Una ley contra la naturaleza humana

Lidia Falcón

Fuente: El Español.

La ministra de Igualdad Irene Montero ha desvelado el borrador de proyecto de ley sobre la protección del colectivo LGTBI y trans que, con una obstinación digna de mejor causa, se propone presentar al Congreso de los Diputados para su aprobación.

En ella insiste en mantener las mismas normas que contemplaban los proyectos de 2017 y 2018.

Como aquellos, el proyecto actual no sólo lesiona gravemente los derechos de las mujeres, sino que conculca la seguridad jurídica que debe regir nuestro Estado de derecho; invade competencias de otros cuerpos legales, incluso de mayor jerarquía jurídica; pone en peligro la salud física, psíquica y la estabilidad mental de los menores; y no concuerda con la realidad antropológica ni con el examen que debe hacerse desde el más elemental sentido común.

En primer lugar, la propia exposición de motivos de la ley muestra las contradicciones e incoherencias que rigen todo su articulado. Exposición, como las anteriores, superflua, reiterativa y ampulosa, y que manipula las disposiciones y recomendaciones internacionales, que nunca han impuesto la categoría de transgénero.

El término transgénero que se adopta en el redactado es inaceptable ya que el término género no es sustitutivo ni de mujer ni de sexo. En español, el sustantivo género se aplica para clasificar diversas materias, pero no puede referirse a las personas. La palabra género remite a una categoría relacional y no a una división de las personas en grupos identitarios.

Pretender que no puede cambiarse el sexo, pero sí el género, es una construcción fantástica inaceptable desde todos los puntos de vista, tanto antropológicos, como biológicos, como culturales.

Se pretende modificar la realidad simplemente por el deseo personal. En la especie humana, como en todas las especies mamíferas, los miembros están divididos en dos sexos: macho y hembra. Lo que no se conoce es el llamado género, que no existe. Y, por tanto, no se le puede dar carta de ley.

En las alegaciones de la exposición de motivos del proyecto de ley se mencionan numerosas legislaciones, así como resoluciones del Consejo de Europa en las que se conmina a respetar y a legislar en el amparo de la libre orientación sexual y la “identidad de género” o sexual.

Pero ninguna incluye en sus recomendaciones o legislaciones la “libre expresión de género”, que la ley permite modificar a lo largo de la vida de una persona con sólo una declaración de voluntad, afectando a todos sus derechos legales.

Dicho derecho tan sólo aparece recogido en los llamados principios de Yogyakarta. Estos principios no son ningún tratado internacional. No han sido como tales suscritos por España, ni por ningún otro país, ni tan siquiera por la ONU (aunque fueron presentados en ella).

Tampoco constan en ningún tratado internacional o de la Unión Europea. No constituyen un instrumento vinculante del derecho internacional de los derechos humanos.

Son, por tanto, un relato de principios realizados por un grupo de representantes del colectivo de transexuales y transgénero. Grupo que aspira a que sean adoptados por los diversos Estados y organismos internacionales.

El Partido Feminista de España no puede estar de acuerdo con estos principios porque colisionan y conculcan los derechos de las mujeres.

En consecuencia, resulta absurda la redacción de la ley en todo lo que se refiere a los derechos y condiciones de vida de las llamadas personas transgénero, puesto que no existen.

De la misma manera, tampoco existe la llamada identidad de género, puesto que semejante clasificación no es aplicable.

Este proyecto de ley, además, interfiere y se entromete en la ley penal calificando como conducta punible lo que denominan transfobia, definida como “toda actitud, conducta o discurso de rechazo, repudio o prejuicio hacia las personas trans”, y que pretende impedir la libertad de expresión garantizada en el artículo 20 de nuestra Constitución.

Lo más penoso de este proyecto es que considera a los menores capacitados para decidir su “transición”, cuando no son responsables penalmente ni se les reconoce madurez suficiente para decidir actividades de la vida civil y política.

La redacción de la ley es tan incomprensible y disparatada como la de las que la precedieron. Define el término transexual diciendo: “Por persona transexual se entiende aquella cuya identidad de género no se corresponde con el sexo asignado en el momento del nacimiento”.

¿Qué significa eso de “asignar”? ¿Acaso al momento del parto asiste un asignador? ¿Quién es? ¿El cura, el encargado del Registro Civil, una pitonisa? ¿Alguien que por su propia decisión va asignando sexos a los recién nacidos?

No parece posible que este disparate se haya plasmado por escrito en un texto legal. Me pregunto dónde están los letrados de la Cámara que deben asesorar a los políticos. A las personas no se les asigna el sexo en el momento de nacimiento. Tanto los genitales como los aparatos reproductores de los fetos se forman en el embrión y cuando se produce el parto no hay que asignar sexo alguno, sólo observarlo.

Así mismo, rechazamos todas las referencias al género que se encuentran en el texto legal. Lo que se ha escrito en esta ley puede formar parte del género literario, pero nunca de un redactado jurídico.

Se añaden a estos despropósitos la creación de organismos administrativos destinados a controlar la conducta y las opiniones contrarias a lo dispuesto en esta ley, creando una red de inspectores y una serie de sanciones que perseguirán las publicaciones y disertaciones públicas que critiquen lo impuesto en esta norma.

En definitiva, con esta ley se está imponiendo legalmente una caza de brujas contra los que disientan de las normas que pretende aprobar el grupo parlamentario Unidas Podemos. Nos encontramos ante una deriva autoritaria y represora del Gobierno de la Nación que no se daba desde que superamos la dictadura.

En consecuencia, el Partido Feminista de España utilizará todos los recursos legales para impedir la aprobación de semejante ley y llama a la movilización cívica del movimiento feminista, y de todos aquellos sectores sociales que defienden los derechos humanos, para impedir el reconocimiento de la autodeterminación de género y la represión política que se está desencadenando contra los opositores a la ley, como está sucediendo con la presidenta del Partido Feminista, Lidia Falcón.

 

 

Rebelde

Ana Sánchez

Niños soldados, niños convertidos en adultos antes de tiempo, mucho antes de tiempo. Niños esclavizados, niños sin niñez, infancias rotas por la violencia. Rebelde es una película canadiense de 2012, rodada por actores no profesionales en la República Democrática del Congo.

