“Ahora más que nunca, con las personas olvidadas” #CírculosDeSilencioEnCasa

La situación de “Estado de alarma” decretada por el gobierno español ante la epidemia del coronavirus ha supuesto el masivo confinamiento de la población en los hogares, resumido en el hashtag #QuédateEnCasa. También ha conllevado una gravísima crisis económica, con la apertura de ERTEs en innumerables empresas y la pérdida de empleo para muchos cientos de miles de personas. Mientras, los contagios aumentan y las víctimas del virus no dejan de multiplicarse. Con ellas, crece el dolor y la preocupación de las familias.

En estas circunstancias, no podemos dejar de alzar la voz por las personas migrantes, que encarnan, muy a pesar suyo, a las víctimas de siempre, también de ahora. Ellas han encontrado sus posibilidades de sobrevivir en trabajos muchas veces precarios que exigen deambular por las calles -manteros-; ellas han asumido muchos de los trabajos de cuidados en los hogares españoles; ellas afrontan también en un elevado porcentaje tareas agrícolas en condiciones a menudo muy difíciles; ellas -en especial las mujeres- son víctimas de la trata y se ven abocadas a la prostitución; ellas, por último, se encuentran a menudo recluidas en los CIEs por no cometer más delito que haber huido de las guerras, el hambre, la pobreza…

Son también no pocas personas migrantes, junto a otras muchas empobrecidas y marginadas, las primeras que no pueden cumplir el requerimiento del gobierno de recluirse en sus hogares porque viven en la calle o en campamentos improvisados junto a las grandes explotaciones agrícolas donde trabajan o en prostíbulos o en cárceles o en los CIEs, o en pisos diminutos que comparten porque no pueden permitirse nada mejor, igual que muchas otras personas víctimas de la pobreza y la exclusión… En definitiva, hablamos de una parte de la población, de vecinos y vecinas que no pueden cumplir el requerimiento del gobierno porque no tienen casa, porque no tienen algo a lo que puedan llamar hogar.

Estos días hemos recibido con esperanza la noticia de que están “desalojando” algunos CIEs (en Aluche, Barcelona, Valencia…) para evitar el contagio de sus internos. Pero no somos ingenuos: la medida se debe a las reclamaciones de las organizaciones de derechos humanos, a las protestas de los internos y a la preocupación porque haya allí un contagio masivo que ponga -más aún- en evidencia las condiciones de hacinamiento en las que (mal)viven los internos, y sobre todo se debe a la imposibilidad de expulsarlos por el cierre de fronteras. En todo caso, El Defensor del Pueblo ha solicitado al Gobierno, sumándose a la reclamación de numerosas organizaciones y colectivos, la liberación de todas los inmigrantes de los Centros de Internamiento para Extranjeros (CIE) de España. Enseguida surge la pregunta de si las personas allí recluidas recibirán opciones para acogerse en condiciones dignas bajo un techo. De momento, el gobierno libera a las que tienen residencia estable; para las que carecen de ella, dice estar buscando alternativas humanitarias… que esperemos lleguen lo antes posible.

Recientemente, Leilani Farha, relatora especial de Naciones Unidas, era muy clara al referirse a la situación de muchas familias y personas sin una vivienda digna: “Insto a los estados a que tomen medidas extraordinarias para garantizar el derecho a la vivienda para que todos puedan protegerse contra la pandemia”. Y añadía con rotundidad: “La vivienda se ha convertido en la primera línea de defensa contra el coronavirus. El tener un hogar, ahora más que nunca, es una situación de vida o muerte”. No se puede hablar más claro.

