Teología en tiempos de pandemia

Hasta ahora, no me había atrevido a hacer una interpretación de esta situación, ya que sentía que era necesario –o, al menos, era mejor– dejar que la propia realidad nos hablara en toda su dureza y desnudez. Algunas opiniones que he leído, aunque he intentado que hasta ahora fueran las mínimas, me han dado la impresión de que han sido un poco precipitadas. La razón humana es admirable en su capacidad de acoger lo que nos viene encima y de interpretarlo para así otorgarle un significado y, más aún, un sentido. Sin embargo, a veces, esta razón tiende a apoderarse de la realidad con demasiada premura para evitar así ser golpeada por ella y, de esta forma, ser llevada más allá del horizonte en el que estaba instalada. Por eso, a veces, es preferible dejar que la realidad nos golpee y nos enseñe, nos hable sin filtros, sin aventurarnos apresuradamente a hacer interpretaciones que nos limiten el contacto real con la realidad.

Durante las primeras semanas de confinamiento, probablemente nos hemos sentido desorientados y sobrepasados, con la congoja de ver cómo los números de fallecidos y afectados por el virus iban creciendo de forma acelerada. Rara ha sido la persona que en su entorno cercano no se ha visto afectada de una forma u otra por la pandemia. Hemos pasado por una constante fluctuación de estados de ánimo, que no nos permitía vivir con una cierta y sana normalidad el día a día a quienes no hemos estado en la primera línea de su combate o en actividades esenciales. Durante este tiempo, hemos vivido dos grandes tentaciones. Bien dejarnos llevar por la inmediatez del momento, sucumbiendo al golpe de las cifras, de la situación de personas cercanas, del ambiente de excepcionalidad que nos domina; bien buscar una “sobreinterpretación” de la situación que vivimos desde diferentes teorías apocalípticas, providencialistas, revolucionarias o del tipo que sea, para dejar de aprender realmente de la situación que nos ha tocado vivir. A lo largo de estos días, he ido acompañando a los alumnos de primero de Teología de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia Comillas no solo como profesor de una asignatura, sino como tutor del curso. Además de pautas y consejos concretos para el camino del aprendizaje de la teología trinitaria en una situación excepcional como esta, al final les ofrecí una breve reflexión en siete puntos que forman el esquema de lo que aquí ahora ofrezco a un grupo de destinatarios más amplio. Estas reflexiones nacieron de la necesidad particular de decir una palabra desde la teología que acompañara el día a día de estos alumnos. Espero que ahora sean de ayuda, al menos, para acoger y pensar la realidad que nos está tocando vivir desde un punto de vista teológico y cristiano. No tengo la pretensión de decirlo todo, ni de tener razón, son simplemente algunas reflexiones teológicas personales desde la pandemia. Muchas veces, los teólogos nos sentimos increpados porque nos dicen que no tenemos una palabra que decir ante la situación concreta de la vida. No es así. La teología acoge la realidad que padecemos como experiencia humana singular y palabra de Dios oportuna para convertir toda situación, por dramática que sea, en un “tiempo favorable de salvación” (cfr. 2 Cor 6, 2).

1. EL HOMBRE VULNERABLE

La primera lección que hemos aprendido en este tiempo es que el ser humano es un ser vulnerable. La fragilidad y la muerte forman parte de la condición humana. No es lo único, pero sí una dimensión esencial que no podemos dejar de lado u olvidar. Desde el admirable progreso técnico y los diferentes avances en el mundo de la biología, de la medicina, de la física y de la tecnología nos parecía que la humanidad, superada la época de las guerras, pestes, enfermedades, estaba alcanzando una nueva fase de desarrollo donde se le ponía en el horizonte la conquista de la inmortalidad. De la fase evolutiva del homo sapiens parecía que estábamos entrando en el camino del homo deus. De repente, en un abrir y cerrar de ojos, nos hemos percatado de nuestra condición contingente de criaturas finitas, débiles y vulnerables. Esta realidad no debe inducirnos a caer en un pesimismo trágico, sino abrazar el realismo como base fundamental para todo proyecto humano. En un sentido ser vulnerable no es sinónimo de debilidad, al menos en una forma extrema, sino la constatación de que no somos intocables. Estamos expuestos a la realidad y esta nos afecta. El viejo anhelo de la virtud de la apatheia de la filosofía estoica puede ser entendido en un sentido moral, desde la búsqueda de una existencia que posee el dominio sobre sí ante las adversidades, pero nunca desde un significado metafísico, como si el ser humano estuviera más allá de la temporalidad y la historicidad de la existencia. Somos mundo y estamos sujetos a que la realidad, en sus avatares y circunstancias, nos golpee y nos afecte profundamente.
La muerte no es un simple problema técnico, como escribía Yuval Harari en un artículo –en mi opinión, impúdico– publicado el domingo 26 de abril por El Confidencial, alejado de la real experiencia humana, no sé si para justificar la tesis fundamental de sus libros. La muerte es un profundo hecho humano, que hay que saber vivir cuando esta llega en el ejercicio de la libertad e integrar en nuestra vida cotidiana. Cómo nos comportamos ante ella nos hace humanos, tal y como ha mostrado el proceso mismo de hominización y el salto cualitativo que los seres humanos hemos dado cuando hemos mostrado el cuidado y la memoria (culto) de los difuntos. Ese mismo domingo, Olegario González de Cardedal publicaba en La Tercera del periódico ABC una reflexión en torno a la muerte con toda densidad humana y teológica que contrastaba radicalmente con el autor anteriormente mencionado. No hace falta situarse intelectualmente a favor de uno u otro para percibir o echar en falta la conexión de las ideas expuestas con la real experiencia humana.

La vulnerabilidad no es una etapa accidental de la historia humana o una condición concreta de unos cuantos seres humanos castigados por una situación desfavorable o una estructura social injusta, al menos no solo, sino una dimensión constitutiva de la existencia vinculada a su esencial condición histórica y temporal. Pero, a la vez y de forma inmediata, hay que decir que el cristianismo no necesita un ser humano apocado o hundido por el peso de la vida y la existencia, menos aún un hombre acongojado por la muerte, para ofrecerle a Cristo como propuesta de vida y de sentido. En él rige una ley que ya es clásica: a mayor consistencia de la realidad humana en su plenitud de vida, libertad, razón, deseo, conciencia, amor, gozo, mayor es la oferta de gracia y salvación que se le da y se le ofrece. Si la fe cristiana realiza este diálogo de salvación teniendo en cuenta esta vulnerabilidad constitutiva, es para no realizarla en el vacío o en un idealismo inexistente, sino desde la situación histórica y concreta en la que viven los seres humanos, tantas veces amenazados por realidades que manifiestan su fragilidad.

