Deuda, la otra forma de la esclavitud

Hay dos formas de hacer esclavo a un ser humano. Una es la de tomarlo en propiedad y la otra consiste en anular su capacidad para tomar decisiones libres sobre su vida, sobre su presente y su futuro. Esto segundo es lo que consigue la deuda.

Tanto es así, que en la Ley de las XII Tablas de Roma se establecía que si un ciudadano romano no podía pagar una deuda a otro éste podía hacerlo esclavo y venderlo para cobrársela o incluso matarlo. Una vez que el juez declarase el impago, el acreedor exhibía al deudor junto a su mujer y sus hijos durante sesenta días en tres mercados públicos de esclavos mientras proclamaba en público la situación y el dinero que le debía, hasta que apareciese alguien que los comprara.

De la esclavitud que significa la deuda se fue consciente desde la antigüedad y algunos pueblos como los sumerios, babilonios y asirios trataron por diversos procedimientos de evitar que ese tipo de esclavitud acabara con ellos. Incluso hay una palabra que nació para referirse a un momento en el que las deudas se anulaban para que no siguieran creciendo sin cesar, jubileo.

Esta palabra proviene de yobel que en hebreo era el cuerno de un carnero que se utilizaba para anunciar la fiesta que se celebraba cada cincuenta años y en la que se anulaban las deudas y se devolvían las tierras a quienes las habían tenido que vender antes, para que la pobreza y la desigualdad no siguieran creciendo por su causa. Se usó en la Biblia y fue traducida al latín por iubilare, que eran los gritos de alegría de los pastores, de modo que la palabra jubileo terminó significando alegría o gozo.

Los jubileos de la deuda se han producido casi siempre. El Código Hammurabi, de 1750 años antes de Cristo, también obligaba a cancelar las deudas en tiempos de inundaciones o sequías y todos lo gobernantes de la dinastía babilonia comenzaban su reinado anulando las deudas agrarias. También se encontraba en la Ley de Moisés y en Roma, Julio César estableció también diversos procedimientos para evitar que la deuda no ahogara por completo a los deudores.

Desde hace años vivimos en una economía que funciona impulsada principalmente por la deuda debido a cinco razones principales.

  • Se han impuesto políticas que disminuyen constantemente la masa salarial. Con menos capacidad adquisitiva, las familias tienen que recurrir permanentemente a la deuda. Y con con menos masa salarial, las empresas que producen bienes y servicios tienen menos ingresos y también han de endeudarse constantemente.
  • Desde los años setenta del siglo pasado, los bancos privados consiguieron que se estableciera la prohibición de que los bancos centrales financien a los gobiernos sin interés. Al prestarles ellos el dinero con los intereses más altos posibles, la deuda pública se ha disparado. Como he repetido muchas veces, desde 1995 a la actualidad, todo el incremento de la deuda pública en la totalidad de la Unión Europea corresponde a intereses y así ocurre en otros países.
  • Los bancos privados tienen el privilegio de crear dinero de la nada cada vez que conceden un préstamo (quien tenga dudas de esto puede leer cómo lo explica el Banco de Inglaterra aquí). Y es lógico que utilicen todo el poder económico y político que eso les proporciona para expandir el negocio lo más posible: ¿quién no ha vivido la experiencia de las tasadoras de los bancos aumentando el precio de las viviendas o el suelo que se iba a hipotecar o la de recibir préstamos por más del valor de la vivienda que se hipotecaba?
  • Los títulos de la deuda no se quedan quietos, guardados en un cajón cuando se emiten, sino que, gracias a las nuevas tecnologías, se pueden volver a comprar y a vender miles de veces por segundo en los mercados financieros creando nuevos títulos (productos derivados se llaman) que a su vez se compran mediante operaciones de crédito que aumentan sin cesar el volumen total de la deuda.
  • Finalmente, resulta que la deuda se alimenta a sí misma. Un préstamo al 7% por ciento de interés se duplica en diez años, y eso quiere decir que quienes se endeudan pasan todo la mayor tiempo pagando intereses. Hoy día los gobiernos,y muchas familias y empresas, tienen que emitir deuda constantemente para pagar los intereses de la deuda anterior.

El crecimiento de la deuda en todo el mundo es espectacular y no hace falta ser un premio nobel de economía para darse cuenta de que lo hace alimentándose a sí misma, puesto que crece muchos más que la producción. De 1997 a 2007 el PIB mundial creció un 28,1% y la deuda un 131%, 4,6 veces más. Y de 2007 a la actualidad el PIB mundial ha aumentado un 14,4% y la deuda un 44%, el triple.

La deuda crece tanto que se ha llegado a producir una paradoja: no hay dinero en el mundo para pagarla puesto que es dos veces y media más voluminosa (unos 257 billones de dólares) que toda la cantidad de dinero que hay en la economía mundial (algo menos de 100 billones).

Las políticas de austeridad que se imponen a los gobiernos con la excusa de que así podrán pagar la deuda son una farsa. Nunca podrá llegar a pagarse por completo por muchos recortes que hagan. Lo único que se consigue con ellos es que la deuda siga aumentando, que es justamente lo que buscan quienes se hacen cada día más ricos con ella, los bancos.

Y ya he señalado que la mayor parte, por no decir toda, de ese crecimiento vertiginoso corresponde a intereses: más de 300.000 millones de euros están pagando cada año la totalidad de los países europeos por ese concepto y Estados Unidos pagó 574.000 millones de dólares en 2019.

