1 de mayo, Día del trabajo

El 1 de Mayo en el siglo XXI

Por Javier Marijuán, abogado laboralista

Cuando era líder de la oposición Pedro Sánchez prometió que lo primero que haría nada más llegar al gobierno sería derogar la reforma laboral del Partido Popular. Al igual que ocurrió con las promesas sobre inmigración, en materia laboral, la llegada al gobierno de la coalición formada por PSOE y Unidas Podemos solo ha supuesto un continuo bombardeo de propaganda que no ha ayudado en nada a los trabajadores de este país. El discurso actual es el de la derogación parcial de los aspectos más lesivos de dicha reforma que no deja de ser un eufemismo que trata de encubrir la mentira de aquella promesa electoral. Nos ocultan que una reforma laboral no es una norma aislada que se pueda derogar sin más sino algo que abarca muchos aspectos con múltiples desarrollos en diferentes ámbitos de las relaciones laborales y de la Seguridad Social y se inserta en el sistema haciéndolo evolucionar de forma constante. Además, aquella reforma laboral del PP no hubiera sido posible sin las más de veinte reformas anteriores en idéntico sentido, muchas de ellas impulsadas por el PSOE.

Si una persona recibe una transfusión de sangre infectada que le hace enfermar más de lo que estaba no se puede decir diez años después que va a derogar esa transfusión. Aquella sangre se diluyó en el cuerpo enfermo y no se puede identificar su contenido. Ese cuerpo puede necesitar un trasplante u otro tipo de terapia, pero no se puede seguir engañando al enfermo.

La comedia se avivó cuando para conseguir una prórroga del estado de alarma, Unidas Podemos firmó con EH-Bildu un documento acordando la derogación “íntegra” de aquella reforma laboral. Pero cada vez que se pregunta a la ministra del ramo sobre aquello, responde con evasivas. Todos saben que es imposible. Yolanda Díaz se ha entregado sin límites a una estrategia de concertación en la que son imposibles los cambios prometidos por lo que ha impulsado únicamente reformas cosméticas.

La avalancha de cambios tecnológicos y el acelerón que ha provocado la Pandemia del COVID-19 nos debe hacer caer en la cuenta del nuevo escenario que se abre al mundo del trabajo al que ya no le valen las recetas socialdemócratas.

El avance del salvaje modelo asiático, la robotización, la externalización de los servicios, la tiranía del “just in time”, la devaluación salarial, los nuevos modelos de prestación laboral a través de plataformas digitales son fruto del creciente divorcio entre economía productiva y economía financiera. Los mecanismos financieros, comerciales y políticos determinan las condiciones de trabajo y las legislaciones laborales de los trabajadores del mundo. El que la mitad de los trabajadores del mundo, unos 1.500 millones de trabajadores, no perciban por su trabajo un salario superior a dos dólares al día, pone en tela de juicio la legitimidad de todas las instituciones económicas y políticas así como todo el pensamiento económico que las legitiman. El 16 % de la Humanidad en edad adulta se quiere ir de su país. Son 700 millones de personas, más que todo el continente americano. Los movimientos migratorios internacionales obedecen a la nueva división internacional del trabajo que da al capital la posibilidad de obtener una mano de obra dócil y más fácilmente sometible.

Si cada día mueren en el mundo cinco mil personas víctimas de accidentes de trabajo o alguna enfermedad profesional, tres veces más que el número de vidas humanas que se pierden por causa de las guerras, nos resulta difícil aceptar la senda evolutiva de reformas y contrarreformas parciales que no hacen sino afianzar el paradigma dominante.

El día del trabajo de 2021 (1 de mayo), en plena campaña electoral, los candidatos prefieren agitar las emociones antes que pararse a pensar cómo afrontar la robotización, la digitalización y el impacto que las tecnologías de la información y las nuevas formas de prestación laboral tienen en nuestra sociedad haciendo que sectores enteros caminen al paro en unos pocos años y su trabajo sea sustituido por  más trabajo precario y peor pagado. Y esto no se resuelve con los ERTEs que no son más que instrumentos paliativos temporales que mitigan el impacto temporal del movimiento de placas tectónicas que vivimos.

