Humana Communitas en la era de la pandemia: consideraciones intempestivas sobre el renacimiento de la vida

Pontificia Academia para la Vida
Fuente: Vaticano


El Covid-19 ha traído tanta desolación al mundo. Lo hemos vivido durante mucho tiempo, todavía estamos en ello, y aún no ha terminado. Puede que se acabe ya pronto. ¿Qué hacer con ello? Seguramente, estamos llamados a tener valor para resistir. La búsqueda de una vacuna y de una explicación científica completa de lo que desencadenó la catástrofe habla de ello. ¿También estamos llamados a una mayor conciencia? Si es así, ¿cómo ésta evitará que caigamos en la inercia de la complacencia, o peor aún, en la connivencia de la resignación? ¿Existe un “paso atrás” reflexivo que no sea la inacción, un pensamiento que pueda mutarse en agradecimiento por la vida recibida, por lo tanto, un pasaje para el renacimiento de la vida?

Covid-19 es el nombre de una crisis global (pan-démica) con diferentes facetas y manifestaciones, por supuesto, pero con una realidad común. Nos hemos dado cuenta, como nunca antes, de que esta extraña situación, pronosticada desde hace tiempo, pero nunca abordada en serio, nos ha unido a todos. Como tantos procesos en nuestro mundo contemporáneo, el Covid-19 es la manifestación más reciente de la globalización. Desde una perspectiva puramente empírica, la globalización ha aportado muchos beneficios a la humanidad: ha difundido los conocimientos científicos, las tecnologías médicas y las prácticas sanitarias, todos ellos potencialmente disponibles en beneficio de todos. Al mismo tiempo, con el Covid-19, nos hemos encontrado vinculados de manera diferente, compartiendo una experiencia común de contingencia (cum-tangere): como nadie se ha podido librar de ella, la pandemia nos ha hecho a todos igualmente vulnerables, todos igualmente expuestos (cfr. Pontificia Academia para la Vida, Pandemia y fraternidad universal, 30 de marzo 2020).

Esta toma de conciencia se ha cobrado un precio muy alto. ¿Qué lecciones hemos aprendido? Más aún, ¿qué conversión de pensamiento y acción estamos dispuestos a experimentar en nuestra responsabilidad común por la familia humana? (Francisco, Humana Communitas, 6 de enero 2019).

1. La dura realidad de las lecciones aprendidas

La pandemia nos ha mostrado el desolador espectáculo de calles vacías y ciudades fantasmagóricas, de la cercanía humana herida, del distanciamiento físico. Nos ha privado de la exuberancia de los abrazos, la amabilidad de los apretones de manos, el afecto de los besos, y ha convertido las relaciones en interacciones temerosas entre extraños, un intercambio neutral de individualidades sin rostro envueltas en el anonimato de los equipos de protección. Las limitaciones de los contactos sociales son aterradoras; pueden conducir a situaciones de aislamiento, desesperación, ira y abuso. En el caso de las personas de edad avanzada, en las últimas etapas de la vida, el sufrimiento ha sido aún más pronunciado, ya que a la angustia física se suma la disminución de la calidad de vida y la falta de visitas de familiares y amigos.

1.1. Vida tomada, vida dada: la lección de la fragilidad

Las metáforas predominantes que ahora invaden nuestro lenguaje ordinario enfatizan la hostilidad y un sentido penetrante de amenaza: los repetidos estímulos para “combatir” el virus, los comunicados de prensa que suenan como “partes de guerra”, las informaciones diarias del número de infectados, que pronto se convierten en “víctimas caídas”.

En el sufrimiento y la muerte de tantos, hemos aprendido la lección de la fragilidad. En muchos países, los hospitales siguen luchando, recibiendo demandas abrumadoras, enfrentando la agonía del racionamiento de recursos y el agotamiento del personal sanitario. La inmensa e indecible miseria, y la lucha por las necesidades básicas de supervivencia, ha puesto en evidencia la condición de los prisioneros, los que viven en la extrema pobreza al margen de la sociedad, especialmente en los países en desarrollo, los abandonados destinados al olvido en los campos de refugiados del infierno.

Hemos sido testigos del rostro más trágico de la muerte: algunos experimentan la soledad de la separación tanto física como espiritual de todo el mundo, dejando a sus familias impotentes, incapaces de decirles adiós, sin ni siquiera poder proporcionar los actos de piedad básica como por ejemplo un entierro adecuado. Hemos visto la vida llegar a su fin, sin tener en cuenta la edad, el estatus social o las condiciones de salud.

Sin embargo, todos somos “frágiles”: radicalmente marcados por la experiencia de la finitud en la esencia de nuestra existencia, no sólo de manera ocasional. Hemos sido visitados por el suave toque de una presencia pasajera, pero esta nos ha dejado igual, no nos hemos inmutado, confiando en que todo continuará según lo previsto. Salimos de una noche de orígenes misteriosos: llamados a ir más allá de la elección, llegamos pronto a la presunción y a la queja, apropiándonos de lo que solamente nos ha sido confiado. Demasiado tarde aprendemos el consentimiento a la oscuridad de la que venimos, y a la que finalmente volvemos.

Algunos dicen que todo esto es un cuento absurdo, porque todo se queda en nada. Pero, ¿cómo podría ser esta nada la última palabra? Si es así, ¿por qué la lucha? ¿Por qué nos animamos unos a otros a la esperanza de días mejores, cuando todo lo que estamos experimentando en esta pandemia haya terminado?

La vida va y viene, dice el guardián de la prudencia cínica. Sin embargo, su ascenso y descenso, ahora más evidente por la fragilidad de nuestra condición humana, podría abrirnos a una sabiduría diferente, a una realización diferente (cfr. Sal. 8). Porque la dolorosa evidencia de la fragilidad de la vida puede también renovar nuestra conciencia de su naturaleza dada. Volviendo a la vida, después de saborear el fruto ambivalente de su contingencia, ¿no seremos más sabios? ¿No seremos más agradecidos, menos arrogantes?

 1.2. El sueño imposible de la autonomía y la lección de la finitud

Con la pandemia, nuestros reclamos de autodeterminación autónoma y control han llegado a un punto muerto, un momento de crisis que provoca un discernimiento más profundo. Tenía que suceder, tarde o temprano, porque el hechizo ya había durado bastante.

La epidemia del Covid-19 tiene mucho que ver con nuestra depredación de la tierra y el despojo de su valor intrínseco. Es un síntoma del malestar de nuestra tierra y de nuestra falta de atención; más aún, un signo de nuestro propio malestar espiritual (Laudato si’, n. 119). ¿Seremos capaces de colmar el foso que nos ha separado de nuestro mundo natural, convirtiendo con demasiada frecuencia nuestras subjetividades asertivas en una amenaza para la creación, una amenaza para los demás?

