Podemos hacer magia

(o no es magia, pero lo parece)

Diego Velicia, psicólogo del COF Diocesano de Valladolid

Una discusión es una especie de escalera. Alguien dice algo que molesta al otro y ese otro le contesta, pero, en su respuesta, intenta quedar un peldañito por encima del otro. En el tono, en la contundencia del argumento propio, en el desprecio al argumento del otro… se trata de quedar por encima. Dependiendo de las circunstancias se intenta quedar muy por encima de otro, o sólo un poquito. Pero por lo general por encima. Y el otro responde subiendo al siguiente escalón. Y así consecutivamente.

Buscamos nuevos argumentos, elevamos la voz, rebatimos los argumentos del otro… A medida que vamos subiendo por la escalera se intensifica la tensión. Nuestro organismo experimenta algunos cambios: sube el ritmo cardíaco, los músculos se tensionan, la respiración se agita… Y al tiempo nuestro cerebro va dejando de escuchar. Al mismo ritmo en que va aumentando la intensidad de nuestro enfado, se nos hace más difícil ponernos en el lugar del otro, nos invaden pensamientos negativos y le atribuimos intenciones dañinas.

Los procesos que suceden tanto dentro de cada persona, como entre las dos personas que están discutiendo, hacen muy difícil que una discusión sea productiva. ¿Qué suele salir de una discusión? Heridas que tardan tiempo en cerrarse, distanciamientos, pérdidas de control, sensación de incomprensión y rabia… Es poco frecuente que de una discusión se extraiga una buena idea, un acuerdo para el futuro…

¿Cómo abordar entonces las conversaciones sobre temas de “alta tensión” (cada pareja tiene los suyos) para que no se conviertan en una discusión? Aquí va un pequeño truco que puede parecer magia, pero no lo es.

Sabemos que cuanto mayor es la tensión, mayor la dificultad para controlarse uno mismo. Por lo tanto, lo antes posible, conviene reconocer la parte de razón que tiene el otro. Obsérvese que en la discusión lo que hacemos normalmente es fijarnos en las cosas en las que el otro no tiene razón. Pues bien, se trata de hacer justo lo contrario. Concentrarnos en la parte de razón que tiene el otro. Y decírselo, con frases como “en parte estoy de acuerdo contigo”, “creo que tienes parte de razón cuando dices…”

Es poco frecuente que en una conversación haya una de las partes que no tiene ninguna razón, ninguna parte de verdad en sus argumentos. Pero, centrados en nosotros mismos como solemos estar en medio de una discusión, nos cuesta aceptar la parte de verdad que el otro tiene. Para poderlo hacer, hay que actuar rápido, pues si empezamos a ascender por la escalera de la discusión nos va a costar muchísmo más reconocer su parte de razón y expresársela. A veces es necesario pararse un momento, respirar hondo y contar hasta diez para no dejarse llevar por el impulso de subir por la escalera.

¿Cuáles son los efectos de este “truco”? En primer lugar hay un efecto interno y es que en lugar de la ira habitual experimentaré que estoy en calma y que no veo al otro como un enemigo a derrotar. En segundo lugar hay un efecto en el otro. Y es que el otro (que ya estaba anticipando mi respuesta pensando que iba a subir al siguiente escalón) de repente se va a ver escuchado, reconocido, valorado. Y como consecuencia de los cambios en los dos, hay un tercer efecto, que es en vez de la escalera de la discusión, va a aparecer un nuevo escenario en el que dos personas miran juntas una realidad para intentar encontrar un punto común, una síntesis que dé respuesta al problema. Y esto no es magia, pero se le parece…

 

Las chicas del radio. Una historia de lucha por la justicia.

Esther Mateo

Eran los años 20,  en algunas localidades de EE.UU se implantaron pequeñas fábricas dedicadas a crear relojes luminiscentes, que a los soldados en la guerra les ayudaban a ver por la noche. Para pintar esas esferas contrataron a cientos de mujeres, muchas de ellas muy jóvenes que no llegaban a los 20 años, muchas comenzaron con apenas 15 años. Además de ser un trabajo que les aportaba un sueldo, sentían que estaban ayudando a los soldados.
Pintaban las esferas con radio, recién descubierto por Marie Curie unos años antes. Pintar esferas era un buen trabajo para las chicas, a las que pagaban por unidad, por lo que la técnica que debían usar tenía que ser sobre todo rápida. Y lo más rápido que se les ocurrió a sus jefes era que chuparan el pincel para poderlos afinar.  De esta forma las mujeres, que pintaban unos doscientos relojes al día, estaban tragando radio continuamente. Su salario era mucho más alto que en una fábrica normal, en una época de creciente independencia femenina, estas chicas se sentían afortunadas. Ellas ignoraban el peligo e incluso se divertían pintándose las uñas para brillar en la oscuridad.