El teletrabajo del siglo XXI convive con los zero-hours-contracts (contratos de cero horas del reino Unido), modalidad típica del liberalismo industrial del siglo XIX. Esta es una forma privilegiada de los contratos que ocupa a un millón de británicos y que se utilizan para trabajar tanto en el Parlamento Británico como el Palacio de Buckingham, los hospitales y el sector del ocio. Son contratos sin salario garantizado ni carga de trabajo mínima, pero con obligación de estar disponible las 24 horas del día y, por tanto, no  permite compatibilizar con otro puesto de trabajo. Además, el sueldo de estos trabajadores también es menor al de la media: 236 libras (270 euros), lejos de los 557 de la media británica. Hasta se exige firmar cláusulas de exclusividad. Y podríamos seguir con los Mini Jobs alemanes y sucesivamente por todo el mapa europeo y mundial.

Recientemente ha saltado a la opinión pública una realidad que, si bien ya existía, nos estaba pasando desapercibida que es la tiranía de la nueva esclavitud del algoritmo y el crecimiento de los riesgos psicosociales en el trabajo. El capitalismo carece de sentido del límite y hoy vemos como la vida privada se ha visto afectada con intromisiones laborales que han hecho aumentar de forma desmedida el riesgo psicosocial de los trabajadores. Crece el trabajo disponible 24 horas al día y desaparecen las fronteras entre vida privada y de trabajo. Las TICs hacen involucionar el ejercicio del derecho a la privacidad potenciando la cultura de la disponibilidad total sin sentido del límite por la adaptación total del tiempo de vida de las personas al trabajo.

Hoy se firman contratos con cláusulas que permiten enviar mensajes o correos las 24 h. del día. Existen prácticas de localización y vigilancia del trabajador para evitar tiempos muertos o tiempos de microdescansos. Instalando acelerómetros en los teléfonos móviles GPS se permite captar sus movimientos o sus ausencias en una determinada frecuencia. Y si no hay movimientos en dos minutos se activa alarma acústica en una central de emergencias y se moviliza todo un entramado de intervención. El tecno-estrés está asegurado y se traduce en el vertiginoso aumento de enfermedades mentales y jubilaciones prematuras.

La inteligencia artificial el gran reto del futuro

La Inteligencia Artificial se ha convertido en el nuevo empresario. En la crisis financiera de 2008 descubrimos que colosales operaciones financieras eran actos cometidos sin atisbo de intervención humana más allá del diseño inicial. Millones de transacciones eran realizadas por supercomputadores en milisegundos, usando algoritmos jurídicamente inatacables. Lo mismo ocurre hoy con el trabajo. El problema que se plantea es: ¿cómo reaccionar a operaciones diseñadas en nanosegundos por el algoritmo si está diseñado para escapar al control de la reacción humana aunque en sus decisiones siempre haya un humano al timón?.

La colonización algorítmico-digital del trabajo es ya una realidad. Una sentencia de nuestro Tribunal Supremo de 2018 legitima el algoritmo Still Competency Matrix para seleccionar personas afectadas por un despido colectivo pues se cree que los sistemas de decisión algorítmica valoran sin sesgos al margen de valoraciones y estereotipos discriminatorios.