Este relato nos adentra en la vida de Komana, nos acerca a su alma y sus sentimientos encontrados, entre el miedo y el amor, entre la violencia y la ternura, entre la muerte y la vida.

Komana va relatando la historia de su vida al hijo que está punto de nacer, fruto de la violación del comandante de turno, al que no sabe si Dios le dará fuerzas para amar, pero que quiere que sepa cómo ha sido su vida, qué es lo que la ha llevado a ser lo que es y lo que será.

Obligada a asesinar a sus propios padres Komana es reclutada por los rebeldes, por un ejército de liberación de no se sabe bien qué, un grupo más de los que se dedican a expoliar África, entre la guerra y la minería del famoso coltán que alimenta nuestras modernas tecnologías desarrolladas.

En este ejército, junto con otros niños como ella, Romana aprenderá a sobrevivir a la violencia y también a encontrar la amistad y el amor. Entre emboscadas y ataques, drogados para superar este mundo de muerte, los niños van aprendiendo a llevar una vida entre golpes y asesinatos, atemorizados por sus propias acciones y por las represalias a las que se arriesgan si no cumplen con su trabajo de asesinos.

Por su capacidad para salvarse, Romana es nombrada “bruja de la guerra”; este es uno más de los hechos que van uniendo su vida a la de “Mago”, un chico albino y al que también se le atribuyen poderes mágicos para sobrevivir en la guerra de la selva. Esta unión les dará fuerzas para emprender la aventura de escapar de El gran tigre y comenzar una nueva vida, abandonando poco a poco las reminiscencias del ejército, las armas y la violencia.

Juntos irán descubriendo un amor sincero y entregado y volverán a conocer lo que es una familia cuando llegan al poblado de Mago y retoman una vida en paz con los tíos del chico. Hasta que les descubren las tropas rebeldes, asesinan a “Mago” y vuelve la pesadilla de la guerra a la vida de Komana, junto con la obligación de acostarse con el jefe.

La fuerza de voluntad y la lealtad a la familia ayudan a Komana a escapar nuevamente, para conseguir la libertad para ella y para el hijo que espera

 

Una lección de vida y esperanza sobre la voluntad y resistencia del espíritu humano. Una película al mismo tiempo crudamente real e irrealmente mágica, que nos transporta a un mundo que seguramente conozcamos menos de lo que deberíamos, pero que está más presente en nuestras vidas de lo que quizá seamos capaces de imaginar o de desear en nuestro fuero interno.

¿A quién benefician las guerras? ¿A quién beneficia la esclavitud infantil? Nuestra forma de vivir y de ocultarnos una realidad, no precisamente idílica, tienen mucho que ver con esto. Y los más perjudicados: los niños, víctimas inocentes de este mundo en guerra.

Vacunas, economía y COVID

Óscar Quintela, farmacéutico

El tema de las vacunas para la COVID19 es uno de los trending topics actualmente en muchas de las sociedades del planeta. Al menos en los países que tienen dinero para pagarlas (o para endeudarse comprándolas).

En la realidad poliédrica que ofrecen las vacunas, uno de los aspectos menos claros es el coste de las mismas, tanto de producción como de comercialización. La falta de transparencia en esto provoca preocupación en la población que ve como una parte de la solución del problema de la pandemia podría convertirse en un lastre económico para sus países tras una compra masiva de vacunas, así como del coste de la logística para administrarla a toda la población. Se entiende fácilmente que esta situación es especialmente grave en los países empobrecidos. Al respecto de esta cuestión, animamos a la lectura de un artículo reciente escrito por Juan Gérvas, Doctor en Medicina y médico general rural jubilado, que lleva por título: Patentes y precios de las vacunas covid19. El caso de la vacuna de AstraZeneca-Oxford, del “libre acceso” a “patente comercial exclusiva”.

Dejamos a modo de aperitivo un extracto de la misma, así como uno de los gráficos en los que se muestra la inversión de fondos públicos en el desarrollo de las principales vacunas contra la COVID19 que están siendo producidas y comercializadas por las principales empresas farmacéuticas mundiales:

“El sistema de patentes va contra la solidaridad, la salud y la innovación, lo que es especialmente doloroso en tiempos de la pandemia covid19. El problema se complica con el oscurantismo respecto a los contratos de compra de las vacunas covid19. En el caso estudiado se desconocen los términos del contrato entre Oxford y AstraZeneca que han transferido un conocimiento que buscaba el “libre acceso” y lo ha transformado en un acuerdo de “patente comercial exclusiva”. En todo caso, al menos durante la pandemia se ofrecerá un precio de venta al coste.”

 

No es exagerado decir que los intereses de las grandes compañías farmacéuticas y los de los ciudadanos se encuentran en lugares muy diferentes. En no pocas ocasiones los beneficios de las primeras ponen en jaque la economía de los estados y de las personas que tienen que pagar medicamentos por encima de su valor real.

Recordemos los precios de los medicamentos contra la Hepatitis C, como el sofosbuvir de la compañía Gilead, que gracias a su patente y monopolio puede venderlo 1000 veces más caro que su coste real de producción. Tal y como se cita en Monopolios y precios de los medicamentos: un problema ético y de salud pública. Algunas propuestas para impedir los precios excesivos y garantizar un acceso justo a los medicamentos, “los beneficios excesivos de la industria farmacéutica provienen de los servicios de salud.

Pero los presupuestos de la sanidad son limitados y la consecuencia es que se disminuye la dotación para otros elementos del sistema muy necesarios. Así, el descenso del presupuesto sanitario afecta sensiblemente, en primer lugar, al personal de los servicios de salud. En segundo lugar, se restringen los medios de apoyo. Finalmente, se frena la dotación y renovación de instrumentos técnicos e instalaciones.” Una solución posible sería disponer de forma gratuita de alguna de las patentes de la vacuna contra el COVID19. Y no sería la primera vez en la historia (reciente por otro lado) de las patentes farmacéuticas. El caso que seguramente mejor ilustra esto es la vacuna de la poliomielitis. El virólogo estadounidense Jonas Salk rechazó patentar la vacuna que había desarrollado contra la polio. En una entrevista en televisión le preguntaron a quién pertenecía la patente, a lo que este respondió: “Bueno, yo diría que al pueblo. No hay patente. ¿Se puede patentar el sol?”, contestó el médico. Salk pudo haber obtenido beneficios multimillonarios, pero puso por delante la salud global. USA y la UE han rechazado la suspensión de las patentes, clave para conseguir una vacuna para todos.

