Un famoso artículo de lectura obligada: por qué nuestro futuro depende de la lectura y la imaginación

Publicado por Javier Escribano en La voz del muro


Neil Gaiman, conocido autor de libros, cómics y cuentos del género fantástico (The Sandman, American Gods…) impartió en la Reading Agency de Londres, en 2013, una charla que se quedó en mucho más que una reflexión vaga…

Si tienes amigos matemáticos que te preguntan por qué leer ficción, dales este texto. Si tienes amigos que te convencen de que pronto todos los libros se convertirán en electrónicos, dales este texto. Si recuerda con calidez (o con horror) la nostalgia de ir a la biblioteca, lee este texto. Si tus hijos están creciendo, lee este texto con ellos, y si solo estás pensando qué y cómo leer con los niños, lee este texto.

Lo que sigue es una traducción editada de la charla, que puedes leer íntegra en The Guardian:


Es importante que la gente admita si tiene intereses. Yo voy a hablaros de la lectura, os voy a sugerir leer ficción, y os hablo de por qué las bibliotecas son importantes. Esto es una súplica apasionada para que la gente entienda lo que de verdad son las bibliotecas y bibliotecarios, y por qué debemos preservarlos.

Y tengo mis intereses, obviamente: soy un autor, normalmente de ficción. Escribo para niños y adultos. Durante 30 años me he ganado la vida con las palabras, generalmente inventándome cosas y escribiéndolas. Obviamente me interesa que la gente lea, que las bibliotecas existan y que se expanda el amor por la lectura.

Por eso soy parcial como escritor. Pero soy mucho, mucho más parcial como lector.

Estando en Nueva York, oí hablar sobre la construcción de las cárceles privadas (un industria en alza en Estados Unidos). Necesitan planificar su crecimiento, cosas como cuántas celdas necesitarán o cuántos prisioneros tendrán de aquí a 15 años. Y se dieron cuenta que podían predecirlo muy fácilmente, con un simple algoritmo, basado en el porcentaje de niños de 10 y 11 años que no podían leer. Y mucho menos leer por placer.

No es una escala 1:1, no puedes decir que una sociedad culta no tiene criminalidad. Pero hay correlaciones reales. Y una de esas, la más simple, es que la gente culta lee ficción.

Las personas cultas leen ficción (y cómo hacer que la lean tus hijos)

La ficción tiene dos propósitos

Lo primero, es una puerta de entrada a la lectura

El deseo de saber qué ocurre después, de pasar la página, la necesidad de seguir leyendo incluso aunque sea duro, porque alguien tiene problemas y tienes que saber cómo va a terminar… es un deseo muy real. Descubres que leer, por sí mismo, es placentero.

Una vez que lo aprendes, ya estás listo para leer cualquier cosa. Y leer es la clave. Se hablaba hace unos años sobre la idea de que vivíamos en un mundo post-literario, en el que la habilidad de crear sentido con la palabra escrita era algo redundante, pero esos días pasaron. Las palabras son más importantes que nunca.

La forma más fácil de asegurarnos de que criamos a niños cultos es enseñándoles a leer, y mostrarles que es una actividad placentera. Y es tan sencillo como darles libros que disfruten.

No creo que haya libro infantil malo. De vez en cuando algunos adultos han declarado que autores de libros infantiles, como Enid Blyton o RL Stine, son malos; o que los cómics fomentan la incultura. Son tonterías. Si hay un niño al que le interese, el autor no es malo, pues cada niño es diferente. Una idea trillada y tópica no lo es para ellos. Es la primera vez que se la ha encontrado.

No desanimemos a los niños porque creemos que están leyendo ficción mala: la ficción que no te gusta es un camino a encontrar otros libros. Y no todos tienen los mismos gustos. Adultos bienintencionados pueden destruir fácilmente el amor de la lectura por los libros: si le quitas lo que les gusta y les das libros «dignos pero aburridos», acabarás con una generación convencida de que leer es desagradable.

