Lo que Europa le debe al cristianismo

Rafael Narbona

Durante estas navidades, el Parlamento Europeo ha rechazado la propuesta de exponer un Belén en su sede, alegando que podría resultar ofensivo. Cuesta trabajo comprender qué puede resultar ofensivo en una tradición que ha acompañado a la sociedad europea durante siglos. No es un secreto que la identidad de Europa es una síntesis de Roma, Grecia y Jerusalén. Si prescindimos de algún aspecto de este legado, mutilamos nuestro propio ser. El cristianismo no ha aportado tan solo la Buena Noticia, el nacimiento de Jesús, un niño judío que se revelará como el Hijo de Dios, materializando la promesa del Antiguo Testamento, según el cual la herida abierta por el pecado original solo se cerrará cuando un Salvador restaure el equilibrio roto por el hombre.

Entiendo que para muchos este razonamiento solo es mitología. Conviene recordar que las Sagradas Escrituras no pretenden ser un relato de hechos históricos contrastables mediante la metodología de las ciencias sociales, sino una narración con una dimensión mítica y un significado trascendente. Si no fuera así, no se comprendería que el robo de una manzana fuera el origen de las desgracias de la humanidad. Esa manzana quizás nunca existió y simplemente simboliza la transgresión de las normas que protegían la vida. De hecho, la muerte de Abel es una consecuencia directa del pecado original, que introdujo la violencia en las relaciones humanas, desoyendo el mandato espontáneo de no matar que nos asalta cada vez que contemplamos el rostro ajeno.

El cristianismo es un humanismo radical

Con independencia de las cuestiones teológicas, el cristianismo no se ha limitado a aportar esperanza, lo cual no es poco, sino que además ha cimentado una interpretación del hombre y la historia basada en valores atemporales, como la fraternidad, el perdón, la paz y la solidaridad. Para el cristianismo, no hay judíos y gentiles, hombres civilizados y bárbaros, patricios y esclavos, varones y mujeres, sino seres humanos con una dignidad inalienable. Nadie es insignificante. Cualquier vida posee un valor incuestionable. Frente al egoísmo, el cristianismo incita al desprendimiento y la generosidad. El clamor contra la injusticia recorre el Evangelio y el Antiguo Testamento. Los pobres, los hambrientos, los que sufren no deben ser abandonados a su suerte. Su dolor es un escándalo y hay que hacer todo lo posible por mitigarlo. Eso sí, la lucha por la justicia no puede servir de pretexto para empuñar la espada. Hay que renunciar a la violencia y la venganza. Los pacíficos son los verdaderos hijos de Dios. El amor al prójimo debe extenderse a los enemigos. Quizás pueda parecer una idea ingenua o inhumana, pero sin esa predisposición, las heridas siempre permanecerán abiertas. Europa no ha conocido una paz duradera hasta que las naciones con una tradición de enemistad han decidido estrecharse la mano, enterrando su historial de agravios mutuos.

En el cristianismo, el amor al prójimo no es algo marginal, sino una idea central. San Juan escribe: “Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, está mintiendo. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?”. El cristianismo es un humanismo radical. Pone a la persona en el centro de la vida moral y social, señalando que el hombre siempre es un fin y nunca un medio. No somete al individuo a los designios de la Historia o la Naturaleza, que justifican su inmolación, apelando a una hipotética plenitud futura. Algunos dirán que las hogueras de la Inquisición ignoraron este planteamiento. Sería absurdo negarlo, pero conviene aclarar que la Inquisición constituyó una gravísima infidelidad al Evangelio.

La Iglesia Católica no ha logrado permanecer al margen de las convulsiones de la historia. Su mensaje ha sido utilizado para justificar ideologías opuestas a sus principios más elementales. Pienso en el antisemitismo, que nace de la injusta acusación contra el pueblo judío de ser los responsables de la muerte de Jesús. Nunca me cansaré de repetir que Jesús fue ejecutado por Roma, que le consideró un alborotador más, uno de esos mesías que aparecían de vez en cuando, incitando a la rebelión. El cristianismo no es la negación del judaísmo, sino su continuación. Una hagadá de la Torá formula con inequívoca nitidez el pilar de la moral: “No hagas a tu prójimo lo que no quieres que te hagan a ti; todo lo demás es comentario”. Debemos esa “regla de oro” al rabino Hilel el Sabio (h. 110 a. C.-10 d. C.), el primer erudito que sistematizó la interpretación de la Torá escrita. En su ‘Vida de Jesús’, Ernest Renan sostiene que Hilel fue el maestro de Jesús de Nazaret. El cristianismo siempre estará ligado al judaísmo. Los Cristos rubios y de ojos azules son una grotesca caricatura que ignora los hechos históricos (Jesús probablemente tuvo la piel morena, los ojos oscuros y el cabello corto), fomentando un antisemitismo hondamente anticristiano.