Consideremos la cadena de conexiones que unen los siguientes fenómenos: la creciente deforestación empuja a los animales salvajes a aproximarse del hábitat humano. Los virus alojados en los animales, entonces, se transmiten a los humanos, exacerbando así la realidad de la zoonosis, un fenómeno bien conocido por los científicos como vehículo de muchas enfermedades. La exagerada demanda de carne en los países del primer mundo da lugar a enormes complejos industriales de cría y explotación de animales. Es fácil ver cómo estas interacciones pueden, en última instancia, ocasionar la propagación de un virus a través del transporte internacional, la movilidad masiva de personas, los viajes de negocios, el turismo, etc.

El fenómeno del Covid-19 no es sólo el resultado de acontecimientos naturales. Lo que ocurre en la naturaleza es ya el resultado de una compleja intermediación con el mundo humano de las opciones económicas y los modelos de desarrollo, a su vez “infectados” con un “virus” diferente de nuestra propia creación: es el resultado, más que la causa, de la avaricia financiera, la autocomplacencia de los estilos de vida definidos por la indulgencia del consumo y el exceso. Hemos construido para nosotros mismos un ethos de prevaricación y desprecio por lo que se nos da, en la promesa elemental de la creación. Por eso estamos llamados a reconsiderar nuestra relación con el hábitat natural. Para reconocer que vivimos en esta tierra como administradores, no como amos y señores.

Se nos ha dado todo, pero la nuestra es sólo una soberanía otorgada, no absoluta. Consciente de su origen, lleva la carga de la finitud y la marca de la vulnerabilidad. Nuestro destino es una libertad herida. Podríamos rechazarla como si fuera una maldición, una condición provisional que será pronto superada. O podemos aprender una paciencia diferente: capaz de consentir a la finitud, de renovada permeabilidad a la proximidad del prójimo y a la lejanía.

Cuando se compara con la situación de los países pobres, especialmente en el llamado Sur Global, la difícil situación del mundo “desarrollado” parece más bien un lujo: sólo en los países ricos la gente puede permitirse los requisitos de seguridad. En cambio, en los no tan afortunados, el “distanciamiento físico” es sólo una imposibilidad debido a la necesidad y al peso de las circunstancias extremas: los entornos abarrotados y la falta de un distanciamiento asequible enfrentan a poblaciones enteras como un hecho insuperable. El contraste entre ambas situaciones pone de relieve una paradoja estridente, al relatar, una vez más, la historia de la desproporción de la riqueza entre países pobres y ricos

Aprender la finitud y aceptar los límites de nuestra propia libertad es más que un ejercicio sobrio de realismo filosófico. Implica abrir nuestros ojos a la realidad de los seres humanos que experimentan tales límites en su propia carne, por así decirlo: en el desafío diario de sobrevivir, para asegurarse las condiciones mínimas a la subsistencia, alimentar a los niños y miembros de la familia, superar la amenaza de enfermedades a pesar de no tener acceso a los tratamientos por ser demasiado caros. Tengamos en cuenta la inmensa pérdida de vidas en el Sur Global: la malaria, la tuberculosis, la falta de agua potable y de recursos básicos siguen sembrando la destrucción de millones de vidas por año, una situación que se conoce desde hace décadas. Todas estas dificultades podrían superarse mediante esfuerzos y políticas internacionales comprometidas. ¡Cuántas vidas podrían salvarse, cuántas enfermedades podrían ser erradicadas, cuánto sufrimiento se evitaría!

1.3. El desafío de la interdependencia y la lección de la vulnerabilidad común

Nuestras pretensiones de soledad monádica tienen pies de barro. Con ellos se desmoronan las falsas esperanzas de una filosofía social atomista construida sobre la sospecha egoísta hacia lo diferente y lo nuevo, una ética de racionalidad calculadora inclinada hacia una imagen distorsionada de la autorrealización, impermeable a la responsabilidad del bien común a escala global, y no sólo nacional.

Nuestra interconexión es un hecho. Nos hace a todos fuertes o, por el contrario, vulnerables, dependiendo de nuestra propia actitud hacia ella. Consideremos su relevancia a nivel nacional, para empezar. Aunque el Covid-19 puede afectar a todos, es especialmente dañino para poblaciones particulares, como los ancianos, o las personas con enfermedades asociadas y sistemas inmunológicos comprometidos. Las medidas políticas se toman para todos los ciudadanos por igual. Piden la solidaridad de los jóvenes y de los sanos con los más vulnerables. Piden sacrificios a muchas personas que dependen de la interacción pública y la actividad económica para su vida. En los países más ricos estos sacrificios pueden compensarse temporalmente, pero en la mayoría de los países estas políticas de protección son simplemente imposibles.

Sin duda, en todos los países es necesario equilibrar el bien común de la salud pública con los intereses económicos. Durante las primeras etapas de la pandemia, la mayoría de los países se centraron en salvar vidas al máximo. Los hospitales, y especialmente los servicios de cuidados intensivos, eran insuficientes y sólo se ampliaron después de enormes luchas. Sorprendentemente, los servicios de atención sobrevivieron gracias a los impresionantes sacrificios de médicos, enfermeras y otros profesionales de la sanidad, más que por la inversión tecnológica. Sin embargo, el enfoque en la atención hospitalaria desvió la atención de otras instituciones de cuidados. Las residencias de ancianos, por ejemplo, se vieron gravemente afectadas por la pandemia, y sólo en una etapa tardía se dispuso de suficientes equipos de protección y test. Los debates éticos sobre la asignación de recursos se basaron principalmente en consideraciones utilitarias, sin prestar atención a las personas que experimentaban un mayor riesgo y una mayor vulnerabilidad. En la mayoría de los países se ignoró el papel de los médicos generales, mientras que para muchas personas son el primer contacto en el sistema de atención. El resultado ha sido un aumento de las muertes y discapacidades por causas distintas del Covid-19.

La vulnerabilidad común exige también la cooperación internacional, así como entender que no se puede resistir una pandemia sin una infraestructura médica adecuada, accesible a todos a nivel mundial. Tampoco se puede abordar la difícil situación de un pueblo, infectado repentinamente, de manera aislada, sin forjar acuerdos internacionales, y con una multitud de diferentes interesados. El intercambio de información, la prestación de ayuda y la asignación de los escasos recursos deberán abordarse en una sinergia de esfuerzos. La fuerza de la cadena internacional viene dada por el eslabón más débil.

