COVID, infancia y escuela

Nos alegramos de haber tenido esta mesa redonda “COVID, infancia y escuela” para poder dialogar sobre cómo vemos que estamos viviendo y respondiendo familias y escuela ante los cambios que el COVID ha impuesto. Unos necesarios. Otros sin ninguna evidencia científica. Por eso quisimos hablar familias, profesionales sanitarios, de la educación y de la psicología.

Algunos aspectos fruto de la exposición de los ponentes y del diálogo posterior fueron:

  • El cierre de las escuelas y la calle para los niños, fue una medida que no tuvo parangón con otros países. 22 países europeos abrieron las escuelas infantiles y de primaria, y/o de los últimos cursos de secundaria, en mayo y en junio
  • Se estigmatizó a los niños (se les llamó “hipercontagiadores”), sin ninguna evidencia al respecto. Al contrario, desde Abril, la evidencia científica desmontaba esta etiqueta. En Agosto el Centro Europeo para la Prevención y Control de Enfermedades publicó un informe científico en el que no sólo ponía de manifiesto que la reapertura de escuelas no se había asociado con importantes aumentos en la transmisión comunitaria y que eran lugares seguros, sino que la mayor contagiosidad se da en entornos domésticos.
  • De la noche a la mañana los padres se convirtieron en maestros de sus hijos, además de seguir trabajando. Para algunos hogares esta situación fue un auténtico infierno. Viviendas con pocos metros cuadrados, sin acceso a internet o sin posibilidad de que sus padres pudieran asumir el rol de maestros. Violencia, maltrato infantil, abusos sexuales formaron también parte de este infierno. Las consecuencias a día de hoy no se pueden minimizar. Uno de cada cuatro niños sufre ansiedad tras el confinamiento
  • Los pediatras están pidiendo desde hace tiempo que se aclare cuál es la indicación clara de PCR a los niños, ya que muchos síntomas de COVID coinciden con otras enfermedades y no se puede estar realizando PCR por cualquier síntoma
  • Las familias que habitualmente han respondido autónomamente y con sentido común ante la enfermedad de los niños, ahora necesitan consultar más y están más indecisas y con miedo. La demanda del sistema sanitario es mayor. Esto se une a la situación moribunda (desde hace años) en la que está la atención primaria
  • Hace falta inversión pública, pero no sólo en el sistema sanitario. La educación, el cuidado, el trabajo, la justicia es salud. Hacen falta que los protocolos se construyan de forma más abierta y horizontal. Con participación de los docentes, familias, …… y dar voz a los propios niños.
  • Hay que volver a la presencialidad. Que no se confinen las clases completas en primaria (una medida que ya están tomando algunas CCAA) y garantizar las clases online y el seguimiento cuando un alumno está confinado. ¿Podemos unir esfuerzos profesores y familias para hacer esto posible? Se comentaron algunas experiencias de equipos directivos, profesores y familias exigiendo y promoviendo cambios en los protocolos COVID de los colegios e institutos. Sin embargo la tónica general no es esta implicación y protagonismo. Reflexionamos cómo es posible la pasividad frente a medidas que no están justificadas científicamente.
  • Una mayor y mejor información científica proporcionada por responsables políticos es necesaria. Los servicios de salud pública de algunos países ofrecen a la ciudadanía una buena información estructurada por áreas acerca del COVID y la escuela y otros ámbitos.
  • Se ha destapado no solo una brecha digital, sino una brecha social que ya existía en la escuela. No perdamos la oportunidad para que la escuela sea respuesta, es decir, que sea mejor para los que más lo necesitan, una escuela compensatoria de las diferencias sociales.
  • Es necesario que profesores, familias y toda la sociedad demos una respuesta asociada y política ante lo que estamos viviendo.

A continuación reproducimos la aportación en la mesa redonda de un profesor de secundaria. Aportación preparada junto a otros profesores de infantil, primaria y universidad, y familias.

COVID-19: Certezas, incertidumbres y manipulaciones.

El jueves 12 de noviembre tuvimos la oportunidad de dialogar y reflexionar sobre la actual sitación de pandemia mundial que estamos viviendo. Después de más de 6 meses ya se van clarificando muchas cosas y creemos que los ciudadanos tenemos el derecho y deber de estar bien informados sobre lo que está pasando. Por eso, queremos contar con especialistas y analistas que hacen un seguimiento constante de la situación y de las decisiones políticas que se están tomando. Queremos tener una mirada amplia y crítica ante la COVID-19.

En esta sesión contamos con José R. Loayssa, médico de familia que trabaja en el servicio de emergencias del servicio navarro de salud, además es un ávido comentarista en facebook con noticias relacionadas con la covid19 siempre desde una visión crítica. También forma parte de un seminario nacional donde distintos expertos reflexionan semanalmente sobre las actuaciones y la evolución de la pandemia a nivel local y mundial.

Os dejamos la grabación de este diálogo.

Brecha social y crisis a la vista

Fuente: laopiniondemurcia.com

Autor: José Molina

Nos convertiremos poco a poco en trabajadores uberizados, que viviremos en plataformas nebulosas que para colmo de los engaños se atribuyen ser ‘economía colaborativa’: una forma de silicolonizar el mundo para que nos dominen desde la nube sin darnos cuenta

Después de una década sufriendo las consecuencias de una crisis financiera que cocinaron los que gobiernan las superestructuras de la economía, nos llega esta pandemia, que ha caído como un obús entre la ciudadanía más pobre y con menos medios. Lo peor de las dos crisis es que se han politizado y están desestructurando aceleradamente la sociedad. La OMS advierte que hay muchas decisiones que se están asumiendo que escapan al ámbito sanitario y son más el resultado de las confrontaciones políticas y sociales de una sociedad que con la crisis del 2008 arruinó el Estado de Bienestar. Madrid y otras Comunidades son un claro ejemplo de esta situación del caos por los recortes.

El primer obús nos estalló en la cara, fue una situación imprevista, caímos en la trampa del virus y golpeó indiscriminadamente. Pero esta segunda oleada del covid-19 viene directamente a la parte más débil y con más brecha social de la sociedad, que es la más numerosa.
Gobiernos sin soluciones por su aferrado encadenamiento a un mundo neoliberal que se ha hipotecado con lo más reaccionario del mundo económico global. Llegar al millón de muertes es un gran drama que suma a la brecha social, la gran discriminación de desigualdades que se vive en el planeta. La clase privilegiada se ha protegido es sus espacios amplios y no viaja en colectivos. Cuenta con los medios de control médicos preventivos y su escudo social la protege con más eficacia.

