Tenancingo no es una excepción en la prostitución

Corina Fuks

“Una mujer ya está vendida desde el momento en que nace”. La frase aparece en un reportaje sobre Tenancingo, un pequeño pueblo del estado mexicano de Tlaxcala convertido durante décadas en uno de los epicentros del tráfico sexual en México.[1] El testimonio, atribuido a una de las fuentes del texto, no es una metáfora. Describe una forma de vida en la que la explotación sexual no es una desviación del sistema social, sino su núcleo económico y cultural.

La reacción inmediata ante historias como esta suele ser el horror. Después, la distancia. Tenancingo se percibe como un exceso, una anomalía, un lugar donde el mal ha alcanzado una forma extrema. Sin embargo, precisamente porque es extremo, Tenancingo permite ver con mayor obviedad mecanismos que no son excepcionales, sino estructurales. El reportaje no describe únicamente un pueblo: describe una realidad global.

En Tenancingo, según el texto, el proxenetismo ha sido durante décadas una actividad organizada y socialmente integrada. Los llamados “padrotes” reclutan niñas y mujeres jóvenes mediante seducción, engaño, dependencia emocional o coerción directa. Algunas fuentes hablan incluso de captación desde edades muy tempranas en contextos de pobreza extrema, donde las familias carecen de recursos para proteger o sostener a sus hijas. El proceso comienza con afecto, continúa con aislamiento y termina con explotación. Una vez dentro, salir se vuelve extremadamente difícil.

El reportaje también subraya algo especialmente perturbador: la normalización social del fenómeno. En ciertas zonas, algunos niños crecen con la aspiración de convertirse en proxenetas, mientras que la violencia sexual se integra en la economía local. Las autoridades, según múltiples testimonios recogidos, niegan o minimizan la magnitud del problema. La corrupción y la impunidad completan el escenario.

Pero el punto más importante no es la descripción del caso mexicano, sino lo que este caso ilumina fuera de México. Porque Tenancingo no es una excepción. Es una lupa que nos permite ver la realidad global ampliada.

En Rumanía, por ejemplo, distintas investigaciones europeas han documentado durante años la salida de mujeres y niñas desde regiones empobrecidas hacia redes de explotación sexual en Europa Occidental. Zonas como el condado de Vaslui o comunidades rurales del este del país han sido señaladas repetidamente como puntos de origen de víctimas de trata. El patrón se repite: pobreza estructural, falta de oportunidades, captación mediante promesas de empleo o relaciones afectivas, y posterior explotación en mercados sexuales más ricos del continente.

En Nigeria, especialmente en el estado de Edo, miles de mujeres han sido trasladadas a Europa en las últimas décadas bajo engaños similares. Muchas de ellas llegan endeudadas con redes criminales que controlan su movilidad, su documentación y su autonomía. La explotación no depende únicamente de la violencia física: se sostiene sobre mecanismos de deuda, miedo y aislamiento.

En Argentina, el caso de la desaparición de Marita Verón en 2002 se convirtió en un símbolo de las redes de trata y explotación sexual en el país. La investigación de su madre permitió exponer un entramado de captación, traslado y explotación de mujeres jóvenes en distintas provincias, así como fallos institucionales graves en la persecución de estos delitos.

Los contextos cambian. El mecanismo es igual. Lo que une estos casos no es la cultura, ni la geografía, ni una supuesta “excepcionalidad” regional. Lo que los une es la relación entre desigualdad económica, sexo y capacidad de coerción. Allí donde existe pobreza estructural y falta de alternativas reales, la vulnerabilidad se convierte en un recurso económico. Y ese recurso es explotado al máximo.

En este punto aparece una de las tensiones centrales del debate actual: la idea de elección. Cuando una mujer adulta declara ejercer la prostitución, el debate público suele situarse en ese momento concreto. Sin embargo, lo que relatos como el de Tenancingo obligan a preguntarse es qué condiciones han precedido esa “elección”. La biografía previa desaparece del análisis: la infancia, la pobreza, la violencia, la captación, la dependencia emocional o económica.