A estas alturas no se puede entender una salida de la pandemia en la que no participe el mudo entero. La globalización, con sus conexiones entre territorios masivas y permanentes, han llevado la infección a todos los rincones del planeta. Es necesario para todos que no exista inequidad en los tratamientos, pues solucionar los problemas únicamente en los países más ricos (el 13% de la población mundial) es hambre para hoy y pan para mañana. Parece mentira que los responsables técnicos y políticos de la pandemia no hayan aprendido esta lección de todo el tiempo vivido desde marzo pasado.

El ”milagro” de la vacuna no lo es tal. Es cierto que la ingente cantidad de recursos económicos y de personal científico de todo el mundo es un hecho sin precedentes a nivel investigador. Pero en las sombras de este “foco luminoso” se encuentran aspectos que pueden ser muy dañinos para la sociedad: las altísimas expectativas sobre la vacuna (al menos las puestas en el corto plazo de tiempo); los monopolios de sistemas de detección del virus con tecnologías relativamente fiables (PCR) y otras no tanto (test de antígenos); los ensayos clínicos de las vacunas controlados por la industria farmacéutica sin revisión por parte de personal no vinculado a los propios intereses empresariales (los datos en “crudo” del ensayo de la vacuna de Pfizer no están disponibles para su revisión)…

El verdadero milagro será ver como las personas somos capaces de hacer solidaridad efectiva entre nosotros, para sostener al desempleado, al enfermo sin apoyos, a los inmigrantes (que el Gobierno llama “ilegales”) y que no tienen derecho a la atención médica, a los profesionales esenciales que se entregan más de lo que les corresponde, el milagro pasa por evitar que varias familias tengan que vivir hacinadas en una vivienda de 70 metros cuadrados (¿qué mejor caldo de cultivo para cualquier virus respiratorio?)… Y es que como en tantos casos, esta pandemia también se ceba más según el código postal en donde vivas (ver gráfico de la ciudad de Barcelona). El verdadero milagro también sería que la población tuviese voz y voto para decidir quien debe vacunarse antes y por qué (participación social informada a la hora de establecer prioridades), y que tuviese posibilidad de preguntar a los poderes públicos cuales son los riesgos conocidos a día de hoy de las vacunas y sobre quien va a recaer la responsabilidad en el caso de que la vacunación provoque efectos adversos en las personas.

Gráfica mostrando la incidencia de coronavirus en las distintas zonas de Barcelona estudiadas en el artículo “Impact Of COVID-19 Outbreak By Income: Hitting Hardest The Most Deprived” (Journal of Public Health, 2020)

 

Bakhita, de Véronique Olmi

Ana Sánchez

Cuando me enteré de la publicación del libro corrí a la librería a comprarlo: siempre fue una figura que me llamó la atención. Luego, debo confesar que me pasó como con otras tantas cosas, que se fueron solapando otras lecturas, tareas, obligaciones,… un libro se puso encima de otro, otro encima de otro… y el libro cayó en el olvido. ¿Cayó en el olvido? La verdad es que no: hace poco le retomé y le devoré.

Quizá no es más que otra novela, una historia, con una gran dosis de ficción que trata de llegarnos al corazón, porque de eso se trata con la literatura: abrirnos los ojos a otras realidades, a otros mundos, a otras vidas y que algo de eso nos toque y nos invite a formar parte de ello. En esta quizá sea aún más sencillo, porque habla de una persona real (aunque no sea exactamente una auténtica biografía) y lo que se resalta continuamente son las ganas de vivir, la fuerza que impulsa a la protagonista a seguir, a pesar de las separaciones.

Se trata de la historia de un amor incondicional que, en el mundo real llevó a que fuera beatificada por San Juan Pablo II, no tanto por su aceptación de las adversidades y la violencia que la acompañó durante tantos años, sino más bien por su decisión de trabajar eficazmente para liberar a niñas y mujeres de la opresión y la violencia y devolverles su dignidad. De esta redención, de esta esperanza habla también específicamente Benedicto XVI en Spe Salvi, poniéndola como testimonio de una esperanza en la lucha y que es lo que la ha llevado a ser declarada patrona de Sudán y un referente esencial en la lucha contra la trata, un drama presente a lo largo de toda la historia de la humanidad, hasta hoy.

Quizá hoy se muestra esto de un modo mucho más doloroso, más hipócrita, puesto que nos consideramos una sociedad civilizada, que ha abolido la esclavitud, que respeta los derechos humanos, que considera a todas las personas con la misma dignidad,… Pero no. Eso no son más que palabras bonitas.

La realidad es otra muy distinta: cada vez hay más personas que padecen diferentes formas de esclavitud. Este año 2021 ha sido denominado por la OIT como el año internacional para la eliminación del trabajo infantil y esto está también muy presente en esta historia: «usted entiende: los niños, los niños esclavos, los niños soldados, ¿entiende?, yo no hice nada y usted tampoco, ¿y quién podrá, dígamelo, quién podrá algún día?». Esa es, en el fondo, la pregunta que tenemos que contestarnos cada uno.

Gonzalo Cardona, in memoriam

Marta Sanz Buezo

Estas semanas tenemos la agenda llena de eventos para profundizar en los “trends” de la sostenibilidad del año que estrenamos. También ha salido el muy esperado mapa de #riesgos del World Economic Forum para el #2021. Hablaremos mucho de enfermedades infecciosas, cambio climático, propósito, OKRs, ODS, green deal, economía circular, … Y hablaremos muy poco de los que están dando su vida encarnando la ecología integral, que es mucho más que la #sostenibilidad. Para cientos de empobrecidos anónimos el 2020 ha costado muy caro y el 2021 no augura un cambio a mejor. Alguno dirá, “¡Cómo te pones de tremendista!” y quizá no le falte razón. Pero no puedo, ni quiero pasar por alto el asesinato de Gonzalo Cardona. Porque los que dan la vida por los demás, merecen ser considerados algo más que una estadística.