En los barrios más populosos de las ciudades (Madrid es el ejemplo más simbólico) sobrevivir es el deseo de cada día, y el reto de acudir al trabajo y solucionar las urgencias de cada momento no se soluciona ni con un confinamiento desigual, ni con más policías. Se soluciona con más medios sanitarios, con más médicos dedicados a cubrir las necesidades y con estructuras sanitarias que mejoren lo que no hay en las viviendas de estos vecindarios explotados y carentes de lo más esencial desde que la crisis del 2008 les golpeó.

El virus nos llegó desde China mordiendo indiscriminadamente, pero el tiempo nos está demostrando que no todos se pueden defender con los mismos medios. Y es aquí donde aparece la desigualdad más feroz. Esa que tenemos mal asumida, porque nos dejamos convencer de que la crisis financiera de 2008 era producida por un monstruo amable, que nos robaba recursos, por un lado, pero por otro nos daba un trabajo precario para seguir viviendo. Y que consagró la idea de que había que aceptar la superación de las ideologías, y de las clases sociales como concepto. Ello nos llevó al actual fiasco: el recorte de la sanidad pública, la educación pública y los servicios sociales. El espectáculo de las residencias de ancianos es la imagen más patente de este resultado.

Tenemos sensación de abandono, y nos tememos que pueda ser peor. La reacción no ha sido eliminar del panorama a los que han sido culpables de este caos, sino mirar para otro lado o responsabilizar a otros. La fragilidad del ser humano se ha puesto al descubierto. La ausencia de instituciones y organizaciones de defensa de los derechos, que operó con eficacia para implantar el contrato social para el Estado del Bienestar ya no funciona. Y no es casual: Margaret Thatcher y Ronald Reagan se encargaron de robarnos nuestra alma rebelde e implantarnos un alma consumista. Consiguieron, como dice Simone, que el mundo girase a la derecha y aceptase que el monstruo del capitalismo tenía una cara amable.

Con el teletrabajo nos quieren vender una solución, pero se ha implantado a ciegas y puede ser una nueva trampa para decir adiós al concepto de trabajo. Tener un puesto en una estructura. Tener un trabajo, bueno o malo. Nos convertiremos poco a poco en trabajadores uberizados, que viviremos en plataformas nebulosas que para colmo de los engaños se atribuyen ser ‘economía colaborativa’: una forma de silicolonizar el mundo para que nos dominen desde la nube sin darnos cuenta.

Por eso es importante reaccionar. La alcaldesa de París, Anne Hidalgo, con su plan París a 15 Minutos, está abordando el problema con más sentido y compromiso. Su plan, elaborado por Carlos Moreno, profesor de la Sorbona, puede ser analizado y adaptado en el desarrollo de las ciudades. Ahora toca una tarea descomunal: buscar nuevos contenidos a la altura de los tiempos, capaces de aportar formas de innovación que llenen el vacío que estas crisis están produciendo. Porque la actual crisis, que se alimenta con los destrozos de la otra, puede provocar una nueva para la que no haya vacuna posible: porque nos quieren arruinar no ya la economía, sino la vida misma.

Un nuevo despotismo intenta poco a poco de forma virtual y algorítmica degradar a las mujeres y hombres de este planeta dominando con sutileza todos los elementos que lo componen. Estamos siendo atormentados con un rostro sonriente que los medios se encargan de difundir. Una conspiración perfecta.

Ciclo: Experiencias sobre el Covid-19: “Mi experiencia trabajando en residencias de mayores”

Seguimos avanzando dentro del ciclo Covid en ir conociendo las vivencias y experiencias durante la pandemia desde distintas miradas; este viernes nos acercamos a uno de los sectores que han sido más afectados, las residencia de mayores, de la mano de Rosa García trabajadora en una residencia en Madrid con una experiencia de más de 20 años en la profesión.

Para acceder a la charla, te dejamos aquí el enlace.

Francisco: «La obsesión por poseer excluye a millones de personas de bienes primarios»

La cuarta catequesis del Papa Francisco sobre la crisis generada por el COVID ha tratado sobre las desigualdades generadas por el sistema económico imperante. «La obsesión por poseer excluye a millones de personas de bienes primarios y la desigualdad económica y tecnológica laceran el tejido social», ha destacado. Lo ha dicho durante la audiencia general de los miércoles, en la biblioteca del Palacio Apostólico.

En sus palabras de hoy, el Papa Francisco ha recordado que «La subordinación de la propiedad privada al destino universal de los bienes es una regla de oro del comportamiento social y el primer principio del ordenamiento ético social». El santo padre ha destacado que «la propiedad y el dinero son instrumentos», y el problema viene cuando se convierten en «fines individuales o colectivos». «Entonces el “homo sapiens” se deforma y se confierte en un “homo economicus” en el peor sentido, el de un hombre individualista, calculador y dominador».

«En el mundo de hoy, unos pocos ricos poseen más que todo el resto de la humanidad. Es para pensar. Es estadística pura y una injusticia que clama al cielo» ha afirmado el Papa durante su catequesis. Esta desigualdad no se da solo entre personas, sino también entre países. «Unos pueden emitir moneda para afrontar la emergencia mientras que para otros esto significaría hipotecar su futuro», ha señalado, como uno de los ejemplos.

En relación con la ecología integral

El santo padre ha apuntado la relación íntima entre el sistema económico imperante y el daño a la Casa Común. «Estamos muy cerca de superar muchos de los límites del planeta,  y eso trae consecuencias graves e irreversibles como el cambio climático o el aumento del nivel del mar y la destrucción de bosques tropicales», ha comentado Francisco.

«La desigualdad social y ambiental tienen la misma raíz: el pecado de poseer y dominar a los hermanos y hermanas, a la naturaleza y al mismo Dios. Dios confió la tierra y sus recursos a la administración común para que tuviera cuidado de ellos. Nos ha pedido dominar la tierra en su nombre», ha señalado el Papa. Ha recordado también que «existe una relación de reciprocidad responsable entre nosotros y la naturaleza».

Al final de sus palabras, el pontífice ha vuelto ha recordar que, «de una crisis no salimos iguales, salimos mejores o peores, esta es nuestra opción». «Después de la crisis, ¿seguiremos con nuestro sistema económico de injusticia social y desprecio al Cuidado de la Creación? Pensémoslo bien», ha sentenciado.

Los olvidados del covid-19

Fuente: elsaltodiario.com

Durante el estado de alarma se ha homenajeado al sector sanitario, a los trabajadores de distribución, al ejército, a las emergencias, incluso los Reyes visitaron Mercamadrid, centro de distribución de alimentos.

Pero nadie ha homenajeado a quienes nos dan de comer todos los días, antes, durante la pandemia y después, un sector poco valorado por una sociedad urbana y que no entiende ni se preocupa por los problemas del sector agrícola. Todos los días se aplaude a quienes nos curan, se dice que son héroes, pero ese agradecimiento no parece llegar a quienes nos alimentan, aunque sin comida no hay vida humana.