La consecuencia es una simplificación peligrosa: se interpreta como decisión individual lo que es el resultado final de una cadena de vulnerabilidades acumuladas. Desde esta perspectiva, el sistema prostitucional no puede analizarse únicamente como un conjunto de decisiones aisladas, sino como una estructura económica que se alimenta de desigualdades previas. No es casual que las víctimas procedan mayoritariamente de contextos de exclusión social: es un patrón.

Aquí es donde el paralelismo con la esclavitud adquiere relevancia analítica. El abolicionismo histórico de la esclavitud no se limitó a denunciar casos individuales de abuso, sino que cuestionó la legitimidad de un sistema económico que convertía a seres humanos en recursos disponibles. El abolicionismo de la prostitución plantea una pregunta incómoda: ¿Si la desigualdad puede transformar el cuerpo en un recurso económico legítimo, hasta qué punto la “elección” sigue siendo libre? El abolicionismo señala una lógica indiscutible: no es moralmente ético convertir a un ser humano en mercancía por su extrema vulnerabilidad.

En este sentido, Tenancingo no es un caso aislado, sino una versión visible de un fenómeno más amplio. Lo que allí aparece de forma brutal: la captación, la violencia, la desaparición de niñas y mujeres, adopta en otros contextos formas más discretas, pero no menos estructurales.

Cuando las mujeres son adolescentes, el lenguaje público es de alarma. Cuando son jóvenes, se introduce la idea de consentimiento. Cuando son adultas, el discurso dominante tiende a interpretar su situación como elección autónoma. El resultado es una especie de borrado progresivo del contexto. La historia empieza siempre tarde. El sistema, de este modo, se protege a sí mismo mediante una operación narrativa: separa el resultado final de las condiciones que lo hicieron posible.

La comparación con la película Ciudad de Dios ayuda a entender esta lógica sin caer en simplificaciones morales. En la película, el entorno social no determina de forma mecánica el destino de cada individuo, pero sí delimita el conjunto de opciones posibles. Algunas niñas y niños acaban siendo víctimas, algunos niños victimarios, muchos quedan atrapados en ciclos de violencia. El elemento clave no es la elección individual aislada, sino el marco estructural que distribuye de manera desigual las posibilidades de vida.

Algo similar ocurre en los contextos de explotación sexual. No se trata de negar la agencia de las personas, sino de reconocer que la agencia no se ejerce en condiciones simétricas.

Por eso, la pregunta final no debería ser únicamente qué ocurre en Tenancingo, ni siquiera qué ocurre en la prostitución en abstracto. La pregunta es qué tipos de estructuras sociales producen, de forma recurrente, zonas y contextos de exclusión donde niñas y niños quedan sistemáticamente expuestos a ser convertidos en objetos de usar y tirar cuando llegan a la adultez.

qué tipos de estructuras sociales producen, de forma recurrente, zonas y contextos de exclusión donde niñas y niños quedan sistemáticamente expuestos a ser convertidos en objetos de usar y tirar cuando llegan a la adultez

Tenancingo no es una anomalía. Es una advertencia. En cierto sentido, una radiografía ampliada de un sistema global que vincula pobreza, desigualdad y explotación económica. Lo que incomoda no es solo lo que muestra. Es lo que sugiere que no estamos ante fallos puntuales del sistema, sino ante su funcionamiento más básico.


[1] El pueblo donde las niñas son vendidas para la prostitución al nacer. https://www.abc.es/xlsemanal/pueblo-mexico-ninas-vendidas-prostitucion-nacer-20260615125128-ntrc.html?ref=https%3A%2F%2Fwww.abc.es%2Fxlsemanal%2Fpueblo-mexico-ninas-vendidas-prostitucion-nacer-20260615125128-ntrc.html

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