La lección recibida espera una asimilación más profunda. Seguro que las semillas de esperanza se han sembrado en la oscuridad de los pequeños gestos, de los actos de solidaridad demasiado numerosos para contarlos, demasiado preciosos para difundirlos. Las comunidades han luchado honorablemente, a pesar de todo, a veces contra la ineptitud de su liderazgo político, para articular protocolos éticos, forjar sistemas normativos, recuperar vidas sobre ideales de solidaridad y solicitud recíproca. La apreciación unánime de estos ejemplos muestra una comprensión profunda del auténtico significado de la vida y una forma deseable de realización personal.

Sin embargo, no hemos prestado suficiente atención, especialmente a nivel mundial, a la interdependencia humana y a la vulnerabilidad común. Si bien el virus no reconoce fronteras, los países han sellado sus fronteras. A diferencia de otros desastres, la pandemia no afecta a todos los países al mismo tiempo. Aunque esto podría ofrecer la oportunidad de aprender de las experiencias y políticas de otros países, los procesos de aprendizaje a nivel mundial fueron mínimos. De hecho, algunos países han entablado a veces un cínico juego de culpas recíprocas.

La misma falta de interconexión puede observarse en los esfuerzos por desarrollar remedios y vacunas. La falta de coordinación y cooperación se reconoce cada vez más como un obstáculo para abordar el Covid-19. La conciencia de que estamos juntos en este desastre, y de que sólo podemos superarlo mediante los esfuerzos cooperativos de la comunidad humana en su conjunto, está estimulando los esfuerzos compartidos. El establecimiento de proyectos científicos transfronterizos es un esfuerzo que va en esa dirección. También debe demostrarse en las políticas, mediante el fortalecimiento de las instituciones internacionales. Esto es particularmente importante, ya que la pandemia está aumentando las desigualdades e injusticias ya existentes, y muchos países que carecen de los recursos y servicios para hacer frente adecuadamente al Covid-19 dependen de la asistencia de la comunidad internacional.

2. Hacia una nueva visión: El renacimiento de la vida y la llamada a la conversión

Las lecciones de fragilidad, finitud y vulnerabilidad nos llevan al umbral de una nueva visión: fomentan un espíritu de vida que requiere el compromiso de la inteligencia y el valor de la conversión moral. Aprender una lección es volverse humilde; significa cambiar, buscando recursos de significado hasta ahora desaprovechados, tal vez repudiados. Aprender una lección es volverse consciente, una vez más, de la bondad de la vida que se nos ofrece, liberando una energía que va más allá de la inevitable experiencia de la pérdida, que debe ser elaborada e integrada en el significado de nuestra existencia. ¿Puede ser esta ocasión la promesa de un nuevo comienzo para la humana communitas, la promesa del renacimiento de la vida? Si es así, ¿en qué condiciones?

2.1. Hacia una ética del riesgo

Debemos llegar, en primer lugar, a una renovada apreciación de la realidad existencial del riesgo: todos nosotros podemos sucumbir a las heridas de la enfermedad, a la matanza de las guerras, a las abrumadoras amenazas de los desastres. A la luz de esto, surgen responsabilidades éticas y políticas muy específicas respecto a la vulnerabilidad de los individuos que corren un mayor riesgo en su salud, su vida, su dignidad. El Covid-19 podría considerarse, a primera vista, sólo como un determinante natural, aunque ciertamente sin precedentes, del riesgo mundial. Sin embargo, la pandemia nos obliga a examinar una serie de factores adicionales, todos los cuales entrañan un reto ético polifacético. En este contexto, las decisiones deben ser proporcionales a los riesgos, de acuerdo con el principio de precaución. Centrarse en la génesis natural de la pandemia, sin tener en cuenta las desigualdades económicas, sociales y políticas entre los países del mundo, es no entender las condiciones que hacen que su propagación sea más rápida y difícil de abordar. Un desastre, cualquiera que sea su origen, es un desafío ético porque es una catástrofe que afecta a la vida humana y perjudica la existencia humana en múltiples dimensiones.

En ausencia de una vacuna, no podemos contar con la capacidad de derrotar permanentemente al virus que causó la pandemia, salvo por agotamiento espontáneo de la fuerza patológica de la enfermedad. Por lo tanto, la inmunidad contra el Covid-19 sigue siendo una especie de esperanza para el futuro. Esto también significa reconocer que vivir en una comunidad en riesgo exige una ética a la par de la perspectiva de que tal situación pueda realmente convertirse en realidad.

Al mismo tiempo, es necesario dar cuerpo a un concepto de solidaridad que vaya más allá del compromiso genérico de ayudar a los que sufren. Una pandemia nos insta a todos a abordar y remodelar las dimensiones estructurales de nuestra comunidad mundial que son opresivas e injustas, aquellas a las que en términos de fe se les llama “estructuras de pecado”. El bien común de la comunidad humana no puede lograrse sin una verdadera conversión de las mentes y los corazones (Laudato si’, 217-221). El llamamiento a la conversión se dirige a nuestra responsabilidad: su miopía es imputable a nuestra falta de voluntad de mirar la vulnerabilidad de las poblaciones más débiles a nivel mundial, y no a nuestra incapacidad de ver lo que es tan obviamente claro. Una apertura diferente puede ampliar el horizonte de nuestra imaginación moral, para incluir finalmente lo que ha sido descaradamente pasado por alto y relegado al silencio.

2.2. El llamamiento a los esfuerzos mundiales y a la cooperación internacional

Los contornos básicos de una ética del riesgo, basada en un concepto más amplio de solidaridad, implican una definición de comunidad que rechaza cualquier provincialismo, la falsa distinción entre los que están dentro, es decir, los que pueden exhibir una pretensión de pertenecer plenamente a la comunidad, y los que están fuera, es decir, los que pueden esperar, en el mejor de los casos, una supuesta participación en ella. El lado oscuro de esa separación debe ponerse de relieve como una imposibilidad conceptual y una práctica discriminatoria. No se puede considerar que nadie esté simplemente “a la espera” del reconocimiento pleno de su estatuto, como si estuviera a las puertas de la humana communitas. El acceso a una atención de salud de calidad y a los medicamentos esenciales debe reconocerse como un derecho humano universal (cfr. Declaración Universal sobre Bioética y Derechos Humanos, art. 14). De esta premisa se desprenden lógicamente dos conclusiones.

