Convertir la prostitucion en trabajo es capitalismo.

Corina Fuks

Amelia Tiganus —escritora y activista por la abolición del sistema prostitucional— ha publicado un artículo en El País pocos días después de que el mismo medio difundiera un perfil sobre Georgina Orellano, mujer en situación de prostitución y referente de la campaña por la regularización de la prostitución como “trabajo sexual”. En su texto, Tiganus vuelve sobre una cuestión central: la imposibilidad ética y política de llamar trabajo a un sistema que explota de manera sistemática a las mujeres más vulnerables de nuestra sociedad. Desde su propia experiencia, reflexiona sobre lo que implica convertir en categoría de trabajo lo que para millones de mujeres es supervivencia y explotación bajo la desigualdad estructural.

Sin embargo, la publicación de ambas piezas no convierte automáticamente al periódico en un espacio neutral. No se puede ser imparcial ante la injusticia y la explotación; la pretendida equidistancia frente a un sistema que mercantiliza el cuerpo de las mujeres termina favoreciendo el marco que lo sostiene.

Poner el cuerpo de las mujeres en el mercado no puede considerarse una postura feminista ni de izquierda. La cosificación nunca ha sido emancipadora. También es relevante observar los entramados institucionales que acompañan la propuesta de regular la explotación sexual como trabajo. AMMAR — una asociación que promueve esta agenda y cuya secretaria general es Georgina Orellano— ha estado vinculada a RedTraSex, red regional que ha recibido financiamiento del Fondo Mundial y ha trabajado en colaboración con organismos internacionales como ONUSIDA. Además, figura como organización beneficiaria del Red Umbrella Fund, un fondo sostenido por grandes donantes institucionales que otorgan subvenciones a colectivos a los que denominan “trabajadoras sexuales”. Estos financiadores —gobiernos poderosos, fundaciones multimillonarias y capital corporativo global— operan con carteras diversificadas que incluyen sectores donde la sexualidad es mercancía, lo que refuerza la lectura estructural de intereses alineados en la normalización de estos mercados. En un contexto donde los circuitos del capital global invierten en industrias que convierten la sexualidad en mercancía, la coincidencia entre la despenalización del “trabajo sexual” y la expansión de estos mercados no parece casual, sino estructural.

Puedes leer el artículo completo de Amelia Tiganus pinchando aquí

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