Hace unos años, cuando terminé de dar una charla sobre estos temas y defendí que era necesario cortar de raíz el incremento absurdo de la deuda mundial a base de pagar intereses a los bancos privados, uno de los asistentes intervino y me dijo: «profesor, es usted un iluso si propone que se dejen de pagar las deudas en el capitalismo. Hasta los católicos han dejado de decir en el Padrenuestro perdona nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores y ahora dicen que lo que hay que perdonar son las ofensas». Lo comprobé y así era, pero cuando investigué vi con alegría que la Iglesia Católica no parecía ser del todo un enemigo de mi propuesta. El Papa Juan Pablo II había propuesto que se celebrara un Jubileo Universal en el año 2000 que acabara con la deuda externa de los países más pobres. Y en febrero de 2016 el Papa Francisco precisamente recordaba a los peregrinos el sentido del jubileo de los israelitas, el del diezmo que prescribía que «la décima parte de la cosecha, o de lo proveniente de otras actividades, fuese dada a quienes estaban sin protección y en estado de necesidad», o la ley «de las primicias» que obligaba a dar «la primera parte de la cosecha, la parte más preciosa» a quienes no poseían nada.

El Papa Francisco dijo en aquella intervención de hace justo cuatro años: «¡Cuántas familias están en la calle, víctimas de la usura! Por favor, recemos porque en este Jubileo el Señor elimine del corazón de todos nosotros este deseo de tener más, la usura. Que se vuelva a ser generosos, grandes. ¡Cuántas situaciones de usura estamos obligados a ver y cuánto sufrimiento y angustia llevan a las familias! Y muchas veces, en su desesperación, muchos hombres terminan en el suicidio porque no lo soportan y no tienen esperanza, no tienen la mano extendida que les ayude; sólo la mano que viene a hacerles pagar los intereses. Es un grave pecado la usura, es un pecado que grita en la presencia de Dios».

Yo creo que sus palabras no tiene sólo un sentido religioso sino elementalmente ético. Sea cual se nuestra creencia, tengamos o no fe en cualquier dios, lo cierto es que estamos siendo esclavos de la deuda y de sus intereses. No hay derecho a que cuando la gente está muriendo por falta de recursos, como ahora, cuando la economía se bloquea y se paralizan las fuentes de creación de ingresos, la única solución que encuentren nuestras autoridades, y muy en particular los dirigentes de la Unión Europea, sea crear más deuda con interés para que se enriquezcan los bancos y para que el día de mañana seamos todavía más esclavos que ahora. Es imprescindible establecer un jubileo universal de la deuda. Otro día explicaré cómo se podría hacer para que sus consecuencias no sean peor que el problema que se trata de resolver. Si no lo hacemos por convicción moral, guiados por una ética elemental de la vida y del amor a los demás, al menos, autoridades de todo el planeta, banqueros de todo el mundo, háganlo por puro egoísmo, porque en la red de la deuda también perecerán ustedes sus hijos o sus nietos.

Juan Torres

Cruz Luz

Cruz Luz son una suerte de «meditaciones» deshilvanadas. Algunas palabras y algunas imágenes. En realidad, sólo una palabra y una sola imagen, bocetos torpes cuyo único objetivo es vincular la mirada a un misterio tan inabarcable como cierto.
Es una propuesta entre amigos una búsqueda de complicidades en torno a la cruz, es decir, en torno a la fe que nos une. Es un cuenco que puede ser llenado con las reflexiones, experiencias, oraciones,… que tú quieras hacer a partir de una o varias de estas páginas.
Si decides compartirlas, las añadiremos a este libro abierto. Gracias.

¿Quién se acuerda de los trabajadores españoles de la logística en la Holanda del Covid-19?

La crisis sanitaria está visibilizando de forma dramática las costuras de la actual división social y territorial del trabajo. En esta división funcional y especializada del trabajo que tiene Europa, Holanda alberga decenas de miles de trabajadores españoles en el sector de la logística, que han ido llegando al país en los últimos años, y que cuentan, según la investigación que hemos realizado, con unas condiciones laborales y de alojamiento deplorables que pueden estar empeorando severamente con la pandemia. Holanda, el mismo país que ahora lidera la negativa para apoyar económicamente a sus socios europeos más sacudidos por la pandemia del Covid-19, como España.

Almacen en Róterdam. REUTERS

Alertamos sobre la situación del colectivo de españoles en el sector de la logística holandese que no se siente reconocido en los aplausos ni en el esfuerzo colectivo contra la epidemia, por la sencilla razón de que ya no están en España. Tuvieron que salir, como muchos otros cientos de miles, cuando la otra crisis, y emigraron, a Holanda. Hoy trabajan en los grandes almacenes de logística, en torno al puerto de Rotterdam, el primero en volumen de carga y distribución, y se cuentan los que han pasado en los últimos años, sólo los españoles, por cincuenta mil. Son los trabajadores y trabajadoras que se activan cuando desde nuestras casas hacemos una compra por internet, en Amazon o cualquier otra plataforma de e-commerce. Hoy están trabajando más que nunca, y se encuentran, en pleno desarrollo de la epidemia, en una situación más que inquietante debido a sus condiciones de alojamiento y trabajo.

Emigrantes desde 2008

Hace tres años que nuestro colectivo de investigación está trabajando con algunos de ellos/as. Se trata de personas que fueron expulsadas cuando reventó el modelo productivo español, de 2008 en adelante, el de la burbuja y el endeudamiento privado. Los perfiles que hemos ido encontrando son muy heterogéneos, pero todos responden a un patrón común: en España ya no había perspectivas de futuro laboral y Holanda ofrecía oportunidades. Algunas agencias de reclutamiento (ETT) con matriz holandesa han sabido explotar estas circunstancias y se extendido su área de captación desde el este europeo a los países del sur, los más golpeados por la crisis. Su éxito radica en que proponen una línea de fuga, una salida digna llena de «facilidades» a todos estos perfiles que sólo tienen como condición saber un mínimo de inglés:»nosotros nos encargamos del alojamiento y del transporte, tú sólo te tienes que preocupar de trabajar».