La religión como pretexto

Se ha responsabilizado al cristianismo de las guerras que asolaron Europa a partir de la Reforma, pero lo cierto es que esos conflictos no nacen de disputas religiosas, sino de la búsqueda de la hegemonía de unas naciones sobre otras. La religión sirvió de pretexto. Nunca fue la causa principal. Lejos de abogar por la guerra, el cristianismo destaca la responsabilidad de cada ser humano en relación a sus semejantes. El examen de conciencia y el sentimiento de culpa nos obligan a reflexionar sobre nuestros actos y a reparar el daño causado. La culpabilidad no es un simple lastre, sino un reconocimiento objetivo de nuestros errores y un estímulo permanente para corregirlos y superarlos. La culpabilidad sería estéril sin la posibilidad del perdón. Gracias al perdón, podemos librarnos del pasado. No estamos encadenados a él como si fuera algo muerto e inalterable. Ser perdonados significa poder reescribir lo que sucedió, avanzando hacia un futuro con nuevas posibilidades. Todas las legislaciones de países democráticos se hacen eco de esta idea, señalando que el sentido de las penas no es castigar, sino rehabilitar al infractor. Jesús nunca escatimó el perdón y siempre mostró predilección por los pecadores.

El cristianismo no se mostró hostil a la carne ni al sexo. Postuló la resurrección del cuerpo y el alma porque entendió que la persona es existencia encarnada, una conjunción indivisible. Sin cuerpo, no hay historia. Es la vía de inserción en lo real y lo que nos permite forjar una identidad. El odio al sexo no es una herencia cristiana, sino una vieja enseñanza gnóstica que san Agustín asimiló, desviándose del espíritu del Evangelio. El cristianismo tampoco es enemigo de la ley. Cuando Jesús pide que se paguen los impuestos, reconoce la dimensión comunitaria del individuo. No es posible una vida humana al margen de la sociedad.

Ser ciudadano no es una opción, sino una necesidad y una obligación. Eso sí, las sociedades que utilizan al hombre como medio y no como fin carecen de legitimidad y cabe la desobediencia. En los Hechos de los apóstoles, Pedro afirma: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. La invitación a la comunidad de bienes que circula por el Evangelio incorpora a la política una perspectiva utópica. No se trata de una utopía basada en la violencia revolucionaria, sino en el ejercicio de la razón. No es posible la paz y la prosperidad en un mundo con grandes desigualdades. Solo cuando comprendamos que la verdadera felicidad consiste en compartir, saldremos de esa lógica de la acumulación y el consumo que nos convierte en esclavos de los bienes materiales.

La fuerza de la libertad

El cristianismo es una “moral abierta”, como señala Henri Bergson, que se fundamenta en la libertad. Podemos abrazarla o no. No es una “moral cerrada” que se impone mediante la fuerza. No podría ser de otro modo en una filosofía que invita a poner la otra mejilla y a compartir con nuestros semejantes el manto, la túnica o lo que sea preciso. El cristianismo siempre se solidariza con el más débil. Por eso cambió la situación de los niños en el mundo antiguo. En Roma, la vida del recién nacido dependía de la voluntad del ‘pater familias’. Si éste repudiaba al niño, se le abandonaba a la intemperie, expuesto a los elementos y a las fieras. Jesús advierte que la vida de los niños es sagrada y que más valdría atarse una rueda de molino y arrojarse al mar antes que causarles cualquier daño. Su actitud no es menos favorable hacia la mujer. Se ha recriminado al cristianismo la discriminación y postergación de la condición femenina. Ese reproche debería más bien dirigirse a las distintas iglesias, pues Jesús se rodeó de mujeres y todo indica que muchas desempeñaron un papel muy importante en las primeras comunidades.