La primera se refiere al acceso universal a las mejores oportunidades de prevención, diagnóstico y tratamiento, más allá de su restricción a unos pocos. La distribución de una vacuna, una vez que esté disponible en el futuro, es un punto en el caso. El único objetivo aceptable, coherente con una asignación justa de la vacuna, es el acceso para todos, sin excepciones.

La segunda conclusión se refiere a la definición de la investigación científica responsable. Está mucho en juego y los temas son complejos. Cabe destacar tres de ellos. Primero, con respecto a la integridad de la ciencia y las nociones que impulsan su avance: el ideal de objetividad controlada, si no totalmente “desapegada”; y el ideal de libertad de investigación, especialmente la libertad de conflictos de intereses. En segundo lugar, está en juego la naturaleza misma del conocimiento científico como práctica social, definida, en un contexto democrático, por normas de igualdad, libertad y equidad. En particular, la libertad de investigación científica no debe incluir la adopción de decisiones políticas en su esfera de influencia. La toma de decisiones políticas y el ámbito de la política en su conjunto mantienen su autonomía frente a la usurpación del poder científico, especialmente cuando éste se convierte en una manipulación de la opinión pública. Por último, lo que se cuestiona aquí es el carácter esencialmente “fiduciario” del conocimiento científico en su búsqueda de resultados socialmente beneficiosos, especialmente cuando el conocimiento se obtiene mediante la experimentación en seres humanos y la promesa de un tratamiento probado en ensayos clínicos. El bien de la sociedad y las exigencias del bien común en el ámbito de la atención de la salud se anteponen a cualquier preocupación por el lucro. Y esto porque las dimensiones públicas de la investigación no pueden ser sacrificadas en el altar del beneficio privado. Cuando la vida y el bienestar de una comunidad están en juego, el beneficio debe pasar a un segundo plano.

La solidaridad se extiende también a cualquier esfuerzo de cooperación internacional. En este contexto, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ocupa un lugar privilegiado. Profundamente arraigada en su misión de dirigir la labor internacional en materia de salud está la noción de que sólo el compromiso de los gobiernos en una sinergia mundial puede proteger, fomentar y hacer efectivo un derecho universal al más alto nivel posible de salud. Esta crisis pone de relieve lo mucho que se necesita una organización internacional de alcance mundial, que incluya específicamente las necesidades y preocupaciones de los países menos adelantados que se enfrentan a una catástrofe sin precedentes.

La estrechez de miras de los intereses nacionales ha llevado a muchos países a reivindicar para sí mismos una política de independencia y aislamiento del resto del mundo, como si se pudiera hacer frente a una pandemia sin una estrategia mundial coordinada. Esa actitud podría dar una idea de la subsidiariedad y de la importancia de una intervención estratégica basada en la pretensión de que una autoridad inferior tenga precedencia sobre cualquier autoridad superior, más distante de la situación local. La subsidiariedad debe respetar la esfera legítima de la autonomía de las comunidades, potenciando sus capacidades y responsabilidad. En realidad, la actitud en cuestión se alimenta de una lógica de separación que, para empezar, es menos eficaz contra el Covid-19. Además, la desventaja no sólo es de facto corta de miras, sino que también da lugar a un aumento de las desigualdades y a la exacerbación de los desequilibrios de recursos entre los distintos países. Aunque todos, ricos y pobres, son vulnerables al virus, estos últimos están obligados a pagar el precio más alto y a soportar las consecuencias a largo plazo de la falta de cooperación. Es evidente que la pandemia está empeorando las desigualdades que ya están asociadas a los procesos de globalización, haciendo que más personas sean vulnerables y estén marginadas, desprovistas de atención sanitaria, empleo y redes de seguridad social.

2.3. El equilibrio ético centrado en el principio de solidaridad

En última instancia, el significado moral, y no sólo estratégico, de la solidaridad es el verdadero problema en la actual encrucijadaa la que ha de hacer frente la familia humana. La solidaridad conlleva la responsabilidad hacia el otro que está en una situación de necesidad, que se basa en el reconocimiento de que, como sujeto humano dotado de dignidad, cada persona es un fin en sí mismo, no un medio. La articulación de la solidaridad como principio de la ética social se basa en la realidad concreta de una presencia personal en la necesidad, que clama por su reconocimiento. Así pues, la respuesta que se nos pide no es sólo una reacción basada en nociones sentimentales de simpatía; es la única respuesta adecuada a la dignidad del otro que requiere nuestra atención, una disposición ética basada en la aprehensión racional del valor intrínseco de todo ser humano.

Como un deber, la solidaridad no viene gratis, sin costo, y es necesaria la disposición de los países ricos a pagar el precio requerido por el llamado a la supervivencia de los pobres y la sostenibilidad de todo el planeta. Esto es válido tanto de manera sincrónica, con respecto a los distintos sectores de la economía, como diacrónica, es decir, en relación con nuestra responsabilidad por el bienestar de las generaciones futuras y la medición de los recursos disponibles.

Todos estamos llamados a hacer nuestra parte. Mitigar las consecuencias de la crisis implica renunciar a la noción de que “la ayuda vendrá del gobierno”, como si fuera un deus ex machina que deja a todos los ciudadanos responsables fuera de la ecuación, intocables en su búsqueda de intereses personales. La transparencia de la política y las estrategias políticas, junto con la integridad de los procesos democráticos, requieren un enfoque diferente. La posibilidad de una escasez catastrófica de recursos para la atención médica (materiales de protección, equipos de test, ventilación y cuidados intensivos en el caso del Covid-19), podría utilizarse como ejemplo. Ante los trágicos dilemas, los criterios generales de intervención, basados en la equidad en la distribución de los recursos, el respeto de la dignidad de toda persona y la especial atención a los vulnerables, deben esbozarse de antemano y articularse en su plausibilidad racional con el mayor cuidado posible.

La capacidad y la voluntad de equilibrar principios que podrían competir entre sí es otro pilar esencial de una ética del riesgo y la solidaridad. Por supuesto, el primer deber es proteger la vida y la salud. Aunque una situación de riesgo cero sigue siendo una imposibilidad, respetar el distanciamiento físico y frenar, si no detener totalmente, ciertas actividades han producido efectos dramáticos y duraderos en la economía. Habrá que tener en cuenta también el costo de la vida privada y social.

Se plantean dos cuestiones cruciales. La primera se refiere al umbral de riesgo aceptable, cuya aplicación no puede producir efectos discriminatorios con respecto a las condiciones de poder y riqueza. La protección básica y la disponibilidad de medios de diagnóstico deben ofrecerse a todos, de acuerdo con un principio de no discriminación.