Desde hace varios años, los grandes macroalmacenes de logística se han venido instalando en Holanda (y en otros puntos de Europa), en torno a los puertos, generando una enorme riqueza y demanda de empleo de toda condición. Podría haber hoy en los Países Bajos hasta 2 millones de trabajadores extranjeros, aunque los datos oficiales sólo contabilizan 500.000. Igual sucede con los trabajadores españoles. En los estudios estadísticos hemos contabilizado el paso de al menos 50.000 emigrados de España para el sector de la logística, que no son reconocidos en toda su dimensión por el país receptor en las estadísticas oficiales. Son trabajadores y trabajadoras que por su condición temporal, precaria y de irregularidad administrativa podríamos decir que casi no existen. Estos macroalmacenes operan como «pulmones» en los flujos globales continuos de mercancías entre la periferia del mundo y el centro de Europa como gran consumidor. Comprendemos así como se está transformando el modelo productivo europeo: estos macroalmacenes son capaces de distribuir, en tiempo real, en casa del consumidor/a virtual, millones de productos fabricados en los países llamados emergentes, por empresas y capitales que, desde los años 1980, han venido deslocalizando masivamente la producción industrial. Y una parte de la mano de obra, progresivamente liberada, ha sido empleada en estos grandes almacenes, primero en proveniencia de los países del Este (Polonia, Lituania, Bulgaria), y a partir de los años 2007, también del sur de Europa. Hoy la población española constituye el segundo o tercer contingente más importante en número.

Los diferentes macroalmacenes que reciben, gestionan y derivan la mercancía están así articulados, en tiempo real, a almacenes de mano de obra, lista para ser utilizada de manera óptima. Estas personas, son puestas en un tiempo de espera de una llamada que los activa, un día tras otro, de manera imprevista, para ir a trabajar. Si el teléfono suena, y los trabajadores no responden, reciben un warning, y al cabo de tres warning, pierden el empleo. Si se pierde el empleo, se pierde el alojamiento. El contrato «cero horas» es el dispositivo jurídico que permite contratar a alguien, una cantidad variable de horas, de manera a ajustar de modo óptimo la oferta de mano de obra a los requerimientos del proceso productivo.

Incremento de pedido online durante la pandemia

Así viven y trabajan las personas que se encuentran detrás del click con el que compramos on line una mercancía, también ahora que estamos confinados, más o menos cómodamente, en nuestros domicilios. Se está dando la paradoja de que nuestro confinamiento incrementa los pedidos de venta on-line y convierte en indispensables a unos colectivos absolutamente desprotegidos de la posibilidad del contagio.

Y es que efectivamente la crisis sanitaria global del Convid 19 se concreta en este escenario laboral, el de los trabajadores inmigrantes movilizados por la logística holandesa, cuya desprotección laboral deviene ahora en incertidumbre vital. De repente nuestros/as compatriotas que están trabajando allí en condiciones deplorables ven amenazados sus puestos de trabajo, es decir, aquello que únicamente les vincula con un país mantiene una legislación muy permisiva con las ETT y por tanto muy lesivas con su personal.

Pero sobre todo ven un riesgo potencial de contagio en sus lugares de residencia -en muchos casos viven en camping o albergues colectivos donde entra y sale mucha gente y en los que es imposible mantener distancias mínimas de seguridad- o en los medios de transporte empleados por las empresas para desplazarlos al lugar de trabajo, en los que tampoco se respetan normas básicas para prevenir el contagio. Temen enfermar, es más, tienen pánico de enfermar en un país extranjero, en el que a menudo desconocen cómo acceder a servicios mínimos y en el que perder el trabajo es prácticamente quedarse sin un recurso vital para su subsistencia. Si pierden su trabajo la ETT que los emplea también los dejará sin alojamiento y sin seguros sociales, en la calle.

Los testimonios recogidos estos días por parte de los trabajadores y trabajadoras del sector logístico nos indican que hay un claro incremento de la carga de trabajo sin una correspondiente atención a las medidas higienicosanitarias que obligaría la pandemia.

El sindicato neerlandés FNV ha confirmado que las ETTs, aunque en primera instancia se comprometieron con seguir las instrucciones de la autoridad competente en materia de salud, estás, en realidad no se cumplen, por lo que no acontece la mejora prometida.

Creemos que dadas las circunstancias las instituciones españolas deberían presionar a las holandesas para que protejan en términos de salud, empleo y condiciones de vida a la población extranjera que trabaja en torno al sector logístico que hoy están alojados en albergues o camping holandeses preguntándose qué va a ser de sus vidas.

Equipo de investigación sobre trabajo desplazado compuesto por diferentes docentes y profesionales de la investigación social (en colectivo enHolanda)
Andrés Pedreño (Universidad de Murcia)
Pablo López (UCM)
José Calderón (Universidad de Lille)
Antonio Ramírez (Universidad de Murcia)
Sander Junte, Javier González, Monsterrat Matamala y Fernando Sabín (Andaira Investigación Social)
Fuente: Público

Buscar a Jesús en el pobre

El Papa improvisa una ‘homilía-encíclica’ en Lunes Santo: “Defender al pobre no es ser comunista, es el centro del Evangelio”

Pienso en un problema grave que existe en muchas partes del mundo. Quisiera que hoy rezáramos por el problema de la sobrepoblación carcelaria. Donde hay hacinamiento —mucha gente allí—, existe el peligro, durante esta pandemia, que acabe en una grave calamidad. Oremos por los responsables, por quienes deben tomar las decisiones, para que tomen un camino justo y creativo y puedan resolver el problema.