El respeto a los derechos humanos es la piedra angular del proyecto europeo y ese compromiso no ha surgido de la nada. Es anterior a la Ilustración y, de hecho, el humanismo de los ‘philosophes’ es nítidamente cristiano. El ateísmo fue un fenómeno marginal en el Siglo de las Luces. Predominó un anticlericalismo inspirado por el rechazo a la intervención de la Iglesia Católica en los asuntos políticos. Desgraciadamente, se juzga al cristianismo por las infidelidades de la Iglesia, siempre sujeta a las imperfecciones humanas, y no por sus grandes aportaciones al progreso moral de la cultura occidental. El cristianismo depuró la herencia grecolatina y las enseñanzas de la tradición judía mediante el humanismo del Evangelio, alumbrando la idea de una civilización basada en leyes justas que garantizaran la igualdad de derechos, la protección del más débil y la fraternidad con otros pueblos.

Negarse a exponer un Belén en el Parlamento Europeo significa darle la espalda a ese legado, ocultando sus raíces históricas y filosóficas. El hispanista Joseph Pérez afirmaba que sin el cristianismo, España se parecería al norte de África, donde las ideas democráticas aún soportan una fuerte resistencia. Puede extenderse su reflexión al resto de Europa. El comportamiento del Parlamento Europeo evoca los problemas de Jesús y María para hallar posada, cuando el nacimiento de Jesús era inminente. Es un gesto con un indudable parentesco con la tendencia de Europa a levantar muros y no puentes, cerrando el paso a los inmigrantes. Un Belén en el Parlamento Europeo, lejos de ofender, podría haber servido para recordar que lo ético y humano es la acogida, y no la indiferencia o el rechazo.

De crisis y pandemias

La presencia devastadora de las plagas en la historia de la humanidad es una constante que se ha ido repitiendo cada cierto tiempo. Algunas tuvieron un impacto tremendo, como la peste llamada Antonina, que indirectamente contribuyó a la expansión y consolidación del cristianismo. La Peste Negra de mediados del s. XIV fue también devastadora en Europa, provocando cambios muy profundos que dieron paso al llamado Renacimiento. Quizá ninguna fue tan catastrófica como la entrada de la viruela en América, una auténtica hecatombe demográfica, que ya había hecho y volvería a hacer estragos en Europa. Cito solo dos más, bien recientes y en Europa. La plaga de la patata arrasó los cultivos de patata en toda Europa en la década de 1840; en Irlanda provocó la muerte de un millón de personas y la emigración de otro millón, cerca del 25% de la población. Y la más célebre fue, quizá, la Gripe Española en 1918, muy posiblemente la primera pandemia planetaria que, según los cálculos, afecto a unos 500 millones de personas y murieron cerca de 50 millones.

La humanidad fue superando una tras otra esas epidemias. No obstante, los costes siempre fueron muy elevados, sobre todo, como es lógico, en vidas humanas. No es sencillo sacar lecciones de la historia, aunque evidentemente siempre podemos aprender algo de los aciertos y los errores que tuvieron nuestros antepasados. El problema principal para aprender del pasado lo recoge un antiguo proverbio anónimo ecuatoriano: «cuando teníamos todas las respuestas, nos cambiaron las preguntas». Los grandes problemas morales, y afrontar una pandemia es sobre todo un problema moral, tienen ese rasgo: son siempre contextuales. Exigen tener una clara jerarquía de valores y hacer un análisis riguroso del contexto, partiendo de que es casi imposible que haya dos contextos iguales. Eso lo sabía muy bien los moralistas del siglo XVII, sobre todo jesuitas, que se centraron en el estudio de casos, la casuística. Siglos antes ya lo había dicho con sagacidad Aristóteles, al afirmar que hacer el bien es hacer lo que es debido teniendo en cuenta las circunstancias y hacerlo además por las razones adecuadas. Cada pandemia debe ser afrontada de manera específica, siendo valioso, pero insuficiente siempre, el conocimiento previo acumulado. Cada caso necesita reflexionar sobre cómo resolver los posibles conflictos de valores y cómo encontrar las soluciones prácticas que mejor solucionen el problema, esto es hacer el mayor bien posible o, en su caso, el menor mal posible.

