Lo que Europa le debe al cristianismo

Rafael Narbona

Durante estas navidades, el Parlamento Europeo ha rechazado la propuesta de exponer un Belén en su sede, alegando que podría resultar ofensivo. Cuesta trabajo comprender qué puede resultar ofensivo en una tradición que ha acompañado a la sociedad europea durante siglos. No es un secreto que la identidad de Europa es una síntesis de Roma, Grecia y Jerusalén. Si prescindimos de algún aspecto de este legado, mutilamos nuestro propio ser. El cristianismo no ha aportado tan solo la Buena Noticia, el nacimiento de Jesús, un niño judío que se revelará como el Hijo de Dios, materializando la promesa del Antiguo Testamento, según el cual la herida abierta por el pecado original solo se cerrará cuando un Salvador restaure el equilibrio roto por el hombre.

Entiendo que para muchos este razonamiento solo es mitología. Conviene recordar que las Sagradas Escrituras no pretenden ser un relato de hechos históricos contrastables mediante la metodología de las ciencias sociales, sino una narración con una dimensión mítica y un significado trascendente. Si no fuera así, no se comprendería que el robo de una manzana fuera el origen de las desgracias de la humanidad. Esa manzana quizás nunca existió y simplemente simboliza la transgresión de las normas que protegían la vida. De hecho, la muerte de Abel es una consecuencia directa del pecado original, que introdujo la violencia en las relaciones humanas, desoyendo el mandato espontáneo de no matar que nos asalta cada vez que contemplamos el rostro ajeno.

El cristianismo es un humanismo radical

Con independencia de las cuestiones teológicas, el cristianismo no se ha limitado a aportar esperanza, lo cual no es poco, sino que además ha cimentado una interpretación del hombre y la historia basada en valores atemporales, como la fraternidad, el perdón, la paz y la solidaridad. Para el cristianismo, no hay judíos y gentiles, hombres civilizados y bárbaros, patricios y esclavos, varones y mujeres, sino seres humanos con una dignidad inalienable. Nadie es insignificante. Cualquier vida posee un valor incuestionable. Frente al egoísmo, el cristianismo incita al desprendimiento y la generosidad. El clamor contra la injusticia recorre el Evangelio y el Antiguo Testamento. Los pobres, los hambrientos, los que sufren no deben ser abandonados a su suerte. Su dolor es un escándalo y hay que hacer todo lo posible por mitigarlo. Eso sí, la lucha por la justicia no puede servir de pretexto para empuñar la espada. Hay que renunciar a la violencia y la venganza. Los pacíficos son los verdaderos hijos de Dios. El amor al prójimo debe extenderse a los enemigos. Quizás pueda parecer una idea ingenua o inhumana, pero sin esa predisposición, las heridas siempre permanecerán abiertas. Europa no ha conocido una paz duradera hasta que las naciones con una tradición de enemistad han decidido estrecharse la mano, enterrando su historial de agravios mutuos.

En el cristianismo, el amor al prójimo no es algo marginal, sino una idea central. San Juan escribe: “Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, está mintiendo. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?”. El cristianismo es un humanismo radical. Pone a la persona en el centro de la vida moral y social, señalando que el hombre siempre es un fin y nunca un medio. No somete al individuo a los designios de la Historia o la Naturaleza, que justifican su inmolación, apelando a una hipotética plenitud futura. Algunos dirán que las hogueras de la Inquisición ignoraron este planteamiento. Sería absurdo negarlo, pero conviene aclarar que la Inquisición constituyó una gravísima infidelidad al Evangelio.

La Iglesia Católica no ha logrado permanecer al margen de las convulsiones de la historia. Su mensaje ha sido utilizado para justificar ideologías opuestas a sus principios más elementales. Pienso en el antisemitismo, que nace de la injusta acusación contra el pueblo judío de ser los responsables de la muerte de Jesús. Nunca me cansaré de repetir que Jesús fue ejecutado por Roma, que le consideró un alborotador más, uno de esos mesías que aparecían de vez en cuando, incitando a la rebelión. El cristianismo no es la negación del judaísmo, sino su continuación. Una hagadá de la Torá formula con inequívoca nitidez el pilar de la moral: “No hagas a tu prójimo lo que no quieres que te hagan a ti; todo lo demás es comentario”. Debemos esa “regla de oro” al rabino Hilel el Sabio (h. 110 a. C.-10 d. C.), el primer erudito que sistematizó la interpretación de la Torá escrita. En su ‘Vida de Jesús’, Ernest Renan sostiene que Hilel fue el maestro de Jesús de Nazaret. El cristianismo siempre estará ligado al judaísmo. Los Cristos rubios y de ojos azules son una grotesca caricatura que ignora los hechos históricos (Jesús probablemente tuvo la piel morena, los ojos oscuros y el cabello corto), fomentando un antisemitismo hondamente anticristiano.