Tenemos que hacer que los niños se suban a la escalera de lectura: cualquier cosa que lean les hará subir peldaño a peldaño (pero no hagáis como yo, que traumaticé a mi hija de 11 años, aficionada a RL Stine, con una copia de Carrie. Aún me fulmina con la mirada cuando escucha el nombre de Stephen King).

La segunda cosa que hace la ficción es generar empatía.

Cuando ves una serie o una película, estás viendo cosas que le pasan a otras personas. La prosa es algo que construyes con solo 26 letras y algunos signos de puntuación, y tú, solo tú, usando la información, creas un mundo a través de tus ojos. Llegas a sentir y ver cosas que no podría de otra forma. Pasas a ser otra persona, y cuando regresas a tu mundo, algo en ti ha cambiado. La empatía es una herramienta que nos permite funcionar como algo más que individuos centrados en sí mismo.

Leer también te enseña otra cosa importantísima de cara a abrirte camino en el mundo: las cosas no tienen por qué ser siempre así, pueden ser diferentes.

En 2007 estuve en una convención de ciencia-ficción y fantasía en China. Ese género había estado desacreditado en el país durante mucho tiempo, así que le pregunté a uno de los organizadores qué había cambiado. «Es simple», me dijo. Los chinos eran brillantes haciendo cosas si otras personas les daban las instrucciones. Pero no innovaban, no creaban. Así que mandaron una delegación a EE UU, a Apple, Microsoft, Google, y hablaron con la gente que estaba inventando el futuro. Resultó que todos ellos habían leído ciencia ficción de pequeños.

La ficción puede mostrarte un mundo diferente. Una vez que has visitado otros mundos, nunca más puedes estar plenamente satisfecho del mundo en el que creciste. La insatisfacción es algo positivo, pues hace que la gente quiera cambiar y mejorar mundo.

Y ya que estamos, quisiera decir algo sobre el escapismo. He escuchado el término como algo peyorativo, como si la ficción «escapista» fuese un opio barato, y que la única ficción que merece la pena, tanto para adultos como para niños, es aquella que refleja lo peor del mundo en el que vive el lector.

Si estuvieras atrapado en una situación difícil, en un lugar desagradable, con gente que te quiere hacer daño, y alguien te ofreciese un escape temporal, ¿por qué no lo aceptarías? La ficción escapista te da justo eso, te abre la puerta a un lugar en el que tienes el control absoluto, con gente con la que quieres estar (y no lo dudéis, los libros son lugares reales). Y lo más importante, en tu escape, los libros te dan conocimiento sobre el mundo, te dan armas y armaduras: conocimiento y habilidades que puedes usar cuando regreses a tu prisión.

Como dijo JRR Tolkien, los únicos que se oponen al escapismo son los carceleros.

El papel de las bibliotecas y por qué debemos protegerlas

Otra cosa que destroza la pasión de un niño por la lectura es cuando no tienen ningún libro alrededor. Yo tuve suerte: había una excelente biblioteca local donde crecí. Tenía la clase de padres que podías persuadir para que me dejaran en la biblioteca de camino al trabajo durante las vacaciones, y la clase de bibliotecarios que no les importaba recibir todos los días a un niño pequeño y solo, buscando libros con fantasmas, magia o cohetes, buscando vampiros, detectives o brujas. Y cuando me terminé la sección infantil empecé con la de adultos.

Eran buenos bibliotecarios, les gustaban los libros y que los libros fueran leídos. No mostraban ningún esnobismo por las cosas que leían, sencillamente les gustaba que ahí estuviese este niño ojiplático al que le encantaba leer, y al que podías hablarle de libros o darle recomendaciones. Me trataron como a cualquier otro lector, ni más ni menos, algo a lo que no estaba acostumbrado con ocho años.