A los pocos años de haber empezado a trabajar, comenzaron a tener problemas dentales, infecciones y dientes que se caían solos. Los dolores pronto se expandían por el resto del cuerpo. A muchas de ellas se les acababa desintegrando la mandíbula.
Nadie las había advertido nunca del peligro que corrían.  Para la empresa, eran simplemente personas desechables.
Las primeras que murieron no supieron por qué habían muerto, y en sus informes ponían otras causas nada que ver con lo que se fue sabiendo poco tiempo después.  Los médicos de las empresas callaban la realidad, y ocultaron los niveles de radio que salían de aquellos cuerpos.

En 1927 llegaron las primeras demandas. Algunas de estas chicas se unieron y comenzaron su guerra. La valentía de estas mujeres hizo que lucharan, literalmente desde su lecho de muerte. Muchas no llegaron a ver su victoría. Las empresas tuvieron que pagar indemnizaciones y los costes médicos.
En una época en la que la información no corría tan deprisa como ahora, mientras en uno de los estados una empresa era obligada a pagar estas indemnizaciones, otra en otro estado pagaba publicidad en los periódicos diciendo que el radio no era peligroso. Y mantenía a sus trabajadoras, ajenas a la información trabajando de la misma manera, chupando los pinceles. Personas de la empresa llegaron a robar huesos agujereados de sus trabajadoras muertas durante las autopsias.

La historia de las chicas del radio, es digna de ser recordada. Kate Moore es la autora de un libro sobre ello, «Las chicas del radio», que es realmente un homenaje a estas mujeres,  gracias a su lucha consiguieron que por primera vez una empresa fuese declarada responsable de la salud de sus empleados. Fue gracias a su fuerza, sufrimiento y sacrificio por lo que se consiguieron derechos de los trabajadores. Su lucha llevó a la creación de normas que salvaron vidas. Y todos nos hemos beneficiado de ello.

La vida de estas chicas sigue brillando, en sus huesos porque el radio tiene una vida de miles de años y sobre todo en la historia, porque con sus vidas consiguieron muchas mejoras para los trabajadores.

La mayor parte de estas indemnizaciones no se llegaron a cobrar. No sé sabe cuántas mujeres murieron debido al radio, pero sí se sabe que las empresas contrataron a más de 4000 personas y que a día de hoy las instalaciones siguen sin estar descontaminadas. Probablemente, el número de muertos sea una catástrofe.

En el año 2006, Madeline Piller, una estudiante de Ottawa (Illinois), uno de estos lugares donde hubo una fábrica de esferas, leyó un libro sobre esta historia y donde se lamentaban que no se había hecho ningún monumento a estas chicas. Madeline decidió cambiar eso y gracias al resto de vecinos y a su padre que fue el escultor, hoy ya existe un monumento a estas chicas.

«Las chicas del radio merecen todo nuestro respeto y admiración, porque lucharon contra una empresa deshonesta, una industria indiferente, unos juzgados que no las tomaron en serio y hasta contra la comunidad médica cuando se enfrentaban a la muerte. Yo proclamo el 2 de septiembre de 2011 el Día de las Chicas del Radio en Illinois, en reconocimiento por su perseverancia, su dedicación y el sentido de la justicia que estas muchachas demostraron en su lucha.»

Fuerte apache

Ana Sánchez

No, no se trata de la clásica película de indios y vaqueros; más bien son otro tipo de tribus las que salen en esta historia, un atisbo de las que pueblan nuestras ciudades, reflejos de la Barcelona actual y de la juventud que transita por sus calles y por las de prácticamente cualquier ciudad.

Ahí se enmarca esta producción española, realizada en el año 2007 y ambientada en la actualidad, en el mundo en guerra en el que vivimos y en el que los protagonistas se debaten en una auténtica lucha por la supervivencia, en busca del cariño y la amistad, cada vez más difíciles de conseguir en nuestras vidas y de los que no sólo la juventud carece, aunque ellos sean precisamente los más afectados por esta despersonalización y duras condiciones de vida que nos impone una sociedad materialista, enmarcada en la competitividad y el consumismo.

Frente a esto se apuntan otro tipo de relaciones, de camaradería y búsqueda de horizontes más allá de uno mismo y de su entorno, cerrado y opresivo en muchos casos.

Se trata de la primera película dirigida por Mateu Adrover, que ha trabajado fundamentalmente como guionista desde su formación en los servicios informativos de Televisión Española, algo que se percibe en la forma de tratar la historia, realista y creíble. Un cuadro de esperanzas y desesperanzas, brusquedad y delicadeza. Destacan en el reparto las interpretaciones de los chavales protagonistas, fundamentalmente, pero también de veteranos actores, en sendos papeles representando una vida de vuelta de todo, cansada pero a la vez con ganas de vivir y volcada hacia los demás, recordándonos a lo largo de la hora y media de duración que en la vida hay oportunidades que no se pueden dejar pasar. Esto no sólo, ni principalmente les representa a ellos, sino más bien a los chicos del centro de acogida en el que se desarrolla la trama de la película, una de las pocas que existen sobre este tema, al menos dentro de la filmografía española.