La segunda aclaración decisiva se refiere al concepto de “solidaridad en el riesgo”. La adopción de reglas específicas por una comunidad requiere una atención a la evolución de la situación en el campo, tarea que sólo puede llevarse a cabo mediante un discernimiento fundado en la sensibilidad ética, y no sólo en la obediencia a la letra de la ley. Una comunidad responsable es aquella en la que las cargas de la cautela y el apoyo recíproco se comparten proactivamente con miras al bienestar de todos. Las soluciones jurídicas a los conflictos en la asignación de la culpabilidad y la responsabilidad por mala conducta o negligencia voluntarias son a veces necesarias como instrumento de justicia. Sin embargo, no pueden sustituir a la confianza como sustancia de la interacción humana. Sólo esta última nos guiará a través de la crisis, ya que sólo sobre la base de la confianza puede la humana communitas finalmente florecer.

Estamos llamados a una actitud de esperanza, más allá del efecto paralizante de dos tentaciones opuestas: por un lado, la resignación que sufre pasivamente los acontecimientos; por otro, la nostalgia de un retorno al pasado, sólo anhelando lo que había antes. En cambio, es hora de imaginar y poner en práctica un proyecto de convivencia humana que permita un futuro mejor para todos y cada uno. El sueño recientemente descrito para la región amazónica podría convertirse en un sueño universal, un sueño para todo el planeta que “integre y promueva a todos sus habitantes para que puedan consolidar un «buen vivir»” (Querida Amazonia, 8).

Ciudad del Vaticano, 22 de julio de 2020

En la escuela de una fragilidad iluminada

Luis Argüello
Publicado en Revista Ecclesia


La pandemia nos está enseñando la lección de la fragilidad, nos ayuda a ser humildes y a abrirnos a quien viene en ayuda de nuestra debilidad. Esta nueva acogida del Espíritu, en un piso más profundo del corazón, nos permite experimentar lo que el apóstol Pablo escribe en el mismo capítulo 8 de la carta a los Romanos: «A los que aman a Dios todo les sirve para el bien». ¿En este «todo» se incluyen también los males que nos afligen y causan miles de víctimas? ¿Dios quiere el mal? El padre R. Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, ya reflexionó el pasado Viernes Santo sobre el lugar de Dios en la pandemia y nos invitó a mirar a Cristo en la cruz, víctima con las víctimas, y a recibir una luz que nos ayude a descubrir las consecuencias salvíficas de todo sufrimiento unido al sacrificio de Jesús.

Desde esta asombrosa y, por qué no decirlo escandalosa sabiduría de la cruz, resaltamos alguna de las enseñanzas de la pandemia, como el mejor homenaje a miles de víctimas que han padecido sus daños y perjuicios. Pues su padecimiento, incluida la muerte de tantísimos, unido al sacrificio de Cristo, genera un potencial redentor que hemos de acoger, no como una especie de compensación a las víctimas por nuestra parte, ni de precio maldito por la suya, sino como expresión de nuestra fe en el Misterio pascual. La resurrección del Crucificado es razón de nuestra esperanza en la victoria sobre la muerte y fuente de caridad siempre renovada mientras peregrinamos en el tiempo.

1ª lección: El don de la vida. Una enseñanza general que la escuela de la fragilidad nos ofrece, iluminada por el Misterio pascual, es el redescubrimiento de lo esencial. Y en esta mirada a lo esencial aparece el don de la vida. Los miles de muertos, los rostros conocidos de enfermos y fallecidos y el miedo a formar parte de esa lista de números anónimos en los medios de comunicación, ha afirmado, en cada uno de nosotros y en nuestros seres queridos, el esencial don de la vida. Este don, tantas veces poco agradecido, se ve amenazado por la muerte ocasionada por una enfermedad contagiosa y aun sin cura. Surgen las sombras del sinsentido, y la tentación de apuñar el don contradice y oculta aun más el significado de este regalo inmenso: la vida es un don. Sí, la vida humana, acogida como un don, se comparte y ofrece en don de sí y de esa manera descifra su secreto, pues la persona es la «única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás» (GS 24). Vida y don; don y respuesta al amor recibido; respuesta y libertad que se apropia o entrega el don; libertad y plenitud siempre deseada; plenitud y vida eterna como culminación del don, nos ayudan a comprender quiénes somos y a descubrir la fuente de alegrías y sufrimientos que experimentamos y provocamos.

Para profundizar en la lección: ¿Doy gracias por la vida recibida en mí y en los que me rodean? ¿Cuido la vida? ¿A quién y para qué entrego mi vida? ¿Tengo conciencia de ser peregrino hacia la Plenitud del Don?

2ª lección: La Eucaristía del Domingo. Una de las propuestas más seguidas en el estado de alarma ha sido «quédate en casa», lo que ha llevado consigo la paralización de muchas actividades y, en la vida eclesial, la suspensión casi total de la celebración de la Eucaristía para la inmensa mayoría del pueblo de Dios. Esta situación ha suscitado el seguimiento de la Eucaristía por los medios de comunicación y un crecimiento de la oración familiar y la lectura de la Palabra. Ha crecido el deseo de la Eucaristía pero también los riesgos de un acercamiento devocional y desencarnado. El pueblo de Dios ha vivido un sorprendente ayuno eucarístico. Éste puede ser fructífero, si iluminada la situación por el Misterio pascual, que en la celebración sacramental se hace acontecimiento real, se reconoce como pueblo de la Eucaristía que experimenta que sin el Domingo no puede vivir. La escuela de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, comulgada y adorada, nos ayuda a descubrir otras presencias suyas, en la Palabra, el cuerpo eclesial y los pobres, y a una mirada transfigurada sobre la realidad para contemplar su misteriosa vocación de plenitud del cuerpo de Cristo.

El Domingo, día del Señor y de la Iglesia, es también día de la humanidad y la creación nuevas. Día de descanso semanal de las personas y también de la tierra. Durante las últimas décadas, el descanso dominical se ha visto afectado por la presión del comercio y de la producción y por una frenética vivencia del fin de semana. El confinamiento de la pandemia, sin duda con muchas consecuencias negativas para la economía de nuestra sociedad, ha ayudado a la interrupción del imparable ritmo del trabajo y el consumo, a descubrir otras perspectivas en las relaciones familiares y vecinales y en la forma de mirar lo que nos rodea. El silencio en la ciudad ha ayudado a escuchar otros sonidos, incluso en el propio interior. La escuela iluminada de esta fragilidad ¿podría ayudarnos a recuperar como sociedad el Domingo? Podríamos de manera periódica vivir «un confinamiento dominical», un domingo sin coche o sin exceder una cierta distancia, sin tiendas ni trabajos productivos, donde todos estuviéramos llamados a buscar actividades de familiaridad y cercanía, espirituales y artísticas. No cesamos de repetir que necesitamos cambiar nuestra forma de vida y no lo hacemos. La vivencia católica del Domingo puede ayudar a la recuperación social de una jornada que invite a replantear el sentido de la interrelación entre vida, afectos, trabajo, fiesta y descanso. El confinamiento ha sido obligatorio, esta iniciativa dominical solo puede plantearse desde el testimonio del pueblo del Domingo que atraiga la libertad de nuestros conciudadanos.