Gonzalo y sus compañeros no necesitaron debates sesudos sobre la importancia de intregar el Propósito en su organización. Tenía y tienen grabado a fuego la urgencia de trabajar por el bien común de todos sus congéneres y del planeta. Creo que Francisco, en #FratelliTutti, habla de Gonzalo y sus compañeros cuando afirma que “los últimos en general «practican esa solidaridad tan especial que existe entre los que sufren, entre los pobres, y que nuestra civilización parece haber olvidado, o al menos tiene muchas ganas de olvidar. Solidaridad es una palabra que no cae bien siempre … que expresa mucho más que algunos actos de generosidad esporádicos. Es pensar y actuar en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos. También es luchar contra las causas estructurales de la pobreza, la desigualdad, la falta de trabajo, de tierra y de vivienda, la negación de los derechos sociales y laborales”.

Aquellos que vibramos con la sostenibilidad, el medio ambiente, la naturaleza, la responsabilidad social, deberíamos mirarnos más en mujeres y hombres como Gonzalo Cardona, Berta Cáceres, Angélica Ortiz y menos en Obamas, Von der Leyen y otros tantos de la élite. La solidaridad que practican los empobrecidos no necesita de planes estratégicos, metas, ciclos PDCA, DAFOS, ni matrices de materialidad. Necesita manos llenas de coherencia, de vida entregada por la comunidad, de humor, amor y dinamismo.

La solidaridad, entendida en su sentido más hondo, es un modo de hacer historia.

No. No vamos a dejar que sus muertes sean una estadística. Hoy quiero hacer un homenaje a personas como Gonzalo Cardona y a organizaciones que entregan su vida dia a día, a veces hasta la última gota, haciendo Historia en defensa de nuestra Madre Tierra y todos los que la habitamos.

Lo que Europa le debe al cristianismo

Rafael Narbona

Durante estas navidades, el Parlamento Europeo ha rechazado la propuesta de exponer un Belén en su sede, alegando que podría resultar ofensivo. Cuesta trabajo comprender qué puede resultar ofensivo en una tradición que ha acompañado a la sociedad europea durante siglos. No es un secreto que la identidad de Europa es una síntesis de Roma, Grecia y Jerusalén. Si prescindimos de algún aspecto de este legado, mutilamos nuestro propio ser. El cristianismo no ha aportado tan solo la Buena Noticia, el nacimiento de Jesús, un niño judío que se revelará como el Hijo de Dios, materializando la promesa del Antiguo Testamento, según el cual la herida abierta por el pecado original solo se cerrará cuando un Salvador restaure el equilibrio roto por el hombre.

Entiendo que para muchos este razonamiento solo es mitología. Conviene recordar que las Sagradas Escrituras no pretenden ser un relato de hechos históricos contrastables mediante la metodología de las ciencias sociales, sino una narración con una dimensión mítica y un significado trascendente. Si no fuera así, no se comprendería que el robo de una manzana fuera el origen de las desgracias de la humanidad. Esa manzana quizás nunca existió y simplemente simboliza la transgresión de las normas que protegían la vida. De hecho, la muerte de Abel es una consecuencia directa del pecado original, que introdujo la violencia en las relaciones humanas, desoyendo el mandato espontáneo de no matar que nos asalta cada vez que contemplamos el rostro ajeno.

El cristianismo es un humanismo radical

Con independencia de las cuestiones teológicas, el cristianismo no se ha limitado a aportar esperanza, lo cual no es poco, sino que además ha cimentado una interpretación del hombre y la historia basada en valores atemporales, como la fraternidad, el perdón, la paz y la solidaridad. Para el cristianismo, no hay judíos y gentiles, hombres civilizados y bárbaros, patricios y esclavos, varones y mujeres, sino seres humanos con una dignidad inalienable. Nadie es insignificante. Cualquier vida posee un valor incuestionable. Frente al egoísmo, el cristianismo incita al desprendimiento y la generosidad. El clamor contra la injusticia recorre el Evangelio y el Antiguo Testamento. Los pobres, los hambrientos, los que sufren no deben ser abandonados a su suerte. Su dolor es un escándalo y hay que hacer todo lo posible por mitigarlo. Eso sí, la lucha por la justicia no puede servir de pretexto para empuñar la espada. Hay que renunciar a la violencia y la venganza. Los pacíficos son los verdaderos hijos de Dios. El amor al prójimo debe extenderse a los enemigos. Quizás pueda parecer una idea ingenua o inhumana, pero sin esa predisposición, las heridas siempre permanecerán abiertas. Europa no ha conocido una paz duradera hasta que las naciones con una tradición de enemistad han decidido estrecharse la mano, enterrando su historial de agravios mutuos.

En el cristianismo, el amor al prójimo no es algo marginal, sino una idea central. San Juan escribe: “Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, está mintiendo. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?”. El cristianismo es un humanismo radical. Pone a la persona en el centro de la vida moral y social, señalando que el hombre siempre es un fin y nunca un medio. No somete al individuo a los designios de la Historia o la Naturaleza, que justifican su inmolación, apelando a una hipotética plenitud futura. Algunos dirán que las hogueras de la Inquisición ignoraron este planteamiento. Sería absurdo negarlo, pero conviene aclarar que la Inquisición constituyó una gravísima infidelidad al Evangelio.