En Fuerte Apache se nos presenta un centro tutelar de menores; se trata de una historia sin dramatismo ni melosidad, más bien con realismo y no sin ciertas dosis de crudeza, en una constante carrera para huir de la dura realidad; se dibujan las historias de los protagonistas, de sus familias, de las perspectivas de futuro al cumplir la mayoría de edad, la llegada, cada vez más habitual, de niños inmigrantes. También podemos observar la realidad de los centros sociales, con personal en continuo cambio por sustituciones e interinidades, el estrés y la depresión que les causa la situación y al que muchas veces no saben o no pueden sobreponerse.

No todo es tensión y drama, también en las relaciones con educadores y educandos encontramos grandes dosis de amistad y de ternura, desde las excursiones al trabajo conjunto, entre el acompañamiento y la auténtica tutela ante la desprotección de una infancia que tiene que madurar demasiado pronto, pero a la que no se cierran las puertas para un futuro, difícil, pero posible y positivo.

Voces en la frontera

Irene Vallejo

Publicado en El País


Todos somos extranjeros en la mayor parte del mundo, pero no vivimos esa extrañeza con igual intensidad. El miedo y la amenaza electrizan las fronteras, las aduanas, las inspecciones de inmigración. Cuando aterrizas, unos agentes escudriñan tu pasaporte y tu cara como dos falsificaciones mal acopladas. A tu alrededor, percibes la tensión en los ojos rasgados, los turbantes, los velos, las pieles oscuras: las maletas de los estereotipos no se facturan, pero pasan factura. Algo queda del territorio hostil del wéstern en los páramos de esas terminales internacionales. Sabes que hay más terror en algunos aeropuertos que en los aviones, hemos desafiado con mayor éxito la fuerza de la gravedad que la de los prejuicios.

En los años cuarenta del pasado siglo, después de la Guerra Civil, el escritor Ramón J. Sender se refugió en Estados Unidos. Conocía bien la mirada del odio: fusilaron a su mujer, Amparo Barayón, y él siempre pensó que había muerto en su lugar. La huella de ese recuerdo terrible impregna su literatura. Relatos fronterizos describe un viaje en autobús por Texas. Allí conoce a una niña enferma de oscuros ojos calcinados por la fiebre, y a su madre. En una parada, los tres entran juntos en un drugstore para comprar aspirinas. Tomándolos por una familia latina, la empleada de la farmacia reacciona como si no estuvieran. Sender escribe: “Nunca había imaginado lo que es no ser nadie. Aquella mujer se negaba a aceptar que existiéramos y lo hacía con una dolorosa naturalidad. No habíamos nacido, no desplazábamos el aire ni ocupábamos lugar. No nos veía. Se negaba a vernos. (…) Yo podía no existir, pero la niña necesitaba ayuda. Ella sí que existía”. Ramón se enfurece, grita: acaban de arrojarlos a la orilla áspera de la humanidad. Dos policías les expulsan del establecimiento, sin permitirles comprar los calmantes para Yolanda, la chiquilla de ojos negros. Recuerdas los versos de la poeta mexicana Jimena González, que hoy resuenan con otros ecos: “Alzo la voz para no negarnos, / porque tenemos nombre / y no dejaremos que lo olviden”.

Sender, como ellas, sabía que el racismo no emerge únicamente ante el color de la piel o los rasgos que dibujan un rostro. Nadie llama inmigrante a un deportista extranjero de sueldo millonario ni a un prestigioso ejecutivo de otro país. El dinero abre las fronteras, mientras los desamparados llevan vidas apátridas en su tierra natal. Es fácil detectar la discriminación en el ojo ajeno sin ver la aporofobia en el propio. En este mundo del dar para recibir, molestan quienes en apariencia poco pueden ofrecer: refugiados, migrantes, sin techo.

Todos los imperios —también los nuestros— se edifican sobre un cimiento mestizo de civilización y barbarie. El historiador Tácito escribió sobre las campañas de los romanos: “A la rapiña, el asesinato y el robo, los llaman por mal nombre gobernar; y donde crean un desierto, lo llaman paz”. Junto a los logros del progreso, guardamos una memoria atravesada por las guerras raciales, las cicatrices de la esclavitud, la apropiación de las tierras de pieles más pobres. Haberlo vivido, ser nadie para alguien, cambia la mirada. Por eso Sender situó su novela El bandido adolescente en Nuevo México, pocos años después del Tratado de Guadalupe Hidalgo que anexionó a Estados Unidos más de la mitad del territorio mexicano. Allí late el desarraigo de esos habitantes que, de la noche a la mañana, pasaron a ser ciudadanos de segunda en un nuevo país. Ellos no se movieron, se movió la frontera.

Sender transitó en aquella tarde texana de la orilla privilegiada a los páramos de la intemperie. En realidad, todos somos —sin excepción— descendientes del viaje. Los datos genéticos apuntan en una dirección clara: los ancestros de los humanos modernos vivieron en África hace entre 100.000 y 200.000 años. Los europeos fuimos africanos durante una larga etapa del pasado. En ese extraño trayecto histórico, la especie vagabunda desarrolló un cerebro temeroso del diferente. La humanidad comparte esta paradoja disgregadora: nuestra memoria es, a la vez, racista y extranjera.