Homilía

Este pasaje termina con una observación: “Los sumos sacerdotes decidieron dar muerte también a Lázaro, porque a causa de él muchos judíos se les iban y creían en Jesús” (Jn 12,10-11). El otro día vimos los pasos de la tentación: la seducción inicial, la ilusión, luego crece —segundo paso— y el tercero, crece, se contagia y se justifica. Pero hay otro paso: sigue adelante, no se detiene. Para ellos no era suficiente condenar a muerte a Jesús, sino que ahora también a Lázaro, porque era un testigo de vida.

Pero hoy me gustaría detenerme en una palabra de Jesús. Seis días antes de Pascua —estamos a las puertas de la Pasión— María hace este gesto de contemplación: Marta servía —como en el otro pasaje— y María abre la puerta a la contemplación. Y Judas piensa en el dinero y piensa en los pobres, pero “no porque le preocuparan los pobres, sino porque era ladrón y, como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella” (Jn 12,6). Esta historia del administrador infiel es siempre actual, siempre los hay, incluso a alto nivel: pensemos en algunas organizaciones caritativas o humanitarias que tienen tantos empleados, tantos, que tienen una estructura muy rica en personas y al final el cuarenta por ciento llega a los pobres, porque el sesenta por ciento es para pagar el sueldo a tanta gente. Es una forma de quitarles el dinero a los pobres. Pero la respuesta es Jesús. Y aquí quiero detenerme: “Porque pobres siempre tendréis con vosotros” (Jn 12,8). Es una verdad: “pobres siempre tendréis con vosotros”. Los pobres existen. Hay muchos: están los pobres que vemos, pero esta es la parte más pequeña; la gran cantidad de pobres son los que no vemos: los pobres escondidos. Y no los vemos porque entramos en esta cultura de indiferencia que es negacionista y negamos: “No, no hay muchos, no se ven; bueno, está ese caso, pero…”, siempre disminuyendo la realidad de los pobres. Pero hay muchos, muchos.

Aunque no entremos en esta cultura de la indiferencia, existe la costumbre de ver a los pobres como adornos de una ciudad: sí, están ahí, como estatuas; sí, están ahí, se pueden ver; sí, esa viejecita mendigando, ese otro… Pero como si fuera algo normal. Es parte de la decoración de la ciudad tener gente pobre. Pero la gran mayoría son pobres víctimas de las políticas económicas, de las políticas financieras. Algunas estadísticas recientes lo resumen de esta manera: hay mucho dinero en manos de unos pocos y mucha pobreza en muchos. Y esta es la pobreza de tantas personas que son víctimas de la injusticia estructural de la economía mundial. Y hay muchos pobres que se avergüenzan porque no llegan a fin de mes; muchos pobres de la clase media, que van a la Cáritas a escondidas y a escondidas piden y sienten vergüenza. Los pobres son muchos más que los ricos; muchos más… Y lo que dice Jesús es cierto: “Porque pobres siempre tendréis con vosotros”. ¿Pero yo los veo? ¿Soy consciente de esta realidad? Sobre todo de la realidad escondida, los que se avergüenzan de decir que no llegan a fin de mes.

Recuerdo que en Buenos Aires me dijeron que el edificio de una fábrica abandonada, vacía durante años, estaba habitado por unas quince familias que habían llegado en esos últimos meses. Fui allí. Eran familias con niños y cada uno había ocupado una parte de la fábrica abandonada para vivir. Reparé que cada familia tenía muebles buenos, muebles de clase media, y televisión. Acabaron allí porque no podían pagar el alquiler. Los nuevos pobres que tienen que dejar la casa porque no pueden pagar el alquiler, van allí. Es la injusticia de la organización económica o financiera la que los lleva allí. Y hay muchos, muchos, y nos encontraremos con ellos en el juicio. La primera pregunta que nos hará Jesús es: “¿Cómo te ha ido con los pobres? ¿Les has dado de comer? Cuando estaba en prisión, ¿lo has visitado? En el hospital, ¿lo fuiste a ver? ¿Ayudaste a la viuda, al huérfano? Porque yo estaba allí”. Y por eso seremos juzgados. No seremos juzgados por el lujo o los viajes que hayamos hecho o la importancia social que hayamos tenido. Seremos juzgados por nuestra relación con los pobres. Pero si yo, hoy, ignoro a los pobres, los dejo de lado, creo que no existen, el Señor me ignorará el día del juicio. Cuando Jesús dice: “Porque pobres siempre tendréis con vosotros”, quiere decir: “Yo siempre estaré con vosotros en los pobres. Estaré presente ahí”. Y esto no es ser comunista, es el centro del Evangelio: seremos juzgados por esto.

Santa Sede

“Ahora más que nunca, con las personas olvidadas” #CírculosDeSilencioEnCasa

La situación de “Estado de alarma” decretada por el gobierno español ante la epidemia del coronavirus ha supuesto el masivo confinamiento de la población en los hogares, resumido en el hashtag #QuédateEnCasa. También ha conllevado una gravísima crisis económica, con la apertura de ERTEs en innumerables empresas y la pérdida de empleo para muchos cientos de miles de personas. Mientras, los contagios aumentan y las víctimas del virus no dejan de multiplicarse. Con ellas, crece el dolor y la preocupación de las familias.

