Desposesión de derechos constitucionales

En los últimos años hemos debatido intensamente -hasta el hartazgo- sobre la ruptura del pacto constitucional que regula la distribución territorial del poder político. Y casi nada de la ruptura del pacto social que contiene la Constitución de 1978. Esta prioridad en la agenda política no es un fenómeno exclusivamente español, sino global. Cuando el conflicto social, antaño llamado lucha de clases, pierde centralidad política su espacio lo ocupa el agravio comparativo, que es hoy el “gran motor de la historia”.

La reciente sentencia del Tribunal Constitucional, que avala el despido objetivo por ausencias al trabajo, aún justificadas, nos brinda la oportunidad de someter al debate político el intenso proceso de desposesión de derechos constitucionales en el orden social sufrido en los últimos años.
El pacto constitucional del 78 fue el resultado de muchos equilibrios, también de impotencias recíprocas entre las dos fuerzas en pugna, inmovilismo y ruptura. Como todas las constituciones es un texto abierto y por escribir, que la política, con las correlaciones de fuerza de cada momento, va redactando.

Con la mirada de hoy, el contenido social del pacto constitucional es quizás el más rupturista de todos, en aspectos como el papel de los sindicatos (artículo 7 CE), la amplitud de los derechos fundamentales, de otros derechos sociales y también por los mandatos que la Constitución remite a los poderes públicos.

Pero su contenido sufrió desde los primeros años -coincidiendo con una grave crisis económica mundial- las consecuencias de un desarrollo legal cicatero. Y en décadas posteriores un proceso de desposesión de derechos constitucionales, que alcanza su máxima expresión en la última doctrina del Constitucional.

Este proceso se manifestó en primer lugar como resistencia del poder político a desarrollar algunos de los derechos reconocidos en la Constitución y por un olvido mayúsculo de los mandatos que los poderes públicos reciben en el ámbito social de la Carta Magna.

Comenzando por la huelga, derecho fundamental de especial trascendencia, por el que las personas trabajadoras persiguen reequilibrar los profundos desequilibrios de poder entre capital y trabajo, especialmente en tiempos de globalización, y convertir la igualdad formal en igualdad real.

La huelga continúa aún hoy regulada por una norma pre-democrática de 1977, afortunadamente reinterpretada en sentido amplio por el Constitucional, por cierto, el mismo Tribunal aunque con una composición distinta, que hoy restringe sistemáticamente los derechos constitucionales.

La oposición a este desarrollo legislativo del derecho de huelga tiene en Felipe González su máxima expresión. En abril del 1993, ejerciendo de su personaje preferido, el de Mandarín político, impidió in extremis la aprobación de una Ley reguladora de la huelga, que nos hubiera dotado de seguridad jurídica y protegido del uso abusivo de los servicios mínimos que utiliza el poder político como si de un piquete anti-huelga se tratara. El entonces presidente del Gobierno forzó la convocatoria de elecciones anticipadas el mismo día que el Congreso de Diputados iba a aprobar en segunda lectura un Proyecto de Ley de Huelga, que había pasado ya por el Congreso y el Senado, a partir de un pacto del Grupo Parlamentario Socialista, dirigido por Alfonso Guerra, con CCOO y UGT. La disolución anticipada de las Cortes ese día y no 24 horas después tuvo como objetivo evitar la aprobación de una Ley que regulaba ampliamente el derecho de huelga.

Son muchos otros los derechos sociales, protegidos constitucionalmente, que no se pueden ejercer en la práctica por falta de desarrollo legal. Entre ellos el derecho a la vivienda, en el que las pocas políticas practicadas han estado más al servicio de apoyar al sector de la construcción en épocas de crisis, por la vía de incentivar la demanda de propiedad, que de garantizar un derecho social de ciudadanía. El margen constitucional, a pesar de la gran potencia reguladora de facto del mercado inmobiliario, es mucho mas amplio de lo que se reconoce por el poder político. Incluso cuando topa con el derecho a la propiedad, que no olvidemos es un derecho que la propia Constitución condiciona a su función social (art. 33 CE).

Esta desposesión de derechos constitucionales no es solo responsabilidad de los gobiernos centrales. En el ámbito autonómico tenemos ejemplos múltiples, especialmente con gobiernos de la derecha, sea española o catalana, en relación a restricciones en el derecho a la salud. O en el impuesto de donaciones y sucesiones que algunas CCAA, gobernadas por el PP y Ciudadanos, han hecho desaparecer. Obviando que la Constitución condiciona la herencia a los límites de su función social, porque para las derechas propiedad privada y herencia son los únicos derechos ilimitados.

Quizás el mandato constitucional que mejor expresa la gran potencialidad no explotada de nuestro Constitución sea el art. 129. 2 que mandata a los poderes públicos a establecer los medios que faciliten el acceso de los trabajadores a la propiedad de los medios de producción (no se alarmen, han leído bien).

La segunda vía de desposesión de derechos constitucionales ha venido de la mano de la acción legislativa restrictiva de estos derechos. El caso más evidente es el del derecho al trabajo del artículo 35 de la CE, completamente desfigurado a través de las muchas contra-reformas laborales, comenzando por la de 1984.

La generalización de la contratación temporal sin causa, la ampliación de las causas de rescisión de contratos, la progresiva desaparición del despido nulo con readmisión obligatoria y de los salarios de tramitación han vaciado de contenido el derecho constitucional al trabajo. De la misma manera que han hecho con el derecho de negociación colectiva -contenido esencial del de libertad sindical- al legalizar que el empresario pueda unilateralmente ignorar la fuerza vinculante de los convenios.

