relaciones de vecindad». La salida sin pacto, que en varias ocasiones pareció una perspectiva muy real, habría sido perjudicial, «sobre todo para las personas más vulnerables».

Desde COMECE se pide a todas las personas de buena voluntad oración y trabajo «por el bien común y para asegurarnos de que el brexit no quiebre las relaciones fraternas» entre ambas orillas del Canal de la Mancha. La Iglesia ya camina en esa dirección: aunque al salir de la UE las conferencias episcopales del Reino Unido (la de Inglaterra y Gales, la de Escocia, y la de Irlanda, que engloba también el Ulster) dejan de ser miembros de COMECE, se ha decidido, como en el caso de Suiza, que sigan participando en este organismo regional «tanto a nivel político como miembros observadores como a nivel técnico» dentro de las comisiones y grupos de trabajo.

«Oportunidad para superar las divisiones»

Desde el Reino Unido, las iglesias y comunidades eclesiales han sido bastante más parcas en sus declaraciones. Una decisión en línea con una apuesta por la neutralidad motivada en buena parte por la división y polarización existentes en su mismo seno. El presidente de la Conferencia Episcopal de Inglaterra y Gales, el cardenal Vincent Nichols, ha centrado su breve comunicado en la «oportunidad» que supone la salida formal de la UE «para superar las divisiones que han sido evidentes a muchos niveles en nuestra sociedad». El también arzobispo de Westminster pide «renovar el compromiso de unos con otros a través de actos cotidianos de amabilidad, siendo buenos vecinos, acogiendo al extranjero y atendiendo a los más vulnerables».

Desde la Iglesia de Inglaterra, en cambio, la única alusión de los últimos días a la actualidad política ha sido la oración que el viernes publicó en su perfil Justin Welby, arzobispo de Westminster y primado anglicano del país. «Pedimos por nuestra nación mientras comienza esta nueva aventura», comienza la plegaria. Y termina con el deseo de que el país sea capaz de «encontrar un nuevo liderazgo de paz y generosidad» junto con la Commonwealth y «todas las naciones», en contraste con un pasado en el que se «lideró a las naciones por la fuerza».

Por otro lado, en declaraciones a la BBC, Welby pidió «estar unidos en una visión común para nuestro país, por muy grandes que sean nuestras diferencias sobre cómo alcanzarla, y en una esperanza común por lo que queremos que ocurra».

Acogida y rechazo al odio

«Nuestro país debería ser uno que ofrezca santuario a los refugiados y que no tolere a los que odian por la raza o nacionalidad de una persona. Tanto la campaña del leave como del remain estuvieron de acuerdo en esto; ahora debemos hacerlo realidad». Es el mensaje que ha llegado desde el mundo protestante inglés.

Diez comunidades eclesiales (la Iglesia de Escocia y la Iglesia episcopal escocesa, junto con metodistas, baptistas, reformados unidos y cuáqueros entre ellas) se han unido en un comunicado común, en el que subrayan por otro lado que abordar de forma efectiva «los desafíos continuos por la crisis climática, la inequidad global y el conflicto requerirá tanto resolución como una cercana cooperación internacional».

En un mensaje dirigido a las distintas iglesias de Europa, valoran «el amor y amistad de nuestros hermanos», con los que piden continuar una cercana relación. Dentro del mismo texto, se subraya además que el cambio producido en la noche del viernes al sábado «no puede significar abandonar nuestra responsabilidad hacia esas familias», refiriéndose tanto a los ciudadanos europeos residentes en el Reino Unido como a los británicos residentes en la UE, quienes viven estos momentos con «incertidumbre y ansiedad».

María Martínez López
Fuente: Alfa y Omega

No tengas miedo de pedir

“Yo quiero que sea más cariñosa conmigo, pero no se lo digo porque tiene que salir de ella”. “Él ya sabe que cuando llego de trabajar necesito un poco de tiempo para relajarme, no tendría que recordárselo cada día”.

He aquí un par de frases habituales en la terapia matrimonial. Quejas acerca del otro cuyo resumen podría ser: en un matrimonio no hace falta pedir las cosas, porque el otro debe conocer nuestras necesidades y tenerlas presentes. No es raro que uno de los cónyuges tenga expectativas sobre el otro que no hace explícitas: que sea más cariñosa, que ayude más con los niños, pasar más tiempo juntos, que cuente conmigo para tomar decisiones, que colabore más en las tareas domésticas…

Si preguntamos por qué no se hace esa petición de forma explícita, la respuesta es algo parecido a esto: “tendría que darse cuenta. Si realmente me quisiera se daría cuenta y lo haría. No tengo que recordárselo todo el tiempo”

El problema es que esperar cosas del otro sin decírselas suele tener como consecuencia más habitual la frustración, porque el don de la telepatía no es un don muy repartido entre el género humano. La frustración que surge de que nuestros deseos, expectativas o necesidades queden incumplidas, no por la maldad del otro, sino, la mayor parte de las veces, por su despiste, su inseguridad o su falta de confianza.