Durante el mandato del actual Gobierno, el sector agrícola y ganadero se movilizaró con sus justas reivindicaciones, que son muy antiguas con problemas estructurales y complejos arrastrados durante siglos en el Estado español.

Los principales puntos de esas movilizaciones eran:

  • Falta de precios justos por sus productos que les permita alcanzar una mínima rentabilidad. El motivo: el desequilibrio de la cadena agroalimentaria, que provoca que la gran distribución e industrias sean pocos y poderosos frente a los agricultores y ganaderos, muchos y desorganizados en su mayoría.
  • Subida de los costes de producción: no tienen capacidad de trasladar esa subida al precio de sus productos y se ven obligados a vender por debajo de sus costes reales.
  • Recortes en las ayudas provenientes de Europa e incluso las que destina el Gobierno central y las Comunidades Autónomas.
  • Empoderamiento de los agricultores y ganaderos. Sin su participación, no hay alimentos.
  • Reglamentación de ciclos cortos de comercialización, productos de proximidad y etiquetado en origen. Las leyes deben dar respuesta a los problemas de los ciudadanos, no generar más perjuicios de los que resuelven. Urge un cambio legislativo para permitir que agricultores y ganaderos lleven a cabo la venta directa de sus productos. En materia de etiquetado, urge imponer la obligatoriedad de reconocer el origen de todos los alimentos en su etiqueta.
  • Freno a la especulación con los productos agrarios. Mientras la rentabilidad de la agricultura está bajo mínimos, siguen produciéndose prácticas comerciales abusivas y desleales. Los intermediarios que hacer con ellos en la cadena agroalimentaria.
  • Reivindicación del papel vertebrador de la agricultura y la ganadería frente al despoblamiento, a los problemas ambientales y territoriales. El debate sobre la España vaciada ha logrado ponerse en el foco mediático y legislativo. Sin embargo, en ese debate los agricultores y ganaderos deberían cobrar un mayor protagonismo. Sin ellos-as, no habrá futuro para el medio rural.

En la ciudad, dada la poca cultura rural, no se valora todo el proceso que existe para que un alimento sea producido desde que la tierra se prepara, se siembra, va creciendo poco a poco, se recoge y se pone en manos de un intermediario que lo coloca en las grandes superficies o en los Mercas de cada ciudad. Se tiende a comprar apretando un botón en el ordenador rápido, fácil y rápido, o yendo a la tienda. Basta con tener dinero para comprar lo que más nos gusta, olvidando todo el trabajo y sudor que se necesitan para producir alimentos.

El sindicato COAG por medio del Índice de precios en origen y destino de los alimentos (IPOD), analiza la diferencia entre el precio que se paga al agricultor y el precio final que alcanza de venta. En julio la lechuga se ha pagado a 0,15 €/kg al agricultor y el precio del comprador ha llegado a 1,25€, la diferencia ha sido de un 733%. La cebolla, que ha sufrido un incremento del 606%, en mayo se ha multiplicado 7,06 veces de media la diferencia entre el precio de origen hasta que llega al consumidor. El melón ha subido 535%, pagándose a 0,20 €/kg y llegando a 1,20 €/kg.

Tampoco hay que olvidar la situación laboral y social de los trabajadores del campo. Por lo general, estos trabajadores y trabajadoras extranjeras son hombres y mujeres jóvenes procedentes, sobre todo, de los países del Magreb, de los países de África subsahariana y trabajadores del Este de Europa. Estos últimos suelen venir con formación específica en tareas agrícolas.

En el campo del sur de España se concentra la mayor parte de los inmigrantes. Los cultivos de Almería, Jaén y Huelva no serían lo que hoy son sin el trabajo de los trabajadores y trabajadoras extranjeros. Eso sí, con notables diferencias entre las tres provincias.

El perfil de quien trabaja en la recogida de frutos onubenses es, ciertamente, de una mujer (el 90% del trabajo de recolección lo hacen ellas), joven y reclutada en su propio país para hacer únicamente la cosecha.

Hoy en día las estadísticas oficiales han cambiado mucho porque solo se cuantifica como extranjeras a aquellas trabajadoras del país magrebí, mientras que las que provienen de otros países como Bulgaria, Polonia o Rumanía, son ahora ciudadanas de la Unión Europea desde que sus países entraron a formar parte de ella.

Desde la ciudad se pueden atajar buena parte de los problemas del campo, entre otras cosas, volviendo a dar a los alimentos y a quienes los cultivan y preparan la importancia que se merecen.

Desde la organización Madrid Agroecológico (MAE) se esta proponiendo a las diferentes consejerías de la Comunidad de Madrid apoyo producción agroecológica, ayudas desde los Planes de Desarrollo Rural, ayudas directas, compras públicas a productores agroecológicos, sensibilización del papel fundamental de las personas productoras y el pequeño comercio para alimentarnos y sostener nuestros agroecosistemas.

Las alternativas del consumidor final pasan por la toma de conciencia de los problemas del campo para poder valorar mejor lo que se paga por un producto alimenticio, los grupos de consumo autogestionados en la ciudad que saben a quién compran y entienden la problemática, la venta directa en mercados tradicionales, los mercadillos de proximidad que se han prohibido por el estado de alarma pueden ser algunas que mejoren de alguna forma la situación del campo en la actualidad.

El colegio soy yo

José F. Peláez

Fuente: Magnífico Margarito

Yo creo que ya basta. Ya podemos dejar de mirar al cielo e interrumpir los bailes tribales junto al fuego para que llegue un plan perfecto y suave para el próximo curso escolar, como si aquí no pasara nada. Parece evidente que las comunidades quieren que la decisión la tome el gobierno y parece igual de evidente que el gobierno quiere que la tome las comunidades. Y que ninguno quiere ser el primero.

Pero también resulta evidente que da igual quién sea el primero porque no solo no hay ningún plan, sino que no lo va a haber nunca por el simple hecho de que no puede haberlo. Estamos mirando a los políticos como si fueran personas especiales, mágicas, entes superiores capaces de arreglar los problemas con el simple acto de cerrar los ojos y desearlo muy fuerte. Pues no, siento decir que no son mágicos ni especiales ni superiores. Ni ellos ni los funcionarios a los que dirigen. Y no, esto no es una cuestión de voluntad. Vivimos instalados en ese delirio progre que ha hecho pensar a la gente que todo es posible, que el progreso es imparable, que el bienestar universal es posible, que todos los problemas tienen solución y que si esa solución no aparece es porque los políticos, que son muy malos, no han trabajado lo suficiente. Y entregamos a nuestros hijos como delegando en ellos nuestra responsabilidad como padres.