2. EL MUNDO ES UN PAÑUELO

En segundo lugar, esta pandemia nos ha mostrado que el mundo es un pañuelo. El fenómeno de la globalización nos era cada vez más evidente en el ámbito de la economía, las comunicaciones, las relaciones, etc. La pandemia nos ha mostrado cómo todo el mundo está conectado. Un estornudo en la región de Wuhan hace que se constipe un tercio del mundo y que prácticamente la mitad de la población mundial tenga que estar confinada, padeciendo así una recesión económica como no se había vivido desde las dos guerras mundiales. Esta constatación nos obliga a ser conscientes de nuestra responsabilidad personal, pues en realidad no hay ninguna acción privada o individual que no tenga repercusión en el conjunto de la sociedad. Para bien y para mal, la acción de uno repercute en la totalidad. Por lo tanto, si no somos capaces de dar una respuesta global a la crisis que nos afecta, nadie, ni ninguna parte del mundo puede estar y sentirse realmente a salvo. La pandemia nos ha enseñado que debemos reconocernos responsables del destino de todos y cada uno de los habitantes del planeta.

Esta relación global que hace el mundo tan cercano al estar radicalmente interconectado tiene repercusiones positivas y negativas. La comunidad científica del mundo entero comparte de forma casi inmediata los pequeños avances que se van logrando para contener el virus y esperemos que pronto también para dominarlo. Tenemos un conocimiento casi inmediato de lo que puede ocurrir en cualquier rincón del mundo, haciendo que podamos convertirnos inmediatamente en sus prójimos. La globalización permite un ejercicio de la solidaridad también global, saliendo más allá de los estrechos límites de nuestro pueblo, nuestra región, nuestro país, nuestro continente. Nunca ha sido tan verdad que somos ciudadanos del mundo, siendo conscientes de que pertenecemos a una única humanidad. Pero también esta globalización tiene sus sombras. La extensión del virus ha sido tan rápida porque nunca hasta ahora había habido un desplazamiento tan constante y masivo de personas en todo el mundo. Las repercusiones económicas de lo que acontece en una región del mundo tienen una influencia directa en otras regiones, generando grandes bolsas de paro y pobreza que, a partir de ahora, desgraciadamente, vamos a ver crecer porque, después de la crisis sanitaria, viene la crisis económica y social que ya estamos viviendo. Sin retroceder en esta conciencia global, quizás esta pandemia nos ayude a replantear una economía de proximidad, más cercana y autosuficiente, que sea capaz de resistir mejor los vaivenes producidos en otras regiones de la tierra. Y esto no por una búsqueda de una soñada autarquía nacionalista, sino por responsabilidad con el entorno social en el que vivimos. Cada región del mundo debe tener la capacidad de ser autosuficiente y autogestionaria en los bienes fundamentales para el sostenimiento de la vida, porque, además de garantizar la sostenibilidad del planeta, significaría un desarrollo digno para cada una de las regiones.

3. LA NOSTALGIA DE LAS PEQUEÑAS COSAS

En tercer lugar, durante todo este tiempo hemos sentido una nostalgia de las pequeñas cosas. La vida humana no se teje con grandes programas o proyectos. Estos, desde luego, son necesarios para ofrecernos marcos u horizontes de sentido que van ayudándonos a vivir. Pero el día a día de nuestra vida está hecho de pequeñas cosas, que solo echamos de menos y valoramos cuando nos faltan. Un abrazo acogedor de un amigo; un beso cariñoso de una persona amada; una mesa compartida por la familia; unas cañas distendidas con los amigos al terminar el trabajo; una cercanía inspiradora de compañeros de trabajo; un paseo o una carrera liberadora por el monte; una clase, aunque sea aburrida, pero presencial, con contacto visual y atmósfera personal; una eucaristía con la presencia física y espiritual del pueblo de Dios, donde se come y se bebe el cuerpo y la sangre de Cristo… Todo esto y muchas más cosas forman nuestro día a día, alimentándonos y dándonos las fuerzas necesarias para vivir, a pesar de que a veces, por ser algo cotidiano o rutinario, no le dábamos la importancia suficiente. La vida está tejida con estas pequeñas cosas que, sumadas, es lo que hace realmente que esta pueda ser vivida de forma humana.

Unido a esto, este tiempo de clausura obligada nos ha dado la oportunidad de dirigir una mirada especial hacia nuestra corporalidad. El ser humano no tiene un cuerpo como una especie de carcasa que es necesaria para sostener las dimensiones esenciales de su ser. El hombre es cuerpo, siendo la corporalidad una de las dimensiones constitutivas de su esencia y su existencia. La distancia social obligada como forma de (no) relacionarnos con los demás nos ha mostrado lo necesario que es el contacto físico y el encuentro personal. En una época donde se han desarrollado sobremanera las relaciones a través de las redes sociales, donde ha crecido lo virtual, dando gracias por el servicio que nos ha hecho como mal menor, añoramos y necesitamos el contacto real con la realidad y con las personas a través del cuerpo. Desde este punto de vista antropológico fundamental, puedo entender el deseo encendido que también hemos sentido por la carencia de la vida sacramental, donde lo físico y lo corporal tiene un puesto fundamental, además de otras razones eclesiales y teológicas a las que me referiré más adelante.

