Ana Sánchez
Esa es la actitud que caracteriza a Guillermo: estar siempre dispuesto y no sólo dispuesto, sino entusiasmado con todas aquellas labores que impliquen la promoción de los empobrecidos.
Se ha escrito mucho y se escribirá todavía mucho más sobre Guillermo Rovirosa Albet, pero sigue siendo necesario que se profundice mucho más en su espiritualidad de encarnación. Quizá la mejor aproximación que podemos encontrar a ella es la que el mismo Guillermo relata a modo de biografía en el quinto capítulo de su libro «El primer traidor cristiano: Judas, el apóstol». En él hace una revisión de su vida y trayectoria, contraponiéndose este análisis con otra figura a la que dedicó otro libro un par de años antes:
Para mi uso personal encuentro en Dimas, el Ladrón, una fuente viva y permanente de confianza y de optimismo ante el Amor infinito de Jesús; pero, ¡Cuidado! Judas de Keriot, el Apóstol, me recuerda constantemente que, como él, puedo traicionar al Amor, y acabar como él.
Aquí se refleja realmente la misma condición humana, de la que todos formamos parte en mayor o menor medida, con nuestras luces y nuestras sombras. Nos recuerda que todos podemos ser Dimas y todos somos un buena medida Judas. Todo quedaba reducido a dos polos antagónicos: fidelidad y traición.
Quizá a muchos nos falta un cierta dosis de ese ser fanático de la verdad que acompañó a Rovirosa durante toda su vida, con un mismo sentir desde la infancia hasta el compromiso apostólico, pasando por el agnosticismo de los años de juventud. Fue la búsqueda de la verdad la que le llevó a trabajar incansablemente en la Acción Católica y en la organización del Apostolado Obrero.
Su tarea de apoyo al nacimiento y al desarrollo de la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC) la va impregnando de este espíritu:
Desde los primeros instantes, y siguiendo las «Normas» de la Jerarquía, se pensó en dar a la HOAC un contenido espiritual máximo y un sentido social que se fundara solamente en la Verdad y en la Justicia.
A lo largo de su vida y quizá de una manera mucho más profunda en los últimos años, ya bajo la opresión del sufrimiento moral y del dolor físico, Rovirosa se dio cuenta vivencialmente de que Jesús busca seguidores, no colaboradores; amigos decididos a cumplir la voluntad de Él, no deseosos de que Jesús cumpla la de ellos. Eso es lo que intenta hacer desde su vida y en las relaciones con los demás.
En este momento duro y de profunda espiritualidad es precisamente donde se sitúa el «¿cuándo salimos?», cuando sus amigos le plantean una nueva tarea en la que los pobres aún le necesitan. Es la única respuesta que puede dar, en honor a esta búsqueda de la verdad y de la conversión a Jesús de Nazaret y a nadie ni nada más.
No somos máquinas ni servidores de máquinas. Somos hombres libres, responsables de nuestros actos, que queremos determinar en nuestras conciencias el valor de nuestros actos, nuestra afirmaciones y nuestras adhesiones.






