Falsas razones para perdonar

¿Para qué perdonar? ¿Qué sentido tiene? ¿Qué pretendo conseguir cuando perdono? Falsas razones para perdonar hacen que el perdón que se otorga en algunas situaciones no sea auténtico.

Una de ellas sucede cuando el perdón viene motivado porque el ofendido confía en la posibilidad de que el ofensor cambie gracias al perdón que ha recibido.  Es algo así como que el rencor por la ofensa recibida permaneciese archivado, como una especie de expediente pendiente de resolución, y en función de cómo transcurra la conducta y el comportamiento del acusado, se termina de resolver de modo favorable al ofensor si no vuelve a cometer la ofensa, o se le agrava la pena pendiente en caso de que vuelva a herir. Este tipo de perdón confía demasiado en sí mismo y suele convertirse en frustración cuando no logra el objetivo de que el otro se convierta y cambie. Esa frustración se traduce en un aumento exponencial del resentimiento. El perdón verdadero es incondicional.

Otra de las razones falsas consiste en que si yo perdono voy a ser mejor persona. En esta motivación se utiliza el hecho de perdonar para ser mejor, para el crecimiento personal, en una especie de ascensión a los cielos hecha a base de peldañitos de perdón. En esa dinámica, cada ofensa se convierte en una ocasión para el avance espiritual propio, sin importar demasiado ni el ofensor, ni su futuro. Y el perdón se convierte en una ganancia en el camino de una persona centrada en sí misma, que mira al ofensor desde el altar de su propia bondad. El perdón verdadero es humilde, gratuito, desinteresado…

También es una falsa razón aquella en que el ofendido utiliza el perdón como forma de dominación del ofensor. Se sustituye la deuda moral contraída con la ofensa por la deuda moral contraída por el perdón. “Te perdono para dominarte”. Esta dinámica supone que el ofendido utiliza tanto el daño recibido como el perdón otorgado en la relación con el otro, porque el perdón le convierte en poderoso. Desde su magnanimidad emplea el perdón para acrecentar la deuda que tenía el ofensor en vez de cancelarla. En estos casos, lo más habitual es que la relación futura empeore, ya que aumenta el desequilibrio entre las partes. El perdón verdadero impide que la última palabra la tenga el poder.

La última de las falsas razones consiste en perdonar para terminar rápidamente con todo lo que tiene que ver con la ofensa y pasar página. En este tipo de escenario, el ofendido intenta volver a la relación anterior ahorrándose, o ahorrando al ofensor, el dolor que supone mirar la ofensa, y tratando de minimizar el daño para facilitar la vuelta a la situación original. Evita de esa manera, el remordimiento del ofensor, que es tan necesario para promover un cambio y una reparación. El perdón verdadero ni ignora ni minimiza el mal.

Vistas éstas como falsas razones para perdonar. ¿Cuáles pueden ser las verdaderas razones para hacerlo? Sólo una: el perdón es el amor buscando sitio para crecer. Al no perdonar, nuestra capacidad de amar se estanca. Y como dice el Papa Francisco, el amor que no crece comienza a correr riesgos. La única razón para perdonar es querer amar.

 

Diego Velicia, psicólogo del COF Diocesano

Publicado en Artículos, Cultura.

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