La derecha estancada

Armando Zerolo
Publicado en Fundación Conversación


La derecha española vive estancada en 2004 porque el “zapaterismo” sigue operando en ella como idea fuerza en, al menos, dos sentidos. En uno, porque es un recurso fácil para explicar el malestar y actúa como chivo expiatorio y como argumento útil. En el otro, porque el “zapaterismo” fue para muchos el momento glorioso de la sociedad civil de derechas. Por primera vez desde hacía mucho tiempo fue la derecha la que ocupó las calles, la que se vio con capacidad de convocar, de actuar y de combatir, y se sintió protagonista en la historia.

¿Qué le robó el zapaterismo a la derecha y qué ha quedado de aquella época de oposición social triunfante?

El zapaterismo fue la época de las reivindicaciones de derechos, de la memoria histórica y un paso más hacia una revolución social. Fue una bofetada en la cara a la sociedad conservadora española y la instauración de un estilo político reivindicativo y combativo que nos devolvió a tiempos pasados de ingrato recuerdo. Abrió heridas que aun estaban cerrándose y aceleró el ritmo de los acontecimientos, poniendo la política a la vanguardia de la sociedad según el estilo de una tradición de izquierdas más dirigista y moralizante.

Aquí, exactamente aquí, se ha detenido el análisis histórico de la derecha, y aquí sigue anclado. El argumento es simple: “todo estaba en orden hasta que llegó el zapaterismo, luego lo que hay que hacer es volver atrás”. Formalmente este es el argumento de todo pensamiento reaccionario, el hilo dorado de la historia: hubo una época dorada y un suceso violento ha cortado el hilo que nos unía a él. Así sucedió con la Revolución Francesa, que es el hito histórico que hace nacer a conservadores y reaccionarios y, desde entonces, la derecha se mueve en ese difícil equilibrio entre conservar y reaccionar. 2004 es para la imaginación reaccionaria española lo que para Bonald o de Maistre fue 1789. Y de ahí el empeño de volver atrás, de hablar de un “frentepopulismo”, de acusar a la izquierda de todos los males, y de no encontrar pie en el presente porque ha renunciado a cualquier diálogo con el futuro.

¿Cuál es esa “época dorada” que actúa como mito político en la mayoría de la derecha? Es la época de la caída del muro, 1989, el triunfo del neoliberalismo. Unos años de ilusión y prosperidad que en España coincidieron con la consolidación de la Transición, la decadencia del “felipismo” y la posibilidad de mirar hacia delante. Pero la derecha española no se ha parado a pensar que aquellas ideas aparentemente triunfantes no le eran propias y le quedaban como un traje mal cosido. El liberalismo que triunfa en los 90 es el par ideológico del socialismo soviético, la otra cara de una misma moneda. Tiene la misma raíz individualista y antipolítica que el comunismo, y si triunfó fue porque el comunismo colapsó, pero las grandes cuestiones sobre las libertades, la sociedad y la solidaridad quedaron sin responder, como así lo anticiparon autores como Oakeshott o Aron. La derecha sí debe, por tanto, volver a los 90, pero no para refrescarse en aquellas ideas, sino para ir hasta el fondo de un camino que se quedó sin recorrer.

Respecto al segundo punto, al de la cuestión de la toma de las calles a partir 2004 y el resurgir de la sociedad civil española de derechas, ¿qué ha quedado? Ha quedado una cultura política reaccionaria y combativa, grupúsculos sociales desintegrados e inconexos, familias políticas mal avenidas y una iniciativa social secuestrada por unos pocos grupos ultraconservadores que son los únicos que mantienen una mínima capacidad de movilización.

Si el gran valor de la sociedad española era la fortaleza de emprender acciones asociativas de modo espontáneo, con un sano escepticismo metafísico hacia el poder, y una alegría vital y casi inconsciente por la vida en común, eso se perdió por una identificación de la calle con la bronca y la reivindicación. La España de las sillas en la calle pasó a ser la España de los balcones. De una cultura del encuentro y del espacio público se pasó a una cultura de la reivindicación y defensa de la privacidad. Los métodos de la batalla cultural que Europa experimentó tras la segunda Guerra Mundial, y que entendían que las ideas eran armas tanto o más eficaces que el plomo, no habían llegado a España, donde el mayo del 68 fue un fenómeno edulcorado y macarra que llevó el nombre de “Movida”. Las ideas son el resultado de una conversación y la constatación de una verdad compartida, y no armas arrojadizas contra el prójimo.

Todas aquellas manifestaciones, banderas y consignas no han dejado en la derecha española ni unidad ni ilusión. Normalmente, cuando las personas actúan juntas, queda en ellas un vínculo especial y una unidad que tiene más valor incluso que la obra ejecutada. Pero cuando esta acción es dirigida desde arriba sin la participación consciente del de abajo, lo que queda es una impresión de gregarismo, de pérdida de identidad y sensación de manipulación y desconfianza. Así ha quedado la derecha española en lo social, reducida a rebaño inconexo cuya única unidad es la sensación de miedo.