Es verdad que una de las actitudes en las que se nota el amor de alguien es en el cuidado que pone en la persona amada, en la atención y el interés. Pero no es menos cierto, que, en ocasiones, la vida nos mete en una dinámica de preocupaciones que hace que nuestra atención esté más centrada en otras cosas que en la persona que amamos. Y en ese caso no está mal que esa persona nos recuerde que tiene sus deseos, sus anhelos respecto a nosotros.

Otras veces uno no tiene claro qué es lo que el otro desea. A veces porque es muy diferente de lo que yo deseo en la misma situación. Por ejemplo, una esposa cuando llega de trabajar tiene necesidad de contar al marido cómo ha ido el día con pelos y señales. Sin embargo, el marido, cuando llega de trabajar, tiene la necesidad de relajarse un rato y desconectar. Lo más normal es que él no se dé cuenta de la necesidad de ella, porque sea muy diferente de la suya propia.

Una de las razones por las que nos cuesta pedir las cosas de una forma explícita es que nos hace vulnerables. Al pedir algo a otra persona, ponemos nuestra necesidad en manos de la libertad del otro, que puede responder favorable o desfavorablemente. O puede no responder. En general, pedir supone, también, mostrarnos necesitados, limitados. Y, aunque lo seamos, no nos gusta que se nos note.

Pero en una relación íntima no hay que temer hacer peticiones explícitas, aunque estas sean frecuentes y sobre pequeñas cosas. Cuando pedimos algo al otro, nos hacemos vulnerables, sí. Pero también posibilitamos que se inicie en el otro una dinámica de donación. Al pedir, permitimos que se ponga en juego la libertad del otro de responder a nuestra petición. Permitimos que se ponga en marcha la capacidad de decidir, le ayudamos a salir de su ensimismamiento. La mayor parte de las veces nos sorprendemos descubriendo que el otro está disponible para nuestra petición. Y así crecemos los dos. Yo pidiendo, el otro saliendo de sí mismo. Y viceversa. (El viceversa es importante).

 

Diego Velicia, psicólogo del COF Diocesano

Embellecer un barrio disminuye radicalmente la delincuencia (y funciona mejor que la “mano dura”)

Tiene su encanto ser seres urbanos. Pero lo cierto es que las ciudades, pese a estar densamente pobladas, promueven la fragmentación y el aislamiento de sus habitantes. Esto vuelve a los entornos citadinos muy complicados: habitarlos se hace difícil, ya que muchas de sus dinámicas nos absorben irremediablemente. Mientras tanto, las problemáticas que enfrenta cada ciudad parecen demasiado grandes como para que podamos combatirlas.

Y eso es, en gran parte, porque las ciudades nos vuelven muy individualistas…

Quienes habitan las grandes metrópolis carecen de herramientas certeras para contribuir a tener mejores ciudades. Los ciudadanos tienen que dejar todo en manos de gobernantes y empresas, no obstante que éstos suelen traer más problemas que soluciones.

Un ejemplo está en las políticas que permiten que los barrios sean invadidos por la iniciativa privada: que se construyan centros comerciales, o que lleguen reconocidas cadenas comerciales. Esto ocasiona el encarecimiento de la vida y obliga a muchos a desalojar sus hogares, lo que constituye un fenómeno bastante reciente al que se le ha llamado “gentrificación”.

Por otro lado existen zonas urbanas que son abandonadas, como Detroit, en Estados Unidos. El caso de esta ciudad demuestra mejor que cualquier otro lo que sucede cuando las empresas abandonan una ciudad: la economía comienza a flaquear y, con esto, la ciudad entra en un proceso de paulatina decadencia. Inevitablemente la criminalidad comienza a subir, y lo único que hace el gobierno es aplicar “mano dura” contra la población a la que abandonó.

Pero existe una alternativa a la decadencia urbana: el trabajo colectivo

Se ha comprobado que en zonas urbanas donde los vecinos colaboran en embellecer sus calles y fachadas, las tazas de criminalidad y violencia bajan drásticamente. En Estados Unidos esto ha sido observado por un grupo de investigadores de la Universidad de Michigan, quienes han documentado procesos comunitarios en la ciudad de Flint.

Esta ciudad se convirtió, debido a su paulatina desindustrialización, en una de las más peligrosas de Estados Unidos, con la segunda taza de homicidios más alta. Desde 2012, un grupo de vecinos de Flint comenzaron a limpiar sus calles, a alumbrarlas y a sembrar plantas en sus camellones y lotes.