Las bibliotecas son sinónimo de libertad. Libertad de leer, de pensar, de comunicar. Son sinónimo de educación (el cual no es un proceso que se termina el día que sales del colegio o la universidad), de entretenimiento,de crear refugios, y también de acceder a la información.

Me preocupa que el siglo XXI la gente no entienda para qué están las bibliotecas y su propósito. Si piensas en las bibliotecas como una estantería de libros, quizá te parezca anticuado en un mundo en el que casi todos (pero no todos) los libros existen en en formato digital. Pero eso sería verlo de forma equivocada.

Durante toda la historia de la humanidad, hemos tenido escasez de información, y tener acceso a ella tenía un gran valor: cuándo plantar los cultivos, dónde encontrar cosas, mapas e historias…

En los últimos años, hemos pasado de una economía con escasez de información a una inundada por su exceso. Según Eric Schmidt de Google, cada dos días la raza humana crea la misma cantidad de información que la que había desde el origen de la civilización hasta 2003. El desafío ha pasado de buscar el único brote del desierto a buscar una planta específica en la jungla. Necesitamos ayuda al navegar entre tanta información para encontrar lo que necesitamos.

Los libros son solo la punta del iceberg de lo que ofrecen las bibliotecas. También son lugares para que gente que quizá no tenga ordenadores pueda acceder a internet sin pagar, algo muy importante para, por ejemplo, buscar trabajo. Los bibliotecarios pueden ayudar a esa gente a navegar por el mundo.

Protegiendo las bibliotecas, protegemos nuestro futuro

No creo que todos los libros deban migrar a las pantallas. Como dijo Douglas Adams muchos años antes de la llegada del Kindle, un libro en papel es como un tiburón. Los tiburones son antiguos, están desde antes de los dinosaurios, y la razón por la que sigan aquí es porque los tiburones son los mejores siendo tiburones que cualquier otra animal. Los libros son sólidos, resistentes, encajan bien en tu mano: son mejores siendo libros que cualquier otra cosa, y siempre tendrán su lugar.

Las bibliotecas son las puertas del futuro. Por eso es triste que, por todo el mundo, las autoridades vean la oportunidad de ahorrar dinero cerrando bibliotecas, sin darse cuenta de que están robando del futuro para pagar hoy. Están cerrando las puertas que deberían estar abriendo.

Según un estudio, Inglaterra es el único país donde el segmento de edad más avanzada tiene más competencias en números y letras que los más jóvenes, habiendo considerado otros factores como el género o condiciones socioeconómicas.

En otras palabras: nuestros hijos y nietos son menos cultos que nosotros. Tienen menos habilidad para moverse por el mundo, para resolver problemas, se les puede mentir más fácilmente, serán más incapaces de cambiar el mundo.

III Ciberencuentro – Scholas Occurrentes

Desde el grupo de educadores, que organizamos las charlas sobre educación y en línea con las propuestas educativas del Papa Francisco os invitamos a participar en este encuentro de Cátedras Scholas en el que se dialogará por grupos internacionales sobre las propuestas de la Universidad del Sentido, recogiéndose al final cuestiones y propuestas que concreten este proyecto educativo.

El Papa Francisco nos decía el pasado 5 de junio que  “crisis significa originalmente “ruptura”, “tajo”, “apertura”, “peligro”, pero también “oportunidad” (…) Nunca te adentres solo en la crisis, andá acompañado”. Siguiendo esta enseñanza, los invitamos a participar del III Ciberencuentro Internacional de Profesores e Investigadores que tendrá lugar el martes 23 de junio de 16.00 a 18.30 hora de Roma (11 a 13.30 de Buenos Aires).

No es casual que en un momento donde el mundo se detiene, nuestro querido Pontífice, anuncie formalmente la creación de la Universidad del Sentido como un nuevo espacio de formación para las nuevas generaciones.

Con la misma metodología de los encuentros anteriores vamos a “escuchar, crear y celebrar” a partir de la presentación de la Universidad del Sentido efectuada por el Papa Francisco el pasado 5 de junio.