Por suerte o por desgracia, la única ideología estructurada en torno a un partido, y con una masa social relevante, que incorpora en su discurso ideas de futuro, de unidad, de comunidad, solidaridad y que es capaz de proponer algo concreto para la vida en común es la socialista, que a lo largo de los últimos 20 años se ha ido renovando e incorporando nuevos retos.

La derecha española ha perdido el equilibrio con el presente y se ha convertido en una ideología reaccionaria que añora una edad dorada, que culpa al adversario de todos los males presentes, y que no es capaz de generar vínculos estables, creativos y propositivos en la sociedad que supuestamente defiende. No tiene capacidad de responder a las carencias de la ideología de izquierdas y por ello, ni se suma a lo razonable, ni corrige con eficiencia los errores. Esta vez el perro del hortelano no son “ellos”, somos “nosotros”.

¿Qué hiciste para nacer?

Diego Velicia, psicólogo del COF Diocesano


Antes de continuar leyendo este artículo detente un momento y trata de responder a la pregunta. ¿Qué hiciste para nacer?

No fue gracias a tu inteligencia a lo que naciste. Ni gracias a que tomaras una decisión firme de hacerlo. Tampoco podrás decir que naciste porque te lo ganaste, porque hiciste méritos para ello.

La respuesta más cierta es que no hiciste nada para nacer. Al igual que cada uno de nosotros. No fue fruto de nuestra inteligencia, nuestra voluntad o nuestros méritos. Nacimos sin haberlo merecido, sin habérnoslo ganado. Nacimos. Es un hecho, una verdad (quizá es la primera verdad de nuestra vida). Sin haberlo conquistado, sin que fuera un premio. Nos ha sido dado sin haberlo merecido. Y esa primera verdad tiene que ser vivida. ¿Cómo? Entre otras cosas, disfrutando de ella.

La mayoría de nosotros coincidiríamos en que la etapa de la vida que más se identifica con disfrutar es la infancia. Esa época que debería estar marcada por el juego (“el trabajo de los niños es jugar”), por la inocencia, por la despreocupación… A medida que vamos creciendo van apareciendo responsabilidades y relaciones, proyectos y experiencias… pero es necesario que, por mucho que vayamos creciendo, ese pequeño espacio en el que simplemente “jugamos” no desaparezca de nuestras vidas. Momentos en los que simplemente disfrutemos.

Disfrutar de la vida no quiere decir dejarse llevar por los instintos, hacer lo que me da la gana o estar todo el día pensando en pasármelo bien. Tenemos experiencia de que muchas veces haciendo lo que nos da la gana no disfrutamos. Disfrutar de la vida quiere decir recrearse en esa belleza que nos es regalada de una forma inmerecida: un rayo de sol que nos calienta en invierno, la compañía de unos amigos, el canto de unos pájaros, un café caliente en una tarde lluviosa, una puesta de sol, una música hermosa, un paseo en bicicleta, una brisa de aire en el rostro acalorado…

No se trata de disfrutar de cosas para evadirnos de nuestras preocupaciones, no. A menudo utilizamos para eso la TV, los móviles, los ordenadores… Pero eso, habitualmente, lo más que consigue es distraernos.

Hay personas que cuando miran su vida, pueden decir que no han disfrutado nunca. Y el que no ha disfrutado nunca, pasa la vida en una especie de amargura interior.

Si no te sientes identificado con aquellas personas que nunca han disfrutado, no hace falta que sigas leyendo el final del artículo.

Si eres de los que te identificas y tienes la sensación de haberte pasado la vida abrumado por tus responsabilidades, amargado por tus relaciones familiares o escapando en una especie de huida permanente, déjame darte un consejo: haz un alto cada día para disfrutar de algo sin ganártelo, de forma inmerecida. Prueba a hacerlo durante 15 días y luego valora la experiencia. Que sean cosas pequeñas, cotidianas, regaladas… No tiene por qué ser mucho rato. Lo justo para poder decir internamente al terminar ese tiempo: “qué gozada”.

Hay muchas veces en las que aparentamos disfrutar de cosas, para que los demás vean lo bien que lo pasamos. Aquí no se trata de lo que piensen los demás, se trata de que haya un movimiento en nuestro corazón de alegría por la belleza de la vida, por el regalo de la vida y su gratuidad.

Si has seguido leyendo a pesar de que te avisé que no lo hicieras si ya disfrutabas de esos pequeños momentos en la vida, simplemente recuerda que esos pequeños momentos nos conectan con esta verdad primera, con esta verdad básica: que estás vivo, que la vida te ha sido dada, sin merecerlo… ¿Quién podría hacernos un regalo así?

Y repintar sus blasones…

José Álvarez Junco
Publicado en El País


¿Para qué sirven las estatuas, los monumentos, las lápidas? ¿Por qué dedican las sociedades, o más bien sus gobernantes, tanto dinero a erigirlos, tanto tiempo y saliva a inaugurarlos y a celebrar actos públicos ante ellos?