Por todo ello, nos sumamos a muchas personas, organizaciones y colectivos de derechos humanos y exigimos:

  • Frenar las repatriaciones y cualquier otra medida de orden judicial o administrativo que ponga en riesgo a personas que ante todo deben tener garantizadas las necesarias medidas de protección sanitaria. Recordemos además que el mantenimiento de estas políticas solo contribuye a coartar la consulta de las personas migrantes sin papeles en los centros de salud cercanos.
  • Cerrar los CIEs y ofrecer alternativas habitacionales dignas a las personas que no tengan una vivienda estable; además, deberán garantizarse condiciones de seguridad sanitaria adecuadas en todos los albergues y alojamientos para personas sin residencia fija que estén allí de forma temporal, mientras no se les ofrece una alternativa más idónea.
  • Combatir y denunciar las afirmaciones de carácter xenófobo que busquen estigmatizar a las personas migrantes, especialmente cuando proceden de organizaciones y medios con evidente poder mediático.
  • Compromisos explícitos por parte de los poderes políticos y mediáticos para promover una información argumentada en positivo sobre las aportaciones que hace la población migrante y refugiada a nuestra sociedad, al tejido económico mediante el consumo y el pago de impuestos, a la potenciación de los cuidados, a los trabajos en la agricultura y la construcción, a la recuperación y regeneración del tejido social, cada vez más envejecido…

En estos días, como si despertáramos a una nueva realidad, somos más conscientes que nunca de lo que es importante en la vida: la libertad de movimientos, de desplazarte a donde te plazca (los vuelos procedentes de España han sido restringidos en muchos países); el placer de gozar de un paseo, sin rumbo fijo, solo porque sí; la alegría de encontrarse con las personas amigas, con las vecinas, con la gente de nuestro entorno; la maravilla de la caricia, del beso, del abrazo; el valor de los trabajos de cuidados y de quienes producen nuestros alimentos, en manos muchos de ellos de las personas migrantes y precarizadas…

Surge una esperanza… Esta crisis ha puesto de manifiesto nuestra fragilidad, nuestra vulnerabilidad. Acaso ahora, que han caído nuestras seguridades, acaso ahora, que el estado de bienestar se tambalea, podamos liberarnos de los miedos que llevaron a cerrar todas las fronteras a las personas migrantes y refugiadas. Tal vez podamos, ahora, por fin, abrir los ojos y los brazos a quienes vienen del sur buscando un mundo mejor y pueden ayudarnos a construirlo.

Podríamos terminar este manifiesto exigiendo un cambio en las políticas migratorias en nombre de las víctimas, porque hemos asumido tácitamente ese juego del lenguaje que nos lleva a distinguir entre nosotras y ellas, las otras, los de fuera. Pero no queremos caer en ese juego. Así que lo vamos a hacer en nuestro propio nombre, en nombre de buena parte de la sociedad española y europea, que quiere otro mundo posible, necesario y cada vez más urgente. En nombre de muchas personas, organizaciones y colectivos; en nombre de una dignidad manchada y escarnecida; en nombre de una vergüenza infinita; en nombre, también, porque son fruto nuestro, de nuestras víctimas, que pueblan los fondos del mar Mediterráneo.

Un poeta escribió una vez: “Vendrá un día más puro que los otros […]. Un fulgor nuevo envolverá las cosas”. Vendrá un día más puro que los otros, un día en el que la solidaridad sea el pan tierno de cada día, un día en el que ya no haya CIEs, refugiadas, sin papeles, extranjeras, sin hogar, maltratadas, explotadas, ninguneadas, olvidadas, nadies…

Ese día puede ser HOY.

#CírculosDeSilencioEnCasa

Juntos, unidos y entre todos

Estamos recibiendo cientos de mensajes con ideas y propuestas para «pasar» lo mejor el tiempo. Yo llevo ya 6 días siguiendo los consejos recibidos: tener un horario, hacer ejercicio en casa, distribuir tareas, hablar con familiares y amigos… Pero al séptimo día esta mujer que escribe SE CANSÓ. Se cansó de mirar para dentro, a la propia casa y la propia vida.

SERVIR ES ALEGRÍA.