Aunque la vía de desposesión de derechos constitucionales más profunda y de mas gravedad es la subversión del orden constitucional provocada por la reciente doctrina del Tribunal Supremo y especialmente del Tribunal Constitucional. Se ha producido una derogación de facto del texto constitucional, al margen de los procedimientos establecidos, en contra de la voluntad del constituyente e ignorando la sobada soberanía nacional.

Ejemplos de esta subversión del orden constitucional los tenemos en las sentencias del Constitucional sobre la Reforma Laboral del 2012. En ellas el Tribunal, olvidándose de toda su doctrina anterior y sin mediar justificación alguna, establece un nuevo orden de valores, principios y derechos constitucionales. Se inventa literalmente otra constitución.

Lo explica magistralmente Fernando Valdés da Re en sus votos particulares a las sentencias dictadas. En ellos se advierte que el Constitucional otorga al legislador ordinario, unas Cortes Generales con mayoría absoluta del PP y apoyo de CIU, funciones cuasi constitucionales para modificar aspectos claves de la Constitución. Y denuncia que el Tribunal incorpora un curioso criterio de análisis de la constitucionalidad de las leyes, la situación económica adversa del momento. Que dicho a lo bruto, pero con rigor, significa que los derechos constitucionales quedan en suspenso, incluso en su contenido esencial, cuando hay crisis económicas. En la practica esas sentencias vacían de contenido esencial derechos constitucionales como el derecho al trabajo (art 35 CE) y negociación colectiva (art 37 CE) entregando su contenido pleno al legislador de cada momento, que puede por esa vía reformar la Constitución, sin seguir el procedimiento previsto para ello. Y eso es lo que ha sucedido.

Esta subversión del orden constitucional se ha puesto de nuevo en evidencia con la sentencia dictada estos días en relación al despido objetivo por faltas de asistencia al trabajo, incluso las justificadas. En ella el Constitucional dice literalmente que el derecho al trabajo, incluso cuando esta relacionado con el derecho a la salud, puede ser limitado por el derecho a la libertad de empresa y al objetivo nacional de la productividad.

Otra vez a lo bruto, pero con rigor, si el Constitucional argumenta que la defensa de la productividad legitima el despido de una persona por ausencias al trabajo aún justificadas, lo que está haciendo el Tribunal Constitucional, además de erosionar el derecho a la salud, al que los trabajadores deben renunciar si quieren conservar su empleo, es vaciar de contenido el derecho al trabajo. Un derecho (art 35 CE) que incluye el no ser despedido sin mediar “justa causa”. Primar la lucha contra el absentismo laboral -causa alegada por el legislador y el Constitucional- por encima de estados de enfermedad justificados y ajenos a la voluntad del trabajador supone una verdadera subversión del orden de valores constitucionales.

Llegados a este punto, deberíamos hacernos la pregunta de cómo ha sido posible este proceso de subversión del orden constitucional y desposesión de derechos constitucionales en el ámbito social. Sin duda ha incidido el desequilibrio de poderes entre una economía global y una política estatal. También la hegemonía ideológica del neo-liberalismo global que se expresa en algunas sentencias del Tribunal de Justicia de la Unión Europea (casos Vicking, Laval y Rüfert) en la que la libertad de mercado y de empresa priman sobre los derechos colectivos de huelga y negociación colectiva.

Pero hay razones específicas de la política española, entre ellas el desconcierto de unas izquierdas que se mueven entre la subalternidad ideológica del socialismo español – muy evidente en la resistencia del PSOE a derogar la reforma laboral del 2012- y el infantilismo político de las izquierdas alternativas. Me refiero al error mayúsculo de no detectar la potencialidad constitucional en materia social y no defenderla con uñas y dientes.

Aún hoy, algunos esperamos de Pablo Iglesias una explicación política del abrupto tránsito táctico de presentar la Constitución como expresión máxima del maléfico “Régimen del 78” a considerarla la Biblia que contiene todas las verdades reveladas.

Ha llegado el momento de decir que en vez de un Proceso Constituyente, impensable con la correlación de fuerzas actual, lo que deberían hacer las izquierdas diversas es impulsar un Proceso Reconstituyente por el que recuperar los derechos constitucionales de los que hemos sido desposeídos. Seria una buena estrategia para ocupar el inmenso vacío político dejado entre una izquierda ideológicamente subalterna y otra afectada del síndrome adolescente del adanismo. Y para que no haya confusión alguna, eso no va de siglas -con las que hay hoy nos sobra- sino de políticas, que son las que faltan.

Joan Coscubiela
Fuente: Eldiario.es

NOTA DE PRENSA. Amor en la política. Ayer y hoy.

El mundo no es un basurero. Nuestra sociedad se sostiene gracias a miles de millones de pequeños actos de trabajo solidario. Investigadores, obreros, enfermeros… aportan el trabajo, el amor, siendo así el primer protagonista de la vida.

Sin embargo en nuestro mundo hay desigualdades enormes propiciadas por mecanismos económicos, políticos y culturales.

Frecuentemente personas de buena voluntad intentan mejorar y mejoran las cosas desde la política, desde los ayuntamientos, el Parlamento… la ONU, con logros incuestionables como la Democracia y con flagrantes limitaciones como no poder impedir todas las muertes en el Mediterráneo, acabar con las condiciones de cuasi esclavitud de los repartidores en bicicleta… El testimonio de amor personal no alcanza. Es indispensable elevar el amor también a su dimensión institucional.