Para 2018, los ataques con violencia bajaron en un 54%, los atracos en un 83% y los robos a casas y negocios en un 76%

Esto ha pasado en México también…

Muchos piensan que las pintas callejeras son sinónimo de criminalidad. Por eso, ahí donde hay pintas hay más policías. Sin embargo, en México muchos artistas han demostrado que pintar paredes no es un crimen, y puede regenerar el tejido social de las zonas más marginadas.

Es el caso del barrio Las Palmitas, en Pachuca, Hidalgo. Ahí, el colectivo de artistas Germen Nuevo pintó 200 casas, haciendo de ellas un lienzo gigante que reflejaba la identidad de los habitantes del barrio. Esto hizo que los robos y asaltos disminuyeran un 73% en sólo 3 años.

Así como este hay muchos ejemplos más en México y el mundo, los cuales comprueban que el arte y el trabajo comunitario son agentes de regeneración sociocultural.

No obstante, el porqué de este fenómeno es aún un relativo misterio, que requiere de mayor investigación para que el trabajo comunitario y el arte formen parte de las agendas públicas en combate a la delincuencia. Sin embargo, no se necesitan muchas más pruebas empíricas para comprender que el futuro de las ciudades debe ser un futuro compartido, en el cual trabajemos comunitariamente por tener barrios bellos, espacios iluminados, calles caminables y muchas más áreas verdes donde expandir la conciencia individual y colectiva –en lugar del consumismo desenfrenado–.

Porque nadie lo hará por nosotros, ¿no crees?

Fuente: Ecoosfera

La arriesgada apuesta de un museo alemán para desactivar a la extrema derecha local

Cuando Hilke Wagner, directora del museo Albertinum, caminaba rumbo a la inauguración de una exposición en la plaza del mercado en Dresde, esperaba encontrarse con un distendido encuentro de amantes de la cultura. No sucedió. En su lugar, ella y el resto de asistentes se vieron rodeados por un grupo de manifestantes de extrema derecha armados de megáfonos insultando a los organizadores de la muestra de escultura y a su autor, un artista alemán de origen sirio. Los llamaban traidores. Al regresar a la oficina hubo lágrimas. «No sabíamos qué hacer».

El sector cultural de Dresde vive en tensión debido al auge de la extrema derecha más radical. Wagner llegó en noviembre de 2014 a su puesto, la dirección del Museo Albertinum, una de las colecciones de arte más importantes de Europa cuando se trata de la obra que nace del romanticismo y llega a la contemporaneidad. Un mes antes de su incorporación al puesto había aparecido en las calles de la ciudad un movimiento de protesta antislámico, Pegida, que desde entonces no ha dejado de crecer en tamaño y extremismo hasta el punto de que el pasado mes de noviembre, el ayuntamiento de Dresde decidió declarar de manera oficial una «emergencia por nazismo».

En un clima político tan polarizado como el de hoy, los promotores culturales se enfrentan a una difícil elección. ¿Deben dialogar con las voces reaccionarias y asumir el riesgo de normalizarlas o, al contrario, boicotearlas y arriesgarse así a que se alejen más de los principios compartidos por la mayor parte de la ciudadanía?

Al frente del Albertinum, Wagner ha optado por una tercera vía: han convertido el problema en caso de estudio sobre el mejor modo en que las organizaciones artísticas pueden ganarse a esa porción hostil del público sin renunciar a sus ideales.

Desde su nombramiento, Wagner ha tratado de imprimir dinamismo a la escena del arte contemporáneo de Dresde y ha hecho hincapié en el pluralismo que destilan las colecciones del Albertinum. En una entrevista con Die Welt poco después de asumir el puesto explicó su intención: «dejar claro que nuestra cultura es resultado de una mezcla de culturas».

Pero más allá de los muros de arenisca del Albertinum, esa extrema derecha que no deja de crecer tenía otros planes. Del mismo modo que el movimiento Pegida mutó de una masa de pensionistas de abrigos color beis a otra de jóvenes identitarios vestidos de negro, el partido Alternativa por Alemania y (AfD) pegó un bandazo desde su inicial oposición al Euro para transformarse en un partido etnoreligioso en toda regla.

Muy centrado en el arte y su impacto social, AfD se ha manifestado contra cualquier programación multicultural y en defensa de una «cultura alemana predominante». Sobre todo en Dresde, el partido se comprometió a conservar el arte clásico alemán y a oponerse a los proyectos que considera «marginales y dirigidos a las minorías».

A medida que Wagner se asentaba en el puesto, la retórica en las calles de Dresde empeoraba. Recuerda un caso concreto. El momento en que Pegida decidió protestar contra los rescates de refugiados al grito de «¡que se hundan, que se hundan!». «Claro, en esa situación, una se desespera», dice.

