Los que vienen de la gran tribulación

Ana Sánchez

Al igual que en los tiempos del Imperio Romano, en nuestros días seguimos viviendo un combate en todos los niveles, especialmente personal e institucional. En el terreno espiritual, la contienda de fondo viene expresada en pequeñas luchas cotidianas, muchas veces manifestadas a través de diversos instrumentos de lo que, en lenguaje apocalíptico, se denominan las bestias; se trata básicamente de elementos de formación de conciencia que seducen al corazón humano en sus tendencias a ser el primero, poseer y pasarlo bien. Hoy en día, la Bestia, encarnada entonces en el Imperio Romano, se encuentra presente en esas estructuras de pecado que nos envuelven en nuestro quehacer cotidiano.

Estos son los dos niveles entre los que se mueve el Apocalipsis: entre el interior de la vida de la Iglesia y el mundo entero. La Iglesia camina en la historia y forma parte de ella, de la misma manera que lo hacemos cada uno de nosotros y por eso es imprescindible considerar con realismo el presente que estamos viviendo, reflejado claramente en el Apocalipsis: el Cordero abre los primeros cuatro sellos del libro y la Iglesia ve el mundo en el que está insertada, un mundo en el que hay varios elementos negativos. Hay males que el hombre cumple, como la violencia, que nace del deseo de poseer, de prevalecer los unos sobre los otros, hasta llegar a matarse (segundo sello), o la injusticia, porque los hombres no respetan las leyes que se han dado (tercer sello). A estos se añaden los males que el hombre tiene que sufrir, como la muerte, el hambre, las enfermedades (cuarto sello).

La esperanza está presente desde el primer sello:

«Y vi aparecer un caballo blanco. Su jinete tenía un arco, recibió una corona y salió triunfante, para seguir venciendo» (Apocalipsis 6, 2).

«Llamar a la misericordia por su nombre es una manera de provocar»

El texto del Apocalipsis ha despertado gran interés a lo largo de los siglos, especialmente por su carácter combativo, desde una simbología prácticamente universal. Entre las obras referentes a él, destaca especialmente el Comentario al Apocalipsis de Beato de Liébana, que está compuesto casi en su integridad de citas de autores anteriores. Beato pretende haber resumido el trabajo de sus predecesores utilizando imágenes sencillas y empleando un lenguaje llano, fácil de entender.

Según Beato, el mensaje de cada parte del Apocalipsis es válido para todos los tiempos. Cada sección es una alegoría histórica, una narración simbólica de acontecimientos que en intervalos temporales diferentes, han ocurrido, están ocurriendo en el presente, y van a ocurrir en el futuro.

En las proximidades del año mil, como sucediera en el año 800, la época de Beato de Liébana, Europa se ve asolada por unas condiciones de vida que auguran que ya está inminente el fin de los tiempos. Es época de «Apocalipsis», y a esas situaciones da respuesta el libro del Apocalipsis, que profetiza inimaginables catástrofes, pero también un final feliz de la historia para quienes resistan los embates del demonio, la bestia y el falso-profeta, la trinidad maldita que va a ser vencida por el Cordero.

El que garantiza estas cosas afirma: «¡Sí, volveré pronto!». ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!

Que la gracia del Señor Jesús permanezca con todos. Amén.

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