Por eso, ahora más que nunca, es necesario meter el amor en la política. En la Casa Emaús vamos a encontrarnos el 26 y 27 de octubre para no derrocharlo, para compartirlo. Vamos a conocer a pequeños gigantes que han metido el amor en la política. Conoceremos la vida y el pensamiento del 2º Secretario General de la ONU Dag Hammarskjöld, de Emmanuel Mounier el filósofo personalista francés más conocido del siglo XX, de Luis Lucía perseguido tanto por la República como por Franco. De igual manera profundizaremos en el camino que nos muestran Camilo Sánchez, el alcalde canario al que el Tribunal Constitucional le prohibió gobernar el municipio con democracia real de los vecinos y de Julián Gómez del Castillo principal editor, en España, de libros sobre problemas de los empobrecidos.

Toda esta experiencia la traemos a nuestro encuentro para -como ellos- meter el amor en política. Y debatiremos no sobre ellos sino sobre el futuro, sobre como seguir transformado la sociedad. Ahora más que nunca la política necesita amor.

En el encuentro se presentará la edición del libro “Amar a los demás: Política. Cuatro alcaldes que amaron.” de equipo Manolo Morillo de Zaragoza con los testimonios de Antonio García Quintana de Valladolid, Giorgio Lapira de Florencia, Camilo Sánchez de Santa Lucía Tirajana y de Francisco Beltrán de Fraga.

“El problema de los demás es igual al mío. Salir de él todos juntos es la política. Salir solo, la avaricia” Lorenzo Milani.

Carta abierta: Contra el nuevo nacionalismo. Un llamamiento a nuestros compañeros cristianos

Cuando se trata de reflexionar en serio sobre las diferentes posturas políticas que operan en la sociedad basadas en la fe de los que las promueven y en especial cuando estás nacen inspiradas en el cristianismo es necesario poner atención.

Hace alguna semana la revista Commonweal publicó una carta abierta sobre el inquietante aumento del nacionalismo, especialmente entre algunos cristianos, en los Estados Unidos. Un grupo de intelectuales cristianos pone encima de la mesa el debate y responder a esta preocupación exige, cuando menos conocimiento de los planteamientos.

Creemos, como los editores de Commonweal, que darla a conocer es un servicio a la sociedad. Por este motivo ofrecemos nosotros también esta versión en castellano.


Cada día más signos apuntan a un tremendo cambio en el conservadurismo estadounidense lejos del consenso previo y hacia el nuevo nacionalismo de Donald Trump. Esto es evidente no solo en la reciente “Conferencia de Acción Política Conservadora”, celebrada en julio en Washington, DC, sino también en el manifiesto firmado por varios cristianos que parecen ansiosos por abrazar el nacionalismo como compatible con la fe cristiana. Sin cuestionar a individuos específicos, como compañeros intelectuales cristianos, teólogos, pastores y educadores cristianos, respondemos a este acercamiento con tristeza, pero también con un claro y firme No. Somos ortodoxos, católicos y protestantes; Republicanos, demócratas e independientes. A pesar de nuestras diferencias confesionales y políticas, estamos unidos por la convicción de que hay ciertas solidaridades políticas que son anatema para nuestra fe cristiana compartida.

En la década de 1930, muchos pensadores cristianos importantes en Alemania creían que podían lograr una alianza con el emergente nacionalismo iliberal. Destacados teólogos como Paul Althaus y Friedrich Gogarten creían que el movimiento nacionalsocialista ofrecía una nueva oportunidad para fortalecer el orden social y la cohesión en torno a la identidad cristiana. Pero algunos cristianos se resistieron de inmediato, más visiblemente en la Declaración de Barmen de 1934, que rechazó los compromisos del cristianismo “alemán” y sus atroces distorsiones del Evangelio.

Nuestra situación en 2019 es seguramente diferente, pero los cristianos estadounidenses ahora enfrentan un momento cuya violencia mortal ha traído a la mente tales analogías. Una vez más, observamos cómo los demagogos demonizan a las minorías vulnerables como alimañas o fuerzas invasoras que debilitan a la nación y deben ser eliminadas. Una vez más, observamos cómo compañeros cristianos sopesan fusionar su fe con la política nacionalista y etno-nacionalista para fortalecer su posición cultural. Una vez más, las mayorías étnicas confunden su bloque político con el cristianismo mismo. En este tiempo caótico, los líderes cristianos de todas las tendencias deben ayudar a la iglesia a discernir los límites de alianzas políticas legítimas. Esto es especialmente cierto frente al creciente racismo en Estados Unidos, donde los no blancos son el blanco de actos abominables de violencia como el tiroteo masivo en El Paso.

Para ser claros, nacionalismo no es lo mismo que patriotismo. El nacionalismo forja la pertenencia política a partir de identidades religiosas, étnicas y raciales, lealtades destinadas a preceder y reemplazar la ley. El patriotismo, por el contrario, es el amor a las leyes y la lealtad hacia ellas, por encima del líder o del partido. Tal nacionalismo no solo es políticamente peligroso sino que refleja profundos errores teológicos que amenazan la integridad de la fe cristiana. Daña el amor al prójimo y traiciona a Cristo.