La respuesta no es difícil, en principio: porque los hechos o personajes a los que se refieren esas piedras o bronces encarnan valores que creemos vertebran o cimentan nuestra comunidad. El primer y fundamental error, por tanto, es considerar a esos monumentos testimonios o vestigios del pasado. En ese caso, un historiador tendría algo o mucho que decir sobre ellos. Pero no es así, porque, más que con el pasado, se relacionan con el presente y la orientación que deseamos dar al futuro.

De ahí que no importe, para empezar, que la presentación de esos hechos o personajes supuestamente históricos refleje fielmente lo acontecido. Puede que lo deforme, e incluso que sea pura invención, que se refiera a algo que nunca ocurrió. Supongamos, por ejemplo, que honramos como padre fundador a un héroe, don Pelayo, que a comienzos del siglo VIII encabezó la rebelión contra una invasión de un pueblo de raza y religión diferentes. El historiador puede hacerle observar al gobernante, que lleva preparado un discurso sobre esa gesta, que en la documentación procedente de ese siglo no existe la menor referencia a ella, y que tampoco la hay en los primeros ochenta años del siguiente. Solo 170 años después, asentado ya un monarca poderoso en Oviedo, se le ocurrió encargar a sus letrados una historia de su dinastía. Y estos remontaron su estirpe a un antecesor que habría logrado una milagrosa victoria contra un ejército invasor cien o mil veces superior. Como solo conocían las crónicas greco-romanas y los textos bíblicos, copiaron el relato de una batalla griega contra los persas ante el templo de Apolo en Delfos, que terminó en temblores de tierra, desprendimiento de rocas, terror y confusión entre los atacantes; en cuanto al número de víctimas, reprodujeron el de una batalla judía contra los madianitas.

El político, sin respuesta ante los datos del historiador, acabará decidiendo que, aunque el hecho sea dudoso, no renuncia al discurso que lleva en el bolsillo, porque esa “memoria” es útil para reforzar la identidad y el orgullo local o nacional en los términos unitarios, católicos o monárquicos, que le convienen.

Pero la razón por la que los monumentos están siendo ahora agredidos o destruidos no es su falta de verosimilitud histórica. Es la inadecuación actual de su ejemplaridad moral, de los valores encarnados en los hechos o personajes que representan. Lo que se reprocha a esas supuestas hazañas, o a esos padres fundadores de nuestra comunidad, es su vertiente esclavista, racista o machista. Lo cual es inobjetable, pero significa, de nuevo, no tener en cuenta la historia. Porque la historia es lenta, compleja, evolutiva, y esos juicios son absolutos, atemporales. Se basan en principios que creemos eternos. La condena que se lanza sobre el monumento carece de matices, de referencias al momento en que se produjeron los hechos, a lo innovador y audaz, o egoísta y cobarde, de aquel personaje o aquel gesto en relación con su época.

Aristóteles, mente pensante y organizada como ninguna en siglos o milenios, estableció una jerarquía entre los seres vivos según la cual el hombre era superior a la mujer, el libre superior al esclavo y el griego al extranjero. Hoy, que defendemos el principio de igualdad, ¿deberemos borrar a Aristóteles de nuestros libros de filosofía? ¿No sería mejor explicarlo, poniéndolo en su contexto? Y Pericles, líder e ideólogo de la democracia ateniense, ¿deberá ir también al cubo de la basura porque en sus asambleas populares no se admitían mujeres, extranjeros ni esclavos? ¿No sería mejor valorar aquel primer ensayo de deliberación y toma de decisiones colectivas, comparándolo por ejemplo con el despotismo persa de la época?

La historia no debe ser venerada, sino explicada. Lo mejor que se puede hacer con hechos y personajes históricos, en lugar de pontificar o de presentarlos como modelos morales, es entenderlos en su contexto y momento. Y, cuando nos peleemos, conviene saber que lo hacemos sobre el presente y el futuro, no sobre el pasado. Porque nadie creerá que la polémica actual sobre el racismo o machismo de los monumentos tiene que ver con un repentino interés por lo que ocurrió hace tiempo y una genuina indignación por lo mal que se nos ha contado. No, lo que indigna a la gente no es el pasado. Es el presente.

El error es doble. Los conservadores, que como el don Guido de Machado han logrado un lugar confortable en el orden social y lo que no quieren es que este se altere, presentan el pasado como sagrado e intocable. Los izquierdistas, que denuncian como injusta la organización social, económica o política, empiezan por pedir cambios formales, simbólicos. Y a veces se quedan en ellos. Porque derribar estatuas o cambiar el color de la bandera es mucho más fácil que transformar de verdad las estructuras sociales. Y no solo fácil. Limitarse a ello es, como blanquear tumbas, hipócrita.

No debemos borrar el pasado, sino explicarlo bien. Un ejemplo español reciente es el Valle de los Caídos. Ha sido exhumado el dictador, algo muy justificado, pues una cosa es respetar un resto del pasado y otra enaltecerlo como hecho o personaje ejemplar y cuidarlo con fondos públicos. Pero ahora hay quien quiere ir más allá y demoler el monumento, creyendo que así liquida el último resto del franquismo. Mejor sería enseñarlo, explicar lo que significó, los principios que inspiraron aquella dictadura, poner fotos y testimonios de quienes trabajaron allí. Eso permitiría entenderlo bien y dejar advertida a la ciudadanía sobre futuras opresiones.