A ver, es cierto que no han trabajado lo suficiente, pero ni con todos los políticos trabajando 24/7 se podría llegar a una solución factible porque lo de los colegios simplemente no tiene solución. Y cuando algo no tiene solución, conviene aceptarlo cuanto antes para no llegar a una frustración patológica. Va a haber contagios y va a tocar mandar a los niños a casa para que no pongamos en marcha el círculo mágico que va del chaval asintomático a la esquela del abuelo en ‘El Norte’. No hay dinero en el mundo para duplicar profesores, aulas, regalar internet y un ordenador a cada niño y a cada profesor ni garantizar que se resuelven todos los problemas de mantenimiento o los problemas informáticos-logísticos de todo tipo. Con el matiz de que los niños, además, no están sindicados. Y los profesores sí, claro. Siempre vendrá uno que diga ‘no hay dinero para esto, pero para lo que quieren bien que lo sacan’. Pues vale, podemos ser todo lo demagógicos que queramos, pero las cosas no funcionan así. Repitan conmigo. No-hay-un-duro.

Por todo lo anterior, he decidido organizarme y coger el toro por los cuernos. Mi hija va a ser formada este año, se pongan como se pongan.Una niña de diez años no puede permitirse otro año sin rutinas, sin exigencias, sin orden, sin disciplina, sin refinamiento intelectual y sin adquirir conocimientos, porque cuando esto termine, que puede ser dentro de dos o tres años -quién sabe- puede que ya sea demasiado tarde y no voy a saber responderla cuando me pregunte por qué no hice nada, por qué esta dejación de funciones y por qué de repente pensábamos como soviéticos incapaces de hacer nada por si mismos.

En fin, que hay cosas que tienen una edad y no se puede empezar a crear rutinas con 14 años. Así que he decido que me paso las transferencias, los conciertos, los concordatos y las sucesivas leyes educativas por el forro y voy a crear un plan de estudios preventivo. Empezaremos el día leyendo la prensa y haciendo una columna a través de la cual ordenemos nuestros pensamientos. Una niña que lee por encima un par de periódicos está mejor informada que cualquier usuario de redes sociales y leyendas urbanas de WhatsApp con 50. Y, además, uno no sabe lo que opina de un tema hasta que no escribe del mismo. Esas columnas se publicarán en un blog porque, como dice Nieto Jurado, «la posibilidad de ser replicado te hace mejorar, te hace romper la timidez, te hace esforzarte más y te ayuda a formar la personalidad que toda persona tiene o quiere tener». Y eso me parece fundamental en ciertas edades. Con cierto apoyo del libro de sociales, le ayudará a entender la sociedad y sus vaivenes.

No hace falta leer a Kafka, pero se puede leer ya ‘El Camino’, ‘El príncipe destronado’, ‘Mujercitas’ o ‘Tom Sawyer’. Estoy escribiéndola yo mismo una ‘Historia de España’ que nos servirá de estructura para que la aprenda sin interferencias de cantamañanas ni mentiras interesadas. Y por supuesto el arte. Y no me refiero a talleres de pintacaras sino a visitas virtuales o presenciales a los museos más importantes del mundo y a todos los de esta ciudad para que entienda desde ya la evolución del arte en paralelo a la del ser humano y sepa entenderse a si misma a través de la observación de los demás. En cuanto a música, tiene que distinguir al menos a los alemanes, que estarán de fondo mientras corremos para mantener la forma. Bach, Brahms, Beethoven, Orff, Schuman, Wagner, Strauss, Haendel o Pachelbel. Poco a poco.

Comenzaremos con algo de filosofía y con latín, que no es discutible. Yo me encargo de que interprete un balance y entienda lo que es una empresa, del inglés y lo del francés lo aprenderemos juntos por las tardes. Religión un rato antes de dormir. No puede crecer sin espiritualidad y sin entender la cultura a la que pertenece. Matemáticas y Ciencias Naturales se lo dejamos a un profe particular, que no tengo paciencia. Y luego a jugar a la plaza con otros niños y a tirarse piedras. Como todo esto es caro, he pensado compartir gastos. Es decir, en otras palabras, que me estoy dando cuenta de que he montado un colegio privado. Así que nada, abro matrícula el día 1. Razón aquí.

Jóvenes y solidaridad en tiempos de pandemia

Nuria Sánchez

Juegos de agua y deporte, reflexión y diálogos, música y naturaleza, servicio y trabajo, amistad, formación, solidaridad: ¡¡¡Campamentos!!!

En tiempos de COVID también es posible organizarse, compartir y convivir. Los campamentos de niños y jóvenes de SAL este verano 2020 lo han demostrado. Con seriedad y mascarillas, cuidando las medidas de seguridad y las distancias, y organizando todo concienzudamente para minimizar el riesgo de contagio.

Con mucho trabajo de organización y planificación para prever hasta los más pequeños detalles, con un esfuerzo de imaginación y entrega de los responsables, y con horas de alegría y colaboración de cada uno de los asistentes, han sido posibles los campamentos de este año.

A las risas, las canciones, y los momentos inolvidables, se suma la satisfacción de que se está haciendo algo grande: vencer las dificultades y mostrar que es posible ser máximamente responsable con la pandemia y máximamente responsable con los niños y jóvenes con los que se trabaja, que necesitan, como todos, más amigos, menos sofá y más servicio.

Porque durante mucho tiempo hemos visto cómo abrían terrazas y centros comerciales y seguían cerradas bibliotecas y colegios. Cómo se les ha privado de encuentro, formación, contacto con la naturaleza.

Gracias a cada uno de los niños, jóvenes y adultos, que han puesto un poco de su entusiasmo, ritmo, trabajo, entrega, ¡AMOR! Para que en 2020 también hubiese campamentos.

Ahora más que nunca: Solidaridad

Humana Communitas en la era de la pandemia: consideraciones intempestivas sobre el renacimiento de la vida

Pontificia Academia para la Vida
Fuente: Vaticano


El Covid-19 ha traído tanta desolación al mundo. Lo hemos vivido durante mucho tiempo, todavía estamos en ello, y aún no ha terminado. Puede que se acabe ya pronto. ¿Qué hacer con ello? Seguramente, estamos llamados a tener valor para resistir. La búsqueda de una vacuna y de una explicación científica completa de lo que desencadenó la catástrofe habla de ello. ¿También estamos llamados a una mayor conciencia? Si es así, ¿cómo ésta evitará que caigamos en la inercia de la complacencia, o peor aún, en la connivencia de la resignación? ¿Existe un “paso atrás” reflexivo que no sea la inacción, un pensamiento que pueda mutarse en agradecimiento por la vida recibida, por lo tanto, un pasaje para el renacimiento de la vida?

