Cómo se aprende a cuidar

Fuente: elsaltodiario.com

En cuestión de un año había aprendido todo lo que necesitaba saber para cuidar físicamente de quien me había cuidado a mí antes. Pero no estaba preparada para el enorme esfuerzo psicológico que supone una situación así sin medios.

Hay una grieta en el suelo que no nos deja avanzar. Yo, cada tarde, como si fuera un juego, cambio la ruta para llegar al banco del parque. Me coge del brazo y caminamos muy despacio. No está nada mal para su edad, pero podría estar mejor si el entorno en el que habita no fuese una zona hostil para ella.

Va camino de los 95 años y cada día sube y baja dos pisos para salir a pasear. No hay ascensor a pesar de que la estructura del edificio lo permite. ¿Qué lo impide? Supongo que alguien pensará que poner un artilugio tan costoso por alguien a quien le queda tan poco es tirar el dinero.

La vejez nunca ha sido el centro porque de ella ya no se puede extraer beneficio. Yo lo descubrí muy pronto: con 15 años ya me hacía cargo de mi abuela. Siempre había vivido con nosotras. Para ser honestos, éramos nosotras los que vivíamos con ella. Me llevaba al colegio, me duchaba y me peinaba. Y eso mismo hice yo con ella cuando lo necesitó.

Al principio no tenía ni idea de cómo se hacía. Tenía que cambiarle los pañales, pero en aquel momento sabía más de cuidar bebés que de cuidar ancianos. Hubiese sido más útil que a mi generación nos hubiesen regalado muñecos de ancianos y no un babyborn: a fin de cuentas, era más probable que cuidase de mi abuela que de un hijo.

Polvos de talco para las escamas que produce estar tanto tiempo sentada, una silla de ruedas de las medidas de la puerta, vigilar todos los días las heridas de las piernas que con la diabetes no se curan y mucha crema para hidratar. En cuestión de un año había aprendido todo lo que necesitaba saber para cuidar físicamente de quien me había cuidado a mí antes. Pero no estaba preparada para el enorme esfuerzo psicológico que supone una situación así sin medios.

Mi abuela había sido una mujer con un carácter que llegó con ella a la vejez. Siempre he pensado que fue pura supervivencia. Viuda y con una bebé de un año se plantó en Madrid para trabajar. Durante cuarenta años sirvió la comida a un colegio entero e hizo todas las tareas necesarias para que los curas solo se preocuparan de dar clase a sus alumnos y algún que otro asunto más.

Cómo de duro tiene que ser que tú, que has cuidado, veas que te tienen que cuidar. Yo no sabía lo duro que era, ni me lo imaginaba. Por cada mala palabra me enfadaba, con cada mal gesto deseaba que eso acabara ya. ¿Tiene que ser eso cuidar?

El Ministerio de Sanidad, junto a las Consejerías de las Comunidades Autónomas, ha notificado más de 20.300 muertes de ancianos en residencias. La crisis del coronavirus ha puesto sobre la mesa el deterioro de los cuidados, y muchos hablan de que hemos abandonado a nuestros mayores. No es de ahora, esto viene de lejos ya.

Su salud física y mental y la de sus familiares ha sido abandonada por un Estado de Bienestar cada vez más deteriorado y que en origen tampoco pensó mucho más allá de las jubilaciones. Los sistemas de transporte público son tremendamente hostiles. Las ciudades están diseñadas para la circulación de los coches y el consumo. No hay espacio para pasear y contemplar, que es justo lo que se hace a esa edad.

Tampoco nos enseñaron a entender a los ancianos. Las colas en el supermercado con muecas porque una mujer no cuenta bien o no ve las monedas. Los coches que aceleran cuando no han terminado de cruzar. La nula empatía por saber qué se siente con esa edad.

Nadie tiene que sentir alivio cuando un familiar fallece porque está cansado de cuidar. Porque no le permiten tener tiempo, porque no puede comprar una silla de ruedas o adaptar su baño para que asearse no se convierta en una situación de pánico, porque una ayuda a la dependencia llegue dos años después de descansar.

Ahora, diez años después, paseo a su hermana mucho más tranquila y sabiendo cómo lidiar con una situación de agitación que solo escondía la vergüenza de una anciana que no quería hacer el ridículo al levantarse de la silla de un bar.