  1. Rechazamos las pretensiones del nacionalismo para usurpar nuestras más altas lealtades. La identidad nacional no tiene relación con las deudas de amor que le debemos a otros hijos e hijas de Dios. Creado a imagen y semejanza de Dios, todos los seres humanos son nuestros vecinos, independientemente de su condición de ciudadanía.
  2. Rechazamos la tendencia del nacionalismo a homogeneizar y reducir la iglesia a un solo ethnos. La iglesia no puede ser ella misma a menos que esté llena de discípulos “de todas las naciones” (panta ta ethné, Mateo 28:19). Ciudades, estados y naciones tienen fronteras; la iglesia, nunca. Si la iglesia no es étnicamente plural, no es la iglesia, que requiere una diversidad de lenguas por obediencia al Señor.
  3. Rechazamos la xenofobia y el racismo de tantas formas de etno-nacionalismo, explícito e implícito, como pecados graves contra Dios el Creador. La violencia contra los cuerpos de las personas marginadas es la violencia contra el cuerpo de Cristo. La indiferencia al sufrimiento de los huérfanos, refugiados y prisioneros es la indiferencia a Jesucristo y su cruz. La ideología de la supremacía blanca es obra del anticristo.
  4. Rechazamos la afirmación del nacionalismo de que el extranjero, el refugiado y el migrante son enemigos del pueblo. Cuando el nacionalismo teme al extranjero como una amenaza para la comunidad política, la iglesia da la bienvenida al extranjero como necesario para la comunión plena con Dios. Jesucristo se identifica a sí mismo con el pobre extranjero encarcelado que necesita hospitalidad. “Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis”(Mateo 25: 41-43).
  5. Rechazamos la inclinación de los nacionalistas a la desesperación cuando no podemos monopolizar el poder y dominar a los oponentes. Cuando los cristianos cambian de mayoría a minoría en un país determinado, no deben distorsionar su testimonio para permanecer en el poder. La iglesia sigue siendo la iglesia incluso como una minoría política, incluso cuando no puede influir en el gobierno o cuando se enfrenta a la persecución.

Con caridad y con esperanza, instamos a nuestros hermanos cristianos a repudiar las tentaciones y las falsedades del nacionalismo. La política xenófoba, incluso cuando se viste de noble crítica social, solo puede llevarse a cabo en contradicción con el Evangelio. Una verdadera cultura de la vida acoge al extranjero, abraza al huérfano y venda las heridas de todos los que son nuestros vecinos, todos los que yacen sin vida al borde del camino, mientras los piadosos pasan de largo en silencio.

David Albertson
Profesor Asociado de Religión, Universidad del Sur de California
Jason Blakely
Profesor Asociado de Ciencias Políticas, Universidad Pepperdine.
P. Greg Boyle, SJ
Fundador de Homeboy Industries
Anthea Butler
Profesor Asociado de Estudios Religiosos y Estudios Africanos, Universidad de Pennsylvania
William Cavanaugh
Director del Centro de Catolicismo Mundial y Teología Intercultural, Profesor, Universidad DePaul.
Douglas E. Christie
Profesor de Estudios Teológicos, Universidad Loyola Marymount.
M. Shawn Copeland
Profesor Emérito, Boston College
George Demacopoulos
P. John Meyendorff y Patterson Family Chair de Estudios Cristianos Ortodoxos, Universidad de Fordham
Gary Dorrien
Reinhold Niebuhr Profesor de Ética Social, Seminario Teológico de la Unión y Profesor de Religión, Universidad de Columbia.
Orlando Espin
Profesor de Teología y Estudios Religiosos, Universidad de San Diego.
Massimo Faggioli
Profesor de Teología Histórica, Universidad de Villanova.
Eddie S. Glaude Jr.
James S. McDonnell Distinguido Profesor Universitario de Estudios Afroamericanos, Universidad de Princeton
Cecilia González-Andrieu
Profesor Asociado de Teología y Estética Teológica, Universidad Loyola Marymount
Brad S. Gregory
Dorothy G. Griffin Profesora de Historia del Colegio, Universidad de Notre Dame
Paul J. Griffiths
David Gushee
Distinguido profesor universitario de ética cristiana y director del Centro de teología y vida pública de la Universidad de Mercer
David Bentley Hart
Stanley Hauerwas
Duke Divinity School
Paul Lakeland
Aloysius P. Kelley SJ Profesor de Estudios Católicos, Universidad de Fairfield
El p. Mark Massa, SJ
Director, Centro de Religión y Vida Pública Estadounidense de Boisi, Profesor de Teología, Boston College
P. Bryan Massingale
Cátedra Buckman de Ética Cristiana Aplicada, Universidad de Fordham
Brian McLaren
autor / orador / activista
Francesca Aran Murphy
Profesora de Teología Sistemática, Universidad de Notre Dame.
Aristóteles Papanikolaou
Profesor de Teología y Arzobispo Demetrios Cátedra de Teología y Cultura Ortodoxa, Universidad de Fordham
Frank A. Thomas
Nettie Sweeney y Hugh Th. Profesor Miller de Homilética, Seminario Cristiano Teológico
Miroslav Volf
Henry B. Wright Profesor de Teología, Yale Divinity School
Cornel R. West
Profesor de la práctica de filosofía pública, Harvard Divinity School

Nota final: este texto no es una editorial de la revista Commonweal ni en él han participado ninguno de sus editores

Queja ante el Defensor del Pueblo: migrantes en la calle

Queja presentada por la Mesa por la Hospitalidad de la Archidiócesis de Madrid por dejar en la calle a mujeres embarazadas, bebés, y niñas y niños (en algún caso con parálisis cerebral).
La responsabilidad, en este estricto orden es del Gobierno de la Nación (responsable único de la protección internacional), la Comunidad de Madrid, y el Ayuntamiento de Madrid.

