El fin de semana pasado tuvimos un curso sobre salud mental con uno de los protagonistas de la reforma psiquiátrica que empezó en España en los años 70, Jorge L Tizón. Desde entonces ha seguido creyendo y trabajando por una salud mental más científica, ética, comunitaria y solidaria. A sus recién cumplidos 80 años, no sólo transmite sus altos conocimientos y experiencia clínica y en gestión sanitaria, sino una gran esperanza en las personas con trastorno mental y sus familias, la sociedad, y los profesionales. Por eso aún sigue supervisando grupos de profesionales, atendiendo pacientes y familias, e intentando cambiar el paradigma medicalizador y psiquatrizante del sufrimiento psíquico y del trastorno mental.
En el curso puso encima de la mesa el negocio ingente de la industria farmacéutica y cómo el elevado uso de los psicofármacos, sostenido en una teoría biologicista del trastorno mental, daña a los pacientes, sus familias y la sociedad. España el primer país del mundo en consumo de hipnosedantes y, respecto al consumo de antidepresivos, el primero de Europa y el segundo del mundo. Entre 2001 y 2013 se cuadruplicó el negocio de las Big Pharma, que junto con el de la guerra, son los dos mayores negocios mundiales.
Puso ejemplos para ilustrar cómo la crisis geopolítica, social y ecosistémica, tiene repercusión en las consultas de los servicios de salud mental, aunque no es percibido por numerosos profesionales. Por ejemplo, los antidepresivos -fármacos antiemocionales- los toman más las mujeres, más si son pobres y más si son ancianas. La crisis de la salud mental se resuelve atendiendo la organización social y potenciando una atención sanitaria más comunitaria. Afirmó que la salud mental hoy corre peligro de convertirse tan sólo en un negocio neoliberal.
Planteó cómo la reforma psiquiátrica en España, consiguió cerrar los manicomios, pero no potenciar suficientemente la atención comunitaria y tampoco cambiar la ideología medicalizadora de los profesionales. La universidad tiene mucho peso en la transmisión de esta ideología. Desmontó otros mitos como el del origen genético de los trastornos mentales, o la equiparación interesada que a veces se hace del sufrimiento psíquico con el trastorno mental.
Una parte de su exposición abordó temas relacionados con la salud mental infanto-juvenil. Los niños atendidos en centros ambulatorios de salud infanto-juvenil se han duplicado desde 2008. Un tercio de estas consultas son niños migrantes y otro tercio niños adoptados. Crecen los pseudodiagnósticos como los trastornos del espectro autista o por déficit de atención. A los niños también se les está medicalizando de forma iatrogénica y abusiva hasta extremos gravísimos y con repercusiones para toda una generación. Los psicofármacos en la infancia cambian el desarrollo cerebral. Temas como el de las pantallas y la infancia necesitas un planteamiento político, exigiendo a las multinacionales tecnológicas una regulación que proteja a la infancia.
Hace falta potenciar un modelo de asistencia sanitaria, no centrado ni en la enfermedad ni en el enfermo, sino en el consultante como miembro de una comunidad (modelo relacional). Definió la salud mental como la capacidad de amar, trabajar, cuidar, disfrutar y tolerar.
Planteó la necesidad tanto de una “política de las 100 flores” (políticas concretas que acercan los profesionales/servicios de salud mental a la comunidad) como la de un trabajo familiar compartido, en el que pacientes y familias tengan la misma voz y voto que los técnicos. También abordó la importancia de un trabajo en red y qué elementos debe tener para ser efectivo. Entre esos elementos mencionó las reuniones periódicas de representantes de todos los servicios que atienden a los pacientes (atención primaria, servicios sociales y de salud mental, pedagógicos u ONGs), la formación conjunta de diversos servicios (guarderías, centros de salud, salud mental extrahospitalaria, colegios e institutos, servicios de salud de la mujer) o la puesta en marcha de Unidades Funcionales de Cuidados (que supone la coordinación de todos los servicios implicados en la atención del paciente y su familia)
Acabó su exposición planteando esquemas básicos para un trabajo comunitario, algunos de ellos fueron: los siete niveles de contención (previos a introducir fármacos), una compresión diferente de los sistemas emocionales, un modelo relacional de psicopatología, una mirada mayor a los factores de protección o capacidades del paciente y la familia, o una mejor integración entre asistencia y prevención (delimitando el papel de los profesionales y apostando porque tengan un papel subsidiario o de acompañamiento de las familias, los maestros y otros sistemas en los que se desenvuelve el menor a adulto con trastorno mental).