Covid-19 es el nombre de una crisis global (pan-démica) con diferentes facetas y manifestaciones, por supuesto, pero con una realidad común. Nos hemos dado cuenta, como nunca antes, de que esta extraña situación, pronosticada desde hace tiempo, pero nunca abordada en serio, nos ha unido a todos. Como tantos procesos en nuestro mundo contemporáneo, el Covid-19 es la manifestación más reciente de la globalización. Desde una perspectiva puramente empírica, la globalización ha aportado muchos beneficios a la humanidad: ha difundido los conocimientos científicos, las tecnologías médicas y las prácticas sanitarias, todos ellos potencialmente disponibles en beneficio de todos. Al mismo tiempo, con el Covid-19, nos hemos encontrado vinculados de manera diferente, compartiendo una experiencia común de contingencia (cum-tangere): como nadie se ha podido librar de ella, la pandemia nos ha hecho a todos igualmente vulnerables, todos igualmente expuestos (cfr. Pontificia Academia para la Vida, Pandemia y fraternidad universal, 30 de marzo 2020).

Esta toma de conciencia se ha cobrado un precio muy alto. ¿Qué lecciones hemos aprendido? Más aún, ¿qué conversión de pensamiento y acción estamos dispuestos a experimentar en nuestra responsabilidad común por la familia humana? (Francisco, Humana Communitas, 6 de enero 2019).

1. La dura realidad de las lecciones aprendidas

La pandemia nos ha mostrado el desolador espectáculo de calles vacías y ciudades fantasmagóricas, de la cercanía humana herida, del distanciamiento físico. Nos ha privado de la exuberancia de los abrazos, la amabilidad de los apretones de manos, el afecto de los besos, y ha convertido las relaciones en interacciones temerosas entre extraños, un intercambio neutral de individualidades sin rostro envueltas en el anonimato de los equipos de protección. Las limitaciones de los contactos sociales son aterradoras; pueden conducir a situaciones de aislamiento, desesperación, ira y abuso. En el caso de las personas de edad avanzada, en las últimas etapas de la vida, el sufrimiento ha sido aún más pronunciado, ya que a la angustia física se suma la disminución de la calidad de vida y la falta de visitas de familiares y amigos.

1.1. Vida tomada, vida dada: la lección de la fragilidad

Las metáforas predominantes que ahora invaden nuestro lenguaje ordinario enfatizan la hostilidad y un sentido penetrante de amenaza: los repetidos estímulos para “combatir” el virus, los comunicados de prensa que suenan como “partes de guerra”, las informaciones diarias del número de infectados, que pronto se convierten en “víctimas caídas”.

En el sufrimiento y la muerte de tantos, hemos aprendido la lección de la fragilidad. En muchos países, los hospitales siguen luchando, recibiendo demandas abrumadoras, enfrentando la agonía del racionamiento de recursos y el agotamiento del personal sanitario. La inmensa e indecible miseria, y la lucha por las necesidades básicas de supervivencia, ha puesto en evidencia la condición de los prisioneros, los que viven en la extrema pobreza al margen de la sociedad, especialmente en los países en desarrollo, los abandonados destinados al olvido en los campos de refugiados del infierno.

Hemos sido testigos del rostro más trágico de la muerte: algunos experimentan la soledad de la separación tanto física como espiritual de todo el mundo, dejando a sus familias impotentes, incapaces de decirles adiós, sin ni siquiera poder proporcionar los actos de piedad básica como por ejemplo un entierro adecuado. Hemos visto la vida llegar a su fin, sin tener en cuenta la edad, el estatus social o las condiciones de salud.

Sin embargo, todos somos “frágiles”: radicalmente marcados por la experiencia de la finitud en la esencia de nuestra existencia, no sólo de manera ocasional. Hemos sido visitados por el suave toque de una presencia pasajera, pero esta nos ha dejado igual, no nos hemos inmutado, confiando en que todo continuará según lo previsto. Salimos de una noche de orígenes misteriosos: llamados a ir más allá de la elección, llegamos pronto a la presunción y a la queja, apropiándonos de lo que solamente nos ha sido confiado. Demasiado tarde aprendemos el consentimiento a la oscuridad de la que venimos, y a la que finalmente volvemos.

Algunos dicen que todo esto es un cuento absurdo, porque todo se queda en nada. Pero, ¿cómo podría ser esta nada la última palabra? Si es así, ¿por qué la lucha? ¿Por qué nos animamos unos a otros a la esperanza de días mejores, cuando todo lo que estamos experimentando en esta pandemia haya terminado?

La vida va y viene, dice el guardián de la prudencia cínica. Sin embargo, su ascenso y descenso, ahora más evidente por la fragilidad de nuestra condición humana, podría abrirnos a una sabiduría diferente, a una realización diferente (cfr. Sal. 8). Porque la dolorosa evidencia de la fragilidad de la vida puede también renovar nuestra conciencia de su naturaleza dada. Volviendo a la vida, después de saborear el fruto ambivalente de su contingencia, ¿no seremos más sabios? ¿No seremos más agradecidos, menos arrogantes?

 1.2. El sueño imposible de la autonomía y la lección de la finitud

Con la pandemia, nuestros reclamos de autodeterminación autónoma y control han llegado a un punto muerto, un momento de crisis que provoca un discernimiento más profundo. Tenía que suceder, tarde o temprano, porque el hechizo ya había durado bastante.

La epidemia del Covid-19 tiene mucho que ver con nuestra depredación de la tierra y el despojo de su valor intrínseco. Es un síntoma del malestar de nuestra tierra y de nuestra falta de atención; más aún, un signo de nuestro propio malestar espiritual (Laudato si’, n. 119). ¿Seremos capaces de colmar el foso que nos ha separado de nuestro mundo natural, convirtiendo con demasiada frecuencia nuestras subjetividades asertivas en una amenaza para la creación, una amenaza para los demás?

Consideremos la cadena de conexiones que unen los siguientes fenómenos: la creciente deforestación empuja a los animales salvajes a aproximarse del hábitat humano. Los virus alojados en los animales, entonces, se transmiten a los humanos, exacerbando así la realidad de la zoonosis, un fenómeno bien conocido por los científicos como vehículo de muchas enfermedades. La exagerada demanda de carne en los países del primer mundo da lugar a enormes complejos industriales de cría y explotación de animales. Es fácil ver cómo estas interacciones pueden, en última instancia, ocasionar la propagación de un virus a través del transporte internacional, la movilidad masiva de personas, los viajes de negocios, el turismo, etc.