Para profundizar en la lección: ¿Cómo vivo la Eucaristía? ¿Qué significa el Domingo, último día del fin de semana o primer día de un tiempo de permanente renovación y testimonio hasta que Él vuelva? ¿Crees posible una nueva manera de vivir, de producir y consumir?

3ª lección. La familia-Iglesia doméstica. Confinados, hemos convivido extensa e intensamente. La mayor parte de la población en familia. Suspendidas las actividades de las parroquias, la familia ha adquirido una singular relevancia como Iglesia doméstica. También el hogar ha sido convocado a ser aula de la escuela y patio de juegos; en la familia se ha cuidado a enfermos ante las dificultades hospitalarias. Los vecinos, en muchos casos, han sido reconocidos y desde las ventanas y balcones se ha homenajeado a los servidores del bien común. También ha habido conflictos y se ha experimentado la paciencia y el perdón. Muchas familias han vivido la experiencia de la muerte de seres queridos en una lejanía acrecentadora del dolor. La distancia con otros miembros de la familia ha dado la ocasión para incrementar encuentros telemáticos casi diarios y conversaciones más largas de lo acostumbrado. En la escuela de la fragilidad de nuestras familias y comunidades, iluminados por el Misterio pascual, cómo no subrayar el valor de la familia en la Iglesia y en la sociedad. En la Iglesia estamos llamados a crecer en una comprensión de la parroquia —casa entre las casas— como familia de familias, y a convertir a la familia en clave decisiva en la transmisión de la fe y en la acción social. La familia en la sociedad desvinculada, que elogia al individuo para bien del poder, está llamada de nuevo a jugar un papel muy importante en la crisis económica. Su protagonismo adquiere mayor importancia en este momento de dificultades en la gestión del Estado del bienestar, que tantas veces, so capa de ayuda, quiere sustituir a la familia en sus derechos y responsabilidades básicas en la vida, educación y cuidados de sus miembros. Lo aprendido ha de impulsarnos a promover y acompañar la vocación al matrimonio y a convocar y cuidar a las familias de nuestras comunidades.

Para profundizar en la lección: ¿Cuidas tu vida familiar? ¿Tu presencia y actividad en la Iglesia es personal o familiar? ¿Intentáis en vuestra familia hacer familia de familias?

4ª Lección: Los cuidados, niños y mayores. La vulnerabilidad de la vida humana parece haber sido descubierta en este tiempo. Todos nos hemos sentido frágiles ante la sola posibilidad del contagio. Niños y mayores han sido protagonistas indeseados de esta condición débil. Especialmente las personas mayores en la soledad de sus viviendas o en las residencias. Los niños han tenido que compaginar en la vivienda familiar, a veces muy pequeña, escuela, hogar y juegos. Han surgido fuertes polémicas en torno a la atención de los ancianos contagiados y, reconociendo el desbordamiento del sistema sanitario, algunas situaciones han dado pie a pensar en posibles «descartes» de algunas personas mayores. Emerge con fuerza la importancia de «los cuidados» como nueva expresión del bienestar. En la escuela de esta fragilidad iluminada, volvemos nuestra mirada a la familia como sujeto primordial de los cuidados en la acogida de la vida, el crecimiento y la ancianidad. La sociedad de los cuidados no puede dejarse solo en manos de instituciones públicas o privadas, precisa de un renovado protagonismo de la familia, que ha de contar con el apoyo de las administraciones y empresas a través del salario familiar, el apoyo de los servicios sociales y sanitarios, la reorganización de horarios laborales, el reconocimiento social de la maternidad y los cuidados en el seno de la propia familia.

Para profundizar en la lección: ¿Por qué las familias llevan a los ancianos a residencias? ¿Podríamos pensar en un sistema de cuidados que uniera el trabajo gratuito propio de la familia y la remuneración pública de parte de esa dedicación?

5ª Lección: La fraternidad. El coronavirus no conoce fronteras y ha provocado una pandemia global. La búsqueda de soluciones sanitarias es también global. La dependencia provocada por la COVID-19 nos ha hecho caer en la cuenta de que somos interdependientes. Las fronteras se han cerrado y, al grito de «sálvese quien pueda», también surgen desconfianzas y rechazos. El mismo virus que nos une en la fragilidad, pone también de manifiesto la abismal diferencia entre los pueblos para responder a este problema. La crisis económica ha movilizado la solidaridad pero el sufrimiento causado por las carencias se vive de manera muy desigual. Algunos viven el dilema «o contagio o hambre». Escuchamos apelaciones a la unidad de acción y a reconocernos cuerpo y fraternidad. En la escuela de esta fragilidad iluminada, entramos en diálogo con nuestros contemporáneos para ofrecerles nuestra fe en el Padre de todos, fundamento de la fraternidad. Damos también testimonio de lo que significa ser cuerpo y agradecemos la misericordia que nos permite seguir diciendo padrenuestro a pesar de nuestras divisiones y conflictos y de la tentación de cerrarnos a nuestra propia carne. Esta vinculación desborda nuestras fronteras y nos convoca a una catolicidad del corazón y de la solidaridad.

Para profundizar en la lección: ¿Cómo unes la oración del padrenuestro con la fraternidad ejercitada?

6ª lección: La naturaleza. La pandemia ha irrumpido sin que sepamos bien sus causas. En la naturaleza hay virus y bacterias con sus aportaciones y amenazas. La relación del hombre con la creación ha posibilitado enormes logros de progreso científico y desarrollo económico, junto con unas consecuencias de contaminación y destrucción. Hemos vivido una suerte de desilusión respecto a los logros conseguidos. La ciencia también es frágil y la naturaleza ambivalente. En la escuela de esta fragilidad iluminada, experimentamos la llamada al cuidado de la creación sin idolatrar la naturaleza. El sentido del progreso también debe de ser reflexionado en una perspectiva de una ecología humana integral, poniendo en relación al horizonte de mayor humanidad que quisiéramos lograr con los medios a emplear.