Transformar el odio en diálogo

En septiembre de 2017, la guerra cultural se volvió personal. El detonante, un artículo de opinión en un periódico regional, el Sächsische Zeitung, en el que se criticaba a Wagner, que creció en la antigua República Federal, por su tratamiento del arte de la antigua Alemania del Este. Wagner señala que el artículo planteaba «cuestiones importantes y que llegaban con cierto retraso». Tres décadas después de la unificación alemana, alrededor del 98% de los puestos de liderazgo del país los ocupan personas que crecieron en la antigua República Federal, en el Oeste. Para muchos, esa tendencia se refleja también en el tratamiento de la historia del arte alemán.

Pero a Wagner también le sorprendía lo subrepticio y vicioso de la manipulación con la que la extrema derecha se incorporó al debate. Dos días después de que se publicara el artículo, un miembro de AfD pidió en el parlamento una lista de las pinturas en exhibición en el Albertinum discriminadas por su origen. Quería saber cuantas venían del Este del país y cuantas del Oeste. También cuestiones relativas al nombramiento de Wagner y sus intenciones respecto a la expansión de la colección de arte contemporáneo del museo.

Lo que siguió fue una oleada de mensajes de odio pidiendo la salida inmediata de Wagner. Mucha gente comenzó a reconocerla y confrontarla en la calle. «Fueron demasiado odio y agresividad de golpe», recuerda Wagner. «Durante dos semanas, casi no salí de casa, me invadió la paranoia».

Wagner se cuida de las generalizaciones. No cree que todos los que la contactaron fueran simpatizantes de la extrema derecha. Pero también reconoce la incómoda proximidad entre la defensa de la herencia cultural local y la agenda de AfD. «Está claro que AfD se agarra a esto desde el populismo. Que quieren incrementar la división entre el este y el oeste de Alemania».

La reacción inicial fue poner distancia. «Al principio pensé que no podía quedarme», cuenta. Pero cuando levantó el teléfono y llamó a una de las personas que la atacaba «creí honestamente que ese primer contacto era producto del odio, que se trataba de una cuestión egoísta y quería dejar las cosas claras. Pero tuve una conversación realmente positiva. Me di cuenta de cuanto bien hacía. Me lo hacía a mí y a la otra persona».

Wagner se sintió reforzada y decidió llamar una por una a cada persona que había llamado o escrito cargada de odio. Menos una, todas eran hombres. «No había un sexismo explícito», señala «pero estoy segura de que es parte de la situación».

Esas conversaciones siguieron siendo constructivas. Quienes recibían esas llamadas se sorprendían cuando era ella quien iniciaba el contacto. Hablaron y escucharon. Se dieron pasos en dirección a una comprensión mutua. «No es que llegáramos a puntos de acuerdo pero limamos malentendidos. Entendí algunos de sus agravios», reconoce Wagner.

Otras instituciones del arte alemán han adoptado una política de puertas cerradas ante la extrema derecha. En Leipzig, un artista que simpatiza con AfD fue excluido de una exhibición anual de pintura. En Berlín, el director del teatro Friedrichstadt-Palast declaró que los votantes de AfD no son bienvenidos en sus actividades.

Pero en Dresde, donde la pertenencia a la extrema derecha es transversal, Wagner entiende que la obligación de una institución pública es diferente. Cree que «los votantes de Pegida y AfD están por todas partes. Son parte de las familias, son compañeros de trabajo, están en nuestra red de financiadores. ¿Dónde nos ubicamos si nos limitamos a decir que no nos hablamos?»

Wagner desarrolló una serie de diálogos y una estrategia en torno al Albertinum. El primer paso fue una invitación abierta a una serie de discusiones. En el atrio central del museo y al aire libre, pidió colocar mesas alargadas y a su alrededor varias filas de asientos. Participaron más de 600 personas entre las que había miembros de Pegida y se encontraban también muchos de quienes la habían atacado.

Dice que «al principio fue muy difícil» y que «hubo gritos, portazos, discusiones, y acusaciones pero evolucionó en la dirección correcta». Uno de los hombres que había enviado un mensaje de odio a Wagner se puso en pie y pidió disculpas. Otro dijo que se había sentido en el Albertinum como «si estuvieran en su sala de estar».

Ese ambiente de cercanía era fundamental para Wagner, que tituló la serie de debate Necesitamos hablar y explicó que encontró «importante establecer la sensación de que entablaban relaciones personales. Tuvimos participantes de todo el espectro político y con actitudes bien diferentes. Aprendimos mucho unas de otros».

Luego pasó a las estrategias de programación. Como muchos lugares, porosos al extremismo de la extrema derecha, la identidad de Dresde está marcada por experiencias traumáticas. Capital de Sajonia, fue una vez un importante polo económico que bullía entre el comercio y su arquitectura barroca. Pero en febrero de 1945 el 90% del centro de la ciudad fue destruido por bombardeos aliados que dejaron 25.000 personas muertas, la mayor parte de ellas mujeres y niños. Después, y tras una vuelta a la vida, tanto arquitectónica como industrial, liderada por el gobierno de la Alemania socialista, la reunificación alemana fue testigo de la pérdida de gran parte del empleo en la ciudad y de la enajenación entre gran parte de su juventud y el oeste del país.