Pieter Brueghel El triunfo de la muerte Museo del Prado

Lo que sí nos ha recordado esta pandemia es algo elemental que quizá estaba un poco descuidado por ciertos discursos muy arraigados sobre el prometedor futuro de la humanidad. Más de 200 años de crecimiento y mejoras palpables, sobre todo en los últimos cincuenta años, unidos a los espectaculares adelantos tecnológicos, hacían pensar en un mundo futuro mejor, de la mano de la tecnología, capaz de todo. En ese sentido, las experiencias anteriores sí que nos permiten entender hasta qué punto es frágil la condición humana: somos vulnerables, muy vulnerables. Y también podemos ver que la tecnología actual permite rebajar los daños de todo tipo, aunque no es tan eficaz como la gente pensaba, o soñaba, en las décadas anteriores. Es cierto que ha mejorado le tecnología y avanzado el conocimiento científico, como estamos viendo en el caso del COVID-19; la mejora científica y tecnológica no impide que un virus esté provocando un descalabro desmesurado.

La información difundida sobre esta nueva pandemia es muy amplia, aunque plagada de sesgos, cuando no de puros bulos, provocados por debates políticos espurios.  Considero que la pandemia está todavía en fase de expansión y no es fácil saber exactamente lo que puede pasar en el tiempo que queda. En ese sentido, hay que ser prudentes y sacar pocas conclusiones por ahora. Es obvio que no le está yendo a todos los países igual, pero las dudas respecto a los datos y las diferencias en los días que cada país ha estado sometido a la enfermedad hace muy difícil hacer comparaciones y evaluar la eficacia de las estrategias de afrontamiento de la crisis. Los datos, cuando escribo este texto (13/04/2020), indican que hay 1.920.918 contagiados y 119.686 personas muertas en el mundo. Mucho mejores que los datos de la pandemia de 1918, o de la gripe de Hong Kong en 1968.

La implicación de los científicos ha sido muy elevada, pero el problema es que no existe un acuerdo claro entre ellos. Cierto es que ese tipo de desacuerdos son habituales en la ciencia y son parte de lo que garantiza el rigor de sus investigaciones. Las peculiaridades del propio virus y la complejidad de los modelos matemáticos empleados por los epidemiólogos pueden ayudar también a entender estos desacuerdos. Pero siguen siendo llamativos, aunque tienen un interesante antecedente en una epidemia de cólera local que hubo en Hamburgo en 1892, en la que estuvieron implicados científicos del más alto nivel, como  Koch, von Pettenkofer y Rudolf Virchow, cuando Alemanía era quizá el centro de la ciencia occidental; y también como ahora,  estuvieron implicadas las autoridades políticas y sociales. Si algo podemos ver en esa epidemia comparándola con la actual, es que hay algunos parecidos en la lógica social y política con la que se afrontan ambas, pero las diferencias son mayores en los avances científicos en estos 130 años.

Volvemos a lo que es específico —y más relevante para nosotros— de esta pandemia, siendo conscientes de que es un terreno en el que se pueden encontrar infinidad de reflexiones muy sugerentes y diversas en los medios de comunicación social. Tal profusión tiene bastante que ver con el hecho de que los procesos sociales, y este es uno de ellos, son multidimensionales y son, por tanto, múltiples las causas que inciden, existiendo además procesos de causalidad circular, de tal modo que algún factor puede ser a un tiempo causa y efecto de otro factor. Simplificar analizando estas situaciones puede ser tan tentador como inútil.