La Iglesia Católica no ha logrado permanecer al margen de las convulsiones de la historia. Su mensaje ha sido utilizado para justificar ideologías opuestas a sus principios más elementales. Pienso en el antisemitismo, que nace de la injusta acusación contra el pueblo judío de ser los responsables de la muerte de Jesús. Nunca me cansaré de repetir que Jesús fue ejecutado por Roma, que le consideró un alborotador más, uno de esos mesías que aparecían de vez en cuando, incitando a la rebelión. El cristianismo no es la negación del judaísmo, sino su continuación. Una hagadá de la Torá formula con inequívoca nitidez el pilar de la moral: “No hagas a tu prójimo lo que no quieres que te hagan a ti; todo lo demás es comentario”. Debemos esa “regla de oro” al rabino Hilel el Sabio (h. 110 a. C.-10 d. C.), el primer erudito que sistematizó la interpretación de la Torá escrita. En su ‘Vida de Jesús’, Ernest Renan sostiene que Hilel fue el maestro de Jesús de Nazaret. El cristianismo siempre estará ligado al judaísmo. Los Cristos rubios y de ojos azules son una grotesca caricatura que ignora los hechos históricos (Jesús probablemente tuvo la piel morena, los ojos oscuros y el cabello corto), fomentando un antisemitismo hondamente anticristiano.

La religión como pretexto

Se ha responsabilizado al cristianismo de las guerras que asolaron Europa a partir de la Reforma, pero lo cierto es que esos conflictos no nacen de disputas religiosas, sino de la búsqueda de la hegemonía de unas naciones sobre otras. La religión sirvió de pretexto. Nunca fue la causa principal. Lejos de abogar por la guerra, el cristianismo destaca la responsabilidad de cada ser humano en relación a sus semejantes. El examen de conciencia y el sentimiento de culpa nos obligan a reflexionar sobre nuestros actos y a reparar el daño causado. La culpabilidad no es un simple lastre, sino un reconocimiento objetivo de nuestros errores y un estímulo permanente para corregirlos y superarlos. La culpabilidad sería estéril sin la posibilidad del perdón. Gracias al perdón, podemos librarnos del pasado. No estamos encadenados a él como si fuera algo muerto e inalterable. Ser perdonados significa poder reescribir lo que sucedió, avanzando hacia un futuro con nuevas posibilidades. Todas las legislaciones de países democráticos se hacen eco de esta idea, señalando que el sentido de las penas no es castigar, sino rehabilitar al infractor. Jesús nunca escatimó el perdón y siempre mostró predilección por los pecadores.

El cristianismo no se mostró hostil a la carne ni al sexo. Postuló la resurrección del cuerpo y el alma porque entendió que la persona es existencia encarnada, una conjunción indivisible. Sin cuerpo, no hay historia. Es la vía de inserción en lo real y lo que nos permite forjar una identidad. El odio al sexo no es una herencia cristiana, sino una vieja enseñanza gnóstica que san Agustín asimiló, desviándose del espíritu del Evangelio. El cristianismo tampoco es enemigo de la ley. Cuando Jesús pide que se paguen los impuestos, reconoce la dimensión comunitaria del individuo. No es posible una vida humana al margen de la sociedad.

Ser ciudadano no es una opción, sino una necesidad y una obligación. Eso sí, las sociedades que utilizan al hombre como medio y no como fin carecen de legitimidad y cabe la desobediencia. En los Hechos de los apóstoles, Pedro afirma: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. La invitación a la comunidad de bienes que circula por el Evangelio incorpora a la política una perspectiva utópica. No se trata de una utopía basada en la violencia revolucionaria, sino en el ejercicio de la razón. No es posible la paz y la prosperidad en un mundo con grandes desigualdades. Solo cuando comprendamos que la verdadera felicidad consiste en compartir, saldremos de esa lógica de la acumulación y el consumo que nos convierte en esclavos de los bienes materiales.

La fuerza de la libertad

El cristianismo es una “moral abierta”, como señala Henri Bergson, que se fundamenta en la libertad. Podemos abrazarla o no. No es una “moral cerrada” que se impone mediante la fuerza. No podría ser de otro modo en una filosofía que invita a poner la otra mejilla y a compartir con nuestros semejantes el manto, la túnica o lo que sea preciso. El cristianismo siempre se solidariza con el más débil. Por eso cambió la situación de los niños en el mundo antiguo. En Roma, la vida del recién nacido dependía de la voluntad del ‘pater familias’. Si éste repudiaba al niño, se le abandonaba a la intemperie, expuesto a los elementos y a las fieras. Jesús advierte que la vida de los niños es sagrada y que más valdría atarse una rueda de molino y arrojarse al mar antes que causarles cualquier daño. Su actitud no es menos favorable hacia la mujer. Se ha recriminado al cristianismo la discriminación y postergación de la condición femenina. Ese reproche debería más bien dirigirse a las distintas iglesias, pues Jesús se rodeó de mujeres y todo indica que muchas desempeñaron un papel muy importante en las primeras comunidades.

El respeto a los derechos humanos es la piedra angular del proyecto europeo y ese compromiso no ha surgido de la nada. Es anterior a la Ilustración y, de hecho, el humanismo de los ‘philosophes’ es nítidamente cristiano. El ateísmo fue un fenómeno marginal en el Siglo de las Luces. Predominó un anticlericalismo inspirado por el rechazo a la intervención de la Iglesia Católica en los asuntos políticos. Desgraciadamente, se juzga al cristianismo por las infidelidades de la Iglesia, siempre sujeta a las imperfecciones humanas, y no por sus grandes aportaciones al progreso moral de la cultura occidental. El cristianismo depuró la herencia grecolatina y las enseñanzas de la tradición judía mediante el humanismo del Evangelio, alumbrando la idea de una civilización basada en leyes justas que garantizaran la igualdad de derechos, la protección del más débil y la fraternidad con otros pueblos.

Negarse a exponer un Belén en el Parlamento Europeo significa darle la espalda a ese legado, ocultando sus raíces históricas y filosóficas. El hispanista Joseph Pérez afirmaba que sin el cristianismo, España se parecería al norte de África, donde las ideas democráticas aún soportan una fuerte resistencia. Puede extenderse su reflexión al resto de Europa. El comportamiento del Parlamento Europeo evoca los problemas de Jesús y María para hallar posada, cuando el nacimiento de Jesús era inminente. Es un gesto con un indudable parentesco con la tendencia de Europa a levantar muros y no puentes, cerrando el paso a los inmigrantes. Un Belén en el Parlamento Europeo, lejos de ofender, podría haber servido para recordar que lo ético y humano es la acogida, y no la indiferencia o el rechazo.