Para crecer como personas y como sociedad, encontrar un sentido, y salir de esta crisis fortalecidos, necesitamos escuchar el dolor de la familia de refugiados que llegó hace un mes, y vive encerrada en una habitación, sin comida ni dinero, con unos servicios sociales menguados que no dan respuesta. Necesitamos mirar a la trabajadora que en estos días ha visto reducido su sueldo a la mitad, en una subcontrata de empresa pública. Necesitamos tocar el dolor del hombre que se quedó en paro la semana antes del confinamiento, y no sabe cuándo podrá volver a encontrar trabajo. O el de aquel otro que va a trabajar con fiebre, con miedo de contagiar a sus compañeros, pero más miedo aún de no poder pagar el alquiler. Sintamos la angustia de la madre soltera, que si se queda en casa no paga el préstamo personal que pidió con unos intereses salvajes…

Y pongamos cabeza, corazón y manos en construir una SOCIEDAD MÁS FUERTE.  Pues además de batas y mascarillas, vamos a necesitar una sociedad entera que exija a la clase política que responda a las necesidades de los últimos.

Cuando los de arriba repiten las palabras de JUNTOS, UNIDOS y ENTRE TODOS, los de abajo saben que les va a tocar a ellos apretarse el cinturón. No dejemos que los eslóganes, escondan una vez más la verdad de que la factura de las crisis, de ésta y de las anteriores, las pagan los de siempre, los últimos, los pequeños, los más pobres.

Nuria Sánchez

Creer en tiempo de coronavirus

¿Cómo creer cuando aparecen las desgracias? ¿con perplejidad? ¿pasándose a la incredulidad? ¿o son ocasión magnífica para crecer en la fe? Una fe del paleolítico es una fe mágica. Esa que entiende que Dios es un caprichoso a veces feliz, a veces sádico que reparte bienes y desgracias; eso se parece más a los dioses viejos que al Dios cristiano.

Una desgraciada lectura del “Pidan y se les dará” hace pensar a mucho creyentes que la realidad depende de la insistencia humana. Triste imagen de diosecillos ancestrales. No es ese el Dios de Jesús.
(Recomiendo la entrevista al teólogo Martín Gelabert)

Dios no envía el coronavirus ni lo elimina. Dios es el Creador sí, y es omnipotente sí. Pero la omnipotencia no puede hacer círculos cuadrados, ni amores egoístas, ni asistencialismos promocionantes, ni liberaciones esclavizantes. Dios no se desentiende nunca de la humanidad, ni de cada uno, pero abrió un espacio a la libertad y la naturaleza; y él mismo (sobre todo en Jesucristo) padeció esas mismas condiciones.

Las beaterías de siempre han aprovechado para disparar contra los creyentes y obispos que respetan esta fe y han sugerido que sea de cobardes y sumisos aplicar a los actos litúrgicos las recomendaciones sanitarias para cualquier reunión. Hay quienes creen que por andar Dios por medio se dejan de lado las condicionantes de cualquier acto social. Un vino consagrado, si también contuviera veneno, no dejaría de contener ese veneno. Seamos normales. Las beaterías de siempre han relatado que solo los obispos polacos han propuesto que haya más Misas. Pero las Misas en que se junte tanta gente como en el 8M de Madrid tendrán las mismas consecuencias sanitarias que aquella reunión.

La presencia del coronavirus quizá haga dar un paso más en el convencimiento de que como dice Francisco en “Laudato si”, “todo está conectado”; el que vea la vida de manera individualista vive realmente en el Paleolítico y si su fe es individualista es una fe de aquella época. La suspensión de actos católicos y no de los actos del 8m quizá sea porque los católicos tenemos una relación con nuestra fe que incluye la razón. Es una relación integral, no fanática. Y lo es porque hemos avanzado. En otras épocas teníamos esa relación poco racional, semimágica. Hoy aquella forma vieja de relación es la que tienen en buena parte del feminismo (y lo mismo pasa con parte de nacionalismo y ecologismo).