Rechazamos el aborto porque somos de izquierdas

Todos los partidos políticos parlamentario de derecha y de izquierda defienden el sistema capitalista y todos ellos son abortistas.

Durante el gobierno de Aznar el aborto aumentó en España el 37%. La política del PP en esa materia provocó que, de hecho, se practicara el aborto libre. Zapatero lo legalizó como derecho, a la vez que aplicaba un programa político y económico neoliberal-capitalista. El actual gobierno del PP ha retirado su reforma sin plantear ninguna medida para la erradicación del aborto, ni de las causas políticas, económicas y culturales que subyacen.

Porque somos socialistas, nos oponemos al aborto y a su legalización. Por la misma razón que nos oponemos a todo atentado a la vida: pena de muerte, torturas, hambre, armamentismo, guerras, destrucción del entorno natural…

Sostenemos que son los valores que la izquierda debe defender. Somos socialistas autogestionarios, porque defendemos la socialización de los medios de producción, porque luchamos contra la explotación del hombre por el hombre, contra la explotación del imperialismo sobre los pueblos. También porque defendemos la vida humana como valor supremo.

En el mundo han sido regímenes totalitarios, comunistas, nazis y liberales capitalistas, los que han legalizado el aborto. Han sido hombres como Robert McNamara el de Vietnam y el Banco Mundial, quienes más han impulsado la aceptación del aborto, los que lo han impuesto como algo conveniente para dominio del capital multinacional. Hitler lo negó para su “raza” aria, pero lo impuso para los demás sobre su dominio.

Hay vida, y vida humana personal en el óvulo fecundado que anida en la madre. Y se destroza una vida humana (horrible crueldad) al destruirle. No es parte del cuerpo de la madre; es un ser humano distinto. Como los ancianos, como los discapacitados, los incurables… todos aquellos a los que la permisión del aborto pone en la lista de futuros condenados, porque no se les va a considerar personas humanas con derecho a la vida, sino partes molestas de una sociedad que no les considera “productivos”.

No hay en nuestros días una afirmación más reaccionaria –contra todo lo que se diga-que la del derecho de una persona sobre la vida del hijo no nacido. Es el derecho de propiedad más absoluto concebible, más allá del derecho del amo sobre el esclavo. Y es una vergüenza para la izquierda que levante la bandera de ese pretendido derecho. Y más aún, que se deje que la derecha monopolice hipócritamente la oposición al mismo.

Rechazamos esa postura vergonzosa, de la que la izquierda, en la medida que han avanzado los conocimientos de embriología, tiene que liberarse. No sólo somos de izquierda y rechazamos el aborto, sino que lo rechazamos precisamente por serlo. La vida humana es un valor supremo desde la concepción hasta la muerte natural. Y a partir de esta afirmación tenemos que desarrollar una acción decidida contra el hecho real del aborto combatiendo las causas, ayudando eficazmente a las familias, asistiendo legal y socialmente a la madre soltera, tanto a la que desea quedarse con su hijo como a la que quiera darlo en adopción.

El aborto es un odioso acto de violencia realizado contra los no nacidos y contra las madres. La izquierda debe hacer que el vientre de la madre sea el lugar que la naturaleza ha hecho que sea: el lugar más protegido. Y que la sociedad entera lo sea también, para la madre y para los niños, antes y después de nacer

Trágica confusión en el pueblo cristiano

A propósito de las próximas elecciones.

Parto de la base de que un político o un grupo político cualquiera, en un país que se dice libre, y hasta en uno que no lo fuese, es libre de proponer y defender (hasta de forma heroica), lo que considere mejor para el futuro del pueblo al que quiere servir. Y doy también por supuesto que todos los votantes, católicos y no católicos, son perfectamente libres de votar a la opción que consideren mejor para la sociedad en que viven. Más aún, voy a dar por supuesto que, tanto los políticos cuando hacen sus propuestas como los votantes cuando votan, lo hacen de hecho con la mejor voluntad de servicio, y quieren lo mejor (al menos para sus hijos y para sus amigos y para los hijos de sus amigos). Unos, quiero creer, proponen lo mejor que saben, y otros votan lo mejor que pueden.

Yo soy un pastor de la Iglesia Católica. Pues bien, en los últimos meses, he venido oyendo, con sorpresa y tengo que decir, con una preocupación creciente, y en ambientes que se consideran verdaderamente católicos, que en las próximas elecciones van a votar a una opción política que ellos ven como la más cercana a “la visión cristiana del mundo”. Por desgracia, en las circunstancias actuales de la Iglesia y de la sociedad, lo que eso revela sobre todo es que una parte muy considerable de quienes nos decimos católicos ya no sabemos lo que es el cristianismo, y eso nos permite confundirlo con cualquier ideología o “espiritualidad”, venga del lado que venga, desde las más caras y lujosas (con SPA incluido) hasta las de todo a euro. Ya pasó con el marxismo, y luego (o antes, incluso) con el nacionalismo. Lleva varios siglos pasando con el liberalismo, y pasará con las que vengan. Pasará con cualquier oferta que tenga un buen marketing en el mercado de lo espiritual y de los valores, a menos que suceda una verdadera conversión: el despertar de una fe que tiene en sí misma todo el potencial que se necesita para rejuvenecer el mundo, sin el apoyo sobrevenido de ningún régimen o de ningún grupo político, pero que lleva en nosotros demasiado tiempo dormida, engañada y confundida.