Madrid en días de confinamiento. El Independiente

Algo que hace especialmente peligrosa a esta pandemia es que llega en un período muy delicado en la política y la economía, con un dominio absoluto de un capitalismo financiero especulativo que controla todo el planeta desde China a Estados Unidos y desde Islandia hasta Tasmania. Nunca antes el dominio del capitalismo había sido tan total. Es un capitalismo que, además, está en crisis desde hace tiempo, y algunos datos importantes del funcionamiento económico indican cierta debilidad estructural. A eso se añade la crisis global vinculada al calentamiento y a la degradación ecológica, sobre la que ya había empezado a cuajar por fin una conciencia mundial muy sensibilizada, disminuyendo mucho los negacionistas. Vinculado a lo anterior, y para complicarlo más, una profunda crisis de la propia democracia, amenazada de muchos modos después de décadas de consolidación en todo el planeta, con las dificultades planteadas por la globalización y la vuelta a propuestas nacionalistas identitarias de extrema derecha. Ni el capitalismo neoliberal ni la profunda crisis ecológica han causado esta pandemia, pero desde luego interactúan con ella en ese sentido circular y multicausal del que hablaba antes. Y agravan las consecuencias negativas.

Es además una pandemia especialmente peligrosa por ser global, es decir, por afectar a casi todos los países y a todas las personas, independientemente de su condición social. Es cierto que, al menos por el momento, no ha afectado apenas a países de África, que sufren otras graves y mortíferas enfermedades endémicas, y está por ver cómo afectará a América del Sur. Algunos analistas simplifican cuando dicen que es una pandemia de los países ricos, aunque también es claro que algunos grupos sociales se están llevando la peor parte: por ejemplo, en Nueva York, afroamericanos e hispanos; en España, las personas ancianas. Y eso se notará más todavía porque esta pandemia, que ha provocado una profunda escasez de suministros y el cierre, por confinamiento, de una gran cantidad de empresas suministradoras esta dando paso a una recesión muy fuerte que, sin duda, la padecerán las clases sociales más débiles (en España, ese 20 % de la población en condiciones de pobreza severa), que apenas se habían recuperado de la anterior crisis del 2008. Estamos además en una sociedad en la que la desigualdad ha alcanzado niveles intolerables.

El panorama no es, por tanto, muy halagüeño. De hecho, desde hace décadas proliferan instituciones e investigadores potentes dedicados al análisis de los riesgos existenciales y globales que acechan a la humanidad. Uno de los riesgos que analizaban era precisamente el de las posibles pandemias, del tipo de la que ahora nos castiga, pero había muchos otros. Se puede agrupar los riesgos en los que poseen un carácter no antropogénico y los de carácter antropogénico, más conocidos hasta ahora. Esta pandemia parece pertenecer al primer grupo, pero hay también aspectos de la misma que la vinculan al segundo. El hecho es que la acumulación de problemas puede provocar una situación difícil de abordar y eso podría ayudar a entender la desorientación con la que están actuando los políticos que nos gobiernan. Ahora mismo, se plantea un problema moral muy complejo: lograr un equilibrio entre la paralización total de la economía no esencial y la protección de la vida de las personas que tengan que trabajar en sectores no esenciales de la economía.

China prohíbe el consumo y comercio de animales salvajes // Fotos: AFP. LaPatilla.com

Surgen en estos momentos, como también aparecieron en el 2008, reflexiones que auguran  que nada volverá a ser igual que hasta ahora y que todo va a cambiar, sin especificar muy bien cuál va a ser ese cambio.  Tengo claro que el futuro no está claro, y hay que huir de dicotomías radicales que ponen en un lado de la balanza diversas propuestas de tipo solidario, comunitarista o propiamente socialista, y en el otro lado ponen la barbarie o el ecofascismo.  Posiblemente no sea ni lo uno ni lo otro, sino que vayan apareciendo soluciones intermedias aprobadas con dificultad y aplicadas con más dificultad todavía, por lo que es difícil prever lo que termine ocurriendo. El caso de la Unión Europea logrando un pacto entre dos bloques opuestos para hacer frente al descalabro económico, es un buen ejemplo.

Algunos piensan en un nuevo gran pacto social, como el que se alcanzó tras la II Guerra Mundial, que permita construir un orden internacional más justo y una economía más solidaria, con un mejor reparto de la riqueza existente (que es mucha) acaparada en estos momentos por menos del 10% de la población de la Tierra, con un 1% desmesuradamente enriquecido. Pero las condiciones y las dificultades de la tarea provocan que no sean muy optimistas las expectativas. El mundo está tentado por la fragmentación, por el surgimiento de potentes fuerzas de extrema derecha, por el atractivo de gobiernos autoritarios, por la vuelta a planteamientos nacionalistas estrechos…

