¿Qué hiciste para nacer?

Diego Velicia, psicólogo del COF Diocesano


Antes de continuar leyendo este artículo detente un momento y trata de responder a la pregunta. ¿Qué hiciste para nacer?

No fue gracias a tu inteligencia a lo que naciste. Ni gracias a que tomaras una decisión firme de hacerlo. Tampoco podrás decir que naciste porque te lo ganaste, porque hiciste méritos para ello.

La respuesta más cierta es que no hiciste nada para nacer. Al igual que cada uno de nosotros. No fue fruto de nuestra inteligencia, nuestra voluntad o nuestros méritos. Nacimos sin haberlo merecido, sin habérnoslo ganado. Nacimos. Es un hecho, una verdad (quizá es la primera verdad de nuestra vida). Sin haberlo conquistado, sin que fuera un premio. Nos ha sido dado sin haberlo merecido. Y esa primera verdad tiene que ser vivida. ¿Cómo? Entre otras cosas, disfrutando de ella.

La mayoría de nosotros coincidiríamos en que la etapa de la vida que más se identifica con disfrutar es la infancia. Esa época que debería estar marcada por el juego (“el trabajo de los niños es jugar”), por la inocencia, por la despreocupación… A medida que vamos creciendo van apareciendo responsabilidades y relaciones, proyectos y experiencias… pero es necesario que, por mucho que vayamos creciendo, ese pequeño espacio en el que simplemente “jugamos” no desaparezca de nuestras vidas. Momentos en los que simplemente disfrutemos.

Disfrutar de la vida no quiere decir dejarse llevar por los instintos, hacer lo que me da la gana o estar todo el día pensando en pasármelo bien. Tenemos experiencia de que muchas veces haciendo lo que nos da la gana no disfrutamos. Disfrutar de la vida quiere decir recrearse en esa belleza que nos es regalada de una forma inmerecida: un rayo de sol que nos calienta en invierno, la compañía de unos amigos, el canto de unos pájaros, un café caliente en una tarde lluviosa, una puesta de sol, una música hermosa, un paseo en bicicleta, una brisa de aire en el rostro acalorado…

No se trata de disfrutar de cosas para evadirnos de nuestras preocupaciones, no. A menudo utilizamos para eso la TV, los móviles, los ordenadores… Pero eso, habitualmente, lo más que consigue es distraernos.

Hay personas que cuando miran su vida, pueden decir que no han disfrutado nunca. Y el que no ha disfrutado nunca, pasa la vida en una especie de amargura interior.

Si no te sientes identificado con aquellas personas que nunca han disfrutado, no hace falta que sigas leyendo el final del artículo.

Si eres de los que te identificas y tienes la sensación de haberte pasado la vida abrumado por tus responsabilidades, amargado por tus relaciones familiares o escapando en una especie de huida permanente, déjame darte un consejo: haz un alto cada día para disfrutar de algo sin ganártelo, de forma inmerecida. Prueba a hacerlo durante 15 días y luego valora la experiencia. Que sean cosas pequeñas, cotidianas, regaladas… No tiene por qué ser mucho rato. Lo justo para poder decir internamente al terminar ese tiempo: “qué gozada”.

Hay muchas veces en las que aparentamos disfrutar de cosas, para que los demás vean lo bien que lo pasamos. Aquí no se trata de lo que piensen los demás, se trata de que haya un movimiento en nuestro corazón de alegría por la belleza de la vida, por el regalo de la vida y su gratuidad.

Si has seguido leyendo a pesar de que te avisé que no lo hicieras si ya disfrutabas de esos pequeños momentos en la vida, simplemente recuerda que esos pequeños momentos nos conectan con esta verdad primera, con esta verdad básica: que estás vivo, que la vida te ha sido dada, sin merecerlo… ¿Quién podría hacernos un regalo así?

Anunciación, de Ana Alvarez-Errecalde

Ibone Olza
Publicado en iboneolza.org


Hay sentimientos y emociones que una piensa que es imposible retratar, no digamos ya fotografiar, especialmente por su complejidad. Me refiero por ejemplo a algo que he experimentado en numerosas ocasiones en mi consulta pero que me resulta difícil encontrar fuera de ahí e igualmente complicado describir. Casi siempre sucede cuando escucho a madres de hijos o hijas con graves discapacidades. Viene a ser un estremecimiento profundo de mi ser acompañado de un sentimiento mezcla de compasión y emoción. Y seguramente también gratitud: puede que sea el sentirme privilegiada al saberme testigo de un amor incondicional y excepcionalmente hondo, profundo, repleto de matices y recovecos sorprendentes, grande y misterioso como La Vida.