4. LOS SANTOS Y HÉROES DE AL LADO

En cuarto lugar, todos hemos sido testigos de los santos y héroes de al lado, tal y como ha dicho el papa Francisco. Más allá de las acciones de los gobiernos y autoridades competentes, que deberán ser juzgadas por los ciudadanos y la sociedad cuando pase el momento más crudo de la pandemia, la sociedad y, ante todo, las personas, de carne y hueso, con nombre y apellidos, han respondido con responsabilidad, solidaridad y generosidad; algunos aun a riesgo de la propia vida. Durante todos estos días, hemos salido a las 8 de la tarde a los balcones y ventanas para agradecer con nuestros aplausos a estos héroes anónimos que han velado y cuidado de los contagiados y de los enfermos; a aquellos que han continuado trabajando en labores que nos parecían sencillas, casi despreciables, pero que se han revelado como esenciales en nuestra vida. Cuántos gestos y acciones de solidaridad callada pero efectiva se han vivido en estos días, que nos recuerda la masa buena de la que estamos hechos los seres humanos: donaciones, colectas, servicios gratuitos, solidaridad vecinal, atención a los más desvalidos… Todo ello sumado muestra un tapiz realmente reconfortante de la inmensa mayoría de la sociedad, que no empaña las acciones y actitudes de los aprovechados de siempre que quieren beneficiarse de la desgracia e indefensión general.

Es verdad que hablamos de heroicidad y santidad, pero realmente la mayoría de las acciones entrarían dentro del sentido del deber. Estos héroes cotidianos, cuando se les pregunta, no dejan de contestar que ellos no son héroes, sino que sencillamente están cumpliendo con su deber. Después de este tiempo, tendremos que preguntarnos qué ha pasado en la sociedad desde un punto de vista moral para que la acción que nace del sentido del deber y la responsabilidad sea visto como un acto heroico. Decía el otro día una periodista que, cuando el sentido común parece algo excepcional, es que la sociedad se ha radicalizado en los extremos. Esto que puede ser dicho de la vida política y social es extrapolable perfectamente a la vida moral. No obstante, dicho esto, es bueno reconocer a tantos héroes y santos de al lado, de la mística de la vida cotidiana que, al ofrecer su tiempo, dinero, conocimiento, pericia, en definitiva, sus personas por la salud de los otros, nos han otorgado luz y esperanza en la vida humana.

5. PALABRA DESDE EL SILENCIO

En quinto lugar, este tiempo nos ha ayudado a comprender la fecundidad del silencio para la palabra. Necesitamos palabras, pero nacidas desde el silencio fecundo que es fuente y origen de estas. El confinamiento nos ha impuesto un silencio obligado en la vida diaria y, especialmente, en la misión de la Iglesia en el anuncio del Evangelio y en la transmisión de la fe. Hay palabras que son pura verborrea, que, más que alentarnos e iluminarnos en situaciones como estas, nos dejan apesadumbrados y aturdidos. Todos las hemos sufrido. Cuando en este tiempo quienes solemos predicar a los demás hemos tenido que guardar silencio y escuchar a otros, nos hemos dado cuenta de la fuerza que tiene la palabra cuando es concreta, precisa y verdadera; y lo vana que se vuelve cuando es una pura logomaquia. En este orden, fue sobrecogedora la oración del papa Francisco en una Plaza de San Pedro vacía ante el Santísimo y ante el mundo entero, gracias a los medios de comunicación.

En este elogio de la palabra nacida del silencio, como decía Ignacio de Antioquía, es oportuno ofrecer una reflexión en torno al “ayuno eucarístico” que nos ha tocado vivir. Ha sido como un prolongado Viernes Santo, en el que hemos vivido desde la luz de la palabra y la sombra de la cruz. Nuestra oración se ha vuelto más intercesora que nunca, pidiendo la salvación y la salud de aquellos que se encontraban en una situación más delicada y encomendando a la vida de Dios a los que han muerto. Me ha sorprendido mucho el nerviosismo que se ha desencadenado en algunos ambientes eclesiales, hasta el punto de querer ver en esta situación excepcional una especie de “protestantización” de la Iglesia, una enmienda a la raíz sacramental de la vida cristiana. Quiero pensar que todo ello ha sido fruto de la situación de confinamiento y falta de aire y respiro necesarios. Querer hacer categoría teológica de una situación excepcional está fuera de lugar, tanto para acusar a los pastores que han decidido por motivos de salud suprimir las eucaristías con pueblo siguiendo las directrices de las autoridades competentes, pensando que la vida de la Iglesia estaba al borde del abismo por renegar de sus estructuras fundamentales, como pretender que esta situación excepcional se instale en una “nueva normalidad” yendo más allá de una Iglesia eucarística, donde una de sus estructuras esenciales es la comunión jerárquica.

Hay que volver a recordar la expresión de Henri de Lubac desde donde resumía la doctrina de la relación entre Iglesia y eucaristía en la teología patrística: la eucaristía hace la Iglesia y la Iglesia hace la eucaristía. Esta es la verdad fundamental, pero porque hayamos tenido que vivir esta relación durante dos meses de una forma casi invisible, al menos desde una eclesiología sociológica, no hay que sacar conclusiones exageradas. La entrega del Señor que celebramos en la eucaristía ha seguido siendo fuente y fundamento de la vida de la Iglesia. Volveremos a la celebración diaria y normalizada de la eucaristía, pero sería bueno que este “ayuno eucarístico” forzado nos ayude a valorar y cuidar mucho más esta celebración y a comprender que no es la única actividad de la Iglesia, sino su culmen y fuente. No entiendo la obsesión por aparecer en los medios celebrando la eucaristía para llegar así a la vida espiritual de los fieles. Aparte de que esto estaba ya asegurado por los medios de comunicación generalistas, quizás hemos perdido la oportunidad de aprovechar otros caminos que, de manera ordinaria, tiene la Iglesia para alimentar la vida de los fieles: la oración confiada a Dios, la escucha de la palabra y el amor al prójimo. Claro que ellos alcanzan su plenitud en la celebración de la eucaristía y tienen en ella su fuente, pero la Iglesia durante este tiempo no ha dejado de vincularse al Señor a través de este sacramento, aunque lo haya tenido que hacer de una forma excepcional y extraña (para la inmensa mayoría de los presbíteros y de los fieles).