Pronto nos enfrentaremos con algo mucho más difícil, un problema común a otros países europeos que en su día fueron potencias imperiales: qué hacer con Colón, Cortés, Pizarro o Junípero Serra. Algunos de estos personajes se limitaron a explorar o a predicar. Pero abrieron el camino a los otros, los que invadieron de manera violenta, injustificable hoy, para extender los dominios de sus monarcas. Lo ideal sería intentar entender lo que ocurrió, juzgarlo según los valores de su época, sobre la creencia en la superioridad racial o religiosa o el desprecio hacia el mundo que llamaban salvaje; es decir, reflexionar a fondo sobre los imperios europeos, un lado oscuro de nuestra historia, aunque también complejo (y sucesor, no lo olvidemos, de imperios anteriores, algunas veces peores).

Pero en España el debate sobre el imperio se mezcla con el de los valores que han vertebrado la nación moderna. Y me temo que sobre ese relato imperial se lanzarán juicios monolíticos, embellecedores o denigrantes, según posiciones previas sobre la unidad nacional. La historia, como tantas veces, será un pretexto para disfrazar polémicas sobre problemas actuales.

Agua, fuente de vida

El Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, acaba de publicar la versión en español del documento: Aqua fons vitae. Orientaciones sobre el Agua: símbolo del grito de los pobres y del grito de la Tierra.

Este nuevo documento está enraizado en la Enseñanza Social de los Pontífices; y se inspira en el trabajo que miembros de las Iglesias nacionales y locales han venido realizando en varios países. «Agua» es un vocablo que llama la atención sobre varios desafíos para la familia humana.

Cabe señalar que, aunque «todo está relacionado», como enseña el Papa Francisco (LS, nn. 16, 117), en este documento se describen tres aspectos o dimensiones del uso del agua:

1) el agua para uso humano; 2) el agua como recurso utilizado en muchas actividades humanas, especialmente en la agricultura y la industria; 3) el agua como superficie, es decir, los ríos, los acuíferos subterráneos, los lagos y, sobre todo, los mares y océanos.

Para cada aspecto o dimensión, el documento presenta desafíos conexos y propuestas operativas para la sensibilización y el compromiso a nivel local. La parte final del documento ofrece una reflexión sobre la educación y la integridad.

Podéis descargarlo aquí

Trade, el precio de la inocencia

Ana Sánchez


¿Cuánto vale una persona? ¿Cuánto vale un niño?

Trade, de Kreuzpaintner, nos habla del precio de la inocencia, una historia que nos acerca al negocio de la trata de personas. Una niña mexicana celebra su cumpleaños con su familia y amigas sin pensar en que el futuro que la espera no es tal luminoso como la bici que le regala su hermano. La acción se desarrolla en México, en torno a una de tantas familias de la ciudad, cuya cotidianidad se verá interrumpida bruscamente por el rapto de la pequeña Adriana. Unos individuos, aparentemente salidos de la nada, la persiguen por las calles y la separan de su mundo trasladándola a un submundo de tráfico y esclavitud, un negocio creciente extendido a lo largo de todo el planeta y en el que los seres humanos son tratados como mercancías que se venden al mejor postor. Por mucho que queramos insistir en que la esclavitud fue abolida hace mucho tiempo, sigue existiendo al lado de nuestras casas. Pero nosotros, muchas veces, preferimos mirar hacia otro lado y no ver lo que está pasando a nuestro alrededor, seguramente porque eso nos obligaría a tomar postura y denunciar esas y otras injusticias que pasamos por alto porque no nos tocan de cerca, no nos afectan personalmente.

La película relata varias historias sobre el tema, centrándose en la de Adriana y su hermano, pero no es un caso aislado o excepcional, también entran a formar parte de esta red de tráfico de niños del sudeste asiático, mujeres de la Europa del Este: secuestrados o engañados, pero todos los casos, obligados a formar parte de una cadena en la que los más débiles se ven sometidos al afán de tener y de poder de comerciantes y al placer de los consumidores de este negocio.

Desde los barrios de Ciudad de México y la traicionera frontera de Río Grande, pasando por una subasta secreta por Internet de esclavas sexuales, la acción nos traslada hasta Nueva Jersey, en el corazón de Estados Unidos. El negocio que supone la pedofilia y el anonimato que brinda Internet se conjugan en una maraña a la que resulta difícil acceder y en la que un policía echará una mano al hermano de Adriana para intentar llegar hasta los responsables de la venta de la niña con su experiencia y su conciencia puestas al servicio de la búsqueda de los culpables. Las autoridades locales o nacionales encuentran las excusas necesarias para no atacar a los directa o indirectamente implicados en esta red de engaños, secuestros, violencia, corrupción y delincuencia organizada.