En sentido contrario, una sentencia de un Tribunal de Bolonia de diciembre de 2020 estableció que un algoritmo management de gestión de personal puede reforzar la discriminación y la intromisión en la vida de los trabajadores. El sindicato denunciando logró demostrar que el algoritmo de Deliveroo tenía una lógica discriminatoria pues organizaba el trabajo de los riders en función de un ranking reputacional que obstaculizaba la participación sindical y penalizaba la conciliación de la vida familiar y laboral. Con una programación diseñada con dicha intención el algortimo Frank iba excluyendo de forma sigilosa a los trabajadores que no mostraban total disponibilidad mediante su sistema de reservas y asignación semanal de trabajo. Si un sistema informático es capaz de construir perfiles completos de los trabajadores en la empresa puede usar esa información en las múltiples decisiones discrecionales que puede llevar a cabo: ascensos, despidos, movilidad geográfica o funcional, ritmo de trabajo, asignación de tareas, formación, abono de primas e incentivos…. y arruinar impunemente una carrera profesional.

IBM recibe al día más de 8.000 currículos y cuenta con un sistema de inteligencia artificial que predice con un 95% de precisión los empleados que abandonarán la empresa. Los trabajadores del gigante Amazon trabajan al ritmo que les marca la inteligencia artificial y un estudio realizado sobre la plantilla demostró que la mayoría tenía lesiones debido a la velocidad del trabajo. El uso de la pistola de lectura de códigos proporciona una información que, debidamente procesada, ofrece datos sobre la productividad de cada operario y permite su despido fulminante si no cumple el objetivo asignado. Una fría comunicación telemática extingue la relación laboral sin intervención de un rostro humano visible que asuma la responsabilidad de tal decisión.

Ya hay empresas especialistas en crear sistemas de contratación de personal a través de la cámara del móvil o del ordenador que analiza los movimientos faciales y el lenguaje corporal para aceptar o rechazar al candidato. Los sistemas de control llegan a estimular el rendimiento de los trabajadores hasta límites insospechados. Por ejemplo, las aplicaciones de Uber lanzan atractivos mensajes acompañados por un icono de aumento de precio cuando detectan los descansos de los conductores.

La creciente implantación del teletrabajo está poniendo en peligro la privacidad del trabajador. El ordenador de trabajo se convierte en un libro abierto a disposición de la empresa y sus dispositivos de vigilancia electrónica. En nuestro país hay sectores enteros cuyo trabajo está permanentemente monitorizado y las consecuencias en la salud están todavía por calibrar pero los niveles de ansiedad necesitada de medicación aumenta de forma alarmante.

Lamentablemente, las iniciativas normativas y sindicales para hacer frente a este capitalismo matemático caminan con una velocidad de tortuga mientras la Inteligencia Artificial no tiene señales de limitación de velocidad. Por ello, mientras los durmientes se lo están pensando, otros están acelerando el paso. La gestión algorítmica está llegando a todas partes y si no ponemos límites de inmediato, se desarrollará la inteligencia artificial al límite de los derechos humanos.

La regulación del algoritmo va a encontrar fuertes resistencias pues forma parte de la organización digital del trabajo y formar parte del secreto industrial blindado por la propiedad intelectual. Si triunfa esta postura y se niega el derecho a un acceso transparente e inteligible al algoritmo, éste será un nuevo elemento de imposición de cadenas mediante decisiones automatizadas sin control.

1 de mayo, un grito por la Autogestión

En los años sesenta nació en España la Editorial ZYX. El primer libro llevaba la firma de Guillermo Rovirosa y se titulaba ¿De quién es la empresa?”. Hace más de cincuenta años, un ingeniero militante advertía de las falsas salidas a la cuestión social y apostaba por la única posible que no era otra que la construcción de una empresa a la medida del hombre y propiedad de sus trabajadores. Los cantos de sirena del empleo amparado por el Estado o los altos salarios temporales eran el señuelo del capitalismo para anestesiar el deseo de protagonizar la vida económica. Hoy el estado y los grandes capitanes de industria han bajado los salarios y destruyen empleo y ha desaparecido del imaginario colectivo el impulso autogestionario.