Aceptando suspender actos religiosos no manifestamos que seamos sumisos, sino que creemos con la Iglesia que “la Gracia no anula la naturaleza” y si hay condiciones sociales de infección no va a dejar de haberla porque el acto sea piadoso. Creo más bien, aunque no lo diga así exactamente el Catecismo, que forma parte de la libertad de Dios, haber renunciado a ese poder. Es algo similar a muchos padres que no imponen algunas cosas a sus hijos porque un día encendieron con amor esa chispa de libertad en sus corazones. Porque, como dice Francisco, quieren seducir, no imponer. Dios, como los padres que conozco, trabajan por encender la chispa del amor, no la impone.

No es que seamos sumisos, es que distinguimos -como Francisco- la técnica de la tecnocracia. Nos oponemos a la tecnocracia, la técnica encastillada en su poder, el negocio de las multinacionales de la farmacia, la distinción entre clases dentro del sistema sanitario y tantas otras cosas. Sin embargo, con la misma fuerza con que nos oponemos a la tecnocracia manifestamos nuestro amor y reconocimiento por la técnica. Valoramos los esfuerzos de los profesionales, las investigaciones de los científicos, las propuestas consensuadas, el sinfín de tareas pequeñas que hacen avanzar. Es la vieja relación entre la razón y la fe. Una relación circular, convergente, dialéctica, enriquecedora.

Creer en tiempos de coronavirus es aceptar las propuestas inteligentes, razonables, científicas y no imaginar que las cosas se arreglan amontonando rezos. Orar es imprescindible para seguir trabajando en medio del cansancio, para encajar las dificultades, para aceptar que nos equivocamos a veces, para cuidarse y cuidar de los otros. La oración es muy importante pero no a medida de mi capricho sino la oración cristiana.

Creer en tiempos de coronavirus es saber aprender. Se ha puesto de manifiesto que de esta no puede salir cada uno por su cuenta. Ni solo por la acción de las instituciones. Hace falta la persona en su íntima decisión y hacen falta las instituciones. Es tiempo de aprender que no sirve ni el pánico ni la superficialidad. Es tiempo de aprender que cada profesión debe ser una vocación ejercida por amor y no por dinero. Es tiempo de aprender a compartir, de poner en juego las cualidades. Es tiempo de practicar “de cada cual según sus posibilidades, a cada cual según sus necesidades”; por eso los jóvenes se ofrecen a hacer la compra a los mayores, los niños aprenden a jugar a otras cosas, las profesiones todas se preguntan cómo amar más y mejor.

Creer en tiempos de coronavirus es ver todo el dolor económico que conlleva esta pandemia. Ya hay quien ha dicho que la crisis económica generará más muertes que el virus. El paro mata y el paro ha aumentado. Es razonable que los funcionarios se planteen la solidaridad con los autónomos; o mejor dicho los altos funcionarios con los bajos autónomos, porque de todo hay. Qué pasa con los que se quedan en paro en cosa de todos. Los filósofos del libre mercado esperamos que mejoren sus ideas a la vista de la realidad. Está claro ya que tanto el mercado como el estado resultan insuficientes por si mismos.

También habrá que darse cuenta de que una sociedad avanzada necesita que no haya personas que no llegan a fin de mes trabajando. Es necesario incluso tener un patrimonio solidario que permite afrontar estos imprevistos. La Iglesia defiende esto, con cierta timidez desde León XIII y con más fuerza desde Pablo VI. Hay que promover una economía que no haga solo limosna con quien cae en una emergencia; es necesaria una economía que cambie el corazón mismo del sistema.

Habrá que preguntarse si la investigación está enfocada a las grandes necesidades de la humanidad o hay cualidades investigadoras dedicadas a caprichos de élites minoritarias. Habrá que preguntarse también por la gestión política. No para exigir que no se cometiera ningún error pero sí para preguntarse si algunos con cualidades políticas prefirieron la comodidad de no bajar a esa arriesgada arena, sí para preguntarse si en vez de servir algunos fueron a la política a servirse.