Del fordismo al postfordismo: La evolución del empleo desde la sociología

Fuente: Sociología Inquieta

El fordismo fue el principal sistema de producción y organización económica de la primera mitad del siglo XX. Esta lógica productiva hace referencia a la cadena de montaje implantada por Henry Ford, dueño de la famosa marca de automóviles norteamericana, siendo este el pionero en la implantación de la producción en cadena de bienes estandarizados a través de la fabricación de automóviles.
El modo de producción fordista se basa en la división y especialización de tareas, así como la organización técnico/científica del trabajo. A través del fordismo la fábrica se instaló como “lugar sagrado del empleo”.
Además, la mecanización, la estandarización, el aumento de la producción, la reducción de los costes productivos, el acceso a un salario estable y relativamente decente produjeron el aumento de los niveles de vida de las clases más bajas, introduciéndolas de lleno en el mercado, provocando el surgimiento de la sociedad de consumo.

La crisis del fordismo de 1973-2007

El periodo de declive del fordismo y el surgimiento del nuevo paradigma productivo/económico actual se deben entender desde que se inicia la crisis del petróleo en 1973, hasta el inicio de otra crisis, en este caso, la denominada crisis suprime, perteneciente al año 2007 y que desgraciadamente tanto hemos sufrido en todo el mundo.
De esta manera, los años anteriores a la crisis de 1973 fueron años convulsos, con un crecimiento del desempleo y de las desigualdades sociales. A raíz de los acontecimientos de la crisis del petróleo, se iniciaron una serie de medidas comprendidas dentro del periodo denominado “nueva economía”: una época de prosperidad económica de unas tres décadas. Sin embargo, esto no se tradujo en un aumento de los niveles de vida y fue consolidando las bases del capitalismo neoliberal, en el cual hoy en día nos encontramos y donde la desigualdad estructural es una característica más.

Transformaciones sociopolíticas

En esta época que transcurre de 1973 hasta 2007, podemos encontrar grandes cambios en las políticas económicas internacionales. Por un lado, el estado fue perdiendo la posición que ocupaba en la primera fase del fordismo, siendo la principal figura reguladora de la vida social.
Asimismo, a partir de 1980 el Estado de Bienestar en Europa cambió hacia otras lógicas, coincidiendo con la subida al poder en EUA e Inglaterra de los partidos liberal-conservadores liderados por Teatcher y Reagan.
Las nuevas doctrinas liberales se situaron como el brazo ejecutor que debía hacer frente a la crisis. De este modo, se impuso un programa político/económico que se basaba en la reducción de las funciones del estado como remedio de los males provocados por las recesiones.
Por otra parte, el mercado y la iniciativa privada se presentaban como elementos clave para tomar las riendas sociales y generar riqueza. Así pues, el estado pasaba a tener una función limitada, en la cual, debía alejarse lo máximo posible de la intervención económica y solamente proporcionar un marco adecuado en el que la iniciativa privada pudiera generar sus actividades de manera solvente.

De esta forma, las medidas adoptadas postcrisis (1973) se manifestaron en dos frentes. Por un lado, una ralentización del gasto público y privatización de sectores pertenecientes al Estado del Bienestar (sanidad, educación y servicios sociales).
Por otra parte, la figura del estado desaparecía como mediador en las relaciones laborales: Anteriormente, el estado se desarrolló como mediador del conflicto entre el capital y el trabajador. Sin embargo, a través de la implantación del neoliberalismo, esta mediación ha sido substituida por una posición de sumisión por parte del estado y de los trabajadores al poder económico.
Por tanto, la negociación Estado-Sindicato-Patronal fue perdiendo sentido, perjudicando derechos laborales como la huelga y otras acciones colectivas.
De esta manera, la lógica liberal fue argumentando (y aún lo hace hoy en día) estas acciones a través de la idea de que el mercado no necesita este tipo de regulaciones que perturban el funcionamiento económico/social y perjudican a todos.

Transformaciones económicas y productivas


El cambio de paradigma del fordismo al actual (postfordismo) se presenta en múltiples cambios, uno de los más significativos lo observamos en la descentralización productiva. En el fordismo, todo el proceso productivo (desde que entra la materia prima hasta que sale el producto acabado) se realizaba en su totalidad dentro de la fábrica, es decir, en el mismo lugar. No obstante, en la actualidad, con el postfordismo observamos como el proceso productivo se deslocaliza y las partes de un mismo producto se fabrican en diferentes lugares. Esta descentralización de la producción ha servido para que las grandes empresas se desprendan de las partes del proceso productivo menos rentables, encargándolas a empresas más pequeñas o subcontratadas.

Por otro lado, en el postfordismo nos encontramos con nuevas formas de organizar la producción, donde la gestión de los recursos humanos gira entorno al concepto de flexibilidad, de una manera similar a la que fluye el capital y el dinero por la economía globalizada.

El capital humano de la empresa pasa a ser una pieza más de los costes de producción (anteriormente más rígida y menos maleable) pero actualmente volátil y flexible. Esto se traduce en plantillas de personal con contratos temporales y despidos baratos, además de una sindicalización débil que no supone un verdadero obstáculo sobre la gestión empresarial.

Mapa mundial sobre la deslocalización de la producción

La flexibilidad sobre los trabajadores: Consecuencias

La desregulación y la flexibilidad sobre los empleados ha sido una de las estrategias principales de las empresas postfordistas para reducir costes y aumentar los beneficios. De esta manera, la flexibilidad neoliberal se traduce en la capacidad del empresario para contratar y despedir.
Asimismo, podemos hablar de un nuevo modelo laboral caracterizado por lo descrito en el párrafo anterior. El fordismo presentaba un modelo de empleo de contratos fijos con sistemas de promoción, mayor peso de los sindicatos y jornadas laborales previsibles y reguladas.
Hoy en día, el modelo de empleo se presenta mucho más diversificado, junto a los empleos estables nos encontramos con una gran variedad de empleos temporales y precarios (contratos temporales, de prácticas, a tiempo parcial…) los cuales se han denominado con mucho acierto “contratos basura”. Todas estas nuevas formas de contratación han sido adoptadas por las empresas para enfrentarse a un mercado cada vez más competitivo, desleal y agresivo, paradójicamente un mercado que se ha vuelto de esta manera en gran parte por las medidas neoliberales, las cuales han propiciado que no exista control ni regulación frente a las lógicas del libre mercado.