De ese sueño de la fe católica nace la parálisis del pensamiento cristiano en nuestra tierra, pero no sólo en el ámbito de dentro de la fe, sino en la política y en la economía, en el matrimonio y en la familia, en la estética y en la organización del trabajo, en el cuidado de la tierra y en todas las cosas que tienen que ver con lo humano (que son todas). La miopía de ese catolicismo es tal que ni siquiera se da cuenta de que quién tiene más interés en el crecimiento y el (relativo) éxito de esas propuestas de las que hablo, y que coquetean con él, son precisamente los grupos dispuestos a todo con tal de fracturar al pueblo español y desarraigarlo total y definitivamente de su tradición cristiana. Por muy paradójico que parezca, votar a una cierta “derecha” es votar a una cierta “izquierda”, hasta el punto de que esa “derecha” parece a veces casi subvencionada. Desde luego, es esa “cierta” izquierda quien la provoca y la hace crecer y la alimenta gustosamente. Y es necesario que eso se sepa. Y es necesario que un pastor de la Iglesia lo diga. Y luego, si uno lo sabe y aun así quiere votarles, porque sigue pensando que es lo mejor para todos, pues que los vote, pero que sea consciente de lo que hace. En la tradición moral cristiana, sólo lo que se hace consciente y libremente tiene valor moral, y es un acto propiamente humano (son las dos únicas cosas que la Iglesia pide para que un matrimonio sea matrimonio).

Pero, entonces, me dicen amigos míos, un católico no tiene a quién votar. Conste que entiendo perfectamente la indignación de un pueblo que se ha visto traicionado en casi todo por aquellos a los que habían elegido como sus representantes, y entiendo el deseo de castigarles con el voto, ya que votar una vez cada cuatro años es (casi) lo único que se puede hacer para contribuir de algún modo configurar a la sociedad que deseamos. Pero me temo que no hemos aprendido la lección, y estamos, una vez más, dispuestos a caer (y más hondo todavía) en la misma trampa. Sí, no hay un partido “cristiano”. ¡Pues claro! ¿Qué esperábamos? No estamos en un mundo cristiano. ¿O es que no nos habíamos dado cuenta? ¿Y qué pasa? ¿Y si ésa fuera precisamente la oportunidad que Dios nos da para que supliquemos de nuevo con seriedad “la fe y el Espíritu Santo”, y para volver a ser cristianos —simplemente cristianos— en un mundo que, diga lo que diga, se muere de sed del Dios de Jesucristo? No necesitamos ni un partido ni un gobierno que “apoye” a los cristianos. No es el pueblo cristiano el que tiene necesidad de que los políticos apoyen su visión del mundo, son más bien un cierto tipo de políticos los que buscan ansiosamente el apoyo del pueblo cristiano, y tratan a toda costa de hacernos creer que es al revés.

La verdad es que llevamos tanto tiempo apoyándonos en esos “falsos” apoyos que sin darnos cuenta hemos perdido la fe. Y nada necesitamos tanto como un poco de aire libre que nos cribe y nos purifique. Y nos vuelva a enseñar a ser cristianos “a la intemperie”, y no sólo alrededor de nuestra mesa camilla. Los cristianos de los primeros siglos tenían unos emperadores que no les trataban precisamente bien, ni les tenían mucha simpatía. En algunos lugares se acusaba a los cristianos de comer niños. En otros, de ser ateos en un mundo saturado de dioses. Por ahí andamos… Los cristianos rezaban por esos emperadores enemigos suyos. Es verdad que aquellos cristianos antiguos no tenían que votar a los emperadores. Y hasta da la impresión de que no les preocupaba demasiado quién fuera el emperador. Pero ser cristiano en aquel mundo significaba casi siempre “jugársela”, de una manera o de otra. Y sin embargo, ellos no delegaban su respuesta al amor de Dios en las estructuras del imperio, para que el imperio respondiera a Dios en nombre suyo. La verdad es que jamás la Iglesia creció tanto como en aquellos primeros siglos. Tanto y tan libremente.

Cuando hablo así no estoy tampoco invitando a la abstención. Que, por supuesto, también es legítima, si uno cree verdaderamente que es lo mejor que puede hacer. Pero nada más lejos de mi pensamiento. Porque quien se abstiene, como quien vota en blanco, también vota, sólo que vota al grupo que resulte mayoritario. Es decir, vota al que vaya más “con la corriente” cultural dominante, o al que mejor haya manipulado las masas en la carrera electoral hacia el poder.

Ya sé que muchos van a decir que un pastor de la Iglesia no debe “meterse” en “política”, porque la religión no tiene nada que ver con la política. Este razonamiento es diabólico, pero no me voy a detener a demostrarlo. Es un razonamiento diabólico, aunque sea uno de los mantras más repetidos en ciertos círculos católicos, de todo tipo, pero más aún en los supuestamente conservadores. Lo cierto es que ese mantra lo tenemos tan inoculado en nuestro ADN moderno, nos parece tan evidente, que no creemos siquiera que sea útil pensarlo, y mucho menos someterlo a crítica. En todo caso, un pastor tiene, creo yo, una cierta obligación de “salvar su alma” el día que tenga que responder de ella en el juicio de Dios (que es el único que realmente importa). Y eso incluye para él ante todo el haber tratado de guiar y de iluminar a su pueblo, también lo mejor que sabe, en los avatares de la historia. Guiar es también evitar que caiga en las trampas que hay por el camino, y más aún “cuando es de noche”. Y más aún, cuando el pueblo de Dios está propenso a enfermar gravemente, dejándose seducir tan solo con que algunos cantos de sirena dejen caer hábilmente de vez en cuando citas de algún santo o de algún papa. Alguien me ha dicho hace poco que a Mao le gustaba leer a Santa Teresa y a San Juan de la Cruz. Curioso, verdaderamente curioso…