En estas circunstancias, no podemos dejar de alzar la voz por las personas migrantes, que encarnan, muy a pesar suyo, a las víctimas de siempre, también de ahora. Ellas han encontrado sus posibilidades de sobrevivir en trabajos muchas veces precarios que exigen deambular por las calles -manteros-; ellas han asumido muchos de los trabajos de cuidados en los hogares españoles; ellas afrontan también en un elevado porcentaje tareas agrícolas en condiciones a menudo muy difíciles; ellas -en especial las mujeres- son víctimas de la trata y se ven abocadas a la prostitución; ellas, por último, se encuentran a menudo recluidas en los CIEs por no cometer más delito que haber huido de las guerras, el hambre, la pobreza…

Son también no pocas personas migrantes, junto a otras muchas empobrecidas y marginadas, las primeras que no pueden cumplir el requerimiento del gobierno de recluirse en sus hogares porque viven en la calle o en campamentos improvisados junto a las grandes explotaciones agrícolas donde trabajan o en prostíbulos o en cárceles o en los CIEs, o en pisos diminutos que comparten porque no pueden permitirse nada mejor, igual que muchas otras personas víctimas de la pobreza y la exclusión… En definitiva, hablamos de una parte de la población, de vecinos y vecinas que no pueden cumplir el requerimiento del gobierno porque no tienen casa, porque no tienen algo a lo que puedan llamar hogar.

Estos días hemos recibido con esperanza la noticia de que están “desalojando” algunos CIEs (en Aluche, Barcelona, Valencia…) para evitar el contagio de sus internos. Pero no somos ingenuos: la medida se debe a las reclamaciones de las organizaciones de derechos humanos, a las protestas de los internos y a la preocupación porque haya allí un contagio masivo que ponga -más aún- en evidencia las condiciones de hacinamiento en las que (mal)viven los internos, y sobre todo se debe a la imposibilidad de expulsarlos por el cierre de fronteras. En todo caso, El Defensor del Pueblo ha solicitado al Gobierno, sumándose a la reclamación de numerosas organizaciones y colectivos, la liberación de todas los inmigrantes de los Centros de Internamiento para Extranjeros (CIE) de España. Enseguida surge la pregunta de si las personas allí recluidas recibirán opciones para acogerse en condiciones dignas bajo un techo. De momento, el gobierno libera a las que tienen residencia estable; para las que carecen de ella, dice estar buscando alternativas humanitarias… que esperemos lleguen lo antes posible.

Recientemente, Leilani Farha, relatora especial de Naciones Unidas, era muy clara al referirse a la situación de muchas familias y personas sin una vivienda digna: “Insto a los estados a que tomen medidas extraordinarias para garantizar el derecho a la vivienda para que todos puedan protegerse contra la pandemia”. Y añadía con rotundidad: “La vivienda se ha convertido en la primera línea de defensa contra el coronavirus. El tener un hogar, ahora más que nunca, es una situación de vida o muerte”. No se puede hablar más claro.

Por todo ello, nos sumamos a muchas personas, organizaciones y colectivos de derechos humanos y exigimos:

  • Frenar las repatriaciones y cualquier otra medida de orden judicial o administrativo que ponga en riesgo a personas que ante todo deben tener garantizadas las necesarias medidas de protección sanitaria. Recordemos además que el mantenimiento de estas políticas solo contribuye a coartar la consulta de las personas migrantes sin papeles en los centros de salud cercanos.
  • Cerrar los CIEs y ofrecer alternativas habitacionales dignas a las personas que no tengan una vivienda estable; además, deberán garantizarse condiciones de seguridad sanitaria adecuadas en todos los albergues y alojamientos para personas sin residencia fija que estén allí de forma temporal, mientras no se les ofrece una alternativa más idónea.
  • Combatir y denunciar las afirmaciones de carácter xenófobo que busquen estigmatizar a las personas migrantes, especialmente cuando proceden de organizaciones y medios con evidente poder mediático.
  • Compromisos explícitos por parte de los poderes políticos y mediáticos para promover una información argumentada en positivo sobre las aportaciones que hace la población migrante y refugiada a nuestra sociedad, al tejido económico mediante el consumo y el pago de impuestos, a la potenciación de los cuidados, a los trabajos en la agricultura y la construcción, a la recuperación y regeneración del tejido social, cada vez más envejecido…

En estos días, como si despertáramos a una nueva realidad, somos más conscientes que nunca de lo que es importante en la vida: la libertad de movimientos, de desplazarte a donde te plazca (los vuelos procedentes de España han sido restringidos en muchos países); el placer de gozar de un paseo, sin rumbo fijo, solo porque sí; la alegría de encontrarse con las personas amigas, con las vecinas, con la gente de nuestro entorno; la maravilla de la caricia, del beso, del abrazo; el valor de los trabajos de cuidados y de quienes producen nuestros alimentos, en manos muchos de ellos de las personas migrantes y precarizadas…

Surge una esperanza… Esta crisis ha puesto de manifiesto nuestra fragilidad, nuestra vulnerabilidad. Acaso ahora, que han caído nuestras seguridades, acaso ahora, que el estado de bienestar se tambalea, podamos liberarnos de los miedos que llevaron a cerrar todas las fronteras a las personas migrantes y refugiadas. Tal vez podamos, ahora, por fin, abrir los ojos y los brazos a quienes vienen del sur buscando un mundo mejor y pueden ayudarnos a construirlo.

Podríamos terminar este manifiesto exigiendo un cambio en las políticas migratorias en nombre de las víctimas, porque hemos asumido tácitamente ese juego del lenguaje que nos lleva a distinguir entre nosotras y ellas, las otras, los de fuera. Pero no queremos caer en ese juego. Así que lo vamos a hacer en nuestro propio nombre, en nombre de buena parte de la sociedad española y europea, que quiere otro mundo posible, necesario y cada vez más urgente. En nombre de muchas personas, organizaciones y colectivos; en nombre de una dignidad manchada y escarnecida; en nombre de una vergüenza infinita; en nombre, también, porque son fruto nuestro, de nuestras víctimas, que pueblan los fondos del mar Mediterráneo.

Un poeta escribió una vez: “Vendrá un día más puro que los otros […]. Un fulgor nuevo envolverá las cosas”. Vendrá un día más puro que los otros, un día en el que la solidaridad sea el pan tierno de cada día, un día en el que ya no haya CIEs, refugiadas, sin papeles, extranjeras, sin hogar, maltratadas, explotadas, ninguneadas, olvidadas, nadies…

Ese día puede ser HOY.