Wagner quiere que de entre la serie de pérdidas que ha vivido la ciudad nazcan momentos de energía artística similares, por ejemplo, a los vividos durante el período abstracto del período de entreguerras, tan creativo. Y menciona nombres. «Kandinsky, Mondrian, Lissitzky fueron muy activos en la década de los 20. Quiero que los habitantes de Dresde recuerden aquella historia modernista y así alimentar apertura y orgullo hacia lo que sucedió aquí».

A lo largo de las series de diálogo, quedó claro que su público quería ver más obra de Alemania del este y piezas que reprodujeran la destrucción que la ciudad sufrió durante la guerra. Eso presentaba un dilema: Ambas temáticas han sido utilizadas por AfD para alimentar el victimismo del que se sirve.

La solución de Wagner no ha sido negarse a los derechos de quienes visitan el museo sino retar cualquier narrativa simplificadora o victimista aportando matices y contexto. Ha mostrado obras que reproducen la destrucción de Dresde junto a obras contra la guerra de autores de otros países como Maria Lassnig y Marlene Dumas. Una instalación de Wolfang Tillmans mostraba la destrucción de Dresde junto a la de Coventry. «Quería estar segura de que no aislábamos las obras, de que las mostrábamos al mismo nivel que otras perspectivas»

Wagner también respondió positivamente a quienes pedían más arte de la Alemania del este pero no aceptó el discurso patriarcal de la AfD y decidió enfatizar a las mujeres artistas. Una muestra seleccionado por Susanne Altmann mostró obras de 36 mujeres de Alemania del este y otros países del antiguo bloque soviético. Un año después, otra muestra va a centrarse en los ideales inclusivos de la Alemania del este y explicar sus vínculos con Sudáfrica, Mozambique y la India.

No todos están de acuerdo con las decisiones de Wagner. Poco antes de navidad asistió a un recital ofrecido en el atrio del museo por una organización de migrantes y refugiadas. Se emocionó. Mientras disfrutaba del concierto desde las galerías superiores, uno de los asistentes, un alemán, hacía gestos de desaprobación ante el coro multiétnico y decía «pobre Alemania».

Fue un recordatorio deprimente de los retos que enfrenta. Pero Wagner no tira la toalla. Para ella, es justo ese tipo de exposición pública lo que podría aportar a la consecución de una mejor cohesión social. «Como museo», dice «somos uno de los pocos lugares en los que aún pueden suceder este tipo de encuentros cara a cara».

Ya se detectan algunas muestras de que su determinación comienza a dar resultado. Wagner no ha recibido mensajes de odio desde enero. Hace poco se encontró en la calle con uno de los que la criticaban. «Dijo que me debía una carta bonita».

Traducido por Alberto Arce

Fuente: eldiario.es

¿Es verdad que nadie nos prepara para ser padres?

No. Esta es una frase que es frecuente escuchar cuando dialogamos con otros padres acerca las dificultades y los retos de la paternidad. “Es que nadie nos ha enseñado a ser padres”, se suele decir. Pero no es del todo cierto.

Nos han preparado para ser padres. No sentados en una silla, atendiendo a una pizarra o un power point mientras escucho una clase magistral. No con un máster en alguna universidad de prestigio o en otras instituciones. Pero a todos nos han preparado para ser padres. Porque todos hemos sido hijos. Y nuestra vivencia como hijos nos influye como padres.

La mayoría de nosotros hemos crecido en el seno de una familia. Con sus virtudes y defectos (defectos que todas las familias tienen, el sociólogo Fernando Vidal afirma que “ninguna familia resiste un análisis al microscopio”). Hemos tenido una vivencia de la familia. Una forma de relacionarse, de expresar el afecto, de mostrarse o no apoyo en los momentos difíciles, de plantearse tareas colectivas, de tomar decisiones juntos, de fomentar la autonomía de sus miembros, de celebrar o no los acontecimientos de la vida y cómo hacerlo, de corregir y alentar, de enfadarnos y reconciliarnos. Esa vivencia es una gran escuela de ser padres, de la que muchas veces no somos conscientes.

Nos marca mucho más de lo que a veces nos damos cuenta e infinitamente más que escuelas de padres, cursos prematrimoniales, congresos o másteres. Nos marca mucho más porque nos marca en tres niveles, el de los sentimientos, el del pensamiento y el de la forma de actuar. Mientras que en la mayoría de la formación que se da en escuelas de padres, cursillos prematrimoniales, congresos o másteres, se incide solo en el nivel del pensamiento, de los conocimientos.