En mi opinión, en este debate a través de las redes sociales, se han sacado las cosas de quicio. Hasta el punto de que, por mi parte, tomé la decisión también de ayunar de información religiosa a través de las conocidas páginas de Internet. De la misma manera que decidí poner un cierto límite a la información general a lo largo del día para no sucumbir al aturdimiento, alejarme algunas semanas de la información religiosa ha oxigenado mi cerebro. Puede que yo también caiga en ello, pero creo que tenemos una cierta “incontinencia verbal” que mancilla el poder de la palabra. No entiendo a los nuevos “directores espirituales” que, a través de los medios de comunicación, necesitan llenar todos nuestros días con pláticas y homilías piadosas. La necesidad de estar constantemente expuestos en la red, en los medios, retransmitiendo las misas, los rosarios, la oración… entiendo que esto a algunas personas les haya servido de gran ayuda, pero no creo que sea el auténtico camino de acompañamiento y crecimiento en la vida cristiana, así como la forma de presencia. Creo que necesitamos más vida interior, formativa y espiritual; más trabajo de cada persona hacia dentro de sí misma. En situaciones así, además del acompañamiento sincero, cercano, humilde, sin alharacas, es momento para crecer en interioridad y capacidad de trascendencia, para que desde aquí pueda nacer una palabra verdadera.

6. LA VERDAD DE LO ESENCIAL Y LO ESENCIAL DE LA VERDAD

En sexto lugar, con un pequeño juego de palabras creo que podemos decir que este tiempo nos ha ayudado a valorar la verdad de lo esencial y, a su vez, a redescubrir lo esencial de la verdad. Ante una situación límite se manifiesta qué es lo realmente esencial y aquello que no es más que superficial y superfluo. Cuántas cosas, tareas, actividades, profesiones estaban sobrevaloradas en un mundo que vivía en una especie de burbuja y, de repente, hemos tenido que reducirnos a la actividad esencial. Nos hemos dado cuenta de la importancia que tienen para nuestra supervivencia algunos trabajos que considerábamos humildes y que prácticamente despreciábamos (cajeros, transportistas, repartidores, agricultores, soldados, policías, trabajadores sociales…), y lo inflados o sobrevalorados que estaban otros y que, en una situación como esta, no se pueden sostener. No digamos ya el trabajo de los profesionales de la sanidad, que nos han mostrado la fuerza que tiene una profesión vocacionada al servicio de la persona y la sociedad. Incluyendo a los investigadores y científicos que, sin tener un lugar relevante en este mundo de la moda y el espectáculo, de los presentadores televisivos y los “influyentes”, son y serán decisivos en la gestión sanitaria, económica y social de la crisis provocada por el COVID-19. Ojalá cuando volvamos a la normalidad no olvidemos esto y que haya una más justa proporción entre ambos mundos. No pueden ser centrales por atención, influencia y dinero profesiones y trabajos que, en realidad, en el momento decisivo, no sirven para nada, frente a aquellas que literalmente nos salvan y son esenciales para vivir en los momentos de mayor peligro.

Suele decirse que estos trabajos y profesiones se valoran así por la riqueza que generan a su alrededor, pero es llamativo cómo, en cuanto hay un percance donde esta economía se pone en juego, no hay una estructura real y financiera que la sostenga porque los sueldos y las ganancias no están ajustados a la realidad, sino sujetos a un mundo virtual y ficticio, a una representación que, en cuanto vienen mal dadas, se termina. En el alto mundo de la cultura, del cine, del espectáculo, de la televisión y del deporte profesional hay un dopaje económico que no se corresponde con la verdadera función que desempeñan en la sociedad. En cuanto ha caído el negocio de la publicidad autoinducida y las subvenciones del Estado, se han revelado como trabajos insostenibles económicamente para el cometido que realizan. Un dopaje, por cierto, que podríamos extrapolar a la estructura de un gobierno con ministerios, directores y subdirectores generales que no tienen una función real en la sociedad o cuyas competencias se pisan unas a otras. La sanidad, la educación, la cultura, la alimentación, los transportes, la generación y distribución de los bienes primarios, etc. han aflorado en su necesidad esencial frente a tantas actividades que en tiempos de bonanza se soportan, pero en momentos de necesidad se vuelven inútiles y superfluas o, al menos, se muestran con un reconocimiento excesivo en términos sociales y económicos.

Unido a este valor de lo esencial, está lo esencial de la verdad. Sin ella no podemos ir adelante. Es un tópico atribuido al dramaturgo griego Esquilo la afirmación de que la verdad es la primera víctima de la guerra. No estamos en guerra, la pandemia es otra cosa, pero para vivir en libertad necesitamos la verdad. Los nuevos medios de comunicación permiten una información rápida y eficiente, pero también es un caldo de cultivo para la desinformación y la mentira. La verdad siempre acaba por salir a la luz, pero, mientras tanto, es necesario que permanezcamos relacionados con la realidad, que tengamos experiencia directa con lo que ocurre a nuestro alrededor, para no dejarnos atrapar por relatos ilusorios o informaciones falsas. En estos tiempos hemos podido comprobar cómo también hay “santos” o, más bien, “mártires” que han antepuesto el deber sagrado de informar con verdad a la gran corriente “bien pensante” que ha seguido el camino fácil de decir lo políticamente correcto. Hace tiempo que no tenía la sensación de que los medios de comunicación, especialmente las televisiones y algunos periódicos nacionales, nos estaban mostrando una “aparente realidad” que no concordaba absolutamente con la información directa que uno recibía por medio de contactos personales y cercanos. La desproporción entre la fachada que nos querían vender los medios de comunicación y la experiencia real de lo que sucedía era abismal. Personalmente, nunca lo había experimentado de esta manera.

Muchos se han preguntado dónde ha estado la Iglesia en esta situación. Además de padeciendo los efectos del virus en muchos presbiterios, casas de religiosos y agentes de pastoral, que debido a su edad avanzada han sido grupos de riesgo, ha estado allí donde está de forma habitual: en la plegaria incesante por todos los hombres ante Dios misericordioso; en la atención espiritual de las personas, acompañando esta situación de incertidumbre; en la asistencia social, haciendo que los que sufren de una forma más dramática los efectos de la pandemia no se queden definitivamente descolgados o en situaciones prácticamente de exclusión; en el acompañamiento en el duelo y la memoria por los seres queridos que han perdido su vida en la soledad de las morgues o residencias de mayores; en la acción educativa de tantos niños y jóvenes que están desarrollándose para un futuro; y también en el compromiso por la verdad desde la información escapando de las censuras autoimpuestas. Cuando algunos periodistas y escritores echan de menos públicamente la acción de la Iglesia, desde su situación privilegiada, en realidad lo que dicen es que no la conocen en su dimensión real. Ellos quieren referirse a los obispos y a la jerarquía, pero desde hace mucho tiempo la Iglesia se comprende a sí misma desde cada uno de los bautizados, y allí donde hay un bautizado está la Iglesia entera. Por esto ha estado en todos los ámbitos de la vida y, especialmente, en el servicio a la caridad y a la verdad. Quien la conoce y tiene una experiencia directa de lo que ella es, lo sabe.