Nuestro momento histórico debe dar vigor a este impulso. No es el momento de reformas laborales que juegan al gato y al ratón en medio de un proceso generalizado de degradación del trabajo. La técnica es hija del trabajo y debe ser aliada del trabajo. Que la Inteligencia Artificial, que es fruto del esfuerzo y el conocimiento de trabajadores mayoritariamente pobres, sea usada contra el trabajo es uno de los grandes dramas de nuestro tiempo.

El trabajo no puede abdicar de buscar caminos económicos de paz fuera de las prácticas agresivas de una economía salvaje. El sindicato no debe conformarse con la defensa de leyes protectoras del trabajador en el seno de la empresa sino luchar por no dejarse robar la gestión de la riqueza creada exclusivamente por el trabajo.

Por eso, el 1 de Mayo de 2021, debe de ser un grito por la Autogestión y el protagonismo del trabajo por encima del capital.

La inteligencia artificial

Francisco Rey Alamillo

El pasado mes de noviembre de 2020, el Papa Francisco nos convocó a rezar para que el progreso de la robótica y de la inteligencia artificial esté siempre al servicio del ser humano. Este tema, “específicamente la inteligencia artificial, está en el corazón mismo del cambio de época que estamos experimentando”, afirma Francisco. Para el Papa “no estamos viviendo simplemente una época de cambios, sino un cambio de época.” Estamos en uno de esos momentos en que los cambios son de profunda transformación. Debemos estar seguros, dice Francisco, de que “podemos ampliar nuestra visión. Tenemos la libertad necesaria para limitar y dirigir la tecnología; podemos ponerlo al servicio de otro tipo de progreso, más saludable, más humano, más social, más integral” (Laudato Si, 112). De lo contrario, un paradigma dominante ―el “paradigma tecnocrático” (cf. ibíd., 111) “que promete un progreso incontrolado e ilimitado se impondrá” con enormes peligros para toda la humanidad.

Hace 40 años san Juan Pablo II en un viaje a Hiroshima nos decía:

“La crítica de la ciencia y la tecnología es a veces tan severa que llega a la conclusión de condenar la ciencia en sí misma. Al contrario, la ciencia y la tecnología son un maravilloso producto de la creatividad humana donada por Dios, ellas nos han proporcionado estupendas posibilidades y nos hemos beneficiado de ellas agradecidamente. Pero sabemos que este potencial no es neutral: puede ser usado tanto para el progreso del hombre como para su degradación. Al igual que ustedes, yo he vivido en este período que llamaría la “era del post-Hiroshima”, y participo de sus ansiedades. Hoy me siento movido a decirles a ustedes: seguramente ha llegado el tiempo para nuestra sociedad, y especialmente para el mundo de la ciencia, de comprender que el futuro de la humanidad depende, más que nunca, de nuestras opciones morales colectivas.”

 

Francisco a los participantes del seminario “El Bien Común en la era digital”, les dice:

“Un buen ejemplo podría ser la robótica en el mundo laboral. Por un lado, podrá poner fin a algunos trabajos fatigosos, peligrosos y repetitivos ―pensemos en los que surgieron a principios de la revolución industrial del siglo XIX― que a menudo causan sufrimiento, aburrimiento y embrutecimiento. Sin embargo, por otro lado, la robótica podría convertirse en una herramienta puramente eficiente: utilizada sólo para aumentar beneficios y rendimientos, privaría a miles de personas de su trabajo, poniendo en peligro su dignidad. […] Un mundo mejor es posible gracias al progreso tecnológico si éste va acompañado de una ética basada en una visión del bien común, una ética de libertad, responsabilidad y fraternidad, capaz de favorecer el pleno desarrollo de las personas en relación con los demás y con la creación”.

