No se te olvide: perdonar no es olvidar

Diego Velicia
Psicólogo del Centro de Orientación Familiar Diocesano.


Una de las cosas que debemos aprender en la vida es pedir perdón y perdonar. Pero es de las cosas que peor “enseñamos”, tanto en la familia, como en la escuela o la parroquia. Lo enseñamos mal porque lo vivimos mal y porque hemos pensado poco en ello. Con frecuencia tenemos una concepción errónea del perdón y eso hace que, a la hora de llevarlo a la práctica, nos encontremos con serias dificultades.

A veces es más sencillo comprender algo si empezamos por comprender lo que no es. Hagamos esa aproximación con el perdón. Perdonar no es olvidar. Para perdonar hace falta recordar. Si no se recuerda la ofensa, ¿cómo perdonarla? Una persona con amnesia (un enfermo de Alzheimer, por ejemplo) que no recuerda las ofensas recibidas, no tiene necesidad de perdonarlas. Son las personas que recuerdan las que necesitan perdonar. Por lo tanto, para que se produzca el perdón, es necesario recordar la ofensa.

¿Qué pasa con entonces con la ofensa cuando se produce el perdón? Que no siempre se olvida. ¿Quiere decir eso que no se ha producido el perdón? Ni mucho menos. Intento explicarme.

Olvidar es un acto involuntario, no depende de uno mismo. Perdonar es un acto de la voluntad, es una decisión. Por lo tanto no puede ser equiparable una acción que depende de la voluntad y otra que no.

Identificar perdón y olvido tiene varias consecuencias: una de ellas es que hay veces en las que uno no se atreve a perdonar porque no sabe si va a poder olvidar. Según esa lógica, al no olvidar, puede parecer (a uno mismo o a los demás) que el perdón ha sido falso. Por lo tanto uno prefiere no arriesgarse a perdonar.

Pues bien, el olvido no siempre es una consecuencia del perdón. El que perdona puede desear olvidar, pero puede que no llegue a conseguirlo, puesto que no depende de uno mismo. Si no lo consigue, si se mantiene el recuerdo de la ofensa, se mantiene como una ofensa que ya ha sido perdonada. Eso no quiere decir que no existan sentimientos dolorosos vinculados a ese recuerdo. La existencia de esos sentimientos tampoco cuestiona la veracidad del perdón.

Hay otra situación más complicada de manejar. Sucede cuando una persona no quiere olvidar porque teme que si olvida, facilita que se repita la ofensa. Y para evitarlo, para mantenerse en guardia uno mismo y mantener al ofensor en deuda, decide no perdonar y mantener bien activo el recuerdo del daño recibido. “Perdono, pero no olvido” se suele decir en un ejemplo claro de que no se hace ni una cosa ni otra.

Desatascar esta situación requiere hacer un esfuerzo por:

  • explorar los sentimientos que ha producido la ofensa en uno mismo, reconocerlos, ponerles nombre. Eso ayuda a que no nos dominen los sentimientos.
  • reconocer las expectativas que se han visto defraudadas, aquello que yo esperaba y no ha sucedido. Esto sirve para ajustar nuestras expectativas a la realidad, incluidos los límites del otro.
  • desentrañar los miedos a volver a ser herido, ver cuánto tienen de realistas o no esos miedos. Si hemos reconocido nuestros sentimientos y hemos valorado nuestras expectativas defraudadas, podemos ser más realistas a la hora de discriminar las posibilidades de que se vuelva a repetir la ofensa.
  • desarrollar las estrategias necesarias para no volver a ser herido. Aunque haya habido perdón, a veces uno necesita tomar distancia temporal o definitivamente de la persona que provocó el daño o protegerse de otra manera.

Este último punto nos remite a la diferencia entre perdón y reconciliación, pero eso es motivo de otro artículo.

La falsa frontera que separa el “dentro” y “fuera” de la familia

Lo que pasa en el mundo nos afecta como familia. Hoy lo vemos claramente. Un virus, que comienza en China hace unos pocos meses, y la respuestas que dan los gobiernos de los distintos niveles de la administración, hacen que tengamos que permanecer en nuestras casas confinados, sin poder acudir a nuestros trabajos, ni, en muchos casos, acompañar a nuestros familiares en su muerte y en su entierro. Se cierran empresas, se pierden empleos… Parece claro que el mundo influye sobre la familia.

Pero también sucede al revés. Lo que hacemos como familia afecta al mundo que nos rodea. Si decidimos saltarnos el confinamiento y salir a dar un paseo, o incumplir las medidas de higiene recomendadas para evitar la propagación del virus, eso, afecta al resto del mundo.

No hay una frontera tan nítida, como a veces pensamos, entre lo que pasa de puertas para fuera del hogar y lo que pasa de puertas para dentro. No hay un “fuera” y un “dentro” tan claro como muchos proclaman. Hay interrelación.

Cuando ignoramos esta interrelación y pretendemos reafirmar esa falsa frontera entre “dentro” y “fuera” de la familia, caemos en una especie de privatización de la familia. Muchas veces esto se hace con la intención de “blindar” la familia de lo que pasa fuera. Esperamos que la familia sea un remanso de paz, de autenticidad. Queremos convertir la familia en una especie de oasis en el que sus miembros viven protegidos del peligroso desierto de la sociedad. En la sociedad estaría la competitividad, el conflicto, la tensión… Esperamos que la corrupción y la falsedad del mundo no pasen al interior de la familia. Vemos la política como el más claro ejemplo de corrupción y falsedad. Y tratamos de mantenernos alejados de la política.

Cuando vivimos así la familia, de repente descubrimos que, lo que creíamos que era un oasis, está afectado por ese “desierto” del mundo y la política del que hemos intentado mantenernos alejados. Lo que sucede con nuestros empleos, la forma de enterrar a nuestros seres queridos, dónde pasamos nuestros días… viene decidido por aquello de lo que hemos decidido “protegernos”: la política.

Nos equivocamos al alejarnos de la política. Porque el ser humano es un ser político. Hay quien dice que es un ser social. Las abejas son seres sociales. Las abejas conviven y se organizan, en esencia, de la misma manera que lo hacían hace 500 años. No tienen conciencia de su historia ni de su forma de organizarse. El instinto rige su comportamiento.

La organización de los seres humanos es muy distinta a lo que era hace, no ya 500 años, sino 50. El ser humano evoluciona en su organización social y es capaz de reflexionar sobre esa misma organización y transformar las leyes que rigen las relaciones sociales. Eso le convierte en un ser político. Sólo el hombre es una animal político por estas dos razones: porque tiene conciencia de su historia y del derecho.

Dos realidades son necesarias para el crecimiento del ser humano: la familia y la comunidad política. Nacemos en el seno de una familia, que nos influye y a la que necesitamos para recibir el cuidado y el amor que precisamos. Y nacemos en medio de una organización política determinada, que nos influye y a la que necesitamos para crecer y recibir la educación, la sanidad, las infraestructuras… que precisamos. Renunciar a una de ellas nos deja cojos.

Trabajar desde la política para hacer del mundo un lugar mejor es trabajar por la familia. Por la propia y por todas las demás. También por aquellas a las que no conozco. Hacer de la familia un lugar mejor es hacer del mundo un lugar mejor, pero de eso hablamos más habitualmente en estas páginas.

 

Diego Velicia, psicólogo del COF Diocesano de Valladolid