7. DIOS NO ESTÁ EN EL VIRUS

Finalmente, y recogiendo una expresión de Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, en esta y en cualquier pandemia o desgracia Dios no está en el virus como plaga o castigo por una humanidad pecadora. Si esta situación nos está llamando a la conversión, a una nueva forma de relacionarnos con Él, con el prójimo y con la naturaleza, que es evidente que siempre –no solo ahora– es así, Dios está como aliento y fuerza para llevar adelante este camino de conversión y de lucha contra los efectos destructivos de este virus. Aquí podemos recordar a Pablo de Tarso en su exhortación a los cristianos de Roma, cuando le preguntaban por el lugar de Dios ante el sufrimiento de las criaturas: si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? (cfr. Rom 8, 31). Dios se hace presente en esta situación, no en el virus castigando, sino sufriendo y padeciendo con nosotros la pandemia; y siendo fuerza de trasformación y resurrección para la vida.

Cuando la tradición judeocristiana ha sabido leer la historia concreta que le sucedía desde una perspectiva teológica, no estaba identificando a Dios como al autor y responsable de esa situación histórica. Hay dos ejemplos fundamentales: el exilio del pueblo de Israel y la muerte de Jesucristo. Después de sufrir la catástrofe de la destrucción del Templo y la deportación de los representantes más cualificados del pueblo de Israel, la teología judía fue capaz de ver en ello, más allá de la acción histórica de los imperios babilónico y persa, la acción misteriosa de Dios, que, lejos de abandonarle, le estaba invitando a la conversión y a una nueva forma de comunión y de presencia. Pero es necesario advertir que esto no significaba que Dios fuera el autor y responsable directo de esta penosa situación histórica. No podemos confundir los planos históricos y teológico-espirituales. Lo mismo podemos decir del hecho ignominioso de la muerte de Jesús. Esta fue fruto del complot de los dirigentes judíos, la traición de Judas, el abandono de sus discípulos, el poder de los romanos… En este sentido, fue fruto del pecado de los hombres. Pero, dicho esto, la comunidad cristiana, al ver morir a Jesús de esa forma, se preguntó si no sería ante todo un acto de entrega personal única, revelando la hondura última de la libertad del ser humano y una forma escandalosa y poderosa de realizar y mostrar el amor de Dios por todos los hombres. Nuevamente, no se pueden confundir los planos de la historia concreta, de la libertad personal y del amor divino, haciendo responsable de la muerte de Jesús a sí mismo (suicidio encubierto) o al Padre (destino cruel). Pero en ella, siendo causa concreta de la historia y libertad de los hombres que entregan y traicionan a Jesús, se nos revelan, a la vez, la libertad personal y el amor de Dios.

De forma análoga podemos y debemos leer ahora este momento histórico. La situación que vivimos tiene unas causas históricas y naturales concretas que debemos conocer, pero es también legítimo que, en ella y a través de ella, Dios nos esté llamando en este momento no solo a responder adecuadamente a esta situación de emergencia, sino a transformar nuestro modo de vida y a relacionarnos con la naturaleza, con los otros y con Dios mismo, de una forma más humana y cristiana. Dios está aquí, de esta forma, pero no como causante o promotor de una desgracia como esta. Dios no está en el virus, sino en la fuerza para responder a él con sabiduría, prudencia e inteligencia, siendo responsables y compasivos. Él nos llama a ser santos y misericordiosos como Él y porque Él es santo y misericordioso, siempre y en toda circunstancia (cfr. Mt 5, 48; Lc 6, 36).

Ángel Cordovilla Pérez. Universidad Pontificia Comillas. Madrid

Fuente: Vida Nueva

Carta de Francisco a los movimientos populares

A los hermanos y hermanas de los movimientos y organizaciones populares

Queridos amigos:

Con frecuencia recuerdo nuestros encuentros: dos en el Vaticano y uno en Santa Cruz de la Sierra y les confieso que esta «memoria» me hace bien, me acerca a ustedes, me hace repensar en tantos diálogos durante esos encuentros y en tantas ilusiones que nacieron y crecieron allí y muchos de ellas se hicieron realidad. Ahora, en medio de esta pandemia, los vuelvo a recordar de modo especial y quiero estarles cerca.

En estos días de tanta angustia y dificultad, muchos se han referido a la pandemia que sufrimos con metáforas bélicas. Si la lucha contra el COVID es una guerra, ustedes son un verdadero ejército invisible que pelea en las más peligrosas trincheras. Un ejército sin más arma que la solidaridad, la esperanza y el sentido de la comunidad que reverdece en estos días en los que nadie se salva solo. Ustedes son para mí, como les dije en nuestros encuentros, verdaderos poetas sociales, que desde las periferias olvidadas crean soluciones dignas para los problemas más acuciantes de los excluidos.

Sé que muchas veces no se los reconoce como es debido porque para este sistema son verdaderamente invisibles. A las periferias no llegan las soluciones del mercado y escasea la presencia protectora del Estado. Tampoco ustedes tienen los recursos para realizar su función. Se los mira con desconfianza por superar la mera filantropía a través la organización comunitaria o reclamar por sus derechos en vez de quedarse resignados esperando a ver si cae alguna migaja de los que detentan el poder económico. Muchas veces mastican bronca e impotencia al ver las desigualdades que persisten incluso en momentos donde se acaban todas las excusas para sostener privilegios. Sin embargo, no se encierran en la queja: se arremangan y siguen trabajando por sus familias, por sus barrios, por el bien común. Esta actitud de Ustedes me ayuda, cuestiona y enseña mucho.