El fenómeno del Covid-19 no es sólo el resultado de acontecimientos naturales. Lo que ocurre en la naturaleza es ya el resultado de una compleja intermediación con el mundo humano de las opciones económicas y los modelos de desarrollo, a su vez “infectados” con un “virus” diferente de nuestra propia creación: es el resultado, más que la causa, de la avaricia financiera, la autocomplacencia de los estilos de vida definidos por la indulgencia del consumo y el exceso. Hemos construido para nosotros mismos un ethos de prevaricación y desprecio por lo que se nos da, en la promesa elemental de la creación. Por eso estamos llamados a reconsiderar nuestra relación con el hábitat natural. Para reconocer que vivimos en esta tierra como administradores, no como amos y señores.

Se nos ha dado todo, pero la nuestra es sólo una soberanía otorgada, no absoluta. Consciente de su origen, lleva la carga de la finitud y la marca de la vulnerabilidad. Nuestro destino es una libertad herida. Podríamos rechazarla como si fuera una maldición, una condición provisional que será pronto superada. O podemos aprender una paciencia diferente: capaz de consentir a la finitud, de renovada permeabilidad a la proximidad del prójimo y a la lejanía.

Cuando se compara con la situación de los países pobres, especialmente en el llamado Sur Global, la difícil situación del mundo “desarrollado” parece más bien un lujo: sólo en los países ricos la gente puede permitirse los requisitos de seguridad. En cambio, en los no tan afortunados, el “distanciamiento físico” es sólo una imposibilidad debido a la necesidad y al peso de las circunstancias extremas: los entornos abarrotados y la falta de un distanciamiento asequible enfrentan a poblaciones enteras como un hecho insuperable. El contraste entre ambas situaciones pone de relieve una paradoja estridente, al relatar, una vez más, la historia de la desproporción de la riqueza entre países pobres y ricos

Aprender la finitud y aceptar los límites de nuestra propia libertad es más que un ejercicio sobrio de realismo filosófico. Implica abrir nuestros ojos a la realidad de los seres humanos que experimentan tales límites en su propia carne, por así decirlo: en el desafío diario de sobrevivir, para asegurarse las condiciones mínimas a la subsistencia, alimentar a los niños y miembros de la familia, superar la amenaza de enfermedades a pesar de no tener acceso a los tratamientos por ser demasiado caros. Tengamos en cuenta la inmensa pérdida de vidas en el Sur Global: la malaria, la tuberculosis, la falta de agua potable y de recursos básicos siguen sembrando la destrucción de millones de vidas por año, una situación que se conoce desde hace décadas. Todas estas dificultades podrían superarse mediante esfuerzos y políticas internacionales comprometidas. ¡Cuántas vidas podrían salvarse, cuántas enfermedades podrían ser erradicadas, cuánto sufrimiento se evitaría!

1.3. El desafío de la interdependencia y la lección de la vulnerabilidad común

Nuestras pretensiones de soledad monádica tienen pies de barro. Con ellos se desmoronan las falsas esperanzas de una filosofía social atomista construida sobre la sospecha egoísta hacia lo diferente y lo nuevo, una ética de racionalidad calculadora inclinada hacia una imagen distorsionada de la autorrealización, impermeable a la responsabilidad del bien común a escala global, y no sólo nacional.

Nuestra interconexión es un hecho. Nos hace a todos fuertes o, por el contrario, vulnerables, dependiendo de nuestra propia actitud hacia ella. Consideremos su relevancia a nivel nacional, para empezar. Aunque el Covid-19 puede afectar a todos, es especialmente dañino para poblaciones particulares, como los ancianos, o las personas con enfermedades asociadas y sistemas inmunológicos comprometidos. Las medidas políticas se toman para todos los ciudadanos por igual. Piden la solidaridad de los jóvenes y de los sanos con los más vulnerables. Piden sacrificios a muchas personas que dependen de la interacción pública y la actividad económica para su vida. En los países más ricos estos sacrificios pueden compensarse temporalmente, pero en la mayoría de los países estas políticas de protección son simplemente imposibles.

Sin duda, en todos los países es necesario equilibrar el bien común de la salud pública con los intereses económicos. Durante las primeras etapas de la pandemia, la mayoría de los países se centraron en salvar vidas al máximo. Los hospitales, y especialmente los servicios de cuidados intensivos, eran insuficientes y sólo se ampliaron después de enormes luchas. Sorprendentemente, los servicios de atención sobrevivieron gracias a los impresionantes sacrificios de médicos, enfermeras y otros profesionales de la sanidad, más que por la inversión tecnológica. Sin embargo, el enfoque en la atención hospitalaria desvió la atención de otras instituciones de cuidados. Las residencias de ancianos, por ejemplo, se vieron gravemente afectadas por la pandemia, y sólo en una etapa tardía se dispuso de suficientes equipos de protección y test. Los debates éticos sobre la asignación de recursos se basaron principalmente en consideraciones utilitarias, sin prestar atención a las personas que experimentaban un mayor riesgo y una mayor vulnerabilidad. En la mayoría de los países se ignoró el papel de los médicos generales, mientras que para muchas personas son el primer contacto en el sistema de atención. El resultado ha sido un aumento de las muertes y discapacidades por causas distintas del Covid-19.

La vulnerabilidad común exige también la cooperación internacional, así como entender que no se puede resistir una pandemia sin una infraestructura médica adecuada, accesible a todos a nivel mundial. Tampoco se puede abordar la difícil situación de un pueblo, infectado repentinamente, de manera aislada, sin forjar acuerdos internacionales, y con una multitud de diferentes interesados. El intercambio de información, la prestación de ayuda y la asignación de los escasos recursos deberán abordarse en una sinergia de esfuerzos. La fuerza de la cadena internacional viene dada por el eslabón más débil.

La lección recibida espera una asimilación más profunda. Seguro que las semillas de esperanza se han sembrado en la oscuridad de los pequeños gestos, de los actos de solidaridad demasiado numerosos para contarlos, demasiado preciosos para difundirlos. Las comunidades han luchado honorablemente, a pesar de todo, a veces contra la ineptitud de su liderazgo político, para articular protocolos éticos, forjar sistemas normativos, recuperar vidas sobre ideales de solidaridad y solicitud recíproca. La apreciación unánime de estos ejemplos muestra una comprensión profunda del auténtico significado de la vida y una forma deseable de realización personal.

Sin embargo, no hemos prestado suficiente atención, especialmente a nivel mundial, a la interdependencia humana y a la vulnerabilidad común. Si bien el virus no reconoce fronteras, los países han sellado sus fronteras. A diferencia de otros desastres, la pandemia no afecta a todos los países al mismo tiempo. Aunque esto podría ofrecer la oportunidad de aprender de las experiencias y políticas de otros países, los procesos de aprendizaje a nivel mundial fueron mínimos. De hecho, algunos países han entablado a veces un cínico juego de culpas recíprocas.