Y no, no estoy hablando de idealizar la entrega de esas madres que cuidan sin descanso apenas a hijos que apenas pueden hacer nada por sí mismos. No hay idealización posible sino al revés, más bien me lleva a un cuestionamiento de mi misma y de lo que yo entiendo por amar y cuidar. ¿Acaso me ofrezco yo para quedarme unas cuantas horas, no ya días, al cuidado de esos hijos? No, no lo hago y al preguntármelo pienso que no lo hacemos, casi nadie lo hace. Yo apenas les escucho un rato y si puedo les enseño mi humilde espejo, para que al menos reconozcan su dignidad, la grandeza de su entrega, la belleza que desprenden sus gestos o cuán hermosas son las palabras que eligen para hablar del otro, ese hijo o hija que a veces ni siquiera llega a hablar.

Es difícil. Esta sociedad casi niega la existencia a los que vienen con un algún tipo de malformación desde el útero, y si aún y todo llegan a nacer se les condena al ostracismo negándoles la inclusión… ¡Qué heroica termina siendo entonces la crianza! Qué difíciles también esos embarazos, cuando los médicos nos atrevemos a adivinar el tipo de vida que tendrá ese bebé y la presión llega a tal punto que muchas madres optan (casi siempre con enorme dolor) por interrumpir la gestación “para no condenarle a una vida de sufrimiento”. No me atrevo a juzgarlo pero a mí me duelen todas esas pérdidas. De alguna forma les echo de menos, y me pregunto cómo sería este mundo si no faltaran tantas personas con síndrome de Down, por ejemplo, o cualquier otra discapacidad o malformación, cuanta alegría y ternura se está eliminando antes siquiera de nacer, qué oportunidades nos perdemos todos de amar, cuidar y crecer…Y a la vez entiendo e incluso acompaño, visto el abandono posterior, el largo recorrido que comienza cuando el bebé no sigue el trayecto esperado…

No juzgo ni lo pretendo, porque conozco lo difícil que es criar a un hijo o hija diferente «neuroatípico», más lento o que parece que no vaya a hacer otra cosa que “ser y estar”.

La primera vez que vi esta imagen me estremecí. Apenas unos instantes, aparté la mirada sabiendo que no era el momento ni la manera de contemplar algo tan potente que directamente conectaba con esa vibración profunda de mi ser. No podía seguir mirando pero sabía que tendría que volver a ella, no una, sino infinidad de veces. Algunos de los momentos más preciosos en mi trabajo de los últimos años están recogidos en esa imagen.

Bendita Anunciación. Ana Álvarez Errecalde: has captado con tu cámara lo invisible, lo que parece imposible fotografiar. Has retratado la piedad, la compasión, la dignidad en el amor, con nitidez. Y gracias, porque además has escogido las palabras más precisas para sintetizarlo en una única frase:

“El momento en que damos el Si a la nueva vida, comienza el ejercicio de “la piedad”, la incondicionalidad del amor”

Ana Alvarez-Errecalde

Memorias de la fragilidad

Irene Vallejo
Publicado en El País


Habíamos olvidado que la vida siempre ha estado en peligro. Hemos vivido la amnesia de los afortunados gracias al progreso de la medicina. Ahora es preciso fortalecer la salud, la investigación y la ciencia.

Cuántas veces, antes de nacer, nuestras vidas estuvieron en peligro. Los zarpazos de la epidemia han amenazado siempre el fino hilo del futuro. En el pueblo de la infancia de mi abuelo, todas las mujeres embarazadas murieron en los años de la letal gripe española, menos su madre, que misteriosamente sobrevivió durante aquellos meses de terror, y pudo dar a luz. Mis padres eran niños cuando la polio se extendió dejando en sus colegios una estela de pupitres vacíos y huecos en las fotos familiares. Una brizna de mala suerte, y todos sus descendientes habríamos quedado borrados. Nosotros, los vivos, somos victorias frente a la fragilidad.

Muchos habíamos olvidado esa fragilidad, junto con las historias en sepia de nuestros padres y abuelos. La nuestra era la amnesia de los afortunados. El progreso de la medicina ha sido tan prodigioso en unas pocas generaciones que a nosotros una vida larga y sana nos parecía —nos sigue pareciendo— lo habitual. Hemos dejado de asombrarnos ante un éxito que, en esta parte del mundo, se ha disfrazado de normalidad. Casi nadie, a lo largo de la historia, había podido permitirse el lujo de ese olvido nuestro. En La favorita, el cineasta griego Yorgos Lanthimos resume la vulnerabilidad humana en una perturbadora imagen. La protagonista de la historia, la reina Ana de Inglaterra, cuida y acaricia en su dormitorio a 17 conejos blancos, uno por cada hijo que murió antes de llegar a la edad adulta. Si una reina a las puertas del siglo XVIII, protegida por el lujo de su palacio, sus médicos y sus riquezas, criaba esa blanca camada de duelo, no cuesta imaginar cómo serían las existencias más precarias. Fiebres, un parto, una diarrea, una coz de un caballo en el pecho, y un rápido fundido en negro. Así era el mundo de antaño, así es todavía hoy en demasiados lugares.