#CírculosDeSilencioEnCasa

Juntos, unidos y entre todos

Estamos recibiendo cientos de mensajes con ideas y propuestas para «pasar» lo mejor el tiempo. Yo llevo ya 6 días siguiendo los consejos recibidos: tener un horario, hacer ejercicio en casa, distribuir tareas, hablar con familiares y amigos… Pero al séptimo día esta mujer que escribe SE CANSÓ. Se cansó de mirar para dentro, a la propia casa y la propia vida.

SERVIR ES ALEGRÍA.

Para crecer como personas y como sociedad, encontrar un sentido, y salir de esta crisis fortalecidos, necesitamos escuchar el dolor de la familia de refugiados que llegó hace un mes, y vive encerrada en una habitación, sin comida ni dinero, con unos servicios sociales menguados que no dan respuesta. Necesitamos mirar a la trabajadora que en estos días ha visto reducido su sueldo a la mitad, en una subcontrata de empresa pública. Necesitamos tocar el dolor del hombre que se quedó en paro la semana antes del confinamiento, y no sabe cuándo podrá volver a encontrar trabajo. O el de aquel otro que va a trabajar con fiebre, con miedo de contagiar a sus compañeros, pero más miedo aún de no poder pagar el alquiler. Sintamos la angustia de la madre soltera, que si se queda en casa no paga el préstamo personal que pidió con unos intereses salvajes…

Y pongamos cabeza, corazón y manos en construir una SOCIEDAD MÁS FUERTE.  Pues además de batas y mascarillas, vamos a necesitar una sociedad entera que exija a la clase política que responda a las necesidades de los últimos.

Cuando los de arriba repiten las palabras de JUNTOS, UNIDOS y ENTRE TODOS, los de abajo saben que les va a tocar a ellos apretarse el cinturón. No dejemos que los eslóganes, escondan una vez más la verdad de que la factura de las crisis, de ésta y de las anteriores, las pagan los de siempre, los últimos, los pequeños, los más pobres.

Nuria Sánchez

Creer en tiempo de coronavirus

¿Cómo creer cuando aparecen las desgracias? ¿con perplejidad? ¿pasándose a la incredulidad? ¿o son ocasión magnífica para crecer en la fe? Una fe del paleolítico es una fe mágica. Esa que entiende que Dios es un caprichoso a veces feliz, a veces sádico que reparte bienes y desgracias; eso se parece más a los dioses viejos que al Dios cristiano.

Una desgraciada lectura del “Pidan y se les dará” hace pensar a mucho creyentes que la realidad depende de la insistencia humana. Triste imagen de diosecillos ancestrales. No es ese el Dios de Jesús.
(Recomiendo la entrevista al teólogo Martín Gelabert)

Dios no envía el coronavirus ni lo elimina. Dios es el Creador sí, y es omnipotente sí. Pero la omnipotencia no puede hacer círculos cuadrados, ni amores egoístas, ni asistencialismos promocionantes, ni liberaciones esclavizantes. Dios no se desentiende nunca de la humanidad, ni de cada uno, pero abrió un espacio a la libertad y la naturaleza; y él mismo (sobre todo en Jesucristo) padeció esas mismas condiciones.

Las beaterías de siempre han aprovechado para disparar contra los creyentes y obispos que respetan esta fe y han sugerido que sea de cobardes y sumisos aplicar a los actos litúrgicos las recomendaciones sanitarias para cualquier reunión. Hay quienes creen que por andar Dios por medio se dejan de lado las condicionantes de cualquier acto social. Un vino consagrado, si también contuviera veneno, no dejaría de contener ese veneno. Seamos normales. Las beaterías de siempre han relatado que solo los obispos polacos han propuesto que haya más Misas. Pero las Misas en que se junte tanta gente como en el 8M de Madrid tendrán las mismas consecuencias sanitarias que aquella reunión.

La presencia del coronavirus quizá haga dar un paso más en el convencimiento de que como dice Francisco en “Laudato si”, “todo está conectado”; el que vea la vida de manera individualista vive realmente en el Paleolítico y si su fe es individualista es una fe de aquella época. La suspensión de actos católicos y no de los actos del 8m quizá sea porque los católicos tenemos una relación con nuestra fe que incluye la razón. Es una relación integral, no fanática. Y lo es porque hemos avanzado. En otras épocas teníamos esa relación poco racional, semimágica. Hoy aquella forma vieja de relación es la que tienen en buena parte del feminismo (y lo mismo pasa con parte de nacionalismo y ecologismo).

Aceptando suspender actos religiosos no manifestamos que seamos sumisos, sino que creemos con la Iglesia que “la Gracia no anula la naturaleza” y si hay condiciones sociales de infección no va a dejar de haberla porque el acto sea piadoso. Creo más bien, aunque no lo diga así exactamente el Catecismo, que forma parte de la libertad de Dios, haber renunciado a ese poder. Es algo similar a muchos padres que no imponen algunas cosas a sus hijos porque un día encendieron con amor esa chispa de libertad en sus corazones. Porque, como dice Francisco, quieren seducir, no imponer. Dios, como los padres que conozco, trabajan por encender la chispa del amor, no la impone.

No es que seamos sumisos, es que distinguimos -como Francisco- la técnica de la tecnocracia. Nos oponemos a la tecnocracia, la técnica encastillada en su poder, el negocio de las multinacionales de la farmacia, la distinción entre clases dentro del sistema sanitario y tantas otras cosas. Sin embargo, con la misma fuerza con que nos oponemos a la tecnocracia manifestamos nuestro amor y reconocimiento por la técnica. Valoramos los esfuerzos de los profesionales, las investigaciones de los científicos, las propuestas consensuadas, el sinfín de tareas pequeñas que hacen avanzar. Es la vieja relación entre la razón y la fe. Una relación circular, convergente, dialéctica, enriquecedora.