Creer en tiempos de coronavirus exige plantearse que en cuanto pase la pandemia habrá que preguntarse por cómo construir una sociedad realmente justa. Porque la justicia social hará que los virus se encuentren una población más sana, más preparada, más prevenida. Si hay justicia no habrá personas para quienes lo de “quedarse” en casa no sea un auténtico calvario porque la casa misma es incómoda o insalubre; parecen olvidar algunos que a veces la casa no es tal; los “sin techo” siguen existiendo, los campamentos de refugiados y los CIEs siguen existiendo.

Creer en tiempos de coronavirus es dedicar tiempo y reflexión a una perspectiva crítica. Es bueno preguntarse por nuestra falta de prevención, es necesario criticar la frecuente dedicación de la capacidad investigadora a lo que es negocio en vez de al bien común.

Creer en tiempos de coronavirus es experimentar que ya nunca más es posible una vivencia egoísta. Que todos somos solidarios. Queramos o no caminamos hacia la solidaridad. Eso sí, creo, Dios lo quiso así. La humanidad tiene ante sí una gran oportunidad.

Eugenio Rodríguez

Los regalos ocultos

Ésta situación por la que estamos pasando nos está obligando a, al menos, repensar algunas cosas que hasta ahora pasaban desapercibidas, teníamos olvidadas o incluso despreciábamos.

Nunca  valoras lo que tienes hasta que lo pierdes, es una expresión que no por repetida deja de tener pleno y profundo sentido. Acostumbrarse a vivir a cuerpo de rey, pudiendo alargar la mano y tener a nuestro alcance el uso y disfrute de cientos de comodidades es y ha sido más habitual de lo que a veces queremos reconocer, o al menos nuestra meta inconsciente en ese deseo de mejorar que el ser humano lleva impreso dentro suyo.

Cuando los niños dicen qué quieren ser de mayor nombran esas profesiones que tienen un cierto renombre y prestigio a nivel social, y a los padres eso nos gusta en diferentes grados, aunque no siempre lo expresemos así.

Sin embargo la realidad que hace posible nuestro día a día va por otro camino, por otras profesiones muchas de las veces menos valoradas o visibles.

Valga mi reconocimiento merecido, una vez más a los profesionales sanitarios, que velan por nuestra salud y bienestar, muchos de ellos asumiendo arriesgar su salud por cuidar a los demás, y doblando turnos en momentos tan difíciles como estos. Pero quiero romper una lanza por todas aquellas otras profesiones que, como otras muchas cosas en esta vida, siempre han estado ahí y nunca hemos valorado suficientemente.

Imposible sería nombrar las infinitas profesiones a las que debemos nuestras comodidades o nuestro bienestar. Pero tratando de centrar el tema en la situación actual quizá pudiera servir para comenzar esta pequeña enumeración.

Si lo acotamos en lo esencial de estos días trataré de centrarme en las dos actividades que, por diversos motivos, hemos priorizado estos días, la alimentación y la salud.

Comemos y bebemos, por los que trabajan en las fábricas de pienso, agricultores, ganaderos, pescadores, trabajadores de los invernaderos y piscifactorías, panaderos, transportistas, reponedores, cajeros, repartidores, personal de limpieza, controladores sanitarios que hacen que nos lleguen alimentos y bebidas sanas a nuestras casas y comercios.

Tenemos sanidad, además de por los ya citados profesionales sanitarios, por las señoras de la limpieza, los que cambian las sábanas y las lavan, los celadores, los cocineros de los hospitales, dietistas, los investigadores del mundo de la salud, las farmacéuticas y todas sus plantillas, los informáticos y técnicos de distintas especialidades que ponen a punto las maquinarias, los administrativos que gestionan…

Seguro que he olvidado otros muchos, por ellos también va este agradecimiento.

Valga simplemente para reconocer que, tanto en estos dos ámbitos como en cualquier otro de la sociedad, es la aportación silenciosa del conjunto de muchos profesionales lo que hace posible realizar cualquier trabajo.