Lo siento mucho, pero en ningún caso yo creería haber cumplido con mi deber de pastor si dejo que el pueblo que el Señor me ha confiado confunda esos fuegos artificiales con la luz que brilla en los mártires y en los santos, y en la Gran Tradición de la Iglesia. Porque con la excusa de “no meterme en política”, resultaría que estaría ofreciendo mi incienso y mi adoración a la política (y a la religión) del imperio, que es quien se ha inventado esa historia de que religión y política no tienen nada que ver la una con la otra, con el resultado útil (para el imperio) de una enorme debilitación y una confusión creciente de la fe de los cristianos. Resultaría también que yo habría renegado de Jesucristo (porque Jesucristo habría muerto en vano), y habría adoptado a cambio la religión liberal, ya sea en su variante enteramente secular o en su variante secular a medias (es decir, aparentemente católica). Esa religión liberal no sólo está expuesta a todas la críticas de la religión de los siglos diecinueve y veinte, sino que en gran parte se las merece, se las ha ganado a pulso.

Pero hay que decirlo, esa religión no es el cristianismo. No es lo que ha nacido del costado abierto de Cristo la tarde del Viernes Santo y no es la nueva creación que ha empezado a brotar la mañana de Pascua. No. Esa religión es más o menos la del deísmo y la de la masonería, la de los padres de la economía política y la de los padres de la constitución americana. Revestida o no de restos de vocabulario cristiano, es una religión tan inconsistente intelectualmente y tan pobre, que ni mi mente ni mi cuerpo me piden que me apunte a semejante cosa. Esa religión es la fábrica más eficaz de falsos creyentes, de no creyentes (y de resentidos) que ha conocido la historia cristiana en veinte siglos.

El cristianismo es la afirmación de un hecho, la encarnación, la muerte y la resurrección del Hijo de Dios, y la experiencia del derramarse el Espíritu de Dios sobre los hombres “de todas las naciones” mediante la fe en Jesucristo y la pertenencia a él en ese misterioso cuerpo suyo que es la Iglesia. El cristianismo, podría decirse en síntesis, es la experiencia del Amor infinito de Dios que se nos da en Jesucristo y en la comunidad generada por ese regalo increíble a la humanidad que es Jesucristo. Es la experiencia de vivir y morir ya en la vida eterna y en el horizonte de la vida eterna. Por supuesto, que un hecho así tiene consecuencias para todos los hombres, de todas las culturas, y en todos los ámbitos de la vida.

Esas consecuencias no son inmediatas. Requieren, por lo general, tiempo, y muchos mártires y testigos y maestros de la fe. La Iglesia tuvo desde el primer día que evangelizar y educar a “partos, medos, elamitas, cretenses y árabes…”, a Grecia y a Egipto, al norte de África y a Etiopía, a los pueblos germánicos y a los pueblos eslavos, a la Roma pagana, y a Mesopotamia y a Persia, que eran paganas de otra forma, y a los pueblos del Cáucaso (Armenia y Georgia), y a Kerala en la India, y a América, del Centro, del Norte y del Sur, y a China, y a Vietnam y a Filipinas, y a Corea, y al Japón. El hecho cristiano acoge todo lo que hay de verdadero, bello y bueno en cualquier cultura, y en el curso del tiempo lo purifica y lo enriquece y se enriquece con ella. Pero en ninguna cultura se siente extraño Jesucristo, y ninguna es del todo extraña a Jesucristo. San Juan Pablo II decía que “el profundo estupor ante la dignidad de la persona humana se llama evangelio, se llama también cristianismo”. El cristianismo, cuando es vivido, sostiene el valor de toda persona humana, de toda vida humana como vocación a la vida eterna. Y de ahí nace un especialísimo amor a todo lo humano: en primer lugar a la razón y a la libertad, a una libertad que no es ni la libertad liberal ni la libertad libertaria, anarquista; y también a la belleza de todo lo creado y de todo lo que hay de bueno en la historia humana. Nacen también una cierta concepción cristiana del trabajo, de la economía, de la familia, de la vida social, y de ahí una literatura, un arte, una música, toda una visión de la vida, de la creación y de la historia. [Por cierto, que la concepción cristiana de la familia, la familia cristiana, no es para nada lo mismo que lo que feministas “progres” y otros ideólogos suelen llamar la familia tradicional; eso que ellos llaman “la familia tradicional” no es más que la familia burguesa, por lo general machista, con un pedigrí que no va más allá del amor cortesano del siglo XIII, ya influido por el islam; y es esta concepción de familia la que hoy se descompone sin remedio. Pero volvemos a lo mismo. Que también en esto se nos ha olvidado lo que es el cristianismo. Y también habrá que explicarlo con más detalle en otra ocasión.]