Pero saber algo no es saber hacer algo. Puedo saber de memoria una receta de croquetas y que cuando me pongo a hacerlas me salgan fatal. Es cierto, que sin saber la receta es imposible hacer unas buenas croquetas. Pero saber la receta no garantiza saberlas hacer. Esta es una de las razones por las que después de recibir una charla acerca de la educación algunos padres dicen “sí, la teoría es muy bonita y parece fácil, pero lo difícil es la práctica”.

La mayoría de nosotros tenemos unas vivencias sobre qué es ser padres antes de que nos hayamos convertido en padres. Son aquellas vivencias que hemos tenido como hijos. Para transformar esas vivencias en experiencia que nos sirva para nuestra vida como padres, es necesario reflexionar sobre ellas. Reflexionando sobre ellas haremos consciente lo que es inconsciente y podremos decidir con mayor libertad cómo incorporar lo valioso, intentar evitar aquello que no queremos repetir y transformar lo que sea necesario.

En general reflexionamos poco sobre nuestra vivencia educativa y de esa manera dejamos de extraer conclusiones que nos permitan adquirir experiencia. Algunas personas sacan conclusiones por malas vivencias familiares: “no quiero actuar como mi madre, que no nos hacía ni caso, yo pasaré mucho tiempo con mis hijos”, o bien “mi padre era muy poco cariñoso con nosotros, así que yo saciaré a mis hijos de besos y abrazos”, pero no es lo más frecuente.

De la misma manera, reflexionar sobre la vivencia del matrimonio de nuestros padres nos puede permitir extraer alguna experiencia que nos sirva para nuestro propio matrimonio. Incluso la separación de unos padres se puede convertir en fuente de experiencia para nuestro matrimonio, si se reflexiona adecuadamente. La reflexión sobre nuestras vivencias familiares como fuente de experiencia es una gran escuela al alcance de todos, muy barata y de gran aplicación práctica.

Diego Velicia, psicólogo del COF Diocesano de Valladolid.


Presentación del libro «Amar a los demás: política»

Cuatro alcaldes, cuatro épocas diferentes, cuatro lugares diversos, cuatro orígenes políticos muchas veces contrapuestos… y, sin embargo, un mismo testimonio: se puede ser alcalde y honrado; se puede ser político y solidario; se pueden llevar a la política los principios evangélicos; es posible, es necesario ejercitar la caridad política: amar al hermano políticamente.

Cena de pobres en el Senado

Dar de cenar a todo lujo a 150 pobres en el Senado no deja de ser un acto hipócrita. No sé si habrá un Berlanga que ridiculice como aquel lo de “siente un pobre en su mesa”. La película trasladaba con inteligencia la crítica a la mentalidad aristocrática. Cuenta nada menos que una adjudicación en forma de subasta (Basta ver en dos minutos “Placido trailer”. Han pasado más de sesenta años pero algunos siguen igual. ¿Cómo se habrá hecho la subasta? Porque cuentan que las invitaciones han sido tan personales como las de la película. Exhibicionismo de pobres para ocultar las propias miserias, sin más.

Es denigrante que el lugar haya sido el Senado. No sé si habrán usado también la sauna o la piscina. Ni si habrán sabido manejar los enseres propios de tan “educado” acto, yo al menos no habría sabido. Un puñado de marginados por un día habrán visto los lujos de quienes les dicen representar. Esperpéntico.

Lo peor de todo es que el Senado es una institución política. Un lugar donde se fabrica que haya “pobres en serie, sin vivienda en serie, parados en serie” que decía el cardenal Saliège, uno de los que -por otra parte- no se plegó al régimen de Vichy y su complicidad con el nazismo. El Senado puede servir para cambiar la maquinaria por los medios que le son propios: los políticos.

El proceso histórico va llevando el asistencialismo al basurero de la historia. Bien está (muy bien) la cariñosa asistencia de tantas instituciones que cuidan con humildad y sencillez de quien peor lo pasa. Pero estas tómbolas, estas migajas exquisitas desde lugares que deben resolver los problemas, son corrupción pura y dura. Zapatero a tus zapatos: Senado, mete amor en la política.

Y no echemos la culpa a la Iglesia, así en general. Sería injusto. El Vaticano II hace también más de sesenta años señaló que no se diera como limosna lo que se debe dar por justicia. Otra cosa es que haya eclesiásticos haciendo de las suyas no se sabe muy bien por qué. Algunos actos de violencia que se han dado durante la historia de España fueron tan salvajes como explicables porque venían de manos de quienes habían padecido el paternalismo. El asistencialismo es origen de violencia. Es violencia. Y es que al ser humano no le va el paternalismo, aunque sí -por lo visto- a los senadores.

