La patria y el dinero, una España no tan dividida.

Miguel Fernández Taboada

Me escribe con cierta sorpresa un amigo, al que considero muy bien informado, tras haber leído un artículo que explica cómo gran parte de las empresas del IBEX-35, la Bolsa española, pertenecen a fondos de inversión extranjeros. En efecto, empresas tan conocidas como Iberdrola, Repsol, Telefónica o el Banco Santander tienen gran parte de sus acciones en manos de enormes fondos, como el americano Blackstone o el fondo soberano que pertenece al Estado de Noruega. Además, el artículo cuenta que el porcentaje de prropiedad extranjera ha subido mucho en los últimos años, hasta casi el 50% del valor total del IBEX, y eso que este incluye a la rara avis Inditex, una de las multinacionales del mundo en las que el fundador, y su familia, mantienen un mayor porcentaje de las acciones. A mí me sorprende que estos datos sorprendan a mi amigo, quizás porque, ya a mediados de los 90, pude escuchar con atención una conferencia de Julio Anguita, en la que nos contaba que 1 billón (de pesetas) cambiaba diariamente de país, solo en la Unión Europea. Ese dato me impactó entonces, y he seguido leyendo sobre ello, tratando de comprender mejor el mundo en que vivimos. Todavía muy recientemente he leído sobre la internacionalización del capital en un magnífico libro (¡de 2004!) del economista argentino Rolando Astarita, un ejemplo para mí de lo que a veces se llama “pensar con cabeza propia”. En ese libro, que recomiendo fervientemente, se explica bien el enorme cambio ocurrido en la economía mundial después de los años 70, y particularmente después de la entrada de China y la URSS en el capitalismo. Se trata no solo de la internacionalización, o más bien mundialización, de la propiedad del capital, ni solo del enorme incremento del comercio internacional, sino de la mundialización de la producción. Esto significa que, de forma creciente desde entonces, la producción de mercancías no se realiza dentro de las fronteras de un país, sino que los diferentes trabajos que dan lugar a una camisa o un teléfono móvil, por ejemplo, se reparten en decenas de países, aprovechando las ventajas que cada lugar ofrece al objetivo de maximizar el beneficio: costes laborales más bajos en un lugar, abundancia de determinados minerales en otro, centros de investigación en unos pocos, etc. Esta explicación, que puede parecer obvia si se piensa en los procesos masivos de deslocalización de la producción a países como Vietnam o Bangladesh desde los años 80, supone, a su vez, un cuestionamiento de numerosas teorías e ideas que todavía tienen gran presencia en la opinión pública o la academia. Temas como la vigencia de la colonización, o interpretaciones del imperialismo con gran componente geográfica o nacional, necesitan ser profundamente repensados de cara a planteamientos políticos que busquen mayor justicia. Pero, además de estas cuestiones bastante específicas, en una mirada más general e intuitiva cabe preguntarse por la relación que esta mundialización tiene con el auge y reivindicación de las identidades de toda índole. Lo dejamos para otro artículo, pero no deja de ser paradójico que un país como España, aparentemente muy dividido ideológicamente, encuentre un elemento de unidad en que la propiedad de “sus empresas” pertenezcan cada vez más a capital extranjero. Además del fútbol, claro.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Encuentro y solidaridad
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.