La misma falta de interconexión puede observarse en los esfuerzos por desarrollar remedios y vacunas. La falta de coordinación y cooperación se reconoce cada vez más como un obstáculo para abordar el Covid-19. La conciencia de que estamos juntos en este desastre, y de que sólo podemos superarlo mediante los esfuerzos cooperativos de la comunidad humana en su conjunto, está estimulando los esfuerzos compartidos. El establecimiento de proyectos científicos transfronterizos es un esfuerzo que va en esa dirección. También debe demostrarse en las políticas, mediante el fortalecimiento de las instituciones internacionales. Esto es particularmente importante, ya que la pandemia está aumentando las desigualdades e injusticias ya existentes, y muchos países que carecen de los recursos y servicios para hacer frente adecuadamente al Covid-19 dependen de la asistencia de la comunidad internacional.

2. Hacia una nueva visión: El renacimiento de la vida y la llamada a la conversión

Las lecciones de fragilidad, finitud y vulnerabilidad nos llevan al umbral de una nueva visión: fomentan un espíritu de vida que requiere el compromiso de la inteligencia y el valor de la conversión moral. Aprender una lección es volverse humilde; significa cambiar, buscando recursos de significado hasta ahora desaprovechados, tal vez repudiados. Aprender una lección es volverse consciente, una vez más, de la bondad de la vida que se nos ofrece, liberando una energía que va más allá de la inevitable experiencia de la pérdida, que debe ser elaborada e integrada en el significado de nuestra existencia. ¿Puede ser esta ocasión la promesa de un nuevo comienzo para la humana communitas, la promesa del renacimiento de la vida? Si es así, ¿en qué condiciones?

2.1. Hacia una ética del riesgo

Debemos llegar, en primer lugar, a una renovada apreciación de la realidad existencial del riesgo: todos nosotros podemos sucumbir a las heridas de la enfermedad, a la matanza de las guerras, a las abrumadoras amenazas de los desastres. A la luz de esto, surgen responsabilidades éticas y políticas muy específicas respecto a la vulnerabilidad de los individuos que corren un mayor riesgo en su salud, su vida, su dignidad. El Covid-19 podría considerarse, a primera vista, sólo como un determinante natural, aunque ciertamente sin precedentes, del riesgo mundial. Sin embargo, la pandemia nos obliga a examinar una serie de factores adicionales, todos los cuales entrañan un reto ético polifacético. En este contexto, las decisiones deben ser proporcionales a los riesgos, de acuerdo con el principio de precaución. Centrarse en la génesis natural de la pandemia, sin tener en cuenta las desigualdades económicas, sociales y políticas entre los países del mundo, es no entender las condiciones que hacen que su propagación sea más rápida y difícil de abordar. Un desastre, cualquiera que sea su origen, es un desafío ético porque es una catástrofe que afecta a la vida humana y perjudica la existencia humana en múltiples dimensiones.

En ausencia de una vacuna, no podemos contar con la capacidad de derrotar permanentemente al virus que causó la pandemia, salvo por agotamiento espontáneo de la fuerza patológica de la enfermedad. Por lo tanto, la inmunidad contra el Covid-19 sigue siendo una especie de esperanza para el futuro. Esto también significa reconocer que vivir en una comunidad en riesgo exige una ética a la par de la perspectiva de que tal situación pueda realmente convertirse en realidad.

Al mismo tiempo, es necesario dar cuerpo a un concepto de solidaridad que vaya más allá del compromiso genérico de ayudar a los que sufren. Una pandemia nos insta a todos a abordar y remodelar las dimensiones estructurales de nuestra comunidad mundial que son opresivas e injustas, aquellas a las que en términos de fe se les llama “estructuras de pecado”. El bien común de la comunidad humana no puede lograrse sin una verdadera conversión de las mentes y los corazones (Laudato si’, 217-221). El llamamiento a la conversión se dirige a nuestra responsabilidad: su miopía es imputable a nuestra falta de voluntad de mirar la vulnerabilidad de las poblaciones más débiles a nivel mundial, y no a nuestra incapacidad de ver lo que es tan obviamente claro. Una apertura diferente puede ampliar el horizonte de nuestra imaginación moral, para incluir finalmente lo que ha sido descaradamente pasado por alto y relegado al silencio.

2.2. El llamamiento a los esfuerzos mundiales y a la cooperación internacional

Los contornos básicos de una ética del riesgo, basada en un concepto más amplio de solidaridad, implican una definición de comunidad que rechaza cualquier provincialismo, la falsa distinción entre los que están dentro, es decir, los que pueden exhibir una pretensión de pertenecer plenamente a la comunidad, y los que están fuera, es decir, los que pueden esperar, en el mejor de los casos, una supuesta participación en ella. El lado oscuro de esa separación debe ponerse de relieve como una imposibilidad conceptual y una práctica discriminatoria. No se puede considerar que nadie esté simplemente “a la espera” del reconocimiento pleno de su estatuto, como si estuviera a las puertas de la humana communitas. El acceso a una atención de salud de calidad y a los medicamentos esenciales debe reconocerse como un derecho humano universal (cfr. Declaración Universal sobre Bioética y Derechos Humanos, art. 14). De esta premisa se desprenden lógicamente dos conclusiones.

La primera se refiere al acceso universal a las mejores oportunidades de prevención, diagnóstico y tratamiento, más allá de su restricción a unos pocos. La distribución de una vacuna, una vez que esté disponible en el futuro, es un punto en el caso. El único objetivo aceptable, coherente con una asignación justa de la vacuna, es el acceso para todos, sin excepciones.

La segunda conclusión se refiere a la definición de la investigación científica responsable. Está mucho en juego y los temas son complejos. Cabe destacar tres de ellos. Primero, con respecto a la integridad de la ciencia y las nociones que impulsan su avance: el ideal de objetividad controlada, si no totalmente “desapegada”; y el ideal de libertad de investigación, especialmente la libertad de conflictos de intereses. En segundo lugar, está en juego la naturaleza misma del conocimiento científico como práctica social, definida, en un contexto democrático, por normas de igualdad, libertad y equidad. En particular, la libertad de investigación científica no debe incluir la adopción de decisiones políticas en su esfera de influencia. La toma de decisiones políticas y el ámbito de la política en su conjunto mantienen su autonomía frente a la usurpación del poder científico, especialmente cuando éste se convierte en una manipulación de la opinión pública. Por último, lo que se cuestiona aquí es el carácter esencialmente “fiduciario” del conocimiento científico en su búsqueda de resultados socialmente beneficiosos, especialmente cuando el conocimiento se obtiene mediante la experimentación en seres humanos y la promesa de un tratamiento probado en ensayos clínicos. El bien de la sociedad y las exigencias del bien común en el ámbito de la atención de la salud se anteponen a cualquier preocupación por el lucro. Y esto porque las dimensiones públicas de la investigación no pueden ser sacrificadas en el altar del beneficio privado. Cuando la vida y el bienestar de una comunidad están en juego, el beneficio debe pasar a un segundo plano.