Tampoco echemos la culpa al socialismo, así en general. Sería injusto. Experiencias socialistas como las cooperativas y los mejores sindicatos han resuelto problemas sin caer en las redes del paternalismo. Otra cosa es un falso socialismo que ya se apunta a las mismas cosas que la vieja aristocracia. El paternalismo no le va a un socialismo verdadero pero sí a uno falso.

Un paternalismo cristiano y un paternalismo socialista se han unido en Senado. Lo siento. Por el cristianismo y por el socialismo. Los pobres se lo echarán en cara y les darán la espalda.

 

Eugenio Rodríguez

Fuente: Religión Digital

El Señor nos pedirá cuentas en el momento del juicio

“Es necesario denunciar y enjuiciar a los traficantes que explotan y maltratan a los migrantes, sin temor a revelar connivencia y complicidad con las instituciones” pero también se deben dejar de lado “los intereses económicos” para enfocarse en la persona.

Al final de las audiencias de la mañana del pasado 19 de diciembre, el Santo Padre Francisco se encontró con los refugiados llegados recientemente de Lesbos gracias a  los pasillos humanitarios e hizo colocar una cruz en la entrada al Palacio Apostólico desde el Patio del Belvedere en memoria de los migrantes y refugiados.

Publicamos a continuación el discurso que el Papa dirigió a los presentes durante el encuentro:


Discurso del Santo Padre

Este es el segundo chaleco salvavidas que recibo como regalo. El primero me lo dio hace unos años un grupo de socorristas. Pertenecía una niña que se ahogó en el Mediterráneo. Se lo di a los dos Subsecretarios de la Sección de Migrantes y Refugiados del Dicasterio para el Servicio de Desarrollo Humano Integral. Les dije: «¡Esta es vuestra misión!». Con esto quería subrayar el compromiso ineludible de la Iglesia de salvar la vida de los migrantes, para que después puedan ser acogidos, protegidos, promovidos e integrados.

Este segundo chaleco, entregado por otro grupo de socorristas hace apenas unos días, pertenecía a un migrante que desapareció en el mar el pasado mes de julio. Nadie sabe quién era ni de dónde venía. Sólo se sabe que su chaleco se encontró a la deriva en el Mediterráneo central el 3 de julio de 2019, en determinadas coordenadas geográficas. Nos enfrentamos a otra muerte causada por la injusticia. Sí, porque es la injusticia la que obliga a muchos migrantes a abandonar sus tierras. Es la injusticia la que les obliga a cruzar los desiertos y a sufrir abusos y torturas en los campos de detención. Es la injusticia la los rechaza y los hace morir en el mar.

El chaleco «viste» una cruz de resina de colores, que quiere expresar la experiencia espiritual que capté en  las palabras de los socorristas. En Jesucristo la cruz es fuente de la salvación, «necedad para los que se pierden -dice san Pablo- más para los que se salvan, -para nosotros- es fuerza de Dios» (1 Cor 1, 18). En la tradición cristiana la cruz es un símbolo de sufrimiento y sacrificio y, al mismo tiempo, de redención y salvación.

Esta cruz es transparente: representa un desafío para  mirar con más atención y buscar siempre la verdad. La cruz es luminiscente: quiere alentar nuestra fe en la resurrección, el triunfo de Cristo sobre la muerte. También el emigrante desconocido, que murió con la esperanza de una nueva vida, comparte esta victoria. Los socorristas me contaron cómo están aprendiendo humanidad de las personas que logran salvar. Me revelaron cómo en cada misión redescubren la belleza de ser una gran familia humana, unida en la fraternidad universal.

He decidido mostrar aquí este chaleco salvavidas, «crucificado» en esta cruz, para recordarnos que debemos tener los ojos abiertos, tener el corazón abierto, para recordar a todos el compromiso imperativo de salvar toda vida humana, un deber moral que une a los creyentes y a los no creyentes.

¿Cómo podemos dejar de escuchar el grito desesperado de tantos hermanos y hermanas que prefieren enfrentarse a un mar tormentoso antes que morir lentamente en los campos de detención libios,  lugares de tortura y esclavitud innoble? ¿Cómo podemos permanecer indiferentes ante los abusos y la violencia de los que son víctimas inocentes, dejándoles a merced de traficantes sin escrúpulos? ¿Cómo podemos «dar un rodeo», como el sacerdote y el levita de la parábola del Buen Samaritano (cf. Lc 10,31-32), haciéndonos responsables de sus muertes? ¡Nuestra desidia es pecado!