Francisco en 2015 se dirigió con estas palabras al presidente del Foro de Davos, Klaus Schwab:

“A todos ustedes me dirijo una vez más: ¡No se olviden de los pobres! Este es el principal desafío que tienen ustedes, como líderes en el mundo de los negocios. Quien tiene los medios para vivir una vida digna, en lugar de preocuparse por sus privilegios, debe tratar de ayudar a los más pobres para que puedan acceder también a una condición de vida acorde con la dignidad humana, mediante el desarrollo de su potencial humano, cultural, económico y social […] Se enfrentan al reto de garantizar que la futura «cuarta revolución industrial», resultado de la robótica y de las innovaciones científicas y tecnológicas, no conduzca a la destrucción de la persona humana —remplazada por una máquina sin alma—, o a la transformación de nuestro planeta en un jardín vacío para el disfrute de unos pocos elegidos”. Tres años después, en su mensaje al encuentro de Davos, recordaba: “También la inteligencia artificial, la robótica y otras innovaciones tecnológicas deben emplearse de tal manera que contribuyan al servicio de la humanidad y a la protección de nuestra casa común, en lugar de lo contrario, como algunos análisis, lamentablemente, prevén.

 

Para la conferencia Internacional “De Populorum Progressio a Laudato Si” escribía en 2017:

“Otra contribución importante de los trabajadores para el desarrollo sustentable, es la de resaltar otra triple conexión, un segundo juego de tres «T»: esta vez entre trabajo, tiempo y tecnología. En cuanto al tiempo, sabemos que la «continua aceleración de los cambios» y la «intensificación de ritmos de vida y de trabajo», que algunos llaman «rapidación», no colaboran con el desarrollo sostenible ni con la calidad del mismo. También sabemos que la tecnología, de la cual recibimos tantos beneficios y oportunidades, puede obstaculizar el desarrollo sustentable cuando está asociada a un paradigma de poder, dominio y manipulación.

En el contexto actual, conocido como la cuarta revolución industrial, caracterizado por esta rapidación y la refinada tecnología digital, la robótica, y la inteligencia artificial, el mundo necesita de voces como la de ustedes. Son los trabajadores quienes, en su lucha por la jornada laboral justa, han aprendido a enfrentarse con una mentalidad utilitarista, cortoplacista, y manipuladora. Para esta mentalidad, no interesa si hay degradación social o ambiental; no interesa qué se usa y qué se descarta; no interesa si hay trabajo forzado de niños o si se contamina el río de una ciudad. Sólo importa la ganancia inmediata. Todo se justifica en función del dios dinero. Dado que muchos de ustedes han contribuido a combatir esta patología en el pasado, se encuentran hoy muy bien posicionados para corregirla en el futuro. Les ruego que aborden esta difícil temática y que nos muestren, desde su misión profética y creativa, que es posible una cultura del encuentro y del cuidado. Hoy ya no es sólo la dignidad del empleado la que está en juego, sino la dignidad del trabajo de todos, y de la casa de todos, nuestra madre tierra. Por ello, y tal como lo afirmé en la encíclica Laudato Si, necesitamos de un diálogo sincero y profundo para redefinir la idea del trabajo y el rumbo del desarrollo. Pero no podemos ser ingenuos y pensar que el diálogo se dará naturalmente y sin conflictos […] Además, podremos encontrar el modo de salir de una economía de mercado y de finanzas, que no da al trabajo el valor que corresponde, y orientarla hacia aquella en la que la actividad humana es el centro […] Sindicato es una palabra bella que proviene del griego dikein (hacer justicia), y syn (juntos). Por favor, hagan justicia juntos, pero en solidaridad con todos los pobres, marginados y excluidos del sistema”.

 

Su mensaje a la Asamblea de la Academia Pontificia para la Vida en febrero de 2019, reunida con el tema:”Roboética. Personas, máquinas y salud “, decía:

“A este respecto, conviene señalar que la denominación de “inteligencia artificial”, aunque ciertamente de efecto, puede ser engañosa. Los términos ocultan el hecho de que, a pesar del útil cumplimiento de las tareas serviles (es el significado original del término “robot”), los automatismos funcionales siguen estando cualitativamente distantes de las prerrogativas humanas del saber y del actuar. Y por lo tanto pueden llegar a ser socialmente peligrosos. Además, el riesgo de que el hombre sea ‘tecnologizado’, en lugar de la técnica humanizada, ya es real: a las llamadas “máquinas inteligentes” se atribuyen apresuradamente las capacidades que son propiamente humanas.