Para profundizar en la lección: ¿Qué significado das al cuidado y dominio de la creación? ¿Unes el progreso personal, económico y social con la llamada a la santidad?

De crisis y pandemias

La presencia devastadora de las plagas en la historia de la humanidad es una constante que se ha ido repitiendo cada cierto tiempo. Algunas tuvieron un impacto tremendo, como la peste llamada Antonina, que indirectamente contribuyó a la expansión y consolidación del cristianismo. La Peste Negra de mediados del s. XIV fue también devastadora en Europa, provocando cambios muy profundos que dieron paso al llamado Renacimiento. Quizá ninguna fue tan catastrófica como la entrada de la viruela en América, una auténtica hecatombe demográfica, que ya había hecho y volvería a hacer estragos en Europa. Cito solo dos más, bien recientes y en Europa. La plaga de la patata arrasó los cultivos de patata en toda Europa en la década de 1840; en Irlanda provocó la muerte de un millón de personas y la emigración de otro millón, cerca del 25% de la población. Y la más célebre fue, quizá, la Gripe Española en 1918, muy posiblemente la primera pandemia planetaria que, según los cálculos, afecto a unos 500 millones de personas y murieron cerca de 50 millones.

La humanidad fue superando una tras otra esas epidemias. No obstante, los costes siempre fueron muy elevados, sobre todo, como es lógico, en vidas humanas. No es sencillo sacar lecciones de la historia, aunque evidentemente siempre podemos aprender algo de los aciertos y los errores que tuvieron nuestros antepasados. El problema principal para aprender del pasado lo recoge un antiguo proverbio anónimo ecuatoriano: «cuando teníamos todas las respuestas, nos cambiaron las preguntas». Los grandes problemas morales, y afrontar una pandemia es sobre todo un problema moral, tienen ese rasgo: son siempre contextuales. Exigen tener una clara jerarquía de valores y hacer un análisis riguroso del contexto, partiendo de que es casi imposible que haya dos contextos iguales. Eso lo sabía muy bien los moralistas del siglo XVII, sobre todo jesuitas, que se centraron en el estudio de casos, la casuística. Siglos antes ya lo había dicho con sagacidad Aristóteles, al afirmar que hacer el bien es hacer lo que es debido teniendo en cuenta las circunstancias y hacerlo además por las razones adecuadas. Cada pandemia debe ser afrontada de manera específica, siendo valioso, pero insuficiente siempre, el conocimiento previo acumulado. Cada caso necesita reflexionar sobre cómo resolver los posibles conflictos de valores y cómo encontrar las soluciones prácticas que mejor solucionen el problema, esto es hacer el mayor bien posible o, en su caso, el menor mal posible.

Pieter Brueghel El triunfo de la muerte Museo del Prado

Lo que sí nos ha recordado esta pandemia es algo elemental que quizá estaba un poco descuidado por ciertos discursos muy arraigados sobre el prometedor futuro de la humanidad. Más de 200 años de crecimiento y mejoras palpables, sobre todo en los últimos cincuenta años, unidos a los espectaculares adelantos tecnológicos, hacían pensar en un mundo futuro mejor, de la mano de la tecnología, capaz de todo. En ese sentido, las experiencias anteriores sí que nos permiten entender hasta qué punto es frágil la condición humana: somos vulnerables, muy vulnerables. Y también podemos ver que la tecnología actual permite rebajar los daños de todo tipo, aunque no es tan eficaz como la gente pensaba, o soñaba, en las décadas anteriores. Es cierto que ha mejorado le tecnología y avanzado el conocimiento científico, como estamos viendo en el caso del COVID-19; la mejora científica y tecnológica no impide que un virus esté provocando un descalabro desmesurado.

La información difundida sobre esta nueva pandemia es muy amplia, aunque plagada de sesgos, cuando no de puros bulos, provocados por debates políticos espurios.  Considero que la pandemia está todavía en fase de expansión y no es fácil saber exactamente lo que puede pasar en el tiempo que queda. En ese sentido, hay que ser prudentes y sacar pocas conclusiones por ahora. Es obvio que no le está yendo a todos los países igual, pero las dudas respecto a los datos y las diferencias en los días que cada país ha estado sometido a la enfermedad hace muy difícil hacer comparaciones y evaluar la eficacia de las estrategias de afrontamiento de la crisis. Los datos, cuando escribo este texto (13/04/2020), indican que hay 1.920.918 contagiados y 119.686 personas muertas en el mundo. Mucho mejores que los datos de la pandemia de 1918, o de la gripe de Hong Kong en 1968.

La implicación de los científicos ha sido muy elevada, pero el problema es que no existe un acuerdo claro entre ellos. Cierto es que ese tipo de desacuerdos son habituales en la ciencia y son parte de lo que garantiza el rigor de sus investigaciones. Las peculiaridades del propio virus y la complejidad de los modelos matemáticos empleados por los epidemiólogos pueden ayudar también a entender estos desacuerdos. Pero siguen siendo llamativos, aunque tienen un interesante antecedente en una epidemia de cólera local que hubo en Hamburgo en 1892, en la que estuvieron implicados científicos del más alto nivel, como  Koch, von Pettenkofer y Rudolf Virchow, cuando Alemanía era quizá el centro de la ciencia occidental; y también como ahora,  estuvieron implicadas las autoridades políticas y sociales. Si algo podemos ver en esa epidemia comparándola con la actual, es que hay algunos parecidos en la lógica social y política con la que se afrontan ambas, pero las diferencias son mayores en los avances científicos en estos 130 años.

Volvemos a lo que es específico —y más relevante para nosotros— de esta pandemia, siendo conscientes de que es un terreno en el que se pueden encontrar infinidad de reflexiones muy sugerentes y diversas en los medios de comunicación social. Tal profusión tiene bastante que ver con el hecho de que los procesos sociales, y este es uno de ellos, son multidimensionales y son, por tanto, múltiples las causas que inciden, existiendo además procesos de causalidad circular, de tal modo que algún factor puede ser a un tiempo causa y efecto de otro factor. Simplificar analizando estas situaciones puede ser tan tentador como inútil.