 

Julio Llorente

Quedarse en casa no es igual para todos

En los próximos días, todos los niños de nuestro país van a tener que quedarse en «casa», la experiencia va a ser muy diferente para unos y otros…

 

Porque hay niños, en nuestro país, que viven en una habitación.

Que son criados sólo por papá o sólo por mamá, y papá y mamá, no da abasto con todo.

Que pasan el día solos, con la tele, o la play como única compañía.

Que sufren la misma tensión de los adultos, que están sin trabajo, o con trabajos de explotación, luchando por sacar adelante a la familia, como auténticos héroes.

Que no tienen espacio para trabajar o jugar.

Que en casa no tienen calefacción, un ordenador para hacer las tareas que mandan, o libros para consultar.

Que lo que encuentran de normal en casa son tensión y discusiones, cuando no violencia física o psicológica.

Que conviven con adultos que no saben o no pueden jugar con ellos, o que machacados también ellos, no tuvieron la oportunidad de reflexionar sobre las verdaderas necesidades de los niños de tiempo, escucha, amor incondicional y límites firmes y claros.

 

Si el sector sanitario está haciendo lo posible e imposible por atender a los que están sufriendo por enfermedad, los que trabajamos en educación, aunque tengamos a nuestro alumnado «en casa», tenemos que sacar a relucir el mismo AMOR, traducido en interés, creatividad, ingenio… para que nuestro alumnado con más dificultades de cualquier tipo no pierda una vez más. Y la brecha que separa a unos niños de otros no siga aumentando.
Nuria Sánchez, profesora de infantil

Paradojas para pensar y actuar en común

“Creo que el universo tiene su manera de devolver el equilibro a las cosas según sus propias leyes, cuando estas se ven alteradas. Los tiempos que estamos viviendo, llenos de paradojas, dan que pensar…

En una era en la que el cambio climático está llegando a niveles preocupantes por los desastres naturales que se están sucediendo, a China en primer lugar y a otros tantos países a continuación, se les obliga al bloqueo; la economía se colapsa, pero la contaminación baja de manera considerable. La calidad del aire que respiramos mejora, usamos mascarillas, pero no obstante seguimos respirando…

En un momento histórico en el que ciertas políticas e ideologías discriminatorias, con  fuertes reclamos a un pasado vergonzoso, están resurgiendo en todo el mundo, aparece un virus que nos hace experimentar que, en un cerrar de ojos, podemos convertirnos en los discriminados, aquéllos a los que no se les permite cruzar la frontera, aquéllos que transmiten enfermedades. Aún no teniendo ninguna culpa, aún siendo de raza blanca, occidentales y con todo tipo de lujos económicos a nuestro alcance.

En una sociedad que se basa en la productividad y el consumo, en la que todos corremos 14 horas al día persiguiendo no se sabe muy bien qué, sin  descanso, sin pausa, de repente se nos impone un parón forzado. Quietecitos, en casa, día tras día. A contar las horas de un tiempo al que le hemos perdido el valor, si acaso éste no se mide en retribución de algún tipo o en dinero. ¿Acaso sabemos todavía cómo usar nuestro tiempo sin un fin específico?

En una época en la que la crianza de los hijos, por razones mayores, se delega a menudo a otras figuras e instituciones, el Coronavirus obliga a cerrar escuelas y nos fuerza a buscar soluciones alternativas, a volver a poner a papá y mamá junto a los propios hijos. Nos obliga a volver a ser familia.

En una dimensión en la que las relaciones interpersonales, la comunicación, la socialización, se realiza en el (no)espacio virtual, de las redes sociales, dándonos la falsa ilusión de cercanía, este virus nos quita la verdadera cercanía, la real: que nadie se toque, se bese, se abrace, todo se debe de hacer a distancia, en la frialdad de la ausencia de contacto. ¿Cuánto hemos dado por descontado estos gestos y su significado?