Necesitamos entender mejor qué significan, en este contexto, la inteligencia, la conciencia, la emocionalidad, la intencionalidad afectiva y la autonomía de la acción moral. Los dispositivos artificiales que simulan las capacidades humanas, en realidad, carecen de calidad humana. Hay que tenerlo en cuenta para orientar su regulación de uso y la investigación misma, hacia una interacción constructiva y equitativa entre los seres humanos y las últimas versiones de las máquinas. Las máquinas, de hecho, se propagan en nuestro mundo y transforman radicalmente el escenario de nuestra existencia. Si conseguimos tener en cuenta estas referencias también en los hechos, el extraordinario potencial de los nuevos descubrimientos puede irradiar sus beneficios a cada persona y a toda la humanidad.

El debate en curso entre los mismos especialistas ya muestra los graves problemas de gobernabilidad de los algoritmos que procesan grandes cantidades de datos. Asimismo, también plantean graves cuestiones éticas las tecnologías para la manipulación del patrimonio genético y de las funciones cerebrales. En cualquier caso, el intento de explicar todo lo que atañe al pensamiento, a la sensibilidad, al psiquismo humano sobre la base de la suma funcional de sus partes físicas y orgánicas, no explica la aparición de los fenómenos de la experiencia y la conciencia. El fenómeno humano supera el resultado del ensamblaje calculable de los elementos individuales. También en este contexto, el axioma según el cual el todo es superior a las partes adquiere una nueva profundidad y significado “

Para concluir, comparto con vosotros un resumen del discurso de Francisco de este año, a los participantes de la Asamblea de la Academia Pontificia por la vida, el 28 de febrero de este año 2020:

“La innovación digital toca todos los aspectos de nuestras vidas, tanto personales como sociales. Afecta nuestra forma de entender el mundo y a nosotros mismos. Está cada vez más presente en la actividad humana e incluso en las decisiones humanas, por lo que está alterando nuestra forma de pensar y actuar. Las decisiones, incluso las decisiones más importantes, como por ejemplo en los campos médico, económico o social, son ahora el resultado de la voluntad humana y una serie de entradas algorítmicas. Un acto personal es ahora el punto de convergencia entre un input que es verdaderamente humano y un cálculo automático.

Sin duda, la humanidad ya ha experimentado profundas conmociones en su historia: por ejemplo, la introducción de la máquina de vapor, o la electricidad, o la invención de la imprenta que revolucionó la forma en que almacenamos y transmitimos la información. En la actualidad, la convergencia entre diferentes campos del conocimiento científico y tecnológico se está expandiendo y permite intervenir sobre fenómenos de magnitud infinitesimal y alcance planetario, hasta el punto de desdibujar fronteras que hasta ahora se consideraban claramente distinguibles: por ejemplo, entre materia inorgánica y orgánica, entre lo real y lo virtual, entre identidades estables y eventos en constante interconexión.

A nivel personal, la era digital está cambiando nuestra percepción del espacio, del tiempo y del cuerpo. Está inculcando un sentido de posibilidades ilimitadas, incluso cuando la estandarización se está convirtiendo cada vez más en el principal criterio de agregación. Se ha vuelto cada vez más difícil reconocer y apreciar las diferencias. En el nivel socioeconómico, los usuarios a menudo se reducen a “consumidores”, presa de intereses privados concentrados en manos de unos pocos. De los rastros digitales dispersos en Internet, los algoritmos ahora extraen datos que permiten controlar los hábitos mentales y relacionales, con fines comerciales o políticos, frecuentemente sin nuestro conocimiento. Esta asimetría, por la que unos pocos elegidos saben todo sobre nosotros y nosotros no sabemos nada de ellos, entorpece el pensamiento crítico y el ejercicio consciente de la libertad. Las desigualdades se expanden enormemente; el conocimiento y la riqueza se acumulan en unas pocas manos con graves riesgos para las sociedades democráticas. Sin embargo, estos peligros no deben restar valor al inmenso potencial que ofrecen las nuevas tecnologías. Nos encontramos ante un regalo de Dios, un recurso que puede dar buenos frutos […]