Pienso en las personas, sobre todo mujeres, que multiplican el pan en los comedores comunitarios cocinando con dos cebollas y un paquete de arroz un delicioso guiso para cientos de niños, pienso en los enfermos, pienso en los ancianos. Nunca aparecen en los grandes medios. Tampoco los campesinos y agricultores familiares que siguen labrando para producir alimentos sanos sin destruir la naturaleza, sin acapararlos ni especular con la necesidad del pueblo. Quiero que sepan que nuestro Padre Celestial los mira, los valora, los reconoce y fortalece en su opción.

Qué difícil es quedarse en casa para aquel que vive en una pequeña vivienda precaria o que directamente carece de un techo. Qué difícil es para los migrantes, las personas privadas de libertad o para aquellos que realizan un proceso de sanación por adicciones. Ustedes están ahí, poniendo el cuerpo junto a ellos, para hacer las cosas menos difíciles, menos dolorosas. Los felicito y agradezco de corazón. Espero que los gobiernos comprendan que los paradigmas tecnocráticos (sean estadocéntricos, sean mercadocéntricos) no son suficientes para abordar esta crisis ni los otros grandes problemas de la humanidad. Ahora más que nunca, son las personas, las comunidades, los pueblos quienes deben estar en el centro, unidos para curar, cuidar, compartir.

Sé que ustedes han sido excluidos de los beneficios de la globalización. No gozan de esos placeres superficiales que anestesian tantas conciencias. A pesar de ello, siempre tienen que sufrir sus perjuicios. Los males que aquejan a todos, a ustedes los golpean doblemente. Muchos de ustedes viven el día a día sin ningún tipo de garantías legales que los proteja. Los vendedores ambulantes, los recicladores, los feriantes, los pequeños agricultores, los constructores, los costureros, los que realizan distintas tareas de cuidado. Ustedes, trabajadores informales, independientes o de la economía popular, no tienen un salario estable para resistir este momento… y las cuarentenas se les hacen insoportables. Tal vez sea tiempo de pensar en un salario universal que reconozca y dignifique las nobles e insustituibles tareas que realizan; capaz de garantizar y hacer realidad esa consigna tan humana y tan cristiana: ningún trabajador sin derechos.

También quisiera invitarlos a pensar en «el después» porque esta tormenta va a terminar y sus graves consecuencias ya se sienten. Ustedes no son unos improvisados, tiene la cultura, la metodología pero principalmente la sabiduría que se amasa con la levadura de sentir el dolor del otro como propio. Quiero que pensemos en el proyecto de desarrollo humano integral que anhelamos, centrado en el protagonismo de los Pueblos en toda su diversidad y el acceso universal a esas tres T que ustedes defienden: tierra, techo y trabajo. Espero que este momento de peligro nos saque del piloto automático, sacuda nuestras conciencias dormidas y permita una conversión humanista y ecológica que termine con la idolatría del dinero y ponga la dignidad y la vida en el centro. Nuestra civilización, tan competitiva e individualista, con sus ritmos frenéticos de producción y consumo, sus lujos excesivos y ganancias desmedidas para pocos, necesita bajar un cambio, repensarse, regenerarse. Ustedes son constructores indispensables de ese cambio impostergable; es más, ustedes poseen una voz autorizada para testimoniar que esto es posible. Ustedes saben de crisis y privaciones… que con pudor, dignidad, compromiso, esfuerzo y solidaridad logran transformar en promesa de vida para sus familias y comunidades.

Sigan con su lucha y cuídense como hermanos. Rezo por ustedes, rezo con ustedes y quiero pedirle a nuestro Padre Dios que los bendiga, los colme de su amor y los defienda en el camino dándoles esa fuerza que nos mantiene en pie y no defrauda: la esperanza. Por favor, recen por mí que también lo necesito.

Fraternalmente,

Ciudad del Vaticano, 12 de abril de 2020, Domingo de Pascua

El futuro que vendrá tras la pandemia

La pandemia por el coronavirus, dejará un mundo con un antes y un después, planteando nuevos desafíos y también repensando el rol de Estado y la Sociedad en muchos sentidos.