Pero pensar que se puede sostener esa “visión del mundo” (o a algunos aspectos selectivos de ella) sin la fuente de donde esa visión brota y se mantiene viva, ésa es la trampa más grande en que los cristianos llevan cayendo una y otra vez al menos desde el siglo diecinueve. Pensar que se puede hacer una cultura cristiana sin Cristo, sin la gracia de Cristo, sin la pertenencia a Cristo y al pueblo nacido de la Pascua es un insulto, no a la fe cristiana, sino a Jesucristo. Aunque estuvieran intactos todos los elementos de esa cultura cristiana —que nunca lo están, sencillamente porque la vida profunda de la Iglesia es de origen divino—, la mayor bofetada que un cristiano puede darle a quien proclama como su Señor es creer —y hacer creer a otros— que Jesucristo es un dato adjetivo en nuestra vida, y que se puede gozar de algunos bienes que Jesucristo ha inaugurado en la historia sin necesidad de él, de su gracia y de la pertenencia a su pueblo.

Digo que cuando falta esa pertenencia fiel a la Iglesia y a Cristo —a Cristo vivo en la Iglesia de hoy, guiada por el Papa Francisco, el Vicario de Cristo y el Sucesor de Pedro—, nunca están todos los elementos de la cultura cristiana, sino sólo unas apariencias ambiguas. Ya he dado la razón verdadera para ello. Por ejemplo, esa “cultura de la familia y de la vida” que ahora se nos propone como si fuera la piedra angular del cristianismo (y el anzuelo en el que van a picar miles de cristianos de buena voluntad), no sobrevive tres minutos a la pérdida de la experiencia cristiana, y si no lo vemos a nuestro alrededor, es que estamos ciegos. Pero más aún, cuando esa supuesta “cultura de la familia y de la vida” se compagina con una defensa del capitalismo global y de la cultura del máximo beneficio, o se contrapone a la caridad social y política para con los barrios marginales de nuestras ciudades o con los emigrantes, alguna alarma roja debería encenderse en nuestra conciencia. Pues resulta que no se enciende nada, y eso es lo grave. Porque pone de manifiesto que ya no vemos a Jesucristo como el Señor (por muchas veces que usemos la palabra), como el centro de la creación y de la historia. Con otras palabras, que hemos perdido la fe. En lenguaje cristiano, eso se llama apostasía. “Apostasía silenciosa”, la llamó San Juan Pablo II. Y, por mucho que nos duela, ésa es exactamente nuestra situación. Por cierto, a comienzos del siglo pasado, en Francia, sucedió una historia parecida. No era el contexto de hoy, lo sé. El partido se llamaba entonces L’Action Française. Quería restaurar la cultura cristiana, pero sin la fe cristiana, sin Cristo. El supuesto restaurador, Charles Maurras, no era creyente. Muchos católicos lo apoyaron, de todos los niveles culturales y de todas las clases sociales. En el año 1926, la Santa Sede condenó a Maurras y prohibió a los católicos votarle. No todos siguieron la indicación de la Santa Sede. Pero la mayoría de quienes no lo hicieron terminaron echándose en los brazos de Hitler y de Mussolini.

† Javier Martínez
Arzobispo de Granada

El Parlamento ve con “satisfacción” la elaboración de un tratado de Naciones Unidas sobre empresas y derechos humanos

El parlamento foral de Navarra ha aprobado esta declaración institucional tras haber recibido la visita de Ehsan Ullah Khan, militante de los derechos humanos y contra la esclavitud infantil, en la comisión de solidaridad y convivencia. Dicha visita fue organizada por Encuentro y Solidaridad.

La Junta de Portavoces del Parlamento de Navarra ha aprobado por unanimidad una declaración institucional por la que la Cámara acoge con “satisfacción” el trabajo iniciado para la elaboración de un tratado vinculante de las Naciones Unidas sobre las empresas y los derechos humanos. Ha sido presentada por UPN, Geroa Bai, EH Bildu, PSN y PPN.

Según recoge la declaración, se considera que el tratado “aumentará la responsabilidad social de las empresas, incluido el sector de la confección”.

Además, el Parlamento de Navarra se adhiere a la petición del Parlamento Europeo que solicita a la Comisión Europea que “presente una legislación vinculante sobre obligaciones de diligencia debida para las cadenas de suministro del sector de la confección”.

La Cámara foral subraya que “esta propuesta legislativa debe estar en consonancia con las nuevas directrices de la OCDE sobre diligencia debida en el sector de la confección y el calzado, las directrices de la OCDE para empresas multinacionales que importen a la Unión Europea, la resolución de la OIT sobre el trabajo decente en las cadenas de suministro y las normas acordadas a escala internacional en materia de derechos humanos, sociales y medioambientales”.

Sobre Rosa Luxemburgo

En el centenario del asesinato de Rosa Luxemburgo, recordamos unas palabras sobre ella de Julián Gómez del Castillo al presentar su libro “Reforma o revolución“.

Rosa Luxemburgo fue una revolucionaria de cuerpo entero, capaz de “tenérselas tiesas” hasta con Lenin.

En la película que presenta su biografía y a la que da título su nombre, se presenta una secuencia de ella en la cárcel, cuando le dan el dinero que sus compañeros la envían y, ella, con gestos de evidente disgusto, gritará: “¡Libros!, ¡necesito libros, no dinero!”. Cuando ahora a nuestra izquierda oficial, PSOE e IU la vemos mendigar aumentos de sueldos o ser juzgada por la desaparición de fondos reservados, no podemos por menos que recordar la escena de “Rosa Luxemburgo”. Entre la izquierda de ayer y de hoy, hay una pequeña diferencia: a la de ayer, serlo, le costaba dinero; la de hoy: se lleva el dinero.

Rosa Luxemburgo es la teórica marxista más próxima a la autogestión. Conocer su pensamiento y proyectarle hacia el futuro puede hacer un gran bien al futuro de una izquierda real.