Nuestros cuerpos están fabricados de materiales delicados; como escribió el poeta griego Píndaro, somos la sombra de un sueño. Una larga esperanza de vida no es un dato de la naturaleza, es un avance inaudito del cuidado. Quienes nos cuidan han conseguido logros más y más extraordinarios durante los últimos siglos; mientras, nosotros nos hemos habituado a los éxitos como a la monotonía de un paisaje conocido. Cuando en 1955 se anunció en Estados Unidos la vacuna contra la poliomielitis, sonaron las campanas, se cerraron las escuelas, dieron día libre en el trabajo, la gente brindaba, acudía a las iglesias, sonreía y abrazaba a los desconocidos. Cuando mis padres eran niños, les daban a leer biografías en viñetas de Louis Pasteur, Marie Curie y otros científicos que revolucionaron las formas de vivir y morir. En los últimos años, otros ídolos atrajeron los aplausos, las miradas se volvieron desatentas, los héroes infantiles se quitaron la bata blanca. Los trabajos del cuidado quedaron en la penumbra de las noticias, del interés y la conversación pública, mientras nos suministraban suculentas y rentables dosis de un falso ideal de dorado individualismo, de fuerza, de victoriosa soledad.

La pandemia ha hecho añicos el espejismo y hemos vuelto a verles las orejas a los conejos blancos de la fragilidad. De pronto, los cuidados han abandonado el sótano de las telarañas y se han convertido en el eje de todas las decisiones. Al parecer, ha sido preciso que todo se trastoque y perdamos la cabeza para volver a pensar sensatamente. Otra vez hemos tomado conciencia del valor de la atención y el conocimiento, colocamos de nuevo nuestra esperanza en los expertos del cuidado. Ojalá no enmudezca la memoria de los balcones.

Esos expertos saben bien que atender a los que sufren nos enfrenta a un constante dilema: cuántos sacrificios asumimos para salvar a los demás. A lo largo de la historia, en las recurrentes epidemias que desde tiempos remotos han acechado a la humanidad, la disyuntiva reaparece una y otra vez, retándonos a conjugar los terrores de los sanos y de los enfermos. Hasta hace relativamente poco tiempo, se solía condenar con tablas clavadas las puertas y las ventanas de las casas donde se detectaba la presencia de contagiados y, en el mejor de los casos, les lanzaban alimentos separando las tejas del tejado. Hubo islas donde se abandonaba a su suerte a los infectados en tiempos de peste; Jack London escribió un fascinante relato sobre la rebelión de un leproso destinado a Molokai, cárcel para enfermos en el paraíso de las islas Hawái. En el pasado no era infrecuente aplicar ese apartheid despiadado. Nosotros, en cambio, hemos optado por confinarnos todos los sanos para proteger a los más vulnerables y, aunque parezca una paradoja, aislados somos más que nunca una comunidad. En ese dilema —trágico— hemos tomado una decisión que contradice la apología de la eficacia y la idolatría del éxito imperante en las últimas décadas. Queremos proteger a los más frágiles, con todas nuestras fuerzas, pagando el alto precio que exigirá el futuro. Hemos apostado sin titubeos por los cuidados.

Hace 25 siglos, Sófocles se preguntó en una tragedia cómo actuar ante el dolor ajeno. No es fácil vivir enfermo, pero tampoco lo es vivir con un enfermo. Filoctetes, que da nombre a la obra, es un combatiente griego en el asedio a la ciudad de Troya. Cierto día, una flecha envenenada le provoca una terrible herida en la pierna. Hartos del insoportable hedor que desprende Filoctetes, de sus gritos y quejas, sus propios compañeros deciden abandonarlo en una isla desierta con su arco mágico, que nunca yerra el tiro, para que pueda alimentarse de la caza. Durante 10 años sobrevive en soledad, oyendo el estruendo de las olas que rugen en los acantilados, sin que nadie lo atienda ni se preocupe por él. Transcurrida esa década, una profecía revela a los griegos que solo podrán ganar la guerra gracias al arco de Filoctetes. Ulises y el hijo de Aquiles se embarcan en busca del hombre al que desahuciaron cuando creyeron que era prescindible. En la isla se hacen patentes las consecuencias del abandono sobre los que lo decidieron y sobre el que lo sufrió. Filoctetes les dirige unas palabras con resonancias actuales: “Atrévete. Sálvame”. Sé osado, arriésgate a cuidar del débil, porque eso te hará más fuerte.