  1. El sistema del capitalismo globalizado basado en el consumismo desenfrenado y el despilfarro, en el paradigma tecnocrático y en el descarte, en la hiperconcentración de la riqueza en manos de unos pocos, como también en la destrucción de los recursos naturales por la acción humana que utiliza material fósil, comienza a tambalear, hace agua por todos lados y cae en una profunda recesión mundial.
    Ya está claro que esta crisis se equipara a las grandes rupturas de la era moderna, junto a las guerras mundiales y su impacto económico es más profundo que las crisis financieras de 1929 y 2008. En 1929 fracasó la idea de que el mercado se regularía solo, en el 2008 lo que se manifestó fue el agotamiento del capital financiero. En ambos fue necesario el salvataje del Estado para sortear la crisis sin detener totalmente la maquinaria (que no se detuvo ni en plena guerra mundial, sino que se reconvirtió pasando de fabricar autos a fabricar tanques). Lo novedoso de la crisis actual es que se frenó casi totalmente la maquinaria mundial y en simultáneo. Otro mundo se está configurando en el transcurso de la crisis.
  2. La aparición de este virus y de sus predecesores basados en mutaciones de animales a humanos no proviene necesariamente de ningún laboratorio maligno, sino de la lógica implacable y despiadada de la máxima ganancia: el factor fundamental es la destrucción de los hábitats de las especies silvestres y la invasión de estos por asentamientos urbanos y/o de la expansión agropecuaria industrial, con lo cual se crean situaciones propias para la mutación acelerada de los virus.
    La verdadera fábrica de los virus y bacterias que se transmiten a humanos es la cría industrial de animales, principalmente aves, cerdos y vacas. Más del 70% de los antibióticos se usan para engorde o prevención de infecciones en animales no enfermos, lo cual ha producido un gravísimo problema de resistencia a los antibióticos, también para los humanos. Ya en 2017 la OMS había convocado a las industrias agropecuarias y alimentarias a dejar de utilizar sistemáticamente antibióticos para estimular el crecimiento de animales sanos.
    A este caldo de cultivo de criaderos industriales, se le suma la utilización sistemática de antivirales y pesticidas dentro de esas mismas instalaciones por parte de las corporaciones. El aumento alocado de la productividad en aras de la máxima ganancia y forzando a los ecosistemas naturales más allá de sus límites, ha desatado una nueva y por ahora, incontrolable pandemia.
  3. El derrumbe de la demanda y de la oferta por la parálisis económica mundial, las prohibiciones de viajes, cierre de fábricas y fronteras, la caída de los precios de los comodities y el petróleo es un verdadero desastre para las economías. Sin embargo, es paradójicamente una bendición para la «casa común». En apenas un mes de parálisis económica mundial, la tierra comenzó a respirar: se redujo el agujero de ozono, bajó la temperatura global, disminuyó sensiblemente la contaminación de dióxido de carbono en la atmósfera y varias ciudades del mundo descubrieron que el cielo es azul.
    Los pasos vacilantes de los que apoyaban pero no aplicaban el tratado de París sumado a los que lo repudiaban estaban llevando a la casa común a un callejón sin salida. La naturaleza ha resuelto ejecutar el Tratado de París de facto sin esperar más vacilaciones. Lo que no entra por la razón, entra por la fuerza. Esa parece ser la regla de la madre tierra que se protege de su autodestrucción.
  4. En estas circunstancias completamente excepcionales, donde el miedo y la incertidumbre se instalan en miles de millones de hogares, queda al descubierto la raíz de un sistema que se basa en la codicia y la avaricia y que solo persigue la máxima ganancia, particularmente en aquellos países donde la privatización del agua y la salud dejan al descubierto la extrema vulnerabilidad a la que exponen a sus poblaciones en aras de la riqueza de unos pocos.
    Son estas circunstancias excepcionales las que enseñan aceleradamente a los pueblos que el Estado debe primar sobre el mercado, que la necesidad y la solidaridad es mas importante que la máxima ganancia y que la vida y la salud están por encima de cualquier otra consideración. Los gobiernos que interpretan esos vientos son los que se fortalecen, mientras que , por el contrario, los que siguen aferrados a garantizar la riqueza de unos pocos, agravan el desastre y entran en decadencia.
    El Papa Francisco dijo reiteradas veces que sólo se sabe cuando se sufre. Efectivamente este sufrimiento colectivo está generando rápidos aprendizajes y reordenando conductas que pueden dar algunos indicios de cómo podría reconfigurarse la «normalidad» en el porvenir.
  5. No es la primera vez que una epidemia influye sobre el destino de un civilización y marca un antes y un después en la historia. La plaga de Atenas (430 AC) fue considerada como el principio del fin de la hegemonía ateniense sobre la antigua Grecia según relata Tucídides.
    En los siglos siguientes, la malaria contribuyó al hundimiento del imperio romano; la plaga justiniana (una peste bubónica) debilitó al imperio Bizantino frente a godos y árabes; la peste negra terminó de enterrar al sistema feudal alterando la oferta de alimentos y tierras; el tifus fue clave en la derrota del ejército napoleónico en Rusia. La primera globalización contemporánea comenzó hacia 1870 y terminó en la gripe española de 1918 y la última fase de la globalización iniciada en 1989 parece estar llegando a su punto final con el coronavirus
  6. La pandemia ha acelerado la decadencia del imperio norteamericano que ya venía perdiendo mercados a expensas de China y Rusia y la batalla por las nuevas tecnologías, donde China lo aventaja. Con la caída brutal del precio del petróleo por los acuerdos de Rusia y Arabia se ha encarecido el shale no convencional donde EEUU tenía su fuerte. Sus ilusiones de retener al menos la dirección energética del mundo se están desvaneciendo. Mientras tanto, la pandemia golpea de lleno al corazón de la sociedad norteamericana con miles de infectados y muertos por día y un sistema de salud privatizado que colapsa.
    EEUU no ha jugado ante el mundo ningún rol progresivo en la pandemia. Por el contrario, es acusado por Francia y Alemania de haber bloqueado compras de mascarillas para apropiárselas y es repudiado en su propio continente por la imposición de Trump a la empresa 3M de prohibir ventas de mascarillas a América Latina. Al compás de la crisis , la oposición y un ala de la burguesía globalizadora redoblan los cuestionamientos a Trump que debe enfrentar una elección ya no tan sencilla en noviembre.
    Henry Kissinger expresó claramente la línea de los detractores del gobierno cuando sostuvo que «Va a crecer la agitación política y económica y podría durar varias generaciones. Ningún país , ni siquiera Estados Unidos, puede en un esfuerzo puramente nacional, superar el virus. Para abordar las necesidades del momento debe combinarse con visión y programa de colaboración global. Si no podemos hacer ambas cosas a la vez, enfrentaremos lo peor de cada una».
    Trump va por el camino opuesto y en su desesperación tantea la posibilidad de precipitar una invasión a Venezuela que le serviría para el doble objetivo de intentar distraer la atención y recuperar un punto estratégico de reserva petrolera convencional. Pero no cuenta ni con respaldo interno, ni con consenso social para semejante aventura.