Hay propuestas parciales que consideran que todavía son posibles acuerdos sin tocar el problema político, por tanto, moral, que se sitúa en los cimientos de todo lo que nos ocurre: el orden impuesto por el capitalismo neoliberal radical ha generado enormes cantidades de riqueza, pero no ha sido capaz de distribuirla, es más, parece controlado por las llamadas élites extractivas empeñadas en acumular poder y riqueza.  Ya se intentó algo así tras el 2007 y se insistió mucho en la responsabilidad social corporativa o en el compromiso por el medio ambiente, llamado ahora el Nuevo Pacto Verde; sin embargo, al final, esos compromisos fueron derrotados por la obsesión con el incremento de los beneficios, a costa de producir más y de degradar las condiciones laborales. Del respeto al medio ambiente y de los compromisos democráticos de las empresas se han hecho cargo más bien los departamentos de publicidad y los que cuidan la imagen pública corporativa.

Klee. Angelus Novus. Wikipedia En

Si no hay un compromiso riguroso por modificar el corazón del sistema, no hay solución y en esto son muchos los que están de acuerdo, desde el papa Francisco en su encíclica Laudatio si, hasta las organizaciones del ecologismo radical, como puede ser, en España, Ecologistas en acción. En todo caso, lo que pueda ocurrir en el futuro dependerá mucho de la capacidad que tengamos aquí y ahora de generar prácticas sociales y económicas basadas en la cooperación y el apoyo mutuo, con modelos de organización más horizontales y más autogestionarios en los que el no dejar a nadie atrás no será tan solo un lema. Afortunadamente, ya hay muchas prácticas de este tipo y esas son las que pueden prefigurar un mundo más humano y más vivible, superando soluciones absolutamente insolidarias y, por tanto, distópicas, como las que eligen algunos sectores de las élites.

No está nada claro que vaya a aparecer ni un mundo mucho mejor ni otro mucho peor. Lo más seguro es que sigamos esforzándonos para alejarnos del colapso y lograr un mundo más humano, más vivible para todas las personas. Cuanto más hagamos ya presentes, aquí y ahora, propuestas solidarias, más cerca estaremos de un mundo mejor y más preparados para afrontar otras crisis futuras que con toda seguridad aparecerán.

Para citar esta entrada

García Moriyón, Félix (2020). De crisis y pandemias 14/04/2020 en https://niaia.es/de-crisis-y-pandemias/

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El problema de la vivienda y la Iglesia

Se ha levantado algo de polvareda por algo que, desgraciadamente, no será realidad. El vicepresidente Iglesias parece que ha metido en una ley, con motivo de urgencia por la pandemia del Covid-19, la posibilidad de expropiar viviendas. Ha saltado el sacrosanto derecho de la propiedad de los ya propietarios para aplastar, como ya vio León XIII en 1891, el mismo derecho (de propiedad) de los no propietarios. Los ya propietarios argumentan (contra los que también quieren ejercer el derecho de propiedad), falseando la realidad y dicen que les molesta porque algunos propietarios de viviendas en alquiler necesitan esos ingresos. ¿Cuántos? ¿Serán más del 20% que calcula las plataformas antideshaucios?

El Gobierno en esta propuesta -que no llevará a buen puerto, ya lo ha dicho Ábalos– tiene razón. Creo que no lo hará porque no es verdaderamente socialista. Lo meterá en el BOE, hará propaganda, pero no lo hará. La Doctrina de la Iglesia desde luego está -en esto- con ellos. ¿Cómo se va a decretar confinamiento por razones sanitarias y permitir que se viva en la calle, en una chabola o en un coche? Ya ha pasado en medio de la pandemia que se va la luz en un poblado chabolista y la gente se junta en una humildísima casa con chimenea en la que, probablemente, han contagiado a los ancianos moradores.

Miles de familias, miles de personas carecen de vivienda propia. Creo que hay dos bloques de situaciones muy diferentes Por una parte están los “sin techo”, personas que carecen de un lugar donde guarecerse y con las típicas características de la mendicidad; a veces personas bastante deterioradas en sus formas de vida y relaciones. Por otra parte están las familias que no viven ese grado de exclusión. Están perfectamente incluidas pero están explotadas: cajeras, reponedores, parados, hasta autónomos, etcétera, que están con el agua al cuello; no es que no lleguen a fin de mes sino que, además, no saben cómo pagarán los recibos que llegan a primeros de mes.