Creer en tiempos de coronavirus es aceptar las propuestas inteligentes, razonables, científicas y no imaginar que las cosas se arreglan amontonando rezos. Orar es imprescindible para seguir trabajando en medio del cansancio, para encajar las dificultades, para aceptar que nos equivocamos a veces, para cuidarse y cuidar de los otros. La oración es muy importante pero no a medida de mi capricho sino la oración cristiana.

Creer en tiempos de coronavirus es saber aprender. Se ha puesto de manifiesto que de esta no puede salir cada uno por su cuenta. Ni solo por la acción de las instituciones. Hace falta la persona en su íntima decisión y hacen falta las instituciones. Es tiempo de aprender que no sirve ni el pánico ni la superficialidad. Es tiempo de aprender que cada profesión debe ser una vocación ejercida por amor y no por dinero. Es tiempo de aprender a compartir, de poner en juego las cualidades. Es tiempo de practicar “de cada cual según sus posibilidades, a cada cual según sus necesidades”; por eso los jóvenes se ofrecen a hacer la compra a los mayores, los niños aprenden a jugar a otras cosas, las profesiones todas se preguntan cómo amar más y mejor.

Creer en tiempos de coronavirus es ver todo el dolor económico que conlleva esta pandemia. Ya hay quien ha dicho que la crisis económica generará más muertes que el virus. El paro mata y el paro ha aumentado. Es razonable que los funcionarios se planteen la solidaridad con los autónomos; o mejor dicho los altos funcionarios con los bajos autónomos, porque de todo hay. Qué pasa con los que se quedan en paro en cosa de todos. Los filósofos del libre mercado esperamos que mejoren sus ideas a la vista de la realidad. Está claro ya que tanto el mercado como el estado resultan insuficientes por si mismos.

También habrá que darse cuenta de que una sociedad avanzada necesita que no haya personas que no llegan a fin de mes trabajando. Es necesario incluso tener un patrimonio solidario que permite afrontar estos imprevistos. La Iglesia defiende esto, con cierta timidez desde León XIII y con más fuerza desde Pablo VI. Hay que promover una economía que no haga solo limosna con quien cae en una emergencia; es necesaria una economía que cambie el corazón mismo del sistema.

Habrá que preguntarse si la investigación está enfocada a las grandes necesidades de la humanidad o hay cualidades investigadoras dedicadas a caprichos de élites minoritarias. Habrá que preguntarse también por la gestión política. No para exigir que no se cometiera ningún error pero sí para preguntarse si algunos con cualidades políticas prefirieron la comodidad de no bajar a esa arriesgada arena, sí para preguntarse si en vez de servir algunos fueron a la política a servirse.

Creer en tiempos de coronavirus exige plantearse que en cuanto pase la pandemia habrá que preguntarse por cómo construir una sociedad realmente justa. Porque la justicia social hará que los virus se encuentren una población más sana, más preparada, más prevenida. Si hay justicia no habrá personas para quienes lo de “quedarse” en casa no sea un auténtico calvario porque la casa misma es incómoda o insalubre; parecen olvidar algunos que a veces la casa no es tal; los “sin techo” siguen existiendo, los campamentos de refugiados y los CIEs siguen existiendo.

Creer en tiempos de coronavirus es dedicar tiempo y reflexión a una perspectiva crítica. Es bueno preguntarse por nuestra falta de prevención, es necesario criticar la frecuente dedicación de la capacidad investigadora a lo que es negocio en vez de al bien común.

Creer en tiempos de coronavirus es experimentar que ya nunca más es posible una vivencia egoísta. Que todos somos solidarios. Queramos o no caminamos hacia la solidaridad. Eso sí, creo, Dios lo quiso así. La humanidad tiene ante sí una gran oportunidad.

Eugenio Rodríguez

Los regalos ocultos

Ésta situación por la que estamos pasando nos está obligando a, al menos, repensar algunas cosas que hasta ahora pasaban desapercibidas, teníamos olvidadas o incluso despreciábamos.

Nunca  valoras lo que tienes hasta que lo pierdes, es una expresión que no por repetida deja de tener pleno y profundo sentido. Acostumbrarse a vivir a cuerpo de rey, pudiendo alargar la mano y tener a nuestro alcance el uso y disfrute de cientos de comodidades es y ha sido más habitual de lo que a veces queremos reconocer, o al menos nuestra meta inconsciente en ese deseo de mejorar que el ser humano lleva impreso dentro suyo.

Cuando los niños dicen qué quieren ser de mayor nombran esas profesiones que tienen un cierto renombre y prestigio a nivel social, y a los padres eso nos gusta en diferentes grados, aunque no siempre lo expresemos así.

Sin embargo la realidad que hace posible nuestro día a día va por otro camino, por otras profesiones muchas de las veces menos valoradas o visibles.

Valga mi reconocimiento merecido, una vez más a los profesionales sanitarios, que velan por nuestra salud y bienestar, muchos de ellos asumiendo arriesgar su salud por cuidar a los demás, y doblando turnos en momentos tan difíciles como estos. Pero quiero romper una lanza por todas aquellas otras profesiones que, como otras muchas cosas en esta vida, siempre han estado ahí y nunca hemos valorado suficientemente.

Imposible sería nombrar las infinitas profesiones a las que debemos nuestras comodidades o nuestro bienestar. Pero tratando de centrar el tema en la situación actual quizá pudiera servir para comenzar esta pequeña enumeración.

Si lo acotamos en lo esencial de estos días trataré de centrarme en las dos actividades que, por diversos motivos, hemos priorizado estos días, la alimentación y la salud.