En conclusión, el modelo actual convierte a los trabajadores en un flujo económico más que es sometido al mercado, un mercado volátil, mundial, impredecible y en constante competencia.

Así pues, los empresarios usan estas nuevas condiciones laborales como una herramienta de reajuste económico, provocando una precariedad laboral que ha llegado para quedarse dentro de nuestro sistema productivo. Además, afectando de lleno a los sectores y empleos más vulnerables (mal pagados o de poca cualificación), sosteniendo estas condiciones laborales a través de la amenaza constante del despido.
Por tanto, nos encontramos en un contexto donde los empresarios se alejan cada vez más del trato humano que debe recibir un trabajador, pisoteando sus derechos a través de una gestión económica del empleo basada en la precariedad y el abuso.

El empresario como arquetipo cultural de éxito

Los cambios productivos y económicos que dan forma al postfordismo también tienen su repercusión (como todos los fenómenos sociales) en la esfera cultural. A veces es la cultura la que influye en la forma de producir, otras, es la forma de producir la que influye a la cultura, y en múltiples ocasiones, es un proceso de interrelación, la verdad que ni los científicos sociales logramos salir del debate sobre que estructura (económica, política o cultural) domina sobre las demás.
Lo que sí es irrefutable son los cambios en los imaginarios colectivos sobre las figuras del trabajador y el empresario . De esta manera, el ámbito de lo empresarial se ha ido situando en una posición de prestigio en la nueva cultura neoliberal, que, año tras año se ha asentado como hegemónica.
Así pues, durante 1950-60 las figuras heroicas del trabajo procedían de la clase obrera, la cual, fue la gran protagonista de la reconstrucción europea después de la 2GM. No obstante, a partir del proceso de liberalización económica iniciado en los 70, los ideales culturales han ido cambiando, relegando al trabajador a una posición de subordinación frente al empresario. Los ejecutivos, directivos, grandes dirigentes empresariales y emprendedores pasan a ser el ejemplo máximo de éxito social y económico, y lo más importante, se les atribuye todo el mérito del crecimiento y la creación de riqueza. Junto al asentamiento de estos ejemplos culturales, encontramos la absorción por parte de la sociedad de valores como el individualismo y la competitividad llevadas al extremo.

De esta forma, a través de los medios de comunicación y las producciones culturales (radio, TV, internet, literatura…) se reproduce la ideología neoliberal. Múltiples relatos discursivos que nos cuentan una y otra vez el sueño americano, que nos indican que el éxito personal va ligado al individualismo más extremo, y que intentan esconder los logros colectivos, quedando relegado el papel de la comunidad a un plano marginal.

De esta manera, toda la vida social queda impregnada por las lógicas del mercado. Además, este discurso se reproduce hoy en día gracias al poder de influencia de las grandes corporaciones, dueñas de los medios de comunicación y de las principales instituciones científicas, dominando así campos de poder hegemónicos como el cultural o el científico.

En conclusión, este proceso que describe el surgimiento de una nueva hegemonía cultural neoliberal, va ligado al desprestigio de la clase obrera y su propio imaginario. Existe una gran pérdida de conciencia en cuanto a la historia real del trabajador, pero es más, actualmente se presenta al trabajador como un estorbo para el crecimiento económico.

El individualismo extremo de la lógica neoliberal, culpabiliza de manera sistemática a cada una de las personas que no logra encontrar trabajo o está en una mala posición en el mercado, esfuérzate y lo conseguirás, y si no lo consigues esfuérzate aún másese es el eslogan, evidentemente falso. Se ignoran dimensiones como el género, el origen geográfico, la etnia, la edad, la discapacidad o la clase social del hogar en el que naces, se tienen que ignorar, evidentemente si no se hiciera se derrumbaría su castillo de naipes basado en la meritocracia y el mito del emprendedor.
Francisco durante un encuentro de COPAJU 2019

Devolver a los pobres lo que es suyo

Fuente: Alfa y Omega

En dos mensajes a jueces de América y África, Francisco ha subrayado  que el derecho a la propiedad privada no es «absoluto e intocable», pues depende del principio del «destino universal de los bienes».

El Papa ha advertido a jueces de América y África de que «ninguna sentencia puede ser justa, ni ninguna ley legítima, si producen más desigualdad, más pérdida de derechos, indignidad o violencia». Lo hizo en dos vídeos enviados al encuentro intercontinental de jueces Construcción de la nueva justicia social, organizado por el Comité Panamericano de Juezas y Jueces por los Derechos Sociales y la Doctrina Franciscana (COPAJU).

El primero de los vídeos era un saludo en el que los felicitaba por la iniciativa de «pensar, de codificar, de construir la nueva justicia social». Un proyecto que resulta «un bálsamo reparador» en una sociedad en la que se «mira con cierta desconfianza y recelo» a quienes deben decidir lo que es justo.

Con un concepto de la administración de justicia alejado de lo intelectual o burocrático, el Santo Padre pidió a los jueces tomar conciencia de «todo lo que pueden ayudar mediante su rectitud y compromiso». En cada decisión, añadió, tienen la oportunidad de «hacer una poesía que cure las heridas de los pobres, que integre el planeta, que proteja a la madre tierra y toda su descendencia. Una poesía que repare, redima y nutra».

Devolver a los pobres «lo que es suyo»

Un segundo videomensaje del Pontífice se centró en seis claves desde las que, en su opinión, debe basarse esa nueva justicia social que se buscaba en el encuentro. La última de ellas, a la que dedicó más atención, es la llamada a ser «solidarios al luchar contra las causas estructurales de la pobreza, la desigualdad, la falta de trabajo, de tierra y de vivienda»; también al luchar «contra quienes niegan los derechos sociales y laborales» y contra la cultura «que lleva a usar a los demás» y acaba arrebatándoles su dignidad.