En una fase social en la que pensar en uno mismo se ha vuelto la norma, este virus nos manda un mensaje claro: la única manera de salir de esta es hacer piña, hacer resurgir en nosotros el sentimiento de ayuda al prójimo, de pertenencia a un colectivo, de ser parte de algo mayor sobre lo que ser responsables y que ello a su vez se responsabilice para con nosotros. La corresponsabilidad: sentir que de tus acciones depende la suerte de los que te rodean, y que tú dependes de ellos.

Dejemos de buscar culpables o de preguntarnos porqué ha pasado esto, y empecemos a pensar en qué podemos aprender de todos ello. Todos tenemos mucho sobre lo que reflexionar y esforzarnos. Con el universo y sus leyes parece que la humanidad ya esté bastante en deuda y que nos lo esté viniendo a explicar esta epidemia, a caro precio

 

Reflexión de la psicóloga Francesca Morelli.

 

Viacrucis en la catedral de Pamplona organizado por la Hermandad de la Pasión y colaborado por Encuentro y Solidaridad

El viernes 6 de marzo la asociación Encuentro y Solidaridad fue invitada a colaborar en la preparación del viacrucis que se celebra todos los viernes de cuaresma a las 8 de la tarde en la catedral de Pamplona.  Durante este tiempo y como preparación para la Semana Santa,  la Hermandad de la Pasión de Pamplona organiza, como cada año, cuatro Vía Crucis procesionales que recorren las naves de la Catedral con el Paso procesional del Cristo Alzado, precedido por la bandera de la Hermandad y un grupo de mozorritos.

Los textos y reflexiones del viacrucis versaron sobre situaciones de injusticia presentes en nuestro mundo, con textos seleccionados de un viacrucis sobre la Trata celebrado por el Papa Francisco, en el Vaticano, en años anteriores.

El viacrucis se introdujo con esta reflexión: “Queremos hoy recorrer esta “vía dolorosa” junto a todos los pobres, los excluidos de la sociedad y los nuevos crucificados de la historia actual, víctimas de nuestra cerrazón, del poder y de las legislaciones, de la ceguera y del egoísmo, pero sobre todo de nuestro corazón endurecido por la indiferencia. Una enfermedad, esta última, que también sufrimos nosotros, los cristianos. Que la cruz de Cristo, instrumento de muerte pero también de vida nueva, ilumine hoy nuestra conciencia”.

Como reflexión final se comentó:Al concluir tu Vía Crucis, te pedimos Señor que nos enseñes a velar, junto a tu Madre y a las mujeres que te acompañaron en el Calvario, en espera de tu resurrección. Que ella sea faro de esperanza, de alegría, de vida nueva, de fraternidad, de acogida y de comunión entre los pueblos, las religiones y las leyes. Para que todos los hijos e hijas del hombre sean reconocidos verdaderamente en su dignidad de hijos e hijas de Dios y nunca más tratados como esclavos”.