La solidaridad se extiende también a cualquier esfuerzo de cooperación internacional. En este contexto, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ocupa un lugar privilegiado. Profundamente arraigada en su misión de dirigir la labor internacional en materia de salud está la noción de que sólo el compromiso de los gobiernos en una sinergia mundial puede proteger, fomentar y hacer efectivo un derecho universal al más alto nivel posible de salud. Esta crisis pone de relieve lo mucho que se necesita una organización internacional de alcance mundial, que incluya específicamente las necesidades y preocupaciones de los países menos adelantados que se enfrentan a una catástrofe sin precedentes.

La estrechez de miras de los intereses nacionales ha llevado a muchos países a reivindicar para sí mismos una política de independencia y aislamiento del resto del mundo, como si se pudiera hacer frente a una pandemia sin una estrategia mundial coordinada. Esa actitud podría dar una idea de la subsidiariedad y de la importancia de una intervención estratégica basada en la pretensión de que una autoridad inferior tenga precedencia sobre cualquier autoridad superior, más distante de la situación local. La subsidiariedad debe respetar la esfera legítima de la autonomía de las comunidades, potenciando sus capacidades y responsabilidad. En realidad, la actitud en cuestión se alimenta de una lógica de separación que, para empezar, es menos eficaz contra el Covid-19. Además, la desventaja no sólo es de facto corta de miras, sino que también da lugar a un aumento de las desigualdades y a la exacerbación de los desequilibrios de recursos entre los distintos países. Aunque todos, ricos y pobres, son vulnerables al virus, estos últimos están obligados a pagar el precio más alto y a soportar las consecuencias a largo plazo de la falta de cooperación. Es evidente que la pandemia está empeorando las desigualdades que ya están asociadas a los procesos de globalización, haciendo que más personas sean vulnerables y estén marginadas, desprovistas de atención sanitaria, empleo y redes de seguridad social.

2.3. El equilibrio ético centrado en el principio de solidaridad

En última instancia, el significado moral, y no sólo estratégico, de la solidaridad es el verdadero problema en la actual encrucijadaa la que ha de hacer frente la familia humana. La solidaridad conlleva la responsabilidad hacia el otro que está en una situación de necesidad, que se basa en el reconocimiento de que, como sujeto humano dotado de dignidad, cada persona es un fin en sí mismo, no un medio. La articulación de la solidaridad como principio de la ética social se basa en la realidad concreta de una presencia personal en la necesidad, que clama por su reconocimiento. Así pues, la respuesta que se nos pide no es sólo una reacción basada en nociones sentimentales de simpatía; es la única respuesta adecuada a la dignidad del otro que requiere nuestra atención, una disposición ética basada en la aprehensión racional del valor intrínseco de todo ser humano.

Como un deber, la solidaridad no viene gratis, sin costo, y es necesaria la disposición de los países ricos a pagar el precio requerido por el llamado a la supervivencia de los pobres y la sostenibilidad de todo el planeta. Esto es válido tanto de manera sincrónica, con respecto a los distintos sectores de la economía, como diacrónica, es decir, en relación con nuestra responsabilidad por el bienestar de las generaciones futuras y la medición de los recursos disponibles.

Todos estamos llamados a hacer nuestra parte. Mitigar las consecuencias de la crisis implica renunciar a la noción de que “la ayuda vendrá del gobierno”, como si fuera un deus ex machina que deja a todos los ciudadanos responsables fuera de la ecuación, intocables en su búsqueda de intereses personales. La transparencia de la política y las estrategias políticas, junto con la integridad de los procesos democráticos, requieren un enfoque diferente. La posibilidad de una escasez catastrófica de recursos para la atención médica (materiales de protección, equipos de test, ventilación y cuidados intensivos en el caso del Covid-19), podría utilizarse como ejemplo. Ante los trágicos dilemas, los criterios generales de intervención, basados en la equidad en la distribución de los recursos, el respeto de la dignidad de toda persona y la especial atención a los vulnerables, deben esbozarse de antemano y articularse en su plausibilidad racional con el mayor cuidado posible.

La capacidad y la voluntad de equilibrar principios que podrían competir entre sí es otro pilar esencial de una ética del riesgo y la solidaridad. Por supuesto, el primer deber es proteger la vida y la salud. Aunque una situación de riesgo cero sigue siendo una imposibilidad, respetar el distanciamiento físico y frenar, si no detener totalmente, ciertas actividades han producido efectos dramáticos y duraderos en la economía. Habrá que tener en cuenta también el costo de la vida privada y social.

Se plantean dos cuestiones cruciales. La primera se refiere al umbral de riesgo aceptable, cuya aplicación no puede producir efectos discriminatorios con respecto a las condiciones de poder y riqueza. La protección básica y la disponibilidad de medios de diagnóstico deben ofrecerse a todos, de acuerdo con un principio de no discriminación.

La segunda aclaración decisiva se refiere al concepto de “solidaridad en el riesgo”. La adopción de reglas específicas por una comunidad requiere una atención a la evolución de la situación en el campo, tarea que sólo puede llevarse a cabo mediante un discernimiento fundado en la sensibilidad ética, y no sólo en la obediencia a la letra de la ley. Una comunidad responsable es aquella en la que las cargas de la cautela y el apoyo recíproco se comparten proactivamente con miras al bienestar de todos. Las soluciones jurídicas a los conflictos en la asignación de la culpabilidad y la responsabilidad por mala conducta o negligencia voluntarias son a veces necesarias como instrumento de justicia. Sin embargo, no pueden sustituir a la confianza como sustancia de la interacción humana. Sólo esta última nos guiará a través de la crisis, ya que sólo sobre la base de la confianza puede la humana communitas finalmente florecer.

Estamos llamados a una actitud de esperanza, más allá del efecto paralizante de dos tentaciones opuestas: por un lado, la resignación que sufre pasivamente los acontecimientos; por otro, la nostalgia de un retorno al pasado, sólo anhelando lo que había antes. En cambio, es hora de imaginar y poner en práctica un proyecto de convivencia humana que permita un futuro mejor para todos y cada uno. El sueño recientemente descrito para la región amazónica podría convertirse en un sueño universal, un sueño para todo el planeta que “integre y promueva a todos sus habitantes para que puedan consolidar un «buen vivir»” (Querida Amazonia, 8).

Ciudad del Vaticano, 22 de julio de 2020