Madrid en días de confinamiento. El Independiente

Algo que hace especialmente peligrosa a esta pandemia es que llega en un período muy delicado en la política y la economía, con un dominio absoluto de un capitalismo financiero especulativo que controla todo el planeta desde China a Estados Unidos y desde Islandia hasta Tasmania. Nunca antes el dominio del capitalismo había sido tan total. Es un capitalismo que, además, está en crisis desde hace tiempo, y algunos datos importantes del funcionamiento económico indican cierta debilidad estructural. A eso se añade la crisis global vinculada al calentamiento y a la degradación ecológica, sobre la que ya había empezado a cuajar por fin una conciencia mundial muy sensibilizada, disminuyendo mucho los negacionistas. Vinculado a lo anterior, y para complicarlo más, una profunda crisis de la propia democracia, amenazada de muchos modos después de décadas de consolidación en todo el planeta, con las dificultades planteadas por la globalización y la vuelta a propuestas nacionalistas identitarias de extrema derecha. Ni el capitalismo neoliberal ni la profunda crisis ecológica han causado esta pandemia, pero desde luego interactúan con ella en ese sentido circular y multicausal del que hablaba antes. Y agravan las consecuencias negativas.

Es además una pandemia especialmente peligrosa por ser global, es decir, por afectar a casi todos los países y a todas las personas, independientemente de su condición social. Es cierto que, al menos por el momento, no ha afectado apenas a países de África, que sufren otras graves y mortíferas enfermedades endémicas, y está por ver cómo afectará a América del Sur. Algunos analistas simplifican cuando dicen que es una pandemia de los países ricos, aunque también es claro que algunos grupos sociales se están llevando la peor parte: por ejemplo, en Nueva York, afroamericanos e hispanos; en España, las personas ancianas. Y eso se notará más todavía porque esta pandemia, que ha provocado una profunda escasez de suministros y el cierre, por confinamiento, de una gran cantidad de empresas suministradoras esta dando paso a una recesión muy fuerte que, sin duda, la padecerán las clases sociales más débiles (en España, ese 20 % de la población en condiciones de pobreza severa), que apenas se habían recuperado de la anterior crisis del 2008. Estamos además en una sociedad en la que la desigualdad ha alcanzado niveles intolerables.

El panorama no es, por tanto, muy halagüeño. De hecho, desde hace décadas proliferan instituciones e investigadores potentes dedicados al análisis de los riesgos existenciales y globales que acechan a la humanidad. Uno de los riesgos que analizaban era precisamente el de las posibles pandemias, del tipo de la que ahora nos castiga, pero había muchos otros. Se puede agrupar los riesgos en los que poseen un carácter no antropogénico y los de carácter antropogénico, más conocidos hasta ahora. Esta pandemia parece pertenecer al primer grupo, pero hay también aspectos de la misma que la vinculan al segundo. El hecho es que la acumulación de problemas puede provocar una situación difícil de abordar y eso podría ayudar a entender la desorientación con la que están actuando los políticos que nos gobiernan. Ahora mismo, se plantea un problema moral muy complejo: lograr un equilibrio entre la paralización total de la economía no esencial y la protección de la vida de las personas que tengan que trabajar en sectores no esenciales de la economía.

China prohíbe el consumo y comercio de animales salvajes // Fotos: AFP. LaPatilla.com

Surgen en estos momentos, como también aparecieron en el 2008, reflexiones que auguran  que nada volverá a ser igual que hasta ahora y que todo va a cambiar, sin especificar muy bien cuál va a ser ese cambio.  Tengo claro que el futuro no está claro, y hay que huir de dicotomías radicales que ponen en un lado de la balanza diversas propuestas de tipo solidario, comunitarista o propiamente socialista, y en el otro lado ponen la barbarie o el ecofascismo.  Posiblemente no sea ni lo uno ni lo otro, sino que vayan apareciendo soluciones intermedias aprobadas con dificultad y aplicadas con más dificultad todavía, por lo que es difícil prever lo que termine ocurriendo. El caso de la Unión Europea logrando un pacto entre dos bloques opuestos para hacer frente al descalabro económico, es un buen ejemplo.

Algunos piensan en un nuevo gran pacto social, como el que se alcanzó tras la II Guerra Mundial, que permita construir un orden internacional más justo y una economía más solidaria, con un mejor reparto de la riqueza existente (que es mucha) acaparada en estos momentos por menos del 10% de la población de la Tierra, con un 1% desmesuradamente enriquecido. Pero las condiciones y las dificultades de la tarea provocan que no sean muy optimistas las expectativas. El mundo está tentado por la fragmentación, por el surgimiento de potentes fuerzas de extrema derecha, por el atractivo de gobiernos autoritarios, por la vuelta a planteamientos nacionalistas estrechos…

Hay propuestas parciales que consideran que todavía son posibles acuerdos sin tocar el problema político, por tanto, moral, que se sitúa en los cimientos de todo lo que nos ocurre: el orden impuesto por el capitalismo neoliberal radical ha generado enormes cantidades de riqueza, pero no ha sido capaz de distribuirla, es más, parece controlado por las llamadas élites extractivas empeñadas en acumular poder y riqueza.  Ya se intentó algo así tras el 2007 y se insistió mucho en la responsabilidad social corporativa o en el compromiso por el medio ambiente, llamado ahora el Nuevo Pacto Verde; sin embargo, al final, esos compromisos fueron derrotados por la obsesión con el incremento de los beneficios, a costa de producir más y de degradar las condiciones laborales. Del respeto al medio ambiente y de los compromisos democráticos de las empresas se han hecho cargo más bien los departamentos de publicidad y los que cuidan la imagen pública corporativa.

Klee. Angelus Novus. Wikipedia En

Si no hay un compromiso riguroso por modificar el corazón del sistema, no hay solución y en esto son muchos los que están de acuerdo, desde el papa Francisco en su encíclica Laudatio si, hasta las organizaciones del ecologismo radical, como puede ser, en España, Ecologistas en acción. En todo caso, lo que pueda ocurrir en el futuro dependerá mucho de la capacidad que tengamos aquí y ahora de generar prácticas sociales y económicas basadas en la cooperación y el apoyo mutuo, con modelos de organización más horizontales y más autogestionarios en los que el no dejar a nadie atrás no será tan solo un lema. Afortunadamente, ya hay muchas prácticas de este tipo y esas son las que pueden prefigurar un mundo más humano y más vivible, superando soluciones absolutamente insolidarias y, por tanto, distópicas, como las que eligen algunos sectores de las élites.

No está nada claro que vaya a aparecer ni un mundo mucho mejor ni otro mucho peor. Lo más seguro es que sigamos esforzándonos para alejarnos del colapso y lograr un mundo más humano, más vivible para todas las personas. Cuanto más hagamos ya presentes, aquí y ahora, propuestas solidarias, más cerca estaremos de un mundo mejor y más preparados para afrontar otras crisis futuras que con toda seguridad aparecerán.

Para citar esta entrada

García Moriyón, Félix (2020). De crisis y pandemias 14/04/2020 en https://niaia.es/de-crisis-y-pandemias/

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