Mujeres trabajadoras

Este 8 de marzo no consintamos que queden olvidadas las últimas, esas mujeres trabajadoras, tantas veces ocultas, tantas veces despreciadas y humilladas hasta por otras mujeres.
Las Kellys que limpian los hoteles y en ellos dejan su juventud, sus espaldas y sus riñones sin que nadie se lo agradezca.
Las mujeres inmigrantes que ni duermen, ni descansan, empalmando un trabajo tras otro, de día y de noche, para conseguir ahorrar y reagrupar a su familia.
Las trabajadoras domésticas, que cocinan y arreglan casas sin tiempo para atender las propias.
Las que desearían ser madres, pero no lo son por miedo a perder el empleo.
Las madres que cuidan a hijos ajenos y se pasan las tardes sin ver a los propios.
Las que no pueden ayudar a sus hijos a hacer la tarea, pues, trabajadoras desde niñas, nunca fueron a la escuela.
Las que trabajan doble turno mientras el marido, frustrado y desesperado, sin encontrar nada, se queda en casa.
Las que saben de todo y son reposteras, peluqueras, pescaderas, camioneras…, pues llevan ya decenas de oficios a sus espaldas.
Las que van a trabajar sin apenas poder moverse porque no pueden permitirse estar de baja.
Las que se quedaron sin cobrar después de varias jornadas de trabajo y no se atreven a reclamar porque no tienen papeles.
Las que buscan trabajo colgando papelitos en las farolas y encuentran en vez de un empleo llamadas obscenas.
Las que dejan a sus hijos pequeños solos en casa y se pasan la jornada rezando para que en su ausencia no les pase nada.
Las que con apenas 30 años necesitan antiinflamatorios para resistir los dolores que les dejó la carga de trabajo.
Las que trabajan hasta el mismo día de dar a luz y llevan al bebé recién nacido a su trabajo, pues, si no curran, ni pagan la habitación, ni comen.
Mujeres trabajadoras. Mujeres empobrecidas. Mujeres explotadas.
¡Que este 8 de marzo no sean una vez más ignoradas!

Nuria Sánchez Díaz de Isla

Aprender a sonreír en medio de las dificultades

El pasado viernes 28 de febrero se presentó en la Casa de Cultura y Encuentro el libro «Vivir». La biografía de Asunción Díaz de Isla, una mujer llena de fuerza y esperanza, una mujer de fe, que a pesar de una interminable lista de enfermedades graves desde la infancia, ha sabido vivir siempre con una sonrisa. Polio, esclerosis múltiple, cáncer, problemas de riñón, corazón… y una fuerza inusual para afrontar todo ello, le ha convertido en maestra de resiliencia.

En la presentación del libro habló de su infancia y juventud, y de cómo tuvo que remar contra corriente en una sociedad que se «compadecía» de su discapacidad, de una manera lastimera y muy poco promocionante.

Habló de cómo la verdadera felicidad se encuentra luchando por la felicidad de los demás. Ella siempre estuvo activa en asociaciones civiles y de Iglesia, como la Frater: Fraternidad Cristiana de Personas con Discapacidad, o Encuentro Matrimonial. Explicó cómo quejarse y maldecir, o mirar siempre al propio ombligo no sirve para nada más que amargar a los que tienes al lado. De la importancia de los demás en su vida, y de su familia de una manera muy especial. Habló, en definitiva, de su historia, llena de múltiples pruebas y dificultades, de las que ella intentó aprender y sacar lo mejor de sí misma. Andrés, su marido, pudo también dar su testimonio, agradeciendo tanta vida compartida.

En el diálogo posterior a la charla se planteó la fe como algo central, y la eutanasia como una «falsa salida» para los que están más solos, más deprimidos o económicamente más explotados.

Del acto, organizado por Encuentro y Solidaridad, salieron todos con más fuerza, más ganas de luchar y sacar lo mejor de cada uno, además de un montón de libros bajo el brazo, para leer y para regalar, pues tanta luz y tanta esperanza encerrada en una historia ¡hay que compartirla!

¡Con la Corredoria no se juega!

El sábado 29 de febrero participamos en el Carnaval de Oviedo. Desde la Plataforma Comunitaria de La Corredoria quisimos acudir al carnaval para llamar la atención sobre el problema de la ludopatía, que tanto está creciendo.

La Corredoria es un barrio eminentemente joven, por eso nos preocupa la prevención de este problema. El detonante ha sido que quieren abrir una casa de apuestas, y nos hemos puesto en marcha para hacer un trabajo de información y sensibilización sobre todo para jóvenes y familias. Entre las acciones que hemos diseñado estaba la de presentarnos al carnaval de Oviedo.

Y ahí estuvimos. Mucha gente lo oyó, cantó con nosotros: ¡Ahhh, no hay que apostaaar! Nos entrevistaron en la TPA. Una tarde divertida con un puñado de amigos de la Plataforma para reivindicar un ocio saludable y ¡Apostar por la vida!