La religión como pretexto

Se ha responsabilizado al cristianismo de las guerras que asolaron Europa a partir de la Reforma, pero lo cierto es que esos conflictos no nacen de disputas religiosas, sino de la búsqueda de la hegemonía de unas naciones sobre otras. La religión sirvió de pretexto. Nunca fue la causa principal. Lejos de abogar por la guerra, el cristianismo destaca la responsabilidad de cada ser humano en relación a sus semejantes. El examen de conciencia y el sentimiento de culpa nos obligan a reflexionar sobre nuestros actos y a reparar el daño causado. La culpabilidad no es un simple lastre, sino un reconocimiento objetivo de nuestros errores y un estímulo permanente para corregirlos y superarlos. La culpabilidad sería estéril sin la posibilidad del perdón. Gracias al perdón, podemos librarnos del pasado. No estamos encadenados a él como si fuera algo muerto e inalterable. Ser perdonados significa poder reescribir lo que sucedió, avanzando hacia un futuro con nuevas posibilidades. Todas las legislaciones de países democráticos se hacen eco de esta idea, señalando que el sentido de las penas no es castigar, sino rehabilitar al infractor. Jesús nunca escatimó el perdón y siempre mostró predilección por los pecadores.

El cristianismo no se mostró hostil a la carne ni al sexo. Postuló la resurrección del cuerpo y el alma porque entendió que la persona es existencia encarnada, una conjunción indivisible. Sin cuerpo, no hay historia. Es la vía de inserción en lo real y lo que nos permite forjar una identidad. El odio al sexo no es una herencia cristiana, sino una vieja enseñanza gnóstica que san Agustín asimiló, desviándose del espíritu del Evangelio. El cristianismo tampoco es enemigo de la ley. Cuando Jesús pide que se paguen los impuestos, reconoce la dimensión comunitaria del individuo. No es posible una vida humana al margen de la sociedad.

Ser ciudadano no es una opción, sino una necesidad y una obligación. Eso sí, las sociedades que utilizan al hombre como medio y no como fin carecen de legitimidad y cabe la desobediencia. En los Hechos de los apóstoles, Pedro afirma: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. La invitación a la comunidad de bienes que circula por el Evangelio incorpora a la política una perspectiva utópica. No se trata de una utopía basada en la violencia revolucionaria, sino en el ejercicio de la razón. No es posible la paz y la prosperidad en un mundo con grandes desigualdades. Solo cuando comprendamos que la verdadera felicidad consiste en compartir, saldremos de esa lógica de la acumulación y el consumo que nos convierte en esclavos de los bienes materiales.

La fuerza de la libertad

El cristianismo es una “moral abierta”, como señala Henri Bergson, que se fundamenta en la libertad. Podemos abrazarla o no. No es una “moral cerrada” que se impone mediante la fuerza. No podría ser de otro modo en una filosofía que invita a poner la otra mejilla y a compartir con nuestros semejantes el manto, la túnica o lo que sea preciso. El cristianismo siempre se solidariza con el más débil. Por eso cambió la situación de los niños en el mundo antiguo. En Roma, la vida del recién nacido dependía de la voluntad del ‘pater familias’. Si éste repudiaba al niño, se le abandonaba a la intemperie, expuesto a los elementos y a las fieras. Jesús advierte que la vida de los niños es sagrada y que más valdría atarse una rueda de molino y arrojarse al mar antes que causarles cualquier daño. Su actitud no es menos favorable hacia la mujer. Se ha recriminado al cristianismo la discriminación y postergación de la condición femenina. Ese reproche debería más bien dirigirse a las distintas iglesias, pues Jesús se rodeó de mujeres y todo indica que muchas desempeñaron un papel muy importante en las primeras comunidades.

El respeto a los derechos humanos es la piedra angular del proyecto europeo y ese compromiso no ha surgido de la nada. Es anterior a la Ilustración y, de hecho, el humanismo de los ‘philosophes’ es nítidamente cristiano. El ateísmo fue un fenómeno marginal en el Siglo de las Luces. Predominó un anticlericalismo inspirado por el rechazo a la intervención de la Iglesia Católica en los asuntos políticos. Desgraciadamente, se juzga al cristianismo por las infidelidades de la Iglesia, siempre sujeta a las imperfecciones humanas, y no por sus grandes aportaciones al progreso moral de la cultura occidental. El cristianismo depuró la herencia grecolatina y las enseñanzas de la tradición judía mediante el humanismo del Evangelio, alumbrando la idea de una civilización basada en leyes justas que garantizaran la igualdad de derechos, la protección del más débil y la fraternidad con otros pueblos.

Negarse a exponer un Belén en el Parlamento Europeo significa darle la espalda a ese legado, ocultando sus raíces históricas y filosóficas. El hispanista Joseph Pérez afirmaba que sin el cristianismo, España se parecería al norte de África, donde las ideas democráticas aún soportan una fuerte resistencia. Puede extenderse su reflexión al resto de Europa. El comportamiento del Parlamento Europeo evoca los problemas de Jesús y María para hallar posada, cuando el nacimiento de Jesús era inminente. Es un gesto con un indudable parentesco con la tendencia de Europa a levantar muros y no puentes, cerrando el paso a los inmigrantes. Un Belén en el Parlamento Europeo, lejos de ofender, podría haber servido para recordar que lo ético y humano es la acogida, y no la indiferencia o el rechazo.