Francisco subrayó que cuando los jueces resuelven un caso dando «a los pobres las cosas indispensables, no les damos nuestras cosas, ni las de terceros, sino que les devolvemos lo que es suyo». En este sentido, recordó que «la tradición cristiana nunca reconoció como absoluto e intocable el derecho a la propiedad privada», sino que «subrayó siempre la función social de cualquiera de sus formas».

Esto se debe, añadió el Papa, a que este es «un derecho natural secundario derivado del derecho que tienen todos, nacido del destino universal de los bienes creados». Por ello, «no hay justicia social que pueda cimentarse» en la inequidad y «la concentración de la riqueza».

Realidad frente a la indiferencia

El resto del mensaje desgranaba las restantes cinco claves. La primera es «no pensar desconectados de la realidad»; una realidad que incluye que «una pequeña parte de la humanidad vive en la opulencia», mientras que se ignoran la dignidad y los derechos de «una cantidad cada vez más numerosa» de personas.

En segundo lugar, el Papa definió la justicia como «una obra colectiva», en la que todas las personas de buena voluntad saben que «lo justo es una tarea que ha de conquistarse todos los días», porque la tentación de la injusticia se produce a «cada minuto». Por ello son necesarios el compromiso y una actitud samaritana para «hacernos cargo del dolor del otro». Un paso más a partir de este punto es combatir la indiferencia. «Tenemos que asumir que nos hemos acostumbrado a pasar de lado, a ignorar las situaciones hasta que nos golpean directamente», advirtió Francisco.

Las siguientes dos claves son la perspectiva histórica y de pueblo. Quienes quieren administrar justicia con perspectiva social deben hacerlo con una reflexión histórica, contemplando «las luchas, los triunfos y las derrotas», así como el sacrificio de «quienes dieron su vida por una humanidad plena e integrada». Esta mirada los llevará a tomar conciencia de que son parte del pueblo. Es más, a los creyentes «Dios nos pide ser pueblo de Dios, no elite de Dios»; pues de esta segunda mentalidad surgen los «clericalismos» que llevan a «trabajar para el pueblo pero nada con el pueblo».

La II República y la Guerra Civil en el Archivo Secreto Vaticano

Ana Sánchez

Una nueva adquisición ocupa ya las estanterías de la Biblioteca Julián Gómez del Castillo de la Casa Emaús: esta recopilación de documentos nos acerca a una época sombría de la historia contemporánea de España, pero así fueron los hechos y así hay que recordarlos, documentándolos con textos de la época, prescindiendo de interpretaciones tendenciosas y manipulaciones ideológicas.

Es doloroso recordar cómo durante un lustro, los partidos políticos más extremistas de derechas e izquierdas, contrarios a la legalidad constitucional, fueron creando un clima prebélico que llevó a la confrontación armada.

A lo largo de la historia se ha visto cómo la sed de aprender y la lucha contra la ignorancia siempre han resultado imprescindibles en la emancipación de los empobrecidos, constatada como algo que no significaba únicamente reivindicaciones políticas y económicas.

Así nos lo enseñó y lo vivió Julián Gómez del Castillo, que entre los pobres de la España del hambre que le tocó vivir, aprendió y eligió el largo y sacrificado pero fecundo, camino de la cultura y la vida solidaria, frente al atajo fácil e inmediato del asistencialismo, que castra la promoción de los pobres. Así, nos enseñó que el primero fomenta hombres libres, capaces de generar esperanza y liberación para los oprimidos. El segundo crea personas dependientes, y por tanto esclavas.

Os invitamos a acompañarnos en esta y otras aventuras: historias reales, hechas por personas concretas y que van construyendo lo que somos y cómo somos. Los libros nos ayudan a entender un poco mejor lo que hemos de llevar a nuestras vidas para seguir construyendo historia.

Encerradas

Nuria Sánchez Díaz de Isla

Antes de la pandemia pocas personas sabían lo que era el “síndrome de la cabaña”, ese que se ha hecho tan popular en conversaciones y medios de comunicación y que han sufrido muchos niños y adultos tras el confinamiento.

Este síndrome no es nuevo, ya se sufría por distintos profesionales, en submarinos, bases petroleras y… ¡trabajo doméstico!

Lo de los submarinos, y las bases petroleras parece obvio, pero lo del trabajo doméstico, para la inmensa mayoría de la gente resultará extraño. Déjenme que les cuente:

En nuestra ciudad, hay cientos de mujeres que trabajan donde viven y viven donde trabajan, son las internas. Mujeres migrantes, que cuidan personas mayores, y lo hacen las 24 horas del día.

Algunas, las “afortunadas” tienen un par de horas libres al día y los fines de semana; otras, que corrieron peor suerte, pueden pasar hasta 5 días trabajando sin un mísero tiempo de descanso.

Algunas, las “afortunadas”, cuidan personas que pueden salir a la calle, lo que sirve para respirar aire fresco, pasear, tener una conversación con un vecino o algún compatriota… Otras, que corrieron peor suerte, cuidan personas que no salen de casa, y a ellas tampoco se les permite hacerlo.

Y así, en nuestra ciudad, existen mujeres, que viven su juventud “ENCERRADAS” día tras día, al cuidado de nuestros queridas tías, madres y abuelas.

Mujeres valientes y luchadoras que se sienten enloquecer, se angustian, se desesperan, sufren de taquicardias, insomnio… Y a pesar de que se consumen física, psicológica y emocionalmente, cada vez tienen más miedo de abandonar el lugar donde trabajan.

Su confinamiento hoy continúa, y no precisamente por culpa de la pandemia.

Son personas concretas las que imponen a las trabajadoras internas unas condiciones injustas e inhumanas.

Es un ambiente concreto el que defiende la idea de que los migrantes son personas de segunda, a nuestro servicio.

Es una legislación concreta la que condena a las personas en situación irregular a vivir y trabajar clandestinamente, sin derechos ni libertades, expuestas a todo tipo de explotación.   Necesitamos cambiar leyes, ambientes y corazones. Necesitamos una ciudad libre de mujeres “encerradas”.