  7. El peso de Europa en el mercado mundial ya venía en picada y combinado con la crisis que significó el alejamiento de Inglaterra con el Brexit. La pandemia no ha hecho mas que acelerar la decadencia. La antigua cuna de civilización y el continente estrella de la globalización se ha transformado en el epicentro de la pandemia y ahora es aislada por tierra, mar y aire por casi todo el planeta. Cuanto más privatizados sus servicios de salud, mayor el desastre como lo muestran los casos de España, Italia y Francia. Si en Alemania los resultados no son tan drásticos es porque todavía existe una cobertura universal sanitaria para su población, al igual que en los países escandinavos.
    La Unión Europea y sus instituciones están al descubierto frente a la pandemia del coronavirus: el presidente del Consejo Europeo no tiene ni siquiera un equipo de diez médicos para enviar a Lombardía o a España. Por el contrario, la UE gasta 420 millones de euros para la Frontex, su superequipada policía de frontera.
    La UE no tiene ni hospitales de campaña, ni reservas de respiradores ni de mascarillas para poder ayudar a un país miembro. Pero está equipada de drones europeos para espiar los movimientos de personas en peligro que tratan de obtener el derecho de asilo.
    Y esas personas, todos los años, mueren por millares en el Mediterráneo. Médicos e insumos están siendo enviados por Cuba y China ante una Unión Europea totalmente impotente para hacer frente a la crisis.
  8. Diferente es el panorama de Rusia y China que quedan mejor posicionados de cara a lo que viene. Rusia reaccionó rápidamente a la pandemia y por ahora registra pocos casos de infectados y muertos por referencia a la escala de su población.
    Ha prolongado la cuarentena durante todo el mes de abril y volcado más de 16 mil millones de euros a ayuda social y a las pymes. Ademas ha avanzado en acuerdos con Arabia para manejar bajo el precio del petróleo convencional, asestando un golpe tremendo al shale no convencional que utiliza EEUU y que ahora se le complica por los altos costos para su extracción. China fue epicentro inicial de la pandemia que ahora parece estar comenzando a controlar. A pesar del golpe económico que le significó, aún tiene espaldas y reservas para reactivar la producción y ademas es el país mejor posicionado con la tecnología 5g que puede llegar a tener incidencia clave en el mundo post pandemia. La ayuda humanitaria que está ofreciendo a Europa y América Latina es la contracara de la mezquindad con la que se ha manejado Trump en esta crisis.
  9. El peligro de «genocidio virósico» que menciona el Papa Francisco puede llegar a concretarse en regiones de África, Asia y América Latina, donde son muy pobres las estructuras sanitarias y el 40 % de los hogares carece de acceso al agua potable y vive en situación de hacinamiento. En muchas de esas regiones el «lavarse las manos» y «quedarse en casa» parece una quimera.
    Es inimaginable que en esas circunstancias se pueda masificar el teletrabajo, la educación a distancia y que la población pueda acumular comida y suministros básicos por varias semanas en cuarentena. Aplicar el modelo de cuarentena europeo o propio de los grandes centros urbanos en esas regiones es inviable y persistir en ello, implica una militarización y represión creciente de poblaciones que subsisten del cuentapropismo,
    La suspensión de clases en muchas de estas zonas puede ser peor que la enfermedad porque significa muchas horas de contacto de niños con adultos y ademas problemas de malnutrición para millones de estos niños cuya dieta depende de la comida que reciben en la escuela. Fortalecer al Estado sobre el mercado para priorizar la salud de sus ciudadanos antes que la máxima ganancia y disponer de todos los recursos públicos y privados al servicio de este objetivo, puede ser una salida en la que otras tácticas garanticen el cuidado de sus poblaciones como el aislamiento comunitario, las redes territoriales de ayuda social y la provisión de agua, alimentos e insumos básicos dando siempre prioridad a las indicaciones de salud pública en cada contexto determinado.
    Es cierto que en muchas de esas regiones hay gobiernos corruptos, timoratos, poco afectos al servicio al pueblo, pero también es cierto que en estas circunstancias completamente excepcionales, la historia demostró que muchos gobernantes pueden ir mas lejos de lo que quieren bajo la presión de los pueblos. En los casos como Brasil, donde el derechista Bolsonaro ha pretendido priorizar el mercado por encima de la salud, ya hay movimientos profundos por abajo y por arriba que podrían sellar su destino si no cambia a tiempo. En el extremo opuesto, Alberto Fernández en la Argentina esta tomando una batería de medidas en protección de la vida humana antes que los mercados y ha logrado el acompañamiento de más de un 80 % de la población.
  10. Las pinceladas del después se van configurando en el transcurso de la misma crisis. En el miedo a la muerte propia y de seres queridos, los pueblos aprenden rápidamente de las experiencias de aquellos países que más cuidan a sus pueblos y de cuales los dejan a la deriva. Hay una revalorización de los Estados nacionales por encima de los mercados. De priorizar las vidas humanas por encima de cualquier ganancia. De reconocer la importancia de sistemas de salud universales que protejan a la población. Hay una mayor conciencia de que nadie se salva solo y que llegó la hora de que aporten al bien común los que se han enriquecido con el sistema que ahora perece. También hay una profunda reflexión colectiva en los pueblos respecto al daño hecho a la Casa Común y cómo la naturaleza pasa factura. De cuánto consumismo, despilfarro y descarte precedieron a esta pandemia.
    Es muy impactante cómo esta pandemia afecta por igual a todos los estratos de la sociedad sin importar clase, raza o etnia. También es significativo que a este virus, por las características de difusión y contagio, sólo se lo pueda combatir colectivamente, mediante la solidaridad y el respeto al prójimo.
    La pandemia ha puesto blanco sobre negro quién es quién. Aquellas sociedades que cuidan a sus abuelos y aquellas que, como en Texas, convocan a una especie de darwinismo social. Aquellos países que solidariamente extienden una mano a otros y aquellos como EEUU que busca acaparar los recursos indispensables solo para sí. Mientras tanto, hay medidas que se van insinuando en el devenir de la crisis y bajo la presión de los pueblos.
    El desconocimiento o postergación de las deudas fraudulentas que atormentaron a los países en desarrollo, la indispensable necesidad del control de la banca y el comercio exterior, la recuperación soberana de los recursos estratégicos , la necesidad de sistemas de salud que garanticen la asistencia a toda la población, la necesidad de una renta básica universal que asegure el sustento básico a cada familia. Medidas que hasta hace tres meses parecían quimeras, hoy afloran por aproximaciones sucesivas en el horizonte de pueblos que luchan por su supervivencia. Y empujan a los gobiernos a adoptarlas con mayor audacia.
    El frente interreligioso que pacientemente ha venido cociendo Francisco en torno a los ejes estratégicos y proféticos del Laudato Si’ son una base terrenal y espiritual que puede jugar un rol central en la reconfiguración de sociedades que sean justas, inclusivas y sustentables. Naturalmente el camino no es lineal y los imperios en caída pueden cometer locuras antes del ocaso y en el camino traer muchas penurias a la humanidad.
    Pero más temprano que tarde, los pueblos levantarán bien alto la bandera de la vida y la fraternidad porque esta pandemia global y traumática, dejará huellas profundas en el sentido común de la raza humana

Gustavo Vera
Fuente: MinutoYa