El tesón del hermano de Adriana y la implicación hasta las últimas consecuencias del que se acaba convirtiendo en uno de los protagonistas de esta trama, un policía que busca atacar las causas y consecuencias del crimen, serán lo que posibilite el encuentro directo con los responsables de una red proxeneta que opera a nivel internacional. Delitos que muchas veces son ninguneados, porque afectan mayormente a los empobrecidos, a los que no tienen más defensa que sus propias familias o seres cercanos o el apoyo solidario de los que creen que es posible que convirtamos este mundo salvaje en un mundo humano y empeñan su vida en ello. ¿Nos conformaremos nosotros con menos? La inocencia puede llegar a pagar un precio muy alto, pero no podemos permitirnos una sociedad en la que esto sea tolerado, a riesgo de dejar de ser personas.

El camino dorado

Publicado en el Twitter de @pasoveoleo y con información de Mil recuerdos del pasado


Detrás de una plaza en Múnich, existe algo único: un camino con piezas de bronce que dan un brillo dorado en medio de una oscura calle.
Es un camino que tiene una historia de valentía y rebeldía contra el terrible movimiento Nazi.

Munich, Baviera 9 de Noviembre de 1923.

El llamado «Putsch» (Golpe de estado) de Múnich había comenzado. Varios miembros del partido nazi y otros partidos afines, acompañados por Adolfo Hitler estaban intentando tomar el control de la ciudad.

El movimiento, era parte de un plan no muy bien elaborado unos días antes, por parte del militar Erich Ludendorff y el mismo Hitler. El «golpe» debía darse no sólo en Múnich, si no en otras ciudades de Baviera cómo Ratisbona, Augsburgo y Nuremberg.

Los movimientos fuera de Múnich no habían tenido el éxito esperado: en muchas ciudades, los participantes no hicieron acción alguna. En otras, la policía de baviera logró dispersar rápidamente a los golpistas.

Pero Múnich era otra historia: el caos estaba presente en la ciudad desde el día anterior, 8 de Noviembre.

Ese día el mismo Hitler había hecho su aparición en una conocida cervecería de Munich la «Bürgerbräukeller» -> «Cervecería de los ciudadanos».

Pistola en mano y acompañado por otros golpistas, interrumpiría el discurso del entonces comisario general de Baviera, Gustav Von Kahr.

Con un disparo al techo, callaría a los espectadores presentes en la sala: «¡La revolución nacionalista ha comenzado!».

Si bien la aparición en la cervecería fue estruendosa, en el resto de la ciudad el golpe no tuvo éxito. La policía de Baviera permaneció fiel al gobierno estatal y los manifestantes nazis no lograron mover la cantidad de personas esperadas. Continuaría al día siguiente…

Ya a las 9 de la mañana del día siguiente, Hitler se encontraba con un grupo de manifestantes en el centro de la ciudad. El plan era causar tanto alboroto como fuera posible para así llamar más manifestantes al movimiento. Con ésta idea se dirigieron a la «Odeonsplatz» de Múnich.

A las 12:30 fueron detenidos por la policía de Baviera. Alguien, efectuaría un disparo (aún no se sabe cuál bando lo hizo) esto desencadenó un tiroteo que traería un saldo fatal: 14 militantes nazis y 4 policías de Baviera habían fallecido. El golpe había fracasado.

Años más tarde, el partido Nazi se haría con el poder en Alemania. En 1933, los restos de los llamados «mártires» de aquel 9 de Noviembre serían trasladados al mísmo lugar dónde habían fallecido: La «Feldherrnhalle» de la «Odeonsplatz».
A las 12:30 fueron detenidos por la policía de Baviera. Alguien, efectuaría un disparo (aún no se sabe cuál bando lo hizo) esto desencadenó un tiroteo que traería un saldo fatal: 14 militantes nazis y 4 policías de Baviera habían fallecido. El golpe había fracasado.

Años más tarde, el partido Nazi se haría con el poder en Alemania. En 1933, los restos de los llamados «mártires» de aquel 9 de Noviembre serían trasladados al mísmo lugar dónde habían fallecido: La «Feldherrnhalle» de la «Odeonsplatz».

Los nazis, colocarían un monumento en memoria de los 14 caídos en el lugar e impondrían la siguiente acción: todo aquel que pasara por aquel lugar debía hacer el saludo nazi frente al monumento.

Por supuesto, no todos los ciudadanos querían realizar éste saludo. Esto trajo como consecuencia que mucha gente que iba a pasar por el lugar se desviara antes, en la calle «Viscardigasse».

Ésto fue notado rápidamente por el régimen del tercer Reich, quienes pusieron rápidamente controles en el lugar: si un ciudadano era visto esquivando el memorial de la «Ferldherrnhalle» más de dos veces al año, era interrogado y las consecuencias podían ser severas.

Por éste motivo, en el año 1995 la ciudad instalaría un camino de bronce, ideado por el artista Bruno Wank, que atraviesa parte de la calle que tomaban aquellos valientes que rehusaban a hacer el saludo nazi frente al monumento en «Odeonsplatz».

Un monumento que habla de valentía en tiempos verdaderamente terribles. Un pequeño acto de rebeldía que ha podido llegar hasta nuestros días, del período de la historia más oscuro de Alemania. Si pasan por Múnich, caminen por la senda de los valientes