Comemos y bebemos, por los que trabajan en las fábricas de pienso, agricultores, ganaderos, pescadores, trabajadores de los invernaderos y piscifactorías, panaderos, transportistas, reponedores, cajeros, repartidores, personal de limpieza, controladores sanitarios que hacen que nos lleguen alimentos y bebidas sanas a nuestras casas y comercios.

Tenemos sanidad, además de por los ya citados profesionales sanitarios, por las señoras de la limpieza, los que cambian las sábanas y las lavan, los celadores, los cocineros de los hospitales, dietistas, los investigadores del mundo de la salud, las farmacéuticas y todas sus plantillas, los informáticos y técnicos de distintas especialidades que ponen a punto las maquinarias, los administrativos que gestionan…

Seguro que he olvidado otros muchos, por ellos también va este agradecimiento.

Valga simplemente para reconocer que, tanto en estos dos ámbitos como en cualquier otro de la sociedad, es la aportación silenciosa del conjunto de muchos profesionales lo que hace posible realizar cualquier trabajo.

 

Julio Llorente

Quedarse en casa no es igual para todos

En los próximos días, todos los niños de nuestro país van a tener que quedarse en «casa», la experiencia va a ser muy diferente para unos y otros…

 

Porque hay niños, en nuestro país, que viven en una habitación.

Que son criados sólo por papá o sólo por mamá, y papá y mamá, no da abasto con todo.

Que pasan el día solos, con la tele, o la play como única compañía.

Que sufren la misma tensión de los adultos, que están sin trabajo, o con trabajos de explotación, luchando por sacar adelante a la familia, como auténticos héroes.

Que no tienen espacio para trabajar o jugar.

Que en casa no tienen calefacción, un ordenador para hacer las tareas que mandan, o libros para consultar.

Que lo que encuentran de normal en casa son tensión y discusiones, cuando no violencia física o psicológica.

Que conviven con adultos que no saben o no pueden jugar con ellos, o que machacados también ellos, no tuvieron la oportunidad de reflexionar sobre las verdaderas necesidades de los niños de tiempo, escucha, amor incondicional y límites firmes y claros.

 

Si el sector sanitario está haciendo lo posible e imposible por atender a los que están sufriendo por enfermedad, los que trabajamos en educación, aunque tengamos a nuestro alumnado «en casa», tenemos que sacar a relucir el mismo AMOR, traducido en interés, creatividad, ingenio… para que nuestro alumnado con más dificultades de cualquier tipo no pierda una vez más. Y la brecha que separa a unos niños de otros no siga aumentando.
Nuria Sánchez, profesora de infantil

Paradojas para pensar y actuar en común

“Creo que el universo tiene su manera de devolver el equilibro a las cosas según sus propias leyes, cuando estas se ven alteradas. Los tiempos que estamos viviendo, llenos de paradojas, dan que pensar…

En una era en la que el cambio climático está llegando a niveles preocupantes por los desastres naturales que se están sucediendo, a China en primer lugar y a otros tantos países a continuación, se les obliga al bloqueo; la economía se colapsa, pero la contaminación baja de manera considerable. La calidad del aire que respiramos mejora, usamos mascarillas, pero no obstante seguimos respirando…

En un momento histórico en el que ciertas políticas e ideologías discriminatorias, con  fuertes reclamos a un pasado vergonzoso, están resurgiendo en todo el mundo, aparece un virus que nos hace experimentar que, en un cerrar de ojos, podemos convertirnos en los discriminados, aquéllos a los que no se les permite cruzar la frontera, aquéllos que transmiten enfermedades. Aún no teniendo ninguna culpa, aún siendo de raza blanca, occidentales y con todo tipo de lujos económicos a nuestro alcance.

En una sociedad que se basa en la productividad y el consumo, en la que todos corremos 14 horas al día persiguiendo no se sabe muy bien qué, sin  descanso, sin pausa, de repente se nos impone un parón forzado. Quietecitos, en casa, día tras día. A contar las horas de un tiempo al que le hemos perdido el valor, si acaso éste no se mide en retribución de algún tipo o en dinero. ¿Acaso sabemos todavía cómo usar nuestro tiempo sin un fin específico?

En una época en la que la crianza de los hijos, por razones mayores, se delega a menudo a otras figuras e instituciones, el Coronavirus obliga a cerrar escuelas y nos fuerza a buscar soluciones alternativas, a volver a poner a papá y mamá junto a los propios hijos. Nos obliga a volver a ser familia.

En una dimensión en la que las relaciones interpersonales, la comunicación, la socialización, se realiza en el (no)espacio virtual, de las redes sociales, dándonos la falsa ilusión de cercanía, este virus nos quita la verdadera cercanía, la real: que nadie se toque, se bese, se abrace, todo se debe de hacer a distancia, en la frialdad de la ausencia de contacto. ¿Cuánto hemos dado por descontado estos gestos y su significado?

En una fase social en la que pensar en uno mismo se ha vuelto la norma, este virus nos manda un mensaje claro: la única manera de salir de esta es hacer piña, hacer resurgir en nosotros el sentimiento de ayuda al prójimo, de pertenencia a un colectivo, de ser parte de algo mayor sobre lo que ser responsables y que ello a su vez se responsabilice para con nosotros. La corresponsabilidad: sentir que de tus acciones depende la suerte de los que te rodean, y que tú dependes de ellos.

Dejemos de buscar culpables o de preguntarnos porqué ha pasado esto, y empecemos a pensar en qué podemos aprender de todos ello. Todos tenemos mucho sobre lo que reflexionar y esforzarnos. Con el universo y sus leyes parece que la humanidad ya esté bastante en deuda y que nos lo esté viniendo a explicar esta epidemia, a caro precio

 

Reflexión de la psicóloga Francesca Morelli.