El primer grupo (“sin techo”) está en las cloacas de la sociedad. Normalmente, han sido trabajadores pero la dureza de la vida o alguna circunstancia familiar les ha ido orillando y hoy son “descartados”, podrían desaparecer y no se resentiría el aparato social. De hecho pasa, como cuando un mendigo se murió en el banco frente a un centro de salud en nuestra ciudad. El segundo bloque es distinto: es el motor de la economía. Sé que pocos creen esto aunque es de sentido común. El motor es el trabajo. La fuente de toda riqueza.

La situación límite en que viven los “excluidos” es un asunto, desde el punto de vista económico, fácilmente solventable con muchísimo menos del 0,7% del PIB; muchísimo menos. Lo que pasa es que no se quiere hacer porque no hay voluntad política.

Otra cosa es el problema de la vivienda de la mayoría. Los 5 millones de viviendas pequeñas. Los que viven ahogados por la hipoteca, etcétera. El problema de estos no se soluciona porque es un negocio. Hoy hay en España más viviendas vacías que familias sin vivienda, pero… no se puede hacer nada. Porque el negocio del alquiler es intocable. Hay “gentes” en España con diez, veinte o treinta pisos alquilados que les proporcionan miles de euros al mes…, sin dar más golpe que el que dan sobre sus inquilinos. Hoy hay en España más suelo baldío que suelo urbanizable, pero… no se puede hacer nada. Porque aunque somos muy “liberales”… el suelo es otra cosa. Nada influye tanto en el precio de la vivienda como el precio del suelo. Precio altísimo por la escasez de un bien (el suelo) que es artificialmente escaso por la imposición de los mecanismos urbanísticos.

Así las cosas se le puede exigir a los gobernantes una política de vivienda que acabe con estas situaciones. Y sería -sin duda- razonable y moral expropiar viviendas vacías a cualquier propietario privado o colectivo que no las necesitara. Da lo mismo sea Iglesia, sindicato, fondo buitre, el propio Estado, grandes propietarios o lo que sea. El derecho a la vida está por encima del derecho de acumulación de propiedad en pocas manos.

¿Por qué el PSOE de hoy no hace promoción de vivienda como hacia el viejo PSOE de los años 20 o 30 del siglo pasado?

Otra cuestión importante sería preguntarse por qué el PSOE de hoy no hace promoción de vivienda como hacia el viejo PSOE de los años 20 o 30 del siglo pasado. El único obrero que ha sido presidente del Gobierno en toda la historia de España vivió en una vivienda promovida por una cooperativa socialista. Más valiente aún fue Giorgio La Pira, alcalde de Florencia hace más de cincuenta años, hoy en proceso de beatificación, que sí expropió con inteligencia viviendas vacías.

Tenemos sobrada experiencia de lo que ha sido la política de vivienda durante la Transición. No es motivo de orgullo nacional. El precio de la vivienda cada vez se lleva más porcentaje del salario de los trabajadores. La vivienda es objeto de especulación. El Gobierno de España decidió sin oposición que comprar una vivienda en España de medio millón de euros te dé prácticamente casi el derecho de nacionalidad. Eso sí se ha hecho pero los gobiernos Suárez, González, Aznar, Zapatero o Rajoy se parecieron mucho en no resolver el problema de la vivienda. Lo que seguramente hará este Gobierno, a la vista de la experiencia, es pagar del fondo común procedente de los impuestos buenos alquileres a los propietarios. Dará limosnas a los inquilinos para que los grandes propietarios sigan contentos.

Si el Gobierno, de hoy o de mañana, se decidiera a expropiar en favor de los oprimidos no será la Iglesia quien se opongan aunque le afecte. Serán los partidos que sustentan al Gobierno. Serán los intereses de los grandes propietarios. Será la banca. Serán los medios de comunicación quienes se opongan. Pablo Iglesias hará lo que nos echan en cara a los curas: “Una cosa es predicar y otra dar trigo”. No le vayan a quitar la piscina.

Eugenio Rodríguez

Fuente: Espiral21