 

 

No se te olvide: perdonar no es olvidar

Diego Velicia
Psicólogo del Centro de Orientación Familiar Diocesano.


Una de las cosas que debemos aprender en la vida es pedir perdón y perdonar. Pero es de las cosas que peor “enseñamos”, tanto en la familia, como en la escuela o la parroquia. Lo enseñamos mal porque lo vivimos mal y porque hemos pensado poco en ello. Con frecuencia tenemos una concepción errónea del perdón y eso hace que, a la hora de llevarlo a la práctica, nos encontremos con serias dificultades.

A veces es más sencillo comprender algo si empezamos por comprender lo que no es. Hagamos esa aproximación con el perdón. Perdonar no es olvidar. Para perdonar hace falta recordar. Si no se recuerda la ofensa, ¿cómo perdonarla? Una persona con amnesia (un enfermo de Alzheimer, por ejemplo) que no recuerda las ofensas recibidas, no tiene necesidad de perdonarlas. Son las personas que recuerdan las que necesitan perdonar. Por lo tanto, para que se produzca el perdón, es necesario recordar la ofensa.

¿Qué pasa con entonces con la ofensa cuando se produce el perdón? Que no siempre se olvida. ¿Quiere decir eso que no se ha producido el perdón? Ni mucho menos. Intento explicarme.

Olvidar es un acto involuntario, no depende de uno mismo. Perdonar es un acto de la voluntad, es una decisión. Por lo tanto no puede ser equiparable una acción que depende de la voluntad y otra que no.

Identificar perdón y olvido tiene varias consecuencias: una de ellas es que hay veces en las que uno no se atreve a perdonar porque no sabe si va a poder olvidar. Según esa lógica, al no olvidar, puede parecer (a uno mismo o a los demás) que el perdón ha sido falso. Por lo tanto uno prefiere no arriesgarse a perdonar.

Pues bien, el olvido no siempre es una consecuencia del perdón. El que perdona puede desear olvidar, pero puede que no llegue a conseguirlo, puesto que no depende de uno mismo. Si no lo consigue, si se mantiene el recuerdo de la ofensa, se mantiene como una ofensa que ya ha sido perdonada. Eso no quiere decir que no existan sentimientos dolorosos vinculados a ese recuerdo. La existencia de esos sentimientos tampoco cuestiona la veracidad del perdón.

Hay otra situación más complicada de manejar. Sucede cuando una persona no quiere olvidar porque teme que si olvida, facilita que se repita la ofensa. Y para evitarlo, para mantenerse en guardia uno mismo y mantener al ofensor en deuda, decide no perdonar y mantener bien activo el recuerdo del daño recibido. “Perdono, pero no olvido” se suele decir en un ejemplo claro de que no se hace ni una cosa ni otra.

Desatascar esta situación requiere hacer un esfuerzo por:

  • explorar los sentimientos que ha producido la ofensa en uno mismo, reconocerlos, ponerles nombre. Eso ayuda a que no nos dominen los sentimientos.
  • reconocer las expectativas que se han visto defraudadas, aquello que yo esperaba y no ha sucedido. Esto sirve para ajustar nuestras expectativas a la realidad, incluidos los límites del otro.
  • desentrañar los miedos a volver a ser herido, ver cuánto tienen de realistas o no esos miedos. Si hemos reconocido nuestros sentimientos y hemos valorado nuestras expectativas defraudadas, podemos ser más realistas a la hora de discriminar las posibilidades de que se vuelva a repetir la ofensa.
  • desarrollar las estrategias necesarias para no volver a ser herido. Aunque haya habido perdón, a veces uno necesita tomar distancia temporal o definitivamente de la persona que provocó el daño o protegerse de otra manera.

Este último punto nos remite a la diferencia entre perdón y reconciliación, pero eso es motivo de otro artículo.