Filoctetes es una tragedia singular porque alberga un final feliz. En esta obra los personajes sufren para llegar a aprender que toda armonía es siempre el resultado de una fuerte tensión. Sófocles creía que es posible reconciliar el miedo y la comprensión, la autoridad y la libertad, la costosa protección al frágil con la solidez moral del futuro, y por eso este texto queda abierto al optimismo. Estas enseñanzas del pasado forman ya parte de nuestra mejor tradición humanista. El futuro, ese país desconocido, necesita fortalecer la salud, la investigación y la ciencia. Sin olvidar esa red tejida de relatos e historias, ideas y reflexiones, imágenes y canciones que nos han transmitido el valor incalculable de la fragilidad, la mejor herencia de nuestros mayores. Esas mismas historias que, en tiempos de encierro, nos han aliviado dialogando con nuestras sombras y sueños. El conocimiento, la ciencia y la cultura son cadenas frágiles, tan frágiles como nosotros mismos. No volvamos a descuidar los cuidados.

Se vende recién nacido

José F. Peláez

Fuente: Magnífico Margarito

Este fin de semana nos despertábamos con una foto con cientos de recién nacidos en Ucrania almacenados como bricks de leche en cunas frías. Con una diferencia: los bricks no lloran. El llanto del recién nacido es insoportable y lo es precisamente para eso, para que no se pueda soportar, para que el que lo oiga deje lo que quiera que esté haciendo y sienta la necesidad imperiosa de cogerlos, de abrazarlos, de darles alimentos y calor y que, así, deje de llorar. Ese llanto es una alarma que pide protección. Es un llanto evolucionista, esa frecuencia llama a Darwin.

No son niños abandonados, no son huérfanos. Son niños ‘producidos’ para ser vendidos, para que vengan unos señores con cara de buenas personas y se los lleven a su casa. Pero claro, debido al coronavirus no han podido ir. Los niños están allí llorando, esperando a que se abran las fronteras y alguien los recoja, como si fueran gabardinas y la vida una tintorería de barrio. Hay mujeres que dan a sus hijos en adopción por no poder criarlos. Hay mujeres que, para no abortar, deciden tener a sus hijos, darles la vida y que sean otros los que los críen. Pero es que esto es otra cosa. Son mujeres que venden a sus hijos como quien vende medio kilo de mortadela con aceitunas. Mujeres que los han abandonado en el almacén y que ni si quiera ante este imprevisto ‘del mercado’ tienen la pulsión de abrazarlos, aunque fuera de modo interino. No aplica Darwin, la frecuencia se vuelve inaudible en la distancia. Se ve que el amor y la dignidad no vienen de serie. Dios santo.

No quiero pensar ahora en esos padres capaces de vender a su hijo, esa es otra columna y otro espacio acotado en el infierno. Yo quiero pensar en el niño que llora en la cuna ucraniana, en el niño que llama a su madre porque no sabe que es un producto y que los productos no lloran. Hay derechos fundamentales y estos son inalienables. La vida es uno de ellos. Que nadie pueda mercantilizar con tu vida parece sensato, no es mucho pedir que no te vendan. Si un proceso de divorcio se articula sobre la base del supremo interés del menor, con más razón se debe proteger ese interés cuando no se trata de un divorcio sino de su propia vida. ¿Alguien ha pensado en ese niño? ¿Por qué se le suspenden los derechos? ¿Bastaría con que una multimillonaria vendiera a su hijo en Kiev para que en el futuro ese niño no pudiera acceder a la herencia que le corresponde legítimamente?

La foto es escalofriante. Lo que la foto oculta, lo es aún más. Que el ser humano es capaz de lo peor, no nos sorprende. Pero que la Unión Europea mire para otro lado en esta trama institucionalizada de compraventa de seres humanos es directamente descorazonador.Muchos de los grandes ilustrados, Locke por ejemplo, defendían la legalidad de la esclavitud en pleno siglo XVIII. Muy poco tienen que enseñarnos ingleses, holandeses y demás países protestantes y negrolegendarios a Castilla, que la abolió en tiempos de Isabel la Católica, trescientos años antes. Hoy todos miramos la esclavitud con vergüenza y a los esclavistas con desprecio. Espero que el futuro nos mire a nosotros con el mismo desprecio por estar permitiendo con nuestro silencio que esos niños lloren como muñecos cuando les ponen pilas nuevas en la mañana de Reyes. Solo les falta el código de barras. Y desgravarse la factura.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 19 de mayo de 2020)