Doy gracias al Señor por todos aquellos que han decidido no permanecer indiferentes y se prodigan para socorrer al desventurado, sin hacerse demasiadas preguntas sobre cómo o por qué se toparon con  ese pobre medio muerto en su camino. No se resuelve el problema bloqueando los barcos. Debemos comprometernos seriamente a vaciar los campos de detención en Libia, evaluando y aplicando todas las soluciones posibles. Debemos denunciar y perseguir a los traficantes que explotan y maltratan a los migrantes, sin temor a revelar connivencias y complicidades con las instituciones. Los intereses económicos deben dejarse de lado para que la persona, cada persona, cuya vida y dignidad son preciosas a los ojos de Dios, esté en el centro. Debemos socorrer y salvar, porque todos somos responsables de la vida de nuestro prójimo, y el Señor nos pedirá que demos cuenta de ello en el día del juicio. Gracias.

Ahora, mirando este chaleco y mirando la cruz, que cada uno rece en silencio.

El Señor os bendiga a todos.

Ayudar a nuestros hijos a reflexionar no es hablar mucho

Nuevo curso escolar, nuevas tareas académicas. Tareas de nuestros hijos, en las que a veces tenemos que colaborar los padres de una u otra forma. Colaborar con las tareas académicas de nuestros hijos no quiere decir que seamos nosotros los responsables de ellas. A veces el miedo al fracaso de nuestros hijos nos hace asumir como propias, tareas que les corresponden a ellos.

Ese miedo nos lleva a asumir el control del tiempo de estudio, de la corrección de los ejercicios, hace que les preguntemos la lección… Y eso que hacemos con los estudios, lo aplicamos también a pequeñas tareas cotidianas: volver al colegio a llevarle el almuerzo porque se le ha olvidado, preparar la mochila para que no se le olvide nada…

A medida que crecen y entran en la adolescencia empezamos a decirle cómo tiene que comportarse con sus compañeros para ser aceptado, o cómo tiene que pensar ante una noticia del telediario.

Y los abrumamos con sermones, reflexiones, explicaciones… Y  convertimos en una rutina el dar a nuestros hijos las respuestas a preguntas que no se han hecho. Y esas respuestas (aunque sean las mejores del mundo) caen en un terreno infértil, no producen su fruto.

¿Qué es un terreno fértil? Aquel del que brota una pregunta. Hay una etapa del desarrollo de los niños en que es frecuente que hagan preguntas para comprender el por qué de las cosas. Que los niños y adolescentes se hagan preguntas es fundamental para afrontar la vida. Tres capacidades preparan a ello.

La primera es la capacidad de sorprenderse.  La sorpresa orienta los sentidos a aquel estímulo que nos sorprende. La sorpresa es una emoción que no necesita estimularse sino que brota espontáneamente en los niños. Pero los adultos podemos anularla abrumando a los niños con ofertas, juguetes, regalos, opciones… Para mantener la capacidad de sorpresa de nuestros hijos conviene tener un cierto ambiente de orden, porque donde hay desorden no hay sorpresa. Requiere también una austeridad, porque la abundancia de cosas dificulta la capacidad de que algo sea imprevisto. Y requiere también  un ambiente familiar donde no haya mucho ruido (sermones, TV, gritos, maquinitas) porque donde hay ruido es más difícil sorprenderse.

El segundo elemento que colabora a preparar un terreno fértil es la atención. La atención sirve para evitar la dispersión, permite observar los detalles de las cosas y su importancia, nos ayuda a ser capaces de contemplar los propios errores.

¿Cómo acrecentar la atención de nuestros hijos? Permíteme, lector, hacerte una pregunta: piensa en algo que te llame la atención, así en general. Una vez que lo hayas hecho hazte la pregunta ¿porqué esto me llama la atención? Surgirán muchas respuestas, pero todas tienen un denominador común: un deseo. Un deseo de conocer más, de acercarse, de entender, de experimentar más de aquello que llama la atención. Sin ese deseo no hay atención.

Las condiciones externas son condiciones necesarias, pero no suficientes. Si no hay deseo, puede existir el ambiente más favorable del mundo, pero no habrá atención. La voluntad suple en ocasiones la falta de deseo, pero con resultados bastante menos brillantes. Educar el deseo pasa por aprender a tolerar la frustración, aprender a esperar, no dejarse llevar por el capricho y asumir las consecuencias de las propias decisiones, pero también por ser capaz de apreciar lo bueno, lo bello, lo verdadero de las cosas.

El tercer y último elemento es  la reflexión, que permite que ese terreno se abra dispuesto a recibir la semilla de una respuesta. Ante una realidad ante la que uno se sorprende y a la que presta atención, llega el momento de preguntarse ¿por qué pasa esto? ¿Cómo funciona? ¿Por qué ha respondido así? ¿Qué hubiera hecho yo en ese caso?

Que los chicos nos vean preguntarnos a nosotros mismos. Que les hagamos las preguntas a ellos. Que no les demos las respuestas sin que se hagan las preguntas y escuchemos sus respuestas.

Diego Velicia, psicólogo del COF Diocesano