Como creyentes, debemos dejarnos desafiar, para que la palabra de Dios y nuestra tradición de fe nos ayuden a interpretar los fenómenos de nuestro mundo e identificar caminos de humanización, y por tanto de evangelización amorosa, que podamos recorrer juntos […]

Teniendo esto en cuenta, la mera formación en el uso correcto de las nuevas tecnologías no resultará suficiente. Como instrumentos o herramientas, estos no son “neutrales”, ya que, como hemos visto, dan forma al mundo y comprometen las conciencias a nivel de valores. Necesitamos un esfuerzo educativo más amplio. Es necesario desarrollar razones sólidas para promover la perseverancia en la búsqueda del bien común, incluso cuando no se aprecia una ventaja inmediata. Existe una dimensión política en la producción y uso de la inteligencia artificial, que tiene que ver con algo más que la expansión de sus beneficios individuales y puramente funcionales. En otras palabras, no basta simplemente con confiar en el sentido moral de los investigadores y desarrolladores de dispositivos y algoritmos. Es necesario crear cuerpos sociales intermedios que puedan incorporar y expresar las sensibilidades éticas de usuarios y educadores […]

Empezamos a vislumbrar una nueva disciplina que podríamos llamar “el desarrollo ético de los algoritmos” o más simplemente “algor-ética” […] En nuestra búsqueda común de estos objetivos, los principios de la doctrina social de la Iglesia pueden aportar una contribución fundamental: la dignidad de la persona, la justicia, la subsidiariedad y la solidaridad. Son expresiones de nuestro compromiso de estar al servicio de cada individuo en su integridad y de todas las personas, sin discriminación ni exclusión. La complejidad del mundo tecnológico nos exige un marco ético cada vez más claro, para que este compromiso sea realmente efectivo.

El desarrollo ético de algoritmos – algor-ética – puede ser un puente que permita que esos principios entren concretamente en las tecnologías digitales a través de un diálogo interdisciplinario efectivo. Además, en el encuentro entre diferentes visiones del mundo, los derechos humanos representan un importante punto de convergencia en la búsqueda de un terreno común. En la actualidad, parece necesaria una nueva reflexión sobre los derechos y deberes en este ámbito […] Los invito a continuar con audacia y discernimiento, mientras buscan formas de aumentar la participación de todos aquellos que tienen en el corazón el bien de la familia humana”

 

No quisiera acabar sin esta anécdota que cuenta Francisco en una audiencia con expertos ecologistas:

“El otro día, una persona me preguntaba hablando de la inteligencia artificial —tenemos en el Dicasterio de Cultura un grupo de estudio de muy alto nivel sobre la inteligencia artificial—: “Pero la inteligencia artificial, ¿podrá hacerlo todo?”. — “Los futuros robots serán capaces de hacer todo, todo lo que hace una persona. ¿Excepto una cosa? — dije— ¿Qué es lo que no pueden hacer?” Y esa persona pensó un poco y dijo: “Sólo les faltará una cosa: la ternura”. Y la ternura es como la esperanza. Como dice Péguy, son virtudes humildes. Son virtudes que acarician, que no afirman… Y creo —me gustaría subrayarlo— que, en nuestra conversión ecológica, debemos trabajar en esta ecología humana; trabajar en nuestra ternura y capacidad de acariciar… Tú, con tus hijos… La capacidad de acariciar, que es algo para vivir bien en armonía.