Perdonar y reconciliarse ¿es lo mismo?

Diego Velicia
Psicólogo del COF Diocesano


El perdón consiste en decidir no guardar rencor por el daño recibido. Algo así como “romper la factura que me debes”. Es un acto gratuito que no debe hacerse con ningún otro objetivo que no sea el de devolver al otro la dignidad perdida en la ofensa que cometió contra mi. Ni siquiera debe aplicarse con el objetivo de conseguir el perfeccionamiento moral del ofensor al verse perdonado. Hay ocasiones en que se perdona a alguien para ver si “aprende y se da cuenta”, y esto puede que suceda, pero no debe ser el objetivo del perdón, porque entonces sería un perdón condicionado: “te perdono para que…” Como explica Jean Laffitte en su libro El perdón transfigurado, “el perdón no sustituye la deuda de la ofensa por la deuda de un perdón, que convertiría al ofensor en deudor por segunda vez. El perdón le restablece en su dignidad y un don así no puede hacerse sin amor”. Es un regalo gratuito que no nace de una reacción instintiva, sino que es un acto eminentemente creativo.

Ese acto de amor, como acto personal, puede tener lugar sin necesidad de que el ofensor se arrepienta o pida perdón. Hay ocasiones en que nos negamos a perdonar a alguien porque “no me ha pedido perdón”. Pero la petición de perdón del ofensor no es imprescindible para perdonar. ¿Cómo se podría perdonar entonces a quien no tiene posibilidad de pedir perdón? ¿Estaría entonces la víctima condenada a vivir con el resentimiento y el rencor permanentemente? No. Porque es posible perdonar a un desconocido, a alguien que nos ha hecho daño y ya no está cerca de nosotros. Es posible perdonar a alguien que ya ha fallecido. Es posible perdonar a alguien que no reconoce el daño causado, que no se arrepiente ni pide perdón.

La reconciliación, sin embargo, es un paso más allá del perdón. El perdón es “unidireccional”, es decir, que una persona puede perdonar a otra que le ha hecho un daño, aunque no se arrepienta, aunque no pida perdón, aunque no tenga ninguna relación con ella. La reconciliación, sin embargo, es “bidireccional”. Precisa que el ofensor reconozca el daño causado, se arrepienta, trate de repararlo si es posible y pida perdón. Pero la reconciliación va más allá del perdón. Mira al futuro para establecer una relación mejor de la que existía antes entre esas personas. No borra el daño, ni restaura la relación al punto anterior al daño, si no que crea una relación nueva. Y ahí es imprescindible el concurso de los dos.

Toda reconciliación precisa del perdón, pero no todo perdón puede llevar a una reconciliación. Un ejemplo lo tenemos cuando el ofensor niega o minimiza la ofensa, sin hacerse cargo del dolor causado, requisito imprescindible para la reconciliación. Otras veces la víctima del daño puede temer volver a ser herida por el ofensor y necesita guardar una distancia adecuada para evitar ese daño. Y esa distancia no impide que le pueda perdonar ni cuestiona la veracidad del perdón, es simplemente la necesidad de protegerse a sí mismo de un daño, que en algunos casos puede ser terrible.

Aunque estamos llamados a ser reconciliados, no siempre eso se produce en esta vida. Pero la Buena Nueva consiste en saber que el pecado, el mal, no tienen la última palabra sobre el hombre.

Momentos fundamentales para la salud pública y para la salud mental

Estos días he tenido la fortuna de charlar con compañeros psicólogos sobre la intervención en situaciones de crisis y particularmente, la que nos está tocando vivir. Quería escribir como forma de agradecerles que compartan su buen hacer y su experiencia profesional y personal.

Me han contado que la experiencia de las familias que están viviendo situaciones muy duras muchas veces, la mayoría de las veces, es de comprensión, de valoración del trabajo y de agradecimiento profundo por las personas que han puesto en su camino. Y es que, en medio del dolor y a pocas horas de la situación del trauma, se sabe que lo que ocurre tiene impacto en el procesamiento a largo plazo. Es decir, que si tú tienes una experiencia con alguien que se acerca a ti, que te escucha, que está dispuesta a ayudarte en tus necesidades o con la que te sientes comprendida, tendrás más posibilidades de elaborar de una forma más constructiva la pérdida y/o trauma acontecidos.

Así que lo que hacen los sanitarios y otras personas tiene mucha importancia en la vivencia de las personas. Mucha.

Se sabe también, por otras epidemias, que los profesionales de la sanidad que están en primera línea sufren mucho impacto y si el gobierno, las instituciones, otros profesionales etc. no les ofrecemos el cuidado que requieren, es posible que un porcentaje importante de trabajadores desarrollen problemas de salud mental. Los psicólogos que intervienen en crisis están preocupados por llegar a ellos y hay servicios que se ponen en marcha, pero no están lográndolo de forma suficiente. Los médicos, enfermeras, auxiliares, personal de residencias, tienen muchos factores de estrés: adaptación a áreas de especialización que no controlan, falta de recursos sanitarios, informaciones y protocolos en permanente cambio, la propia afectación, cuarentena y sentimientos de culpa por no poder ayudar o contagiar, problemas éticos, desbordamiento, la sensación de no poder con el desconsuelo de las familias, etc. Estos profesionales requieren ser escuchados, tener ventilación emocional con personas adecuadas, contexto seguro y de confianza, refuerzo y agradecimiento. Y para eso, deben pedir ayuda. ¿Por qué no se llega a ellos? ¿Quizás les parece que tienen que estar preparados para todo? ¿Quizás sólo encuentran tiempo para descansar y no valoran suficientemente el apoyo psicológico? Parece ser que los profesionales sanitarios son uno de los colectivos a los que más cuesta solicitar y recibir ayuda de salud mental.

La crisis del covid va a durar, y habrá muchos altibajos. Va a cambiar muchas cosas. Es distinta a otras. Cuando pasa la enfermedad, vienen las cuarentenas, confinamientos, desempleo, problemas económicos, problemas familiares, duelos, situaciones estresantes. Y nadie estamos “fuera” (en otras crisis los que ayudaban venían de fuera de la situación y después regresaban a sus casas, a un espacio seguro). El estrés continuado tiene riesgos importantes si no se da respuesta a las necesidades, se comparte información constructiva, se fomenta el contacto y la vinculación social.

Se requiere una respuesta comunitaria política que haga llegar soluciones a los más empobrecidos, a las familias hacinadas, a los más machacados, y a los profesionales de primera línea (sanitarios, limpiadores, cajeras, repartidores, personal de cocinas, policías, celadores,…) que están trabajando en situaciones muy estresantes y en ocasiones, de explotación.

Este artículo va dedicado a los sanitarios y a sus responsables: Jefes de Servicio, Gerentes de Hospitales, Consejeros de Sanidad, Ministro de Sanidad y Presidente del Gobierno. Son momentos fundamentales para la salud pública y para la salud mental de la población.

Cristina Bandín. Psicóloga