La firma

Jose Manuel Cidre

Fuente: habitantedelanoche.wordpress.com

Sentía su corazón galopando mientras el omnipresente blanco de las paredes y los techos le sobrepasaba.

Delante, en la misma mesa, dos mujeres y un hombre le hacían sentirse como si estuviera ante un tribunal.

-Créame, de verdad, es lo mejor.

Pensó que la voz no le saldría. Pero lo consiguió; – ¿Pero no hay más opciones? No creo que sea tan difícil.

-¿Opciones? Respondió la mujer rubia de su derecha. – ¿Cómo cuáles?

Se irguió ligeramente. -Tiene que haber ayudas públicas. Mi madre cotizó muchos años. Siempre hemos cumplido con el Estado…

Sin duda -le interrumpió la mujer- se refiere a las ayudas a la dependencia. Efectivamente, como bien sabe nuestros gobernantes han hecho grandes esfuerzos por desarrollar un completo y moderno sistema de promoción de la autonomía personal y ayuda a las personas en situación de dependencia. Dicho esto, –pasó un segundo en silencio– en fin, hay que añadir que debido a las últimas circunstancias económicas y sanitarias a nadie se le oculta que dicho sistema ha tenido que sufrir un deterioro en su solvencia, el cual ha motivado retrasos en la gestión de las solicitudes, en la entrega de las ayudas… Podemos estar hablando de varios años. La calidad de vida de su madre se puede resentir grandemente.

Tenía los ojos muy abiertos. –Bueno, ¿y cuidarla yo? . Sería capaz de ir a las revisiones, hablaría con los médicos, controlaría su medicación. Debo poder pedir algún tipo de baja o algo así.

Si, verá, -respondió la otra mujer- nuestro sistema es plenamente garantista en cuanto a protección de derechos sociales; puede pedir un permiso remunerado de hasta dos días por enfermedad grave de un familiar, así como reducción de hasta el 50% de la jornada laboral para cuidar de ella por el plazo máximo de un mes. Ahora bien -le miró fijamente- no sabemos hasta cuando va a estar su madre en esta situación.

 

Pero, pero…– miraba a un lado y otro- me han hablado de los cuidados paliativos. Equipos de sanitarios que cuidan de las personas de forma interdisciplinar; médicos, enfermeros, psicólogos…

Bueno… -el hombre que se sentaba enfrente esbozó una ligera sonrisa condescendiente- Como le dijo antes mi compañera, nuestro sistema ha hecho y continúa realizando un gran esfuerzo para proporcionar a los ciudadanos los servicios más amplios y modernos. A nadie se le oculta sin embargo que aún queda mucho por hacer. De aquí a un tiempo conseguiremos sin duda, que las listas de espera para la atención en cuidados paliativos, disminuyan mediante la creación de nuevas unidades a lo largo de nuestra geografía.

No encontraba palabras. Subía y bajaba la mirada. Volvió la cabeza hacia el pasillo como queriendo buscar la habitación en la que estaba su madre. El nudo en la garganta era cada vez mayor. Por un momento le recordó a aquellas veces en que siendo niño no podía aguantar el llanto por cualquier tontería. Juraría que llegó a sentir, como entonces, la mano de su madre acariciándole la mejilla.

Ahora mismo está nervioso -comentó de nuevo la mujer rubia- si lo piensa serenamente se dará cuenta de que es la mejor decisión. Se trata de una simple firma.

Pero -respondió –yo no quiero hacer esto. Notó que no podía retener más las lágrimas. Ya daba igual. –No me dan más opciones y me están obligando a hacer algo que no quiero.

La única respuesta que le dieron fue mirarle fijamente, en silencio y acercarle el folio escrito y el bolígrafo.

Firmó rápidamente y agachó la cabeza, que cada vez estaba más cerca de la mesa.

-Verá como se alegra de esta decisión. Lo más importante es respetar la libertad de elección del paciente, de su familia y mejorar la calidad de vida de todos.

Se levantaron y se fueron.

Se quedó el corazón latiendo en medio de sollozos, sobre el fondo blanco de las paredes y los techos.